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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo IV de la Segunda Parte

Capítulo IV de la Segunda Parte

El auto de fe

Prevención del Santo Oficio hacia los portugueses. Bula de Clemente VIII en favor de éstos. Opiniones del jesuita Diego de Torres acerca de la poca fe que notaba en América. Intento para establecer la Inquisición en Buenos Aires. Furiosa persecución a los portugueses. Su origen. Muchos son aprehendidos y procesados en Lima. Sigue la causa de Maldonado de Silva. Preliminares del auto de fe. Descripción del tablado. Procesión de la Cruz Verde. Notificación de las sentencias. Acompañamiento. Lectura de las sentencias. Actitud de los reos. Maldonado de Silva es quemado vivo.

Desde los primeros días del establecimiento del Tribunal de la Inquisición en Lima los portugueses habían sido mirados como muy sospechosos en la fe, y, en consecuencia, tratados con inusitado rigor. Esta prevención se hizo todavía más notable en los comienzos del siglo XVII. Por los años de 1606 acababa de llegar a presidir el Tribunal don Francisco Verdugo, hombre animado de un espíritu más tolerante que el de su predecesor Ordóñez. A poco de su arribo mandó suspender cerca de cien informaciones que por diversos motivos había pendientes pero, en cuanto a las denuncias de portugueses, fue inexorable, despachando luego mandamientos para prender catorce, gente, según decían, que andaba con la capa al hombro, sin domicilio ni casa cierta, y que en sabiendo que prendían a alguno que los podía testificar, se ausentaban, mudándose los nombres.

La persecución contra los portugueses, a quienes se acusaba de judaizantes, había ido así asumiendo tales proporciones que parecía ya intolerable; y tantos fueron los memoriales presentados al Rey, y tales las razones que aconsejaban que este estado de cosas cesase, que el Monarca obtuvo del papa Clemente VIII un breve para que desde luego se pusiese en libertad a todos los que estuviesen procesados por el delito de judaísmo. Desgraciadamente, cuando esta orden llegó a Lima sólo quedaban presos Gonzalo de Luna y Juan Vicente; los demás habían sido ya o reconciliados o quemados, penas ambas que, como lo vamos a ver, aún habían de revivir algunos años más tarde.

Un famoso jesuita de aquellos tiempos culpaba igualmente a los portugueses de ser los causantes de la decadencia que se notaba en las creencias religiosas de los colonos.

«Otra causa y raíz desta poca fe, es, decía, que no sólo ha entrado por Buenos Aires y San Pablo alguna gente portuguesa que se ha avecindado nueva en ella entre la mucha que hay; pero como desde el principio se ha poblado estas dos gobernaciones de alguna gente forajida y perdida del Perú, y ha habido pocos hombres doctos y de buenas costumbres, están éstas muy estragadas, y cada día serán peores».

Buscando el origen de este mal, agregaba:

«Todo lo cual entiendo ha permitido Dios Nuestro Señor en estas gobernaciones y los demás males en la de Chile, por el servicio personal que en ellos se ha conservado contra todo derecho y cédulas reales, que ha sido causa de que se hayan consumido los indios y haya tantos infieles, y los cristianos vivan como si no lo fuesen, y se huyan; pero que los españoles hayan vivido en mal estado, como también sus gobernadores y confesores, que por ventura tienen la principal culpa, y mientras esta raíz de todos estos males y del de las malocas no las quitaren los ministros de Su Majestad, a cuyo cargo está dado que los demás medios surtan y tengan efecto, y no digo a Vuestra Señoría los gravísimos males que han resultado de una maloca que desta se hizo para traer indios al servicio personal, porque veo no pertenecer el remedio a ese Sancto Tribunal, si bien le podía tocar por ser el medio más cierto con que el demonio impide la conversión de la gentilidad, y que con ello desacredita totalmente nuestra sancta fe y ley evangélica; segunda, que baptizan a estas piezas sin prueba y catecismo bastante, porque no se las quiten, y unos venden y otros se vuelven, que todo es en menosprecio y daño de los sacramentos y religión».

Y proponiendo, a vueltas de todo esto, el remedio, concluía:

«En lo que toca a la gobernación de Chile, sólo añado que entendí había necesidad de que el comisario o alguna persona de satisfacción fuese, más como confesor que como ministro, a visitar los fuertes, porque muchos soldados que están años allá, en ellos tienen gravísimas necesidades, y si no se remedian, serán cada día mayores y de mayores inconvenientes. Dios Nuestro Señor guarde a Vuestra Señoría con abundancia de sus dones para grande servicio de su Iglesia, como todos los hijos della deseamos».

Tanto fueron creciendo los temores del continuo concurso y entrada de los de la nación hebrea por el Río de la Plata, que el Soberano se vio en el caso de pedir informes al Virrey, y al presidente de Charcas, sobre la conveniencia que se seguiría de establecer un nuevo Tribunal de Inquisición en la provincia de Tucumán; siendo lo más singular del caso que el presidente fundó la aprobación de la medida, precisamente en los manejos del Tribunal de Lima en aquellas partes. «Mi parecer es, decía aquel funcionario, que ha muchos años que debía haberse hecho; en los que ha que sirvo a Vuestra Majestad en este oficio he visto que se han hecho grandes agravios a los vasallos de Vuestra Majestad en estas provincias por los comisarios que hay en ellas, maltratándolos con leves ocasiones, mandándolos comparecer en Lima, con gastos y descrédito nunca reparable, vejándolos con tomar particulares cesiones, y haciendo otros daños de que no han osado pedir remedio por tenerle tan lejos y serles horrible la misma medicina».

Recogidos todos los informes, el Rey, de su propia mano, resolvió «que se excusase de poner Inquisición por los inconvenientes que se seguirían, y se tomase por medio que la Inquisición de Lima enviase un comisario de muchas partes, y al Gobernador se ordenase le asistiese»; «de que ha parecido avisaros, repetían los ministros del Consejo a los de Lima, para que el comisario y notario que se nombrase sean de toda satisfacción».

Algún tiempo después, los inquisidores, con fecha 18 de mayo de 1636, contaban la nueva persecución que se había desencadenado, esta vez furiosa, contra los infelices portugueses y que a tantos de ellos iba a costarles su fortuna, atroces sufrimientos, y, por fin, la vida.

«De seis a ocho años a esta parte, decían, es muy grande la cantidad de portugueses que ha entrado en este reino del Perú, (donde antes había muchos) por Buenos Aires, el Brasil, Nueva España, Nuevo Reino y Puerto Belo. Estaba esta ciudad cuajada de ellos, muchos casados, y los más solteros; habíanse hecho señores del comercio; la calle que llaman de los mercaderes era casi suya; el callejón todo; y los cajones los más; hervían por las calles vendiendo con petacas, a la manera que los lenceros en esa Corte; todos los más corrillos de la plaza eran suyos; y de tal suerte se habían señoreado del trato de la mercancía, que desdel brocado al sayal, y desdel diamante al comino, todo corría por sus manos. El castellano que no tenía por compañero de tienda a portugués, le parecía no había de tener subceso bueno. Atravesaban una flota entera con crédito que se hacían unos a otros, sin tener caudal de consideración, y repartían con la ropa sus fatores, que son de su misma nación, por todo el reino. Los adinerados de la ciudad, viendo la máquina que manejaban y su grande ostentación, les daban a daño cuanta plata querían, con que pagaban a sus corresponsales, que por la mayor parte son de su profesión, quedándose con las deudas contraídas aquí, sin más caudal que alguno que habían repartido por medio de sus agentes.

»Desta manera eran señores de la tierra, gastando y triunfando, y pagando con puntualidad los daños, y siempre la deuda principal en pie, haciendo ostentación de riquezas, y acreditándose unos a otros con astucia y maña, con que engañaban aún a los muy entendidos; creció tanto su avilantez con el valimiento que a todo andar iban teniendo con todo género de gentes, que el año de treinta y cuatro trataron de arrendar el almojarifazgo real.

»El rumor que había del gran multiplico desta gente y lo que por nuestros ojos víamos nos hacía vivir atentos a todas sus acciones, con cuidadosa disimulación, cuando por un día del mes de agosto del dicho año de treinta y cuatro, un Joan de Salazar, mercader, vecino desta ciudad, denunció en este Santo Oficio de Antonio Cordero, cajero de uno de dos cargadores de la ciudad de Sevilla, que por no haber podido vender y despacharse el año de treinta y tres en la feria de Puerto Belo, subieron a ésta, y tenían almacén frontero del Colegio de la Compañía de Jesús, donde el Antonio Cordero vendía, y dijo, que habiendo ido un sábado por la mañana a comprar unos rengos al dicho almacén, halló en él al Antonio Cordero con sus amos, y hablando con él le dijo si le quería vender unos rengos, a que le había respondido, 'no puedo venderlos hoy, que es sábado'; y replicándole el Joan de Salazar, '¿qué tiene el sábado para no vender en él?' le había dicho, 'digo que no he de vender hoy, porque es sábado'; y que oyéndolo el uno de los amos, el de más edad, le había reprendido, diciendo no dijese aquellas boberías, y que entonces había dicho Antonio Cordero: 'digo que no he de vender hoy, que es sábado, ni mañana que es domingo'; y que con esto se despidió con otros dos camaradas, con quien había ido al dicho almacén, riéndose de ver que por ser sábado decía aquel portugués no quería vender.

»Y que volviendo allá otro día, que acertó ser viernes, halló al Cordero en el mismo almacén almorzando un pedazo de pan con una manzana, y después de haberle saludado, sin acordarse que fuese viernes, le había dicho: '¿no fuera mejor comer de un torrezno?' a que había respondido Cordero: 'había de comer yo lo que no comieron mis padres, ni abuelos?' y replicándole Salazar, '¿qué? ¿no comieron sus padres y abuelos tocino?' y que oyéndolo uno de los amos, que se halló presente, había respondido: 'quiere decir que no comieron lo que él está comiendo agora'; y que él le había replicado, 'no es tocino lo que come agora', y que no pasó más por entonces.

»Llamáronse dos que dio por contestes: dijo el uno ser sordo, y no había oído las palabras formales en lo tocante al sábado, mas de haber visto que no se compró nada. El otro contesta solamente en lo del tocino; pareció flaca la testificación y quedose así, a ver si le sobrevenía otra alguna cosa.

»Luego, por el mes de octubre, cuidadosos siempre en estas materias, escribimos a todo el distrito, como dimos cuenta a Vuestra Alteza el año pasado, encargando a los comisarios que con toda brevedad, cuidado y secreto nos procurasen inviar el número cierto de portugueses que cada uno tuviese en su partido, y algunos comenzaron a ponerlo en ejecución.

»Estando la cosa en este estado, visto que se acercaba la armada, acordamos poner en consulta la dicha deposición tal cual, y se puso por los fines de marzo, en ocasión que se había llamado para otras causas; y visto con el ordinario y consultores, salió de común acuerdo se recogiese el Antonio Cordero, con el silencio y secreto posible, y fuese sin secresto de bienes, porque cuando se echase menos, que era fuerza, no se entendiese había sido la prisión por el Santo Oficio.

»Encargose su ejecución a Bartolomé de Larrea, familiar desta Inquisición, que el día siguiente, con color de cerrar una cuenta que tenía con el Cordero, de algunas cosas que le había vendido, viéndole, se metió como otras veces en su tienda, que la tiene en la calle de los Mercaderes, en la mitad del día, cuando hervía de gente, y como a la una dio aviso de cómo le tenía en un aposento cerrado, sin que nadie hubiese visto ni sentido; inviamos luego por él con una silla de manos al alcaide, que antes de las dos le puso a buen recaudo.

»Echáronle menos en su casa, y sus amos hicieron extraordinarias diligencias por la justicia real, y viendo que no parecía, decían unos se había huido, otros que le habían muerto; algunos, que quizá, como era portugués, le prendería la Inquisición. Pero los más bachilleres decían no podía ser esto, pues no se había hecho secresto de bienes, diligencia precisamente necesaria en los negocios de la herejía.

»Esta prisión se hizo en dos días de abril del dicho año de treinta y cinco, y luego pidió audiencia, en que dijo ser natural de Arronchez, en el Obispado de Portalegre, reino del Portugal, de edad de veinte y cuatro años, casado en Sevilla y criado de Antonio de Acuña, cargador; confesó ser judío judaizante, y quien se lo había enseñado en Sevilla, y denunció de algunos en ella. Y porque negaba la testificación, conclusa su causa en forma, como con menor, por diminuto, en consulta se mandó poner a cuestión de tormento, y en él, a la primera vuelta, dijo le soltasen, que diría la verdad, y que Antonio de Acuña, su amo, y Diego López de Fonseca, compañero, y Manuel de la Rosa, criado deste, eran judíos; y habiéndole quitado la mancuerda y sentado en un banquillo, fue diciendo diferentes actos, ritos y ceremonias que juntos habían hecho.

»Con esta deposición, sin esperar a ratificación, por temor que los dichos no pusiesen en cobro la hacienda, que la tenían junta, por estar avispados desde la falta del Cordero y la armada de partida para Panamá, con parecer del ordinario, inviamos al alguacil mayor, don Joan de Espinosa, por ellos, que los halló comiendo y trajo presos en su coche, secrestados los bienes, en once de mayo.

»Fueronse teniendo las audiencias ordinarias con todos; y concluyose la causa de Manuel de la Rosa, criado del Diego López, tenido por santo, y sacristán actual de la congregación de los mancebos, en la Compañía, natural de Portalegre, en Portugal, de oficio sedero, y de edad de más veinte y cinco años; estuvo negativo hasta el tormento, y en él, a la segunda vuelta, confesó ser judío judaizante y que lo eran su amo Diego López, Antonio de Acuña y su criado Antonio Cordero, y otros muchos, y siempre ha ido confesando de aquí y de otras partes.

»Antonio de Acuña, mozo de veinte años, natural de Sevilla, estuvo negativo hasta la séptima vuelta de la mancuerda inclusive, y entonces confesó ser judío judaizante y que lo eran también su criado Antonio Cordero, y su camarada Diego López de Fonseca y Manuel de la Rosa, criado dél; y siempre va confesando de otros muchos en esta ciudad. Cartagena y Sevilla: a éste se debe la mayor luz desta complicidad.

»Diego López de Fonseca, natural de Badajoz, de oficio mercader, de edad de cuarenta años, casado en Sevilla, estuvo negativo en el tormento, a que fue condenado in caput alienum, por estar convencido con gran suma de testigos, y relajado al brazo seglar, no se le pudo dar conforme los méritos, por un desmayo que le dio a la quinta vuelta; cada día tiene nuevas testificaciones, que se le darán en publicación.

»En este tiempo, las pocas cárceles que había, estaban ocupadas; crecían cada día los denunciados, porque el Antonio de Acuña, Rosa y Cordero iban siempre confesando; y para poder recoger los que estaban mandados prender, con consulta de ordinario y consultores, acordamos de despachar en la capilla las causas que estaban determinadas a pena pública, y las demás con toda brevedad; y que el alcaide Bartolomé de Pradeda dejase su aposento, pasando a la casa, pared en medio, que es desta Inquisición; y porque si antes de prender los que estaban mandados, se hacía esto, era dar a entender lo que se trataba, acordamos se ejecutasen primero las prisiones.

»Estaban diez y siete mandamientos hechos de la gente más válida y autorizada de la plaza, algunos dellos, y era fuerza causase grandísimo ruido cosa que nunca se había visto en este reino; conociendo la gran piedad y afecto con que el Virrey, conde de Chinchón, hace cualquiera diligencia en orden a honrar el Santo Oficio, nos pareció darle parte desta resolución, y que si quisiese entender algo della en particular, se le recibiese primero juramento, a que fue el inquisidor don Antonio de Castro, habiéndole oído con mucho gusto y dado muestras del que ternía de saber quiénes y cuántos eran los presos: hizo el juramento de secreto religiosísimamente y prometió, si fuese menester, iría en persona a prender al más mínimo.

»Hecha esta diligencia, se repartieron el día de San Lorenzo diez y siete mandamientos, en pocos menos ministros, y se les dio el orden que habían de tener, y sin que ninguno supiese más del suyo, el siguiente, que fue de Santa Clara, desde las doce y media, que entró el primero, hasta un poco antes de las dos, se ejecutaron los diez y siete mandamientos, con tanto silencio y quietud que cuando el pueblo sintió lo que pasaba, estaban los más en sus cárceles; fue día del juicio, quedó la ciudad atónita y pasmada, ensalzando la fe católica y alabando al Santo Oficio; creció la gente de tal modo a la última prisión, que se hizo en esta misma calle, que no se podía romper por ella.

»Otro día sacamos a la capilla unos doce de diferentes causas, y el siguiente despachamos las demás, y se ocuparon las diez y seis cárceles antiguas y otras que tumultuariamente se hicieron.

»Crecía cada día la complicidad, y teníamos poca satisfacción del alcaide Bartolomé de Pradeda, por ser mucha su codicia, y particularmente después que compró unas haciendas del campo en mucho mayor cantidad que la que alcanzaba su caudal; hallamos que estaba embarazado con las cabezas desta complicidad, y que los había emprestillado y metido en fianzas, y que, olvidado de su obligación y rendido al interés, nos tenía vendidos, haciendo público lo que pasaba en las cárceles, y dando lugar a comunicaciones; pedía su infidelidad una severa demostración; pero considerando veinte años de servicios y siete hijos, y andar con poca salud, acordamos que pidiese licencia para ir a convalecer a su chácara, y con este pretexto arrancarle antes que causara mayor daño.

»Hízose así, y pusimos en su lugar a Diego de Vargas, hijo y primo de ministros, natural de Toledo, soltero, dándole el servicio necesario para la buena administración de las cárceles, y por ayudante a un mozo, deudo de Bernardino de Collantes, nuncio que fue desta Inquisición, llamado José Freile de Moriz, que servía de antes la portería. Fueron presos en esta ocasión de once de agosto, con secresto de bienes, varios reos y entre ellos:

»Manuel Baptista Pérez, mercader, natural de Ansan, jurisdicción de Coimbra en el reino de Portugal, de edad de cuarenta y seis años, casado con prima suya, que trajo de Sevilla, y con hijos, hombre de mucho crédito en todas partes y tenido por el oráculo de la nación hebrea, y de quien se entiende es el principal en la observancia de la ley de Moisés; es mucha la máquina de hacienda que tiene a su cargo, y la que debe en cantidades gruesas, plazos cumplidos, pasa de ciento y treinta mill pesos, en lo que hasta agora se sabe; está convito con mucho número de testigos y negativo...».

«En este tiempo crecía el número de los testificados con la prosecución de las causas, con que por no haber cárceles, nos víamos apretados. Habíase tomado la casa en que vivía el alcaide, como se ha dicho, pasándose el ala de pared en medio, que se arrendaba por cuenta de la Inquisición, cuya es, donde hicimos cuantidad de cárceles, y cuando ya estuvieron para poder habitar, hecha consulta, se prendieron en 22 de noviembre con secresto de bienes, muchos otros.

»[...] Viendo, pues, lo que se iban encartando, y que, según buenas conjeturas, no hay portugués de los que andan mercadeando que no sea comprehendido, y que con el espacio que tenían podían ausentarse muchos, aún de los denunciados; y que Vuestra Alteza nos tiene atadas las manos, prohibiendo no estorbemos a nadie su viaje, ni obliguemos a pedir licencia a los que le quieren hacer, por la necesidad precisa, acordamos pedir al Virrey que mandase por gobierno a ninguno se diese pasaje, sin la del Santo Oficio; hízolo por este año, porque acude con amor y voluntad a estas causas, da resguardo a la concordia, que en esta parte ha de mandar Vuestra Alteza se corrija y enmiende, pues, a menos, ni las causas de la fe se pueden lograr, ni las de la hacienda; fue de grande importancia esta diligencia, y todavía se han huido muchos, que el interés abre camino por todas partes.

»Visto que la complicidad iba teniendo cada día mayor cuerpo, con estar todavía tan en los principios, y que aunque demás de las cárceles antiguas, que eran diez y seis, se habían hecho diez y nueve y no bastaban, se había comprado una casita pegada a ella, por ser cosa que estaba bien en todos tiempos a esta Inquisición, y acordamos hacer las cárceles, y se han labrado diez y siete, dejando tres aposentos altos en que pueda vivir el ayudante, para mayor seguridad de los presos, que como son bajas, ocupan mucha distancia, y de otra manera estarían muy desabrigadas; y cuando ya se pudieron habitar se fueron prendiendo otros, con secresto de bienes...

»Con las prisiones que se hicieron a los once de agosto, comenzaron cuantidad de demandas de nuevo ante nosotros, y eran muchísimos los pleitos que de antes estaban pendientes en los Tribunales reales, y cada día han ido creciendo y irán adelante conforme se fueren prendiendo, porque, como se dijo al principio, estaban apoderados del trato y contrato en todo género de estos reinos y de Tierrafirme. Vuestra Alteza verá por la relación que se le invía de los que hasta hoy hay, lo que pasa. Acordamos inviar por uno de los consultores un recado a la Real Audiencia para que mandase se nos remitiesen las causas pertenecientes a estos presos; miraron la concordia, y vieron que donde hay secresto de bienes, somos jueces privativos, y ordenaron a los escribanos de cámara los entregasen a cualquiera diligencia nuestra; la misma se hizo con el Consulado, donde pendían algunas causas.

»Estaba la tierra lastimada con la quiebra del banco, de que dimos razón a Vuestra Alteza el año pasado, y agora con tanta prisión y secresto de bienes de hombres mercadantes y que a solo crédito atravesaban cuanto había, parecía se quería acabar el mundo; clamaban las partes que tenían pleitos de redhibitorias, y otras varias acciones; pedían su prosecución, porque con el tiempo no se les empeorasen sus derechos, por ausencia o muerte de testigo, o otros accidentes; y otros los intentaban de nuevo. Vímonos en aprieto, porque seguirse pleitos sin parte legítima, no se podía, conforme a derecho; los presos no lo eran, la necesidad apretaba, y representábanse vivamente los daños; y aunque nuestro negocio principal es el de la fe, y Vuestra Alteza quiere que en sólo él pongamos todo cuidado, quiere también que en lo accesorio hagamos justicia, la cual no se podía administrar sin quien hiciese las partes de los presos, y así pusimos en consulta si sería bien nombrarles un defensor; todos vinieron en ello...

»Señaláronse para el despacho civil, lunes y jueves, y después de las tres horas de las tardes, todos los días gastamos en vista de los autos lo que hay de luz hasta la noche, con que damos despacho a la mayor máquina que se ha visto, deseando dar satisfacción a las partes, sin faltar al ministerio principal de los negocios de la fe; y para poderlo hacer con menos detrimento de las causas de la fe, ocupamos todos los días sin reservar ninguno, lo que resta del día desde las tres horas de la tarde hasta la noche, y hemos ido pagando y pagamos con fianza depositaria muchas deudas, porque de otra suerte se destruía el comercio y recibía daño irreparable la República por tantos modos fatigada.

»Vase prosiguiendo en todas las causas y descubriéndose tanta copia de judíos derramados por todas partes que nos damos a creer igualan a todas las demás naciones: las cárceles están llenas y por falta dellas no ejecutamos algunas prisiones de personas de esta ciudad; andan las gentes como asombradas, y no fían unos de otros, porque cuando menos piensan se hallan sin el amigo o compañero a quien juzgaban tanto. Tratamos de alquilar casas, y todas las circunvecinas no han de bastar. Seguramente puede Vuestra Alteza afirmará su real persona, y a todos sus Consejos, que no se le ha hecho en estos reinos a Su Majestad y a la Divina mayor servicio que el actual en que estamos, porque esta nación perdida se iba arraigando en pocos años de manera que como mala yerba había de ahogar a esta nueva cristiandad, y en la anciana hacer grandísimos estragos, porque en estas partes el último fin de los que las habitan de paso, y aún de asiento, es el interés; no se trata de otra cosa, a él aspiran anhelando chicos y grandes, y todo medio que facilita su consecución se abraza indistintamente; en tanto tienen a uno por hombre en cuanto sabe adquirir hacienda; y para conseguirla han hallado a propósito esta secta infernal y ateísmo; es el lazo con que iban enredando, prometiendo buenos subcesos y grandes riquezas a sus secuaces; y dicen es esta tierra de promisión, si no fuera por la Inquisición: así parece de sus confesiones. Al cristiano nuevo, o al que tiene alguna parte, fácilmente le persuaden su opinión, y al viejo, como sea cudicioso, sin mucha dificultad. Justamente nos tememos de un grandísimo daño solapado con pretexto y capa de piedad; porque usan mucho de la hipocresía; generalmente, ninguno se prende que no ande cargado de rosarios, reliquias, imágenes, cinta de San Agustín, cordón de San Francisco y otras devociones, y muchos con cilicio y disciplina; saben todo el catecismo y rezan el rosario, y preguntados, cuando ya confiesan su delito, que por qué le rezan, responden que porque no se les olviden las oraciones para el tiempo de la necesidad, que es éste de la prisión, y se muestran devotos para engañar, y que los tengan por buenos cristianos...

«El virrey conde de Chinchón, concluían los inquisidores, acude a todo cuanto se le pide en estas materias, con tanto afecto y tan celoso mira la autoridad del Sancto Oficio, que aunque se lo procuramos merecer de nuestra parte con la sumisión y reverencia debida, se ha de servir Vuestra Alteza de rendirle las gracias de lo que hace, y en particular de haber dado orden apretada a los soldados del presidio, caballería y infantería ronden toda la noche toda esta cuadra de la Inquisición, como lo hacen incesantemente, con grandísimo cuidado».

Omitimos hablar aquí de los cruelísimos tormentos -en que hubo de morir la infeliz doña Mencía de Luna-, que hicieron sufrir a la mayor parte de los acusados esos inquisidores, ávidos del dinero de sus víctimas, para arrancarles sus confesiones, o, mejor dicho, para obligarlos a levantarse falso testimonio, y los actos de desesperación a que aquellos desgraciados se entregaron. La relación de su estada en las cárceles del Santo Oficio formaría un capítulo digno del genio sombrío del Dante.

Pero apartemos por un momento la vista de tan repugnante escenario y continuemos con la causa de Maldonado de Silva.

«En audiencia de 12 de noviembre de 638, prosiguen los inquisidores, habiéndolo pedido el reo en muchas audiencias, se llamaron los calificadores y se tuvo con él la trece disputa, por tres padres de la Compañía de Jesús, muy doctos, que duró tres horas y media, y se quedó más pertinaz que antes, porque, al levantarse del banquillo, sacó de la faltriquera dos libros escritos de su mano, en cuartilla, y las hojas de muchos remiendos de papelillos que juntaba, sin saberse de dónde los había, y los pegaba con tanta sutileza y primor que parecían hojas enteras, y los escribía con tinta que hacía de carbón, y el uno tenía ciento tres hojas y el otro más de ciento, firmados de una firma que decía 'Heli Judío, indigno del Dios de Israel, por otro nombre Silva'; y dijo que por descargo de su conciencia entregaba aquellos libros, porque tenía ciencia y sabiduría de la Sagrada Escritura, y que no le habían satisfecho a las dudas que había puesto a los dichos calificadores.

»En 1º de diciembre del dicho año de 638 pidió el reo audiencia y suplicó en ella que un cuadernito de cinco hojas que escribió, -el cual se remite con esta relación, para que se vea, poniéndole a la claridad, el modo que tenía en pegar los papeles y la letra que hacía con tinta de carbón-, se enseñase a los calificadores, que si le convencían el entendimiento con razón, se sujetaría y seguiría la fe católica; y en 9 de diciembre, por toda la tarde, y 10 del dicho, por la mañana, se tuvieron con el reo dos disputas muy largas, en las cuales quedó más pertinaz que antes».

Llegaba ya el día 23 de enero de 1639 en que se iba a celebrar el auto en que tendrían fin, aunque de una manera horrible, los padecimientos de Maldonado de Silva. Doce largos años de cárcel inquisitorial no habían podido quebrantar la entereza que desde el primer momento manifestara. Las torturas que sufriera habían podido trocar su cuerpo en un montón de huesos, revestidos de «pellejo», como decían sus verdugos; pero sus convicciones eran todavía las mismas.

Los preparativos de una ceremonia tan notable como iba a ser aquella, habían comenzado desde algún tiempo antes.

«Sustanciadas las causas de los que habían de salir al auto, dice un testigo presencial, y habiendo el Tribunal del Santo Oficio determinado hacerlo el domingo 23 de enero, día del defensor de María, San Ildefonso (y no sin misterio, pues éstos no la confiesan por Madre de Dios, y así en las ave marías que rezaban por cumplimiento, no decían Jesús) del año corriente, ordenó se publicase a 19 de diciembre de 1638. La primer diligencia que se hizo fue darle aviso al señor conde de Chinchón, virrey de estos reinos, desta determinación. Llevole el señor doctor don Luis de Betancurt y Figueroa, fiscal de la Inquisición, y contenía, que el día referido celebraba auto el Tribunal del Santo Oficio, para exaltación de nuestra santa fe católica y extirpación de las herejías, y que se hacía saber a su excelencia, esperando acudirla a todo inconveniente, a la autoridad y aplauso dél, como príncipe tan celoso de la religión católica y culto divino.

»Retardose este auto, aunque la diligencia de la Inquisición fue con todo cuidado, por culpa y pretensión de los mismos reos. Fue el caso que, habiéndose puesto unas puertas nuevas en la capilla de Inquisición, que cae a la plaza della, edificio insigne, tanto por la grandeza, como por la curiosidad de varias y famosas pinturas, de que está siempre adornada, y reja de ébano, que divide el cuerpo del altar mayor, obra de los señores que hoy viven, y donde oyen misa todos los días y se les predica las cuaresmas, acudiendo a este ministerio los mejores predicadores del reino y donde de ordinario se hacen autos particulares, que pudieran ser generales en otras partes. Para adorno, pues, de las puertas, se guarnecieron con clavazón de bronce, y el ruido que se hizo al clavarlas les dio tanto en qué entender a los judíos, que con notables estratagemas se trataron de comunicar, como lo hicieron, diciendo: 'ya se llega la hora en que se nos ha de seguir algún gran daño, que nos está aparejado; no hay sino revoquemos nuestras confesiones, y con esto retardaremos el auto, y para mejor, traigamos muchos cristianos viejos a estas prisiones, y habrá perdón general, y podrá ser nos escapemos'. Así lo hicieron, que fue la causa de que durase tanto tiempo la liquidación de la verdad.

»El mismo día, pues, y a la misma hora, llevó el mismo recaudo a la Real Audiencia, Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo de la Inquisición, a tiempo que los señores della bajaban del dosel, y como católicos caballeros, consejeros del Grande Felipe, máximo en dar honras al Tribunal del Santo Oficio, recibieron el recaudo en pie, a la puerta de la sala, con toda cortesía, mandando cubrir al secretario, y hablándole de merced. Al Cabildo eclesiástico en sede vacante, llevó el aviso Pedro Osorio del Odio, recetor general del Santo Oficio. Al Cabildo seglar, el secretario Pedro de Quirós Argüello. A los prelados de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, Nuestra Señora de las Mercedes, de la Observancia y Recolecciones, Compañía de Jesús, y a los de San Juan de Dios, Martín de Vargas, nuncio. A la Universidad, el doctor don Antonio de San Miguel y Solier, abogado del Fisco y presos de la Inquisición, catedrático de Prima de Cánones, y vecino encomendero deste reino; y días después al Consulado.

»El excelentísimo señor Virrey, como cristianísimo príncipe y en todo cabal gobernador, envió respuesta a la Inquisición, estimando el aviso que se le daba y mostrando particular placer de ver acabada obra tan deseada.

»El mismo recaudo envió la Real Audiencia. Lo mismo hicieron los Cabildos eclesiásticos y secular, la Universidad y los demás tribunales y Consulado.

»Antes de publicarse el auto, se encerraron todos los negros que servían en las cárceles en parte donde no pudieran oír, saber ni entender de la publicación, porque no diesen noticia a los reos, pues aunque la Inquisición usaba para esto negros bozales, acabados de traer de la partida (no es posible menos en este reino) eran ladinos para los portugueses, que, como los traen de Guinea, sabían sus lenguas, y así esto les ayudó mucho para sus comunicaciones, con otras trazas, como la del limón y el abecedario de los golpes, cosa notable; la primera letra era un golpe, la segunda dos, la tercera tres, etc. Daban, pues, los golpes que correspondían a la primer letra de la dición, y parando el que los daba, asentaba en un adobe el avisado, aquella letra con un clavo; luego le daban otra letra con los golpes; luego otra, y al cabo hallaban escrito lo que se querían avisar, con otras cifras y caracteres con que se entendían: claro indicio de su complicidad.

»Publicose el auto el día determinado, miércoles primero de diciembre; fue uno de los de más regocijo que esta noble ciudad ha tenido. Hízose con mucha ostentación; iban todos los familiares con mucho lustre, a caballo, con varas altas; y al son de ministriles, trompetas y atabales pasearon las calles principales. Detrás de los ministros iban los oficiales de la Inquisición, Martín de Vargas, nuncio, Manuel de Monte Alegre, procurador del Fisco, Antonio Domínguez de Valcázar, notario de secrestos, Bartolomé de la Rea, contador, Pedro Osorio del Odio, recetor general, Pedro de Quirós Argüello, secretario, y el capitán don Juan Tello, alguacil mayor. Diose el primer pregón en la plaza de la Inquisición y el segundo en la pública, frontero de la puerta principal de Palacio. Era ésta la forma:

»El Santo Oficio de la Inquisición hace saber a todos los fieles cristianos estantes y habitantes en esta ciudad de los Reyes, y fuera della, cómo celebra auto de la fe para exaltación de nuestra santa fe católica; a los 23 de enero, día de San Ildefonso, del año que viene de 1639, en la plaza pública desta ciudad, para que acudiendo a él los fieles católicos, ganen las indulgencias que los Sumos Pontífices han concedido a los que se hallan a semejantes actos: que se manda pregonar para que llegue a noticias de todos.

»Ocurrió gente sin número a ver esta disposición primera, dando gracias a Dios y al Santo Tribunal que daba principio a auto tan grandioso, que todos presumían serlo por las muchas prisiones que había hechas. Acabada la publicación, volvieron los ministros y oficiales con el mismo orden a la Inquisición.

»Publicado el auto, se llamó a Juan de Moncada, que ha más de cincuenta años que sirve en estas ocasiones a la Inquisición, y se le dio orden de que hiciese las insignias de los penitenciados, sambenitos, corozas, estatuas, y para los relajados, cruces verdes, recibiéndosele antes juramento de secreto, y a sus oficiales dioseles aposento en lo interior de la casa del alcaide, donde las obraron sin ser vistos de nadie; y en este tiempo se le dio orden al alguacil mayor que con familiares que señalase rondasen de noche la cuadra en cerco del Santo Oficio, sin que a esto se faltase un punto hasta el día del auto, como se hizo.

»Descripción del tablado. Jueves dos de diciembre se dio principio al tablado, que como había de ser tan suntuoso y el cadalso tan grande, fue necesario comenzar desde entonces. Tuvo el tablado principal de largo y frente, cuarenta y siete varas, y trece de ancho, y desde el suelo al plan, cinco varas y dos tercias; fundose en treinta y nueve pies derechos de media vara de grueso cada uno, y en ellos se pusieron trece madres de palmo y medio de grueso, donde cargaban tablas y cuartones que hacían el asiento, todo cercado de barandas. Sobre el plan, hacia la parte del Cabildo, igual al de sus corredores, se pusieron cinco gradas; cogió el sitio della diez y nueve varas de largo. En el plan de la última se puso el asiento para el Virrey y Tribunal del Santo Oficio, que venía a estar dos varas y tres cuartas alto del plan del tablado, y a los lados de una parte y otra corría igualmente el lugar donde había de estar la Real Audiencia. De las cinco gradas dichas, la primera se dedicó para peaña del Tribunal. La segunda en orden para el señor fiscal de la Inquisición, y capitán de la guardia de su excelencia. A los lados los de su familia, y prelados de las religiones. La tercera para los calificadores, oficiales y ministros del Santo Oficio, y religiosos graves. La cuarta, para las familias de los señores inquisidores.

»Al lado siniestro del Tribunal se levantó un tablado al igual dél, de once varas de largo y cuatro de ancho, cubierto de celosía, con tanto primor que su prevención parece fue de anticipado tiempo para ocuparle su excelencia de la señora Virreina, y las mujeres de los señores de la Real Audiencia. Escogiose este sitio por llevar el aire hacia allí la voz de los letores, y la comodidad del pasadizo. A un lado y otro de los señores de la Audiencia, se les señaló lugar a los del Tribunal de Cuentas.

»A la mano derecha del Tribunal, se pusieron cuatro gradas de nueve varas de largo, media más bajas que él. Las tres dél las ocupó el Cabildo eclesiástico, y la otra ocupó la Universidad Real, con otras tres gradas que volvían atravesadas al cadalso, mirando hacia Palacio. Al lado izquierdo del Tribunal, media vara más bajo que él, y el tablado de la señora Virreina, se formaron cuatro gradas de nueve varas de largo para el Regimiento y Cabildo de la ciudad, para el Consulado, y para los capitanes vivos della y del Callao. A las espaldas del Cabildo eclesiástico, se levantó un tablado de doce varas de largo, media más bajo que el Tribunal, parte dél para el marqués de Baydes, que estaba dividido con celosías, y lo restante ocuparon las mujeres de los regidores.

»En medio del tablado, mirando al Tribunal, se formó el altar, de dos varas de largo poco más, en proporción, y al lado derecho, al principio del pasadizo o crujía, se puso el púlpito donde se había de predicar y leer las sentencias. Lo restante deste tablado se llenó de bancos rasos para las personas que hubiesen de tener asiento, que después los ocuparon religiosos de todas órdenes y caballeros de la ciudad, cuya disposición de lugares y fábricas del tablado tomó a su cargo el señor inquisidor don Antonio de Castro, y de tratar con su excelencia lo que conviniese, y todos los señores daban licencias escritas, sin las cuales ninguno era permitido en el tablado.

»Del Palacio se hizo un pasadizo por la parte que miraba a la plaza: estaba cubierto con celosías, y por la otra, aforrado con tablas; tenía diez y ocho varas de largo y dos de ancho; cortose un paño del balcón de la esquina de palacio, y desde él al plan del pasadizo, se bajaba por trece gradas, divididas en tres partes. La primera de siete, y las dos de tres cada una, puestas a trechos, para descender y subir con toda facilidad; parecía un hermosísimo balcón o galería que daba adorno a los tablados.

»Del principal al cadalso de los reos, estaba una crujía de veinte varas de largo y tres de ancho, cercada de barandas, como el tablado y cadalso. Éste era de la mesma longitud que el tablado principal, pero de ancho no tenía más que nueve varas. En él había seis gradas, cada una de dos tercias de alto. La primera tenía treinta y seis pies de largo, la segunda treinta y dos, la tercera, veinte y ocho, la cuarta veinte y cuatro, la quinta veinte, la sexta, que fue asiento para los relajados, tenía ocho, y en el plan se pusieron muchos bancos rasos, que después ocupó gente honrada de la ciudad. Encima de la última grada estaba la media naranja, que formaban tres figuras de horrendos demonios.

»En el vacío que había del tablado al cadalso, por un lado y otro de la crujía, se levantaron dos tablados más bajos que el principal, vara y media; tenían ambos cuarenta y siete varas de largo y veinte de ancho; destas quedaron veinte varas, diez en cada uno, para las familias de los señores de la Real Audiencia y ministros del Santo Oficio, y de los caballeros principales, y lo restante, el uno a cargo de Bartolomé Calderón, maestro de esta obra, de que le hizo gracia la Inquisición para que se aprovechase, por cuanto había hecho estos dos tablados a su costa; y para decir la grandeza y sumptuosidad dellos y gran número de gente que hubo, baste decir que se subió a ellos por veinte y una escaleras, catorce de adobes, y la una tan grande que se gastaron dos mil adobes en ella, y cuando se desbarataba parecía ruina de una torre; y las siete de madera, con sus cajas, y debajo, para comer algunas familias, hubo trece aposentos con sus puertas cerradas con llaves.

»Para la sombra del tablado principal y los demás, se pusieron veinte y dos árboles, cada uno de veinte y cuatro varas de alto, y en ellos se hicieron firmes las velas, que ocuparon cien varas de largo y setenta de ancho, atestadas con muchas vetas de cáñamo, con sus motones, poleas y cuadernales, con que quedó el velamen tan llano y firme, siendo tan largo, como si fuera puesto en bastidor; llegó a estar veinte varas alto del suelo, causando apacible sombra.

»Tardó el tablado en hacerse cincuenta días, trabajándose en él continuamente, sin dejarse de la mano ni aún los días solemnes de fiesta, siendo los obreros dos maestros, y los negros, de ordinario, diez y seis. No se le encubrió a los señores de la Inquisición el grande concurso de gente que había venido a ver el auto de más de cuarenta leguas de la ciudad, y así diose la providencia que en todo previno la confusión y desorden que pudo haber sobre los asientos. Para esto vino al tablado el señor licenciado don Antonio de Castro, inquisidor, y los repartió en la forma dicha, y para firmeza de lo hecho mandó el Tribunal pregonar que ninguna persona, de cualquier calidad que fuese, excepto los caballeros, gobernadores y ministros familiares que asistiesen a la guarda y custodia del tablado donde se había de celebrar el auto de fe fuese osado a entrar en él, ni al de los penitentes, so pena de descomunión mayor y de treinta pesos corrientes para gastos extraordinarios del Santo Oficio. Dictolo Luis Martínez de Plaza.

»Para ejecución de lo referido, nombró el Tribunal ocho caballeros muy principales desta ciudad, que asistiesen con sus bastones negros, en que estaban pintadas las armas de Santo Domingo, para ejecutar las órdenes del Tribunal, que lo hicieron con la puntualidad que de su nobleza se esperaba. Fueron don Alonso de Castro y del Castillo, hermano del señor inquisidor don Antonio de Castro, don Francisco Mesía, del hábito de Calatrava, don Domingo de Olea, del de Santiago, don Francisco Luján Sigorey, corregidor y justicia mayor de Canta, don Fernando de Castilla Altamirano, corregidor y justicia mayor de Cajatambo, don Diego de Agüero, don Álvaro Ijar y Mendoza y don Antonio de Córdoba, que tuvieron asiento desde la mesa de los secretarios, que estaba a mano derecha del altar, por un lado, y desde el púlpito, hasta las gradas, por otro, en cuatro bancas de doblez, haciendo calle para la crujía. Aquí estuvieron los siete de la fama, que salieron con palma de santos testimonios, con los caballeros padrinos.

»El viernes, que se contaron 21 de enero del año corriente, mandó el Tribunal a sus oficiales y ministros que el sábado siguiente a las ocho estuviesen en la capilla del Santo Oficio a la misa ordinaria, como lo hicieron, y habiendo entrado todos en la sala de la audiencia, el señor licenciado don Juan de Mañozca, del Consejo de Su Majestad, en el General de la Santa Inquisición, les hizo un razonamiento con palabras graves, exhortándolos a que acudiesen con amor y puntualidad a sus oficios, y porque fue éste el primero día en que se vieron en esta ciudad de Lima los hábitos de los oficiales y ministros del Santo Oficio, que ostentaron con grande lustre, echando costosas libreas, pondré el decreto que sobre ellos proveyó el Tribunal.

»Los señores inquisidores deste reino del Perú, vistos los títulos de N., dan licencia para que se ponga el hábito y cruz de Santo Domingo en este presente auto, que se ha de celebrar a los 23 de enero próximo que viene de 1639 y su víspera, y los demás días que manda Su Majestad y los señores de su Consejo Supremo de la Santa y General Inquisición. Y así lo proveyeron y mandaron y señalaron en presencia de mí el presente secretario deste Santo Oficio. En los 26 de diciembre de 1638. Rubricado de los señores inquisidores. -Martín Díaz de Contreras.

»Parecieron, pues, en las calles los oficiales del Santo Oficio, los calificadores, comisarios, personas honestas, y familiares, todos con sus hábitos, causando hermosura la variedad, y regocijo a la gente, que ya estaba desde por la mañana, sábado, en copioso número por la plaza y calles. [378]

Procesión de la Cruz Verde. Todo este dicho día estuvo la Cruz Verde (que el día antes habían llevado seis religiosos dominicos) colocada en la capilla del Santo Oficio, con muchos cirios encendidos, que dio la orden de Santo Domingo, afectuosa a la Inquisición. Era la Cruz de más de tres varas de largo, hermoseada con sus botones. Para la procesión della concurrieron las comunidades de las religiones de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, Nuestra Señora de las Mercedes, y sus Recolecciones, la Compañía de Jesús, y los de San Juan de Dios, a las casas de la Inquisición, a las tres de la tarde. A las cuatro se comenzó a formar; iba delante el estandarte de la fe, que lo llevaba don Francisco López de Zúñiga, marqués de Baydes y conde de la Pedrosa, gobernador y capitán general del reino de Chile, del orden de Santiago; una de las borlas llevaba Hernando de Santa Cruz y Padilla, contador mayor del Tribunal de Cuentas, y otra Francisco Gutiérrez de Coca, tío de la Marquesa, y ambos sus hábitos de familiares. Acompañaban el estandarte algunos ministros y muchos caballeros de la ciudad. Seguíanse los religiosos de todas órdenes, que iban en tanto número y concierto que cogían tres calles en largo cuando salió la Cruz de la capilla. Luego iban los calificadores, todos los familiares y comisarios y oficiales del Santo Oficio acompañando al padre maestro fray Luis de la Raga, provincial de la orden de Santo Domingo, que llevaba la Cruz. Íbanla alumbrando cuarenta y ocho religiosos de su familia, con cirios encendidos; detrás iba el secretario Martín Díaz de Contreras, en medio del secretario Pedro de Quirós y del alguacil mayor. Iba delante de la Cruz Verde, la capilla de la Catedral, de superiores y eminentes voces y diestros músicos, y la de Santo Domingo, no inferior a ella; cantaban el himno Vexilla Regis prodeunt, triunfos de la Cruz contra herejes, en canto de órganos, y algunos salmos, que él, la gravedad del acto, el silencio de tanta gente provocaba a amor y veneración al Santo Tribunal y a celo fervoroso del aumento y pureza de la fe.

»Así caminó la procesión con toda majestad hasta la plaza de la ciudad, y sin torcer, llegó a las puertas principales de Palacio, y desde allí tomó la vuelta a coger las del tablado, que miraban a la calle de los Mercaderes. En llegando a él, recibió la Cruz el padre presentado fray Gaspar de Saldaña, prior del convento de Santo Domingo, y la subió al tablado y colocó en el altar, que estaba ricamente adornado. A este tiempo la música entonó el versículo Hoc signum Crucis, y el responso, y el prior dijo la oración de la Cruz, y dejando en su guarda los religiosos más graves de su convento, muchos cirios para su lustre y cuatro faroles de vidrieras contra el viento de la noche, se despidió de los oficiales y ministros, con que se acabó esta acción. Ocurrió a ella el mayor número de gente que jamás ha visto la ciudad de los Reyes, ocupando las calles y plazas de Palacio y el de la Inquisición, y las ventanas, balcones y techos, y el grande número de personas que acompañó la procesión fue causa de haberse detenido desde las cuatro hasta la oración, que llegó al tablado la Cruz, gobernando la procesión el doctor don Juan Sáenz de Mañozca, y el doctor don Antonio de San Miguel Solier, abogados del Fisco y presos del Santo Oficio.

»Notificación de las sentencias. Este día, entre las nueve y las diez de la noche, se notificaron las sentencias a los que habían de ser relajados, y quedaron con ellos religiosos de todas las religiones, que el Santo Oficio envió a llamar para este efecto, a quien se dio aquella noche una muy cumplida colación, y a los ministros. Mandóseles a éstos avisasen a los que habían de acompañar a los reos que estuviesen al día siguiente, a las tres de la mañana, en las casas de la Inquisición.

»Poco después de notificadas las sentencias a los relajados, volvieron en sí Enrique de Paz y Manuel de Espinosa, y con el uno hizo audiencia el señor inquisidor Andrés Juan Gaitán, y con el otro, el señor inquisidor don Antonio de Castro, hasta las tres de la mañana, y a aquella hora se llamó a consulta, en que se hallaron con los señores inquisidores, el señor licenciado don Juan de Cabrera, tesorero de la Santa Iglesia, provisor en sede vacante y ordinario del Santo Oficio, y los señores doctor don Martín de Arriola, oidor, y licenciado don García Francisco Carrillo, fiscal de lo civil, consultores; faltó el señor oidor Andrés Barahona de Encinillas, por estar enfermo de la enfermedad que murió. En esta consulta se admitieron a reconciliación los dichos.

»Dióseles de almorzar a los penitenciados este día a las tres, para cuyo efecto se mandó llamar un pastelero tres días antes, y debajo de juramento de secreto, se le mandó cuidase desto, de [380] modo que antes de la hora dicha estuviese el almuerzo en casa del alcalde, que se hizo con toda puntualidad.

»A la hora señalada acudieron muchos republicanos honrados, con deseo que les cupiese algún penitenciado que acompañar, para mostrar en lo que podían el afecto con que deseaban servir a tan Santo Oficio. Pero para que se entienda ser esto moción de Dios y para ejemplar de todos los fieles, sucedió que don Salvador Velásquez, indio principal, sargento mayor de la milicia de los naturales, entró en el Santo Oficio a la misma hora que los republicanos, de gala, con espada y daga plateada, y pidió que le honrasen a él, dándole una estatua de las que habían de salir en el auto, que a eso sólo iba, y visto su afecto, se le concedió lo que pedia, y a otro compañero suyo. Como iban saliendo los presos de las cárceles, se les iba poniendo a cada uno las insignias significadoras de sus delitos, y entregándolo a dos personas de las referidas, a quien se les encargaba que no le dejasen hablar con nadie y que lo llevasen y volviesen a aquel lugar, excepto a los relajados, en cuanto a la vuelta. Diósele orden a Juan Rodríguez Panduro de Durán, teniente de alcalde, que se quedase en el Santo Oficio en guarda de las cárceles.

»Procesión de los penitenciados. Acabada esta diligencia con todos los reos, llegaron a las casas del Santo Oficio las cuatro cruces de la iglesia mayor y demás parroquias, cubiertas de luto, con mangas negras. Acompañábanlas los curas y sacristanes y clérigos, con sobrepellices. A esta hora, que sería como a las cinco, estaban formados dos escuadrones de la infantería española, uno en la plaza del Santo Oficio, otro en la principal desta ciudad, y quedando las banderas en los escuadrones, vinieron dos compañías destas, que fueron en escolta de los penitenciados. Comenzó a salir la procesión de las casas del Santo Oficio; delante iban las cruces en la forma dicha, acompañadas de los curas, sacristanes y clérigos, en copioso número. Seguíanse los penitenciados de menores delitos, hechiceras, casados dos veces; luego los judaizantes, con sus sambenitos, y los que habían de ser azotados, con sogas gruesas a las gargantas; los últimos iban los relajados en persona, con corozas y sambenitos de llamas y demonios en diversas formas de sierpes y dragones, y en las manos cruces verdes, menos el licenciado Silva, que no la quiso llevar por ir rebelde; todos los demás llevaban velas verdes. Iban los penitenciados uno a uno, en medio de los acompañantes, y por una banda y otra dos hileras de soldados que guarnecían toda la procesión. Detrás de los reos iba Simón Cordero, portero de la Inquisición, a caballo; llevaba delante un cofre de plata, pieza curiosísima y de valor, iba cerrado con llave, y dentro las sentencias de los culpados. Remataban la procesión Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo, a caballo, con gualdrapa de terciopelo, y el capitán don Juan Tello de Sotomayor, alguacil mayor de la Inquisición, y el secretario Pedro de Quirós, que llevaban en medio al secretario Martín Díaz de Contreras.

»Caminó la procesión por la calle que tuerce hasta la del monasterio de monjas de la Concepción, y desde allí bajó derecha hasta la plaza, que prosiguió por junto a los portales de los Sombrereros, hasta llegar cerca de la calle de los Mercaderes, siguiendo el camino por muy cerca del portal de Escribanos, de donde se fue apartando para llegar a la puerta de la escalera del cadalso, que estuvo cerrada hasta entonces, la cual abrieron cuatro familiares que la guardaban, y subieron los penitenciados en la forma que habían venido y se sentaron en los lugares que les estaban señalados en el cadalso.

»Por las calles por donde pasó la procesión fue tanto el número de gente que ocurrió a ver los penitenciados que no es posible sumarla; baste decir que cinco días antes se pusieron escaños para este efecto, y detrás dellos tablados por una banda y por la otra de las calles, donde estaba la gente dicha, fuera de la que había en los balcones y ventanas y techos, y en muchas partes había dos órdenes de tablados, y en la plaza, tres.

»Acompañamiento. El Virrey, príncipe prevenido en todo y muy en las cosas del servicio de Dios y del Rey, había dado orden a don Diego Gómez de Sandoval, caballero del orden de Santiago, su capitán de la guarda, para que tuviese a punto el acompañamiento con que había de ir a la Inquisición su excelencia. Y cuando avisó el Tribunal, que sería a las cinco y media, estaba a punto. Salió de palacio con mucha orden el acompañamiento; iba primero el clarín de su excelencia, como es costumbre cuando sale en público. Luego iba la compañía de arcabuces de la guardia del reino, con su capitán don Pedro de Zárate, que, aunque enfermo, no se excusó de tan sancta acción. Seguíanse muchos caballeros de la ciudad; luego iba el Consulado, en forma de tribunal. Seguíanse el colegio real de San Felipe y de San Martín, que también lo es, y a cargo de los padres de la Compañía de Jesús, en dos órdenes, llevando el de San Martín al de San Felipe a la mano derecha, rematando éste con su retor. Seguíase la Universidad Real, precediendo los dos bedeles con sus mazas atravesadas al hombro, y detrás dellos iban los maestros y doctores de todas facultades, con sus borlas y capirotes, el último su retor. Seguíanse los dos Cabildos, Eclesiástico y Secular. Al Cabildo eclesiástico en sede vacante antecedía el pertiguero, con gorra y ropa negra de terciopelo. Luego iban los dos notarios públicos del juzgado eclesiástico, y el secretario de Cabildo. Seguíanse los racioneros, canónigos y dignidades, y en último lugar, el señor doctor don Bartolomé de Benavides, juez subdelegado de la Santa Cruzada, arcediano, porque el señor maestro don Domingo de Almeida, deán de la Santa Iglesia de Lima, no fue a este acompañamiento por estar falto de salud. Al Cabildo secular, que iba a la mano izquierda del Eclesiástico, antecedían los maceros con gorras y ropa de damasco carmesí, con sus mazas atravesadas. Luego iban los oficiales del Cabildo, luego los regidores y alguacil mayor de la ciudad, los jueces, oficiales reales, administradores de la real hacienda. Iban detrás de todos el capitán don Pedro de Castro Izazigui, caballero del orden de Santiago, y a su mano izquierda, el capitán don Íñigo de Zúñiga, alcaldes ordinarios. Seguíanse los dos reyes de armas. Luego iban los señores Francisco Márquez de Morales, capitán Fernando Santa Cruz y Padilla, don Fernando Bravo de Laguna, Alonso Ibáñez de Poza, el Tribunal Mayor de Cuentas; luego el capitán de la guarda de su excelencia, y a su mano izquierda, Melchor Malo de Molina, alguacil mayor de la Real Audiencia. Seguíanse los señores fiscales don García Francisco Carrillo y Alderete, de lo civil, y don Pedro de Meneses, del crimen; iban luego cuatro señores alcaldes, doctores don Juan González de Peñafiel, don Cristóbal de la Cerda Sotomayor, don Juan Bueno de Rojas, y licenciado don Fernando de Saavedra. Seguíanse cinco señores oidores desta Real Audiencia, doctores don Antonio de Calatayud, del orden de Santiago, don Martín de Arriola, licenciado Cristóbal Cacho de Santillán, doctor don Gabriel Gómez de Sanabria, y el doctor Galdós de Valencia; llevaban en su compañía a los señores licenciados Gaspar Robles de Salcedo, oidor de la Real Audiencia de La Plata, y doctor Francisco Ramos Galván, fiscal della. Seguíanse luego el excelentísimo señor don Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón, del Consejo de Estado y Guerra, virrey y capitán general destos reinos, y a los lados, en dos hileras, los soldados de la guardia de a pie, cogiendo en medio la Real Audiencia, en la forma ordinaria; detrás de su excelencia iban sus criados, y con ellos, en primer lugar, don Luis Fernández de Córdoba, capitán de la compañía de los gentileshombres lanzas, y detrás la dicha compañía, que cerraba este acompañamiento.

»Como iban llegando los primeros a las casas de la Inquisición, se iban quedando a una parte y a otra, dejando calle por donde pasó la Real Audiencia acompañando al Virrey, que entró en ellas, donde halló a los señores inquisidores apostólicos en forma de tribunal, con capelos negros, insignias de su delegación, y a mula, y habiéndole hecho las cortesías debidas, y retornándolas su excelencia, volvió a salir el acompañamiento por la misma calle y en la forma que había venido, que fue la que va derecha de la Inquisición hasta la del Arzobispo. Llevaba el estandarte de la fe, el señor doctor don Luis Betancurt y Figueroa, fiscal del Santo Oficio. Llevábanle en medio el señor don Antonio de Calatayud, oidor más moderno, y el señor don Fernando de Saavedra, alcalde más antiguo, y ambos las borlas del estandarte. Luego iban los señores licenciado Cristóbal Cacho de Santillán y doctor don Martín de Arriola, oidores, y licenciado Robles de Salcedo, y doctor Francisco Ramos Galván, oidor y fiscal de la Real Audiencia de La Plata. Seguíanse el señor inquisidor don León de Alcayaga Lartaun, y a su mano izquierda, el señor doctor don Gabriel Gómez de Sanabria, presidente de sala. Luego el señor inquisidor don Antonio de Castro y del Castillo, y a su mano izquierda, el señor doctor Galdós de Valencia, oidor más antiguo. Detrás iba su excelencia, en medio del señor inquisidor más antiguo, licenciado don Juan de Mañozca, del Consejo de Su Majestad en el de la Santa General Inquisición, que iba a la mano derecha, y del señor licenciado Andrés Juan Gaitán, inquisidor, que iba a la siniestra.

»Detrás iba el alférez Francisco Prieto, de la familia del señor licenciado don Juan de Mañozca, a caballo; llevaba en las [384] manos una fuente dorada, con sobrepelliz, estola y manual del Santo Oficio, para la forma de las absoluciones, con sobrefuente de tela morada, guarnecida de puntas de oro.

»Y para dar toda honra a los que salieron libres de los testimonios de los judíos, acordó el Tribunal que fuesen en este acompañamiento con sus padrinos, y su excelencia les mandó señalar lugar con la ciudad; fue espectáculo de admiración ver a un mismo tiempo triunfar la verdad y castigarse la mentira, efectos de la rectitud del Santo Oficio. Iba Santiago del Castillo en medio de don Antonio Meoño y don Miguel de la Lastra, caballeros del orden de Santiago; Pedro de Soria, de don Juan de Recalde y de don Martín de Zavala, caballero del mismo orden de Santiago; Alonso Sánchez Chaparro, de don José Jaraba, del hábito de Santiago, y don Pedro Calderón, del hábito de Calatrava; Andrés Muñiz, de don Rodrigo de Vargas y don Andrés de las Infantas, del orden de Santiago; Francisco Sotelos, de don Alonso de la Cueva, del hábito de San Juan, y don Francisco de la Cueva, del hábito de Santiago. Ambrosio de Morales Alaón y Antonio de los Santos, familiar del Santo Oficio, no sacaron padrinos, porque iban con sus hábitos de familiares.

»Con esta orden caminó el acompañamiento, según se ha dicho, bajando desde la esquina de la cuadra del Arzobispo, por la plaza, hasta las casas de Cabildo. Cuando entró en la plaza el estandarte de la fe, su excelencia, el Tribunal del Santo Oficio y Real Audiencia, llegando cerca del escuadrón, abatieron las banderas los alféreces y los soldados hicieron una sonora salva. Al subir su excelencia y acompañamiento por las casas de Cabildo al tablado, se quedaron las compañías de los gentileshombres lanzas y arcabuces a los lados del tablado, la de los lanzas a la mano derecha, reanudándose por escuadra la guarda, sin que faltase siempre la mitad de cada una. El escuadrón de infantería con sus compañías tomó las esquinas de la plaza, teniéndola guarnecida hasta la tarde.

»Su excelencia y los señores inquisidores se pusieron en sus lugares; estuvo en medio del señor licenciado don Juan de Mañozca, que estuvo a la mano derecha, y del señor licenciado Andrés Juan Gaitán, que estuvo a la siniestra. A la mano derecha del señor Mañozca, estuvo el señor licenciado don Antonio de Castro, y a la siniestra del señor Gaitán, el señor licenciado don [385] León de Alcayaga Lartaun. Y luego, por un lado y otro, se seguían los señores de la Real Audiencia y los del Tribunal Mayor de Cuentas, los Cabildos eclesiásticos y secular, Universidad, colegios y comunidades, en sus lugares.

»En el lugar donde estuvo su excelencia y la Inquisición, se levantó un dosel de riquísimo brocado, negro y naranjado, las listas negras, con bordaduras costosas y flecadura de oro en medio dél, y en lo más eminente estaba un crucifijo de bronce dorado, de tres cuartas de alto, en una cruz muy rica de ébano, con cantoneras de bronce doradas; tenía colocadas algunas láminas de singular primor. En el cielo del dosel estaba una imagen del Espíritu Santo, con rayos que de sí despedía, esparciéndose por el cielo, como significando el espíritu de Dios, que gobierna las acciones de tan Santo Oficio; y el abrasado deseo que en sus pechos mora, en tres serafines cercados de rayos de plata, que pendían de las caídas del dosel. Tuvo su excelencia tres almohadas de estrado (que en este reino vulgarmente se llaman cojines) una para asiento y dos a los pies, de rica tela amarilla. Y el señor don Juan de Mañozca tuvo almohada negra de terciopelo, por consejero de Su Majestad en el de la General y Santa Inquisición. Lo restante donde estuvieron los señores de la Real Audiencia estuvo curiosamente adornado con ricos brocateles. Delante del Tribunal estaba en la primera grada (habiendo de ser en la segunda) el señor doctor don Luis de Betancurt, fiscal del Santo Oficio, con el estandarte de la fe, y el capitán de la guarda de su excelencia.

»El balcón de la excelentísima señora Virreina estuvo muy bien adornado. Estaba sentada con grande majestad su excelencia, debajo de dosel de tela amarilla, en silla y almohadas de lo mismo, y el Marqués, hijo de sus excelencias, estuvo a un lado de la señora Virreina, en silla de tela, sin almohada, por el respeto. Luego se seguían las señoras mujeres de los consejeros de la Real Audiencia, sentadas en sillas de baqueta, pespuntadas de seda, con sus hijas y hermanas.

»Los lugares donde estuvieron los Cabildos eclesiástico y secular se adornaron de alfombras muy vistosas, y fue ésta la primera vez que se les dio adorno, no habiéndole tenido antes en ocasiones semejantes. Y esles debido, pues ambas jurisdicciones ayudan a la Inquisición; la eclesiástica con el juez ordinario en las causas, y la secular con sus ministros para la ejecución de las sentencias. Al Tribunal de Cuentas, que no había tenido asiento, se le dio ahora, y estuvo en la forma y manera dicha. Otras comunidades pretendieron el dicho adorno, y no se les concedió por algunos respetos.

»Habiendo, pues, su excelencia, el Tribunal y Real Audiencia llegado a sus asientos, hicieron adoración a la cruz, que estaba puesta en el altar, ricamente adornado. Tenía la imagen de Santo Domingo, como a quien tan gran parte le cabía de la gloria deste día, cuatro blandones de plata, muchos ramilletes de diversas flores, y escarchado gran número de pebeteros, con dorados pebetes y otros olores diversos, que recreaban los sentidos; antes dél estaba un tapete con cuatro blandones en que ardían cuatro hachas, todo a cargo de la devoción de la religión dominicana, por mano del padre fray Ambrosio de Valladolid, predicador general de aquella orden y honesta persona del Santo Oficio, a cuya causa se le encargó esto. Dijéronse muchas misas en este altar, y cesó el celebrar en él luego que salió del Santo Oficio la procesión de los penitenciados.

»Luego subió al púlpito Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo, y habiendo hecho sus cortesías al Virrey, Tribunal y señores de la Real Audiencia, y a la señora Virreina y demás señoras, y a los Tribunales y Cabildos y religiones, leyó en voz alta, clara y grave, la protestación de la fe. Y el Virrey hizo el juramento ordinario, como persona que representaba al Rey nuestro señor, que Dios guarde. Y luego todos los señores de la Real Audiencia, Sala del Crimen y fiscales. Para él llevó la cruz y misal al señor Virrey el licenciado Juan Ramírez, cura más antiguo, y a los señores de la Real Audiencia, el bachiller Lucas de Palomares, cura más moderno, ambos de la iglesia mayor, con sobrepellices. El mismo juramento hicieron los cabildos y el pueblo, alzando la mano derecha, que con notable afecto y devoción, en voces altas respondió con duplicado amén al fin del juramento. Inmediatamente subió al púlpito el padre fray Joseph de Cisneros, calificador de la Suprema, con su venera al cuello, dignísimo comisario general de San Francisco en estos reinos del Pirú; predicó un sermón muy a propósito del intento, y así se imprimió. [387]

»El secretario Pedro de Quirós Argüello subió luego, y leyó en voz inteligible la bula de Pío V, traducida en romance, que habla en favor de la Inquisición y de sus ministros, y contra los herejes y sus fautores. Acabada, se comenzaron a leer las causas, dando principio a la lectura el doctor don Juan Sáenz de Mañozca, como abogado de los presos del Santo Oficio. Siguiéronle los demás letores, y el primero, el doctor Bartolomé de Salazar, relator más antiguo de la Real Audiencia, clérigos, presbíteros, religiosos y abogados, y otras personas graves y de autoridad.

»El orden de traer los presos a la gradilla para oír sentencia encima della, la daba el Tribunal a Pedro de Valladolid, familiar del Santo Oficio, y la llevaba al capitán don Juan Tello, alguacil mayor, que estaba sentado en medio de la crujía, en un escabel cubierto con un tapete cairino, de quien la recibía Juan de Iturgoyen, alcaide de las cárceles secretas, el cual con bastón negro, liso, sacaba los penitenciados a oír sentencia.

»A la segunda causa que leyó, pidió el Tribunal campanilla de plata, que estaba en el bufete de los secretarios, y éste al lado derecho del altar, con sobremesa de damasco carmesí, cenefa de tela del mismo color, con flecadura de oro, en que estaba el cofre de las sentencias, tinteros y salvaderas de plata, para el uso de ambos secretarios, y la campanilla. Llevola Pedro de Valladolid, y diola al señor don Juan de Mañozca. Su Señoría la ofreció al Virrey con todo cumplimiento, para que mandase en él acortar de la lectura de las causas y lo demás, y su excelencia, como tan gran señor, retornando la cortesía, volvió la campanilla al Tribunal».

Prosiguió con la lectura de las sentencias de los demás reos, hasta llegar a los que habían de ser relajados en persona. Allí estaban Antonio de Espinosa, que dio en el tablado muestras de arrepentimiento, las que se dijo no haber sido verdaderas; Diego López de Fonseca, «que iba tan desmayado que fue necesario llevarlo en brazos, y al ponerlo en la grada a oír su sentencia, le hubieron de tener hasta la cabeza»; Juan Rodríguez de Silva, que por algún tiempo se fingió loco, diciendo y haciendo cosas de risa en las audiencias que con él se tuvieron, «echando de ver ser todo ficción y maldad»; Juan de Acevedo que en el curso de [388] su causa no dejó de nombrar parte alguna de España, Portugal e Indias, donde no señalase personas sindicadas de judaizantes; Luis de Silva, que pidió allí perdón de los testimonios falsos que había levantado; Rodrigo Vaez Pereira, que estando ya en el quemadero, pidió que le aflojasen el cordel para perorar a sus compañeros; Tomé Cuaresma que, pidiendo a voces misericordia en el tablado y habiendo bajado a ellas de su dosel el inquisidor Castro y del Castillo, luego se arrepintió. Ahí estaban Manuel Bautista Pérez, tenido por el oráculo de la nación hebrea y a quien llamaban «el capitán grande», que oyó su sentencia con mucha serenidad y majestad, pidiendo al verdugo, al tiempo de morir, que hiciese su oficio; su cuñado Sebastián Duarte que, yendo a la gradilla a oír su sentencia, al pasar muy cerca de aquél, enternecidos se besaron al modo judaico, sin que sus padrinos lo pudiesen estorbar; y, por fin, Diego Maldonado de Silva, flaco, encanecido, con la barba y cabellos largos, con los libros que había escrito atados al cuello, que allí iba a dar la última prueba de su locura, cuando, concluida la relación de las causas, y habiendo roto el viento el telón del tablado frente a él, exclamó: «Esto lo ha dispuesto así el Dios de Israel para verme cara a cara desde el cielo».

«Como a las tres de la tarde que se acabaron de leer las sentencias de los que habían de ser relajados, se levantó el huracán referido. Y a esa hora, juntos los de este género en la crujía, con la estatua del extravagante, los entregó Martín Díaz de Contreras y don Juan Tello de Sotomayor, secretario y alguacil mayor del Santo Oficio, a los alcaldes ordinarios, conforme al auto del entriego, que fueron los once dichos y una estatua, y les hicieron causa y sentenciaron a muerte de fuego. Cometiose esta ejecución a don Álvaro de Torres y Bohórquez, alguacil mayor de la ciudad, el cual entregó a cada dos alguaciles un judío, y acompañado de todos los demás ministros, los llevó al brasero, que estaba prevenido por orden de los alcaldes ordinarios fuera de la ciudad, por la calle de Palacio, puente y calle de San Lázaro, hasta el lugar de la justicia. Iban los justiciados entre dos hileras de soldados para guardarlos del tropel de la gente, que fue sinnúmero la que ocurrió a verlos, y muchos religiosos de todas las órdenes para predicarles. Asistió el alguacil mayor a la justicia, y Diego Jaramillo de Andrade, escribano público, y los ministros, y no se apartó hasta que el secretario dio fe como todos quedaban convertidos en cenizas.

»Poco antes de ponerse el sol, el alguacil mayor del Santo Oficio y alcaide de las cárceles y ministros, fueron sacando los reconciliados y demás reos del cadalso y los llevaron delante del Tribunal, donde, puestos de rodillas, abjuraron de vehementi unos, y otros formalmente, según se ha referido; reservando para el día siguiente los que habían de abjurar de levi, por no embarazarse con ellos.

»Para la absolución, se trujo la fuente del altar, donde estaba sobrepelliz y estola, y habiéndosele puesto al señor licenciado don Juan de Mañozca, su señoría hizo las preguntas de la fe a los que habían de ser reconciliados, y les absolvió por el Manual. Mientras se decía el Miserere mei, se les iba dando a los penitenciados con unas varillas de membrillo que estaban prevenidas para esto. Llegando en la absolución al lugar en que se cantó por los músicos el himno Veni Creator spiritus, se descubrió la cruz de la Catedral y la de las parroquias, y quitando el velo negro, repicaron.

»Acabada la absolución y oraciones, a que su excelencia y los señores de la Real Audiencia estuvieron de rodillas, y todas las personas que se hallaron presentes, se dio fin al auto una hora después de la oración, adelantándose este día a los mayores que ha habido en estos tiempos. Salió el señor Virrey y señores de la Inquisición y de la Real Audiencia a la plaza, donde subieron a caballo y a mula; y habiendo llevado su excelencia y acompañamiento a los señores inquisidores a las casas de la Inquisición, en la forma que habían venido, y despedídose, y los señores oidores del Tribunal, su señoría le dio al Virrey singularísimos agradecimientos por la cristiandad, celo y cuidado con que había mandado disponer tantas cosas para majestad del auto de la fe, y a los señores de la Real Audiencia. Volvió su excelencia a palacio, acompañado, de los Tribunales, cabildos y colegios y de más acompañamiento con que había salido por la mañana, y llegaría como a las ocho de la noche.

»A este tiempo los padres de Santo Domingo y algunos familiares llevaron la Cruz Verde, muy adornada de luces, a su convento, [390] acompañándola mucha gente. Colocáronla encima del tabernáculo de San Pedro mártir, donde se ve hoy, para memoria de auto tan célebre».

 

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