.

Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XV de la Primera Parte

Capítulo XV de la Primera Parte

Los corsarios ingleses en la inquisición

Preparativos del auto de fe de 5 de abril de 1592. Los primeros corsarios penitenciados por la Inquisición. Algunas consideraciones sobre el régimen colonial español en las relaciones de los países americanos con las potencias extranjeras. El viaje de Sir Francis Drake. Disposiciones adoptadas por los Reyes de España para mantener sus colonias en perpetuo aislamiento. Prohibición para internar novelas y libros de historia americana. Órdenes para que no pasasen a Indias los descendientes de herejes, moros o judíos. Especial recomendación enviada por Felipe II a los obispos americanos. Persecución de la Inquisición a los extranjeros. Guerra a los libros que pudieran introducir los herejes. Sobresalto producido por la llegada de navíos flamencos a Buenos Aires. La expedición de los holandeses a Valdivia. El libre comercio ante el Rey y la Inquisición. Las naves filibusteras de Cavendish. Los clérigos de Santiago atacan a éste en las playas de Quintero. Algunos prisioneros ingleses son ahorcados en la plaza mayor de Santiago. Los restantes son llevados a Lima y procesados por la Inquisición.

Había llegado en esto el día 5 de abril de 1592, en que como decíamos, iba a presentarse a la vez el mayor numero de reos enviados de Chile.

Después de haberse dado el pregón ordinario de la publicación del auto, mandaron los inquisidores, que lo eran entonces Antonio Gutiérrez de Ulloa y Juan Ruiz de Prado, que todos los vecinos y moradores de la ciudad que no tuviesen impedimento acudiesen a las casas de la Inquisición para acompañar el estandarte de la fe, previos los convites de estilo a la Audiencia y Cabildos, que en esta ocasión, de orden del Virrey, debían irse en derechura al Tribunal. El día señalado, a las cinco de la mañana, llegó aquél en su carroza, acompañado de don Beltrán de Castro, su cuñado, seguido por la guardia de a pie de su persona y algunos criados. Oyó misa en la capilla, y una vez concluida, pasó a las habitaciones de los inquisidores, donde se estuvo hasta que se avisó que era ya hora de salir. Lleváronle en medio los inquisidores, en compañía del Arzobispo, que había sido invitado para la degradación de un religioso, escoltados por la compañía de lanzas, caminando delante los oidores de dos en dos, luego los Cabildos y la Universidad, precedidos por la compañía de arcabuceros de a caballo. Los penitentes, en número de cuarenta y uno, marchaban acompañados de los familiares y miembros de todas las órdenes religiosas. Resguardaban los costados de la procesión soldados de a pie, para hacer los honores al estandarte de la fe, cuyas borlas llevaba don Beltrán de Castro, sólo, a la mano derecha, porque no quiso dar lado a ningún caballero, ni tomar la izquierda. En esta forma se llegó a los tablados, que estaban hechos arrimados a las casas del Cabildo y adornados con la suntuosidad de costumbre, donde el Virrey y Arzobispo tomaron asiento en cojines, dejando sin ellos a los inquisidores, con grandísimo disgusto y bochorno suyos, que para que fueran más completos, oyeron que el Virrey mandó a uno de sus criados que sacase un montante grande, desnudo, y que se sentase a la mano izquierda del estandarte, colocado entre los capitanes de la guardia y arcabuceros. En las otras gradas estaban los prelados de las órdenes «y otros religiosos graves dellas, y a la mano derecha, en sus asientos, el Cabildo de la Iglesia y Universidad, y a la izquierda el de la ciudad, y junto a él, el de los criados honrados del Virrey, y un poco más adelante estaba un tablado muy enaderezado y en él mi señora la Virreina, con sus criadas y las señoras principales de la ciudad, que la estaban acompañando, y don Beltrán de Castro, su hermano; y mirose mucho que en todo el tiempo que duró el auto, que fue desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, no se menearon de los asientos donde estaban el Virrey ni Virreina.

«Antes que el auto se comenzase, predicó el padre Hernando de Mendoza, hermano del Virrey, y hizo un sermón tan admirable cual para tal ocasión y auditorio se requería».

En seguida el Arzobispo degradó a un fraile de la Merced, que era de misa, «en el mismo tablado, donde había puesto un muy rico aparador de plata dorado y lo demás que convenía para aquel efecto».

Con esto diose principio a la lectura de las causas de los reos.

Entre los cuarenta y uno que figuraron en este auto, eran de los más notables los ingleses que habían sido capturados en la isla de la Puná, Guater (Walter) Tillert, su hermano Eduardo, Enrique Axil (Oxley?) y Andrés Marle (Morley?). El primero, que cayó prisionero después de herido de un arcabuzazo, en las audiencias que con él se tuvieron dijo ser cristiano bautizado y católico, pero se le acusó de que comulgaba como luterano, de cuya secta parecía hallarse muy instruido, pues a bordo reemplazaba al capellán siempre que éste se enfermaba. Permaneció negativo durante los tres primeros años de cárcel, y se habían enterado ya cinco cuando en este auto fue relajado, «y aunque al tiempo de morir dio algunas muestras de reducirse, fueron de suerte que se vio claro que lo hacía porque no lo quemasen vivo, y no porque fuese católico, que en ninguna manera se puede entender se convirtiese, ni se confesó».

Su hermano, que sólo lo era de padre, de edad de veinte años afirmó haber sido siempre luterano, pero que desde que estaba preso se había hecho católico; mas, al cabo de tres años, se desdijo, y tuvo, al fin, la misma suerte que Walter.

A Oxley, por estar siempre pertinaz, le quemaron vivo. Tenía entonces veinte y seis años y hacia cuatro que se hallaba encarcelado.

Morley, que revelaba menos de dieciocho años, colocado primero en el Colegio de los jesuitas, fue trasladado después a las cárceles, donde confesó que había sido protestante antes de entrar al convento, pero que entonces era ya católico, por lo cual fue reconciliado, con dos años de reclusión en la Compañía.

Ya en el auto anterior habían figurado Juan Oxnen, capitán de los piratas ingleses que fueron apresados cerca del puerto de Nombre de Dios, que en unión de sus compañeros Tomás Xeruel, Enrique Juan Butler, fueron admitidos a reconciliación por luteranos, con hábito y cárcel perpetua irremisible, confiscación de bienes y diez años de galeras al remo y sin sueldo -no sin que antes se hubiese propinado al último tormento «por la intención que negaba»- para ser en seguida ahorcados por los alcaldes del crimen, con excepción de Enrique Butler que llevó sólo galeras perpetuas.

En ese día 5 de abril de 1592 iban a presentarse ahora otros ingleses capturados en Chile; pero antes de dar cuenta de los procesos que se les siguieron por el Santo Oficio, se hace necesario entrar en algunas consideraciones acerca del régimen colonial en lo tocante a las relaciones de los países hispanoamericanos con las naciones extranjeras.

La España, como se sabe, había logrado, durante más de medio siglo, tener a sus dominios del Pacífico en incomunicación absoluta con las otras naciones de Europa. Al fin, uno de los marinos ingleses más notables que jamás hayan existido, Sir Francisco Drake, que había sido compañero de Oxnen en sus aventuras por las costas del Darien, sin atemorizarse por los peligros ni por la suerte que le aguardara si su empresa llegaba a fracasar, resolvió asaltar las colonias españolas, penetrando en el Pacífico por el Estrecho de Magallanes.

A fines de diciembre de 1577 salía, en efecto, de Plymouth, al mando de una escuadrilla de cinco buquecillos; en agosto del año siguiente penetraba por el Estrecho, y llegaba, por fin, el 25 de noviembre a la Isla de la Mocha, en la bahía de Arauco, donde los indios le mataron dos de sus marineros; el 5 de diciembre tomaba en Valparaíso una nave cargada con bastimentos y algunos miles de pesos en oro, y saqueaba en seguida la ciudad, sin perdonar la pequeña iglesia que allí había y cuyos vasos sagrados se dieron como parte del botín al capellán de la armada. Recalando luego en el puerto de Coquimbo, saltaron en tierra algunos de los expedicionarios, pero atacados por los del pueblo hubieron de retirarse precipitadamente a bordo, dejando muerto entre los peñascos de la playa al que hacía de cabecilla.

«Hallaron al muerto, dice una relación contemporánea, un libro en el pecho, en inglés, con muchas acotaciones en la margen de la Sagrada Escriptura, el cual quemó el corregidor».

Se comprende fácilmente que, con el espíritu de aquellos tiempos, no era lo más grave que los enemigos viniesen a turbar la paz y el comercio de estos países, sino las ideas que consigo traían.

Los monarcas españoles habían cuidado desde muy temprano de que sus súbditos de las Indias no experimentasen la menor influencia que pudiese afectar sus ideas religiosas.

En 1531, cuando no estaba siquiera descubierto este país, escribía la Reina a los oficiales de la Casa de la Contratación: «Yo he seído informada que se pasan a las Indias muchos libros de romances de historias vanas e de profanidad, como son de Amadís e otras desta calidad; e porque este es mal ejercicio para los indios e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean; por ende, yo vos mando que de aquí adelante no consintáis ni deis lugar a persona alguna pasar a las Indias libros ningunos de historias e cosas profanas, salvo tocantes a la religión cristiana e de virtud en que se ejerciten e ocupen los dichos indios e los otros pobladores de las dichas Indias...».

Pocos años después, Carlos V recomendaba, a su vez, que, bajo pena de perdimiento de bienes, se cumpliese con las ordenanzas de la Casa de la Contratación, «para que ningunos reconciliados, ni fijos ni nietos de quemados, ni nuevamente convertidos de moros, ni judíos ni otras personas en las dichas ordenanzas declaradas, no pasen a las nuestras Indias.

Después que el Tribunal de la Inquisición se hallaba establecido en Lima, Felipe II, por real cédula datada en Madrid en 20 de julio de 1574, se dirigía al obispo de Quito, arzobispo de Lima y otros prelados de América, dándoles aviso de que entierras del Delfinado andaban ciertos predicadores luteranos, disfrazados, algunos de los cuales se habían embarcado ya para las Indias, y que otro, preso en Mondovi, afirmaba, estando obstinadísimo en sus errores, que no llevaría otro dolor, si moría, que no poder dar noticia de su religión en América; por lo cual se les rogaba y encargaba que estuviesen muy vigilantes y que con todo secreto hiciesen inquirir y procurasen saber si a sus diócesis hubiesen aportado algunos de esos falsos y dañados ministros, o personas sospechosas en la fe católica, para que pusiesen por todos caminos el remedio que convenía al servicio de Dios y del Rey, y se les castigase conforme a sus delitos.

Este documento que, acaso por olvido, no había sido transmitido a los inquisidores, motivó que el obispo de Quito mandase a sus vicarios que tenía en los puertos de mar, tuviesen gran vigilancia por si en algún navío venían extranjeros, y que, caso de llegar alguno, se le enviase a la capital para examinarlo cerca de lo que Su Majestad ordenaba.

Los inquisidores, por su parte, no descansaban un momento en la persecución a los extranjeros. Los corsarios ingleses que habían aparecido en Panamá «tenernos relación que son herejes, anunciaban, y hemos escrito al comisario que haga la información, y conforme a ella procederemos con algunos de ellos que están presos, por los capítulos que fueren contra ellos. Entre otros que estos corsarios robaron en este Mar del Sur, añadían, fue uno nuestro comisario de Panamá, Juan Constantino, y le dejaron en camisa, y le quitaron todo lo que tenía en una isla suya, y dice que le quebraron el cáliz y patena y le echaron en el mar el misal y el ara». Ya veremos la suerte que corrieron algunos de ellos y los que más tarde fueron enviados de Chile.

El mismo Comisario denunció también al general de la armada del Mar del Norte, Cristóbal de Erazo, que tenía a su servicio dos o tres ingleses trompetas, luteranos, y un artillero, a quienes, según expresaba ya más tranquilo, había quedado aquél de entregar a la Inquisición de Sevilla.

Como muchos de los extranjeros que llegaban a las costas del Perú se iban tierra adentro, se dispuso que cuando algunos arribasen al Callao, los maestres los presentasen en el Tribunal para obligarlos a salir inmediatamente; pero como de ordinario las naves en que venían partían a otros puertos del virreinato, los más de ellos quedaban al fin en el país, por lo cual proponían los inquisidores que los comisarios de Panamá y Cartagena, por el mero hecho de ser extranjeros, no les permitiesen pasar adelante. En el Consejo, sin embargo, no se aprobó esta idea, y por el contrario se ordenó que, salvo el caso en que hubiesen hecho alguna cosa contra la fe, o introducido libros prohibidos, no se entrometiesen en esto».

Deseoso el Rey de precaver también, a su vez, el peligro que podía resultar de la lectura de los libros que traían las naves extranjeras que aportaban a estas costas, con fecha 11 de febrero de 1609 hizo circular la orden siguiente que luego se incorporó entre las leyes de Indias: «Porque los herejes piratas, con ocasión de las presas y rescates, han tenido algunas comunicaciones en los puertos de las Indias, y esta es muy dañosa a la pureza con que nuestros vasallos creen y tienen la santa fe católica, por los libros heréticos y proposiciones falsas que esparcen y comunican a gente ignorante; mandamos a los gobernadores y justicias, y rogamos y encargamos a los arzobispos y obispos de las Indias y jueces de ellas, que procuren recoger todos los libros que los herejes hubiesen llevado o llevasen a aquellas partes, y vivan con mucho cuidado de impedirlo».

Uno de los tópicos que por este tiempo preocupaba, por su parte, al Tribunal era la frecuente llegada a Buenos Aires de buques que salían de Lisboa, tripulados por flamencos, que traían en pipas (diciendo que venían llenas de vino y sal) libros e imágenes, que metían a escondidas en casa de algún vecino para extraerlos después de noche y enviarlos tierra adentro. Encargose, en consecuencia, al Comisario respectivo la mayor vigilancia a fin de impedir este contrabando, y se publicaron los edictos más apretados para hacer parecer los libros introducidos de esa manera, sin los que fueron señalados como especialmente prohibidos en el distrito de la Inquisición, como ser todas las obras de Carlos Molineo, de Castillo Bobadilla, muy comunes entonces [252] entre los letrados, un tomo de las de Suárez, y antialcoranes, de que se recogieron algunos».

«Aquí se ha entendido que a esos reinos y provincias, decían a este respecto en el Consejo, pasan algunos herejes de diferentes naciones con ocasión de las entradas que en ellos hacen los holandeses que andan libremente tratando y comunicando con todos y tal vez disputando de la religión, con escándalo de los que bien sienten y con manifiesto peligro de introducir sus sectas y falsa doctrina entre la gente novelera, envuelta en infinidad de supersticiones, cosa que debe dar cuidado y que pide pronto y eficaz remedio; y consultado con el ilustrísimo señor Inquisidor General, ha parecido que hagáis, señores, exacta diligencia para saber en qué lugares de ese distrito se alojan, y habiéndose averiguado con el recato y secreto que conviene, ordenéis a los comisarios que los admitan a reconciliación, instruyéndolos en las cosas de nuestra santa fe católica, por personas doctas y pías; y no queriendo convertirse, procederéis contra ellos conforme a derecho y severidad de los sagrados cánones, en que pondréis el cuidado y vigilancia que esto pide, antes que lleguen a ser mayores los inconvenientes que amenaza la disimulación que se ha tenido, dandonos aviso de lo que fuéredes haciendo».

La tentativa hecha por los holandeses a mediados del siglo XVII para establecerse en Valdivia, ya se comprenderá, por io que queda dicho, el verdadero pánico que inspirara a los colonos, habiéndose aprestado por el virrey del Perú para desalojarlos, la escuadra más numerosa y el ejército más bien equipado que hasta entonces se había visto en la América del Sur. En odio a esos enemigos religiosos, el primer capitán español que llego a aquellos sitios hizo desenterrar el cadáver del jefe enemigo que había sido allí sepultado, 'y por ser hereje lo quemó' refiere un escritor de aquella época».

A principios del siglo XVIII, cuando la Francia enviaba al ingeniero Frezier a estudiar estos países, todavía vemos que un alto personaje de la colonia, escribiéndole al Rey, condenaba el tráfico libre que comenzaban a hacer las naves francesas en estos mares, entre otros motivos, por «el peligro de introducirse la herejía en estas partes, donde resplandece la religión católica romana con mucha limpieza; porque en dichos bajeles, añadía, y en especial en el del capitán don Julián Fuquer, vinieron muchos holandeses luteranos y calvinistas, dos de los cuales, en compañía de algunos franceses, fatigados de navegación tan dilatada o aficionados a lo abundante y pingüe de la tierra, se quedaron ocultos en ella. Y a no descubrirlos mi cuidado, y averiguado ser holandeses luteranos, pudieran empezar a sembrar la herejía por la gente rústica, en especial entre los indios bárbaros, inquietando su natural inconstante a sublevarse contra vuestros vasallos. Y recelando este tan pernicioso daño, los recogí luego a un colegio de padres de la Compañía, donde quedaron catequizándose, aunque con poca esperanza de que abjuren sus herejías».

Influenciado, sin duda, el Monarca por los denuncios de este tenor que llegaban a su noticia, motivados por los frecuentes arribos de las naves francesas que se llamaron del comercio libre a los puertos de sus dominios americanos, se apresuró a dictar la siguiente orden:

«El Rey. Por cuanto siendo tan importante a la pureza de nuestra religión católica el que no se impida ni perturbe el libre ejercicio y jurisdicción del Santo Tribunal de la Inquisición, tan recomendada de la Sede apostólica y de los Reyes mis progenitores; y que puedan visitar sus ministros todos los navíos que llegasen a puertos de mis dominios, para ocurrir a que no se introduzca ningún género de libros que sean contra el candor de nuestra santa fe; por tanto, por la presente ordeno y mando a mis virreyes del Perú y Nueva España, gobernadores y demás justicia de aquellos reinos, y ruego y encargo a los arzobispos y obispos de ellos que con ningún pretexto ni motivo embaracen a los ministros del Santo Tribunal de la Inquisición la visita de los navíos que arribasen a aquellos puertos; y que con su autoridad concurran a que se ejecute, dándoles a este fin (si fuese necesario) su favor y ayuda y el auxilio que pidiesen, por lo que en ello se interesa el servicio de Dios y mío. -Fecha en Madrid a 23 de febrero de 1713. -Yo el Rey. -Por mandado del Rey nuestro señor. -Bernardo Tinajero de la Escalera».

Esta real cédula llego a Chile a fines de ese mismo año y era en el acto obedecida en los términos que va a verse:

«En la ciudad de Santiago de Chile, en primero de diciembre de mil setecientos y trece, el señor don Juan Andrés de Ustáriz, caballero del orden de Santiago, presidente, gobernador y capitán general de este reino, cogió, besó y puso sobre su cabeza esta real cédula y dijo que la obedecía y obedeció como carta y mandato de su Rey y señor natural, y a mí el presente escribano me mandó sacase dos testimonios de ella y de este obedecimiento para remitirlos a los gobernadores de Valparaíso y de Coquimbo, para que ejecuten lo que Su Majestad manda en ella, y lo señaló de que doy fe. (Hay una rúbrica). -Ante mí, Gaspar Valdés, notario público y de Cabildo.

Si el Rey se preocupaba de evitar el mal contagio para sus súbditos «de estos reinos», no vivía por esos años menos cuidadoso el Tribunal de Inquisición que mantenía en Lima. Habiendo, en efecto, arribado al Callao, a mediados de 1725, el navío holandés «San Luis» que había sido apresado en Coquimbo por la armada hecha por algunos particulares de Lima, don Cristóbal Sánchez Calderón, que hacía de fiscal, teniendo noticia, según expresaba, que habían llegado entre los prisioneros, «diversos hugonotes de Francia», junto con otros de las provincias de Holanda y algunos judíos, y noticioso de que el Virrey Marqués de Castelfuerte pensaba destinar a los marinos para completar las tripulaciones de algunas naves, ocurrió al Tribunal para que se le presentase «el grave escándalo y detrimento a los fieles católicos vasallos de Su Majestad» que con tal medida se seguía. Algunos días después, el inquisidor Gutiérrez de Zevallos obtenía del Marqués que desistiese de aquel propósito y que sin tardanza dispusiese que se remitiesen de Coquimbo cerca de cien hombres de la nave apresada que allí se habían quedado por enfermos.

Sería inoficioso que continuáramos citando nuevos hechos o disposiciones en apoyo del verdadero horror que inspiraba, [tanto] al pueblo como al Soberano y sus delegados, la presencia de los extranjeros en los dominios americanos.

La verdad era que los corsarios, por su parte, en la generalidad de los casos, se habían conducido con los españoles en Chile, no sólo como beligerantes, sino también como enemigos de la religión católica, destruyendo los templos y profanando las imágenes y cosas sagradas. Pero volvamos ya a nuestra interrumpida relación.

La aparición, pues, de los corsarios ingleses en estos mares, trayendo, junto con la tremenda alarma que despertó en los dominios españoles, la religión de Lutero, implicaba a juicio de los colonos un verdadero castigo del cielo, eran motivos más que sobrados para que el virrey del Perú, de quien aquéllos dependían, arbitrase desde el primer momento las urgentes medidas que caso de tamaña gravedad requería; y, al intento, persuadido de que los enemigos saldrían al Atlántico por el mismo camino que trajeran, despachó en su busca, como hemos contado más atrás, a Pedro Sarmiento de Gamboa, cuando hacía poco acababa de salir de las cárceles de la Inquisición.

Pero la estela dejada por las naves de Drake al surcar las hasta entonces no turbadas aguas del Pacífico era demasiado brillante y el éxito que con su audacia alcanzara al parecer fabuloso, para que bien pronto otros marinos de su nación no se animaran a intentar una empresa semejante. El 21 de julio de 1586, partía, en efecto, de la rada de Plymouth, con dirección a las costas occidentales de la América Española, una escuadrilla compuesta de tres pequeñas naves, tripuladas por ciento veintitrés hombres, entre marineros y soldados, a las órdenes de Tomás Cavendish.

Después de una navegación relativamente feliz, los corsarios ingleses llegaban el 17 de diciembre a un puerto de la Patagonia oriental que designaron con el nombre de una de sus naves la Desire, cuya traducción castellana de «Puerto Deseado» hasta ahora conserva, y penetrando el 3 de enero por el Estrecho de Magallanes, iban a encontrar tres días más tarde los infelices restos de las poblaciones fundadas por el intrépido cuanto desgraciado Sarmiento de Gamboa. Al ver el miserable estado en que se hallaban los pobladores de aquellos sitios que se llamaron la «Ciudad del Rey Felipe», ofrecioles Cavendish traerles consigo; pero habiendo rehusado en un principio, aprovechándose de un viento favorable que se levantó, las naves inglesas tendieron sus velas, embarcando sólo a Tome Hernández, piloto que podía serles de gran utilidad en la navegación de estos mares, dejando a los demás abandonados a su triste suerte en aquellas espantosas soledades.

Los tripulantes de las naves lograban al fin desembocar al Pacífico, el 15 de marzo se reunían todos en la isla de Santa María, y, por fin, el 9 de abril iban a fondear en la rada de Quintero.

La aparición de las naves de Cavendish en las aguas de Chile era ya conocida en Santiago. Formáronse sin pérdida de tiempo dos compañías de milicias que debían trasladarse a Valparaíso para combatir al enemigo por si intentaba desembarcar; y como se trataba de una guerra contra los herejes, el previsor del obispado, licenciado Francisco Pastene, reunió a todos los clérigos que había en la ciudad, en número de treinta a cuarenta, y con ellos armó una tercera compañía a cuya cabeza se puso para seguir también a Valparaíso».

Hallábase ya allí la cohorte santiaguina cuando fue avisada por los espías que mantenía en las alturas del lugar que las naves enemigas estaban ancladas. Esperando entonces que llegara la noche, se pusieron todos en camino y fueron a amanecer a Quintero, «sin mostrarse a los ingleses, los cuales habiendo visto dos españoles que había en aquel puerto a lo largo, recelándose de que hubiese más gente, se volvieron a embarcar y despacharon desde los navíos un español que habían cogido en el Estrecho de Magallanes (Tomé Hernández), enviando a decir con él a los españoles cómo necesitaban de bastimentos, que se los diesen, que no les estaría mal su amistad con Inglaterra, y más en tiempo en que [en] Francia se había hecho liga contra España, y estaban ellos tan poderosos que dentro de poco los habían de ver señores de todo aquel mar y reino de la América.

«El español vio el cielo abierto con esta ocasión por verse libre de aquel infelicísimo cautiverio entre luteranos y enemigos de la fe. Llegó a los dos españoles, díjoles quién era y a qué venía; lleváronle a donde estaba el corregidor y la gente de Santiago, que aún no habían llegado al puerto de Quintero, los cuales supieron de este español cómo venían tres navíos y una lancha de ingleses y por general Tomás Candish, y que al pasar por el Estrecho le habían cautivado y que era de los soldados que habían venido allí a poblar, los cuales con la hambre y frío se habían acabado y sólo quedaban veinte. Marchó la gente con este aviso más a la ligera, y llegados al puerto de Quintero, reconocieron que el enemigo, impaciente de esperar la respuesta y apretado de la necesidad de agua y leña había vuelto a echar alguna gente en tierra, y avisados de que hacia una quebrada andaban quince, salieron a ellos de repente y cercándolos por todas partes los cogieron, matando cinco y aprisionando nueve. Y aunque de las naves disparaban la artillería y de la playa la mosquetería los que estaban de mampuesto, nuestra caballería española siguió el alcance con gran furia y los hizo embarcar tan a prisa que a no darse tan buena maña y tener tan a punto las barcas, lo pasaran peor y hubieran dejado más».

«Si no fuera por la ligereza con que se acogieron a un peñón metido en el agua, añade un antiguo cronista, donde no llegaban los nuestros, por los muchos tiros que disparaban sus navíos, no quedara hombre con vida».

El resultado de la refriega había sido que los ingleses tuvieron tres muertos y nueve prisioneros, los cuales fueron luego conducidos a Santiago, donde justiciaron a seis, «no con poca dicha suya, dice un piadoso cronista de la época, porque dejándose persuadir de la verdad de nuestra fe, se reconciliaron con la Iglesia católica romana, dejando prendas de su predestinación».

Los tres ingleses apresados en Quintero y escapados de la horca en Santiago eran los que esta vez iban a figurar en el auto público de fe de que venimos dando cuenta.

He aquí la relación de la causa que se formó a cada uno, según los testimonios que los inquisidores enviaron al Consejo General:

«Guillermo Esteven (Stevens), inglés que vino en la dicha armada por artillero, y fue preso en Chile y enviado con otros dos a este Santo Oficio, alla fue pastelero, de edad de veinte y tres años cuando se comenzó su causa, y de veinte y siete cuando se acabó, y dijo que era cristiano bautizado y hijo de padres católicos, y que decían bien de la religión del Papa, y que por haber hallado a su madre una imagen y unas cuentas, la prendieron y murió en la prisión; y dijo que habiéndole preso, en Chile le quisieron ahorcar, con otros seis que allí ahorcaron, y que para morir se había confesado, como católico, y después otra vez, y que en Inglaterra no se había confesado, porque allá no se confiesan, y que se había comulgado allá dos veces, al modo luterano, pidiendo primero perdón a Dios de sus pecados, y que oyó algunos sermones a los protestantes, y los oyó cantar los salmos, y que él no los cantaba, por no saber leer ni escribir, y que como él no sabía otra religión, le parecía bien aquello, y rezaba con los protestantes, con corazón de protestante, y que oyó decir a los protestantes que no se había de creer al Papa ni a las imágenes, sino a solo Dios, y que como oyó decir a sus padres que el Papa era bueno y mayordomo de Dios, le parecía que aquello sería verdad, y siempre había creído más a su padre y a u madre que los otros; pero que con todo eso él, como mozo, siguió la religión de Inglaterra, como todos los demás, pero que al presente él es cristiano católico y desea saber cosas de la religión del Papa para las seguir, y que querría morir en ella, y que se había apartado de la religión de Inglaterra; y fue proveído de curador y ante él se ratificó siempre en sus confesiones, en las cuales diciendo que era católico y lo quería ser y sería toda su vida y seguiría la religión de la Sancta Iglesia romana, perseveró, ansí en las respuestas de la acusación, como de la publicación de seis testigos que se le dieron; y siempre dio muestras de que de corazón quería ser católico. Después de substanciada su causa, se concluyó difinitivarnente, y vista con ordinario y consultores, se votó, en conformidad, que fuese reconciliado en el auto público, y que trajese el hábito penitencial y tuviese cárcel cuatro años, el primero de ellos con reclusión en un monasterio, donde fuese instruido en las cosas de la fe, y los otros tres donde se le señalase, y que en los dichos cuatro años confiese y comulgue las pascuas de cada uno, y acudiese los domingos y fiestas de guardar a la misa mayor y sermón, a la iglesia Catedral y a las procesiones generales que en este tiempo se hicieren, y que no salga desta ciudad, perpetuamente, sin licencia del Sancto Oficio; salió al auto, donde fue reconciliado y está en el convento de Sancto Domingo».

«Tomás Lucas, inglés, natural de Londres, acuñador de moneda, que fue preso en Chile, habiendo venido en la dicha armada y traído de allá a esta Inquisición, dijo ser de edad de veinte y un años cuando se comenzó su causa, y que era cristiano bautizado, y que había andado en navíos por escribano, y que en el Mar de Levante fue preso por turcos y llevado a Constantinopla, de donde se había rescatado, y dijo que toda su vida, hasta que llegó a Chile, había sido protestante, y tuvo la religión que se guarda en Inglaterra, y como tal se había comulgado en Londres, al modo luterano, y lo declaró sin confesarse, y que en Chile algunos de los ingleses presos que entendían español le dijeron que la ley de los papistas era mejor y que había sido primero, y que ansí el la había creído después acá y la creía al presente y creería toda su vida y quería vivir y morir en ella; y que demás de lo que tenía dicho que se había comulgado como protestante, había, como tal, rezado los salmos de David y oído los sermones, y que aquella religión le parecía bien y no sabía otra; y que su madre era católica y le decía que estaba escripto que había de haber una cabeza y un príncipe de la fe, de la religión, y que éste era el Papa, y que entonces le pareció y tuvo por bueno aquello; pero que su padre le decía que el Papa no era sino un hombre como los demás, ni tenía más poder, y que aunque le pareció bien lo que su madre le decía, como nunca oyó hablar a otro de aquello y todos seguían la religión de los protestantes, le parecía mejor y la seguía; y que en Chile se confesó dos veces con un clérigo y un fraile, porque le querían ahorcar, y que ya veía que toda su vida había sido contra la religión del Papa y había ofendido a Dios en ello, siguiendo la de los protestantes y que lo eran todos los que venían en la dicha armada; y siendo proveído de curador, con su asistencia se ratificó con sus confesiones, y conforme a lo que tenía dicho respondió a la acusación, diciendo que había sido protestante y ya era católico; y siéndole nombrado abogado al mismo que era curador, fue la causa recibida a prueba, y siendo testificado por otro inglés su compañero de cárcel de que había dicho algunas cosas por las cuales parecía ser todavía hereje, y siendo acusado de ellas, lo negó todo, y lo mismo hizo en la respuesta de la publicación, refiriéndose en lo demás a sus confesiones, perseverando siempre en decir que sería y era católico, y creía y tenía la fe y religión de la Sancta Iglesia romana y en ella moriría, ratificándose siempre ante su curador; y habiéndose substanciado el proceso, fue la causa conclusa difinitivamente, y votada con ordinario y consultores, en conformidad fue admitido a reconciliación en forma en el auto público, y que sirva cuatro años en las galeras y al remo, sin sueldo, y que antes de ir a ellas esté recluso en un monasterio seis meses para ser instruido en las cosas de la fe católica, y que en ellos haga las penitencias que se le mandaren, y fueron el ir a las procesiones y misa y sermón, domingo y fiestas, a la iglesia mayor; y que acabados los cuatro años de galeras, tenga el hábito penitencial y cárcel seis años, donde se le señalare, y que, pasados, no salga de esta ciudad perpetuamente, sin licencia de este Santo Oficio. Salió al auto y fue reconciliado y está en el monesterio de San Agustín».

Era el tercero de los ingleses apresados, Guillermo Helis, que venía en la armada en calidad de grumete, de edad de diecisiete años cuando se comenzó su causa. A pesar de que el reo afirmó una y otra vez que desde que había estado en Chile tenía por buena la ley de los papistas, fue condenado en seis años de galeras, con hábito y cárcel perpetuas.

Salió también en este auto un francés llamado Nicolás Moreno, que hallándose en Chile y tratando, a cierto propósito, del poder grande que tiene un rey, como uno de los circunstantes le advirtiera que mayor era el del Papa, pues sacaba las ánimas del purgatorio y abría las puertas del cielo, Moreno le replicó: «ande, calle, que como esos papas habrá llevado el diablo y estarán en el infierno»; con lo cual los presentes se apartaron de allí escandalizados. Mandado prender por el Santo Oficio y conducido a Lima, expresó ser natural de Borgoña, de edad de cuarenta años y que se retractaba de todo corazón de lo que había dicho, lo que no impidió que fuese puesto a cuestión de tormento, que fue moderado, sin que en él añadiese nada de nuevo.

Salió al auto en forma de penitente, abjuró de levi y fue en seguida sacado a la vergüenza por las calles con voz de pregonero que publicase su delito.

Cuando concluyó la lectura de las causas de los reos eran ya, como hemos dicho, las once de la noche. A esa hora, el Virrey bajó del tablado para acompañar a los inquisidores hasta el Tribunal, habiendo sido éste «de los soblenes auctos y de más autoridad que se ha hecho en las Indias, según afirman los que se han hallado en muchos».

El próximo auto de fe que celebró el Tribunal del Santo Oficio de Lima tuvo lugar el domingo 17 de diciembre de 1595, habiendo sido, según lo asevera con evidente ponderación el inquisidor que lo preparó y llevó a cabo, «el más grande y de más extraordinarias causas que en esta Inquisición se ha hecho». Entre los numerosos reos que en él aparecieron, figuraron, como en el pasado, algunos corsarios ingleses que habían caído prisioneros. Pertenecían éstos a la expedición que encabezada por Ricardo Hawkins o Aquines, como decían los españoles, había partido de Plymouth a mediados del año de 1593.

Como es sabido, aquel audaz marino, después de haber hecho quemar una de sus naves y de habérsele desertado otra, con la sola que le restaba desembocó por el Estrecho de Magallanes en el Pacífico el 29 de mayo de 1594, y fue a fondear el 24 de abril en el puerto de Valparaíso, donde apresó cuatro barquichuelos mercantes y poco más tarde un buque que venía de Valdivia, que entregó a sus dueños mediante un moderado rescate, para hacerse luego a la mar. Pronto, sin embargo, el corregidor de la ciudad hizo alistar uno de aquellos mismos barquichuelos abandonados por el enemigo, y confiándole al capitán Juan Martínez de Leiva, lo despachó para el Callao a que fuese a llevar la noticia de hallarse en estas aguas el buque corsario, y tan buenos vientos soplaron al diligente emisario que llegaba allí en sólo quince días y antes de que Hawkins se hubiese aún dejado ver. Hubo el Virrey de aprestar sin tardanza una escuadra que confió a su cuñado don Beltrán de Castro y de la Cueva, quien el 2 de julio lograba, después de un encarnizado combate, apresar a la nave enemiga con toda su tripulación en la bahía de Atacames del reino de Quito. Los ingleses experimentaron bajas considerables, pero al capitular pactaron que se les tratase como prisioneros de guerra.

La noticia del combate de Atacames y prisión de Hawkins fue recibida en Lima por el Virrey Hurtado de Mendoza con regocijo extraordinario. «Llegaron los despachos del general español a esta ciudad de los Reyes, dice un testigo presencial, miércoles en la noche, a catorce de septiembre de este dicho año de 1594, que se celebraba la fiesta de la Cruz, de que es su excelencia devotísimo. Y a la misma hora fue al monasterio de San Agustín, donde visitó el Santísimo Sacramento y el crucifijo traído de Burgos, que está en una capilla de este convento, dando gracias por tan célebre e importante victoria; y por más regocijarla anduvo por las calles, acompañado de sus criados y de otros muchos caballeros y vecinos que acudieron con sus hachas encendidas; y el viernes siguiente por la tarde, demás de las gracias que en cada parroquia y convento en particular se habían dado, se hizo una muy solemne y general procesión que salió de la Catedral y que fue a Santo Domingo y a San Agustín; y el sábado se corrieron toros y se van haciendo otras fiestas y regocijos».

De los setenta y cinco hombres apresados, casi todos fueron destinados a las galeras de Cartagena, habiendo sido llevados a Lima sólo trece. Faltando al pacto solemne de su capitulación, en 5 de diciembre de ese año se les encerró en las cárceles secretas de la Inquisición, porque «por informaciones constó que eran herejes y que, como tales, habían robado a muchos españoles y hecho mucho daño en los puertos de estos reinos».

Eran los procesados: Juan Helix, de edad de cuarenta y cuatro años, natural de Pleuma (Plymouth), cristiano bautizado y confirmado y que había oído misa hasta la edad de doce años, sin haber nunca confesado ni comulgado, no se supo persignar ni decir la doctrina, a no ser el Pater noster y avemaría. Después de contar el discurso de su vida, a la primera monición que se le hizo, dijo que había seguido la secta de los protestantes y que nunca supo de otra religión que la que se enseñaba en Inglaterra, pero que si se le convencía que había alguna mejor que la suya, estaba presto a seguirla, como por las razones que se le daban lo haría con la católica. Púsosele, sin embargo, acusación de haber sido luterano y apostatado de la fe que recibiera en el bautismo siendo admitido a reconciliación con hábito y reclusión en un monasterio por diez años, debiendo acudir a las procesiones y a la misa mayor e ir todos los sábados en romería a una ermita.

Nicolás Hans, flamenco paje de Aquines, de quince años de edad, quien después de haber sido entregado a los jesuitas para su enseñanza, expresó que quería ser católico, y fue reconciliado con sólo dos años de hábito y otras prácticas saludables.

Juan Ullen, de dieciocho años, chirimía y criado del general, dijo haberse convertido en la cárcel por consejos de un español preso que le había enseñado las oraciones: recibió la misma pena que el anterior.

Herliz Arli (Arley) de la edad del precedente, fue condenado a lo mismo.

Richarte Jacques fue también recluso en la Compañía a causa de su poca edad.

Enrique Chefre, tonelero, de treinta años, que guardaba la religión que mandaba su Reina, manifestó que ignoraba por qué le habían preso, pues no sabía que hubiese religión católica, ni quería tampoco averiguar si ésta era contraria a la suya. Su abogado, viendo que no se dejaba convencer, se desistió de la defensa, llamando entonces el Tribunal a los jesuitas Juan Sebastián y Esteban de Ávila para que le catequizasen, declarando a poco Chefre que estaba ya convertido de corazón, lo que no le impidió llevar hábito y cárcel perpetuas y cuatro años de reclusión en un convento.

Richarte de Avis (Davis) de cuarenta y seis años, herrero, casado y con hijos en Londres, se afirmó en que había de ser protestante hasta morir; y como no le aprovechasen los consejos de los jesuitas, se le mandó echar un par de grillos, argumento que le fue de tanta eficacia que al día siguiente pidió audiencia para exponer que habiendo meditado durante la noche que acababa de pasar, pedía ser admitido en la Iglesia; siendo al fin condenado a la misma pena de Chefre.

Enrique Grin (Creen) que servía de condestable en la armada, de cuarenta años, cristiano bautizado y confirmado porque había nacido en tiempos en que eran católicos en Inglaterra, llevó sólo seis años de cárcel.

Los demás, Tomás Reid, que venía de trompeta, Tomás Gre (Gray), Francisco Cornieles, flamenco, y Hiu (Hugh) Carnix, maestre de la nave capitana, dieron defensas semejantes y sufrieron penas del mismo tenor, a excepción de Leigh que fue condenado en cárcel perpetua irremisible y por galeote al remo por tiempo de seis años.

Hawkins no tuvo tampoco mejor suerte. Procesado como los demás, hubo de convertirse al catolicismo, y cuando su causa se terminó el 17 de julio de 1595, hallábase tan enfermo que tuvo que ser trasladado a una celda del Colegio de los jesuitas, de donde salió al fin para ser puesto a disposición del Virrey, quien desde un principio había manifestado interés por él.

No habían, sin embargo, de ser éstos los últimos marinos extranjeros procesados por la Inquisición.

 

La Inquisición en España       Orígen y Desarrollo de la Inquisición       La Inquisición en las Indias       Los órganos administrativos       La financiación       Las Instrucciones

Los delitos       Las víctimas       Las penas       El Auto de Fe

Características del proceso penal inquisitivo       Fases del proceso penal inquistivo       La Quistion de Tormento

La Inquisición Medieval       Los cátaros       La brujería       El Santo Oficio actualmente       Bibliografía general

Website de Gabriel Bernat
Website de Gabriel Bernat