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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XI de la Segunda Parte

Capítulo XI de la Segunda Parte

Una secta santiaguina

Carta que escribe el padre jesuita Manuel de Ovalle a la Inquisición de Lima. Quién era el padre Juan Francisco de Ulloa. Sus principales discípulos. Eligen de confesor al padre Ovalle. Argucias de que éste se vale con sus hijos de confesión. Proposiciones de don José Solís (nota). Las doctrinas de Juan Francisco Velasco. Modo de vida de los discípulos de Ulloa. Averiguaciones del Obispo. Declaración del clérigo Espinosa. Carta del padre Antonio Alemán. Cómo santificaba Velasco a sus discípulos. Examen del padre Ovalle. Deposición del padre Fanelli. Testimonio del padre Cruzat. Otras declaraciones. Acuerdo del Tribunal de Lima. Envía un delegado a Santiago. Prisión de Solís, Ubau y Velasco. Declaraciones de éstos. Secuela de sus causas. Suerte que corrieron los reos chilenos.

Cúmplenos ocuparnos ahora de uno de los hechos más interesantes que ofrece la historia de la Inquisición con este país, y que, por eso, hemos de tratar con algún detenimiento; nos referimos a la existencia en Santiago de una secta que por sus caracteres tiene mucha semejanza con la de los molinosistas. Hemos de ver también aparecer de manifiesto en el curso de las páginas siguientes, y expuestas por los mismos jueces superiores del Santo Oficio, algunas de las muchas iniquidades cometidas por sus delegados en América. Y como al tratar de estos asuntos llevamos el propósito de atenernos siempre con preferencia al testimonio de los mismos actores que en ellos figuraron, comenzaremos citando la carta que con fecha de 17 de junio de 1710 dirigió al Tribunal de Lima el padre jesuita Manuel de Ovalle, que dice así:

«Muy ilustres señores. -La obligación de hijo obediente y en todo sujeto a nuestra Santa Madre Iglesia me excita a manifestar a Vuestras Señorías los errores y perversa doctrina que ha introducido el demonio en muchas personas de esta ciudad de Santiago.

»El padre Juan Francisco de Ulloa, religioso de mi madre la Compañía de Jesús, entró en ella siendo clérigo sacerdote. Antes de elegir el estado religioso fue muy aplicado al confesonario y al ejercicio de dirigir y gobernar almas de todos estados, seculares y religiosos, cuyos monasterios frecuentaba, con buena nota y opinión de su modo de proceder entre las personas que le comunicaban y trataban, quienes lo tenían y estimaban por un sacerdote ejemplar y de ajustada vida. Con este concepto que de él tenían, algunas almas se entregaron a su dirección y las gobernaba como padre espiritual de ellas. Muchos años vivió en este tenor de vida, hasta que pidió ser percibido en la Compañía; fue admitido y siguió su noviciado, sin desmentir en su proceder al concepto que de él se tenía. Procedió en adelante como religioso ajustado a lo sustancial de la religión, pero nunca se advirtió en él especialidad ninguna de particular virtud, antes sí era algo esparcido, nada encogido en su trato, que picaba en burlesco, decidor y celebrador de dichos y cuentos, aunque no disonantes. Dedicose con más aplicación y cuidado al confesonario y al ejercicio de dirigir almas, con más aceptación que antes de ser religioso; así le buscaban y solicitaban su dirección muchas personas de todos estados, a las cuales asistía y adelantaba en las costumbres cristianas, según mostraba el exterior de las que gobernaba; frecuentaba como antes los monasterios, en especial el de Santa Clara, y de Santa Teresa de religiosas carmelitas, y en uno y otro hacían de su persona grande estimación. Platicaba algunas veces en dicho monasterio de Santa Clara y en la iglesia del Noviciado (donde vivió hasta su muerte) y sus palabras eran recibidas como oráculos o sentencias de un padre de la Iglesia por todas las personas que trataba y dirigía. Él era hombre sin letras, porque no estudió más que medianamente gramática, y sólo hubo una corta suficiencia de latinidad para ordenarse; pero era bastantemente capaz, y así, por la aplicación que tenía a los libros que trataban de espíritu y especialmente al doctor Taulero, que no leía otro los dos o tres últimos años de su vida, tenía palabras y términos hábiles para explicarse en las materias que discurría. El asunto de su doctrina era persuadir el ejercicio de la negación y sujeción de la propia voluntad a la voluntad de Dios, con la negación interior de las pasiones, haciendo poco aprecio de exterioridades, aunque virtuosas y santas, como conocerán Vuestras Señorías por sus pláticas; por lo cual padeció algunos disgustos y contradicciones con los superiores.

»Llego a los últimos términos de la vida, que acabó por noviembre del año pasado de 1709, y un día antes de morir me pidió le recogiese y asistiese a sus hijos espirituales que lloraban su desamparo. Serían en número de treinta, poco más o menos, los que yo conozco, la más gente ordinaria, aunque ellos cuentan más de cuarenta, entre los cuales los de más aprecio en su estimación eran doña Petronila Covarrubias, religiosa de Santa Clara, la hermana María Josefa Alvear, religiosa de Santa Teresa, Gabriela Velásquez, Juan Francisco Velásquez, don José Solís, don Pedro Ubau y María Ana González. Los de menos aprecio, como menos prácticos y ejercitados en la negación, eran doña Clara Ramírez, doña Josefa Maturana, doña Josefa Barrientos, religiosa de Santa Clara, con otras cuatro del mismo monasterio, cuyos nombres ignoro, fray Felipe Chabarri, religioso domínico, Florencia Velásquez, la mujer de un pintor Campusano, doña María Mena, José González, María González, la sevillana, Umanzoro y su mujer doña Rufina, la mujer de Juan Francisco Velásquez, Juan Bautista Vizcaíno y su mujer, Francisco Benita, un clérigo Espinosa, Mugaria, Vizcaíno, Josefa Velásquez, Josefa Cárdenas, y otras que fueron un tiempo hijas espirituales de dicho padre Juan Francisco, en especial dos religiosas del Carmen, las cuales juzgo no confesaba ya a lo último de su vida. Los más de los referidos luego que murió el padre, que así lo llaman, se sujetaron a mi dirección; admitilos y a pocos días que traté con ellos, reconocí recato y miedo en algunos, recelando el descubrirme el interior de sus conciencias; y, por otra parte, entendí división entre ellos, siendo unos de parecer que me debían manifestar su interior, otros que no, y el principal de éstos era Juan Francisco Velasco, hombre muy capaz, expulso de mi madre la Compañía. Aconsejaba éste y persuadía que sólo habían de confesarse conmigo, pero en ningún caso habían de hacerme sabedor de sus conciencias, porque decía no las había yo de entender, y lo que intentaba era hacerse maestro de los demás. Por otra parte, don José Solís se le oponía y también quería ser maestro. Juzgó, pues, con los más, que debían manifestar sus interiores al confesor. Como llegó a mi noticia lo que pasaba, entré en vehemente sospecha y conjeturé se ocultaba en todos el veneno de algún engaño o perniciosa doctrina. Procuré cauteloso ganarles las voluntades con el trato afable y particular cariño que a cada uno le mostraba. Cada día me confirmaba más en mi sospecha, por el modo extravagante de espíritu que en ellos advertía; estrecheme más en la comunicación de aquéllos que me pareció tenía muy ganados, y por eso más confiados; diéronme algunos cuenta de sus conciencias, pero, recatados, no se explicaban, antes me dejaban en confusión de lo que les había oído. Encomendé el caso a Dios y valime de las oraciones de otros, para que me diese luz de lo que debía ejecutar en materia tan ardua. Ocurriome un pensamiento que fue del cielo por los efectos que se siguieron. Díjele a don José Solís que me hallaba corrido y avergonzado, porque no podía gobernarlos como yo quisiera, por no entender el modo del espíritu que seguían, que me admitiese por su discípulo y me enseñase, que de él haría yo más confianza, y así me sujetaba a su dirección y enseñanza para hacerme capaz de poder gobernar a los demás. Agradole la propuesta, porque era al paladar de su deseo y gusto; y dio principio a su magisterio con doctrina tan fuera de camino que hice luego juicio que mi sospecha era cierta. Quise sacarle por escrito y de su letra lo que me decía de palabra; pedile me trajese por escrito todo lo que me había dicho, porque como nunca había yo practicado aquellos puntos y modo de espíritu, no los había bien entendido y fácilmente se me borraban de la memoria. Hacía esto a fin de tener instrumento de su letra. Reconocí dificultad en él para ejecutarlo; instele, y aun cuando a ruegos y persuasiones mías lo ejecutó, no fue como yo quería, porque no se declaró por escrito, como lo hacía de palabra, hablando con alguna confusión en los papeles que me traía, como reconocerán Vuestras Señorías pasando la vista por ellos, por lo cual desistí y dejé este medio, porque no concibiese más recelo y se ocultase del todo. Proseguí en pláticas de cada día a tratar y discurrir aquellas materias con él, y después de cada conferencia apuntaba todo lo que juzgaba disonante y erróneo. Ocho días gasté en este ejercicio, que tuve por el más bien empleado de mi vida; porque conocí el error en que vivía, con el consuelo que, pues Dios por este medio lo descubría, quería aplicar el remedio.

»Viendo el acierto de la industria tan bien lograda con don José Solís, me valí de la misma con don Pedro Ubau; introduje pláticas de espíritu con él; insinuele mi deseo de aprender; pedile me comunicase lo interior de su espíritu para saber cómo había de gobernar a los demás; no repugnó, antes lo ejecutó con mucho gusto, y en dos días que duró la conferencia, le note y apunté las proposiciones siguientes».

«Estas y otras semejantes proposiciones le oí repetidas veces, y tiene el dicho don Pedro Ubau por dogmas de la perfección, en las cuales conocerá Vuestra Señoría la conformidad de espíritu que lleva con don José Solís. Intenté la misma prueba con Juan Francisco Velazco, pero como éste era quien sentía y persuadía no convenir se me manifestasen las conciencias de sus hermanos, me dio por primer documento y punto de espíritu, que no preguntase ni quisiese saber el modo de espíritu suyo y de los demás, antes que practicase y me ejercitase en este punto de negación, mortificando la curiosidad de querer saber sus conciencias, y que no hiciese más que confesarlos. No pudiendo por este medio conseguir mi intento, introduje, disimulado, plática del ejercicio mismo de negación que ellos profesan; fuese soltando, y dándole yo soga con el disimulo y silencio, dijo las proposiciones siguientes».

«Como yo le oí tanto disparate y reconocí en él pertinacia en defenderlos, lo juzgue privado y fuera de juicio; así lo traté ásperamente de loco, que si había bebido fuese a digerir el vino, y que no me viese más ni se me pusiese delante, que sólo por juzgarlo fuera de sí no lo delataba a la Inquisición, y siento que por entonces lo juzgué porque muchas noches no había dormido con la pena de la muerte de su padre Juan Francisco; pero el suceso se desengañó después. Fue de mi presencia turbado; y lo que resultó fue que en llegando a su casa publicó que dentro de ocho días había de morir, señalando el día 21 de diciembre, fiesta del apóstol San Tome. Con la noticia, concurrieron todas las mujeres de la hermandad arriba dicha, creyendo sus dichos como oráculos; de los hombres sólo creyeron el mismo engaño Umanzoro y José González, todos los demás lo tuvieron por loco y embustero. En el término de los ocho días sólo se ocupó en hablar mil disparates, que no hay papel para escribirlos; en publicar revelaciones, que tenía absortos y suspensos a los presentes, y porque acabase su espíritu con su vida, dijo lo quería comunicar a sus hermanos que llegaban con fe a recibirlo; y entre otras que llegaron a recibirlo fue la arriba dicha sevillana, a la cual mandándole llegar a la cama, le comunicó el espíritu del demonio, manoseándole y tocándole los pechos, como ella misma me refirió. Envió a dar cuenta de su muerte y comunicó su espíritu, por medio de un papel escrito de su mano, a las hermanas religiosas de Santa Clara, que no le creyeron, prevenidas del engaño; la demás turba que le asistía en su casa, aunque les mandé avisar que lo dejaran porque estaba loco, porque esto juzgaron los prudentes, persistieron en su creencia y engaño. Ya se disponía lo necesario para el entierro por José González, y Umanzoro; llamaron al cura de Santa Ana para que le diese el viático; trájoselo (claro está juzgaría estaba de muerte, ignorante de las circunstancias del caso) y lo comulgó. Confieso temí que por permisión y altos juicios de Dios, le quitase la vida el demonio, o él mismo fuese homicida de su vida, que hubiera engañado lo más de la ciudad, que, aunque le juzgaban loco, todavía estaban a la mira del suceso; mas, no quiso Dios dar tal permiso al demonio, y así llegó y pasó el día del santo Apóstol, más no se cumplió la profecía, porque aún vive; con que se confirmaron todos que estaba loco y yo lo juzgué endemoniado. Desde entonces hasta el presente día dicen trata y se confiesa con el padre Antonio Alemán; no lo sé de cierto, y solo puede ser habiéndolo engañado, porque es muy sagaz y de grande arte.

»Este caso atrasó mucho los pasos dados por descubrir del todo el error de la doctrina que seguían todos, porque se recataron mucho más que antes, temiendo alguna pesquisa. Disimulé también y tuve por mejor suspender por algún tiempo mis diligencias, hasta que, sosegados, corriesen el velo con que ocultaban sus interiores; pasó la turbación y miedo viendo no había resulta alguna, y a mí el temor de que me entendiesen o sospechasen mis fines. Proseguí con cautela a informarme si había uniformidad en todos en el modo de espíritu (y tengo hecho juicio que todos van por una misma senda, y doña Petronila Covarrubias en el todo con Solís y Ubau), y sólo hay una diferencia, que los novicios o no tan antiguos en esta hermandad no están prácticos en lo más alto y delicado del espíritu que llaman [484] de negación; pero en el modo de gobernarse y máximas que llevan, allá van todos. De la hermana María Josefa Alvear, religiosa de Santa Teresa, no tengo hecho concepto, porque guarda gran sigilo y desde que murió el padre Juan Francisco Ulloa no ha querido elegir confesor, pero temo que no dista de los demás porque la celebran por de grande espíritu, y sólo juzgan sabe de espíritu quien sigue sus errores.

»Llegó el tiempo en que los jesuitas nos retiramos del trato y comunicación de todos por ocho días de ejercicios, como es costumbre de mi madre la Compañía hacerlo cada año, desde el día de la Ascensión. Ejecuté en ellos lo que mucho antes tenía meditado para desentrañarlos del todo y tener algún instrumento para convencerlos. Trasladé ut jacent las más de las proposiciones condenadas de Molinos, que refiere el padre Señeri en su concordia sobre la doctrina de dicho Molinos, y poniendo también en el papel muchas de las proposiciones expresas que les había oído, y arriba tengo dichas, se las remití a doña Petronila Covarrubias, a don Pedro Ubau y a don José Solís, con papel mío a cada uno en que les significaba me hallaba atribulado y perturbado en puntos de conciencia, (y era así que sus errores me tenían afligido) que para sosegarme leyesen el papel de las proposiciones o dictámenes inclusos que les remitía y me respondiesen lo que sentían acerca de ellos. Surtió efecto la industria porque todos tres respondieron lo que verá Vuestra Señoría por sus papeles; y lo que yo les escribí por ese que remito mío, que me lo volvió don Pedro Ubau, juzgando le mandaba yo me lo remitiese, y no le pedía sino el de las proposiciones con su respuesta: aprobaron conformes todos tres y juzgaron eran dictámenes en nada opuestos al espíritu de negación, que para ellos es el espíritu verdadero.

»Visto esto, agregaba Ovalle, juzgué que no había más que hacer y que me ejecutaba la obligación de delatar dellos, lo cual hago inmediatamente a Vuestra Señoría, porque lo arduo de la materia lo pide, para que Vuestra Señoría con su alta comprehensión discurra y prevenga el modo de gobernar tan dificultoso punto que necesita de grande consideración, y acá no veo viveza bastante, ni la eficacia que pide esta materia en quien debiera seguir esta causa, como comisario de ese Santo Oficio, por causa de sus achaques y genio [485] algo omiso que en dicho señor comisario se ha experimentado». Y después de este ataque al delegado de la Inquisición, terminaba con la siguiente insinuación:

«Yo recibiera por premio singular de mi trabajo, si cometiera Vuestra Señoría esta causa a algún sujeto de mi religión, para que, pues ya se ha principiado por uno della, se concluyese por otro y fuese esto satisfacción de la mancha y desdoro que resultará a mi amada madre en el desdoro de un hijo que como ignorante pudo solo cometer el yerro de ser padre de tales hijos, y así conozca el mundo, concluida la causa, que si un jesuita engañado pudo ser instrumento de la malicia para patrocinar de algún modo tan infernal doctrina, otro jesuita es instrumento de Vuestra Señoría para extirparla y extinguirla. Demás que siendo yo quien ha de hacer el papel principal en esta trágica representación, como sabidor de todo y que conozco los sujetos, remitiendo Vuestra Señoría la causa a persona de mi religión, nos daremos las manos y podré mejor ayudarle, que lo haré como notario suyo, con más secreto, sin la nota y reparo que es preciso se siga si soy llamado al Tribunal de otra persona fuera de mi religión; confío de la piedad de Vuestra Señoría me concederá esta gracia que pido, pues en ella busco el mejor éxito de la causa. Juzgara yo si Vuestra Señoría me lo preguntara, sujeto a propósito al padre Lorenzo del Castillo, rector del Colegio Máximo de San Miguel, cuyo juicio, sagacidad, virtud y letras le dan la primera estimación en esta ciudad, y acabara con grande acierto lo que yo tengo empezado; y si a Vuestra Señoría no le parece tan bien, el padre Tomás de Gamboa, calificador del Santo Oficio, en virtud y letras lleno, pudiera con acierto llevar a fin esta causa. Esto sólo, señor, es proponer, que a Vuestra Señoría toca determinar, y a mí sujetarme a lo que Vuestra Señoría mandare.

»Yo he tolerado y disimulado hasta aquí, portándome pasivamente en sus errores, por conseguir el fin que tengo dicho y por temer y recelar pertinacia en algunos, en particular en don José Solís, don Pedro Ubau y doña Petronila Covarrubias y en algunos otros, porque juzgan que nadie entiende este espíritu, y así que se recatan y ocultan, porque fueran perseguidos de no hacerlo; pero que fuera para ellos logro padecer por la justicia, aquí fundo mi temor, que lo que puede ser materialidad en ellos, [486] pase a formal error, y por eso dije pide gran consideración el remedio, y sólo de Vuestra Señoría puede venir con seguridad que aproveche y no sea en ruina mayor de las almas. También recelo que muchos de ellos han de huir y poner tierra por medio si yo me declaro, porque don Pedro Ubau ha dicho varias veces que si yo le faltara se fuera a lejanas tierras, donde sin la noticia fuera imposible el remedio. Por estos y otros motivos que tengo vistos y consultados, así en los libros como con hombres doctos y piadosos, los tolero, y mere passive, oigo sus disparates, esperando obedecer lo que Vuestra Señoría me mandare, y entretanto procuraré con disimulo disuadirlos lo que pudiere y atajar en lo posible el incendio, en especial en las personas que menos saben los fondos de estos errores, porque aún no han llegado a lo elevado que dicen de este espíritu, seminario de todos sus disparates.

»Todo el tiempo que he gastado en esta pesquisa ha sido necesario para conseguir el fin y logro de mi cuidado, así por serme preciso atender a las tareas de la cátedra y demás ejercicios y ocupaciones de mi religión, a la cual no podía manifestar lo que trataba, como por las causas que tengo dichas.

»Cuando sucedió el caso de Juan Francisco Velazco, acudí al señor Zaldívar y le di parte de lo que pasaba con alguna luz de lo que traía entre manos por resguardo mío en lo que pudiese resultar, por confesar yo toda esta gente engañada; pero fue tenido por loco, y así juzgo no procedió a hacer la causa; pero, en mi sentir, dicho Juan Francisco ha de ser el que más se resista al remedio.

»El modo de vida de esta gente por lo que en lo exterior se conoce es ajustado, y si se ha de atender a lo que ellos dicen, de unos santos, porque los más señalados, como don José Solís, donde Pedro Ubau, doña Petronila Covarrubias, José González, doña Josefa Maturano y otros, son almas puras en sus confesiones, pues no dan más materia que alguna cosa de la vida pasada; y lo que yo admiro, señor, es que hay personas que fueron de muy mala vida, y en este ejercicio, sin haber pasado muchos años, en breve tiempo se hallan sin materia de confesión de la vida presente; confiesan y comulgan los más de ellos tres veces a la semana, domingo, miércoles y viernes, sin que por esto dejen el día que concurre alguna fiesta particular. Es su trato común, y antes estudian en que en ellos no se reconozca singularidad alguna exterior, y si se ofrece la chanza, la dicen y celebran como cualquier otro que no trata de virtud, y en alguna de las mujeres se nota algún desahogo en el reír y hablar, aunque sea en el templo.

»El aprecio que hacen del padre Juan Francisco es sin ejemplar; aclámanlo con el título de «mi santo padre, venerable varón» y otros del mayor aprecio y estimación que se puede dar y conceder a un Santo Padre de la Iglesia. El que pudo de ellos haber alguna prenda suya cuando murió, por reliquia, se tuvo por dichoso, y aún Juan Francisco Velazco, un día que lo sangraron, sacó una redoma de su sangre, que repartió entre todos, y traían aún en relicarios, y esto es no habiendo visto en su padre milagro alguno en vida o en muerte, sino un proceder bueno, como cualquiera religioso. Recogí todas sus reliquias y las arrojé como cosas de difunto.

»Ha llegado ya esta doctrina a la ciudad de Concepción del Obispado de la Imperial, como conocerá Vuestra Señoría por esa carta que remito de fray Felipe Chavarri, escrita a don Pedro Ubau.

»Remito a Vuestra Señoría las pláticas que dejó escritas el padre Juan Francisco Ulloa, de que hay muchos traslados, y juzgo las tienen casi todos, y en ellas tienen lición espiritual, porque no hay libro que más aprecien. En la página 42 está la explicación de lo que es negación, y en la página 44, otro sentimiento de dicho padre, y en la página 55 la despedida que tuvo el padre de los que se hallaron presentes a su muerte. En la pagina 34, a la vuelta, el error material que arriba dije contra la Escritura en el rapto de San Pablo, y en la página 20 otro error en una inteligencia de San Agustín. Remito también a Vuestra Señoría así el papel de las proposiciones de Molinos con las respuestas de los tres, y un papel mío con otros varios papeles, los cuales todos había querido dejar acá, por el riesgo de la navegación, pero me resolví a remitirlos para que con la luz de todo pueda Vuestra Señoría aplicar el remedio, con más acierto.

»Esto es lo que he juzgado participar a Vuestra Señoría, y quedo rogando a Nuestro Señor asista a Vuestra Señoría con especial luz para que en caso tan arduo proceda Vuestra Señoría con el acierto que en todo lo demás. -Santiago y junio 14 de 1710. -Muy ilustres señores inquisidores, B. L. M. de Vuestra Señoría su menor capellán. -Manuel Ovalle.

»Entrelos papeles que remito a Vuestra Señoría va uno del difunto padre Juan Francisco, escrito a doña Rosa Morales, que algún tiempo fue también hija suya, pero dejolo ella porque no pudo acomodarse ni quiso entrar en el camino que dicho padre quiso enseñarla, quien por esto la juzgaba incapaz de adelantarla en espíritu, como el mismo padre me lo dijo a mí varias veces. Yo la confieso ahora y no he reconocido en ella resabio alguno de esta doctrina, antes todo lo contrario, ni sigue otra oración que la que enseñó mi padre San Ignacio. Toda su inclinación es a las mortificaciones y penitencias; es muy escrupulosa, y así la juzgo incapaz de tanto disparate, y por sumamente escrupulosa juzgo también ser incapaz de que se le pregunte en orden a otras, porque será matarla; y como ella frecuentó pocos días esta escuela, no puede ser sabedora de cosa de importancia».

Hemos visto en el anterior documento la alusión que se hace a las diligencias practicadas por el Obispo a fin de averiguar los hechos atribuídos a Juan Francisco Velazco. Es conveniente, pues, que antes de proseguir en la relación del proceso inquisitorial tengamos de ellas alguna noticia.

En efecto, cerca de un mes antes de que el padre Ovalle remitiese a Lima su denunciación, el 21 de mayo de ese año de 1710, «el muy reverendo padre maestro fray Ramón de Córdova, del orden real de Nuestra Señora de la Merced, redención de cautivos, padre de esta provincia de Chile, calificador del Santo Oficio de la Inquisición y su comisario en esta dicha ciudad de Santiago y su distrito, dijo que por cuanto el ilustrísimo y reverendísimo señor Obispo de esta ciudad, doctor don Luis Francisco Romero, del Consejo de Su Majestad, le ha noticiado cómo en los términos desta ciudad tiene noticia de personas verídicas y celosas del mayor servicio de Dios Nuestro Señor, y que se atajen los inconvenientes y daños que pueden resultar de malas doctrinas, sembradas entre gente ignorante, mujeres y hombres de pocos alcances, en los misterios de nuestra santa fe y doctrina cristiana, pues se ha reconocido que un hombre, vecino desta dicha ciudad, llamado Juan Francisco Velazco, con poco temor de Dios se ha puesto a hacer escuela mística y en ella a enseñar y hacer demostraciones que tocan en demasiada credulidad de impertinentes revelaciones y veneraciones supuestas y que a esta escuela han acudido y acuden algunas personas que pueden ser engañadas e ilusas y sembrar la misma doctrina en el conocimiento de muchos, en daño de la verdad y limpieza cristiana y perdición de muchas almas; por tanto, mandaba y mandó que sean llamadas algunas personas de quien se le ha dado noticia que la han tenido y tienen deste desorden y que sean examinadas al tenor deste auto, para que con lo que resultare en sumaria, se dé parte al Santo Tribunal de la Inquisición, para que según lo que resultare de dicha sumaria, provea lo más conveniente al servicio de Dios Nuestro Señor y entereza de su santa doctrina».

En 2 de junio, parecía, en consecuencia, ante el delegado del Santo Oficio el clérigo don José de Espinosa, hombre de edad de cincuenta y siete años, que, como se recordará, se contaba también entre los que, según Ovalle, pertenecían a la secta del padre Ulloa.

Juramentado en forma, «y habiéndole preguntado si sabía o entendía el fin con que era llamado en nombre del Santo Tribunal de la Inquisición, dijo que presume será para el efecto de saber deste testigo si sabe alguna o algunas cosas, palabras, hechos o dichos, que Juan Francisco de Velazco, hombre español, vecino desta dicha ciudad de Santiago, ha hecho o dicho contra las verdades de nuestra santa fe católica, o en alguna manera sospechosas y que pidan el examen cristiano y justo del Santo Tribunal de la Inquisición; -y preguntado más qué fuesen esas acciones, palabras o demostraciones tocantes al proceder del dicho Juan Francisco Velazco, dijo que este testigo concurrió muchas veces a la casa del susodicho, en compañía de don Pedro Ubau y de fulano Guimaray, oficial platero, don José de Solís y don Bartolomé Cortés y otro mozo mercader, vizcaíno de nación, que tiene un cajón en la Cañada, y que el fin deste concurso era irse juntos al río o a otras partes a comunicar y conferir materias espirituales, y que en estas conferencias ordinariamente se cogía el dicho Juan Francisco la mano de superior, pero que en todo esto no le reconoció desorden alguno; últimamente sí, en una ocasión en que a este testigo le dijeron que estaba enfermo, habrá seis meses, poco más o menos, y que habiéndole ido a ver, le dijo a este testigo que un día sábado inmediatamente siguiente había de morir, y aunque es verdad que a este testigo no le dijo ser esta noticia por revelación, sabe este testigo que a otras muchas personas les dijo que había tenido revelación de su muerte y que la razón de no haberle dicho el principio de la tal noticia del día de su muerte, fue porque este testigo se lo reprehendió y le dijo que aquello era materia que no se podía decir ni hablar siendo verdad, por eso mismo, no siéndolo, era desacreditar el buen nombre de la cristiandad, engañando la fe directa de los católicos; y que por estas razones y otras, el dicho Juan Francisco se enfureció y dijo algunas palabras impacientes a este testigo y con ellas le obligó a salirse de su casa y dar cuenta al padre Luis de la Roca, de la Compañía de Jesús, rector del noviciado de dicha Compañía en esta dicha ciudad, quien, la tarde siguiente, envió a la casa del dicho Juan Francisco, con orden de que se informase primero deste testigo, al padre Antonio Faneli, de la dicha Compañía, y éste, habiéndose informado deste testigo, volvió de la casa del susodicho con más enojo que el que este testigo había tenido, porque le halló igualmente resistente y duro en sus dictámenes, afirmando la revelación de su muerte y otras materias frívolas; y que, por último, sabe que el dicho Juan Francisco se llegó a este testigo y le dijo que tenía una gran reliquia que darle, porque había guardado una redoma de la sangre que se sacó en la enfermedad que tuvo de que murió el padre Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, que era el padre espiritual del dicho Juan Francisco y de los demás que están expresados arriba, y que respondiéndole este testigo que entonces veneraría esas reliquias cuando la Iglesia declarase al sujeto por santo, y que así arrojase la dicha redoma y la sangre que tenía reservada; y que esta repulsa le encendió de la misma suerte o más que las otras antecedentes. Y preguntado si todas estas demostraciones o acciones le parece que eran de deliberación y entero juicio, dijo que le parece que sí, y que aquel hombre estaba fascinado, aunque no piensa que con malicia, sino es sólo la de la propia presunción. Y preguntado más si en los otros sujetos le arrastraba algún crédito ese modo de proceder y concurrían a su casa algunas personas, hombres o mujeres, por algún efecto de curiosidad o de engaño: -dijo que le parece que concurrían algunas mujeres a quienes ponía en los créditos de su revelada muerte y prometía muchos favores y también unos desposorios espirituales, en señas de lo cual había recibido una sortija pedida, diciendo que la volvería mejorada; y que esto, aunque este testigo no lo oyó, se lo dijeron algunas personas a quien este testigo tiene por cristianas, y, entre ellas, a una doña Antonia Álvarez, vecina o inmediata a la casa del dicho Juan Francisco; y que también se acuerda que el dicho padre Antonio Faneli le dijo a este testigo que habiendo hallado en la casa del dicho Juan Francisco al dicho Guimaray platero, y al dicho don Bartolomé Cortés, éstos se pusieron de suerte en la afirmación de la revelación hecha al dicho Juan Francisco sobre su muerte y lo demás que dijeron, que darían sobre la verdad de ellas y la del dicho Juan Francisco, las vidas. Y que esta es la verdad y lo que sabe y que a esto no le mueve ninguna pasión, odio, ni amor, sino es dar satisfacción a su conciencia en una materia tan peligrosa y que puede ser de tanto daño en la Iglesia de Dios y en grave escándalo y perturbación de los fieles».

Nos parece también del caso oír sobre tan interesantes particularidades la deposición de un testigo no menos bien informado y de quien Ovalle hacía igualmente mención en su denunciación, el padre Antonio Alemán.

«Hago a Vuestra Señoría estas letras, decía, dirigiéndose al Tribunal del Santo Oficio, como y a manera de última voluntad, porque juzgo que quizás antes que lleguen a ese Santo Tribunal pareceré en el del supremo juez, según que, además de setenta y ocho años que tengo, son otros tantos o más los achaques que a un tiempo me mortifican, en tanto grado, que, no cada día sino cada hora e instante, parece será el último de mi penosa vida, gota que de pies a cabeza me ocupa todo el cuerpo muchos meses en la cama, sin permitirme ni aún coger un bocado por mis manos; hijada que todos los meses y mudanzas de luna me atormenta; piedra que me pone a lo último, y, últimamente, mal de orina que me atormenta de suerte que, sin darme treguas de un cuarto de hora, me saca tanto de mí que el descanso es un continuado gusto, asistido muchas noches de los religiosos mis hermanos que me velan, juzgando que cada hora e instante es el último, lo cual no obstante, sacando fuerzas de flaqueza, cojo la pluma del modo que puedo...».

«El señor obispo don Luis Francisco Romero llamó a Velasco y en concurso del reverendo padre maestro fray Ramón de Córdova, comisario entonces de ese Santo Oficio, y lo examinó muy de propósito uno y otro día, y no pudiendo sacarle cosa que hiciese al caso o disonase lo dejó mandándole dos cosas: la primera, que se gobernase en todo y por todo por mi dirección, satisfecho Su Ilustrísima de los buenos efectos que había experimentado en los monasterios de religiosas de su cargo, por haberles yo puesto en mucha reforma, dándoles los ejercicios de San Ignacio, mi padre, y frecuentes pláticas espirituales, que cada mes y festividades les hacía, confesándolas cada ocho días; la segunda, que no se entrometiese en querer gobernar otros espíritus, dándoles instrucciones espirituales, que solía hacer en su casa, y aún iba a los monasterios a semejantes pláticas; y porque sabiendo del padre Manuel Ovalle que los discípulos del dicho padre Ulloa, difunto, le habían buscado para que llevase adelante aquella plática, que dicho padre, reconociendo lo errado, los desechó. Yo le dije que, como quien sabía de todo, hiciese relación a ese Santo Tribunal para que aplicase su santo celo, atajando los daños que se podían seguir, como lo hizo; y así, por las dos cosas, excusé por entonces lo que ya habían hecho los dichos dos padres Manuel de Ovalle y Antonio María Fanelli, y juzgando que por lo que tocaba al dicho Juan Francisco Velazco hice al dicho reverendo padre Urraca la carta que le escribí, y aquí en breve reproduciré para lo que fuere necesario, de reconvenir y convencer a dicho Juan Francisco Velazco, y es así. Habiendo muerto dicho padre Juan Francisco de Ulloa, hallándose repelido dicho Juan Francisco Velazco del padre Manuel de Ovalle, como he apuntado, dio en un frenesí de que se había de morir el día 21 de diciembre, día del señor Santo Tomás apóstol. Yo hasta entonces estaba totalmente ignorante de lo que había pasado en la muerte y después de la muerte del dicho padre Juan Francisco de Ulloa, ni de sus discípulos, ni de su modo de gobernarlos; teníale sí por buen religioso, aunque poco literato, y al dicho Juan Francisco Velazco le tenía por buen cristiano y que frecuentaba los sacramentos, sin que a mí me hubiese comunicado ni confesádose alguna vez conmigo. La noche, pues, precedente de dicho 21 de diciembre impensadamente se me entraron un Pedro de Humazoro y otro Pedro Guimaray, diciéndome que dicho Velazco me llamaba a su casa; repugnélo por tarde, y apenas poder dar paso por la gota. Instaron que convenía a gloria de Dios, porque aquel hombre se moría y pedía para su consuelo que yo se lo fuese a dar, y que si no podía por mis pies, [493] me llevarían en brazos. Rendime a esta instancia, y del modo que pude fui; entré en su casa, llegué a la pieza en que estaba en pie, bueno y sano a lo que yo vi; díjome luego que me daba la obediencia como hijo espiritual a su padre espiritual, que como a tal me comunicaba lo que Nuestro Señor había determinado, que se muriese el día siguiente del señor Santo Tomás apóstol, pero que si le mandaba que no se muriese, no moriría. Yo, reconociendo su delirio y que si como él decía le mandaba que no muriese, haría cierta la que él llamaba revelación, y quedaría el pueblo, que ya sabía lo que él decía, engañado, le dije que no le mandaba tal, pero que si sabía por revelación de su muerte, qué prevención era aquella de cristiano sin confesarse ni recibir el santísimo viático, que hasta los ahorcados recibían, sin otras disposiciones de testamento. Dicho esto, me entregó algunos papeles que tenía de dicho padre Ulloa y un libro de la Biblia, con que me volví a mi Colegio de San Pablo, de donde era rector, y el día siguiente de Santo Tomás me fui a la estancia de Chacabuco, perteneciente a dicho colegio, sin hacer caso de lo dicho, recelando si acaso él, por hacer cierto su delirio, se ahogaría o el demonio lo ahogaría para que lo tuviesen por santo, que nada sucedió, aunque dijo que había padecido a la hora que había de haber muerto tales dolores que parecía que ya espiraba; y, como después dijo, había suspendido su muerte por lo que luego diré.

«Vuelto yo de Chacabuco por tiempo de Ceniza para predicar los domingo en mi iglesia y los miércoles y jueves de cuaresma en los monasterios de Santa Clara y San Agustín, me buscó, y se confesaba conmigo, sin que ni de sus confesiones ni de otros exámenes que, fuera de confesión, le hacía, pudiese sacarle otra cosa que lo que le enseñaba su padre Ulloa; era la mortificación interior según la doctrina de Taulero, como le sucedió al señor obispo Romero y padre comisario fray Ramón de Córdoba, porque uno de los dictámenes del dicho padre Ulloa, supe después, de otros, era que jamás ni en confesión, ni fuera de confesión descubriesen a ninguno lo que les enseñaba. Díjome sí un día el gran magisterio de espíritu de su padre Ulloa, y que no había habido en la Iglesia de Dios, fuera de Taulero y San Ignacio, magisterio semejante, porque era un santo y por tal le veneraba, tanto que habiéndolo asistido en su enfermedad hasta su muerte, había recogido una [494] redoma de sangre, que tenía como reliquia de varón santo, y que como tal había repartido a otras personas para que la tuviesen en veneración. Habiéndole oído lo dicho, le reprendí y dije que era locura y engaño, y que luego me trajese la redoma de sangre, como lo hizo, y yo la enterré donde nadie la pudiera sacar, e informado de las personas a quienes había dado de la sangre, las llamé y las hice la arrojasen, desengañándolas.

»Por lo dicho, entré en mayor cuidado de que las cosas de este hombre eran ilusiones del demonio, y no habiendo podido por mí inmediatamente descubrir cosa para desengañarlo, me valí de una beata de Santa Rosa, Teresa de Jesús, que con su compañera Casilda, hijas mías de confesión, iban a su casa y le oían, en concurso de otras, hablar cosas espirituales, sobre que me dijo la Teresa que aquel hombre parecía buen cristiano y que hablaba bien de Dios. Yo con esto, disimulándole mi recelo, le dije: «sí, vaya enhorabuena y atienda bien a todos sus dichos y hechos». -Hízolo así, ausente yo en la estancia de Chacabuco, de donde, venido, me buscó, y escandalizada ella y la Casilda, me dijeron algunas cosas malsonantes de que abrazaba y tocaba a las mujeres por los rostros y pechos, diciéndolas que con aquello las santificaba por estar él santificado, y una blasfemia cerca del Santísimo Sacramento, y que a una beata, llamada Fulana de Santo Domingo, la tenía engañada, y que decía que aquella era una Santa Catalina, y que ésta le creía y que le había dado una sortija o anillo, diciéndola que con aquello la santificaba y la desposaba con Dios. Oído lo [495] referido, llamé a dichas beatas, excusándose por enferma la otra N. de Santo Domingo, y las llevé a casa del dicho Juan Francisco, y puestas en su estrado, delante de su mujer doña Rufina de Herrera, que también vivía engañada de su marido, le dije que ya era tiempo de desengañarlo, y que si antes no lo había hecho, había sido por coger más claras noticias de sus errores, que a mí me había ocultado, y por ver si con mis amonestaciones y libros espirituales que le había dado, se reconocía y ponía en el camino verdadero de su salvación, y que supiese que estaba iluso y engañado del demonio, por esto, esto y esto que le fui diciendo. Negábalo y con las beatas presentes que certificaban de vista y oído, decía estaría loco, y más que loco le dije, porque ¿no se acuerda de la revelación que me dijo tenía de haberse de morir el día de Santo Tomás? Si fue revelación ¿cómo no se murió? Respondió tan iluso como de antes; el determinar Nuestro Señor que me muriese ese día, fue porque murió mi padre Ulloa, no tenía hechura lo que habíamos determinado, siendo muy recogida la casa del señor Obispo, donde yo me había de introducir, y así, nuestro padre Ulloa para reformarla, y como había muerto, quiso Dios que yo también muriese, y esto determinado, suspendió Dios su decreto y que viviese para instruir a estas beatas y a otras almas que vienen a mi doctrina; a que yo le dije, «pues ya ve que todo es disparate, porque ni estas beatas ya desengañadas, ni las demás pondrán aquí sus pies, ni le oirán ni seguirán sus ilusiones, y si por eso no se murió entonces, se puede morir luego, etc.». Aquí quedó confuso, y le mandé que en adelante, por ningún modo a ninguna persona diese instrucciones espirituales, como le había mandado el señor Obispo, y que me diese todos los papeles de la beata N. de Santo Domingo, a quien después llamé y le quité los papeles de dicho Velazco y la desengañé, y a otras dos, doña Jacinta Flores y Mariana de Guimaray, a quienes había dado de la sangre del padre Ulloa y con quienes, usaba de aquellos tocamientos con que debía santificarlas; y habiendo desengañado a las dichas y a él, en la forma dicha, jamás volvió a mí, que lo que yo le toleré serían dos meses más o menos, porque la mayor asistencia mía era en la estancia de Chacabuco, en la planta de una viña, bien que supe de otras locuras suyas que corrieron por públicas, como el querer sacrificar la vida de su mujer, que le hizo fuga, y corromper una su criada muchacha, y salir por la calle con una guitarra convocando niños para que le ayudasen a cantar y bailar, que por estas locuras juzgo le echaron preso en la cárcel pública...».

El padre Manuel de Barona, de la misma orden de la Merced, que había sucedido a Córdoba en el cargo de comisario, en 10 de diciembre de 1712 hacía, por su parte, llamar a su presencia a Ovalle. Declaró éste ser natural de Santiago, de edad de treinta y ocho años, rector del Colegio de San Francisco Javier, y tan pronto como se le preguntó si sabía o presumía la causa por qué había sido llamado, expresó sin trepidar que creía era para averiguaciones de lo que tenía escrito al Tribunal tocante a Ulloa, Solís, Ubau, Velazco, la Covarrubias, etc., lo cual, aseguraba, no había ejecutado «por odio, enemistad o mala creencia, sino por descargo de su conciencia».

El mismo día en que tenía lugar esta diligencia, escribía al Tribunal de Lima otro jesuita, el padre Antonio María Fanelli, que se hallaba en situación de agregar algunos detalles a los consignados por Ovalle.

Son dignas de leerse sus palabras.

«De dos años y medio a esta parte, he estado siempre con el ánimo de escribir a Vuestra Señoría y de informarle brevemente cómo en esta ciudad de Santiago de Chile se ha introducido una secta infernal de nuevas doctrinas, del todo opuestas a las sagradas leyes y dogmas de nuestra santa fe católica, y ésa corre entre unos hombres y mujeres, y aún entre algunas religiosas, con bastante empeño de unos y otras en propagarlas y llevarlas adelante; pero discurriendo que con más facilidad y brevedad se remediarían las cosas denunciando e informando yo acá al reverendo padre comisario de ese Santo Tribunal, que Vuestra Señoría tiene señalado para esas causas y diligencias, por eso me determiné a ejecutar eso y omitir el deseo que me asistía de escribir a Vuestra Señoría. Pensé con esta determinación, en realidad, acertar, lo uno, porque libraba bien mi conciencia, denunciando yo acá a quien podía y debía remediarlo; lo otro, porque para mí era de grande embarazo el noticiar a Vuestra Señoría de esas cosas, porque uno de los comprendidos es una religiosa profesa del monasterio de Santa Clara, hermana carnal de mi padre provincial actual, y así, por justo respeto, no me atrevía a tomar la pluma y por mi mano sacar a luz lo que tanto ofende al lustre de las personas, como también por hallarme súbdito dél, quiero decir, sujeto a tener quizás mil sinsabores y pesares, si tal de mí sospechara o llegara a saber. Confieso que no logré nada con toda esta diligencia y cuidado que puse de mi parte, por las razones que diré, y por eso, atropellando respetos y venciendo dificultades, me animo y esfuerzo a escribir a Vuestra Señoría ésta, para que no quede mi conciencia lastimada por culpa de omisión.

«Digo, pues, que habiendo yo dado parte al muy reverendo padre comisario y maestro fray Ramón de Córdoba, muy por menudo de todo lo que yo sabía destos sujetos, empezó luego, al punto, el siervo de Dios con empeño a formar por escrito un largo informe de todas las cosas, con las declaraciones de muchos testigos, para remitirlo a Vuestra Señoría; pero fue Su Majestad servido mientras estaba entendiendo en la obra, llevárselo para sí, después de muy breves días de enfermedad, que le sobrevino de un fuerte catarro, y con esto se frustraron mis intentos. Sentí de nuevo punzarme la conciencia, y me determiné informar de todo al señor Obispo desta ciudad, el doctor don Luis Francisco Romero, y por su mano se remediaron algunas cosas, como son, el haber embarazado la comunicación que estos alumbrados, que así entre ellos se llaman, tenían muy frecuente con las monjas de Santa Clara, y en especial con cinco o seis religiosas, y juntamente por haber quitado el oficio de maestra de novicias a una de las dichas, que se hacía cabeza de todas las demás. Con todo, viendo que todavía quedaba la raíz en pie, me resolví a noticiar también al nuevo comisario, el muy reverendo padre maestro fray Manuel de Barona, para que no quedase por falta de diligencia mía irremediable la llaga, y le puse en sus manos un papel de varias proposiciones destos sujetos, muy escandalosas. Quedó, en verdad, muy atónito al leerlas, y me dijo las guardase, que entre tres días me llamaría para fenecer la causa dellos, que dejó imperfecta su antecesor fray Ramón. Se ha pasado una máquina de días, quiero decir más de un mes, y hasta ahora estoy entendiendo que no ha dado paso ninguno para este negocio; con que, viendo su tibieza, me he resuelto a solicitar la fuente, que es Vuestra Señoría, para el remedio, y no gastar más pasos en buscar arroyos que traen tan poca agua, tanto más que nuevamente he sabido cómo uno destos, viendo que no podía ir en persona a hablar con las monjas dichas a su convento por el orden tan apretada del señor Obispo, ha sabido buscar trazas para comunicarse con ellas por debajo de cuerda por frecuentes papeles, si bien con mucho recato y sigilo, en los cuales papeles de una parte y otra se dan cuenta de sus cosas, y la persona que llevaba hasta aquí dichos papeles y traía las respuestas, es una mujer que seguía también sus doctrinas; pero después de varios medios que tomé para desengañarla de su error, al cabo fue Su Majestad servido abrirle los ojos del entendimiento, y del todo se me entregó en mis manos para que la rigiese y confesase. De esta, pues, mujer, llamada doña Mariana González, natural de Coquimbo, hija doncella de padres hidalgos, de treinta y siete años de edad, poco más o menos, habiéndola muy despacio examinado, he sabido por su boca todas las doctrinas que ellos siguen y enseñan, como Vuestra Señoría verá en un papel escrito de su mano della, que va en ésta incluso, y cómo a ella la tenían también engañada. Ultra desto, remito también otros papeles, unos de don José Solís, criollo de esta ciudad, hijo natural, y mercader de profesión; es casado y tiene muchos hijos; su linaje, por parte materna, me aseguran que es muy noble, y por parte paterna no es de muy alta esfera. No es hombre de letras, porque no ha estudiado palabra, y con todo se ha hecho padre de espíritu de muchas personas, gobernándolas y rigiéndolas, dándoles doctrinas, reglas y preceptos para su régimen del espíritu; y las tales se tienen por bienaventuradas, por merecer su enseñanza y tenerlo por maestro. Cuáles son sus doctrinas y cuál el camino por donde las lleva, verá Vuestra Señoría en estos pocos papeles escritos de su mano a una de las cinco religiosas susodichas, llamada doña Petronila Covarrubias, hermana de mi provincial, a quien el señor Obispo le quitó el oficio de maestra de novicias, fuera de otros muchos que la ha escrito a la misma, según me lo ha asegurado doña Mariana González, quien se los llevaba de parte de don José Solís, de los cuales, me añadió, que se pudiera formar un tomo bien grande. Dudo mucho que la dicha religiosa los tenga hoy en su poder, porque le tenía mandado el mismo don José que así que leyese sus papeles, luego al punto los quemase. Estos pocos que a Vuestra Señoría remito, los halló en su poder, sin saber cómo, la susodicha doña Mariana González. Otros son de doña Petronila Covarrubias, escritos de su letra al ya nombrado don José Solís, a quien venera y tiene por padre espiritual, y en uno de sus papeles, como Vuestra Señoría verá, se firma doña Petronila Ulloa, y no es porque Ulloa sea su apellido, más sólo porque su confesor antiguo con quien se confesaba, se llamaba el padre Juan Francisco de Ulloa, fue de la Compañía, y ha tres años que murió, y porque a veces se apellida Ulloa. Otras cosas hay que piden remedio, y también denuncié de ellas, como de otro sujeto llamado Juan Francisco Velazco, criollo de Santiago, hombre casado, pero no tiene hijos. Este ha sido siempre íntimo amigo y compañero de don José Solís, si bien hoy no se comunican, por lo que diré. Publicó el dicho Juan Francisco Velazco, haciéndose enfermo, sin tener calentura ni muestra de achaque alguno, que entre una semana se había de morir, y señaló día, afirmando que sería el sábado de aquella misma semana, y que se había de ir luego al cielo así que espirase. Con esta noticia, no faltaban de su casa, ni de día ni de noche, hombres y mujeres, que iban a verle para envidiarle su suerte, y él a todos les iba repartiendo gracias y favores, y aún espíritus de santidad. Decía que tenía especial facultad del Eterno Padre de esposar muchas doncellas con Jesucristo. Con eso se alborotaron muchas mujeres deseosas de tan alto esposorio, y con mil ruegos se lo iban a pedir, y él, condescendiendo con sus deseos, les daba a cada una un abrazo, les echaba su bendición, diciéndoles que con aquello quedaban esposadas. Solicitó él también de por sí mismo a otras niñas para el efecto, y las envió a llamar con muchas instancias. A dos de éstas, entre otras que fueron llamadas, las celebró grandemente, dándoles muchos abrazos, apretándoles las manos y poniendo las suyas en sus pechos. Por último, les sacó a cada una dellas de los dedos una sortija, diciéndoles que las llevaría consigo al cielo para mayor celebración de aquel esposorio a que las levantaba, y que desde allá se las volvería luego en persona entre pocos días. Llego a mi noticia todo lo referido; confieso la verdad, que no pude detenerme, quia spiritus Domini irrupit super me. Fui luego a buscarle a su casa para reprenderle agriamente de su desatino y locura, como lo ejecuté, y así que llegué a su casa, hallé que tenía la puerta de la calle cerrada: empecé a golpear, y después de un buen rato me abrieron, y, al entrar, vi que salían de su cuarto tres beatas de Santa Rosa, las tres muy modestas y cabizbajas, y la una en especial muy encendida, hecha una Magdalena de lágrimas. No dejó de darme cuidado la vista dellas. Entré, por último, adentro, y hallé al enfermo vestido y sentado cerca de su cama, en compañía de su mujer, tías y hermanas, fuera de otras mujeres y de dos hombres, el uno platero y el otro chacarero, secuaces todos de sus doctrinas. Después de haberle saludado y de las generales, le pregunté qué achaque tenía, y me respondió con disfraz y equívoco unas palabras preñadas, sin son ni ton. Entonces saqué la cara y empecé a reprenderle de una en una todas las infamias que estaba haciendo, y del mucho atrevimiento en publicarse por santo, y repartiendo santidades, y esto con mucho fervor y celo. Reconocí en él alguna, por no decir muy crecida soberbia, pues sintió mucho la correpción y empezó a enfadarse, por lo cual me certifiqué que no era santidad la suya, como decía, más una arrebozada hipocresía y declarada ilusión. El platero, que estaba sentado oyendo todo lo que yo le hablaba, viéndome caliente, caliente se levantó de la silla, y con voz alta me dijo: «que las cosas que enseñaba y obraba su amigo el dicho Juan Francisco, era muy justas y santas y que daría la vida y la sangre para defenderlas». Dile entonces a éste una buena mano, y no se atrevió a hablar más palabra, con que proseguí la plática con el fingido santo y enfermo, hasta que desahogué todo mi corazón y me salí de su casa. Quedaron todos atemorizados; mandaron luego cerrar la puerta de la calle, y desde aquel día no dieron más entrada a las personas que lo iban a ver. Esto de bueno saqué con mi ida y reprensión que le di. De ahí a dos días, que era el sábado, en que decía se había de morir, se salió de la ciudad y se fue a una chácara cerca del pueblo, publicando los suyos que el enfermo se había vuelto loco, y a los dos o tres días se volvió a su casa bueno y sano como estaba, y no como decían para dorar sus cosas. Una particularidad se me había olvidado, que es ésta; después que yo salí de su casa, perseverando en su engaño que se había de morir el sábado, envió a llamar al cura para que le trajese el viático, y el cura fue y se lo dio, creyendo que estaba muy malo, según decían. De todo lo referido di parte al padre comisario fray Ramón y al señor Obispo; pero todo fue en vano, porque se han quedado las cosas en mucho silencio, y aunque el dicho Juan Francisco, desde que yo fui a su casa, no osa parecer delante de gente, por haber sido tan público su desatino y locura, con todo, no dejan ya otra vez de buscarlo los que se habían retirado dél. Toda su parentela y familia, muy alabadora de sus dictámenes, la reconocí tan inficionada como lo está el dicho en sus doctrinas. Con que vea, pues, Vuestra Señoría si todo esto pide remedio, para que secta tan diabólica no pase a contaminar a otras almas inocentes; y si por todo lo referido Vuestra Señoría se determinare, dar luego alguna providencia, no hallo otra, según mi parecer, mas eficaz que ésta, salvo, empero, lo que Vuestra Señoría dispusiere, que no dudo será mejor delante de Dios; pero por no faltar que decir, lo que siento in Domino, me parece fuera muy conveniente y necesario que Vuestra Señoría despachase para este efecto alguna persona extraña, de satisfacción, que no sea criollo desta ciudad, que por ser ella tan corta, casi todos los que hay aquí los veo emparentados unos con otros; y si en algunos no hay parentesco, hay, empero, compadrazgo, que casi viene a ser lo propio, y por este motivo discurro que no se hiciera tan a gusto el negocio. También digo que el padre maestro Fr. Manuel de Barahona, que tiene hoy oficio de comisario, es muy íntimo amigo del maestro fray Ignacio de Covarrubias, religioso de su misma orden, hermano carnal de doña Petronila Covarrubias, de quien hice mención arriba, y cuando el dicho fray Manuel fue provincial, lo hizo comendador del convento grande de esta ciudad, y así, por este lado, si a él se le diera el cargo de este negocio, no me parece que obrara según pide su santo celo de Vuestra Señoría...».

Por los días en que Fanelli escribía esta carta, para la censura de las proposiciones que se atribuían especialmente a Solís, se elegía en Lima al maestro don Dionisio Granado, cura del puerto del Callao, quien el 22 de diciembre del citado año de 1712, presentaba al Tribunal un cuaderno que alcanza a cien páginas en la copia de que nos servimos, en las cuales, valiéndose del testimonio de los Padres de la Iglesia y de graves escritores, declara y condena aquellas proposiciones como escandalosas, temerarias, heréticas, nuevas, imposibles, dignas de Molinos, Calvino y Lutero, y con otros epítetos semejantes a estos.

Adelantada en Santiago la pesquisa hasta ese punto, durante cerca de un año siguieron las cosas sin más novedad, especialmente por enfermedad del notario de la causa, hasta que por el mes de febrero de 1714, el comisario Barona recibió la deposición del jesuita Claudio Cruzat, rector del Colegio Máximo de San Miguel de Santiago, que declaró haber tenido noticia por una de sus confesadas de ciertas proposiciones que se atribuían a Solís; la del mercedario fray Nicolás Nolasco de la Madre de Dios, quien para descargo de su conciencia dijo «que estando hablando con don José Solís, de ejercicio mercader, acerca de la providencia de Dios, y que el dicho don José Solís cogió la mano y dijo cómo con su escasez de medios se mantenía en su cajón de mercaderías, y que estando en su retiro tuvo una representación, no afirmando si había sido representación o imaginación, en que vio dos campos, el uno con ovejas, con pasto crecido y abundante, y el ganado gordo; y el otro también con ovejas, pero escaso de pasto y el ganado también gordo; diciendo se le daba a entender o él entendía en esto de la providencia de Dios, en mantenerse con la escasez del medio real; a lo cual este denunciante le pareció en el modo de decir la proposición y desembarazo en el hablar, ser proposición escrupulosa, y estuvo con el ánimo de corregirle; y por lo que toca a si las ovejas del campo de poco pasto estaban gordas, dice este denunciante no atendió a la menudencia de la relación, y sólo reparó a la facilidad con que delante del frailecito su compañero hablaba; y por lo que toca a la aplicación que él hizo de los dos campos y el ganado gordo, contraída la dicha conversación de la providencia divina, hizo el dicho don José la aplicación, diciendo para sí, al acordarse de este caso, «si Dios me querrá dar a entender que yo viva sólo a afucias de su providencia...».

Días después el comisario hacía parecer a su presencia a Mariana González, natural de la Serena, soltera, de edad de más de treinta años.

Se nos permitirá que copiemos las diligencias de su examen y ratificación porque su conocimiento nos parece importante.

«Preguntada si sabe o presume la causa para que ha sido llamada; dijo que la sabe, que es para decir lo que le enseñaba don José de Solís.

»Preguntada qué es lo que le enseñaba don José de Solís; dijo que, puesta en la oración en la presencia de Dios, haciendo la señal de la cruz, sin otro movimiento alguno, como una cosa insensible, desechando todo cuanto le viniese a la imaginación, sin acordarse de Dios ni de sus santos, y desechando cualquier pensamiento que le viniese, bueno o malo; que sólo eso era espíritu y lo demás naturaleza, y que éste era el camino de la abnegación, y que no lo comunicase con ningún padre, porque iban por el camino de la naturaleza y él iba por el camino del espíritu; y asimismo le decía que no había menester para el padre que le gobernase el espíritu, porque le enseñaba el Espíritu Santo, y así no era menester hacer examen de conciencia. Y también enseñaba a esta declarante que no lo hiciese, respecto de que sólo era necesario confesar un pecado de la vida pasada por dar satisfacción al confesor, y aunque hubiese cometido pecados mortales en ese tiempo, no era necesario confesarlos, porque era salirse del acto de la abnegación, y que Jesucristo era dueño de la ley; que hasta que fuese movida de la gracia, entonces le haría confesarlos todos, y que mientras fuese prosiguiendo así, aunque cayera en el pecado, que cayera. Y asimismo la enseñaba que cuando hubiese concurso de gente, comulgase sin reconciliarse, porque no harían reparo los circunstantes, en tales días, y que él lo hacía así. Y que no atendiese a la misa, porque era cosa natural, ni al sermón, porque era extraer el espíritu del acto de la abnegación, sino es estarse en nada recogida. Y asimismo preguntado por esta declarante que si irían a oír las descomuniones y los edictos, la enseñaba que no les comprendía a los que iban por el camino del espíritu sino a los que iban por el camino de la naturaleza; y que no leyese libros espirituales ni otros rezos que el rosario, si es en su casa o fuera, por no dar mal ejemplo, porque esto era para los que iban por el dicho camino de la naturaleza, no para los que iban por el del espíritu; y que él sólo sabía el camino del espíritu e iba por él, y que no había en Santiago otro que lo supiese regir, sino es él, porque todos iban por el camino de la naturaleza; y que no tenía necesidad de ir a los jubileos, porque sólo con el acto de la abnegación los ganaba, y que cuando fuesen, con esto, bastaba para ganarlos, porque todo lo demás era hacer refleja y salirse del espíritu; y que al que iba por este camino no era necesaria las mortificaciones del cilicio ni la disciplina; que todo lo que era por actos exteriores acordarse de Dios en actos de contrición, devociones de rezo y otras mortificaciones, era naturaleza y salirse del espíritu; y que esto es lo que se acuerda por ahora, todo lo cual le enseñaba el dicho don José de Solís, por tiempo de dos años, poco más o menos. Y que pensando que esto era lo más perfecto, por ser el susodicho hombre que todos le tenían y lo tienen por virtuoso y ser hijos de un padre espiritual, que lo era el padre fray Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, difunto, por servir con más veras a Nuestro Señor, lo abrazaba, y siguió estos dictámenes el dicho tiempo de los dos años, después que murió el dicho padre Juan Francisco, hasta que una hermana de esta declarante le dijo varías veces que no se gobernase por el dicho don José de Solís, que pudiera padecer engaño o ilusión en lo que enseñaba; que ella se confesaba con el padre Antonio María Fanelli, de la Compañía, y que no la enseñaba sino es por el camino de la naturaleza, y que así mírase no fuese engañada; con lo cual esta declarante pasó a ver a dicho padre dicho Antonio Fanelli, y comunicándole todo, la desengañó y la dijo que iba errada, y detestó todo lo que el dicho don José Solís la enseñaba, haciendo confesión general con él; y que de todo lo que la enseñó el dicho don José Solís, le dio esta testigo un papel al dicho padre Antonio Fanelli, para que denunciase, y el dicho padre la dijo a esta testigo que, en llamándola el Santo Tribunal de la Inquisición, fuese luego. Y al dicho padre lo despacharon sus superiores de la otra banda a la ciudad de Mendoza, ha tiempo de un año, poco menos.

»Preguntada si el padre Juan Francisco de Ulloa, con que dice se confesaba, si la enseñaba lo mismo que dice la enseñaba el dicho don José Solís; dijo que lo que la decía el dicho padre Juan Francisco de Ulloa era que las mortificaciones exteriores y disciplina y cilicio era naturaleza, y preguntándole esta testigo si las ejercitaría, le dijo que no, que sólo el camino de la abnegación era el del espíritu; y que le dio tres pláticas Juan Francisco de Velazco, que fueron las que el dicho padre Juan Francisco de Ulloa platicó, en las cuales el dicho padre Juan Francisco la mandó leyese, que trataban sólo el camino de la abnegación, que esta testigo se las dio a dicho don José Solís. Y asimismo la dijo el dicho padre Juan Francisco de Ulloa, que él sólo sabía enseñar el camino del espíritu, porque todos los demás iban por el camino de la naturaleza, y que le siguiesen, que él las llevaría derechas. Y asimismo que no tenía necesidad de ir a las iglesias donde había jubileos a ganarlos.

»Preguntada si sabe a qué otras personas enseñaba esta doctrina el dicho padre Juan Francisco de Ulloa; dijo que sabe enseñaba el dicho padre Juan Francisco de Ulloa, lo expresado, en el convento de Santa Clara, a doña Petronila Covarrubias, doña Clara Ramírez, y otras dos llamadas doña Sebastiana y doña Micaela, que no se acuerda de sus apellidos, monjas profesas, y afuera a doña Gabriela Velazco, y doña Jacinta la Sevillana, y a la Rosa Campusano, doña Rufina Herrera, y a la mujer de Juan Bautista Borda, Mariana Guimaray, a Juan Francisco Velazco, don Pedro Ubau, Juan Bautista Borda, Cristóbal Guimaray, don José Solís, Francisco Benítez y a otro hombre llamado Fulano Humanzoro, Andrés de Mugerso, aunque éste no parlaba con esta testigo, pero era hijo de dicho padre Juan Francisco de Ulloa.

»Preguntada si sabe que el dicho don José de Solís tuviese otras discípulas o discípulos a quien enseñase la doctrina y modo de oración que la enseñaba; dijo que enseñaba lo mismo a doña Petronila Covarrubias, monja de velo negro de Santa Clara, a quien esta testigo llevaba los papeles del dicho don José de Solís, y a doña Clara Ramírez, doña Sebastiana y doña Micaela, religiosas, y por dichos papeles se gobernaban todas; y afuera, a la Rosa Campusano; y que todo lo que lleva dicho y declarado es la verdad, so cargo del juramento que lleva hecho, y que no lo ha dicho por odio ni mala voluntad que tenga al dicho don José de Solís, sino es por descargo de su conciencia».

En el acto de la ratificación, «fuele dicho que se le hace saber cómo el señor fiscal del Santo Oficio le presenta por testigo, ad perpetuam rei memoriam, en una causa que pretende tratar contra el dicho don José Solís y contra el padre Juan Francisco de Ulloa, difunto, de la Compañía de Jesús, que esté atenta y se le leerá su dicho, y si en él hubiere que alterar, añadir o enmendar, lo haga, de manera que en todo diga verdad y se afirme y ratifique en ella, porque lo que ahora dijere parará en perjuicio al dicho don José Solís y padre Juan Francisco de Ulloa.

»Y luego le fue leído a la dicha Mariana González de verbo ad verbum el dicho arriba contenido; dijo que aquél era su dicho, y ella lo había dicho según y como estaba escrito, y que sólo tenía que añadir, por haber recapacitado la memoria, lo siguiente:

»Que el dicho don José Solís la enseñaba que su doctrina era sobre todo entendimiento y razón, que los teólogos no la alcanzaban, y que por este modo de oración había de quedar como muerta a todo lo de esta vida. Y la decía no entrase a los ejercicios de San Ignacio, porque iban por el camino de la naturaleza, y el dicho padre Juan Francisco de Ulloa no quería tampoco que entrase a dichos ejercicios; y asimismo la enseñaba el dicho don José Solís que cuando fuese a comulgar no hiciese ningún acto de amor de Dios o de fe, porque esto era salirse del espíritu, y que cuando fuera preguntada de algún confesor qué oración tenían, respondiese que sujetaba todos los movimientos y malas inclinaciones y que abrazaba todas las cosas penosas. Y asimismo la decía que no era necesario hacer reverencias en la Iglesia, y que no encomendase a Dios a los que me pedían les encomendase a su Divina Majestad, porque esto era salir del espíritu, y que no reprendiese a nadie, porque eso les tocaba a los sacerdotes; que no diese limosna, porque eso era naturaleza. Y por lo que toca al padre Juan Francisco de Ulloa; que habiéndola este padre convertido y enseñado primero el camino verdadero, por tiempo de ocho años, y haber entrado por su mandado a los ejercicios de San Ignacio cinco veces, después me dijo que él me enseñaba el camino de la abnegación, y desde entonces no quiso que entrase más en los ejercicios que daba el padre Andrés de Alciato, de la Compañía de Jesús. Y me gobernó por este camino de la abnegación, por tiempo de dos años, poco más o menos, hasta que murió, según y como lleva expresado, la enseñanza el dicho padre Juan Francisco de Ulloa, en su dicho; y que en este camino de la abnegación, aunque en él la decía el dicho padre Juan Francisco de Ulloa otras cosas, no sabe explicarlas ni se acuerda de ellas. Y asimismo se acuerda que tenía otra hija dicho padre Juan Francisco, llamada doña María Mena y doña Josefa Cárdenas, y una niña llamada doña Fulana Mena. Y que así, lo que está escrito en su dicho, como lo nuevamente añadido, era la verdad».

En 4 de abril del mismo año de 1714, trasladose el comisario al monasterio de Santa Clara, y allí hizo llamar a doña Petronila Covarrubias, religiosa profesa de velo negro, santiaguina, que frisaba ya en los cuarenta y cinco años, quien declaró que Solís acostumbraba visitarla, como que ambos eran hijos de confesión del padre Ulloa, hablando siempre sobre la virtud y de las mortificaciones, meditaciones y rezos, medios todos para conseguir el amor de Dios; citando, en resumen, algunas de las teorías que la testigo anterior atribula a Solís.

Llamose también a una mujer casada, doña María Rosa Campusano, quien negó tenazmente que tuviese noticia de las circunstancias que se le preguntaron, aunque en su ratificación manifestó haber oído a Solís algunas de las proposiciones que se le imputaban.

Se hizo valer, por fin, el testimonio de doña Clara Ramírez, monja de Santa Clara y ya de edad de cincuenta años, que citó algunas proposiciones que había tratado con Solís tocante a la oración y confesión sacramental.

Concluidas estas diligencias, el comisario Barona las remitió al Tribunal, con carta de 28 de mayo de dicho año de 1714; «y por ellas verá Vuestra Señoría expresaba, el fuego que puede prender en esta ciudad».

Luego de recibirse en Lima las nuevas diligencias, con fecha 27 de agosto, el licenciado don Juan de Morales Risco, secretario del Secreto, que hacía oficio de fiscal, se presentó al inquisidor don Gaspar Ibáñez, que por esos días, como hemos dicho, despachaba solo, por enfermedad de su colega Gómez Suárez, diciendo que, como aparecía de los «registros y escripturas del Santo Oficio» y de la sumaria información que acompañaba, don José Solís, vecino de Santiago, estaba «notado y testificado de varios hechos y proposiciones que le constituían formal hereje, secuaz del heresiarca Molinos»; por lo cual, para acusarlo en forma suplicaba se le mandase prender «con secresto de todos sus bienes, y que sea puesto en cárceles secretas para seguir con él su causa hasta definitiva». Terminaba el licenciado su escrito jurando que no procedía de malicia sino sólo por alcanzar justicia.

Cuatro días más tarde, esto es, el primero de septiembre, Ibáñez firmaba un decreto en que, teniendo cuidado de recordar que el jesuita Juan Francisco de Ulloa, de la provincia de Chile, era ya difunto, habiendo visto «los autos, papeles y demás recaudos que en el Tribunal obraban contra él y contra varias personas que se denominaban hijos espirituales del jesuita chileno», disponía se formase proceso aparte a cada uno de los cómplices. [508]

Realizada por el secretario la diligencia que se ordenaba, el nueve de aquel mes de septiembre mandaba el Inquisidor que, «atendiendo a la gravedad de este negocio y al gran riesgo que hay en que se examinen los testigos citados, por ser cómplices en los mismos hechos expresados y que falten a la verdad y secreto que es tan necesario; por ahora se suspendan dichos exámenes y se proceda a la calificación de dichas proposiciones y doctrinas; y asimismo se escriba al comisario de este Santo Oficio en la ciudad de Santiago, nos informe con todo secreto, la edad, grado y literatura y crédito que en su religión tiene el padre Manuel Ovalle...».

Mientras tanto se hizo un extracto de las proposiciones que podían deducirse contra los reos y se entregó a los calificadores, que lo fueron esta vez, además del mismo don Sancho Granado, seis frailes de distintas órdenes; y diose comisión a uno de estos mismos, el franciscano fray Antonio Urraca, para que, trasladándose a Santiago con el título de comisario ad hoc para que examinase nuevamente a la Mariana González, a María Josefa Figueroa y otros testigos, e hiciese reconocer ciertos escritos atribuídos a los reos.

El 25 de septiembre, por fin, reunió Ibáñez a los consultores, y habiendo visto la sumaria contra los que seguían en Santiago «la doctrina de Molinos y otras de alumbrados», fueron todos de parecer que «fuesen presos en cárceles secretas con secuestro de bienes y se siga su causa hasta definitiva».

El comisionado inquisitorial se trasladó, conforme a sus instrucciones, sin pérdida de tiempo a Santiago, y como se le dijese que la González era ya muerta, llamó a prestar su declaración al jesuita Antonio María Fanelli, a quien constaba que aquella le había hecho en una carta ciertas revelaciones sobre la materia de su pesquisa, y quien, como sabemos, era una de las personas que en Santiago aparecía mejor informada de los antecedentes del proceso.

Examinó también Urraca a la González, que al fin resultó que no había muerto, como se decía; a los padres jesuitas Claudio Cruzat y Juan de Velazco; a las monjas doña Sebastiana de Toro, doña Petronila Covarrubias, doña Clara Ramírez, etc., y, por fin, el 28 de diciembre de 1718 hacía ratificarse al padre Ovalle, que acababa de llegar de Concepción, (donde se hallaba de rector) en viaje a Roma, con el cargo de procurador de la orden. [509]

Después de esto, y dejando encargado al Comisario Barona que hiciese practicar algunas ratificaciones de testigos, se embarcó para Lima. El 10 de febrero del año siguiente de 1719 se presentaba en la Inquisición a dar cuenta de los encargos que se le confiaron.

Muy poco antes que él habían llegado, sin embargo, a Lima, en calidad de presos por el Santo Oficio, don José Solís, don Pedro Ubau y Juan Francisco Velazco.

«A la hora que recibí la comisión y mandamientos de prisión para prender los cuerpos de éstos y secrestar sus bienes, escribía el comisario Barona, en 20 de octubre de 1718, hice las diligencias con el secreto que se debe, de saber dónde vivían, y si estaban en esta ciudad, y sabiendo que don Pedro de Ubau y Juan Francisco Velazco se hallaban en esta ciudad, menos don José Solís, que estaba de asiento por su pobreza en unas minas, cincuenta leguas distantes de esta ciudad, determiné el que primero se prendiese éste, respecto de que si prendían primero los otros dos, al instante que hubiera corrido, sus hijos e hijas le hubieran noticiado de esto, y en metiéndose en una quebrada, no hubiera parecido en muchos años; y así, con toda vigilancia, cuidado y secreto, nombré un ministro fiel, quien a las doce horas buscó cuatro hombres, mulas y demás avíos y salió para dichas minas, dándole orden cerrado y mandándole no abriese el pliego hasta el asiento de minas, con descomunión, y que visto lo que se decía en él, sabría a quién iba a prender, y que, preso y bien asegurado, le secuestrase los bienes que le hallase (que ningunos tendría) y lo pasase al puerto de Valparaíso, que hay desde allí setenta leguas, con carta que le escribí al comisario de dicho puerto; y a los cuatro días de haber hecho este despacho y conjeturado por el tiempo y lo que podían haber andado, según me dijo dicho ministro, el que ya tendrían preso al dicho don José Solís, procedí a ejecutar la de los otros reos».

Con este objeto hizo Barona prevenir un carruaje y dos mulas y se dirigió a prender primero a Velazco, a quien halló en un rancho, y sin más alhajas, según sus palabras, que una pobre cama. De allí continuó a casa de Ubau, donde permaneció hasta las doce de la noche, contando como cuatro mil pesos que halló en su poder.

Refería también el comisario que Velazco se hallaba «fuera de sí, y sin juicio, desde hacía algunos años»; y por lo que tocaba [510] a Ubau, que su prisión había causado en la ciudad «la mayor emoción que se ha visto en estos tiempos(334), siendo contador de monjas y frailes, de los cabildos y comerciantes; siendo el ejemplo de la ciudad, pues sus limosnas eran muchas, fomentando con ellas y con su cuidado la Escuela de Cristo de la Compañía de Jesús, no faltando a ella ni a los templos en cuantos jubileos había, a frecuentar los sacramentos; siendo en todas las cosas de virtud el primero, en su trato, muy humilde en sus acciones, siendo mucha su nobleza; razones todas que han movido la ciudad de calidad que se han quedado todos atónitos...».

Trasladados los reos a Valparaíso, fueron allí embarcados Solís y Velazco en el navío «Nuestra Señora de Loreto» y Ubau en el «San José y las Ánimas», «porque vayan separados en diferentes embarcaciones, según el orden y mandato del Tribunal».

Ubau, que llegó antes que sus compañeros, ingresó en las cárceles secretas el 13 de noviembre de 1718, y dos días más tarde Velazco y Solís(335).

Este fue el primero llamado a declarar, y lo hizo en los términos que consigna la diligencia siguiente:

«En el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes, en veinte y tres días del mes de febrero de mil setecientos y [511] diez y nueve, estando en la audiencia de la mañana el señor inquisidor don Gaspar Ibáñez, del orden de Calatrava, que asiste solo por enfermedad de su colega, mandó traer a ella a un hombre, del cual, siendo presente, fue recibido juramentado por Dios Nuestro Señor y una señal de cruz, según forma de derecho, so pena del cual prometió decir verdad, así en esta audiencia como en todas las demás que con él se tuvieran hasta la determinación de su causa, y guardar secreto de todo lo que viere y entendiere y con él se tratare pasare sobre su negocio.

»Preguntado cómo se llama, de dónde es natural, qué edad y oficio tiene y cuánto ha qué vino preso; dijo llamarse don José Solís y Obando, natural y vecino de la ciudad de Santiago en el reino de Chile, de estado casado, de oficio al presente minero, de edad de cincuenta años, poco más o menos; que ha que entró preso habrá tiempo de tres meses y doce días, y declaró su genealogía en la forma siguiente:

»Padres: -Don Pedro Antonio Solís y Obando, natural de Madrid, que pasó a dicho reino de Chile en compañía del presidente don Francisco de Meneses, que ya es difunto, y lo hubo en doña Gerónima Pedrasa, con quien estuvo para casar, y aunque vive, nunca ha conocido a éste por hijo.

»Abuelos paternos: -Dijo que no sabe quiénes fueron ni tiene noticia de ellos.

»Abuelos maternos: -Don Francisco Pedrasa; no acuerda de la abuela, son difuntos y nunca conocieron a éste por nieto.

»Tíos hermanos de padre: -No tiene noticia de algunos.

»Tíos hermanos de madre: -Don José Pedrasa, difunto, no le conoció por sobrino.

»Hermanos de éste: -Doña María de Castro, hermana de padre y madre de este, ya difunta, fue hija natural, como éste, de los dichos sus padres.

»Mujer e hijos: -Doña María Taybo, natural y vecina de dicho Santiago, con quien casó habrá tiempo de treinta años, de cuyo matrimonio ha tenido diez hijos, los tres difuntos, que fueron fray José Solís, del orden de la Merced, Micaela y María Josefa, y los siete restantes que viven, y son don Antonio Solís, presbítero, Pedro Ignacio de Solís, muchacho, Anselmo Solís, niño, doña María Paula, de diez y seis años, soltera, doña Ana María, [512] de trece años, doña Jertrudis Solís, de once años, y doña Manuela Solís, niña.

»Preguntado de qué casta y generación son los dichos padres y abuelos y los demás transversales que ha declarado, y si ellos o alguno de ellos o este confesante ha sido preso, penitenciado, reconciliado o condenado por el Santo Oficio de la Inquisición; dijo que todos son españoles cristianos viejos, limpios de toda mala raza y nota, y no sabe hayan sido castigados ni presos por este Santo Oficio, sino éste al presente.

»Preguntado si es cristiano, bautizado y confirmado, oye misa, confiesa y comulga en los tiempos que manda la Santa Madre Iglesia:

»Dijo que está bautizado en la parroquia de la iglesia mayor de Santiago de Chile, según le dijeron a éste los que le criaron. No sabe ni acuerda de sus padrinos. Le confirmó, siendo grande, el señor don fray Bernardo Carrasco, obispo de dicho Santiago, y fue su padrino el licenciado don Juan Flores; que cumple con los preceptos de la Santa Madre Iglesia, confesando y comulgando todos los años, y frecuentemente entre año, y la última vez que lo ejecutó, fue estando para embarcarse en el puerto de Valparaíso, confesándose con un religioso de la Merced, que asiste de vicario al cura de dicho puerto, y juntamente comulgó.

»Signose y santiguose, dijo el padre nuestro, ave María, credo, salve regina en romance, mandamientos de la ley de Dios, los de la Santa Madre Iglesia y sacramentos, y habiendo en estos dos últimos errado alguno, dijo que con los trabajos de las minas se le han olvidado algunas cosas, y las oraciones restantes.

»Preguntado si sabe leer y escribir o ha estudiado alguna facultad; dijo que sabe leer y escribir, que se lo enseñó en Santiago el padre Santiago Gil Delgado, de la Compañía de Jesús, y que no sabe ni ha estudiado facultad alguna.

»Preguntado si ha salido de este reino de las Indias y con qué personas;

»Dijo que del reino de Chile no ha salido a ninguna parte, sino es a esta ciudad, habrá más de treinta años, habiéndose conducido en navíos del trato a este mar, y después vuéltose a Santiago, de donde no ha salido hasta el presente, que fue traído embarcado de orden deste Santo Oficio. [513]

»Preguntando por el discurso de su vida; dijo que nació en Santiago de Chile, donde le crió doña Juana Ferrer, viuda, tía de la madre de éste, y de poder de ésta pasó al de doña Lorenza Palomino, donde estuvo hasta la edad de veinte años, aprendiendo a leer y escribir, y siendo de dicha edad, se casó éste con la mujer que tiene expresada, y buscó la vida en el ejercicio de mercader en dicho reino de Chile, hasta que ahora siete u ocho años que, yéndole mal en la mercancía, se introdujo a minero de oro en las minas de Santa Cruz de Petorca, provincia de Longotoma, donde fue hallado, para traerle a este Santo Oficio, y que en dichos ejercicios sólo ha gastado el tiempo en solicitar medios de donde poder mantener sus obligaciones.

»Preguntado si sabe, presume o sospecha la causa por qué ha sido preso y traído a este Santo Oficio; dijo que presume será porque habiendo Dios Nuestro Señor llamádole para servirle especialísimamente por un camino irregular y que nadie lo puede saber ni enseñar, sino es a quien Dios se lo enseñare, como se lo dijo así su Divina Majestad a éste, cuando se lo comunicó, diciéndole con sentimiento sobrenatural, que sintió éste en el corazón, «por este camino no viene el que quiere venir sino el que yo traigo, negado a sí mismo», y que habiendo éste comunicado a algunas personas lo que sentía interiormente deste llamamiento de Dios y del camino por donde le llevaba, se le levantaron varias persecuciones de las criaturas, atribuyendo a éste que iba errado en el camino de la virtud, por lo cual discurre que lo habrán denunciado en este Santo Oficio, y aún lo sabe por habérselo dicho el padre Andrés de Alciato, de la Compañía, y presume habrá sido preso en este Santo Oficio por este motivo, sin que nadie le haya examinado su espíritu, y así está pronto, desde luego, a manifestar en este Santo Oficio cuanto le ha manifestado Nuestro Señor en los sentimientos interiores, el camino de espíritu que ha seguido por dichos sentimientos, lo que ha expresado a algunas criaturas, para que de todo haga juicio este Santo Tribunal, y le advierta si va bien o errado, porque éste, como laico e ignorante y que no ha estudiado, puede haber padecido error, y está pronto a corregirse y sujetarse a lo que se le enseñare, porque es católico cristiano y sólo desea seguir la pura doctrina católica, estando obediente a los mandatos de dicha Santa Iglesia y a los deste Santo Tribunal. [514]

»Preguntado cuáles son los sentimientos sobrenaturales, que camino es el que ha seguido de espíritu y qué persecuciones le han levantado las criaturas; dijo que habrá treinta años solicita servir a Dios por el camino del recogimiento espiritual interior, y para ello se sujetó a la dirección del padre Andrés de Alciato, y pareciéndole que éste le contenía con tibieza en el gobierno de su espíritu, porque quería con más velocidad caminar por la dirección de los sentimientos espirituales que tenía, buscó al padre Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, quien, habiéndole retenido un año en las meditaciones de la vida purgativa, después le llamó y dijo a éste siguiese el impulso que había sentido de la abnegación y de la misma nada; y poco después, como de un año, murió dicho padre y no tuvo quién le dirigiese; y siguiendo sus sentimientos, ha corrido todo este tiempo, cerca de diez años, en que han ocurrido muchas cosas, que fuera muy prolijo de referirlas de repente; y protesta expresarlo todo con individualidad, desde el principio de su vocación, dándole recado de escribir para que a sus solas manifieste todos los dichos sentimientos espirituales y lo que por dirección de ellos ha ejecutado, y por sus confesores el tiempo que le han dirigido, y asimismo lo que hubiere comunicado con las criaturas.

»Fuele dicho que en este Santo Oficio no se acostumbra prender persona alguna sin bastante información de haber dicho, hecho y cometido, visto hacer, decir y cometer a otras personas alguna cosa que sea o parezca ser contra nuestra santa fe católica y ley evangélica, que tiene, sigue y enseña la Santa Madre Iglesia católica romana, o contra el recto y libre ejercicio del Santo Oficio, y así debe creer que con esta información habrá sido traído; por tanto, por reverencia de Dios Nuestro Señor y de su gloriosa y bendita madre Nuestra Señora la Virgen María, se le amonesta y encarga recorra su memoria, y diga y confiese enteramente verdad de lo que se sintiere culpado o supiere de otras personas que lo estén, sin encubrir de sí ni de ellas cosa alguna, ni levantar a sí ni a otros falso testimonio, porque haciéndolo así, descargará su conciencia como católico cristiano, salvará su ánima y su causa será despachada con toda la brevedad y misericordia que hubiere lugar; donde no, hacerse ha justicia.

»Dijo que protesta decir todo el discurso de la vida espiritual que ha seguido con claridad y distinción, dandosele recado de escribir, [515] por si acaso en él hubiere errado y faltado en algo a nuestra santa fe, porque de malicia y con error no le parece ha faltado a cosa alguna, y está dispuesto a corregirse en lo que fuere advertido por este Santo Oficio, y para poder hacer con más extensión y claridad lo que tiene referido, pide se le dé recado de escribir; y siéndole leído lo que ha dicho en esta audiencia, dijo que estaba, bien escrito y él lo dijo y es verdad, y en ello no hay que enmendar, y, si es necesario, lo dice de nuevo, y amonestado que lo piense bien y diga enteramente verdad, fue mandado volver a su cárcel, y lo firmó. -Don José Solís. -Pasó ante mí: Don José Toribio Román de Aulestia.

»Y luego incontinenti dicho señor Inquisidor mandó se le entregasen al dicho don José Solís dos pliegos de papel, rubricados de mí el infrascripto secretario, para el efecto de hacer su declaración y confesión de todo aquello que se sintiere culpado; y lo firmé, para que conste, habiéndoselo entregado en dicha audiencia. -Don José Toribio Román de Aulestia».

Velazco, a su vez, fue llamado dos días más tarde. Dijo allí ser natural de Santiago, de edad de cincuenta y cinco años, casado con doña Rufina de Molina y Herrera, y sin hijos.

»Traído ante nos, refieren los inquisidores, en la primera audiencia que con él tuvimos, declaró con juramento ser el susodicho de la edad, naturaleza, vecindad, estado y ejercicio dichos, y su genealogía, y que los contenidos en ella son españoles cristianos viejos, limpios de toda mala raza e infección, y ninguno castigado ni preso por la Inquisición, sino es éste, al presente; que es cristiano bautizado y confirmado, y que cumple con los preceptos de Nuestra Santa Madre Iglesia, confesando y comulgando todos los años, y la última vez fue por la cuaresma de 718. Signose y santiguose y dijo las oraciones, y no respondió a los artículos de la fe, por estar trascordado; que sabe leer, escribir y la gramática. Y siendo preguntado si había salido de estos reinos, dijo que siendo mozo se embarcó para esta ciudad y fue apresado por un corsario francés, y le tuvo prisionero veinte días, y pasados, le echó y arrojó y a sus compañeros al puerto de la Nazca, y de allí pasó a Guancavélica y a Guamanga, y se mantuvo en las provincias de arriba por tiempo de cinco años, y después bajó a esta ciudad, y de ella se volvió a Chile, en donde se ha conservado hasta ahora. [516] Y preguntado por el discurso de su vida, dijo que hasta los catorce años de su edad se crió con su madre y después tomó la sotana en el noviciado de la Compañía de dicha ciudad de Santiago, en donde estuvo dos años, y lo remitieron al Colegio de Bucalemu, donde se desbarató en las costumbres y observancia religiosa, porque le despidieron sin profesar, y se acomodó con cierta persona que nombró, para escribirle; y después pasó a Coquimbo con otra cierta persona, y de allí hizo viaje y fue prisionero, como deja declarado; y vuelto desta ciudad a la de Santiago, se ocupó en la mercancía, y se casó, y para mantener sus obligaciones, unas veces con la mercancía y otras con la labranza; y habrá quince o dieciséis años que, deseando servir a Dios y vivir ajustadamente, eligió por sus confesores a ciertas personas eclesiásticas, tenidas en la ciudad por santas y por quienes se gobernaba toda la ciudad, siendo confesores y directores de toda la gente, teniendo casas destinadas para los ejercicios, adonde iban hombres en tropas, tres o cuatro veces al año, y para las mujeres hacían se recogiesen en casas particulares, donde en la misma forma asistían a los ejercicios; y reconociendo éste que con dichos confesores no hallaba el consuelo que necesitaba su espíritu en los escrúpulos que padecía, ni le satisfacían sus dudas, resolvió buscar al padre Juan Francisco de Ulloa, que había conocido en el siglo, siendo clérigo seglar y de buena vida y ejemplares costumbres, a quien llamaban el Padre Juan de Avila, y había pocos años recibido la sotana de la Compañía y se mantenía en el Noviciado, donde éste le buscó y siguió su dirección de espíritu, de cinco a seis años a esta parte que murió; y los confesores que había tenido antes se declararon enemigos de éste porque había dejado su dirección y sometídose a la del dicho padre Ulloa, contra quien nunca depusieron cosa alguna, viviendo, aunque se ejercitó siempre en confesar y predicar públicamente; y luego que murió, los dichos dos padres dijeron contra dicho padre Ulloa que su doctrina había sido errada, y que dejaba escriptos nuevos errores en sus pláticas, cuyas copias tenía éste y otras muchas personas de los que le seguían, de las cuales expresó sus nombres; y teniendo éste en gran concepto su vida ejemplar y virtudes de dicho padre Ulloa, guardó una porción de sangre de las sangrías que le dieron en su última enfermedad, a que éste le asistió diez y nueve días, y oyendo lo que los dichos [517] padres decían de su doctrina, del pesar cayó enfermo y le cargó un gran dolor en el corazón, tanto que llegó éste a perder el juicio y hablar muchos disparates, continuándole este accidente por tiempo de nueve años, viéndose en muchos trabajos, por haber estado en su propia casa en un cepo, y otros en la cárcel pública y muchos días en el cuerpo de guardia, y tres meses en el hospital de San Juan de Dios, por orden del ordinario de dicha ciudad de Santiago, y aunque en dicho tiempo había tenido algunos intervalos de volver en sí, era muy desasosegado, inquieto, y de esta suerte llegó aquí cuando vino preso, y después en las cárceles llegó a estar en gran serenidad y conocimiento, y aunque le había vuelto a repetir dos veces el desbarato del juicio, había días que se hallaba con tranquilidad y sosiego en él.

»Siendo preguntado si sabía o presumía la causa de su prisión, respondió que presumía sería por haber guardado las dichas pláticas de su confesor el padre Ulloa o la sangre de dicho padre, que repartió por reliquia a algunas personas, lo que ejecutó por parecerle no erraba y porque había visto pocos días antes, o años, que habiendo muerto cierto padre religioso de cierta orden en opinión de justo, guardaron varias reliquias de sus hábitos y otras cosas de su cuerpo(336), y teniendo éste por siervo de Dios al dicho padre Juan Francisco de Ulloa, ejecutó guardar sus reliquias con buena fe, pero luego que supo lo que decían los expresados padres, entregó éste lo que tenía en su poder de dicho padre Ulloa, a cierta persona que era ministro del Santo Oficio.

»Y que también presumía podía haber sido preso, porque cuando ha estado sin juicio pudo haber hablado alguna cosa mala o escandalosa, que haya dado motivo para su prisión, aunque no se acordaba que estando en su entero juicio haya hecho ni dicho cosa contra nuestra santa fe católica, porque es católico cristiano y nunca se había apartado de la santa fe católica, en la cual protestó que quería morir. -Y en esta audiencia se le hizo la primera monición para que descargue su conciencia diciendo enteramente verdad, a que respondió que no tenía en su conciencia otra cosa [518] que decir que lo que tenía expresado y declarado en ella, y que, si se sintiera culpado, lo dijera, porque nunca había rehusado decir sus pecados; y a la monición ordinaria que se le hizo en la segunda audiencia, dijo que no tenía cosa que decir de sí, porque había procurado vivir siempre ajustado a la ley de Dios; y que después que éste se volvió loco, habrá tiempo de más de nueve años, no sabe si ha hecho o dicho alguna cosa faltando a la ley católica, pero que esto no había sido de su voluntad, porque nunca la había tenido de apartarse (estando en su acuerdo) de la doctrina católica, como verdadero hijo de la Santa Iglesia Romana.

»Y en cuanto a otras personas, acordaba haber oído a cierta persona que nombró, que hablando con éste a solas en una ocasión, le dijo que la bula de Cruzada era simonía; y los demandantes que pedían limosna para Jesús Nazareno los despedía con enfado, y que intentó entrar con éste en disputa de religión varias veces, y que en una ocasión le preguntó cómo se probaba la inmortalidad del alma, y a lo cual se había excusado éste. Y en otra audiencia se le hizo la tercera monición para que descargase su conciencia y dijese verdad; respondió que la tenía dicha y que no se sentía culpado en cosa alguna perteneciente a este Tribunal».

Ubau, por fin, era llamado al Tribunal el 28 de febrero. Expuso, previo juramento, que era soltero, de edad de treinta y dos años, oriundo de Durango, en Vizcaya(337), y que a la edad de dieciséis había venido a las Indias, y llegado a Chile en 1702.

Con relación a este reo, baste por ahora con que sepamos que desde un principio guardó en la cárcel la más completa conformidad y que se defendía él mismo, suministrando a su abogado las notas y observaciones que creía convenientes. Poco a poco, sin embargo, comenzaron a notarse en el los primeros síntomas de enajenación mental...

Con Solís se tuvo la segunda audiencia ordinaria en 6 de marzo, y tres días más tarde la tercera, y sucesivamente otras dos que solicitó de su propia voluntad para presentar algunos descargos y aclarar algunas dudas. Por fin, el fiscal don José Antonio [519] Gutiérrez de Zevallos, que más tarde había de ser arzobispo de Lima, presentó contra él un escrito con ochenta capítulos de acusación, «y de otros muchos delitos, agregaba, que de la depravada conciencia de este reo y su total apostasía de la fe católica es de presumir ha cometido, y que, falso, impenitente y simulado, los niega, calla y oculta, como lo ha hecho en muchos de los que ha acusado, y sin expresar todos los cómplices y profesores de su doctrina. Por todo lo cual, concluía, y demás favorable, aceptando las confesiones de este reo que hacen en mi favor, y no en más, negando todo lo perjudicial, a Vuestra Señoría pido y suplico se sirva declarar a este reo hereje formal, impenitente, heresiarca, dogmatizante, seductor de las almas e inventor de nuevas herejías, y que ha incurrido y está incurso en todas las penas que por derecho canónico, leyes y pragmáticas de estos reinos e instrucciones de este Santo Oficio están establecidas contra los delincuentes de tan execrables delitos, mandando relajar a la justicia y brazo seglar, como miembro podrido y separado de la Iglesia, para que su nombre ni memoria no quede sobre la haz de la tierra y sirva a los fieles de escarmiento, y confiscando todos sus bienes, aplicándolos al real fisco...».

Durante cinco días debió presentarse Solís en los estrados a responder a los ochenta capítulos de acusación que había presentado el fiscal contra él, concluyendo por protestar que «nunca había sido hereje ni ha pretendido engañar a los fieles, enseñándoles falsas doctrinas, porque la que enseñaba le parecía, como tiene dicho, que era conforme a la ley evangélica y doctrina romana, pareciéndole por la enseñanza y doctrina del confesor, que era camino extraordinario, poco conocido aún de los doctos, sino sólo al que Dios se lo quería manifestar, y que lo había ejecutado con éste, según se había persuadido, aunque era tan ignorante; y que ésta ha sido su culpa, de que pide misericordia, arrepentido y estando dispuesto a recibir la penitencia que le fuese impuesta por el Tribunal; y negando el tormento, concluyó que todo lo que tiene dicho y respondido a los capítulos de la acusación es la verdad, so cargo del juramento que tiene fecho».

Continuemos ahora con Velazco. Luego de su entrada en la cárcel, su salud comenzó a resentirse hasta el punto que hubo de necesidad de llamarle médico. Del examen facultativo resultó [520] que el reo se hallaba con principios de tisis, siendo por eso conducido al hospital de San Andrés el 15 de marzo de 1718. Allí, lejos de mejorarse, empeoró de tal manera que cuando los inquisidores le quisieron hacer traer a la sala de audiencia para ponerle la acusación, después de enviarle en dos ocasiones un fraile que le instase para que dijese la verdad, lo cierto fue que no pudo moverse de la cama.

«Y estando la causa en este estado, enfermó este reo de muerte, y se puso en el hospital de San Andrés, y se ordenó a cierto ministro de este Santo Oficio, sacerdote y confesor, de virtud, experiencia y literatura, le visitase y dijese en nuestro nombre el peligro en que se hallaba su vida, por la gravedad del accidente que padecía, y que se dispusiese como católico cristiano para dar cuenta a Dios de sus pecados, advirtiéndole que no podía ser absuelto por este Santo Oficio, sin satisfacer primero a las testificaciones por las que estaba preso; y habiendo pasado a dicho hospital dicho ministro, y exhortado a este reo para que descargase su conciencia, y si quería confesarse con él, le respondió que el médico de dicho hospital le había recetado los sacramentos, y que, cumpliendo con la obligación de cristiano, se había confesado y recibido la sagrada eucaristía con los capellanes; que no tiene otra cosa que decir en el Santo Oficio para el descargo de su conciencia, lo que por segunda vez repitió dicho ministro, y se mantuvo en lo que queda expresado, y en este estado murió(338).

»Y de estas diligencias se dio vista al fiscal, quien presentó escripto, diciendo que viviendo este reo y estando en hábito y profesión de cristiano, y gozando de los privilegios de tal, hereticó y apostató en vilipendio y desprecio de nuestra santa fe católica, siguiendo las sectas de los alumbrados Molinos y Beguinas, teniendo y creyendo sus doctrinas, dogmas y preceptos, en condenación de su alma y escándalo de los fíeles, y perseverando en dichos sus errores, juzgando salvarse en ellos, acabó miserablemente sus días, siendo reo de este Santo Oficio, porque pretendió continuar su acusación y poner otras de nuevo contra el susodicho, y demandarle en la vía y forma que por derecho debía [521] y podía, para que la memoria y fama del susodicho no quedase entre los vivientes, y en detestación de tan gran maldad, su nombre fuese quitado de sobre la haz de la tierra, y sus delitos fuesen manifiestos y públicos y no quedasen sin el castigo que les corresponde; por lo que nos pidió y suplicó mandásemos despachar carta, edicto, citación y mandamientos a los hijos, nietos, descendientes, herederos y legatarios, y a otras cualesquier personas de cualquier grado y calidad que pretendan intereses de este reo, y para cada uno de ellos, según forma de derecho, y en todo cumplimiento de justicia, y firmó dicho pedimento; y por nós visto, mandamos se despachase el edicto de memoria y fama acostumbrado y se remitiese a la ciudad de Santiago para que se publicase en la iglesia Catedral de ella y fijase en las partes que se acostumbran; y en este estado, pareció presente en este Santo Oficio Lorenzo Saavedra, como pariente de dicho reo, y dio poder para proseguir las diligencias que se actuasen en esta causa hasta su conclusión en definitiva, en la forma que se acostumbra, al doctor don Felipe Santiago Barrientos, abogado de presos de este Santo Oficio y catedrático entonces de Vísperas de Leyes de esta Real Universidad, para dicha su defensa, quien le aceptó y juró en forma que bien y fielmente defendería la memoria y fama de dicho reo, y donde viere su provecho, se lo alegará, y su mal y daño se lo apartará, según su leal saber y entender, y en todo haría lo que todo bueno, leal podatario y defensor era obligado a hacer por el susodicho y su memoria y fama, y dicha obligación la otorgó según estilo y forma del Santo Oficio; y vista por nós, le discernimos al dicho doctor don Felipe Santiago Barrientos el dicho cargo de defensor de dicho Juan Francisco de Velazco, su memoria y fama, y para lo usar y ejercer le dimos entero poder cumplido, tanto cuanto podíamos, conforme a derecho; y en una audiencia que tuvimos con él, fue preguntado si tenía alguna cosa que decir o declarar acerca de la defensa de la causa del dicho reo, porque le estaría bien declararlo antes que se le pusiese la acusación, y respondió que no se le ofrecía qué decir hasta oír los cargos de ella; y luego pareció presente el dicho fiscal y presentó la acusación que da principio a esta sentencia, y presentada y leída, fue recibido juramento en forma del dicho doctor don Felipe Santiago Barrientos, y, so cargo dél, [522] prometió que bien y fielmente y con todo cuidado defendería al dicho Juan Francisco Velazco en esta causa, en cuanto hubiese lugar de derecho, como podatario de Lorenzo de Saavedra, su pariente, y luego le fueron leídas las confesiones de dicho reo y dicha acusación, y habiéndolo oído y entendido todo dicho doctor, dijo que, teniendo confesado este reo en sus audiencias que por tiempo de nueve años había padecido delirio y locura, y por esta causa, prisiones y muchos trabajos, se debía creer haber dicho los dichos y hechos de que era testificado y acusado estando ajeno de toda la razón que le podía constituir hereje formal y ser causa para librarse de dichas penas y que su memoria y fama no fuese condenada, y protestó alegar más en forma lo que a la justicia y defensa de este reo conviniese; y siéndole dada publicación de testigos, concluía y concluyó para el artículo que hubiese lugar en derecho, y dicho fiscal dijo que, afirmándose en lo que tenía dicho y aceptando las confesiones de dicho reo, en cuanto por él hacían y no en más, negando lo perjudicial, concluyó y pidió se recibiese la causa a prueba, y nós la hubimos por conclusa y la mandamos recibir a prueba y se notificó a dichas partes.

»Y en otra audiencia, presente dicho doctor, se le dio publicación de testigos que depusieron contra dicho reo, según estilo y forma del Santo Oficio, de que se le dio copia y traslado, y de las audiencias que se tuvieron con dicho reo y de dicha acusación, y los apuntamientos que le convinieron para que formase las defensas que tuviese por convenientes y que le pareciesen hacer a favor de dicho reo.

»Y en otra audiencia, dicho doctor, como apoderado del dicho Lorenzo de Saavedra y defensor de la memoria y fama de dicho reo, presentó un escripto con un interrogatorio de preguntas, formado de su mano y firma, y pidió se hiciesen las diligencias y se examinasen los testigos nombrados en el margen de dicho interrogatorio, el cual dimos por presentado con dicho escripto y lo mandamos poner en la causa y que se hiciesen las diligencias pedidas en él.

»Y en otra audiencia, presente dicho defensor, le fue dicho que las defensas que tenía pedidas estaban recibidas y puestas en la causa de dicho reo, la que estaba en estado de conclusión, que, [523] si quería concluir, podía hacerlo, y que si alguna otra cosa más quisiese pedir, la hiciese, porque se haría todo lo que fuese conforme y hubiese lugar en derecho; y dicho doctor don Felipe Santiago Barrientos dijo que concluía y concluyo definitivamente en dicha causa, y se notificó al fiscal».

Quedó, pues, de esta manera la causa en estado de ser fallada, hasta diciembre de 1736, en que casi quince años cabales después de la muerte de Velazco, dictaban los inquisidores el siguiente fallo:

«Y habiendo nuestro acuerdo y deliberación con personas de letras y rectas conciencias, Christi nomine invocato, fallamos, atentos los autos y méritos del dicho proceso, que el dicho promotor fiscal probó bien y cumplidamente su acusación, damos y pronunciamos su intención por bien probada, y que los dichos defensores de la dicha memoria y fama del dicho Juan Francisco de Velazco, no probaron cosa alguna que relevarle pudiese; en consecuencia de lo cual, que debemos declarar y declaramos al susodicho el tiempo que vivió y murió, haber perpetrado y cometido los delitos de herejía y apostasía de que fue acusado, y haber sido y muerto hereje, apóstata, fautor y encubridor de herejes, excomulgado de excomunión mayor, y por tal lo declaramos y pronunciamos, y dañamos su memoria y fama, y todos sus bienes ser confiscados a la cámara y fisco de Su Majestad, y los aplicamos a su receptor, en su nombre, desde el día y tiempo que cometió los dichos delitos, cuya declaración en nós reservamos; y mandamos que el día del auto sea sacada al cadalso una estatua que represente su persona, con una coroza de condenado y con un sambenito, que por la una parte de él tenga las insignias de condenado y por la otra un letrero del nombre del dicho Juan Francisco de Velazco, la cual, después de ser leída públicamente esta nuestra sentencia, sea entregada a la justicia y brazo seglar, y sus huesos sean desenterrados, pudiendo ser discernidos de los otros de los fieles cristianos, de cualquier iglesia, monasterio, cementerio o lugar sagrado donde estuvieren, y entregados a la dicha justicia para que sean quemados públicamente, en detestación de tan graves y tan grandes delitos, y quitar y traer cualquier título, si le hubiere puesto, sobre su sepultura, o armas, si estuvieren puestas o pintadas en alguna parte, por manera que [524] no quede memoria del dicho Juan Francisco de Velazco sobre la haz de la tierra, salvo de esta nuestra sentencia y de la ejecución que nós por ella mandamos hacer; y para que mejor quede en la memoria de los vivientes, mandamos que el dicho sambenito u otro semejante, con las dichas insignias y letrero de condenado, sea puesto en la iglesia catedral o parroquial de dicha ciudad de Santiago de Chile, donde fue parroquiano, en lugar público, donde esté perpetuamente.

»Otrosí; pronunciamos y declaramos los hijos e hijas y nietos por línea masculina del dicho Juan Francisco de Velazco, ser privados de todas y cualesquier dignidades, beneficios y oficios, así eclesiásticos como seculares, que sean públicos o de honra, que tuvieren o poseyeren, y por inhábiles e incapaces de poder tener otros, y para poder andar a caballo, traer armas, seda, chamelote, paño fino, oro, plata, perlas preciosas, corales, y ejercer y usar de las otras cosas que por derecho común y leyes y pragmáticas destos reinos e instrucciones del Santo Oficio están prohibidas a los hijos y descendientes de los tales delincuentes, que fueren procreados después de haber cometido los dichos delitos de herejía. Y por esta nuestra sentencia definitiva juzgando, así lo pronunciamos, declaramos y mandamos en estos escriptos y por ellos. -Doctor Gaspar Ibáñez. -Licenciado don Diego de Unda. -Maestro fray Dionisio Granado.

Don José Solís, mientras tanto, veía desarrollarse lentamente el curso de su causa, ya pidiendo audiencias voluntarias, ya asistiendo a la publicación de los testigos. En el mes de febrero de 1720 se le notificó ésta, quedando el proceso paralizado durante tres años (fines de enero de 1723). Pásanse todavía dos años antes de que se practique la «ratificación contra cómplices» (27 de febrero de 1725), hasta que en octubre de 1726, suplica al Tribunal «se sirva concederle le comunique el muy reverendo padre maestro Alonso Mesía, de la Compañía de Jesús, con quien tratar los sentimientos que Dios le da en su cárcel, para que le advierta lo que debe hacer»(339). [525]

En conformidad a estos deseos del reo, se le llamó a la sala de audiencia, al mismo tiempo que se hizo entrar en ella al padre Mesía, «y estando juntos, habiendo comunicado y conferido el camino que había seguido del espíritu, según la relación que tiene hecha en su causa y los sentimientos que Dios le había dado a conocer, según los tiene expresados en los papeles que ha presentado en este Tribunal, el dicho padre Alonso le desengañó, diciéndole eran ilusiones del demonio cuanto refería, porque, aunque decía algunas cosas buenas, las mezclaba con errores, herejías, y vanas e inútiles; y habiéndole manifestado que el camino que llevaba era errado, lo amonestó detestase todo y siguiese el camino de la vía purgativa, meditando en los novísimos y estando muy sujeto a todo lo que se le mandase por este Tribunal; ofreciolo así de todo su corazón, y con tanto, amonestado en forma, fue mandado volver a su cárcel...».

Poco antes de que tuviese lugar esta conferencia con que Solís daba tan buena muestra del acatamiento que tributaba al Tribunal, el mercedario fray Gregorio de Vargas, que le había sido nombrado como defensor, presentaba el escrito de su defensa. [526] Alegaba en él que Solís nunca se había manifestado pertinaz, y que, por el contrario, siempre que se ofrecía, cuidaba de protestar que su ánimo nunca fue apartarse de lo que manda creer la Iglesia católica romana; y que, pues los errores que tenía confesados eran en materias místicas y espirituales, «tan escondidas y oscuras que aún los sabios no las alcanzan», no debía considerársele reo de pertinacia y formal herejía. Podía así, decía, haber en Solís ignorancia invencible, que le excusase de delito.

Insistía también Vargas en la forma solapada con que Ovalle le había hecho caer en error, enviándole, como sabemos, apuntadas una serie de proposiciones de Molinos para que respondiese a ellas; siendo que, como constaba de autos, cuando en una ocasión se le había preguntado en el Tribunal si entendía las proposiciones que contenía la consulta de Ovalle, tuvo que responder que de las más no alcanzaba su sentido.

«Preguntado por Vuestra Señoría, agregaba el defensor de Solís, si tenía noticia de quién hubiese sido Miguel de Molinos, respondió que no sabía quién era, ni qué errores o doctrina enseñó. Y no es fácil persuadir, concluye con razón, que, siendo secuaz de este heresiarca y maestro en su secta, no tuviese dél alguna noticia. [527]

»Se comprueba esta misma ignorancia de que comúnmente aconsejaba, según consta de los autos, que leyesen a la Santa Madre Teresa de Jesús; y siendo la doctrina de estos libros opuesta a la anihilación molinística, se sigue que si practicó esta condenada doctrina fue con una inocente ignorancia, pues ésta se colige y prueba de los actos contrarios, según doctrina común».

Hubiéramos de extendernos demasiado si quisiésemos seguir extractando la sobria cuanto bien pensada defensa de Vargas. Para concluir, diremos sólo a este respecto que otro de sus argumentos era que si Solís había seguido los errores que se le imputaban, no fue culpa suya, sino de su confesor el jesuita Ulloa, cuya enseñanza nunca pudo ofrecerle duda, habiendo seguido con completa buena fe a su padre espiritual.

Pasan, después de esto, casi diez años justos sin que en el proceso aparezca la menor noticia de Solís, hasta que el 1º de septiembre de 1735, se presenta al Tribunal el alcaide de las cárceles secretas, «e hizo relación, expresa la respectiva diligencia, que el preso se halla de muchos días a esta parte con una profunda melancolía, originada de los accidentes que padece y de su crecida edad, -(recuérdese que Solís había entrado en la cárcel en noviembre de 1718, hacía diez y siete años, y cuando contaba ya cincuenta)- clamando siempre que lo pongan en algún [528] convento o paraje que señalase el Tribunal para poder lograr algún alivio en su salud. Y respecto de que tiene pedido lo mismo en las visitas de cárceles repetidas veces y a que se ha atenuado de carnes en este invierno...» acordaban los inquisidores que fuese trasladado a la Recolección franciscana, siempre en calidad de preso, con la orden de ponerle en parte separada, «sin que tenga comercio con todos, sino sólo con la persona que el guardián le asignase para su dirección...».

Fácilmente se adivinará que Solís no podía vivir ya mucho más. Como su salud siguiese mal, fue trasladado al hospital de San Andrés y allí expiraba el 19 de agosto de 1736(340).

El 20 de noviembre de este mismo año dábase respecto al reo el siguiente voto en definitiva:

«En el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes, en veinte de noviembre de mil setecientos treinta y seis, estando en la audiencia de la mañana, en consulta y vista de procesos de fe, los señores inquisidores doctor don Gaspar Ibáñez, caballero del orden de Calatrava, doctor don Cristóbal Sánchez Calderón y licenciado don Diego de Unda, y por ordinario doctor don Bartolomé Carrión, cura de la Catedral de esta ciudad y previsor que fue de este arzobispado, y por consultores los reverendos padres maestros fray Juan Ruiz, del orden de San Agustín, y fray Juan de Gacitúa, del orden de Predicadores, calificador de esta Inquisición; habiendo visto el proceso y causa criminal [529] de fe ya conclusa contra don José de Solís natural del reino de Chile, por seguir la doctrina errada de Molinos, enseñada por el antecedente maestro Juan Francisco de Ulloa, religioso sacerdote de la Compañía de Jesús, difunto, quien predicaba en la ciudad de Santiago del reino de Chile varias pláticas, así en su colegio, a hombres y mujeres, como en los monasterios de religiosas de Santa Clara y de Carmelitas, explicando con grande arte y sutileza el veneno de dicha doctrina, repartiendo copia de ella a diferentes discípulos, y en especial a este reo, que era el más aprovechado de ellos, para que por mano de éste y los demás aventajados en dicha doctrina pudiesen poco a poco explicar a las mujeres discípulas de dicho padre Ulloa dicha doctrina, y que creyesen las miserables, como más frágiles por su sexo, en la pestilencial doctrina, resultando de ésta la perdición de sus almas y de todas las demás que por toda la ciudad se iban contaminando; y lo demás, que de dicha causa resulta, los dichos señores inquisidores ordinario y consultores conformes dijeron que este reo salga a auto público de fe, en estatua, con insignias de reconciliado en forma, que se le lea su sentencia con méritos y sea absuelto de la censura en que se declara haber incurrido, y sus huesos sean sepultados en lugar sagrado. Y declaramos pertenecer todos sus bienes a la cámara y fisco de Su Majestad y a su receptor, en su nombre, desde el día en que cometió los delitos de que ha sido condenado, cuya declaración en nós reservamos. Y para memoria de esta nuestra sentencia, sea puesto el sambenito acostumbrado en la Iglesia Catedral de esta ciudad y la de Santiago de Chile. Y asimismo declaramos por inhábiles a los hijos y nietos de este reo don José de Solís, por la línea masculina, para que no puedan obtener oficios públicos ni otros algunos [530] de honra, y señalaron. -(Seis rúbricas). -Pasó ante mí. -Don Manuel González de Arbulu, secretario».

Réstanos sólo decir dos palabras acerca de la suerte que corriera el otro protagonista de estos sucesos, don Pedro Ubau. Como se recordará, a pesar de la conformidad que demostraba en la cárcel, comenzó a dar tales señales de enajenación mental que el 11 de febrero de 1733, casi tres años antes que Solís, fue trasladado al mismo convento de los recoletos franciscanos. Sin perder jamás la apacibilidad de carácter que le había distinguido, su locura fue acentuándose cada día más, hasta que hubo necesidad de llevarle al departamento especial para enajenados que existía en el hospital de San Andrés, donde falleció, al fin, completamente loco, el 30 de julio de 1747.

Ya tendremos ocasión de verle aparecer todavía en el auto de fe, en compañía de las estatuas de sus amigos Velazco, Solís y del padre Ulloa, de quien vamos a ocuparnos ahora. [531]

 

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