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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XXVI

Capítulo XXVI

Queda Amusquíbar solo en el Tribunal. -Estado en que éste se hallaba. -Terremoto de 28 de octubre de 1746. -Auto de fe de 19 de octubre de 1749. -Detalles de la causa de Juan de Loyola. -Nómbrase inquisidor a Diego Rodríguez Delgado. -Desavenencias con su colega. -Cédula de 20 de julio de 1751. -Muerte de Rodríguez. -Negociado de dos títulos de Castilla. -Quejas contra Amusquíbar. -Es denunciado por sospechoso en la fe. -Francmasones y herejes. -Auto de fe de 6 de abril de 1761. -Causa de Francisco Moyen.


     Con la partida de Arenaza, el Tribunal quedó a cargo de sólo Amusquíbar, uno de los inquisidores más jóvenes que hasta entonces hubiese habido, pues para recibirse al ejercicio de su cargo en septiembre de 1744, había tenido que esperar cumplir treinta años, precisamente, como se ha visto, en la época en que nunca habían sido más críticas las circunstancias del Santo Oficio.

     Sus entradas estaban reducidas por esos días a treinta mil pesos anuales, siendo que desde que Amusquíbar entrara en el Tribunal, fecha en que se habían remitido al Consejo diecinueve mil pesos, no había de verificarse nueva remesa; y con los enteros hechos al visitador, apenas si quedaban en caja poco más de cuarenta mil, y eso por salarios retenidos a los inquisidores suspensos, que aún no se les había mandado entregar.

     Para colmo de desventuras, a las diez y media de la noche del 28 de octubre de 1746, un espantoso terremoto reducía a escombros la ciudad de los Reyes, sepultando entre sus ruinas cerca de ocho mil personas, si bien los presos de las cárceles secretas escaparon, cuando estaban a punto de ahogarse por el desborde de una acequia inmediata, merced a las diligencias de Arenaza. La capilla se encontró en tal estado que los ministros, temiendo que con su caída sepultase las sagradas formas, las llevaron al día siguiente en procesión con los clérigos del oratorio de San Felipe de Neri a la Iglesia de San Pedro. Las casas quedaron totalmente arruinadas, habiendo escapado el Visitador muy maltratado entre los escombros de la que ocupaba, con pérdida de uno de sus familiares, que quedó sepultado.

     Retiráronse con esto los inquisidores a vivir a la huerta del colegio mayor de San Felipe, instalándose en barracas provisionales y en toldos de campaña. La cámara del secreto pudo, con todo, habilitarse para sala de audiencia, y la del archivo, para secreto. Donde antes estaba la saleta en que se recibían las confesiones a los reos, se levantaron algunos cuartuchos de cañas, y repuestos unos pocos de los calabozos, se restituyeron a «sus tenebrosos encierros» los presos, trasladandolos allí desde los diferentes sitios en que se les tenía en depósito.

     En esta emergencia, lo peor del caso era que para la reconstrucción de lo destruido no se podía contar con más de seis mil pesos anuales, que era lo único que sobraba de las rentas ordinarias del Tribunal, después de pagados los salarios.

     De los reos había por entonces bien poco que esperar. Con los temblores y discordias de los inquisidores, no había podido hacerse casi nada en este orden durante los últimos años, pues sólo habían sido penitenciados, de ordinario secretamente, unas cuantas personas, en su mayor parte religiosos, a saber:

     Fray Pedro Pablo de Herrera, franciscano, natural de Astudillo, en Castilla la Vieja, por haberse entrado en religión, profesado y ordenádose in sacris, dicho misa y confesado, siendo casado en Madrid, donde aún vivía su mujer.

     Fray Diego Videla, también franciscano, por delitos cometidos en Chile.

     Fray Ángelo de la Cruz, lego franciscano, natural de Arequipa, de treinta y dos años, que había sido fabricante de loza, porque hallándose en el pueblo de Sicuani, celebró dos misas y confesó a varias personas, entre otras a un comisario de Jerusalén. Metido en cárceles secretas en agosto de 1746, confesó que yendo camino del Cuzco a entrarse fraile, y habiendo llegado a aquel pueblo, sin tener avíos con que poder continuar su viaje, el cacique le había entregado ocho reales para que le dijese una misa, y que queriéndose aprovechar de ellos, después de hacerse cerquillo, se había llevado industriando cómo decirla, resolviéndose a salir al altar y ejecutar todas las ceremonias, aunque sin leer nada ni pronunciar palabra alguna; y que como el cacique le ofreciese cabalgadura a condición de que le confesase su familia, había también venido en ello. Ese mismo año de su prisión fue condenado a salir en auto público de fe, si le hubiere de próximo, y si no, a una iglesia, donde, en forma de penitente, con coroza y soga al cuello le fuese leída su sentencia con méritos, abjurase de levi y fuese gravemente advertido, reprendido y conminado, y al día siguiente saliese por las calles públicas y acostumbradas, desnudo de la cintura arriba, jinete en bestia de albarda, y que así, a voz de pregonero que publicase su delito, le fuesen dados doscientos azotes, y desterrado en seguida por cinco años a Juan Fernández: sentencia que no se ejecutó hasta el 9 de septiembre de 1757, en auto particular de fe que se celebró en la capilla del Hospital de Lima.

     Fuera de estos reos no parece que hubiera durante este tiempo más penitenciados que los que salieron en el auto particular de 19 de octubre de 1749. «Concluidos los procesos de sus méritos y causas, refiere don Eusebio de Llano y Zapata, determinaron los señores celebrar con ellos el día 19 de octubre auto particular de fe en la iglesia de Santo Domingo. Y para que la función se practicase con la mayor solemnidad que se deseaba, el señor inquisidor menos antiguo, pasó el día catorce al palacio del Excelentísimo señor Conde de Superunda, virrey de estos reinos, quien informado de lo que se trataba ejecutar con los apóstatas y enemigos de nuestra santa fe católica, mandó que sus soldados y guardias estuviesen a las Órdenes de los señores del Santo Tribunal.

     «El siguiente día, que fue el quince, don Joseph de Arezcurenaga, secretario más antiguo del Secreto, puso en noticia del R. P. F. Bernardo Dávila, prior del convento grande de predicadores, la comisión que llevaba de los señores inquisidores, para la celebridad del auto particular de fe que habían determinado hacer en su iglesia de nuestro padre Santo Domingo, como era de costumbre. Y al punto, con la orden que para ello dio el R. P. prior, se previno el majestuoso templo de los aparatos necesarios para el cumplimiento de la función que se esperaba.

     »El día dieciséis, don Andrés de Muguruza, nuncio y alcaide del Santo Tribunal, vestido de terciopelo negro a lo militar, con costosa venera y hábito del Santo Oficio, y montado en un generoso bruto vistosamente enjaezado, hizo publicar por las esquinas y calles que habían de ser tránsito preciso a la procesión de reos, el pregón siguiente, que decía así, en voz del pregonero:

     »Manda el Santo Oficio de la Inquisición que todos los vecinos y habitadores de las casas y tiendas de las calles que corren desde dicho Santo Oficio hasta la iglesia de Santo Domingo, las limpien y barran para el domingo diez y nueve del presente mes de octubre, en que ha de ser la procesión del auto particular, pena de diez pesos y otras arbitrarias.

     »En este mismo día, el licenciado don Bernardino Fernández Quixano, presbítero, portero del Santo Oficio, hizo el convite de parte de los señores a toda la nobleza de esta ciudad, para que precediendo la solemnidad del juramento que en semejantes ocasiones se acostumbra, viniesen con insignias de ministros y familiares a autorizar la función con sus personas, como la ejecutaron todos los más calificados y distinguidos sujetos, acreditando con su asistencia el celo de la religión y el culto que se debe al Santo Tribunal de la Fe en venir con las órdenes de sus sagrados y venerables jueces y ministros.

     »El día dieciocho, don Andrés de Muguruza, con las mismas insignias y tren que se acabó de expresar, publicó a voz de pregonero en todas las calles acostumbradas el pregón, que es del tenor que se sigue:

     »Manda el Santo Oficio de la Inquisición, que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición que sea, pueda detenerse en coche, calesa ni caballería, ni que embarace con mesas, ni escaños el centro de las calles que corren desde la Inquisición a la iglesia de Santo Domingo, ni atraviese la procesión en parte alguna a la ida ni a la vuelta, mañana diez y nueve del corriente en que ha de celebrar auto particular de Fe. Y también que ni en dicho día, ni en el de los azotes sea osado alguno a tirar a los reos manzanas, piedras, naranjas ni otra cosa alguna: pena de cien pesos ensayados, siendo español el que contraviniere, y de diez pesos y cuatro días de cárcel, con las demás que tuviere por convenientes, siendo de otra casta.

     »Cumplidas estas prevenciones, con la formalidad y circunspección con que el Santo Tribunal solemniza sus hechos, llegó el día diez y nueve, que se destinó para la celebridad del auto. La curiosidad que siempre madruga, en esta ocasión parece que veló. No había calle donde antes del amanecer no se viese el numeroso concurso de las gentes que se encaminaban a la iglesia de Santo Domingo, plaza mayor y casas del Tribunal. En las cercanías de los vecinos pueblos también fue grande la tropelía de los que atraídos de la novedad, se condujeron a esta corte. En menos de tres horas ocuparon las calles por donde se había de encaminar la procesión más de treinta mil personas de todo sexo. Y a no haber los soldados que guardaban las bocas-calles, observado puntualmente el orden que se les dio para desembarazar el paso, se hubiera hecho inaccesible el tránsito a causa de la confusión de los que entraban y salían.

     »Serían ya como las siete y media de la mañana, cuando los títulos, mayorazgos y caballeros de las órdenes militares, vestidos todos de gala y honrosamente decorados, con las insignias de venera y hábito del Santo Oficio, ocurrieron a la casa de en medio del Tribunal, para acompañar en la procesión a los señores inquisidores, como sus ministros y familiares. Luego que se juntaron todos los oficiales, secretarios y ministros, don Andrés de Muguruza, alcaide de las cárceles secretas, comenzó a sacar de los calabozos a los reos, llamando a cada uno por su nombre, según la lista que de ellos tenía; de los que con otra nómina, que también los expresaba, se hizo entrega al alguacil mayor, quien los dio a los caballeros familiares y ministros, que les habían de apadrinar en la procesión, que, ordenada en los patios del Tribunal, principió teniendo el cuidado de dirigirla y ordenarla los ministros familiares que se siguen: don Ventura Ximénez Lobatón, don Joseph Sánchez de Orellana, don Juan Baptista de Arrieta, don Felipe Barba y Cabrera y don Juan de Acha y Ulibarri. Iba por delante el portero del Santo Oficio, a quien después seguían con las infames insignias de sus méritos los reos, conducidos del alcaide. Y a cada uno de ellos le apadrinaron dos familiares, guarneciéndoles el lucido trozo de caballería, que en dos alas, con espada en mano, marchaba al compás de la procesión.

     »A poca distancia, dos lacayos, vestidos de costosa librea, cargaban una estatua, que trayendo al pecho un rótulo, grabado en una lámina de plata de delicado buril, expresaba el nombre y apellido del inocente don Juan de Loyola, que falsamente calumniado de los abominables [294] delitos de hereje y judío judaizante, murió por los años de 1745, preso por este Santo Tribunal, aunque poco antes de su fallecimiento ya había empezado a descubrirse la inicua conspiración de los falsos calumniantes. Era el vestido que llevaba de lama blanca, color que simbolizaba su inocencia, guarnecido de finísimos sobrepuestos de oro de Milán, con botonadura de diamantes, y salpicado de varias joyas de cuantioso precio, que hermoseaban toda la tela. En la una mano traía la palma, insignia de su triunfo, y en la otra un bastón de puño de oro, con riquísima pedrería, por haber obtenido en la ciudad de Ica, donde era nativo (siendo originario de la ilustrísima casa de Loyola en el lugar de Aspeytia de la provincia de Guipúzcoa) los honrosos y distinguidos cargos de maestre de campo de la caballería, y varias veces el de alcalde ordinario.

     »Inmediatamente don Luis de los Ríos y Miranda, rector que fue del real y mayor calegio de San Phelipe, y don Thadeo Zabala y Vazques, colegial del real de San Martín, traían de unas argollas de plata pendiente la cajuela, en que se incluían los procesos y sentencias de los reos, que después habían de leer en público los ministros, a quienes se cometió el cargo de este negocio.

     »Continuaban después los notarios, familiares, ministros, calificadores, consultores y comisarios, que se componían de lo más ilustre del ejemplar clero, de lo más sabio de los doctores y catedráticos de la real universidad, con los tres reales colegios, y de lo más venerable y docto de los maestros y prelados de las esclarecidas religiones, que haciendo un cuerpo con la nobleza que asistió, iban todos mezclados sin preferencia de lugar. Sobresalía por la grandeza del vestido y costosísima gala, que para tan plausible día dispuso don Ignacio de Loyola y Haro, a quien el Santo Tribunal, en remuneración de la expresada calumnia que padeció su hermano don Juan de Loyola, había honrado con el decoroso empleo de su alguacil mayor de la ciudad de Ica, su patria, dando asimismo títulos de familiares y ministros a sus sobrinos, don Sancho de Loyola, presbítero, y los reverendos padres fray Francisco de Loyola y fray Marcelo de Loyola, del orden seráfico, que iban los últimos de tan lustroso acompañamiento. Seguíase el oficio del Santo Tribunal en la forma que se expresa.

     »Don Manuel Román de Aulestía, marqués de Montealegre, que haciendo el oficio de alguacil mayor por enfermedad del propietario, que lo es don Ignacio de Irazábal, traía el estandarte de la Fe. Llevaba la borla de la mano derecha el coronel de infantería española, don Melchor Malo de Molina, marqués de Monterico, conde del Puerto y Humanes, correo mayor de las Indias, y la siniestra el maestre de campo don Miguel de Mudarra y Roldán, marqués de Santa María. Era el estandarte de terciopelo negro con fina flecadura de oro y borlas de lo mismo. Tenía en el medio bordadas de oro de realce en campo verde de oliva, cruz y espada, armas del Santo Oficio, y por orla las siguientes palabras del salmo 73. Exsurge, Domine, et ludica causam tuam.

     »Procedían en fila a la mano derecha de los señores inquisidores, don Manuel Castellanos, secretario jubilado, don Ignacio Altuve, secretario del Secreto, doctor don Bartolomé López Grillo, colegial del real y mayor de San Felipe, secretario fiscal, doctor don Miguel de Valdivieso y Torrejón, catedrático de vísperas de leyes y abogado del real fisco.

     »Por la izquierda, guardando la misma orden, don Joseph Arezcurenaga, secretario más antiguo del Secreto; don Juan Baptista Gabiria, presbítero, secretario de visita del Secreto; don Gaspar de Orue, secretario del Secreto; don Juan de Ugalde, contador ordenador y del Santo Oficio.

     »Venían cubiertos de los chapeos o sombreros de ceremonia propios de su dignidad y delegación pontificia, los muy ilustres señores doctor don Pedro Antonio de Arenaza y Gárate, del consejo de Su Majestad en el supremo de la santa general Inquisición de España, visitador general, juez de bienes confiscados y superintendente general del real fisco de ésta de los reinos del Perú, y doctor don Matheo de Amusquíbar, inquisidor apostólico, que sobresaliendo como atlantes, que sobstienen el firmamento de la fe, o como antorchas que ilustran la esfera de la religión, presidían, colocados en el medio de tan venerable y supremo Tribunal. Parece que en cada uno de estos señores se hacía admirar lo respetoso del semblante, noblemente unido con la autoridad de las acciones. El cielo cuando destina a los sujetos para los empleos, proporciona a sus espíritus el carácter de los accidentes, para que no degeneren de la dignidad que representan, los ministerios que ejercitan.

     »Seguíanse luego por atrás sus familiares, que procedían con los capellanes del Santo Tribunal en la forma que se expresa: don Juan Cabrera Barba, don Pablo Roxas, don Francisco del Castillo, don Francisco Rivagaray, don Melchor Bravo de Rueda y don Juan Pedro de [296] Guraya. Cerraba este majestuoso cuerpo del Tribunal y lucido acompañamiento de ministros y nobleza otro trozo de caballería, que marchando de retaguardia, embarazaba el bullicio y tropelía de la numerosa plebe, que atraída de la curiosidad, sobrevenía a la procesión.

     »Así se encaminaba desde las casas del Tribunal hacia la iglesia de Santo Domingo, formada la procesión, cuando llegó a la plaza mayor, donde miran las galerías del palacio, en que ya el Excelentísimo señor Virrey, que por el justo recelo de los temblores, que aun hasta hoy se repiten, no asistió con algunos señores de la Real Audiencia, que le acompañaban, mientras pasó el Santo Tribunal de la fe, estuvo en pie, acatándole con el más debido rendimiento, que inspiraron a su ánimo católico el celo, la piedad y la religión; y los señores dél le correspondieron, guardando las ceremonias y etiquetas de su dignidad y empleo.

     »Luego que se acercó este admirable espectáculo a la plazuela del referido templo, la infantería, que guardaba su cementerio y puertas, se puso en dos filas, estando a la derecha su capitán, el teniente coronel don Manuel Augustín de Caycoegui y Aguiñiga, caballero del orden de Santiago, para que por el medio del centro que ocupaba, pasase la procesión a tomar las puertas, donde el R. P. Prior, con toda la venerable comunidad de predicadores recibió y ministró la agua bendita a los señores inquisidores, que al entrar, deponiendo los chapeos, tomaron los bonetes. Y así, acompañados de la religiosa comunidad, subieron hasta el presbiterio, de donde después de hecha oración al augusto sacramento del altar, pasaron a ocupar las dos sillas, que con igual número de almohadas a los pies, de terciopelo verde, estaban al lado del evangelio, puestas bajo de un dosel del mismo género, en cuyo medio se veían de realce y fabricadas de oro bordadas las armas del Santo Tribunal, y por delante, un bufete cubierto de rico terciopelo verde, con su flecadura y alamares en que estaba una imagen de Cristo crucificado sobre el libro de los cuatro evangelios, unos tinteros con su campanilla y la cajuela con las causas y sentencias de los reos. En la misma línea en que se puso el dosel, se colocó también el estandarte de la Fe, que en la procesión trajo el alguacil mayor del Tribunal.

     »Después, fuera del presbiterio, al mismo lado del evangelio, seguían cuatro bancas cubiertas, que ocuparon por su antigüedad el alguacil mayor, secretarios y oficiales del Santo Tribunal. En frente, al lado de la epístola, sobre el mismo presbiterio, estaban en asientos distinguidos los ministros que se habían nombrado para leer las causas y sentencias de los reos, que ya habían subido al tablado o teatro, que cubierto de paños negros, se erigió de competente altura, con cuatro gradas para la subida, cuya frente ocupaba todo el espacio que hay desde la pilastra del púlpito hasta la capilla mayor, igual al diámetro desde la cúpula en el crucero. Allí cerca, en taburete raso, con bastón negro de puño de plata, insignia de su cargo, estaba el alcaide, que había de sacar y poner los reos en la jaula o ambón, cuando cada uno de ellos, leído el proceso de su causa, hubiese de oír la sentencia que le daban, en vista de sus méritos.

     »Desde la pilastra del púlpito, dejando en medio el tablado, en cuyas gradas se habían levantado los reos, seguían unos escaños que se destinaron para asientos de los consultores, calificadores, comisarios y familiares que concurrieron a la procesión, mezclados con la nobleza que asistió: entre quienes, acompañada por uno y otro lado de los distinguidos sujetos que le apadrinaron, se colocó la estatua de don Juan de Loyola, sucediéndole inmediatamente, en la misma orden de asientos, su hermano y sobrinos.

     »De esta suerte se había todo ejecutado, quedando competente guarnición de soldados, así en las puertas reglares del convento, como en las de afuera de la iglesia, para contener el inmenso concurso de los que pretendían atropellar la entrada, no siendo posible cupiese mayor número de concurrentes en el magnífico templo, que el de más de diez mil personas que ya ocupaban su recinto.

     »No había pasado mucho, cuando haciendo el señor visitador señal con una campanilla, salió la misa, que en altar mayor, cubierto de un velo morado, principió el R. P. M. F. Miguel Campanón, prior del convento de la Magdalena y comisario del Santo Oficio, quien, acabada la epístola, suspendió el sagrado sacrificio y tomó asiento en una silla de terciopelo violado que estaba en el presbiterio, al lado de la epístola, de cara hacia los señores inquisidores. Y hecha con la campanilla segunda señal, subió al púlpito don Joseph de Arezcurenaga, que volviéndose al pueblo dijo: alzad todos las manos y cada uno de los circunstantes haga el juramento...

     »Concluida la lectura de la constitución, que es contra los que pretenden embarazar e intentan impedir la jurisdicción del Santo Tribunal, cuyo original latino comienza con las singulares palabras Si de protegendis, se procedió a la lectura de las causas y sentencias, que en el púlpito los ministros que se habían deputado para este fin leyeron, guardando la orden que se sigue.

     »Bernabé Morillo, alias Otarola, negro, nativo del puerto del Callao, dos leguas de Lima, de cuarenta años de edad, de estado soltero, de ejercicio grumete, que por los delitos de superstición y apostasía ya había sido penitenciado por este Santo Tribunal, en el auto general de fe que por los años de 1736 celebró a 23 de diciembre, en la plaza mayor. Salió al auto con hábito penitencial de media aspa, por hereje, idólatra y apóstata, y estando en forma de penitente, confeso y contrito, se le leyó su sentencia con méritos, abjuró de vehementi, y siendo absuelto ad cautelam, gravemente reprendido, conminado y particularmente advertido de sus errores, fue condenado a cárcel perpetua y a que el día siguiente, desnudo de medio cuerpo, saliese en mula de albarda y se le diesen doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas; fueron sus padrinos don Joseph Bravo de Castilla y don Felipe Colmenares.

     »Juan Joseph Meneses, esclavo, de casta zambo, natural de Lima, de edad de veinte años, de estado soltero y de oficio ollero y entintador de imprentas, salió al auto con insignias de sortilegio, supersticioso y blasfemo; y estando en forma de penitente y con soga de dos nudos al cuello, se le leyó su sentencia con méritos; abjuró de levi, fue absuelto ad cautelam, y condenado a que el día siguiente al auto le diesen doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas, y a destierro de esta ciudad, villa de Madrid, corte de su Su Majestad, al presidio de Valdivia, donde sirviese cinco años a ración y sin sueldo, cumpliendo con las laudables penitencias de comulgar tres veces por espacio de dos años, en los días de Pascua de Navidad, Resurrección y Asunción de Nuestra Señora, y que por este tiempo rezase todos los viernes un tercio del rosario a María Santísima, Señora Nuestra. Fueron sus padrinos el doctor don Isidro Tello de Guzmán, rector que ha sido de la real universidad de San Marcos, y don Gaspar de Morales y Ríos.

     »Joseph Ventura de Acosta y Montero, español, natural de la isla de Tenerife, en las Canarias, y residente en el puerto del Callao, de ejercicio piloto, soltero, de edad de cincuenta y tres años, salió al auto con sambenito de media aspa, por proposiciones heréticas y escandalosas; y estando en forma de penitente, confesa y contrito, se le leyó su sentencia con méritos, abjuró de vehementi, fue absuelto ad cautelam y condenado a destierro de esta ciudad de Lima, villa de Madrid y corte de Su Majestad, por espacio de ocho años, y treinta leguas en contorno, y que todos los sábados del expresado tiempo rece una parte de rosario a María Santísima, y en confiscacion de la mitad de sus bienes, aplicados a la cámara y fisco de Su Majestad y en su nombre, al receptor general del Santo Oficio. Fueron sus padrinos don Lorenzo de Zárate y don Joseph de Salazar y Solórzano.

     »Juana Nicolasa Crespo, negra esclava, natural de Lima, de estado soltera, de ejercicio lavandera y de cuarenta años de edad, salió al auto con insignias de blaphema heretical y con soga de dos nudos al cuello y mordaza; y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia, abjuró de levi, fue condenada a que al día siguiente al auto, desnuda de la cintura arriba, se le diesen doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas, y que reclusa por espacio de cuatro años en el hospital de caridad de esta corte, confiese y comulgue tres veces los dos primeros años, en la Pascua de Resurrección, día de la Santísima Trinidad y Asunción de Nuestra Señora, con tal que en ellas rece todos los viernes y sábados de rodillas un tercio de rosario a María Santísima. Fueron sus padrinos don Gaspar de Zeballos y don Francisco de los Ríos y Tamayo, marqués de Villa Hermosa.

     »Juan Esteban Flores, alias de Andrade, mestizo, natural de la ciudad de San Francisco de Quito y residente en la de Cuenca, del mismo obispado, de oficio zapatero, y de edad de treinta años, por dos veces casado, salió al auto con insignias de polígamo; y estando en forma de penitente se le leyó su sentencia con méritos, abjuró de levi y fue condenado a doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas, y a destierro de esta ciudad de Lima, de la de Quito y villa de Madrid y corte de Su Majestad, por tiempo de cuatro años, que cumplirá en el presidio de Valdivia, y que en los dos primeros años confiese y comulgue en cada uno tres veces, las Pascuas de Navidad, Resurrección y Espíritu Santo, y que los sábados, durante su destierro, rece un tercio de rosario a María Santísima; y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al Ordinario Eclesiástico, que de la causa debe conocer. Fueron sus padrinos don Nicolás de Salazar y don Luis de Vejarano y Bravo, conde de Villaseñor.

     »Juan Joseph Graciano de Santa Clara, alias Juan de Mata, pardo esclavo, natural de la ciudad de Truxillo, de estado casado, de oficio albañil y de más de treinta años de edad, por dos veces casado, salió al auto con insignias de polígamo; y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia con méritos, abjuró de levi y fue condenado a doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas, y a destierro de esta ciudad, villa de Madrid y corte de Su Majestad, por tiempo de cuatro años a las ciudades de Ica, Pisco o Nasca; y que por espacio de dos años confiese y comulgue las Pascuas de Navidad, Resurrección y Espíritu Santo, y que los sábados del expresado tiempo rece un tercio de rosario a María Santísima, y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al Ordinario eclesiástico, que de la causa debe entender. Fueron padrinos don Francisco de la Fuente e Ixar, marqués de San Miguel y el doctor don Fernando Román de Aulestía, colegial del Real y mayor de San Felipe.

     »Joaquín de Rivera, alias don Antonio de Ormaza, alias Joaquín Pasmino, español, natural de la ciudad de San Francisco de Quito, de estado casado, de ejercicio pintor y después boticario, de edad de más de veinte y cinco años. Salió al auto con insignias de polígamo, por haberse casado tres veces, viviendo su primera legítima mujer; y estando en forma de penitente, con soga de dos nudos al cuello, se le leyó su sentencia con méritos; abjuró de levi y fue condenado a doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas y a destierro de esta ciudad, de la de Quito y villa de Madrid, corte de Su Majestad, por espacio de seis años, que cumplirá en la ciudad de Guayaquil, y que por tiempo de dos años confiese y comulgue tres veces en cada uno por las Pascuas de Navidad, Resurrección y Espíritu Santo, y durante el destierro rece todos los sábados un tercio de rosario a María Santísima; y en cuanto al vínculo de matrimonio, se remitió al juez eclesiástico que de la causa pueda y deba conocer. Fueron sus padrinos don Francisco Arias Saavedra, marqués de Moscoso, y don Diego Santa Cruz y Zenteno.

     »Joseph Pantaleón Pardo, esclavo, natural de la ciudad de Ica de este arzobispado, de estado soltero, y sin ejercicio, de edad (al parecer) de cuarenta años. Salió al auto con insignias de testigo falso, siendo inventor, promovedor, director y cabeza de la conspiración que principio y fomento contra el inocente don Juan de Loyola y Haro, imputándole ser judío judaizante, con muy execrables delitos de palabras y obras, y pretendiendo afirmar la falsedad del hecho y calumnia con apariciones y locuciones sobrenaturales e injuriosas a nuestro Señor Jesucristo y a su Madre Santísima, fingidas por el despravado ánimo de este reo. Y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia con méritos y fue condenado a doscientos azotes y a que sirva a Su Majestad a ración y sin sueldo perpetuamente en el presidio de Valdivia, y que todos los viernes rece una parte del rosario a María Santísima, y por particular misericordia del Santo Tribunal no se le relajó al brazo secular. Fueron sus padrinos don Juan Baptista Casabona, mayordomo del Excelentísimo señor Virrey, y don Joseph de Rozas, gentil hombre.

     »Francisco del Rosario, alias el Chileno, de casta zambo, esclavo, natural de la ciudad de Santiago del reino de Chile, de estado soltero y sin oficio, de edad de más de treinta años. Salió al auto con insignias de testigo falso por haber sido inventor, promovedor y director de la falsa calumnia de judío judaizante que padeció la inocencia de su amo, don Juan de Loyola, con muy execrables delitos de palabras y obras. Y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia con méritos y fue condenado a doscientos azotes y a que sirva a Su Majestad a ración y sin sueldo perpetuamente en el presidio de Valdivia, y que todos los viernes rece una parte del rosario a María Santísima; no habiéndosele relajado al brazo secular por conmiseración particular que tuvo con este reo el Santo Tribunal. Fueron sus padrinos don Joseph Miguel de Ovalle y don Martín de Texada, gentiles hombres del Excelentísimo señor Virrey.

     »Juan de Hermosilla, negro esclavo, natural de Lima, de estado soltero, de oficio botijero, y al parecer de treinta años de edad, que murió preso por este Santo Oficio. Salió al auto en estatua, con insignias de testigo falso, por la falsa calumnia de judío judaizante que imputó a su amo don Juan de Loyola. Y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia con méritos. Fueron sus padrinos don Joseph Cayetano Hurtado, caballero del Orden de Santiago, y el coronel don Diego de Chávez y Messía, maestre de campo del batallón de esta ciudad.

     »Catharina, alias Catha de Vera, zamba de indio, libre, de ejercicio cocinera y lavandera, natural de la ciudad del Cuzco, de cincuenta años de edad y de estado viuda, salió al auto con insignias de testigo falso, por haber inventado y promovido la falsa calumnia de judío judaizante, contra el inocente don Juan de Loyola, en cuya casa sirvió de criada desde sus primeros años; y estando en forma de penitente, se le leyó su sentencia con méritos y fue condenada a doscientos azotes por las calles públicas y acostumbradas y a que por tiempo de diez años sirva en el hospital de la Caridad o en otro de esta corte, según dispusiese el Santo Tribunal, y a que todos los viernes rece una parte de rosario a María Santísima. Fueron sus padrinos don Antonio Bansi, gentil hombre del Excelentísimo señor Virrey, y don Justino Solórzano.

     »Juan de Loyola Haro de Molina, natural de la ciudad de Ica, donde obtuvo los honrosos empleos de maestre de campo del batallón y varias veces de alcalde ordinario, siendo de primer voto en su Ilustre Cabildo y Regimiento, de poco más de sesenta años de edad, de estado soltero, que preso por este Santo Oficio murió; salió al auto en estatua, y estando en forma de inocente, con palma en las manos y vestido de blanco, se le leyó su sentencia absolutoria, dándole por libre de los delitos de herejía y judaísmo, que por maliciosa conspiración y falsa calumnia se le imputaron. Restituido, pues, al buen nombre, opinión y fama que antes de su prisión gozaba, se mandó saliese en el acompañamiento, entre dos sujetos distinguidos que el Santo Tribunal señaló para que le apadrinasen en la procesión de reos, y que al tiempo de actuarse la función en la iglesia, se colocase la estatua en medio de lo más calificado del concurso; que levantados cualesquiera secuestros y embargos hechos en sus fincas y bienes, se entregasen del todo, según el inventario que de ellos se hizo cuando se secuestraron; que si su hermano, sobrinos y parientes quisiesen pasear la estatua por las calles públicas y acostumbradas, puesta en un caballo blanco hermosamente enjaezado, le ejecutasen el día siguiente al auto en que los ministros del Santo Tribunal habían de hacer cumplir la pena de azotes que se impuso a cada reo, y que en atención a haberse, de orden del Santo Tribunal, sepultado secretamente su cadáver en una capilla de la iglesia de Santa María Magdalena, Recolección de Santo Domingo, pudiesen exhumarlo para hacerle públicas exequias, trasladándole al lugar que por su última voluntad señaló para su entierro, y que a su hermano y parientes se despachasen testimonios de este hecho para que en ningún tiempo la padecida calumnia les sea embarazosa a obtener los más sobresalientes empleos, así políticos, como cargos del Santo Oficio, honrándoles el Tribunal con las gracias que juzgare proporcionadas para comprobar la inocencia del expresado don Juan de Loyola, difunto. Fueron sus padrinos don Fermín de Carvajal, conde del Castillejo, y don Diego de Hesles Campero, brigadier de los reales ejércitos de Su Majestad y secretario de cámara del Excelentísimo señor Conde de Superunda, virrey de Lima.

     »Fenecida la lectura de las causas y sentencias, bajaron del pavoroso cadalso dos de los reos que tenían el hábito penitencial a media aspa, y puestos de rodillas cerca de la mesa que estaba junto a las dos sillas, que bajo del dosel servían de respetoso asiento a los señores inquisidores, tocaron con las manos la cruz y libro de los Evangelios, haciendo abjuración de vehementi, que les repetía don Joseph de Arezcurenaga, secretario del Santo Tribunal. Puesto entonces en pie el señor visitador, doctor don Pedro Antonio de Arenaza y Gárate, con estola morada al cuello, recitó en el Manual Romano las oraciones prevenidas para casos semejantes, a que acompañando el himno Veni Creator Spiritus, devotamente entonado por la religiosa comunidad, hizo a los reos, postrados en su presencia, las preguntas de estilo prevenidas en el ceremonial; y repitiendo después la misma comunidad el salmo del Miserere, destinado a la penitente ceremonia, seis religiosos sacerdotes, revestidos con sobrepellices, hirieron con unas varas las espaldas de los reos. Acabado, pues, el último versículo del expresado salmo, les absolvió el señor visitador, según la fórmula del mismo Manual y sagrada costumbre que se observa en iguales ocasiones. Terminada esta ceremonia, condujo el alcaide cuatro reos, que en presencia de los señores, arrodillados como los otros, pronunciaron la abjuración de levi, que les leyó el mismo secretario; y así reconciliados con la Iglesia por medio de la absolución y arrepentimiento, prosiguió la misa que el celebrante había suspendido mientras hicieron la detestación y abjuración de sus delitos, conforme la naturaleza de ellos, y llegando al Sanctus, encendieron las velas verdes que tenían en las manos; después, postrados delante de la peña del altar, las ofrecieron al sacerdote, besándole la mano, luego que terminó con toda la acción del templo el sacrosanto sacrificio de la misa.

     »Concluidas estas sagradas demostraciones en la iglesia, que recibe en su gremio a los apóstatas de la fe, cuando reconciliados por mano de la penitencia se reúnen a ella, volvió a formarse la procesión con aquella orden que había entrado, y procediendo otra vez por la plaza mayor, el Excelentísimo señor Virrey, que también le esperaba a la vuelta en la galería del palacio en que antes se había dejado ver, repitió con el Tribunal Santo de la Fe las mismas católicas demostraciones que a la ida le habían dictado su religioso celo y fervorosa cristiandad.

     »Continuando, pues, el ilustre acompañamiento, siguió la procesión hasta restituirle al Tribunal, donde terminó aquel admirable espectáculo de la fe, con las atenciones de urbanidad y cortesanía que actuaron los señores inquisidores con la nobleza que asistió a apadrinar los reos, que entregados al alcaide, los volvió a sus calabozos, para que el día veintiuno, saliendo en mulas de albarda por las calles públicas, a la vergüenza, se ejecutase en ellos, a voz de pregonero, la sentencia de azotes, que se practicó así.

     »Venían los primeros a caballo, el alcaide y portero del Santo Tribunal. Conducíanse luego en mulas de albarda los reos, desnudos de la cinta arriba, con las afrentosas insignias de coroza a la cabeza y soga gruesa al cuello; y en cada esquina de las calles públicas y acostumbradas, el fiel ejecutor, a voz de pregonero que publicaba sus delitos, les hería con una penca las espaldas, para que cumpliéndose así la sentencia de azotes que, en vista de sus méritos, se les impuso, pagasen con este linaje de castigo otras penas de cárcel y destierro, las abominables culpas que cometieron contra el candor y pureza de la ley.

     »Después, cuatro lacayos, costosamente adornados de libreas de paño azul fino, con botonaduras, alamares y franjas de plata, conducían de unos cordones de seda el generoso blanco bruto, que con riquísimos encintados de tisú de oro, silla de terciopelo carmesí bordada de plata de realze, con artificios lucientes briscados, estribos y hebillajes de oro de martillo, cargaba la estatua de don Juan de Loyola, que ostentando con la palma que llevaba el triunfo de la calumnia, se hizo símbolo de la inocencia. Acompañábanle por uno y otro lado, con igual grandeza, así en los jaeces de los caballos, como en la riqueza de los vestidos, los dos calificados sujetos que le habían apadrinado en la procesión de reos y celebridad del auto. Seguíale a pocos pasos, vestido de terciopelo negro con hábito y venera del Santo Oficio y vara alta, insignia de su honroso cargo, el alguacil mayor del Santo Tribunal, Marqués de Montealegre, en un brioso bruto, que airosamente manejaba. Iba con igual lucimiento a su lado siniestro, don Gaspar de Orue, secretario del Secreto, acompañándolo de retroguardia un trozo de caballería, resto de todo el cuerpo militar, que con espada en mano, guarnecían por frente y costados el mísero y abominable espectáculo de reos.

     »Así pasearon veintidós calles, habiendo subido hasta la plazuela de Santa Ana, y de aquí, descendiendo por la real casa de Moneda y colegio de Santo Thomás, se restituyeron al Tribunal, donde el alguacil mayor volvió los castigados reos al alcaide para que, puestos otra vez en sus encierros, saliesen el señalado día a cumplir sus cárceles, depósitos y destierros. Y para que en cumplimiento de los mandatos del Santo Tribunal, no quedase orden sin ejecutarse, el día seis de noviembre, en la iglesia del colegio máximo de San Pablo, con la asistencia de la mayor parte de la nobleza de esta ciudad, convidada por los dichos calificados padrinos, se hicieron públicas exequias a don Juan de Loyola, cuyos huesos, exhumados de la bóveda en que secretamente se habían sepultado en una capilla de la iglesia de Santa María Magdalena, se trasladaron a este templo, donde se les señaló sitio para su depósito y entierro, en que yacen en cerrado cajón, debido honor a su inocencia.

     »De este modo se cumplieron todas las órdenes del Santo Tribunal, reconociéndose en lo más arduo indeficiente el celo del señor consejero visitador y señores inquisidores, pues en medio de una general desolación, continuada plaga de temblores, repetidas epidemias y otras calamidades que bastaban a perturbar el ánimo más constante, siempre se ha experimentado vigoroso su espíritu para atender a lo económico y civil del Tribunal. De manera que aunque se deshizo el material de sus fábricas, se mantuvo en perfección lo formal de su gobierno, a expensas del desvelo y cuidado de tan celosos ministros, que aun a peligro de sus propias vidas, desempeñaron la obligación de su cargo. Y se espera en la bondad divina que pues los previno para defensa de tanto riesgo, los continuará para reparo de tanto mal, interesando la cristiandad en este nuevo mundo, con la actividad de su infatigable celo, muchas medras en la pureza de la religión.»

     La más notable de las causas de los reos que quedan referidos, y por sus circunstancias y resultados una de las más interesantes que jamás se hubiesen presentado en el Tribunal, fue sin duda la de Juan de Loyola.

     Había sido éste denunciado en Ica, el 15 de abril de 1743, por un esclavo de don Diego de los Ríos, que contaba que habiendo en un día viernes oído que tiraban un cohete de la casa de Loyola, notó que en seguida habían salido al campo tres bultos negros, en uno de los cuales había reconocido a don Juan, y que junto los tres, pasada la medianoche, se iban a la falda de un cerro despoblado, donde ante una luz pequeña, sentía que daban de azotes a alguien; y que a otro negro le había oído que el denunciado tenía un crucifijo enterrado debajo del quicio de la puerta de su casa, en su hacienda, y que al que pisaba allí encima, aunque fuese por acaso, le hacía agasajos; y que tenía también otro Cristo de rostro muy hermoso metido dentro de una tinaja grande, donde guardaba pallares y cecinas.

     Ésta era la denuncia más seria que obraba en el proceso, y con su vista, se votó en que el reo fuese preso con secuestro de bienes, lo que se ejecutó en 9 de julio de 1743.

     Mientras tanto, el Comisario de Ica comunicaba al Tribunal siete días después, que el preso había otorgado escritura de donación de su hacienda, casa y viña a favor de cierto beatorio, a lo cual se persuadía había dado motivo la voz que corría en el pueblo de que Loyola era judío.

     En 8 de agosto era el reo remitido a Lima y una vez encerrado en cárceles secretas, se continuó recibiendo las deposiciones de los nuevos testigos que se habían presentado y que en sustancia ni siquiera alcanzaban a dar más luz que lo que ya constaba en el proceso. Junto con esto, el Comisario repetía oficio al Tribunal diciendo que no había procedido a escarbar en el sitio donde se afirmaba que estaba enterrado el crucifijo, porque una nueva voz pública aseveraba que la denunciación hecha al reo no había tenido más propósito que el de robar a Loyola, y que ya una mujer de las que había declarado, en artículo de muerte, había confesado al padre jesuita Manuel de Bustos que la denunciación era falsa.

     A pesar de eso, se tuvo con el reo la primera audiencia el 21 de dicho mes de agosto, diciendo él ser soltero, de edad de sesenta años, maestre de campo por su grado militar, y que en cuanto a los hechos de que pudiera acusársele, no podía sino atribuirlos a la mala voluntad que le tenían sus criados.

     Dedujo el Fiscal, sin embargo, doce capítulos de acusación contra el reo, aceptando plenamente las deposiciones de los testigos y haciéndole, además, cargo de que nunca había procurado que sus esclavos muriesen sacramentados, y a que hacía tres años que no oía misa ni se confesaba.

     Llegado el caso de las ratificaciones, comenzó a descubrirse que el denunciante se jactaba de ser el autor de la prisión de Loyola y de la libertad de sus esclavos, por lo cual, a mediados de febrero de 1745, se le mandó encarcelar a él y cuatro de los demás declarantes.

     Loyola, que aparecía gravemente enfermo, fue trasladado a un convento en julio de ese mismo año; pero habiéndose agravado mucho, el Guardián ocurrió al Tribunal a preguntar lo que haría en tal coyuntura, siendo requerido para que exhortase al reo, antes deconfesarlo, a que dijese la verdad.

     A todo esto los jesuitas, que no habían puesto los pies en el Tribunal desde que el padre Ulloa había sido condenado, hacían todo género de esfuerzos en solicitud de la libertad de Loyola; pero éste se hallaba ya tan postrado que en 27 de diciembre de 1745 fallecía «con grandes señales de salvación», según afirmaba un fraile del convento en que se hallaba recluso, y, en consecuencia, se le mandó enterrar allí secretamente, y de donde después se exhumaron sus huesos para que se le hiciese entierro público, según hemos visto.

     Ya hemos indicado que con la partida de Arenaza, Amusquíbar había quedado solo en el Tribunal. Algunos meses después llegaba, sin embargo, de La Plata, a hacerse cargo del puesto de inquisidor el canónigo Diego Rodríguez Delgado, que por las circunstancias que sabemos, tuvo que irse a vivir en casa aparte de la que ocupaba su colega en el colegio de San Felipe.

     Muy pronto informaba al Consejo de que se consideraba completamente incapaz de proceder al reconocimiento de las cuentas del receptor, según se le había ordenado, porque «era imposible a los más linces ojos registrar los legítimos cargos en que se halla descubierto; si resultan contra él por su culpa o negligencia; su importe líquido, etc.» Apuntaba, igualmente, que, según sus informes privados, lo que se gastaba en los reos no pasaba de mil pesos al año, partida que en las cuentas se hacía ascender a cuatro mil; que se estaban debiendo más de setenta mil pesos de rentas de fincas y canonjías; que con las rebajas de sueldos, que, por ser exorbitantes, proponía que se redujesen, ese [308] capital subiría sin inconveniente a cien mil pesos, con cuya suma habría de sobra para reedificar las casas y la capilla del Tribunal. «No puedo omitir a Vuestra Señoría, aunque sea de paso, concluía, que en el tiempo del receptor anterior al actual, se confiscaron más de sesenta mil pesos por la causa de Francisco Ubau, discípulo del padre Ulloa, quien fue castigado por este Tribunal por sus delitos, cuya noticia se me ha participado, y aunque he solicitado secretamente razón de este embargo, su consumo y existencia, no lo he podido adquirir.

     A poco andar, los malos informes que transmitía no se limitaron ya al receptor, tachando juntamente a todos los empleados que por vizcaínos estaban ligados en facción aparte. De su colega, a quien el secretario Torres calificaba de torcida intención y suma hiprocresía, contaba que «su amor propio era imponderable y le hacía inflexible y distante del conocimiento de la razón y de todo lo que se pueda enderezar a la paz y a la rectitud del Tribunal; vive tan pagado de su dictamen, que aun en las materias claras, leves y cortas no hay expresiones que le basten ni inclinen a lo justo, siendo tan irresoluble y voluntarioso en otras que estando una causa cerca de un año ha en estado de sentencia definitiva en revista, no he podido conseguir concurra a su determinación». Añadía, que era muy de reprochársele que en una vivienda armada de cañas, fabricada en medio del patio de un colegio, frecuentado no sólo por los colegiales y sus sirvientes, sino por la gente ordinaria que se hallaba allí recogida con ocasión del último temblor, «gobierne y dirija sus empeños, escriba billetes, confiera asuntos». Achacábale, en seguida, su estrecha unión con Ilarduy, «de natural voluntarioso, recio y mal inclinado, de rencor y soberbia incorregibles»; con el administrador de patronatos y con el secretario Bartolomé López Grillo, que constituían entre todos una alianza de vizcaínos tan firme e inseparable, que dificultando en extremo toda providencia, hacia indispensable una reforma.

     El origen de esta separación de los dos únicos miembros del Tribunal, que como aconteció siempre en semejantes casos, llegó a degenerar en odios irreconciliables, lo atribuía por su parte Amusquíbar a las íntimas relaciones que su colega Rodríguez cultivaba con Calderón, que aún permanecía retraído en su chacra, y por servir cuyos intereses en la dote de cierta monja, había no sólo tomado su partido, sino avanzándose hasta enviar a la puerta del colegio en que vivía una compañía de soldados armados. Lo cierto era que ambos inquisidores, no contentos con no verse, despachaban cada uno en sus respectivas viviendas, que, como hemos advertido, a causa del temblor de 1747, no estaban ya en el mismo edificio, sino en casas separadas y hasta distantes.

     No podía tampoco Amusquíbar perdonar a Rodríguez que con ocasión de la real cédula de 20 de julio de 1751, que negaba a los ministros del Santo Oficio el fuero activo en lo civil y criminal, incurriese «en la vergonzosa deserción» de no haber resistido su cumplimiento, poniéndose de parte del Virrey, que lo exigía no habiendo sido de su mismo parecer en adoptar la excusa que para ello se daba de no haber sido pasada esa real disposición por el Consejo de la General Inquisición, siendo que a todas luces esa orden importaba el golpe más tremendo que jamás se hubiese asestado a los privilegios y autoridad del Tribunal.

     Así, poco más tarde, para descargo de su conciencia, según sus textuales palabras, pedía terminantemente que por la notoria y total insuficiencia de su colega, que le constituía inútil para ministro del Santo Oficio, se nombrase otro sujeto idóneo y se colocase a aquél en una mitra, que, según se decía, anhelaba ansiosamente, buscando para el efecto informes favorables del Virrey «con que debilitar y desvanecer los que estaban anticipados contra su persona en el Consejo y Cámara de las Indias, por el Cabildo eclesiástico, Presidente, Real Audiencia y Fiscal de los Charcas; y aun en el caso de no poderse proporcionar, añadía, la insinuada promoción, es urgentísima la necesidad que hay de esta misma providencia, pues el inquisidor Rodríguez lo es sólo en el nombre, no habiendo dictado en dos años que ha que juró su plaza una cláusula en audiencia, despachos, cartas, estractos, relaciones de causas, ni siendo capaz de hacerlo sino con el empeño que se deja entender por él de los votos que ha dictado con ocasion de discordia.»

     Por fortuna para el decoro del Tribunal, como se expresaba Amusquíbar, Rodríguez murió repentinamente el 31 de octubre de 1756. Vino, pues, aquél, con este suceso a quedar nuevamente solo en el Santo Oficio, y aunque poco después se designaba para acompañarle a José de Salazar y Cevallos, canónigo de Arequipa, no alcanzó éste a tomar posesión del destino a causa de su fallecimiento, que se anunció a Lima por correo especial en noviembre del año siguiente de 1757.

     Según se habrá notado, de algún tiempo atrás, los inquisidores no se enviaban ya de España, como antes, sino que se elegían de entre los eclesiásticos establecidos en Indias y aun naturales de ellas, a pesar de que era corriente por esa época la opinión de que los criollos no eran aparentes para puestos de justicia. Con este sistema no obedecía el Consejo General a una opinión diversa de la que le transmitían sus agentes de América, sino a que con este medio se evitaban los cuantiosos gastos que demandaba el pasaje desde España de los inquisidores y sus séquitos, deseoso de verificar por este medio economías que permitiesen proceder de una vez y de una manera seria a la reconstrucción del arruinado edificio de la Inquisición. A este propósito tendían las instrucciones que se habían entregado a los ministros últimamente nombrados y que habían motivado de parte de ellos y muy especialmente de Rodríguez varias propuestas de arbitrios, como la reducción del salario de los jueces y de algunos ministros y la supresión de algunos destinos que se consideraban superfluos. Pero esto, junto con no implantarse, había originado cargos graves contra Amusquíbar, ya por las cuantiosas sumas que invirtiera en el arreglo de su habitación provisional, ya por nuevos e innecesarios nombramientos, ya, por fin, por propinas otorgadas a sus allegados y favorecidos.

     Sin embargo, ya que no se adoptó ninguno de los medios anteriormente propuestos, el Consejo obtuvo del Rey autorizacion para negociar en Lima dos títulos de Castilla, cuyo producto debía aplicarse a la reedificacion de las casas del Tribunal, enviándoselos para el efecto al Virrey, con varios más destinados a invertirse en reparo de otras necesidades. Comenzó aquel alto funcionario, con extremada deferencia, por ofrecer en venta los dos dedicados al Santo Oficio, y con tan buen resultado, que al cabo de muy pocos meses los compradores enteraban en cajas del Tribunal la respetable suma de veinte mil pesos por cada uno.

     A pesar de que Amusquíbar permanecía en el Tribunal sin compañero alguno, tan poca atención seguía prestando a las cosas de su oficio que en cinco meses sólo había asistido tres veces al despacho, y con pretexto de enfermedad, hasta se había ausentado de Lima, nombrando para que le reemplazase al fiscal Bartolomé López Grillo, hecho que causó extraordinaria novedad, pues hasta entonces no se había conocido ejemplar semejante.

     «La enfermedad que se ha dicho, cuenta La Torre a este respecto, es hidropesía de humor. Yo verdaderamente ignoro qué sea, por estar reservado entre los de su parcialidad, que, con particular estudio, desde su retiro han variado, unas veces constituyéndole grave para la justa resolución de aquella extraordinaria providencia y su salida...; y otras veces suponiendo el accidente de ninguna gravedad, pero precisa su convalecencia y desahogo, deslumbrando con artificio la verdad para conservar así el respeto en su manejo, y que no se providencie por Vuestra Señoría Ilustrísima el remedio y reparo, siendo tan preciso. Yo sé que la enfermedad que fuere la trajo contraída de España, por cuya causa impendió más de dos años en el viaje, y sin otro mérito y servicio, percibió aquí con su arribo y antes de él, once mil pesos, con poca diferencia. Después ha estado indispuesto en distintas ocasiones, y en una de ellas salió para el mismo valle (de Lurin); y en mi concepto, el accidente es cierto, y lo es más el de la hidropesía de ambición, y ambos incurables.»

     A todo esto, las personas que manifestaban interesarse por los negocios de la fe, visto el estado de abandono en que se encontraba el Tribunal encargado de seguirlos en el Perú, encontraron por más conveniente ocurrir directamente a la General.

     Gregorio de Arrascaeta, que la ciudad de Córdoba del Tucumán había enviado a la corte para que gestionase varios asuntos civiles, se presentó, en efecto, al Consejo, manifestando que la provincia cuya representación le había sido confiada, estaba tan «plagada de los más enormes vicios y herejías, y especialmente de hechiceros», que, siendo en su mayor parte individuos del pueblo, servían hasta en los monasterios y conventos: a tal punto que casi no se presentaba enfermo en la ciudad que no atribuyese sus dolencias a efectos de algún maleficio. Era cierto que el Comisario del Santo Oficio en aquellas partes había levantado informaciones contra algunos, las cuales, remitidas a Lima, habían quedado sin curso; y como los jueces reales estaban inhibidos para proceder a su castigo en virtud de las leyes del reino, se les veía así tan insolentes, que «sin recato, ni mucha cautela, usan de sus hechizos, cuyo pacto (con el demonio) se sabe por ellos mismos.»

     Más aún: en el mismo Tribunal y hasta en su propio jefe había venido a encontrar acogida un delito contra la fe, tan notorio en Lima, que el mismo Arzobispo se vio en el caso de denunciarlo al Consejo. En efecto, el fraile franciscano fray Joaquín de la Parra, había predicado en la iglesia de su convento que, según revelaciones que habían tenido nueve personas muy virtuosas, pronto había de quedar Lima reducida a cenizas por la ira del cielo. Es fácil calcular la conmoción y el espanto que se apoderó de la ciudad al oír semejante especie: hubo llantos, confesiones generales, y tal alboroto que el Prelado, por medio de su previsor, hizo examinar al franciscano tocante al origen de las revelaciones de que se había hecho eco en la cátedra sagrada. Parra, que estaba sumamente satisfecho del efecto causado por sus prédicas, confesó que las revelaciones eran perfectamente ciertas, y que aun para que no se tergiversasen sus palabras, había rogado al inquisidor se hallase presente a oírlas, las cuales, por lo demás, antes de publicarlas, las había consultado con personas muy doctas y graves, que le dijeron podía declararlas en público. Mas, instado por el delegado arzobispal José Potau para que declarase los nombres de las personas que habían sido favorecidas con tales anuncios, declaró que sólo podía hacerlo respecto de una de sus confesadas, pues las otras (que todas eran mujeres) eran hijas de confesión de otros sacerdotes. «Díjome, pues, expresa Potau, que su confesada era mujer de edad de treinta y cinco años, poco más o menos, doncella e hija de familia, de complexión sana, aunque de muy poco sueño, de larga oración, de más de tres horas de noche, y de una profunda humildad. Ésta, pues (dijo), la víspera de la Asunción de Nuestra Señora deste presente año de 1756, estando dormida, se le representó que el Señor arrojaba desde el cielo contra cada una de las casas desta ciudad tres lanzas o flechas de fuego, con que se incendiaba toda ella y quedaba reducida a cenizas, en castigo de las graves culpas que se cometían, especialmente por los individuos del estado eclesiástico, secular y regular, en que se incluían las monjas.» Que para cerciorarse de la verdad de tan funesto anuncio, se le había ocurrido que si su confesada le repitiese en latín algunas expresiones conducentes al asunto, le prestaría asenso, y que, en efecto, al día siguiente le había manifestado su penitente que había oído una voz muy penetrante y sutil que decía iratus est Dominus, «con lo que quedó del todo persuadido». Respecto a indicar quiénes fuesen los directores espirituales de las otras mujeres que habían tenido también revelaciones, quedó de consultarlo previamente y pasar en seguida a decirlo a casa del provisor, para lo cual habría de subir en la calesa que Potau quedó de enviarle al convento, «y aunque le envié la calesa, dice éste, en su informe al Arzobispo, a la puerta principal del convento y dado recado al portero, como me lo previno, no salió ni dijo cosa alguna al dicho portero, sin duda porque con haber estado con Vuestra Señoría Ilustrísima se impuso de que no era necesario verme a mí.»

     «Después de todo, decía el Prelado al Consejo, y bajo de la protesta que llevo hecha y de que sólo me mueven los justos recelos de lo que en otras ocasiones se pueda ofrecer de semejante, me es preciso, particular y reservadamente participar a Vuestra Señoría Ilustrísima que este señor inquisidor don Matheo de Amusquíbar, ha sido el autor, o a lo menos el principal promovedor de las citadas revelaciones, que al principio dieron mucho que temer a la ciudad, y después no poco que censurar, considerando que un sujeto de tal graduación y ministerio, se hubiese mezclado en semejantes ligerezas y facilidades de gentes menos reflexivas, y sobre todo de monjas y beatas que por su sexo y débil condición, son tan expuestas a dar por revelaciones cualesquiera sueños o fantasías de su imaginación.

     »No hay duda que este caballero en todo lo demás es un muy arreglado y ejemplar eclesiástico, pero ha demostrado siempre una gran flaqueza en esta parte de bautismo. Ya en otra ocasión le previne muy reservadamente por medio de un billete, que se abstuviese de dirigir religiosas, porque esto no parecía bien en un señor inquisidor, y de que di parte a Vuestra Señoría. Y sin embargo, aunque cesó de frecuentar los monasterios, no por eso ha dejado de tener algunas comunicaciones por medio de billetes, con el título de conciencia, que clandestinamente se introducían sin que las viesen las superioras, como se debe ejecutar y practicar aun con los de las personas más propincuas de las religiosas recoletas: así lo ejecutó en el suceso presente, remitiendo papeles a una religiosa capuchina nombrada Soror Andrea, muy tentada de todo lo que es revelación, por lo que le es muy grata a dicho señor Amusquíbar; y enviando recado por medio del segundo capellán, el licenciado don Gregorio de Zapata, que es también de los que dan por este camino a las dichas capuchinas, cuya comunidad se puso toda en conternación e inquietud, aun mucho antes que el padre franciscano las hubiese publicado.»

     Mas, dejando lo referente a las querellas internas que seguían trabajando a los ministros del Santo Oficio y las acusaciones que contra ellos iban formulándose, es tiempo de que entremos a ocuparnos de los reos que continuaban presos en sus cárceles, dando la preferencia por el momento a los que se consideraba culpables de un delito que por vez primera vamos a ver presentarse en la ya larga lista de los que llevamos enumerados. Nos referimos a los francmasones.

     En 21 de agosto de 1751, el Consejo enviaba a Lima una comunicación del tenor siguiente:

     «Siendo preciso al Consejo saber los sujetos militares y políticos, habitantes en esos reinos, que hayan ocurrido a ese Tribunal o a sus ministros a delatarse espontáneamente de francmasones, se os encarga, señores, que luego hagáis formar lista de los que constaren delatados en vuestro distrito, con expresión de los que cada uno de éstos hubiere delatado por cómplices, y porque conviene que todos los culpados en esa congregación sean oídos como en forma espontánea, por ahora y con todo el posible secreto, daréis providencia oculta para que, bien sea por espontáneos que hubieren venido y fueren amigos de los que no hubieren hecho esta saludable diligencia, o por ministro o ministros que hallaréis más proporcionados para este oficio de piedad, se les sugiera vengan al seno de la piedad de este Santo Oficio, que nada desea más que el remedio espiritual de sus almas con la absolución de su excomunión y sospecha vehemente de herejía, declarada por la sede apostólica, estando ellos dispuestos a detestar tal congregación y el juramento en ella hecho, y a separarse y a nunca tenerse por tales congregantes, y que estén muy ciertos de que pueden y deben declarar cualquier secreto y crímenes que supieren o hubieren entendido, y todos los sujetos que supieren congregantes, con la seguridad de que serán despachados secretísimamente, sin que pueda atrasarse su honor, grado y reputación, ni que pueda entender el Rey ni sus ministros esta diligencia, antes bien amonestándoles de que si no lo hicieren, llegará el tiempo de que no pueda hacerse con esta secreta gracia, sino por la vía judicial y pública del Santo Oficio, que les traerá tan grande daño; y porque se ha entendido que algunos sujetos han llegado a declarar espontáneamente ante algún ministro de fuera, y que no se les ha absuelto por no tener facultad, y ellos han quedado falsamente ciertos de que han cumplido; se os ordena reconozcáis si algunos están sin absolución y dispongáis dársela por algún inquisidor fuera del Tribunal, o por ministro oportuno, en su casa, encargándoos que estas listas vengan con la posible brevedad. Dios os guarde. Madrid, veinte y uno de agosto de mil setecientos cincuenta y uno.»

     Despacho que contestaban los inquisidores, diciendo «que en todo el reino no hay ni leve indicio, y sólo se tiene noticia haberse extendido en Europa por algunas papeletas y Mercurios que se han recibido de dos o tres años a esta parte». Pocos días antes de recibirse el oficio que acaba de leerse, se habían recogido, sin embargo, de poder de un comerciante unas estampas que pintaban el modo con que eran recibidos en el gremio los afiliados, estampas que en el acto fueron remitidas a España. Y como ya con esto el camino quedaba abierto, muy poco después de datar la carta en que enviaban al Consejo semejante noticia, los jueces abrían proceso por el delito indicado al gobernador de Valdivia Ambrosio Sáez de Bustamante, de que en otro lugar trataremos, y a Diego de la Granja.

     Era Granja, o Lagrange, un cirujano francés que fue denunciado en Lima en noviembre de 1773 por una mujer llamada Inés de Medina, «la cual, por descargo de su conciencia, dijo y denuncia que ahora dos meses, poco más o menos, estando la declarante en casa de la hija de don Martín Delgart, casa asesoria a la declarante, le oyó decir en conversación, a un francés nombrado Diego de la Granja, de ejercicio cirujano, que era farmasón, y los de esta asamblea eran conocidos por unas insignias, las que se reducían a un escapulario, en el cual tenían una imagen en medio, como del Salvador, con una bandera en la mano; a un lado de esta imagen una espada, al otro lado una llave y por otros lados unas letras como abreviadas.

     »La otra insignia era una banda negra, y otra colorada con listas amarillas; y que dijo el dicho francés que éstas eran las insignias de los farmasones, que dijo también que estos farmasones tenían iglesia aparte, que no se confesaban con ningún sacerdote, sino con Dios, que sus abuelos habían sido herejes, pero sus padres cristianos; que desde edad de nueve años había aprendido la farmasonería en la academia de París de Francia; que ahora era maestro en dicha farmasonería o asamblea; que preguntándole la hija de don Martín Delgart, nombrada doña María Delgart, y doña Mariana de Medina, hermana de la declarante, qué significaban las insignias del escapulario, respondió el dicho francés Diego de la Granja, que la espada era para defender la fe, la llave era del templo de Salomón, con las letras donde estaba encerrado el secreto; y que preguntándole qué religión era ésta de farmasonería, respondió que era una religión muy buena, hermandad que tienen entre ellos, en la cual no se hace daño a nadie, sino todo el bien que se pudiese; que no es admitido en dicha hermandad persona pobre ni de vicio de embriaguez, porque no declaren el secreto que se profesaba en dicha hermandad; que si alguno estuviese con indigencia de plata lo socorriesen todos, que se hacía juramento de guardar secreto sobre los santos evangelios; y que preguntándole si esto de farmasonería se reducía contra el sexto mandamiento, respondió con mucha alegría, esto es estar por comer bien, y se alegrar y estar una cosa muy buena, y si usted quiere le dijo a la dicha niña, le enseñaré la farmasonería, que también hay en Francia muchas señoras en ella; que cuando se recibía una señora había mucha asamblea, con la distinción que habían dos fiestas, una de hombres y otra de mujeres, en la de los hombres no entraban las mujeres, mas en la de las mujeres entraban los hombres; que deseando el rey de Francia saber de esta farmasonería, hizo que su hijo el delfín la aprendiese, por saber el rey lo que contenía, lo que no ha podido conseguir, porque el hijo, por el juramento que hizo, no ha querido decirle nada.

     »También dijo el dicho francés, que en esta ciudad había cuarenta farmasones, que nombró a uno que vive en frente de la puerta de los judíos, nombrado don Esteban Urrutia, de oficio mercader, que entrando en una ocasión en la mencionada casa de doña María Delgart, con un francés nombrado don Lorenzo Fiat, panadero de la chacarilla de los padres de la Compañía, dijo, «el señor es también farmasón», a lo que respondió el dicho don Lorenzo: no diga usted eso, que los farmasones son herejes, y lo llevarán a usted a la Inquisición; y que a esto último no se halló presente la declarante, mas se lo dijo doña Mariana Medina, hermana de la declarante.

     »Preguntada si hay algunas personas que sepan lo que tiene declarado y dónde vive dicho francés Diego de la Granja, dijo que el dicho francés vive en la calle de Santa Rosa, en casa de doña María Delgart, que el marido de la dicha doña María nombrado don Joseph Zamur se halló presente en dicha conversación, y también una mujer nombrada Isabel del Molino; también dijo la declarante que el dicho francés es de cuerpo espigado, de buena cara, narigón, de ojos azules, colorado de cara y no blanco, y de edad de treinta y tres años; que usa peluca de pelo propio, con su bolsa, y que esto es lo que sabe y dice por descargo de su conciencia, y que todo lo que ha dicho es verdad por el juramento que tiene hecho, y siéndole leído, dijo estaba escrito bien, y que no lo dice por odio ni mala voluntad que tenga o haya tenido a la persona denunciada, sino por descargo de su conciencia: encargósele el secreto prometido y lo firmó con el dicho padre maestro comisario -fray Joseph Hurtado, comisario del Santo Oficio -Inés Medina. Pasó ante mí, fray Mariano de León, notario del Santo Oficio.»

     Siguieron declarando a este tenor hasta otros cuatro testigos, y en vista de lo acordado por el inquisidor General, las diligencias actuadas se remitieron a Madrid por el mes de febrero del año siguiente. Mas, pocos días después, sobrevino nueva denuncia de la Medina, expresando que el «dicho Diego tenía sobre la mesa del cuarto un librito pequeño con el forro prieto; y llegándose la declarante a ver lo que tenía el dicho libro, no pudo entender otra cosa que unas letras abreviadas donde decía: pregunta y respuesta. Preguntole la declarante qué contenía ese librito, y para qué fin lo estaba trasladando a otro papel, porque así lo halló la declarante cuando entró a su cuarto.

     »Y le respondió el dicho Diego de la Granja, que en el dicho librito estaban contenidas las cosas que pertenecían a su asamblea, y que lo estaba trasladando para darle el trasunto a un sujeto, profesor de la misma facultad de fracmasón, el cual estaba para ir a su tierra, y que en caso de no llevar esas insignias, no le abrirían la puerta de la asamblea, ni tampoco le darían entrada, y para que este sujeto (cuyo nombre no quiso declararle el dicho Diego de la Granja) consiguiera su intento, le daba un traslado del original, el que mantenía en su poder, por si acaso volviese a su tierra. Preguntole la declarante cómo se entraba en su asamblea, respondió, que dando señales, y que sin éstas no le abrirían las puertas; las cuales señales eran: dar tres, cinco, siete golpes con la mano, la que había de estar medio empuñada, esto es, medio abierta y medio cerrada, y la palma para arriba. Preguntole la declarante que le dijese el modo con que se entraba y lo que pasaba en su asamblea, y díjole el dicho Diego, que luego que se daban los golpes en el orden expresado, se abría la puerta y se manifestaba un hombre muy respetuoso y severo, el cual pregunta al que toca a la puerta, ¿qué es lo que busca? y entonces responde el que toca, busco la luz, fundado en el evangelio que dice pedid y se os concederá; y entonces dice el portero, para llegar a ver esa luz, hay muchos trabajos que sufrir y tormentos que pasar. Aquí díjole el dicho Diego a la declarante: los trabajos, que hay que pasar aquí son, oscuridad muy grande, fuego sin verlo, unos precipicios muy espantosos, como son ruedas de navajas y amagos que causan mucho terror al que entra, que por medio de estos tormentos se purifique y pase a ver la luz. Así (dijo) que le sucedió a él cuando entró a la dicha asamblea, de suerte que le parecía que estaba en el mismo infierno, y que todo lo sufrió para purificarse y conseguir ver la luz por medio de estos tormentos, sin los cuales no se consigue esta gloria. Preguntole la declarante qué tiempo se mantenía entre esos tormentos el que se iba a alistar a su asamblea, dijo, muchas horas se pasan en ellos, y luego que se acaban se llega a ver la luz. Aquí, ¡qué gloria, qué consuelo! Se entra en una hermosa sala y en ella se manifiestan tres columnas: una al oriente, otra al poniente y otra al septentrión, en cada columna hay un hombre vivo, y a cada uno de éstos le da prueba el que se recibe ser de la asamblea:

     »Pregunta el que está en la primera columna, ¿qué es lo que busca? y él da su respuesta; los otros dos también le preguntan, y responde a cada uno de los dos lo que solicita. Y preguntado el dicho Diego de la Granja por la declarante qué preguntas eran las que hacían los de las tres columnas, y sus respuestas, no quiso decirlas, sólo si, se rió, y dijo, la señora Ignacita pregunta bien; volviéndole la declarante a preguntar, qué era lo que se trataba en la asamblea, y en qué se instruían, no lo quiso declarar, porque (dijo) estaban obligados a guardar todo secreto, so pena de ser degollados, quemados y arrojadas las cenizas al mar; todo lo cual lo advertía el maestro que enseñaba en una hermosa cátedra, el que encargaba mucho el secreto bajo de las expresadas penas y el juramento hecho sobre los evangelios. Y preguntándole la declarante, después de lo referido, al dicho Diego de la Granja, por qué razón en el recibimiento de las mujeres concurrían los hombres, y no en el de los hombres las mujeres, respondió que a las mujeres no se les cargaba el rigor de los tormentos que se practicaban con los hombres, y con éstos, no por igual sino con el mismo orden, con los ricos menos tormentos, y con los pobres mayores. Y acordándose aquí de una mujer que entró, se empezó a reír, el dicho Diego, diciendo, que cuando la dicha mujer entró a la asamblea, luego que vio la rueda de navajas, se espantó y dijo, ay, ay, ay, ay. Preguntole la declarante si tenía noticia alguna de esta asamblea antes de haber entrado, dijo que no, pero que desde que entró en ella se hallaba más seguro de salvarse que antes, y prosiguió diciendo el dicho Diego, si yo guardara todos los requisitos de mi asamblea, tenía tan segura la gloria y estuviera tan cerca de ella, como estoy de aquí a mi cama, que no dista de mi cuatro o seis pasos. Preguntole, en fin, la declarante para qué destino guardaba ese librito, cuando no se había de ir a su tierra, dijo que lo guardaba como que era la principal insignia que había de llevar a su asamblea en caso de irse a su tierra, y sin ella, aunque se hallase en trabajos, no podía ocurrir a la luz, razón porque no lo daba todo, sino sólo un traslado.

     »Y hablando la declarante después de esto sobre las erradas máximas en que vivían los judíos, le contó al dicho Diego que en esta ciudad habían quemado a una judía, por no haber querido convertirse a la fe católica; entonces le preguntó el dicho Diego, ¿qué señora fue ésa? Doña Mariana de Castro, díjole la declarante; a lo que dijo Diego de la Granja: buena señora, que supo dar la vida por no dejar su fe, hizo muy bien y he de ir a buscar donde está esa heroína mujer. Preguntada la declarante si le vio o oyó decir otras cosas al dicho Diego de la Granja, dijo que en otra ocasión, entrando el dicho Diego de la Granja a la vivienda de la declarante, tomó un librito que trataba de las ceremonias de la misa, que tenía sobre su mesa; abriolo, y al instante lo cerró con grande golpe y enojo diciendo, me enfadan estas estampas que hay en este libro, y luego quiso disimular su dicho, dando por razón que eran feos los rostros y mal pintados. Preguntada la declarante si habían otras personas que hubiesen oído los dichos, el dicho Diego de la Granja, (dijo) que cuando abrió el librito estampado de las ceremonias de la misa y lo cerró con furia, se halló presente Pedro Joseph Salguero; pero cuando dijo lo expresado arriba, no había persona alguna, pues pasó lo referido solamente entre él y la declarante. Preguntada donde vivía el dicho Diego de la Granja (dijo), ya no vivía en la casa de don Josef Zamar, sino en la calle de la Chacarilla, que viene a ser la calle donde está la puerta falsa del Estanco de tabacos, en una casita que tiene las puertas de la calle dadas de verde y con unos clavos fingidos de color blanco; y a lo segundo respondió, que el motivo de no haber venido, aunque lo deseaba mucho, fue por haber estado bien enferma y ser su casa muy distante, lo que ha hecho ahora por hallarse mejor, y que todo lo que ha dicho es verdad, por el juramento que tiene hecho, y siéndole leído, dijo que estaba bien escrito, y que no lo dice por odio, ni mala voluntad que tenga o haya tenido al denunciado, sino por descargo de su conciencia; encargósele el secreto prometido, y lo firmó con el padre maestro Comisario.»

     Con estos antecedentes, se trató en el Tribunal de despachar mandamiento de prisión, con secuestro de bienes, contra el denunciado; pero en esas circunstancias el Virrey despachó al reo para la Península, en mérito de ciertos delitos ajenos a la fe.

     Debemos citar también en este lugar otra orden, datada en 13 de julio de 1758, en que, a instancias del inquisidor General, el Rey había dispuesto que se estuviese a la mira de los herejes que con real permiso estaban en las fábricas españolas: «con cuya ocasión hacemos presente a Vuestra Alteza, decían los ministros de Lima, sería muy conveniente se celase con particular cuidado en la Contratación de Cádiz que no pasen a este reino en los frecuentes navíos de permiso que se despachan los muchos extranjeros que se conducen entre la tripulación de ellos, sin total certeza y comprobación de ser católicos, en especial los que son de naciones que profesan la herejía libremente, pues algunos de éstos se han reconciliado a nuestra diligencia con la Santa Iglesia Católica, y otros muchos no lo han ejecutado, quedándose no pocos ocultos en estas provincias, sin ser posible contenerlos a bordo en el largo tiempo que se demoran los navíos, aunque lo procuramos: cuyo inconveniente es tan grave como se deja considerar, de más del que resulta y puede provenir en lo político de cualquiera venida de extranjeros a las Indias.»

     Esta representación mereció la más favorable acogida del fiscal del Consejo, recomendando que en caso de concederse alguna licencia a algún extranjero, se diese noticia al Tribunal de Lima, «para que éste investigue si es católico cristiano, hijo de padres cristianos, o si hereje, o recién convertido, para que a éste no se le permita usar de la licencia, representando a Vuestra Majestad los inconvenientes que se pueden seguir de semejantes permisiones.»

     Por las causas que más atrás quedan expresadas, no es de extrañar que los trabajos del Tribunal en asuntos tocantes a la fe hubiesen sido casi nulos durante este último tiempo. Es verdad que en 1757 se había celebrado un auto particular; mas, durante los años de 1759 y 60, sólo se habían despachado en la sala de audiencia, y eso a puertas cerradas, tres causas de solicitación en el confesonario: una contra Vicente Gómez de Castilla, presbítero, natural de Cuenca, en el reino de Quito; otra contra el limeño fray Diego Montero, de los Mínimos de San Francisco de Paula; y por fin, la del franciscano de Chuquisaca fray Diego Chacón.

     Después de tanto tiempo, «habiendo los señores inquisidores despachado algunas causas secretamente, por el carácter de los reos y naturaleza de sus delitos, y teniendo conclusas y votadas otras seis, cuya noticia podía salir al público, determinaron celebrar auto particular de fe el día 6 de abril de 1761. Pasó a noticiarlo al Excelentísimo señor Virrey de estos reinos el señor inquisidor fiscal, y Su Excelencia, con el innato amor que profesa al Santo Oficio y al bien público, que tanto depende de la conservación de la pureza de nuestra sagrada religión, lo celebró con atentas expresiones de obsequio al Santo Tribunal, ofreciendo de la tropa de infantería y caballería la que fuere menester y todo lo demás que pudiese conducir al más autorizado lucimiento y decencia de la función.

     »La estación del tiempo todavía ardiente y otros justos motivos movieron a los señores inquisidores a que por la ruina de la capilla tuviesen el auto en la sala de audiencia, a puerta abierta. Mandaron citar a todos los ministros del Santo Oficio, oficiales, consultores, calificadores, comisarios, varones honestos y caballeros familiares, que compusieron un respetuoso concurso, a que se agregaron otras muchas personas de la más distinguida calidad, a quienes convido el celó a las cosas de nuestra santa fe católica; y fuera de dicha sala, concurrió innumerable gente de todas clases, sin que hubiese habido desorden, por las premeditadas disposiciones de los señores inquisidores, cuya diligencia previno todos los medios de evitarle.

     »A la hora señalada, que fue la de las ocho de la mañana de dicho día 6 de abril, se empezaron a leer las relaciones de las causas siguientes.»

     Fray Diego Pacheco, religioso corista, expulso del convento de San Francisco del Cuzco, su ciudad natal, por haber celebrado misa, oído de confesión y solicitado ad turpia a varias mujeres y administrado la extremaunción repetidas veces, salió con sambenito de media aspa y demás insignias de estilo, para abjurar en seguida y partir desterrado a Juan Fernández perpetuamente, a ración y sin sueldo, después de salir a la vergüenza.

     Matías Ponce de León, oriundo de Tucumán, por haber dicho dos misas, siendo laico; Francisco de Toro, mayordomo de una hacienda, el mestizo Juan de Salas y Rafael Pascual de Senado, de Cádiz, todos por dos veces casados, y, finalmente, Francisco Moyen.

     Era éste un francés que había sido aprehendido en Potosí, en virtud de la denuncia que copiamos a continuación:

     «En la villa de Potosí, en treinta días del mes de marzo del año de mil setecientos cuarenta y nueve, a horas cuatro de la tarde, ante el señor doctor don Joseph de Licaraza Beaumont y Navarra, cura rector propio más antiguo de la Santa Iglesia Matriz, consultor del Santo Oficio de la Inquisición y comisario de él en ella, y jurisdicción de su distrito, pareció sin ser llamado un hombre español, del cual, estando presente, fue recibido juramento por Dios nuestro Señor y una señal de cruz de que dirá verdad de lo que viene a declarar y le fuese preguntado y guardar secreto de ello; y dijo llamarse don Joseph Antonio de Soto, soltero, natural de la villa de Redondela en el reino de Galicia, residente en esta villa y comerciante en ella y otros lugares de este reino y el de Chile, de edad de veinte y nueve a treinta años, el cual por descargo de su conciencia dijo y denuncia que el día quince o diez y seis de marzo del presente año de mil setecientos cuarenta y nueve, en el paraje de Pumaguasi o Río Blanco, que está en el camino real de la ciudad de Juxui a esta villa, y en el marquesado de Tajo de la provincia de Tucumán o Chichán, y distrito de la Real Audiencia de los Charcas, donde el denunciante hizo real, en mansión y compañía de don Diego de Alvarado, sujeto comerciante de la carrera de Buenos Aires a esta villa, del doctor don Diego Martínez de Iriarte, clérigo diácono, entrambos residentes al presente en esta dicha villa, y viven juntos en la calle de San Agustín; y don Francisco Moyen, de nación francés, oriundo de la corte de París, que al presente reside también en esta villa, hospedado en casa del coronel don Antonio Rodríguez de Guzmán, por bajo de la plaza principal, en la calle de Santo Domingo; habiéndose armado en dicho paraje, entre siete y ocho de la noche, una tempestad de truenos y relámpagos, dijo que temeroso de estar en compañía de dicho francés, porque recelaba algún castigo de la ira divina, por los delirios que le había oído contra nuestra santa fe católica, como tiene denunciado en este Santo Tribunal, se apartó de la carpa donde estaba dicho francés, y se fue a la del enunciado doctor don Diego, en fin de pregar en su compañía a Dios por la evasión de aquel peligro (como lo hizo), y que después de serenada, habiendo vuelto en compañía de dicho doctor a la carpa donde estaba el citado don Diego con el referido francés, entraron diciendo: gracias a Dios, que nos hemos librado de esta tempestad; a que respondió don Diego diciéndoles si habían estado rezando, y respondió el declarante que sí, y para cuyo efecto se había apartado, y que a esto dijo el mencionado francés, cuya estatura es proporcionada, gordo, carifarto, de barba copiosa, cerrada y rubia, blanco, chaposo y nariz roma, labios gruesos, ojos grandes y traviesos, con una señal de cuchillada en la quijada izquierda hasta el extremo de la boca: en vano se cansan ustedes en rezar, pues, como he dicho, no son capaces los hombres con sus oraciones de hacer que Dios derogue lo que una vez tiene determinado; a que el mencionado doctor se le opuso con razones y también el declarante, diciéndole que si la ira de Dios no se aplacase con las oraciones y compunción de los hombres, serían vanas y inútiles las que nuestra Santa Madre Iglesia nos enseñaba, los conjuros y demás remedios que ordenaba, con cuyo uso les había persuadido muchas veces la experiencia, su eficacia; y que a todo respondía el mencionado francés haciendo fisga y menosprecio, y conforme se iba hilando la declaración, engarzaba sus errores diciendo que no tenía el Pontífice facultad para conceder indulgencias, y que éstas eran una quimera y patarata, como el que el Papa fuese cabeza universal de la Iglesia, y que a éste se le debiese obediencia, pues no era posible el que a un solo hombre se le sujetasen tantos, y más cuando éste concitaba tropas a favor de unos príncipes o monarcas contra otros. Y que habiendo todos los circunstantes, con las razones de que podían y les dictaba su cristiandad, impunándole sus detestables errores, hacía fisga y menosprecio de todo, concluyendo con decir, ¡ah! si ustedes leyeran los libros escritos en idioma francés que yo he leído, qué bien se desengañaran ustedes; a lo que el declarante le dijo: monsieur, esos libros no deben de leer los católicos, ni nuestra España los admite, porque tenemos un Santo Tribunal de Inquisición que sólo permite correr los libros saludables a la cristiandad y conformes a nuestra santa fe católica, y que a esto respondió el citado francés, ustedes hacen mucho blasón y alarde del Tribunal de Inquisición que tienen, siendo así que es un Tribunal que sin justificación alguna y sin oír descargos pasa a castigar, como lo observé en Lisboa. Y que a esto respondió el declarante: yo no he estado en Portugal, pero sé que éste es un Tribunal justificadísimo, que no pasa a imponer castigo o pena sin que antes se halle plenamente probado el delito, procediendo en todo con mucha circunspección, sigilo y rectitud, usando al mismo tiempo de piedad y misericordia con los arrepentidos que detestaban sus errores, y de rigor y tirantez con los contumaces y rebeldes, y que habiendo apoyado esto mismo el citado don Diego de Alvarado, calló el mencionado francés, y que continuando la conversación, dijo también dicho francés, no se acuerda con qué ocasión, que parecía que Dios había errado en la creación del hombre, pues sabiendo que había de ser infiel y ofenderle, lo había criado; manifestando en esto como ingratitud a los hombres respecto a los que daba el ser para condenarlos. Y que a esto le hizo impugnación el mencionado doctor don Diego, con razones que se acuerda, y que a ellas replicaba el referido francés muy fervorizado y tenaz en sus dictámenes, sin convencerse; y que también le dijo el declarante, que los mismos hombres por sus culpas eran causa de su eterna condenación, y que como hubiese escuchado que el citado francés para prueba de sus errores, citaba textos de la sagrada Escriptura, le dijo, por último, el denunciante, enfadado: ustedes los herejes interpretan las sagradas letras como quieren, y dan a los lugares el sentido que les parece para aludir a sus errores; y con esto se salió de la carpa, dejando en ella al referido francés, quien también quedo disgustado. Preguntado quiénes se hallaron presentes a todo lo ocurrido, respondió, don Diego de Alvarado, doctor don Diego Martínez de Iriarte, y don Antonio Ruiz, andaluz, que se halla hospedado en la calle de la Comedia y casa de don Manuel de la Cueva, en esta villa; y preguntado si el predicho francés, cuando dijo todo lo que tiene enunciado estaba o no en su sano juicio...; y que todo lo que ha dicho es la verdad por el juramento que tiene fecho, y siéndole leído, dijo que estaba bien escrito, y que no lo dice por odio ni mala voluntad que tenga y haya tenido al denunciado, sino por descargo de su conciencia.»

     Siguió el Comisario tramitando el proceso durante un año, y una vez terminadas las diligencias del sumario, envió el reo a Lima, adonde llegó éste después de un viaje de dos años. En la primera audiencia que le concedieron los inquisidores, dijo ser de edad de treinta y dos años, comerciante, músico y pintor, que no tenía hijos ni era casado; que su padre había sido músico de la real cámara; que había estudiado matemáticas con un maestro que le tenían en la casa, y por fin, la esgrima. A los diecisiete años, con licencia de su padre, había partido para Santo Domingo, pero sólo había alcanzado hasta Nantes, donde había vivido de los recursos que se proporcionaba con su violín. En 1738, partía para las Indias Orientales, de donde regresaba al cabo de dieciocho meses para pasar a Santiago de Compostela y a Lisboa, donde pudo frecuentar el palacio real y hacerse de algunas relaciones entre la gente noble. Habiendo muerto su abuelo, había regresado por poco tiempo a París, para volverse en seguida a Lisboa y embarcarse para Río de Janeiro, de donde poco después volvía a Lisboa para tornar nuevamente al Brasil y a Buenos Aires. En esta última ciudad había tenido un desafío con el corregidor que estaba provisto para Potosí, dándole una cuchillada en el rostro, que le obligó a asilarse en el convento de Santo Domingo, de donde fue sacado por la justicia. A mediados de 1748, podía, sin embargo, salir en compañía del futuro corregidor de Porco y de seis o siete personas más entre chapetones y criollos, con dirección a Potosí, adonde se encaminaba a levantar el plano de un ingenio de metales. Contó también allí a los jueces las terribles peripecias y amarguras sin cuento que había debido experimentar en el camino desde que fuera preso hasta su llegada a las cárceles secretas. Por lo demás, no negó lo de que se le acusaba. Calificáronsele trece proposiciones, y después de otros tantos años de prisión, salía en el auto en forma de penitente, con sambenito de media aspa, coroza, soga al cuello, mordaza en la lengua y vela verde en las manos, abjuró de vehementi, fue absuelto ad cautelam, con confiscación y perdimiento de la mitad de sus bienes, y perpetuo destierro de América y corte de Madrid, por diez años, que debía cumplir en uno de los presidios de África o en una casa de penitencia de Sevilla. Al día siguiente del auto, salía todavía a la vergüenza, escapándose de los doscientos azotes que se le habían mandado aplicar, así como antes, del tormento, por el achaque de gota coral de que padecía.
 

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