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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo IV

Capítulo IV

Llega a Lima el nuevo inquisidor Antonio Gutiérrez de Ulloa. -Reos procesados. -Primer auto de fe. -Causa de Mateo Salado.


     Salió de San Lúcar el nuevo inquisidor Antonio Gutiérrez de Ulloa el 30 de octubre de 1570 y llegó a Lima el último día de marzo de 1571. Fue su primera diligencia ocuparse de estudiar las causas falladas por su colega en que se decía haber procedido de mala forma; dando cuenta luego al Consejo de los muchos yerros que el fiscal y secretario le achacaban en este orden.

     Integrado de esta manera el Tribunal, y estando ya en pleno ejercicio los comisarios designados para los diferentes lugares del virreinato, acrecentose el trabajo y las cárceles se poblaron de reos venidos de todas partes. Así, vemos, que desde la llegada de Gutiérrez hasta febrero de 1573, habían sido falladas las causas de los siguientes:

     Jerónimo de Ocampo, natural de Zamora, corregidor de las provincias del Collao, preso porque con ocasión de haber mandado decir unas misas ciertos indios por un compañero difunto, sostuvo que no les aprovechaban ni vivos ni muertos; fue absuelto de la instancia por haber probado que sus acusadores eran enemigos capitales suyos.

     Andrés Toribio de Alcaraz, quien, habiendo sido procesado por el Ordinario de La Plata por ciertas palabras malsonantes, dio de bofetadas en la plaza pública al corchete encargado de notificarle la sentencia; fue condenado en mil pesos, y sus auxiliadores Juan Román y Pedro de Fresneda, en cien cada uno.

     Fray Blas de Atienza, mercedario, que después de haber sido condenado a dos meses de reclusión, con prohibición de celebrar, fue sentenciado a recibir una disciplina en el capítulo, en presencia del secretario del Santo Oficio, por haber amenazado a los testigos que depusieron contra él.

     Juan Martín de Arrospe, por casado dos veces, oyó la misa mayor con vela, soga y coroza, abjuro de levi y recibió doscientos azotes por las calles públicas.

     Los canónigos Perea y Arceo, Francisco Sevillano y Juan Miñez, clérigos, Gaspar de los Reyes y Bernardino de la Peña, por haber puesto unas sartas de estiércol de caballo en las puertas de la catedral de La Plata en una carta de excomunión, fueron absueltos, a excepción de Arceo, que porque se le descubrieron en unos cartapacios ciertas proposiciones, fue suspendido de predicar por cinco años y tuvo que pagar cincuenta pesos para alimentos de presos pobres.

     Bartolomé Hernández de Soto, canónigo de Quito, que dijo a un mercader de imágenes: «mostradme acá esas bellaquerías» fue absuelto.

     Hernán Álvarez de Carmona, vecino de Arequipa, sobre que dijo algunas palabras opuestas a la doctrina del sexto mandamiento, oyó una misa rezada, con vela, y pagó doscientos cincuenta pesos de plata ensayada y marcada.

     Rodrigo de Arcos, cura de Ribera, en Camaña, pagó mil pesos por solicitante en confesión.

     Pedro Fernández Mexía, mercader, de Arequipa, por haber dicho de un derrochador: «Dios debía estar loco cuando dio a éste plata», pagó doscientos pesos y abjuró de levi.

     Diego de Magaña, de Valladolid, que negaba la resurrección de la carne en el día del juicio final por ser hombre de corto entendimiento, fue condenado sólo a oír una misa rezada, con vela y sin gorra.

     Leonor, negra, que negaba redondamente lo del sexto mandamiento, oyó una misa, en cuerpo, con vela, soga y mordaza.

     Diego de Arenas, labrador, sobre que pidiéndole el párroco su cédula de comunión, so pena de poner su nombre en la tablilla de los excomulgados, declaró que eso no se le daba tres cuartos o tres castañetas.

     Hernán de Almonte, contador de Su Majestad en Arequipa, acusado de haberse casado dos veces, fue absuelto; como lo fue también el dominico fray Rafael de Segura, por haber mandado quemar ciertos papeles de un religioso.

     Cristóbal Ruiz Altamirano, cura de Collay, por haberse negado a enviar cierto expediente, sufrió una multa de cien pesos.

     Se vieron igualmente algunas otras causas de menor importancia, y las de fray Cristóbal Núñez, fray Juan Lobo, Hernando de Alcántara, María de Montemayor, Francisco de Matienzo, Juan Jufré y Pedro de Lisperguer, que habían sido enviadas de Chile.

     Mas, se aproximaba ya el día en que la ciudad de Los Reyes debía presenciar el primer auto de fe, y fueles forzoso a los jueces ocuparse de los preparativos de tan importante ceremonia. Les urgía, por lo demás, proceder cuanto antes a su celebración, porque si bien había pocos reos, «en esta tierra no se pueden tener en las cárceles por las enfermedades que les dan». El más notable de ellos, un francés llamado Mateo Salado, «hacía más de un año y medio que estaba botado, y temíamos que se nos muriese en la cárcel».

     «Joan de Saracho, receptor del Santo Oficio, por orden y comisión de los señores Inquisidores, hizo los tablados, uno donde estuviesen los señores Inquisidores y el Audiencia Real, en su teatro, y a los lados, los Cabildos de la Iglesia y Ciudad, y en lo demás, los hombres más granados del pueblo; y en quince días solos que se le dieron de tiempo, lo hizo y acabó y aderezó de tapicería y alfombras y lo entoldó por el sol, sin que hubiese ninguna falta, y señaló y repartió los sitios en que los vecinos hicieron tablados en la plaza y al derredor de los dichos cadahalsos para ver el dicho auto, con orden de cuanto había de tener de ancho y alto cada uno, para que habiendo, como hubo, tres y cuatro andanas de tablados, pudiesen ver lo que se hacía los postreros como los primeros.»

     De antemano se notificó a las autoridades que el auto debía tener lugar el domingo 15 de noviembre de ese año de 1573. Los oidores el día antes enviaron a decir que si no se les ponía dosel como a los Inquisidores no asistirían a la ceremonia. El Cabildo Eclesiástico, por su parte, pretendió que la Audiencia debía tomar el lado derecho y reservarse para él el izquierdo, y el Secular, que debía preferir al Eclesiástico; y los abogados, por fin, que ellos debían ir en cuerpo, con preferencia a los Cabildos. Tuvo, en consecuencia, que reunirse el Tribunal para resolver que los miembros de la Audiencia, por su antigüedad, el Fiscal y Alguacil mayor llevasen el lugar más preeminente, después de los Inquisidores; en seguida, el Deán y Cabildo Eclesiástico, por la mano derecha, y por la izquierda, los alcaldes y regidores. En el tablado, los oidores debían tener en medio a los Inquisidores, y ambos Tribunales sentarse entre los cabildantes eclesiásticos por la derecha y los seculares por la izquierda; todo bajo pena de excomunión mayor y mil pesos de multa para gastos de presos pobres. En cuanto a la pretensión de la Audiencia de que se le colocase bajo de dosel, se declaró que no había lugar, y que, por lo demás, procediese como quisiese.

     El Arzobispo no fue en el acompañamiento por sus achaques, pero le llevaron en una silla al cadalso.

     Una vez que llegaron todos, jueces y penitentes e invitados, el receptor «señaló asientos a los Prelados y personas de letras y frailes y clérigos y personas principales, y en el cadahalso de los remitentes dio asiento a la demás clerecía y frailes, familiares y allegados al Santo Oficio, sin que ninguno estuviese en pie, ni tuviese de qué agraviarse; de manera que todo el pueblo vio el auto y quedó contento; todo lo cual se hizo en cumplimiento de la costumbre que en las Inquisiciones de España se tiene de que los receptores hacen lo susodicho, cumpliendo y ejecutando la orden que para ello dan los Inquisidores.»

     Después del juramento y sermón de estilo, se dio comienzo a la lectura de las sentencias de los penitentes, que fueron:

     «Joan Bauptista, extranjero, de nación corso, natural del pueblo de Calvi, en la isla de Córcega, porque habiendo sido penitenciado por el señor arzobispo de los Reyes por cosas de la secta luterana, fue otra vez reconciliado por el señor obispo de los Charcas por las mismas propusiciones luteranas y otras, y puesto en cárcel perpetua, el cual por impenitente salió al cadahalso con su sambenito, en cuerpo, con una vela de cera e una soga a la garganta, abjuró de vehementi, condenado en docientos azotes por las calles públicas y en galeras perpetuas al remo, sin sueldo... y que todo el tiempo que no sirviere en las dichas galeras traiga el dicho sambenito encima de todos sus vestidos todos los días de su vida y si por vejez o enfermedad o otra causa alguna saliere dellas, se presente luego en la inquisición más cercana al puerto donde saliere, con el testimonio de su sentencia e que haga e cumpla las demás penitencias espirituales y temporales que por nos les serán impuestas, so pena de impenitente relapso...

     »Joan de León, arcabucero y cerrajero, natural de un lugar llamado San Jorr en el reino de Francia, por cosas de la secta luterana, salió al cadahalso en cuerpo e sin bonete e cinto, con su vela, abjuró de vehementi, condenado a que tenga por cárcel la dicha ciudad de los reyes por seis años y en perdimiento de la tercia parte de sus bienes.

     »Inés de los Ángeles, que por otro nombre la llaman doña María de la Paz, natural de Sevilla, por casada dos veces, salió al cadahalso en cuerpo, con una coroza y una soga a la garganta, abjuró de levi, condenada en cien azotes por las calles públicas y cuanto al vínculo del matrimonio remitida al Ordinario.

     »Pero Sánchez, herrador, natural de San Lúcar de Alpechín, cuatro leguas de Sevilla, por casado dos veces, salió al cadahalso en cuerpo, con una coroza en la cabeza y una soga a la garganta, abjuró de levi, condenado en doscientos azotes por las calles públicas y en tres años de galeras al remo e sin sueldo y cuanto al vínculo del matrimonio remitido al Ordinario.

     »Andrés de Campos, zambo, hijo natural, de Quito, por impedidor y perturbador de los negocios del Sancto Oficio y porque rebeló el secreto dél, salió al cadahalso en cuerpo, sin gorra e cinto e una soga a la garganta y una vela en las manos, condenado en cien azotes por las calles públicas de esta ciudad.»

     «Mateo Salado es un hombre que estaba en esta ciudad y andaba muy maltratado y había casi diez años que andaba cavando en una guaca que es un enterramiento de indios que está cerca desta ciudad a do dicen la Madalena, el cual pública y comúnmente estaba habido y tenido por falto de juicio, entre todos los que le conocían, por verle andar tan destraído, y trabajando solo y en vano en aquella guaca, y parece que por el mes de mayo del año de setenta fue testificado en este Sancto Oficio que había dicho que para qué adorábamos y reverenciábamos a una cruz, que un platero había hecho con fuego y con martillazos, y que en los tiempos antiguos, los apóstoles y los mártires habían padecido, que cómo agora no hacía Dios milagros y que tractando de los luteranos había dicho que otras cosas peores había en el mundo que ser luteranos. El fiscal hizo instancia para que fuese preso y visto por nos y por el ordinario y consultores, paresciendo que era loco se mandó sobreseer por el presente, e después parece que sobrevino una probanza contra él por el mes de noviembre de 1571 años, de diez testigos, por la cual parece y está convencido y confitente en las más y más principales cosas que ha dicho hablando con algunas personas que no se han de adorar las imágenes ni reverenciallas, que san Pablo decía que lo que se presentaba a la imagen se ofrecía al demonio y que no había de haber frailes ni monjas ni clérigos, que comían la renta de la iglesia y la daban a mujeres, que comían el sudor de los pobres y que vendían cada día a Cristo por un peso y que los ministros de la iglesia eran mercaderes y vendían los sacramentos de Dios y que habiendo de comulgar a los fieles con vino comulgaban con agua, y que habían de comulgar como en Alemania con muchas canastas de pan y muchas cántaras de vino, y que el papa gastaba la renta de la iglesia y la daba a unos y a otros y que las mujeres públicas le tributaban en Roma, y que el papa de Roma no era más que uno de nosotros, y que la Santísima Trinidad no son tres personas distintas sino solamente dos, el padre y el hijo, porque el Espíritu Sancto no era persona distinta sino amor que procedía de ambos a dos y espíritu de Dios poderoso. E que Jesucristo no es Dios sino hijo de Dios, y que no se ha de decir Cristo nuestro Dios, que era quitar la honra a Dios en decir ser Cristo Dios porque no era sino hijo de Dios, porque Jesucristo nuestro Señor es hijo de Dios y no era Dios y que Dios no había tenido ni tenía madre porque sólo Cristo había tenido madre y no Dios, y que a nuestra Señora la Virgen María no se le había de decir Virgen madre de Dios sino Virgen madre de Cristo y que el antecristo estaba ya acá, y que él lo haría bueno y que ninguno hombre que vendiese negros y mulatos se podría ir al cielo sino que iba condenado al infierno, y que el papa que lo consentía era un borracho y que antes de veinte años los alemanes y Francia quitarían que no hubiese papa en el mundo, y que en Italia y Alemania le iban cada vez a la mano y le ponían sus tierras en guerra llamando muchas veces al papa borracho, mofando dél y de los cardenales, diciendo mal de su manera de vivir y que antes de veinte años serían todos cristianos, y no habría Sumo Pontífice, cardenales ni obispos, y que Erasmo y Martín Lutero fueren santos alumbrados de Dios y habían declarado los evangelios ni más ni menos que Dios lo había mandado e que Dios había padecido muerte y pasión por muchos pecadores, más no por todos, y que la misa era borrachera y que era grandísima ceguedad de los hombres decir sacrificios de la misa y que donde estaba la fe católica no había ornamentos, ni casullas, ni cálices ni lámparas. E que los frailes vivían engañados con la orden que tienen pero que presto se desengañarían y se casarían con las monjas y los frailes que decían nuestro padre san Francisco, sanct Augustín, sancto Domingo, eran herejes porque no se habían de llamar padres, ni patre sino a solo Dios y que el ánima del que muere en esta vida, o va al cielo o al infierno porque no había purgatorio, e que el oficio de difunctos que estaba en las horas era la mayor burla del mundo, e burla e mofa de las bullas e jubileos, e que no se a de ir a romerías a Jerusalem, Santiago y otras partes, e que Cazalla e otros muchos que habían quemado en España por herejes fueron bienaventurados porque habían muerto por la fe y ley declarada por Martín Lutero y que se habían ido a hechar en camas de flores y a recebir palma de martirio.

     »Vista esta testificación se mandó prender y fue preso en 28 de noviembre de 1571 años, al cual se le tomó su confesión y dijo ser de edad de 45 años, contó por su orden su genealogía e discurso e con buen juicio y entendimiento -está pertinaz en todas estas cosas. Dice muchas blasfemias contra el papa y cardenales porque consienten hacer justicia de los luteranos, declara haberse domatizado él mismo por un testamento nuevo en lengua francesa que le dio un francés en Sevilla habrá veinte años que dice que es ya muerto: no ha dicha hasta agora cosa ninguna de cómplices. Sabe mucho del testamento nuevo de Coro y alega a cada cosa con su autoridad tomada del dicho testamento: tiene como está dicho muy buen juicio y entendimiento y cuanto ha que está preso no se ha entendido dél cosa en contrario, sino que como él andaba diciendo estas herejías tan claras y manifiestas y cavaba en aquella guaca solo las personas que se lo oían lo atribuían a locura, pero realmente él no es loco, sino hereje pertinaz.»

     Fue relajado en persona, habiéndosele antes dado tormento in caput alienum.

     Salado era pobre y no tuvo bienes ningunos, lo mismo que los demás reos, excepto Joan de León, francés, «que fue condenado a la tercia parte de sus bienes, la cual valdría poco más de mil pesos, los cuales o poco menos se gastaron en el tablado... porque en esta tierra vale caro la madera e oficiales.»
 

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