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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo XI de la Primera Parte

Capítulo XI de la Primera Parte

Varios procesos

Proceso del capitán Rodrigo Morillo. Ídem de Francisco de Chávez. Ídem de un soldado. Ídem del clérigo Gregorio de Astudillo. Don Francisco de Quiroga se denuncia al Santo Oficio. Proceso de Francisca de Escobedo y otras. Ídem de los franciscanos fray Pedro de Hernández y fray Hernando de Paredes. Ídem del corregidor de Mendoza. Denuncio de Alonso Rodrigo Nieto. Ídem de Juan de Barros. Ídem de Lucía de León. Acusación de fray Antonio de Carvajal. Ídem de Juan de Soto. Testificación contra Garcés de Andrada. Ídem de Inés del Cabo. Ídem del Licenciado Calderón. Una mujer denuncia a Juan Páez. Testificaciones contra Pedro de Mondragón, Pedro de Prado, Antonio Núñez, Diego Mazo de Alderete, y otros. Causas de Francisco de Riberos, del capitán Campofrío, del ermitaño Gaspar Banda, Gabriel de Villagrán, Juan Griego y Juan Pascual. Informaciones contra García de Velasco, Cristóbal Sánchez, Marcos Rodríguez, Fabián Ruiz de Aguilar y varios frailes. Ídem contra el gobernador Martín Ruiz de Gamboa, y otras personas. Procesos seguidos en la Imperial. Ídem en Concepción. Ídem en Angol. Ídem en Valdivia. Ídem en Osorno, Villarrica y Chiloé.

En los comienzos del establecimiento del Tribunal del Santo Oficio sucedió en Chile lo que en el resto de la América, que los denuncios y procesos fueron, relativamente, abundantes.

Ateniéndonos al testimonio del canónigo de Tarragona, licenciado Juan Ruiz de Prado, que en febrero de 1587 llegaba a Lima en calidad de visitador del Tribunal, he aquí, según su relación y parecer, lo obrado en los procesos que hasta su tiempo habían sido tramitados por el comisario de Santiago.

El capitán Rodrigo Morillo, estante en Santiago de Chile, denunció de sí ante el comisario de haber dicho que no tenía a todos los que estaban en Santiago, y a los santos del cielo, en lo que traía debajo de los pies.

Información contra Antonio Francisco de Chávez de dos testigos, que afirmaron que a cierta persona que andaba matando perros con un arcabuz, le dijo el reo, con simpleza, que qué de almas habría echado en el infierno.

Información de cinco testigos contra Fragoso, soldado, porque en un romance que se cantaba de la pasión de Cristo, donde decía «mira el fructo de su muerte», había dicho el que cantaba, que era un mulato, «mira el fructo de su vientre», y diciéndole que no dijese sino de su muerte, había dicho el reo que qué más daba decir el fructo de su muerte o de su vientre, pues Cristo c[...] m[...] como hombre.

Gregorio de Astudillo, clérigo, natural de Burgos, denunció de sí de cosas que dijo tocantes al canon del Concilio de Trento, que habla de los matrimonios clandestinos; asimismo tuvo otras dos testificaciones de poca importancia.

Don Antonio de Quiroga se denunció de haber dicho a un soldado que una criatura que traía en los brazos, que parecía que se quería morir, que la matase o la echase en un río que allí estaba, y que observándole cierta persona que la bautizasen para que si se moría se fuese al cielo, Quiroga dijo: «mátenla o háganla cristiana y échenla en ese río».

Doña Francisca de Escobedo y otras fueron testificadas de hechizos y de haber tratado con indios de estas cosas.

Fray Pedro Hernández, de la orden de San Francisco, por haber solicitado a ciertas indias sus hijas de confesión.

Fray Hernando de Paredes, de la misma orden, fue acusado de cosas que no se ponen «porque fue invención».

Francisco Sáez de Mena, corregidor de la ciudad de Mendoza en Chile, fue denunciado por dos testigos, el uno de oídas, de que había dicho el reo que un corregidor podía tener una mujer para holgarse con ella, por no saltar paredes ni buscar mujeres casadas, y que daría por leyes este negocio.

Alonso Rodrigo Nieto denunció de sí de que diciéndosele que por qué había hecho ahorcar, como sargento mayor, a un hombre, había respondido que era menos daño ahorcar a un hombre que no que por su causa se perdiesen muchas ciudades; y que diciéndole cierta persona que mirase que había un alma costado mucho a Dios, sostenían que él había respondido que más le había costado al Rey, y que no se acordaba haber dicho tal palabra. Tuvo también en su contra tres testigos.

Juan de Barros, vecino de Santiago de Chile, denunció de sí ante el dicho comisario de que estando su mujer para morir y consolándole de ello un amigo, había dicho: «cierto, no me podía venir en esta vida cosa que tanta pena me diese como su muerte, o no me podía hacer Dios más mal que tanta pena me diese en esta vida como su muerte», o una de estas dos cosas, y no se acordaba cual de ellas fue.

Lucía de León, mujer de Juan Pérez Gavilán, habitante en la dicha ciudad de Santiago de Chile, denunció de sí ante el comisario de que tratando de algunas cosas que parecían mal hechas que usaban los vecinos de Cuyo con sus indios, había dicho que acaso dirían aquellos vecinos como el del refrán «en este mundo no me veas mal pasar que en el otro no me verás penar», y que lo dijo inocentemente y sin malicia.

Fray Antonio de Carvajal, de la orden de San Francisco, testificado de una mujer ante el dicho comisario por haberla persuadido en el propio acto de la confesión a que le fuese tercera con otra mujer.

Contra Juana de Soto, mujer de un Pizarro, que reside en los reinos de Chile, de cosas de hechizos y supersticiones.

Un testigo contra Garcés de Andrada, soldado, porque diciéndole uno que caminase, había respondido que no se lo dijese porque renegaría de Dios, y volviéndole a decir que caminase por el lado del sol, había dicho que no se lo volviese a pedir otra vez porque renegaría de Dios y de sus santos.

Inés del Cabo, acusada de ciertas cosas que no se refieren porque los contestes dicen no haberlas oído.

El licenciado Calderón, teniente general del reino, fue acusado de varias cosas, que ninguna resultó ser tocante al Santo Oficio.

Una mujer acusó a Juan Páez de que estando amancebado con ella, le dijo muchas veces que no hiciese aquello con su comadre, porque era cristiano, y él le respondía que hiciese lo que le pedía, que no era pecado, y esto pasó estando los dos solos.

Pedro de Mondragón, natural de Sevilla, habitante en Santiago de Chile, denunció de sí que con ocasión que con importunidad le decía una persona que rogasen a otra cierta cosa, pidió que no le rogasen a la dicha persona lo que pedía, porque no era Dios parte para que lo hiciese.

Pedro de Prado, sillero, estante en Santiago, denunció de sí ante el comisario que afirmaban haber él dicho que daba al diablo la misa, y que no se acordaba de ello. Examinado un testigo que se halló presente, dijo haber dicho el reo con cierta ocasión, «váyanse con el diablo ellos y su misa».

Antonio Núñez, testificado de haber dicho, mirando a una cruz que estaba cerca de una casa suya que tenía en el campo, a cuyo pie habían enterrado un muchacho indio cristiano: «¡oh! cruz, cruz, tengo de desterrar de ahí esa cruz», y que después de allí a pocos días la quitó de allí y la puso en otra parte.

De casados dos veces fueron denunciados: Inés, negra libre, Francisco de Ojeda, Francisco de Morales Mondragón, Diego Lorenzo y Francisco de Riberos; Diego López de Monsalve, Isabel Mondragón, y María de Ayala, viuda, acusados de haber dicho que en el otro mundo no les verían mal pasar. Respecto de la última se justificó que, reprendida por lo que decía, se había vuelto a un crucifijo, exclamando: «perdóname, Señor, que no me supe lo que me dije».

Diego Mazo de Alderete, de cosas de quiromancia de poca entidad y de otras tocantes a los jubileos e indulgencias, y de palabras malsonantes, como decir: «bendito sea el diablo, algunos diablos hay bautizados, algunas veces vale más servir al diablo que a Dios», y otras cosas en esta forma. Del proceso resultaron también varios cargos contra Ambrosio Fernández Aceituno, Ruy González y un tal Navamuel.

Francisco de Riberos, de dieciséis años, estudiante, se denunció de que habiendo estornudado cierta persona, por decir creo en Dios y reniego de p[...] viejas, dijo reniego de Dios y de p[...] viejas, que fue error de lengua y de ello se acusaba.

El capitán Alonso Campofrío de Carvajal se denunció también de que hallándose hablando con su mujer y diciéndole ella que estaba indispuesta, le respondió él, por vía de burla y riéndose: «No os moriréis, las mujeres son inmortales, que aún no sé si Dios os puede matar». Examinado un testigo, sostuvo haber pronunciado el reo las dichas palabras riéndose, «y que diciéndole el testigo que mirase lo que decía, que era mal dicho, el reo se declaró y dijo que bien sabía que Dios todo lo puede y que las mujeres son mortales, y que lo decía porque las mujeres son recias de condición».

Gaspar Banda de Aguilar, ermitaño, de más de ochenta años, se denunció de que aconsejándole una persona que perdonase a cierto hombre que por querella suya estaba en la cárcel, dijo que no le podía perdonar sin licencia de su prelado, porque si le perdonaba, por el mismo caso se iría al infierno; «y replicándole que Dios había venido al mundo y perdonado a todos los que le habían injuriado y que rogó a su Padre por ellos, y que así él estaba obligado a perdonar al dicho hombre, y aunque le hubiera dado un bofetón a volver el otro carrillo para que le diese otro; respondió el reo que Dios no había venido al mundo para perdonar los bellacos, sino a aquéllos justos que le pidiesen perdón».

Gabriel de Villagrán, estante en la Imperial, procesado porque diciéndole alguien que antes que se confesase para ganar cierto jubileo, se había de concertar con un prelado sobre cierta restitución que debía hacer a sus indios, con cólera y enojo replicó, que, a trueque de no tratar el dicho negocio, ni quería hablar al Obispo, ni ganar el jubileo, ni aún ser cristiano. Consta que habiéndose calificado estas palabras como blasfemia heretical, fue mandado parecer en el Santo Oficio, para que, sin meterlo en las cárceles secretas, se le tomara su confesión, y que, consultado el caso al Consejo, llegó a Lima la orden de suspender el proceso cuando el reo acababa de presentarse en el Tribunal, donde, tenida con él la primera audiencia, se le permitió regresar a Chile.

Pertenece también a estos años otra información contra Juan Griego, mercader, estante en la Imperial, sobre que «diciéndole cierta persona, refieren los inquisidores, que Dios llevaría al cielo un difunto, dijo este reo que los santos patriarcas y profetas solamente iban al cielo cuando morían, pero que nuestras almas, -diciéndolo por sí y los demás-, cuando morían iban al paraíso terrenal, y reprendiéndole alguno de los que estaban allí, respondió: «¡Oh! pobres de nosotros, qué engañados vivimos!». Calificáronse por dos teólogos de heréticas las dos proposiciones que de allí se sacaron. Visto con el ordinario y consultores, se mandó prender con secuestro de bienes y escribiose al comisario de Chile que lo ejecutase.

Juan Pascual, residente en Santiago, procesado por la misma época, sobre que dijo: «por vida de Dios, pese a Dios, y no creo en Dios», fue mandado presentarse en Lima para ser encerrado en las cárceles y «proceder a lo demás hasta hacer justicia», pero murió cuando aún su causa no estaba fallada.

Los procesos seguidos a todos los reos anteriormente nombrados, ya fuera por falta de testigos o por la poca importancia de los hechos que se les imputaban, fueron mandados suspender o de hecho quedaron en ese estado.

De más importancia que las que preceden fueron las causas seguidas a las personas que se expresan a continuación, pero que, por un motivo o por otro, o concluyeron olvidadas o no hay constancia de la resolución que en ellas recayó. En general, según se notará por el que tenga algún conocimiento de la historia de Chile, figuran entre ellas muchas contra hombres de valía. Continuaremos desde luego coleccionando las que se tramitaron en Santiago.

«Información que invió el comisario de Santiago de Chile, contra García de Velasco, clérigo, cura de la ciudad de la Serena del dicho reino de Chile, de haber solicitado sus hijas de confesión. Tiene un testigo, mujer española y una india con quien pasó muchas cosas en el propio acto de la confesión, de besos y abrazos, persuadiéndola a que tuviese allí acceso carnal con él, y que no lo hizo por entonces por estar allí los sanctos, y que después lo hizo por lo que allí había pasado, y que se volvió después a confesar con el dicho clérigo, pero que no se confesaba de lo que con él pasaba, porque siempre entendió que la engañaban y la burlaban los cristianos. Hay otro testigo, indio, que dice haber visto lo que pasó (entre) el dicho clérigo en la iglesia con la dicha india, estándola confesando. Rescibiose esta información por junio de 1579».

Cristóbal Sánchez, calcetero, natural de Ayamonte, denunció de sí de que tratando con ciertas personas de cómo se contaba de que él había tenido cuenta carnalmente con una mujer que con su cuñado también la había tenido, dijo que aunque él hubiera tenido cuenta con la tal mujer no era pecado, y que lo afirmó entendiendo que no era pecado de parentesco o de incesto.

Marcos Rodríguez, platero, natural de Santiago de Chile, se denunció de haber afirmado que hacía Dios cosas que no estaban bien hechas, y de que dijo a cierto hombre: «fornica en esta vida, que lo que dejáredes de fornicar, lo pagaréis en la otra a tizonazos».

En su descargo alegó que lo primero lo había dicho porque le contaron que una persona lo afirmó así en la Nueva España; y que por lo que toca a la fornicación, que si lo dijo, pedía a Dios perdón.

Fabián Ruiz de Aguilar, chantre de la Catedral de Santiago, acusado por dos testigos de haber dicho, estando en el altar, revestido: «alabado sea Cazalla», y referido sus cosas; y que decía que los clérigos no podían ser casados, que era herejía; y asimismo está notado este reo de solicitante, aunque esto no está probado. Hay otras cosas contra este reo, que por no ser de mucha consideración no se dicen, aunque agravan.]

El franciscano fray Cristóbal de Rabanera a quien hemos visto figurar anteriormente, fue testificado de haber dicho que era mayor mal dejar de visitar a los frailes de cierto a cierto tiempo que levantar un falso testimonio.

Dos testigos cuyas deposiciones se recibieron en Mendoza por autorización del Comisario de Santiago, acusaron a Alonso de Videla de haber sostenido que en sus pleitos se podía perjurar.

Andrés Hernández denunció de sí ante el comisario de Santiago de que estando jugando a los naipes había dicho uno de los que jugaban: «válgame Dios», y él respondió: «más vale el diablo».

Testificación y ciertas coplas que hizo fray Juan de Ocampo, mercenario en Chile, en alabanza de Nuestra Señora. Denunciose él mismo ante el comisario de Santiago y exhibió las dichas coplas. «Podranse mandar recoger los traslados que hobiese, por hablarse en ellas como hombre ignorante y con lenguaje impropio, y mandársele al reo que no se meta en cosas que no le son propias, por lo dicho».

Alonso Dispero denunciose también de haber dicho, con ocasión que se le había huido un muchacho, que Dios no le podía hacer más mal que en habérsele escapado en tal tiempo aquel muchacho.

Juan Cano de Araya, clérigo, fue denunciado de haber solicitado a actos torpes y feos a sus hijas de confesión, indias, en el acto de la confesión.

Manuel Álvarez de Varela, soldado, acusado de que habiendo bautizado una india infiel, luego había tenido comunicación carnal con ella, y añade un testigo que inculpando al reo lo que había hecho con la dicha india, sostuvo que haber tenido comunicación con ella no era pecado.

Doña Mariana Osorio, vecina de Santiago, denunció de sí de que decían haber ella sostenido que es mejor estado o más perfecto estado el de los casados que no el de los sacerdotes, y que lo dijo «por ser la primera orden que se instituyó la del matrimonio, y que un fulano Cerezal, soldado, que se halló presente: dijo sí es, o así dicen que es».

Beatriz, negra, acusada de haber dicho, estándola azotando: «reniego de Dios».

Nicolás de Nanclares, testificado de haber dicho que no haría cierta cosa que le pidieron unos frailes, que era que no tratase del negocio de cierto hombre que se había desacatado con él, siendo alcalde, o que lo remitiese al corregidor, y que respondió que no lo haría aunque se lo mandase Jesucristo.

Martín Ruiz de Gamboa, siendo gobernador del reino, fue denunciado de que hallándose en la frontera de los indios de guerra y teniendo preso a un cacique principal, había consentido que, estando éste muy enfermo, se le trajese una india médica para que lo curase, la cual, dicen los testigos lo hacía invocando los demonios. Añaden, sin embargo, que Ruiz de Gamboa lo consintió por ser la vida de aquel cacique muy importante para la pacificación de la tierra. Fue también acusado por un clérigo, -a todas luces su enemigo, según apreciación de los jueces- que afirmó que cierto fraile dominico le había asegurado que Ruiz de Gamboa aseveró a una dama, de quien andaba aficionado, que echarse carnalmente un hombre soltero con una mujer también soltera no era pecado».

El capitán Diego García de Cáceres, residente en Santiago, denunció de sí ante el Comisario de haber dicho con ira: «no creo en Dios».

Tres testigos acusaron a Diego de Ampuero, negro, de haber dicho, teniéndole colgado azotándole, «lleve el diablo a Dios, no creo en Dios, reniego de Dios». De letra del notario que recibió la información se encuentra esta nota: «ahorcáronle».

Juan de Oliva, cura y vicario de la ciudad de Mendoza, fue denunciado por dos testigos de que diciendo a un zapatero que le echase unas cabezadas en unas botas, le añadió que las entremetiese entre otras obras, como dijo Jesucristo a San Pedro y a [193] sus discípulos cuando le preguntaron: «Señor, nosotros qué haremos de mujeres», respondió: «anda por el mundo y entremeteos por ahí»; y luego expresó que esto no lo decía él, sino el obispo de Quito.

De lo anterior se deduce, pues, que si en los términos de la jurisdicción del comisario de Santiago -sin contar con otros procesos más graves de que luego trataremos- no escaseaban los delitos de fe, en lo restante del país ocurría otro tanto. Vamos a ver que no hubo ciudad alguna del reino donde no se iniciase algún proceso.

En la Imperial, asiento del comisario y cabeza del obispado, se había recibido una información contra Antonio de Turra, soldado, por cosas de superstición y de invocación de demonios, y otras de poca importancia.

Bernardina Vásquez de Tobar denunció de sí, por diciembre de 1576, de que tratando de la limosna que se había de dar por las bulas de la cruzada, paresciéndole que no tendría para dar la dicha limosna, por hallarse necesitada, dijo que si la limosna de la bula se dejase a la voluntad de cada uno, que la tomaran todos, pero que viniendo así tasada, que parecía que las indulgencias se vendían; y que lo repitió dos veces.

Gaspar de Figueroa, clérigo, de haber solicitado sus hijas de confesión en el mismo acto, dos de ellas indias, que declaran que les decía que no las absolvería sino haciendo lo que él quería.

En Concepción, donde había mayor población de españoles, los casos fueron también más frecuentes. Ya en el año de 1573 se recibió una información contra Juana Jiménez, acusada de haber dicho, hacía veintidós años, que «en este mundo no la viesen mal pasar, que en el otro no la verían mal penar».

Juan de Madrid, herrero, natural de la misma ciudad, denunció de sí que habiendo hallado una almohada de la cama «sucia, con suciedad de hombre, dijo que había de hacer decir una misa para que todos los diablos del infierno descubriesen quién había ensuciado la dicha almohada».

Nicolás Columbo, marinero, griego de nación, acusado de que se le había visto, haría quince o dieciséis años, viniendo navegando por la mar del Norte para Tierrafirme, sacar la landrecilla de la pierna del carnero.

Francisco de Castañeda, acusado por el familiar Pedro de Salvatierra, de ser dos veces casado; lo mismo que su hijo Francisco Romero de Castañeda.

Fray Pedro de Vergara, de la orden de San Francisco, acusado de que predicando había dicho que «hasta que la Virgen María Nuestra Señora, fue concebida y nascida, no tuvo el género humano entera y cierta certidumbre de su remedio y salvación». Habiendo sido el dicho fraile advertido de esta proposición, en otro sermón lo declaró al pueblo.

Iten, fue testificado de haber dicho, tratando de la encarnación del Hijo de Dios en la Virgen Nuestra Señora, que si Dios quisiera pudiera encarnar en una vieja; y asimismo en el mismo sermón dijo el reo, tratando de cómo Nuestra Señora había concebido a Cristo: «empreñola el Espíritu Santo».

También está testificado el reo de que predicando el día de la Asumpción de Nuestra Señora había dicho que «cuando Nuestra Señora la Virgen María fue recibida en los cielos, salieron a su rescibimiento los ángeles y arcángeles, y que también salieron aquellos tres señores emperadores del cielo, el Padre Eterno y el Verbo Eterno y el Espíritu Santo Eterno».

En la ciudad de los infantes de Chile (Angol) denunció de sí Martín Serrano, ante fray Francisco Hernández, de la orden de San Francisco, juez de comisión que dijo ser del Santo Oficio, de que estándose tratando entre algunas personas sobre si cierto casamiento estaba hecho o no, el reo dijo que Dios no lo sabía, y que si otra cosa dijo, fue yerro de lengua, y que se acusaba de ello.

Francisca Ortiz, beata de la Merced, denunció de sí ante el mismo juez de comisión de que tenía por costumbre repetir: «anda, anda, con vuestro pan os lo comed, y por eso dicen en este mundo no me veas mal pasar, que en el otro no me verás penar»; y que esto lo hablaba cuando veía que las cosas no iban a su gusto, quedando con esta costumbre por haberlo oído muchas veces en España».

En Valdivia se procesó (1580) al capitán Juan de Matienzo porque hacía trabajar a los indios en días de fiesta, no oía misa, dándoles con ello mal ejemplo, y por otras cosas que según los inquisidores no tocaban al Santo Oficio.

A Hernando de Salazar, vecino de la misma ciudad, porque dijo que entendía no era nada un negocio de un cuñado que tenía en la Inquisición, sino que los oficiales de ella estaban ociosos y no tenían en que entender, «y así los inquisidores procuraban de darles en qué ganar de comer y andaban a estas cosas pocas».

Domingo Hernández acusado por un testigo de que tratando entre los dos a solas de como las mujeres de la dicha ciudad de Valdivia se echaban con los hombres, había dicho el reo que también San José se había echado con Nuestra Señora; y que tratando de los luteranos había también dicho el reo que había navegado con ellos y que se encontraban entre ellos buenos cristianos y que hacían obras de cristianos.

Alonso Becerra Altamirano testificado de que hablando de la venida de los «luteranos» a aquella ciudad, dijo: «¡Adiós! que no serán luteranos sino ángeles del cielo en venir a esta tierra».

Pedro de Soto denunció de sí de que «tratándose entre algunas personas de cómo cierto hombre tenía trato deshonesto con una india casada, había dicho, por decir, que no por eso había pecado mortalmente». Los testigos añadieron que tratándose de la dicha plática, dijo el reo: «pues eso es pecado? y diciéndole que sí, volvió a decir disminuyéndolo, así, así, venialmente».

El vicario de la ciudad había procesado, finalmente, a Alonso de Ludeña por decir, cuando andaban los luteranos por las costas del reino; «huélgome que vengan, porque seremos todos unos»; y también porque sostuvo que podía uno perjurar en causa propia.

En Osorno había sido procesado, en virtud de comisión del comisario de Concepción, Cristóbal Cabrera, clérigo, acusado de haber dicho que la Iglesia no rogaba por los frailes.

Fray Domingo de Gamboa, dominico, acusado de haber sostenido que quien podía saber «cuantas eran las órdenes de los ángeles, sino que son imaginaciones».

El maestro Duarte, portugués, testificado el año de 1573 de haber sostenido en Lima, hacía de eso siete años, en presencia de algunas personas, que tener un hombre acceso con una india soltera, no era pecado.

Y el vicario de la Imperial Juan de Oropesa, acusado por un testigo de «que andando revuelto con cierta india muy gorda había dicho, de plática en plática, no puedo ir al cielo sino es durmiendo con fulana, diciéndolo por la dicha india».

El vicario de Castro en Chiloé encausó también a Pedro Ramírez por haber sostenido que la fe era cosa muerta sin la caridad, y que ambas virtudes eran lo mismo.

Por fin, el comisario de San Bartolomé de Gamboa encausó al notario Diego Garcés de Andrade, porque «pidiéndosele que mostrase ciertos papeles, dijo que no quería mostrarlos, porque eran papeles del Sancto Oficio y no tenía la persona que se los pedía que ver en ellos, y que se quejaría ante el Santo Oficio, y esto pasó con un alcalde ordinario de la dicha ciudad de San Bartolomé y dicen los testigos que los dichos papeles no eran del Santo Oficio y que algunas veces amenaza el reo con el Santo Oficio».

 

 

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