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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo IX

Capítulo IX

Edictos y comisarios. -Diferencias con los obispos. -Persecución a extranjeros. -El obispo del Cuzco prende al comisario del Santo Oficio. -Acusaciones al prelado de Tucumán. -El obispo de Popayán y el comisario de la Inquisición. -Los inquisidores declaran que sus ministros son aborrecibles. -Disgustos con el Virrey. -Incidente de Gonzalo Niño. -Dos casos consultados al Consejo. -Causas falladas hasta 1585.


     Sin los quehaceres inherentes a esta materia de procesos, no habían faltado a los Inquisidores otros asuntos anexos al desempeño de sus cargos.

     Habíase publicado en todas las parroquias y monasterios un nuevo edicto general, impreso y añadido, tanto en Lima como en Cartagena y otras partes, nombrando comisarios y dándoles las advertencias de lo que habían de hacer. Entre éstas, era una de las principales vigilar la introducción de libros, que los Inquisidores, por su parte, ejecutaban con rigor. Se habían, en efecto, mandado recoger varios, y entre otros, uno del franciscano Diego de Estella, sobre San Lucas, otro de Laurencio Hunfredo, impreso en Basilea, uno de Sermones, de Miguel de Arguirain, publicado en Madrid en 1575, el Cortesano y el Consuelo y oratorio espiritual, dado a luz en Sevilla en 1581, y hasta se había mandado arrancar una hoja a las constituciones de los frailes de Santo Domingo. Del Consuelo y oratorio espiritual se habían expendido en Lima bastantes ejemplares, cuando en vista de la calificación del censor del Santo Oficio, se mandó suspender su venta expresando el Inquisidor con este motivo «que en estos libros de romances que han de andar en manos de gente ruda y mujeres, convendría no venir cosa que no fuera muy clara, porque a las que no lo son, cada uno le da el entendimiento conforme al que él tiene, y esta gente da tanto crédito a lo que ve en estos libros que no le parece hay más ley de Dios que lo que en ellos se dice.»

     Se habían mandado recoger también, conforme a una disposición del Tribunal de Sevilla, todos los sermones y cartapacios manuscritos, publicándose para el caso edicto especial.

     En Panamá se promulgó uno para que nadie embarcase ropa ni otra cosa para el Perú, sin licencia y orden del comisario, y que sin ella no se abriese fardo, caja ni barril, con penas de excomunión y pecuniarias, y sin la de la Inquisición en el Callao, debiendo hallarse presentes al acto el teniente de receptor y el notario. Todos los libros y papeles que pareciesen, debían llevarse al prior de San Agustín fray Juan de Almaraz, a quien estaba cometido su examen, siendo aquél el único puerto del reino donde pudiera verificarse este registro; habiéndose recogido por contravenciones a esta disposición, hasta octubre del año de 1583, más de trescientos pesos.

     Anunciose la orden por cartelones que se clavaron en sitios públicos de la capital, pero dende a cuatro días que estaban fijados, uno que se veía en la plaza, fue arrancado, emporcado deshonestamente y colocado a la puerta de un mercader, y aunque se hizo información sobre el caso, nunca pudo descubrirse al autor de semejante desacato.

     Por junio de 1584, se mandó igualmente pregonar por todas partes que ninguna persona saliese del reino, bajo penas de excomunión y pecuniarias, por mar ni por tierra, sin licencia de los Inquisidores, ordenándose a los maestres de los navíos que no permitiesen a nadie embarcarse sin este requisito.

     Se comenzaban a tomar las genealogías de los descendientes de condenados y reconciliados, enviándose a España las denuncias que obraban contra los que se habían ausentado del país, sin que les valies el no poder ser habidos, pues como hubiesen dejado bienes, podían ser castigados desde luego con su confiscación.

     Como los obispos siguiesen atribuyéndose la jurisdicción que antes del establecimiento del Tribunal tenían en cosas de fe, viéronse los ministros en la necesidad de defender por todas vías las prerrogativas de su oficio. Así en Panamá había acontecido que el Ordinario entendió en el negocio de un licenciado Farfán, y que después de muerto el reo, el Cabildo sede vacante continuó en su conocimiento «hasta consumille toda su hacienda».

     El Obispo del Cuzco había hecho leer en la catedral un día domingo del mes de enero de 1578, un edicto, en que sin rebozo alguno se atribuía pertenecerle una porción de causas que tocaban a la fe; y aunque habiendo ido el prelado a Lima, Ulloa y Cerezuela le requirieron sobre el particular, «no obstante, decían, parece que está más en lo que hacía».

     El Deán de Quito, por su parte, escribía que el Obispo se afirmaba en que el Rey le hacía también inquisidor, y otro tanto aseguraba el Arzobispo de Lima, fundando ambos estas pretensiones en una cédula que recibieran, datada en Madrid en 20 de julio de 1574, en que se les daba aviso de que en tierras del Delfinado andaban ciertos predicadores luteranos, disfrazados, algunos de los cuales se habían embarcado ya para las Indias, y que otro, preso en Mondovi, afirmaba, estando obstinadísimo en sus errores, que no llevaría otro dolor, si moría, que no poder dar noticia de su religión en América; por lo cual se les rogaba y encargaba que estuviesen muy vigilantes y que con todo secreto hiciesen inquirir y procurasen saber si a sus diócesis hubiesen aportado algunos de esos falsos y dañados ministros, o personas sospechosas en la fe católica, para que pusiesen por todos caminos el remedio que convenía al servicio de Dios y del Rey, y se les castigase conforme a sus delitos.

     Este documento que no había sido transmitido a los Inquisidores, motivó el que el Obispo de Quito mandase a sus vicarios que tenía en los puertos de mar, tuviesen gran vigilancia por si en algún navío venían extranjeros, y que caso de llegar alguno, se le enviase a la capital para examinarlo acerca de lo que Su Majestad ordenaba.

     Los Inquisidores, por su parte, no descansaban un momento en la persecución de extranjeros. Los corsarios ingleses que habían aparecido en Panamá «tenemos relación que son herejes, escribían, y hemos escrito al comisario que haga la información, y conforme a ella procederemos con algunos de ellos que están presos, por los capítulos fueren contra ellos. Entre otros que estos corsarios robaron en este Mar del Sur, añadían, fue uno nuestro comisario de Panamá, Juan Constantino, y le dejaron en camisa, y le quitaron todo lo que tenía en una isla suya, y dice que le quebraron el cáliz y patena y le echaron en el mar el misal y el ara.» Ya veremos la suerte que corrieron algunos de ellos y los que más tarde fueron enviados de Chile.

     El mismo comisario denunció también al general de la armada del Mar del Norte, Cristóbal de Erazo, que tenía a su servicio dos o tres ingleses trompetas luteranos y un artillero, a quienes, según expresaba ya más tranquilo, había quedado aquél de entregar a la Inquisición de Sevilla.

     Como muchos de los extranjeros que llegaban a las costas del Perú se iban tierra adentro, se dispuso que cuando alguno arribase al Callao, los maestres los presentasen en el Tribunal para obligarlos a salir inmediatamente; pero como de ordinario las naves en que venían partían a otros puertos del virreinato, los más de ellos se quedaban al fin en el país, por lo cual proponían los Inquisidores que los comisarios de Panamá y Cartagena, por el mero hecho de ser extranjeros, no les permitiesen pasar adelante. En el Consejo, sin embargo, no se aprobó esta idea, y por el contrario se ordenó que, salvo el caso en que hubiesen hecho alguna cosa contra la fe, o introducido libros prohibidos, no se entrometiesen en esto.

     Quejábanse, pues, los Inquisidores del proceder de los obispos, que consideraban, y con razón, depresivo de su autoridad y ministerio, mereciendo al fin que el rey se dirigiese nuevamente a los prelados, restableciendo las cosas en su verdadero terreno, y no sin advertirles de paso «que las personas que algo supiesen de los dichos casos, cuyo conocimiento pertenece al Santo Oficio, cumplan con irlo a decir y denunciar ante los dichos Inquisidores, para que ellos hagan en la causa justicia.»

     «E agora, decían Cerezuela y Ulloa al Rey, vino a la ciudad del Cuzco por obispo Don Sebastián de Lartaun, el cual ha tomado este negocio como los demás y con mucho más cólera, porque no sólo dice lo que el Arzobispo decía que podía conocer de los negocios de Inquisición, pero da por instrucción a sus vicarios que en las cartas de edicto que publicaren pongan los casos tocantes a herejía, y les da poder para que hagan las informaciones y se las envíen. Dice, asimismo, que si estuviésemos en su obispado nos podría castigar, y que es así derecho, y que puede proceder y castigar a nuestro comisario y es su juez en cualesquier negocios criminales, y ha sentido mucho en que tengamos en aquella ciudad comisario; y así ha parecido que con cierta ocasión que tuvo de que se había el dicho comisario, que se llama Pedro de Quiroga, que es canónigo de aquella iglesia, juntado con sus compañeros y revocádole cierto poder que antes le habían dado para cobrar cierta hacienda, y por otras cosas que tomó por causas bastantes, prendió el dicho Obispo, por su propia persona e ayudado de otros, el dicho comisario, públicamente, y le llevó por los cabezones asido hasta la sacristía, y en un aposento que en ella está, le echó unos grillos, y trató mal al dicho comisario, sin que algunas personas eclesiásticas y seglares principales fuesen parte para se lo estorbar.»

     Lartaun negaba, por supuesto, los móviles que los Inquisidores le atribuían y procuraba justificarse diciendo que se había visto obligado a levantarle proceso a Quiroga porque un Juan de Betanzos «andaba armado, y que en su casa tenía tapiadas y cerradas sus ventanas, diciendo que habría al dicho padre Pedro de Quiroga, porque una india le dijo que el comisario le hacia traición y alevosía y cometía adulterio con su mujer».

     Pero el Tribunal no podía conformarse con semejante desacato, y ya que no procedía contra el Obispo, no habían de faltar culpas que achacar a sus ayudadores. El licenciado Albornoz, su provisor, fue encerrado en las cárceles secretas, acusado de haber dicho que aquello del rezar eran opiniones, que sin rezar las horas canónicas solía celebrar misa; que amenazó al comisario con tomarle residencia de ciertos negocios que tuviera a su cargo antes de serlo; que había hecho informaciones tocantes al Santo Oficio; que habiendo sido llevado a Lima en calidad de preso, había significado al alcaide que él era inquisidor general y que no tenía culpa porque le tuvieran preso; y finalmente, que sin ser graduado en ninguna facultad, se titulaba licenciado.

     El cura Luis de Armas fue igualmente conducido a Lima, por haber sujetado de las piernas a Quiroga cuando le pusieron los grillos, y por haber dicho a cierta persona: «Qué os parece que os tengo al comisario del Santo Oficio y no lo dejaré hasta dar cabo dél, y todo lo hago por amor del amigo», significando que lo decía por el canónigo Villalón, enemigo de Quiroga.

     Por fin, se mandó también prender al fiscal del obispo Alonso Durán, y a un clérigo Bejarano, a cuyas prisiones respondió Lartaun disponiendo que no se acudiese a Quiroga con parte alguna de su renta y que se le negase la entrada en la iglesia.

     Y con esto los Inquisidores, atreviéndose al Prelado, comenzaron a recibir testificaciones contra él, que no calificaron por no caber dentro de sus facultades, pero que en primera oportunidad remitieron a España, agregando, por vía de recomendación, «ha sido tan áspero el Obispo en su gobierno y tan codicioso que no poco escándalo se tiene desto».

     Los términos en que el Tribunal se encontraba con el obispo de Tucumán, Fray Francisco de Victoria, no eran tampoco más cordiales, pero por opuestas razones. Después de haber estado mucho tiempo en Potosí «deteniéndose en cosas desconvenientes, desde allí escribió, expresaban los Inquisidores, muchas cartas al gobernador de aquella provincia y a otras personas sobre cosas e interés de cuál podía más, y en todas sus cartas amenazaba con el Santo Oficio y que lo haría traer preso a él y quemar y que llevaba recaudo y comisión para ello, siendo todo al contrario... Después que tuvo veinte mil pesos y más, dejó a Potosí... y llegado a aquella tierra, prosiguió en sus amenazas con el Sancto Oficio llamándose inquisidor ordinario..., y en este caso hay muchas informaciones contra él y cartas suyas donde lo dice, y dice también que había citado al dicho gobernador y algunas personas que pareciesen en la Inquisición, señalándoles término; y saliéndose él de su obispado otra vez para Potosí y esta ciudad, al concilio provincial, dejó excomulgados al gobernador y a las dichas personas y puesto entredicho y cesación a divinis, hasta que saliesen de aquellas provincias a parecer en este Sancto Oficio... y consta por información que a algunos que así citó fue porque no le daban comida y caballos... Demás de lo cual, Diego Pedrero de Trejo, chantre de Tucumán, pareció ante nuestro comisario en la ciudad de la Plata y presentó una denunciación, que Vuestra Señoría será servido de mandar ver, porque demás de lo que hay en ella que pueda calificarse, parece que es mucha quiebra de este Sancto Oficio.»

     El Obispo les achacaba a los Inquisidores que podían ser sus criados, y ellos le devolvían la frase, contando que «siendo mozo, vino a esta tierra por grumete, y que en Trujillo del Perú sirvió de curar un caballo, y en esta ciudad, muy poco tiempo ha, sirvió de mozo de tienda a un mercader, y también es muy cierto y público que agora no tiene más virtudes de las que eran menester para aquellos oficios; hízose fraile y negociador, y hiciéronle obispo, y lo es el más peligroso para esta tierra que ha venido a ella.»

     El Obispo de Popayán no se hallaba en relaciones más cordiales con el comisario del Tribunal. Era éste un Gonzalo de Torres, a quien  el Prelado conoció en un viaje que hizo a Arequipa, donde se encontraba de vicario, persuadiéndole a que con nombramiento de cura y provisor se fuese a gobernar el obispado en su nombre mientras durase su ausencia. Torres partió en efecto, y tan aceleradamente por la prisa que le daba el obispo que ni siquiera tuvo tiempo de dar cuenta del puesto que estaba desempeñando, logrando que a poco de su llegada el Rey le concediese la chantría de la nueva diócesis en que servía. Cuando se trató de nombrar comisario, los inquisidores escribieron al obispo, pidiéndole les recomendase alguna persona, logrando esta distinción su provisor, que para aceptar la nueva comisión tuvo que renunciar su cargo. Mas cuando en desempeño de su nuevo oficio, pidió al Ordinario los procesos de fe, le contestó que no existían, expresándose así expuso Torres al Tribunal, «porque tocaban a amigos suyos y hombres que han procurado se quemen los procesos». Luego le quitó el curato y le mandó que en el término de veinticuatro horas exhibiese la sentencia recaída en el juicio de residencia de la vicaría de Arequipa que el Obispo sabía demasiado bien que no existía, y como Torres expusiese esto mismo, le separó del curato y la chantría, y dando por razón que el comisario se había desacatado, le excomulgó; por lo cual Torres tuvo que marcharse a Lima a dar cuenta de lo que pasaba.

     Así, como con razón podían constatarlo los Inquisidores, de la mayoría de los prelados, sólo el Arzobispo del Nuevo Reino de Granada «había estado bien en dar los procesos», a pesar de las instancias que le hicieron los oidores para que los despachos del Tribunal no fuesen a manos del comisario.

     En resumen, declaraban Ulloa y Cerezuela, y ciertamente que podían decirlo con verdad después de lo que se ha visto, «los ministros de la Inquisición son aborrescibles a los jueces reales y prelados desta tierra; y lo que decimos de que los jueces reales usan rigor y malos términos con los que tienen nombre de nuestros ministros, llega a tanto, que aunque siempre procuramos que ellos sean gente honrada y estimada, pierden por ello alguna de la estimación, y aun de lo que se les debe como a los demás ciudadanos, porque luego les quieren excluir de los oficios reales y públicos y en les dar carne en las carnicerías y otras provisiones, y los indios de servicio como a los demás... aunque estas cosas han acontecido en esta ciudad en nuestra presencia, y aun a nosotros mismos.»

     Tampoco faltaban a los inquisidores disgustos con el Virrey, y como Cerezuela era hechura suya, según lo decían públicamente en Lima, sabía darse cierto tono e importancia de que estuvieron muy ajenos algunos de los que le sucedieron en el mando.

     Con ocasión de haberse publicado, de orden del Tribunal, una bula de Pío V en favor de la Inquisición, a cuya ceremonia se halló presente Toledo, como oyese que hacía relación a personas seglares, preguntó si venía pasada por el Consejo de Indias, pidiendo de ella un traslado para cerciorarse del hecho. No contento con esto, pocos días después envió a llamar a los Inquisidores para significarles que había escrito al Rey cuán vejados estaban sus vasallos del Perú, porque siendo tan vasto el distrito del Tribunal se les llamaba a Lima, ya como testigos o como reos, con grandísimos gastos y molestias y muy de ordinario para que regresasen en seguida sin cosa de provecho; añadiendo que por estas causas había propuesto que en el Nuevo Reino, en Quito y La Plata se fundasen nuevas Inquisiciones, que debían componerse, a su juicio, de dos oidores y el Obispo: a que replicaron los jueces que siempre en las sentencias se tenía consideración a esas circunstancias para moderar las penas, y que por lo demás «cuando el delito fuese tal que alguno hubiese de ser preso, no era de consideración el trabajo de ir a Lima».

     Ni paró en esto, pues esos días llamó primero al notario y luego a Gutiérrez de Ulloa para decirles que tenía queja de la Inquisición porque no se le daba noticia de todos sus negocios, como se daba a un oidor y a un alcalde y a un fraile, refiriéndose a los consultores y Ordinario, añadiendo que él podría tan bien como ellos dar su voto; y aunque se le hizo presente que de hecho algunos se le habían comunicado, no dio muestras de quedar satisfecho.

     En el auto de fe que se celebró en 1578, Toledo, como ya hemos referido, se opuso a que Juan de Saracho, receptor del Santo Oficio, repartiese los asientos y señalase los tablados, mandando que en su lugar lo hiciese el alguacil mayor de la Audiencia. El Consejo desaprobó, sin embargo, este proceder y mandó que en adelante, no habiendo de relajarse algún reo, los autos se celebrasen en la iglesia mayor, y en caso de haber relajación, se levantasen los tablados en la parte que era de costumbre, como se verificaba en los demás tribunales de la monarquía.

     Anduvieron los Inquisidores menos complacientes con él en otra ocasión. No faltó alguien que por alguna circunstancia afirmase que Toledo era hereje y falsario y que los inquisidores no se atrevían a su persona esperando que le quitasen o dejase el cargo. Fue aquél Alonso de Arceo, canónigo de La Plata, que en el acto fue denunciado al Tribunal, y en consecuencia, enviado a llamar a que pareciese personalmente, en virtud de lo mandado en el edicto general, de que si alguna persona supiese que otro ha dicho o hecho alguna de las cosas en él contenidas lo fuese a manifestar, bajo pena de excomunión y de hacerse sospechoso de la misma herejía; y aunque el virrey solicitaba desde antes que se procediese contra Arceo, los inquisidores se habían negado a ello, mientras no sobrevino aquella denuncia y la de que predicando un sermón había dicho el canónigo que el sacramento del altar era manjar de vivos y muertos.

     Pero a quien Toledo manifestaba particular aversión era al licenciado Alcedo. Sucedió que un tal Antonio de Osnayo, vecino también de La Plata, le escribió a aquél una carta, refiriéndole horrores del estado en que por allá andaban las cosas de la fe, y alguna tocante al Virrey, que éste reprimió con su habitual energía, enviando al autor de la carta preso a España; y a Alcedo, por haberse permitido contestarla, le valió no haberse podido casar, como lo tenía ya concertado, con una dama que había de llevarle en dote más de treinta mil ducados, quedándose con las joyas regaladas y los gastos de su matrimonio hechos. Alcedo sumamente despechado con que se le escapase, no tanto la dama, como los treinta mil ducados, exclamaba: «Yo queriéndome valer del favor e ayuda de los Inquisidores, volviéndome a ellos, halleme solo e sin favor ni calor de nadie: porque el licenciado Cerezuela es tan de su casa, que no le osa decir palabra, ni hace más de lo que el Virrey quiere, y su gusto en cosas de afuera de negocios. El inquisidor Ulloa, como ha casado aquí a su hermano, ha menester complacer al Virrey para sus pretensiones y de sus deudos y amigos por quien hace, y el secretario también huelga de ser de su bando y complacerle por una heredad que tiene fuera de esta ciudad, donde está su hijo e mujer, y para que le dé el Virrey indios y haga otras cosas.»

     Todavía las complacencias del Tribunal y las exigencias de Toledo habían de manifestarse en un incidente que se ofreció con Gonzalo Niño, comisario del Cuzco, a quien acusó el nuncio del Tribunal, de «que tratándose antel dicho Gonzalo Niño, comisario provisor, cierto pleito contra el bachiller Juan de Luna, clérigo, sobre haber querido hechizar al señor Visorrey, y estando ya sentencia sobrello, el dicho señor visorrey le mandó notificar cierta cédula real de su majestad que habla con los prelados destos reinos, para que conforme a ella, echase destos reinos para España al dicho bachiller Juan de Luna, el cual lo remitió al Cabildo de la sancta iglesia del Cuzco, sede vacante, y el dicho Cabildo se lo tornó a remitir a él, y procediendo Su Excelencia contra el dicho Gonzalo Niño, so pena de las temporalidades, cumpliese la dicha cédula, el cual por no cumplir el dicho mandamiento y cédula real, el doctor Loarte, alcalde de corte y ciertos alguaciles, por mandado del señor visorrey, fueron a casa de Gonzalo Niño y le secrestaron e inventariaron sus bienes, habiendo primero avisado al notario del Sancto Oficio que sacase los papeles a ello tocantes, y estando el dicho notario presente, que los guardó y puso a recabdo, y para hacer el dicho secresto, le habían descerrajado cierto cofre, en el cual habían hallado ciertos tejuelos de oro, e después Su Excelencia le mandó volver y se le volvieron sus bienes. Después de lo cual, por algunas cabsas e razones que a el dicho señor visorrey le pareció que convenía al servicio de su majestad, le mandó remover de la doctrina de Carmanga, por lo cual y porque no le mandaba pagar el señor visorrey ochocientos pesos que se pagaban al provisor para el asesor que tenía, porque el dicho reo no le había tenido, andaba el dicho Gonzalo Niño con mucha cólera y enojo contra el dicho señor visorrey y alcalde de corte y alguaciles.

     »Asimismo el dicho reo dijo contra el señor visorrey que si no le hacía pagar cierto salario de la dicha doctrina y cierto resto del salario del provisor que le había mandado retener, que no se había de cortar la barba hasta verse vengado, y dijo, a otras ciertas personas «para estas barbas» poniendo la mano en el rostro, «y por vida de mis padres que no me las tengo de cortar hasta que el virrey me lo pague».

     »Asimismo el susodicho dijo a otras ciertas personas que sus ochocientos pesos tenía de hacer que costasen más de ocho mil pesos.

     »Asimismo, el susodicho reo, amenazando al dicho señor visorrey y alcalde y justicias, dijo a ciertas personas, ¿es posible que no me quieran pagar mis dineros que he sudado, he trabajado, ni tampoco se me quiera dar licencia para irme a Castilla, o a procurarlo a otra parte, pues juro a nuestro Señor que tengo de ir a su Santidad y a su majestad y dalles razón de las cosas que en esta tierra pasan y las vejaciones que a sus iglesias se hacen y a sus ministros, y que cinco mil pesos que tengo los tengo de gastar en la prosecución desta cabsa, y cuando éstos no bastasen, que tengo de irme a los mesones a sustentarme de la cebada que echan a los caballos.

     »Asimesmo, el susodicho, persistiendo en las dichas amenazas, con el ánimo e intención dañada que tenía con el dicho señor visorrey y con las dichas justicias, tratando con cierta persona, entre otras cosas, le dijo que bien podía tomar cierta capellanía que él tenía, porque cierto él se había de ir a Castilla, aunque bien aviados iremos a España los que agora vamos, porque nuestros predecesores que han ido antes de ahora, solían llevar barras y tejuelas, y los que agora vamos, llevaremos nuevas de Alemania, por las cuales palabras, siendo él como entonces era comisario deste Sancto Oficio, claramente parece querellas notar e infamar de herejes.

     »Asimismo, el dicho Gonzalo Niño queriendo poner en efecto su mal ánimo e intención, siendo como era comisario deste Sancto Oficio, tomando por instrumento de su venganza las insinias, armas y cosas de que usa el Sancto Oficio, un jueves, doce días del mes de junio deste presente año, día de la Otava del Santísimo Sacramento, haciéndose en la dicha ciudad del Cuzco una procesión muy solene que se acostumbra a hacer en tal día con el Santísimo Sacramento por la plaza que está delante de la iglesia, mayor, el dicho Gonzalo Niño, a la puerta de su posada propia a do era su continua morada y habitación, en lugar de un altar que allí se solía poner, él y otras personas que para ello le debieron dar ayuda e favor, puso un crucifijo grande tendido en el suelo sobre unos colchones o tapetes y cubierto con un tafetán negro y con cuatro velas de cera verde en sus candeleros muertas, y en la pared un dosel negro con dos paños a los lados de luto, y de la ventana de la dicha casa que caía sobre el crucifijo, estaba colgado un pendón negro con una cruz colorada, que todos entendieron y dijeron que era el pendón del Sancto Oficio, en el cual estaban tres letreros de letra grande que se podía bien leer, que la más alta decía: et quis est qui ausus est tan sancta arcana tangere. El segundo, y de en medio decía: urequiret Deus; la tercera decía, exurge, Domine, et jvdica cabsam tuam. De junto a la cruz del pendón estaba atado un cofre descerrajado y abierto, y llegando allí el Santísimo Sacramento, ciertos clérigos y cantores, se pusieron de rodillas delante del sancto crucifijo y cantaron el hino de vexilla regis, que se suele cantar la domínica in pasione, lo cual causó grande escándalo y murmuración en el pueblo porque unos decían que había sido pasquín que el dicho Gonzalo Niño, so color del oficio de comisario que tenía, había querido hacer al dicho señor visorrey y a sus ministros; otros lo interpretaban, diciendo que los señores del Sancto Oficio habían mandado hacer aquello para figura y prevención de algún gran castigo, otros decían que la Inquisición había mandado hacer aquello, porque el señor virrey era un hereje, y cierta persona, volviendo la cabeza y mirando al señor virrey que venía en la dicha procesión, dijo, al dicho reo y a otras personas eclesiásticas, «vive Dios que se le van más colores y se le vienen otras», y comúnmente se entendió y dijo públicamente que el dicho Gonzalo Niño lo había hecho por mandado deste Sancto Oficio, en lo cual este Sancto Oficio fue ofendido gravemente, porque el dicho reo fue cabsa para que se dijese y murmurase todo lo susodicho, e así debe ser gravemente punido, e castigado por ello ejemplarmente.

     »Asimesmo, el susodicho teniendo por bueno lo que así había hecho y para dar a entender que lo había hecho por orden y mandado de este Sancto Oficio, preguntándole ciertas personas que qué era aquello que se había allí puesto, respondió que a él no le tocaba sino el ponerlo allí, que el declarallo tocaba a esos señores, y que ellos lo declararían si quisiesen, y siempre fingió y quiso dar a entender que lo había hecho por mandato y orden deste Sancto Oficio; porque aunque entendió que comúnmente así lo entendía toda la gente de la cibdad, eclesiásticos y seglares, nunca quiso decir palabra ni dar muestra por donde se supiese la verdad, antes las dio de que era así y que por orden del Sancto Oficio lo había hecho.

     »Asimismo, el susodicho no ostante el atrevimiento y delito tan grave que había cometido con gran soltura y descomedimiento, teniendo entendido que lo que así había hecho era bueno y que el Sancto Oficio lo había de aprobar; escribió cierta carta a los señores inquisidores, y en especial en una que escribió al señor inquisidor Ulloa y entre otras cosas le escribió que el día que aquello se había hecho habían acudido allí los teatinos, frailes y otras personas sacerdotes, a rendirle las gracias de lo que había hecho, y que entre los prebendados de la iglesia hubo algunos que habían dicho que aquél había sido su día y que si les fuera lícito que hicieran alegrías públicas, y que todo el pueblo hasta el día de hoy tenía un contento extraño.

     »Asimesmo el susodicho como puso en efecto lo que dicho tengo, teniéndose por vengado con haber puesto el dicho crucifijo, pendón y letreros de suso declarados, del dicho señor visorrey y de sus ministros, luego el sábado siguiente al día de la otava de la dicha procesión, se cortó la barba y se la vieron cortada, y dijo a cierta persona por vía de mofa y burla, ya tengo licencia para cortarme la barba.

     »Asimesmo el susodicho en el uso y ejercicio del oficio de comisario que tuvo excedió de la orden y comisión que tenía de Vuestra Señoría, examinando algunos testigos sobre cosas ordinarias en forma de Inquisición, de que se escandalizaban mucho.

     »Asimesmo el susodicho es notado de confeso y bastardo, porque cierta persona presentó ante él cierta petición, siendo provisor y comisario, por la cual decía que no podía tenor oficio de inquisición, porque era confeso y bastardo.

     »Asimesmo el susodicho calla e incubre otras personas que le dieron consejo, favor e ayuda para hacer y decir todo lo susodicho, las cuales calle e incubre porque en este Sancto Oficio no se sepa ni entiendan sus delitos.

     »Asimesmo el susodicho ha dicho y hecho otras muchas cosas tocantes a este Sancto Oficio, que protesto declarar y probar en la prosecución de esta causa, y puesto que ha sido amonestado, que diga y declare enteramente la verdad, no lo ha querido ni quiere hacer.»

     Niño fue al fin condenado a oír una misa en la iglesia mayor de Lima, en cuerpo y sin cinto ni bonete, con su vela, privado de su oficio y multado en mil quinientos pesos, con reclusión de un año en el convento de la Merced, para ser desterrado en seguida de las Indias. Estando cumpliendo su reclusión, falleció.

     El sucesor de Toledo, a su vez, decía Ulloa, «se muestra desabrido, sin haber hecho merced en general ni en particular a ninguno, ni con querer en dos años que casi ha que está en esta ciudad, entrar en esta casa, aunque, por parecernos disfavor, se lo hemos suplicado, puesto que ha hecho esta merced muchas veces a la Universidad, colegios y monasterios de esta ciudad, y ansí solamente le debemos el tratamiento de nuestras personas y buenas palabras.»

     No escaseaban tampoco a los ministros en el desempeño de sus funciones dificultades que se hacía necesario resolver. Fray Miguel Adrián, teólogo de la Orden de Santo Domingo, a quien nos hemos referido ya varias veces, había ido a denunciar que algunos confesores teatinos preguntaban a los penitentes en la confesión circunstancias que no se debían declarar, por lo cual hubo que llamar al provincial y advertirle que procurase atajar el mal mientras se proveía sobre esto en España.

     Habían, igualmente, muchas testificaciones de personas que sacaban la landrecilla de la pierna del carnero, «y algunos de sí mesmos, y todos dicen que lo hacen porque se ase mejor y no por observancia de la ley de Moysén»..., a cuyo caso, consultado en el Consejo, se respondió que se procediese contra los tales, no siendo cristianos viejos, y siéndolo, los advirtiesen para lo de adelante.

     Por lo demás, fuera de auto fueron falladas con posterioridad al que se había celebrado en octubre de 1581 y hasta 1585, los procesos siguientes:

     Alonso González Holgado, cura que había sido en el Collao y durante dos años en el Cuzco, abjuró de levi y pagó mil pesos ensayados.

     Alonso de Armenta, de Sevilla, por haber porfiado que el que estaba en pecado mortal no podía decir «creo en Dios», abjuró de levi y pagó doscientos pesos.

     Baltasar de Noguera, zapatero en Panamá, por haber dicho que aunque lo mandase el rey y el Papa él haría en su casa lo que quisiese, fue desterrado por un año y multado en doscientos pesos.

     A Bartolina Tamayo se le dio por libre con la prisión sufrida.

     Hernando Palacios Alvarado, arcediano de La Plata, fue procesado por cierta polémica que tuvo con sus colegas sobre los que se salvaban en la ley natural.

     El doctor Marcos Lucio, abogado de Lima, que después de condenado en una fuerte multa, sostuvo que los teólogos que habían intervenido en su causa eran sofistas.

     El licenciado Pedro Bravo de Verdugo, clérigo, residente en Arequipa, condenado a abjurar de levi y en mil pesos.

     Gabriel de Migolla, vicario de Almoguer, en Popayán, por solicitante.

     Diego Corne, francés, natural de París, maestro en artes y catedrático de gramática en la Universidad de San Marcos, fue acusado porque a un discípulo le preguntó que de dónde venía, habiendo estado en el Cuzco, le contestó que de hacer un concilio; ítem, que no se le había visto confesar, etc. Fue preso y puesto a cuestión de tormento, sólo hasta quedar en camisa, siendo condenado a abjurar de levi.

     Juan Lorenzo, flamenco, enviado de Panamá, por haberse defendido bien, sólo tuvo tres años de carcelería en la capital.

     Diego Lorenzo, hermano del anterior, abjuró de levi.

     Juan Angulo de Cabrera, fraile dominico, por solicitante.

     Sebastián de Herrera, clérigo, cuyas desvergüenzas fueron muchas, abjuró de levi y oyó una misa en forma de penitente.

     Giles Flambel, flamenco, sufrió igual pena.

     Murieron pendientes sus causas o se mandaron suspender las de Diego Ramos, Diego Rodríguez de la Rosa, el doctor Juan Luis de Heredia, el bachiller Pedro de León, Fray Pedro Rengel, Tomás Catalán, Liquina de Padilla y Diego Hernández de Córdoba.

     Antonio Tavares, clérigo, porque había dicho que Francisco de Urquizu, deán de La Plata y comisario del Santo Oficio, era un borracho, bellaco, ladrón, amancebado público, escalador de monasterios, apaleado y afrentado, sacrílego, adúltero, simoníaco, etc., pagó doscientos pesos.

     El bachiller Baltasar Sánchez, por haber escrito una carta a los Inquisidores, expresándose del comisario en términos análogos, fue multado en quinientos pesos.

     Diego de Frías Miranda que negaba que la simple fornicación fuese pecado.

     Ana, negra, porque en Panamá rasguñó la cara de un Cristo con un clavo.

     El bachiller Diego Ortiz de Mena, abogado de Trujillo, que sostenía que un reo podía negar la verdad.

     Cristóbal Sánchez de Ceballos, porque decía la misa sin mirar el misal.

     Pedro Sánchez, mestizo, platero, por renegar de Dios.

     Cristóbal Calvache, vecino de Quito, que enojado, sostenía que Dios no podía hacerle merced aunque quisiese.

     El bachiller Jerónimo Rodríguez Zambrano porque predicando en el Cuzco dijo que el evangelio del rico avariento era parábola, comedia o tragicomedia, y otras proposiciones.

     Fray Diego Pizarro que pretendía irse al cielo por sólo los méritos de Jesucristo.

     Clemente de Peñalver, clérigo, que se denunció por solicitante de indias en el Cuzco, y Fray Juan de Lira, por lo mismo, en Chachapoyas.

     Juan Calderón, regidor de Panamá, que trató de impedir se llevase preso a cierto individuo por el comisario, pago doscientos pesos.

     Hernando de Espinar, natural de Sepúlveda, cura de Loja, por solicitante.

     Fray Diego de Mendoza, fraile bernardo, que andaba con hábito de clérigo, preciándose de muy buena sangre y letras y sosteniendo que la iglesia del Preste Juan estaba recibida por la de Roma, y otras proposiciones, fue obligado a retractarse.

     Pedro de Garro, de diecinueve años, sobre lo del sexto mandamiento.

     Jerónimo Bazán, que por librarse de galeras, dijo «no creo en Dios».

     Gaspar de Funes, clérigo, abjuró de levi.

     Juan de Medina, que negaba la virginidad de María.

     Simón Pérez, porque no dejaba ir a misa a su mujer.

     Juan Caldera de Rojas, que sostenía que diciendo «creo en el Espíritu Santo» estaba demás la palabra en.

     Juan Angulo de Cabrera, que después de haber sido penitenciado por solicitante, juró, besando una cruz que hizo, que las propias palabras de su sentencia las había oído antes.

     Juan de Oropesa, clérigo, por cierta herejía que denunció de sí.

     Luis Bivas, vecino de Panamá, porque al comisario, que vivía frente a su casa, le afrentó con palabras por haberle reprendido estando dándole de palos a su mujer.

     Rodrigo Barba, clérigo, del Cuzco, por revelar las confesiones de sus penitentes.

     Pedro Sánchez, porque hallándose desesperado y deseoso de matarse, quería renegar de la fe y convertirse a Mahoma.

     Alonso de Porras y Santillán, que yendo de corregidor al Cuzco, por sentirse molestado de los mosquitos en su viaje de Guayaquil, prorrumpió en tales palabras que escandalizaron a sus acompañantes, por lo cual tuvo que abjurar de levi y pagar mil pesos.

     Pedro Gutiérrez de Logroño, porque dijo que cierta mujer, por tener sus partes in obliquitate dispositæ no iría al cielo.

     Francisco de Escobar, a quien haciéndosele cargos por que algunos de sus indios no recibían doctrina, declaró que muchas gentes se estaban en Lima junto a los altares y tenían el corazón con el diablo.

     Pedro, negro, porque estando su amo azotándolo, dijo «reniego de la fe».

     Álvaro Calderón e Íñigo de la Vega, por bígamos.

     Sebastián de Narbasta, por darse como agente de uno de los Inquisidores.

     Hernando de Cuevas, clérigo, capellán de un monasterio de monjas en Lima, por aficionarse a la quiromancia.

     García de la Madriz, a quien le achacaban de sostener que en el ministerio de la Encarnación «no había entendido toda la Santísima Trinidad».

     Habían fallecido mientras se tramitaban sus causas Pedro de Garnica, que fue preso por haber dado una cuchillada a una imagen de la Virgen; fray Francisco de la Serna, agustino, y Luis de Santiago, canónigo de Panamá.

     Cristóbal de Herrera, quiromántico, residente en Huánuco.

     Juan Pérez de Segura, que sostenía que a los inquisidores y familiares se les debía atar a la cola de un caballo.

     Juan Gordillo Farfán, clérigo, que ya había sido penitenciado, porque en un sermón que predicó en Nombre de Dios, dijo que más había manchado el pecado de Adán que redimido la sangre de Jesucristo, y que sostenía, con motivo de la aparición del cometa grande, que eso significaba el fin del mundo, porque ya no había caridad ni verdad, lo que estaba escrito en los pilares de la iglesia del cielo.

     Antonio Ordáñez de Villaquirán, canónigo de Quito, que estaba en opinión de ser casado en España y de quien también se decía que era fraile, fue testificado de solicitante, renegador y público amancebado durante más de veinte años. Fue puesto en el tormento de agua y cordeles, y una vez fallada su causa y habiendo abjurado, fue devuelto a la cárcel de corte, de donde otro día le sacaron a ajusticiar y le ahorcaron.

     Antonio de Echeverría, clérigo que votaba «a tal que había de dar mil palos al comisario de Popayán».

     Juan Pablo de Borja, fraile novicio del convento de San Agustín de Lima, que afirmaba tener la rueda de Santa Catalina y con ella ser sabedor de la mitad de las cosas que acontecían en el mundo.

     Juan de Lira, que después de perder un pleito dijo que «juraba a Dios que ya no fiaría de nadie, de los santos, San Pedro o San Juan».

     A fray Pedro Coronado, natural de Sevilla, mercedario, de treinta años, lector de artes en su convento de Lima, fuele calificada, entre otras proposiciones, una que dijo en el sermón de las vírgenes, que si alguien hacía buenas obras y servía a Dios, sólo por el premio que esperaba y no por otra cosa pecaba mortalmente. Se acusó de infinidad de actos deshonestos, escandalosos e indecentes (cuya relación ocupa en el proceso más de doscientas páginas en folio) y de haber servido de alcahuete al provincial fray Nicolás de Ovalle, y a otros frailes. El alcaide declaró que el reo permanecía en la cárcel como atontado.

     Manuel López, portugués de casta de judíos, denunciado de que residiendo en Sevilla, se reunía en cierta casa con varios hombres y mujeres de su nación, y observaban la ley de Moisés, barriendo el aposento los viernes, limpiando los candiles, guardando los sábados, vistiendo en ellos camisas limpias, y que de allí se había venido huyendo, llamándose Luis Coronado. Tan pronto como el reo, tuvo noticias de que había sido delatado, se huyó a México, pero habiendo regresado a Lima, fue en el acto preso y se le secuestraron sus bienes.

     Juan Duque de Estrada Monroy Cerezuela, procesado porque se daba por pariente del inquisidor de este último apellido.

     Cornieles Pérez, flamenco, porque en Quito sostuvo que el individuo a quien dieron muerte en Riobamba (de que ya tenemos noticia) no había ido contra la fe.

     Jácome Simon, también flamenco, porque sostuvo que era inútil mandar decir tantas misas por los difuntos; que lo que convenía en esta vida era hacer buenas obras, dar limosna a los pobres y servir a Dios, pues los sacerdotes lo hacían por tomarse la plata; y que cuando él muriese no se había de mandar decir por él más de una misa.

     El dominico Fray Francisco Vásquez, porque sostuvo que en Cristo había dos supuestos, y otras proposiciones.

     Alonso González Holgado, clérigo, residente en el Collao, que sostenía que Dios podía dar purgatorio a las ánimas en un rincón, y que era imposible pasarse sin faltar al sexto mandamiento, lo cual le valió pagar mil pesos para el Santo Oficio.

     Fray Juan Navarrete, franciscano, porque en un sermón, dijo «que aunque la Iglesia tenía que Nuestra Señora fue virgen, que no había texto en toda la Sagrada Escritura de donde se sacase».

     El licenciado Claros, médico, porque mirándole la mano derecha a Fray Pedro Clavijo le manifestó que no quisiera habérsela visto, porque tenía un trabajo grande que padecer en una prisión, y en efecto el aludido fue poco después encerrado en las cárceles inquisitoriales.

     Fray Francisco Pizarro, franciscano, que sostenía que se podía ir al cielo con solos los méritos de Jesucristo.

     Manuel Muñoz de Acuña, sobre haber dicho que había leído en un libro que se podía salvar cualquier infiel gentil sin ser bautizado.

     El doctor Marcos de Lucio, abogado de la Audiencia de Lima, natural de Sevilla, fue mandado prender con secuestro de bienes porque tratándose entre varias personas de que en el día del juicio la tierra había de quedar purificada y que saldrían las ánimas del limbo, con sus cuerpos, a habitarla, dijo que también saldrían los condenados del infierno, porque podría ser que Dios usase con ellos de misericordia. Un religioso grave le testificó de que preguntándole a un sujeto que llegó de España si había traído ciertas bulas, Lucio y el interrogado se habían mirado y en seguida dicho «a modo de trisca, bulas, buletas, burletas» y dijeron las dichas palabras, respondiéndose el uno al otro y mirándose y riéndose: por lo cual, además de llevar cárcel y otras penitencias fue condenado a pagar dos mil pesos ensayados para el Santo Oficio.

     Pedro Miguel de Fuentes, clérigo de la Compañía de Jesús, natural de Valencia de Aragón, y uno de los primeros padres que vinieron a fundar la Orden en el Perú, fue testificado por muchas mujeres de haberles dicho en el acto de la confesión algunas palabras regaladas y amorosas, de haberles exigido que le diesen la obediencia y que no hiciesen ningún acto de virtud o de otra calidad sin pedirle previamente licencia para ello. Algunas de las neófitas se reunían los viernes de cada semana en casa de la que Fuentes señalaba por prelada y allí decían sus culpas y recibían las penitencias que aquella les imponía. Consta también que el director les enviaba billetes amorosos «y las besaba y abrazaba y metía la mano en los pechos, y que preguntado si esto era pecado, respondía que en los de la Compañía no era pecado, porque no tenían mala intinción, y que sería pecado en otras religiones, si lo hiciesen, porque tenían la intinción dañada. Dicen más, que les hacía el reo que hiciesen ciertos ejercicios para mortificarse, y a lo que paresce, algunos de ellos públicos y muy indiscretos, especialmente para mujeres, por no ser conformes a la honestidad de ellas.»

     Traído a las cárceles del Santo Oficio desde Panamá, donde a la sazón se hallaba, Fuentes confesó que los abrazos y caricias los daba a sus confesadas «por atraerlas más al servicio de Dios, pero que su intención nunca había sido solicitarlas». Sobrevínole nueva testificación de que constaba «haber él propio cortado los cabellos a una de dichas sus discípulas y que en ellas había celos sobre a cuál quería más, y le tenían tanto amor que lloraban cuando iba fuera de esta ciudad, y que a una de dichas sus discípulas le había mandado tañer en un clavicordio y cantar, y diciendo ella que aquello no era servicio de Dios, había dicho el reo que cuando el confesor mandaba una cosa a sus hijas de confesión, luego la habían de hacer».

     La causa se votó a que el reo fuese puesto a cuestión de tormento ad arbitrium, por lo que negaba y por la intención de lo que confesaba, «lo cual se hizo». Se le leyó su sentencia en la sala, a presencia de seis confesores de su Orden, retractó una proposición y abjuró de levi, y en seguida, delante de todos los sacerdotes de la Compañía, en su colegio, se repitió la lectura, se le dio allí una disciplina en presencia del notario del Santo Oficio, quedando privado de confesar mujeres por tiempo de diez años y obligado a otras penitencias.

     Además de los anteriores, se habían fallado los procesos de Pedro Troyano, Fray Juan de Cobeñas e Íñigo de Ayala, que se enviaron de Chile, y los de Pero Martínez, Francisco Leonis y otros de menor importancia.

 

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