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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo VIII de la Segunda Parte

Capítulo VIII de la Segunda Parte

El jesuita Melchor Venegas

Procesos seguidos por el nuevo comisario del Santo Oficio. Salvador Díaz de la Cruz, Agustín de Toledo, Luis de la Vega, Gaspar Henríquez y Cristóbal de Castro son penitenciados por polígamos. Ocho testigos mujeres denuncian al padre jesuita Melchor Venegas de solicitaciones en el confesonario. De orden de los inquisidores, el provincial de la orden llama a Venegas a Lima. Opinión del comisario acerca de los testigos. Resolución de los consultores. Examen del reo. Puesto de rodillas pide misericordia. Acusación del fiscal de la causa. Hechos escandalosos que se justifican al reo. Suave sentencia de los inquisidores. Los jesuitas obtienen que se conmute el destierro a Venegas por el rezo del rosario. Significativa consulta hecha al Tribunal por el comisario.

En conformidad a las facultades que al doctor Huerta Gutiérrez le confirió la Inquisición de Lima para la elección de comisario, procedió a llenar el despacho en blanco que se le había enviado, con el nombre de uno de los miembros del Cabildo eclesiástico, el arcediano don Francisco Machado de Chávez, hermano del oidor don Pedro Machado y ambos decididos adversarios del destituido deán Pérez de Santiago.

No fueron, en verdad, muchos los reos que por causas de fe hubo de procesar el nuevo comisario del Santo Oficio, o que se siguieron en su tiempo en otras ciudades del país, pues en los anales de ese Tribunal sólo se recuerdan los nombres siguientes:

Salvador Díaz de la Cruz, mestizo, natural de Yungay, de oficio sastre, que por haberse casado segunda vez en Concepción, recibió cien azotes y pena de galeras por cuatro años.

Por la misma causa fue procesado también en Concepción Agustín de Toledo, natural de Trujillo en el Perú, que servía con grado de alférez en el ejército de Chile, de edad de veinticinco años, que sufrió sólo destierro de unos cuantos meses.

Luis de la Barreda, oriundo de Osuna, viudo, de oficio sombrerero, vecino de Santiago y de edad de cincuenta y ocho años, que sostenía que la simple fornicación no era pecado «y que se quitaba con el agua de la tinaja». Enviado a Lima, entró en las cárceles secretas el 19 de mayo de 1648, y habiendo confesado todo y que lo había dicho sin malicia, abjuró de levi el 14 de octubre.

Luis de la Vega, natural de la Serena, mestizo, de treinta y cuatro años, sirviente, que, por haberse casado dos veces, tuvo que abjurar de levi, presentarse en público con coroza y recibir cien azotes.

Gaspar Henríquez, alias Luis de Saavedra, mayor de cuarenta y cuatro años, natural de Montilla, vecino de Santiago; y Cristóbal de Castro, oriundo de Guánuco, soldado en la frontera, procesado en Concepción, fueron presos y castigados por el mismo delito de doble matrimonio.

Y con esto entramos a la relación de un proceso de solicitación in loco confessionis que reviste especial gravedad y en que iba a aparecer por primera vez en Chile un miembro de la Compañía de Jesús.

Recibidas por el comisario de Santiago las declaraciones de ocho testigos mujeres que acusaban al reo -que no estamparnos en este lugar, porque pronto las veremos extractadas por el fiscal de la causa- y sus ratificaciones, y habiendo mediado otras diligencias, el 3 de septiembre de 1652 mandaron los inquisidores al provincial de la Compañía de Jesús que llamase a Venegas al colegio de San Pablo de Lima, y «que luego que llegue, sin que salga del dicho colegio, ni haga visita alguna, dé cuenta de su llegada».

Conforme con lo mandado, expidió el provincial, padre Bartolomé de Recalde, las órdenes del caso, y en 17 del mes de marzo del año siguiente se presentaba en el Santo Oficio a avisar que Venegas acababa de arribar al Callao, habiéndole hecho creer que su llamada a Lima era para confesar a los indios chilenos que en aquella ciudad solían hallarse. Junto con él, venía una carta del comisario Machado en que, con referencia a algunas de las testigos que habían depuesto contra el jesuita, aseveraba que era «gente noble y principal y de mucha calidad, emparentada con lo mejor de este reino».

Convocados los consultores, propusiéronles los inquisidores el caso, y de conformidad fueron todos de parecer que se señalase al reo como cárcel el aposento que su superior eligiese en el colegio de San Pablo, privándosele desde luego del ejercicio de sus órdenes y administración de sacramentos.

El 4 de abril procedían los jueces al primer examen del reo, y habiendo éste jurado decir verdad in verbo sacerdotis, dijo su nombre y ascendencia, ser natural de Chucuito, de edad de cuarenta y dos años, entrando en seguida a referir el discurso de su vida, hasta ser maestro en el colegio de Santiago, y en el de los colegiales, vicerrector y maestro de estudiantes.

En una segunda audiencia que se tuvo con él el 22 del mismo mes confesó algunas solicitaciones que había hecho en Lima en un viaje anterior, y muchos de los actos de que se le acusaba entonces, dando cuenta de otros de la misma calidad que no aparecían en el sumario.

«Y habiendo dado la hora, con lágrimas y demostraciones de mucho dolor y puesto de rodillas, pidió misericordia con protestación de la enmienda».

Después de las tres moniciones de estilo y de haberse negado a Venegas que pudiese celebrar misa, el 24 de mayo presentaba el fiscal el siguiente escrito de acusación contra el reo, que entregamos sin comentario alguno, aunque traduciendo al latín los pasajes que no pueden transcribirse en castellano.

«Muy ilustres señores: El doctor don Bernardo de Eizaguirre, inquisidor apostólico, que hago oficio de fiscal de este Sancto Oficio, en la mejor vía y forma que de derecho haya lugar, premiso todo lo en él necesario, parezco ante Vuestra Señoría y acuso criminalmente a Rafael Venegas, natural de la ciudad de Chucuito deste reino del Perú, religioso sacerdote de la Compañía de Jesús, de los tres votos, residente que ha sido en el colegio de Santiago de Chile, ahora preso en el de San Pablo de esta ciudad de Lima, y aquí presente, por solicitante en los confesonarios, sospechoso en la fe, sacrílego, falso y diminuto confitente, excomulgado y perjuro. Y digo que siendo el susodicho cristiano bautizado y confirmado, así habido y comúnmente reputado, y habiendo como tal gozado de las prerrogativas, gracias, privilegios y exempciones que los fieles católicos cristianos suelen y deben gozar, hasta verse en la dignidad de sacerdote y confesor, con el hábito y profesión de una religión tan santa y ejemplar, faltando a todas estas obligaciones, con poco temor de Dios Nuestro Señor Jesucristo, desprecio de la rectitud, justicia y censuras del Santo Oficio, en gran cargo de su conciencia y condenación de su alma, sintiendo mal de los santos sacramentos de la Eucaristía y penitencia, y de la pureza y santidad con que deben administrarse, tomándolos por capa y cubierta de sus torpezas carnales para mayor risa, escarnio y mofa de los herejes, ha abusado dellos y de los lugares sagrados en que se celebran, y como infiel ministro los ha ofendido e injuriado gravemente en mucho número de palabras deshonestas y hechos muy obscenos, con perjuicio, [449] turbación y escándalo de muchas personas, que, puestas de rodillas a sus pies, en forma de penitentes, salieron dellos, en vez de sacar salud, con mayor peste de pecados para sus almas, provocadas, solicitadas y pervertidas por el reo, de que en general le acuso; y especialmente de que mediado el año pasado de mil y seiscientos y cincuenta, poco más o menos, estando cierta mujer casada en la iglesia de la Compañía de Jesús de la ciudad de Santiago de Chile, la llamó el reo a un confesonario para hablarla, con color de que se estaba confesando, y teniéndola allí, la solicitó de amores, haciendo haecce rea pudenda dicti patris tetigisse, qui in manus ejus semen effudit, hecho de suyo inmundo y abominable. Y prosiguiendo en sus delitos y torpezas, llamó después el reo a la dicha mujer al confesonario por cuatro veces, y en él la trataba cosas de amores, hasta decirla y persuadirla en dos ocasiones que fuese al colegio, donde el reo era ministro de los colegiales, y que bien podría entrar en él, que no estaría excomulgada, con que la dicha mujer se resolvió a ir una noche al colegio, y dentro de él la conoció el reo carnalmente, en que, además del pecado y circunstancias de su origen, la seguridad en que el reo puso a la dicha mujer, arguye particular malicia que siente mal de las censuras pontificias, que tanto prohíben las entradas de mujeres (y más siendo para tan mal fin como lo referido) en las clausuras religiosas, sobre que pido sea el reo examinado. Y por un día del mes de septiembre del dicho año de mil y seiscientos y cincuenta, poco más o menos, habiendo ido otra cierta mujer a la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de la dicha ciudad de Santiago de Chile, porque el reo la había prevenido y avisado antes que fuese y le hiciese llamar, salió el reo a la dicha iglesia, y sentado en una silla donde se asientan para oír de penitencia, y puesta la dicha mujer de rodillas, habló con ella y en el discurso de la conversación la dijo el reo que no la llamaba a la puerta del colegio porque no sospechasen alguna malicia, y que la dicha mujer estaba para causar a cuatro frailes, y el reo estaba todavía para hacerla un hijo, a que ella le retornó otras palabras indecentes, triscando, y aunque pareció que todo lo que la dijo el reo fue triscando y no de veras, las costumbres del reo persuaden lo contrario, y ni la seriedad de aquel lugar y forma en que los dos estaban, de confesor y penitente, consienten tales triscas, sin grave ofensa del sacramento de la confesión, por estarle [450] representando. Y por el mes de septiembre del año pasado de mil y seiscientos y cuarenta y nueve, poco más o menos, habiendo ido otra mujer casada a la iglesia de la Compañía de Jesús de la dicha ciudad de Santiago de Chile, el reo la llamó que se llegase al confesonario, y aunque la dicha mujer le respondió que había mucha gente y que lo notarían, volvió a instar con ella, que bien podía, que ellos hablaban en los confesonarios (pido declare quiénes son los que hablaban así en los confesonarios, con individuación de las personas y cosas que sabe han hablado), pues a lo que parece dio a entender era en estas materias de solicitaciones, por lo que adelante se siguió. Y habiendo llegado la dicha mujer casada al confesonario, donde ya estaba el reo, se hincó de rodillas y se presinó, como que se confesaba (débese presumir que por indución del reo) con el cual parló cosas de amores, señalándole la parte y lugar adonde había de ir el reo a verse carnalmente con la dicha mujer; y las veces que la habló el reo en el dicho confesonario serían ocho, poco más o menos, y una de ellas se persignaba la dicha mujer, y otras no, y el reo hacía que la absolvía, dándose la dicha mujer golpes en los pechos; y esto sería dos veces, poco más o menos. Y no contento el reo de solicitar para sí, haciéndose tercero y alcahuete para otros, dijo por aquel tiempo en el confesonario a la dicha mujer que si con otra que estaba en su casa podría acomodarse cierto compañero suyo, que la nombró, y respondiéndole la dicha mujer que no podía ser, porque no había de saber nada la otra, el reo en diferente ocasión dijo a la dicha mujer en el confesonario, que fuese a casa de otra mujer, que la nombró, que allá iría con el dicho compañero, y habiendo ido todos a la dicha casa, conoció allí el reo carnalmente a la dicha mujer, y esto sería por dos veces, y en todas las que el reo la habló en el confesonario, fue citándola el lugar donde la había de conocer carnalmente, y una vez la dijo en el dicho confesonario que fuese a verle al colegio de noche, y que bien podía entrar en dicho colegio, donde era ministro de los colegiales. Y por el mes de mayo del año pasado de mil seiscientos y cincuenta y uno, estando la dicha mujer casada en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de dicha ciudad de Santiago de Chile, el reo la dijo que fuese al confesonario, donde parló con ella palabras de amores y otras deshonestas, diciéndola que saldría a la iglesia y que le había de mostrar las piernas; y habiendo salido el reo, la dicha mujer se alzó allí las polleras para mostrarle las piernas, y con efecto se las mostró. Y un mes adelante de lo que queda dicho, poco más o menos, estando la dicha mujer en la dicha iglesia, la llamó el reo al confesonario, donde parlaron palabras deshonestas, diciéndola que había de ir al colegio de los colegiales, en que él asistía, y la dicha mujer fue una noche, y habiendo entrado dentro, el reo la conoció carnalmente, a lo cual se siguió por tres veces, las dos que la dicha mujer de suyo fue a buscarle, y la otra que el reo la envió a llamar, haber hablado con ella en el dicho confesonario palabras deshonestas, diciéndola asimismo que hablase a otra cierta mujer; que el reo la nombró, para que viniese a ver a cierto religioso, que también la nombró. Y por el mes de noviembre del año pasado de mil y seiscientos y cincuenta y dos, habiendo precedido que al llamado del reo fuese dos veces la mujer a uno de los confesonarios portátiles de la dicha iglesia, donde el reo la trato de amores, y de pedirla celos, y que le diese una prenda para tenerla consigo; últimamente otra vez llamó el reo a la dicha mujer al dicho confesonario, donde, hincada de rodillas, parló con él, y el reo la dijo que cómo no le veía, y que como no se acordaba de él, que quería ir a su casa a verse con ella, y que para ello hablase a cierto religioso, que la nombró, para que le llevase por compañero y que tuviese prevenida cierta mujer que la nombró, para el dicho religioso, y aunque esto no tuvo efecto, no quedó por el reo sino por parte de la dicha mujer, a lo que parece. Y por un día del mes de enero de este año de mil y seiscientos y cincuenta y tres, llamó el reo con particulares señas desde un confesonario, estando de la parte de adentro, a la dicha mujer que estaba en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de dicha ciudad de Santiago, y puesta de rodillas parló con ella, y la dijo si había dicho a alguna persona cómo habían hablado antecedentemente por el confesonario, y que no lo dijese, que mirase por su presunción, y que cómo no le había visto aquellos días que había estado sólo en el colegio, y que hacía viaje, que le diese una prenda que llevase consigo, y que él iría a su casa a verla, ya que le había olvidado, que debía ser por tener ella otro cuidado. Y por fin del año pasado de mil y seiscientos y cincuenta, en cierta capilla de una hacienda de campo del dicho reino de Chile, envió el reo un recado a otra cierta mujer para que le aguardase a que dijese misa, que tenía que hablarla, y habiéndola acabado y desnudádose de las vestiduras sagradas en dicha capilla, allí luego llegó a hablar en pie a la dicha mujer, y para más disimularse, pidió una silla donde se sentó, y la dicha mujer se hincó de rodillas, como que se estaba confesando, y después de haberla hablado palabras de amores, et cum vellet manum ad mammas hujus comparentis mittere illa potestatem hoc faciendi non dedit, et pariter dictus pater manum per aperturam femoralium introducere intendit, quod non permissit, et dictus pater manum hujus confitentis arripuit, ut eam in bracas introduceret ad tangendum pudenda sua. Y aunque la dicha mujer no consintió ni dio lugar a cosa alguna de las que quedan referidas, el reo la dijo que había de ser su devoto, y que la regalaría, y que le enviase cierta persona, conjunta de la dicha mujer, para enviarle algún regalo, que no extrañarían que el reo la regalase, porque diría que era su hija de confesión, y que aunque la fuese a ver a su casa no lo notarían, porque los padres hablaban a sus hijas de confesión en todas partes. Y declarándose más en dicha ocasión con la dicha mujer, estando de rodillas, la dijo el reo que sería su devoto y la echaría la pierna, y que no dijese cosa alguna de lo que la había dicho, porque había sido debajo de confesión. Y como quien trae de tiempo antiguo el mal ejercicio de estos delitos, hallándose el reo en esta ciudad de Lima por el año de mill y seiscientos y cuarenta y cinco, poco más o menos, en ocasión que llegó a hablarle cierta mujer, estando en la iglesia de San Pablo de la Compañía de Jesús, la dijo el reo se fuese al confesonario, donde parlarían, y sentado en él y la dicha mujer de rodillas en forma de confesión, la dijo palabras de amores ordenadas a tener con ella acto carnal, y no habiendo consentido la dicha mujer, se levantó y se fue. Y por el dicho tiempo, en diferente ocasión, como se da a entender, en el mismo confesonario habló el reo palabras de amores con cierta mujer, encaminadas a tener la obra carnal con ella, y aunque no llegase a efecto el mal ánimo del reo, quedó bastantemente declarado, como del hecho se colige. Y por el año pasado de mil y seiscientos y cincuenta o cincuenta y uno, en la iglesia referida arriba del colegio de la Compañía de Jesús de la dicha ciudad de Santiago de Chile, habiendo visto allí cierta mujer casada, la dijo el reo se fuese al confesonario, donde él sentado y ella de rodillas, a modo de confesión, la requirió de amores deshonestos con palabras proporcionadas a ellos, que la dicha mujer admitió, por haber tenido antes comunicaciones carnales con el reo, el cual, en diferente ocasión, tuvo ansimismo pláticas y conversación en el dicho confesonario con la dicha mujer. Y habrá como dos años, poco más o menos, que en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de la ciudad de Santiago de Chile, habló el reo con otra cierta mujer casada, diciéndola se fuese al confesonario, donde ella de rodillas y el reo sentado, la solicitó con palabras de amores y deshonestas, y por haber correspondido la dicha mujer, trató el reo de reducirlas a obra; y habiendo reconocido la iglesia hallándola sin gente y dispuesta a la ejecución de su ánimo torpe y sacrílego, tuvo nuevas pláticas con la dicha mujer sentados ambos en cierta parte de la dicha iglesia, de donde hizo que se fuese y entrase en el dicho confesonario, y allí dentro tuvo el reo acto carnal consumado con ella. Y en otra ocasión llevó a un rincón de la dicha iglesia a la dicha mujer, et in solum dejecit dictus pater istam ream, ut eam carnaliter cognosceret, et vestes ejus sublevavit, ut animum ea fruendi persequeretur; haecce rea potestatem hoc faciendi ei non dedit, et vires in hoc intendens sensit dictum patrem semen intra sua crura ejicere, et ea fricitus non est. Y despeñado más en sus vicios, por aquel tiempo habló el reo a otra mujer casada, en la dicha iglesia, palabras de amores, induciéndola a que tuviese con él acto carnal, y habiendo consentido, después de haberla gozado en diferentes partes, fuera de la iglesia dos veces, nació de esta mala comunicación el empeorarla el reo, porque habiendo venido a buscarle la dicha mujer a la iglesia y al confesonario (conforme lo tenían señalado) y parlado con ella tres o cuatro veces palabras deshonestas, tratando de sus deleites pasados, y previniendo (como se presume) nuevos y mayores pecados, en otras dos o tres ocasiones que la dicha mujer vino a la dicha iglesia, se llegó el reo, que estaba sentado en una silla como para confesar, y puesta de rodillas en forma de penitente, trabadas entre los dos palabras inmundas y lascivas, enderezadas a la obra carnal, pasaron a tocamientos obscenos, y tanto que a persuasión del reo, manum hujus confitentis arripuit ut eam in bracas introduceret ad tangendum pudenda sua et in indusio signa effusi seminis. Y por el mes otubre del año pasado de mil y seiscientos y cincuenta y dos, poco más o menos, en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de la dicha ciudad de Santiago de Chile, procuró dos veces el reo llevar a otra cierta mujer al confesonario, como la llevo, con efecto, a su llamado, y en la última, puesta ella de rodillas, como que se confesaba, la requirió de amores el reo, diciéndola si quería ser su devota, que la serviría, con otras palabras en orden a ganarla la voluntad y disponerla a comunicación y trato deshonesto, y habiéndola entendido bien la dicha mujer y el mal intento del reo, se excusó, diciendo no podía acudir a su pretensión, por algunas causas y razones que le dio.

20. Y por este mismo tiempo, poco más o menos, en tres ocasiones llamó el reo a otra cierta mujer al confesonario de la dicha iglesia, y puesta en él de rodillas, en las dos últimas vino a declararse con ella y tratarla palabras deshonestas, dirigidas a mal fin y a tener cópula carnal con la dicha mujer, concertando el verse juntos para el efecto, como después lo hubo consumado; y a persuasión del reo, puso la dicha mujer en el rallo del confesonario la lengua, correspondiéndola él con la suya, que también la puso en el dicho rallo, y se entiende que el reo pidió asimismo a la dicha mujer ciertas prendas amorosas, y que las recibió de ella por el dicho confesonario. Y por el dicho mes de noviembre o de diciembre del dicho año de mil y seiscientos y cincuenta y dos, poco más o menos, en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de dicha ciudad de Santiago, habiendo llamado el reo al confesonario en tres ocasiones a otra cierta mujer, y en la primera parlado con ella palabras, aunque indiferentes, ajenas de aquel lugar, en las dos ultimas, estando el reo sentado y la dicha mujer de rodillas, trataron cosas de amor ilícito y palabras deshonestas, en orden a tener entre los dos la obra carnal, a que el reo la solicitó por su parte, y correspondiendo por la suya la dicha mujer, concertaron el lugar donde con efecto se conocieron carnalmente.

22. Y a los principios del año pasado de mil y seiscientos y cincuenta y uno, poco más o menos, en la dicha iglesia de la Compañía de Jesús de la dicha ciudad de Santiago de Chile, llamó el reo al confesonario, en diferentes días, a otra cierta mujer, y últimamente, estando ella de rodillas y el reo sentado en dicho confesonario, la habló palabras de amores, diciendo que la deseaba servir, con otras enderezadas a solicitarla y disponerla para el acto carnal, concertando el lugar donde se habían de ver, lo cual se ejecutó, y el reo tuvo cópula carnal con la dicha mujer, en la parte y lugar que habían concertado.

23. Y considerados el número, la frecuentación y reincidencias en diversas especies de lujurias que se ven en todos los hechos, ya de lenocinios, ya de fornicaciones, ya de poluciones, ya de adulterios, que el derecho castiga con graves penas; agravados más con las sacrílegas circunstancias de que el reo los ha vestido, cometiéndolos en lugares sagrados, perdido el respeto a las iglesias, la veneración tan debida a la presencia de Cristo Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el decoro al de la confesión, deben ser más punidos, principalmente en él, que por su estado y oficio de confesor estaba más obligado a la integridad de virtud y buen ejemplo para edificar y mover a verdadero arrepentimiento y enmienda de culpa las almas necesitadas, por sus debilidades y tropiezos.

24. Ni pueden relevarse sus confesiones tan limitadas, restringidas y llenas de cautelas, antes dan a entender el cuidado malicioso que contienen, excluyendo dellas lo que en la verdad y en su conciencia interior reconoce el reo más culpable, y la llaneza y sinceridad con que debía hacerlas. Y en lo que asienta por fijo de que nunca solicitó en el confesonario, debajo de per signum crucis, está convencido de falso, como parece de algunos casos en esta acusación expresados, y que no sólo hubo per signum crucis, sino señales de absolución de parte del reo. Ni es creíble que en tantas solicitaciones dejase de haber habido confesión sacramental, pues se debe presumir lo contrario, y que con las noticias que tomó (mediante el sacramento) de las flaquezas y caídas de las mujeres penitentes, le fueron al reo ocasión y aliento para inducirlas a que con él las cometiesen, porque de otra suerte no son imaginables en un religioso de religión tan mirada y circunspecta, el atrevimiento y facilidad que supone para hablarlas y traerlas a sus deshonestidades y torpezas.

25. Tampoco son de admitir sus respuestas en que dice no sabía se hiciese agravio al santo sacramento de la penitencia, solicitando (sin que él interviniese) en el confesonario, ni que este caso tocase al Santo Oficio, porque son ignorancias afectadas, que repugnan en su persona y profesión de letras, y más le acusan, que le excusan. Y dellas se colige, lo primero, tener el reo solapado y encubierto su mal sentir del dicho santo sacramento contra lo que cerca dél tiene y siente nuestra Santa Madre la Iglesia romana. Lo segundo, que arrojadamente ha absuelto a todas las mujeres que con él se han confesado, de solicitaciones que otros confesores las hayan hecho en el confesonario, habiendo intervenido o no confesión sacramental, sin remitirlas primero, como debía, al Santo Oficio o a sus comisarios, intimándolas la obligación en que estaban de denunciar dellos, sobre que pido sea examinado.

26. Ansimismo ha hecho, dicho, tenido y creído, tiene, cree y afirma otros muchos errores contra nuestra santa fe católica, y sabe de otras muchas personas, así vivas como difuntas, que han cometido semejantes delitos y otros mayores, los cuales, como fautor y encubridor dellas, maliciosamente calla y encubre porque no sean castigadas. Y aunque algunas veces caritativamente ha sido amonestado para que enteramente confiese la verdad, no lo ha querido hacer, y como mal cristiano se ha perjurado. Por tanto, aceptando sus confesiones en cuanto por mí hacen, y no en más, sin obligarme a prueba demasiada, e Vuestra Señoría pido y suplico que, habida mi relación por verdadera, en la parte que baste, declaren al dicho Rafael de Venegas por tal solicitante en los confesonarios, simulando la confesión sacramental, sospechoso gravemente en la fe, sacrílego, excomulgado y perjuro y haber cometido los delictos de que por mí es acusado, condenándole por todos en las más graves y rigurosas penas estatuidas, por los sagrados cánones y bulas pontificias, derecho civil y real e instrucciones y estilo del Santo Oficio contra semejantes delincuentes, para que en él se ejecuten con toda exacción y le sean de enmienda, y a otros de ejemplo y escarmiento. Y en caso necesario, sin diminución de mis probanzas, pido que el susodicho sea puesto a cuestión de tormento, y en él esté y persevere y en su persona se repita hasta que cumplidamente asiente en la verdad y declare la intención. Y si más y mejor me conviene pedir, lo pido, y sobre todo serme hecho entero cumplimiento de justicia, la cual pido, etc., y juro en forma no ser de malicia esta mi acusación, etc. -Doctor don Bernardo de Eyzaguirre.

«Otrosí: digo y acuso mas criminalmente al dicho Rafael de Venegas, de que en cierta parte de una estancia del pueblo de Bicuquem, estando sentado para confesar y hacer la doctrina cristiana a los indios, llamó a cierta mujer como para examinarla y confesarla, y abusando de tan sanctos ministerios, con particular injuria del sacramento de la confesión y de la sinceridad de la enseñanza católica, solicitó de amores y persuadió a la dicha mujer al pecado carnal, que con efecto cometió con ella, y muy poco después la confesó sacramentalmente el reo, de que se infiere habrá hecho lo mismo con todas las mujeres que ha solicitado, para encubrirse más y proseguir seguro en tan graves delitos. Y aunque cerca deste ha confesado algo, ha sido con sus acostumbradas diminuciones y contradiciéndose a sí propio en decir que llamó a la dicha mujer de entre otras, asentando después con sus respuestas que estaba sola, y que por no hallarla capaz para la confesión, la solicitó y cometió con ella el pecado, cosa incompatible con haberla confesado en tan corta distancia como la de una hora que el reo dice hubo después, y así lo más verosímil es que precedió la confesión, y que en ella misma solicitó y persuadió el reo, como se debe presumir le ha sucedido con las demás, por lo cual pido y suplico a Vuestra Señoría haga y determine en esta causa según y como tengo en todo lo demás pedido, que así es justicia y la pido, etc. -Doctor don Bernardo de Eyzaguirre».

Siguió luego el juicio por todos sus trámites, respondiendo el reo a la acusación, tachando testigos y acumulando cuanta defensa le fue posible, hasta que en 9 de noviembre de 1658 los inquisidores, «atento los autos y méritos del dicho proceso, que por la culpa que de él resulta contra el dicho Rafael Venegas, si el rigor del derecho hubiéramos de seguir, le pudiéramos condenar en grandes y graves penas, mas, queriéndolas moderar con equidad y misericordia, por algunas causas y justos respectos que a ello nos mueven; en pena y penitencia de lo por él fecho, dicho y cometido debemos mandar y mandamos que en la sala de nuestra audiencia, en presencia de los oficiales del secreto, sea por nós reprehendido de su delicto, y que por espacio de seis años tome una disciplina los viernes, con su miserere, y rece los psalmos penitenciales y ayune todos los sábados del dicho tiempo, y que no vuelva al reino de Chile, de donde le desterramos perpetuamente, y por cuatro años de este arzobispado, y le salga a cumplir dentro de quince días; y se le alza la suspensión de las órdenes y uso de los sacramentos, y que así lo cumpla, debajo de las censuras y penas por derecho dispuestas; y de no hacerlo, se procederá contra él como impenitente, y que del dicho destierro se le dé noticia a su provincial el padre Gabriel de Melgar, y para ello sea llamado a este Tribunal; lo cual todo le mandamos así haga y cumpla, so la dicha pena de impenitente; y por esta nuestra sentencia difinitiva juzgando, así lo pronunciamos y mandamos en estos escritos, y por ellos. -Doctor don Luis de Betancur y Figueroa. -Doctor don Juan de Cabrera».

Pero, no contentos los jesuitas con esta resolución que importaba para ellos un verdadero triunfo, fueron todavía bastantes hábiles e influyentes para conseguir que en el recurso de apelación obtuviese Venegas que se le conmutase el destierro del Arzobispado, en que por espacio de cuatro años rezase cada día el rosario entero y en que fuese, las veces que pudiese y le diesen licencia, al hospital de Santa Ana a visitar e instruir a los indios y auxiliar a los agonizantes.

Para complemento del cuadro de depravación que acaba de leerse, sólo nos resta advertir que en la carta en que el comisario Machado remitía a Lima la causa de Venegas, reitera a los inquisidores la siguiente consulta: «Si se deben recibir testificaciones contra algunos religiosos que con pretexto de que salen a confesar fuera de sus conventos, de día y noche van a algunas liviandades».

 

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