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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo VII de la Segunda Parte

Capítulo VII de la Segunda Parte

Los embrollos de un comisario

Quejas de la Audiencia contra el comisario Pérez de Santiago. Remedios que propone al Rey. Cuán codiciados eran en la capital los cargos del Santo Oficio. Remate de la vara de alguacil para el distrito de Santiago. Acuerdos que toma la Real Audiencia. Defensa que el Tribunal de Lima hace de su comisario en Santiago. Resolución del Consejo. Órdenes del Rey sobre la materia. Comisión que se confiere en Lima al oidor Huerta Gutiérrez. Medidas que éste adopta.

Ni las multas ni las prisiones habían logrado, sin embargo, doblegar al testarudo comisario. Iban trascurridos ya dos años largos desde el día en que comenzara para él aquella vía crucis de reprimendas, multas y carcelazos, y no por eso se daba por vencido, antes vemos que el 12 de enero de 1641, después de haber hecho ya declarar a muchos de los que habían figurado en sus percances con el Obispo, amenazando siempre con el Santo Oficio -cuyos ministros de tan mala data parecían hallarse por ese entonces- lograba que pareciese ante su presencia como comisario y a declarar contra el Obispo el mismo Juan de Morales Salguero que había propinado la azotaina al clérigo Salvador de Ampuero!

Al fin de cuentas, no sabemos hasta dónde hubiera llevado Pérez de Santiago en su desquite su rabiosa cuanto impotente saña contra el prelado, si por ese entonces, dando rienda suelta a su orgullo e insolencia, no hubiese provocado otro nuevo embrollo, que esta vez iba a costarle el puesto...

Para que no se crea que exageramos, véase lo que la Audiencia -en que todavía, es cierto, estaban el hermano del provisor Machado, y Fernández de Lugo- escribía al Rey en 7 de mayo de 1642.

«En otra ocasión ha dado cuenta a Vuestra Majestad esta Audiencia de lo que el comisario de la Inquisición ha ejecutado en perjuicio de la jurisdicción real y competencia que ha tenido con ella, atentándola. Y porque no cesa su pretender y asentar novedades, la volvemos a dar, de que dicho comisario el Jueves Santo de este año de 642 y el día siguiente, acompañado con los familiares, con varas altas en las manos, y otros muchos ministros del Santo Oficio, asistió en la iglesia de Sancto Domingo, en forma de tribunal, en la capilla mayor, con alfombra, silla y cojín de terciopelo, y ellos en banco con espaldar cubierto de alfombra. Y aquella noche, acompañándole algunos de los familiares con varas altas y otros ministros, visitó las iglesias, y el Viernes Santo adoraron la Sancta Cruz los familiares con el clero y religiosos, cada uno de ellos con un familiar. Y lo mismo repitió el día de San Pedro Mártir, obligando a toda la ciudad, con censuras reservadas a sí, a que asistiese a cierto edicto, siendo así que el primero y segundo domingo de Cuaresma se habían leído los ordinarios de la fe en la Catedral, asistiendo toda ella, como es de costumbre y tienen obligación, y a los prebendados también se las puso para que dos de ellos le saliesen a recibir a la puerta de la iglesia, como se hace con la Audiencia, por cédula real, por razón del patronazgo de Vuestra Majestad, y que el diácono bajase a darle la paz, ceremonia que con este ministro aún no se usa con ella; y aunque muchas de estas introducciones son notoriamente contra cédulas, y otras intentadas sin ejemplar, esta Real Audiencia las ha extrañado por la puerta que se abre con ellas al principio de la jurisdicción de Vuestra Majestad. Hasta ahora no ha hecho sobre remediarlas ninguna demostración, ni ha resuelto si la hará en caso que asista con dicho ministro en forma de Tribunal, con silla de terciopelo, alfombra y cojín, a unas comedias que por su orden y en calle pública se hacen a la fiesta de San Pedro Mártir, como ha dicho ha de asistir, que si no se hiciese, será con atención de dar cuenta a Vuestra Majestad, como lo hacemos en esta ocasión».

Y continuando en este mismo género de consideraciones, agregaba:

«También ha reconocido esta Audiencia grave inconveniente contra la jurisdicción real en que el Tribunal de la ciudad de los Reyes nombra en este obispado muchos ministros sin título, de los que llaman cartularios, y sólo en esta ciudad tiene cinco notarios, tres receptores, nueve familiares, un asesor letrado, sin los oidores que son consultores con título, con no ser más de doscientos cincuenta sus vecinos, y algunos de dichos ministros son mercaderes, y entre ellos uno que estuvo fallido y retraído, y casi todos solicitan estos oficios pretendiendo desaforarse de la jurisdicción real y reconvenir a sus deudores ante el comisario, y por otras comodidades en que se fundan, perjudiciales a los más súbditos de Vuestra Majestad y a la jurisdicción; y aunque estos llamados cartularios, no deben gozar del fuero de la Inquisición, ni desaforarse del real, con todo, se introduce lo contrario y pretende defender con censuras; y si bien en la cédula real de concordia está dado el orden que en tales casos se ha de guardar, éste no se practica en la Audiencia de los Reyes por la razón que da el doctor don Juan de Solórzano, del Consejo, oidor que fue en ella, en el libro Del Derecho y gobierno de las Indias, con que los inquisidores dilatan su jurisdicción y el comisario en este obispado, sin tenerla, atenta contra la real de Vuestra Majestad».

Y proponiendo, junto con el mal, el remedio que podía tener, expresaba:

«A esta Real Audiencia le parece que, siendo servido Vuestra Majestad, se podrá mandar que se observe la ley real de la concordia en cuanto al número de los familiares, y para quitar dudas se declare que ellos y otros oficiales de la Inquisición, a quien no se hacen pruebas, ni se les despacha título, llamados cartularios, no deben gozar del fuero de ella, señalándose el número de los receptores, notarios y otros ministros y declarándose si el comisario puede asistir algunos días, demás de los que hasta aquí se ha acostumbrado, como son el de San Pedro Mártir y en el que se lee el edicto de la fe en la Catedral, en qué forma y con qué ministros lo podrá hacer, y si los familiares podrán usar de varas en aquellos días y si podrán concurrir con él los oidores que fuesen consultores, y en qué lugar, y si los tales oidores, en la Audiencia, tratándose de estas competencias o de otras materias tocantes a la Inquisición, podrán ser jueces en ellas, y qué orden se ha de guardar en lo de adelante, si el comisario excediese contra los que están dados, supuesto que el contenido en la cédula de concordia no se observa, ni en Lima se juntan los ministros que en ella se ordena para la determinación de las competencias; que toda esta declaración es necesaria a la paz de esta república y para que no se innove contra la jurisdicción de Vuestra Majestad y costumbre, a título y con color de piedad, y cesen los escándalos y otros inconvenientes que se suelen recrecer de las novedades que se introducen, sin considerar los daños que pueden traer: en que suplicamos a Vuesa Merced humildemente mande tomar la resolución que más convenga a su real servicio y al de Dios Nuestro Señor...».

Vese, pues, según el testimonio de la Audiencia, cuán codiciados seguían siendo los puestos del Santo Oficio por las inapreciables ventajas que acarreaban a los agraciados. Pérez de Santiago podía, a pesar de sus malandanzas, considerarse el hombre de mayor importancia que por ese entonces hubiera en Santiago, sin exceptuar al Obispo ni al Presidente. ¡Cuánta diferencia de la época en él había comenzado a servir el puesto!

En aquel entonces no había siquiera un familiar, y hasta en sus actuaciones debía valerse del notario del Cabildo, y ahora contaba bajo su dependencia con cinco notarios, tres receptores, nueve familiares, un asesor letrado y dos ministros de la Audiencia con títulos de consultores.

Al Santo Oficio habían pertenecido o seguían perteneciendo o habían de incorporarse pronto, hombres tan notables como los jesuitas Luis de Valdivia que, previa información rendida en Granada, fue admitido como calificador, por orden del Consejo de 26 de febrero de 1615; el padre Gaspar Sobrino, que las rindió en el distrito de Zaragoza, donde vivieron sus ascendientes, admitido para el mismo cargo en 1627, y que tuvo bajo su dependencia en Concepción a un notario de oficio y como familiar al tesorero Lorenzo de Arbieto; y, por fin, al famoso historiador Diego de Rosales.

De los oidores, además de los dos de que entonces hablaba la Audiencia, habían tenido cargo de consultores en Chile, Talaverano Gallegos, nombrado en Llerena en 7 de noviembre de 1603, Rodrigo de Caravajal, que había sido recibido en 14 de febrero de 1621; y otros.

Esto no quiere decir que todos los elegidos para cargos del Santo Oficio fuesen personas escogidas. Lejos de eso. La historia del Tribunal de Lima está llena de hechos que prueban todo lo contrario. En Chile mismo vemos que la Audiencia se quejaba al Rey de que entre sus ministros se contaba en 1642 un comerciante acusado de quiebra fraudulenta. Más tarde cuando volvamos sobre este tema, veremos lo que ocurrió también con otro pretendiente.

El hecho es que por el momento en que ocurrían los nuevos avances del comisario Pérez de Santiago, los puestos del Santo Oficio eran tan estimados en el país y especialmente en la capital que véase lo que en subasta pública se había ofrecido por la vara de alguacil mayor para el distrito de Santiago y su partido.

«En 18 de noviembre de 1641 el capitán Antonio Verdugo de Sarria puso la vara en dos mil pesos de a ocho reales, en dos pagas, con las condiciones de la instrucción y cargo de pagar la media anata a cinco por ciento; admitiole la postura el comisario.

»En 22 del dicho mes y año la puso el capitán don Melchor Jofré de la Águila en tres mil pesos de a ocho reales, en tres pagas, con algunas condiciones y calidades de más a más y que goce de las preeminencias que gozan los alguaciles mayores propietarios del Santo Oficio, y ofreció fianza. Diéronse los treinta pregones.

»En 6 de diciembre de 1641, el capitán Blas de Riaño la puso en tres mil pesos de contado, con condición que la pueda vender cuando quisiere a persona de calidad, y poner teniente en su ausencia, y las preeminencias que gozan los alguaciles mayores propietarios del Santo Oficio, y traer siempre venera descubierta y dos lacayos con espadas; y otras más.

»El capitán don Lorenzo Pérez de Valenzuela la puso en tres mil doscientos pesos de contados, con las mismas calidades y condiciones (que son muchas), en 11 de diciembre de 1641.

»Don Francisco Peraza la puso en cinco mil pesos, pagados en cinco años, con las dichas condiciones, en 12 de diciembre del dicho año.

»El dicho capitán Blas de Riaño, en 18 de enero de 1642, la volvió a poner en seis mil pesos de a ocho reales; los dos mil el día que se le despache título, y los cuatro mil en cuatro años, con las calidades y condiciones de su primera postura, y que ha de ser exempto de la justicia ordinaria en todas las causas civiles y criminales tocantes a su persona y de sus sucesores, y que sólo conozca de ellas este Tribunal, y que pueda nombrar tenientes en todas las ciudades, villas y lugares del reino de Chile, los cuales gocen las preeminencias que los ministros del Santo Oficio; y que en los actos públicos ha de tener asiento después de los consultores, con silla y cojín, y que todo se ha de expresar en el título.

»El dicho don Francisco Peraza, en 1º de febrero de 647, la volvió a poner en seis mil y quinientos patacones, pidiendo las calidades y condiciones que el de arriba y otras que añade de que tenga voz y voto en el Cabildo de la dicha ciudad de Chile, activo y pasivo, y asiento sin cojín ni silla en los actos públicos de la ciudad después de los regidores propietarios; y que su mujer haya de tener dentro de la capilla mayor asiento y dos cojines en todas las iglesias donde se publicaren los edictos, y en las festividades a que ocurriere el comisario y ministro en forma; que por estas causas da los quinientos patacones más. Dice el comisario que si se les concedieran las condiciones que piden, subieran los precios a mayores cantidades».

Las posturas, como se ve, llevaban tan buen camino que en dos meses y medio se había mas que triplicado la primera oferta. Día a día se presentaban nuevos competidores que, arrastrados por la corriente de la emulación, no habían de detenerse en aquel precio que parecía ya una locura para el Santiago de ese entonces. En efecto, el mismo día en que dos miembros de la Audiencia denunciaban al Rey los nuevos e inusitados procedimientos del comisario del Santo Oficio, otro de los oidores, don Pedro González de Güemes, sin embargo de ser consultor, asustado de que las posturas hubiesen alcanzado ya en 7 de mayo de ese año de 642 la enorme y disparatada suma de once mil patacones, siendo que por la vara de alguacil mayor de corte que había salido a remate a nombre del Rey, sólo dieron veintinueve mil reales de a ocho, o sea cerca de tres mil setecientos pesos.

«La última postura, expresaba González de Güemes, es de once mill patacones, con las condiciones de que dará cuenta a Vuestra Majestad el dicho Comisario; y tengo por cierto ha de pujarse más, sin tener salario ni renta, ni aprovechamiento fijo más del honor...; que como por acá, agregaba, hay pocos oficios de preeminencias que vender, ni juros ni rentas en que emplear las haciendas, cualquiera ocasión de éstas la abrazan los vecinos caballeros para dejar a sus hijos, y no son cortos en pagarla cuando hay muchos pretendientes y lo convierten en presunción».

Ya se comprenderá que con este buen giro que llevaban en Santiago las cosas del Santo Oficio -el mismo que se había desarrollado en todo el virreinato después de la gran expoliación y quema de los comerciantes portugueses en el auto de 23 de enero de 1639, que llevara al colmo el terror que inspiraba el tremendo Tribunal-, Pérez de Santiago se sintiese autorizado para ejecutar los hechos que denunciaban al Rey los dos oidores que no formaban parte de la Inquisición.

Don Miguel Luis Amunátegui ha publicado la siguiente relación de los arbitrios que la Audiencia hubo de tomar después de escrita al Rey la carta que hemos transcrito hace poco, con ocasión de los desacatos cometidos por Pérez de Santiago y de los nuevos avances que seguía cometiendo.

«En 15 días del mes de mayo de 1642, estando en acuerdo de justicia los señores oidores don Pedro Machado y don Pedro de Lugo, presente el señor fiscal público don Antonio Fernández de Heredia, dicho señor don Pedro de Lugo dijo que, como era notorio en esta ciudad y constaba a esta real sala, el doctor don Tomás Pérez de Santiago, comisario del Santo Oficio en ella, innovando en la costumbre que ha habido en dicha ciudad, guardada por el susodicho y por sus antecesores, y usurpando la preeminencia que no le toca, en perjuicio de la jurisdicción real y de esta Real Audiencia, el día que se leyó en la Catedral de esta ciudad el edicto de la fe, y en el que se celebró fiesta a San Pedro Mártir en el convento de Santo Domingo de ella, y en el del Jueves Santo, y Viernes siguiente, asistió en dichas iglesias con silla de terciopelo, alfombra y almohada en la capilla mayor, y puso junto a sí, haciendo novedad en ello, como en asistir los dichos dos días Jueves y Viernes Santo, y hacer que los familiares levantasen vara, y algunos de ellos le acompañasen con ellas, visitando las iglesias y haciendo en ellas estaciones, y llamando su comisaría, tribunal, diciendo, según es público, lo es del Santo Oficio, tratándose como tal, bancos de respaldar, cubiertos de alfombras, en que se sentaron en forma y cuerpo de tribunal mucho número de personas que en esta ciudad hacen oficio de notarios, receptores, familiares y otros ministerios, sin ser titulados, y de estos que llaman cartularios, que, cuando fuese tribunal, como el de Lima, México y Cartagena, y aunque fuesen titulares y de rigor y prueba, los dichos ministros no podían concurrir, ni tener los dichos asientos; y en la comedia que se representó ayer, a instancia del dicho comisario, en la placeta frente de dicho convento de Santo Domingo, tuvo asimismo asiento, y en la dicha forma, con los dichos ministros, el dicho comisario; y hoy en este día, en otra que se ha de representar, o se está representando en el referido sitio, es sin duda se guardará el mismo orden y repetirá la misma novedad, tan perjudicial a la jurisdicción y preeminencia de esta chancillería; y como se deja entender que puede ser de muy mala consecuencia, turbación pública y escándalos, pues querrán todos los que se tienen y tratan por del cuerpo del dicho llamado tribunal, no siendo titulares, ni debiendo gozar del fuero del Santo Oficio, valerse de él, a título de hacer un cuerpo y un tribunal, como pretenden, sin otros muchos inconvenientes: en cuya consideración y para que se proceda con la atención que pide la gravedad de la materia y acostumbra esta chancillería, por ahora es de parecer que para remedio de lo referido, en la forma que más convenga, el señor fiscal, antes que se hagan actos de costumbre por parte de dicho comisario, pida y haga la diligencia que por bien tuviere.

»El señor don Pedro Machado fue de parecer que, atento que asistir el deán y comisario del Santo Oficio con silla de terciopelo en la iglesia mayor, y con los familiares en forma de tribunal en la capilla mayor, ha sido costumbre de muchos años a esta parte, no debe hacerse novedad; pero, por la que ha introducido el Jueves Santo y Viernes Santo y día del señor San Pedro Mártir, y en las dos comedias que en la calle pública de Santo Domingo se han celebrado por orden de dicho comisario, sentados en todos dichos actos en forma de tribunal, con silla y cojín de terciopelo y alfombra, haciendo cabecera a un banco de espaldar cubierto de alfombras en que se sientan los ministros del Santo Oficio, que los más no son titulados, sino cartularios, para cuyo remedio es de parecer que se saquen testimonios auténticos de la forma en que ha asistido dichos días y se remitan a Su Majestad y señor virrey del Perú, y se le dé cuenta a su excelencia del grande exceso que tuvo el dicho comisario, mandando con censuras y otras penas pecuniarias al capitán don Juan Rodolfo Lisperguer, alcalde ordinario de esta ciudad, y al alcaide de la cárcel para que les entregase un mozo que estaba preso por un amancebamiento, reiterado muchas veces con gran perjuicio de la jurisdicción real, y hablando contra dicho alcalde y señores de la Real Audiencia muchas palabras de injuria y desacato con grave escándalo; y que el salir el señor fiscal a esta causa lo tiene por superfluo, supuesto que esta Real Audiencia tiene tan limitada jurisdicción para las cosas que tocan al Tribunal del Santo Oficio y a las preeminencias de sus ministros, y que el remedio de estos excesos se debe pedir al Virrey para que ordene y pida al Tribunal de la Santa Inquisición de los Reyes nombre en esta ciudad comisario que tenga las partes que Su Majestad manda, conforme a la cédula de la Real Concordia, y que se avise a su excelencia que en el comisario de esta ciudad no concurren, antes es un hombre que, por haber estado maniático y dádose de puñaladas, obra desatinadamente en sus acciones, y pone a riesgo esta república de perderse; y que esto mismo se avise a Su Majestad para que mande poner el remedio que convenga.

»Y dicho señor don Pedro de Lugo dijo que es acción excusada por ahora la diligencia con el señor Virrey, porque primero se deben hacer jurídicamente por esta Real Audiencia para que, cuando no se proceda a más, por lo menos se dé materia a la forma que está dada en la concordia, y por lo menos con la tolerancia y disimulación de ella, no se introduzca alguna costumbre fundada en algunos actos, que tan valiente es en materia de jurisdicción y precedencias: y que dicho alcalde escriba en razón de lo que le pasó con el dicho comisario sobre la entrega de dicho reo, y defensa de su jurisdicción, para que con vista de ello y más acuerdo, se resuelva lo que más convenga.

»El dicho señor fiscal dijo que nunca había sabido, ni tenido noticia de este comisario del Santo Oficio, cuando en la Catedral de esta ciudad y otros conventos se leen y publican los edictos de la fe, se siente en silla con almohada y alfombra; y que, habiéndose entendido que hacía fiestas de comedias públicas en la festividad de San Pedro Mártir, y que asistía el dicho comisario a ellas con los otros ministros del Santo Oficio, supo y tuvo noticia, la forma en que se sentaba y asistía, sobre lo cual se confirió en esta sala del Real Acuerdo para impedirlo, por haberse tenido a novedad que, en ellas, se quisiera asentar en silla con alfombra y almohada, en la forma que arriba se refiere; y deseando los señores oidores y su merced evitarlo, sin ruido ni escándalo, proveyeron dichos señores oidores en 13 días del corriente, por ante Pedro Vélez de Pantoja, un auto para que no se hiciesen dichas comedias, motivándolo con que, estando las cosas de la monarquía con tantos aprietos y guerras, no era bien hubiera alegrías y fiestas públicas, y por otros motivos y respectos que expresaron en dicho auto; la ejecución del cual cometió al corregidor y alcalde de esta dicha ciudad, que se juzgó por dichos señores por medio conveniente, respecto de que haciéndolo pleito jurisdiccional, tendría el suceso que otros, pues en los que se han entrado en esta Real Audiencia por algunas partes que han tenido queja de dicho comisario, se ha proveído que ocurran, sin darles en ella entrada, por decir toca al Tribunal de la Inquisición, el cual, a lo que parece, no se ha ejercitado, pues actualmente se está representando, como el señor don Pedro de Lugo lo dice; y sobre no haberse ejecutado, pidió y suplicó a los dichos señores presidente y oidores manden se averigüe la causa que lo ha impedido y de parte de quién ha estado el suspenderlo, para que conste y para todos los efectos que convengan. Y que aunque su merced desea cumplir en esta parte con todo lo que le toca, como lo ha hecho y hace en todo lo que es de su cargo, ha parecido a dichos señores, mirando más bien por la autoridad de esta Real Audiencia, y que se disminuye intentando y no consiguiendo, gobernarlo de manera que no se ocasionen ruidos y escándalos en tierras tan nuevas, y en que no se forman competencias, ni se determinan, como la experiencia ha mostrado, y advierte el señor Juan de Solórzano en su libro Del gobierno de Indias, del que fue oidor en la ciudad de los Reyes; y en esta conformidad y sobre este mismo negocio, se ha escrito a Su Majestad en su Real Consejo de Indias por esta Real Audiencia en 7 de este mes, pidiendo se remedie; por lo cual y para mejor acierto, pide y suplica a los dichos señores confieran y platiquen en este Real Acuerdo sobre este negocio, que está presto a cumplir con todo aquello que es de su obligación.

»Y los dichos señores, habiendo visto lo pedido por el señor fiscal y conferido sobre ello, fueron de parecer que se escriba por esta Real Sala con recato sobre lo que le pasó al dicho alcalde sobre defender y ejercer su jurisdicción con el dicho doctor don Tomás Pérez de Santiago, que con llamadas censuras y otras acciones indebidas, trató de impedirla y sacarle un preso de la cárcel real de esta corte, con ocasión de que, por haberle representado una comedia que tenía prevenida, el tal reo se había hecho del fuero del Santo Oficio, para que, con su vista, se haga lo que más convenga conforme a derecho y leyes y cédulas y órdenes de Su Majestad, y para los efectos que en ellas hubiere lugar; y que el dicho proveído auto, citado por el señor fiscal, se suspendió porque, cuando se trató de ejecutar, ya estaba empeñado todo este lugar en asistir a la dicha representación y había ocupado lugares y levantado tablados, y se tuvo por de inconveniente escándalo ejecutarlo en aquella sazón, y antes no se había podido porque, como dice el escribano a quien se encargó su intimación a las justicias de esta ciudad que lo habían de ejecutar, no los pudo hallar para notificárselo, aunque los buscó en sus casas y en otras partes muchas veces. Y en lo demás contenido en sus votos, se afirman en ellos, cuya discordia se remitió al señor oidor don Bernardino de Figueroa, y se difirió para cuando acuda a la sala o se halle para poderla resolver, por estar al presente enfermo de consideración. Y lo señalaron». -(Hay dos rúbricas.)

Recibida en el Consejo de Indias la noticia de estos hechos que redundaban en menoscabo de la real jurisdicción, se dirigió al Rey consultándole el caso, y el Soberano, a su vez, al Consejo de Inquisición.

Los inquisidores del Tribunal de Lima trataron hasta lo último de apoyar a Pérez de Santiago, informando al Consejo que los ministros que habían nombrado para Santiago eran sólo cuatro o seis, a fin de que, en caso de impedimento de los propietarios, no se paralizasen los negocios del Santo Oficio, «aunque el comisario, añadían, hallándose en alguna necesidad y falta de estos ministros, por ausencia y enfermedades, puede haberse alargado en valerse de algunos, y todos son tan vanos que sin ser legítimos ministros deben de hacer mucho ruido en esto».

Agregaban, todavía, que los llamados cartularios se toleraban, «porque nadie se quiere meter a las pruebas de su calidad»; que ignoraban las innovaciones de que se acusaba al comisario; y, por fin, que les había parecido conveniente expresar, «que algunos ministros reales hay tan atentos a sus particulares fines y otros tan ambiciosos de mandarlo todo y que nadie haya que se pueda excusar de su jurisdicción, que pueden haberse alargado en el informe que hicieron a Su Majestad».

En el Consejo, sin embargo, se desestimaron en absoluto semejantes paliativos y con fecha 24 de julio de 1644 se ordenó a los inquisidores de Lima, sin esperar el informe que desde luego se les pedía de lo que pasaba en Santiago, que no permitiesen que «el comisario de Chile, ni ningún otro comisario desas provincias, en los concursos que hacen, así para la publicación de los edictos de la fe, fiesta de San Pedro Mártir y otros, así en los asientos de las iglesias como en las cortesías, no excedan de la costumbre antigua ni introduzcan novedades ofensivas en las comunidades eclesiásticas o seculares, excusando cuanto se pudiese el uso de las censuras cuando se ofreciesen competencias sobre semejantes materias; y asimismo que dichos comisarios no hagan más concurso en forma de oficio y comunidad de Inquisición de los que se acostumbran. Y en cuanto a los ministros cartularios, ha parecido que el número de los que excediese al de los familiares que, conforme a las concordias ha de haber en las ciudades y lugares, regulando por la vecindad que tienen las demás, se os manda que en ninguna parte haya más ministros sin pruebas y título de los familiares que había de haber con ellas; los cuales, mientras no se calificaren, no gozarán del fuero del Santo Oficio de la Inquisición, en conformidad de la concordia; todo lo cual cumpliréis y ejecutaréis con puntualidad haciendo se guarden las concordias, cédulas y cartas acordadas, según su tenor, ni permitir se introduzcan novedades, así en los concursos que hubiese de los ministros de la Inquisición, como en el exceso de ministros, ni que éstos abusen de su fuero ni salgan de los límites dél, teniendo con los gobernadores y ministros reales toda buena correspondencia, y que los otros ministros corran de la misma manera, para que con eso cesen los inconvenientes que suelen seguirse de lo continuo, turbándose la paz y conformidad que conviene haya para asegurar con ella el acierto en los negocios de vuestra ocupación y asistencia y al servicio de Dios».

El Rey, por su parte, con fecha 12 de abril del año siguiente (1645) enviaba al fin a los oidores la respuesta a la carta que le habían escrito acerca de los desmanes de Pérez de Santiago; «y habiéndose visto por los de mi Consejo, les decía el Soberano con la atención que el caso pide y consultándoseme, como quiera que se reconoce que todo lo referido pide remedio, mayormente en las partes que las Inquisiciones de esas provincias y sus ministros no se ajustasen a las concordia, cédula y cartas acordadas que hay entre la jurisdicción real y la suya... he resuelto se envíe orden al dicho Tribunal [de Lima] para que guarde la concordia con el rigor della, sin contravenir en cosa alguna, y las demás cédulas y cartas que hay sobre esta materia; y que asimismo se envíe orden al dicho Tribunal para que no permita que el comisario de esa ciudad, ni los de otras provincias, en los concursos para la publicación de edictos, fiestas de San Pedro Mártir y otras, excedan de la costumbre antigua en los concursos de las iglesias, ni en las ceremonias ni cortesías, ni introduzcan novedades en ofensa de las comunidades eclesiásticas o seglares, excusando cuanto se pudiese el uso de las censuras cuando se ofreciesen competencias sobre semejantes materias».

Mandaba igualmente reducir el número de los ministros cartularios de los que hubiese de más, conforme a las concordias, quienes en ningún caso debían gozar del fuero de la Inquisición; «y en lo que decís, concluía, de que éstos y los familiares reconvienen a sus acreedores y deudores ante los comisarios del Santo Oficio, os ordeno y mando que sobre este punto me enviéis relación muy ajustada de lo que hay y pasa porque no parece posible que siendo cosa tan acertada que los familiares no gocen de su fuero en causas civiles, quieran introducir semejante novedad...».

Después de las órdenes del Rey y del Consejo no le era posible ya al Tribunal de Lima desentenderse por más tiempo y continuar amparando a su comisario el orgulloso deán de la Catedral de Santiago. Aprovechándose del viaje que desde aquella ciudad iba a emprender a Chile el abogado de los presos y consultor de la Inquisición, el doctor don Juan de Huerta y Gutiérrez, que acababa de ser nombrado por el Rey fiscal de la Audiencia de Santiago, «como a ministro antiguo y de experiencia», según él mismo se califica, se le autorizó para que «redujese al comisario en los casos que se ofreciesen, de forma que no excediese su comisión».

Junto con esto, el Tribunal envió a Pérez de Santiago una carta en que le advertía, entre otras cosas, que el «asiento público que tenía en la plaza es fuera de uso y de costumbre en el Santo Oficio, antes muy ocasionado para disgustos e indecencias del secreto que se tiene en la Inquisición, el cual quitará luego...; y el llevar derechos de firmar a cuatro reales, ora sea de mucha o poca cantidad, no es estilo ni costumbre en el Santo Oficio, ni se pueden llevar, y menos aceptar cesiones para el Santo Oficio, ni cobrarlas de su autoridad, sin mandato nuestro, y llevado para sí y aplicado para sus fines que no lo puede hacer ni llevar, que es conciencia, y lo debe volver y restituir a sus dueños».

Tal era lo que los inquisidores la advertían en 12 de septiembre de 1646; pero Pérez de Santiago estaba ya tan infatuado e intolerable que, según la expresión del doctor Huerta Gutiérrez, era «difícil de reducir». Por fin, dice éste, dando cuenta de todo al Rey, «di noticia al Tribunal, y en virtud de mi relación, reformó algunas cosas; y multiplicándose las quejas de este ministro, le quitaron la comisaría, dándome facultad para elegir persona tal en su lugar, despachándome sus comisiones con el nombre en blanco, y dándole orden al que yo eligiese que no exceda el que le diera, por parecerles que la obligación en que me hallo de defender la jurisdicción real no impide esta dirección que se contenga en los términos de sus privilegios, de que remito testimonio. Así ha sucedido, porque ha entregado a la justicia ordinaria todas las causas que no pertenecen a este Tribunal. He prohibido a los ministros cartularios el seguir sus causos en él, y, en suma, no se embarazan estas jurisdicciones, y se usa dellas como se debe: con que he dado cuenta a Vuestra Majestad del estado que estos negocios tienen, en ejecución de la real cédula de 21 de abril de 45».

 

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