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La Inquisición en Cartagena de Indias

 

Por cédula real del 25 de febrero de 1610 se constituyó el Tribunal de Cartagena de Indias, que el 30 de noviembre del mismo año dio comienzo a sus tareas.

Esta institución tenía jurisdicción sobre los obispados de Panamá, Santa Marta, Popayán, Puerto Rico, Venezuela y Santiago de Cuba. Su coemetido era el de velar por la pureza ideológica y moral de los inmigrantes peninsulares.

En aquel tiempo, Cartagena de Indias estaba poblada por españoles en su gran mayoría, portugueses, muchos de ellos mercaderes judíos; escasos indios y gran número de negros, mulatos, cuarterones y zambos, todos ellos esclavos o libertos.

Allí tenían asiento la corte del gobernador, el cabildo municipal y las representaciones de órdenes religiosas como las de los dominicos, jesuitas, franciscanos, agustinos y mercedarios. La ciudad, en su constante bullicio, oscilaba entre las tertulias mundanas, la obligatoria siesta del mediodía y las ceremonias religiosas.

El ambiente social se hallaba cargado de supersticiones y, aunque de manera no muy visible, la magia impregnaba la vida cotidiana de la ciudad amurallada.

Todos los viernes por la noche, tanto en la villa de Tolú como en Cartagena, se reunían las cofradías de hechiceros y curanderas. Los documentos mencionan, específicamente, los manzanillos de la ciénaga, la playa o la casa de algunas de las mandatarias en Cartagena, y los parajes del Palo Güeco en Tolú, como sitios de reunión.

Cartagena era una colonia multiétnica, con escaso control social; el adulterio resultaba frecuente y los hijos naturales proliferaban. El clero secular y regular estaba constituido por españoles, criollos y mestizos; era el encargado de difundir y enseñar la nueva fe. Representaban al Estado unos cuantos oficiales reales, los oficiales del fisco, los escribanos y los militares. Entre quienes ejercían las profesiones liberales se destacaban los médicos, los abogados, los maestros y los practicantes-cirujanos; y, finalmente, en la base se encontraban los artesanos, los comerciantes y el pueblo raso, constituido por vendedores callejeros, esclavos y libertos.

El número de letrados, exceptuando a los oidores, no pasaba de dos. En cuanto a eclesiásticos, sólo el tesorero de la catedral tenía alguna noción de letras.

Los únicos que se disputaban el honor de ser titulares de la institución eran los dos médicos. Con ocho mil ducados se compraron las casas para la sede del tribunal y se mandaron labrar trece cárceles corriendo el año 1610.

Despues de tres años de sesiones irregulares, los procesos presentados eran menos de lo deseados y de importancia muy mediana. Nunca los casos de herejía colectiva que infestaban a España.

Esta relativamente poca popularidad de la institución española en tierras tropicales no impidió la celebración del primer Auto de fe, en la cuaresma de 1614.

El Tribunal convocó, con el paso de los años, varios Autos de fe, para juzgar y condenar o absolver una variedad de reos, portugueses en su gran mayoría, españoles, franceses, ingleses, mestizos, cuarterones, mulatos y negros. Sus ocupaciones variaban; había comerciantes, marineros, mercaderes, soldados, frailes, carpinteros, zapateros, labradores, esclavos, parteras, hechiceros y brujos.

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