EL EDICTO DE GRACIA Y EL EDICTO DE FE

 

Las Visitas. Los Edictos de Gracia. Los Edictos de Fe.

En los primeros tiempos, tras la instalación del Tribunal en un lugar cualquiera o bien cuando se sopechaba actividades heréticas más o menos concretas en algún lugar del area de acción del Tribunal de Distrito, se efectuaba una Visita a la población más importante del area.

La actividad se iniciaba con la lectura del sermón en día domingo, con la asistencia de los párrocos y de representantes de las órdenes religiosas establecidas en el lugar. Dicho sermón se dedicaba íntegramente a resaltar la fe católica, exhortando a los concurrentes a ayudar en su defensa.

Seguidamente, se procedía a dar lectura al Edicto de Gracia. En este se explicaba las formas de reconocer las herejías para que el común de la gente las pudiera diferenciar y, en caso de tener conocimiento de que se hubiesen cometido hechos similares, los denunciasen. incluían una síntesis minuciosa de los ritos y costumbres de los judaizantes, musulmanes, luteranos, alumbrados, solicitantes en confesión, bígamos, adivinos, supersticiosos, poseedores de libros prohibidos, etc.

El Edicto de Gracia un plazo determinado de tiempo, generalmente de 30 a 40 días, período de gracia, durante el cual quienes se consideraran incursos en herejía podían hacer confesión de sus errores y reconciliarse con la Iglesia. Con este procedimiento, heredado de la Inquisición medieval y que ya aparece recogido en las Instrucciones de 1484, los fieles quedaban a salvo de penas graves, estando sólo obligados a cumplir una penitencia razonable y al pago de una limosna. Si la confesión espontánea tenía lugar tras el período de gracia, la pena se agravaba con la confiscación de bienes e, incluso, de existir testimonios adversos, con la reclusión en la cárcel.

El sistema del Edicto de Gracia reportó a la Inquisición, en base a las limosnas, considerables ingresos, facilitando además confesiones que abrían nuevas pistas de cara a la prosecución de otras indagaciones, de información sobre otros herejes, ya que la contrapartida era la obligación de denunciar al mismo tiempo a todos los que compartieran la misma culpa o a quienes le hubiesen conducido a ella.

En cuanto al resto de la población, se le exigía descubrir a quienes practicasen cualquier herejía, pudiendo hacer sus incriminaciones incluso de forma anónima. Toda persona que tuviera conocimiento de un acto de herejía estaba obligada a denunciarlo aunque los protagonistas hubiesen sido sus padres, cónyuges, hermanos o hijos. El móvil principal que originaba la mayoría de las acusaciones era que el silencio, en estos casos, era entendido como indicio de complicidad.

Los denunciantes y testigos lo tenían todo a su favor: su identidad se mantenía en secreto, se admitían como pruebas meros rumores y las costas del proceso corrían por cuenta del tribunal y no por la suya, aunque el acusado fuese absuelto.

Pese a lo dicho, y pese a que al parecer los plazos marcados se exigieron con férrea rigidez, aquello resultó bastante tolerable en relación a lo que iba a venir después.

Y lo que vino, desde comienzos del siglo XVI, fue la sustitución de esos Edictos de Gracia por los llamados Edictos de Fe.

Consistía el Edicto de Fe en una proclamación solemne de los errores heréticos al uso, lo que prolongó la extensión del edicto al irse advirtiendo nuevas desviaciones y prácticas heterodoxas, conminando bajo pena de excomunión tanto a la autodenuncia como a la delación de cualquier presunto hereje.

Transcurrida una semana desde la lectura del Edicto de Fe, que solía tener lugar durante la misa del domingo, y agotado ese plazo de pocos días que se concedía para denunciar, los desobedientes eran requeridos con la excomunión y otros anatemas.

Con el Edicto de Fe ya no existe período de gracia. Se trata de denunciar la posible herejía en uno mismo o en los demás: vivos o muertos, extraños, amigos o parientes. Con ello, la Inquisición asentó en toda regla la pedagogía del miedo.

Se generaba miedo, o la sensación de una invisible vigilancia por el hecho de estar expuesto a ser denunciado por cualquiera tanto en lo grave como en lo banal y minúsculo.

Los Edictos de Fe constituyeron un medio eficacísimo de la acción inquisitorial, haciendo, dado el sólido espíritu religioso de la sociedad española, que cada persona, amenazada en conciencia por la excomunión, se convirtiera de hecho en un agente o colaborador del Santo Oficio. Se dieron delaciones falsas, fruto de rencillas y enemistades, pero la Inquisición castigó a los falsarios.

Las Visitas eran efectuadas por los inquisidores; de ser posible, una vez al año en cada poblado. En realidad, se tornaban más esporádicas, entre otras razones, porque los gastos corrían por cuenta de sus propios peculios.

La Visita demuestró ser el mejor instrumento de propaganda del Santo Oficio: en parte, como el Auto de Fe, estaba rodeada de una solemnidad y de una pompa destinadas a impresionar a la muchedumbre que veía a todos los notables plegarse a las órdenes del Inquisidor.

Las Visitas servían también para vigilar la conducta de los herejes ya sancionados y reconciliados, velando por el estricto cumplimiento de las penas impuestas por el Tribunal. Para ello se solicitaba su opinión al Familiar y al párroco del lugar, buscando obtener información veraz que permitiese objetividad en la evaluación.

Concluida la Visita se redactaba un informe sobre la misma, el cual era remitido al Consejo.

Cuando la población se hallaba dispersa en poblados demasiado pequeños y numerosos, imposibilitando la presencia del inquisidor en cada uno de ellos, este se instalaba en la ciudad más importante y desde allí dirigía los edictos a los pueblos de la zona a través de los sacerdotes, quienes realizaban su lectura el primer día de fiesta de guardar y luego los publicaban en las iglesias.

Las Visitas de navíos eran dirigidas por el Comisario, quien concurría acompañado por el Notario, un Familiar y algunos soldados.

En las Visitas se recogían las testificaciones que, una vez analizadas, eran derivadas a los correspondientes Tribunales. Durante el transcurso de las Visitas sólo se procesaban los delitos menores (Instrucciones de 1561 del Inquisidor General Valdés). Las personas acusadas no eran detenidas, salvo en los casos de delitos graves y si resultaba presumible su fuga.

Generalmente se iniciaban a fines de enero o comienzos de febrero y se prolongaban hasta marzo, coincidiendo con la cuaresma: época de arrepentimiento, confesión de culpas, penitencia, recogimiento y reflexión.