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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo I de la Segunda Parte

Capítulo I de la Segunda Parte

El comisario Calderón y el obispo Pérez de Espinosa

Nombramiento de algunos empleados inquisitoriales en Chile. Procesos a que dan origen. El factor real Rodrigo de Vega Sarmiento. Lo que resultó de la visita del Santo Oficio acerca de sus ministros. Datos biográficos de Melchor Calderón. El obispo Medellín le denuncia al Santo Oficio. Envuélvense en un lance desagradable con fray Juan Pérez de Espinosa. Éste le reprende en el coro de la Catedral. Palabras injuriosas del comisario contra su prelado. Asóciase a los enemigos de éste. El vicecomisario Villegas levanta un proceso contra el Obispo. Medidas que éste toma para contrarrestarlo. Acusa en Lima a los ministros del Santo Oficio en Chile. Son desatendidas sus quejas. Recurso interpuesto por el Obispo ante el Consejo. Castigo del comisario de la Inquisición.

En el capítulo VII del tomo I hemos dicho ya que luego de fundado en Lima el Tribunal del Santo Oficio, el inquisidor Cerezuela nombró de comisarios en Chile, en Santiago, al tesorero del coro de la Catedral, don Melchor Calderón, y en la Imperial al deán don Agustín de Cisneros, promovido después al obispado de aquella provincia.

Es tiempo ya de que, antes de entrar en la relación de algunas de las cuestiones, competencias y disgustos en que se vio envuelto Calderón en el largo tiempo que desempeñó aquel cargo y que, en verdad, comparados con los que otros funcionarios de su especie tuvieron, fueron muy pocos, demos algunos pormenores de su persona y de los demás individuos que componían en su tiempo el personal de la Inquisición entre nosotros.

No necesitamos repetir aquí cuán solicitado fue en su tiempo el título de familiar del Santo Oficio. Luego de establecido el Tribunal sucedió en Santiago, y en general en Chile, lo mismo que había pasado en otras partes. Los inquisidores se veían asediados por numerosas solicitudes de personas que, mediante una contribución en dinero, querían obtener un título, que implicaba una distinción y que, a más, colocaba al que lo obtenía en condición privilegiada sobre los demás ciudadanos. Hacíase exento de la jurisdicción ordinaria, y como miembro del Santo Oficio, tenía la seguridad que en cualquier lance éste sabría ampararlo y protegerlo.

Después de los trámites de estilo, merecieron ser nombrados familiares en Santiago, Juan de Angulo, el capitán Gaspar de la Barrera, el capitán Alonso Campofrío de Carvajal, Pero Alonso Zapiso, Cristóbal de Escobar, Nicolás de Garnica, su hijo Martín López de Garnica, y don Francisco de Irarrázabal. En Concepción fueron nombrados Alonso de Toledo y Pedro de Salvatierra; en Castro obtuvo el título Diego de la Guardia; en la Imperial, Luis Argüello de la Torre y por fin, a Alonso del Campo se le dio nombramiento de teniente mayor de receptor de la Serena.

La verdad fue, sin embargo, que en estas designaciones se cometieron muchas irregularidades y que las informaciones rendidas por la mayor parte de los agraciados eran en extremo deficientes. De algunos apenas si los testigos habían conocido a sus padres, de otros no se supo si eran siquiera casados, y, por fin, a Toledo hubo de quitársele el título, y a Juan de Angulo, el provisor de Santiago se vio en el caso de encausarlo «sobre cierto amancebamiento»; habiéndose limitado, sin embargo, el Tribunal a ordenarle, so ciertas penas, que no se «ayuntase con la mujer con quien estaba infamado».

Contra Alonso del Campo se presentaron algunas quejas sobre las cuales se levantó también una información, pero que al fin quedó en nada.

Por último, al mismo notario del Santo Oficio en Santiago, Cristóbal Luis, se le justificó que había guardado poco secreto en los negocios y hubo de separársele del destino.

De entre todos los ministros del Santo Oficio de esa época crece, con todo, mención especial el factor real Rodrigo de Vega Sarmiento, que tenía el título de familiar en Concepción. Recomendado eficazmente al inquisidor Andrés de Bustamante cuando partió de España a fundar el Tribunal en Lima, como «hidalgo y limpio», y sin duda en acatamiento de aquella recomendación, nombrado más tarde por Cerezuela, después de la muerte de su compañero Bustamante, Vega Sarmiento era un hombre díscolo, atrevido, de costumbres poco arregladas y que por su carácter indomable siempre había vivido en pugna con los gobernadores del reino. Para ejemplo, citaremos los dos casos siguientes.

Don García Hurtado de Mendoza, hallándose en Arauco, el 13 de febrero de 1560 proveía el siguiente decreto, que da razón de los procedimientos de Vega Sarmiento. Por cuanto, decía, «con poco temor de Dios, y en menosprecio de su real justicia, como hombre de mala intención y a fin de que haya alborotos y escándalos entre los vasallos de Su Majestad y de que esta tierra se altere y despueble, y por enflaquecer la real justicia de Su Majestad, para que no se pueda ejecutar, como se requiere, ha dicho y publicado muchas veces públicamente, haciendo corrillos para ello... que el Gobernador no tiene poder para encomendar indios e que quería más un puerco que todo cuanto había encomendado, e que no es gobernador, e que tiene usurpada la administración de justicia y otras cosas muy desacatadas para mover escándalos y alborotos, y ha escrito a algunos Cabildos procurando moverlos a las dichas alteraciones, en tanta manera que [con] las dichas palabras e desacatos ha desasogado la república desta tierra y trae alborotada toda la ciudad... y por ello muchas personas se han movido a dejar de asistir a servir a Su Majestad y se han ido a los pueblos de abajo..., etc.».

Ya se comprenderá que después de esto Vega Sarmiento fue a parar a la cárcel.

En 15 de diciembre de 1563, el licenciado Alonso Ortiz, teniente de gobernador en Concepción, proveía, a su vez, un auto cabeza de proceso contra él, diciendo que estando en la posada y aposento de Pedro de Villagrán, en presencia de mucha gente, había mandado llamar a Vega y a los oficiales para hacer cierto acuerdo, a lo que aquél se había negado. Ordenó entonces al alguacil mayor que le buscase y, si necesario fuese, le notificase la orden.

Con esto, Vega no pudo ya negarse, habiéndose presentado en circunstancias que Villagrán estaba hablando con Andrés de Vega, quien trataba de convencerle que no tenía necesidad de verse con aquél.

-¿Cómo andáis huyendo -le dijo Villagrán en cuanto entró- y rehusando hacer lo que conviene al servicio del Rey? ¡Sin duda no debéis de pretender otra cosa sino que esta tierra se pierda!

-Tan servidor del Rey soy -le replicó Vega- como todos los que hay en este reino.

-Vuesa merced -repuso Villagrán encolerizado, no es ni como el más mínimo soldado que hay en la ciudad, y marchaos a dar cuenta al Rey.

-Vuesa merced -insistió Vega- es el que no quiere servir.

Y con esto Villagrán arremetió a él, le echó mano del pecho y dándole dos o tres empellones, lo hizo salir para afuera y conducirlo en seguida a la cárcel.

Estos dos rasgos, entre otros que pudiéramos citar, creemos que dan alguna idea de lo que era el familiar del Santo Oficio.

La mala conducta de los ministros del Tribunal, de inquisidor al último corchete, era general por esa época, como lo siguió siendo más tarde. Entre las tareas que habían ocupado al visitador Ruiz de Prado contaba en primer lugar los procesos que tuvo que seguir a los diversos comisarios, que le habían demandado [301] buena parte de su tiempo. En efecto, al de Popayán se le habían puesto veinte cargos, no siendo pocos los que se presentaron contra los de Potosí y Cochabamba, sin contar con los de otros a notarios y empleados subalternos de fuera de Lima, que en un todo daban buen testimonio de las quejas presentadas contra ellos al Consejo.

Los que resultaban contra el de Cochabamba eran de tal calidad, según afirmaba el visitador, «que no se podía pasar por ellos; no me pareció que la tenían para hacerle venir trescientas leguas, y ansí porque sospeché alguna pasión en los testigos, remití los cargos que se le hicieron, que fueron catorce, para que se los diesen y recibiesen sus descargos y se me enviase todo». Servía ese destino el célebre autor de La Argentina, Martín Barco de Centenera, y para no estampar aquí sino algunas de las acusaciones que aceptó la sentencia librada contra él en 14 de agosto de 1590, por la cual fue condenado en privación de todo oficio de Inquisición y en doscientos cincuenta pesos de multa, diremos que se le probó haber sustentado bandos en la villa de Oropesa y valle de Cochabamba, a cuyos vecinos trataba de judíos y moros, vengándose de los que se hallaban mal con él mediante la autoridad que le prestaba su oficio, usurpando para ello la jurisdicción real; que trataba su persona con grande indecencia, embriagándose en los banquetes públicos y abrazándose con las botas de vino; de ser delincuente en palabras y hechos, refiriendo públicamente las aventuras amorosas que había tenido; que había sido público mercader, y por último, que vivía en malas relaciones con una mujer casada, etc.

«Me ocupó no poco tiempo, decía con este motivo Ruiz de Prado, los procesos contra comisarios y notarios en cosas graves que tenían necesidad de remedio y de castigo ejemplar...; porque con ser todos estos clérigos contra quien se ha procedido de los más díscolos que hay en el reino y haber cometido cosas gravísimas en sus oficios, vuelve por ellos el provisor hoy, como si fueran unos santos y se les hubiera hecho mucho agravio, y así lo publica... Cuanto más que lo que principalmente me movió a tratar estos negocios fue ver que el Tribunal había tenido noticia de los excesos de estos hombres y se había disimulado y pasado por ello, con sólo quitar el título de comisario a dos de ellos, y al uno cuando se supo mi venida...; y la excusa que dan es decir que si castigaran los malos ministros, no habría quien sirviese a la Inquisición».

Resumiendo sus impresiones sobre lo que iba descubriendo acerca de los demás empleados y cosas que habían pasado en el Santo Oficio, anticipaba Ruiz de Prado al Consejo los conceptos siguientes: «Lo que puedo decir es que hay hartas cosas y de consideración, y que de los procesos resultan muchas y de muy grandes y dignas de remedio para lo venidero; poco recato en el secreto, muchas comunicaciones en las cárceles secretas, poco cuidado en reparar este daño, habiéndose entendido; mucha remisión en castigar a los que eran causa dél, y otras causas graves que dello resultan prisiones y castigos en negocios que no eran del Santo Oficio».

Por el mes de enero del año siguiente en que llegó a Lima Ruiz de Prado, comenzó el examen de los expedientes tramitados por el Tribunal desde su establecimiento, que alcanzaban a la cifra de mil doscientos sesenta y cinco, de cada uno de los cuales fue sacando una breve relación en que apuntaba sus defectos y que con sobrada razón le permitían expresar al Consejo las palabras que acabamos de transcribir. Ya se trataba de prisiones indebidas, ya de causas que los inquisidores se habían avocado [303] sin derecho, ya de inauditos retardos en la marcha de los juicios, o ya, por fin, de penas que los reos no habían merecido. «Los defectos que se han hallado en los procesos, repetía el visitador nuevamente casi dos años más tarde, son en cosas substanciales, y otros que tocan a lo sagrado de la Inquisición y no buena administración de ella; poco recato vi y que los negocios se hiciesen con el que se acostumbra en la Inquisición y con el que es necesario; poco cuidado de remediarlo; comunicaciones y otros excesos grandes que había en las cárceles y en castigar a los que tenían gran culpa de ellas... que fue causa el no remediarlo a los principios que esto pasase muy adelante, y lo fue de hartos daños proceder contra personas por negocios cuyo conocimiento no pertenecía al Santo Oficio y darles penitencias públicas, y a otros que sus negocios no eran de fe, tratarlos como si lo fueran».

Siguió de esta manera avanzando poco a poco en su trabajo hasta el 19 de marzo de 1590, en que, condensando el resultado de las diligencias de examen practicadas, pudo al fin presentar en concreto los cargos que hacía a los oficiales del Tribunal.

Al fiscal interino Antonio de Arpide, que servía el puesto por muerte de Alcedo, ocurrida por los años de 1585, le reprochaba haber sido descuidado en su oficio y de ser por naturaleza de mala condición, mozo en todo; indicando que convendría se le mandase vestir hábito clerical y aún que tratase de ordenarse, «porque tengo, decía, por indecentísima cosa que el fiscal del Santo Oficio traiga hábito de lego».

Al secretario Eugui lo presentaba como áspero de condición, que estaba casado con mujer hija de un hombre que no tuvo opinión de cristiano viejo, sin que faltase testigo que lo hubiese notado de confeso; de que hacía mal las informaciones, y, finalmente, del mucho desorden con que llevaba los derechos de familiatura.

Al alguacil Juan Gutiérrez de Ulloa le achacaba no haberse descargado de las imputaciones que se le hicieran, las que, aunque [304] en rigor no merecían privación de oficio, eran bastantes para ordenarle que no lo ejerciese más.

A Juan de Saracho le disculpaba en atención a lo que había servido con su persona y dineros, y aún recomendaba al notario Pérez de Maridueña por su habilidad y suficiencia.

En atención a que nadie que no fuese hombre perdido podía hacer las veces del alcaide Cristóbal Rodríguez, pedía que se disimulase con él alguna cosa, pues en su tiempo no había habido en las cárceles las comunicaciones y demás inconvenientes que se hacían sentir antes de haber entrado en el oficio. «Los cargos que se hicieron a su antecesor Nicolás de Castañeda, agregaba, resultaron del proceso que contra él hicieron los inquisidores (de que no se descarga ni puede): me parece que es caso grave éste y no nuevo en esta Inquisición, aunque en las demás sí, pues es cosa cierta que no ha subcedido cosa tal en otra después que el Sancto Oficio se fundó, porque aquí hay poca fidelidad en el oficio de todas maneras, dejando comunicar a los presos unos con otros, meterles cosas en las cárceles... Por esto y por no haber castigado al dicho Castañeda, cuando les constó de sus excesos, a lo menos en mandarle volver las cosas y dineros que los presos le dieron y él tomo dellos, resulta mucha culpa contra los dichos inquisidores».

Entrando a ocuparse de lo relativo al inquisidor Gutiérrez de Ulloa, expresaba que los cargos que se le habían hecho montaban a doscientos dieciséis, muchos comunes a su colega Cerezuela y otros particulares suyos, «los seis con mujeres, con mucha publicidad y escándalo; pudieran ser más éstos, si yo hubiera sido más escrupuloso inquisidor de lo que he sido».

Pero es tiempo de que volvamos a ocuparnos de los ministros que la Inquisición mantenía en Chile.

Fue el primer comisario del Santo Oficio en Santiago don Melchor Calderón, oriundo de la villa de la Haba, inmediata a Villanueva de la Serena, y, por lo tanto, de la misma tierra en que viera la luz Pedro de Valdivia. Nacido por los años de 1526, se había graduado de bachiller en teología en la Universidad de Salamanca a mediados de 1552, con cuyo título había llegado a Concepción tres años más tarde. Deseando establecerse en aquella ciudad, le encontramos solicitando del Cabildo, en 9 de agosto de 1558, que se le señale un solar en qué hacer su casa y vivienda «porque se quiere avecindar en esta ciudad», decía.

A fines de 1564, Calderón hizo un viaje a España llevando poderes de las ciudades de Santiago y Concepción, y del Obispo, Deán y Cabildo eclesiástico para solicitar del Rey que enviase de nuevo a Chile a don García Hurtado de Mendoza. Otro de los objetos de su viaje era obtener del Papa una bula de composición para las restituciones que los encomenderos debían hacer a los naturales. Por su parte, aprovechó su estada en la Península para graduarse de licenciado en teología, en julio de 1568, en el colegio mayor de Santa María de Jesús de la Universidad de Sevilla. Ese mismo año obtenía real licencia para regresar a Chile.

Calderón era por ese entonces un personaje de importancia en el país. Si ya no fuese testimonio la honrosa comisión que acababa de desempeñar, tenía para ello numerosos títulos. Sacerdote, con estudios muy superiores a la generalidad de los eclesiásticos de su tiempo, tesorero de la Catedral, visitador del reino, teniendo a su cargo «la iglesia de Santiago, como cura y vicario, y visitador y cura a la vez de la ciudad de Concepción y comisario de Cruzada»; celoso de la administración de los sacramentos; predicando continuamente, hombre muy recogido y honesto, «así en su vivir e contratación como en sus palabras e costumbres»; y, por fin, «hombre de gran reposo y quietud e quitado de todas negociaciones y bullicios», llegó a merecer grandes recomendaciones de los gobernadores y prelados. El primer obispo de Santiago, González Marmolejo, cuando se trataba de crear una nueva diócesis en Tucumán, le recomendaba para ella al Rey en vísperas de la partida de Calderón para España.

Esta buena opinión, lejos de disminuirse, fue aumentándose con el tiempo. En 1585 el mariscal Martín Ruiz de Gamboa declaraba bajo de juramento que en más de treinta años que le había tratado, «siendo como este testigo ha sido el capitán general y gobernador por Su Majestad mucho tiempo, con los cuales cargos este testigo tenía nescesidad de comunicar algunas cosas con personas de autoridad, por ser cosas de importancia, y ansí algunas cosas, por ser hombre de autoridad el dicho licenciado don Melchor Calderón, las comunicaba este testigo con él, y ansimismo siempre le vio vivir con recogimiento, dando de sí buen ejemplo con su vida y costumbres».

La buena fama de Calderón traspasó aún los límites del reino, llegó hasta el Perú, y motivó de parte del Virrey la espontánea y honrosa recomendación que de él hizo cuando se trató de nombrar nuevo obispo para la diócesis de Santiago. «Señor, le decía al Rey aquel alto funcionario, en 1º de agosto de 1562: El licenciado Calderón, tesorero de la Catedral de Santiago de Chile y comisario del Santo Oficio de la Inquisición en aquellas provincias, es de edad de sesenta y cinco años, y los treinta y cinco ha residido en ellas sirviendo a Nuestro Señor y a Vuestra Majestad, con mucha aprobación de letras, virtud y buen ejemplo, y porque importa que los tales sean honrados y favorecidos de Vuestra Majestad, será justo que Vuestra Majestad se sirva hacerle merced de presentarle al Obispado de Santiago, que está vaco por fallecimiento de su prelado, que por lo referido se empleará muy bien en su persona, ésta u otra mayor merced que fuere servido hacerle Vuestra Majestad, cuya C. R. P. guarde Nuestro Señor».

Queda ya consignada la opinión en que el gobernador Ruiz de Gamboa tuvo a Calderón como hombre de consejo.

Citaremos ahora otro testimonio que prueba igualmente que más tarde su parecer fue no menos respetado en las trascendentales cuestiones que se agitaban en la colonia. Sábese, en efecto, que «habiendo sucedido esta Pascua de Navidad pasada del año de mil y quinientos y noventa y ocho años, la desdichada muerte de nuestro buen gobernador Martín García de Loyola, con otros cuarenta españoles, el licenciado don Melchor Calderón, tesorero de la Catedral, comisario del Santo Oficio y de la Santa Cruzada, provisor, vicario general deste obispado en sede vacante, a cargo está el gobierno dél, juzgó ser necesario pedir al señor Visorrey y Real Audiencia de Los Reyes se examinase este punto: si será lícito dar por esclavos a estos indios rebelados; porque, siendo esto lícito, pareció ser éste el medio más importante y aún casi el último (moralmente hablando, según están las cosas de España y del Perú y de Chile) para concluir con brevedad esta guerra; y ayudándose de algunas personas doctas desta ciudad de Santiago, juntó por escrito todas las razones de importancia que se ofrecieron. Y juntamente pareciéndole que para la determinación del punto principal era razón fuese luz desde acá, de los letrados que acá estamos en Chile y tenemos las cosas presentes, poniendo de por sí las razones que hay para que sea lícito darlos por esclavos, y las que hay para que no sea lícito, para que, los letrados de Lima, como gente ajena de la pasión y sentimiento justo que tenemos los de acá contra estos indios, que tanto daño hacen al bien espiritual y temporal, den su parecer libremente; y habiéndose congregado el señor teniente general, gobernador que al presente es, con todo el Cabildo eclesiástico desta Santa Iglesia y superiores de todas las religiones, y religiosos doctos, los más del reino, y todas las personas seglares e antiguas, versadas en la guerra, de mayor opinión, para certificar el hecho. Y congregados en el coro de la iglesia mayor, hizo leer [308] un papel en que con ayuda de hombres doctos tenía juntas las dichas razones, sobre si es lícito o no el darlos por esclavos; y leídas, pareció a todos ser muy necesario suplicar y pedir con toda instancia al señor Visorrey y Audiencia Real hagan determinar este punto con la brevedad posible...».

Pasaba esto por los años de 1607 y no es de este lugar consignar los antecedentes y solución de este gravísimo negocio que tanto preocupó a los teólogos y militares de aquel tiempo. Bástenos consignar aquí la deferencia tributada por sus contemporáneos a la persona y letras del licenciado Calderón.

Bosquejada ya en sus grandes rasgos la figura del primer comisario de la Inquisición en Chile, es conveniente que volvamos a ocuparnos de los negocios de su oficio.

Decíamos, pues, que la visita que Ruiz de Prado acababa de practicar en el Tribunal de Lima había puesto de manifiesto, tanto la depravación de costumbres y las inmoralidades de toda especie cometidas por los inquisidores, comisarios y familiares, como el pésimo método que se había observado en la tramitación de los procesos. Al hablar de los que en Chile se habían seguido hemos tenido también oportunidad de consignar las autorizadas observaciones de Ruiz de Prado que, si bien demostraban que los delegados del Tribunal en Chile no podían servir de modelo en la tramitación de las causas de los reos de fe, al menos no había hecho valer cargo alguno personal contra el licenciado Calderón, constituyéndolo de esta manera en una verdadera excepción respecto de los funcionarios de su especie de las demás provincias del virreinato.

No era, sin embargo, que hubiesen faltado en el Tribunal de Lima denuncias, y por cierto de personas autorizadas, acerca de la conducta del comisario chileno. El primero de todos lo hizo nada menos que el obispo de Santiago don fray Diego de Medellín.

Oigamos lo que éste refiere al Santo Oficio en carta que le dirigió en 6 de septiembre de 1577.

«Vuestra Señoría sepa que el licenciado Calderón, teniente general de Chile, echando preso a un Pero López de Corona y mandándole jurar, y diciendo el dicho Pero López que era clérigo, tornole a mandar una y dos veces que jurase, y respondiéndole Pero López que era clérigo, el teniente le arrebató el bonete de la cabeza y le arrojó por el suelo, y dijo: 'echalde de cabeza en el cepo hasta que deje de ser clérigo'. De ver esta injuria que se hizo al estado clerical sintieron mal los que se hallaron presentes.

»Antes desto mandó a dos negros y a un morisco, que aquí fue esclavo y vendido, que sacasen de la iglesia al dicho Pero López, clérigo, siendo los negros y morisco personas que no habían de tener respecto ni reverencia ni temor al Sanctísimo Sacramento, como de facto no lo tuvieron, y sacaron con violencia de la iglesia mayor al dicho Pero López y le llevaron a la casa del teniente y de allí a la cárcel, donde aconteció lo arriba dicho. Hubo muchos que se hallaron presentes a la desvergüenza del arrojar el bonete por el suelo, entre los cuales fueron Alonso Pérez, hijo de Álvaro Pérez, herrador, y Alonso Veas, hijo de Marcos Veas, y un paje del teniente llamado Pedro el cual alzó el bonete del suelo, y Antonio de Quevedo, secretario del teniente, y uno llamado Vallejo, que estaba preso, y el morisco arriba dicho, y otros; y si agora se quisiera hacer información, ninguno osara jurar, por el temor que tienen al dicho teniente, porque no hay quien le vaya a la mano y sale con cuanto quiere.

»Ítem, siendo el dicho teniente declarado por descomulgado, ansí por derecho como por constitución sinodal de la provincia, no dejó de hacer auctos judiciales, y siendo puesto entredicho contra él porque tenía muy aherrojado y aprisionado al dicho clérigo, y amenazaba que le había de afrentar, y aún tuvo una cabalgadura aderezada a la puerta de la cárcel para afrentarle, el dicho teniente, y teniendo en poco el ser descomulgado de participantes anduvo visitando casas y señoras, de lo cual fue bien notado.

»Y porque sepa Vuestra Señoría cuán poco temeroso es de las descomuniones, diré lo que me aconteció con él antes que me trajesen las bulas, habiéndole declarado por descomulgado por otro negocio. Yendo yo un día de fiesta por la plaza a decir misa, dijo [310] que se había de ir conmigo a oír misa, y diciéndole que si él iba a oír misa, estando como él estaba, que yo me tornaría, y porfió conmigo mucho, o que había de ir conmigo a misa, o se había de quedar conmigo, hasta que le dije si era fuerza aquello, y pasamos allí en la plaza muchas cosas, hasta que me dejó; estuvieron presentes más de diez o doce, entre ellos estaba Diego Falcón. Manuel Díaz, Juan de Adrada, el capitán Campofrío, y otros muchos.

»El licenciado Calderón, comisario de Vuestra Señoría, agrega el prelado, supo todo lo del bonete y lo demás: no sé si avisará a Vuestra Señoría, por ser pariente del teniente y comer con él y tratar como parientes e íntimos amigos, por lo cual he yo hecho esto».

Lamentándose de lo que pasaba concluye: «No hay por acá a quien tanto se tema como al Sancto Oficio y si Vuestra Señoría no remedia estas cosas, no hay quien las remedie, en especial en Chile donde los perlados pueden poco y los que les han de dar favor están muy lejos».

Ulloa y Cerezuela se limitaron en Lima a enviar al Consejo la carta de fray Diego de Medellín, acompañándola de las siguientes reflexiones:

«El obispo de Santiago de Chile nos escribió la que será con ésta y la enviamos a Vuestra Señoría para que nos mande si se hará alguna cosa en esto y en los casos semejantes, que hasta ahora no hemos entendido en ello por parecernos que no nos toca. Contra este mismo licenciado Calderón, teniente general de Chile, de quien habla la carta, tenemos relación que habiéndole dicho un Diego Suárez de Figueroa, soldado, que le diese licencia para venir a esta ciudad, a denunciar de él ciertas cosas ante nós, luego aquella noche le mataron en su casa ciertos hombres, y se entendía que por mandado del dicho licenciado Calderón, y que así se lo dijo el herido, estando a punto de muerte, al mesmo teniente, yendo a tomalle su declaración. Enviamos al comisario hiciese información cerca dello no tenemos respuesta».

Y el Consejo, de acuerdo con la opinión que le anticipaban sus ministros de Lima, se limitó, en efecto, a escribirles que se [311] había visto la petición del Obispo «y ha parescido que lo que por ella refiere no son cosas [del] que se debe conocer en el Santo Oficio, y así no habrá que tratar dello».

Se ve, pues, que, a pesar de una queja salida de tan alto, en lo que tocaba a su oficio, Calderón fue declarado inculpable. Se recordará igualmente que una resolución idéntica hubo de pronunciarse acerca de su conducta cuando los agustinos le acusaron de haberse manifestado parcial con los incendiarios de su convento...

En sus últimos años aconteció a don Melchor un lance bastante desagradable en que tuvo por contradictor al más batallador de los obispos de Santiago, don fray Juan Pérez de Espinosa.

Desde un principio habría podido asegurarse que en el lance entre el comisario del Santo Oficio y el Obispo éste había de llevar la peor parte; pero tratándose de fray Juan Pérez de Espinosa... ¡eso sería otra cosa!

A causa de sus muchos años, Calderón no podía salir fuera de la ciudad a practicar algunas de las diligencias que por motivo de su empleo del Santo Oficio solían ofrecerse, habiendo por esta causa obtenido del Tribunal de Lima que se le nombrase un coadjutor o subcomisario, cuyo nombramiento recayó en un fraile franciscano llamado fray Domingo de Villegas, y por tanto, de la misma orden a que pertenecía el obispo Pérez de Espinosa. Díjose posteriormente con ocasión de este nombramiento que el favorecido había tenido sus dares y tomares con el prelado a causa de haber escrito éste al padre comisario general de San Francisco pidiendo le sacase del convento de su orden en Santiago y hasta del reino mismo, por muchas razones que aquél alegaba en sus cartas, y entonces tanto se había empeñado Villegas que al fin hubo de dársele el cargo inquisitorial «por poderse vengar del dicho obispo en alguna ocasión», la que, en efecto, no tardaría en presentársele.

Sucedió que en la visita y residencia del Cabildo eclesiástico, del cual formaba parte don Melchor en calidad de tesorero, como sabemos, el Obispo le condenó por sentencia en privación de la prebenda y en otras penas, «por haber aviado y dado lugar a que se huyese un clérigo prebendado por el pecado nefando». Y de ahí nació, según afirmación del prelado, que siempre desde entonces le tuvo odio y enemistad, que bien pronto habrían de traducirse en hechos harto significativos.

Calderón desde luego estrechó sus relaciones con los dos prebendados que formaban el resto del coro -que él presidía como más antiguo-, y que tampoco se hallaban en buen predicamento con el diocesano, y dio en frecuentar la casa del licenciado, jefe de la Audiencia, Fernando Talaverano Gallegos, a quien desde hacía algunos meses tenía aquél excomulgado por haberse negado a impartirle el auxilio de la fuerza pública para prender a cierto delincuente.

Llegó en esto el día de Pascua de Navidad del año de 1605 y ni Calderón ni los dos prebendados se dejaron ver en la casa episcopal a darle al Obispo las buenas pascuas, como había sido de uso hasta entonces.

Llegó también el día de año nuevo y Calderón y los dos prebendados se abstuvieron igualmente de ir a cumplimentar a Pérez de Espinosa.

Ese mismo día presentose Calderón en la sacristía de la Catedral y se encontró allí con el padre Andrés del Campo, subdiácono, y después de preguntar dónde estaba el sacristán mayor, con mucho enojo y cólera exclamó:

-Muy mal hace el Obispo en hacer sacristán a su sobrino, porque el pueblo dice que lo hace por cobrar dos cuartas, la suya y la del sacristán, y que mal hubiese el dinero que tanto mal había, -añadiendo otras razones semejantes a éstas, con enojo y altanería.

En aquel sitio encontrose luego el irritado don Melchor con el sacristán que buscaba, llamado don Tomás Pérez de Santiago, hijo de una hermana del prelado; y allí le dijo «que para qué quería ser sacristán, que era afrenta, siendo sobrino del Obispo; que si lo hacía por el vestir y calzar, que se fuese a su casa, que él se lo daría; y que le había dicho, añade el interpelado, que S. S. R. le había dado la sacristía por cobrar dos cuartas». A lo cual le replicó Pérez de Santiago que S. S. R. no lo había hecho por eso sino por hacerle merced y porque se habilitase para cosas mayores y tuviese méritos y servicios en esta iglesia; y que Su Señoría procedía desinteresadamente porque le había dado a él quinientos pesos de oro, de a catorce reales y medio cada uno, y otros tantos había dado a otro sobrino, y otros quinientos a un primo hermano suyo, y que así no se debía entender procedía por interés sino por las razones referidas; y que en cuanto al decirle que se fuese a su casa, que él le daría de calzar y vestir, que no tenía necesidad de ello, que S. S. R. se lo había dado.

Como es fácil comprender, el sobrino contó luego a su tío el Obispo lo que le había pasado con Calderón. Lo cierto fue que éste pudo conocer bien pronto que el prelado le guardaba resentimiento y sospechando que pudiera pasarle algo con él, un día le dijo al presbítero Cristóbal Díaz Sedeño:

-No sé de qué anda el Obispo enojado conmigo, sino es por lo que le dije a su sobrino sobre que no fuese sacristán. Podrá ser que por eso esté enojado.

Llegó en esto la víspera del día de Pascua de Reyes, y estando en el coro de la Catedral, y antes de comenzar las vísperas, Calderón diole allí al Obispo las buenas pascuas. Pero apenas había pronunciado su salutación el comisario inquisitorial cuando irguiéndose en su asiento, le replicó aquél que más parecía desvergüenza que otra cosa darle allí las buenas pascuas, y que a un ordenante no se le podían dar allí, y que casa tenía S. S. R. donde se las dieran, y que malas pascuas le diese Dios, pues tan malas se las había dado todo el Cabildo eclesiástico.

Tropezando con su sombra salió de allí el maltratado comisario. En la puerta de la iglesia se encontró con el presbítero Andrés del Campo a quien con tono de desprecio le dijo:

-El Obispo no es caballero como yo lo soy, y juro que no es caballero, y yo lo soy y de padres muy conocidos; y juro a Dios que me tengo de quejar, que no le envió el Rey ni el Papa a tratar mal a sus prebendados.

Al clérigo Miguel de Arellano a quien don Melchor encontró también por allí, le repitió que había de escribir al Rey de cómo había enviado a esta ciudad un verdugo para que los tratase mal, y que él era caballero y que Su Señoría no lo era.

Al día siguiente se hizo todavía encontradizo con el sobrino del Obispo, Tomás Pérez de Santiago, repitiendo delante de otros clérigos:

-Yo soy, en fin, caballero y él quizá no lo es, y juro a Dios que no lo es; y tornó a repetir con enojo y cólera, «y no lo es, y el Papa y el Rey no quieren que traten de esta manera a los caballeros como yo».

-Señor licenciado Calderón, le repuso Pérez de Santiago, con discreción superior a sus pocos años, la mucha bondad del señor Obispo y la honra que a usted le ha hecho y hace es causa de que usted le tenga en tan poco, diciendo esas palabras de Su Señoría; y en decírmelas a mí que soy su sobrino, hijo de su hermana, es tanto como si se las dijera usted personalmente; y en lo que toca al decir que no es caballero mi tío, no presume de caballerías, ni Su Majestad le hizo merced del obispado por eso, sino por sus letras y virtud y porque le ha servido en las Indias treinta años; y en cuanto a limpieza de linaje, no debe nada a usted, y algún día le echará usted menos, porque ninguna cosa ha querido usted de él que no la haya alcanzado.

Al día siguiente, que era Pascua de Reyes, como se recordará, debía cantar su primera misa Cristóbal Sedeño, quien tenía hablado para que le sirviese en ella de padrino al comisario Calderón, «que lo había hecho antes a las vísperas». Era ya tarde y se decía el último salmo de tercia y a todo esto Calderón no parecía. Enviole entonces a llamar el Obispo, advirtiéndole que, si no venía, no se cantaría la misa, «y no vino, dice un testigo, y así se quedó la misa nueva por aquel día, con nota y escándalo del pueblo que estaba junto en la iglesia catedral, y fue necesario que aquel día de Pascua cantase la misa un clérigo particular, porque ningún prebendado la quiso decir».

Como se adivinará fácilmente, el taimado comisario estaba bueno y sano, y tanto, que ese mismo día por la mañana se fue a Santo Domingo y en la tarde le vieron pasear por las calles de la ciudad.

Desde entonces, no contento con manifestar su enojo con palabras, repitió sus visitas a Talaverano Gallegos, quien, deseoso, a su vez, de vengarse de la excomunión y entredicho en que el Obispo le tenía, lo invitó a comer en su casa, convidando también al subcomisario, el franciscano Villegas. De ese modo Talaverano, que se titulaba consultor del Santo Oficio, por haberlo sido en Llerena, iba a reunir en su casa el claustro pleno inquisitorial.

Sin duda alguna, allí acordaron el plan que luego iban a poner por obra. Convínose en que, apellidando la voz de la Inquisición, Villegas iniciase un proceso al Obispo por desacato al Oficio, cometido en la persona de su delegado y representante más conspicuo en el reino. Apuraron allí sendos tragos de un buen añejo y de lo tinto, que guardaba para las ocasiones solemnes el oidor Talaverano, y, en seguida, estrechándose cordialmente las manos se separaron, prometiéndose dar comienzo al día siguiente al proyectado expediente.

Para el efecto, Villegas hizo un auto cabeza de proceso, diciendo que el Obispo no había podido reprender ni castigar a Calderón, por ser comisario del Santo Oficio, único a quien competía conocer de los delitos que sus oficiales y ministros podían cometer; dando el encargo de notificarlo a los clérigos testigos del suceso, a Baltasar Calderón, secretario de la Inquisición, que vivía en casa de don Melchor y que pasaba por nieto suyo.

Ya se comprenderá la prisa que el secretario se dio en un asunto que le afectaba tan de cerca. Temprano ensilló su caballo y se trasladó al convento de San Francisco, donde ya el padre Villegas le aguardaba con los papeles, y habiendo recibido éstos de su mano, a escape se trasladó al coro e iglesia de la dicha Catedral, en cuyo lugar públicamente y en voz alta requirió [316] a todos los clérigos que allí estaban presentes con estas palabras:

-A todos juntos, el padre fray Domingo de Villegas, como comisario del Santo Oficio, manda a ustedes que vayan a su celda mañana domingo en todo el día, a hacer cierta declaración, y así se lo suplico a vuestras mercedes.

Y luego, dice uno de los testigos, se salió del dicho coro a notificar lo mismo a otros clérigos que estaban alrededor de la iglesia; y en acabando los maitines, trataron los dichos clérigos unos con otros que debía de ser el llamamiento para hacer averiguaciones de la reprensión que S. S. R. había dado al licenciado don Melchor Calderón en el dicho coro un día antes, y que dijeron unos a otros que qué tenía que ver aquello con el Santo Oficio.

Estuvieron, en efecto, yendo algunos de los clérigos citados al convento franciscano, no habiendo podido concluirse las diligencias en una sola vez, porque testigo hubo que, habiéndose presentado tres veces en busca de Villegas, el secretario Calderón que estaba allí para recibirles, le decía que no había lugar de hablar con el padre comisario porque estaba reposando, o que había comido ese día con el teniente general (Talaverano) en su casa.

Mas, faltando a las reglas elementales de procedimiento usadas de ordinario por el Santo Oficio, el nieto del ultrajado comisario no se había cuidado de efectuar las citaciones en secreto, y tan público se hacía ya el caso por la ciudad y sus vecindades que los muchachos por las esquinas repetían que se estaba procesando por el Santo Oficio al Obispo».

Era, pues, inútil que Villegas les exigiese juramento de sigilo bajo pena de excomunión, cuando hasta un jesuita que se había hallado por esos días en una chacra a tres leguas de Santiago lo sabía ya. «Se murmura y se trisca de ello en las plazas y cantones, declaraba un testigo, y sabe que ha sido todo en grande vilipendio de la dignidad pontifical y menosprecio de la honra de S. S. R., pretendiendo hacer algo lo que no es ni fue nada».

Habían, sin embargo, pasado seis días después de Pascua de Reyes, de tan mal recuerdo para el comisario Calderón, cuando el Obispo creyó ya necesario tomar cartas en el asunto, dictando, al efecto, el auto siguiente:

«En la ciudad de Santiago de Chile, trece días del mes de enero de mil y seiscientos y seis años, el muy ilustre y reverendísimo de este obispado don fray Juan Pérez de Espinosa, del Consejo de Su Majestad, etc., dijo: que por cuanto ha venido a noticia de S. S. R., y es público y notorio en esta ciudad, que el padre fray Domingo de Villegas, comisario que dice ser del Santo Oficio, sin haber publicado su comisión en la iglesia catedral, parroquial o conventuales de esta ciudad, ha hecho información públicamente contra S. S. R., en razón de haber Su Señoría reprendido al licenciado don Melchor Calderón en el coro de la dicha Catedral, algunos defectos suyos, diciendo no haber podido S. S. R. reprender ni castigar al dicho licenciado don Melchor Calderón por ser comisario del Santo Oficio, a quien incumbía castigar los delitos criminales que los oficiales y ministros del Santo Oficio cometen, para lo cual fue Baltasar Calderón, nieto que se dice públicamente ser del dicho licenciado don Melchor Calderón, hijo de una hija suya, y secretario que es del Santo Oficio en esta ciudad, señalado por el dicho don Melchor Calderón, al coro y iglesia de la dicha Catedral, donde públicamente con voz alta requirió a todos los clérigos que allí halló que fuesen a la celda del padre fray Domingo de Villegas, el cual los llamaba como comisario de la Inquisición para que declarasen lo que había sucedido el día antes en el dicho coro de la dicha Catedral, y las palabras que había dicho de reprensión S. S. R. al dicho licenciado comisario; todo lo cual se dice públicamente en esta ciudad que se hizo con acuerdo del susodicho licenciado don Melchor Calderón y del licenciado Hernando Gallegos Talaverano, a quien Su Señoría tiene declarado y puesto en la tablilla de la iglesia catedral por público excomulgado, por no haber querido impartir el auxilio real para la captura de un delincuente; y por el odio y rencor que a S. S. R. tiene el susodicho, se dice públicamente en la ciudad que indució y aconsejó a los susodichos [318] comisarios para que procediesen contra S. S. R.; y porque todo esto es público y notorio en esta ciudad y contornos, por haber sido en menosprecio y infamia de la dignidad pontifical y de la persona de S. S. R., inquisidor que es de la herética pravedad, siendo dichos comisarios y demás ministros de esta diócesis súbditos de S. S. R.; y conviene hacer averiguaciones de todo lo susodicho para informar a Su Sanctidad, cuya jurisdicción han usurpado los dichos comisarios, a quien únicamente compete conoscer de las causas de los obispos cuando son graves que merezcan deposición, y, siendo menores, compete al concilio provincial, para que los susodichos sean castigados conforme a la calidad de su delito, para lo cual mandó hacer esta cabeza de proceso, y que por el tenor de ella declaren los testigos que en razón de ello se rescibieren, y lo firmó de su nombre. -Episcopus Sancti Jacobi chilensis. -Ante mí, Jerónimo de Salvatierra, secretario y notario».

Declararon al tenor del llamado del Obispo los mismos clérigos que habían ido a la celda del padre Villegas, teniendo cuidado sí de prevenir que si se habían presentado allí, a pesar de que no les constaba de su título y comisión del Santo Oficio, fue «por la reverencia que se debe a tan Santo Tribunal». Hubo alguno que agregó que siendo graduado por las Universidades de Salamanca y Alcalá y estando perfectamente informado de que aquél no era caso de Inquisición, mucho menos tratándose de un obispo, había obedecido por la misma causa al mandato de uno que se decía comisario del Santo Oficio. ¡Tanto era el temor que en aquellos tiempos inspiraba a todo el mundo el Tribunal de la Inquisición!

Tuvo el Obispo cuidado especial de interrogar a los testigos sobre qué era lo que se les había preguntado, y una vez que se cercioró de que el interrogatorio sólo se refería a la reprensión propinada por él a Calderón y al tratamiento que daba a los prebendados, «y porque conviene, decía, que el dicho proceso que se ha fulminado no se pierda, ni se oculte, ni se rompa, requiere una, dos y tres veces y cuantas a su derecho conviene, al dicho padre fray Domingo de Villegas, que en esta ciudad se guarde un traslado autorizado, en manera que haga fe del dicho proceso, si se hobiese de llevar el original fuera del reino, y si se llevare traslado, el original, para que si sucediese alguna desgracia en la mar, haya seguridad de los dichos papeles, para que por ellos pueda pedir S. S. R. su justicia».

Ese mismo día trece de enero dictose este decreto y fue encargado de notificarlo a Villegas el notario general del Obispado, Jerónimo de Salvatierra. Hízose éste acompañar de cuatro clérigos, entre los cuales iba el fiscal eclesiástico, para que en caso necesario sirviesen de testigos de lo que pudiera ocurrir, y sin demora se trasladó al convento franciscano.

Allí se le dijo que el padre Villegas andaba fuera; pero Salvatierra y sus compañeros, lejos de retirarse, pusiéronse de guardia en la portería, resueltos a esperar la llegada del comisario de la Inquisición. No tardó éste en presentarse acompañado de otro fraile, y tan luego como entraron, dirigiéndose el notario a Villegas, le saludó cortésmente, y le dijo, cuenta él, «que con su licencia quería hacer a su paternidad un requerimiento y notificársele de parte de S. S. R.»; el cual me respondió que acerca de qué le podía Su Señoría requerir; le dije que vería el dicho requerimiento y lo sabría, y en presentándosele a leer y notificar, al tiempo de oír la relación, dijo el dicho padre fray Domingo de Villegas, que parase, porque S. S. R. no lo podía hacer, porque era perturbar la jurisdicción del Santo Oficio; y a esto le dije: «suplico a vuestra paternidad, S. S. R. no pretende tal ni su intento es éste, antes lo que contiene el requerimiento no es negocio de pesadumbre, porque solamente requiere a vuestra paternidad que de la probanza y papeles que vuestra paternidad ha hecho contra S. S. R., deje traslado de ellos, si hobiere de enviar el original fuera del reino, y si inviare el traslado, quede el original en el archivo de la Inquisición, porque no se pierdan»; a lo cual, sin qué reparar, respondió: «yo sé lo que he de hacer y aún podría ser que castigase yo a usted»; y dijo a los presentes: «vuesas mercedes me sean testigos cómo el presente secretario me hace un requerimiento de parte de S. S. R., en negocios del Santo Oficio»; y a esto respondí, «si hago»; y acto continúo le expresó brevemente lo que el Obispo mandaba.

Sin pérdida de tiempo, Salvatierra tomó el camino de la casa de don Melchor, y habiéndole encontrado en ella, le leyó de verbo ad verbum el requerimiento episcopal. El comisario, que sin duda había pretendido desde un principio escapar el bulto, afirmó que él no había hecho información alguna contra el prelado, «ni tal había entendido».

Pero Villegas no era hombre que cejase fácilmente.

Trabándose de potencia a potencia con Pérez de Espinosa, hizo, a su vez, notificar a Salvatierra un decreto en que le mandaba, bajo pena de excomunión mayor y de quinientos pesos de multa, le entregase «originalmente, sin que quedase traslado alguno, un auto que había ido a notificar a su paternidad». Salvatierra aprovechó aquella ocasión para reiterar nuevamente lo que contenía el anterior decreto del Obispo, agregando que, si necesario fuese, apelaba desde luego de las censuras con que se le conminaba. «Y hoy que se contaron catorce de este presente mes, el dicho secretario (Calderón) añade Salvatierra, en presencia del padre Francisco Martínez de Lerzundi, presbítero, y Gonzalo Yáñez, me notificó otro auto en que el dicho padre fray Domingo de Villegas me mandaba que, sin embargo de las razones contenidas en mi respuesta, entregase dentro de tres horas los dichos autos, con apercibimiento de que, pasado el término, me pondría en la tablilla y ejecutaría la pena pecuniaria, y diciendo al dicho secretario que asentase mi respuesta, dijo que no quería ni quiso...».

Por su parte, Pérez de Espinosa procedió a recibir las declaraciones de los testigos tocante a las palabras desacatadas que el comisario Calderón había pronunciado con respecto a él. Vamos a ver ahora cuál era la conducta que aquél seguía observando mientras tanto contra el Obispo y qué motivó de parte de éste una nueva información.

Cuenta un testigo autorizado de los que en ésta declararon que el día de Ramos, saliendo Calderón a la capilla mayor a decir el asperge, «envió al diácono a que echase el agua en el coro donde estaba S. S. R., y Su Señoría le envió a decir que viniese él a echalla, como hacían los demás prebendados, y que con llevarle el recaudo de S. S. R. no quiso venir, enviando a decir que estaba cojo y que no podía ir al coro; y que segunda vez le tornó a enviar a mandar Su Señoría Reverendísima que viniese a echar el agua, como era uso y costumbre, pues lo mandaba el ceremonial romano, y que en el ínterin, habiéndose acabado de cantar el asperge en el coro, mandó S. S. R. al sochantre que tornase a cantar el asperge porque tuviese lugar de venir el dicho licenciado, y que se acabó segunda vez de cantar y no quiso venir ni decir la oración, yéndose, como se fue, a la sacristía, y que así fue necesario que S. S. R., que estaba vestido con capa, mitra y alba para hacer la bendición de los ramos, dijese las oraciones cantadas del agua bendita desde el coro y silla, con grande nota y alboroto del pueblo, el cual estaba junto en la iglesia catedral este día, porque vieron todos que el dicho licenciado envió a decir por dos veces a S. S. R. que no quería ir al dicho coro; y aunque el padre Jerónimo Vásquez le rogó y el padre Hernando Galindo que lo hiciese, nunca quiso, ni tampoco quería decir la misa, y así fue necesario que el corregidor y los dos alcaldes entrasen a la sacristía a rogarle que saliese a decir la misa porque no había quien la dijese, y el dicho licenciado hacía la voz del Jesús en la pasión, y que así salió a la bendición dél, y ramos, y anduvo en la procesión por de fuera de la iglesia, y dijo la misa cantada y la voz del Jesús en pie, sin estar cojo, como no lo estaba».

Pérez de Espinosa se hallaba por esos días de partida para Lima, donde iba a seguir un ruidoso juicio en que también estaba empeñado con el gobernador del reino Alonso de Ribera, y esta favorable ocasión le iba a permitir querellarse allí en persona de los representantes del Tribunal del Santo Oficio en Santiago.

Acusoles, pues, de que «con poco temor de Dios y de sus conciencias, con grande escándalo y alboroto de la ciudad de Santiago y sus contornos, han procedido contra mí, obispo que soy de este obispado, públicamente, como comisarios del Santo Oficio». Y después de hacer una relación de la información que habían levantado contra él, añadía: «la cual dicha información no la pudieron hacer, por ser yo obispo, inquisidor ordinario de la herética pravedad, y en razón de esto, son los dichos comisarios mis inferiores y súbditos de mi diócesis, y es nula y de ningún valor, y cometieron muy grave y atrocísimo delito, así en fulminarla como en hacerla con tanta publicidad y escándalo de todo este reino, porque en todo él se ha publicado que la Santa Inquisición procedía contra mí, y han usurpado la jurisdicción papal, a quien sólo compete conoscer de las causas de los obispos; por todo lo cual han cometido gravísimos delitos y merecen ser castigados ejemplarmente, así por la honra que me han quitado, como por haber usurpado jurisdicción del Sumo Pontífice y haber excedido de las leyes de la Santa Inquisición y de la comisión que los dichos comisarios tienen de Vuestra Señoría».

«Otrosí, continúa el Obispo en su escrito, pido y suplico a Vuestra Señoría sean con particulares penas y castigo penados los susodichos comisarios, por haber cometido nuevo delito en haber sacado trasumptos y testimonios autorizados de la información que en nombre de la Santa Inquisición fulminaron contra mí, para enviarlos a otros Tribunales diferentes y distintos del de la Santa Inquisición, como es haberle enviado al Consejo de Indias y al metropolitano de los Reyes y a la Audiencia Real de Lima, para cuyo fin se hizo y fulminó la dicha información, más principalmente que para remitirla a Vuestra Señoría; y siendo los casos de la Santa Inquisición tan ocultos, y debiendo ser tan secretos que son solamente para sí y su Tribunal, sin que en otra parte alguna puedan parecer, han cometido los susodichos comisarios atrocísimo delito en haberlos hecho para este fin de enviarlos a otros Tribunales, como en efecto se han enviado».

Mas, aquello fue como voz que clamaba en el desierto.

El Tribunal no dijo a todo esto una palabra y parecía ya que sus delegados iban a quedar impunes en el concepto público. Pero fray Juan Pérez de Espinosa no era hombre que cejase tampoco tan fácilmente. Tres años después de la fecha en que Calderón y sus secuaces habían atentado contra sus fueros, cuando se convenció que los inquisidores de Lima no estaban dispuestos a hacerle justicia en la forma que la pedía, dirigió al Consejo de Inquisición en Madrid el siguiente memorial:

«Señor: Fray Domingo de Villegas, de la orden del señor San Francisco, procedió contra mí, públicamente, en nombre del Santo Oficio, con color de que yo di una reprensión al licenciado don Melchor Calderón, tesorero de esta Catedral y comisario del Santo Oficio en este obispado, la cual reprensión se la di como a prebendado, por cierta ocasión que dio para ello, como constará a Vuestra Señoría Ilustrísima de los autos que sobre uno y otro hice, los cuales envío con ésta a Vuestra Señoría Ilustrísima; y la Santa Inquisición de Lima tiene señalado al dicho padre fray Domingo de Villegas para que haga los negocios que no pudiere hacer fuera de esta ciudad el dicho don Melchor Calderón, por su ancianidad, y con el color dicho de comisario del Santo Oficio, me hizo un proceso públicamente, sobre decir que yo no había podido reprender al dicho don Melchor Calderón, y esto lo hizo con tanta publicidad y escándalo del pueblo, que todos a una voz decían que la Santa Inquisición procedía contra mí, con lo cual he quedado muy afrentado, no sólo en esta ciudad, pero en todo este reino de Chile, principalmente habiendo visto que la Inquisición de Lima no me quiso satisfacer en público, habiéndome el dicho vicecomisario afrentado en público y procedido con tanta publicidad que los muchachos lo cantaban de noche en los cantones de las calles, y no se decía otra cosa en cuantos corrillos había, hasta en las visitas de las mujeres, sino que la Inquisición procedía contra el Obispo, y aunque algunos sabían la causa, no lo sabía el vulgo, más de sólo decir que la Santa Inquisición procedía contra el Obispo. Fui a Lima y querelleme contra los inquisidores y presenté petición pidiendo me desafrentasen en público, pues en público me habían afrentado, o que privasen al dicho vicecomisario, y ni lo uno ni lo otro quisieron hacer, contentándose con decirme le enviaban una reprensión, la cual niega el dicho padre vicecomisario, y se alaba que pudo hacer lo que hizo, pues nunca los inquisidores le han dicho 'mal hiciste'. Suplico a Vuestra Señoría Ilustrísima castigue este delito y exceso, y que considere que soy obispo, y que dentro en mi obispado y Catedral se me ha hecho esta afrenta y agravio, y confiado de recibir la merced en todo muy cumplida, no soy en ésta más largo. -Fecha en Santiago de Chile, primero de marzo de 1609. -Capellán de Vuestra Señoría Ilustrísima. -Fray Juan Pérez de Espinosa

El obispo Pérez de Espinosa tenía razón al confiar en que el Consejo le hiciese justicia. A fines de ese año de 1609, dictaba en su queja la providencia siguiente:

«Que se escriba a los inquisidores de Lima que el Obispo se ha quejado de la información que hizo el vicecomisario contra él sobre la reprensión que dio en el coro, el dicho obispo, al licenciado don Melchor Calderón, y envió información de todo, y de la gran publicidad con que se procedió contra él, y ha parecido que luego quitéis el título a este fraile, y pudieran haber dado satisfacción al Obispo y haber dado cuenta al Consejo, y luego den por nula la información que recibió contra el Obispo este fraile, y reprendan por carta al comisario muy ásperamente, y le manden que sea muy obediente a su prelado, y le digan que en todo lo que delinquiere en contra de la religión, será castigado por el Obispo, y que vaya en persona el dicho comisario a pedir perdón al Obispo, y se escriba al Obispo que en las cosas [en] que delinquiere el comisario, tocante a ser prebendado, dentro de la Iglesia, debe él conocer de ello».

Para que el Obispo quedara completamente satisfecho sólo faltó que el comisario don Melchor Calderón pudiese cumplir la penitencia que el Consejo le imponía, pues, según parece, cuando ese decreto llegó a Chile, había ya pasado a mejor vida.

 

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