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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo III

Capítulo III

Dos canónigos de la Catedral de Lima son aprehendidos y castigados. -Primeros trabajos. -Dificultades para nombrar comisarios. -Los detenidos en las cárceles comienzan a enfermarse. -Empeños para obtener algunos puestos. -Rencillas entre los ministros del Tribunal.


     Desde que el Tribunal inició sus tareas, comenzose a trabajar seis y hasta siete horas al día. Apenas se había leído el edicto, cuando se decretaban algunas prisiones contra algunos casados dos veces, blasfemos, «e por palabras mal sonantes, dichas con demasiada libertad», que se realizaron con tal sigilo, que Alcedo constataba con profunda satisfacción que en un día en que habían tenido lugar tres, de personas «de cuenta», se había hecho todo en dos horas, «sin que el uno supiera del otro». A poco andar, el secretario Arrieta escribía al Inquisidor general, que Lima y el reino todo estaba lleno de gran cantidad de confesos y de hijos y nietos de reconciliados, «que certifico a Vuestra Señoría, expresaba, que respeto de los pocos españoles que hay en estas partes, hay dos veces más confesos que en España.»

     Fue de los primeros denunciados el licenciado Juan Álvarez, médico, natural de Zafra, su cuñado Alonso Álvarez, «y su mujer, hijos y casa» sobre cosas y ceremonias de la ley de Moisés.

     Por el mes de febrero, fueron acusados y testificados el licenciado Jerónimo López Guarnido, abogado de la Audiencia, Bartolomé Leonés y Pedro de Villarberche, canónigos de la catedral de Lima, «sobre razón que trayendo cierto pleito entre ellos con las Dignidades de la dicha Iglesia sobre ciertas ventajas y residuos ante ciertos jueces eclesiásticos, el dicho canónigo Leonés, habiendo días que tenía una carta mesiva en su poder, y estando el pleito en estado que no se la admitiría, el Leonés se concertó con cierta persona para que la llevase a un religioso y se la diese en secreto, a manera de confesión, para que el clérigo se la restituyese, diciendo que una persona se la restituía; y hecho esto, el dicho canónigo Leonés la presentó ante el juez e juró en forma que entonces se la restituían, y dijo en la dicha petición otras mentiras y púsolas por posiciones a las partes contrarias, e juró que no las ponía de malicia; y viéndose este pleito en el Abdiencia Real, por vía de fuerza, alegando las Dignidades el perjuicio y falsedad sobredichos y habiendo constado allí claramente del dicho perjuro y falsedad y mentira, y diciéndoles que era mal hecho haber jurado falso y haber tomado el sacramento de la confesión por medio de aquellos embustes, los dichos licenciado Guarnido y los dichos canónigos dijeron dos o tres veces que estaba muy bien hecho y muy bien jurado y que se podía muy bien hacer en conciencia; y habiendo visto la dicha información por cuatro teólogos, los dos la cualificaron por herética, y los dos, que no se podía excusar de error en materia de fe. Yo vi esta probanza, juntamente con el Ordinario y consultores, termina Cerezuela, y en conformidad, se mandaron prender con secresto de bienes en forma, y fueron presos.»

     Sintiose de esto mucho el Arzobispo, dejándose llevar a ciertas niñerías, que demostraban ya su temor al Santo Oficio, ya debilidad de carácter. Mandó llamar al provincial de los jesuitas Jerónimo Ruiz Portillo y a Fray Pedro Gutiérrez, de la orden de Alcántara, para mostrarles cierto «repertorio» de que constaba que el conocimiento del caso le tocaba a él, concluyendo por rogarles que se empeñasen con el Inquisidor para que pusiese en libertad a los prebendados; pero Cerezuela, no sólo no hizo caso de esto, sino que levantó una información para hacer constar cuál había sido la conducta del Prelado, justificándole que además de haber dicho que el caso no era de inquisición, había dado a entender que los calificadores estaban engañados, y que a él no le constaba el título que se arrogaba el Inquisidor: todo lo cual no impidió que le escribiese, rogándole que por la honra de sus subordinados tratase de acallar el asunto y darles libertad. Hasta entonces no había asistido a las consultas, pero como en aquella ocasión significase su deseo de hallarse presente, luego el Fiscal le recusó, fundándose en lo que constaba de su proceder al respecto. A todo esto, Cerezuela se visitaba con el Prelado, sin que éste se atreviese nunca a moverle el asunto, resultando al fin que Guarnido salió condenado en quinientos pesos corrientes, Leonés en ciento y su colega en el doble. El abogado Falcón, que había patrocinado a los canónigos, fue también procesado, aunque después se mandó suspender su causa.

     Ni se contentó el Tribunal con este despliegue de su poder y autoridad en caso tan notorio, sino que por entonces mandó procesar también a los oficiales reales Lope de Pila y Pedro de Bonconte por «ciertos dares y tomares» que tuvieron con el Santo Oficio antes de satisfacer las cantidades que éste exigía para alimentos de presos pobres, por lo cual se les condenó a pagar de su cuenta ochenta pesos para gastos del Tribunal.

     Fueron también procesados:

     Pedro González de Mendoza, natural de Madrid, que se denunció a sí mismo y fue testificado de haber dicho, estando comiendo, porque se le importunaba que hiciese algo que no quería, «por el sacramento que he celebrado, que no lo tengo de hacer». Fue represendido, y con esto se mandó suspender su causa.

     «Alonso Benito, natural de Cartajena, tierra de Sevilla, fue testificado en este Santo Oficio por dos testigos, de que tratándose en su presencia cómo cierta persona, estando en Sevilla para pasar a estas partes, había buscado dos testigos para que jurasen que era casado con una mujer que traía consigo, diciéndoles que bien lo podían jurar, porque era su mujer; y a esto respondió el reo que bien lo podía jurar: está calificada la proposición por escandalosa. El reo denunció de sí de haber dicho las dichas palabras; y se examinaron otros dos contestes; no se le tomó la genealogía, se le hizo la tercera monición en forma, y habiéndose hecho su proceso con él, fue votado en que este reo oyese una misa en forma de penitente en el Hospital de los Indios adonde estaba sirviendo. La sentencia se pronunció en esta razón a 18 de marzo de 1570...

     »Joan de los Reyes, mulato esclavo, denunció de sí en este Santo Oficio de que pasando por la calle había oído en cierta parte de esta ciudad que estaban azotando a un negro sin ninguna lástima, y que él, temiendo la honra de Dios, entró en la casa donde lo azotaban y dijo que por amor de nuestro Señor tuviesen lástima del dicho negro, y el cierto hombre que le estaba azotando dijo al dicho mulato que él no era parte para decirle aquello, y él respondió que por cuanto era cristiano y temeroso de Dios, verdadero Dios y hombre, se lo requería de parte del Santo Oficio. Examináronse los testigos que fueron seis, que dijeron, en suma, que había requerido el reo de parte del Santo Oficio a los que azotaban al negro que no lo azotasen, y antes de esto, haciendo su confesión, fue mandado poner en las cárceles y se hizo su proceso con él, y después de haber respondido a la publicación, fue votado el reo, hechas ciertas defensas que pidió se hiciesen (después de haberle dado en fiado) a que se le diesen a este reo cien azotes. La sentencia se pronunció a 22 de setiembre de 1570...

     »Diego Núñez, portogués, natural de Tavira, denunció de sí propio, por marzo de 1570, en este Sancto Oficio de haber dicho que Jesucristo cuando bajó al limbo bajó con la humanidad y con la divinidad. Examinados los tetigos, que fueron cuatro, dijeron haber dicho el reo las dichas palabras. En la tercera audiencia que con el reo se tuvo, hecha la segunda monición, fue mandado poner en las cárceles secretas, y habiendo respondido a la acusación, fue mandado dar en fiado y luego, sin recibir el negocio a prueba, se le dieron en publicación los testigos del inquisidor Cerezuela y del fiscal y del secretario Arrieta, todos defunctos. Presentó ciertas defensas, y hechas, fue votado este negocio en que el reo un día de domingo o fiesta, oyese la misa mayor que se dijese en la iglesia mayor, en forma de penitente, y se le leyese allí su sentencia y abjurase de levi. La sentencia se pronunció en 25 de setiembre de 1570...

     »Rodrigo Roldán, marinero, natural del puerto de Santa María, fue testificado en este Sancto Oficio por dos testigos de haber dicho: «no creo en Dios»: fue mandado prender; diose mandato; no consta quien lo ejecutó ni de otra cosa, mas de que el inquisidor Cerezuela mandó llevar de las cárceles al reo a el Audiencia, y en esta audiencia dijo que había dicho «pese a Dios»: no se le hicieron las tres amonestaciones en forma a la acusación y publicación. Dijo que bien podía ser que hubiese dicho las dichas palabras, pero que no se le acordaba; y habiendo respondido a la publicación, fue dado en fiado, y no hay audiencia de secreto y aviso de cárcel en la dicha audiencia de la publicación. Concluyó el reo definitivamente; ni se le dio traslado al fiscal; fue votado en que el reo oyese una misa rezada en forma de penitente en la Iglesia mayor de esta ciudad y deprendiese las oraciones, porque no las sabía: pronunciose esta sentencia en 18 de marzo de 1570...

     »Francisco Palino de Cárdenas, natural de Sevilla, denunció de sí propio en este Sancto Oficio, por abril de 1570, de haber dicho que no era pecado tener cuenta con una mujer soltera. Examinados dos testigos, dicen haber dicho el reo las dichas palabras. Hecho su proceso con él, fue votado en que el reo hiciese decir tres misas por las ánimas de purgatorio y que oyese la una de ellas cubierto con su capa y sin ninguna ceremonia, en presencia del secretario Arrieta, y pagase cincuenta pesos al receptor. De la conclusión del reo en definitiva no se dio traslado al fiscal. La sentencia se pronunció a 16 de noviembre de 1570...

     »Francisco Ortiz, natural de Sevilla, fue testificado por tres testigos en este Sancto Oficio de haber dicho, dice el un testigo, que él sabía que ningún hombre se iba al infierno, habiendo recibido agua del bautismo; otro testigo dice que dijo que ninguno cristiano se podía ir al infierno; otro dice que dijo que los que morían en la sancta fe católica y vivían en ella, no irían al infierno. Esta información se vio en consulta y se votó que el reo fuese preso con secresto de bienes, y así se ejecutó, y se hizo su proceso con el reo: confesó en la acusación, y se declaró en otra audiencia que lo que quiso decir fue, que haciendo obras el cristiano, teniendo con ellas juntamente fe, no se condenaría, y que esto fue lo que quiso sentir. A la publicación respondió lo mismo; dio defensas, y hechas, se concluyó en definitiva y fue votado en consulta en que el reo oyese la misa mayor, con el sermón que se dijere en la iglesia mayor de esta ciudad un día de fiesta, en forma de penitente, y que allí le fuese leída su sentencia y abjurase de levi, y que sea desterrado a los reinos de España, y no lo quebrante, so pena de doscientos azotes. Pronunciose la sentencia en el Tribunal para darle noticia della y se le leyó...

     »García Cansino, soldado, mestizo, natural de la Puebla de los Ángeles, Nueva España, denunció de sí propio, ante el vicario de la villa de Arica, de haber dicho con mucho enojo, porque su capitán le había mandado echar unos grillos y le había hecho otros agravios, estando fuera de juicio, decían que había dicho, aunque no se acordaba, lléveme ya el diablo y digo que no hay Dios, porque si hubiera Dios a mí no me harían tantos agravios, y lo tornó a decir que no hay Dios, y yo así lo creo y lo daré firmado de mi nombre, y llámenme para ello al escribano: y que aunque no se acordaba haber dicho las dichas palabras creyó que las había dicho, porque es pecador, y de todo ello se arrepentía. El dicho vicario tomo la confesión al reo y dijo en ella que había dicho las dichas palabras, y mas que no le harían en creyente otra cosa, porque así lo creía, y que renegaba de Dios y de su fe. También examinados dos testigos dicen haber dicho al reo las dichas palabras, aunque el uno de ellos no dice lo del reniego. Fue enviado preso el reo a este Sancto Oficio y su causa remitida a él. Las testigos no se ratificaron, por no poder ser habidos; y hecho su proceso con el reo, en el cual perseveró sus confesiones, y concluso, fue votado a que el reo oyese la misa mayor que se dijese en la Iglesia mayor de esta ciudad, un día de fiesta, en forma de penitente, y con una mordaza y allí se le lea su sentencia, y se le den docientos azotes y se vaya con su mujer. Notificósele la sentencia en el Tribunal y apeló de ella, y vuelto a ver el negocio en consulta, se confirmó lo votado y se leyó la sentencia, la cual está firmada del Inquisidor Cerezuela sólo, en la Iglesia mayor, y oyó la misa a 21 de enero de 1571, y luego otro día se ejecutaron los azotes.

     »Arias Bello, natural de Tavira, en el Algarbe, en el reino de Portogal, denunció de sí propio en el Sancto Oficio que, diciendo cierta persona que quería sacar una carta de excomunión para los que no hubiesen pagado los quintos que debían a su Majestad, dice el reo que dijo, «si yo no lo hubiere descubierto antes de la carta, no lo descubría después». Examinado un testigo dice haber dicho el reo las dichas palabras; el testigo, aunque está ratificado, no está sentada la ratificación. Hízose su proceso con el reo y no se le hizo la tercera monición, y habiéndose concluido en definitiva, fue votado este negocio en consulta en que el reo hiciese decir dos misas por la conversión de los indios y por las ánimas del purgatorio y que oyese una de ellas, y rezase y se encomendase a Dios. La sentencia se pronunció a 15 de marzo de 1570.

     »El licenciado Gómez Hernández, vecino de Arequipa, fue mandado parescer en este Santo Oficio por que estando preso un extranjero por la Inquisición Ordinaria en la dicha ciudad y secrestados sus bienes, y habiendo sido su causa remitida a el Santo Oficio, por que estando preso otro extranjero pidió que ante el dicho licenciado que declarase el preso y reconociese cierta cédula por la cual le debía unos dineros, y el Alcalde lo mandó así, y habiéndola reconocido el preso, dio el Alcalde mandato para que el secrestador pagase lo que debía el preso, y se valió para ello de un visitador del Obispo del Cuzco, de cuya diócesis es Arequipa, para que hiciese pagar la dicha deuda, y con solo una carta misiva que escribió al Inquisidor Cerezuela un vicario de la dicha ciudad, en que hace relación de lo susodicho, y con solo esto mandó el dicho Inquisidor, por un auto que pronunció, que los dichos licenciado y visitador pareciesen en este Santo Oficio dentro de treinta días, y así hizo venir al dicho licenciado ciento y sesenta leguas, y habiéndole tomado su confesión acerca de lo susodicho y mandándole dar una fianza que si no se debía el dicho dinero, que eran sesenta pesos, los pagaría, se volvió a su casa. Este proceso no ha de estar con los penitenciados, ni aun había de haber memoria de él.

     »El bachiller Cosme Rodríguez, visitador del obispado del Cuzco, natural de Villalón, en España, que fue mandado parecer en este Santo Oficio, por lo que el dicho licenciado Gómez Hernández; habiendo llegado el reo a esta ciudad, se le mandó que tuviese su posada por cárcel, y luego está examinado un testigo que dice que predicando el reo había dicho que el ánima era de la sustancia de Dios, y que habiendo sido advertido de lo que había dicho, se había retractado de la proposición, y que asimismo había dicho en otro sermón que el ánima que está en las penas de purgatorio es como el hombre que está preso por deudas, que si no hay quien pague por él, se está en la cárcel engrillado todos los días de su vida, y así es del alma que está en el purgatorio, que si no hay quien haga por ella, estará allí engrillada para siempre. El reo denunció de sí por una carta, diciendo que había dicho predicando que el alma era substancia spiritual de Dios. Está calificada por proposición escandalosa, y la segunda monición por herética prout jacet. Hay una carta en el proceso del Vicario de Arequipa en que da noticias de las dichas proposiciones. Con el reo se hizo su proceso y confesó, y habiéndose el negocio rescibido, a prueba, se vio en consulta, y paresció que se diesen los testigos al reo, sin ratificar su publicación por la dilación que en ello y en examinar los contestes había de haber, y así se hizo, y se le dieron en publicación la dicha carta y otra que había del dicho Vicario en la dicha razón, siendo cartas simples y no estando examinado el dicho Vicario como testigo en razón de lo en ellas contenido, que todo fue terrible, y habiéndosele dado la dicha publicación, el reo concluyó en definitiva, y no se notificó el fiscal; y visto el negocio en consulta, fue votado en [46] que el reo fuese suspendido del oficio de la predicación por espacio de cuatro años, y que en este tiempo pueda ejercer el oficio de cura y visitador y declarar la doctrina cristiana, como no fuese en el púlpito, y que en la sala del Audiencia retratase la segunda proposición del alma que estaba en las penas del purgatorio y pagase cient pesos y fuese reprehendido. Por un auto se le mandó al reo que cumpliese lo susodicho, y está señalado de una rúbrica que paresce ser del Inquisidor Cerezuela, y luego dice Arrieta que fue dada y pronunciada la dicha sentencia a 5 días de febrero de 1571, y el reo se retractó y fue reprehendido y pagó la pena, como paresce todo por el proceso.

     »Después de esto fue el reo testificado de que había dicho que los niños que morían después de bautizados habían de pasar por las llamas del purgatorio, de pasada para ir a la gloria; y de ciertos malos tratamientos que había hecho a ciertos clérigos porque habían entendido en le notificar el mandato que se le notificó para que viniese a este Santo Oficio la primera vez. Este reo fue mandado poner en el monasterio de la Merced y que no saliese de él mientras se hacía su proceso, hasta que se mandase otra cosa. Hízose su proceso con el reo y dio ciertas defensas, y habiéndose hecho, concluyó en definitiva, y no se notificó al fiscal; fue visto en consulta; fue votado a que él adjurase de levi en la Audiencia y no predicase por espacio de ocho años, y que no tuviese oficio de judicatura por dos años, y los dichos dos años desterrado de Arequipa, y pagase quinientos pesos; y así se pronunció la sentencia conforme a lo votado a 7 de deciembre de 1576, está firmada de los inquisidores Cerezuela y Ulloa y no del Ordinario. El reo apeló de ella y habiéndose vuelto a ver el negocio en consulta, sin haber cosa de nuevo, sino sola una petición que presentó el reo, se moderó la sentencia en que la suspensión de la predicación fuese por cuatro años y se le quitó la prohibición que tenía de no ejercer el oficio de juriditión por dos años y que no pagase sino trescientos pesos de pena; y conforme a esto se pronunció la sentencia, que está firmada de solo los inquisidores Cerezuela y Ulloa, y se ejecutó, y no del Ordinario.

     »George Griego, natural de la Isla de Candia, marinero, fue preso en la ciudad de Arequipa por el Vicario, con secresto de bienes, porque dijo que la simple fornicación no era pecado, y fue remitido el reo y su proceso al Sancto Oficio, y hecho en él un proceso con él, y habiendo concluido definitivamente, no se dio traslado al fiscal. El reo estuvo confitente desde la primera audiencia, y visto el negocio en consulta, fue votado en que el reo oyese un día de fiesta la misa mayor en la Iglesia mayor y allí le fuese leída su sentencia, estando en forma de penitente, y abjurase de levi, y se le diesen doscientos azotes. Pronunciose la sentencia en el audiencia a 4 de diciembre de 1570: está firmada del inquisidor Cerezuela y del Ordinario. El reo apeló della y allegó ciertas defensas, y hechas, se volvió a ver en consulta y se confirmó lo votado, y se leyó la sentencia en la Iglesia mayor, y está firmada de solo el inquisidor Cerezuela, y se ejecutó lo demás.

     »Diego Pérez, clérigo, notario de la arzobispal de esta ciudad de los Reyes, fue testificado en este Santo Oficio por tres testigos, de que vernía el Arzobispo y descomulgaría sobre ciertas cosas que trataban «veamos quien absolverá» (sic), y que él era nuestro papa en esta tierra, diciéndolo por el Arzobispo; y diciéndole que mirase lo que decía, dijo, «sí, que no tenemos otro acá». Fuele cualificada esta proposición por mal sonante. El reo denunció de sí propio de haber dicho que si el Virrey hiciese agravio, procedería el Arzobispo contra él, que por acá no había otro papa, si él no. Hízose su proceso con el reo hasta concluirle en definitiva, y no se notificó al fiscal la conclusión, y visto en consulta, fue votado en que el reo fuese reprehendido y se le encargase que dijese dos misas, y una, por vía de pena, por el Sumo Pontífice, y así se hizo, sin sentencia. Este negocio aparece que era del Sancto Oficio: ejecutose esto por el inquisidor Cerezuela a 17 de noviembre de 1570.

     »Miguel Sánchez de Aguirre, natural de Andaya, junto a Fuenterabía, fue remitido por el obispo de Quito a este Sancto Oficio con su proceso, que procedía contra él porque había dicho que «juraba a Dios que mataría a Dios y al rey, y que no creía en Dios»: esto dice un testigo, y lo demás lo dicen seis testigos, y que él se había de ir vestido y calzado al cielo y otros desatinos. Hízose su proceso con él, y a la acusación dijo que era verdad que había dicho «no creo en Dios», y que lo demás dijo estando loco y presentó una información de esta razón; y habiéndose dado al reo los testigos en publicación, sin ratificarse, y habiendo concluido en definitiva, visto el negocio en consulta, paresció que se debía suspender, y así se hizo.

     »María de las Nieves, natural de Granada, fue llamada al Sancto Oficio por testigo para que declarase ciertas cosas que un clérigo con quien ella había estado amancebada le solía decir, como era «diosa mía», y que ofendía más a Dios con tener cuenta con un hombre casado que no con él, y que la quería tanto que cuando estaba en la Iglesia y oía nombrar el nombre de Sancta María, él decía «mi María», y sólo dijo haber oído decir al dicho clérigo que le dijo que parescía una diosa. El fiscal pidió que la dicha María de las Nieves fuese presa porque había ocultado la verdad y se había perjurado, y así lo proveyó el inquisidor Cerezuela a 19 de abril de 1570, y se ejecutó, y se hizo su proceso con ella, y no dijo cosa que fuese de sustancia acerca de lo susodicho en las audiencias que con ella se tuvieron. Dada la publicación, fue dada en fiado, y dio ciertas defensas, y hechas, se vio el negocio en consulta y fue votado en que se le diese la prisión por pena y que ayunase tres viernes y rezase un rosario en cada uno de ellos y fuese reprehendida, y así se hizo, y se pronunció la sentencia, que esta firmada de sólo el inquisidor Cerezuela a 25 de setiembre de 1570.

     »Fray Antonio de la Cruz, de la orden de San Francisco, fue testificado ante el Provisor de este arzobispado en la visita dél, que habiendo entrado a visitar dicho visitador una iglesia que está a cargo de los frailes de San Francisco y queriendo comenzar la visita del altar mayor, le dijeron los frailes que la comenzase por uno de los otros altares, y tratándose de esto y diciendo que lo había querido así el dicho visitador, por ser orden de clérigos, el reo dijo «es ceremonia judaica». La información se remitió a este Sancto Oficio y el reo paresció en él, y confesó haber dicho las dichas palabras, y con solo esto, sin más, se vio el negocio en consulta y paresció que el reo fuese reprehendido, como se hizo.»

     Vasco Suárez de Ávila que, como se recordará, había sido penitenciado antes del establecimiento del Tribunal, «después de esto fue testificado en él de ciertas palabras que dijo en menosprecio de las excomuniones y censuras de la Iglesia. Dice un testigo que dijo a ciertas personas que estaban excomulgadas «poco importa esa excomunión porque es por dinero, y esos cleriguillos pónenlas como les parece». Otro testigo dice que dijo «esas excomuniones no las deben de tener en nada, y esas excomuniones puestas por esos cleriguillos no se me da nada a mí de ellas». Están cualificadas por proposiciones escandalosas y que tocan a la herejía de Lutero. Está testificado el reo de otras cosas por testigos singulares, como es, que estando jugando a los naipes había dicho que Dios era amigo de hombres ruines y que era muy buena ley que los bienes fuesen comunes, y que quien más pudiese, llevase lo del otro. Fue mandado al reo parescer en este Sancto Oficio y se hizo su proceso con él, y dio ciertas defensas, y hechas, visto el negocio en consulta, fue votado en que el reo estuviese recluso en un monasterio quince días y pague cient pesos y sea reprehendido. La sentencia se pronunció a 7 de abril de 1571, está firmada del inquisidor Cerezuela y del Ordinario...

     »Joan de Vargas, clérigo, cura de la Iglesia de Sancta Anna, de esta ciudad, fue testificado por muchos testigos que dicen de oídas que solicitaba sus hijas de confesión: y de donde tuvieron ocasión para decirlo fue de una mulata que habiéndose ido a confesar con él le había dicho que no la podía confesar y que volviese otro día y se entrase en la Iglesia como que iba a misa y se fuese a la sacristía y se entrase en su aposento y se estaría allí todo el día y se saldría a la noche, y esto había pasado y no otra cosa. Dio comisión el inquisidor Cerezuela a un chantre de la Iglesia de esta ciudad para que por ante Arrieta examinaran ciertas mujeres en este negocio y que él llevaría el proceso. Fue mandado parescer el reo en este Sancto Oficio y que no confesase mientras se hacía su proceso, el cual se hizo, y en la tercera monición, y confiesa el dicho clérigo que dijo a la dicha mulata que fuese a su casa para que fuesen a dar cuenta al arzobispo de cómo estaba amancebada con su amo para que lo reprendiese. Dio ciertas defensas y visto en consulta el negocio, se suspendió...»

     El bachiller Antonio Hernández, que también había sido penitenciado antes, clérigo, maestrescuela de Quito, «natural de Pedroso, junto a Toro, denunció de sí propio, ante el comisario del Cuzco, de haber tenido tratos deshonestos con ciertas sus hijas de confesión y haber solicitado a dos de ellas, que eran indias, en el propio acto de la confesión. Examinose sola una mujer de éstas, que es española, y dice haber tenido el reo acceso carnal con ella después de la haber confesado, pero dice que no pasó ninguna cosa en el acto de la confesión, ni próximamente a él... Fue preso por lo susodicho, y habiéndose hecho su proceso con él, no se examinaron las dichas indias, ni otras de quien el reo dio noticia en el discurso de su negocio, aunque siempre con prosupuesto que con estas últimas en el acto de la confesión no había pasado cosa alguna. Debiéronse de dejar de examinar, por ser indias, y aún no haber orden para que se hiciese en este caso como la hay agora; y habiéndose hecho las defensas que el reo pidió, se vio el negocio en consulta, y se votó que el reo no predicase por el tiempo de cuatro años, con que pudiese doctrinar indios en este tiempo, y que perpetuamente no confesase mujeres, con que se diese noticia a los señores del consejo cuan grave cosa es no confesar en esta tierra los clérigos a las mujeres y que abjurase de levi. La sentencia se pronunció en esta razón a 5 de diciembre de 1576...

     »Sebastián de Herrera, clérigo, natural de Toledo, fue testificado en este Sancto Oficio de haber puesto ciertos cedulones o libelos en la ciudad de la Plata contra el comisario de la dicha ciudad, y dio cierta petición en el audiencia de este Sancto Oficio en que dice muchas cosas feas y de deshonestidad contra el dicho comisario y contra el honor de un monasterio de monjas. Estas cosas no se averiguaron todas contra el dicho comisario. Está testificado el reo de que con ocasión que cierto pintor estaba pintando unas imágenes y entre otras una de nuestra Señora del Rosario, había dicho el reo que las imágenes no se debían de adorar porque eran de lienzo y un poco de tinta y que se podían lavar, y que para qué eran aquellas imágenes, y que no se había de adorar a ellas: esto dicen tres testigos y está cualificada la proposición por herética. Otros dos testigos testifican al reo de haberle oído decir que él se había ido a Berbería de su voluntad, con sus armas y caballos, y había servido a un rey moro y había tenido allá amores con una mora y con una judía en su ley, y que a persuasión de la judía estuvo muy cerca de se tornar moro. Fue preso el reo y hízose su proceso con él y confesó haber puesto los libelos contra el comisario y negó haber estado en Berbería, y que lo había dicho mintiendo; y en lo que toca a las imágenes dice que dijo que no se había de adorar a la imagen sino a lo que significa la imagen, mirándola a ella. Dio defensas y habiéndose hecho, se vio el negocio en consulta y fue votado en que el reo oyese una misa un día de fiesta, en forma de penitente, a donde los Inquisidores ordenasen, y que abjurase de levi y fuese desterrado perpetuamente del districto de esta Inquisición y que no lo quebrante, so pena de diez años de galeras...»

     De entre estos asuntos, ninguno había, y con razón, preocupado tanto al Tribunal como el relativo a Francisco de Aguirre, que se hallaba en el Tucumán, y a quien se trataba de prender para que viniese a Lima a dar cuenta de ciertas palabras descompuestas que había dejado escapar, después de haber sido condenado a abjurar otras, por las cuales le habían procesado en Charcas; pero había ya constancia de [51] que la diligencia estaba realizada y que Pedro de Arana le traía a buen recaudo.

     Si por esta parte podía, pues, Cerezuela manifestarse tranquilo, no le ocurría lo mismo respecto a otras materias. Comprendía muy bien que el Tribunal sin comisarios que secundasen sus propósitos, era «como un cuerpo sin brazos», y que si su esfera de acción hubiera de limitarse a Lima, nada de provecho podía hacer. Mas, era el caso de que ni en la misma capital podía encontrar personas medianamente idóneas para esos puestos, pues de los doce y más clérigos que allí había «no se hallaba uno capaz de quien poder echar mano». «¿Qué será, añadía Alcedo, en las demás ciudades donde no hay sino dos, y en muchos lugares uno?». Al fin, sin embargo, se acordó nombrar al doctor Urquizu, deán de Los Charcas, para el distrito de La Plata, para el Cuzco al bachiller Gonzalo Niño, y para Panamá al deán Rodrigo Fernández. Algún tiempo después se designó para Quito y su obispado a Jácome Freile de Andrade, a quien el Presidente y Obispo, para facilitarle el desempeño de sus funciones, nombraron ad nutum para un curato de la capital.

     Otro tanto sucedía con los consultores. Había gran abundancia de letrados, pero se tenía poca seguridad de su limpieza, «porque es tierra ésta que fácilmente me parece, decía Alcedo, hace a uno judío, y para averiguar la verdad, y lo contrario, hay mal aparejo».

     Los empeños que asediaban al Inquisidor para el puesto de receptor y notario de secuestros eran tales que el Virrey, con quien se entendía en estas cosas, sin noticia de los demás ministros y con gran disgusto de éstos, ocurrió al partido de enviar a los pretendientes, en su mayor parte militares que alegaban servicios y de quienes se susurraba que no eran limpios de parte de sus mujeres, a que se arreglasen con su camarero y maestresala, «habiendo andado sobre ello en grandes competencias». «Tengo lástima, exclamaba Arrieta, indignado, que semejantes provisiones se hagan por intercesión y medios de camareros y maestresalas de ajeno dueño, y con tan poco recato y secreto y que pidan por justicia lo que es a proveer de gracia.» Lo cierto fue que Cerezuela se vio al fin tan vacilante que tomó el arbitrio de depositar la vara de alguacil en Diego de Carvajal.

     No dejaba tampoco de sentirse alarmado con lo que comenzaba a ocurrir en las cárceles del Santo Oficio, «pues se ha visto, escribía a España, que las personas que en él se prenden, por cabsa de la tierra ser dejativa, o por otras que no se pueden alcanzar, no obstante que las cárceles son buenas e airosas, caen luego enfermos de melancolías y de otras enfermedades, que si no se diesen en fiado o se buscase otra manera de cárcel, se morirían: e con un mestizo llamado Alonso Rodríguez Meco, aunque le saqué de la cárcel y se llevó a curar a un hospital, se murió: por lo cual entiendo ser cosa muy dificultosa poderse allegar gente para hacer auto público de fe.»

     Ya sea por las meticulosidades de Cerezuela, o por la demasiada entrada que iba dando al Virrey en los asuntos del Tribunal, sin ser poca la que concedía a su secretario, haciendo todo lo que éste quería, según Alcedo; Arrieta se quejaba al Inquisidor general de su falta de experiencia y de los pocos bríos que tenía para guardar sus preeminencias, e insistía en que el nuevo inquisidor que se nombrase fuese hombre de entereza y práctica, «porque certifico a Vuestra Señoría, concluía, que a el Fiscal no le dañaría tener más».

     Mas, según los informes de Alcedo, no quedaba tampoco el secretario mejor parado, pues le acusaba de que quería y procuraba hacerle todo mal y dar todo desabrimiento, «como siempre acostumbró en las Inquisiciones adonde ha estado, a sus compañeros... y porque ha procurado meter en esta Inquisición por familiar un Valenzuela, zapatero, gran su amigo, que aquí está casado con una morisca herrada y sellada en el rostro, e yo lo he contradicho, y viniéndome a rogar algunas gentes por el Valenzuela, dicen que dije que mientras yo fuese fiscal, él no sería familiar, y vino a su noticia el secretario y dicen que dijo que mientras él fuese secretario, yo no me sentaría en silla con los Inquisidores, sino en banco, como él.»

     En efecto: habiéndose condenado a algunos a penitencias publicas en la iglesia mayor, Cerezuela juzgó que por ser éstos de los primeros negocios y en tierra tan nueva, convenía que se hallase presente al acto con sus ministros, en forma de audiencia del Santo Oficio. Hizo poner para el caso una silla para él y otra para el Ordinario, pidiendo a Arrieta que jurase cuál era el asiento que en semejantes ocasiones se señalaba al Fiscal; y como el secretario expusiese que era un banco común, con alfombra, en que debían sentarse todos los oficiales, Alcedo declaró entonces que estaba enfermo y que no podía asistir. Pero, llegó la ocasión de una ceremonia semejante en que debían salir dos penitentes, y llamando Cerezuela al Fiscal, le declaró que si no asistía, no entrase más en el oficio, disposición que no tuvo efecto, merced a que, en consulta, se acordó informar del asunto al Inquisidor general.

     Esta resolución y la de que el notario de secuestros se trasladase al Callao, con un familiar que llevase la vara de alguacil, a visitar todas las embarcaciones que llegasen de Tierrafirme y Nueva España, «a causa de los libros e imágenes y de algunas palabras que pueden haber pasado en los navíos durante el viaje, y también por si viene alguna gente extranjera, como es inglés, o francés, o flamenco», fueron de las últimas que dio Cerezuela antes de la llegada de su colega Gutiérrez de Ulloa.

 

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