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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XVII de la Primera Parte

Capítulo XVII de la Primera Parte

Agustinos y franciscanos. Reos notables

Llegada de los agustinos a Santiago. Oposición que hacen los franciscanos. Son éstos vencidos ante las Justicias. Aniegan el convento de sus colegas. Asalto e incendio de la iglesia. Los agustinos ocurren al comisario de la Inquisición. Proceso de la monja Jacoba de San José. Competencias entre dominicos y jesuitas. Un incidente del proceso de Francisco de Aguirre. El doctor López de Azócar ante la Inquisición. El clérigo Baltasar Sánchez. Don Íñigo de Ayala. El abogado Gabriel Sánchez de Ojeda.

Por los días cuya crónica inquisitorial vamos compaginando «aconteció en Chile un caso que ha escandalizado mucho en aquel reino», decía el inquisidor licenciado Pedro Ordóñez y Flores al Consejo, en carta fechada en los Reyes a 6 de abril de 1599, «y en éste particularmente a los indios, que como plantas nuevas en la fe, abominan de él y llaman de herejes a los agresores».

Veamos qué era lo que había pasado.

En tiempo del virrey don Francisco de Toledo, llegó al Perú una real cédula disponiendo que las órdenes religiosas hasta entonces establecidas, enviasen a Chile y a las demás provincias que se fuesen descubriendo y donde hubiese indios que catequizar, algunos de sus miembros que predicasen el Evangelio a los naturales y los instruyesen en las cosas de la fe y doctrina cristiana. En cumplimiento de esta orden real, los franciscanos, dominicos y mercenarios fundaron en Chile algunos conventos. Los agustinos y jesuitas, ya por estar escasos de operarios o por otros «respectos», nada hicieron por entonces para satisfacer los reales deseos. Sabedor el Monarca de estos hechos, enviaba al Perú en 1594 otra cédula en que ordenaba a su virrey que llamase a los provinciales de San Agustín y de la Compañía, les diese «una muy buena reprehensión» por no haber cumplido la primera y les ordenase que sin excusa ni dilación despachasen algunos religiosos al Paraguay, Chile y Tucumán.

Tuvieron, pues, ambas órdenes que apresurarse a cumplir lo que tan apretadamente se les mandaba, habiendo los agustinos procedido a fundar en Santiago en una casa que les dio un vecino principal y en la cual se metieron, disponiéndola para monasterio; hicieron su iglesia y pusieron en ella «sacramento y campanas, con mucho aplauso y aprobación del pueblo», no así de los franciscanos que se agraviaron de que sus colegas de San Agustín hubiesen ido a establecerse en un sitio que decían hallarse dentro de los límites en que estaba prohibido edificar. Para impedirlo, nombraron juez conservador ante quien citaron a los que llamaban intrusos; pero éstos, por vía de fuerza, se presentaron a la Real Audiencia de Lima y obtuvieron la declaración de que el juez nombrado por los franciscanos la hacía, y que, así, no se les podía impedir que poblasen en el lugar elegido por ellos. Cuando esta noticia llegó a Santiago, los agustinos repicaron las campanas y pusieron luminarias, celebrando su triunfo en unión de la mayor parte del pueblo, «de que los franciscanos, continúa Ordóñez, quedaron muy sentidos y ansí acordaron hacer de hecho lo que no habían podido por justicia, y el caso pasó ansí».

«En 30 de mayo de 95, a media noche, subieron por las paredes de la huerta de Sant Agustín y cerraron el desaguadero de una acequia de agua grande que pasa por ella, y sacaron otro hasta la casa, y se hinchó toda de agua, lo bajo, y comenzaron a caer algunas paredes, y despertaron los frailes y salieron por lo alto y derribaron una pared para que saliese el agua, y con esto se remedió, que paresce que tuvieron intento de derribarles la casa, y, a no despertar, salieran con su intento y aún se ahogaran todos.

»Después de lo cual, visto que por este camino no se las habían podido derribar ni echar los frailes della, en 11 de diciembre del dicho año, después de media noche, salieron de Sant Francisco diecisiete o dieciocho frailes y dos o tres indios, todos en hábito de indios, con armas y escalas y muchos hachones de alquitrán, y subieron en lo alto de la casa de Sant Agustín y la destejaron y pusieron por muchas partes de ella los hachones de alquitrán encendidos, con que se comenzó a encender el fuego y se abrasó en un instante la mayor parte de ella, y sacaron antes de pegar el fuego la caja del Santísimo Sacramento y algunas imágenes, y las arrojaron en el patio, con mucha indecencia, y luego pusieron fuego a la iglesia, aunque fue Nuestro Señor servido que no prendiese el fuego, y cuando lo comenzó a hacer lo atajaron, y los frailes, que estaban reposando y descuidados de semejante hecho, cuando salieron fueron tantas las pedradas que llovían sobre ellos que los compelían volverse a encerrar; y viendo que les apretaba el fuego, volvieron a salir, tomando por menor daño el de las piedras, y salvaron algunos cálices y ornamentos, pero la casa se abrasó toda. Los frailes franciscos después de haber hecho el daño se volvieron a su convento, y el corregidor y todo el pueblo acudió allá, y hallaron muchos hachones y las escaleras y otras cosas donde se verificó el haberlo hecho».

Con estos hechos, los agustinos ocurrieron al comisario de la Inquisición, ante quien rindieron una información del caso, y en seguida se presentaron ante el Tribunal de Lima en demanda de justicia. Mas, los inquisidores creyendo que se trataba de hechos ajenos a su instituto, limitáronse a llevar el hecho a noticia del Consejo, «para que vea lo que es esta tierra y las libertades y atrevimientos de ella».

Otro hecho, sucedido también en Santiago por esos días, esta vez dentro de los claustros mujeriles, fueron las confesiones que hizo ante el comisario una monja de velo blanco del monasterio de Nuestra Señora de la Concepción, llamada Jacoba de San José, que «por ser de la calidad que son», decían al Consejo los inquisidores Juan Ruiz de Prado y Ordóñez Flores, parecía que teníamos obligación de llamarla y examinarla más en forma, para entender si juntamente con haber tenido error en el entendimiento había tenido pertinacia en la voluntad, y qué era lo que sentía ahora o si había sido alguna ilusión o imaginación melancólica; pero considerando que es monja profesa (aunque de las que llaman hermanas), y que es menor, y que se denunció voluntariamente, y que sacarla del monasterio era nota muy grande, y que la distancia del lugar es tanta, nos paresció dar cuenta a Vuestra Señoría para que, visto, provea lo que fuese servido, y si sería a propósito cometer al comisario la diligencia que se hobiese de hacer con ella, porque de traerla a esta Inquisición resultan los inconvenientes que a Vuestra Señoría representamos»; en cuya virtud, de acuerdo con las órdenes del Consejo, los inquisidores mandaron al comisario que absolviese a Jacoba de San José.

Tan pronto como esta consulta se recibió en Madrid, se dispuso que «se enviase luego orden al comisario para que la absolviese secretamente, y a ella se advierta que trate de ordinario con sus confesores, afirmándose en las cosas de nuestra santa fe».

En el mismo día en que los inquisidores escribían al Consejo dándole cuenta del incidente anterior, le consultaban asimismo de lo que deberían hacer con ocasión de las competencias que comenzaban a surgir ya entre dominicos y jesuitas y que poco más tarde habrían de agriarse enormemente con ocasión de la colación de grados universitarios... «Lo que nos ha movido principalmente a hacerlo, concluían, ha sido haber entendido que Vuestra Señoría mandó que se procediese contra un padre de la Compañía llamado Juan Jerónimo, en la Inquisición de Toledo, y que por ello ha sido castigado».

Referían, pues, los citados Juan Ruiz de Prado y Ordóñez lo siguiente:

«En la ciudad de Santiago del reino de Chile sustentó un fraile del orden de Santo Domingo una conclusión, entre otras, en que defendió que era temerario y escandaloso y malsonante decir que la confesión en ausencia era válida, y acabadas las conclusiones, al salir de ellas, mostraron los padres de la Compañía a Navarro, que dice que en caso de necesidad la confesión hecha en ausencia es válida, y que lo mismo tenían muchos doctores, y que así se espantaban que condenasen por temeraria la dicha opinión, que aunque ellos tenían la sentencia común de Santo Tomás de que no vale la confesión en ausencia, pero que la contraria en artículo de necesidad era probable y no digna de tan recia censura. El fraile dominico que presidió a las dichas conclusiones, después de esto, predicando un día, se metió en esta materia de confesar por escripto en ausencia, y quiso probar que era temerario y doctrina nueva, y dijo que era Evangelio nuevo, y que se guardasen los del pueblo de esta doctrina. Lo más del pueblo entendió que esto lo había dicho el fraile dominico por los de la Compañía de Jesús. Predicó después de esto el Provincial de Santo Domingo de la provincia de Chile en la iglesia mayor, y dijo en el sermón que los padres de la Compañía no tenían la opinión de Santo Tomás, de que no era válida la confesión en ausencia de confesor, pero que la opinión contraria de que era válida en caso de necesidad y artículo de muerte era probable y pía, y trajo muchos autores antiguos y modernos que la dan por probable, y que él la tenía por tal, patrocinando en las conclusiones. Sintiose mucho de lo que en su provincia había predicado contra lo que él defendía, y en otro sermón que hizo, volvió a la materia de las confesiones en ausencia, y dijo que era disparate malsonante, escandaloso y temerario decir que eran válidas las dichas confesiones hechas en ausencia, y que se podían hacer, y que se espantaba de algunos bachilleres de estómago que lo alegaban por la dicha opinión, y entre otros a Paludano y al papa Adriano, que uno de ellos tuvo la opinión falsa de comulgar sin confesarse, sólo con la contrición, como lo tuvieron algunos antiguos, y a su provincial que decía la misa, que si no fuera por la reverencia que le debía, que él se sacudiera muy bien de esta opinión y de otras; que no le hiciesen hablar, que era vizcaíno y no consentía ancas.

«Después de esto un padre de la Compañía de Jesús, predicando en la iglesia mayor de la dicha ciudad de Santiago, dijo que si uno estuviese enfermo en un pueblo y no hobiese allí sacerdote con quien confesarse, sino en otro pueblo apartado de donde estaba el enfermo, podría este tal enfermo escribir sus pecados en una carta y inviarlos al confesor ausente, y que el tal confesor le podría absolver de sus pecados; y aunque un testigo dice que dijo el dicho padre que pecaría mortalmente el confesor si no absolvía al tal enfermo ausente que se confesase por cartas, dos testigos dicen que dijo que pecaría mortalmente el enfermo que no se confesase por carta, estando en extrema necesidad, y para probar que era ésta opinión probable, trajo el dicho padre de la Compañía a Navarro y otros autores: esto fue día de San Juan del año de 95. El día de Santiago adelante volvió a predicar el dicho fraile dominico, que comenzó por las conclusiones a tratar de esta materia y volvió a ella, como está dicho, y escribió una carta al Tribunal, bien larga, en que hace relación de todo lo susodicho».

En la historia del Tribunal del Santo Oficio de Lima dejamos plenamente establecido, según lo hemos recordado ya en el primer capítulo de este libro, necesario complemento de aquél, que la Inquisición era implacable cuando se trataba del menor atentado contra sus fueros y los de sus ministros; como igualmente las dificultades de toda especie que en el desempeño de sus funciones ocasionaron siempre a las autoridades civiles y eclesiásticas, sin excepción de los obispos, desde el inquisidor más tolerante hasta el último corchete y familiar. Trataremos desde luego en este lugar de los procesos originados por aquel motivo, para dedicar algunos de los capítulos siguientes a las competencias que el comisario de la Inquisición suscitó en Santiago al provisor eclesiástico, a la Real Audiencia y a los obispos.

Al hablar del proceso de Francisco de Aguirre y de los que por causa suya se siguieron, hemos colacionado ya la conducta del Tribunal en esos casos. En Chile mismo el enjuiciamiento de aquel conquistador dio origen a un proceso semejante.

Vivía en Concepción Baltasar Rodríguez, por otro nombre llamado de Céspedes, que llegó a Lima preso en 13 de marzo de 1575, «por haber dicho y publicado que iba a hacer cierta información en favor del gobernador Francisco de Aguirre, que estaba preso en la Inquisición, y que se la habían cometido por ser deudo del inquisidor Cerezuela, y haber ido a casa del dicho gobernador a Copiapó, con cartas falsas del obispo de la Imperial para la mujer del dicho gobernador, en que le decía cómo el dicho Céspedes llevaba los descargos de su marido que se habían hecho ante él, y que iban muy buenos y con ellos libraría muy bien el dicho su marido, y que le regalase al dicho Céspedes, porque era deudo de uno de los inquisidores; y asimismo se hizo mandatos falsos del dicho obispo para que nadie le impidiese su viaje, so pena de excomunión, y llevaba un envoltorio grande de papeles sobrescrito a los inquisidores, que decía eran los descaros del dicho Aguirre».

Cuando se le puso la acusación, confesó la verdad de todo diciendo que lo había hecho para salir del país. En consulta se resolvió que saliese al auto de 13 de abril de 1578, en forma de penitente, se le diesen doscientos azotes y fuese desterrado del distrito de la Inquisición, so pena de cinco años de galeras.

Bien pronto hubo de procederse también en Santiago contra el doctor López de Azócar, teniente de gobernador del reino, «por diversas cosas que tocaban a poco respeto a la Iglesia y al Santísimo Sacramento y al Santo Oficio y a sus ministros, y cosas que ha dicho y hecho en su desautoridad».

Don Antonio de Quiroga se acusó igualmente ante el Tribunal, en Lima, a mediados de 1582, de haber enviado allá ciertas escrituras en nombre y voz del Santo Oficio, siendo cosas particulares suyas.

Los inquisidores Cerezuela y Ulloa anduvieron, sin embargo, muy benignos con él.

«[...] Habrá dos años, decían, en efecto, que llegó a esta ciudad un doctor Azócar, natural de las islas de Canarias, que venía proveído por teniente del reino de Chile, hombre que por lo que allá ha hecho paresce muy colérico; y luego quiso que los que servían a la Inquisición lo experimentasen, y así, habiendo mandado hacer ciertas ejecuciones en los bienes secuestrados de María Encío, presa por el Santo Oficio, que no estaban divididos de los de su marido, y habiendo el comisario que allá tenemos, requerídole ante el notario que hace allá nuestros negocios, que es escribano de aquella gobernación, que no se entremetiese a hacer cosa contra aquellos bienes; por ello el dicho doctor le quitó la escribanía y mandó que no la usase; y no osando ya este notario usar el oficio en nuestros negocios, nombró el comisario otros, y los prendió y agravió, haciéndolo todo con mucho alboroto y escándalo y con quiebra del respeto que se debe a este Santo Oficio, y fue su exceso tan grande, que todos le tenían por esto, y le tienen por otras cosas, por hombre muy desconcertado; y habiéndonos enviado información de todo, por lo cual consta lo dicho, nos contentamos con advertille de sus yerros, y exhortarle acerca de cómo debía de tratar nuestras cosas, diciéndole la voluntad de Su Majestad en esto, según consta por sus cédulas».

En 5 de octubre del año siguiente era condenado en quinientos pesos de multa para gastos del Santo Oficio el bachiller Baltasar Sánchez, clérigo, natural de Estepa y maestre-escuela de la Catedral de Santiago, por haber escrito al Tribunal una carta recomendando la persona del doctor Urquiza, deán de Charcas, y habérsele sorprendido el borrador de otra que dirigía al obispo de aquella diócesis en desautoridad del comisario e inquisidores.

Don Íñigo de Ayala, a quien llama el padre Ovalle «caballero de gran suerte y valor» fue procesado en 1583 y preso por haber encubierto a un fraile a quien buscaba la Inquisición.

Era natural de Santiago el bachiller y abogado Gabriel Sánchez de Ojeda, que fue igualmente procesado por desacato al Santo Oficio. Contaba Sánchez de Ojeda treinta y siete años y residía en Santiago del Estero, sirviendo de asesor al gobernador de Tucumán, cuando por el mes de febrero de 1607 fue testificado de que estando en conversación con algunas personas, tratándose de algunas quejas que los vecinos tenían del Gobernador, había sostenido que «los corazones de los príncipes y gobernadores estaban en la mano de Dios y no podían errar, y que así no erraba el dicho gobernador en lo que hacía...». Lo peor del negocio para el bachiller y abogado santiaguino estaba, sin embargo, en que le acusaban de que era enemigo capital del Santo Oficio, «mostrándose contrario a los ministros y oficiales dél, y aconsejando al dicho gobernador no les guardase sus fueros y privilegios y los prendiese y secrestase sus bienes, como lo hizo con el notario del Santo Oficio de aquella ciudad, haciéndole muchas molestias, y con otro que en su ausencia hizo el dicho oficio, y que tomase las cartas que el comisario nos enviaba y las abriese y viese lo que en ellas venía, y escribiendo cartas maliciosamente al Santo Oficio contra el comisario y notario, poniéndoles faltas y publicándolo en todas las villas y lugares donde se hallaba; y asimismo trataba mal de los demás ministros y familiares, haciendo escarnio y mofa de ellos y que todos eran oficiales, y que el Santo Oficio no podía prender sin pedir el auxilio real».

Ordenose, en consecuencia, que Sánchez de Ojeda se presentase en Lima. Allí se le dio la ciudad por cárcel, y en la primera audiencia que con él se tuvo, en 21 de febrero de 1608, previo juramento de decir verdad, dijo que se tenía por cristiano viejo, que era graduado de bachiller en cánones, casado en el Paraguay, donde había sido también asesor del Gobierno y desempeñado algunas comisiones. Agregó, por fin, que ignoraba absolutamente y ni aún presumía la causa de su prisión; «y a las moniciones dijo lo mismo, y el fiscal le acusó conforme a la testificación, y respondiendo a ella, debajo de juramento dijo que en lo que tocaba al notario del Santo Oficio, que el Gobernador le mandó prender por querella que dio contra él un clérigo, y sabiendo el reo cómo era notario del Santo Oficio, aconsejó al Gobernador lo soltase, y así lo hizo luego, y que no le secrestasen bienes; y que lo mismo hizo del otro sostituto con el dicho gobernador, y que las cartas que había escrito al Santo Oficio contra el comisario había sido con buen celo y cristiano y por servir al Santo Oficio, dando aviso de lo que convenía, con todo secreto y recato; y que en cierta ocasión se trataba de la calidad de los familiares y había dicho que en esta ciudad había conocido uno que era carpintero; y que en lo del auxilio, que lo que dijo fue refiriéndose a Bodabilla, que si el reo se resistiese y no se dejase prender del ministro del Santo Oficio, que entonces se pedía auxilio al brazo seglar, y que luego que a él le notificaron el mandamiento, se rindió y obedeció; y lo demás contenido en la dicha acusación lo negó, y que le levantaban falso testimonio, porque bien sabía y creía y ha creído que los reyes y gobernadores y todos los demás hombres, en cuanto hombres, pueden errar, y nunca ha creído ni tenido lo contrario...».

«Respondiendo a los testigos, dijo, debajo de juramento, que muchas veces había defendido al Gobernador porque había querido quitar a los vecinos el servicio personal de los indios, y les dijo que el Gobernador lo encomendaba a Dios y mandaba decir muchas misas, y que si por orden de Dios hacía aquellas cosas, inclinándole a ellas, que le parecía no erraba; y que los reyes y gobernadores por Dios estaban, y los corazones en su mano para gobernarles y inclinarles lo que habían de hacer; y que esto es lo que dijo, y no que no podían errar en ninguna manera, porque desde sus tiernos años sabe que todos los hombres están sujetos a errar; y a lo demás de los testigos se remite a sus confesiones, y negó haber dicho lo demás que le testifican; y en el tiempo que se fueron a ratificar los testigos escribió al dicho gobernador y otras personas todo el discurso de su causa, y lo que le habían acusado, previniéndolos para que viesen quiénes eran los testigos y saber lo que había de hacer para su defensa, declarando en las dichas cartas el secreto que se le había encargado guardase, so cargo del juramento y censuras que le fueron puestas, las cuales cartas vinieron a manos del comisario abiertas, y nos las remitió, y mostrándolas al dicho reo, las reconoció y dijo ser suyas y que las escribió; y en cuanto a revelar el secreto, entendió no tenía censuras, y como en Tucumán sabían que había venido preso por el Santo Oficio, para que no entendiesen que era hereje, había escrito su causa y estado de ella, y no con otro ánimo ni intento. Diósele traslado de la dicha publicación, y, tratado con su letrado, hizo defensas en que pretendió tachar los testigos y a todos los demás vecinos, por sus enemigos capitales, por ser asesor del Gobernador y haberse tratado del servicio personal que tocaba a todos, que en ellos pareció probar alguna cosa de las dichas enemistades que le pudieron relevar, y con acuerdo y parecer de su abogado, concluyó en su causa definitivamente.

«Viose en consulta con ordinario y consultores y fue votada por mayor parte a que el reo fuese reprendido en la sala de la audiencia, desterrado de la provincia y gobernación de Tucumán por tiempo y espacio de un año preciso, y que no lo quebrante, so pena de cumplillo doblado».

 

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