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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo X de la Primera Parte

Capítulo X de la Primera Parte

Segundo proceso de Francisco de Aguirre

Francisco de Aguirre es denunciado nuevamente ante el Santo Oficio. Capítulos de la acusación. Los jueces acuerdan la prisión de Aguirre, con secuestro de bienes. Eligen a Pedro de Arana para que proceda a efectuarla. La Inquisición sirve esta vez los deseos del virrey Toledo. Viaje de Arana. El visitador Ruiz de Prado censura el proceder del Tribunal en este caso. Prisión de Aguirre. Su confesión. Incidencias del proceso. Condenación de Aguirre. Cargos que por esta causa se hace más tarde a los inquisidores (nota). Los cómplices de Aguirre. Proceso de Hernando de Aguirre. Ídem de Andrés Martínez de Zavala. Ídem de Pedro de Villalba. Ídem de Maldonado el Zamorano. Ídem de Francisco de Matienzo. Ídem del capitán Juan Jufré. Ídem de Luis de San Román. Ídem contra Gonzalo Santos, Juan de Pendones y Alonso Hernández.

Al tratar del proceso que el obispo de La Plata había seguido a Francisco de Aguirre decíamos que el clérigo encargado de notificarle ciertos mandamientos del Prelado, había debido regresar en vista de la negativa de aquél para obedecerlos; y que en el Tribunal del Santo Oficio que acababa de fundarse en Lima, se habían presentado varios denuncios contra aquel benemérito conquistador de Chile.

Acusábasele, pues, de haber dicho que en su gobernación era vicario general en lo espiritual y temporal;

Que un clérigo que allí estaba de cura y vicario no era nada.

Que a ciertas personas que le habían dicho que las excomuniones eran terribles y se habían de temer, les respondió: «para vosotros serán temibles, que no para mí».

Que reprendiéndole que por qué permitía que sus pajes comiesen carne en cuaresma, respondía que no vivía en ley de achaques.

Que dio de bofetones y «mojinetes» a un cura y vicario.

Que estando herido cierto indio suyo, dijo al cirujano que no le curase, pues era imposible que ninguno a quien él ensalmase se muriese, y que los que mandaban que no se curase por ensalmos, no sabían lo que decían.

Que había curado a un hijo suyo que sufría de dolor de muelas con escribir ciertas letras en una silla y poner la punta de un cuchillo sobre ellas, sosteniendo que no podía Dios criar mejor cosa que aquélla para el dolor de muelas.

Que habiéndosele dicho que cierto vicario le tenía excomulgado, sostuvo que el Papa no le podía excomulgar.

Que afirmaba que la misa que dicho vicario celebraba no valía nada, y que no era menester de la misa, que Dios sólo miraba los corazones.

Que quitaba que se pagasen los diezmos y primicias al vicario y exigía se le entregasen a él, porque era vicario general en lo espiritual y temporal.

Que habiéndose de desposar ciertas personas, se opuso a que el acto se celebrase ante el vicario, habiendo procedido a hacerlo él, en presencia de mucha gente, pronunciando las palabras que la Iglesia dispone para semejantes ocasiones.

El licenciado Cerezuela, dando cuenta de este mismo negocio al Inquisidor General, agregaba otros capítulos de acusación contra Aguirre:

«Que desarmó a algunos de los que fueron en su prisión, cuando le prendieron a título del Sancto Oficio, que los topó en el camino saliendo de Tucumán para el Perú, con ropa para vender y otras cosas».

»Y que llegado a Tucumán mandó pregonar públicamente que desterraba a todos aquellos que se hallaron en su prisión, de su tierra y gobernación, e que no entrasen en ella, so pena de muerte; e que había escripto al Presidente e Oidores de Los Charcas cartas desacatadas sobre su prisión; e que decía que de todas las cosas que le habían acusado iba libre, que habían sido mentira y se las habían hecho confesar por fuerza; e que por ciertas cartas que había escripto a los licenciados Matienzo y licenciado Polo e a otras personas, les decía que le habían hecho confesar lo que no había hecho...; e que cuando estaba preso en la cibdad de La Plata atemorizaban al fiscal y le ponían temores, y que tenía acobardado al Obispo y le llamaba de judío, e que había dicho que no le rogasen por cierta persona, que le había hecho más bien que Dios le podía hacer...».

Rendida la información, en la cual declararon veintidós testigos, el día 14 de marzo de 1570, se reunieron en consulta el inquisidor Cerezuela, el ordinario, licenciado Merlo, el licenciado Castro, gobernador que había sido del Perú, el licenciado Valenzuela, alcalde del crimen, el licenciado Martínez, arcediano de Lima, y el licenciado Paredes, oidor de la Audiencia Real, y en conformidad se votó que Aguirre fuese preso con secuestro de bienes y en forma.

«E después de ansí votado, continúa Cerezuela, lo consulté con el señor don Francisco de Toledo, visorrey destos reinos, y dende algunos días que sobre ello platicamos y conferimos, ansí cerca del orden que se debía tener en la prisión, como de la persona que lo había de ir a ejecutar, fue acordado que se encomendase a un Pedro de Arana, hombre hábil y solícito, de quien se tuvo toda buena relación; y porque se tenía información que el dicho Francisco de Aguirre estaba mal quisto con todos los vecinos de aquella provincia, y que eran hasta cinco o seis personas las que le podían favorecer, se le dio orden al dicho Pedro de Arana, que sin tratar ni comunicar con nadie, fuese a la dicha provincia de Tucumán, y se le dio provisión del señor Visorrey para que quedase en el entretanto por gobernador un Miguel de Ardiles, o Nicolás Carrizo, de quien su excelencia tenía toda buena relación, hasta tanto que Su Majestad o el dicho Virrey, en su nombre, proveyese otra cosa; y se le dio provisión para que si fuese necesario diesen auxilio para la dicha prisión e favor e ayuda, y sobre todo juró de guardar el secreto, e que no lo comunicaría con persona alguna; y se le dio por escripto y le instruimos largamente de lo que había de hacer, y de lo que importaba guardar el secreto y hacer el negocio de manera que no hubiese novedades ni alteraciones algunas...».

Cualquiera que fuese la importancia que el Tribunal atribuyese a la información que obraba contra Aguirre, a nadie, sin embargo, pudo ocultársele que, más que un caso de fe, se trataba con su prisión de servir los deseos del Virrey, que por un motivo o por otro, quería separar a Aguirre del gobierno que tenía.

La Inquisición venía para ello a servirle admirablemente, y así no trepidó en firmarle a Arana, como lo refiere Cerezuela, las órdenes necesarias para que las autoridades de su dependencia le diesen todo el favor que pidiese. Para facilitarle aún su cometido, proveyole, además, desde el primer momento del dinero necesario, despachándolo apresuradamente desde Lima el 15 de mayo de ese año de 1570.

Con toda brevedad y secreto emprendió Arana el viaje hasta llegar a la ciudad de La Plata. Allí pudo convencerse de que la empresa que se le había confiado no era tan fácil como hubiera podido creerse en un principio. Estaba aún determinado de regresarse a Lima a dar cuenta de las dificultades con que había tropezado, después de haber permanecido veinte días en la ciudad, falto de gente, sin los dineros suficientes y obligado todavía a guardar secreto, sin poder confiarse a las justicias y autoridades hechuras de Aguirre, que, de seguro, no le auxiliarían en su empresa contra su jefe.

Las noticias que supo de algunos soldados que habían llegado a la ciudad desde la del Estero no eran por cierto muy tranquilizadoras. Asegurábase que Aguirre había aumentado la guardia de su persona, y que en la ciudad de Tucumán levantaba una casa fuerte, con foso y contrapared, cuyas despensas llenaba de maíz; que de Chile le habían enviado una pieza de artillería, y que su yerno Francisco de Godoy se preparaba a ir en su socorro con algunos hombres que había reunido en Coquimbo. A mayor abundamiento, habíase sospechado ya el motivo del viaje del emisario del Virrey, y como era de esperarlo, dadas las condiciones de Aguirre, no era probable que éste se prestase de buen grado al obedecimiento de la orden que aquél llevaba.

Arana tenía ya resuelto, en vista de todo esto, regresarse a Lima, cuando, mudando de propósito, pensó que el único medio que las circunstancias le aconsejaban era dar de mano, por lo menos en parte, a las instrucciones que se le habían entregado y buscar en su industria, con mana mas que con fuerza, el llevar a cumplido término su cometido.

Comenzó desde luego para este intento por reducir al deán y provisor de La Plata, el doctor Urquizu, a que revocase la provisión que había otorgado al padre Payán para vicario de Tucumán, por ser grande amigo de Aguirre, y que en su lugar nombrase al padre Vergara, que mostraba gran celo en todo lo que era menester.

De don Jerónimo Luis de Cabrera, corregidor de la provincia, obtuvo un préstamo de mil quinientos pesos y otros auxilios, y que despachase, además, algunos soldados que alcanzasen al padre Payán y le hiciesen volver con los que le acompañaban a fin de que no pudiesen prevenir a Aguirre. Para el mismo efecto pusieron también centinelas en los caminos con encargo de que no dejasen pasar a nadie.

Logró, asimismo, reunir próximamente treinta españoles seguros, y con ellos a la cabeza, fresca todavía la tinta con que anunciaba estos pormenores al Santo Oficio, salía de Potosí en dirección a Los Charcas -donde pensaba detenerse ocho días para hacer el indispensable acopio de provisiones- el 30 de agosto de 1570.

Mientras tanto, habían trascurrido más de seis meses y en Lima no se tenía noticia alguna de Arana. Por fin, el 1º de diciembre recibió Cerezuela la carta que aquél le dirigió desde Potosí, y horas después un familiar de la Inquisición le comunicaba, que viniendo camino de La Plata hacia los Reyes supo que Arana había entrado en Tucumán y preso a Francisco de Aguirre con toda felicidad. Creíase aún en Lima que ambos llegarían de un momento a otro en el primer navío que saliese del puerto de Arequipa.

Don Juan Ruiz de Prado, que tuvo por su carácter de visitador que examinar el proceso seguido a Aguirre, consignaba a este respecto las siguientes palabras, que importan la más amarga censura para el Tribunal que estaba encargado de juzgarle: «Paresce que fue grande resolución la que en este negocio se tomó, porque por la testificación dicha no se podía prender por la Inquisición, adonde las prisiones han de ser tan miradas y consideradas cuanto por las instrucciones se encarga, cuanto más a un hombre como éste, que, allende de ser de más de setenta años y que había servido mucho al Rey en esta tierra y con grande fidelidad, era gobernador de Tucumán por Su Majestad, y bien nascido, y traerle preso por la Inquisición desde aquella tierra hasta aquí, que debe haber más de quinientas leguas, y dejarle secuestrados los bienes, téngolo por caso grave...».

Pero oigamos al mismo inquisidor que va a referirnos la manera como se tramitó el proceso y las incidencias que en él mediaron.

«Este proceso, continúa Ruiz de Prado, está muy mal concertado, y no paresce por él cuando fue preso el reo ni cuando entró en la cárcel. Sólo en la primera audiencia que con él se tuvo, dice Arrieta, que mandaron traer de las cárceles al dicho Francisco de Aguirre, y no hay otra claridad de su prisión ni entrada de cárcel sino ésta; y antes de la primera monición, dijo cómo el obispo de Los Charcas le había tenido preso y lo que en esto pasó y la causa por qué desarmó, cuando volvía a Tucumán, acabado el dicho negocio, a las personas que encontró en el camino. El fiscal le puso una acusación de doce capítulos, porque, allende de la dicha testificación con que fue mandado prender, le sobrevino al reo más probanza, de haber dicho cuando iba a Tucumán, después de haber sido sentenciado, que él iba a Tucumán porque el Obispo le enviaba y le había mandado que dijese al vicario que dijese una misa cantada y muy solemne y con alta voz dijese al pueblo que todos los que juraron contra él mintieron malamente y que juraron falso todo lo que juraron, y que todos se desdigan y digan que juraron aquello malamente, y que él es buen cristiano y que con él no tenía que ver Rey, ni Virrey, ni Presidente ni Oidores, porque él era rey de su tierra y no había otro rey sino él, y que la ley que él quisiese, aquella podía tener, y que los testigos que habían jurado contra él en el negocio del Sancto Oficio eran perjuros y habían mentido y levantádole testimonio; y había amenazado a los testigos que habían dicho contra él y a los que se habían hallado en su prisión; y en confirmación de esto, había tratado mal a los unos y a los otros por muy livianas causas; y rogándole cierto religioso al reo que se hubiese con las dichas personas, respondió que no era posible Dios ponerle en el corazón que hiciese por las dichas personas; y que asimismo había mandado matar a ciertas personas en nombre de la justicia, por sus intereses particulares, y mandó sacar a uno de ellos de una iglesia a donde estaba retraído, y que le diesen luego garrote, como se había hecho, sin darle confesor; y se le acusó asimismo de otras cosas que eran tiranía y sabían a ella y no tocaban a nuestra fe ni al conoscimiento de la Inquisición, ni a su fuero; y que cuando supo que iban a prenderle por el Sancto Oficio esta segunda vez, quiso salir al encuentro a las personas que iban a ello, y para ello hizo ayuntar en su casa en la ciudad de Santiago a los vecinos de ella, y si le hobieran querido seguir, hobiera salido al encuentro a las dichas personas que le iban a prender; y que estando ya preso en un aposento de su casa, que estando con grande impaciencia de ver estas cosas le dijo cierta persona, consolándole, que tuviese paciencia, y el reo contestó que él tenía y había tenido más paciencia que tuvo Job; y que estando tratando ciertas personas de la orden de la Compañía de Jesús y del fruto que hacía donde quiera que estaba, dijo el reo a cierta persona: «¿Qué dicen aquellos de la orden de los teatinos? Yo no la tengo por buena sino por gran desatino, pues que por ella ha venido a España tanto mal y tanto trabajo, y valiera más que no se hobieran ordenado». Y que comía y cenaba el reo dentro de una iglesia, teniendo casa donde poderlo hacer; y que dio a cierta persona una iglesia para que viviese en ella; y que comía carnes en viernes y en vigilias, estando sano y bueno, después de haber sido castigado por ello entre las demás cosas por el dicho Obispo; y que había mandado pregonar públicamente en cierta ciudad de su gobernación que la india que sirviendo a uno se casase con un indio que sirviese a otro, que no los dejasen vivir juntos, aunque estuviesen casados en haz de la Sancta Madre Iglesia; y que ningún indio se casase con una india de otro sin su licencia; y que era hechicero y juntaba en su casa indias hechiceras y otras mujeres que lo eran, para que le dijesen las cosas que había en España y las que había en el Pirú y en otras partes.

«CONFESIÓN DEL REO. Y respondiendo a la acusación, dijo que se refería al proceso que el Obispo le había hecho, y no se acordaba haber cometido delicto después acá, y que él no estaba bien penitente, porque le prendieron por el Rey y no por la Inquisición, y, se quejaba de que el Presidente y Oidores de Los Charcas no castigaban a los que le habían preso por el Rey, pues él no le había deservido; y que era verdad que hacía cierto ensalmo sobre las heridas, andando en la guerra, no habiendo cirujano que las curase, y dijo las palabras de él, que no tienen cosa supersticiosa; y que curaba de caridad el dolor de las muelas, con otras ciertas palabras que dijo; y que así dicho que le habían dado por libre, y que se había quejado de un su letrado que le había hecho confesar algunas cosas que él no había hecho, y que lo hizo por quitarse de pleitos, y que creía que alguna de ellas tocaba a hechicerías, que nunca en su vida las hizo, ni consintió; y que había desarmado a las personas que encontró que salían de Tucumán; y por apaciguar la tierra y tenerla toda en quietud y paz, había mandado dar el pregón, y que llegado que fue a Santiago del Estero, había dicho a los vecinos de aquella ciudad que se había holgado de una sola cosa, porque le decían allá que le habían de hacer y acontecer al Obispo, y aún al Presidente, y ya él estaba allá y no había salido verdad ninguna cosa de las que le habían dicho y todo lo demás negó, dando evasiones y salidas a todo, de manera que no había delicto. Después de esto, antes que el negocio se rescibiese a prueba, en otra audiencia, dice Arrieta que hizo presentación el reo de doce pliegos de papel escritos de letra del alcaide y firmados de su nombre: no consta por el proceso cuando se le dio este papel, aunque están señalados de una rúbrica que paresce ser de Arrieta, y no presentó más de dos hojas y aún no media de otra escritas.

»En este escrito dice el reo que algunos de los testigos son sus enemigos, y da la razón de ello, y dice que él no es impenitente y que comía los viernes y cuaresma, con licencia de los médicos, que se la tenían dada por sus indispusiciones, y que demás de tenerla, pidía licencia al vicario o cura donde se hallaba, con tener ansimismo licencia de Su Santidad para poderla comer.

»Después de esto, el fiscal pidió por petición que el proceso que se hizo por el ordinario de Los Charcas se acumulase a éste, atento a que él se pensaba aprovechar dél, porque la sentencia que en él fue dada fue y es nula, injusta y muy agraviada y digna de revocar, así por haber apelado de ella el fiscal de la causa en tiempo y en forma y conforme a derecho, como por otras muchas causas que por su parte se allegarían.

»En la prosecución de esta causa, los inquisidores mandaron dar traslado de esta petición al dicho Francisco de Aguirre, y se le dio a su letrado, que le estaba ya nombrado; y respondiendo a ella, dijo que negaba haber cometido los delictos de que era acusado, y que no era impenitente, ni ficto, ni simulado confitente, antes había guardado la sentencia que le fue dada y la había cumplido, y que la apelación fue ninguna, y cuando no lo fuera, había quedado desierta, y la sentencia pasado en autoridad de cosa juzgada; y que después de ella, él no había cometido ningún delicto contra nuestra santa fe católica de que debiese ser punido ni castigado, más de lo que tenía confesado; y si algunos testigos decían contra él, serían sus enemigos; y habiendo alegado éstas y otras cosas en su descargo, concluyo para prueba juntamente con el fiscal.

»Los testigos se le dieron en publicación, que fueron sesenta testigos y sólo dos de ellos están ratificados, que estando como estaba el reo, negativo, fuera justo se hobieran ratificado; y respondiendo a ella, dijo que se remitía a lo que tenía dicho, y que si dijo que le habían dado por libre, sería por sus enemigos, y que pues la sentencia que contra él se había dado era pública, que de muy poca importancia era decirlo él, y que lo que él pudo escribir sería que estaba libre de la prisión, pero no de la sentencia, y todo lo demás negó; y habiéndosele dado traslado de la dicha publicación, dice Arrieta que se le dio la original, y con ella cuatro pliegos de papel y lo llevó todo a su cárcel y respondió a ella por escrito en veintiséis hojas de papel escritas de la propia letra que está escrita la respuesta de la acusación, de que, a lo que allí dice Arrieta, es del alcaide, y no consta quién ni cuando se le dio el demás papel de los cuatro pliegos dichos, aunque está rubricado de una rúbrica que paresce ser de Arrieta.

»En este escrito, dice, en suma, el reo lo que tenía dicho; y en otra audiencia presentó el reo otro escrito de mano de su letrado, en respuesta de la dicha acusación y alegando de su justicia, y tachó algunos de los testigos que contra el reo había, diciendo que eran sus enemigos.

»Después de esto, en otra audiencia, presentó el reo una petición diciendo que había más de doce meses que estaba preso en las cárceles de este Sancto Oficio, y él era viejo de más de setenta años y enfermo, y que si se había de aguardar a que los testigos se ratificasen, se alargaría mucho su causa, y que así él daba por dichos y jurados los dichos testigos, como si en plenario juicio se ratificaran, no los aprobando en sus dichos ni personas; de esto se mandó dar traslado al fiscal. El fiscal dijo que convenía a su derecho que los testigos se ratificasen y otros contestes que daban se examinasen, por algunas razones que para ello alegó.

»Proveyose por la Inquisición que se hiciesen las diligencias que el fiscal pedía, y estando el negocio en este estado el reo enfermó en las cárceles, y habiendo hecho relación los médicos que le visitaban que estaba muy peligroso, lo mandaron llevar los inquisidores a casa de un familiar de la Inquisición para que allí fuese curado, y se le dio orden al dicho familiar que no le dejase comunicar con ninguna persona, ni de palabra ni por escrito; y sin tener con él Audiencia de secreto y aviso de cárcel, fue llevado a casa del dicho familiar a 19 de julio de 1572. Desde este día no hay cosa ninguna escrita en el proceso ni se tuvo audiencia con el reo, ni consta en él cuando le volvieron a la cárcel, hasta 24 de Abril de 1574, que dice Arrieta que lo mandaron traer de las cárceles para darle noticia cómo se le quería dar segunda publicación de testigos sobrevenidos, y así se le dio de doce testigos y de algunas cosas que los demás testigos añadieron a sus dichos.

»Los once testigos le testifican de que estando en Chile había tenido preso a un clérigo cierto tiempo y que no se había absuelto de la excomunión en que había incurrido por razón de esto; que había dicho y hecho decir misa a otro clérigo estando impedido para la decir, por haber sacado sangre a un hombre con quien había reñido; y dice un testigo que se le había hecho decir diciendo que él allí era el Papa, Obispo y Arzobispo; y otro testigo dice que dijo el reo que en Chile él era Papa y Rey.

»Las adiciones de los testigos tocan a impenitencias y cosas que dijo e hizo en lo tocante a esto después que se acabó su negocio en Los Charcas, y haber tratado mal de palabra durante el dicho negocio y después a los que se hallaron en su prisión; y respondiendo a la dicha segunda publicación, dijo que él estaba absuelto de la excomunión en que incurrió por haber preso al dicho clérigo, y negó haber dicho las dichas cosas por la forma que los testigos dicen, sino de manera que como él las refiere no hay delicto; y, en cuanto a las adiciones de los testigos, se remitió a lo que tenía dicho en sus confesiones.

»De esta publicación se le mandó dar traslado y se le nombró otro letrado, por estar impedido el que estaba nombrado.

»En otra audiencia, a 2 de julio de 1575, se le dieron al reo en publicación las cosas que añadieron los testigos a sus dichos al tiempo de la ratificación, y no se le dio noticia de los que se habían ratificado, como se debió de hacer. En esta publicación se le dan en ella muchas cosas que no le tocan, ni son delictos suyos, como se verá en la adición del testigo cuarto, y en algunos capítulos del testigo 31, digo de su adición, y de otros, y así no se hace relación particular de ello.

»El reo dio defensas de tachas contra muchos de los testigos que contra él dicen, y de abono de su persona y de lo que pasó al tiempo que le prendieron la primera vez, y que no fue por el Sancto Oficio la prisión, sino que después de hecha, un clérigo particular había dado un mandamiento de prisión por el Santo Oficio, y que la causa por qué desarmó a los que salían de Tucumán, cuando él entraba, que fue porque no se amotinasen contra él, como lo hicieron muchos de ellos cuando le prendieron; y hechas las que se debieron hacer, concluyó definitivamente en esta su causa, y no se notificó al fiscal. Después de esto, paresce que a 12 de Agosto de 1575, mandaron los inquisidores al alcalde que cerrase la puerta de su cárcel al dicho Francisco de Aguirre».

«El proceso de Francisco de Aguirre, gobernador de las provincias de Tucumán, de quien tenemos dada particular noticia y relación a Vuestra Señoría, dicen Ulloa y Cerezuela, se concluyó en difinitiva, y visto por nós, y el ordinario y consultores, en conformidad fue votado a que oyese la misa mayor y sermón que se dijese un domingo o fiesta de guardar, en la iglesia mayor desta ciudad, y que se mandase que no hobiese otro sermón aquel día en todas las iglesias y monesterios desta ciudad, la cual dicha misa oyese en cuerpo y sin bonete y cinto, y en pie, con una vela de cera en las manos, en forma de penitente, y que allí le sea leída públicamente su sentencia, y que abjure de vehementi, y desterrado perpetuamente de las provincias de Tucumán, y que esté recluso y tenga cárcel en un monesterio desta ciudad que por nós le fuese señalado, por tiempo y espacio de cuatro meses, y que no use más de los ensalmos para curar heridas y dolor de muelas, y condenado en todos los gastos que se hicieron en su prisión, y que en presencia del ordinario y consultores sea advertido del peligro en que está y de la pena que tiene si reincidiere, dándole a entender lo que abjuró; lo cual fue ejecutado en domingo veinte y tres de otubre de mil y quinientos y setenta y cinco años».

El proceso que el Santo Oficio había formado a aquel viejo soldado y buen servidor del Rey, duró, pues, cerca de cinco años. Privado en definitiva del gobierno de Tucumán, Aguirre se retiró, ya para siempre desengañado, viejo, achacoso y sin paga, a la ciudad de La Serena que había fundado. En ese entonces había perdido a tres de sus cuatro hijos varones, un yerno, un hermano y tres sobrinos, muertos todos en servicio del Rey; y al parecer, después de haber gastado en el real servicio más de trescientos mil duros, según decía hallábase con tanta necesidad y deudas que «no podía parecer ante Su Majestad a pedir merced y gratificación de sus muchos servicios y gastos».

A la vez que Francisco de Aguirre era preso y encausado, procedíase también contra sus cómplices. Su hijo Hernando era enjuiciado porque «habiendo mandado pregonar el dicho gobernador que no comunicase ni tratase nadie con el dicho vicario y cura, so ciertas penas, y diciendo cierta persona que agora que se quería confesar se había dado aquel pregón, el dicho Hernando de Aguirre, dijo que no tratase aquellas cosas, que si tanto quería confesarse, que se fuese a la iglesia y que se confesase allí; e yendo por lugarteniente de su padre, con cierta compañía de españoles, a cierta entrada vio pasar una zorra e dijo: no creo en la fe de Dios, ni hemos de hacer nada de lo [a] que vamos, porque ha pasado esta zorra por aquí; e que habiendo preso a título del Santo Oficio a este Hernando de Aguirre, juntamente con su padre, nunca se había procedido contra él, por ser yerno del dicho oidor Mátienzo.

Otra información contra Marco Antonio, hijo del dicho Francisco ¿le Aguirre, sobre que dio una cuchillada en un dedo al dicho clérigo, cura y vicario sobredicho, dentro de la iglesia, y que diciéndole que el dicho vicario estaba muy malo della y que se fuese a absolver, dijo que por matar aquel clérigo no caía en excomunión.

«Otra información contra un Andrés Martínez de Zavala, vecino de la dicha ciudad de Santiago del Estero, del cual se tiene relación que tractando de unos hijos mestizos que tiene el dicho Francisco de Aguirre, el dicho Zavala le dijo que si él fuera cura o vicario de la iglesia donde él fuese gobernador, que él le penara y castigara la noche que no tuviese mujer al lado, y diciéndole el dicho Aguirre, que ¿por qué? respondió, el dicho Zavala, 'porque no es pecado hacer destos hijos,' mostrando los mestizos. Dos testigos que cerca destos deponen, el uno dice que dijo que había de poner el Padre Santo, que cada noche le diesen una doncella para que no se perdiese aquella casta; y el otro depone que le oyó decir: 'si yo fuera cura o obispo en el pueblo donde Vuestra Señoría viviera, yo le echara doncellas a la mano para que creciera y multiplicara tan buena generación como ésta, y por la noche que no hubiera cuenta con todas ellas, yo le penara y muy bien penado'. Asimesmo hay información que este reo dijo que la misa que el dicho cura y vicario decía y había dicho no vale ni valía nada y que no era menester irse a confesar con él, sino que se subiese a lo más alto de su casa y decir allí sus pecados a Dios.

»Otra información contra un Pedro de Villalba, allegado al dicho gobernador, que parece que por estar así diferentes el dicho gobernador con el dicho vicario, habiéndose de baptizar cierta criatura, este reo la bautizó en casa del dicho Francisco de Aguirre, gobernador, e después de habella baptizado, dijo: 'anda, que tan baptizada vas como el que baptizó San Juan Batista'.

«Otra información contra un Maldonado el Zamorano, vecino de la dicha ciudad de Santiago del Estero, amigo del dicho gobernador, el cual asimismo dijo que la misa que el dicho cura y vicario decía no valía nada ni era nada».

Resultaron también complicados por la misma causa, aunque de una manera indirecta, Francisco de Matienzo, hijo del licenciado Matienzo, oidor de Los Charcas, natural de Valladolid, «el cual fue mandado parescer en este Sancto Oficio, porque trayendo preso a él, desde Tucumán a Francisco de Aguirre, gobernador que era de la dicha provincia de Tucumán, y viniendo caminando por entre indios de guerra y dando orden Pedro de Arana, que traía preso al dicho gobernador, cómo pudiesen pasar sin rescibir daño de aquella gente bárbara, habiéndose apeado el dicho gobernador de un macho en que venía, el dicho Matienzo le dio un caballo muy bueno que él traía y le dijo que subiese en él, como lo hizo, al tiempo que el dicho Arana con la gente que traía en su guarda estaban para pelear con los dichos indios, y como vio el dicho Arana al dicho gobernador a caballo en el dicho caballo le hizo apear de él, y dicen que de esto se pudiera haber seguido grande daño; y que habiendo salido del mal paso dicho el dicho Arana, mandó al dicho Matienzo que no se apartase dél sin su orden, y que no lo hizo, porque sin ella se fue a la ciudad de La Plata a casa de su padre. Este reo era menor y se le proveyó de curador después de dada la acusación y se hizo un proceso con él con su autoridad y asistencia, y dio ciertas defensas, y hechas, concluyó difinitivamente, y no se dio traslado al fiscal; y visto en consulta el negocio, fue condenado el reo en trescientos pesos ensayados».

«El capitán Juan Jufré, natural de Villermalo en Castilla la Vieja, fue mandado parescer en este Sancto Oficio, porque estando preso en las cárceles de este Sancto Oficio Francisco Aguirre, gobernador de Tucumán, con cuya hija estaba casado el dicho capitán, había dicho y publicado con juramento a muchas personas que no había cosa contra Francisco Aguirre que fuese herejías, sino que eran pasiones de émulos suyos y que por envidia y diferencias que entre ellos había, le habían levantado muchas cosas en deshonor suyo, y entre ellas algunas que tocaban al Sancto Oficio, por echarle de su gobernación, y que el dicho Francisco de Aguirre se volvería presto a ella, a pesar de ruines, y que él tenía ya casi aclarada la verdad; y que trayendo preso a dicho Francisco de Aguirre a este Sancto Oficio, había salido a él el dicho capitán y le había hablado contra la voluntad de los que le traían, no obstante que le dijeron que traían orden de no le dejar hablar a ninguna persona. Asimismo el reo había escrito en una carta a un deudo suyo que en lo espiritual y temporal el Visorrey de estos reinos lo podía todo.

»Hízose su proceso con el reo, y habiendo concluido definitivamente se vio en consulta, y así por lo susodicho como por haber publicado el reo que el general Pedro de Arana, que fue a prender al dicho gobernador, se había aprovechado de sus haciendas, levantándole en ello testimonio, fue condenado en quinientos pesos ensayados para gastos y en reclusión en un monasterio o iglesia por diez días. La sentencia se pronunció en esta razón y no está firmada del ordinario. El reo se apeló, y vuelto a ver en consulta el negocio, se confirmó la sentencia en cuanto a la pena pecuniaria, y la reclusión se conmutó en un año de destierro de esta ciudad y de la del Cuzco».

Por fin, formose otro proceso contra Luis de San Román, natural de Burgos, «sobre que trayendo Pedro de Arana preso a Francisco de Aguirre, con personas de guardia, estando en la villa de Potosí con el dicho reo, a la sazón era alcalde ordinario, a pedimento de un particular que pidió ejecución en un hombre de la guarda del dicho Francisco de Aguirre, que le había sacado el dicho Pedro de Arana de Tucumán para el dicho efecto, por virtud de una obligación, pasado el plazo mas de doce años, lo cual mandó hacer el reo y se hizo y se le sacó un caballo de su poder de la guarda, parece que cerca de tomar a esta guarda cierta declaración y el dicho Pedro Arana no dar lugar para ello, por estar ocupado en la guarda del dicho Francisco de Aguirre y ser el de quien más se fiaba, en la plaza de Potosí el dicho reo alcalde se atravesó en palabras con el dicho Pedro de Arana y él y otros sus amigos le rempujaron e hicieron caer la capa y le trajeron de una parte a otra y le hicieron otros malos tratamientos; y a dos hombres que traía consigo que venían desde Tucumán en guarda del dicho Francisco de Aguirre, el dicho alcalde de Sant Román y un alguacil y otros sus amigos, los arrastraron y trataron muy mal, y al uno dellos llevaron a la cárcel haciendo gran alboroto y voces, y después el dicho alcalde fue a la posada del dicho Pedro de Arana, donde tenía preso al dicho Francisco de Aguirre, y allí sobre tomalle la declaración, según el alcalde decía, hobo otro alboroto, y aunque le mostraron el mandamiento del Sancto Oficio y provisión del Virrey de cómo el dicho Pedro de Arana iba por alguacil deste Sancto Oficio y aquel hombre venía en guarda del dicho preso, todavía quiso entrar en la cárcel a le tomar el dicho, diciendo que no solamente a él, pero aún a los inquisidores podía tomar el dicho, y haciendo mucho alboroto, hasta que por persuasión del corregidor de la villa y del otro alcalde su compañero lo dejó, de lo cual se pudiera seguir notable daño en huirse el dicho Francisco de Aguirre y desautoridad deste Sancto Oficio; mandose prender y traer a esta cibdad; vino sobre fianzas y metiose en las cárceles, enfermó en ellas y fue necesario dalle en fiado la cibdad por cárcel.

»Tres procesos contra Gonzalo Santos, e Juan de Pendones, e Álvaro Hernández, alguacil, que por la dicha información parecieron principalmente culpados en dar favor e ayuda al dicho Luis de San Román, alcalde, para lo que está dicho de suso, y parecionos, concluían los inquisidores, y lo mismo al ordinario y consultores en conformidad, que traellos desde Potosí a esta cibdad, que hay 300 leguas, se les recreciera notable daño, y atento a esto se le dio comisión al doctor Urquizu, nuestro comisario, y se le invió instrucción para que los prendiese y pusiese cada uno en su cárcel, que no se pudiesen comunicar, e hiciese proceso contra ellos, según derecho y estilo del Sancto Oficio, y conclusas sus cabsas difinitivamente enviase los procesos para que los viésemos y determinásemos y en el ínterin los soltase en fiado; para todo lo cual se le envió instrucción en forma y el dicho comisario lo hizo así, y ha enviado los procesos conclusos en difinitiva».

Por sentencia de los inquisidores, a San Román se le dio por pena el tiempo que había estado en la cárcel, los desembolsos que había hecho, y se le condenó, además, en cien pesos de multa para gastos del Santo Oficio. Esta misma multa se impuso a Gonzalo Santos; habiendo resultado absueltos Juan de Pendones y Alonso Hernández.

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