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El Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid (1680)

     Plaza Mayor, 1680. Gran ceremonia de penitencia y castigo (Auto de fe).

     Se pueden distinguir en el fondo el rey Carlos II, la reina y la reina-madre.

     En una área ocultada en el centro se ven episodios del juicio, en que se destacan las figuras de los frailes dominicos y de los acusados, mientras que los espectadores ocupan los bancos construídos para el propósito.

     El Auto de fe del 30 de junio de 1680, en la plaza Mayor de Madrid proporciona una de las imágenes más espectaculares de la España barroca, que se ha asociado con la visión negra de la decadencia hispánica.

     Asistió Carlos II en compañía de su reciente esposa, María Luisa de Orleans, y de la reina madre, Mariana de Austria, junto con la flor y nata de la sociedad madrileña

 

Los cronistas del acontecimiento

     Se conocen con todo detalle las circunstancias del Auto de fe del reinado de Carlos II gracias a la Relación escrita por Joseph del Olmo y publicada en Madrid a fines de ese mismo año de 1680.

     Su autor desempeñaba los cargos de furriel del rey, maestro de obras del Palacio del Buen Retiro y maestro mayor de la Villa de Madrid y, como alcaide y familiar del Santo Oficio de la Inquisición, se encargó de diseñar la traza y levantar todo el escenario donde de tendría lugar el acto, en la Plaza Mayor de Madrid.

     Esta relación contiene al final un grabado esquemático explicativo de cómo se disponían las autoridades, los asistentes y los condenados en este escenario, que reproducimos en las páginas desplegables. No obstante, la imagen más completa y detallista de esta ceremonia es la que nos ofrece el espectacular lienzo pintado por Francisco Rizzi y que se conserva en el Museo de Prado y que fue realizado en 1683 para adorno del Palacio del Buen Retiro (ver cuadro). La precisión histórica con que está ejecutado este cuadro puede comprobarse siguiendo las explicaciones de la Relación de Joseph del Olmo.

     Según cuenta el relator, desde el principio de su reinado, Carlos II había mostrado su deseo de asistir personalmente a la celebración de un Auto general de fe, por ello el inquisidor general Diego Sarmiento de Valladares, aprovechando que había muchos reos en distintos tribunales inquisitoriales con sus causas ya concluidas o a punto de serlo y, sobre todo, por la persecución de los judeoconversos mallorquines (chuetas) y de otros judaizantes en Castilla, le ofreció la posibilidad de que se publicase este auto general en Toledo. El rey aceptó la idea, pero impuso que el lugar fuese Madrid, como demostración del celo de la Corona en la defensa de la fe. Se determinó que se haría el 30 de junio, festividad de San Pablo, «para que en él se celebrase también este gran triunfo de la fe católica y vencimiento de la obstinación judaica», en palabras de Olmo. Enseguida, se ofreció al duque de Medinaceli el honor de portar el estandarte del Santo Oficio en la llamada Procesión de la Cruz Verde.

Preparativos, pregones e indulgencias

     Para organizar este acontecimiento tan relevante en el que participaría la Corte y estaría representados los consejos y las autoridades civiles y eclesiásticas de la capital, se nombraron ocho comisiones: para la fabrica del teatro (tablado del escenario en la Plaza Mayor de Madrid); para prevenir los estándares procesionales y las arquillas de las sentencias; para preparar a los familiares del Santo Oficio que el día del auto a caballo y con varas de justicia debían acompañar al Consejo de la Suprema Inquisición y disponer el dosel, las sillas y los bufetillos nuevos necesarios en esta ceremonia; para publicar el auto y organizar las colgaduras, asientos y adornos del teatro, las procesiones de la Cruz Verde y de la Cruz Blanca, las guardias del recinto y del quemadero, y ajusticiamiento de los reos; para agilizar el despacho de las causas de fe, formando y corrigiendo las sentencias, alojando y vistiendo a los reos con los hábitos penitenciales, confeccionando las estatuas de los condenados en efigie; para disponer del manual para las abjuraciones y absoluciones de los reos; y también para prevenir el refresco necesario para los asistentes y oficiales en una larga ceremonia que llevaría casi todo el día.

     Se envió orden a los distintos tribunales inquisitoriales para que remitiesen a la Corte a todos aquellos reos cuyas sentencias se hallaban listas para su ejecución: «salíamos a recibir los ministros de este santo tribunal en coches y con armas para que pudiesen entrar los reos más recatadamente, y sin ser vistos, ni reconocidos del pueblo, portándose con la circunspección, secreto y prudencia que estilan los ministros del Santo Oficio». Y se invitó a acudir al Auto a los miembros de los tribunales de la Inquisición de Toledo y Valladolid, y a los miembros de las ciudades de Ávila, Segovia y otros lugares cercanos a la Corte.

     El jueves 30 de mayo, día de San Fernando, a las tres de la tarde se colocó en el balcón situado sobre la puerta de la habitación del inquisidor general el estandarte bordado en oro del Santo Oficio, adornando toda la fachada con colgaduras de damasco carmesí, y anunciando este acto de la publicación del Auto general de fe con clarines y timbales. Entre las cinco y las seis de la tarde se congregaron frente a las casas del inquisidor general hasta 150 personas, entre familiares del Santo Oficio, comisarios y notarios de la Corte para pregonar por las principales calles y plazas de Madrid el día de celebración del auto: «Sepan todos los vecinos y moradores de esta villa de Madrid, corte de S. M., estantes y habitantes en ella, como el Santo Oficio de la Inquisición de la cuidad y reino de Toledo, celebraba auto público de la fe en la plaza mayor de la corte, el domingo treinta de junio de este presente año, y que se les conceden las gracias e indulgencias por los sumos pontífices, dadas a todos los que acompañaren y ayudaren a dicho auto. Mándase publicar para que venga a noticia de todos». Al paso de los pregoneros, la gente profería exclamaciones de este tenor: «¡Viva la fe de Cristo!».

     Se formó a fines de junio la llamada Compañía de los Soldados de la Fe, integrada por unos 250 hombres, encargada de custodiar los lugares de celebración del Auto, reforzar la vigilancia de los 118 reos y dar lustre marcial a las procesiones del auto. El 28 de junio, esta compañía alojada en el Tribunal de Corte (Palacio de Santa Cruz), recoge en la Puerta de Alcalá una gran cantidad de haces de leña, y se dirige ante el rey para llevar uno de estos haces en su nombre, que «fuese el primero que se echase al fuego» del quemadero en el momento de la ejecución de los condenados a la hoguera. Después depositaban toda la leña en el quemadero público instalado a casi 100 metros de la Puerta de Fuencarral (actual Glorieta de Bilbao). El día del auto, 30 de junio, a las cinco de la mañana acompañan a los reos a la Plaza Mayor y al finalizar la ceremonia los entregan al brazo secular (justicia civil) para la ejecución de penas...

Entre el Auto de Fe y el quemadero

     Antes de celebrarse el Auto de fe, salieron de procesión la Cruz Verde y la Cruz Blanca, la primera  con destino a la Plaza Mayor y la segunda hacia el quemadero.

     Reunidos los reos, se les notificó la sentencia y se les adjudicó dos religiosos a cada uno para asistirles y procurar su abjuración. A las tres de la mañana, recibieron los vestidos penitenciales confeccionados por el tribunal y a las cinco habían desayunado. Joseph del Olmo, como alcaide del Santo Oficio, tenía la lista de los reos con el orden en que debían salir en procesión y colocarse en el escenario. Los retrasos en las audiencias de algunos reos determinaron que la procesión se retrasara hasta la siete de la mañana. Iban en ella los Soldados de la Fe, la Cruz Verde de la parroquia de San Martín vestida con velo negro, doce sacerdotes con sobrepellices y 120 reos acompañados cada uno por dos ministros, uno a cada lado (Del Olmo habla de 120 reos, pero debe haber un error, pues en su relación nominal sólo aparecen 118).

     Los 34 primeros eran condenados a relajar (pena de muerte) en estatua (muertos o fugitivos) hechas de sus figuras de papel y cartón, por ello llevaban corozas pintadas con llamas (32) y sambenitos (2), portando algunas unas arquillas con sus huesos y todas ellas con sus nombres escritos en rótulos de papel en el pecho.

     De los reos que salieron en persona con velas amarillas apagadas en las manos, había:

     11 con abjuración de levi (bígamos y embusteros que llevaban corozas y algunos con sogas a la garganta, con tantos nudos como centenares de azotes debían recibir)

     54 eran reos judaizantes reconciliados (vestidos con sambenitos de media aspa o aspa entera)

     21 condenados a relajar ( equipados con coroza y capotillos de llamas y los pertinaces con dragones entre las llamas), 12 de los cuales aparecían atados de manos y amordazados para que no profiriesen blasfemias o respondiesen a los insultos del gentío que les hostigaba.

     Esta procesión de los reos salió de las cárceles del Tribunal de Corte (Plaza de Santa Cruz), pasó por las casas del Inquisidor General, bajando por la calle de enfrente prosiguió a mano derecha a la plazuela de la Encarnación. Desde allí recorrió las principales plazas y calles del Madrid de los Austrias hasta entrar en la Plaza Mayor. Una vez allí, subieron al teatro del Auto por las escaleras de la derecha, recorrieron el tablado por el corredor exterior, y pasaron junto al altar y por delante de los reyes antes de tomar asiento en las gradas de los reos. Después, se colocaron en las gradas opuestas el inquisidor general, con sus diáconos y los miembros de los consejeros. Vestido de pontifical, el inquisidor general desciende hasta el balcón del rey para tomarle juramento a él y al pueblo.

     Una vez iniciada la misa y pronunciado el sermón, se dio comienzo a la parte más larga de la ceremonia, la lectura de las causas y las sentencias, llevando a cada reo o a su estatua, por orden, a las jaulas situadas en el centro del teatro. La relación de Del Olmo contiene una lista completa de los condenados con su nombre, origen, edad, oficio, vestimenta penitencial y delitos cometidos, así como la pena a la que había sido condenado.

     A las cuatro de la tarde, concluyó la lectura de las sentencias de los condenados a muerte, e inmediatamente los 19 reos que debían ser ejecutados fueron conducidos por la calle de Boteros, calle Mayor, plaza de las Descalzas y de San Martín, hasta la calle de San Bernardo para ir directamente hasta el quemadero de la Puerta de Fuencarral (vuelve a parecer la discrepancia: Del Olmo menciona la cifra de 21 condenados y sólo ofrece 19 nombres).

     Mientras tanto, en la Plaza Mayor, continuó la lectura de las demás causas, hasta concluir a las nueve de la noche. Comenzaron después las abjuraciones ante el altar (que podían ser de levi por sospecha leve de herejía, de vehementi por sospecha grave, y en forma para convictos y confesos de herejía). Tras la absolución, se hizo una salva de honor por la Compañía de los Soldados de la Fe y prosiguió con música la celebración de la misa con la lectura del Evangelio, encendiendo sus velas los reconciliados.

A las nueve y media de la noche, concluyó la misa y con ella el Auto de fe. Carlos II estuvo presente en el balcón real desde que se situó en él a las ocho de la mañana hasta su finalización. Los reos penitenciados fueron conducidos de nuevo a las cárceles del Tribunal de Corte.

La piadosa prudencia inquisitorial

     La ejecución de las sentencias de muerte correspondía a la justicia civil (de ahí el término relajado). Así describe Del Olmo esta terrible consecuencia del Auto: «Había el tribunal, muy con tiempo, avisado a los jueces seculares que previniesen en el brasero hasta veinte palos y argollas para poder dar garrote, y atando en ellos como se acostumbra a los reos aplicarles el fuego, sin necesidad del horror y violencia de otras más impropias y sangrientas ejecuciones, y juntamente que hubiese prevenidos bastantes ejecutores de la justicia para más breve despacho de los suplicios. La piadosa prudencia del santo tribunal, mientras los reos están en su poder, obliga a que se observe de tal manera la moderación, que nadie exceda ni falte a la precisión y observancia de los cánones sagrados, pero en entregando los reos a los magistrados públicos, corre por cuenta ajena este cuidado». El brasero levantado a tal efecto era de 3600 pies cuadrados (282 metros cuadrados) y de 7 pies de alto (1,96 metros), se subía a él por una escalera y era lo bastante ancho para poder ejecutar a todos los condenados a la vez, permitiendo que los ministros y religiosos les asistiesen sin dificultad.

     El gentío congregado para contemplar la ejecución complicó la labor de los soldados que custodiaban en conjunto. «Fuéronse ejecutando los suplicios, dando primero garrote a los reducidos (arrepentidos) y luego aplicando el fuego a los pertinaces, que fueron quemados vivos con no pocas señas de impaciencia, despecho y desesperación. Y echando todos los cadáveres en el fuego, los verdugos le fomentaron con la leña hasta acabarlos de convertir en ceniza, que sería como a las nueve de la mañana». Al acabar, la compañía de los Soldados de la Fe sacó en procesión la Cruz Blanca hasta la parroquia de San Miguel, donde se celebró un responso por los ajusticiados convertidos.

     El 3 de julio a las once de la mañana se ejecutaron en los demás penitenciados las condenas de azotes y vergüenza pública. Concluyeron los actos relacionados con este Auto general de fe, llevando en procesión la Cruz Verde desde el Colegio de Santo Tomás hasta el convento de Santo Domingo el Real ese mismo día y con la disolución de la compañía de los Soldados de la Fe, al día siguiente, 4 de julio. En este convento tuvo lugar el 28 de octubre de 1680 un auto particular de fe (llamado habitualmente autillo, por que sólo concurre el Santo Oficio) contra 15 reos judaizantes reconciliados y un veneciano condenado por hereje. Joseph del Olmo incluye al final de su Relación una descripción de este otro auto.

     El balance del Auto general de 1680 informa de que 104 reos fueron condenados por judaizantes y procedían sobre todo de Portugal, pero también de Málaga, Zamora y Pastrana; muchos de ellos constituían grupos familiares enteros. Hubo además 1 mahometano, 2 herejes y 11 reos por delitos menores. Sus edades comprendían desde los 14 años de la mujer más joven hasta los 70 años de una anciana portuguesa. Se observará que los judeoconversos fueron la principal preocupación de los tribunales inquisitoriales en la segunda mitad del siglo XVIII, pero la intensidad de estas persecuciones prácticamente se extinguió después de este auto de 1680. A partir de entonces, se redujo en general el número de los condenados.

Condenados en la Plaza Mayor de Madrid, 1680

     A las tres de la mañana del día 30 de junio, los 84 reos en persona (35 mujeres) recluidos en las cárceles del Tribunal de Corte se vistieron con los hábitos penitenciales acordes a su sentencia: coroza con insignia (de hipócrita y embustero, de hechicería supersticiosa, de sacerdote casado, de casada dos o tres veces y de condenado a relajación), sambenitos (de media aspa o de aspa entera, con llamas o con mascarones de demonios), y algunos iban amordazados con las manos atadas. También se prepararon las 34 estatuas de los condenados difuntos o fugitivos (12 mujeres), y las 10 cajas para los huesos de los fallecidos (4 mujeres).

     Finalizado su desayuno a las cinco de la mañana, esperaron hasta las siete para salir en la procesión del Auto de fe. Tras recorrer las principales calles y plazas de la villa, entraron en la Plaza Mayor y fueron colocados en el graderío de los reos situado a la izquierda del balcón real. Después de leerles las sentencias a los condenados a muerte (relajación al brazo secular) entre las doce del medio día y las cuatro de la tarde, se los llevaron al quemadero instalado a las afueras de la Puerta de Fuencarral. Eran en total 51 reos relajados al brazo secular (17 mujeres), 22 fugitivos relajados en estatua (7 mujeres), 2 difuntos relajados en estatua (1 mujer), 8 difuntos cuyos huesos fueron quemados (3 mujeres), 12 ejecutados a garrote y quemados después, por haber sido reducidos por los religiosos que los asistían (4 mujeres) y 7 quemados vivos por pertinaces (2 mujeres).

     En la plaza mayor, prosiguió la lectura de las demás causas y sentencias hasta las nueve de la noche. Después de las abjuraciones (10 de levi y 1 de vehementi) y la absolución de los 56 reos reconciliados (26 mujeres), 2 de los cuales lo fueron en estatua, se retomó la misa solemne  con la lectura del Evangelio, hasta su conclusión a las nueve y media de la noche.

     Agrupados por edades los 118 reos del Auto de 1680, se comprueba que 46 de ellos estaban comprendidos entre los 13 y 30 años, 36 entre los 31 y 50 años, y 12 entre los 51 y 76 años. Se carece de referencias de edad sobre otros 24 reos, en su mayoría huidos o fallecidos antes del Auto.

     Además de las penas de relajación, se dictaron estas otras penas para los reos reconciliados y para los que abjuraron: de cárcel por 2 meses (1 reo), 4 meses (1 reo), 6 meses (13 reos), 1 año (10 reos), 2 años (3 reos), 3 años (1 reo), 6 años (1 reo), o perpetua irremisible (21 reos); destierros por 1 año (13 reos), 2 años (11 reos), 4 años (2 reos), 5 años (3 reos), 6 años (2 reos), 8 años (1 reo), 10 años (2 reos), y generales (1 reo), los más largos conllevaron una condena a remar en galeras sin sueldo los cinco primeros años; 200 azotes (6 reos); inhabilitación (2 reos); confiscación de bienes sobre todos los reos reconciliados y relajados (pero la mayoría no poseía bienes); vergüenza pública (1 reo); adoctrinamiento con un calificador de la inquisición (5 reos); y prohibición de ir a los puertos y 20 leguas alrededor (12 reos).

El escenario del Auto de fe de 1680

     El escenario se levantó en madera en la Plaza Mayor, entre los días 23 y 28 de junio. Fue diseñado por el maestro mayor del Buen Retiro y de la Villa de Madrid, Joseph del Olmo, bajo la supervisión del comisario inquisitorial Fernando de Villegas. Antes de construirlo se inspeccionaron las casas y cuevas que había de soportar el enorme peso de esta arquitectura efímera. El lugar de la Plaza Mayor escogido abarca el ángulo comprendido entre la esquina de la calle Toledo y la calle Nueva (actual calle de Ciudad Rodrigo, que desemboca en Mayor) hacia la Puerta de Guadalajara.

     La planta del teatro (tablado) medía 196 pies de largo (54,88 metros) y 100 de ancho (28 metros), formando un rectángulo de 1536 metros cuadrados de superficie. Tenía 13 pies (3,64 metros) desde el piso de la plaza a su primer suelo. Se accedía a él por dos escaleras de diez gradas hasta un rellano y otro tramo de diez gradas más; la que estaba al norte desembocaba en la superficie del tablado a la izquierda del rey y, por la opuesta, accedían los consejos situados a mano derecha del rey.

     Se hicieron tres corredores. El primero separado de la pared de las casas del conde de Barajas, donde los reyes presenciaban el Auto, tenía 14 pies de ancho (3,92 metros) y 50 pies de largo (14 metros), y servía para pasar la procesión de los reos por delante de los reyes, «para que mejor los pudiesen ver». El segundo corredor se formó de una longitud semejante, en el que se colocó un tarimón orientado hacia el Este en el medio con dos jaulas de verjas de 56 centímetros de lado y 98 de alto, con sus portezuelas, para que los reos oyesen en ellas sus causas y sentencias. Frente a estas dos jaulas se instalaron dos cátedras para que sucesivamente diez religiosos dominicos y jerónimos leyesen causas y sentencias. Entre las dos cátedras y jaulas, había bancos para los secretarios, abogados de presos, relatores y otros ministros, y delante de ellos dos bufetillos, adornados con tapetes morados, con las dos arquillas que contenían los documentos de las causas y las sentencias. El tercer corredor coronaba la parte exterior del teatro, aquí se instalaron gradas para las familias de los inquisidores.

     A la derecha del teatro -mirando desde el balcón- sobre ricas aalfombras, se dispuso el altar con la Cruz Verde cubierta por un velo negro, el estandarte procesional bordado en oro y doce grandes candelabros de plata; junto a éstos estaba emplazado el púlpito del predicador. Se levantó una grada que iba desde el suelo del tablado hasta unos 70 centímetros por debajo de los balcones del segundo piso de la Plaza. En estas gradas se sentaban los miembros del Consejo de la Inquisición, y de los demás Consejos (Castilla, Aragón, Flandes, Italia e Indias), y en lo alto se colocó el solio y el dosel del inquisidor general (adornado con el escudo real y el del Santo Oficio), y con dos bufetes a los lados para las vestiduras pontificales (derecha) y para los ornamentos de los capellanes de honor (izquierda). Se hicieron arriba del graderío unas escaleras interiores para que los miembros de los consejos situados en esta parte del tablado pudiesen bajar a las habitaciones del primer cuarto a tomar algún refrigerio. Enfrente de estas gradas y a la izquierda del teatro, se construyó otro graderío de semejantes proporciones y accesos, donde se colocaron los reos, los religiosos que los asistían y los familiares del Santo Oficio que los custodiaban. En un banco junto al corredor central, estaban sentados los alcaides (lugar de Joseph del Olmo) y en otro banco, detrás de ellos, los tenientes de la Villa de Madrid.

     Debajo del tablado y gradas de los consejeros, había ocho apartamentos; tres de ellos servían como cárceles y lugares de audiencia para los reos, otros tres eran habitaciones para comer y descansar; el séptimo, un retiro separado para el predicador hasta la hora del sermón y el octavo, para el sacerdote oficiante, ya que todo el acto quedaba comprendido en una misa que comenzaba con el Auto y lo cerraba. El refrigerio preparado para los asistentes consistía en abundantes bizcochos, chocolate, dulces y otras bebidas. Debajo de las gradas y el tablado de los reos, había otras cuatro habitaciones para dar de comer y descansar a los ministros de esta parte del escenario, y para atender a los accidentes que les sobreviniesen a los reos (desmayos, caídas..).

     Para resguardarse del sol, se extendían unos toldos mediante perchas colocadas sobre 26 pilastras y cuerdas fijadas en los balcones más altos. Junto al tablado se formó una plaza con un vallado de madera, en ella se colocaron los soldados de la fe para facilitar un acceso más cómodo de las procesiones y el acompañamiento de los asistentes al acto. Desde ella se formó una calle de 26 pies de ancho (7,28 metros) hasta la bocacalle de los Boteros con vallas de 4,5 pies de alto (1,26 metros), para contener al público.

     Junto al balcón de los reyes (que era el número 29 del primer piso en este lateral de la Plaza Mayor), se abrió una puerta para acceder a las escaleras que daban al tablado. Se doró el balcón real y se rompieron algunos tabiques para comunicar el cuarto del rey con los balcones de las damas de palacio. Asimismo, se colgó un dosel a media altura del balcón del segundo piso. La obra en general fue costeada por la Villa de Madrid, a excepción del balcón real, que corrió a cargo del soberano, y del adorno del teatro, que aportó el Tribunal de la Inquisición.

     El repartimiento de los balcones de la Plaza estaba hecho de modo que en la mayor proximidad de los reyes se situaran sus gentiles hombres y damas, así como los nobles y eclesiásticos de mayor rango; disminuyendo la importancia, alcurnia o riqueza de los invitados conforme se alejaban del balcón real.

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