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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XII de la Primera Parte

Capítulo XII de la Primera Parte

Nuevos procesos

Circunstancias que militaban en favor de los reos chilenos. Proceso de fray Cristóbal de Rabanera. Ídem de fray Juan Lobo. Ídem de Pedro de Morales. Ídem de María de Encío. Ídem del deán de Santiago Luis Verdugo. Ídem de Alonso Esteban. Ídem de fray Luis Quintero. Ídem de fray Juan de Cobeñas. Reos de solicitación en el confesonario. Causa de fray Diego Pizarro. Ídem del negro Hernando Maravilla. Ídem de Pedro Troyano. Ídem del muchacho Juan de Barros.

Casi la totalidad de los reos procesados por las causas que dejamos referidas, no salieron de Chile. Formaron los comisarios los procesos respectivos y los remitieron en seguida a Lima, donde por motivos diversos -entre los cuales apuntábamos la poca importancia de los hechos o palabras que se les achacaban- quedaron archivados en la Cámara del Secreto, y si no hubiere sido por la visita de Ruiz de Prado ni siquiera habríamos tenido noticia de ellos. Si los reos de que tratarnos hubiesen residido en Lima o en las provincias cercanas, es casi seguro que habría sobrevenido el mandamiento de prisión, el viaje a Lima, el encierro en las cárceles y uno o dos años de permanencia en ellas, con las otras penitencias de estilo. Pero, a pesar de la dureza ordinaria de los inquisidores, por lo que respecta a los reos chilenos, la enorme distancia en que vivían, y, como consecuencia, los considerables gastos que su traslación a Lima demandaba, siendo que en la generalidad de las ocasiones se trataba de gente pobre que no habría tenido siquiera con qué sufragar las costas todo esto añadido a un tanto de descuido, motivado por indolencia de los comisarios en el ejercicio de su oficio o por la necesidad de ocuparse de otros procesos de más importancia, ocasionaron, como decíamos, que los reos de origen chileno librasen sólo con una sumaria información. Pero no sucedió lo mismo con otros que fueron procesados en la misma época, de que vamos a ocuparnos ahora.

Procuraremos, en cuanto nos sea posible, ajustarnos a un orden cronológico, y sea el primero de quien tratemos un fraile de buena memoria en Chile.

Fray Cristóbal Núñez, dominico, sin existir contra él testificación alguna, denunció de sí, estando en Lima, por los años de 1572, que siendo lego, habría más o menos veintidós años, habiéndole hurtado alguien cierto objeto, se dirigió a unos indios principales y les rogó, que por vida del demonio y de sus hechizos le dijesen dónde se hallaba el ladrón, persuadiéndoles a ello y teniendo además voluntad de saber por su conducto algunas cosas. Que siendo ya religioso, quejándose de los malos tratamientos que le infligía su prelado, había dicho a otro fraile: «Padre, mi corazón yo lo tengo en Dios y con su ley y con los preceptos de la Iglesia Católica Romana, cuyo hijo soy; pero a trueco de huir destos agravios y malos tratamientos, si hubiera luteranos, yo me pasara a ellos». Iten que en el tiempo de su mocedad, era jugador y decía muchas blasfemias, y andando muy perdido y alcanzado del juego, había firmado una cédula para hacer pacto con el demonio a fin de que le ayudase, ofreciéndole en cambio el alma y el cuerpo, «y que el demonio no vino y no hubo efecto».

Hízose con el reo proceso en forma, con captura, y una vez concluso, fue sentenciado en definitiva a que dijese seis misas por la conversión de los herejes, a que ayunase tres viernes y que en cada uno de ellos rezase los salmos penitenciales, por la misma intención.

Era también dominico y natural de Sevilla fray Juan Lobo. Testificado primeramente en el Santo Oficio de que yendo en la procesión del Jueves Santo había tenido en Guánuco «cierta pesadumbre con el corregidor, y alzando un bordón con que iba gobernando la procesión para dar con él al corregidor, había dado con él en las piernas de un Cristo que allí llevaban, un grande golpe de que hubo mucho escándalo. Este reo fue mandado parescer en este Sancto Oficio y se hizo su proceso con él, así por lo dicho, como porque poniéndole delante una cruz que llevaba en la mano uno de los que iban gobernando la dicha procesión para que se tuviese, la hizo pedazos con el dicho bordón a palos».

Castigado ásperamente por su prelado, no fue esto obstáculo para que la Inquisición tomase cartas en el asunto y le condenase a que oyese «una misa mayor, en forma de penitente, en una capilla dentro de su monesterio de su orden, en presencia de dos frailes y del secretario y de dos familiares, y allí se le lea su sentencia, y que abjure de levi, y en presencia del secretario se le diese una disciplina, y desterrado perpetuamente de la ciudad de Guánuco y su jurisdicción, y que estuviese recluso en un monasterio de su orden por espacio de un año y en este tiempo que no dijese misa sino que comulgase con los sacerdotes; y pasado el dicho año, que dijese diez misas a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo».

Pasaba esto el año de 1572. Por junio de 1577 hallándose Lobo en Santiago, le sobrevino información «de que yéndose a confesar una mujer y confesándole, entre otras cosas, que había tomado un dedal a un hombre con quien ella había tenido conversación, el reo había estado siempre callado hasta entonces y luego la dijo que parase allí, que no pasase adelante, que no la quería confesar sino servirla, y así la comenzó a requerir de amores, diciéndola que aunque no la había visto acá fuera con los ojos, la veía con el alma y el corazón, y que la estaba muy aficionado; y que estando confesando a otra mujer la había dicho, en la confesión, que la quería bien y que había de [200] ser pasada la Pascua su enamorada, y después de haberla absuelto la dijo que quedaba en su corazón; y que con otra mujer, acabándola de confesar, luego la requirió de amores deshonestos y estándola retozando le tomó un rosario y le dio otro suyo y la quiso llevar por fuerza a un aposento que estaba junto a una capilla de su monasterio, y porfiando con ella la destocó, y ella enojada se levantó de sus pies donde estaba hincada de rodillas. Iten, estando otra mujer enferma y queriéndose confesar, envió a llamar al reo y estando en casa para el dicho efeto la requirió de amores. Iten, hay información que requirió de amores lascivos y deshonestos a otra mujer, hija suya de confesión, así en la iglesia como en el confesonario, unas veces al tiempo que se quería confesar, otras veces después de haberse confesado, y aunque ella le decía que cómo tenía tal atrevimiento en tales lugares, no por eso dejaba de insistir en su ruin intento tomándola las manos, et illam alteribus partibus corporis penna et luxuriose tangens, alias in ecclesia ad illam agressus est et cruribus manus introduxit, et aliquando in lecto compellere vult; y como ella se defendiese juró a Dios y Santa María que la había de alcanzar hasta que la toviese a su voluntad, aunque le costase la vida y después dejarla para bellaca. Iten con otra mujer, doncella, después de haberla confesado, antes que se levantase de sus pies, la dijo palabras de amores, diciéndola que la quería bien y preguntándola a ella si ella le quería bien a él, y la enviaba después regalos de frutas y otras cosas. Iten, que yéndose otra mujer casada a confesar con él, por el tiempo de cuaresma, al tiempo que se iba a levantar de sus pies la dijo ciertas palabras deshonestas. Iten, está testificado que con otras muchas hijas suyas de confesión ha tenido tratos falaces, deshonestos, lascivos y lujuriosos y que ha tenido conversación carnal con ellas, y que ha comido siempre carne, andando en los dichos vicios y pecados».

Vista la información con el ordinario y consultores clérigos, se resolvió, de común parecer, en 30 de octubre de 1570, que el reo fuese encerrado en la cárcel hasta que el proceso se hallase en estado de prueba; y habiéndose manifestado confitente, se le trasladó a una celda de su monasterio. Fue sentenciado en definitiva a destierro perpetuo de Santiago, y veinte leguas en derredor de Lima, por cuatro años, a seis meses de reclusión en el convento que le señalase su prelado, «y que en ellos no diga misa y comulgue con licencia de su Perlado con los menores, y sea último en el coro, y haga penitencia de culpa graves por el tiempo de los dichos seis meses, y que por tiempo y espacio de diez años sea privado de voz activa y pasiva, y perpetuamente de administrar el sacramento de la penitencia, y que su sentencia le sea leída en la sala del Audiencia del Sancto Oficio, en presencia de los perlados de los conventos y monasterios desta ciudad y sus compañeros confesores y curas parroquiales y que abjure de levi; y después se le torne a leer la dicha su sentencia en presencia del convento de su monasterio y que allí le sea dada disciplina en presencia del secretario del Sancto Oficio».

Pedro de Morales, hombre de cincuenta y tres años, testificado en Santiago, en agosto de 1575, de haber dicho, tratando con ciertas personas sobre los confesos, en respuesta a una que sostenía que el rey don Juan de Portugal había hecho mal en acogerlos cuando Fernando e Isabel los echaron de Castilla; «anda, señor, que toda la mejor fe está agora en los confesos». A pesar de que Morales se denunció cuando ya se habían recibido las deposiciones de testigos, calificadas sus palabras en el Tribunal por temerarias y otros epítetos de este jaez, fue mandado prender y conducir a Lima, debiendo tener la ciudad por cárcel. Llegado allí, se siguió el proceso con él, y al fin se mandó suspender en 1580.

María de Encío, natural de Bayona en Galicia, mujer de Gonzalo de los Ríos, vecina de Santiago de Chile, presa con secuestro de bienes por el Santo Oficio, testificada ante el Provisor de haber dicho que cualquiera por salvar la vida de un hombre se podía perjurar; «que si una mujer casada o doncella [202] se sentía preñada y no de su marido, por encubrir su fama podía matar la criatura en el vientre o tomar cosas con que la echase», y aunque se lo contradijeron y reprendieron, siempre se quedó en su opinión; y que diciéndole que no azotase a unos indios, dijo: «vive Dios, que aunque venga San Francisco del cielo, o me lo mande San Francisco, que no los tengo de dejar de azotar»; y que hacía trabajar en un ingenio de azúcar que tenía a los indios y negros los días de fiesta, y comía carne en viernes y sábado e impedía los matrimonios, y que era casada dos veces, y miraba las rayas de las manos, y creía en sueños y otras supersticiones y consultaba las indias tenidas por hechiceras. La reo fue puesta en las cárceles secretas, habiendo llegado a fines de 1579, y en la primera audiencia, después de la monición, confesó haber dicho que estando para ajusticiar a un hombre, que podría otro jurar que no había hecho aquello, por salvarle la vida, y que le parecía que aquello era caridad, y lo había dicho sin mirar en ello. En la segunda audiencia confesó que había pedido a una india que le declarase si un hijo suyo que decían se había perdido en la guerra, si era vivo o muerto, y que lo hizo esto como pecadora y como madre. A la acusación dijo que algunas veces miraba las rayas de las manos, pues había oído que el que tiene una raya larga tiene una vida muy larga, y que ella no sabía cosa ninguna; y que había rogado a cierto fraile que casase las indias con sus iguales y no con los negros, porque los mataban luego, y que lo pidió porque le habían muerto así diez o doce negros y no por impedir el matrimonio; y en cuanto al ser casada dos veces refirió que siendo niña en España, de edad de cinco o seis años, le dijo su madre estando en Sevilla, que la quería casar con un mancebo, [203] pero que ella no se acordaba si la habían casado o no, porque ella no vio clérigo ni la llevaron a la iglesia, y que después aquel mancebo se había ido a las Indias, y de allí a un año había dicho su madre que la habían querido engañar, porque era casado: que esto era lo que pasaba y no otra cosa, y negó todo lo demás.

Confesó la reo que siendo moza y andando su marido en amoríos con ciertas indias, pidió a una que le diese algo con que la quisiese mucho, y que habiéndole dado una raíz, la anduvo trayendo guardada en el seno hasta que su confesor le dijo que era pecado; que a cierto clérigo que paraba en su casa, por haberle sorprendido en malos pasos, le había dado un empujón; que en cuanto a lo de ser casada dos veces, el rumor provenía de que teniendo aposentada en su casa a una mujer casada, la habían confundido con ésta, levantándose acerca de ello y a pedimento suyo una información por el Obispo; que por lo tocante a hacer trabajar los indios en día de fiesta, todo lo que pasaba era que cuando en su ingenio amenazaba llover en día de fiesta, para que no se perdiese la azúcar que tenía secando al sol, la hacía entrar bajo techo; y, que no solamente no comía carne en días prohibidos, sino que hacía más de veinte años que ayunaba viernes y sábado, y con disciplina, «y no se ha comido groseza en su casa». Por fin, «pidió misericordia de todo lo que hubiese hecho contra nuestra sancta fe católica».

Cuando llegó el caso de ratificar los once testigos que habían depuesto contra la reo, tres de ellos eran muertos y uno no pudo encontrarse, y aunque justificó que los demás, incluso el juez que había recibido la información contra ella, eran enemigos suyos, y que por su parte presentó gente principal y honrada que abonó su buena vida y fama, fue condenada en votación del ordinario y consultores a que abjurase de levi en la sala de la Audiencia, a que pagase mil pesos ensayados, y en otras penitencias espirituales.

Hallábase en Lima Luis Verdugo, presbítero, natural de Coca, deán de la Catedral de Santiago, y creyó aquélla buena ocasión para denunciarse de haber sostenido a alguien que le preguntaba si los pecados mortales eran pecados de suyo, que sólo eran capitales o corporales, como lo afirmaban los teólogos Pedraza o Navarro.

En esas circunstancias dos testigos le denunciaron de haber «dicho que los pecados mortales no son pecados mortales, y preguntándole que qué son, dijo son capitales, porque podrá uno comer demasiado y no ser pecado mortal si no se emborracha, y luego dijo irascimini et noliti peccari, y la lujuria no es pecado mortal, y replicándole sobre ello dijo: «yo lo haré bueno, que Pedraza lo dice».

Ya con esto fue metido en las cárceles, «y a la acusación confesó haber dicho aquello de la lujuria, aunque había añadido que no consintiendo con la voluntad en la lujuria sino venir los pensamientos lujuriosos, que no era pecado mortal, y que añadió lo que tiene dicho, aunque no sabía si de palabra o en el pensamiento; y habiéndose el negocio concluido en definitiva, no se notificó al fiscal, y visto en consulta, fue votado en que el reo abjurase de levi y estuviese recluso en el monasterio de Santo Domingo de esta ciudad por el tiempo de dos meses y en ellos no celebrase, aunque pudiese confesarse y comulgar, si lo quisiese hacer, y en el primero mes de la reclusión, ayunase cuatro viernes, y, acabada, dijese seis misas, las tres a la Sanctísima Trinidad, y las otras tres por las ánimas del purgatorio, y que fuese advertido de la gravedad de su delicto».

Alonso Esteban, soldado, natural de Almendral, estante en Valdivia, se denunció ante el comisario de aquella ciudad de que tratando de la salvación del hombre, dijo que si uno fuese cristiano bautizado y no desesperase de la misericordia de Dios, no se perdería.

Formado el proceso con las declaraciones de nueve testigos, se remitió a la Inquisición, donde la proposición del valdiviano fue calificada de herejía manifiesta, y, en consecuencia, mandado prender con secuestro de bienes, habiendo llegado a Lima en agosto de 1580. Después de terminada la causa, se dio por conclusa en definitiva, y votada en conformidad a que Esteban abjurase de levi, en la sala de la Audiencia del Tribunal, con un mes de reclusión en una iglesia o monasterio de Valdivia.

Fray Luis Quintero, dominico, testificado de haber dicho en un sermón que los Apóstoles no entendieron las Sagradas Escrituras y tuvieron necesidad de intérpretes, y que Santo Tomás de Aquino las declaró; y que las escrituras de los cuatro doctores de la Iglesia no tuvieron autoridad, porque no eran todos santos, y que Santo Tomás las vino a declarar y concordar y no otro ninguno; y en otro sermón dijo el reo que Adán había perdido la fe y esperanza y caridad por el pecado de desobediencia que había cometido contra Dios Nuestro Señor. «Iten, dijo el reo que en todos los estados había disensiones y guerras, hasta en el Colegio del Unigénito Hijo de Dios, y esto por inadvertencia del Unigénito Hijo de Dios».

Fue también testificado de que en unas honras que se hacían a cierta mujer que llevaba el hábito de Santo Domingo y regalaba al reo, siendo viva, en el sermón de sus honras sostuvo que estaba colocada en el cielo, y que, si no lo probase, no le tuviese por hijo de Dios, haciendo algunas comparaciones de su sepulcro con el de Jesucristo. Iten, hubo testigos de oídas que acusaron al dominico de haber dicho que el estado de casado era más perfecto que el de la religión, cosa que resultó falsa.

Añadían con respecto a él los inquisidores que era hombre muy colérico y porfiado, que estaba notado de beber demasiado, y testificado de tenerse por gran letrado, «y que lo dice ansí».

Mandado prender y enviado, en consecuencia, de Chile, fue metido en las cárceles secretas, hasta que, recibida la causa a prueba, se le mudó la carcelería a una celda de su convento. Ratificados los testigos en Chile y hechas por el reo sus defensas, y visto el negocio en consulta, fue votado en que después de traído nuevamente el reo a las cárceles, se le leyese su sentencia en la sala de la Audiencia, en presencia de seis frailes sacerdotes de su orden, que abjurase de levi y quedase suspendido de predicar y leer teología por cuatro años, desterrado por el mismo tiempo del reino de Chile, privado de voz activa y pasiva por dos años, con reclusión en el monasterio de su orden que le fuese señalado por cuatro meses, y que en ellos no administrase sacramentos algunos, y en los primeros dos meses no dijese misa.

Apeló el reo de esta sentencia, con acuerdo de su letrado, y sin haber cosa de nuevo, se concluyó en segunda instancia y se tornó a ver con ordinario y consultores, y «en conformidad se confirmó la sentencia de vista, con que la suspensión de predicar se entienda que pueda declarar el Evangelio y decir y hacer la doctrina en pueblos de indios; y habiéndosele leído la sentencia al reo en presencia de los frailes, y mandándole que abjurase, dijo apelaba de la sentencia, como tenía apelado y que no consentía en ella, con palabras y actos libres y como hombre colérico y de poca consideración: díjosele que la sentencia se había de ejecutar, y que, ejecutada, seguirla su justicia como le pareciese, y mandósele que abjurase, y lo hizo y fue reprendido por su libertad, y está en la reclusión».

Fray Juan de Cobeñas, de la orden de Santo Domingo, natural de Osuna, residente en Chile, fue, en consulta, mandado parecer en el Santo Oficio «por haber solicitado a una hija de confesión en el acto de ella, y por haber tenido con otra deshonesta (sic) sin que en el acto de la confesión ni próximamente a él hobiese habido trato entre ellos de deshonestidad; aún cuando está testificado de haber solicitado a otras hijas suyas de confesión, y aunque una mujer dice que cuando la acababa de confesar la detenía en pláticas y conversaciones y sólo la decía que iba hermosa. Con esta probanza, fue mandado parescer en el Santo Oficio, como está dicho, y con una denunciación que hizo de sí propio de cosas que habían pasado con la dicha primera mujer, que es el testigo que hay contra el reo que dice algo en materia que su conoscimiento pertenezca al Santo Oficio, y dice y confiesa el reo que la dicha mujer con quien tenía mucha amistad y pasaba muchas palabras en burla, dijo un día que se iba a confesar y estuvieron en una capilla los dos parlando mucho rato en cosas de burlería, como lo acostumbraban otras veces, pero que aquel día no se confesó; y otro día había entrado en un confesonario la dicha mujer y para lo propio, y habían empezado a parlar como acostumbraban, y que como ella dijo que quería confesarse había cesado la plática, y que esto le había pasado con esta mujer, entendiendo entonces que no era caso del Santo Oficio.

Enviado a Lima, se le ordenó allí que guardase la carcelería que le impusiese el Prior de su convento, a quien se previno que le tuviese preso en una celda; y después de oídos sus descargos y defensas y de haber pedido con lágrimas que se usase con él de misericordia, visto el negocio en consulta, fue votado en que le fuese leída su sentencia en la sala de la Audiencia, en presencia del prior y de otros cinco religiosos del convento de Santo Domingo de Lima que fuesen confesores, y que abjurase de levi; en tiempo de ocho años que no confesase mujeres; desterrado de las provincias de Chile por los dichos ocho años, y privado por dos de voz activa y pasiva, y de la administración de los sacramentos por cuatro meses, y que en los dos primeros estuviese recluso en un monasterio de su orden, sin decir misa.

Por solicitantes fueron también presos en Santiago, a mediados de 1580, Guillermo de Villa, clérigo; poco antes los franciscanos Fray Diego Tenez o Atenez, de más de cincuenta años, que habiendo ido al Perú en busca de frailes de su orden fue denunciado en Lima en marzo de 1575, y tres años más tarde en Santiago, cuya causa se mandó suspender por orden del Consejo mientras sobrevenía más probanza; fray Pedro Melgar que se fue a España, denunciado también en Santiago y en la misma fecha por una madre, a nombre de su hija, niña de trece años de edad, con cuya causa sucedió otro tanto.

Fray Diego Pizarro, natural de Trujillo en España, que fue mandado prender porque «diciendo un religioso que venía con él navegando en un navío por la Mar del Sur, que deseaba ya verse fuera de aquel navío, él había respondido que él también se quisiera ver en el cielo; y diciéndole el dicho religioso que si pensaba ir allá, el reo había respondido que sí, pues los méritos de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo le habían de llevar, sin obras. El reo respondió que sí, y el dicho religioso le dijo 'eso no creo yo, porque dice San Pablo: Fide sine operibus mortuus est'; y a esto respondió el reo: 'cómo se salva un niño sin obras?' y el dicho religioso le dijo que salvaría con la inocencia, a su parescer; y el reo volvió a decir: '¿y un moro cómo se salva después de bautizado' y el dicho religioso le dijo que si entonces se muriese, que se salvaría en la fe del bautismo, y le dijo más, que, le parescía mal aquello y que a quien tal sustentase le quemarían; y a esto respondió el reo: 'bien, bien'; y con esto cesó la plática».

Llevado a Lima, y puesto en las cárceles del Santo Oficio, en la primera audiencia que con él se tuvo confesó ser verdad lo que le achacaban haber porfiado, advirtiendo que de algunas cosas no se acordaba. En el curso de la causa tachó a ciertos testigos como enemigos suyos, y después de haber sido trasladado a una celda del convento de San Francisco, visto el negocio en consulta, fue votado en que se leyese su sentencia al reo en el capítulo de su convento, en presencia de los religiosos de él, y que allí abjurase de levi, y le fuese dada una disciplina, y estuviese recluso en una celda por tiempo de dos meses, y privado de la administración de los sacramentos por seis meses, y de voz activa y pasiva por cuatro años, «y así se hizo y se ejecutó la sentencia en 6 de Octubre de 1582».

Hernando Maravilla, negro criollo de Lima, esclavo de doña Antonia de Estrada, viuda del licenciado Navia, fiscal de la Audiencia de Chile, y vecino de Santiago, donde fue preso por el comisario Calderón y remitido a las cárceles del Tribunal por haber dicho que no creía en Dios ni era cristiano «y que los casamientos los hizo el diablo y que no era nada el Obispo y que cagazón para el Obispo, y que aquella noche había de ir a cenar con el diablo en el infierno, y que él se quería ir con el diablo, porque no creía en Dios sino en el diablo, y que era del diablo, porque era su amo, porque él servía al diablo y no a Dios; y reprendiéndole cierta persona al reo estas y otras cosas que estaba diciendo, le respondió que no se cansase porque el no creía en Dios, ni era cristiano y era del diablo, y con el diablo andaba y que con el diablo iba y que lo llevase el diablo, y reiteró las dichas blasfemias y otras muchas veces dijo que no quería ir con Dios ni con sus santos al cielo sino con los demonios al infierno, y que aquello apetecía».

Visto el negocio en consulta fue condenado el reo a que se le diesen doscientos azotes en Lima, con una mordaza en la lengua, y otros tantos en Santiago, en la misma forma. Tres días después de haberse pronunciado esta sentencia (1º de agosto de 1581) testificó al reo una mujer en el Tribunal, diciendo que dos negros le refirieron que el reo había dicho que el confesor no estaba en lugar de Dios, sino que era otro hombre como él al tiempo que estaba confesando, y que los otros negros le decían que mentía, que estaba en lugar de Dios.

Pedro Troyano, natural de la isla de Chipre, residente en Santiago, se denunció ante el Comisario de que hallándose en cierta estancia, contando él y un Damián Pérez la multiplicación del ganado pareciéndole que ésta era poca, dijo que al fin de cuentas, salía perdiendo en el negocio en que se hallaba interesado, por los hurtos que suponía le hacían un negro y su mujer. Esta que era una india y que oyó lo que decía Troyano, arremetió contra él y le echó mano a las barbas, por lo cual Troyano se embraveció exclamando: «reniego de Dios».

Por consejos de Pérez, fuese el airado Troyano a denunciarse ante el Comisario Calderón, pidiéndole que tuviese con él misericordia. El delegado del Tribunal procedió inmediatamente contra él, y remitida la información a Lima, le ordenaron los jueces que le prendiese en la cárcel pública y le tuviese con prisiones hasta tanto que se ratificaban los testigos. Hechas todas las diligencias, sentenciaron los inquisidores que Troyano oyese una misa rezada en día de fiesta, con mordaza y en cuerpo y soga, en forma de penitente, en presencia del Comisario y notario, y que abjurase de levi en presencia de los mismos, y que otro día fuese traído a la vergüenza por las calles públicas de Santiago, con mordaza y soga, y que se ejecutase así, no obstante cualquiera apelación que el reo interpusiere.

Juan de Barros, muchacho de dieciséis años, natural de Santiago, se denunció ante el comisario de haber dicho que no era pecado mortal «andar con mujeres». Mandado prender por el inquisidor Gutiérrez de Ulloa, fue enviado a Lima con fianza de cárcel segura y sentenciado allí a que abjurase de levi, a que oyese una misa rezada en forma de penitente, a doscientos pesos de inulta para gastos del Santo Oficio y en destierro de Santiago por tiempo de un año.

 

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