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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo IX de la Segunda Parte

Capítulo IX de la Segunda Parte

De familia de judíos

Don Rodrigo Henríquez de Fonseca es denunciado en Málaga. Los inquisidores logran encontrar la pista del reo. Envíase orden de prenderlo al comisario de Santiago. Percances que ocurren a Henríquez y su familia en el viaje a Lima. Pobreza de los reos. Confesiones que hacen en el Tribunal. Luis de Rivero se suicida en la cárcel. Relación de su causa (nota). Diligencias practicadas en España para averiguar los antecedentes de los acusados. Confesiones que se les arrancan en el tormento. Henríquez de Fonseca y su mujer son quemados en el auto de fe de 23 de enero de 1664.

Los últimos procesos de importancia en que le tocara actuar al comisario Machado fueron los que se siguieron contra don Rodrigo Henríquez de Fonseca, su mujer doña Leonor de Andrade y su cuñado Luis Rivero.

Iniciose la causa por una denunciación que ante el comisario de Málaga hizo un familiar del Santo Oficio de aquella ciudad, llamado Juan Mateos, en que expresó que, hallándose «en la casa de la Lisa, en la puerta de la mar, estaban diferentes guardas y don José de Alvarado, guarda mayor de la Aduana y el delatante, el cual dijo que don Baltasar de Cisneros, estando a la puerta de la Aduana, había dicho que don Rodrigo de Fonseca, estando visitando al rey de Fez un moro que pocos días ha llego a este puerto, le había dicho que las aves que comiese las hiciese matar delante de sí y que no estuviesen trefes, y guarde los cuchillos con que se degollasen, que no los fiase de nadie; y [460] porque las dichas palabras, concluía Mateos, las tiene por sospechosas, ha hecho la dicha delación».

Con estos antecedentes, el Santo Oficio resolvió procesar al denunciado; pero cuando se le buscó para aprehenderlo no se le pudo encontrar en ninguna parte.

Habían transcurrido varios años y no se tenía de él noticia alguna cuando la Inquisición de Lima recibió una carta del Consejo, datada en abril de 1655, en que le participaba que Henríquez y su mujer se habían venido por Buenos Aires hasta el Paraguay y Tucumán.

En 30 de octubre de ese año se despacharon contra ambos mandamientos de prisión, con secuestro de bienes, cometidos a los comisarios de las ciudades de La Plata y Potosí. Este último devolvió el mandamiento, dando noticias que por algunas personas fidedignas había sabido que las señas de los reos convenían en un todo con las de don Diego Sotelo y su mujer doña Francisca, que desde Córdoba del Tucumán se habían venido a Santiago, donde un sacerdote que acababa de llegar de esta ciudad dejaba establecido en ella como médico a don Diego de Sotelo, que, por lo dicho, no podía ser otro que el don Rodrigo Henríquez que se buscaba.

Luego que los inquisidores recibieron esta carta, ya seguros de la pista de la presa que buscaban, en 18 de enero de 1656 remitieron los mandamientos al comisario Machado para que sin pérdida de tiempo apresara a los denunciados, les secuestrara los bienes y bajo partida de registro los remitiera a Lima en el primer navío. En 22 de agosto de ese año escribían los inquisidores al Consejo que, según se había entendido por una fragata llegada de Chile, con tres petacas cerradas, un baúl y un negro de propiedad de los reos, debían éstos ir en otro navío, «que no ha llegado, agregaban, y según lo que tarda se recela se haya perdido». ¡Ojalá que para dicha de aquellos infelices así hubiera sucedido!

Mas, los temores de los inquisidores resultaron infundados, pues no habían cerrado aún el pliego en que enviaban aquellas noticias, cuando arribó al Callao el buque que traía a Henríquez de Fonseca, a su mujer doña Leonor de Andrade y al hermano de ésta. Doña Leonor llevaba una hija suya de ocho meses, «y todos, expresan los jueces, llegaron muy pobres y desnudos por haberles echado con tormenta la ropa a la mar». En ese estado fueron encerrados en las cárceles secretas (30 de agosto de 1656) habiendo desde un principio, declarado sus verdaderos nombres.

Mientras llegaban de España nuevos antecedentes y la ratificación del único testigo que obraba en el expediente y que, como se recordará, hacía ya ocho años cabales que había declarado, veamos la suerte que corrían los reos en las cárceles, según la siguiente carta escrita al Consejo por el inquisidor don Álvaro de Ibarra.

«Muy poderoso señor: Por orden de Vuestra Alteza se prendieron en esta Inquisición las personas del doctor don Rodrigo Henríquez de Fonseca y de doña Leonor de Andrade, su mujer, y por este Santo Oficio la de Luis de Rivero, hermano de la dicha doña Leonor.

»Puse acusación en forma a don Rodrigo y a su mujer, cuyas causas quedan en estado de prueba, sin poderse proseguir por haber negado y no estar ratificado Antonio Henríquez de León, que fue quien denunció de ellos, hasta que Vuestra Alteza se sirva de mandar remitir la ratificación del susodicho y las declaraciones de los padres de estos reos, si acaso los hubieren testificado.

»Doña Leonor de Andrade refiere que cuando salió de España, quedaban presos en las Inquisiciones de Toledo y Granada, Andrés de Fonseca y doña Isabel Henríquez, padres del dicho don Rodrigo, y su hermano don Luis Henríquez con su mujer doña Guiomar Henríquez.

»Luis de Rivero en sus confesiones declara que él, Felipe Rivero y Guiomar Rodríguez de Andrade, sus padres, María de Andrade, su tía, y Violante Rodríguez, hija de la dicha doña María, juntamente con su marido, de cuyo nombre no se acordaba, y Duarte Fernández Valencia y Simón Núñez, sus primos, todos vecinos de Málaga, y su hermana doña Leonor y don Rodrigo, su cuñado, habían judaizado y hecho algunos ayunos y otros ritos y ceremonias por observancia y guarda de la ley de Moisés.

»Y al segundo día después de la tercera monición, cuando se trataba de ratificar al dicho Luis de Rivero contra su hermana, por estar entonces esta causa en plenario y ad perpetuam rei memoriam contra los demás cómplices, el médico de este Santo Oficio que le visitaba por causa de una hipocondría de que adolecía, le halló en su cárcel muerto y desangrado.

»Diose cuenta al Tribunal y habiéndose hecho inspección del caso, se reconoció que de un hueso pequeño hizo una como lanceta con que se hirió el brazo izquierdo en la vena del arca, en el mismo lugar donde se acostumbra sangrar, y que un poco más arriba tenía vendado el brazo con una tira de lienzo.

»Por éstas y otras circunstancias se tuvo por cierto que este reo, desesperado, se quitó la vida, sin embargo, que por buen confidente y por verle enfermo se puso especial cuidado en su regalo y consuelo, mudándole a carcelería y habitación menos penosa, con dos piezas, la una descubierta en que se pudiese divertir, y que el día antes del suceso el Tribunal le ofreció despachar con la brevedad posible, usando de toda piedad y misericordia.

»Mandose enterrar el cuerpo en las cárceles secretas en un lugar señalado, y para la exhumación y relajación de sus huesos, se ha resuelto no seguir su causa hasta ver el fin de las de su hermana y cuñado, porque en el estado en que están se tiene por inconveniente proseguirla, por haberse de nombrar por defensor el pariente más cercano, aunque se halle por el mismo delito preso en las cárceles secretas, según la instrucción del señor arzobispo inquisidor general don Fernando de Valdés, de 1561, y no se remiten en esta ocasión las declaraciones de estos reos por la poca seguridad de este aviso: guarde Nuestro Señor a Vuestra Alteza como la cristiandad ha menester. Lima y marzo 28 de 1659. -Doctor don Álvaro de Ibarra».

Por fin, en 5 de abril de 1660, se recibían en Lima algunos de los antecedentes que se andaban recogiendo en España. «Procuraremos, decían poco después los inquisidores, proseguir estes causas, aunque con desconsuelo, porque en el estado presente están negativos el médico y su mujer».

En otra carta que escribían seis meses más tarde, añadían: «Las causas contra don Rodrigo Henríquez de Fonseca y doña Leonor de Andrade, su mujer, presos por judaizantes en este Santo Oficio, se han proseguido y les está dada publicación; están negativos y se hallan con un testigo de vista, que es Antonio de León, (cuyas testificaciones ratificadas en plenario se han recibido en este Santo Oficio) y con otro conteste que, por haberse quitado la vida en estas cárceles, no se ratificó; éste fue Luis Rivero, hermano de la dicha doña Leonor; tienen otros testigos de poca importancia. El dicho don Rodrigo está circuncidado, sus padres y suegros han sido presos en las Inquisiciones de España por el mismo delicto, de donde se hace manifiesto que estos reos son judíos; que falta la prueba y que se puede hacer a costa de alguna dilación, y así he determinado no sentenciar estas causas, sino suplicar a Vuestra Alteza se sirva de mandar que de las Inquisiciones de España se nos remitan las testificaciones que hubiere de las causas del doctor Andrés de Fonseca y doña Isabel [464] Henríquez, su mujer, padres del dicho don Rodrigo, presos en la Inquisición de Cuenca, año de 1654, y de don Luis Henríquez y doña Guiomar Henríquez, su mujer, hermanos del dicho don Rodrigo, presos en la Inquisición de Granada, año de 1652, y de Felipe Rivero, padre de la dicha doña Leonor, preso en la Inquisición de Granada, con las testificaciones de sus cómplices, en cuanto son contra los dichos presos don Rodrigo y doña Leonor, su mujer, y contra el dicho Luis Rivero, hermano de la dicha doña Leonor, difunto; y razón autorizada de haber sido preso y penitenciado el dicho Luis Rivero en la Inquisición de Granada (como se ha entendido); y si estas testificaciones vinieren con brevedad se excusará el gasto que estos reos hacen al Fisco. Guarde Nuestro Señor a Vuestra Alteza como la cristiandad ha menester. Reyes y octubre 14 de 1660 años. -Don Cristóbal de Castilla y Zamora».

En conformidad a las instancias que se hacían al Consejo, éste pudo anunciar a sus delegados de Lima, con fecha 4 de noviembre de 1661, «que para las causas que allí se siguen contra don Rodrigo Henríquez de Fonseca, doña Leonor su mujer, y Luis de Rivero su cuñado, no hay más testificaciones que remitilles, aunque se han hecho las diligencias en buscarlas en las Inquisiciones de Granada, Cuenca y en el Tribunal de esta Corte.

»Y que habiendo hecho información, se añadía, de que el dicho Luis Rivero se mató a sí mesmo con la sangría, por haberse roto la vena, se siga su causa contra él, conforme al estilo del Santo Oficio».

Pero no habían esperado estas órdenes sus celosos delegados de Lima para proceder enérgicamente contra el infeliz médico y su mujer. Persuadidos de que, en rigor, ninguna deposición seria podía presentarse contra ellos y de que tampoco confesaban de buen grado cosa alguna, resolvieron llevarlos al tormento. Para este efecto, el 31 de enero de 1661 tendieron a doña Leonor en el potro, obligándola a la primera vuelta a confesar lo que quisieron. El 14 de febrero procedían a practicar una operación semejante con don Rodrigo: diéronle cuatro vueltas de la mancuerda, que sufrió con entereza, pero cuando en 4 de marzo comenzaron otra vez el tormento, las fuerzas le faltaron y hubo de condenarse a sí mismo.

Aquellos verdugos debían sentirse satisfechos de su obra y tranquilos en cuanto a las confesiones arrancadas de esa manera a Henríquez y su mujer. En el Consejo, sin embargo, no pasaba otro tanto. En 11 de septiembre de 1664 advertían a los inquisidores que si habían de sentenciar a los reos a relajación, enviasen copia del proceso y aguardasen la resolución que en vista de él se dictase. Mas, cuando esta providencia llegó a Lima ya era tarde. Don Rodrigo Henríquez de Fonseca y su mujer doña Leonor de Andrade habían sido quemados en la plaza de Acho en el auto de fe que se celebró el 23 de enero de 1664!.

 

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