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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile

  José Toribio Medina

Capítulo I de la Primera Parte

Capítulo I de la Primera Parte

La primitiva Inquisición americana

La primitiva Inquisición americana. Los primeros inquisidores de México. Los primeros obispos ejercen en el Perú el oficio de inquisidores. Detalles de algunos procesos. El primer reo de fe en Chile.

Según es sabido, el primer inquisidor general de España fue el dominico fray Tomás de Torquemada, que falleció en 1498. Sucediéronle en el cargo fray Diego de Deza; Jiménez de Cisneros en Castilla y León, y en Aragón fray Juan Enguerra, a quien reemplazó, en 1516, el cardenal Adriano Utrecht, elevado más tarde al solio pontificio bajo el nombre de Adriano VI. A su tiempo corresponde el primer nombramiento inquisitorial en América, extendido a favor del dominico fray Pedro de Córdoba, que residía en la Isla Española, con jurisdicción sobre todo lo descubierto en Indias, y de lo que más adelante se descubriese. Por muerte del padre Córdoba concediéronse esas mismas facultades a la Audiencia de aquel distrito, que podía delegarlas en uno de sus miembros y otorgar nombramientos de oficiales y familiares.

En la Española distinguiéronse en un principio por su celo de la fe, no sólo las autoridades eclesiásticas sino también las civiles. López de Gómara, en efecto, celebrando los hechos de Nicolás de Ovando que había gobernado aquella isla «cristianísimamente» durante siete años, «pienso, dice, guardó mejor que otro ninguno de cuantos antes y después dél han tenido cargos de justicias y guerra en las Indias, los mandamientos del Rey, y, sobre todos, el que veda la ida y vivienda de aquellas partes a hombres sospechosos en la fe y que sean hijos o nietos de infames por la Inquisición».

Antonio de Herrera en su Historia de los hechos de los castellanos dice acerca de la primitiva Inquisición de Indias lo siguiente: «Y habiéndose proveído por obispo de Santo Domingo al doctor Alejandro Geraldino Romano, se le mandó, y juntamente al obispo de la Conceción, que fuesen sin ninguna dilación a residir en sus obispados, porque los padres Jerónimos advirtieron que desto había extrema necesidad. Y el cardenal de Toledo, que era Inquisidor General, les dio comisión para que como inquisidores procediesen contra los herejes y apóstatas que hubiese».

«[...] Luego que se comenzaron a descubrir y poblar las Indias Occidentales, refiere otro célebre autor, y a introducir y entablar en ellas el Evangelio y culto divino, se encargó y cometió a sus primeros obispos por el cardenal de Toledo, Inquisidor General, que procediesen en las causas de fe que en sus distritos se ofreciesen, no sólo por la autoridad ordinaria que por su oficio y dignidad les compete, como a pastores de sus ovejas, sino también por la delegada de inquisidores apostólicos que él les daba y comunicaba, si entendiesen que esto les podía importar en alguna ocasión...».

Cuando en los años de 1524 pasó por la Española de viaje para México el franciscano fray Martín de Valencia con algunos compañeros, el padre Córdoba, que aún era vivo, usando de su carácter de inquisidor general de Indias, le nombró comisario del Santo Oficio en Nueva España, cargo que de hecho ejerció, aunque con bastante moderación, si hemos de creer a un antiguo cronista. Hubo de cesar Valencia en su cargo inquisitorial cuando llegó a México la misión de frailes dominicos que llevaba fray Marcos Ortiz, en vista de que el puesto de comisario de la Inquisición se consideraba anexo a las funciones de los prelados de Santo Domingo, quienes, en efecto, continuaron ejerciéndolas, aunque al parecer sólo en el nombre, hasta que en 1535 el inquisidor general de España don Alfonso Manrique, arzobispo de Toledo, concedió el título de inquisidor apostólico al obispo de México don fray Juan de Zumárraga con facultades amplias para establecer el Tribunal, nombrar los demás ministros y atender a los medios de proveer a su subsistencia. Aquel prelado no creyó, sin embargo, llegado el caso de proceder al establecimiento de la Inquisición, habiéndose limitado a celebrar un auto de fe en que quemó vivo a un indio, señor principal de Texcoco, hecho bárbaro que le valió una merecida reprensión de parte del Inquisidor General.

Con poderes amplios para pesquisar y castigar los delitos tocantes a la fe llegó más tarde a Nueva España el visitador Francisco Tello de Sandoval, que sin duda a causa de los disturbios que motivaron las Nuevas Leyes que iba a establecer, no tuvo tiempo de ocuparse de su oficio de inquisidor.

De este modo, pues, de hecho, el Tribunal de la Inquisición sólo vino a establecerse en México como en el resto de América cuando así lo dispuso Felipe II por su cédula de 25 de enero de 1569.

Examinemos ahora lo que a este respecto había ocurrido en la América del Sur.

Desde el rescate de Atahualpa, llevaba el Perú la fama de ser país cuajado de oro. Ante la expectativa de una pronta riqueza, innumerables aventureros salidos de todas las colonias españolas entonces pobladas en América llegaron en tropel al antiguo imperio de los Incas, y cuando ya éste no bastó a saciar su codicia, poseídos siempre de la sed del oro y del espíritu de descubrir y conquistar nuevas y maravillosas tierras, lanzáronse en bandadas a los cuatro vientos.

Es fácil comprender que tales hombres, lejos de todo centro civilizado, sin respeto a la familia ni a las autoridades y sin otro norte que una ambición desenfrenada y una inextinguible codicia, si realizaron hazañas inauditas por su audacia y su grandeza, estaban muy distantes de ser modelos de religiosidad y de moral. En algunos casos llegaron a parecer más bien fieras que hombres. Según la expresiva frase de un contemporáneo, «pelar y descañonar la tierra» era el solo lema que guiaba los pasos de los que llegaban a las playas americanas, ya fuesen jóvenes o viejos, militares o letrados, clérigos o frailes.

En el orden civil disensiones continuas entre los caudillos más prepotentes, nacidas desde los primeros momentos de la conquista, habían hecho perder gran parte de su prestigio a la real justicia; y en lo espiritual, obispos que cuidaban únicamente de atesorar dinero, religiosos inquietos, apóstatas e insufribles, clérigos hinchados de lujuria y de avaricia, no eran por cierto ministros adecuados para mantener en la debida pureza los preceptos que estaban encargados de predicar y enseñar con su ejemplo. Como decía al soberano el Virrey Toledo, dándole cuenta de este estado de cosas, era necesario distribuir la justicia con hisopo, como el agua bendita.

Los obispos y sus vicarios, en su carácter de inquisidores ordinarios, sin embargo, habían fulminado y seguían tramitando algunos procesos, y en verdad que su número no era escaso.

De los pocos documentos referentes a esta materia que nos han quedado de aquella época, podemos, sin embargo, apuntar algunos antecedentes interesantes.

Del Libro Primero del Cabildo de Lima consta que ya en la sesión de 23 de octubre de 1539, fue presentado a la corporación «un mandamiento del señor Obispo en que manda que se le dé el proceso que fue presentado contra el capitán Mercadillo porque lo quiere ver para conocer de ciertos delitos e blasfemias que cometió e dijo contra Dios Nuestro Señor e su bendita Madre, como inquisidor y pidió se lo entreguen, que él lo volvería. Los dichos señores visto que hay algunas cosas en él que tocan al Santo Oficio, mandaron a mí el escribano lo dé al dicho señor Obispo para que lo vea».

El 15 de mayo de ese mismo año de 1539, vemos también que en el Cuzco, durante la misa mayor, el provincial de los dominicos fray Gaspar de Carvajal, «inquisidor por el muy reverendo y muy magnífico señor don fray Vicente de Valverde, primer obispo destos reinos», subió al púlpito y después de acabado su sermón, dijo: «esperen un poco», y lo que dijo es:

«El Obispo me escribió del Cuzco que porque le habían dicho que el señor don Alonso Enríquez había sido mucha parte y cabsa para los escándalos y diferencias que habían habido entre los señores gobernadores don Diego de Almagro, (que sea en gloria), y el señor marqués don Francisco Pizarro, a quien Dios Nuestro Señor dé vida, y que él había hecho su información, y que había hallado que el señor don Alonso no tenía culpa ninguna de lo que le ponían, y que antes merecía corona, por lo que había trabajado de conformallos».

Esto nos manifiesta, pues, que ya el primer obispo del Perú ejercía, por sí o sus delegados, la correspondiente jurisdicción en cosas y casos del Santo Oficio.

Consta igualmente que el arzobispo Loaisa en 1548, había celebrado un auto de fe para quemar, por luterano, al flamenco Juan Millar.

Contábase también entre los que habían sido penitenciados Vasco Suárez, natural de Ávila y vecino de Guamanga, castigado a reclusión y penas pecuniarias por el Provisor del Cuzco en sede vacante, en 1564, por haber dicho de cierto rey de Inglaterra, primero luterano y después católico, que «para lo de Dios había hecho bien y para lo del mundo mal». Por el mismo funcionario habían sido también procesados el bachiller Antonio Hernández, clérigo, natural de Pedroso, que sostenía que sólo Dios debía adorarse y no la cruz; Álvaro de Cieza, «hombre lego», oriundo de la isla de Santo Domingo, por afirmarse en que el Papa tenía poder para absolver a una persona, aunque muriese en pecado mortal, «que se salvaba, y que mirase el Papa lo que hacía, y la culpa de aquél que absolvía caía sobre él». Lope de la Pena, morisco, de Guadalajara, había sido reconciliado por la secta de Mahoma, con hábito y cárcel perpetuos; y en 30 de noviembre de 1560, fueron relajados (esto es, ahorcados primero y quemados en seguida, o quemados vivos, que no consta en este caso la forma de la relajación) el morisco Álvaro González y el mulato Luis Solano, por mahometanos y dogmatizadores.

El Deán de La Plata había condenado también, en 22 de julio de 1565, a llevar hábito y cárcel perpetuos, con confiscación de bienes, por luterano, a Juan Bautista, natural de Calvi, en Córcega, a quien después se había seguido todavía nuevo proceso y enviado a Lima por llevar el sambenito oculto, andar de noche y haberse salido alguna vez del templo al tiempo de alzar.

Lo cierto del caso era que cuando el primer inquisidor licenciado Serván de Cerezuela llegó a Lima existían allí, en tramitación, cuatro procesos por cosas tocantes a la fe, y que en el Cuzco se seguían noventa y siete; los cuales remitidos al Tribunal, mandáronse luego suspender tres y archivar los demás por si alguno de los reos tornase a reincidir, «y para los demás efectos, como es estilo del Santo Oficio».

Con ocasión de estos procesos, el secretario del Tribunal, Eusebio de Arrieta, afirmaba que se habían seguido «como entre compadres y mal substanciados», y el fiscal Alcedo, días después de su llegada a Lima escribía estas palabras al Consejo del Santo Oficio: «Según hasta aquí se ha entendido y se va entendiendo cada día más, no faltaba que hacer por acá, que el distrito es largo y las gentes han vivido y viven libremente; y el castigo de los ordinarios hasta aquí ha sido muy entre compadres, haciendo muchos casos de inquisición que no lo eran, y los que lo eran se soldaban con un poco de aceite».

Si tanto en qué entender tuvieron en ese tiempo las autoridades eclesiásticas del Perú, por lo tocante a la fe, las de Chile tampoco habían de permanecer ociosas; y ¡cosa singular! hubo de tocarle tan extraña fortuna a una señora, doña Francisca de Vega, mujer de Pedro de Murguía, cuya causa se falló por el ordinario en el mes de julio de 1559.

Pero de quien sobre el particular nos quedan amplias noticias es de un vecino de Santiago llamado Alonso de Escobar, cuya historia ha de merecernos capítulo aparte.

 

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