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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XIII de la Primera Parte

Capítulo XIII de la Primera Parte

Pedro Sarmiento de Gamboa en la Inquisición

Algunos antecedentes biográficos de Pedro Sarmiento de Gamboa. El arzobispo de Lima, como inquisidor ordinario, prende a Sarmiento. Declaración de éste. Causas de su prisión. Una tinta maravillosa. Los anillos astronómicos. Relaciones de Sarmiento con el dominico fray Francisco de la Cruz. Nuevo interrogatorio del reo. Respuesta a la acusación. Declaración de Francisco de Lima. Juramento que Gaspar de Losada hace a Sarmiento. Examen de Losada. Declaración de Juan de Velasco. El arzobispo de Lima condena a Sarmiento de Gamboa. Embárcase en una expedición para descubrir nuevas tierras. Disgustos cine sufre con este motivo. Sarmiento acompaña al virrey Toledo en la visita general del país. Recibe encargo de escribir la historia de los Incas. Es denunciado ante el Santo Oficio. Los inquisidores ratifican la sentencia del Arzobispo. Nueva prisión de Sarmiento. Explicación que hace a los inquisidores. A pesar de todo, es condenado a la vergüenza pública. Hácese a la vela con dirección al estrecho de Magallanes. Lo que hay de verdad acerca del proceso de Juan Fernández (Nota).

Cualquiera que sea la importancia que se atribuya a los procesos que venimos refiriendo, todos ellos están muy distantes de revestir el interés vinculado a la persecución que el Santo Oficio hizo a un hombre distinguidísimo que pertenece de lleno a la historia de Chile; nos referimos al famoso navegante Pedro Sarmiento de Gamboa.]

Sarmiento de Gamboa pertenecía a una familia que había servido siempre al Rey, habiendo él mismo desde muy joven seguido el ejemplo de sus antepasados.

Dotado de talento, cultivó las letras y especialmente las matemáticas y la astronomía, y después de servir al Soberano cinco años en Europa, pasó a las Indias, «donde contar las menudencias en que yo he servido a Vuestra Majestad, y aprovechado en esta tierra» expresaba más tarde al Monarca, «otros lo dirán».

Se hallaba en Lima a fines de 1564 y gozaba de gran reputación de astrólogo, cuando el arzobispo don fray Jerónimo de Loaisa, procediendo como inquisidor ordinario, le inició una causa de fe y desde luego lo metió en la cárcel.

Trátase en este caso de un asunto tan interesante y tan nuevo, que, fieles al sistema que nos hemos trazado, preferimos que hablen por nosotros los viejos papeles que en copia tenemos a la vista.

«E después de lo susodicho, en la ciudad de los Reyes, a dos días del mes de diciembre del dicho año de mil y quinientos y sesenta y cuatro años, u Señoría Reverendísima mandó parecer ante sí al dicho Pedro Sarmiento, del cual recibió juramento en forma de derecho, por Dios y por Santa María e poniendo la mano derecha sobre una cruz e un libro de los Sanctos Evangelios, so cargo del cual prometió decir verdad, e le fueron hechas las preguntas siguientes: Preguntado cómo se llama y [de] donde es natural y cómo se llamaron sus padres, dijo que se llama Pedro Sarmiento y que es natural de Alcalá de Henares, y que su padre se llamó Bartolomé Sarmiento y su madre María de Gamboa, que su padre era natural de Pontevedra en el reino de Galicia, y su madre de la ciudad de Bilbao en Vizcaya. Fue preguntado que tanto tiempo ha que está en esta tierra y por qué causa vino a ella e si ha residido en otra parte fuera de esta ciudad, dijo; que habrá que está en esta tierra siete años, poco más o menos, y que vino a buscar como ser aprovechado, como otros vienen, y que vino por Méjico y por Guatemala. Fue preguntado si tratando en esta ciudad con una persona ha dicho que sabía hacer cierta tinta, que si escribían con ella a alguna mujer querría mucho a la persona o personas que escribiese la carta, aunque antes le quisiese mal: dijo que hablando con este confesante una mujer que se llama la Payba, criada del conde de Nieva, visorrey que fue de este reino, sobre cosas necias y torpes de amor, preguntó la dicha Payba a este confesante si sabía alguna cosa para que la mujer quisiese bien al hombre, y este confesante dijo a la dicha Payba que había oído decir en España que se hacía una tinta que lo escripto con ella forzaba a la mujer que la leyese a querer bien al que se la enviaba, pero que no lo tenía por cierto ni lo había experimentado ni visto experimentar, ni pensaba hacello, porque lo tenía por vanidad y mentira, y así nunca lo hizo en este tiempo, ni supo de otro que lo hiciese, aunque dijo algunas cosas que había oído decir que llamaba la tinta. Preguntado, entre otras cosas que dijo, fue preguntado si pusieron algunas letras en los anillos dichos y qué letras son, y si cuando se hicieron había interrución en las martilladas y si se acabaron en el mismo día que se empezaron: dijo que en los dichos anillos pusieron ciertas letras y nombres y caracteres astronómicos y que los nombres no están en lengua latina sino en caldea, y que son nombres santos, conforme al libro donde está la fábrica de los dichos anillos, y el vocabulario quinque linguae, y que este confesante no tiene de memoria todos los dichos nombres ni caracteres, más de que son los que en el dicho libro están y que en el fabricar de los dichos anillos, no hubo más interrución en las martilladas de cuanto se esperaba la hora del planeta del dicho anillo, y que no se acuerda si se acabaron en un día. E luego S. S. R. mostró al dicho Pedro Sarmiento, dos anillos de oro para que conozca si son los susodichos, e habiéndolos visto el dicho Pedro Sarmiento, dijo que le parece que los dichos anillos son los que este confesante mandó hacer al maestro Duarte, e que por ellos los tiene, porque cotejados con los que están figurados en el libro, tienen las mismas letras y caracteres y fábrica; y Su Señoría mandó al dicho Pedro Sarmiento si tenía el dicho libro lo exhiba. El dicho Pedro Sarmiento exhibió ante Su Señoría dos cuadernillos escritos en pergamino, de marca menor, que el uno tiene siete hojas escritas de mano y una hoja blanca, y el otro tiene dos hojas de mismo tamaño, donde están dentro figurados los dichos anillos y por de fuera escritos ciertos renglones que comienzan: hic anullus y acaban explici consecrato, y el otro comienza benedicante y acaba seculorum secula, amén. Y asimismo exhibió en un papelillo una figura de otro anillo que tiene escrito encima «tercero», y exhibió un anillo de plata con ciertas letras y caracteres, que dijo ser del planeta Marte, el cual anillo y cuadernillos, el dicho Pedro Sarmiento dio espontáneamente, y que estos dichos cuadernos, confesándose en España con los dichos y últimamente en esta ciudad con fray Francisco de la Cruz, los mostró a los dichos confesores y le permitieron que los pudiese tener, con tal condición que en ello no hubiese otra cosa sospechosa más que las reglas naturales por donde se hacen, según matemáticas. Fuele preguntado si al tiempo que el dicho platero hizo los dichos anillos, este confesante hacía algunos movimientos con los ojos o con las manos o otra parte de su cuerpo y decía algunas palabras y qué palabras eran. Dijo que no hacía movimiento ninguno aplicado ni enderezado a la obra de los anillos, ni decía palabras para el dicho efecto, más de dar prisa para que se acabasen presto, e que esto es la verdad para el juramento que hizo, e siéndole leído este su dicho de verbo ad verbum, dijo que en ello se afirma e ratifica, e que es ansí como lo tiene declarado y si es necesario lo dice de nuevo, e que si en alguna cosa de las susodichas ha errado, no ha sido de malicia, ni con [217] intento de errar contra nuestra santa fe católica ni la Iglesia, e somete a la corrección y penitencia que Su Señoría le pusiese, y pide como fiel cristiano se use con él de misericordia, a lo cual lo estuvieron presentes los reverendos padres fray Francisco la Cruz, de la orden de Santo Domingo, e fray Juan del Campo, de la orden de San Francisco; fuele encargado el secreto, so pena de perjuro e de las demás penas en que incurren los que revelan cosas tocantes al Santo Oficio de la Inquisición, el cual dijo que lo guardará e firmó. -Fray Hieronimus Archiepiscopus los Reyes. -Pedro Sarmiento.

«E después de lo susodicho, en la dicha ciudad de los Reyes, a seis días del mes de diciembre del dicho año de mil e quinientos y sesenta y cuatro años, S. S. R. mandó pacer ante sí al dicho Pedro Sarmiento, al cual, debajo del juramento que tiene hecho, le preguntó qué papeles dio al dicho conde de Nieva y qué iba escrito en ellos y para qué efecto, dijo e el libro de los anillos, etc. Entre otras cosas fuele preguntado si ha manifestado los libros que tiene, así el cuaderno de la fábrica de los anillos, como los demás, después que vino el catálogo e se han leído en esta Santa Iglesia cartas de excomunión; dijo que antes y después que veniese el dicho catálogo los ha manifestado ante las personas que por Su Señoría estaban nombradas para examinar los libros, y que en lo tocante al cuadernillo particularmente lo mostró a fray Francisco de la Cruz y lo tuvo en su poder dos o tres días para vello y examinar si se podía tener, y confesándose este confesante con el dicho fray Francisco, sobre el negocio, se lo volvió a dar a este confesante, diciendo e aquellas eran cosas naturales, y como no hubiere otra cosa superstición o pacto del demonio, que le parecía que lo podía tener.

«En los Reyes, a tres días del mes de enero de mil e quinientos y sesenta y cinco anos, ante S. S. R. la presentó. -Pedro Sarmiento».

«Ilustrísimo y reverendísimo señor. -Pedro Sarmiento respondiendo al cargo y cabeza del proceso que Vuestra Señoría Ilustrísima mandó hacer contra mí, en que, en efecto, dice haber yo hecho unos anillos y dado industria para hacer cierta tinta, etc., digo: que Vuestra Señoría Ilustrísima me ha de dar por libre y quito de lo contenido en el dicho cargo, por lo siguiente; lo primero, etc., y entre otras cosas dice: Demás, de lo cual, después de otras muchas confesiones que sobre el caso hice con varones de ciencia y conciencia y me fue permitido, últimamente me confesé sobre ello con fray Francisco de la Cruz, varón de grandes letras y cristiandad, el jubileo pasado de Santa Ana, y me dio parecer sobre ello, que lo podía hacer, como tengo dicho, y dandome penitencia, la cual yo cumplí, me absolvió, y después acá no he más entendido en ello ni he fecho otro anillo ni figura alguna de que después de la confesión pueda ser acusado, así que por lo dicho está claro yo deber de ser absuelto y dado por libre. -Pedro Sarmiento».

«E después de lo susodicho en la dicha ciudad de los Reyes a veinte y nueve días del dicho mes de enero del dicho año de mil y quinientos y sesenta y cinco, para más averiguación de lo susodicho, S. S. R. mandó parecer ante sí a Francisco de Lima, secretario que fue del señor conde de Nieva, visorrey que fue de este reino, del cual tomó e recibió juramento en forma de derecho, por Dios e por Santa María e por una señal de cruz, en que puso su mano derecha en un libro de los Santos Evangelios, so cargo del cual prometió de decir verdad. Fuele preguntado cómo se llama e de donde es natural; dijo que se llama Francisco de Lima, e que es natural de la villa de Castro Carbón, que es del conde de Alba de Liste, en el reino de León. Fuele preguntado si conoce a Pedro Sarmiento e de qué tiempo a esta parte; dijo, etc., y entre otras cosas que le fueron preguntadas dijo: que podrá hacer seis o siete meses que el dicho Pedro Sarmiento mostró a este testigo una sortija que traía en la faltriquera, envuelta en un papel, con ciertas señales, y preguntándole este testigo que para qué era aquella sortija, le respondió el dicho Pedro Sarmiento, a lo que se quiere acordar, que aquella sortija él la había hecho por arte de astrología y que era buena para los que entrasen en batallas o en rencillas, y que había hecho otras dos, y que le parece a este testigo que le dijo que las había dado al conde de Nieva, y que las unas y las otras las había hecho a su instancia, y que este testigo le respondió que mirase lo que hacía porque aquellas eran cosas que parecía que no sonaban [219] bien, y el dicho Pedro Sarmiento le respondió a este testigo que él había tratado lo que sobre ello hacía con fray Francisco de la Cruz, de la orden de Santo Domingo, queriéndose confesar con él, y que el dicho fray Francisco de la Cruz le había respondido que aquello se podía bien hacer, conforme a los papeles que el dicho Pedro Sarmiento cerca de ello le había mostrado, y que otros ciertos papeles que junto con ellos le había mostrado el dicho Pedro Sarmiento los había quemado por haberle dicho el dicho fray Francisco de la Cruz que los quemase; que este testigo le reiteró muchas veces que mirase si era así, y el dicho Pedro Sarmiento, con juramento, le respondió muchas veces que sí era verdad, e que así este testigo, por tenelle por hombre de bien, hidalgo y de verdad, y por tener al dicho fray Francisco por hombre docto, se aseguró y lo dejó estar hasta que después, desde ahí a algunos días, el dicho Pedro Sarmiento rogó a este testigo que le trasladase unos papeles, sin decille que eran los que dicho tiene, y este testigo le dijo cautelosamente que se haría, y los trasladó, con intención de mostrallos a Su Señoría y al padre fray Francisco de la Cruz o fray Juan del Campo, para que viesen si aquella era cosa buena o mala, porque este testigo no lo entendía ni lo entiende, por estar en lenguas diferentes de las que este testigo entiende; e que faltándole poco para acabar el dicho traslado, una mañana, yéndose el dicho Pedro Sarmiento al Cuzco, entró en casa de este testigo, y sin verlo este testigo, le tomó todos los dichos papeles, así los que trasladaba como los demás de donde sacaba el dicho traslado, y se los llevó, por lo cual este testigo no pudo conseguir el fin que tuvo de mostrallos a S. S. R. y demás personas susodichas; y en cuanto toca al efecto de los otros dos anillos que le dijo que había dado al Conde, le parece que el dicho Pedro Sarmiento le dijo que era el uno para haber gracia con príncipes y otras personas principales y el otro para tratar con mujeres y haber gracia con ellas; y que también le parece que oyó decir al dicho Pedro Sarmiento que había hecho una patena para don Juan de Velasco, no sabe para qué efecto, y que no sabe más cerca de esta pregunta, y que no vio la dicha patena. E después de lo susodicho en primero día del mes de febrero del dicho año, S. S. R., prosiguiendo la dicha confesión, preguntó; al dicho Francisco de Lima si sabe o ha oído [220] decir que en poder de otra alguna persona más del dicho Pedro Sarmiento estén o hayan estado alguno de los dichos dos cuadernillos de pergamino o papel o traslado de ellos, etc. Entre otras cosas dijo, etc. Preguntado si pidiendo los dichos anillos al dicho licenciado para el dicho don Juan de Velasco o para el dicho Sarmiento, dijo este testigo al dicho licenciado que le daría prendas de esmeraldas o otras joyas para seguridad de que le volvieran los dichos anillos, y podría dar uno, y después que hobiesen visto aquél, se le volviesen, e si los quisiese vender se los pagarían muy bien; dijo que, como dicho tiene, este testigo procuró, a instancia de los susodichos, por muchos medios, de sacar al dicho licenciado León los dichos anillos, y que le parece que le ofreció prendas por ellos, e pidió uno de ellos, y que después de visto uno, se le volverían y él daría otro, e así por su orden hasta que todos tres fueran vistos y le fuesen vueltos; e que en lo tocante a la venta, que no se acuerda este testigo habello tratado con él, y que esto es para el juramento que hizo. Siéndole leído este su dicho de verbo ad verbum, dijo que es así como dicho tiene y que en ello se afirma e ratifica e si es necesario lo dice de nuevo, a lo cual estuvo presente el padre fray Francisco de la Cruz, y S. S. R. mandó al dicho Francisco de Lima que tenga secreto de lo que ha dicho y ha sido preguntado, y que directa ni indirectamente no lo diga a persona alguna, so cargo el juramento que tiene hecho y de descomunión mayor. El dicho Francisco de Lima dijo que ansí lo cumplirá. E luego el dicho Francisco de Lima dijo a S. S. R. que él no había venido a declarar esto, por saber y entender que estaba remediado, y que la orden que se había tenido en el remedio de ello era esta: que este testigo y el dicho Gaspar de Losada trataron este negocio, y de un acuerdo fue el dicho Gaspar de Losada a comunicallo con el dicho padre fray Francisco de la Cruz, que está presente, antes que el dicho Pedro Sarmiento fuese preso, y el dicho fray Francisco de la Cruz dio una cédula firmada de su nombre, la cual vio este testigo, en que decía, no nombrando partes en ella, que pidiendo a la parte que tenía los papeles sospechosos, que en presencia de la parte que tenía, el escrúpulo quemase los dichos papeles y que después le jurase que no tenía más, y que adelante no usaría más de ello, y que haciéndose esta diligencia bastaba para no ser obligado a denunciallo a Su Señoría; y que así el dicho Gaspar de Losada hizo la dicha diligencia de esta manera; que trajo al dicho Pedro Sarmiento a la iglesia del Hospital de Santana y le juró en el ara consagrada de quemar los dichos papeles y de no usar más de ellos en ningún tiempo, y que después el dicho Pedro Sarmiento dijo al dicho Gaspar de Losada y también a este testigo, que había quemado los dichos papeles, como lo había jurado, y que por esta causa este testigo, y asimismo por haber leído en el memorial del doctor Navarro, donde trata de los testigos, que sabiendo un delito y sabiendo después que está remediado, no está obligado a denunciarlo, aunque el juez mande en común que se denuncien los tales delitos, no vino este testigo a denunciar a Su Señoría lo susodicho, etc. Firmó de su nombre. -Fray Hieronimus Archiepiscopus de los Reyes. -Francisco de Lima.

«E después de lo susodicho en trece días del mes de marzo de dicho año, S. S. R. continuando la declaración del dicho Gaspar de Losada, preguntó al dicho Gaspar de Losada por qué causa este testigo no vino a denunciar ante Su Señoría de las cosas susodichas, pues que le parecían mal y lo reprendía al dicho Sarmiento, dijo; que es ansí que le parecía mal lo que el dicho Pedro Sarmiento decía y trataba, y que por tenerle por hombre honrado quiso primero este testigo dar parte de ello al padre fray Francisco de la Cruz, por ser letrado, para que le aconsejase lo que estaba obligado a hacer; así, fue este testigo al dicho fray Francisco de la Cruz y le dio cuenta de lo que él había entendido y sabía del dicho Sarmiento, y le preguntó que qué le aconsejaba que hiciese, si lo iría a decir al Arzobispo, o si bastaba que el dicho Sarmiento quemase todos los papeles que tenía, o qué haría este testigo en este caso, porque él quería cumplir con Dios y con su conciencia. El dicho fray Francisco de la Cruz le dio una cédula firmada de su nombre de lo que sobre el dicho negocio había de hacer, de la cual hizo presentación, y Su Señoría mandó se ponga en este proceso, e conforme al parecer del dicho fray Francisco y cédula susodicha, este testigo vino al dicho Sarmiento para que él quemase los dichos papeles y jurase conforme al dicho parecer, y el dicho Sarmiento dijo a este testigo que quién le metía en hacer tantas diligencias, y este testigo le dijo: «vos, mi amigo sois; mas más quiero a Dios que a vos, ni a mi madre, ni a todo mi linaje, y concluí, porque yo me voy derecho al Arzobispo a decírselo», e así el dicho Pedro Sarmiento dijo a este testigo: «pues yo haré todo lo que vos quisiéredes y haré juramento». E así ambos a dos juntos se vinieron a esta iglesia del hospital de Santa Ana y se fueron a un altar, y el dicho Pedro Sarmiento puso la mano encima de una ara que en el dicho altar estaba y juró a Dios y a aquella ara consagrada de no usar para siempre jamás de lo de los anillos ni de los dichos papeles, y quemar todos los dichos papeles, y este testigo le dijo: «pues quema luego los papeles»; y el dicho Sarmiento dijo: «yo los quemaré, que ya lo tengo jurado»; y este testigo por no se satisfacer mucho de esto, volvió al dicho fray Francisco de la Cruz y le dijo lo que había pasado con el dicho Sarmiento y del juramento que había hecho y si estaba este testigo obligado a más, porque lo haría, y el dicho fray Francisco de la Cruz le dijo que bastaba aquello, que con ello estaba este testigo descargado y no tenía obligación [de] hacer más en ello, y por esta causa no lo vino a denunciar a Su Señoría. Fuele preguntado si estuvo alguna otra persona presente al tiempo que el dicho Pedro Sarmiento hizo el dicho juramento; dijo, que no más de este testigo y el dicho Sarmiento. Fuele preguntado si Francisco de Lima se halló presente al dicho juramento, más [de] que entre este testigo y el dicho Francisco de Lima se trató de los dichos papeles de que era bien decillo a Su Señoría, y este testigo dijo al dicho Francisco de Lima: «yo lo he comunicado ya con fray Francisco de la Cruz, y me dio este papel»; que es el que tiene presentado, firmado del dicho fray Francisco de la Cruz; y este testigo dijo al dicho Francisco de Lima: «voy con Sarmiento a la iglesia de Santa Ana para que jure»; así vinieron, como dicho tiene, e el dicho Pedro Sarmiento hizo el dicho juramento, y después este testigo preguntó al dicho Pedro Sarmiento si había quemado los dichos papeles, y el dicho Pedro Sarmiento dijo que ya los había quemado. Fuele preguntado si al tiempo que preguntó al dicho Sarmiento si había quemado dichos papeles, si estaba presente el dicho Francisco de Lima o otra persona alguna; dijo, que no estuvo presente el dicho Francisco de Lima ni otra persona, a lo que este testigo se acuerda, más que este testigo y el dicho Sarmiento que estaba entonces preso en la cárcel de Su Señoría. Fuele preguntado por qué razón tuvo este testigo por malo lo contenido en los dichos papeles o quién le dijo que aquellos papeles e los anillos era cosa mala y prohibida. Dijo que cuando el dicho Sarmiento le dio a este testigo los dichos papeles y le dijo que por allí verla cómo habrá de hacer el anillo, este testigo, le dijo: «para qué quiero yo eso; decidme qué ha de obrar el anillo, o qué efecto tiene, o quién le ha de dar esa virtud»; y el dicho Sarmiento dijo: «habéis de salir fuera del pueblo y hacer un cerco y dejalle una puerta»; a lo que se acuerda, dijo que la puerta había de dejar hacia donde sale el sol, y tener en la una mano el anillo y en la otra los papeles y leer lo que estaba escrito en ellos, y que había de estar firme y tener corazón y no tener miedo; y este testigo le dijo; «¿pues qué me ha de aprovechar todo eso?» y el dicho Sarmiento le dijo: «habéis de tomar un espejo y metelle dentro en el cerco debajo de la tierra»; y, a lo que se acuerda, le dijo que después de ciertos días o horas, sacase el espejo y que allí vería lo que quería saber y preguntar, y que este testigo al tiempo que esto le decía le daba en el alma que era malo y no lo hizo ni pensó hacello, sino que le preguntó al dicho Sarmiento, para saber lo que era, porque tenía sospecha y le parecía malo, y para saber lo cierto y dar cuenta a Su Señoría lo hizo, e así fue, como dicho tiene, al dicho fray Francisco, a dalle cuenta de ello; y que esto que dicho tiene le dijo el dicho Sarmiento la misma noche que le dio los dichos papeles, y asimismo le dijo el dicho Pedro Sarmiento que a la mañana antes que fuese daría a este testigo, o le enviaría aquella noche, una oración y que por aquella oración diciendo, a lo que se acuerda, a esto del decilla, le vendrían luego revelaciones que holgaría este testigo de sabellas, y así esperó este testigo hasta otro día por la mañana para ver si le traía o enviaba la dicha oración, y por esta causa no le dio los dichos papeles, después que le había dicho lo del espejo y lo demás por esperar para cogelle la dicha oración, y así otro día, como dicho tiene, cuando el dicho Sarmiento se iba al Cuzco, le dio los dichos papeles y nunca le dio ni envió la dicha oración, y por esta causa lo tuvo este testigo por malo. Fue preguntado si el dicho Sarmiento dijo a este testigo de qué tamaño y por qué forma había de hacer el dicho cerco, y si había de decir algunas palabras al tiempo que le hiciese; dijo que no se acuerda si le dijo algo cerca de lo que le es preguntado, porque como su intento de este testigo no era para hacello sino para sacar del dicho Sarmiento cómo se hacía, para decillo a Su Señoría, no estuvo atento a ello, e que esta es la verdad para el juramento que tiene hecho, y que no sabe otra cosa, y si se le acordare, lo verná a manifestar a S. S. R., e siéndole leído este su dicho de verbo ad verbum, se afirmó e ratificó en ello, e dijo ser así la verdad; fuele encargado el secreto, so pena de perjuro e de las demás penas en que incurren los que revelan cosas tocantes al Santo Oficio, el cual dijo que así lo hará, y firmolo. -Gaspar de Losada. -Fray Hieronimus Archiepiscopus de los Reyes».

«E después de lo susodicho, en la dicha ciudad de los Reyes, a treinta días del mes de enero de mil e quinientos y sesenta y cinco años, S. S. R. mandó parecer ante sí a don Juan de Velasco, estante en esta ciudad, del cual tomó e rescibió juramento en forma de derecho, por Dios e Santa María, e por una señal de cruz, sobre que puso su mano derecha, sobre un libro de los Santos Evangelios, so cargo del cual le fueron fechas las preguntas siguientes: Fue preguntado cómo se llama; dijo que don Juan de Velasco. Fuele preguntado si conoce a Pedro Sarmiento y de qué tiempo a esta parte, y al licenciado Juan de León, cirujano, y si ha tenido comunicación con ellos. Dijo que los conoce de muchos días a esta parte y que los trató. Fuele preguntado si supo o oyó decir que el dicho Pedro Sarmiento haya hecho, en esta ciudad, algunos anillos de oro o de plata por arte de astrología o otro arte diferente de la que los otros oficiales suelen labrallos; dijo que es verdad que el dicho Pedro Sarmiento dijo a este testigo que por la cuenta de la astrología y signos y planetas del cielo y cosas naturales se hacían unos anillos, y que el dicho Sarmiento los sabía hacer, y dijo a este testigo el dicho Pedro Sarmiento, que él los había hecho. Fuele preguntado si el dicho Sarmiento, o otra persona alguna, ha dicho a este testigo para qué efecto son los dichos anillos, y si sabe o ha oído decir para quién los hizo y cuántos. Dijo que al dicho Pedro Sarmiento oyó decir que los anillos que se suelen hacer son tres, y que los dos son para ganar voluntades de gentes y el otro para las armas, y que las voluntades que con ellos se habían de ganar es de hombres y mujeres, y que no sabe este testigo determinadamente para quién los hizo. Y luego Su Señoría mostró al dicho don Juan de Velasco dos anillos de oro y otro de plata para que conozca si son éstos los que el dicho Pedro Sarmiento le dijo que había hecho, e vistos por el dicho don Juan de Velasco, dijo que le parece que son ellos mismos en la hechura y caracteres que en ellos están, e que los de oro tuvo este testigo en su poder y los dio al padre fray Francisco de la Cruz, que está presente; y preguntado dijo otras cosas, etc. Fuele preguntado si supo o oyó decir que el dicho licenciado Juan de León tuviese unos anillos, y para qué efecto eran, y si este testigo o otra persona por él los pidió al dicho licenciado León; dijo que el dicho licenciado León dijo a este testigo que tenía tres anillos, y que el dicho licenciado dijo que no sabía de cierto para que eran, sino que curando aquí, el dicho licenciado, un hombre se los había dado por muy gran cosa, y el dicho licenciado León dijo a este testigo que le había dicho que los había hecho fray Yedoco, fraile francisco, y que este testigo los pidió algunas veces al dicho licenciado, e le echó otras personas que se los pidiesen, y que este testigo se los pagaría bien si se los diese, y el dicho licenciado no los quiso dar, ni este testigo los vio nunca. Fuele preguntado si ha tenido y tiene en su poder un libro que trata de la fábrica de estos anillos o otro alguno que trate de cosas semejantes; dijo, etc., y que esto es la verdad para el juramento que hizo, e siéndole leído este su dicho de verbo ad verbum, dijo que es así como lo tiene dicho, e que en ello se afirma y si es necesario lo dice de nuevo, e que no sabe que ninguna persona tenga los dichos cuadernos ni traslado de ellos: encargósele el secreto por Su Señoría, so pena de perjuro y de incurrir en sentencia de excomunión mayor, el cual dijo que lo cumplirá, y lo firmó. -Don Juan de Velasco. -Fray Hieronimus Archiepiscopus de los Reyes».

No consta con precisión la fecha en que comenzara el proceso contra Sarmiento de Gamboa; pero lo cierto es, como hemos visto, que el día 2 de diciembre de 1564 el arzobispo Loaisa le tomaba su primera declaración. Seis meses más tarde, en 8 de mayo del año siguiente, el Metropolitano reunía algunos jesuitas y teólogos, entre quienes se contaba al mismo fray Francisco de la Cruz, destinado a tan triste suerte, y después de examinar el proceso, le condenaban a que oyese una misa en la iglesia mayor, «en cuerpo y con su candela, en forma de penitente, y en destierro de todas las Indias de Su Majestad perpetuamente para los reinos de España, el cual saliese a cumplir luego que le fuese mandado, y que hasta tanto que le saliese a cumplir, estuviese recluso en un monasterio e ayunase los miércoles y viernes de cada semana, y que no tuviese libros ni cuadernos, de mano ni de molde, que contuviesen las cosas sobredichas, y que abjurase de levi».

Un Inquisidor que vio los autos originales del proceso, añade que Sarmiento debía rezar los siete salmos penitenciales en días de ayuno, y que el convento que se le señaló para su encierro fur el de Santo Domingo.

El reo, sin embargo, cuatro días después de habérsele notificado la sentencia, apeló de ella para ante Su Santidad; pero el 24 de ese mismo mes de mayo hacía la abjuración y oía la misa que se le había ordenado. Poco más tarde obtenía del Arzobispo que le alzase la reclusión, le conmutase el destierro, dándole la ciudad por cárcel, y licencia por seis meses para ausentarse al Cuzco y otras partes, plazo que luego se le prorrogó por todo el año de 1567.

Sarmiento, después de todo esto, debía sentirse deseoso de respirar otro aire más puro. Ese mismo año de 1567, en efecto, dice él, «como supe de muchas tierras incógnitas hasta mí no descubiertas en el Mar del Sur, por donde muchos habían procurado arrojarse y nunca se habían atrevido, y lastimándome de que tan gran cosa como allí hay se perdiese por falta de determinación, di dello noticia al licenciado Castro, gobernador que a la sazón era deste reino del Perú, ofreciéndome a descubrir muchas islas en el Mar del Sur, si favorescía para ello».

No es de este lugar referir la historia de esa expedición, que, confiada a Álvaro de Mendaña, por obligar a Castro, según refiere Sarmiento, a que favoreciese con más calor el negocio, se hizo a la vela desde el Callao el 19 de noviembre de ese año de 1567, llevando Sarmiento el mando de la nave capitana; ni las enemistades que en el curso de la navegación mediaron entre ambos jefes y por las cuales le quisieron matar; ni de los descubrimientos que se hicieron; ni de cómo, contra el parecer de Sarmiento, que quería regresar por la parte del sur, dieron la vuelta por la costa de Nueva España, yendo a parar, después de grandes tormentas, a Cibola y Quivira, en treinta y tres grados de la banda del norte, reuniéndose, por fin, con Mendaña, que le había dejado abandonado en el puerto de Colima.

Sarmiento trató allí de informar al Rey de lo que pasaba, pero Mendaña le prendió, le tomó todos los papeles, relaciones y cartas y los rompió; y cuando luego, sin desalentarse por eso, renovaba su tentativa de levantar una nueva información en el puerto del Realejo en Nicaragua, «yendo yo a dar dello razón a vuestro Gobernador, once leguas de allí, dice al Soberano, se hizo a la vela huyendo y me dejó y me trajo mi hacienda y se vino al Perú, e yo quise ir a dar razón a Vuestra Majestad a España desde Nicaragua, mas dejélo de hacer porque a la sazón vino don Francisco de Toledo por visorrey, al cual fui a ver al Perú y a dalle cuenta en vuestro real nombre de todo lo sucedido en la jornada».

Queriendo en seguida marcharse a España a dar formalmente cuenta al Rey de lo sucedido, Toledo dispuso que le acompañase en la visita general del país, llegando con él hasta el Cuzco, ocupado especialmente en «dar traza en las reducciones de los indios, conforme al antiguo y moderno sitio, sacando la descripción particular de todo y haciendo la historia de los Ingas».

Hablando de esta materia expresaba el Virrey en carta que escribía a su Soberano, habría deseado que «las descripciones y libro de tablas dellas de cosas de las Indias, me paresció que se hiciese en forma tan grande y junta que lejos pudiésemos mejor comprendella. Esta, placerá a Dios, que yo lleve a Vuestra Majestad habiendo [228] acabado de pasear esta tierra con el hombre más hábil desta materia que yo he hallado en ella».

Tal era la opinión en que Sarmiento de Gamboa se hallaba en el ánimo de don Francisco de Toledo, y tales las atenciones que le ocupaban en los años de 1572-1573. Por el mes de noviembre de este último se presentó en el Santo Oficio, dice el visitador del Tribunal Juan Ruiz de Prado, un cuaderno de papel, escrito en doce hojas, que era del dicho Pedro Sarmiento, por el cual quiso probar que ciertos anillos astronómicos que él hacía para diversos efectos tenían virtud natural y que no eran sospechosos ni supersticiosos y que el autor de ellos no debía ser castigado. Dos testigos le acusaron también de haber dicho que el Evangelio no estaba suficientemente promulgado en España; y, por fin, «hay información, decían los inquisidores, que el dicho Pedro Sarmiento fue azotado públicamente en Nueva España, en la Puebla de los Ángeles, porque había hecho y ordenado una estatua con un sambenito y una sentencia en forma contra un Diego Rodríguez de la Puebla, vecino y encomendero de aquel pueblo, a intercesión de unos sobrinos del obispo de Tlaxcala, que estaban mal con el dicho vecino, e que por la dicha sentencia condenaba por el Santo Oficio de la Inquisición a ser quemado el dicho vecino».

Tales hechos, sin embargo, si bien eran graves en concepto de los jueces, les importaba todavía más hacer valer el anterior proceso del reo para acompañarlo a la causa contra fray Francisco de la Cruz. Pidieron, en consecuencia, la causa al Arzobispo, quien se la envió en 22 de enero de 1574 «la cual vista por nos, pareció que para le examinar cerca del negocio de fray Francisco de la Cruz y para ratificarse en su dicho y para que saliese desta tierra a cumplir el destierro, por parecernos cosa peligrosa dejalle en ella, le mandamos parecer en este Santo Oficio personalmente, el cual a la sazón que llegó nuestro mandamiento estaba en servicio del señor Visorrey, que entraba contra los chiriguanes, y el señor Visorrey nos escribió que tenía de él necesidad para aquella jornada, y que él le enviaría acabado el negocio, y el Pedro Sarmiento nos escribió sobre ello, y así sobreseímos el negocio, e agora que han ya salido, tenemos escripto a nuestro comisario que le prenda y le envíe preso, y que primero dé parte dello al señor Visorrey para que si le quisiese enviar a este Santo Oficio, le envíe, como nos escribió, y si no, con licencia de su excelencia, le prenda y le envíe».

«En el proceso de Pedro Sarmiento de Gamboa, continúan los inquisidores, del cual tenemos dada noticia a Vuestra Señoría, habemos entendido porque salido que hubo de los chiriguanes, do había ido en busca del señor Visorrey, se le notificó un nuestro mandamiento para que pareciese ante nós personalmente, y, parescido, fue metido en las cárceles, porque de más de lo que había dicho, escribimos que había contra él sobrevenido cierta probanza, por la cual parece que mirando a una mujer las rayas de las manos, le dijo que por su causa habían de matar, en este reino, dos personas; y que tratando y hablando con ciertas personas de letras, una de las cuales dijo que había opinión o que no sabía si estaba publicado suficientemente el Evangelio a estos indios del Perú hasta agora, porque no había habido predicadores que en su lengua se lo pudiesen declarar; a lo cual el dicho Pedro Sarmiento respondió que no había que dudar de aquello en el Pirú, pues en España, a cabo de tantos años, no estaba el Evangelio suficientemente promulgado o predicado; y reprendiéndole dello cierta persona de letras, respondió que él entendía bien lo que decía, mejor que la dicha persona, y que los entendimientos tan toscos como el suyo habían menester maestros y escuelas, que él con su entendimiento y felicidad de memoria sabía eso y mucho más, y lo había estudiado; hízosele de todo cargo y él estuvo negativo».

No consta de los antecedentes que hemos podido consultar, ni el visitador Ruiz de Prado menciona tampoco, la fecha en que Sarmiento fue encerrado esta segunda vez en la cárcel; pero tratándose de hacer valer sus deposiciones contra fray Francisco de la Cruz, aparece que en 18 de noviembre de 1575 el inquisidor Cerezuela «mandó traer de las dichas cárceles al dicho Pedro Sarmiento» y que allí se le citaron los pasajes de su proceso en que mencionaba a Cruz. Entre éstos, merece notarse el siguiente, en que Sarmiento explica lo que se contenía en el cuaderno de que tanto caudal se hacía contra él. «Digo, expresaba, que en el dicho cuaderno de que el fiscal me hace cargo, en su primer capítulo, ninguna cosa puse de mi cabeza, mas de traer ejemplos de propiedades de piedras y yerbas naturales, y por no ser conocidas vulgarmente de todos, causan admiración, y aún vienen a ser tenidas de algunos por sospechosas, siendo naturales, y de la influencia de las estrellas; y en el postrer capítulo puse los lugares de los que tratan de los anillos, para mostrar cómo por lo que los autores tales escriben, yo los tenía por naturales, y para mi disculpa, y no para más, llevé el dicho cuaderno al señor Arzobispo, Su Señoría me mandó que lo llevase a fray Francisco de la Cruz y a fray Juan del Campo, y al doctor Cola María, y al licenciado Falcón, que eran consultores y asesores del señor Arzobispo; y el doctor Cola María, como persona que entendía astrología, lo aprobó por bueno, y me dijo que lo que en el cuaderno estaba escrito era verdad, y probaba con ello mi disculpa bastantemente, y que no ternía de qué temer; y fray Francisco de la Cruz, después de algunos días que lo había visto, escribiéndole yo la aflición en que estaba porque el Arzobispo había dicho que para mí no había de haber más leyes de las que él quisiese, me escribió una carta en que me decía que no tuviese pena, que él se hacía cargo dello y lo sacaría a luz; y fray Juan del Campo, después que yo le llevé el cuaderno, me escribió otra carta diciéndome que pues en ello no había herejía ni especie de ella, ni error alguno en cosa de fe, que no tenía de qué tener pena, y esto me aseguró que yo no recusase al señor Arzobispo. Estas dos cartas, se me perdieron en una tormenta, a la vuelta de las islas, con otros muchos papeles, etc. Todo lo cual pasó ante mí. -Eusebio de Arrieta, secretario».

Terminada al fin la causa, sin que hubiese, dicen los inquisidores, prueba de lo que el reo había sostenido acerca de la promulgación del Evangelio, vista en consulta por el ordinario y consultores fue votada en que «saliese a cumplir el destierro que le fue mandado por la sentencia del Arzobispo, que estaba por ejecutar [en] cuanto al destierro destas Indias; «a que oyese una misa rezada un día de entresemana, en pie y en cuerpo, con una vela, en forma de penitente; que abjurase de levi en la sala de la Audiencia, y, por fin, que fuese sacado a la vergüenza».

Sarmiento de Gamboa no se conformó con esta resolución; pero, vista la sentencia en grado de apelación, se confirmó, librándole, por fortuna, de la vergüenza.

Después de su primer proceso, Sarmiento de Gamboa se había hecho al mar en busca de tierras desconocidas.

Condenado esta segunda vez, el Virrey y la Audiencia le elegían, en 7 de agosto de 1579, «por la experiencia que se sabe que tiene de la mar y de las navegaciones dellas», para que fuese a descubrir el estrecho de Magallanes que acababan de surcar atrevidos piratas extranjeros, «y verle y medirle y saber cómo corre yen qué grados está...».

La poca suerte que hasta entonces había tenido iba a acompañarle todavía en esta ocasión, como hasta al fin de su carrera, justificando siempre haber sido, «el hombre de más habilidad que se hallase en el Perú, y cuyo nombre, según dice un distinguido americanista, hasta hoy engrandecen su genio náutico, sus arriesgados hechos de marino y su grande entereza en las adversidades».

 

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