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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo VI de la Segunda Parte

Capítulo VI de la Segunda Parte

Criollos y españoles

Incidencias a que da lugar la cobranza de un crédito inquisitorial. Relación de Vicuña Mackenna. Carta del comisario del Santo Oficio al Tribunal de Lima. El obispo Villarroel prende al comisario. Percances que le suceden a éste en la cárcel. Ocurre a la Real Audiencia. El Tribunal despacha orden para sacar del convento de San Agustín al comisario. El Obispo cumple su palabra. Cómo castigó al clérigo Salvador de Ampuero. Lo que acerca de estas cuestiones se halla escrito en el Gobierno eclesiástico pacífico. Conclusiones a que en él se arriba.

Resuelto por el Rey el negocio de las canonjías en un sentido desfavorable a las pretensiones del inquisidor Mañozca y de su comisario Pérez de Santiago, se ha visto que no habían faltado a éste medios para embrollar las cosas colocando en situación desventajosa a los oidores. Pero este triunfo sería momentáneo. Bien pronto iba a enredarse en un asunto todavía más nimio en apariencia y en que otro criollo le haría pagar bien caro sus insolencias.

Entre los hombres de negocios detenidos por la Inquisición en Lima de que hablaba la Audiencia, no habrá olvidado el lector a aquel Manuel Bautista Pérez, tenido por el oráculo de la nación hebrea, que la Inquisición había quemado en Lima en el auto de 234 de enero de 1629. Pérez, que era un comerciante que mantenía relaciones mercantiles con la mayor parte de las provincias del virreinato, tenía en Santiago un crédito ilíquido, de dos a tres mil pesos, contra otro comerciante llamada Pedro Martínez Gago.

Oigamos al señor Vicuña Mackenna contar con su brillante estilo las peripecias a que esta cobranza dio lugar.

«Como la principal solicitud de los inquisidores y de sus comisarios, dice con razón nuestro autor, no era tanto persuadir a los reos de sus herejías y sortilegios, como de que tenían bienes que embargarles, despachó el inquisidor mayor Juan de Mañozca a su comisario en Santiago orden para que hiciese a Martínez Gago la cobranza de lo que adeudaba al infeliz Pérez, quien, sin duda, hizo en el tormento la revelación de la deuda.

»Cuando tales órdenes de cobranza llegaron a Chile, había fallecido el deudor Martínez Gago, y bien tal vez le estuvo así morirse despacio, en su cama, que no en los tizones que Mañozca preparaba ya para su infeliz acreedor, que en breve pagaría el delito de serlo, con sus carnes. En consecuencia, aquel codicioso esbirro ordenó al deán Santiago, que procediese contra el suegro de Gago, don Jerónimo de la Vega, y le embargase ciertas mercaderías que su yerno había traído de España, cuyo valor llegaba a una suma de veintiocho mil pesos. Debía ésta depositarse en manos del rico mercader Julián de Heredia, cuyos barcos hacían el tráfico entre Chile y el Perú.

»Mas, a la par con el Santo Oficio, presentáronse cien acreedores a la testamentaría del pobre deudor Gago, y particularmente entre los individuos de ambos cleros de la capital, porque, como escribía el mismo deán inquisidor, 'no hay oidor, ni canónigo, ni provisor, ni clérigo, ni fraile, que no esté enredado en estos bienes de Pedro Martínez Gago'.

»Alegrose de este mismo enredo el caviloso comisario, porque presentábasele otra vez una buena oportunidad de tomar venganza de los desacatos que él decía cometían sus colegas contra el Santo Tribunal de quien era delegado, y por tanto, como si ya saboreara en sus labios el placer de los embargos y excomuniones que iba a dictar en virtud de su jurisdicción privativa, exclamaba: 'Y así, al mejor tiempo que se podía pedir a boca, vinieron las comisiones'.

»Propúsose, pues, el deán Santiago cobrar de preferencia para el Santo Oficio lo que debía Martínez Gago, avocándose la causa en que se hacía la prelación de créditos, en virtud de sus comisiones especiales de la Inquisición de Lima. Mas, los otros acreedores, que, como hemos visto, no eran pocos ni desvalidos, le hicieron resistencia, ocurriendo en virtud de sus derechos, a los tribunales legos. 'Y me amenazan con la Audiencia, decía enojado el deán en esta coyuntura, que en todo se quiere meter los codos'.

»Trabose, pues, el juicio de competencia entre la Inquisición y la Audiencia sobre quién había de conocer en el pleito de acreedores a los bienes de Martínez Gago, y era evidente que el deán había de perderlo, cuando, por su fortuna, encontró que uno de los canónigos ya nombrados, don Francisco Camacho era deudor de cuarenta pesos a la testamentaría de aquel mercader (por algún lienzo que le habría comprado) y en el acto despachó mandamiento de embargo por aquella suma y procedió a levantar una sumaria secreta contra el citado canónigo 'por los desacatos y libertades que tuvo conmigo', dice el deán, de sí propio.

»Y mientras esto hacía despachaba un nuevo proceso secreto contra el canónigo Juan Aránguiz de Valenzuela, sin duda por otro género de 'desacatos y libertades'.

»El Santo Oficio no tardó en venir en auxilio de su solícito recaudador para lograr mejor su sacrílego peculado. El inquisidor Mañozca escribió, en efecto, a su comisario, tan pronto como supo el juicio de competencia que tenía con la Real Audiencia, que mantuviese ilesa su santa jurisdicción, y le ordenó que, si era preciso para hacerse pagar los dos mil pesos de Martínez Gago, echase mano de la excomunión, arbitrio que aquellos hombres abominables usaban como los más eficaces mandamientos de pago, pues el mismo comisario Santiago decía con frecuencia en sus cartas, 'que era más fácil hacerse pagar con censuras que con ejecuciones'.

»Juan de Mañozca no era menos soberbio que su apoderado en Chile, y así hablaba a éste en sus notas secretas el lenguaje de un potentado que no reconoce señor ni ley en la tierra. 'Y si les parece a esos señores de la Audiencia, le escribía con fecha de febrero 8 de 1638, que podían usar con vuesa merced, como con los demás jueces eclesiásticos, se engañarán malamente, y levantarán cantera contra lo que Su Majestad ordena y manda, que después podría darles cuidado'.

»Y luego, tomando más reposo, le decía: 'Estas materias son graves, por ser entre sujetos tales, a quienes se debe toda veneración; mas vuesa merced representa al Tribunal que tiene las veces del Papa y del Rey, y yendo con las cortesías debidas y por los términos de derecho, esos señores son cuerdos, que no querrán ponerse en lo que no puedan; y si todavía se pusieren, hará vuesa merced sus diligencias, y si le echan de la tierra, no es mala ésta'.

»Habían llegado ya las cosas al más alto grado de exaltación, pues se disponían los oidores a expulsar del reino al osado comisario de la Inquisición, y éste estaba, a su vez, resuelto a excomulgarlos en cuerpo, a virtud de los encargos secretos que había recibido. 'Suplico a Usía, escribía, en efecto, desde Valparaíso, el deán al inquisidor Mañozca, me dé aviso si hubiese de inhibir a estos señores con censuras, digo de la Real Audiencia, y si tengo de dejar alguno por excomulgar o han de ser todos los que mande declarar, reservando uno, porque dicen que si dejo uno con la jurisdicción de la Audiencia, este uno que dejare me mandará que absuelva a los demás y luego andarán las opiniones de los frailes de estar excomulgados y no estar excomulgado y andar en cisma. Toda esta tierra, añadía este hombre que parecía andar vestido de hierro y no de seda, está por conquistar y no conocen al Santo Oficio, por esto y hasta que vean hacer a su señoría y demás señores una gran demostración'.

»Y luego, aludiendo al efecto que las amenazas del Santo Oficio hacían en la Audiencia, añadía sin desmentir un instante su arrogancia. 'Y las he mostrado (las cartas de Mañozca) a los oidores, los cuales han amainado viendo mi resolución de que digo que me embarguen, y yo les dejo excomulgados, si me embargasen, y veremos quien los absuelve si no es Usía y los demás señores'.

»Pero no era sólo la Real Audiencia el tribunal con el que el ensimismado comisario se mantenía en lucha abierta, parapetándose en su tremendo ministerio, pues bastaba una de sus palabras para echar el alma de un cristiano (sin exceptuar la de los oidores) al infierno, y con otra palabra de impostura, su cuerpo a las llamas. Atreviose a sostenerse también frente a frente con su superior inmediato en la jerarquía eclesiástica, el provisor Machado, no sólo en la competencia que ambos sostenían ante la Audiencia, sino excomulgándose mutuamente, como dos desaforados, y haciendo intervenir al mismo Capitán general en tan peligrosas e inusitadas rencillas. 'De suerte que escribí al Gobernador sobre el caso, dice el deán al Inquisidor, y sobre estas cosas, diciendo que estos señores (los oidores) no guardaban cédulas de Su Majestad ni las querían obedecer, y como a tan gran príncipe lo llamaba para que me diese todo favor y ayuda; y como el provisor de este obispado es hermano del oidor Machado, y el señor oidor Adaro están emparentados con el dicho y el con oidor Güemes, por el casamiento que dicen ha hecho, se hacen la barba y el copete unos a otros, con la mano del dicho provisor; el cual me excomulgó de participantis y por incurso en la bula de la cena, habiéndole excomulgado yo primero, por querer entrometerse a conocer de una causa de los bienes de Pedro Martínez Gago, sobre unos desacatos que tuvo el canónigo Francisco Camacho, canónigo de esta iglesia, por haberle embargado unos cuarenta pesos que debía a los bienes de dicho Pedro Martínez Gago'.

»Entre tanto, cundía la excitación entre los pobladores de Santiago de una manera que tenía embargados todos los ánimos. Excomulgado el provisor, a nombre y por los santos fueros de la Inquisición, la Iglesia quedaba sin cabeza; excomulgado, a su vez, el comisario del Santo Oficio, el cisma se introducía de hecho, y de esta suerte el deán Santiago y el provisor Machado estaban representando en miniatura, en la capital del reino de Chile, el cisma de los papas y antipapas de Avignon. El rector de los jesuitas, Bocanegra, y el comendador de la Merced estaban, en efecto, porque la excomunión del deán sobre el provisor no valía, porque era dada de inferior a superior, pero otros abrigaban opiniones contrarias, bien que la inmensa mayoría de las gentes se plegase al bando del Cabildo y de la Audiencia.

»Mas, el implacable comisario no cejaba por esto ni por muchos otros graves contratiempos. Sus dos notarios, el capitán Domingo García, y Martín Suárez, no querían servirle y despachaban al lado de la Audiencia. El substituto que había dado a aquellos, que era un clérigo de menores llamado Diego de Herrera, se huyó también para Concepción, 'porque todos temen a la Audiencia, decía el deán y tienen sus dependencias, y todos quieren estar a los provechos y no a las peleonas que tengo con esos señores'. Nada importaba, sin embargo, todo esto, como decíamos, al Inquisidor delegado, y cuando se vio desamparado hasta de sus amanuenses, nombró por notario a un huésped forastero que tenía en su casa, hombre lego, natural de Sevilla, que decía llamarse el maestro Alonso de Escobar y Mendoza, 'que es de lo bueno de este reino', decía el deán, sin duda porque cargaba espada al cinto y ceñía mallas sobre el pecho.

»Pero todavía la taima del comisario y los escándalos del pueblo no pararon en esto, porque este hombre osado publicó de su propia cuenta la bula de Pío V, 'para aterrar a la plebe del pueblo', dice él mismo, lo que era ya constituirse en un público amotinador contra las potestades civiles, enviando aquel cartel de reto a la Real Audiencia. Ésta se limitó, por su parte, a llamar al escribano que había leído en público aquella bula, que era un llamado Martín Valdenebro, y después de haberle reconvenido ásperamente, le ordenó que no volviese a actuar por el comisario de la Inquisición, lo que hizo aquél muy de su grado.

»Al fin de tanta porfía y como el pleito de competencia se permitiera en caso de concordia al virrey de Lima, conde de Chinchón, hubo una ligera pausa a los alborotos; y el comisario, creyéndose de hecho triunfante desde que iba a decidirse la cuestión en el asiento de sus omnipotentes poderdantes, tuvo de nuevo holgura para entregarse a su favorito oficio de esbirro de los deudores del Santo Oficio.

»'Aquí me han querido matar (decía, en efecto, el comisario a Mañozca, en septiembre de 1638) unos frailes franciscanos para que les dé unos seiscientos pesos que tengo cobrados por poderes de Juan Navarro Montesinos. Pediles instrumento por donde querían cobrar; no me lo mostraron, y así les di por no parte'. Añadía, en seguida, que había procedido a cobrar cinco mil ciento sesenta y nueve pesos, que debía a la Inquisición Juan de Pastasa, y refería que éste le había hecho pago con una escritura de cuatro mil pesos de un capitán Juan de Seraín, muerto hacía poco, sin dejar más bienes que seiscientos quintales de sebo, que el comisario se había apresurado a embargar. 'Todas las cantidades, continuaba diciendo, que yo he podido cobrar hasta hoy (septiembre de 1638) de hacienda en sebo, cordobanes y plata, pertenecientes a los detenidos en ese Tribunal, van ahora registradas de Bartolomé de Larrea'; y contaba, por último, que tenía fletado un cargamento de sebos y doscientos quintales de cobre. De manera que, por lo que se echa de ver, aquellos insignes expoliadores habían convertido a Chile en un vasto granero para hartarse de latrocinios, 'y esto que está la tierra sin un real, decía el comisario en esta misma ocasión, y todos piden misericordia por las matanzas (no de herejes sino de vacas) y este año pienso que han de haber pocas, por ser el año muy seco'.

»Mas, iba ya a llegar el hombre que debía poner a raya la soberbia de aquel procónsul de las tinieblas y a apagar su frenesí de despojo hasta hacerle postrarse de rodillas a sus pies, cargado de grillos y humillaciones, impetrando su indulgencia y su perdón. Fue aquél, el insigne obispo fray Gaspar de Villarroel, fraile agustino, criollo de la América, y una de las figuras más dignas de estudiarse en la era colonial...».

«Sin desmayar por tantos obstáculos como se oponían a sus impías cobranzas, continúa nuestro autor, el comisario de la Inquisición, a pretexto de que su colega de Coquimbo era un hombre incapaz, calificativo que él mismo le regala, envió ahí, como procurador suyo, a ejecutar a un tal Antonio de Barambio, deudor de la Inquisición, a otro tal Juan de Carabajal, que en nada debió parecerse al famoso de las crónicas de Garcilaso, porque los buenos habitantes de la Serena, que estaban muy resignados con tener un inquisidor tonto, no se hallaban en manera alguna dispuestos a admitir delegados del famoso comisario de la capital, cuyas querellas con la Audiencia le habían creado siniestra reputación en todo el reino; y así aconteció que apenas el mencionado cobrador se hubo apeado de su caballo, el alguacil del pueblo le prendió, y sin ninguna reverencia a los documentos y credenciales del Santo Oficio, lo hizo guardar en un calabozo, poniéndole guardias a su costa, con gran alboroto de los vecinos, de los que unos pocos tal vez se pusieron de parte del comisario de Santiago, pues este mismo cuenta que en la algazara decían unos: ¡Aquí del Rey! y otros: ¡Aquí de la Inquisición!

»Fácil será imaginarse la ira que despertó en el deán de Santiago aquel desafuero contra su ministro, y mucho más, cuando le habían abonado para su comisión todos los oidores, excepto el implacable Machado de Chávez; aunque bien pudo suceder también que aquellos señores jugasen a dos manos, y que la prisión de Carabajal fuese obra suya, por secretas y bien manejadas sugestiones.

»Mas, sea como fuese, el comisario echó mano en el acto a su terrible recurso a la conciencia, como se llamaban entonces esas inmundas sumarias, atestadas de imposturas y perjurios que se fraguaban en el secreto de los denuncios para perder a los hombres de poco recato en el hablar o de libres pensamientos. Envió, en consecuencia, y con este exclusivo objeto a la Serena a un clérigo llamado Salvador de Ampuero para que sumariase a los coquimbanos y despachase a las bóvedas de Lima al imprudente alguacil que había atentado contra su primer emisario.

»Por dicha de aquel magistrado y la de todo el pueblo, había llegado anticipadamente a la Serena en visita de diócesis el diligente obispo Villarroel, que apenas empuñó el báculo pastoral, diose a recorrer con extraordinaria actividad todo el país, que sus antecesores habían dejado de visitar por espacio de treinta años.

»Supo luego el Obispo lo sucedido con el emisario Carabajal, y como tuviera evidente mala voluntad al deán Santiago, púsose de parte del alguacil y le prometió su amparo para sacarle airoso del lance en que se veía comprometido...

»Pues estando, cuenta el deán a los inquisidores (en una carta dirigida al receptor general del Santo Oficio de Lima Pedro Osorio de Lodio, con fecha 22 de enero de 1639) en dicha ciudad de Coquimbo, llegó dicho clérigo, juez segundo, a dicha ciudad, y dicho teniente alguacil se valió de dicho señor obispo y le regaló porque favoreciese su causa, como lo hizo, jurando que no le había de costar real, y maltrató dicho señor obispo a dicho juez, diciéndole que le daría mil bofetadas y otras cosas de amenazas, mandando a todos los clérigos que no le hablasen ni le obedeciesen sus censuras.

»Mas, no quedó todo en esto, pues ya estaba armada la discordia entre el Obispo y el comisario, de potencia a potencia, que ya no había provisor ni Real Audiencia de por medio, sino que se encontraban frente a frente la mitra y la Inquisición».

Hasta aquí el señor Vicuña Mackenna: oigamos ahora contar al mismo comisario lo que le ocurrió con el Obispo luego que llegó a Santiago, en carta que dirigía a su protector Mañozca, con fecha 2 de diciembre de 1639.

«Sucedió, señor, que estando yo enfermo con dolor de ijada, por no faltar a las obligaciones de mi oficio de deán, fui con el mismo dolor, un poco mejor, el día de San Andrés, a acompañar al señor obispo, en la forma acostumbrada, y porque me tardé un poquito y no fui con los demás prebendados, que iban a ver al dicho, mientras me ponía la sobrepelliz, que la traían mis pajes, encontrando en su mismo patio de su casa al dicho señor obispo, que salía de su casa para venir a la iglesia, salió primero que todos los clérigos y se vino para mí, demudada la color, y me dijo: '¿cómo no me acompaña y viene aquí de los primeros de todos?' a lo cual le respondí con mansedumbre: 'ya yo vengo, señor, con efecto'; y me dijo: 'ha de venir de los primeros', con voces descompuestas, 'y yo le multo en cuatro pesos y se los tengo de llevar en mi consignación'; a lo cual respondí que, sin queja, me los llevaría, pues siempre le acompañaba con muy buena voluntad y amor; y repitió segunda vez que me los había de llevar por su consignación. Yo le dije que apelaba y protestaba el real auxilio de la fuerza; y por sólo eso que dije, sabe Dios su ira, y me dijo el señor obispo que era un atrevido y desvergonzado; a lo cual respondí que su Señoría Ilustrísima me tratase bien, que era su deán y comisario del Santo Oficio, y que por aquellas razones, sin haber hallado causa, colegía que eran verdades las cosas que me habían escrito que había dicho contra mí; y me replicó tercera vez que era un libre y desvergonzado, y que me había de llevar la muerte, y esto caminando hacia la iglesia y al coro. Yo le dije que apelaba de todo lo referido y protestaba el real auxilio de la fuerza; a lo que él respondió que me prendiesen, y le dije me apresaba por enemigo capital, y mandó a sus clérigos y prebendados me echasen mano, y yo me fui huyendo, con algunos pasos largos, hacia la puerta de la iglesia, y mandó me cogiesen, y llegaron sus criados, que por darle gusto me asieron del sobrepelliz, que casi me rajaban, y de los brazos, diciendo a los clérigos: 'váyanse con Dios, que no me puede mandar prender el señor obispo sin causa ninguna, teniéndole yo recusado y siendo comisario del Santo Oficio, por depender esta causa de las amenazas que me hizo en Coquimbo y que me había de prender por las comisiones generales que subdelegué al doctor Ampuero, que son dependientes de las que me enviaron Vuestras Señorías, y no se burlen con el Santo Oficio, escarmienten en cabeza ajena y miren lo que sucedió al canónigo Aránguiz'; sin embargo de lo cual, el maestreescuela, doctor don Pedro Machado, me persuadió que me diese a prisión y que se averiguaría después la jurisdicción a quién competía; y me llevaron preso a su oratorio del señor obispo, en el cual me encerraron con llave, sin dejarme hablar con ninguna persona, ni tener tinta ni papel, ni dejar entrar a ningún criado ni llevarme la bacinica, y sin luz ni cama, sino es una almohada y un cojín para la primera noche, sin cenar, hasta que a las doce de la noche vino un paje suyo a preguntarme si quería cenar; y como estaba con aquella pesadumbre, no tuve ganas de cenar, y más tarde, porque no me hiciese mal; y otro día por la mañana estaba con un grandísimo dolor de ijada de haberme echado en el suelo y de haberle tenido antes dos días, que me obligó a dar voces y a pedir confesión, porque me moría de dolor, hasta que me levanté y pedí que me calentasen un paño, por Dios, y en más de media hora estuve dando con una piedra en la ventana y en la puerta; no me quisieron responder, estándoles yo actualmente oyendo y llamando al señor don Diego de Herrera, que le conocía muy bien en la voz, que tiene muy buenos cascos y le he albergado y dado de comer en mi mesa, que me hiciese calentar un paño para ponerme en el estómago, rogándole se doliese de mí y que dijese a su paje me calentase aquel paño, y me silbaban por la puerta como si yo fuese algún pícaro bergante.

»El señor obispo me tuvo dos días en dicho oratorio, y la primera noche como he referido, y el día todo sin comer bocado, y a la una en punto me metieron sus pajes un plato de olla de carnero con un poco de tocino y tanto vino como cabe en un huevo, y en un botijo, y como estaba enfermo de mal de ijada y yo jamás como de la olla, probé a comer un poco y se me hacía paja en la boca con la pesadumbre y dolor con que estaba. Al fin, señor, tomé aquel traguito de vino y con el paño que me calentaron, al cabo de dos horas que me estuve gritando, se me vino a aplacar el dolor; y a la noche de este día me trajeron a las once de la noche muy bien de cenar, que no tomé más de un huevo, un poco de conserva y un traguito de vino y un poco de pescado, que todo se me hacía paja en la boca con la dicha pesadumbre con que estaba; y me multó luego que me prendió en cien pesos, para los cuales envió a su provisor el chantre don Diego López de Azoca, y me sacó los platos de plata en que comía y un blandón de la sala; teniendo yo la plata de los diezmos que me debía el diezmero en que podía haber hecho embargo me hizo esta vejación descerrajándome el arcón que tenía cerrado con llave y donde estaban mis papeles y comisiones y zurrones de sebo en que hacen las pagas los deudores, respecto de no haber plata en la tierra. Al fin, señor, me soltaron, dándome mi casa por cárcel y haciéndome procesos que no escribiese nada ni fulminase causa contra ninguno, y mucha de la plata que me llevaron estaba empeñada por los deudores que deben al Santo Oficio. Hago tal pedido con grandes sumisiones al señor obispo que me dé la dicha plata labrada por no haberme quedado plato en que comer, ofreciéndole fianza de que si saliese condenado lo pagará mi fiador, y me puso dos guardas con cuatro pesos de salario, criados suyos, y hasta hoy día de la fecha los tengo. Tengo apelado de todo, no atribuyéndole jurisdicción más que la que le compete de derecho y esa no declino en él. No me he atrevido, señor, a hacer información contra el señor obispo en este caso hasta dar parte a Vuestra Señoría, porque dice que no se puede hacer información contra él... y hala hecho contra mí con mis propios émulos y sus pajes y ordenantes que pretenden órdenes, por darle gusto, y con el canónigo Juan de Aránguiz y don Francisco Machado, maestreescuela, y con el contador hermano de su provisor, y con otros que no me quieren bien, que si quisiera probar que yo era hereje, lo probara con mis émulos y enemigos... y me iba a dar baldones al oratorio donde estaba preso, diciéndome que era un bellaco, atrevido, desvergonzado y que me había de poner en una galera y que me había de quitar la prebenda de deán; a todo lo cual respondía con prudencia que fuese aquello en amor de lo que padeció Cristo por mis pecados, y cierto que se lo pedí a Dios aquel día me diese prudencia para llevar tantos trabajos y tantos oprobios, y así me lo concedió Dios, porque luego se me puso en la imaginación que traía testigos de hecho, provocándome a que me desbaratase, a todo lo cual respondía que fuese por Cristo...».

«Y con esto, concluía el asendereado comisario, no tengo que decir a Vuestra Señoría más de que cuando estuve preso, no me dejó ver a ningunos amigos míos, ni entrar un criado mío en su casa; con que puede Vuestra Señoría echar de ver cuán apretado estoy, si de allá no viene juez para inquisidor, con notario; haga cuenta Vuestra Señoría que a mí me han de levantar que rabio, porque acá no tengo notario regular que se atreva a nada, y si es eclesiástico, lo avasalla el señor obispo, y si es secular la Audiencia, por los encuentros que hemos tenido y haber salido victorioso contra la Audiencia, por haber visto mis bríos en defensa de la jurisdicción de Vuestra Señoría».

«Resignose el enfurecido comisario, continúa desde este punto el ameno escritor que venimos citando, a devorar sus humillaciones, fingiendo apariencias, pero a escondidas púsose a fraguar sus terribles sumarias, llamando testigos, bajo pena de excomunión mayor, para que declararan sobre sus desavenencias con el Obispo.

»Mas, no tardó éste en saberlo; y aquí el conflicto tocó a su término, porque era fuerza que uno de los dos había de someterse a la obediencia y a la paz que exigía el estado violento de los ánimos, puesto ya, desde más de tres años atrás, por culpa de un clérigo desatentado, en la más aflictiva ansiedad.

»Ordenó, en consecuencia, el Obispo que prendieran al comisario en su domicilio, resuelto, sin duda, a ejecutar en su persona un ejemplar castigo. Pero súpolo en tiempo el astuto deán por dos familiares que se lo avisaron, y púsose en salvo, asilándose en San Agustín, donde pidió el hábito, para sustraerse, por de pronto, a la inevitable jurisdicción y a la justa saña de su prelado.

»Pero, ¡cosa singular! no por esto aquel hombre, cuya porfía rayaba en el frenesí, dejó de proseguir, como él mismo lo asevera, [415] sus tramas secretas contra el Obispo y su clero, en la celda en que se había asilado; y hacía llamar ahí testigos para adelantar su prueba, conminándoles con excomunión si revelaban sus secretos; pero el Obispo no tardaba en llamarles, a su vez, y levantando la excomunión del Santo Oficio y poniendo por amenaza la de los cánones, arrancaba la verdad de las declaraciones.

»No era ya dable que aquel estado de alarma y provocaciones se prolongase por más tiempo. El pueblo se veía sumergido en la más azarosa inquietud. El Obispo había excomulgado al comisario, y éste a sus dos provisores. Hacíanse rogativas públicas porque se restituyese la paz a la iglesia y el mismo prelado encomendaba a los fieles desde el púlpito que rogasen a Dios porque volviese al buen camino al extraviado deán. Mas, todo era inútil. La resistencia de aquél parecía indestructible.

»Resolviose entonces el Obispo a pedir auxilio al brazo secular, y diosele para que aprehendiese al deán, pasando sobre todos los fueros de la Inquisición y del hábito de San Agustín, que era, sin embargo, el mismo que llevaba el obispo Villarroel, pues por humildad nunca se vistió de otra manera».

Llevado el caso a la Real Audiencia, he aquí lo que ese alto cuerpo resolvió, según de ello da cuenta la siguiente acta:

«En 19 de diciembre de 1639, estando en la sala del real acuerdo los señores don Pedro González de Güemes, doctor don Pedro Machado de Chávez, licenciado don Pedro Gutiérrez de Lugo, oidores, y el licenciado don Antonio Fernández de Heredia, fiscal, por el escribano de cámara de esta Audiencia, se entró una petición presentada ante él por don Diego López de Azoca, chantre de esta santa iglesia, provisor y vicario general de este obispado, en que pide que el auxilio que se le ha impartido para prender y sacar de cualquier parte donde fuere hallado al doctor don Tomás Pérez de Santiago, deán de esta iglesia, se entienda para prender y sacar al susodicho del convento del señor San Agustín, donde, como parece de un testimonio que presenta de Antonio de Bocanegra y Diego Rutal, escribano público y real, fue hallado el susodicho en traje y hábito de religioso de la dicha orden, diciendo serlo y reconociéndole por tal fray Pedro de Hinestrosa, provincial de ella, y que, para impartírsele en el mismo caso, vaya un señor alcalde de corte de esta Real Audiencia. [416]

»Los dichos señores, habiendo conferido sobre ello, reconociendo la gravedad de la materia, y los inconvenientes que de ella se pueden recrecer contra la paz pública, y edificación que se debe atender, por ser esta tierra nueva y estar poblada de mucho número de negros y de indios cristianos nuevos, fueron de parecer que dicho señor doctor don Pedro Machado en persona vaya de parte de esta Real Audiencia, y con el dicho padre provincial y demás personas que convenga; y con medios justos y suaves, y enderezados a la paz pública, y a estorbar escándalos, procure acomodar y ajustar la dicha materia; y de lo que resultare, dé cuenta a este Real Acuerdo; y vuelva luego a hacerlo para que, con su resolución y vista de la petición dicha, y el testimonio, se provea justicia y lo demás que convenga».

«'Al fin me aprehendieron, dice el deán, y me llevaron a Santo Domingo, en una silla, con mucha gente'. Pero no por esto dejó de excomulgar al alcalde que puso en ejecución su captura, conminándole con la multa de dos mil pesos.

»Mas, nada valía al ya infeliz deán, cuyo omnipotencia de inquisidor había caído por los suelos, delante de la mitra y del copete, como él llamaba el peinado especial que usaban sobre la frente los oidores reales, de donde viene entre nosotros decir 'gente de copete' por toda persona colocada en un alto rango social.

»Al poco rato de encontrarse en una celda o calabozo de Santo Domingo, cuyo prior era fray Bernardino de Albornoz, pariente de los dos Machado de Chávez, se presentó uno de éstos, 'y me echó, dice el prisionero, dicho provisor, unos grillos muy bien remachados, y dormí toda aquella noche con ellos, que es la primera cosa que ha sucedido en las Indias ni en todo el mundo'. Y de esta manera la Real Audiencia, el Cabildo eclesiástico, el Capitán general, el desventurado Manuel Bautista Pérez y todas las víctimas del furor inquisitorial quedaron, al fin, condignamente vengadas.

»Pero aún faltaba algo más para la expiación. En pos del castigo debía venir la humillación. Al siguiente día, cuando el Obispo se presentó en el claustro de Santo Domingo, salió a su encuentro el acongojado deán, y 'me eché a sus pies, cuenta [417] él mismo, y le dije que en qué le había ofendido, que mirase que el canónigo Aránguiz de Valenzuela, con todos los demás prebendados, se querían vengar de mí', y otras lástimas que por este estilo añade el deán en su carta citada a los inquisidores.

»Levantole el Obispo del suelo y ordenó se le quitaran los grillos y los hábitos de fraile agustino que llevaba puestos, encargándole se fuese tranquilamente a su iglesia, y haciéndole, a la vez, presente con estas significativas palabras, lo que podía importarle su conducta en adelante: '¡En su lengua y en su pluma está su vida!'.

»¡Y, sin embargo, cuán poco se cuidaba el rencoroso Inquisidor delegado de aquel consejo! En la misma carta en que lo recordaba decía a sus comitentes de Lima, que el Obispo 'era el diablo' y les pedía que, como a su comisario, lo inhibiesen de la jurisdicción de aquél, sin duda para volver a las turbulencias de que aún no se veía libre. Para hacer cabal justicia al comisario de la Inquisición, debemos añadir que, al pedir las penas de sus enemigos al Santo Oficio, se expresaba en estos blandos términos, cuya sinceridad no nos atreveríamos a garantir. 'Si bien de mí soy compasivo y lo que toca a mi persona lo tengo remitido; mas el agravio que se ha hecho a la dignidad que ejerzo, no es mío sino de Usía y esos señores del Tribunal, y así con misericordia pido a Usía y esos señores se haga justicia blanda para la enmienda de lo de adelante'.

»El enérgico prelado de la diócesis, después de aquel suceso, iba, con todo, reduciéndole a su deber y con tanta dureza que hubo de postrarle en el abatimiento, 'pues cada día (dice el propio reo en su última carta a los inquisidores, que tiene la fecha de junio 23 de 1640) me hace amenazas del cepo y de cabeza, y estoy amilanado, e impide por debajo de cuerda cada día estas comisiones (las cobranzas) diciéndome sus palabradas, así de esos señores (los inquisidores) como contra mí, y como es prelado, soporto con paciencia y prudencia y digo a todo que tiene razón; y como somos de sangre y carne, se siente, y a la menor palabra, me dice borrachón acá y borrachón acullá, y lo padezco por ese Santo Tribunal y trescientos pesos que me ha llevado de multas'».

Por lo que respecta al comisario del Santo Oficio, ya tenía cumplida el Obispo su palabra. Veamos ahora cómo la cumplió respecto a su ayudante el clérigo Salvador de Ampuero.

Cuenta, pues, éste, en declaración que prestó ante su jefe el comisario -que no por esto escarmentaba y de nuevo había vuelto a recibir informaciones contra el Obispo- «que habiendo venido este declarante a esta dicha ciudad de la de Coquimbo, de este obispado, por llamado de dicho comisario, a dar cuenta a su merced de lo que había hecho en orden a las cobranzas que había llevado este declarante, según sus comisiones, supo y entendió este declarante, porque se lo dijeron algunas personas, que dicho señor comisario y deán estaba preso por orden de dicho señor obispo, y que la causa de la dicha prisión era porque decía dicho señor obispo que no parecía este declarante y que dicho señor comisario lo quería despachar a la ciudad de los Reyes a dar cuenta a los dichos muy ilustres señores inquisidores de lo que había sucedido en dicha ciudad de Coquimbo, de que ya tiene declarado en otra declaración este declarante, y estando receloso este declarante de que no hiciese con él otro tanto dicho señor obispo, se ausentó este declarante a una chácara de un hermano suyo; y estando en dicha chácara, un día recibió un papel de dicho señor comisario y deán en que le daba cuenta de que había ocho días que estaba en el cepo, en un calabozo, por mandado de dicho señor obispo, por sólo que pareciese este declarante, y así le persuadía dicho señor comisario a este declarante en dicho papel, que sería mejor que buscase algunos, padrinos y viniese a la presencia de dicho señor obispo, que con esta diligencia saldría de la dicha prisión dicho señor comisario, supuesto que este declarante no había cometido ningún delito; y aunque recibió este declarante dicho billete, todavía se receló de parecer temiéndose por los rigores de dicho señor obispo y amenazas que le había hecho en dicha ciudad de Coquimbo por causa de las dichas comisiones que este declarante había llevado; y asimismo se receló este declarante más, porque dos o tres días antes que le prendiesen, había enviado dicho señor obispo a la dicha chácara a prender a este declarante, con su fiscal, llamado Fulano de Morales, y otros criados, como fueron don Juan de Carbajal, don Diego de Mendoza y don Juan de Ogalde, lo cual supo este declarante de un hermano suyo que estaba en dicha chácara; y le dijo más, cómo los dichos criados de dicho señor obispo habían hecho muchas diligencias en buscar a este declarante, y que iban con armas para la dicha prisión; y dice más este declarante, que como supo el cuidado y diligencia que dicho señor obispo hacía para buscar a este declarante, que estaba en dicha chácara, se retiró a un monte, como de media legua apartado de la dicha chácara, donde estuvo este declarante escondido, y allí tenía sólo su cama y todos los papeles y comisiones del Santo Oficio, entre los cuales tenía una información que este declarante había hecho en dicha ciudad de Coquimbo contra tres religiosos del orden del señor Santo Domingo, llamados fray Gregorio de Silva, fray Jerónimo de Ribera y fray Francisco Delgado, sobre haber ido a casa de este declarante dichos frailes a quererle apalear y quitar los papeles del Santo Oficio, como con efecto los quitaron al notario que hallaron en la casa donde posaba este declarante, y viendo venir este declarante a los dichos religiosos con palos en las manos, se ausentó por excusar escándalos, por verlos venir a medio día en punto, cuando no parecía gente, alborotados, y que venían a la casa de este declarante, por cuya causa se ausentó de allí, y dentro de una hora volvió este declarante a la dicha su casa, y le dijo al dicho notario cómo los dichos frailes les habían llevado todos los papeles de las cobranzas y comisiones del Santo Oficio, excepto algunos que al llevarlos los dichos religiosos se les cayeron y los guardó dicho notario, sobre lo cual maltrataron y apalearon los dichos religiosos al dicho notario, de que estuvo enfermo, llamado Cristóbal de Escobar, y asimismo dice este declarante que habiendo ido este declarante a casa del corregidor, llamado don Fernando Bravo, a pedir el auxilio para que los dichos religiosos le entregasen los dichos papeles del Santo Oficio que habían llevado, dicho corregidor dijo a este declarante: '¿por ventura son algunos de estos papeles los que le faltan a vuesa merced, y -dice- le llevaron los religiosos?' mostrándole dicho corregidor a este declarante un proceso de escritura del Santo Oficio, y habiendo visto dicho proceso, dijo este declarante: 'este es uno de ellos; quién se los dio a vuesa merced'; a lo cual respondió dicho corregidor que ninguna persona se los había dado, mas de que los había hallado arrojados en el patio de su casa, y entonces le dijo este declarante al dicho corregidor: 'pues, cómo, señor corregidor, los papeles del Santo Oficio están arrojados, ajados y rotos por el suelo; muy bien parece esto; deme vuesa merced el auxilio para que me vuelvan los dichos papeles que me faltan'; a lo cual respondió dicho corregidor que no se metía con los frailes y que así no le pidiese auxilio contra ellos, con lo cual este declarante se fue a su casa e hizo sobre el caso probanza contra los dichos religiosos, la cual dicha probanza con los demás papeles que le quedaron los trajo este declarante consigo y los tenía en su poder, por no haber podido entregarlos a dicho señor comisario, por estar preso; y al tiempo que los criados de dicho señor obispo prendieron a este declarante, que fueron el fiscal Morales y don Juan de Carvajal y un indio ladino del servicio de dicho señor obispo, que todos iban con armas, y así como prendieron a este declarante, le ataron las manos incontinenti, le buscaron las camas y le hurgaron las faltriqueras y todo su cuerpo y le sacaron todos los papeles del Santo Oficio, así los que tenía en dicha su cama, como los que tenía en las faltriqueras, sin dejar ninguno; y viendo este declarante que le quitaron los dichos papeles del Santo Oficio e información que tiene referida, les requirió a dichos criados y fiscal este declarante, de parte del Santo Oficio de la Inquisición, que mirasen que aquellos papeles que le quitaban eran del Santo Oficio e información de cosas graves y secretas, y que así no se los quitasen y volviesen para entregarlos a dicho señor comisario y deán, a lo cual le respondieron dichos criados que no querían dárselos, porque aquello era orden de su amo y le importaba a la honra de dicho señor obispo, y con efecto le trajeron preso a este declarante los dichos criados y fiscal; y pasando por una chacra del padre Alonso de Pereda, clérigo presbítero, apearon a este declarante y los susodichos asimismo se apearon para mudar caballos, y este declarante, delante del dicho clérigo Alonso de Pereda, les volvió a requerir a los dichos criados le volviesen los dichos papeles e informaciones del Santo Oficio que le habían quitado, del cual dicho requerimiento fue testigo el dicho padre Alonso de Pereda, y le dijo este declarante: 'séame vuesa merced testigo de este requerimiento que les hago en nombre del Santo Oficio que les pido me entreguen los dichos papeles'; y aunque hizo estas diligencias, no le volvieron los dichos papeles y luego subieron a caballo y con grande algazara y regocijo llevaron preso a este declarante a casa de dicho señor obispo, y le metieron en un aposento oscuro donde estaba un cepo, en el cual vio este declarante a dicho señor comisario, de pies metido en el dicho cepo, con un colchón tendido en el mismo suelo, con mucha indecencia, indigna de un señor comisario del Santo Oficio y deán de esta santa iglesia, diciendo de este declarante dicho señor obispo que era un perro mestizo, con mucha cólera y enojo, y yéndose para el susodicho a quererle poner las manos, que, a no aplacarle dicho señor comisario con razones modestas, lo hubiera hecho según estaba de colérico; y últimamente mandó abrir el dicho cepo a sus criados y metió de pies en él a este declarante, diciéndole muchas palabras injuriosas, mostrando dicho señor obispo mucho regocijo, viendo en el dicho cepo, pies con pies, a este declarante y a dicho señor comisario y deán, diciéndoles: 'pícaros, hartaos ahora de hacer autos del Santo Oficio, y haced tribunal en el cepo; veamos cómo os vienen a librar ahora los inquisidores de mis manos'; y acabadas éstas y otras razones, se fue dicho señor obispo con todos sus pajes, diciendo: 'hártense de hablar los picarones del Santo Oficio', hablando dicho señor obispo a este declarante y a dicho señor comisario de vos y de tú, como si hablara con sus negros; y luego mandó cerrar las puertas con sus llaves, poniendo espías para que oyesen lo que hablaba este declarante y dicho señor comisario, y esto fue desde mediodía hasta la oración, que dicho señor obispo mandó abrir otra vez las dichas puertas, y estando abiertas, entró dentro de la dicha cárcel con su fiscal y criados, y dijo dicho señor obispo: 'abran este cepo y salga este pícaro de aquí», hablando con el dicho señor comisario y deán, 'que no los quiero dar tanto gusto de que estén juntos hablando, que basta lo que han hablado, que ya les hemos oído todo lo que han hablado'; y entonces volviendo dicho señor obispo la plática a este declarante le dijo: 'y vos, perro mestizo, quedaos aquí solo, que no habéis menester cama, que después os traerán dos pellejos, que os bastan, que yo os haré que me conozcáis'; y con esto vio este declarante sacar del dicho cepo al dicho señor comisario y deán y llevarlo fuera de la dicha cárcel, pero no supo dónde llevaron a dicho señor comisario, hasta que después, dentro de dos días, supo este declarante de un paje de dicho señor obispo, llamado don Juan Jacinto, cómo dicho [422] señor Comisario estaba preso, y en la capilla, y con grillos; y asimismo dice este declarante que dicho señor obispo le dejó preso de pies en el dicho cepo, sin consentir le metiesen cama a este declarante, ni pellejo en que se recostase, sino siempre tendido en el suelo, con mucha incomodidad, de que ha estado este declarante hasta el día de hoy muy enfermo, así de la mala comida que le daban y dormir en el suelo, sin tener con qué cobijarse, mas de tan solamente con su capa; y estando este declarante en el dicho cepo, dicho señor obispo, otro día después de haberle preso, entró en la dicha cárcel, como a las diez de la noche, con Lucas Naranjo, paje de dicho señor comisario, y con el fiscal Morales, y dijo dicho señor obispo a este declarante: '¿veis aquí a Lucas Naranjo, paje del dicho señor comisario, que dice que no os dijo a vos que tenía enterrados los papeles del Santo Oficio debajo de un árbol?' a lo cual este declarante le dijo: 'venga acá, señor Lucas; ¿vuesa merced no me dijo que tenía enterrados los papeles del Santo Oficio que tiene el señor comisario?' a que respondió el dicho Lucas Naranjo: 'yo no he dicho tal cosa, ni ninguna persona lo dirá'; y entonces el dicho señor obispo amenazó al dicho Lucas Naranjo de cepo y azotes, diciéndole se desnudase o que le dijese dónde estaban los dichos papeles, y luego, incontinenti, sacó el dicho señor obispo al dicho Lucas Naranjo, dejando preso, como se estaba, a este declarante en el dicho cepo; y que el decir este declarante al dicho señor obispo que el dicho Lucas Naranjo le había dicho que tenía enterrados debajo de un árbol los dichos papeles del Santo Oficio, fue por divertir a dicho señor obispo, por saber este declarante que no los tenía enterrados debajo del dicho árbol, sino en otra parte, donde supo este declarante por habérselo dicho el dicho Lucas Naranjo que había enterrado los papeles que este declarante había enviado de la ciudad de Coquimbo a dicho señor comisario, de poca importancia, y que no eran en ninguna manera los que el señor obispo buscaba; y esta misma noche, como a la una de ella, entró en dicha cárcel el dicho señor obispo con su fiscal, y le dijo a este declarante: 'pícaro, desnudaos, que os tengo de azotar, y mataros aquí, y habéis de morir esta noche a mis manos. Decidme ¿no fuera mejor haber hecho en Coquimbo lo que yo os mandé y no lo que ese pícaro de comisario os manda? ¿Con qué licencia fuisteis allá? La misma potestad que aquí tengo, no tenía yo allá para castigaros y azotaros alla, como aquí os azotaré ahora, que no lo hice entonces allá por ser tierra nueva, pero ahora me lo pagaréis aquí, y fuera mejor haber hecho lo que yo os mandé entonces allá y no lo que os mandó ese pícaro de ese comisario; veamos cómo os quita él y la Inquisición los azotes que ahora os tengo de dar'; y luego respondió este declarante al dicho señor obispo que cómo quería azotar a un sacerdote ungido de Dios; que qué es lo que había hecho para que Su Señoría hiciese tal cosa, y que si algún delito había cometido, le oyese en justicia, conforme a derecho; con lo cual se enojó dicho señor obispo mucho más, llamando a unos negros, diciendo: 'entrad acá y desnudad a este pícaro, que me ha de dar la información que hizo contra mí, o ese pícaro del comisario'; y diciendo éstas y otras palabras injuriosas, embistieron contra este declarante y le desnudó el dicho fiscal Morales, con mucha violencia, no pudiendo este declarante resistirse por estar en el dicho cepo de pies, y estando desnudo y quitada la camisa, vio este declarante que el dicho señor obispo sacó de la faltriquera una disciplina de canelones y se la dio al dicho fiscal Morales, y le mandó azotar a este declarante, como con efecto lo hizo el dicho fiscal, dándole tan crueles azotes en las espaldas que de cada azote le hacía saltar la sangre, y esto estando presente el dicho señor obispo, que le estaba animando al dicho fiscal para que le azotase con mayor violencia, y esto duró hasta que le dieron a este declarante más de cincuenta azotes, y esto lo hizo dicho señor obispo por cuatro veces en cuatro noches, y siempre que azotaban a este declarante era preguntándole dicho señor obispo por los papeles e información que decía que este declarante o el dicho señor comisario había hecho, y asimismo decía a este declarante dicho señor obispo: 'perro, ¿por qué no hicisteis allá en Coquimbo lo que yo os mandé; pensabais que no me había de vengar de vos?' y esto se lo dijo el señor obispo por dos veces, en presencia del dicho fiscal; y las otras dos veces que azotaron a este declarante, dicho señor obispo se quedaba a la puerta para verlo azotar, y sólo el fiscal entraba a azotar a este declarante, y también le decía el dicho fiscal: '¿no fuera mejor que vuesa merced hubiera hecho lo que mi amo el señor obispo le mandaba, y no lo que ese bellaco de ese comisario tonto, que le ha echado a perder? y no ha de parar en esto, que dice el [424] Obispo, mi señor, que le ha de dar tormento para que le diga dónde está la información que han hecho contra el señor Obispo, mi señor'; y esta prisión duró a este declarante por tiempo de veinte días continuos, y al cabo de ellos sacó de la prisión a este declarante y a dicho señor comisario y deán el día de la Dominica in albis de la Cuaresma pasada; y dijo más este declarante, que al cabo de ocho días, estando en la cama muy malo de los azotes que le habían dado a este declarante, le envió a llamar dicho señor obispo, y aunque se excusó por estar en la cama muy enfermo, con todo, le hicieron vestir los que fueron a llamarle, que fueron Lázaro de Amaro y don Juan de Carbajal, criados del señor obispo, y, con efecto, llevaron a este declarante a la presencia de dicho señor obispo, y estando en ella, dijo le mandaba prender porque le habían dicho que se quería ir a Lima este declarante a dar cuenta de todo lo pasado y sucedido a los señores inquisidores, y entonces el dicho señor obispo dijo a este declarante en presencia de los dichos Lázaro de Amaro y don Juan de Carbajal y su hermana doña Francisca de Villarroel y otros criados: '¿qué pensáis me han de hacer los inquisidores?, que autor hay, como es el padre Suárez, de la Compañía de Jesús, que dice que un obispo puede prender a los inquisidores; yo os enviaré este autor a la cárcel para que lo veáis', y nunca lo envió a este declarante; y dice más este declarante, que le dijo asimismo dicho señor obispo en presencia de los dichos: 'a ese bellaco de ese deán le tengo que dar dos mil azotes, porque tiene tan poca vergüenza que dijo a mi hermano el padre fray Luis de Villarroel, que mirase cómo el Santo Oficio había castigado a un obispo llamado Carranza'; y con esto mandó que le llevasen a su capilla a este declarante, adonde le tuvo preso doce días, y con halagos aparentes procuraba atraer a su voluntad a este declarante, sólo a fin de entretenerle hasta que se fuesen los navíos que estaban de próximo para la ciudad de los Reyes».

Debía don fray Gaspar de Villarroel tener todavía muy frescas las impresiones de los desagrados que le causara el comisario Pérez de Santiago cuando escribía el artículo v, cuestión v de la parte I de su grande obra Gobierno eclesiástico pacífico, que tiene el sumario siguiente: «¿Si los obispos son verdaderos superiores de los comisarios del Santo Oficio? Y si siendo curas o prebendados, podrán ejercer en ellos su autoridad, en lo que tocase su comisión?». Si no, véase cómo comienza ese notable artículo: «He gastado mucho tiempo en estudiar qué ocasiones puede haber para que los señores obispos y señores inquisidores rompan la paz, y qué puede obligar a turbar corazones de personas santas e ilustres, y no he hallado que pueda el demonio buscar para eso instrumento mas a propósito que un comisario necio, sobre mal intencionado».

«[...] Pues, ¿y la causa de la religión? continúa. ¿El negocio de la fe? Están los jueces encontrados y aflójase en todo. ¡Gran desdicha si efectuase aqueso la dañada intención de un comisario y con siniestras relaciones torciese el corazón contra su obispo a un tan Santo Tribunal, a que entrase en desconfianza de él!

»Para atajar aquestos inconvenientes, agrega el prelado, importaría que los comisarios se nombrasen de las religiones. Conocí en Potosí al padre Guerra, dominico, que fue casi toda su vida comisario, y sucediole el padre Ferrufino, religioso de la Compañía de Jesús. Ha muchos años que el padre Alviz, de la Compañía de Jesús, es comisario en el Obispado de la Concepción; y ni estos tres, ni otros tres mil han dado que hacer al Santo Tribunal; porque en siendo comisario un prebendado, si no es muy religioso y muy modesto, hace un perpetuo divorcio con el coro, apadrinándose para ello con su oficio; y en iglesias que tienen corto número de prebendados, es menester que sean de bronce los obispos para que faltándoles el comisario al pontifical y al coro, sufran con paciencia este dispendio. Si quiere remediarlo, lo pinta su clérigo poco afecto al Santo Oficio; y creyéndole aquellos señores, es forzoso que tengan sentimiento.

»Pero, como quiera que a los señores inquisidores no podemos ponerles leyes, y está a su voluntad el elegir, no aprieto en este punto, ni toco más capítulos que los del altar y el coro; pero yo fío del santo proceder del Tribunal que si pudieran ver lo que en alguna parte he visto yo, no fuera menester la delación del Obispo para remover cien comisarios».

Del artículo que venimos extractando y que, como se ve, parece -como lo es en verdad- calcado sobre las diferencias del obispo de Santiago con el comisario de la Inquisición de Lima, podemos aprovechar todavía varios otros pormenores que dan razón del fin que aquellas tuvieron.

Continúa Villarroel recordando que se conocían en América tres casos en que se había relevado de la asistencia al coro a otros tantos prebendados que fueron inquisidores apostólicos, Cerezuela y Bonilla en Lima, y Peralta en México. «De lo dicho, prosigue, hagamos un argumento para los comisarios que son prebendados nuestros. Si los señores inquisidores, siendo hombres tan ilustres, personas tan egregias, entronizadas en tan altas sillas, teniendo una ocupación tan santa y tan en servicio de las iglesias, pudiendo ilustrarlas mucho con sólo nombrarse sus prebendados, no tienen prebendas en ellas; porque siendo corto el número, se juzgó por gran dispendio del coro tener una o dos sillas de respeto; y a la iglesia metropolitana de Lima, tan poblada de prebendas, le pareció que le harían falta: una pobre iglesia, que tiene, por ser cabeza de un reino, las listas de grande, y por las rentas todos los achaques de pobre, ¿cómo llevará ver una prebenda supresa para los salarios, y otra como de vacío con un comisario, y más si por desgracia fuese enemigo del Coro?

»Hallándome ahogado con dos comisarios, uno de Cruzada y de Inquisición el otro, con un arcediano muy viejo y baldado, con un tesorero anciano y achacoso, y con un chantre de noventa años, representé a Su Majestad la necesidad de mi coro; y habiéndose servido de proveer en ello, dio el orden que se había de tener, con una su real cédula, su fecha en Madrid a 14 de julio del año pasado de 1640, cuyo tenor es como se sigue: 'El Rey. Reverendo en Cristo Padre, obispo de la iglesia catedral de la ciudad de Santiago, de las provincias de Chile, de mi Consejo: Por vuestra parte me ha sido hecha relación que el arcediano de esa iglesia es de mucha edad y ha más de cuatro años que está tullido; y que el chantre tiene más de ochenta años y vive muy enfermo; y que también es muy viejo el tesorero, y que el deán, y maestre de escuela, con ocasión de ser comisarios del Santo Oficio, y de la Cruzada, unos ni otros no acuden al servicio de la iglesia y asistencia del coro con la continuación que es menester; con lo cual y haber suprimido una canonjía para los salarios de la Inquisición, y ido a Lima otro por una competencia que tuvo con el comisario del Santo Oficio, se halla la dicha iglesia muy falta de quien asista a los divinos oficios y demás cosas a que deben acudir al servicio de esa iglesia; y que si por algún accidente o causa legítima alguno de los prebendados de ella hiciere ausencia de la ciudad, podáis con acuerdo del presidente de mi Real Audiencia de ella, nombrar persona que en el ínterin sirva por él. Y visto por los de mi Consejo de las Indias, con lo que en esta razón dijo y pidió el licenciado don Pedro González de Mendoza, mi fiscal en él, os ruego y encargo obliguéis y apremiéis al dicho deán y maestreescuela a que acudan al servicio del culto divino y demás cosas que tienen obligación por razón de sus prebendas, sin que dejen de hacerlo ni les pueda servir de excusa el ser comisarios de la Inquisición y Cruzada; y si no lo cumplieren y ejecutaren, les vacareis las prebendas, avisándome de lo que en esto dispusiéredes. Y cuando algún canónigo hiciere ausencia y faltare al servicio de ella, no quedando número de cuatro, nombraréis a su cumplimiento los que fuere menester, con comunicación del dicho mi presidente, que sean clérigos virtuosos y de las partes que se requieren para que sirvan en el ínterin, hasta que vuelvan los proprietarios, señalándoles porción suficiente de la parte que les tocare a los ausentes, que así es mi voluntad. Fecha en Madrid a 14 de julio de 1540 años. Yo el Rey'.

»Signifiqué a los dos comisarios, casi por señas, lo mandado en esta carta; y como son personas cristianas y de buenas conciencias, bastó saber su obligación y el gusto de Su Majestad. Escribíselo yo así en carta de 26 de marzo de 1642, por estas palabras: 'Para los comisarios ha sido de mucha importancia saber que me ha mandado Vuestra Majestad que les vaque las prebendas; porque sin embargo que esto no será, es grande estímulo que sepan que puede ser. Yo usaré tan templadamente de esta merced que me hace Vuestra Majestad, que no el tiro sino el espanto tenga en pie la gravedad de mi coro'.

»Y Su Majestad (Dios le guarde) como tan católico y tan piadoso, se mostró agradado de este mi aviso y de la enmienda de los comisarios, y así me lo mandó escribir por una su cédula real, su fecha en Zaragoza en 11 de septiembre del año pasado de 44. Y dice en el tercer capítulo: 'He holgado entender que el deán y maestreescuela de esa iglesia vivan con más atención al cumplimiento de sus obligaciones, después que les hicisteis notoria la orden que os envié para que acudiesen a servir sus prebendas, sin embargo que sean ministros de la Inquisición y Cruzada'».

Vemos, pues, que de esta manera las resoluciones reales que los obispos de Santiago habían alcanzado contra los comisarios del Santo Oficio -Villarroel esta vez, y en una ocasión anterior fray Juan Pérez de Espinosa-, habían venido a constituir verdaderas doctrinas legales. La derrota de Calderón hubo de consignarse, como se recordará, en el párrafo XIX de la cedula de concordia del año de 1610, y el triunfo obtenido ahora por Villarroel iba a servir de norma a las demás resoluciones del Consejo de Indias, según puede verse en la celebrada Política Indiana de don Juan de Solórzano Pereira, tomo II, página 215.

 

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