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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo IX de la Primera Parte

Capítulo IX de la Primera Parte

Los primeros comisarios del Santo Oficio en Chile

Dificultades con que tropieza el inquisidor Cerezuela para el nombramiento de comisarios del Santo Oficio. El clero de Chile en aquella época. Informes que suministra fray Juan de Vega. Designa Cerezuela para comisarios del Santo Oficio en Santiago y Concepción al canónigo don Melchor Calderón y al deán don Agustín de Cisneros. Instrucciones dadas a los comisarios. Recibimiento de Calderón en Santiago (nota). Algunos datos biográficos de Cisneros (nota).

Luego de su llegada a Lima el encargado de fundar el Tribunal el licenciado Serván de Cerezuela, pensó con razón que si en las ciudades y puertos más importantes no establecía comisarios que tuviesen la representación del Santo Oficio, éste habría sido, valiéndonos de sus palabras, «como un cuerpo sin brazos». Si la esfera de acción del Tribunal se hubiera limitado a Lima, claro es que no se habrían cumplido en manera alguna los propósitos con que se le instituía. Mas la dificultad estribaba en que ni aún en la misma ciudad de los Reyes podía encontrar personas medianamente idóneas para tales puestos. De los doce y más clérigos que por aquel entonces allí había, «no se hallaba según decía, uno capaz de quien poder echar mano». «¿Qué será, añadía el fiscal Alcedo, en las demás ciudades donde no hay sino dos, y en muchos lugares uno?».

El clero de Chile por esa época distaba mucho de ser numeroso y respetable. La diócesis de Santiago se hallaba vacante y los canónigos habían tenido con este motivo «tales pasiones y escándalos sobre el mandar y tener cargo de la jurisdicción», que habían ocasionado mucha nota y turbación en el pueblo. De los demás clérigos, dos estaban impedidos por su mucha edad, otros dos servían los curatos de San Juan y Mendoza, y los diez que quedaban se encontraban repartidos en diversos lugares, de doctrineros o capellanes. En el Obispado de la Imperial, de que acababa de tomar posesión fray Antonio de San Miguel, los sacerdotes eran todavía mucho menos numerosos. Baste decir que en el Coro no había más canónigo que el deán don Agustín de Cisneros.

Con el fin de informarse de las personas a quienes pudiera confiarse en Chile la representación del Tribunal, Cerezuela escribió primeramente «al obispo de Chile» y además se puso al habla en Lima con el franciscano fray Juan de Vega que por aquellos días estaba de partida para Chile, y dándole el título de familiar le encargó que le enviase datos de los eclesiásticos a quienes se pudiese encomendar el cargo de comisarios.

Vega, en efecto, después de visitar la parte del país que se hallaba de paz, con fecha 5 de diciembre de 1570 escribía al Inquisidor estas palabras: «He mirado por lo que se me mandó, y en todo lo que hasta agora he visto no he hallado cosa que señalar sin muy gran cargo de conciencia, porque letras son muy pocas las que hay y el ejemplo de vida no tal; y por esto me resuelvo en que no sé persona en lo que he visto deste reino de quien se pueda fiar un negocio tan cristiano».]

Refiriéndose a esta carta, Cerezuela escribía al Consejo las palabras siguientes, que dan razón de la perplejidad en que se hallaba: «Y así me da cierto mucho cuidado ver la necesidad que hay de proveer de comisarios».

Al fin, sin embargo, Cerezuela, previa información que se rindió ante el cabildo en sede vacante, por comisión dirigida al Prelado, nombró en abril de 1572, de comisario en el Obispado [160] de Santiago al tesorero del coro de la Catedral don Melchor Calderón, y en el de la Imperial al deán Cisneros. Estos, a su vez, señalaron o propusieron vicarios en las ciudades de la Serena, Chillán, Concepción, Angol, Villarrica, Osorno, Valdivia y Castro.

En las instrucciones que el Inquisidor General entregó a Cerezuela antes de su partida se contenía de una manera sumaria la norma de conducta que debía darse a los comisarios para el desempeño de su oficio. A fin de aclararlas cuanto fuese posible, poco después del establecimiento del Tribunal en Lima, el secretario Eusebio de Arrieta redactó un compendio de esas instrucciones en que se consignaban de una manera terminante las reglas siguientes:

«Primeramente ha de estar advertido el dicho comisario que no se ha de entrometer a conocer de cosa alguna ni tomar competencia con los jueces eclesiásticos ni seglares, más de sólo en ejecutar los mandamientos y comisiones de los señores inquisidores y recibir las informaciones de los negocios de fe que les ocurriesen y remitirlos a los señores inquisidores para que las vean y provean justicia, y no han de hacer captura ni otro juicio ordinario sin licencia y comisión particular de los señores inquisidores.

»La forma que han de tener en recibir las testificaciones es que por ante un escribano o notario apostólico, cristiano viejo, fiel y legal en su oficio, estando presente el dicho juez comisario, ha de rescibir juramento en forma debida de derecho, del testigo que viene a deponer, preguntándole de donde es natural y el oficio que tiene y dó reside al presente y la edad que tiene; e luego dirá como viene por descargo de su conciencia a manifestar en el Santo Oficio; y diga su dicho en forma, dando razón del tiempo, y del lugar, y del delito, y de las personas que se hallaron presentes; y así en este testigo primero como en todos, sea y es regla general, de preguntalles si lo dicen por odio o enemistad, y mandalles que guarden secreto, so pena de excomunión mayor y de perjuros, y han de firmar sus dichos el comisario y el notario y el testigo.

»Iten, ha de tener el dicho comisario grande advertencia que los contestes que diese mandallos llamar uno a uno y examinallos cerca del dicho negocio. En esta manera (será) primeramente preguntado si sabe, entiende o sospecha para qué es llamado, y si dijese que no se le acuerda, hacerle una pregunta general, sí sabe o ha oído decir a alguna persona alguna cosa que sea o parezca ser contra nuestra santa fe católica; si dijese que no, preguntalle si se acuerda que estando en cierta parte de tal ciudad, y nombralle la ciudad y no la cierta parte, oyó decir de alguna persona tales y tales palabras, poniendo las propias de que está dado por conteste, y asentar lo que dijere, en forma.

»Iten, el dicho juez comisario no ha de examinar a ningún reo, sino solamente inviar la testificación acabada de hacer, originalmente, con persona de recado, al Santo Oficio; y si el tal reo o reos viniesen ellos de su propia voluntad a decir sus culpas, ha de rescibir sus confesiones y todo lo que dijese y ponello en forma y enviallo al Santo Oficio, juntamente con su probanza, sin le mandar parecer ante los señores inquisidores, ni otra cosa alguna sino solamente decille, que bien, que se proveerá lo que convenga, animándole con buenas razones. Y suelen ocurrir muchas veces los reos a confesar primero sus culpas, y así se han de rescibir sus confesiones y examinar después los testigos que el dicho reo diere por contestes, y examinados enviallo al Santo Oficio, como está dicho.

»Iten, por el capítulo primero se manda que los dichos comisarios no puedan hacer captura, y tal caso podrá subceder que convendría hacerse, como será si uno estuviese testificado por testigos fidedinos de una notoria herejía, mayormente si hobiese sido dogmatizador de ella, y este reo se quisiese huir y ausentar de estas partes, y fuese el tal reo hombre de poca cualidad y no conocido; en este caso, temiéndose de la fuga y atenta la cualidad del delito y de la persona, el dicho comisario le podrá prender y secrestar sus bienes y remitille luego al Santo Oficio, sin tomalle confesión ni hacer con él ningún auto judicial, sino invialle preso y a recaudo, con el secresto que se le hubiese hecho.

»Y porque en todas las cosas que se les cometieren se les escribe siempre la orden que han de guardar, no se pone en esta instrucción y otras particularidades. -Eusebio de Arrieta, secretario del secreto.

»Asimesmo estará advertido que los testigos que así examinare, vengan todos escriptos en pliego de por sí, y si no cupiere en uno, en dos o en más, venga de por sí; sin asentar al pie del tal dicho de testigo, otro dicho, sino que venga cada testigo por aparte».

La elección de Calderón y Cisneros hecha por el inquisidor Cerezuela no poda, en verdad, ser más acertada y los hechos justificaron bien pronto que a los comisarios y sus delegados no les iba a faltar ocasión en que aplicar las instrucciones que se les daban; pero antes conviene que historiemos el proceso que los inquisidores en persona iban a formar a Francisco de Aguirre.

 

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