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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XII de la Segunda Parte

Capítulo XII de la Segunda Parte

El jesuita Juan Francisco de Ulloa

Extracto de la causa de Ulloa. Acusación del fiscal. Detalles que da este funcionario acerca de las relaciones de Ulloa con sus discípulos. Pide que el jesuita sea condenado como hereje y que sus huesos sean desenterrados y quemados. Fíjanse edictos en la Catedral de Santiago para que los interesados salgan a la defensa de la causa. Preséntase el Procurador de la Compañía de Jesús de la provincia de Chile. Elige como defensores a los padres Joaquín de Villarreal y Fermín de Irisarri. Detalles que da este último sobre la manera cómo fue resuelta la causa del jesuita chileno. Revelaciones de los mismos inquisidores. Quiénes eran éstos. El auto de fe según el historiador Bermúdez de la Torre y Solier. Los reos. Las estatuas de Solís y Ulloa. Opinión del Consejo de Inquisición acerca de las causas de los reos chilenos (nota).

Bien se deja comprender de lo que queda expuesto en las páginas precedentes con, relación a los discípulos del padre Juan Francisco de Ulloa, que éste no podía escapar mejor que ellos. Ni el haber sido miembro de la entonces poderosa Compañía de Jesús, ni aún el que la tierra hubiese consumido ya su cuerpo, podía librarle de la saña inquisitorial. Y para que no se crea que media exageración de nuestra parte, oigamos a los mismos jueces en el extracto que de la causa hicieron en la sentencia.

«Visto por nos, decían, los inquisidores contra la herética pravedad y apostasía, en esta ciudad y Arzobispado de los Reyes y provincias del Perú, donde residimos, por autoridad apostólica y ordinaria, juntamente con el ordinario del obispado de la ciudad de Santiago de Chile, un proceso y causa criminal de fe, que ante nos ha pendido y pende entre partes, de la una el promotor fiscal del Santo Oficio, actor acusante, y de la otra reo defendiente, Juan Francisco de Ulloa, religioso sacerdote de la Compañía de Jesús en la provincia de Santiago del reino de Chile, natural de ella, residente que fue en la casa del noviciado de dicha religión en dicha ciudad, ya difunto, y su defensor de memoria y fama, cuya estatua está presente; sobre y en razón que el dicho fiscal pareció ante nós y presentó su acusación, en que dijo que siendo el susodicho cristiano bautizado y confirmado, y gozando, como tal, todos los privilegios, exempciones y libertades concedidas a todos los fieles católicos, y las especiales que por razón del estado religioso debía gozar, viviendo en esta presente vida, fue osado, con poco temor de Dios Nuestro Señor, grave estado de su conciencia, total olvido y desprecio de su salvación, hereticar y apostatar de nuestra santa fe católica y ley evangélica, siguiendo los errores, tantas veces condenados, de los perversos Lutero, Calvino, Molinos y Ubicler, y otros muchos, que por dictamen y antojo propio suscitó, haciéndose inventor de nuevas sectas y herejías, perturbando con su escandalo a los fieles católicos, con menos precio del recto ejercicio de justicia que en este Tribunal se administra, de que en general le acuso, y especialmente por los capítulos siguientes:

»Primeramente le acuso de que con el fin y deseo de derramar sus dogmas y falsas doctrinas, después que se ordenó y tuvo licencias para confesar, se hizo director de espíritus, enseñando a los penitentes a observar y practicar doctrinas falsas y condenadas por heréticas, para lo que solicitaba cada día muchos discípulos en quienes derramar dichas herejías y doctrinas, para coger por fruto la perdición de sus almas, sin exceptuar estado alguno de personas, ni sexo, fuesen seculares o religiosas, haciendo mayor estrago el veneno de su doctrina en los conventos de religiosas, principalmente en dos en que era su continua asistencia, para que por este medio se hiciese mas general el daño con la ocasión del mal ejemplo, sobre que hacía particular estudio, numerando los discípulos que se alistaban en la escuela de sus errores, a los que platicaba varios días de la semana y les daba instrucciones y reglas para la más breve comprensión de la regla de la negación y sujeción de la propia voluntad a la voluntad de Dios con la negación interior de las pasiones, y enseñando que se debía huir de todo acto externo, aunque fuese virtuoso y santo, sin embargo de habersele contradicho varias veces por sus superiores y prohibido enseñar ni practicar las referidas doctrinas, sobre que padeció algunos disgustos; y menospreciando dichos avisos y desengaños, impenitente y pertinaz, proseguía en enseñar y practicar dichos errores.

»Y hallándose dicho reo próximo a la muerte, en cuyo estado era natural sólo el cuidado de su salvación, le empleaba en cuidar que sus discípulos no recediesen de las dichas falsas doctrinas que les había enseñado, y solicitar a este fin sujeto a propósito para que continuase en el ministerio de dicha enseñanza; para este efecto y con este deseo, llamó a otro religioso de su religión, de quien hizo confianza, y a éste le hizo el encargo de que recogiese a sus hijos espirituales que lloraban su desamparo, y para que dicha escuela se conservase en la misma forma que él la había mantenido, le señaló el número de los que estaban alistados en ella, dándoles sus nombres y apellidos, el que llegaba a treinta personas, que todas estaban pervertidas, incluyéndose en dicho número varias personas religiosas claustrales, que también estaban inficionadas de dicho veneno».

Siguen los inquisidores enumerando los capítulos de acusación, hasta llegar al quinto, donde dicen:

«Y habiendo llegado a confesarse con dicho reo cierta persona secular, la instruyó en dichos ejercicios y doctrinas, diciendo que para tener oración había de suspender la voluntad de todo querer, sin que tuviese la voluntad ejercicio de inclinarse a amar esta virtud más que la otra, suspendiendo el entendimiento de todo discurso, y que no había de hacer más movimiento en la oración que querer negarse a los movimientos de la naturaleza, y que sólo había de haber este querer o deseo, y que si viniese algún afecto de amor o agradecimiento, que se recibiese; y después privadamente dijo dicho reo a la dicha cierta persona, con ocasión de haber extrañado ésta no haberle oído otra vez la dicha doctrina, que ejecutase lo que le había dicho tocante a la suspensión de la voluntad de la oración y fuera de ella, dando con esto principio a la enseñanza de dichos errores y doctrinas para dejarse después caer en las más notorias de falsas, que quedan referidas.

»Y que cuando la dicha persona se confesaba con dicho reo, aunque no le prohibía las obras buenas que hacía, le decía que no estaba la virtud en las muchas mortificaciones sólo, sino también en la abnegación de los propios quereres de la naturaleza; y llegando a confesarse con dicho reo otra cierta persona, la comenzó, asimismo, a instruir en dicha doctrina y secta de Molinos, y entre las principales reglas que la daba para tener oración, era una que fuese por el camino de la negación de sí misma, poniéndose en la presencia de Dios solamente, sin que la voluntad ejecutase acto alguno, ni acordarse de nada, y que no tenía necesidad de penitencias sino sólo que la regla general para conseguir la vida eterna era negarse a sí mismo en todo.

»Y llegando en otra ocasión la dicha persona a confesarse con dicho reo, éste la advirtió que meditase en los puntos que traía el padre Villacastín en su obra, y que se gobernase por sus reglas, y que si estando en la oración se hallase afligido por no poder pensar y meditar como quería, que se estuviese quedo y sosegado, como sufriendo aquella aflicción, dándole a entender que aquellas reglas no las hablase ni comunicase con nadie, y que más vale tener alguna distracción en la oración que no especular mucho con ella, con otros muchos documentos a este tenor dirigidos a la observancia de dichos errores.

»Y teniendo dicho reo por bien instruido a uno de sus discípulos en la regla y condenada doctrina, le enviaba con encargo de que visitase a otras ciertas personas, religiosas de dos conventos de dicha ciudad, para que comunicase con ellas los negocios de espíritu que él practicaba y le había enseñado, valiéndose de este diabólico medio para que fuese más general la perversión de las almas con los ayudantes que elegía; y de este mismo discípulo se valía para los demás negocios temporales que se le ofrecía tratar con otras personas de la ciudad.

»Y en consecuencia de sus maliciosos errores, dicho reo aconsejaba a uno de sus discípulos, siendo casado y viviendo su mujer, a que se ordenase, estando cierto de estar prohibido, como también de la falsedad que contenían las dichas doctrinas, y en este entender maliciosamente aplicaba todo cuidado para que no se hiciesen públicas entre quienes pudiesen descubrir su malicia, disponiendo cuando iba a hacer plática sobre ellas que no se hallase presente otro más que los dichos discípulos, a fin de que de esta forma no hubiese quien pudiera descubrir sus falsas proposiciones, las que intentaba comprobar fingiendo tener espíritu profético, o tan elevado que merecía se le revelasen por Dios los futuros contingentes, como decir que había de resucitar después de muerto, con otros desatinos que el enemigo común le persuadía.

»Y además de los referidos medios de que se valía para persuadirla, se valió de otros cuando se iba a confesar con dicho reo, todos dirigidos a imponerle en la dicha doctrina y camino de la negación, como decir que la había de tener concificada, en que manifestaba que no había de tener propia voluntad; y para imprimir la dicha doctrina, la trataba con mucho cariño y palabras amorosas, con otras demostraciones, como fueron llegar a tirar a dicha cierta persona de una cinta que tenía amarrada en la cabeza, en señal y manifestación de afecto y voluntad, en que parece quería acreditar la libertad de conciencia, a que iban dirigidas dichas demostraciones y doctrinas.

»Y habiendo llegado a confesarse con dicho reo cierta persona secular, la que se aplicaba al camino de la virtud, para que dicho padre la dirigiese, ésta comunicó a dicho reo los sentimientos interiores que padecía, que eran de que Dios le ilustraba para que siguiese el camino de la negación, por las palabras siguientes: «pareciome que había sentido en la oración que cuando Dios por mera gracia suya levantaba al hombre sobre su naturaleza llevándolo por el camino del amor, y que con el mismo amor tenía sujetos los sentidos y movimientos interiores de sus potencias, hasta llegar por medio del amor a la unión con Dios y obrar entonces todas las obras, movido de su gracia; me pareció que [536] hasta entonces no estaba obligado a obrar él por sí, sino Dios en él, y que no estaba obligado a confesarse ni a ganar jubileo, ni a rezar, ni oír misa, ni a otra cosa, hasta hacerlo con más perfección, movido de Dios»; y asimismo habiéndole declarado la dicha cierta persona que no tenía necesidad cuando se fuese a confesar de decir a sus confesores el camino de la negación o de la nada que seguía, porque no todos lo entendían, sino sólo aquel a quien Dios se lo daba a sentir, siendo dichas proposiciones tan claramente apartadas de la verdadera doctrina que enseña Nuestra Santa Madre Iglesia, el dicho reo se las aprobó, y habiéndole dicho que siguiese en la oración el uso de las potencias hasta ver si en dicho tiempo le daba Nuestro Señor otros sentimientos, después de algún tiempo la llamó y dijo que siguiese el impulso del amor que había tenido en dichos sentimientos, dejando que dicha persona se precipitase en el error que había aprendido y fomentándole para su total ruina.

»Y que era tal el conato que dicho reo ponía para pervertir a los que con él se confesaban, que todas las doctrinas, refiriendo, que la dicha persona observaba, fueron sólo en el tiempo que se confesó con dicho reo, habiendo hasta entonces practicado y observado el camino de la virtud, por el ejercicio de las potencias, pero desde que entró a confesarse con dicho padre y a numerarse entre sus discípulos, comenzó a usar la mortificación de las pasiones, para llegar al estado de la nada y hablar de los caminos de la virtud, con soberbia, como dicho reo se lo había enseñado, diciendo que no sólo se iba por un camino al cielo, y que el que ellos seguían era el camino espiritual y seguro, y que el otro era material y muy arriesgado, por vivir los que le siguen muy metidos en el mundo y en sus pasiones, y que aunque los mayores confesores se contentaban con sólo poner a sus hijos en gracia, pero no procuraban que desarraigasen los vicios, dando a entender en esto que sólo ellos eran los que acertaban el camino verdadero de la virtud.

»Y que el dicho reo amonestaba a los dichos sus discípulos, por primera regla, para imponerlos en dicho camino de negación, que los ayunos, meditaciones, comuniones y demás actos de virtud los aplicasen a pedir a Dios les diese gracia para arrancar las pasiones, y que por aquél medio alcanzarían el camino de la negación de sí mismos, que era el camino más seguro de la salvación. Y asimismo les ordenaba que comulgasen dos veces cada semana, que era miércoles y viernes, y en dichos días, después de dicha comunión, se juntaban dichos discípulos en casa de uno de ellos, por consejo de dicho reo, para tratar del dicho camino de la abnegación y pasión de los vicios, todo a fin de que se perfeccionasen en dicha doctrina, que decían ser el camino de puro amor de Dios.

»Y para lograr este reo la plena perversión de sus discípulos y quedasen íntegramente instruídos en dichos errores y doctrina de la negación y de la nada, se valía de la frecuencia de las pláticas que sobre esto les hacía, las que procuraba cuidadoso, fuesen por la mayor parte en su aposento, para que no saliesen de sus discípulos las dichas doctrinas y no hubiese quien pudiese denunciarlas, acreditándolas con ellos con decir que este espíritu era tan elevado y las doctrinas tan recónditas que nadie las podía saber y que cuando algunas personas las oían, decían que no las entendían, y todo el fin de dichas doctrinas paraba en decir que la abnegación era el camino perfecto para conseguir el amor de Dios, y que para lograrla había de ser apartándola de todo acto de virtud, que fuese según la carne o obrado por sí o propios movimientos».

Continúan todavía con el extracto de ciertas pláticas y traducciones que se hallaron entre los papeles del difunto, hasta enterar cincuenta capítulos de cargo, concluyendo, además, por acusarle «de otros muchos y graves errores en que es verosímil haya incurrido y perpetrado dicho reo, por el desenfrenado ardimiento y tenacidad que guardaba en sus dictámenes, y que éstos los tuviese ocultos de sus discípulos hasta hallar tiempo oportuno de manifestárselos e instruirlos en ellos; de cuyos cargos constan los graves excesos, enormes delitos y hechos depravados que ha cometido dicho reo, y que por ellos es visto haber incurrido en muchas y muy graves penas y censuras estatuidas por todo derecho, bulas y breves apostólicos, leyes y pragmáticas de estos reinos e instrucciones del Santo Oficio; atento a lo cual nos pidió y suplicó el fiscal que, habida por cierta esta su relación en el todo o en la parte que sea bastante para fundamento de su intención, nos sirviésemos de declarar a dicho padre Juan Francisco de Ulloa, por hereje pertinaz, impenitente, y como tal, incurso en dichas penas y censuras, y, en su consecuencia, mandar que el día en que se celebre auto público de fe, sea sacada una estatua que represente su persona, y sea relajada al brazo seglar en detestación de sus delitos, para que su memoria sea quitada de sobre la haz de la tierra; y asimismo que sus huesos sean desenterrados y entregados a la dicha justicia secular, para que en ellos se ejecute el castigo, como en reliquias del cuerpo que perpetró tan atroces delitos, y que su peculio sea secrestado y aplicado a quien de derecho toque y pertenezca. Y juró en forma de derecho dicha acusación.

«Y habiendo comparecido el fiscal pidiendo se despachase edicto de citación y emplazamiento a todos los interese-putantes que en la ciudad de Santiago de Chile residiesen, para que ellos u otras cualesquiera personas a quienes pueda tocar y pertenecer la defensa de la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, en dicha provincia de Chile, contra quien se seguía esta causa en este Santo Oficio, compareciese por sí o sus procuradores, a dar satisfacción y responder a los cargos que resultasen contra dicho reo difunto, pidiéndonos justicia. Y juró en forma dicho escrito, en cuya conformidad se mandó despachar el edicto ordinario, el cual se publicó a hora de la misa mayor en la Catedral de dicha ciudad de Santiago, y fijó en el lugar acostumbrado.

»Y habiendo comparecido ante nós el procurador general de la Compañía de Jesús de dicha provincia de Chile, con su escrito, en que hizo relación que, teniendo sabido estarse siguiendo en el Santo Oficio la causa sobre la memoria y fama de dicho Juan Francisco de Ulloa, que había fallecido en dicho reino, y respecto de que por el capítulo de la carta que le había escrito su prelado, que presentaba, le prevenía que saliese a la defensa de dicha causa, en virtud de los poderes generales, no se podía dudar ser parte legítima para ejecutarlo, interponiendo, cuando llegase el caso, todo lo necesario tocante a la defensa de la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa, pidiéndonos lo hubiésemos por presentado con dicha carta-orden, y por parte para dicha defensa; y firmó dicho escrito, el cual, con la carta de [539] dicho su prelado, le mandamos poner en los autos, y proveímos uno por el cual declaramos por parte bastante para dicha defensa a dicho procurador general de la referida provincia, y a mayor abundamiento, le nombramos por defensor de la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa, para que le defendiese conforme a derecho, haciéndosele saber para que aceptase y jurase, dando la fianza conforme a estilo, usando bien y fielmente el oficio de tal defensor, y que, fecho, se le discerniese la dicha defensoría. Y habiendo aceptado dicho nombramiento en virtud de los poderes generales de dicha su provincia y orden expresa de su prelado para dicha defensa de la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa y nombramiento para ello que en su persona se hizo, y hecho el juramento y dado la fianza, siéndole discernido el cargo, se le puso la acusación por el fiscal, y habiéndola oído dicho defensor, pidió se le nombrase abogado con quien la comunicase, y que con su parecer y acuerdo respondería lo que le conviniese en defensa de dicha memoria y fama, y habiéndolo nombrado, comunicó con él dicha acusación, entregándosele la copia de ella y un cuadernillo de papel y los apuntamientos necesarios para alegar de su derecho.

»Y en audiencia que le dimos, hizo presentación de un escrito dilatado, respondiendo a los cargos de dicha acusación, pidiéndonos nos sirviésemos de absolver y dar por libre la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa, y con parecer y acuerdo de dicho letrado, concluyó para el artículo a que hubiese lugar en derecho, que, fecho saber al fiscal, con lo que este pidió, conforme a estilo, se recibió la causa a prueba y se notificó a las partes.

»Y ratificados los testigos, según estilo y forma del Santo Oficio, se le dieron en publicación hasta el número de veinte, a que respondió por su escrito que presentó firmado del dicho defensor y letrado, respondiendo a los cargos de la dicha publicación, difusamente, con varias doctrinas y razones a favor de dicha memoria y fama, excusándole de los delitos y doctrina que practicó y enseñó a sus hijos que dirigía, contrarias a nuestra santa fe católica; concluyendo suplicándonos nos sirviésemos de absolver y dar por libre la memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa y cargos fechos por el fiscal, sobre que nos pedía [540] justicia; y siendo leído dicho escrito, fue mandado poner en los autos, y con parecer de dicho su letrado, concluyó dicho defensor para sentencia definitiva, que se hizo saber al fiscal, y nós hubimos la causa por conclusa.

»Y habido nuestro acuerdo y deliberación con personas de letras y rectas conciencias, Christi nomine invocato, fallamos, atentos los autos y méritos del dicho proceso, que el dicho fiscal probó bien y cumplidamente su acusación, damos y pronunciamos su intención por bien probada, y que los dichos defensores de la dicha memoria y fama del dicho Juan Francisco de Ulloa, no probaron cosa alguna que relevarle pudiese; en consecuencia de lo cual, debemos declarar y declaramos que el dicho Juan Francisco de Ulloa, el tiempo que vivió y murió haber perpetrado y cometido los delitos de herejía y apostasía de que fue acusado, y haber sido y muerto hereje apóstata, fautor y encubridor de herejes, excomulgado de excomunión mayor, y por tal lo declaramos y pronunciamos y dañamos su memoria y fama y declaramos su peculio ser confiscado, que aplicamos a quien por derecho toque y pertenezca, desde el día y tiempo que cometió los dichos delitos, cuya declaración en nós reservamos; y mandamos que el día del auto sea sacada al cadalso una estatua que represente su persona, con una coroza de condenado y con un sambenito, que por la una parte de él tenga las insignias de condenado, y por la otra un letrero del nombre del dicho Juan Francisco de Ulloa, la cual, después de ser leída públicamente esta nuestra sentencia, sea entregada a la justicia y brazo seglar, y sus huesos sean desenterrados, pudiendo ser discernidos de los otros de los fieles cristianos, de cualquier iglesia, monasterio, cementerio o lugar sagrado donde estuvieren, y entregados a la dicha justicia para que sean quemados públicamente, en detestación de tan graves y tan grandes delitos, y quitar y raer cualquier título, si lo tuviere, puesto sobre su sepultura, o armas, si estuvieren puestas o pintadas en alguna parte, por manera que no quede memoria del dicho padre Juan Francisco de Ulloa sobre la haz de la tierra. Y para que mejor quede en la memoria de los vivientes, mandamos que el dicho sambenito, con las insignias y letrero de condenado, sea puesto en las catedrales de esta ciudad y la de Santiago de Chile, donde esté perpetuamente. Y por esta nuestra sentencia definitiva juzgando, así lo pronunciamos y mandamos en estos escritos y por ellos. -Licenciado don Diego de Unda. -Maestro don Dionisio Granado».

Fueron los elegidos por la Compañía de Jesús para defender la memoria de Ulloa, los padres Joaquín de Villarreal, persona bastante conocida en la historia de Chile, que presentó para el caso un largo escrito, y Fermín de Irisarri, que, por su parte, contrajo su defensa a dos puntos capitales; primero, que por no tratarse de un hereje formal no podía seguirse causa a Ulloa, estando ya muerto, y, segundo, que en vista de la opinión de los graves autores que citaba y de los argumentos que hacía valer, la acusación carecía en absoluto de base.

Cualquiera que sea la importancia de estos escritos están, sin embargo, muy lejos de revestir la que corresponde a un documento emanado del mismo Irisarri en que da cuenta al padre Gabriel Bermúdez de los procedimientos de que se valieron los inquisidores de Lima para condenar a Ulloa. Por no extendernos demasiado, nos limitaremos a copiar los párrafos que siguen:

«Fui defensor del difunto y me dieron a defender más de ciento sesenta proposiciones, a que procuré dar sentido católico, sacando las más de ellas en palabras formales de santos padres, doctores místicos e intérpretes de la Sagrada Escritura. Si esto lo conseguí felizmente, no lo puedo decir, porque siendo tan poco o ninguno mi caudal, supongo que erré en todo y que no satisface a proposición alguna; pero, aún esto supuesto, digo que la sentencia dada nació de un celo arrebatado y que nada se probó contra el padre difunto, como reconocerá Vuestra Reverencia por los pasos siguientes.

»Llegose la publicación de testigos, y en ella conocí que se había trabajado en vano, porque no había prueba alguna de que las más arduas proposiciones hubiesen sido enseñadas por el difunto. Fue el caso que habiendo muerto el padre Juan Francisco de Ulloa con fama de santo y venerado de todos, porque su vida fue muy ejemplar, sin que hubiese sido en vida notado o denunciado al Santo Oficio, quedaron tres hombres seculares hijos suyos de espíritu, de los cuales el uno muy poco después perdió el juicio, y esto fue tan inmediatamente, que se persuadieron en Chile a que el pesar de la muerte del padre le había turbado el entendimiento. Este tenía, entre otros temas, el decir que el espíritu de su padre difunto se había infundido o pasado a él, y que hasta que lo comunicase a otro no había de morir. Decía que tenía revelaciones, y últimamente dijo tantos dislates, que se hizo el entretenimiento de la ciudad y le seguían los muchachos, como a loco, para hacer burla de él. Los otros dos eran un Solís y un Ubau; éste último, hombre de juicio y de mucho respeto en Chile; pero el Solís, al parecer, de afectada virtud, y se quiso introducir después de muerto el padre Ulloa, a padre espiritual de los otros. En este estado estaban cuando otro padre de nuestra Compañía se quiso hacer capaz del espíritu de estos hombres, y habiéndoles oído que el camino que ellos llevaban era el de la abnegación, y que su modo de oración era ponerse como unos troncos o cuerpos muertos en presencia de Dios, sin averiguar qué modo de abnegación seguían, si la que Cristo manda en su Evangelio o la que perversamente quiso Molinos introducir, sin inquirir como entendían el ponerse en la oración como cuerpos muertos, si era con la muerte que quería Molinos o con aquella que nuestro Santo Padre pide en sus obedientes y que se halla en los resignados para no repugnar o los trabajos, o las fatigas, ni apetecer consuelos, etc.; lo que después Ubau dijo y declaró en la Inquisición, diciendo que en este sentido la decía y enseñaba el padre Ulloa que se pusiese en la oración, como un tronco. El dicho padre de nuestra Compañía, queriendo, como he dicho, examinar estos espíritus, escribió un papel a cada uno de los tres, con las mismas palabras, fingiendo que se hallaba en ejercicios y que les consultaba algunos sentimientos que se le habían ofrecido, para que ellos le diesen su parecer, como tan ejercitados en puntos místicos. Para escribir estos sentimientos, confiesa él mismo en la delación que hizo al Santo Tribunal, que se guió por el libro de la concordia del padre Señeri, y que fue entresacando algunas proposiciones de Molinos, fingiendo que eran dictámenes suyos, que fue lo mismo que armar las redes para que tres hombres laicos cayesen en ellas, como sucedió, porque todos tres aprobaron a su padre de espíritu nuevo cuantas proposiciones les escribió, lo que pudo ser, o de cortedad por no atreverse a reprobar en un hombre docto y de quien se profesaban discípulos, los que vendía por propios sentimientos, o porque no alcanzó su ignorancia más. Todas estas proposiciones cargó el señor fiscal de la Inquisición contra el difunto padre Ulloa, sin más prueba que haberlas aprobado unos hombres iliteratos, después de muerto dicho padre Ulloa, que no se por qué ha de ser culpado en lo que pudieron errar los discípulos después de muerto él. Y hago la reflexión siguiente: ni el nuevo confesor les preguntó a estos tres hombres si el padre Ulloa les había enseñado aquellas proposiciones, ni ellos, al aprobarlas, dijeron que el padre Ulloa se las había enseñado. ¿Pues con qué verdad o razón se le acusa de que las enseñaba? Pudiera presumirse haberlas enseñado, es verdad; pero también se puede presumir que sin habérselas enseñado el padre Ulloa, ellos las tuvieran por buenas, porque se las vendió el nuevo maestro como dictámenes suyos. Pudiendo ser, pues, uno u otro ¿con qué razón se pasa a dar por cierto que el padre Ulloa se las enseñó? y mucho más ¿con qué razón se pasa con este sólo fundamento a condenar al padre por hereje? Porque algunos discípulos de los apóstoles fueron herejes, ¿sería justo inferir que la doctrina que enseñaron la aprendieron de los apóstoles? No, por cierto. Lo que se puede inferir es que porque se apartaron de lo que los apóstoles les enseñaron fueron herejes. ¡Vea vuestra reverencia toda la culpa del padre Ulloa, haber dicho tres hijos suyos de confesión, y entre ellos uno loco, que las proposiciones que un hombre docto les consultó como propios dictámenes y sentimientos, eran buenas!

»También fue acusado el padre Ulloa de las proposiciones contenidas en tres pláticas, dos sermones propios y otros dos literalmente [544] traducidos, el uno de Taulero y el otro de San Enrique Sursón, que está en las obras del mismo Taulero. Los traslados de estos papeles eran de letra de dos de estos discípulos, que dijeron haberlos trasladado de los originales. Y siendo reos procesados en el Santo Tribunal estos discípulos, y contando en el Tribunal que después de la muerte del padre quisieron introducirse a maestros y alegar cada uno que él tenía mejor entendida la doctrina de su maestro difunto, ¿no es muy verosímil que mudasen palabras en dichos papeles? pues no sería la primera vez que algunos, por dar color a sus doctrinas, adulteraran los escritos de los Santos Padres, y aún de las Sagradas Escrituras. Pues este Santo Tribunal de Lima, sin haber hecho más diligencia que haber dicho dos reos, después de muerto el padre Ulloa, que aquellos papeles los habían trasladado de los del padre Ulloa, fueron bastantes para que fuese condenado por hereje formal el dicho padre Ulloa. Representose a este Santo Tribunal la diligencia que debe hacerse para condenar por escritos a alguno, que es averiguar con testigos jurados si los papeles que se presentan los vieron escribir o se los oyeron dictar, trayendo la doctrina de Carena, Castro, Palao, Marcardo, Farinasio, Bordón, In praxi criminali, etc., y que pide todo derecho y la razón; porque si a dos hombres prendiese el Tribunal y les hallase algunos papeles que contenían herejías, con que ellos dijesen haberlos trasladado de otro, que por estar difunto no los podía desmentir, no bastaría para que fuese condenado dicho difunto, alias que el pobre muerto descansaba en su sepultura, sin temor de que sus huesos podrían ser quemados algún día. Pues no se hizo más prueba sobre estos escritos, y no habiéndola ni para los dichos escritos ni para las demás proposiciones sueltas, vea vuestra reverencia cómo fue condenada la memoria de dicho padre Ulloa, y si estuvo muy cruel contra nosotros la piadosa justicia de este rectísimo Tribunal que tiene por blasón la espada acompañada de la oliva.

»Más, demos caso que se hubiese probado ser dichas pláticas del difunto. Hubo en su calificación mucho desbarato, porque, lo primero, se le calificaron algunas proposiciones, que son como los primeros principios entre los místicos, de que en mi defensa hice demonstración; pondré una u otra que aquí ocurren a la pluma. Que la paz y sosiego es señal de buen espíritu, como, al contrario, la turbulencia e inquietud señal de mal espíritu. Esta proposición que trae, entre muchos, nuestro Santo Padre en las notas de sus ejercicios, se la calificaron al padre Ulloa. Otra, que no aprovecha mucho la oración sin la mortificación, también la calificaron ésta, no habiendo visto ni el tratado del padre Alonso Rodríguez, ni a Santa Teresa de Jesús, ni a otros muchos que dicen era adagio común entre los Santos Padres: la oración sin la mortificación es ilusión. Dejo otras muchas de esta especie. Lo peor es que en muchas partes se pone lo contradictorio de lo que está en los dos traslados, que no hay más por donde pudiesen los calificadores haber errado. Dice en una plática: en esta oración no hay revelaciones ni especiales consuelos; virtudes sólidas sí. Hablaba de la oración del publicano del Evangelio, que es la de los incipientes o de la vía purgativa. Y le calificaron dicha proposición aguzándosela de esta suerte, en tal parte dice; que en esta oración no hay revelaciones, etc., ni virtudes sólidas. Vea vuestra reverencia si es lo mismo decir virtudes sólidas sí, que decir ni virtudes sólidas. En otras partes la calificaron dejando lo inmediato antecedente y quitándole todo el sentido. Empieza un acápite preguntando si las mortificaciones exteriores, como los ayunos, cilicios, disciplinas, etc., serán buena disposición para recibir la eucaristía. Responde el padre: sí, que muchos santos se dispusieron de esta suerte para recibirla. Y añade inmediatamente: pero si esas penitencias exteriores no se juntan con la interior, si no se mortifican las pasiones, no. Aquí se le acusa al padre diciendo enseña en tal número de esta plática que las mortificaciones exteriores no son buena disposición para recibir la eucaristía. Vea vuestra reverencia que calificación tan sin justicia. Últimamente añadiré una sola más, de que se ha de maravillar vuestra reverencia. Dícese en una plática de éstas que para que nuestra parte inferior, que son nuestros apetitos, se sujete a la parte superior, que es nuestro espíritu, es necesario que este espíritu esté sujeto a Dios; dice para esto unas palabras de San Agustín, en que se contiene esta certísima doctrina, y, prosiguiendo en ella, remata un acápite diciendo que nuestra parte inferior o concupiscible se sujeta al espíritu si nuestra voluntad esta sujeta a Dios. Para calificar esta proposición se quitó el fin de ella y se añadió una letra antes, porque se la acusaron así; nuestra parte inferior, etc., se sujeta al espíritu sin nuestra voluntad. Vea vuestra reverencia; donde pone la plática un si hipotético se le pone un sin exclusivo, con que niega la cooperación de nuestra voluntad, y se quitan las últimas palabras, porque el sin que pusieron no hace con ellas buen sonido. Dejo otros reparos de esta especie. En las otras proposiciones de estas mismas pláticas y sermones no hay alguna proposición que no admita sentido católico, y la razón de haberlas censurado pudo ser la oscura explicación con que hablaba el difunto. Últimamente, no hubo proposición alguna contra los principales misterios de nuestra santa fe y en que no pudiera haber caído un hombre como lo fue el padre Juan Francisco de Ulloa, a quien recibieron en nuestra Compañía después de clérigo-sacerdote, para coadjutor espiritual, sin que antes ni después cursase facultad alguna, porque fue puro gramático, y aún dicen que muy mal gramático. De que se sigue que no probándose pertinacia en ninguno de los errores de que pudo ser acusado, debieron éstos atribuirse a su suma ignorancia; y más cuando el padre vivió y murió en opinión de santo, haciendo una vida muy ejemplar, de que deponen todos los veinte testigos de su proceso; que después de muerto se veneró su sangre y otras alhajas suyas como reliquias por muchas personas; que murió recibidos todos los sacramentos y repitiendo fervorosos actos de fe, esperanza y caridad. ¿Y a este hombre le quemaron por hereje? ¿Quién apreciará en estas partes nuestros ministerios? ¿Qué dirán los católicos, aún de los sujetos más ejemplares de la Compañía de Jesús? ¿Qué dirán los infieles que nos cercan, y muchos de ellos vienen de paz a comerciar en algunas ciudades de este reino, y también del de Chile, cuando oigan que aquellos padres que les predican y a costa de sudor y trabajos penetran a sus tierras, predican tal doctrina que los jueces de la santa fe queman sus huesos y relajan al brazo secular, porque es errónea, falsa y herética su doctrina? Todo esto representé en mi defensa con el ejemplo del abad Joachín, que, siendo docto y habiendo errado en punto tan principal de la fe, como la unicidad de la divina esencia, atendiendo el pontífice Honorio al fruto de los ministerios del monasterio Florense, de que fue fundador, declaró por católico al abad, y condenó su doctrina a este respecto al dicho monasterio; lo expresa el Papa en su misma bula. Pues, (¡válgame Dios!) una religión de que está lleno el mundo, no moverá más a atenderla que un solo monasterio? Dejo ponderaciones que vuestra reverencia hará mejor que yo, y paso a la conclusión de este punto.

»Al tiempo que se hallaba en este estado, de muy grande consuelo, porque nada había probado en más de catorce años de inquisición contra la memoria de nuestro difunto, vino a esta ciudad por inquisidor fiscal el señor don Diego de Unda, quien entró blasonando de mucho amor a la Compañía de Jesús, aunque después acá hemos sabido las no buenas ausencias que debemos a Su Señoría, quien ha dicho en varias conversaciones de seculares que San Francisco Javier no fue jesuita sino un clérigo de la congregación de propaganda fide; y también ha contado aquellas fabulillas del vulgo, de mover la cabeza al muerto para heredarlo, en prueba de nuestra codicia. Como su señoría entró con tan grande amor en los labios, le procuramos corresponder con aquellos obsequios de pascua, días de su santo, visitas de enfermedades y algunas más, que arguyen correspondencia en el afecto, más que política. Pues este caballero, al mes que hizo un año de su entrada en esta ciudad, ya nos tuvo quemado un jesuita, sin prueba alguna suficiente para tan dura demonstración, pues no sólo faltaron pruebas, luce meridiana clariores, como se requiere para declarar por hereje a alguno, y más si este es difunto, pero aún faltaron pruebas para menor castigo en cualquiera que estuviese vivo. El caso fue que entró su señoría a esta ciudad, pareciéndole que lo había de remediarlo todo. Juntose con el señor don Cristóbal Calderón, inquisidor también, y que fue fiscal en la causa de nuestro difunto. El señor don Cristóbal es demasiadamente ardiente, poco afecto a la Compañía, que ha querido siempre atropellar al señor don Gaspar Ibáñez, que es el inquisidor más antiguo, sujeto de gran veneración, madurez, virtud, juicio, y en puntos del Santo Tribunal, insigne por la mucha práctica y estudio, pues aún ha traducido varios libros pertenecientes a la práctica del Santo Oficio, impresos en italiano, de que yo soy testigo instrumental, pues lo que su señoría no podía ajustar revolviendo el vocabulario italiano, lo confería conmigo, por lo que en Roma se me pudo pegar de este idioma. Juntándose, pues, ahora el señor don Diego de Unda con el señor don Cristóbal Calderón, mancomunados a mortificarnos y hacer alarde de su celo, determinaron que el señor don Diego hiciese tribunal aparte, abandonando al señor don Gaspar Ibáñez y al reverendo padre maestro fray Francisco Galdames, exprovincial del orden militar de Nuestra Señora de las Mercedes, catedrático de Prima jubilado en esta Real Universidad, sujeto de grande religión, madurez y literatura, que es actualmente juez ordinario en el Santo Tribunal, por nominación del Ilustrísimo señor don Francisco Antonio Escandon, arzobispo de esta diócesis, en cuyo lugar, propria autoritate, sustituyó el señor don Diego al maestro don Dionisio Granado, cura del puerto del Callao, y aunque hombre santo, muy opuesto a la Compañía, de quien se dice muchos tiempos ha y blasona de haberle enviado Dios al mundo para azote de los jesuitas, y nos los dio muy buenos en tiempo que el señor don Melchor de Liñán y Cisneros fue Arzobispo de Lima, porque estaba a su lado, ya como familiar de mucha confianza, ya como secretario de su Ilustrísima, y siempre le instigó a que se opusiese a nuestros privilegios y nos hiciese algunos desaires. De manera que si el señor don Diego de Unda da parte (como debía) del nuevo juez que entraba para esta causa al padre procurador de ella o al abogado y defensor, lo hubieran recusado al punto; mas, como era su intento hacer secreto el caso y salirse con quemar al difunto, a las diez de la noche envió un propio al Callao con un papel eficacísimo, en que llamaba a dicho señor don Dionisio, ordenándole y rogándole que el día siguiente se viniese sin excusa alguna. Vino, y entre los dos y los consultores, que escogió a su arbitrio el mismo señor Unda, fulminaron tan terrible sentencia, y lo peor es que la ejecutaron sin haber dado parte antes a ese Supremo Tribunal, como deben hacerlo los tribunales inferiores en el caso de relajación.

»Ahora, ¿por qué excluyeron al señor don Gaspar, el más antiguo y sabio inquisidor, y al ordinario reverendo padre Galdames? El señor Unda lo dirá alla; pero debe notarse que el señor don Gaspar y el reverendo padre maestro firmaron todas las sentencias antecedentes de este mismo auto, y sólo se hallaron ineptos para lo que tocaba al padre Ulloa! El sufrimiento, la modestia y tolerancia del señor don Gaspar han de llamar insensatez. ¿Por qué calla si le dan bofetadas y sufre con paciencia, se ha de atropellar de esta suerte? Esto lo ponderara mejor que yo vuestra reverencia. A tanto llegó el empeño de condenar la memoria del padre Ulloa, faltando esos señores, no solamente a la sustancia y a los ápices del derecho en muchas cosas, sino también al secreto inviolable que se debe guardar en estas materias, pues muchos días, que me parece llegaron a un mes, ya se sabía en la ciudad que quemaban a un padre de la Compañía, y ya se leía en las paredes de este colegio, escrita con carbón, repetidamente esta palabra: «Herejes»; ya se leía en algunas partes esta sátira: «A un teatino que queman, y todos merecen que los quemen». Con esta noticia que corría, tenía el padre Procurador de esta causa prevenido un escrito en que decía de nulidad de la sentencia y apelaba al Supremo Consejo de esa corte, donde por el dicho Supremo Tribunal se vería esta causa con menos pasión y más madurez. Mas, no quisieron los señores Unda y Calderón darnos este consuelo, porque faltaron a la práctica de intimar la sentencia a la parte y el día del auto sacaron la estatua con un sobrescripto tan grande que me aseguró persona de verdad lo pudo leer desde un balcón, de donde no pudo leer los de las otras estatuas que acompañaban la de nuestro desgraciado difunto; sacáronle con sotana y coroza, y le quemaron con la misma sotana; a que se añade que habiendo salido por delitos menores dos legos, uno de Santo Domingo y otro de San Francisco, en persona, no pudiendo negar del domínico la profesión, por haber sido público en la ciudad que era maestro de brujas y que asistía a todas sus juntas, desde que lo prendieron se dijo de éste, Fulano de tal, expulso de la religión de Santo Domingo, y llamaron expulso al que prendieron en el mismo convento. Al franciscano le dijeron, Fulano de tal, profeso de cierta religión, que se calla por justos respetos. De manera que para todos hubo respetos, y para la Compañía tanto cuidado en infamarla, que se dijo aún antes del auto que habiendo el sastre que hizo la sotana para la estatua puesto algo estrecho el cuello, le mandaron que lo ensanchase y enmendase para que fuese conocido a la primera vista aún de los que no sabían leer.

»Últimamente donde los que manejamos por de dentro esta causa pudimos reconocer el empeño de estos señores y que se hallaron faltos de pruebas para lo que ejecutaron, fue la sentencia que se leyó en el teatro público. No la oí, porque amanecí ese día medio muerto; pero, informado por algunos, dicen haberse dicho que habiéndole al difunto el señor Obispo de Chile quitado que confesase monjas, porque las tenía pervertidas con su [550] falsa doctrina, las instruía por medio de papeles. Tal acusación no está en el proceso, ni en los cargos que le hizo el señor fiscal y se dieron para la defensa, ni en la publicación de testigos. Pues, ¿de dónde salió este cargo ahora? Direlo; cuando en Lima corrió que quemaban la estatua del padre Ulloa, cierto caballero que estuvo en Chile, dijo que tenía alguna especie de haber oído en Chile que el señor Obispo, que lo era entonces el señor Romero, le había quitado a este Padre la licencia para que confesase monjas. Esto, pues, que se dijo en dubitación, y después que su señoría dio sentencia contra el padre Ulloa, se puso al publicar dicha sentencia, para dorarla, como motivo antecedente y como acusación antes hecha. Pudo haber inconveniente en que el padre difunto confesase algunas monjas, más, esta no es prueba de que sembrase falsas doctrinas, alias le hubiera quitado su Ilustrísima la facultad para confesar seculares, sino es que sea permitido sembrar falsas doctrinas entre estos. Ahora, ¿y de dónde infirieron estos señores que, prohibido al difunto de ir a las monjas, las instruía por medio de papeles? Nadie le acusó de esto; pero tuvieron los señores entre los materiales de la acusación un papel que se decía ser del padre difunto, a una hija espiritual, que debió de ser monja, y lo escribió en ocasión de hacer ausencia de la ciudad, en que le daba algunos consejos. Pues dicen los señores: ¿papel tenemos del padre a una monja? Ya podemos decir que no pudiendo ir en persona por habérselo prohibido, instruía a las monjas con papeles! De manera que aquella monja pasó a ser muchas, y un papel a ser muchos papeles. Mas, léase el papel y se verá que dice el padre en él a esta mujer o monja, que observe lo que en él le manda, añadiendo esta cláusula: «hasta que nos veamos», de que se arguye que no escribía los papeles, como se dijo, por no poderse ver con la dicha señora, sino por la ausencia que hacia de la ciudad. No me parece que hay mucho Dios en este cargo.

»Añadiose, por último, que murió impenitente y que antes de morir llamó a los sujetos graves, a quienes exhortó que enseñasen sus falsos dogmas. Tal acusación nunca se hizo; consto que el padre Ulloa murió recibidos los sacramentos, de que informó su rector y otros del colegio en que murió, y que hizo muchos actos de fe, esperanza y caridad. Tales personas graves encargadas a promover las doctrinas del padre, no se hallan. Lo que se dijo y no se probó, fue que antes de morir encargó a un padre grave de nuestra Compañía que se encargase de sus hijos espirituales; en lo cual, como dije en mi defensa, mostró el difunto la sinceridad de su ánimo y el deseo que tenía del bien espiritual de sus hijos, pues el padre a quien se decía haberlos encargado, era un padre docto y de los primeros de la provincia, que no seguía falsas doctrinas, y haberlos encargado a éste, antes parece que fue desear fuesen bien gobernados; mas, los señores que de una monja hicieron muchas, y de un papel muchos papeles, hicieron de ese padre dos padres, y por no quedar sólo en esto, añadieron que había insinuado el padre propagasen los dogmas que le atribuyen. ¡Dios nos dé su gracia!

»Brevemente añado, que de los discípulos del padre Ulloa, quemaron la estatua del loco, y a Solís le absolvieron en la estatua, leyéndole en la causa haber confesado que los errores de que fue procesado se los había enseñado el padre Ulloa. Y este testigo, dado que lo dijese, es único, es procesado, pudo decirlo después de muerto el padre por excusarse de las proposiciones de que le hicieron cargo; y, últimamente, en la publicación de testigos, en que supongo haber sido éste uno, no hay testigo que diga haberle enseñado el padre proposición que tenga solamente herético sentido, porque todas están fundadas en principios de místicos y doctrinas de Santos Padres. Dejo de decir extensamente lo que ha corrido en la ciudad, y no aseguro, y es que el padre Ulloa salió absuelto de la instancia en las consultas, a que asistieron los distintos ordinarios, y que el señor don Diego de Unda abrió nuevo juicio, post causam indicatam, mantuvo a los que votaron contra la memoria del padre, no llamó a los que votaron a favor, y en lugar de ellos llamó a dos hombres iliteratos, y fue la vez primera que pisaron la Inquisición, trajo un juez ordinario, nuestro adversario y mal afecto, y con esto se salió con la suya y dio gusto a su compañero el señor don Cristóbal Calderón. No les debimos la piedad de mandar que le quitasen a la estatua la sotana para quemarla; mandaron si, que se pusiese en esta Catedral de Lima y en la de Santiago de Chile, a la puerta de los judíos, el lienzo del difunto, entre llamas, con el sobrescripto correspondiente a la sentencia que le dieron de dogmatista, hereje, luterano, calvinista, molinista, etc.».

Pero no es sólo el padre Irisarri el que acusa a los jueces de la Inquisición de esos manejos en la causa de Ulloa. Oigamos a dos de los mismos inquisidores, don Pedro Antonio de Arenaza y don Mateo de Amusquíbar, cómo se expresaban a este respecto algunos años más tarde, hablando por incidencia del asunto.

«Entre las causas que se votaron, dice el primero, escribiendo al Consejo, en el año de 1736, fue la escabrosa del padre Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, para cuya decisión cometieron los inquisidores muchos desaciertos, en que manifestaron el particular encono con que procedían, como lo reconocerá Vuestra Alteza con la inspección de los autos originales. En la relación que de esta causa hizo a Vuestra Alteza el Tribunal, confiesa que por haber reconocido viciados los ánimos de los dos oidores que llamaron por jueces ordinarios y de los consultores teólogos, había resuelto en el día 20 de noviembre suspender la votación y solicitar por medio del virrey, Marqués de Villagarcía, que los oidores volviesen al antiguo ejercicio de las consultas. En el mismo día 20 por la tarde consiguió la extraña actividad de los inquisidores Calderón y Unda que el Virrey juntase, confiriese y resolviese con los oidores su asistencia para la mañana siguiente a la determinación de las causas.

»Los ministros reales enviaron al Tribunal en el día siguiente 21 a los dos oidores más antiguos... Habiendo salido del Tribunal los dos oidores, volvió a él el uno con el Presidente de la sala de alcaldes en el mismo día 21; y con esta precipitación votaron y determinaron una causa de tanta importancia como la del padre Ulloa».

«Estos excesos tan graves, (hablando de los cometidos en otros procesos) que parecen eran sin igual, continua Amusquíbar, no merecieron la prerrogativa de únicos, por los que cometieron mis colegas en la causa contra el padre Juan Francisco de Ulloa; y si Vuestra Alteza se sirve de cotejar lo dispuesto por las instrucciones y lo actuado en esta causa, no dudo que ha de crecer en el justificado y piadoso ánimo de Vuestra Alteza al último grado el escándalo con que dice estaba de ver los excesos cometidos en las otras causas y el deseo de poner el mas pronto remedio para atajarlas».

Habíase, en efecto, comenzado en ella por contravenir a instrucciones expresas, iniciándola contra la memoria del reo sin «tener entera probanza para lo condenar», como se ordenaba, y había, por fin, sido mandado relajar en estatua, según sabemos, no sólo con discordia en los votos, sino con pareceres para que fuera absuelta aquella, mediando únicamente el voto en contra del inquisidor Unda y de dos consultores: «de que resulta, terminaba Amusquíbar, de que duplicadamente contravinieron mis colegas a dicha instrucción, pues ya que no distinguieron si era o no esta causa de relajación, debieron, según la misma instrucción, ejecutar el voto de los más, que absolvieron al reo».

«Pero el gran celo del inquisidor Calderón, que había hecho de fiscal, para que no faltase al auto público que se había dispuesto esta tan especial solemnidad y sonada circunstancia, allanó todas estas dificultades, inventando nuevos modos de proceder en el Santo Oficio. Hizo que se volviese a votar la causa en grado de revista, sin haber interpuesto apelación o recurso alguno; y para no errar el tiro, llamaron para esta segunda votación a los dos consultores que en la primera estuvieron contra el reo; excluyeron a los dos que votaron en su favor, y también al ordinario, que ahora es Obispo de Guamanga, asistiendo como tal el cura del Callao, quien había dado censuras muy acres como calificador a los cuadernos de pláticas que se suponían ser del reo. No paró aquí su actividad. Dispuso que se votase en día feriado y en que el inquisidor Ibáñez se excusó de asistir, y que en lugar de los dos consultores excluidos hiciesen de tales el conde de las Torres, oidor de esta Real Audiencia, su estrecho amigo, y don Francisco Javier de Salazar, alcalde del crimen, de genio (según dicen) harto criminal. Todos los cuales habiéndose impuesto en autos tan difusos y dificultosos en el breve espacio de una mañana, votaron conformes la relajación...».

No estará de mas que apuntemos aquí algunos otros antecedentes que contribuyen a dar mucha luz sobre la vida y conducta pública y privada de los jueces que condenaron a Ulloa y sus compañeros. En efecto, si esto estaba ocurriendo con los presos del Tribunal, en los procesos civiles, Unda no asistía a fallarlos a causa de su gota, o por su ciega condescendencia con su colega, rara vez era juez más de en el nombre, de que nacían «varias monstruosidades y contradicciones», siendo no la menor el que contra órdenes expresas y recientes del Consejo, Calderón hacia prevalecer disposiciones suyas y aún su mero antojo.

No se observaban tampoco los mandatos superiores que regían en la admisión de los pretendientes a oficios, y se suspendía a expelía a los que los ejercían con legítimo título, como había acontecido con Jerónimo de la Torre, secretario de secuestros, y con otros.

Distribuían las dotes de los patronatos a personas tales «que unas no pueden nombrarse sin escándalo, otras acomodadas, incapaces o indignas, prefiriéndolas por sólo ser dependientes de algunos sujetos a quienes el inquisidor Calderón quería hacer este obsequio».

Las visitas de cárceles no se practicaban conforme a las instrucciones, notándose, además, en ellas abandono y excesos punibles.

Calderón había gastado más de cinco mil pesos en adornar sus habitaciones, y por haberse opuesto a que el receptor interino Juan Esteban Peña renovase su fianza, con la quiebra que hizo había sido el Tribunal defraudado en considerables sumas.

Las noticias que bajo este punto de vista llegaban al Consejo eran verdaderamente alarmantes. Se decía, en efecto, que el receptor Manuel de Ilarduy resultaba alcanzado en más de doscientos treinta mil pesos, y se añadía que en otros ramos, como eran «fisco, buenas memorias, reducciones de censos, se comprendían partidas de consideración de más alcance suyo».

Unda, que al partir de España en 1735 había recibido encargo especial de estudiar esta materia, informaba más tarde, al tomar posesión de su destino a principios del año siguiente, que en cuanto a la limpieza con que se administraban los caudales, sólo había notado un disgusto, nacido de que Sánchez Calderón instaba al receptor para que rindiese las cuentas que tenía a su cargo, depositando los alcances en arcas del Tribunal, y que por su oposición se había procedido a embargar sus bienes, diligencia que se suspendió en virtud de recado verbal de Ibáñez, que había hecho sospechar que estaba en colusión con él; mas, que al día siguiente cuando se trató de continuar el embargo, el receptor había ocultado una cantidad de plata entalegada y muchísima ropa de la tierra y de Castilla que tenía almacenada, encontrándose los alguaciles con sólo un platillo y las vinajeras del servicio de un oratorio.

No contento con este paso, Ilarduy sabiendo que el nuevo Inquisidor venía de camino, se escapó de Lima, saliéndole al encuentro en el pueblo de Guaura para ponderar los agravios que se le hacían, muy ajenos, según declaraba, a su fidelidad, cuidado y limpieza en la administración de los fondos que corrían a su cargo; añadiendo que se le estaba ya llamando por edictos y pregones y que sin duda se le pondría en prisión; todo deducido, a su juicio, de la enemistad que le profesaba Sánchez por «particulares pasiones». Asegurole allí el recién llegado, que, si como afirmaba, no había fraude ni colusión de por medio, se regresase tranquilamente a Lima, que él le garantizaba que no sólo no se le molestaría, sino que continuaría en el oficio siempre que sus cuentas apareciesen en debida forma. Vino en ello Ilarduy, y aunque tardó en llegar a Lima bastantes días y aunque en seguida pidió termino para la rendición de cuentas, al fin reintegró cincuenta y tantos mil pesos de alcances, tomándole Calderón, además de otras partidas de consideración, una escritura de más de setenta mil que a su favor le otorgara un Miguel Gómez de los Ríos, pariente inmediato de aquél, ascendiendo de esta manera el embargo a más de ciento sesenta mil pesos.

Unda había traído en su compañía a Ignacio de Irrazábal, en calidad de secretario del Secreto, que Ilarduy se llevó a vivir a su casa, captándoselo de tal manera, que hallándose de contador [556] del Tribunal, aprobó sin reparos una cuenta suya que después resultó plagada de vicios irresolubles; y, no contento con esto, se avanzó hasta ofrecer a Unda una crecida cantidad y cancelarle los préstamos que había contraído para gastos de su transporte, a condición de que autorizase su restitución al oficio, (y que al fin hubo de conseguirlo en España), siempre que otorgase fianzas competentes.

Con motivo de la manifiesta parcialidad de Irrazábal, éste fue igualmente separado del destino, como lo fue también Jerónimo de la Torre, otro de los secretarios, que había perdido públicamente el respeto al Tribunal, negándose a cumplir cierta orden que este le diera. Pero Calderón y Unda que tan severos se mostraban de esta manera, dejaron, sin embargo, en su puesto a Romo, el alcaide, compadre y amigo del receptor, a pesar de que se justificó que había facilitado a éste medios de introducir en el fuerte (nombre con que se designaba la caja del tesoro) parte de las cantidades que de él había sacado para sus negocios; guardándose muy bien los jueces de expresar en sus informes cuál era la causa de esta singular tolerancia hacia el cómplice del hombre contra quien de esa manera procedían. Mas, no les faltaba razón para ello.

Era Romo padre de dos muchachas llamadas Magdalena y Bartola. Cayó ésta en gracia a Calderón, y como habitaban el mismo edificio, se intimó tanto luego con ella que se la llevó a vivir a su lado, no sin que la joven le hiciese padre de varios hijos, tres de los cuales, que eran mujeres, hizo entrar de monjas en el convento de Santa Catalina, donde eran conocidas sólo por el nombre de las inquisidoras. Unda en llegado a Lima, conoció también a Magdalena, y como tenía por dentro de la casa y de las cárceles secretas comunicación con las habitaciones de la familia del alcaide, trabó luego relaciones con ella, con grandísimo descaro y nota pública, y como con esto diera en galán, no tardó tampoco en exhibirse con chupa de tisú, bien almidonada camisola, pañuelo bordado y encajes en la gorra y cuello».

Todos los que se habían visto así maltratados por los inquisidores, dirigieron sus esfuerzos a desunirlos, insinuando desde luego a Unda que públicamente se murmuraba de su miedo hacia el colega y de cuán ceñido se hallaba a sus resoluciones, sin aprecio por esto en la opinión, que lo pintaba como si viviese metido debajo de una mesa. Pero tales empeños debían, por esta parte, resultar vanos, ligados como se hallaban los jueces del Santo Oficio por tan estrechos lazos de familia...

La vida que ambos llevaban se había hecho tan pública que el fiscal Amusquíbar lo supo viniendo de camino, y como si aquello no fuese aún bastante, era notorio a todos que Unda se dejaba corromper con dádivas en la administración de justicia, y que Calderón comerciaba por mar y tierra, bajo el nombre de un capellán suyo, y con tal usura, que sólo en el año de 1739 había remitido a España ochenta mil pesos. Este mismo tráfico, para el cual se habían sustraído de la caja del Tribunal los fondos necesarios (que se devolvieron a tiempo) le había proporcionado también hacerse dueño de una valiosa propiedad a las puertas de Lima.

Mientras llega el caso de que sepamos cómo fue recibida y apreciada en el Consejo de Inquisición la desorganizada y criminal conducta de los jueces de Lima, veamos lo que éstos hicieron para dar cima al cúmulo de injusticias y atrocidades que venían ejecutando en estas causas desde hacía ya, ¡horroriza decirlo! más de un cuarto de siglo. No les bastaba aún haber torturado a sus víctimas en las cárceles hasta hacerles perder la razón o asesinarlos poco a poco, sino que era necesario todavía exhumar sus huesos y llevarlos a la hoguera del auto de fe.

Cedemos la palabra al bombástico historiador de la ceremonia, don Pedro José Bermúdez de la Torre y Solier, alguacil mayor de la Real Audiencia de aquella ciudad, que en pomposo y rebuscado lenguaje hace de la manera siguiente la «descripción del teatro».

«Por mas que la heroica fatiga de la Fama hiciese resonar en sus clarines el eco de las voces que oyó esparcidas en los teatros, y aunque de sus plausibles fábricas, elevadas en las veloces plumas de sus alas, trasladase a su templo muchas copias tiradas en la tabla de la memoria de los que en temporaria suntuosa arquitectura hicieron ser peso a la tierra y embarazo al aire, Marcelo, Escauro, Curión, Lucio y Pompeyo, quedó limitado y ceñido su empeño al cuidado de que ocupase toda su extensión, ofrecido el rumor de la alabanza a la magnificencia de la obra, dejando sólo a sus autores la gloria material de sus aplausos, sin la de haber acreditado la elevación de sus ingenios en la idea, planta, montea y ejecución de tan sublimes edificios, porque ésta sólo se emplease dignamente en la inmortalidad del nombre del señor doctor don Cristóbal Sánchez Calderón, inquisidor apostólico desta ciudad que, hallándose por tiempo de dos años en el turno del despacho del Santo Tribunal, donde pudiera verse con razón aclamado de Virgilio por firme Atlante que sostiene en sus hombros el cielo, a quien dan luz ardientes astros, y aplaudido de Claudino, ponderando que excede en prudencia, dictamen y consejo a cuantos hombres grandes ha producido el orbe, y (como a su Teodosio se lo decía Pacato) al modo que el cielo se mueve con perpetuo indeficiente giro, el mar niega a sus ondas el sosiego, y el sol a sus tareas el descanso, así, aplicando este claro activo luminar de la sagrada esfera de la fe, adornado del esplendor de todas las virtudes, las de su fortaleza, piedad, justicia, sabiduría y constancia, a la más pronta y fácil providencia, ejercita en acertados expedientes de continuos negocios sus infatigables desvelos. Y porque en su admirable comprensión y elevada capacidad se viese como nueva maravilla al mismo Atlante fabricar la esfera, y pudiese repetir Estacio que asistió el Numen a erigir el templo, delineó su delicado ingenio la fábrica del teatro, eligió la comodidad del sitio y aplicó la hermosura del adorno, y sin valerse de socorros del tiempo, logró la perfección de la obra con prontitudes de una celeridad a cuya vista pudo parecer tarda aún la velocidad del pensamiento, porque a la inspiración de su presencia aún el fatigado sudor de las frentes fue en el copioso número de artífices rendida actividad del afecto y no violenta extorsión del trabajo, debiendo las manos nuevas infusa ligereza a sus influjos.

»Con tan faustos auspicios pasó la artificiosa máquina a ocupar la región de los asombros y a declarar a la firmeza por la más noble calidad de la hermosura.

»La descripción de la plaza mayor de esta ciudad se omite ahora por haber sido antes su pintura noble empleo a diestras líneas de diligentes delicadas plumas. Está situada en un perfecto cuadro, y en su centro y sus ángulos ofreció a esta función todos sus términos y adornos, pues el maravilloso surtidor de su admirable fuente se aplicó a llevar en la misma alegre risa de sus aguas, que suben a formar blandas lluvias, hechas las lágrimas para llorar humanas caídas. La estatua de la Fama cedió alas y clarín a la memoria. Los leones y las sierpes se hicieron hieroglíficos de la brutalidad de las culpas que se habían de expresar en las causas. El gran templo acusaba la oposición al culto en los que a Dios negaron el obsequio. Los palacios juraban reina a la fe. Las torres fortalecían su elevación. Las galerías consagraban a su imagen sus espacios. Los arcos eran señas de sus triunfos. Los pórticos daban paso a sus trofeos. Y las columnas, simbolizando su firmeza, acreditaban su constancia.

»La planta del teatro constaba de doscientos y cuatro pies, de longitud, y ciento y dos de latitud, formando un paralelogramo rectángulo, cuya planicie contenía veinte mil ochocientos y ocho pies cuadrados planos superficiales, que comprendían toda su extensión, habiendo sido la del primer plano de ciento y cincuenta pies de longitud y cuarenta y ocho de latitud, que hicieron siete mil y doscientos pies cuadrados. Y fuera de este plano se formó otro tablado superior en la extendida y espaciosa galería de las casas de Cabildo para asiento de las señoras, y se componía de ciento y dos pies de longitud y dieciocho de latitud, con cinco gradas de alto, cuya extensión contenía mil ochocientos y treinta y seis pies cuadrados, que con los mencionados en la suma del plano inferior, hacían en el todo veintidós mil seiscientos y cuarenta pies cuadrados. Y por evitar prolijidad, se dejan de reducir a mensura los que se pudieran calcular de las diagonales de las gradas levantadas en todos los tablados, que para los asientos de las religiones, colegios y familias de ministros del Santo Oficio, se enlazaban al principal, de cuyo plano salían veinte y siete pies por cada uno de los cuatro lados del paralelogramo referido.

»Daban paso y entrada al espacioso teatro dos puertas de dilatada capacidad, por cuyos claros entrase sin opresión y con descanso todo el autorizado acompañamiento. Miraba una al oriente y otra al mediodía; y la subida a ocupar el firme y adornado pavimento, se hacía por dos extendidas y anchas escaleras principales y por otras ocultas y menores, cuyo paso franqueaban otras dieciséis puertas que caían a la plaza y servían para subir a los tablados accesorios, además de la grande escalera de las casas y galerías de Cabildo en que estaban dispuestos y elevados en sus gradas los asientos para las señoras que desde allí, multiplicando al día más lucientes auroras, ejercitaron en una misma acción la vista, la hermosura y la modestia, pues solamente con inclinar los ojos esparcían al suelo flores de luz que esmaltasen el teatro.

»Enfrente de la puerta que miraba al mediodía se erigió el alto solio en que, iluminando la excelsa sombra del sublime dosel, había de ocupar el excelentísimo señor Marqués de Villagarcía, virrey de estos reinos, sentado en medio de los dos señores inquisidores don Gaspar Ibáñez de Peralta y don Cristóbal Sánchez Calderón, más lustroso lugar que el que aspiró a obtener el desvanecido Cosroes, monarca de los persas, en aquella artificiosa máquina que hizo fabricar su soberbia para embeleso de la admiración, siendo su forma un imitado cielo en cuyo luminoso espacio brillaban las celestes imágenes, resplandecían las constelaciones, engañaban los ojos y los oídos los rayos y los truenos, y en medio de las luces y los ángeles se ostentaba el mismo respetuoso Príncipe, atento a todo, con visos y esplendor de humano numen.

»Seguíanse los asientos de la Real Audiencia en sillas que corrían dando la diestra al occidente y remataban con las del Tribunal Mayor de Cuentas, y a la siniestra las bancas del Cabildo de la ciudad, que llegaban hasta la puerta que caía hacia el oriente y miraban a los asientos que se pusieron para la Real Universidad, para el Colegio Real y mayor de San Felipe y para el capitán de la compañía de infantería que asiste a la guarda del palacio de su excelencia.

»Al siniestro lado de la entrada de la puerta que miraba al mediodía, se colocó el altar, púlpito y bancos para los ministros del Santo Tribunal, y asimismo el espacioso cadalso cubierto de luto para lúgubre asiento de los reos, con tránsito y paso a la tarima en que asentaba la jaula de verjas con sus gradillas para que subiesen y entrasen a oír en pie sus causas y sentencias.

»Delante del altar en que había de fijarse la Cruz Verde, cubierta de negro velo, se colocó al lado de la epístola un bufete con rico terliz de brocato de oro para que se pusiese en él la arquilla en que se habían de traer las causas, y a la cabecera del bufete, la silla para el señor inquisidor fiscal don Diego de Unda, luciente, nítida onda de las puras, risueñas, claras fuentes de la fe, la piedad y la justicia.

»A la frente de las casas de Cabildo, que dan la vista al oriente, se señalaron lugares a los caballeros comisarios de la repartición de los asientos.

»En la parte inferior de los tablados se formaron diferentes apartamientos, a cuyas divisiones y espacios, distintos del que se fabricó para decente recogimiento del sagrado elocuente orador, se bajaba por acomodados escotillones, por donde pudiesen los que se hallasen con alguna fatiga, pasar con seguro sosiego a conseguir proporcionado alivio.

»Delante de las sillas de los señores de la Real Audiencia, tuvieron prevenido, autorizado lugar, las señoras de sus regias familias, y otras que siguiesen la luz de sus estrellas.

»En el espacio y ámbito de los veintisiete pies que salían afuera del plano principal por los cuatro lados de toda su extensión, se corrieron otras líneas, en que se formó otro segundo plano, quedando pie y medio más alto que el primero; y por estas líneas corrió la balaustrada que componía vistosos corredores de curiosa labor salomónica. Y del término de los nueve pies correspondientes al complemento de los veintisiete, se tiraron las líneas diagonales de alfardas, que, enlazándose por diferentes partes de su longitud, sostenían la arquitectura y trabazón de los tablados.

»Por el respaldo de la colgadura del dosel corría el pasadizo que se abrió para entrar a la galería de palacio, formándose sobre la firmeza de dos gruesas alfardas o grandes cuartones de treinta y seis pies de longitud y nueve de latitud; y para su estructura se corto un paño, que ocupaba el espacio de tres celosías de la misma dilatada y hermosa galería, que por distintas escaleras se comunica con las salas de la Real Audiencia. Y todo su ámbito y el de los corredores del pasadizo se adornaron de vistosas tapicerías, ricas colgaduras de terciopelos y damascos carmesíes y finas matizadas alfombras, dejando por debajo, entre el principal plano y la balconería de palacio, una anchurosa calle que permitía pasar sin dificultad las carrozas y marchar sin opresión formadas unas y otras compañías.

»Al diestro lado de este pasadizo corrían los tablados dispuestos para las santas religiones de los dos sagrados atlantes de la Iglesia y del mundo, Santo Domingo y San Francisco. De una y otra ponderó dignamente el Sumo Pontífice Gregorio X en el concilio celebrado en León de Francia, que la evidente utilidad que de las dos había provenido a la Iglesia era la mejor aprobación de sus insignes institutos.

»En tablado inmediato al de la religión del serafín humano, se destino el lugar a la del gran padre San Agustín, que, siendo a un tiempo sol, águila y fénix, remontó luces, plumas y llamas hasta donde llegan la elevación, el vuelo y la ciencia de los iluminados querubines en la sublime esfera de los divinos rayos, de que desean las celestiales, puras inteligencias, ver los claros espléndidos reflejos.

»Delante de los arcos y corredores de las casas de Cabildo se formó el tablado que había de transformar en monte Líbano, o en Vía Láctea, el candor del sagrado hábito que visten como ángeles los hijos de María Santísima en su ilustre, Real y Militar orden de la Merced, y fue la misma luciente gala que vistió en el Tabor el día de su mayor gloria el Redemptor Divino, para que después fuese ínclita divisa de esta celestial religión de redemptores mercedarios.

»El ángulo que miraba al septentrión fue el lugar señalado a los padres de la Sagrada Compañía de Jesús. Y esta destinación pudo ofrecer a las observaciones del respeto, igual empleo al reparo y al discurso; pues, siendo esta la parte que pertenece al norte y en la que resplandecen las siete estrellas nombradas Triones, hacía luminosa correspondencia a los que tienen por sagrado norte a su gran padre Ignacio, en cuyo nombre, que contiene fuego, ardor y luz, brillan las siete letras que le forman, como las siete estrellas que componen aquella septentrional celeste imagen conocida por los nombres de la Ursa y el Carro, pues en este radiante norte de los afectos se venera la celebrada propiedad de la Ursa, que con la dócil, suave, amorosa lengua comunica a sus hijos aliento, forma, vida y semejanza y se aplaude la santa heroicidad de haberle constituido triunfal carro de la gloria de Dios, señalándola por blasón y timbre de su esclarecida religión, que en este día mereció esta superior situación; pues, celebrándose en todas las horas de su luz un tan principal triunfo de la fe, debía elevarse esta generosa águila, cuyas plumas en sublime remonte se han convertido en rayos para fulminar a la herejía. Díganlo las de los sapientísimos padres Turriano, Belarmino, Canisbro, Costero, Tireo, Valencia, Molina, Suárez, Pererio, Vásquez, Serario, Posevino, Maldonado, Gretsero, Señeri, sin nombrar algunos de los que en esta ciudad han sido y son oráculos de sabiduría y otros innumerables, en cuyo elogio habla ahora el silencio en nombre del aplauso.

»Pero la religión de los mínimos, gloriosa familia del gran padre y patriarca San Francisco de Paula, asilo de los fieles, cielo que esparce lluvias de milagros, diáfano espejo de la caridad y sol que rayo luces a Nápoles que dorasen su oriente, pretendió se le diese aquel lugar señalado a la Compañía de Jesús, alegando la antigüedad de su fundación, aunque en la de esta ciudad fuese anterior y primera en el tiempo la de la otra santa religión, a cuyos padres dio traslado desta demanda el Santo Tribunal. Y éstos, que siempre tienen unida a la virtud la discreción y conocen que en estas competencias es triunfo el que parece rendimiento, se apartaron de toda la razón con que pudieran entrar en la contienda. Pero prevaleció la posesión en que se hallaban para ser amparados en ella, y también lo fue en la que goza de aplauso y alabanza la sentencia de Séneca, cuando escribió que entre personas de tan alto respeto corren los litigios sin tropezar en desafectos.

»A este tiempo salió la religión del Abraham de la ley de gracia, amado Isaac, sacrificado en finezas, valiente Jacob, coronado de triunfos, padre de los pobres y serafín ardiente entre los más amantes, San Juan de Dios, cuyo renombre es elevada recomendación de la excelencia de su santidad, y pidió que también se declarase que debía preferir a la de los padres mínimos en el mismo derecho de posesión, no obstante ser la otra más antigua en cuanto al tiempo de su fundación.

»Cada una de las dos religiones últimamente mencionadas alego y ponderó su derecho, cuyo recuerdo no se enlaza al asunto y antes parece más curiosa y peregrina novedad dar a conocer a la atención, que no todas las relaciones de autos y causas se tejen y componen con memoriales de pleitos y demandas, y que lo que se halló traído a la vista fue que, aceptando los religiosos de San Francisco de Paula aquella cortesana y modesta cesión hecha por parte de los Padres de la Compañía de Jesús con generosa liberalidad (primorosa virtud, que deja tan airosos y bien puestos a los que dan como a los que reciben) quedó su tablado anterior al de la Compañía, empezando por donde remataba el de la religión de Nuestra Señora de la Merced; y después de los de estas tres sagradas religiones proseguían en el mimo ángulo que daba la frente al septentrión los de la piadosa hospitalidad de San Juan de Dios y de la santa Compañía Betlemítica.

«Al siniestro lado del pasadizo, enfrente de la puerta que miraba al mediodía o sur, empezaba el que se fabricó para los apostólicos, ejemplarísimos y fervorosos padres de la congregación del Oratorio del insigne patriarca San Felipe Neri, y proseguía el de los caritativos, constantes y diligentes padres crucíferos, celosos asistentes a los enfermos agonizantes, continuando después los que se formaron para los Colegios de San Martín y Santo Toribio, nidos de águilas, caístros de cisnes y eclípticas de soles, que con el real y mayor de San Felipe aumentan y duplican los blasones desta regia ciudad sus tres coronas; y todos reinataban con el que se asignó a las familias de los principales ministros del Santo Tribunal.

»Muchos días antes del destinado a la pública y ostentosa función era innumerable el concurso del pueblo a ver y admirar tan prodigiosa maravilla, nunca otra vez formada, aún en dibujos de la imaginación, y en la firmeza del nuevo magnífico edificio vacilaba el discurso en la duda de que pudiese fabricarse para la edad efímera de un día el que por muchos siglos pudiera coronarse de trofeos del tiempo y del olvido, como ahora se coronaba de vistosos sobrepuestos pirámides en que remataba toda su hermosa contextura, cuya puntual ejecución se fió al solicito cuidado del primoroso artífice Santiago Rosales, maestro mayor subalterno de arquitectura y maestro de la fábrica de la santa iglesia catedral de esta ciudad.

»En la razón que dan autores eruditos de la suntuosa fábrica de los antiguos teatros, refieren que para defender a los que asistían a ellos (ocupando sus proscenios y orquestas) de las destemplanzas del aire y rigores del sol, los cerraban con tupidos lienzos o velas de navíos. Y estos mismos reparos se aplicaron a esta artificiosa máquina, con tal disposición que se pudiesen correr con facilidad para que también corriese libre la respiración...».

»Determinadas ya y dispuestas, continua Bermúdez, las solemnes funciones del prevenido auto de fe, y teniendo presente los señores inquisidores la prontitud con que se hallan los generosos ánimos de los excelsos príncipes a proteger las ínclitas acciones del Santo Tribunal, que es el lecho del sabio Salomón guarnecido de estos fuertes alcides y vigilantes argos, y que el excelentísimo señor Marqués de Villagarcía, virrey de estos reinos, trae en su heroico pecho y en su lustroso escudo, la cruz de Santiago, teñida del color de la sangre que vertió en la suya Cristo Señor Nuestro, y el nombre de María en las primeras voces que pronuncio el nuncio celestial anunciando en la encarnación del Verbo Divino el primer paso que dio a la redempción del género humano, que niega obstinado el judaísmo, y atendiendo a que por una y otra insignia es su excelencia tan empeñado protector del Santo Tribunal de la fe, en que la cruz se venera [566] por trono de Cristo y el nombre de María por tesoro de Dios, se ocurrió a vincular la mayor decencia y autoridad de tan grave función en las admiradas providencias de tan ínclito numen tutelar como nuestro Excelentísimo Virrey, en cuyo fausto aclamado gobierno se ven repetidos unos aciertos que se parecen mucho a los prodigios.

»Este aclamado príncipe, en cuyo generoso ánimo se ha hecho la religión otra nobleza y su continua infatigable providencia, vital respiración de su constancia, aplicando siempre el fervor de una y otra virtud al más glorioso obsequio de la fe, que es principio, fundamento y honor de las demás, se sirvió de mandar, correspondiendo a la justa representación del Santo Tribunal, se publicase un bando en que, a usanza de guerra, se intimase a todos los vecinos y moradores de esta regia ciudad saliesen prontamente a ejecutar las órdenes de su excelencia que les participasen los capitanes de las compañías de su tercio, habiéndolas oído expresar al señor don José de Llamas, cabo principal de las armas, general del presidio del Callao y lugar-teniente de capitán general deste reino, en que su acreditado valor, fina prudencia y militar pericia han continuado las ilustres acciones que en los de España y en servicio de Su Majestad fueron digno empleo del aplauso en las más ardientes y terribles batallas que en tiempo alguno ha hecho heroicos asuntos de la fama el formidable teatro de la guerra.

»Las operaciones arregladas a estas superiores órdenes, que se intimaban de parte del señor general por su ayudante don Andrés de Aguirre, profesor veterano de la marcial escuela, habiendo servido por más tiempo de treinta y tres años en el reino de Chile, desde la plaza de soldado hasta la de ayudante de capitán general, y que después lo fue del batallón desta ciudad, en que actualmente sirve la de ayudante general, se ejecutaron en la forma siguiente.

»El mencionado día 22 de diciembre del año de 1736, marcharon a ocupar el terreno de la plaza mayor desta ciudad, desde la hora de las dos de la tarde, las compañías del batallón comandadas de su sargento mayor don Pedro de Encalada Tello de Guzmán, que ocupó el lugar del maestro de campo don Francisco de Villalta y Giner, caballero del orden de Santiago, que se hallaba con grave enfermedad. Los capitanes de las insinuadas compañías del batallón desta ciudad fueron el comandante de su tercio, don Antonio Miguel de Arévalo, don Diego de Morales y Arámburu, don Alonso Javier Pinto de León Garabito y Aliaga, don Diego Bernardo Jiménez de Morales y Peralta, marqués de Santa Rosa, y don Juan Fernández de Castro y Otarola.

»Las compañías del tercio del comercio comandadas por su sargento mayor don Juan Antonio de Tagle, caballero del orden de Santiago, salieron conducidas de sus capitanes don Clemente Fernández de la Cueva, don Baltasar Hurtado de Chávez, don Domingo Morillo y don Juan de Mújica.

»La caballería siguió a su capitán comandante don José de Quezada y de los Ríos, con las compañías a que precedían sus capitanes don Domingo de Negreiros y Gondra, marqués de Negreiros, don Álvaro Gaspar Enríquez y el teniente don Francisco Falconi.

»Vinieron también para este efecto tres compañías del tercio y gente de guerra pagada en el presidio del Callao. Estas venían gobernadas por sus capitanes don Francisco de Alvarado Perales y Saavedra, que ha servido a Su Majestad desde su tierna y más florida infancia, siguiendo la militar doctrina de su esclarecido padre don Eugenio de Alvarado y Colomo, caballero del orden de Santiago, que por sus continuados méritos y servicios obtuvo el superior cargo de gobernador de las provincias del Popayán, y después el de maestro de campo de la misma plaza jurada en el expresado presidio, don Juan de Erranz y don Jerónimo Muñoz y Ochoa Hurtado de Mendoza. Y recibido el orden, entraron por la puerta de la muralla que esta a espaldas de la recolección de nuestra Señora de Belén, marchando airosamente en la militar forma que describe la elevada pluma del ilustre conde de la Granja, que en todos sentidos fue honra deste reino, en su elegante heroico poema de nuestra gran patrona Santa Rosa.

La tierra se estremece al verse hollada

de su marcial reglado movimiento,

que en marcha, ya violenta, ya pausada,

obedece al compás de un instrumento;

en cuya esfera cóncava encerrada

la Fama infunde espíritus al viento;

sin duda el sol por instrumentos tales

organiza el valor a los mortales.

»Y en otro canto del mismo poema, tratando de otras compañías que pasaron de esta ciudad de Lima al presidio del Callao, dijo con igual elegancia lo que ahora se pudiera ponderar de éstas que vinieron de aquel celebrado presidio a esta ínclita ciudad:

Manda el Virrey juntar la gente al punto

y echar, para que pase al Callao, bando;

parece al ver salir al campo junto,

que la tierra en vergeles va marchando.

»El capitán don Manuel de Caycuegui y Salinas, del orden de Santiago, y comandante de las compañías del referido presidio del Callao, y que ha muchos años a que sirve a Su Majestad en la más antigua, que es la que asiste en esta ciudad a la continua guardia del palacio de su excelencia, pasó con toda ella a guarnecer el teatro, hasta el siguiente día después de haberse terminado la función; y ocupando con la mitad de la gente de su guardia de infantería la puerta que daba la frente al mediodía, fió la otra que miraba al oriente, con igual guarnición, al vigilante y celoso cuidado de su alférez don José de Velaochaga y Zúñiga, cuyo infatigable ánimo ha aplicado siempre en mar y tierra su valor y afecto a la noble ambición del real servicio.

»Las demás compañías del batallón, como también las del comercio, estuvieron formadas a la misma hora en la plaza mayor, donde se destacó de las del batallón la del capitán don Antonio Miguel de Arévalo, y de las del comercio la del capitán don Baltasar Hurtado de Chávez, que marcharon a volverse a formar en la plazuela de la Inquisición para venir guarneciendo la autorizada y majestuosa procesión de las dos cruces, verde y blanca, que este día salió de la capilla del Santo Tribunal, consagrada a honor de su glorioso tutelar y mártir inquisidor San Pedro de Verona, firme piedra salpicada de púrpura en honra de la fe, por quien daba la vida, cuando para escribir el símbolo le fueron (herido ya de muerte) pluma el dedo, tinta la sangre y lamina la tierra, a cuyo tierno asunto, celebrando esta inmortal hazaña, cantó devota castellana musa las suaves consonancias del siguiente soneto:

El sol del rostro al golpe reducido

ocaso halló en el pecho, que ultrajado

se vio de los martirios apagado,

se halló de los favores encendido.

 

Sintiendo la alma, el cuerpo sin sentido

lo mortal y viviente equivocado,

viva la fe a los ojos del cuidado,

muerto el valor en brazos del olvido.

 

En tierra imprime Pedro la fe ardiente

(porque en la tierra quede eternizada)

con voces de piedades ofendidas.

 

Aún muriendo mostró lo reverente,

pues para publicar la fe sagrada

lenguas de acero tienen sus heridas.

»También se plantó en la plaza mayor el escuadrón de la caballería, dando la frente a la iglesia catedral, y el costado derecho al portal de los mercaderes, formando en su planta los alumnos de Marte la figura que llaman de martillo; y el terreno anterior a este portal de mercaderes quedó con proporción y propiedad ocupado del tercio y compañías del nobilísimo comercio, dando el del batallón la frente al portal de los escribanos, como que en él buscase su constancia nuevas plumas con que aumentar las alas de la Fama.

»A las cuatro de la tarde empezó a salir la solemne procesión y a marchar por delante de ella en la avanguardia, montado, airosamente a caballo, el capitán don José de Quezada y de los Ríos, comandante del escuadrón de la caballería, siguiendo en la marcha la referida compañía del capitán don Antonio Miguel de Arévalo, comandante del batallón de infantería.

»Dio principio a la autorizada procesión el sagrado estandarte de la fe ocupando la ilustre mano del señor don Mauro de Mendoza Camaño Sotomayor Monroy y Barrionuevo, caballero del orden de San Juan, del Consejo de Su Majestad en el real y supremo de las Indias, y llevando la borla de la mano derecha el señor don José de Llamas, cabo general de las armas deste reino y general del presidio del Callao, y la siniestra el señor don Baltasar de Abarca, coronel de dragones de los reales ejércitos y teniente general de la caballería deste reino, a quienes seguía toda la esclarecida y numerosa nobleza desta ciudad, cuya lustrosa y exquisita gala en honrada amigable competencia acreditaba que sólo a la fineza se le permite ser emulación.

»Por delante del triunfal estandarte de la fe iba don Jerónimo Ruiz Hidalgo, nuncio del Santo Tribunal de la Inquisición [570] deste reino, y después de los caballeros, el doctor don Juan Esteban de Peña Roca y Zamorano, presbítero, docto profesor de ambos derechos y receptor general del Santo Oficio, llevando con respetuosa reverencia el sagrado blasón de la Cruz Blanca.

»Para ir guiando el acompañamiento de la nobleza, salieron con bastones negros en las manos los caballeros familiares que para este efecto fueron comisarios nombrados por el mismo Santo Tribunal, y eran don Pedro de Zárate Verdugo, don Jerónimo de Taboada y Valenzuela, marqués de Otero, don Ignacio de Morales y Arámburu y don Pedro Caballero de la Cueva.

»Para guiar las comunidades de religiones y colegios, fueron nombrados de los familiares del Santo Oficio que visten las becas de los tres de San Felipe, San Martín y Santo Toribio, don Luis de los Ríos Berrís y Miranda, don José de Morales y Arámburu, don Pedro González de Arbulú y los doctores don José Lazo de la Vega Hijar y Mendoza, don Cristóbal Mesa de Valenzuela, conde de Sierrabella, y don José de Tagle Bracho.

»Por comisarios nombrados para custodia del gran teatro y repartimiento de sus asientos, asistieron en su espacioso ámbito con bastones negros, desde la mañana deste día hasta la tarde del siguiente después de fenecida toda la función, don Melchor Malo de Molina y Espínola, marqués de Monte Rico, conde del Castillejo y correo mayor de las Indias, don Dionisio Pérez Manrique de Lara y Rojas, marqués de Santiago, don Diego Miguel de la Presa y de la Cueva Carrillo y Esquivel, escribano mayor del Mar del Sur, (hoy, al tiempo de salir a luz este libro, se hallan los dos electos alcaldes ordinarios de esta nobilísima ciudad), el coronel de infantería española don Jerónimo de Boza y Solís, marqués de Casa Boza, y en aquel año alcalde ordinario de esta ciudad, don Francisco de Mendoza Dávalos y Rivera y don Lorenzo de Zárate y Agüero. Y para el repartimiento de los asientos señalados en las casas de Cabildo fueron nombrados comisarios don Martín de Zamudio y las infantas, marqués del Villar de Tajo, y don Antonio Sancho Dávila Bermúdez y Castilla, señor de Valero, que el año antecedente habían tenido el mismo empleo los alcaldes ordinarios de esta regia ciudad.

»Guiaban también la majestuosa procesión los licenciados don Antonio López de Luzuriaga, portero del Santo Tribunal, y don Manuel Prieto de Luna, procurador del real fisco.

»Seguíanse las sagradas religiones, ocupando de dos en dos el uno y otro lado, y observando el orden de sus antigüedades iban en esta forma; los padres ministros de los enfermos agonizantes y la compañía betlemítica, la hospitalidad de San Juan d Dios y la religión de los padres mínimos de San Francisco de Paula, la de Nuestra Señora de la Merced y la de San Agustín, las últimas las de San Francisco y Santo Domingo. Proseguían los calificadores del Santo Oficio, cuyo grave autorizado número componían las expresadas religiones con la Sagrada Compañía de Jesús y el venerable clero; y después los familiares y demás ministros del Santo Tribunal.

»Por delante de la Cruz iba cantándole en himnos y salmos la gala de sus triunfos toda la música de la capilla de la santa iglesia catedral, en cuyas diestras voces no sólo parece acreditada verdad la fabulosa exageración de la suave atractiva violencia de la lira de Orfeo y cítara de Anfión, sino que afinan con ellas mismas el oído, el gusto y el entendimiento, que muchos de los que en este coro sirven plaza de músicos son tan plausibles maestros que pudieran causar decente y noble envidia nuestros insigne Aparicios y Zapatas, a los célebres Durones y Lorentes. Y como toda la armonía y consonancia de los celestes orbes sigue el concepto de su primer móvil, obedecía también la suave destreza deste dulce rumor el orden y compás de su aclamado maestro don Roque Cheruti, excelente y ventajoso competidor de los canoros cisnes Gracianes, Ceronis y Corelis, cuyo aliento ha hecho resonar igualmente el clarín de la fama que el de los antiguos Jaquetos, Fabricios, Roguieres, Folianos y Rosetos, que anidaron en los mismos laureles de la ilustre Parténope, cuyos bosques salpican las resacas del golfo de las músicas sirenas.

»La Cruz Verde, que se estrenó en la ilustre función de auto público de fe celebrado en esta ciudad el día 23 de enero del año de 1639, en cuyo tiempo componían este majestuoso Tribunal los señores inquisidores don Juan de Mañozca, licenciado Andrés Juan Gaytán, don Antonio de Castro y del Castillo, don León de Alcayaga Lartaún y don Luis de Betancur y Figueroa fiscal del Santo Oficio; se colocó después en el jarifo y lustroso altar del glorioso San Pedro Mártir, sirviendo de remate y corona a su retablo en la iglesia del convento grande del Rosario de ínclito orden de Predicadores, cuyos doctos, atentos y ejemplares religiosos la condujeron en autorizada procesión con dilatado número de luces a la capilla de la Inquisición este día 22 de diciembre del año de 1736, cuando también esparcía sus rayos la luz de la mañana. Llevó entonces aquel sagrado leño, que se dilata a la medida de tres varas de longitud y se hermosea con copioso número de naturales nudos, el muy reverendo padre maestro fray Roque Bravo, doctor teólogo en esta Real Universidad, calificador del Santo Oficio y prior del referido convento grande del Rosario, que, acompañando la memoria y reconocimiento de otros de los primeros desta santa provincia que han venerado y aplaudido su prudente gobierno, compite con gloriosa emulación los sublimes elogios que repiten las escuelas religiosas a su elevado ingenio, que ha sido en todas el más alto esplendor de sus literarios lucimientos.

»De allí, pues, salió en esta solemne procesión la misma Cruz, llevándola el reverendo padre maestro fray José de Peralta y Barnuevo, doctor y catedrático de prima de sagrada teología en esta Real Universidad, calificador del Santo Oficio y tres veces electo y aclamado por sus prendas y méritos dignísimo prior provincial desta santa provincia de San Juan Bautista del Perú, cuya superior prelacía actualmente honraba, habiendo siempre militado la razón a favor de sus justificadas elecciones, que ha hecho más plausibles el concurso de tantos beneméritos, prendándose los juicios y los ánimos de los electores del generoso y natural amor que le concilian igualmente sus insignes virtudes de mansedumbre, sabiduría y prudencia, de que ese mismo racional afecto le teje las coronas tres veces ofrecidas, como cantó la discreción de Alciato, preguntando al Amor el noble origen de ese ilustre blasón que adornaba su mano; y en la respuesta advierte que de todas las tres pasaba a elevarse hasta la dicha de ceñir su frente la corona de la sabiduría.

»Y para que en tan grave y autorizada publicidad se le aumentasen otras dos sabias superiores coronas llevándolas a la una y otra mano, iba a su diestro lado el reverendo padre lector jubilado fray Alonso López de las Casas, del sacro orden seráfico, calificador y consultor del Santo Oficio, exdifinidor y padre de la santa provincia de Granada, examinador sinodal de su arzobispado y del Obispado de Jaén, y comisario general de todas las provincias del Perú, etc.; y al siniestro el reverendo padre maestro fray Francisco Montañés, del orden de Nuestra Señora de la Merced, redempción de cautivos, doctor teólogo y catedrático de Sagrada Escritura en la Universidad de Sevilla, calificador y consultor del Santo Oficio, rector del Colegio de San Laureano de la misma ciudad de Sevilla, examinador sinodal del Obispado de Cádiz y vicario general de las provincias del Perú, Tierra Firme y Chile, copiándose con gallardos perfiles en los respetosos aspectos de estos dos superiores amabilísimos prelados (vistos en este día tan cercanos al mejor iris que ha dibujado el cielo) aquel propicio, favorable signo que componen en el zodiaco las lucientes imágenes conocidas por los nombres de aquellos dos célebres semideos Cástor y Polux, el primero con señales de una estrecha zona o ceñido cordón, y el segundo con albores de nieve por divisa. Pero más dignamente observaría la veneración que retrataban dos querubines, mirando de un lado y otro a la sagrada Cruz, que fue el más grato propiciatorio para Dios.

»A esta iban ofreciendo reverente obsequio y fervoroso culto con luces en las manos los más graves y autorizados padres de la sagrada religión del gran patriarca Santo Domingo, nuevos armiños dedicados a ser gloriosos timbres del generoso escudo en que se ven grabados los ilustres blasones del mejor de los ínclitos Guzmanes, cuyos hijos le son fieles traslados, debiéndoles la fe la mayor parte en la conquista deste Nuevo Mundo, y destinando el cielo a su heroica fatiga en una tierna, pura virgen Rosa la más digna, excelente y liberal correspondencia.

»Seguíanse luego los restantes ministros titulares y oficiales del Santo Tribunal, cuyo cuerpo no ayudo a componer en esta acción su alcaide don Francisco Romo de Angulo y Barajas, por quedar en custodia de las cárceles y guarda de sus reos, teniendo en su cuidadoso ministerio esta continua infatigable asistencia por la más grave y honrada obligación de su precisa vigilancia. Pero le adornaban con igual firmeza los cuatro secretarios del Secreto, don Andrés García Calvo, don José Toribio Román de Aulestia, don Manuel González de Arbulú y don Ignacio de Irazabal, el secretario de secuestros don Jerónimo de la Torre y de las Asas, y los doctores don Diego Hurtado de Mendoza, catedrático de vísperas de sagrados cánones y abogado del Fisco, y don Ignacio de Valverde y Ceballos, relator del Santo Tribunal; y después, como insigne cabeza y espléndida corona de aquel lustroso cuerpo, el señor inquisidor fiscal don Diego de Unda y Mallea, llevando a su lado a don Tomás Chacón Medina y Salazar, del orden de Calatrava, alguacil mayor del mismo Santo Tribunal de la Inquisición.

»Cerraba todo el acompañamiento de la extendida procesión la compañía de infantería del tercio del comercio que iba de guarnición marchando a la retaguardia, precedida de su capitán-comandante don Baltasar Hurtado de Chávez Girón, nombrado por el Superior Gobierno con retención del honroso empleo de general gobernador de las armas de la villa de Cajamarca y sus provincias; y en el mismo centro de la misma compañía marchaba, llevando con airosa gallardía terciada la bandera, su alférez don Andrés Jiménez de Maqueda, que en los reales ejércitos de España lo fue de mar y guerra y concurrió con militar destreza a los sitios de Mesina, Barcelona, Ibiza y otros de los mas célebres en las reñidas guerras destos tiempos.

»Así llego la referida procesión a la puerta del teatro que daba la frente al mediodía, donde recibió de mano del reverendo padre provincial la Cruz Verde el muy reverendo padre prior ya mencionado, y siempre digno del mayor elogio, y la colocó en medio del altar, quedando junto a ella, cercada de luces y de flores, la imagen que aspiró a ser espejo en que copió sus luminosos rayos la estrella del gran padre Santo Domingo, a quien sirvieron y adoraron cielo y tierra, para que destruyese sombras y tinieblas, con un astro y una hacha, y con la fervorosa devoción del rosario abriese real esclarecida senda para subir a las estrellas por camino de rosas.

»Después de haberse colocado en aquel altar la Cruz Verde, y quedando en su guarda crecido número de religiosos del sagrado orden del predicadores, pasaron los familiares y ministros del Santo Tribunal a conducir la Cruz Blanca al lugar del brasero dispuesto por la justicia ordinaria para el suplicio de los reos que en el auto le fuesen relajados, y su fábrica constaba de dieciocho pies de altura, y el plano de cincuenta y cuatro pies en cuadro. Allí fijaron la Cruz Blanca en un pedestal o peaña levantada hacia la parte que miraba al oriente, y al tiempo de colocarla hicieron salvas los soldados de las dos compañías de infantería, que con las otras dos de caballería que se han insinuado,  habían venido marchando por delante; y de éstas quedó la de infantería del capitán don Antonio Miguel de Arévalo en guarda de la Cruz y de aquel sitio, hasta el siguiente día después de la ejecución de las sentencias, que empezó en el primero.

»En el altar erigido en el teatro de la plaza mayor empezaron antes de amanecer a decir misas los religiosos de Santo Domingo que en él habían pasado la noche, y formado su coro para continuar el divino oficio; y después de haberse esparcido la luz y abierto el día, celebraron otras con inmenso concurso los sacerdotes de otras religiones.

»A la hora de las diez del día antecedente, que fue el 21 de diciembre, se notificó a María Francisca Ana de Castro, natural de la ciudad de Toledo en los reinos de España, la sentencia de relajación a la justicia y brazo secular por judía, judaizante, convicta, negativa y pertinaz. Y desde esta hora se le fueron introduciendo de dos en dos en cada hora de las que corrieron después, los más doctos y graves teólogos, prelados de las sagradas religiones, catedráticos de la Real Universidad y calificadores del Santo Oficio, para que procurasen reducirla a que confesase la verdad que siempre había negado y constaba de las pruebas de su causa; y también de hora a hora se nombraron para cada una dos caballeros familiares para que estuviesen de guarda asistiendo al lugar señalado para su prisión en las cárceles del Santo Tribunal, hasta que el día 23, a las seis de la mañana entraron a asistirla hasta el cadalso los reverendísimos padres comisario general de San Francisco y vicario general de la Merced ya mencionados, con igual respeto al que observó en su infatigable asistencia los extremos de su piedad, sabiduría y constancia.

»La noche del día 22 se acuartelaron las compañías del batallón en el portal de los escribanos; las del comercio en las casas de sus capitanes; las del escuadrón de la caballería en la plazuela de la Santa Inquisición; y las del campo se mantuvieron rondando toda la noche la ciudad, repartidas por barrios y parroquias. La compañía del capitán don Juan Erranz se acuarteló, en una de las casas del Santo Tribunal para rondarlas todas, como también lo ejecutaron las de caballería acuarteladas en su plazuela, cumpliendo las arregladas órdenes del señor general don José de Llamas, que, ardiendo en las que noblemente levanta su fervoroso celo, rondó toda la noche los cuarteles, asistido de sus prontos oficiales y hallando a todos los valerosos militares cumpliendo tan exactamente con su obligación, y al capitán don Antonio Miguel de Arévalo atendiendo con los soldados de su compañía al mayor culto, reverencia y veneración de la sagrada Cruz colocada en el sitio del brasero, les expresó a todos con discreta urbanidad su aceptación y gratitud. Y la vista del sosiego que ofrecía al descanso común aquel desvelo, parece que en virtud de tan celosa vigilancia aún puede ahora con seguridad recogerse la pluma para volver a su tarea desde la aurora del siguiente día...».

«[...] Desde que empezó a rayar la luz del señalado día se esparció saludando a la deseada aurora, al tierno compás de las canoras voces de las aves, el bélico rumor de los militares instrumentos, en cuyo noble idioma se expresaba a las acuarteladas compañías la orden de formar el batallón, dando la frente a la principal puerta del palacio del excelentísimo señor Virrey, de donde salió la compañía de su guarda de a caballo, precedida de su ilustre capitán don Pablo Travi y Tazo, su mayordomo mayor, y se formó en el terreno inmediato al teatro, enfrente del sagrario de la iglesia catedral. Y luego que salió su excelencia, acompañado de la Real Audiencia, Tribunal mayor de Cuentas, y Cabildo de la ciudad para ir a las casas de la Inquisición, marcharon a ocupar el terreno que se les había señalado en su plazuela, donde ya estaba montado a caballo el señor General, y de su orden ocuparon la ala derecha con sus compañías de caballería don José de Quezada y el marqués de Negreyros, y con las suyas de infantería don Francisco de Alvarado y don Jerónimo Muñoz, y el centro las de don Diego de Morales y Arámburu y don Baltasar Hurtado; y la siniestra, las compañías de caballería de don Álvaro Gaspar Enríquez, y don Francisco Falconi, y las de infantería del marqués de Santa Rosa, y don Juan Fernández de Castro y Otárola. Y al punto de empezar la marcha fue el primero en ella el señor teniente general de la caballería don Baltasar de Abarca, siguiéndole unas y otras compañías, en cuyo centro iban encajonados los reos, cuyos crímenes, causas, vestiduras, abjuraciones y proporción de penas se procurarán descifrar en obsequio de la arraigada fe y discreta atención de esta ínclita ciudad, entretejiendo algunas breves, varias y procedentes disertaciones.

»El día antecedente se había echado pregón por todas las calles donde había de pasar la procesión de los penitenciados para que ninguna persona anduviese por ellas a caballo ni en coche, hasta el domingo a la hora en que se hubiese finalizado toda la función, y para que se colgasen para la procesión de la Cruz Verde las referidas calles, como se ejecutó, con lustroso aparato y magnífico adorno en todas sus ventanas, galerías y balcones. También se previno de parte del Santo Tribunal que desde la hora de las doce del mencionado día se tocasen plegarias en todas las iglesias, y se repitiesen a las dos y a las seis de la tarde, y a las seis de la mañana deste día domingo 23 de diciembre señalado para esta grande acción, por ser práctica del Santo Tribunal, conforme a la doctrina del docto canonista Juan Andrés, y a la instrucción de Madrid expedida el año de 1561 que los autos públicos se celebren en días festivos para que sean más numerosos los concursos en que puedan hacer clara impresión los escarmientos.

»Cerraba airosamente la marcha y retaguardia de las compañías don José Jerónimo Vásquez de Acuña, comisario general de la caballería, y luego daban principio a la solemne pompa las cruces de todas las parroquias desta ciudad, con velos negros, y sus curas acompañados de otros sacerdotes con sobrepellices, rematando en la cruz de la iglesia catedral, también con velo negro, señal con que la Iglesia significa su dolor y tristeza, viendo en la apostasía y demás culpas de aquellos sus ingratos hijos que por ellas han dejado padecer muerte al alma por la substracción de su espiritual vida, que es la divina gracia, quedando a un tiempo muerta una inmortal sustancia, y viva una mortal materia; y como la Iglesia es tan piadosa madre, viste de luto a su más noble insignia por la muerte de aquellos que aún en vida son fantasmas y sombras, muertos vivos, cadáveres movibles que habitan en el cuerpo como en un prestado y portátil sepulcro, donde en desprecio de los desengaños y falta de atención a los castigos, no se oyen estallar los truenos ni se ven esparciendo luz los rayos.

»Iban los reos con las insignias de sus penitencias, sambenito, coroza, soga y vela verde...».

«Iban por delante de los reos el nuncio del Santo Tribunal don Jerónimo Ruiz Hidalgo y el alcaide de sus cárceles secretas don Francisco Romo de Angulo y Barajas, con bastón en la mano, insignia de su cargo, y empezaban el acompañamiento los colegios, viéndose gravemente autorizado el de Santo Toribio con su meritísimo rector el doctor don Francisco Javier de Gabriel, el real de San Martín llevando por su nueva corona a su luciente astro rector el reverendo padre maestro Juan Lagos de la Barrera, de la Compañía de Jesús, y siguiendo las veneradas luminosas huellas de las comunidades de todas las sagradas religiones, que se sucedían en la forma que salieron en la procesión de la tarde antecedente, como se ha referido, proseguía el real y mayor de San Felipe con su ilustre rector el doctor don Tomás de Rosas, abogado de esta Real Audiencia y defensor de legados y obras pías en este arzobispado; el Tribunal Mayor de Cuentas del reino y la Real Audiencia.

»Por delante del insigne claustro de doctores y maestros de la Real Universidad de San Marcos desta ciudad iban con sus mazas sus ministros, alguaciles y bedeles, y después su contador, tesorero y secretario, maestros, doctores y catedráticos, presididos de su dignísimo rector el doctor don Alonso Eduardo de Salazar y Cevallos, cuyas prendas quedaron ya insinuadas, aunque no bien aplaudidas.

»Guiaba y regía la procesión con atenta y acertada formalidad el licenciado don Juan de Cabrera y Barba, fervoroso ministro y capellán mayor del Santo Tribunal.

»El venerable deán y Cabildo desta Santa Iglesia metropolitana no asistió a esta magnífica función por no haber dado lugar el tiempo a que se diese providencia por el Real Acuerdo de justicia sobre la representación que por su parte se hizo en orden a la calidad de los asientos que aquel ilustre cuerpo debía ocupar en el público teatro.

»En atención a ser los ministros titulares, familiares y oficiales parte indivisible del Santo Tribunal, y a que era justo que se evitase cualquier dificultad que pudiese causar alguna confusión, se dio providencia para que fuesen de dos en dos en medio de la procesión a los lados de los reos, y como sus padrinos, en la forma que se dirá después al referir sus causas, y observada esta disposición, iban los últimos el alguacil mayor don Tomás Chacón Medina y Salazar, del orden de Calatrava, y don Alonso de Rivera. y Badillo, secretario de su excelencia y (como se ha expresado) oficial huésped de esta Inquisición, llevando entre los dos la cajuela de plata de realce, en que se guardaban los procesos y sentencias de los reos que se habían de leer en el teatro.

»Seguíanse el Cabildo, justicia y regimiento desta ínclita ciudad, antecediendo sus porteros con sus mazas de plata y vestidos de sus gramallas de damasco carmesí, a sus nobilísimos capitulares, de cuyo número no iban en este lugar los que se hallaban en las ocupaciones de comisarios del repartimiento de los asientos y padrinos de los reos como familiares del Santo Oficio...».

«Por delante deste regio integérrimo senado iba llevando el estandarte de la fe el señor inquisidor fiscal don Diego de Unda y Mallea, y a su lado derecho con la primera borla el señor don Lorenzo Antonio de la Puente y Larrea, fiscal de lo civil de esta Real Audiencia, y al izquierdo, con la segunda, el señor doctor don Francisco Ortiz de Foronda, del orden de Santiago, fiscal del crimen.

»Sucedía, coronando el magnífico aparato de tan autorizada pompa, el excelentísimo señor marqués de Villagarcía, virrey de estos reinos, que, mejorando asunto a las voces de Horacio, expresan noblemente agradecidos que en su amable, excelsa y esclarecida persona, gozan el mayor bien que ha dado propicio, afable y liberal el cielo a los espacios, deste nuevo mundo, ni le dará, aunque los varios tiempos se vuelvan a los dorados siglos, en que también esta superior fortuna se le pasó por alto a la esperanza.

»Al diestro lado de su excelencia iba el señor doctor don Gaspar Ibáñez de Peralta, del orden de Calatrava, inquisidor más antiguo, y al siniestro el señor doctor don Cristóbal Sánchez Calderón, cubiertos de los chapeos como de insignias propias de su delegación pontificia...

»En las dos alas que guarnecían el lustroso cuerpo del ínclito senado marchaba la compañía de alabarderos de la guardia de su excelencia y cerraba todo el acompañamiento la retaguardia de la caballería. Y en este orden llegó la procesión a la escalera que daba paso a la puerta que miraba al mediodía, y subiendo todos sin opresión alguna por sus gradas, ocuparon los señalados y prevenidos asientos.

»El aspecto que ofrecía el teatro daba nobles empleos a la curiosa atención de los ojos, que, dedicando al bien compuesto y adornado altar sus primeros respetos, proseguía repartiendo admiraciones entre la majestad del superior solio, a que hacía decorosa sombra el pendiente dosel, en que se adoraba un santo [580] crucifijo de marfil, y después en la afable vista de su excelencia que sobre el esplendor de sus blasones mantenía la alta luz de su regia representación; el Santo Tribunal, la Real Audiencia, el nobilísimo Cabildo, la peruana Atenas que extendía las nobles ramas de sus palmas y laureles a sus reales colegios para que en ellos prendiese la Fama el remontado vuelo a los espacios de la eternidad; las sagradas y santas religiones, la ilustre unión de caballeros, títulos y cruzados, y delante de las sillas de la Real Audiencia, como también en la galería de las casas de Cabildo, a que se trasladaban las esferas del cielo, las señoras, que con sus altas prendas de nobleza, hermosura y discreción, esmaltadas con realces de igual, perfecta y ejemplar virtud, hacían con su presencia imposible a la pluma su alabanza; y finalmente en el cancel de la misma espaciosa galería ocupando decorosos asientos los jefes y cabos principales de la milicia deste reino.

»Al diestro lado del altar, cuyo ameno esplendor doraban luces y esmaltaban flores, formándole reflejos y matices en noble oposición y competencia y fragrante cielo y luminoso campo, se ofrecía a la vista y al respeto el venerable sacerdote que había de celebrar el santo sacrificio de la misa, y al siniestro se descubría un espantoso teatro de sombras y de horrores, en que los reos, sentados a igual y competente distancia, se distinguían por las insignias de su penitencia, uniforme librea con que había de servir vencido el error delincuente a la verdad triunfante. Precedían a éstos las estatuas de los que no pudieron salir en persona por haberlo impedido su anticipada muerte o su violenta fuga; pero llevaban por divisa el sambenito y las demás penitentes vestiduras; y en todas las estatuas se leían los nombres de los que en ellas se representaban, escritos con letras grandes y perceptibles, en rótulos que les corrían por los pechos, y alguna se acompañaba con la caja de sus huesos, miserable despojo de su estrecho sepulcro, de cuyo triste pavoroso seno, antes de haberse desatado en leve polvo, salieron destinados a resolverse en inútil ceniza a la violencia de la impetuosa llama que había de arder en la encendida hoguera.

»Ocupados ya todos los asientos, se volvió el señor Inquisidor más antiguo a su excelencia para que hiciese el juramento que en tales casos hacen también los reyes en protestación de la fe que profesan...

»Acabado el referido juramento, dijo el introito de la misa el muy reverendo padre maestro fray Blas de Rojas y Melo, del orden de Predicadores, calificador y comisario del Santo Oficio en esta ciudad, doctor teólogo en esta Real Universidad, prior que ha sido de los más ilustres y graves conventos desta insigne provincia de San Juan Bautista del Perú, y aclamado en ella por los plausibles desempeños con que han sabido conformar y unir su sabiduría y discreción los diferentes genios de la cátedra y el púlpito, haciéndole unos y otros exquisitos y célebres primores merecer y lograr que se le haya ofrecido en ambos orbes el más alto rumor de los aplausos por fiel correspondencia a sus afectos; pero nunca pudiera haber dejado de hablar Rojas (frase con que explicaba la misteriosa antigüedad las más hermosas y lucientes galas de la elocuencia) quien es tan frecuente, fervoroso y ejemplar director de la sagrada y tierna devoción del rosario, en que (haciendo igual eco y alusión a sus nobles afectos y renombres) se gozan rojas flores, y se perciben dulces melodías.

»Al mismo tiempo empezó el introito a su excelencia el doctor don Domingo Silvano Luján y Bedia, capellán real asistente, a quien seguían en igual asiento y por su orden, los demás de la real capilla de palacio, que son, el mencionado don Andrés de San Pelayo, don Bernardino Manrique de Alarcón, el doctor don Manuel de Molleda y Clerque, el doctor don José de Alzamora Ursino y Concha, don Pedro José Castillo y Peralta, y don Bernardo de Eyzaguirre y de la Parra, sacristán mayor de dicha real capilla. Y el número de todos es el mismo, en que por conseguir igual estimación, quisieron numerar, Grecia sus sabios, Roma sus montes, Mercurio sus cuerdas, el Nilo sus bocas, el cielo sus planetas, y el orbe sus milagros.

»Acabada la epístola de la misa, se sentó el celebrante, y el señor Inquisidor más antiguo ofreció a su excelencia la campanilla que estaba en el sitial, para que usase de ella; y habiéndola admitido su excelencia, la volvió al mismo señor Inquisidor para que le sirviese en las acciones de que individualmente se había de componer toda la función.

»Luego subió al púlpito, con la insignia de calificador y consultor del Santo Oficio, el muy reverendo padre maestro fray Juan de Gacitúa, del sagrado orden de predicadores, doctor teólogo y catedrático de prima de teología moral en esta Real Universidad de San Marcos [582] de Lima, examinador sinodal deste arzobispado y exprovincial desta santa provincia de San Juan Bautista, a predicar el sermón que precede, según estilo, a estas públicas y solemnes acciones; y en este continuó su discreción los delicados y sublimes conceptos, que, corriendo por la hermosa región de su fecunda idea, se han dado siempre a conocer por fértil producción de su amena elegancia. Misterioso accidente parece que fue el de haber nacido el que había de ser el Crisóstomo desta edad y este reino en el día que consagra la Iglesia a honor de aquel gran padre, de quien desde su clara primer luciente aurora adquirió con el nombre la elocuencia, que fue espontánea fuente de oratoria abundancia...

»Acabado el sermón, de cuyo aplauso fue en la muda y suspensa admiración el más calificado testigo el absorto silencio del concurso, que dijo más que otro cualquier elogio, recitó el mismo reverendo padre maestro fray Juan de Gacitúa, como calificador del Santo Oficio, el juramento de la fe, que hicieron los señores de la Real Audiencia y el Cabildo de la ciudad, y después el que hizo el pueblo...

»El edicto, que de motu proprio expidió San Pío V contra los impedientes de la jurisdicción del Santo Oficio y en favor de sus ministros y oficiales, cuya elegante constitución, establecida y publicada el día 1º de abril del año de 1569, empieza en latín con las palabras: Si de protegendis, y traducida en castellano se acostumbra intimar en semejantes ocasiones, se omitió en la presente, en atención al dilatado número de reos y al crecido volumen del proceso que componía y abultaba cada una de las causas que se habían de leer en aquel teatro.

»El orden de sacar las causas de la arquilla en que se habían llevado, era que, estando ésta colocada sobre el bufete, puesto (como se ha referido) a un lado del altar, y sentados detrás los cuatro Secretarios del Secreto, precedidos del alguacil mayor del Santo Tribunal, las iban entregando los mismos secretarios a los ministros que las habían de leer. Y luego que se nombraba el reo, le conducía el alcaide de las cárceles secretas desde el cadalso a la grada por donde había de pasar a la jaula o ambón en que había de oír en pie el proceso y sentencia de su causa, que después se volvía a guardar en la misma arquilla de que se había sacado.

»Las estatuas, que se habían colocado a la diestra del cadalso, también fueron sacadas al mismo ambón al tiempo que se leían las causas hechas a los reos que en ellas se representaban».

Comenzose la lectura de las causas de ocho mujeres acusadas de brujas, entre quienes se contaban la chilena María Hernández, alias la «Pulga», viuda, lavandera, y su hija María Feliciana Fritis, la «Pulga menor». Siguiose con las de otras hechiceras, polígamos y reos de varios delitos, hasta llegar a la de otro chileno, el clérigo don Francisco Javier de Neira, «natural de la ciudad de Santiago del reino de Chile, de edad de sesenta años, residente en el puerto y presidio del Callao, que, habiendo sido penitenciado por este Santo Oficio el año pasado de 1732, por solicitante en las confesiones y escribiente de proposiciones comprensivas de herejía formal dogmatizante, y haber celebrado en un día dos veces el santo sacrificio de la misa, tomando la ablución en una y otra, volvió a reincidir actuando el sacramento de la penitencia, estándole prohibido, y diciendo misa sin la materia necesaria y adecuada, y con grave escándalo y peligro de idolatría, elevando, en vez de hostia, la patena. Y por estos continuados delitos salió al auto en forma de penitente con sambenito de media aspa, soga al cuello, y vela verde en las manos. Abjuro de vehementi; fue absuelto ad cautelam, gravemente advertido, reprendido y conminado, privado perpetuamente de celebrar y confesar, y recluso por el tiempo de un año en el hospital de sacerdotes de San Pedro, donde fuese obligado a cumplir otras penitencias saludables. Fueron sus padrinos don Lorenzo y don Pedro de la Puente Ibáñez de Peralta, colegiales del real Colegio de San Martín y familiares deste Santo Oficio...».

Vino en seguida doña Ana María de Castro acusada de judía, a quien cupo ser el último reo del Santo Oficio condenada a la hoguera, y cuya causa resultó plagada de injusticias y arbitrariedades.

Ya no quedaban sino los muertos... Vino primero don José Solís, cuya causa leyó el doctor don Juan José Pío de Valverde y Zevallos, abogado de la Real Audiencia y de presos del Santo Oficio. «Salió al auto en estatua, dice Bermúdez, con sambenito o capotillo entero de dos aspas, por hereje formal dogmatizante, inventor de nuevas herejías, y por haber seguido la torpe secta de los alumbrados Molinos y otros herejes. Fue admitido a reconciliación en forma, y absuelto de la excomunión mayor, incorporado y reunido al gremio de la Santa Madre Iglesia y de sus fieles, y convertido a nuestra santa fe católica, confesando igualmente sus delitos y los que fueron cómplices en ellos; y se mandó que sus huesos se sepultasen en lugar sagrado entre los de otros fieles, y que la insignia de penitenciado con que salió su estatua, se pusiese en el público lugar destinado a la triste y funesta memoria de los judíos y herejes castigados por este Santo Tribunal, y erigido en esta metropolitana iglesia para padrón perpetuo de su infamia. Salieron por padrinos de la que trasumptaba a este reo, don José Sarmiento del Campo Cáceres y Zárate, Conde de Portillo, y don Juan de Cevallos Guerra Dávalos y Rivera, primogénito del señor Conde de las Torres, don José de Cevallos Guerra, oidor desta Real Audiencia, familiares deste Santo Oficio».

Llamose después a los relajados en estatua. «La causa del primero leyó el doctor don Pedro de Medina Vicentelo, abogado desta Real Audiencia y de presos del Santo Oficio». Fue éste Juan Francisco de Ulloa... «Salió al auto en estatua, con capotillo entero de dos aspas, y pintado de llamas, como también la coroza que sacó de la cabeza, vela verde en las manos, y soga gruesa al cuello, por haberse seguido la causa habiéndose su muerte anticipado a su prisión; y leída su sentencia, con méritos, se declaró haberse probado que había seguido y enseñado oculta y cautelosamente a personas de afuera, entre otras graves y nuevas herejías, la perniciosa secta de alumbrados, Molinos y otros herejes, y fallecido envuelto en las densas sombras que le declaraban hereje, apóstata, fautor y encubridor de otros sectarios, y excomulgado de excomunión mayor; y que después de leída dicha causa y publicada su sentencia, se relajase la referida estatua y los huesos del mencionado reo, en caso de haber sido habidos y exhumados del lugar en que se hubiesen sepultado entre los fieles, entregándose todo lo expresado a la justicia y brazo secular para que públicamente se quemase; y asimismo se mandó que el sambenito y la inscripción, que informase de todo a la memoria, se pusiesen a la vista en el lugar que se acostumbra, donde estuviesen perpetuamente consignados a la posteridad. Fueron sus padrinos don Juan Agustín Frade y Sierra, caballerizo mayor de su excelencia y capitán de la sala de armas del presidio del Callao, y don Alfonso de Santa Ortega, capitán de la desta ciudad, familiares, deste Santo Oficio.

«Leyó la causa del segundo reo de los que fueron relajados en estatua el doctor don Antonio de Vargas y Arámburu, catedrático de Instituta en esta Real Universidad de San Marcos, abogado desta Real Audiencia y de presos deste Santo Oficio.

»Fue este reo Juan Francisco de Velazco, natural y vecino de la ciudad de Santiago del reino de Chile, de estado casado, y de ejercicio mercader. Salió al auto en estatua, porque habiéndose empezado con él su causa, murió preso en las cárceles secretas del Santo Tribunal, y después se continuó hasta su conclusión con defensor de su memoria y fama. Salió la estatua con capotillo de dos aspas, coroza de llamas, soga al cuello, y rótulo que contenía su nombre; y leída su sentencia con méritos, se declaró y publicó haber cometido el expresado reo los delitos de herejía formal y apostasía, siendo dogmatizante y siguiendo la secta de alumbrados, Molinos y otros herejes, y muerto en sus errores de hereje, apóstata, fautor y encubridor de otros herejes, y excomulgado de excomunión mayor, y que por tal se declaraba y pronunciaba, dañando su memoria y fama, y por confiscados todos sus bienes, aplicados a la cámara y fisco de Su Majestad, y en su nombre al receptor del Santo Oficio; y que después de leída su sentencia con méritos, se relajase y entregase la referida estatua, y asimismo la caja en que estaban los huesos deste reo, a la justicia y brazo secular, para que con ella fuesen quemados públicamente en detestación de tan graves errores y delitos; y para efecto de que no quedase su memoria sobre la faz de la tierra, sino sólo el sambenito puesto sobre la inscripción de su nombre en el lugar público que se acostumbra y está destinado a este fin en esta santa iglesia catedral. Fueron sus padrinos los doctores don Juan Esteban de Peña Roca y Zamorano, presbítero, receptor general, y don Diego Hurtado de Mendoza, catedrático de Vísperas de Leyes en esta Real Universidad, abogado de la Real Audiencia y de presos del Santo Oficio.

»Luego que se leyó la sentencia que ya se había intimado a la referida María Francisca Ana de Castro, relajada en persona a la justicia y brazo secular, y las que se habían dado a los reos relajados en estatua y condenados en el mismo teatro por los alcaldes ordinarios, con parecer de su asesor el doctor don Felipe Santiago de Barrientos, a las penas que sé han expresado en la relación de sus causas y se contuvieron en las sentencias pronunciadas por don José de Agüero y Añasco, escribano de Cabildo, se entregaron para su exacta y pronta ejecución al general don Martín de Mudarra y Zamudio, alguacil mayor desta ciudad, que, asistido de sus tenientes y ministros y del mencionado escribano de Cabildo para que diese fe de todo, hizo guiar la conducta hasta el brasero, acompañada y guarnecida de las compañías del batallón, en cuya marcha llevaba la avanguardia el marqués de Negreyros con su compañía de caballos, y después don Diego de Morales y Arámburu y don Francisco Alvarado con las suyas de infantería, que marchaban con bayoneta calada y terciadas las armas, formando valla, en cuyo centro iban la referida rea y las estatuas, y en la retaguardia la compañía de caballos del capitán don Álvaro Gaspar Henríquez, pudiendo en cada una celebrar el aplauso por hazaña acreedora del asombro la de romper la densa confusión de la vaga impenetrable multitud, que, haciendo que pareciese el inmenso concurso un alterado golfo, cerraba el paso al acompañamiento. Pero, formando todas un perfecto círculo, llegaron a ocupar el embarazado terreno, en cuyo espacioso ámbito se ejecutó el dispuesto suplicio, entregando la rea al estrecho dogal y después a la encendida hoguera, que al furor de sus activas llamas la redujo a pálidas cenizas, en que igualmente quedaron resueltas las estatuas, como también los huesos del reo sentenciado a esta que propiamente fue última pena, en que acompañó al incendio la ruina para la total extinción de su memoria.

»A este tiempo se había ya fenecido la lectura de las causas y continuado la misa en el altar erigido en el teatro de la plaza, y el alcaide de las cárceles del Santo Oficio había conducido al plano sobre que estaba fabricado a los que habían de hacer las abjuraciones, para que, postrados con rendida y humilde reverencia ante el sagrado respeto de sus aras, adorando la Cruz que estaba en ellas, recibiesen la absolución, a cuyo efecto, trayéndose de encima del altar sobrepelliz y estola, fueron puestas al señor inquisidor Decano, que, haciendo las preguntas de los artículos de la fe a los reos que habían de ser reconciliados, al tiempo de entonar la música el himno Veni Creator Spiritus después del salmo Miserere mei, les echó la absolución conforme a lo dispuesto por el ceremonial.

»Al cantarse el himno se descubrió la Cruz Verde, que estaba colocada en el altar, cubierta del triste referido velo negro, que entonces se corrió con imperceptible artificio; y mientras se entonaba el salmo, herían las espaldas de los penitenciados, con prevenidas varas, los sacerdotes, que revestidos con cándidas sobrepellices, habían acompañado la cruz de la santa iglesia catedral...».

«Luego que se echó la absolución a los reconciliados hicieron festiva salva las milicias y se oyó el sonoro rumor de las campanas de todas las iglesias desta regia ciudad; y al empezar el evangelio, encendieron los mismos reos las velas que habían traído en las manos y estuvieron en pie, teniéndolas encendidas y ardientes hasta que, habiendo consumido, las ofrecieron al altar, de cuyas aras volvió a ser conducida con igual decencia la Cruz Verde por los religiosos del orden de predicadores a su antiguo lugar, en que se adora, coronando el lustroso tabernáculo dedicado a honor y culto de San Pedro Mártir en la iglesia del convento grande del Rosario; y la blanca por algunos familiares a la capilla del Santo Oficio, a cuyas cárceles volvieron los penitenciados para salir el día siguiente a la ejecución de las penas contenidas en sus sentencias».

«La posteridad, concluye un distinguido escritor peruano al hablar de este auto, ha hecho justicia a ese tribunal sangriento, brindando su compasión para los mártires, y sus maldiciones para los fanáticos verdugos».

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