.

Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo II de la Segunda Parte

Capítulo II de la Segunda Parte

Los militares en la Inquisición

Autillo de 17 de junio de 1612. Juan Alonso de Tapia y el alférez Juan de Balmaceda. El portugués Luis Noble acusado de judío. El alférez valdiviano Diego Ruiz de la Ribera se denuncia de haberse casado con la hija de un cacique. Causa de Domingo López. Ídem de Juan Lucero. El diácono Diego de Cabrera. Los corsarios holandeses de la expedición de Spilbergen ante el Santo Oficio. Un marino de la armada de Simón de Cordes (nota).

Mientras llega el momento de continuar con otros lances no menos originales en que se vieron envueltos los sucesores de Calderón con los prelados de Santiago, vamos a ocuparnos de los procesos seguidos a algunos reos de fe.

En el autillo que el Tribunal celebró en la capilla de la Inquisición el 17 de junio de 1612 salió por casado dos veces Juan Alonso de Tapia, natural de Santiago, barbero y sillero, sastre y componedor de mulas, de edad de treinta y dos años, que se denunció en Jauja.

El alférez Juan de Balmaceda fue testificado en Concepción, por el mes de agosto de 1612, de que hallándose una noche «en el cuerpo de guardia, en presencia de otros soldados había dicho que Dios no tenía Hijo, y que advirtiéndole que era herejía, y que confesase la Santísima Trinidad y vería que la segunda persona era Hijo de Dios, que encarnó y nos redimió, y que lo que había dicho era contra la Trinidad, encarnación y redención, y para declarárselo había hecho tres dobleces en la capa, y el dicho reo había dicho: «extienda esos dobleces y verá como no es más de una capa; así en Dios no hay más de una persona»; y respondiéndole que aquella era mayor herejía, porque negaba ya dos personas, el reo había respondido que si había errado, que él se iría a acusar; y dijo el testigo que el dicho reo ha sido castigado por el prior por blasfemo, y que vivía amancebado; en esto contestan otros cuatro testigos, y los dos son de oídas; y que demás de la vez que lo dijo en la dicha ocasión en el cuerpo de guardia, estando otro día en casa del maestre de campo refiriendo lo que había dicho antes, había entrado el reo y oyendo lo que trataban, había dicho: «lo que yo dije fue que Dios no tenía Hijo, y lo vuelvo a decir».

En julio del año siguiente hallábase el reo en Lima, en virtud de orden del Santo Oficio, «y en 8 del dicho mes se tuvo con él la primera audiencia y se le recibió el juramento y declaró su genealogía, y ser todos cristianos viejos, limpios, y su padre hidalgo, y que era cristiano baptizado y confirmado y había oído misa, confesado y comulgado cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Hincado de rodillas dijo las cuatro oraciones, y que no sabía leer ni escribir, más que firmar, y que había salido de los reinos de Castilla para las Indias, y que toda su vida había sido soldado, sirviendo a Su Majestad en Flandes y en sus armadas y en Chile, y que sabía la causa porque había sido mandado parecer».

En el curso del proceso expresó que estaba muy arrepentido de lo que había dicho «porque fue error de lengua y no de entendimiento, porque bien sabía, creía y entendía el misterio de la Santísima Trinidad, y que el Padre Eterno tenía a Jesucristo por su Hijo, y que en esta creencia ha vivido y protestado vivir y morir como fiel y católico cristiano y hijo de tales padres, y que si en algo había delinquido pedía se usase con él de misericordia, atendiendo a lo que tenía dicho y confesado y a la nobleza y cristiandad de sus padres y a los servicios que en discurso de tantos años había hecho a Dios y al Rey contra los enemigos de la fe y a los que pensaba hacer en el discurso de su vida».

Por fin, en noviembre de 1614, por mayoría de votos se resolvió que se suspendiese la causa, dándose licencia a Balmaceda para que se fuese donde quisiese.

Luis Noble o Luis Duarte, natural de la ciudad de Évora en Portugal, que sirvió seis años de soldado en Chile, preso en el Callao por los alcaldes ordinarios, por haberse robado un crucifijo, se acusó a su confesor, cierto padre jesuita, que con su licencia le denunció en el Santo Oficio, por agosto de 1614, de practicar ciertas ceremonias de la ley de Moisés; siendo admitido a reconciliación secreta, sin auto ni confiscación de bienes y absuelto en forma de la censura en que había incurrido, y condenado, además, en ciertas penitencias espirituales, y por los alcaldes en azotes y galeras.

Era también «soldado, alférez y capitán» y natural de Valdivia, Diego Ruiz de la Rivera, de edad de treinta y siete años, quien desde aquella ciudad escribió al Santo Oficio, en septiembre de 1611, denunciándose de que siendo muchacho de dieciséis años se había casado con la hija de un cacique, a persuasión de un español que con ella vivía en malas relaciones; y que, en seguida, un hermano suyo, cura de la ciudad de Castro, haciéndole creer que la india era muerta, lo casó con una señora «principal y honrada». Mandado parecer en Lima, se le dio la ciudad por cárcel, siendo sentenciado en 1616 a que oyese la lectura de su sentencia en la sala de la audiencia, abjurase de levi, fuese reprendido y desterrado de los lugares donde cometió el delito, no habiéndosele dado más pena a causa de su denuncio y por sus servicios al Rey en Chile.

Pertenecía igualmente a la milicia Domingo López, natural de Hermosilla, en Zamora, que en febrero de 1614 se denunció en Concepción, «de que siendo de edad de diez años, poco más o menos, estando en su pueblo, llegó a él su madre y le dijo que Jesucristo Nuestro Señor, aunque ella sólo dijo Jesucristo secamente, había sido muerto y habían echado su cuerpo en un huerto, y en la banda dél, y le parecía al reo que se lo dijo con desprecio, y que entonces o poco después, le había dicho también la dicha su madre que Jesucristo Nuestro Señor tenía una redoma llena de agua clara, y que cuando se ponía turbia pedía a Dios le hiciese como a él, y que desta manera pedía a Dios, y que pocos días después, estando el reo en casa de unas sus primas hermanas, que eran tres, por parte de su madre, a la lumbre, una dellas le había dicho al tiempo que el reo bostezaba y hacía una cruz en la boca, ¿qué hacéis? a lo cual el reo turbado desta pregunta, y acordándose de lo que la dicha su madre le había dicho, la había respondido: «esto que yo hago es delante de otros», y que aunque lo dijo así fue por cumplir con sus primas, pero que no había sentido bien de lo que le habían dicho, sino mal, y tuvo en su corazón por bueno lo que él hacía, y como muchacho no alcanzó la gravedad de la malicia encerrada en aquella pregunta por entonces, y que esto le pasó en Villaflor, reino de Portugal; y que un año después estando en su pueblo un su medio hermano, hijo de su padre, le había dicho que escribiese una oración que era muy buena, y que con simplicidad la había escrito y se la había echado en la faltriquera, sin acordarse más della, y que un día sacando otros papeles de la dicha faltriquera, en presencia de un su primo, sacó dicha oración también, y viéndola el dicho su primo le había dicho que para qué traía aquello, y la rasgó; y que habría diez años que estando en la ciudad de Mendoza, en Chile, rezando en unas horas de romance la oración del Ángel de la Guarda, en la cual estaba dos veces el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, y que él la había trasladado para rezarla, y en el traslado, en lugar de Nuestro Señor Jesucristo, puso Nuestro Señor Dios, pareciéndole que sería aquello bueno, sin pensar que hacía mal, por lo que había oído a su madre y primas, pero no entendiendo en este hecho suyo otro misterio alguno más de alguna duda de si acaso Nuestro Señor Jesucristo no fuese Dios, y declaró la dicha oración, y la rezaba algunas veces, y después se le había perdido, y nunca más la había rezado porque se le había olvidado, y por entonces no había reparado ni caído en que hobiese en ella pecado, pero que habría dos años que leyendo en un confesionario la obligación que había para confesar, aunque fuesen pecados de pensamiento, y haciendo confesión general con un padre de la Compañía, por vía de escrúpulo, le había contado todo lo que tenía dicho y entonces había conocido que había sido pecado aquella palabra que trocó, y que en todos estos años olvidando esto que había hecho, había tenido fe verdadera en Nuestro Señor Jesucristo, y se había confesado y comulgado con buena fe, hasta que refiriéndoselo al dicho su confesor, le había declarado la obligación que tenía de denunciarlo, y no le quiso absolver por cuanto aquella obra exterior que había hecho en trocar aquella palabra, nació de dudar en la fe, en la cual no ha de haber duda ninguna, por lo cual y descargar su conciencia, se acusaba de la dicha culpa y pedía misericordia y facultad para poder ser absuelto».

Escribieron, en consecuencia, los inquisidores al comisario para que enviase el reo a Lima, a donde llegó en noviembre de 1615. Expresó ante sus jueces «que nunca en toda su vida había estado apartado de nuestra santa fe católica, sino que siempre la había tenido y creído, y como tal cristiano católico había oído misa, confesado y comulgado cuando lo manda la Santa Madre Iglesia, y había hecho obras de buen cristiano, y que si en alguna cosa había ofendido a Dios, le pesaba mucho en el alma y corazón, y quisiera más padecer mil penas y muertes, aunque fuera estar en el purgatorio, que haber ofendido a Dios Nuestro Señor, de que le pide perdón y penitencia y a este Santo Oficio misericordia».

Y habiendo parecido que no podía ser tenido por hereje formal ni judaizante, ni por dudoso en la fe, con la pertinacia que se requería para incurrir en las penas de derecho, fue mandado absolver ad cautelam y que se fuese donde quisiese.

Juan Lucero, cuarterón de india, fue denunciado en el Cuzco de que siendo soldado en Chile, donde había estado cautivo entre los indios, y casado en aquella ciudad, se había vuelto a casar en Chillán.

Mandado prender por el Tribunal, llegó a Lima en enero de 1617. Después de cerca de tres años de tenerle detenido, fue condenado, además de las otras penas de estilo, en destierro del Cuzco y Chile por seis años precisos.

Don Diego de Cabrera, diácono, mestizo, de edad de veintiocho años, natural de Concepción, por haber oído en confesión sin estar ordenado y por cierto desacato al Santo Oficio, salió en forma de penitente en el auto público de fe de 21 de diciembre de 1625, abjuró de levi, fue privado de las órdenes que tenía, y condenado, por fin, a que sirviese en las galeras del Callao por galeote al remo y sin sueldo, por tiempo de seis años.

Pero de entre los reos procesados por esta época los que ofrecen más interés son los corsarios holandeses.

Habiendo arribado, en efecto, al puerto del Papudo en la mañana del 13 de junio de 1615 el almirante Spilbergen, se le huyeron allí dos soldados, que fueron despachados a Lima por el comisario del Santo Oficio, a cargo del capitán Juan Pérez de Urazandi, quien los entregó a los inquisidores el mismo día de su llegada, 9 de noviembre de aquel año.

Llamábase el primero Andrés Endríquez (Hendrick) natural de Emden en Alemania, de edad de treinta y tres años. «Fue puesto, dicen los inquisidores, en la carcelilla de familiares, y por lengua de dos intérpretes, uno de su nación y otro que había estado allá y la sabía, que juraron el secreto y de interpretar verdad, fue examinado el dicho Andrés Endríquez, y debajo de juramento dijo que en su tierra había obispos, y que él era cristiano baptizado, y que lo baptizaron en la iglesia mayor de la dicha ciudad de Emden, que se llama San Ignacio, y que sus padres le habían dicho que de cuatro meses le habían baptizado, y que era confirmado por el obispo de la dicha ciudad, que se llamaba Ludovico, y en su lengua Lobarto, y que sería de siete a ocho años, y le dieron bofetón; persignose y santiguose y dijo el padre nuestro y avemaría, todo en castellano, que se lo habían enseñado en Chile en la Compañía, y en su lengua dijo el credo entero, y no supo otra cosa de la doctrina cristiana en su lengua ni persignarse más de sólo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y dijeron los intérpretes que unos mandamientos de la ley de Dios que él decía eran, no lo eran, sino una oración de los calvinistas, y que las oraciones que sabía, se las habían enseñado sus padres en su lengua, y que su padre era muerto y su madre quedaba viva en Astradama, y sus padres eran católicos papistas, y que su madre había ido en busca de su hermano que estaba estudiando en Astradama, y que era católico; pero los intérpretes dijeron que todo esto era falso; y dijo el reo que de diez años a esta parte ha sido católico cristiano y papista, tenido y creído lo que tiene y cree la Santa Madre Iglesia católica de Roma, pero que antes había sido luterano, y aunque lo era, tenía buen corazón a la fe católica, y como muchacho no sabía lo que le convenía; y que había un año que había salido de su tierra para Holanda, y que toda su vida había sido soldado, así con los católicos como con los holandeses, y que en su tierra los padres de la Compañía le enseñaron la fe católica, y que también hay muchos herejes calvinistas y luteranos; y que estando en Holanda se había hecho gente por el conde Mauricio, y luego dijo que por muchos de Holanda para ir a las Indias de Portugal, y en ellas había venido el reo en seis naos, que habrá trece meses que salieron, y la una se volvió desde la boca del Estrecho; y que por haberlo traído engañado pensando que iban a la India de la especería y ver después que venían contra cristianos, luego que pudo se había huido en Chile yendo a Santiago; que no sabe si es papista; y que tras de la armada en que él vino había de venir otra el año que viene, que se quedaba haciendo; y que está bien instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, que los padres jesuitas lo enseñaron, y se confirmó más en ello en Chile, y que el misterio de la Santísima Trinidad eran tres personas Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que la segunda había encarnado y nacido de la Virgen Santa María, y que en la hostia consagrada estaba el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo; y dijeron los intérpretes que el decir el reo esto fue porque se lo iban ellos declarando, que su instrución debía ser desde Chile; y dijo el reo que quería ser instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, a quien ha tenido buen corazón, y así deseaba ser enseñado en ella, y aunque ha comunicado con los herejes, ha sido por ser sus camaradas, pero que nunca ha creído ni sabido ninguna de las setas de Calvino y Lutero, y por haber andado embarcado con ellos y entre ellos no ha podido ser instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, sino que unas veces andaba a una y otras a otra, pero siempre ha tenido en su corazón la fe católica y tenídola por la buena y verdadera, y que el venir con herejes había sido como mozo, por ver mundo. En otra audiencia que él pidió dijo que en la audiencia pasada había dicho algunas cosas que no eran verdad, como que su padre había sido católico, que él no sabía si lo había sido siempre; y también había dicho que él había sido siempre católico, que lo había dicho de miedo, que desea serlo y instruido en ello, y no tenía más que decir; y en 9 de enero de 616, habiéndose visto en consulta con ordinario y consultores las confesiones del reo, en conformidad dijeron que, atento que no estaba instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, fuese puesto en un convento que pareciese, donde fuese enseñado y catequizado en ella: cumpliose así».

«Isbran, natural de la ciudad de Quinisper, provincia de Prusia, sujeta al rey de Polonia, de edad de veinte y un años: éste fue el compañero que se huyó de los enemigos con el reo pasado, en Chile, y entregó en este Santo Oficio el dicho capitán Juan Pérez de Urazandi, el cual siendo examinado por lengua de los dichos intérpretes, debajo de juramento dijo que era cristiano baptizado, y refirió el discurso de su compañero, y no pareció estar tan instruido en las cosas de nuestra santa fe católica como el compañero, y por haber sido sus padres herejes y no haberle enseñado, ni otra persona hasta que en Chile le enseñaron los padres de la Compañía, y así deseaba ser cristiano católico y papista y ser instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, y así fue puesto en otro convento para ello, habiéndose votado antes en consulta».

Pertenecía asimismo a la armada de Spilbergen un soldado francés, natural de París, de edad de veinticuatro años, llamado Nicolás de la Porta, que habiendo bajado a tierra con algunos de sus compañeros a hacer aguada en el puerto de Guarmey, «se huyó de ellos, dice una relación de los inquisidores, echando a correr y dejando el mosquete en el camino, y aunque le tiraron los suyos tres o cuatro mosquetazos, no le dieron, y se escapó y vino a los cristianos, que estaban media legua del puerto, poco más, los cuales lo trujeron a esta ciudad y lo entregaron al Virrey; y a los 12 de agosto (1615) le comenzaron a testificar en el Santo Oficio de que era hereje holandés y no francés, y le testificaron veinte y un testigos, que los dos dellos dijeron que habían sido captivos en el Brasil, y que desde allí habían venido con los enemigos en el Almiranta, donde el dicho reo venía, y le habían visto tratarse y comunicarse como hereje, acudiendo a las prédicas y sermones que cada día hacían, y rezando en unas horas como los demás, y haciendo las demás cosas que hacían los herejes, y ultrajaba a los cristianos católicos, diciéndoles «perros papistas» y otras palabras afrentosas, y que esto lo habían visto hasta que desembocaron en el Estrecho y los echaron en Chile, por venir enfermos; y otros tres a quienes captivaron sobre el puerto de Cañete, le testificaron que el tiempo que anduvieron en la dicha almiranta captivos, hasta que los echaron en Guarmey, vieron que el dicho reo hacía y decía lo mismo que los dichos dos testigos primeros han dicho, y añadieron que le vieron pelear en la dicha refriega y matar españoles. Los demás testigos le testificaron en esta ciudad de haberle oído decir algunas palabras, en particular tres, de que en cierta ocasión había dicho que porque el Rey nuestro señor no les dejaba vivir en su ley, traían guerra con nosotros, y que ellos también eran católicos y creían que había Dios y Santa María, pero que no creían que había dispensación del Papa, lo cual decía tocándose las manos; y otros le testifican de que en otra ocasión, en un día de ayuno, por la mañana le vieron estar almorzando, y diciéndole que era pecado mortal el no ayunar, había respondido que no podía ayunar porque así se lo mandaba su confesor, y cuando ayunaba le dolía la barriga, y replicándole que si rezaba el avemaría, respondía el reo que sí rezaba, pero que alláaaaa, haciendo ademanes con las manos y rostro, y sentándose había dicho que los fregelingues (holandeses) no se confesaban ni querían confesarse con sacerdotes, porque estaban amancebados, y luego dijo que se quería ir a oír misa, y diciéndole que mejor era antes de almorzar, había dicho que para mejor oír misa se había de almorzar primero. Otros le testificaron que se comunicaba aquí con otros de su nación, y se recogían y encerraban a solas y hablaban en su lengua, y lo habían visto algunos días ir a la mar, por diferentes partes, con una escopeta, a ver los puertos y entradas de tierra, y que también no le habían visto oír misa ni que se hubiera confesado, ni traer cuentas, ni hacer obras de cristiano, y así le tenían y juzgaban por hereje y espía, y más por flamenco o valón que francés, y que venía concertado con los herejes por muchos años. Calificada esta testificación, pareció que el reo estaba sospechoso de hereje, por haber sido tan continuo en actos hereticales, a los cuales acudía como los herejes en cuya compañía venía, y por venir concertado con ellos por muchos años. En 30 de octubre del dicho año, se vio en consulta con ordinario y consultores esta testificación y calificación, y en conformidad fue votado que el reo fuese preso en las cárceles secretas y se siguiese con él la causa; despachose mandamiento y el reo fue preso; y en 3 de noviembre del dicho año se tuvo con él la primera audiencia, y fue dél recibido juramento en forma, y declaró su genealogía, que todos eran naturales de París, y ninguno dellos había sido preso ni penitenciado por el Santo Oficio, y que ninguno había sido luterano ni calvinista, sino muy buenos cristianos, y él lo era por la gracia de Dios, y era cristiano baptizado en la iglesia de San Nicolás de París, y confirmado, que le confirmó el obispo de París en la iglesia de Nuestra Dama, y que oía misa, confesaba y comulgaba en los tiempos que mandaba la Santa Madre Iglesia católica romana, y la última había sido en la dicha ciudad de París, habría dos años y medio, con un clérigo de la iglesia de la Madalena, y comulgó en la iglesia mayor de Nuestra Dama de París, un día de la Pascua de Flores; y, hincado de rodillas, se santiguó bien y no se supo persignar, y haciendo unos garabatos y hablando en su lengua dijo que así se hacía en París, y dijo bien dichas las cuatro oraciones en latín, y que no sabía más oraciones que los mandamientos en francés, y que sabía leer y escribir en francés, y que sabía muy bien leer en latín, y lo aprendió en París, y que no quiso estudiar más, y que había estado en casa de su padre en París hasta la edad de doce años, que entró a servir a un señor de París, que lo llevó a León de Francia y a Marsella y a Burdeos, y Tolosa, y Lorena, y Savarna, que es el primer lugar de Alemania la Alta, y a Viena, y a Ellerque, que todo es de luteranos y tierra del príncipe palatino del Rin, y de allí fue a Colonia, donde está el Arzobispo, que son cristianos católicos, y en Tarberi, y en la ciudad de Julier, que está cerca de Holanda. De allí se volvió a Liega, a tierra de valones, que unos son católicos y otros luteranos, que es entre Flandes y Francia, y de allí se volvió a París a casa de su padre, y a cabo de un año se volvió a la ciudad de Tarberi, y estuvo allí dos años, y de allí se fue a Colonia y estuvo otro, y después fue soldado del archiduque Leopoldo de Austria, que hacía gente contra el duque de Brandemburque, y acabada la jornada, se había pasado a Nimega, en Holanda, donde había sido soldado de la guarnición de aquella ciudad; y a cabo de seis meses se fue a Emberes y a Bruselas, que son ciudades del Rey de España, y a cabo de ocho meses se pasó a Estradama en Holanda, y de allí a Dinamarca, en un navío de holandeses luteranos, y también lo son los de Dinamarca, y de allí se volvió en otro navío de luteranos a Diepo, un puerto de cerca de Calés, y allí había sabido que unos mercaderes franceses armaban un navichuelo muy lindo, con dos piezas de artillería, para ir a mercadar al Brasil, y se fue con ellos por servicio de raciones, y se embarcaron cuarenta y cinco hombres, todos franceses, y sólo dos flamencos, y habiendo pasado a vista de Canaria, derecho al Brasil, estando en calma un día, llegaron seis navíos de que era general Jorge Spilberg, holandés, y echó las lanchas al agua y fueron a su navío cinco lanchas, y entraron dentro, y tomaron al reo y otros tres franceses y los dos flamencos y los llevaron consigo, y a los demás y navío dejaron ir, y al reo le trajeron al almiranta, y conociéndole el capitán della de cuando era soldado en Nimega, le hizo su sargento, y el general le había dicho que fuese soldado fiel y le daría su paga, y en Holanda, cuando volviesen, se la pagaría cumplidamente, y el reo por verse libre de las prisiones y grillos dijo que sí haría, y que no le había dicho que venía al Pirú a pelear con los españoles, sino que iban al Maluco por especería; y que desde aquel paraje habían ido al río Genero, donde había echado cincuenta hombres, y que todos los captivaron y mataron los de la tierra, y después fueron al puerto de Sant Vicente, donde echó diez u once lanchas con cincuenta o sesenta hombres cada una, y cuando volvieron, trujeron una campana y una cruz y una lámpara, y que los portugueses les habían tomado una lancha y muerto siete u ocho hombres; y que en el dicho puerto tomaron un navío de portugueses, y que si a él le hubieran echado en tierra, se hubiera ido; y de allí vinieron derecho al Estrecho, y por tormenta estuvieron a pique de perderse, y el un patache se huyó; y entrando por el Estrecho, les había dicho el general a todos los soldados, que si llegaban al Mar del Sur, que serían muy ricos, y estuvieron en pasar el Estrecho seis semanas, y la primer tierra que habían tomado fue la Isla de la Mocha, trayendo diez o doce piezas sobre cubierta y las demás en el lastre; y de allí pasaron a la Isla de Santa María, y vinieron costeando por Chile y el Pirú hasta que llegaron a Guarmey, donde el reo saltó en tierra la primera vez y se huyó. Y habiéndosele hecho la primera monición dijo que no tenía más que decir. Y en otra audiencia dijo que había venido con los holandeses desde Holanda, que como hombre deseoso de saber y haberle dicho allá que venían otros franceses en la armada, que iban al Maluco, se había embarcado con ellos, y que no le habían tomado entre las Canarias y el Brasil en el navío francés, como había dicho antes, y que no había estado en Holanda de asiento, sino que de Dinamarca fue allí cuando el armada se hacía y así entró en ella; y que no tenía otra cosa que decir que cargase su conciencia, que si hay quien otra diga, que hagan de él lo que quisiesen; y que cuando se huyó de la armada de los holandeses en Guarmey, le pusieron tres o cuatro hombres las espadas a los pechos, y porque no le matasen, les había dicho que los enemigos le habían captivado en el navío francés entre el Brasil y Canarias, y que como era buen cristiano se había arrepentido de venir con ellos, que son todos de la religión de Lutero, que los hombres mozos, con la sangre nueva, por ver mundo, no reparan cosas, y con este deseo lo había él hecho, y que estaba muy arrepentido. A las moniciones ordinarias no respondió cosa alguna, y por ser menor fue proveído de curador, en cuya presencia fue recibido juramento del reo y se le leyeron las confesiones, y se ratificó en ellas. Y en 18 del dicho mes le acusó el fiscal en forma, y respondiendo a la acusación, debajo de juramento, dijo que aunque era verdad que había andado con luteranos, como lo tenía confesado, pero que llevaba sus horas católicas, donde estaban los siete salmos penitenciales, y tenía rosario en que rezaba, y que aunque le ahorquen no podía decir otra cosa, que él había de vivir y morir como católico cristiano, creyendo lo que cree la Iglesia católica romana, y aunque en Nimega no se decía misa por holandeses ni franceses el tiempo que el reo estuvo allí por soldado, como era católico cristiano, iba allí a una aldea cerca donde se decía misa, y la oía los domingos y fiestas, y que para esto le daba licencia también su capitán, que era francés y católico, y había allí otros muchos franceses de presidio, que algunos eran católicos; y que aunque en Nimega había tres iglesias de luteranos, nunca él había entrado en ellas, ni comunicádose ni tratado con ellos, más que desde las puertas había visto a los luteranos y hugonotes sentados en bancos y en sillas, cantando y rezando, pero que él no entendía lo que decían; y que cuando se asentó por soldado en Astradama, le dieron nueve patacones de paga por dos meses, sin señalarle tiempo para el viaje, y que luego que se había embarcado, si le dejaran saltar en tierra, no viniera la jornada; y que de allí vinieron por Inglaterra, y de allí hasta las Canarias, y había peleado después en la batalla de Cañete contra los católicos españoles, pero que de mala gana, porque, si no, le echaban a la mar, y que él no hizo más que asestar la artillería con algunos españoles que iban captivos, y que de astillazos había salido herido en tres partes, aunque fue poco; y que rendida la almiranta de los españoles, había soltado una lancha e ido a bordo della, aunque no entró, pero que había conocido al almirante y oídole decir que no quería salir aquella noche de su navío, y con esto se volvió a su navío, sin matar ningún español; y que de mala gana salía sobre cubierta cuando rezaban los luteranos, y no podía hacer menos que subir, porque un hombre con un palo los había subido a todos, aunque fuesen cristianos, y que él se sentaba con los holandeses y luteranos, descubierta la cabeza, pero que no sacaba horas de flamencos ni hacía más que mirar como rezaban y cantaban los otros, porque no sabía bien leer la letra flamenca; y que por las mañanicas se subía a la gabia y allí rezaba en sus horas católicas, y cuando le oían los luteranos decían «acullá está el papista»; y aunque su capitán y otros le persuadían que dejase de ser papista y se pasase a su religión, y que él les había respondido que su padre había sido cristiano católico y él también lo era, y que había de vivir y morir en la religión católica que predica y enseña la Santa Iglesia católica de Roma; y que cuando asistía a las prédicas de los luteranos, alguna vez sacaba sus horas y las ponía dentro del sombrero, y rezaba los salmos penitenciales y el oficio de Nuestra Señora, y cuando no las sacaba, estaba mirando lo que hacían; y que en Chile, después de hechos a la mar, echaron menos dos soldados, que el uno era alemán y católico, y el otro era cerca de Flandes, y era luterano, y que no sabe si huyeron ellos, o los echaron de propósito, o los mataron los españoles; y que él no era espía, que su general en Guarmey, donde se huyó, daba dos mil pesos y todos los españoles y negros que había captivado porque le diesen al reo, para hacerle morir, y que si lo echara por espía, no hiciera esta diligencia; y que no se había huido en Chile porque había buena guarda, y en Guarmey diera más lugar a los soldados para que se anduviesen [338] de un cabo a otro, y yéndose paseando, como que iba a tirar a pájaros, pasó adelante de los centinelas, y dejando el mosquete, había echado a huir hacia tierra, y aunque le tiraron mosquetazos, no le acertaron, ni otros que estaban tirando a pájaros, aunque corrieron tras dél, no le alcanzaron; y que en el Callao había dicho que aunque se decía que venía otra escuadra de holandeses, que había dicho que no había tal, más de la que había entrado, porque en Holanda no se armaba otra escuadra, y lo sabía muy bien él, aunque si después que él había salido alguna con otros, no lo sabía; y también había dicho que los holandeses creían en Dios, pero no al Papa, porque decían que una mujer lo había sido y parido un hijo; y también en esta ciudad habían dicho a ciertas personas, un día de ayuno, que le diesen de almorzar porque no podía ayunar, y había almorzado pan y manteca, y había dicho que los fregelingues no se confiesan con los sacerdotes porque no los tienen, pero que él bien sabía que todo fiel cristiano tiene obligación de confesarse a lo menos una vez en el año, y que el confesor le puede perdonar los pecados cuando confiesa, porque está en lugar de Dios, y que todos los católicos cristianos tienen obligación de ayunar la cuaresma y vigilias, y que creía en la Santísima Trinidad, como buen cristiano que era, y sabía que Jesucristo sufrió muerte y pasión por nosotros, y había resucitado y subido a los cielos y estaba sentado a la diestra de Dios Padre, de donde había de venir el día del juicio a juzgar vivos y muertos, y así lo creía; y que la Virgen Nuestra Señora fue virgen antes del parto y en el parto y después, que sus padres así se lo enseñaron, y que también creía [que] el sacerdote diciendo en la misa las palabras de la consagración, volvía el pan en cuerpo y el vino en sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y que había infierno y purgatorio, y que ningún lego no podía ser sacerdote sin ordenarse, y creía que había santos en el cielo, y que a sus retratos les tenía mucho respeto, y que bien sabía que las setas de Calvino, Lutero y hugonotes y demás herejes eran falsas, y los que las creían iban al infierno; y que nunca había entrado de noche en casa de ningún extranjero, que de día había entrado en casa de un inglés y un francés, algunas veces a almorzar, y que trataba con ellos de cosas de sus tierras y no otra cosa; y que no conocía en esta ciudad ningún hereje, que en la armada donde vino todos eran de la religión de luteranos, y que si por haber huido del enemigo y venirse a favorecer de cristianos merecía la muerte, que se la den, que aquí estaba, que le den libertad para confesar y encomendarse a Dios, que había dicho la verdad, y lo demás de la acusación negaba, y no tenía más que decir.

«Diósele traslado y letrado al dicho y el curador, con el cual comunicó su causa, y se ratificó en su presencia en sus confesiones, y con su acuerdo y parecer concluyó en la causa, y asimismo el fiscal, y a 20 del dicho mes se ratificaron los dichos testigos, y en 9 de enero de 606 se le dieron en publicación, y respondiendo a ellas debajo de juramento, dijo que no tenía más que decir, que bien sabía que lo habían de ahorcar, que le quiten la vida, que todos los testigos que habían dicho contra él era gente infame y de falsa palabra, y que todo lo demás negaba y se remitía a sus confesiones, y que no tenía más que decir. Diósele traslado, y comunicado con su letrado, hizo defensas en que procuró probar cómo siempre dormía en casa del Virrey y que no había ido a la mar, ni sabía la lengua inglesa, y que era buen cristiano: con lo cual concluyó en su causa definitivamente, en 27 de enero del dicho; y en 29 se vio en consulta con ordinario y consultores, y por la mayor parte se votó a que fuese puesto a cuestión de tormento moderado, y habiéndosele hecho la monición ordinaria y no habiendo respondido cosa, se pronunció la sentencia de tormento y se le notificó en presencia de su curador, el cual apeló de ella, y sin embargo se ejecutó, y se le dieron ocho vueltas de cordel a los brazos, y, tendido en el potro, se le dieron dos a los molledos en ambos brazos, y en los muslos y espinillas, y garganta del pie, que todo fue moderado, y no dijo cosa alguna, y duraría el tormento como hora y cuarto; y en 9 de febrero del dicho año se vio en consulta con ordinario y consultores, y todos en conformidad la votaron a que al reo se le leyese su sentencia en la sala de la audiencia, abjurase de levi y oyese una misa en la capilla del Santo Oficio, en forma de penitente, y sirviese en la galera del Callao a Su Majestad, sin sueldo, hasta la flota del año de 617 [en] que fue llevado a los reinos de España, y que no lo quebrante, so pena de doscientos azotes, y que lo cumpla en las galeras de España: ejecutose».

 

La Inquisición en España       Orígen y Desarrollo de la Inquisición       La Inquisición en las Indias       Los órganos administrativos       La financiación       Las Instrucciones

Los delitos       Las víctimas       Las penas       El Auto de Fe

Características del proceso penal inquisitivo       Fases del proceso penal inquistivo       La Quistion de Tormento

La Inquisición Medieval       Los cátaros       La brujería       El Santo Oficio actualmente       Bibliografía general

Website de Gabriel Bernat
Website de Gabriel Bernat