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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo V de la Primera Parte

Capítulo V de la Primera Parte

Primer proceso de Francisco de Aguirre

Extracto de los servicios de Francisco de Aguirre. Su campaña a Santiago del Estero. Expedición que lleva a cabo a las vecindades del Mar del Norte. Algunos de sus soldados se amotinan y le prenden. Causas de la prisión de Aguirre. Es conducido a la ciudad de La Plata y encerrado como reo de inquisición. Capítulos de acusación contra el reo. Intrigas de los miembros de la Audiencia. Después de tres años de prisión, Aguirre es condenado. Sentencia del ordinario. Abjuración de Aguirre. El obispo Santo Tomás escribe al Consejo de Indias dando cuenta del proceso. Aguirre es confirmado en su título de gobernador. Nuevo mandamiento del Obispo para prenderle. El emisario encargado de ejecutar la orden de prisión se ve obligado a regresarse a la ciudad de La Plata.

Entre los procesados por cosas tocantes a la fe antes del establecimiento del Santo Oficio en Lima se cuenta a Francisco de Aguirre, cuya figura de todos conocida, tan prominente lugar ocupa en la historia de la conquista de Chile. Bástenos, pues, para nuestro propósito, repetir aquí, con ocasión de sus servicios, lo que él mismo expresaba en carta dirigida al virrey del Perú, desde Jujuy, con fecha 8 de octubre de 1566: «Pasan de treinta y seis años los que ha que vine a este reino, y no desnudo, como otros suelen venir, sino con razonable casa de escudero y muchos arreos y armas y algunos criados y amigos. Fui en pacificar y poblar y ayudar a conquistar la mayor parte del reino del Perú, desde Chimbote adelante, y me hallé en la conquista de todo lo principal de Chili y en todas las guerras y más principales guazabaras que los indios nos dieron, y en el descubrimiento y pacificación de esta pobre gobernación de Tucumán de que Su Majestad me ha hecho merced; y estándola gobernando me fue forzado salir della porque me enviaron a llamar los de Chili, muerto el gobernador Valdivia, para que los gobernase, por nombramiento que al tiempo de su muerte me hizo; y como Francisco de Villagrán también pretendiese aquella gobernación, el marqués de Cañete envió por gobernador a su hijo don García Hurtado de Mendoza, el cual nos envió a Lima; y como Su Majestad hiciese merced de la gobernación de Chile, a Francisco de Villagrán, determiné de me recoger a mi casa en Copiapó, y habiendo estado en ella descansando sólo siete meses, que nunca otro tanto tiempo he tenido sosiego ni descanso en estas partes, vino por visorrey del Perú el conde de Nieva, mi antiguo señor, el cual me envió a mi casa una provisión del gobernador de Tucumán y me escribió que en aceptalla haría muy gran servicio a Su Majestad...».

Desde ese momento, Aguirre determinó ponerse en camino para el territorio cuyo mando se le encargaba y que por aquel entonces se hallaba en el más deplorable estado. Los indios se habían sublevado y muerto a muchos de los pocos españoles que por allí andaban; los pueblos por ellos fundados habían sido destruídos, quedando en pie sólo Santiago del Estero, donde permanecían encerrados, aunque faltos de todo y sin esperanza de socorro, unos cuantos soldados.

Aguirre despachó desde luego de la Serena a su hijo mayor, que con sólo ocho hombres logró llegar a la ciudad para alentar a los sitiados con el aviso del próximo arribo del gobernador su padre. Éste, en efecto, penetrando por la tierra de guerra, libraba una batalla a los indios rebelados, derrotándolos con pérdida de uno de sus hijos y cuatro soldados, habiendo salido herido él y otros dos de sus hijos.

Desde los Charcas, entre tanto, se había enviado con alguna gente al capitán Martín de Almendras, la que, habiendo perecido éste a manos de los indios, fue a reunirse con la que ya estaba en Santiago.

Deseoso Aguirre de fundar un pueblo en las vecindades del Mar del Norte «para que por allí todo este reino del Perú se tratase, y se pudiese con facilidad ir a España», púsose en camino hacia el oriente, llevando ciento veinte hombres y más de quinientos caballos; pero cuando se hallaba ya a quince leguas del sitio en que pensaba fundar, esperando por momentos un ataque de los indios que habitaban aquellos sitios, amotináronse a medianoche los soldados de Almendras y otros que iban con miedo, pareciéndoles «que eran muchos los indios con quienes habían de pelear», y gritando: «viva el general Jerónimo Holguín», a quien los conjurados habían nombrado por su jefe, prendieron a Aguirre, a sus hijos y amigos, desarmaron a los demás que se mostraban de su parte, autorizando su proceder con decir que tenían para ello un mandamiento del presidente de los Charcas, y así presos, los llevaron a Santiago del Estero.

Bien pronto comprendieron los sublevados que la permanencia de Aguirre y sus parciales dentro de su gobernación no podía continuar, ya que de ese modo se verían forzados a vivir en perpetua alarma, temerosos de la reacción que pudiese efectuarse en su favor. Determinaron, pues, salir de allí en dirección a Esteco, llevando siempre presos y con grillos a Aguirre y a sus hijos, resolviendo un día matarlos y otros no, hasta que al fin, dice Aguirre, «fue Dios servido que acordaron concertarse con un clérigo que había sido en la consulta, e hiciéronle ellos mesmos de vicario y dijéronle que procediese contra mí por la Inquisición, y ellos fueron los testigos y el clérigo el juez, y con esto les pareció que podían enviarme a esta Audiencia de los Charcas...».

Los que han delinquido contra Vuestra Majestad, continúa Aguirre, «no sólo se van sin castigo, pero aun se concertaron el Obispo y Presidente de esta ciudad (de La Plata) para que me prendiese a mí el Obispo por la Inquisición y me tuvieron donde no podía decir la causa de mi prisión, ni nadie la sabía, más de la voz de Inquisición, hasta tanto que por mi parte se apeló para el arzobispo de los Reyes, de no haber caso de Inquisición, ni haberlo yo jamás pensado, y de mi injusta prisión, y así estoy agora en esta ciudad, donde diciéndole al Obispo que por qué lo había usado tan mal, respondió a los que se lo decían, que era mejor cargarme a mí la culpa por excusar muertes de los que me habían prendido. Vea Vuestra Majestad si era más justo que padeciese mi honra y mi persona por haber servido a Vuestra Majestad y porque pedía a un clérigo que fue de parte del Obispo que me mostrase mandado de Vuestra Majestad para que se le acudiese con los diezmos, porque de otra manera yo no consentiría sino que se metiesen en la Real Caja, como hasta allí se había hecho; y deste desacato que tuve con el clérigo me hizo el Obispo caso de Inquisición y otros más principales, que fue, lo uno, decir yo que Vuestra Majestad era vicario general en estos reinos y que yo estaba en su real nombre, y también que dije que si necesario fuese moriría por la fe de Jesucristo tan bien como murió San Pedro y San Pablo. Éstas fueron las principales causas que el Obispo tuvo, y la más principal el no haberle querido acudir [con] los diezmos, sin provisión de Vuesa merced, y por esto quiso favorecer los tiranos y tan notorios deservidores de Vuesa merced y que hicieron delitos de muertes y robos y usurparon vuestra jurisdicción real».

Julián Martínez, el clérigo y vicario a quien Aguirre viene refiriéndose, dando cuenta del suceso de la prisión, escribía por su parte al cardenal Espinosa, inquisidor general, estas palabras: «yo fui por vicario general de las provincias de Tucumán, Diaguitas y Xuríes, donde Dios Nuestro Señor ayudándome, procedí contra Francisco de Aguirre, gobernador de las dichas provincias, y contra su hijo Hernando de Aguirre, por vía de Inquisición, y los truje presos con mucho trabajo y peligro de mi persona y de los que me ayudaron, y los entregué en la ciudad de La Plata al Obispo mi señor, donde han pasado y dicho y hecho muchas desvergüenzas y atrevimientos que no se acabarán de decir en mucho tiempo».

Junto con esta noticia, Martínez enviaba al Inquisidor copia de las principales proposiciones de que, tanto el reo como uno de sus hijos, eran acusados, y que, según él, ascendían a más de noventa.

Los más notables capítulos de acusación formulados contra el fundador de la Serena y conquistador de Chile, eran:

Que con sólo la fe se pensaba salvar; que no se había de tener pena por no oír misa, pues bastaba la contrición y encomendarse a Dios con el corazón; que había dicho que no confiasen mucho en rezar, pues él había conocido a un hombre que rezaba mucho y había parado en el infierno, y a un renegador que se había ido al cielo; que dijo que si viviesen en una república un herrero y un clérigo, habiendo de desterrar a uno de ellos, que preferiría desterrar al sacerdote; que absolvía a los indios y les dispensaba para que pudiesen trabajar en los días festivos; que ningún clérigo de los que residían en Tucumán, salvo uno que él había puesto, a quien unas veces daba licencia y otras no, tenían poder para administrar los sacramentos, mandando que no llamasen vicario al que era, y que habiendo puesto las manos en él, no se tenía por excomulgados; que no había allí otro papa, obispo o rey sino él; que las excomuniones eran terribles para los hombrecillos y no para él; que a los que iban a oír misa a casa del dicho vicario, les decía que eran luteranos; que sostenía que ningún sacerdote que no fuese casado, podía dejar de estar amancebado o cometer otros delitos más feos; que habiéndose ido a confesar, le dijo el confesor que estaba excomulgado y que se absolviese y satisficiese, a lo que había contestado que, por la opinión del pueblo, si le quería absolver, que le absolviese; que se hacía más servicio a Dios en hacer mestizos que el pecado que en ello se cometía; que sostuvo que Platón había alcanzado el evangelio de San Juan In principio erat Verbum; que el cielo y la tierra faltarían, pero que sus palabras no podrían faltar, etc., etc.

Llevado, pues, con grillos a la ciudad de La Plata se le tuvo allí preso mientras se tramitaba el respectivo expediente. Pero pasaban los días y los meses y la resolución del negocio no llegaba. La verdad era que concurrían para esto causas políticas, por cierto del todo ajenas al negocio de inquisición. Los miembros de la Audiencia de La Plata, divididos ya desde un principio en dos bandos por lo tocante a las cosas de Aguirre, con la presencia de éste se exaltaron aún más. El Presidente y el licenciado Haro tomaron con empeño combatirle por todos los medios, al paso que el oidor Juan de Matienzo daba una de sus hijas en matrimonio al hijo mayor de Aguirre y emparentándose con él, se hacía su más decidido valedor. Intrigas van y vienen de una parte y de otra; ausentase a Lima el Obispo encargado de sentenciar el proceso; y, al fin, todo contribuye a que, como se expresaba Aguirre con profunda y legítima amargura, «pensando yo que aquello se acabara en una hora, me hicieron detener cerca de tres años y gastar más de treinta mil pesos, y aún procuraron que nadie me prestase ni me fiase, para que me muriese...».

«Jueces que esto hacen, continúa luego el viejo soldado, dirigiéndose al virrey Toledo..., vea vuestra excelencia si son jueces o tiranos, si desean servir al Rey o alterar la tierra, pues no podré contar a vuestra excelencia, por más memoria que tenga, la décima parte de las exorbitancias que esos dos jueces han hecho contra mí y yo he sufrido. Procuraron también con todas sus fuerzas que el Obispo me inhabilitase o me desterrase de Tucumán, y trataron con [79] don Gabriel Paniagua que pretendiese la gobernación... Y favoreciendo el don Gabriel a Jerónimo Holguín, que al fin había sido condenado a muerte, «por mandado del Presidente importunó al Obispo que le diese las cosas del proceso que decían que había en él, sólo para me infamar; y al fin, por pura importunidad, porque decían que si no lo daba, decían el Presidente y Haro que le condenarían a muerte, y de otra manera no, el Obispo les dio la sentencia y la consultación, sin hacer al pleito más que un libro de Amadís, todo con dañada intención y a efeto de me infamar...».

En medio de estos sinsabores había pasado, pues, Aguirre bien cerca de tres años. Cuando ya no fue posible dilatar por más tiempo la causa, los jueces delegados del Obispo dictaron la sentencia siguiente:

«Visto por nós el doctor don Fernando Palacio Alvarado, arcediano desta santa iglesia, provisor e vicario general deste obispado, el licenciado Baltasar de Villalobos, e fray Marcos Xufre, guardián del convento de San Francisco de dicha cibdad de La Plata, el licenciado Bartolomé Alonso, vicario de la villa imperial del Potosí, jueces delegados y de comisión por el ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Domingo de Santo Tomas Navarrete, maestro en sancta teología, obispo deste obispado, inquisidor ordinario y general, del Consejo de Su Majestad, el pleito que se ha tratado en esta Audiencia episcopal entre partes, de la una el licenciado Juan de Arévalo, promotor [80] fiscal de la Inquisición ordinaria, acusante; e de la otra, Francisco de Aguirre, gobernador de la provincia de Tucumán, reo acusado:

«Hallamos, vistos los abtos e méritos deste proceso, e todo lo demás que cerca de él fue necesario verse, que para la culpa que contra él resulta, debemos de condenar e condenamos en dos años e más tiempo de prisión que ha tenido, la cual declaramos haber sido justa e se la damos por pena; más le condenamos a que después que sea suelto de la prisión e cárcel donde al presente está, llegado que sea a la cibdad de Santiago del Estero, provincia de Tucumán, el primero o segundo domingo oiga la misa mayor en la iglesia parroquial, estando desde el principio della hasta el fin, en pie e descobierta la cabeza, y en cuerpo, con una vela encendida en la mano, e al tiempo de las ofrendas, en voz alta, que lo puedan entender los que estoviesen dentro de la dicha iglesia, diga las proposiciones que tiene confesadas, e las declare según e de la manera que se le darán escritas e firmadas del ordinario, e de su notario; e diga que por la libertad que ha tenido e tomado como gobernador e justicia mayor de aquella provincia, e con arrogancia e temeridad dijo e afirmo las dichas proposiciones inorantemente, las cuales han cabsado escándalo con su mal ejemplo, sean edificados con su humildad, obidiencia e reverencia que tiene a la Santa Madre Iglesia; se le mandó hacer e hace aquella penitencia, de lo cual invíe ante el ordinario deste obispado testimonio del vicario que es o fuese en la dicha cibdad de Santiago, con la primera gente que salga para este reino, con el apercibimiento que no lo haciendo ni inviando el dicho testimonio, se procederá contra él como contra persona impenitente. Más le condenamos en un mil e quinientos pesos de plata ensayada, aplicado en esta manera: los setecientos e cincuenta pesos para ayudar a pagar un terno de brocado que esta santa iglesia ha comprado, e los otros setecientos e cincuenta pesos para gastos de justicia, a la dispusición del ordinario. Más le condenamos a que dé a la iglesia parroquial de Santiago del Estero una campana que pese más de dos arrobas. Más le condenamos en las costas deste proceso, la tasación de las cuales se reserva al ordinario; lo cual todo guarde e compla e pague antes que sea suelto de la cárcel e prisión en que está; e compliéndolo e pagándolo, le mandamos absolver de cualquier censura y excomuniones en que ha incurrido cerca de lo contenido en este proceso; e le mandamos alzar cualesquier secrestos de bienes que sobre esta cabsa se le hayan hecho. E por esta nuestra sentencia definitiva juzgando, ansí lo pronunciamos e mandamos en estos escritos, e por ellos. -El doctor Palacios Alvarado. -Licenciado Baltasar de Villalobos. -Fray Marcos Xofre. -El licenciado Bartolomé Alonso.

«Dada e pronunciada fue la dicha sentencia por los dichos señores jueces que la firmaron, estando en audiencia, en presencia del dicho gobernador Francisco de Aguirre, preso, que fue traído para oírla, e del licenciado Juan de Arévalo, fiscal desta causa; a los cuales e a cada uno dellos, se les notificó en sus personas, que lo oyeron. En la cibdad de La Plata, quince de octubre de mil e quinientos e sesenta e ocho años. -Ante mí, Juan de Loza, notario apostólico...».

La parte de la sentencia en que se le mandaba leer su retractación en la iglesia de Santiago del Estero, obtuvo Aguirre que se le conmutase, consiguiendo que, en lugar de él, pero en su presencia, leyese la retractación el vicario, previo el entero de quinientos pesos de plata ensayada.

En cumplimiento de esa sentencia, Aguirre, el día primero de abril de 1569, hizo la siguiente abjuración en la ciudad de La Plata:

«Por cuanto yo Francisco de Aguirre, gobernador de las provincias de Tucumán, fui acusado por el Santo Oficio de la Inquisición ordinaria ante Vuestra Señoría Reverendísima de ciertas proposiciones, que algunas de ellas son heréticas, otras erróneas, otras escandalosas y mal sonantes, las cuales yo dije y afirmé, no con ánimo de ofenderá Dios Nuestro Señor, ni ir contra los mandamientos de la Santa Madre Iglesia e fe católica, sino con ignorancia, las cuales me fueron mandadas abjurar todas de levi por los jueces delegados a quien Vuestra Señoría Reverendísima cometió este dicho negocio, e por cuanto en la forma de abjuración que ante los dichos jueces hice no se guardó la orden de derecho en el abjurarlas ni las abjuré todas, según las tengo confesadas, como por el dicho abto se me mandó, que yo consentí, lo cual no fue por mi culpa sino por no dármela los dichos jueces; por tanto, en cumplimiento del dicho abto e como hijo que soy de obidiencia a la Santa Madre Iglesia, a cuya corrección yo me he sometido y someto, e a la de Vuestra Señoría Reverendísima en su nombre, como católico y fiel cristiano que soy, parezco ante Vuestra Señoría Reverendísima como ante inquisidor ordinario, e poniendo la mano derecha sobre esta cruz e crucifijo e sobre los Sagrados Evangelios, abjuro de levi e declaro las dichas proposiciones que en mi confesión tengo confesadas, en la manera siguiente:

«Primeramente digo que dije y confieso haber dicho que con sólo la fe me pienso salvar, lo cual sabe a herejía manifiesta, y es proposición escandalosa dicha como suena; y en este sentido la abjuro de levi como tal proposición, y digo que la entendí, cuando lo dije y después acá y agora, siendo la fe acompañada con obras y guardando los mandamientos de Dios Nuestro Señor, y mediante los merecimientos de su pasión.

»Iten, confieso que dije delante de muchas personas que no toviesen pena por no oír misa, que bastaba la contrición en su corazón y encomendarse a Dios con su corazón, lo cual abjuro de levi en el sentido que engendró escándalo; y confieso que es verdad que habiendo sacerdote con quien confesarse vocalmente y de quien oír misa en los días que la Iglesia lo manda, es necesario oír misa y confesarse.

»Iten, digo y confieso que dije que yo era vicario general en aquellas provincias en lo espiritual y temporal, lo cual es error y herejía como suena, y en este sentido lo abjuro de levi, y digo y confieso que el Sumo Pontífice es vicario general, en lo espiritual, de Cristo Nuestro Señor, a quien todos hemos de obedecer y estamos subjetos, y haber yo dicho lo contrario fue por inadvertencia y con poca consideración.

»Iten, confieso que dije que yo dispensaba con los indios para que pudiesen trabajar los domingos y fiestas de guardar, y les absolvía de la culpa. Digo que esto es error manifiesto y herejía, y en este sentido lo abjuro de levi y confieso que haberlo dicho y hecho fue escándalo; y que lo dije inconsideradamente, y entiendo que no les puedo yo absolver ni dispensar, por no tener poder para ello; y que algunos días les hice trabajar para sacar una acequia de agua para sus sementeras, y algunas fiestas trabajaron en mi casa.

»Iten, confieso que dije que ningún clérigo de los que estaban en aquella gobernación había tenido poder para administrar los sacramentos, ni había valido lo que habían hecho, sino un clérigo que yo había proveído, lo cual decirlo es error notable y herejía, que como tal la abjuro de levi, y digo que lo dije sin consideración alguna, y confieso que los sacerdotes proveídos por sus prelados tienen abtoridad para lo susodicho, y los demás no.

»Iten, confieso que dije que no había otro papa ni obispo no yo. Digo que esta proposición así dicha es herética; y me hice más sospechoso de levi en ella por haber dado un mandamiento y pregón para que nadie hablase al vicario; y confieso que no pude dar el dicho mandamiento ni pregón; e abjuro de levi por tal la dicha proposición, y entiendo que ni soy papa ni obispo, ni tengo autoridad de ninguno de ellos; sino que lo dije con enojo que tenía con dicho vicario, e porque los que estaban debajo de mi gobernación me temiesen y respetasen.

»Iten, confieso haber mandado que al padre Francisco Hidalgo, vicario que era a la sazón en aquella gobernación, no le llamasen vicario, y que no consentía que el dicho vicario administrase sacramentos sin mi licencia, y que algunas veces daba la dicha licencia y otras no. Confieso haberlo hecho y ser error e manifiesto, y por haber dicho las proposiciones antes desta, me hice más sospechoso de levi, y en este sentido lo abjuro de levi, y digo que no lo mandé porque no sintiese que siendo el dicho [84] vicario proveído por su prelado no fuese vicario, sino porque estaba enojado y mal con él.

»Iten, confieso haber dicho que las excomuniones eran temibles para los hombrecillos; pero no para mí. Confieso ser error manifiesto y herejía, y que me hice sospechoso desto de levi, porque me dejé estar excomulgado casi dos años por haber puesto las manos en un clérigo; y que no tenía la excomunión en nada, aunque yo entendía que no estaba excomulgado por no haber habido efusión de sangre. Iten, ansimesmo que dije que no se fuese a absolver los que estaban excomulgados, y haber castigado por ello a algunas personas. Iten, ansimesmo haber dicho al dicho vicario que dijese misa, y no dijese, que porque yo estaba excomulgado no la decía y que se dejase de pedirme que me absolviese, porque no había ningún excomulgado sino el señor vicario, y ansí no me quise absolver por espacio del dicho tiempo. Digo que todo lo susodicho es verdad, y que lo dije e hice, por lo cual me hice más sospechoso de levi en aquella proposición que dije que las excomuniones eran terribles para los hombrecillos y no para mí, y en este sentido la abjuro de levi.

»Iten, confieso haber dicho que habiendo en una república un herrero y un clérigo, que se hobiese de desterrar el uno dellos, que antes desterraría al sacerdote que no al herrero, por ser el sacerdote menos provechoso a la república, lo cual es proposición injuriosa al estado sacerdotal, y escandalosa y que sabe a herejía, y en el sentido que causó escándalo y tiene el sabor dicho, la abjuro de levi, lo cual dije por el odio particular que tenía con el padre Hidalgo.

»Iten, confieso haber dicho que ningún religioso que no fuese casado podía dejar de estar amancebado o cometer otros delitos más feos. Digo que esta proposición es injuriosa al estado de religión y castidad, y como suena, herética, y en tal sentido la abjuro de levi, y entiendo que los religiosos y clérigos no pueden ser casados, y que pueden vivir sin ser amancebados, ni cometer los demás delitos dichos.

»Iten, confieso haber comido carne en días prohibidos, por necesidad que tenía, y diciéndome algunas personas que para qué la comía en días prohibidos, dije que no vivía yo en ley de tantos achaques. Confieso haberlo dicho, y que fueron palabras escandalosas y que saben a herejía; y en este sentido la abjuro de levi, y entiendo que no se puede comer carne en los días prohibidos por la Iglesia, sin necesidad; y digo haber dicho las dichas palabras porque la ley de Cristo, y que yo tengo, no puede ser achacosa, siendo como es tan justa, santa y buena.

»Iten, confieso haber dicho que se hace más servicio a Dios en hacer mestizos que el pecado que en ello se hace; y es proposición muy escandalosa y que sabe a herejía; y en este sentido la abjuro de levi, pero no lo dije con intención del cargo que se me hace, porque bien entiendo que cualquier fornicación fuera de matrimonio es pecado mortal.

»Iten, confieso que dije que el cielo y la tierra faltarían, pero mis palabras no podían faltar, lo cual es blasfemia herética; y confieso haberlo dicho con arrogancia, hablando con los indios, preciando de hombre de mi palabra y que los indios creyesen que la cumpliría.

»Iten, confieso haber dicho que no fiasen mucho en rezar, que yo conocí un hombre que rezaba mucho y se fue al infierno; y otro, renegador, que se fue al cielo, la cual es proposición que ofende los oídos cristianos y temeraria, pues bien entiendo que es santa y virtuosa cosa el rezar y que el renegar y blasfemar de Dios es gran maldad y gran ofensa de Dios, y ansí lo declaro y confieso.

»Las cuales dichas proposiciones que ansí dije y tengo abjuradas de levi e declaradas, en las cuales me he sometido y agora de nuevo me someto a la corrección de la Santa Madre Iglesia; e las que son contra nuestra santa fe católica y determinación de la Iglesia, las revoco e abjuro de levi, e prometo la obediencia a la Santa Madre Iglesia católica, e juro por esta cruz e crucifijo e santos cuatro Evangelios que con mi mano derecha toco, de no ir ni venir contra ella, ni tener las dichas proposiciones ni algunas dellas, agora ni en ningún tiempo, e sabiendo que hay algunas personas que las tengan o otras algunas, las manifestaré a la Santa Madre Iglesia e a sus jueces, e que cumpliré cualquier penitencia que por lo que de este proceso contra mí resulta me fuere puesta, según y como lo tengo prometido e jurado ante los jueces comisarios de Vuestra Señoría Reverendísima. -Francisco de Aguirre. -Fray Dominicus Episcopus de La Plata. -Ante mí, Juan de Sosa, notario apostólico».

«En la dicha cibdad de La Plata el dicho día, primero día del mes de abril de mil e quinientos e sesenta e nueve años, ante S. S. R. y en presencia de los dichos consultores, en abdiencia e juzgado secreto paresció presente el dicho Francisco de Aguirre, e juró e abjuró las proposiciones arriba contenidas, según y como en ellas y en cada una dellas se contiene, que por mí el dicho notario e secretario le fueron leídas, diciendo el dicho Francisco de Aguirre en cada una de las dichas proposiciones como en ellas se contiene, que ansí lo juraba, decía e abjuraba de levi, e declaraba; e luego incontinente, en presencia de los dichos señores consultores y en presencia de mí el dicho notario y secretario de Vuestra Señoría Reverendísima absolvió al dicho Francisco de Aguirre de cualquier excomunión y censura en que hubiese incurrido por las cosas contenidas en este proceso, como juez inquisidor ordinario, la cual absolución S. S. R. hizo en forma, estando el dicho Francisco de Aguirre hincado de rodillas. -Ante mí, Juan de Sosa, notario apostólico».

Por más que tratándose en este caso de una causa enteramente ajena a la administración civil, no tenía el Obispo por qué dar cuenta de ello al Rey, es lo cierto que se creyó en el caso de participarlo al Consejo de Indias, por las causas que se van a ver.

En efecto, dos días después de firmada por el escribano la diligencia de la abjuración, fray Domingo de Santo Tomás escribía a aquel alto Tribunal, acompañando copia de las proposiciones por qué Aguirre había sido condenado, «para que Vuestra Alteza esté advertido si habiendo hecho y dicho el dicho Francisco de Aguirre lo que a Vuestra Alteza envío, convendrá vuelva a gobernar aquella tierra, siendo, como es, nueva y donde los gobernadores, así en lo que toca al servicio de Vuestra Alteza, como al servicio de Dios Nuestro Señor y buen ejemplo de los españoles e indios nuevamente convertidos, hay obligación vayan delante en la virtud y no empiecen a sembrar errores tan perjudiciales como parescen éstos».

Si esta representación del celoso obispo de La Plata hubiese sido atendida, Aguirre habría, sin duda, perdido su gobernación; pero en los días en que probablemente se recibía en España, le llegaban a Aguirre, en fines de agosto de ese año de 1569, las provisiones reales que confirmaban su nombramiento y que le permitieron ponerse desde luego en marcha con dirección a Tucumán, en unión de treinta y cinco compañeros que había logrado reunir. Iba todavía en camino cuando le alcanzó un mandamiento del Obispo, que llevaba encargo de notificarle un clérigo, bajo ciertas censuras. Pero Aguirre, lejos de obedecer aquella orden, se limitó a decir al emisario que se dejase ya el Obispo de aquellas excomuniones, que ya estaba en tierra larga; y encarándose con él le dijo:

-Si yo mato a un clérigo, ¿qué pena tendré?

Asustado con esta respuesta hubo, pues, de volverse el emisario episcopal a dar cuenta de lo que le había acontecido. Pero en ese entonces estaba ya en funciones el Tribunal del Santo Oficio y ante él iba a presentarse una serie de denuncios todavía más graves contra el gobernador de Tucumán.

 

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