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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XIII de la Segunda Parte

Capítulo XIII de la Segunda Parte

Otros secuaces de Ulloa

Suerte que corrió don Pedro Ubau. Proceso de Cristóbal González. Ídem de su hermana Mariana González. Causa de «La Coquimbana». El sobrino de los marqueses de Guana. Es defendido por el abogado chileno don Domingo Martínez de Aldunate. Vicios cometidos en su causa. Últimos sectarios del padre Ulloa. El clérigo Nicolás Flores es procesado por expresar sus opiniones sobre esta materia. Le ocurre otro tanto a don Juan Ventura de Aldecoa. El jesuita Gabriel de Orduña y los inquisidores. Sentimiento que éstos manifiestan por el estado a que había llegado el Santo Oficio en estas partes.

¿Qué suerte había corrido mientras tanto don Pedro Ubau? Se recordará que fue el primero en ingresar en las cárceles, y que sin perder jamás la apacibilidad de carácter que le distinguía, su razón fuese trastornando poco a poco hasta el extremo de hacerse necesario trasladarlo al manicomio del hospital de San Andrés. Esto no bastó, sin embargo, para que en 1º de diciembre de 1736, es decir, en las vísperas del auto, fuese condenado a ser relajado al brazo seglar, por hereje, impenitente y negativo, confiscándosele, además, todos sus bienes. Pero, probablemente, como los inquisidores habían reunido ya bastantes víctimas para la sangrienta fiesta que preparaban, no se resolvieron a última hora a enviar también al cadalso a aquel infeliz loco, que, siempre tranquilo, vino a morir en la «casa de los sin casa» como dice Longfellow, en el año de 1747.

Aunque sea someramente, hemos de recordar aquí a los demás secuaces del padre Ulloa que se vieron procesados por el Santo Oficio.

Cristóbal González, alias Guimaray, natural también de Santiago, como sus demás compañeros, era un hombre de edad de cincuenta y ocho años, casado, y de oficio platero. Fue denunciado ante el comisario el 2 de junio de 1710 por el clérigo Espinosa, de hallarse igualmente afiliado en la secta de Ulloa, pues él y los demás neófitos se juntaban muchas tardes en casa de Velazco, que era el más aprovechado en la doctrina, y juntos se salían a pasear y conferían los temas espirituales que les explicaba Ulloa. Se le imputaba igualmente de haberse hallado en casa de Velazco esperando el vaticinio que éste había hecho de su muerte, y de que, reconvenido por esta creencia, sostuvo que daría la vida en testimonio de la verdad del presagio.

Lo cierto fue que el 26 de octubre de 1718, después de reducidos a prisión sus demás compañeros, compareció espontáneamente ante el comisario, declarando que de cuatro años atrás, deseando seguir senda espiritual, había ocurrido a Velazco, que era tenido por hombre de virtud, el cual le había recomendado a Ulloa; que Velazco a la muerte del padre, había recogido parte de su sangre, la cual se repartió entre sus discípulos, y que, en cuanto a la revelación, hubo de creerla porque aquél, el día señalado, había confesado y comulgado, como para salir de esta vida.

En 16 de septiembre de 1719 volvió a comparecer González ante el comisario y con juramento dijo que las reglas que daba Ulloa, con quien se confesaba, eran que meditase sobre las que traía el padre Villacastín; y que en otra ocasión, estando sólo con él, le oyó decir que si se hallase afligido en la oración para poder meditar como quería, se estuviese quieto, sufriendo, aquella aflicción.

Estando ya calificadas estas proposiciones, en 7 de diciembre de 1736, se votó que el reo fuese preso y llevado a cárceles secretas, con secuestro de bienes, no hallándosele ninguno por la numerosa familia de mujer e hijos que tenía, siendo, al fin, metido en la cárcel el 31 de enero de 1738.

En la primera audiencia que se tuvo con él, siete días después, afirmó que él y sus ascendientes eran cristianos viejos, limpios de toda mala raza, casado con doña Juana María Leiva hacía diecinueve años, de cuyo enlace tenía seis hijas y un hijo, sabía leer y escribir, aunque no había estudiado facultad alguna, siendo [595] platero hasta los veinte años, y que por haberse enfermado dispuso poner un cajón de trato, en que se ejercitaba cuando fue preso. Agregó que acostumbraba comulgar cada ocho días.

Que se había apartado de la doctrina de Ulloa, a cuya muerte Velazco le había sucedido como jefe de la secta, cuando salió falsa la revelación de éste, por lo cual se había en el acto denunciado, sin que en verdad hubiese entendido mucho de lo contenido en las pláticas escritas de Ulloa. Señaló desde luego quince discípulos, los que, después de la prisión de Velazco, se habían dispersado, por hallarse sin cabeza.

Que estando para morir la madre de Velazco, se había opuesto a que le rezasen un credo, poniendo en la cama un diurno del padre Ulloa. Se le hizo cargo de que dijo que daría la vida por seguir la doctrina de éste, a que respondió que él nunca había creído apartarse de lo que la religión católica enseña.

En consulta de 12 de enero de 1739 se votó por dos inquisidores ordinarios y cuatro consultores, dos togados y dos religiosos, que saliese a auto público, con sambenito de media aspa, en forma de penitente, se le leyese su sentencia con méritos y abjurase de vehementi, fuese absuelto ad cautelam y gravemente reprendido, advertido y conminado de los errores que había seguido, desterrado de Lima, Madrid y corte de Su Majestad y de Santiago, por dos años; y en perdimiento de la mitad de sus bienes.

Era hermana de este reo, Mariana González, de edad de treinta años, soltera, sin oficio, que pareció ante el comisario el 24 de octubre de 1718. Confesó que frecuentaba a Velazco, por ser, como ella, hijo espiritual del padre Ulloa, y que aunque guardó sangre de éste, más tarde la había arrojado a una acequia.

Habiéndose despachado mandamiento de prisión contra ella, pareció en primera audiencia el 7 de junio de 1738, declarando que comulgaba durante su navegación a Lima; que Ulloa la aconsejaba se confesase a menudo y ejercitase el vencimiento de las pasiones; y que, por lo demás, sólo había asistido a sus pláticas públicas en la Compañía y Santa Clara, y que las escritas solía oírselas leer a su hermano. Entre las discípulas señaló a Josefa Cárdenas, a Ursula Guerrero, a Rosa Campusano -que había sido enviada también como presa del Santo Oficio a Lima por noviembre de 1728- y a María Josefa Figueroa, hija de aquella, que falleció en diciembre de 1727.

El 10 de marzo de 1739 salía la reo en auto particular de fe que tuvo lugar ese día en el convento de predicadores, habiendo oído la lectura de su sentencia con méritos y abjurado de levi, y siendo, además, condenada en destierro de Chile por seis meses.

En esta misma ocasión salió condenada también en las mismas penas otra mujer llamada igualmente Mariana González Peñailillo, alias la Coquimbana. Túvose con ésta la primera audiencia en 9 de junio de 1738, en que declaró ser costurera, soltera, de sesenta y dos años; que acostumbraba confesarse dos veces por semana; que Ulloa le había entregado una copia de sus pláticas; y que confesándose con otro sacerdote, éste le había advertido que iba errada en la doctrina que seguía.

Declaró también que «estando parlando con el padre en el confesonario, le manifestó cariño y metió la mano en el pecho de ella, y admirando la acción, la dijo dicho padre que no se conturbase, que aquello era como si jugase con una criatura».

Cortés Umansoro fue preso por el comisario don Pedro de Tula Bazán el 22 de marzo de 1738, al día siguiente de recibir el mandamiento del Tribunal, habiéndose para ese efecto trasladado a una chacra en que vivía, distante dos leguas de Santiago, y entregándole a dos hombres para que desde allí le condujesen a Valparaíso, donde fue embarcado bajo partida de registro.

En la primera audiencia que con él se tuvo el 7 de mayo, dijo ser natural de Santiago, de edad de sesenta y ocho años, hijo del general don Jerónimo Cortés y Monroy y de doña María Josefa Figueroa y Girón y hermano de don Francisco Cortés, marqués de Guana, casado con Ana María de Herrera y Escobar, de quien tenía dos hijos. Expresó que negociaba suministrando las legumbres para el Noviciado de la Compañía de Jesús, y cuanto a sus estudios, que sólo sabía algo de latín.

Por lo tocante a sus relaciones con el padre Ulloa, dijo que después de entrar a unos ejercicios espirituales se había confesado con él algunas veces; que le había asistido en su última enfermedad en compañía de Velazco, en cuya ocasión le había oído que estaba muerto todo lo que no era carne y sangre; que después del fallecimiento del Padre, Solís y Velazco se habían dividido sus discípulos, por hallarse discordes, que a este último le había conocido a causa de que su mujer era prima de la de Velazco; y, por fin, que recibió de manos de éste un pomito con la sangre de Ulloa.

En la segunda audiencia manifestó que habiéndose publicado la noticia de la muerte de Velazco, se trasladó a su casa, y que por el alboroto de la gente, le echo llave a la puerta, lo que aquél llevó a mal por el deseo que tenía de que todos le visitasen; que personalmente no había podido dedicarse al ejercicio de la virtud por su oficio de labrador; y que nunca había conversado sobre cosas de espíritu con los discípulos de Ulloa, sintiéndose solo culpado de haberlos tenido por buenos.

Entre aquellos señaló al escribano Juan Bautista de Borda, al clérigo Espinosa, que ya era muerto, a dos monjas del Carmen, que también estaban ya enterradas, a otras de Santa Clara, y, por fin, a doña Rufina de Herrera.

Cúpole ser defendido por un ilustre compatriota, don Domingo Martínez de Aldunate, sin que la sólida argumentación de éste le impidiera ser condenado, en 25 de febrero de 1739, a oír la lectura de su sentencia con méritos, en abjuración de levi y en destierro de seis meses, para los cuales había de computársele el tiempo de prisión que llevaba ya.

Andrés de Mugarza, soltero, natural de Motrico, sin oficio, a no ser cuidador de una huerta, que cuando pareció en Lima en febrero de 1738 contaba ya setenta y tres años y que, habiendo fallecido durante el curso de la causa, fue absuelto en estatua, con un rótulo que llevaba su nombre, en el autillo a que nos hemos referido. De los antecedentes constaba que todo el delito de este hombre se reducía a haberse confesado por incidencia una vez con Ulloa. Había servido también en una ocasión de mayordomo a Ubau y acaso por esto fue encausado.

Finalmente, debemos mencionar también entre los procesados por sectarios de Ulloa a doña Jacinta Flores, respecto de cuya causa hemos hallado la siguiente providencia del Consejo de Inquisición, dirigida a los inquisidores de Lima: «Con ésta se os remite la sentencia dada en la causa de fe seguida en este Santo Oficio contra doña Jacinta Flores, alias la sevillana, natural y residente de la ciudad de Santiago de Chile, discípula del padre Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, para que hagan justicia como en ella se contiene. Y se ha acordado deciros, señores, que en esta causa se ha procedido por el Tribunal en la substancia y modo con mucha inclinación e injusticia, pues no se halla en ella prueba suficiente para una sentencia como la que se pronunció. Que falta en la causa el voto de prisión, la calificación en sumario y plenario, y en el voto en definitiva no se certifica que el maestro don Dionisio Granado tuviese poder del ordinario. -Dios os guarde. -Madrid, 7 de agosto de 1762».

Ni siquiera pararon en esto las arbitrariedades y la saña de los inquisidores contra los reos chilenos. Aún el hecho sólo de tratar del auto en que habían sido quemados los huesos de Velazco y la estatua de Ulloa, habían de motivar de su parte nuevas persecuciones.

Así, Nicolás Flores, clérigo, cura de la doctrina de San Pedro del Arzobispado de los Reyes, de cuarenta y ocho años, fue acusado de haber escrito un papel en que con relación a los confesores que habían auxiliado a la Castro, sostenía que la reo había sido injustamente condenada, contraviniendo de esta manera a lo dispuesto por el Tribunal de que nadie hablase ni tratase de la materia. Fue denunciado igualmente de que en un escrito, que enviaba al obispo del Cuzco, dándole cuenta del auto de fe en que el padre Ulloa había sido quemado en estatua, se afirmaba en que no había podido condenársele a dicha pena por no haber mediado contumacia de parte del reo. Estas proposiciones fueron calificadas por el fiscal como «heréticas de fautoría, escandalosas, temerarias, denigrativas e injuriosas», concluyendo por pedir que Flores fuese puesto a cuestión de tormento, quien al fin salió condenado, entre otras penas, a quinientos pesos de multa, debiendo declarar que «todos estaban obligados a creer y confesar que las determinaciones del Santo Tribunal son conformes y justas».

Juan Ventura de Aldecoa, natural de Bilbao, mercader de Potosí, fue denunciado de que conversando en el claustro de la Merced de Sevilla, se sostuvo en que los inquisidores habían procedido con pasión en la causa del padre Ulloa, no sabiendo siquiera lo que era de su obligación. Con este motivo se le previno, una vez que fue reducido a prisión, que las causas del Santo Oficio se seguían con toda independencia, sin pasión ni odio, y que sus resoluciones se debían venerar, por ser siempre arregladas a lo que constaba del sumario, estando prohibido a los particulares abrir discusión sobre los motivos de dichas sentencias; concluyendo por condenarle a que para enmienda en la futuro, abjurase de levi y pagase quinientos pesos de multa.

En la misma Lima, y cuando apenas se contaban seis días de la celebración del auto de fe en que había sido quemada la estatua de Ulloa, abrían los inquisidores un proceso contra otro jesuita, el padre Gabriel de Orduña, por la manera cómo se había expresado de ellos por su conducta en aquella ocasión. Fue el caso que al día siguiente de la fiesta inquisitorial, habiendo llegado de visita a casa de don Marcos de la Mota el padre Gabriel de Orduña, aquél le dijo que sentía mucho lo ocurrido con Ulloa, a lo que replicó el jesuita que el Tribunal y especialmente don Diego de Unda habían procedido con pasión en el caso, pues para sentenciar la memoria del acusado esperaron que no pudiese concurrir a la vista de la causa el inquisidor Ibáñez; que el reo sentenciado al fuego había sido un hombre a quien después de muerto le cortaron reliquias, por santo, como se expresaba en la defensa de Irisarri, que guardaba en su poder para presentarla donde conviniese a la Compañía; concluyendo por expresar «que decían los herejes y turcos que siendo la Compañía de Jesús la que reducía y convertía con su predicación a dichos herejes, salió de la misma Compañía condenado por hereje el que estaba tenido por santo, y más cuando tenían revelación de que en trescientos años no se había de condenar ninguno de la Compañía. A lo cual se apresuró Mota a decirle que «pusiese silencio en propalar lo que le había oído, porque no era creíble que un Tribunal tan recto y santo habría procedido a juzgar la causa que se vio, sin mucho fundamento y consideración».

Una vez recibidas las deposiciones de los testigos, los inquisidores remitieron la causa al Consejo para que por ella se conozca, decían, «lo que los demás individuos de dicha Compañía igualmente han proferido, denigrando las operaciones de este Tribunal, por no haber condescendido con sus ruegos; y porque de seguir esta causa en forma nos fuera preciso ejecutar lo mismo (relajar al brazo secular) hemos resuelto suspenderla hasta [que] vista por vuestra excelencia, nos ordene lo que debemos ejecutar».

En respuesta, acordó el Consejo que Orduña fuese llamado por Ibáñez para advertirle se contuviese y tratase al Santo Oficio con el respeto y veneración que debía; pero como a la llegada de la orden Ibáñez era muerto y se publicaba en la ciudad aquella resolución, transmitida a Lima por particulares, «en que podrá Vuestra Alteza conocer, decían profundamente apenados los inquisidores, el estado a que ha llegado en este tiempo el Santo Oficio -sobre que sólo nos queda lugar a la compasión y rogar a Vuestra Alteza por el remedio-, acordamos suspender toda tramitación sobre la materia».

 

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