.

Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo X de la Segunda Parte

Capítulo X de la Segunda Parte

Reos de poligamia

Carácter que asumen los procesos del Santo Oficio. Lorenzo Becerra, Antonio Fernández y José Quinteros son enjuiciados por el delito de poligamia. Arbitrio de que este último se vale para averiguar si vivía su primera mujer. Antonio Cataño y Benito de la Peña son condenados a salir en auto público de fe. Reos azotados. Matías Tula se presenta también en auto público. Un hombre casado que dice misa. Un fraile que se casa. El leguillo mercedario Jerónimo de Segura. Causa del irlandés Murphy. Aventuras de un hijo de Jerusalén.

Después de la ruidosa causa que dejamos estudiada, siguiose en Chile un período bastante largo en que puede decirse que casi los únicos delitos de fe que se cometieron fueron los de poligamia. Hallábanse en este caso los reos siguientes:

Lorenzo Becerra, natural de Arequipa, de treinta años, arriero y soldado en Valdivia, que se casó dos veces en el Perú. Al ser llevado preso a Lima, se fugó en Moquegua, siendo de nuevo aprehendido y puesto en cárceles secretas en 10 de febrero de 1672.

Don Antonio Fernández Velarde, español, natural de la villa de Torrelaguna, arzobispado de Burgos, de edad de treinta y dos años, soldado y vecino de Concepción, que en el famoso auto público de 16 de mayo de 1693, salió en forma de penitente, con coroza y las insignias de casado dos veces, fue desterrado de Madrid, Lima y Concepción, multado en doscientos pesos (que no tuvo cómo pagar) y condenado a servir dos años al Rey en un presidio.

José Quintero Príncipe, natural del valle de Acan en el Obispado de Arequipa, que en el ejército de Chile ascendió desde sargento hasta capitán reformado, se denunció a sí mismo en enero de 1689 de haberse casado dos veces. Contó que antes de efectuar el segundo matrimonio, vacilando en su corazón sobre si sería cierta o no la muerte de su primera mujer, para que Dios se lo declarase, hizo una novena a Nuestra Señora del Rosario, por ocho días, encendiéndole una vela, rezando de rodillas el rosario y tomando una disciplina cada día, y en el último, como a las once de la noche, en presencia de Nuestra Señora, y de rodillas le dijo: «Señora; ya te he hecho un novenario con vela encendida, disciplina y rosario, pidiéndote que si me conviene se efectúe este casamiento que trato de hacer, aunque es vaga la noticia que he tenido de la muerte de la primera mujer, y si no, apártalo; y para señas de vuestra voluntad, disponed de que si es viva mi primera mujer, me duela el brazo derecho, y si es muerta, el izquierdo»; y que pasada media hora, repentinamente le empezó a doler la muñeca izquierda, cuyo dolor le duró media hora, y que aunque quedó perplejo sobre si era cosa del diablo, el día siguiente, movido de la señal referida, trató de efectuar el segundo matrimonio, como lo hizo, engañando al Provisor».

Preso en cárceles secretas con embargo de bienes para sus alimentos, fue condenado a presentarse en la sala de audiencia del Tribunal, en forma de penitente, con insignias, para oír la lectura de su sentencia, sin méritos, a que abjurase de levi, en doscientos pesos de multa y en destierro por dos años a Valdivia.

En esta última ciudad fue acusado como testigo falso en una información matrimonial, el peruano Antonio Cataño, de oficio cerrajero, que fue condenado a salir en el auto público de 20 de diciembre de 1694, donde le fuese leída su sentencia con méritos, y a que en seguida se le diesen doscientos azotes por las calles públicas.

Benito de la Peña, a cuya instancia había prestado Cataño aquella declaración, era soldado de oficio, vecino de Valdivia y natural del Cuzco, y salió también en el mismo auto con coroza e insignias de casado dos veces; «y por la inducción de testigos falsos, decían los jueces, le sean dados cien azotes por las calles públicas, desterrado de Madrid y Valdivia perpetuamente y que sirva cuatro años en uno de los hospitales de esta ciudad que le fue señalado».

Fue condenado a salir en auto público, pero hubo de perdonársele también por su estado de debilidad la pena de azotes que se aplicó en condiciones análogas al precedente reo, José de Alegría, llamado por otros nombres Francisco Díaz y José Gudiño, soldado, residente en Santiago y oriundo de Río Janeiro.

Andrés Guajardo, alias Juan Antonio de Soto, mestizo, soldado de profesión, residente en Coquimbo y natural de Santiago, que en su defensa sostenía que, amenazado de muerte por el padre de la segunda mujer, se había visto obligado a casarse. Fue condenado a salir en auto público de fe, con coroza e insignias, a que se le leyese su sentencia y abjurase de levi; y al siguiente día fuese sacado a la vergüenza pública, desnudo de medio cuerpo arriba, por las calles acostumbradas, donde se le diesen doscientos azotes; siendo, además, desterrado de Lima, Santiago, Coquimbo y Madrid, corte de Su Majestad, por término de cuatro años, los cuales cumpliese en Valdivia, a ración y sin sueldo, y se confesase y comulgase todos los meses. Esta sentencia se ejecutó el 20 de abril de 1704.

Martín Galindo, natural de Baños, en Jaén, cirujano de profesión, residente en Santiago, se denunció al comisario, en 1696, de haberse casado segunda vez en Mendoza, con cierta dama de reputación y bien emparentada con quien la justicia le obligó a unirse en reparo del honor. Enviado a Lima en 1698 túvose con él la primera audiencia cuatro años más tarde, siendo después de otros cuatro años (20 de abril de 1708) reprendido, desterrado por dos años de Lima, Mendoza y real corte, y obligado a que se confesase, comulgase y rezase el rosario.

José Eugenio Barrientos, de Guancavélica, herrero, residente en Valdivia, salió en el mismo día que el precedente, habiendo merecido que se le perdonasen los azotes.

Jacinto Colona, marinero, de Roma, testificado ante el comisario de la Serena, en 1709, de que siendo casado en Saint Malo, había contraído segundo matrimonio en Copiapó, y habiéndose hecho público su delito, por orden del obispo de Santiago, le remitieron a Lima, donde en 29 de febrero de 1712 fue condenado a salir en auto público de fe, y en caso de no haberlo, a una iglesia, en forma de penitente, con insignias de polígamo y falsario, a que se le leyese su sentencia con méritos, abjurase de levi y saliese a la vergüenza por las calles públicas, par a que se le diesen doscientos azotes; siendo, además, desterrado por tres años a Valdivia, a ración y sin sueldo.

Pedro Clemente, también marinero, oriundo de Marsella, que se casó en la isla de la Laja, y cuya sentencia, dictada en 1713, no contenía méritos ni pena de azotes.

José Godoy, natural y vecino de Santiago, arriero, abjuró de levi, se le dieron doscientos azotes por las calles, a voz de pregonero, y fue desterrado por cinco años a Chagres, para que sirviese a ración y sin sueldo.

María Zapata, zamba libre, también natural de Santiago, doméstica, sentenciada en 1721, en 16 de julio de 1725 fue castigada en la forma ordinaria, sin perdonársele los azotes.

Matías Tula, alias Matías de Ugas, natural de la Rioja en Tucumán, labrador, testificado en Santiago, en 1725; Juan Antonio de Neira, gallego, quien se denunció en Lima, en 1735, que de paso para Chile se había casado en Trujillo del Perú y luego con una viuda en Concepción; y, por fin, Juan Matías del Rosario, mulato, que salió en el auto público de 23 de diciembre de 1736, y María de Fuentes, «mestiza, natural del pueblo de la Gloria, de la jurisdicción de Santiago de Chile, en que era residente, de edad de más de treinta y seis años, de oficio tejedora, de estado casada y sirviente en el hospital de San Juan de Dios. Salió en la forma acostumbrada, con coroza pintada de insignias de casada dos veces, por el delito de haber contraído segundo matrimonio en dicha ciudad de Santiago, viviendo su primer marido. Abjuró de levi, fue advertida, reprendida y conminada en la forma que los demás, en la pena de doscientos azotes, y en la de destierro por espacio de tres años al lugar que se le señalase por el Santo Tribunal, y en otras espirituales e instructivas. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez ordinario eclesiástico que de la causa pudiese y debiese conocer. Fueron sus padrinos don Luis de Oviedo y Echaburu, conde de la Granja, y don Francisco Hurtado de Mendoza».

Semejantes a los delitos precedentes, aunque de un orden más grave, eran los cometidos por las personas que se expresan a continuación:

Antonio Martínez del Corro, hombre de cincuenta años, se denunció por los de 1694 de que, siendo casado en Yumbel en Chile, y viviendo su mujer, había recibido en Tucumán la sotana de la Compañía, y que como sacerdote, había acostumbrado decir misa. En su defensa expuso que se resolvió a ordenarse creyendo que su mujer era muerta, pero que habiendo sabido por carta que ella le escribió que estaba viva y que quería entrarse en un convento, se acusaba al Tribunal para que se procediese contra él; siendo absuelto en vista de la buena fe con que parecía haber procedido.

Fray José Vásquez se presentó también al Tribunal, en 1719, diciendo bajo de juramento ser natural de Santiago; que a los catorce años de edad había tomado el hábito de San Agustín, y que después de haber profesado, dejando el hábito y cerquillo, trasmontó la cordillera y se casó en Catamarca, de allí se huyó a Lima, después a Pisco donde se casó segunda vez, y, finalmente, por tercera en los Lipez.

Era asimismo muchacho, lego, y oriundo de Santiago, Miguel Jerónimo de Segura, denunciado ante el comisario por un padre de la Merced de que habiendo ido a barrer la iglesia, invitó a otro religioso para que comiesen de las formas consagradas, y que, verificado esto, se echó a dormir, a tiempo que su compañero atemorizado por tres golpes disformes que había sentido en el altar, «reconociendo no haber quien los pudiese dar», dio cuenta al comendador, quien prendió al leguillo y le denunció a la Inquisición. Enviado a Lima y encerrado en las cárceles secretas, salió en el auto público de 28 de noviembre de 1719, abjuró de levi y fue desterrado a Chagres por tres años.

Juan Marfil (Murphy?) Stuart, irlandés, residente en Santiago, de edad de veintinueve años, acusado de que, después de haber recibido el hábito de la Compañía de Jesús, se había casado. Contando el discurso de su vida, dijo que cuando tenía nueve años se había embarcado en Londres en una nave que fue apresada por los holandeses; que estuvo algún tiempo en París, y que habiéndose embarcado para el mar del Sur, se quedó en Chile, ocupado como piloto en la navegación de Valparaíso al Callao. Confesó que era efectivo que había estado tres veces en la Compañía, y que habiendo salido de la orden, se había casado, dejando su profesión de marino por la de sastre; y, por fin, que, a causa de su cotidiana embriaguez, los parientes de su mujer le tenían continuamente tan maltratado, que pretendieron, por último, enviarlo desterrado a Valdivia; y que para deshacer su casamiento tuvo que inventar una carta en que se fingía protestante. Tramitada, sin embargo, su causa, y después de haber permanecido preso más de tres años, el 15 de junio de 1723 fue condenado a salir en auto público, en forma de penitente, a que abjurase de levi y fuese absuelto ad cauletam, y desterrado, por fin, a Valdivia, por tiempo de seis años, a ración y sin sueldo.

Amet Crasi, llamado también Juan Antonio Valentín, natural de Jerusalén, residente en Santiago, labrador y curandero con yerbas, de edad de cuarenta y cuatro años, compareció en el Tribunal el 21 de septiembre de 1718. Expresó ser hijo de padres moros y que huyéndose del lado de ellos, se embarcó en una nave de los turcos, la que, apresada por los caballeros de Malta, se vio obligado a servir dos años en el banco de una galera, hasta que mereció escaparse a Civita Vechia, pasando sucesivamente a Cataluña y, por fin, a Cádiz, en donde se embarcó en un buque francés que venía al Mar del Sur. Habiéndose desertado en Valparaíso, se hizo pasar por veneciano, y después de dos años se casó en Colina, pero permaneciendo siempre en la ley de Mahoma.

En febrero de 1719 se denunció nuevamente de que había sido bautizado por el obispo de Concepción, y que, disgustado del matrimonio, fingió no ser cristiano y se hizo bautizar otra vez en Lima. Preso en las cárceles secretas el 23 de septiembre de 1721, fue condenado tres años más tarde en varias penas espirituales.

Todos estos procesos, sin embargo, debían parecer pálidos e insignificantes al lado de los que se siguieron por esos días contra el jesuita chileno Juan Francisco de Ulloa y sus secuaces, cuyas doctrinas tan profundamente conmovieron la sociedad de Santiago.

 

La Inquisición en España       Orígen y Desarrollo de la Inquisición       La Inquisición en las Indias       Los órganos administrativos       La financiación       Las Instrucciones

Los delitos       Las víctimas       Las penas       El Auto de Fe

Características del proceso penal inquisitivo       Fases del proceso penal inquistivo       La Quistion de Tormento

La Inquisición Medieval       Los cátaros       La brujería       El Santo Oficio actualmente       Bibliografía general

Website de Gabriel Bernat
Website de Gabriel Bernat