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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo III de la Segunda Parte

Capítulo III de la Segunda Parte

¿Loco o mártir?

Doña Isabel Maldonado de Silva denuncia por judío a su hermano Diego ante el comisario del Santo Oficio en Santiago. Hace otro tanto su hermana doña Felipa. Prisión del reo. Declaración de fray Diego de Urueña. Ídem de fray Alonso de Almeida. Maldonado de Silva es conducido a Lima y encerrado en las cárceles secretas. Lo que dijo en la primera audiencia. La segunda monición. La acusación. Conferencia que tiene el reo con los calificadores. Quiénes eran éstos (nota). Continúa el reo argumentando. Escápase de su celda y trata de convertir a los demás presos.

«Relación para el Consejo Supremo de la santa y general Inquisición de la causa del bachiller Francisco de Silva, por otro nombre 'Heli Nazareo', indigno del Dios de Israel».

Tal es el título de un documento enviado desde Lima por los inquisidores Juan de Mañozca, Andrés Juan Gaitán y Antonio de Castro y del Castillo, que sin añadir ni quitar palabra, vamos a transcribir en las páginas siguientes, sólo con las necesarias interrupciones para su más cabal inteligencia.

«El bachiller Francisco Maldonado de Silva, criollo de la ciudad de San Miguel en la provincia de Tucumán destos reinos del Pirú, residente en la ciudad de la Concepción del reino de Chile, de oficio cirujano, hijo del licenciado Diego Núñez de Silva, médico, portugués, y hermano de Diego de Silva, reconciliados por este Santo Oficio; fue testificado ante el comisario de la ciudad de Santiago de Chile, en 8 de julio de 1626 años, por doña Isabel Maldonado, de cuarenta años, hermana del reo, de que estando, ocho meses había, en unos baños, seis leguas de la dicha ciudad de Santiago, con el reo su hermano, solos, la dijo el reo que en ella estaba su vida o su muerte, y diciéndole la testigo al reo que qué tenía en que le pudiese servir que tanto se afligía, la dijo el reo que la hacía saber que él era judío y guardaba la ley de Moisés; y replicando la testigo que cómo, siendo su hermano, decía una cosa como aquella tan mala, pues sabía que a los judíos los quemaba el Santo Oficio y les quitaba sus haciendas, y que le engañaba en lo que le decía el demonio, porque la ley que guardaban los cristianos era la ley justa, buena y de gracia; respondió el reo que los que decían que eran cristianos se iban al infierno y que no había más que un solo Dios a quien debían el ser que tenían y a quien debían adorar, porque adorar imágenes era idolatrar y que Dios había mandado antiguamente que no adorasen imágenes de palo, porque era idolatría y el decir que la Virgen había parido a Nuestro Señor era mentira, porque no era sino una mujer que estaba casada con un viejo y se fue por ahí y se empreñó y no era virgen; y todo lo susodicho se lo dijo el reo a la testigo su hermana para que fuese de su opinión y parecer; y que después de haberse vuelto de los baños a la ciudad, posando la dicha doña Isabel con el reo su hermano, la dijo que cómo no estaba en su aposento, a que no le respondió nada la testigo, y un día le puso un papel en el aposento del reo, en que le decía la dicha doña Isabel que por amor de Dios que se apartase de aquellos malos pensamientos y que por ningún caso había de creer lo que la decía, y que habiendo leído el papel el reo, un día la dio otro a la dicha su hermana, diciéndola que viese lo que allí la decía y le diese la respuesta dentro de tres días, y que la testigo tomó el dicho papel por no disgustar al dicho su hermano que la sustentaba y daba lo que había menester, y sin leerlo lo quemó; y que la dijo más el dicho su hermano, que él se confesaba en la Compañía de Jesús, y que había ya un año que no se confesaba, porque no había de decir sus pecados a un hombre como él sino a Dios, y que los sábados se habían de guardar por fiesta; y que quién pensaba que era Cristo sino un hombre comedor y bebedor que se andaba en bodas; y que todo lo susodicho lo contó la testigo a otra hermana suya y del reo, llamada doña Felipa Maldonado, la cual lo sintió y lloró mucho, por oír cosa semejante de su hermano; y que la testigo lo comunicó con su confesor, el cual la mandó que lo viniese a declarar al comisario del Santo Oficio: ratificose en plenario ante honestas personas.

«Doña Felipa Maldonado, hermana del reo y de la testigo precedente, soltera, y con el hábito de beata de la Compañía de Jesús, de edad de treinta y seis años, testificó al reo, bachiller Francisco de Silva, de oídas, de su hermana doña Isabel Maldonado, en 8 de julio del dicho año de 1626, ante el mismo comisario de Santiago de Chile; y dijo, de vista, que había visto ayunar al dicho reo su hermano dos meses en días de carne, y que no comía carne, y decía que estaba enfermo, y sospechó la testigo, por lo que su hermana le había dicho, que el dicho ayuno debía de ser de judíos, y lo sospechó también porque el dicho su hermano se ponía algunos sábados camisa limpia. Ratificose en plenario ante honestas personas.

»Con esta información fue mandado prender con secuestro de bienes, en 12 de diciembre de 1626 años; y en virtud del mandamiento que para ello se despachó, fue preso en la ciudad de la Concepción de Chile en 29 de abril de 1627 años, y puesto en una celda del convento de Santo Domingo.

»El padre maestro fray Diego de Urueña, religioso del orden de Santo Domingo, de cuarenta y cuatro años, testificó al reo ante el comisario del Santo Oficio de la ciudad de la Concepción de Chile, en 2 de marzo de 1627 años, que estando preso el reo en una celda del dicho convento, entró otro día después de su prisión a consolalle en el trabajo en que se hallaba diciéndole para ello algunas razones, a que respondió el reo que amigos habían sido, y que le pedía que le guardase el secreto en lo que le quería decir, y era que había muchos años que guardaba el reo la ley de Moisés, y que hallando capaz y de buen entendimiento a una hermana suya llamada doña Isabel, y de quien le había venido todo su daño, la persuadió que guardase la ley en que había muerto su padre; y que escandalizándose el testigo de oír al reo semejantes palabras le dijo que, sin duda, estaba loco y fuera del juicio que Dios le había dado; a que respondió el reo que no estaba loco sino sano y bueno, y que pensaba vivir y morir en la ley de Moisés, porque Cristo, hijo de Joseph, no era el Mesías, porque su madre no era de la casa de David; y satisfaciéndole el testigo con lugares de la Sagrada Escritura, y teniendo entre los dos muchas demandas y respuestas, le dijo el reo que el testigo tenía muy vistas las respuestas que le había dado, y que el reo estaba desapercibido, y que pensaba morir en la ley [en] que había muerto su padre, con lo cual el testigo se había salido escandalizado; y volviendo en otra ocasión el testigo a querer disuadir al reo de su mal intento, trayéndole para ello lugares de la Sagrada Escritura, dijo el reo que no había lugar en toda la Escritura que dijese ser tres las Divinas Personas, a quien le satisfizo el testigo y dijo que mirase que su padre, del reo, se había arrepentido y muerto como buen cristiano, y el reo dijo que su padre había temido los tormentos y la aspereza de la muerte, dando a entender que había muerto en su ley y que se la había enseñado al reo. Ratificose en plenario ante honestas personas.

»El maestro fray Alonso de Almeida, religioso del orden de San Agustín, calificador del Santo Oficio, natural de San Lucar de Barrameda, de edad de cuarenta años, testificó al reo en la ciudad de Santiago de Chile, en 27 de mayo de 1627 años, de que estando el reo preso en una celda del dicho convento de San Agustín, de la ciudad de Santiago, a donde le habían traído de la de la Concepción, y amonestándole el testigo que pidiese misericordia, que la benignidad del Santo Oficio se la concedería, porque estaba en lugar de Dios; dijo el reo que bien sabía que había un solo Dios, y que era misericordioso, el cual había dado su ley a Moisés en el monte Sinay, la cual guardaba el reo en su alma y había de morir por ella, que era la ley de sus padres, y que ego sum Deus et non mutor, y que supuesto que no se mudaba Dios, no había tampoco su ley de mudarse; y habiéndole satisfecho el testigo, volvió a decir el reo que había de guardar la ley de sus padres y que por ella había de morir, y que esperaba en Dios que le había de sacar de aquel trabajo en que le había puesto una hermana suya, acusándole al Santo Oficio, porque no lo había comunicado con otra persona; y que la ley de Moisés, santa e inmaculada, la guardaba el reo en el alma, no queriéndola publicar, propter metum inimicorum, dando a entender que eran los cristianos de quien los judíos tenían miedo. Ratificose ante las honestas personas, en plenario, siendo ya provincial de su orden en la provincia de Chile.

»María Martínez, mulata, horra, natural de Vega en el reino de Portugal, de treinta y seis años, detenida por hechicera en la casa de la vivienda del alcaide, declaró contra el reo bachiller Francisco de Silva, en esta ciudad de los Reyes, en 29 de julio de 1627 años, y dijo que el día de la Madalena próximo pasado, habían metido en la casa del dicho alcaide, unos alguaciles a un preso de Chile, que es el reo, y que en dos horas que estuvo con él la testigo, en tanto que venía el dicho alcaide, la dijo que no creía en Cristo, nuestro bien; que era idolatría y ídolos adorar las imágenes, y mirando una cruz que la testigo tenía al cuello, en un rosario, dijo que no creía en ella, y que Cristo era de palo, y si fuera lo que los cristianos decían, resplandeciera; y que el reo era de aquellas dos tribus de Israel que estaban guardadas en el Paraíso terrenal aguardando la fin del mundo, que vendría presto, para que Dios los juntase y los hiciese mayor cantidad que a sus pasados; y que su padre del reo había salido con sambenito desta Inquisición porque dejaba a sus hijos pobres, y por eso había dicho que creía en Jesucristo, y que no creía en él sino en su Dios y en la venida del Mesías, y que el reo era judío hasta anatema, y que no se le daba nada que lo supiese todo el mundo, que le quemasen, que los que morían quemados no morían, sino que su Dios los tenía siempre vivos, y que ansí lo había de decir en este Santo Tribunal cuando le llamasen; y dijo que no comía tocino, ni carne ninguna que tocase a carne de puerco, y que había ayunado cuarenta días al Mesías prometido en la ley, por una hermana suya, y que al cabo dellos se la había traído a sus ojos, y habiendo estado un año juntos, al cabo dél la había dicho el reo como por ella había hecho el dicho aviso, y la dijo el estilo que había de tener para creer en el verdadero Mesías; y que la dicha su hermana no le había respondido palabra, y algunos meses después le acusó ante el comisario del Santo Oficio, y preguntó a la testigo por Tomé Cuaresma, diciendo que era de su sangre, y que su padre del reo le había dicho que el dicho Tomé Cuaresma era muy hombre de bien; y que también había dicho el reo que no quería alabar el Santísimo Sacramento. Ratificose en plenario ante las honestas personas.

»Hallósele al reo entre sus papeles un cuadernito de ochava, aforrado en pergamino, con algunas oraciones judaicas y con el calendario de las fiestas de la ley de Moisés y pascuas de ella.

»En 23 de julio de 1627 años fue el reo traído a esta ciudad, desde el puerto del Callao, y metido en las cárceles secretas desta Inquisición.

»En la ciudad de Los Reyes, viernes, 23 de julio de 1627 años, se tuvo con este reo la primera audiencia, y mandándole hacer el juramento ordinario y que pusiese la mano en la cruz de la mesa del Tribunal, dudando un poco, dijo: 'yo soy judío, señor, y profeso la ley de Moisés, y por ella he de vivir y morir, y si he de jurar, juraré por Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra y es el Dios de Israel; y por aquel juramento de la ley de Moisés juraba decir verdad, y dijo llamarse el bachiller Francisco Maldonado de Silva, cirujano examinado, natural de la ciudad de San Miguel de Tucumán, en estos reinos del Pirú, de edad de treinta y cinco años. Fue preguntado por qué no quiere hacer el juramento que hacen los cristianos y deben hacer siempre que el juez se lo manda; dijo que, demás de la razón que tiene dicha, de que es judío y guarda la ley de Moisés, no jura por el juramento que suelen hacer los cristianos, porque la ley de Moisés manda no juren por dioses algunos, y que el Dios que adoran los cristianos es Jesucristo, a quien el reo no conoce por Dios, ni le conocen por tal los que guardan la ley de Moisés, como él, y que por el Dios que reverencian los judíos juraba de decir la verdad, como lo tenía dicho; y dio su genealogía en forma; y preguntado por la calidad, dijo que era judío y guardaba la ley de Moisés, como la guardaron su padre y abuelo, y que el dicho su padre, después de haber salido reconciliado por este Santo Oficio, le dijo en el Callao, queriéndose partir al Tucumán el reo, y muchos días antes, que era judío y guardaba la ley de Moisés, y que el reo la guardase y leyese en la Biblia y los Profetas, y en ello vería la verdad; y que por parte de su padre eran todos de casta y generación de judíos, y que su padre le había dicho que su abuelo y todos sus ascendientes habían sido judíos y muerto en la ley de Moisés; y que por parte de su madre, doña Aldonsa Maldonado y los demás ascendientes della, era cristiano viejo; y que le cristianaron y bautizaron en San Miguel de Tucumán, y le confirmó en Córdoba de Tucumán don fray Fernando de Trejo, obispo de aquel obispado, y fue su padrino de confirmación Baltasar Gallegos; y que hasta edad de dieciocho años se tuvo por cristiano y confesaba y comulgaba en los tiempos que manda la Iglesia, y otras veces entre año, y oía misa y acudía a los demás actos de cristiano, y guardaba la ley de Jesucristo, y que de la dicha edad vino al Callao en busca de su padre, después que le reconciliaron en esta Inquisición, y estuvo con él en el dicho puerto más de año y medio guardando la ley de Jesucristo, confesando y comulgando y haciendo los demás actos de cristiano, teniendo por buena la dicha ley de Jesucristo y pensando salvarse en ella, porque no tenía luz de la ley de Moisés, dada por Dios, hasta que habiendo leído al Burgense en el libro que escribió de Scrutinio Scripturarum, algunas cuestiones que Saulo proponía por la ley de Moisés y Pablo respondía por la ley de Jesucristo, no le satisfaciendo las soluciones de Pablo, preguntó el reo a su padre, cómo diciendo el primer mandamiento del Decálogo que no adorasen semejanzas, sino a solo Dios, los cristianos adoraban las imágenes, y que su padre había dicho al reo que en aquello vería que la ley de Jesucristo era diferente que la de Moisés, dada por Dios y pronunciada por su misma boca en el monte Sinay. Con lo cual el reo pidió a su padre le enseñase la ley de Moisés, y su padre le dijo que tomase la Biblia y leyese en ella, y le fue enseñando la dicha ley de Moisés, y le dijo que él la guardaba, y que de miedo de la muerte había dicho que quería ser cristiano, y le habían reconciliado; y que desde aquel tiempo se apartó el reo de la ley de Jesucristo, y la tuvo por mala, y se pasó a la ley de Moisés, a la cual tuvo por buena, para salvarse en ella, sabiendo y entendiendo que era contraria a la de Jesucristo, y no se había apartado de la dicha ley de Moisés desde entonces, que sería de edad de diecinueve años; y que aunque había oído misa, confesado y comulgado, lo hacía por encubrirse y no por entender que fuese necesario para la salvación de su alma, y cuando confesaba al sacerdote sus pecados, en su mente los estaba confesando a Dios y no al sacerdote, y sólo decía los que había cometido contra la ley de Moisés y no contra la ley de Jesucristo, porque no tenía por necesaria la confesión, ni a la hostia consagrada en la misa por verdadero Dios, como los cristianos la tienen, ni por necesaria la misa. Mandósele que se persignase y santiguase y dijese las oraciones de la ley de Jesucristo, y habiendo hecho mucha resistencia y exclamado y dicho que no le parase perjuicio en la guarda de su ley de Moisés, se persignó, santiguó y dijo las cuatro oraciones, errando, y los mandamientos, y no supo más; y declaró ser casado con doña Isabel de Otáñez, natural de Sevilla, y que tenía en ella una hija, y la había dejado preñada al tiempo de su prisión, y dijo que la causa de su prisión era por ser judío, como lo tenía dicho, y que sólo con su padre y hermana doña Isabel se había comunicado en la ley de Moisés, y que ella le había acusado al comisario del Santo Oficio de Santiago de Chile; y habiéndosele hecho la primera monición canónica se remitió a sus declaraciones.

»En 27 de julio del dicho año de 627 se le hizo la segunda monición, y dijo que había guardado los sábados, conforme lo manda la ley de Moisés, por parecelle inviolable, como los demás preceptos della, y mandarse así en uno de los capítulos del Éxodo, que refirió de memoria; y que siempre había rezado el cántico que dijo Dios a Moisés en el Deuteronomio, capítulo 30, que comienza Audite coeli quoe loquor, y lo escribió todo de su letra, diciéndolo de memoria en la audiencia; y escribió también el salmo que comienza ut quid Deus requilisti in finem; y otra oración muy larga que comienza Domine Deus Omnipotens, Deus patrum nostrorum Abraham, Isaac et Jacob, y refirió otras muchas oraciones que rezaba con intención de judío.

»En audiencia que pidió, voluntariamente, en 5 de agosto del dicho año, dijo que había dos años que por cumplir con el precepto que dio Dios en el Génesis, capítulo 17, que refirió de memoria, se había circuncidado el reo a sí mismo con una navaja, encerrándose a solas en un aposento, en la ciudad de Santiago de Chile, con la cual había cortádose el prepucio, y lo que no había podido cortar con la navaja lo cortó con unas tijeras, y que luego se había curado con clara de huevo y algunos ungüentos, estando ausente su mujer; y dijo más, que para persuadir a su hermana doña Isabel la observancia de la ley de Moisés, la había dicho muchas cosas, y entre ellas, que Jesucristo y sus secuaces se habían condenado, porque habían sido transgresores de los preceptos de Dios, y que la ley de Jesucristo se había introducido por medio de la idolatría, y que en Roma fue la primera tierra donde se introdujo, porque los romanos eran muy inclinados a ser idólatras; y que lo que decían los cristianos del misterio de la Trinidad y haber en Dios tres personas, no era ansí, porque Dios era sólo uno, conforme a lo que enseña Moisés a los hijos de Israel en el cántico audite coeli; y que había persuadido a la dicha su hermana que guardase los sábados por fiesta de la ley de Moisés, y que hiciese los ayunos de la expiación del 10 de septiembre, y que los ayunos habían de ser con aflicciones corporales, como lo manda Dios en el Deuteronomio, y las aflicciones eran cilicios, dormir en el suelo, no comer carne, ni comer en todo el día hasta la noche, salida la estrella, y que para persuadilla había traídola muchas autoridades de los salmos y profetas, que escribió de su letra, muy menuda, en dos planas, y que se las había declarado en romance a la dicha su hermana, la cual nunca había admitido sus persuasiones del reo, antes le había dicho que mirase que había de parar en la Inquisición, donde le habían de quemar, a que respondió el reo que si mil vidas tuviera, todas las perdiera por la observancia de la ley de Moisés.

»En audiencia de 13 de septiembre de dicho año de 627 se le dio la tercera monición, y entre muchas blasfemias que refirió contra nuestra santa fe, dijo que su padre le había enseñado que Jesucristo, Dios de los cristianos, había predicado el arte mágica, con que había engañado algunos ignorantes; y dijo del cuadernito que tenía con las fiestas de Moisés y algunas oraciones de ella escritas de su letra, y que había sacado el calendario de Genebrardo, sobre los salmos.

»En audiencia de 5 de octubre del dicho año de 27 se le puso la acusación, y respondiendo a ella, que contuvo cincuenta y cinco capítulos, no quiso jurar la cruz, sino por el Dios de Israel, y por él dijo que declararía la verdad; y volviéndosele a leer cada capítulo, los confesó todos, y añadió algunas oraciones que había compuesto en la cárcel, en verso latino, y un romance en honra de su ley; y dijo que había ayunado en la dicha cárcel todos los días, menos los sábados, y que en particular había hecho el ayuno de la expiación, que es a los 10 de septiembre, por cuatro días, sin comer ni beber en todos ellos, y que aunque el precepto de su ley no era más que un día, el reo por devoción y para que Dios le perdonase sus pecados, le había hecho de cuatro, y guardaba todas las ceremonias de la dicha ley. Diósele traslado de la acusación, y nombró por su letrado a uno de los de esta Inquisición; y con parecer suyo dijo que se le diesen personas doctas con quien comunicar y tratar las cosas que tiene confesadas en su ley, para que dándole razón que satisfaga a sus fundamentos, pueda elegir lo que le convenga; con lo cual se recibió la causa a prueba.

»Por auto de 12 de octubre del dicho año de 627, se mandaron llamar los calificadores deste Santo Oficio, y en 26 del dicho vinieron el padre maestro fray Luis de Bilbao, del orden de Santo Domingo, catedrático de Prima de teología desta universidad; el padre Andrés Hernández, de la Compañía de Jesús, maestro de todos los hombres doctos deste reino, en la dicha facultad; fray Alonso Briceño, letor jubilado en teología, de la orden de San Francisco, y el doctor Pedro de Ortega, canónigo magistral de la Catedral de Lima y catedrático de Vísperas de teología, con los cuales, en presencia de los inquisidores, trató y comunicó el reo (habiéndosele dado una Biblia) todo lo que quiso, y propuso las dudas y dificultades que se le ofrecieron, por espacio de dos horas, y satisfaciéndole a todo los dichos calificadores, y procurándole enderezar en el camino de nuestra santa fe, estuvo endurecido y pertinaz el reo, diciendo que quería morir en la creencia de la ley de Moisés.

»En audiencia de 29 del dicho año de 27 pidió una Biblia y algunos pliegos de papel el reo, para proponer sus dificultades a los calificadores; mandándosele dar cuatro pliegos, rubricados, y la Biblia; y en 15 del mes de noviembre los volvió todos escritos de letra muy menuda, y se mandaron entregar a los calificadores para que los viesen y estudiasen lo que conviniese.

»En 13 de enero de 1628 años se tuvo con el reo la segunda conferencia de los calificadores, en presencia de los inquisidores; y con el cuaderno que había escrito el reo se le fue satisfaciendo a todas sus dificultades, por espacio de más de dos horas, y al cabo de ellas dijo que quería vivir y morir en la ley de Moisés, porque nada de lo que se le había dicho le satisfacía.

»En 29 de febrero de 628 años y en 9 y en 16 de noviembre del dicho año se tuvieron con el reo otras tres conferencias por los padres Andrés Hernández y Diego Santisteban, de la Compañía de Jesús, en las cuales trajeron al reo singulares lugares de la Sagrada Escritura, en satisfacción de sus dudas, y aunque no supo ni pudo responder a ellos, se quedó en su pertinacia, diciendo que había de morir por la ley de Moisés.

»En 17 de noviembre de 628 años se le dio al reo publicación de cinco testigos, ratificados en plenario, y respondiendo a ella, debajo del juramento de su Dios de Israel, porque no quiso jurar a Dios y a la cruz, confesó todo lo tocante al judaísmo, y se remitió a sus confesiones. Diósele traslado de la dicha publicación, y habiendo sido llamado su abogado y viéndolo rebelde y pertinaz en la profesión de Moisés al reo, se desistió de ayudalle, y el reo por sí concluyó definitivamente.

»En audiencia de 6 de abril de 1629 años, que pidió el reo, dijo que, deseoso de su salvación, quería ver y pasar los ojos por el que llaman Testamento Nuevo, y que se le diese la Biblia y papel y algún otro libro de devoción cristiana, y se le mandó dar todo, y en particular la Crónica de fray Alonso Maldonado, para que viese la interpretación de las hebdómadas de Daniel, que siempre insistió en no estar cumplidas.

»En audiencia de 24 de mayo volvió libros y papel y pidió fuesen llamados los calificadores. En audiencia de 22 de agosto del dicho año de 629 fueron llamados y se tuvo con el reo la sexta disputa, en la cual en particular se trató de las hebdómadas de Daniel, y quedó sin saber qué responder; y pasando a otros lugares de la Sagrada Escritura, se le declararon todos, y, sin embargo, dijo que quería morir en la ley de Moisés, y duró la diligencia más de tres horas.

»En 25 de octubre del dicho año se tuvo con el reo, a su pedimento, la séptima conferencia, que duró dos horas y media, y se quedó pertinaz, como antes, en la observancia de la ley de Moisés.

»En audiencia de 21 de octubre de 1631 años, habiendo pedido en otras muchas audiencias se le trajesen los calificadores para tratar con ellos de su salvación, y cargando la conciencia a los inquisidores, se le trajeron tres calificadores de la Compañía de Jesús, y estando presentes, junto con los inquisidores, propuso el reo una larga arenga en verso latino, tratando de la estabilidad, de la verdad y duración de la ley de Moisés, por las palabras eternum y sempiternum, y se le dio a entender, con muchos lugares de la Escritura, que las dichas palabras no significaban eternidad, de modo que fuese duración perpetua, y aunque concedió los dichos lugares, les dio explicaciones frívolas, y habiendo durado la disputa tres horas, se quedó en su pertinacia.

»En audiencias de 17 de diciembre de 1631 años, 14 de octubre de 1632 y 21 de enero de 1633 años, se tuvieron con el reo la nona, décima y undécima disputas, habiendo antes el medio tiempo tenídose con él otras muchas audiencias, en que pedía libros y papel para escribir sus dudas, y dadósele todo, y escrito el reo muchos cuadernos, que todos se mostraron a los calificadores y quedan con los autos; y al cabo de las dichas conferencias se quedó el reo en la misma pertinacia que antes, habiendo pedido las dichas disputas (según el parecer de los calificadores) más para hacer vana ostentación de su ingenio y sofisterías, que con deseo de convertirse a nuestra santa fe católica.

»En 26 de enero de 1633 años se tuvo consulta para la determinación de esta causa, y de acuerdo de todos tres inquisidores, que tuvieron poder del ordinario del Obispado de la Concepción de Chile, y de cuatro consultores que se hallaron presentes, fue condenado el reo bachiller Francisco Maldonado de Silva, a relajar a la justicia y brazo seglar y confiscación de bienes.

»En audiencia de 4 de marzo de 634, habiendo pasado el reo una larga enfermedad, de que estuvo en lo último de su vida, por un ayuno que hizo de ochenta días, en los cuales pasando muchos sin comer, cuando lo hacía eran unas mazamorras de harina y agua, con que se debilitó de manera que no se podía rodear en la cama, quedándole sólo los huesos y el pellejo, y ese muy llagado, y habiendo convalecido, tras largo tiempo, pidió con instancia se le llevasen los calificadores para que le declarasen los capítulos de la Biblia y dudas que había propuesto en los cuadernos que había dado, que eran muchos; y habiéndose llamado los dichos calificadores en 26 de junio del dicho año y tenido con el reo la duodécima disputa, que duró tres horas, se quedó en su misma pertinacia.

»Después de lo susodicho, fue juntando el reo mucha cantidad de hojas de choclos de maíz que pedía le diesen de ración, en lugar de pan, y de ellas hizo una soga, con la cual salió por una ventana que estaba cerca del techo de su cárcel, y fue a las cárceles circunvecinas que están dentro de la primera muralla, y entró en dos dellas, y a los que estaban presos les persuadió a que siguiesen su ley; y habiéndose entendido, se recibió información sobre el caso, y lo declararon cuatro testigos, presos, que estaban dos en cada cárcel, y se tuvo con el reo audiencia, y lo confesó todo de plano, y que el celo de su ley le había movido a ello, y dijo que a los dos de los dichos presos les había reducido a que siguiesen su ley y les había dado cartas para que cuando saliesen de la Inquisición las llevasen a la sinagoga de Roma, que en ella, por ellas, les harían mucho bien; y refirió otras comunicaciones que había tenido con los dichos presos, que el uno lo estaba por dos veces casado y el otro haberse casado siendo fraile profeso.

»Antes que comenzase esta Inquisición a entender en las prisiones de la complicidad del auto de 23 de enero de 639, permitió Dios que este reo ensordeciese de resultas del ayuno de ochenta días arriba referido, porque, a no estar sordo, no dejara de alcanzar algo de los muchos presos que había por el judaísmo, que resultaran inconvenientes en las cárceles, considerables».

Referíanse en este párrafo los inquisidores al negocio que se llamó «la complicidad grande», que, junto con dar testimonio del latrocinio más audaz verificado por el Tribunal del Santo Oficio en estas partes, iba también a motivar el auto de fe más sangriento y repugnante de cuantos registran los anales de la Inquisición hispanoamericana y en el cual tocaría desempeñar importante papel a muchos portugueses, y, entre ellos, a Maldonado de Silva. Pero para la cabal inteligencia de todo esto necesitamos entrar en algunos detalles que se verán consignados en el siguiente capítulo.

 

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