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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XVI de la Primera Parte

Capítulo XVI de la Primera Parte

Algunos frailes solicitantes

Causa del licenciado Gaspar Narváez de Valdelomar. Continúan las solicitaciones en el confesonario. Proceso de fray Juan de Medina. Unas coplas de fray Juan de Ocampo. El dominico fray Alonso de Espina. Proceso del agustino fray Juan de Vascones. La mulata Juana de Castañeda es acusada de hechicera. El soldado limeño Diego Garcés de Andrade.

Junto con los herejes extranjeros que habían abordado las costas de Chile, el Tribunal del Santo Oficio había tenido ocasión de ocuparse también de otros reos cuyas causas nos tocan de cerca. Así vemos que en 1594 el licenciado Gaspar Narváez de Valdelomar, que era entonces corregidor de Lima y destinado más tarde a figurar en la Audiencia de Santiago, era excomulgado, reprendido en la sala de audiencia del Tribunal, en presencia de los consultores, y desterrado, por ocho años, de veinte leguas en contorno de la ciudad que gobernaba, por haber autorizado con su presencia el tormento que el virrey conde del Villar hizo dar por desacatado al doctor Salinas, abogado de presos del Santo Oficio.

Pero de los reos de Chile, los que seguían ocupando más la atención del Tribunal eran los frailes solicitantes en confesión. Vamos a ver que por esta época los hubo de todas las órdenes que hasta entonces se hallaban establecidas en el país.

Pertenecía a la de San Francisco fray Juan de Medina, aragonés, hombre de más de setenta y cinco años, cuya causa se había iniciado en la Serena por denuncio de una mujer española que en 10 de abril de 1578 le acusó de que «estando confesándose con él y diciendo sus pecados, le rogó que a la noche viniese a su celda, y la mujer le dijo que no podía porque era mujer casada y tenía hijas doncellas; y finalmente, se lo volvió a rogar otra vez, y la abrazó... y la absolvió; y otra vez volviéndose a confesar, la víspera de Nuestra Señora de Encarnación con el reo, le había dicho que para qué se venía a confesar con él, que si tenía vergüenza, pues no había querido hacer lo que le había rogado, y se lo volvió a rogar, también pasó lo susodicho en la confesión que con él iba haciendo».

La segunda mujer, que era india, menor de edad dice que estando confesándose con él, la requirió, «y le hizo promesas para tener con ella comunicación, y que después se confesó otra vez con el dicho padre y tuvo la propia comunicación de trato de que la quería mucho, y la besó en la boca y la abrazó en las dichas dos confesiones, y después la llamó el día de Pascua y tuvo con ella comunicación carnal en una capilla de la iglesia».

Llamado a Lima, se presentó en 20 de noviembre de 1597, se le dio por cárcel su convento, por ser muy anciano, y a la primera audiencia, hincándose de rodillas, dijo: «que podría haber veinte años que estando en la dicha ciudad de la Serena, siendo guardián de su convento, se vino a confesar con él una mujer viuda, española, y estándola confesando en la iglesia de su casa, y habiéndola confesado y absuelto, antes de levantarse de sus pies, la requirió de amores, pidiéndola que «pecase con él carnalmente», y que no se acordaba si había tenido entonces con ella algunos tocamientos de manos o ósculos, pero que le parece que como flaco y miserable, lo podía haber hecho, y que de allí había resultado el haber tenido acceso carnal con la dicha mujer.

«Iten dijo que podría haber tres años que en la dicha ciudad se había ido a confesar con él una india mestiza, soltera, y habiéndola confesado y absuelto, estando todavía de rodillas a sus pies, la había solicitado y requerido de amores para que pecase con él carnalmente, y tuvo con ella tocamientos de manos y ósculos, de que había resultado conocerla carnalmente en su celda, en el convento, siendo guardián. Y dijo en estas audiencias que con otras dos mujeres había tenido acceso carnal, pero que no las había confesado...».

El buen hombre no se acordaba de lo que deponían las testigos en la sumaria, limitándose a decir que podía ser haberlo hecho, pues que, como estaba tan viejo, no tenía ya memoria; habiendo sido condenado, más de veinte años después de verificados los hechos de que se le acusó, a oír la lectura de la sentencia delante de cuatro religiosos de su orden y en abjuración de levi. Fue privado, además, de confesar mujeres, y desterrado de Chile.

El mercenario fray Juan de Ocampo, sevillano, de cuarenta y cuatro años, fue también testificado de que en Tucumán había abusado de varias indias, sus confesadas.

«Iten, otros cuatro testigos mayores, que los tres son religiosos y sacerdotes y el otro clérigo presbítero, y los dos están ratificados, le testifican que estando el dicho fray Juan de Ocampo en la ciudad de Serena, que es del reino de Chile, por el año de mil quinientos ochenta y seis, en la fiesta de Nuestra Señora de septiembre, había cantado unas coplas del todo inconvenientes:

»Tan contenta estáis de Dios

cuanto Dios de vós contento

y hace cuenta que los dos

alcanzáis merecimiento.

»Y que aunque le habían reprendido había porfiado que estaba bien dicho.

»Iten, otros cuatro testigos, varones y mayores, que los dos están ratificados, le testifican que estando en la ciudad de Mendoza del dicho reino de Chile, había dicho que el Sumo Pontífice no tenía poder de relajar ni perdonar ninguna culpa en los jubileos e indulgencias que concedía, sin satisfacción de la parte, y diciéndole uno de los testigos que no se metiese en el poder del Papa, había respondido que el Papa no podía mandar pecar y después perdonarlo, sin satisfacción de parte.

»Y vista en consulta esta información, con ordinario y consultores, fue votada en conformidad a que pareciese y se siguiese la causa con él, y habiéndose presentado en siete de abril de mil quinientos noventa y ocho, fue puesto en una de las cárceles secretas, y en la primera audiencia que con él se tuvo, que fue en ocho de abril, declaró, con juramento, ser cristiano baptizado y confirmado y no sabía más de un poco de latín, mal sabido, que había estudiado en su orden, y que presumía que le habíamos mandado prender y poner en la cárcel donde estaba por unas coplas que había cantado en alabanza de la Madre de Dios, por el día de Nuestra Señora de Septiembre, estando en la dicha ciudad de la Serena, de que se había acusado ante el comisario del reino de Chile, y que era verdad que había cantado las dichas coplas y las había compuesto, y que entendía que no había en ellas yerro.

Firmas de Inquisidores

 

»Iten, dijo que también había presumido que le habíamos preso porque con enojo había dicho, estando en Mendoza, que el vicario de allí no había podido absolver a un excomulgado sin satisfacción de la parte, ni el Sumo Pontífice lo había podido hacer, lo que él había dicho con mucho enojo, y lo era delante de algunas personas; y que otro día había ido delante de la iglesia, en la puerta, y había dicho en presencia del dicho vicario y de otros españoles, que había sabido lo que se había dicho, y habiéndole leído las dichas denunciaciones las reconoció por suyas, en que parece que había denunciado de haber hecho las coplas y haber dicho las dichas palabras.

»Iten, dijo que estando en la dicha ciudad platicando en el convento de Santo Domingo, hablando con un fraile del dicho orden, el dicho fraile le había dicho que no se mueven las hojas del árbol sin la voluntad de Dios, y que él había dicho que Dios no se metía en cosas tan menudas como eran que las hojas del árbol se meneasen o dejasen de menear, porque desde que había criado el mundo había dado a cada cosa su oficio para que hiciese su operación conforme a su naturaleza, y que no se metía en que la hoja del árbol se menease o dejase de menear.

»Iten, dijo que podrá haber dicho, hace diez o doce años, que estando en una doctrina del distrito de la Serena del reino de Chile, se había ido a confesar con él una india que se quería casar y antes de confesarla la había solicitado carnalmente en la iglesia y no la había querido confesar.

»Iten, dijo que estando en la ciudad de Chillán, por comendador de su convento, que es del dicho reino de Chile, se había ido a confesar con él otra india soltera, y la había solicitado y conocido carnalmente y no la había confesado, y la había dicho que dijese que se había confesado, y en otra audiencia, habiéndola despedido, dijo que estando en la ciudad de Córdoba de la provincia de Tucumán, podría haber seis meses, se había ido a confesar con él otra india a su posada, y estando de rodillas a sus pies, antes de decir sus pecados la había persuadido que viniese aquella noche a dormir con él y se fuese con él a Mendoza, y la dicha India había dicho que sí haría, y luego la había confesado y absuelto.

»Iten, dijo que a otra india, habiéndose ido a confesar con él, la había solicitado y conocido carnalmente en la sacristía, y que no se acordaba si la había confesado, porque habría once o doce años que le había subcedido, aunque le parecía lo habría hecho, porque era por el tiempo de la Cuaresma.

»Iten, dijo que podría haber más de veinte años que estando en la ciudad imperial de Chile, trataba allí amores con una doncella española, la cual se venía a confesar con él, y en la confesión la había tratado de sus amores, persuadiéndola a que diese orden cómo se viesen de noche, para pecar con ella carnalmente, y se acordaba que le había tomado las manos y la había besado una vez, y luego la acababa de confesar y absolvía de todas estas cosas. De su intención y tratos deshonestos no está testificado, porque los testigos son diferentes de lo que él dice y confiesa; y hechas las tres moniciones ordinarias le acusó el fiscal, conforme a la testificación, y se remitió a sus confesiones, y dijo que había sido tan malo y pecador, que lo habría hecho; y siendo examinado cerca de la intención, la negó y dijo que había hecho las dichas coplas y enseñádolas en su convento, pero que no había querido decir que la Madre de Dios tuviese tanto merecimiento como su Hijo, porque Dios es la suma perfección, y el que sólo había dado a su Madre y a todas las criaturas, y que lo que había querido decir había sido que así como un hombre calza once puntos de zapatos y otro calza diez y entrambos calzan al punto, según su pie, no quiso decir que tantos puntos de zapato calza el uno como el otro, y también como dos redomas estando llenas de agua hasta arriba, siendo la una de una arroba y la otra de media, se decía estar al justo llenas y no se dice que cabe tanta agua en la una como en la otra, que de la mesma manera había querido decir en la copla 'no creo que Nuestra Señora tuviese tanta perfección y gracia como su Criador', sino que, conforme a su caso, tenía el merecimiento y ansí la llaman llena de gracia, y en lo demás se remitió a sus confesiones; y habiendo comunicado con su abogado, se recibió la causa a prueba, y en este estado se le dio su convento por cárcel, y habiéndose recibido los testigos, se le dieron en publicación catorce; y no habiendo confesado cosa de nuevo, con parecer de su abogado, concluyó en su causa difinitivamente, y habiéndose visto en consulta con ordinario y consultores, se votó en conformidad a que se le leyese y notificase su sentencia en la sala de la audiencia, ante los religiosos sacerdotes de su orden, y pareció que abjurase de levi, privado de confesar mujeres perpetuamente y a hombres por cuatro años precisos, y que estuviese recluso en un convento de su orden tiempo de un año, desterrado de la provincia de Tucumán y reino de Chile, perpetuamente, y que se le pusiesen algunas penitencias espirituales: ejecutose, y se le impuso por penitencia espiritual que todos los días del año de reclusión rezase la tercera parte del rosario de Nuestra Señora, y lo aceptó».

«Fray Alonso de Espina, fraile profeso, sacerdote confesor y predicador del orden de Santo Domingo, natural de Valladolid en España, de edad de 63 años, residente en el convento de su orden, en la ciudad de Santiago del reino de Chile, fue testificado ante el comisario que allí reside, por dos testigos, mujeres españolas, madre e hija, de que las había solicitado en el acto de la confesión para actos torpes y deshonestos, en la forma y manera siguiente: El testigo primero que es mujer noble, encomendera de indios y mujer de un caballero, de edad de 36 años, pareció ante el comisario, sin ser llamada, en 16 de abril de 99, y testificó que yéndose a confesar con él los días pasados, podría haber dos meses, poco más o menos, y estando ya de rodillas para comenzar su confesión, la había dicho el reo que la quería mucho y que por qué no le quería a él, que no quería más que estar con ella, y abrazalla y besalla, y que el tenía muy lindas carnes y blancas, que no quería más de ver las suyas si eran más blancas que las dél, y la dicha mujer le dijo que no le tratase de aquellas cosas siendo ella la mujer que era y tan principal, en especial estando en aquel acto de la confesión; y el reo la había respondido que pues ella no le quería, que le hiciese placer de darle una india que traía consigo, que le parecía que era limpia y de buen parecer; y diciéndole la dicha mujer que cómo había de hacer semejante maldad de darle su india, especial siendo casada, el reo la respondió que bien lo podía hacer, con decirle que diga que está mala y se acueste, y que se quiere confesar, y llamarme a mí para que la confiese, y si no queréis darme esa, dadme otra que sea blanca y limpia, y ella se había excusado, y luego la había confesado sin se levantar de allí, y antes desto la había confesado otra vez. Iten, le testifica que llevando la cuaresma del dicho año de 99 una hija suya a confesar, la había dicho que se confesase con el reo, porque se había confesado con él otras veces, y le había respondido que no la mandase confesar con él porque no le convenía, por cosas que le habían pasado con él en confesión.

»Segundo, otro testigo mujer doncella, de edad de dieciséis años, hija legítima del primer testigo, testificó ante el dicho comisario, siendo llamada en 26 del dicho mes de abril y año de 99, que yéndose a confesar por la cuaresma pasada, en compañía de su madre, la había mandado la dicha su madre que se confesase con el reo, porque la había confesado cuatro veces, y la había respondido que no la mandase confesar con él, que no la convenía, porque le había dicho palabras deshonestas en la confesión, y que lo que en esto había pasado había sido que estando de rodillas a los pies del reo, acabada la confesión, le había dicho que se espantaba de ella, siendo de edad, como decía, que no conocía hombre, y que él había confesado otras mujeres menores y le decían grandes pecados con hombres, y que si lo quería a él, que él la serviría toda su vida, y que en saliendo de casa de su madre le enviase a llamar, diciendo se quería confesar con él, y que entonces tendría cuenta con ella en la casa, y le vería a él sus carnes que eran muy blancas y él vería las de ella si eran como las suyas que por qué no le quería, que era muy gentilhombre, que le quisiese mucho, y que mirase que esto le mandaba en confesión, y que surgiese (sic) y que no le dijese a su madre ni a nadie; y dijo el testigo que parlando estas cosas la había tenido en el confesonario mucho tiempo, hasta que se había amohinado y salídose de él. Estas dos testigos están ratificadas y el comisario dice en abono de ellas al pie del primer testigo lo siguiente: «Esta señora doña Cándida es muy principal y honrada mujer de don Francisco de Zúñiga, vecino encomendero desta ciudad de Santiago: creo dice verdad, y lo mesmo digo de su hija doña Constanza. -El Licenciado Melchor Calderón».

«Demás desto, el prior del convento de Santo Domingo de la dicha ciudad, hizo contra el reo una información con siete frailes mozos del dicho convento, e les miraba las rayas de las manos y les decía por ellas que en las nalgas tenían ciertos lunares y señales, que se los mostrasen, y dos de ellos dicen que estando con él a solas les había querido alzar las faldas, y el uno añade que con achaque que le quería ver unos azotes que le habían dado, le hizo desatacar y le tocó las nalgas y quiso tocar las partes vergonzosas, y que los tocaba en el rostro regalándolos. Vista esta información, con consulta de ordinario y consultores, se votó en conformidad que se le mandase al dicho fray Alonso que pareciere en este Santo Oficio, y se siguiese con él la causa, y habiéndosele notificado en la dicha ciudad de Santiago, se embarcó para este reino y en el camino le robaron unos corsarios holandeses que entraron en esta mar, por el año pasado de 1600, y habiéndose presentado ante nós en 18 de abril de dicho año, fue puesto en las cárceles secretas, y en la primera audiencia que con él tuvimos, que fue el día siguiente 19 de abril, declaró debajo de juramento ser cristiano baptizado y confirmado, religioso profeso, sacerdote y confesor del orden de Santo Domingo, y que no presume la causa de su prisión, sino que había sido pasiones de frailes, y dio a entender algunos, y que se temía de doña Cándida, que es el primer testigo, que le había levantado algún falso testimonio, porque haría un año que le había ella inviado a llamar al confesionario y había estado gran rato hablando, en cosas de conversación, pero que la había confesado; y que otra vez la había confesado y la había preguntado si había levantado algún falso testimonio a alguna persona, y ella se había enojado y ídose sin acabar la confesión, y que había dicho se había de quejar a sus perlados; y no dijo otra cosa, aunque se le hicieron las moniciones ordinarias; y le acusó el fiscal conforme a la testificación, y habiéndosele nombrado abogado, se recibió la causa a prueba, y en este estado se le dio su convento por cárcel, mandándole que no predicase ni confesase, y se inviaron a ratificar las testigos de solicitación, y los frailes que deponían de los dichos tocamientos se ordenó al comisario los examinase de nuevo, porque se temió no hobiese sido alguna pasión de frailes, y ansí lo hizo, y los ratificó y volvieron a decir lo que habían dicho ante su prior. Diéronsele en publicación todos y negó lo que decían, echándose grandes maldiciones que era todo falso testimonio, y concluyó en su causa difinitivamente. Viose en consulta con ordinario y consultores y se votó en conformidad, que se suspendiese esta causa. Ejecutose, porque dos testigos mujeres, madre y hija, y el uno menor, singulares, no se tuvo por bastante información para condenar, supuesto que estaba negativo y no es caso el de solicitación de tormento».

La orden agustina, a su vez, hubo de enviar a la Inquisición a uno de sus más distinguidos miembros, fray Juan de Vascones. Acusado primeramente de haber dicho en un sermón que predicó en Cartagena de Indias que «San Juan había tenido en su concepción más prerrogativa que el mismo Jesucristo porque a los seis meses tuvo tan perfecto uso de razón como cuando grande; y aunque Jesucristo tuvo eso en cuanto Dios, mas, en cuanto hombre, quiso en eso conformarse con los demás hombres».

Le testificaron también de que en un sermón predicado en Lima había afirmado «que comenzamos primero en el santiguar por la persona del Padre, porque es primero por naturaleza que las personas del Hijo y del Espíritu Santo»; y que en otro dijo que «Dios quería tanto como podía y que la fe sin la caridad no valía nada». Encontrose, al fin, que eran seis las proposiciones de que se acusaba a Vascones, quien habiendo sospechado incontinenti de que había sido denunciado, se presentó a hacerlo en persona, aunque en tales términos que algún calificador llegó a considerarlos como heréticos.

El hecho fue que, vista la información con ordinario y consultores, se dio a Vascones su convento por cárcel, mandándosele que mientras tanto no administrase sacramento alguno.

En su descargo alegó, entre otras cosas, que «habiéndose concertado todos los teólogos de su orden, le empezaron un día a cargar de argumentos y consecuencias, tratando de hábitos y actos de fe, infusa y adquisita, y que no le aprovechó decir, como muchas veces dijo, que le dejasen, que él no decía más que lo que los evangelistas, y que a las consecuencias que le hacían, respondía que no las confesaba ni las negaba, e si algo había respondido a los argumentos, lo había hecho por sustentar simplemente lo que había dicho, hasta que otra cosa en este Tribunal se determinase; y que podría ser que en los dichos argumentos, por satisfacer a la cólera, hubiese dicho alguna palabra o palabras mal dichas o mal entendidas, y si las había dicho las daba por nulas y de ningún efecto, y con humildad pedía se atribuyesen a la turbación de aquel día, porque su intención había sido y era sana y católica: después de lo cual se recibió la causa a prueba, por su petición se dio licencia para que pudiese decir misa en la sacristía de su convento, y se le dieron en publicación diecinueve testigos».

En un escrito que presentó más tarde añadió que por habérsele nombrado en el capítulo provincial de su orden, «por predicador mayor del convento desta ciudad y por su coadjutor a un fray Diego Pérez, el cual, dicen los inquisidores, es uno de los testigos que deponen contra él, entendía que los frailes de su hábito lo habían llevado a mal, y así le habían procurado descomponer».

Todo esto, sin embargo, no obstó para que Vascones fuese condenado a abjurar de levi las proposiciones de que había sido acusado, a que fuese reprendido en presencia de algunos de los testigos religiosos de su orden, en suspensión del púlpito durante un año, y en las penitencias espirituales que le fuesen impuestas.

Todos estos frailes, si bien un tanto lastimados, habían escapado a la vergüenza de ser exhibidos en auto público y de oír allí la lectura de sus sentencias. No pasó lo mismo con una mulata, hija de negro y de india, llamada Juana de Castañeda, digna émula de Camacha la Montilla, de que nos habla Cervantes, que salió en el auto que tuvo lugar el domingo 10 de diciembre de 1600.

Era la Castañeda una mujer casada, natural de Valdivia, aunque residía en el Callao, y contaba en la fecha en que hubo de parecer ante sus jueces la edad de treinta y dos años.

Otra mulata la denunció de que cierto día, a las doce, la había visto en compañía de otras dos mujeres, de rodillas delante de la imagen de Santa Marta, «con dos velas de cera encendidas, y que la había dicho que estaba rezando a Santa Marta, y que todas las veces que la conjuraba, luego sacaba a su marido de la cárcel, y que callase la boca, que ella la enseñaría, y que la que la descubriese la había de matar, aunque la trujesen ante nós, dicen los inquisidores, porque no hacíamos sino preguntar y no atormentar; y que si la traían ante nós, que había de negar, y que en saliendo había de matar a quien la descubriese; y que el testigo lo había contado a otras negras y ellas lo habían dicho a la reo, la cual le había dado una cuchillada por la cara, y vino a hacer la denunciación estando herida, en 9 de septiembre de 99. Después, en 20 de febrero de 1600, vino el dicho testigo a decir cómo la había dicho la dicha reo si quería un poco de ara para traer consigo, porque era buena para que los hombres con quienes tratase deshonestamente la quisiesen bien, y diciéndole que sí, había sacado del pecho un poco de ara, que la traía en una bolsilla de tafetán colorado, y le había dado un poco y le había dicho que lo había de traer siempre consigo, si no fuese cuando estuviese con su regla, y que había de decir cada mañana «ara, ara consagrada, en la mar fuiste hallada, etc.» y que usaba de otras cosas supersticiosas. Después de lo cual la dicha Juana de Castañeda pareció ante nós en 20 de mayo del dicho año y se denunció de que sabía la oración de Santa Marta y la había rezado cuatro veces, a instancia de cuatro mujeres, las dos de ellas que estaban amancebadas con dos hombres y se pretendían casar con ellos, para que tuviese efecto el dicho casamiento, y las otras dos para que dos hombres con quien trataban deshonestamente no las dejasen; y que juntamente rezaba treinta credos y diez avemarías y un paternóster y lo ofrecía todo a Santa Marta, y que estaba en pie cuando rezaba, persignándose desde que comenzaba el credo hasta que le acababa, y decía: «Señora Santa Marta, estos treinta credos y diez avemarías y un paternóster, os ofrece esta vuestra devota porque hagáis lo que os pido»; y refirió la oración de Santa Marta, y cómo la rezaba con velas encendidas, y tenía su estampa metida en un espejo, y que venía a pedir perdón a Dios y a nós penitencia.

Mandada prender la reo y habiéndosele dado por cárcel la casa del alcaide, debajo de juramento dijo «que presumía que la habíamos mandado prender por lo que ella se había denunciado, y que a las mujeres por quienes había rezado la dicha oración de Santa Marta les había tomado juramento que no la descubriesen, y les había dicho que hiciesen decir una misa a Santa Marta cuando ella rezase la oración y otra a Nuestra Señora de la Candelaria, y que había tratado con unos indios hechiceros y la habían dado ciertas yerbas para con ellas untar las botijas donde tenía la chicha, para que se vendiese bien».

Una de las mujeres que habían depuesto contra ella, agregó durante el curso de la causa que la Castañeda le había dicho que cuando rezaba a Santa Marta, se le aparecía en figura de gato...

Sentenciada al fin en abjuración de levi, en cien azotes y en destierro del puerto del Callao y cinco leguas a la redonda por dos años precisos, salió al auto público en la forma acostumbrada.

Para concluir ya con esta larga lista de procesos, antes de pasar a un orden de apuntamientos más interesantes, debemos aún mencionar aqui la causa seguida al limeño Diego Garcés de Andrade, soldado que había militado en Chile, y que fue acusado, entre varias otras cosas, de que hallándose en casa de cierta mujer, tratando de que cuando había estado en Chile había dado a otra con el pabilo de una vela de cera por la cara y la había lastimado más que si fuera con un cuchillo: «le había dicho el testigo, mujer, que por qué le había dado, y más si era hermana, y siendo por mandado de otra hermana y no le habiendo ofendido a él; y a esto el reo respondió: 'juro a Dios que si me la mandara dar a Jesucristo, que se la diera'. Iten, le testifican que en otra ocasión dijo que había dicho el reo que estando en Chile, había visto un hombre que se parecía en la cara a Jesucristo, y diciéndole el testigo: '¿en qué se parece? ¿hace milagros?' el reo había respondido que sí hacía milagros».

Habiéndosele mandado prender con secuestro de bienes, no se le hallaron ningunos, porque estaba tullido, enfermo en cama y comiendo de limosna. Llevado, sin embargo, a las cárceles (mayo de 1605) fue al fin condenado a que se le notificase su sentencia en la sala de audiencia, a que abjurase de levi, fuese reprendido y advertido para en lo de adelante, a que oyese una misa rezada en la capilla de la Inquisición, en forma de penitente, y en un año de reclusión en un hospital.

Y, finalmente, Domingo Martín Lobo, que servía en Chile de soldado, de edad de cuarenta y tres años y que siendo casado en Arequipa, lo hizo segunda vez en el fuerte de Arauco, figuró en el auto de 13 de mayo de 1605, salió a la vergüenza y llevó cinco años de galeras al remo y sin sueldo.

 

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