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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XXIV

Capítulo XXIV

Escándalo producido en Buenos Aires por los sermones de un franciscano. -Desinteligencias entre los inquisidores. -Cargos contra Ibáñez. -Quejas del Tribunal por el estado a que habían llegado sus negocios. -Es penitenciado el inglés Roberto Shaw. -Auto de fe de 12 de julio de 1733. -El Tribunal intenta procesar a don Pedro de Peralta Barnuevo por haber impreso la relación de esta ceremonia. -Los Triunfos del Santo Oficio peruano y el nuevo auto de 23 de diciembre de 1736. -Celébrase otro auto de fe en 11 de noviembre del año siguiente.


     La influencia inquisitorial se había hecho sentir hasta la época de que damos cuenta, de una manera poco eficaz en la apartada ciudad de Buenos Aires; pero al fin hubo de llamar la atención del Tribunal lo que estaba ocurriendo allí con un padre franciscano llamado fray Juan de Arregui, denunciado de haber proferido proposiciones escandalosas en un sermón de la Octava de la Virgen, y que llegara a motivar un pasquín que se fijó en las partes más públicas de la ciudad. Para la averiguación de estos hechos, escribieron los jueces al comisario, que lo era por entonces el canónigo Jorge Antonio Meléndez de Figueroa, y el cual, después de haber recibido las informaciones del caso, escribía, a su vez, a los inquisidores diciendo que todos los testigos, unánimes y contestes, afirmaban que el predicador había dicho que «María Santísima era la yegua blanca de Rúa, en que paseaba el Santísimo Sacramento, a que había añadido que los evangelios eran caballos de lazo», frase que se comentaba en el pasquín aludido «de que siendo yegua María, el Padre sería caballo y el Hijo potrillo». Fueron estas chocheces del padre Arregui, pues era ya muy anciano, o hijas sólo de su ignorancia, era lo cierto que a sus prédicas iba mucha gente, «como, a farsa o comedia, más que a recibir buen ejemplo de su doctrina, a un rato de zumba y divertimiento, porque en ellas nombraba por sus propios nombres a diferentes personas de su religión y legos ridículos, como a otras personas de este jaez del pueblo, con que motivaba a carcajadas de risa al auditorio». Mas, como Arregui era cristiano viejo, el padre de provincia más antiguo, emparentado con los miembros del Cabildo, hermano del obispo del Cuzco y muy amigo del Gobernador, no sólo no fue privado del púlpito sino que, mediante al empeño de las mismas personas indicadas, fue ascendido al gobierno del obispado, mientras le llegaban las bulas para consagrarse; circunstancias de que el comisario se manifestaba muy contristado, pues temía, y con razón, que en tan alto cargo nadie le fuese a la mano, con la desestimación del puesto que se deja comprender, especialmente, como lo expresaba en su relación a los inquisidores, «a vista de los herejes del real asiento de Inglaterra, en que serán mayores los escándalos que se originaran en los ridículos sermones de este sujeto»; concluyendo por pedir al Tribunal, ya que él nada podía hacer, con que se pusiesen estos hechos en noticia del confesor del Rey, y que no habían de impedir al fin que Arregui ascendiese al obispado y lo gobernase hasta su muerte, ocurrida en 1734.

     Como de ordinario, no eran muy cordiales las relaciones que los inquisidores guardaban entre sí. En efecto, había entrado a desempeñar la fiscalía en agosto de 1722 el doctor Cristóbal Sánchez Calderón, mozo que, si bien graduado en Alcalá, no pasaba de los veintiocho años, en lugar de Gutiérrez de Cevallos, que ascendió a segundo inquisidor, y a quien hubo de reemplazar más tarde en este puesto, por su promoción al obispado de Tucumán, en 1730.

     Ibáñez que en virtud de su antigüedad seguía presidiendo el Tribunal, luego se ligó estrechamente con Calderón, y tan pronto como Gutiérrez de Cevallos recibió el título de su promoción, le envió recado con el secretario indicándole que se excusase de seguir asistiendo a las audiencias. «Yo, dice aquél, hablando de este incidente, procure hacer de necesidad virtud, conociendo que ninguna diligencia habría de bastar a reducirlos de su siniestra intención, pero por cumplir con mi celo y devoción al Santo Oficio y lastimarme muy de veras el grande atraso del despacho, habiendo reos de trece años de prisión y once que yo haciendo oficio de fiscal, les puse la acusación por delitos de formal molinismo... les manifesté a los inquisidores mi ánimo de asistir siempre». Pero Ibáñez, a pesar de su enfermedad de parálisis, que lo retenía en ocasiones impedido por más de tres meses, no cejó en su primera resolución, y, por el contrario, con motivo de una fiesta que hubo en la capilla del Tribunal y por cuya asistencia cada uno de los jueces se hacía pagar ocho pesos de propina, ordenó que no se le acudiese con ella al nuevo obispo: lo que no impidió, sin embargo, según este asegura, que siguiera visitándole y aun cumplimentándole puntualmente en los días de su santo.

     Llegó en esto el 12 de enero de 1731, en que habiendo ido el virrey Marqués de Castelfuerte a visitar a Gutiérrez, que continuaba viviendo en el edificio de la Inquisición, manifestó el deseo de que se le permitiese conocer las salas y dependencias del Tribunal que fuese lícito inspeccionar. En este momento se hallaba allí inmediato el negro barrendero, que era el que guardaba las llaves, y habiéndole llamado el inquisidor, bajaron los tres a que el Virrey viese la sala de audiencia y la capilla, únicas partes del edificio que se dejaban visitar aún a los personajes de la nota de los Virreyes. De regreso, pasó el negro por la puerta de la habitación del fiscal, el cual permanecía mientras tanto escondido tras del arco del zaguán, y haciendo que el alcaide le preguntase si había visto el Virrey la sala del Tribunal, y como el interrogado negase, replicó Sánchez, que bien sabía la parte del edificio que había visitado el Virrey, «como no haya visto el Tribunal, esta bien lo demás». Mas, al salir de la audiencia el primer día en que la hubo, sigue refiriendo Gutiérrez, al llegar a la portería, en presencia de los notarios y criados, Ibáñez, encarándose al licenciado presbítero Antonio de Luzurriaga, que hacía de portero, le dijo: «la llave del Tribunal no se fía a nadie, que ha sido muy grande atrevimiento haberlo abierto sin mi licencia, porque el señor don José es ya obispo y no manda aquí, que aquí sólo yo mando, y por mi ausencia, el señor fiscal»; después de lo cual aquella misma tarde se despidió al negro.

     Este suceso no podía pasar inadvertido en la ciudad, siendo tan grande, en efecto, el rumor que se levantó en ella, que Ibáñez, al cabo de tres días, llamó al sacristán para preguntarle con que pretexto había despedido al negro, y como se le respondiese que por cierto descuido que tuviera con las lámparas, le mandó que le hiciese volver a su oficio; pero aquél, que «debajo de su tiznado color, expresaba Gutiérrez, es de mucha razón y punto», se llegó a ello redondamente.

     Mientras esto pasaba en el Santo Oficio, el virrey envió a uno de sus gentileshombres a casa de Gutiérrez para pedirle que le informase de lo sucedido, y pasando en persona a verle en aquella misma tarde para expresarle cuán sentido se hallaba con el proceder de Ibáñez; a quien el obispo procuró entonces disculpar, manifestándole que aquél era sólo un negocio entre compañeros, de que él no debía darse por aludido... Después de esto, Ibáñez vino a comprender que el paso que había dado era manifiestamente ofensivo al Virrey, a quien dio sus excusas, haciéndole presente que su enojo había nacido de que no se le hubiese avisado que estaba en las casas de la Inquisición para haberle hecho en persona los honores correspondientes a su rango.

     Explicando Gutiérrez al Consejo la razón de la malquerencia de sus colegas hacia él, entra en algunos pormenores que conviene declaran. Atribuíala, en primer lugar, a los numerosos asuetos que los jueces acostumbraban darse con cualquier pretexto, y eso «fuera de los de tabla, que son, con poca diferencia, la mitad del año», siendo que el sueldo de que disfrutaban, tanto Ibáñez como Calderón, ascendente a cuatro mil novecientos sesenta y tres pesos y pico, sin ayudas de costas, bien les hubiera permitido excusarse de semejantes holganzas; el haberse el exponente resistido a que Ibáñez nombrase de secretario a Lorenzo Rizo, que hacía de relator en lo civil, empeño en que había salido mal, por cuanto el candidato resultó ser hijo bastardo de un genovés y de una mujer espuria de cierto eclesiástico, interesado, muy codicioso y tan mal reputado, que tenía al Tribunal con dos mil quejosos en su ministerio de relator, por más estofado que se hallase con su grado de doctor. Refería, además, que otro tanto había ocurrido en el nombramiento de un consultor y en el del cirujano del Tribunal, recaído en un José de Ayala, mulato, y por añadidura, expósito; concluyendo todavía por afirmar que el jefe de la Inquisición acostumbraba valerse siempre de criados mestizos o mulatos, y hasta de un indio neto, por quien se empeñara con el Arzobispo para que le ordenara, como lo había conseguido, porque así se imaginaba mandar con más absolutismo en ellos, máxima que igualmente pretendía aplicar a todos los dependientes del Santo Oficio.

     Citaba enseguida, Gutiérrez, los abusos cometidos por su colega en la elección de las niñas huérfanas que habían de entrar al colegio, cuyo patronato tenía; que hacía nueve años a que no hacía publicar edictos; que había alterado las horas de audiencia; y, por fin, que a pesar de las denuncias que había contra el Comisario de Jauja, y entre otras, una sobre ciertas estocadas que había tirado una noche, andando en hábito seglar, a don Pedro de Salazar y que se le habían justificado por información de doce testigos, sostenía el fiscal que la tal información no merecía ninguna fe, y en consecuencia, que no existían méritos para proceder contra el delincuente.

     Debemos citar aquí también, que ya se trata de esclarecer la conducta del inquisidor más antiguo, una acusación que le hacían en cuerpo sus demás colegas, a saber, que se había a tal punto familiarizado con el jesuita Gabriel de Orduña que no se miraba en revelarle el secreto de cuanto pasaba en el Tribunal, «manifestando en amistad más allá de su obligación», siendo que el jesuita, con poco recato, no demostraba empacho alguno en revelar esas confidencias, con tanto extremo, que ni aún sus íntimas relaciones con el amigo decidido con quien contaba en la Inquisición le valieran para que por su inconsiderado proceder se le encausase «como oblocuente e injurioso al Santo Oficio». Hubo al fin que dar cuenta de ello al Consejo, el cual dispuso que el mismo Ibáñez llamase al reo para significarle se contuviese en sus palabras y tratase en adelante al Santo Oficio con el respeto y veneración que merecía: disposición que al fin no pudo cumplirse porque, bien fuera por una circunstancia casual, o por las buenas inteligencias que la Compañía mantenía en España, la resolución del Consejo llegó a saberse en Lima antes de que se diese lectura a la orden del Consejo, de que lastimadísimos los ministros exclamaban dirigiéndose a aquel alto cuerpo: «en esto podrá Vuestra Alteza conocer el estado a que ha llegado en este tiempo el Santo Oficio, sobre que sólo nos queda lugar a la compasión y rogar a Vuestra Alteza por el remedio».

     Habían, mientras tanto, transcurrido cinco años sin que la capital hubiese presenciado ningún auto de fe, ni aun de los menores que se celebraban en la capilla del Tribunal o en la iglesia de los dominicos, hasta que por los fines de 1730 se presentó en la persona de Roberto Shaw, el solo penitenciado, la ocasión de uno, acaso el más pobre de cuantos hasta entonces habían tenido lugar.

     Era aquel un marinero de la expedición de Clipperton, natural de Halifax, que desertándose en Panamá y metiéndose en un barco español había ido a parar al Callao y de ahí al Cuzco. Preso «por hereje y calvinista de profesión», después de nueve meses de cárcel, pidió que le bautizasen, manifestando que quería reconciliarse con la Iglesia católica. Diosele, en consecuencia, como instructor a fray Tomás Correy, a quien, después de tenerlo medianamente instruido en las verdades de la religión, con poco aprovechamiento de ellas, se le huyó un buen día, después de descerrajarle un baúl y de llevarle algunas alhajas y ciento sesenta pesos en plata, para ir a aparecer a Puno, donde se había establecido con una carnicería, en unión de una mulata esclava y de una mujer española. Llevado nuevamente a Lima y conclusa su causa, se le mandó absolver ad cautelam, sin abjuración, con orden de que se confesase tres veces en el primer año y rezase todos los sábados, de rodillas, un tercio del rosario.

     Más notable había de ser el auto que se acordó tuviese lugar el día 12 de julio de 1733, a cuyo efecto pasó Sánchez Calderón a manifestar esta resolución al Virrey, Marqués de Castelfuerte, quien no sólo ofreció para el auto el concurso de las milicias y la asistencia de la Audiencia, sino que aseguró que podía también contarse con su presencia. Volvió el Fiscal al día siguiente a tributar las gracias al Marqués y a significarle al mismo tiempo que por el estado de atraso en que se encontraban las rentas del municipio, el auto se celebraría en la iglesia de Santo Domingo y no en la plaza, único sitio a que sus antecesores habían acostumbrado concurrir cuando no se hallaban de incógnito dentro de lo que vulgarmente llamaban jaulas. Porfió el Virrey en que a pesar de eso quería hallarse presente, y como no hubiera forma de disuadirle de su empeño, hubo de tener lugar la ceremonia como si se tratase de una pública.

     El muy famoso doctor don Pedro de Peralta Barnuevo y Rocha, a quien el Virrey, deseando perpetuar el recuerdo de una fiesta cuya solemnidad en gran parte le era debida, dio el encargo de publicar su relación, cuenta que «apenas había amanecido el día señalado, pasó una compañía de infantería con fusil y bayoneta calada a guardar el cementerio del templo para contener al pueblo, cuya curiosidad era tan grande que fue necesario resistir lo mismo que se debía celebrar».

     junto al acompañamiento del Virrey en Palacio, pasó en carroza a las casas de la Inquisición y después de apearse, penetró en el patio del Tribunal, con la Audiencia, Tribunal de Cuentas y el Cabildo, llegando hasta las gradas del Antetribunal, donde ya lo esperaban los inquisidores, tomándolo al medio para comenzar luego la procesión.

     Iba en la vanguardia un trozo de soldados de caballería, vestidos de rico paño azul con botonaduras de plata y bandas de terciopelo carmesí, rematadas de hebillaje igualmente de plata, con espada en mano. El resto de la caballería se había abierto en dos alas para coger en medio y proteger la procesión. Venían después las compañías de infantería del presidio del Callao; luego seguía la cruz de la Catedral, llevada por el cura don Ignacio Díaz, acompañado de numerosos clérigos, revestidos de magníficos sobrepellices. Seguían los familiares, adornados de sus veneras y hábitos, los calificadores, títulos y caballeros que iban de padrinos, todos con las insignias del Tribunal. Iban los reos que esta nobleza apadrinaba, en número de doce, conducidos por el alcaide de las cárceles, llevando el bastón, insignia de su cargo, acompañado del nuncio del Tribunal. Llevaba luego el estandarte del Santo Tribunal su alguacil mayor, en medio de los dos alcaldes de la ciudad, sosteniendo cada uno una de las borlas. Seguía el Cabildo, el Tribunal de Cuentas y la Audiencia, sucediendo al oidor más antiguo don José de Santiago Concha, el Virrey, que tenía su derecha a Ibáñez de Peralta, y a su izquierda a Sánchez Calderón, cubiertos con sus chapeos o sombreros de ceremonia, a todos los cuales precedía inmediatamente la compañía de alabarderos. Tras del Virrey, iban sus secretarios y gentiles hombres y otro trozo de caballería. La procesión ocupaba muchas cuadras entre el gentío que amenazaba desplomar los balcones, abriéndose la iglesia para dar paso al séquito. Los altares estaban cubiertos con velos negros, y a un lado del de Santo Domingo, se veía un tablado de dos gradas, cubierto de bayetas negras, del tamaño de la cúpula. En el presbiterio había tres sillas con tres almohadas de terciopelo verde a los pies, debajo de un dosel, a cuyo frente se veía un crucifijo de marfil, y delante de la silla del medio, un sitial sin almohada, con otro crucifijo, y al lado una cajuela guarnecida de plata que encerraba los procesos de los reos, la cual habían traído en la procesión dos familiares. Sentose allí el Virrey y los inquisidores, y por su orden el resto de la comitiva. El estandarte de la fe estaba en medio de la peana del altar mayor, y los reos se colocaron en las gradas del tablado con las señales infamantes de sus delitos.

     Comenzó en el altar mayor la misa un fraile dominico, quien, acabada la epístola, se sentó, y ofreció entonces el inquisidor más antiguo la campanilla a Su Excelencia: sonola, y pasándosela a aquél para que dirigiese el resto del acto se volvió hacia el Virrey y le exigió el juramento de estilo. Salió enseguida al púlpito un mercedario a leer el juramento de la fe que debían hacer la Audiencia, Cabildos, etc., diciendo en el acto, dirigiéndose al pueblo: «alzad todos las manos, y diga cada uno juro a Dios, etc.» Siguió luego la lectura del edicto y constitución de Pío V. Vino después la lectura de las causas de los reos, para lo cual iban subiendo al púlpito cada uno de los señores diputados para este efecto, comenzando el mismo secretario del Santo Oficio, la de María de la Cruz, alias la Fijo, «hechicera, de casta negra, natural de esta ciudad, de edad de treinta y seis años, libre, y de estado casada, penitenciada por este Santo Oficio el año pasado de mil setecientos y diez y siete, por delitos de superstición y brujería. Salió en cuerpo al auto, en forma de penitente, con las señales de coroza de supersticiosa, hipócrita, maléfica, y embustera, de soga gruesa al cuello y vela verde en las manos, por haber reincidido en los inicuos artes referidos, solicitando personas a quienes dar medicamentos amatorios para ser queridas y lograr fortuna en el infame empleo de sus torpes tratos; haciéndolo ella de lo que así ganaba. Abjuró de levi, fue advertida, reprehendida y conminada, y condenada en que saliese el día siguiente por las calles públicas y acostumbradas, en bestia de albarda, donde, a voz de pregonero que publicase su delito, le fuesen dados doscientos azotes (de los cuales se le relevó por justos motivos, saliendo sólo a la vergüenza) y en la pena de destierro de la corte de Su Majestad y de esta ciudad, al puerto de Arica, y en algunas penitencias instructivas de los misterios de nuestra santa fe y provechosas a su alma. Fue esta apadrinada de los marqueses de Santiago y Monterico, familiares.

     «Joseph Nicolás Michel, español, natural de la ciudad de La Paz en este reino, y vecino de la villa de Oruro, de edad de más de veinte y ocho años, ejercitado en enseñar gramática a niños. Salió al auto en cuerpo y en forma de penitente, con coroza de supersticioso, hipócrita y embustero, soga gruesa al cuello y vela verde en las manos, por los delitos de haber dicho número de cuarenta misas, sin tener órdenes algunas y haber usado de maleficios y artes mágicos, con que convertía a la vista en negros a los hombres blancos; y por el de la desesperación, con que, desconfiando de la misericordia divina, intentó quitarse la vida varias veces en la misma cárcel, donde se le desató el lazo que se tenía echado al cuello; hallósele un envoltorio de varios instrumentos y yerbas, de que usaba para sus maleficios. Abjuró de levi, fue advertido y reprehendido y conminado, y condenado en la pena de doscientos azotes, para el día siguiente, y en la de destierro, en la forma que la reo antecedente, al presidio de Valdivia por siete años, con algunas penitencias saludables en el hospital de San Juan de Dios del mismo presidio, donde fuese instruido en nuestra santa fe; y fue inhabilitado perpetuamente para ascender a sacros órdenes. Fueron sus padrinos, don Francisco de los Santos y Agüero y don Joachim de los Santos Agüero, regidores de esta ciudad y familiares.

     »Pedro Sigil, mestizo, natural de la villa de Guancavelica, residente en el pueblo de Atunyauyos en la provincia de Yauyos, de edad de cuarenta años y de ejercicio labrador. Salió en la forma que los precedentes, con coroza de supersticioso y sambenito de media aspa, soga gruesa y vela verde, por los delitos de haber hereticado y apostatado de nuestra santa fe católica, idolatrando y dando culto gentílico a sus ídolos, con sacrificios y adoraciones en su honor, oblaciones de bebidas y frutos de la tierra, y víctimas que degollaba delante de ellos, de carneros de Castilla y de otros animales de este país, nombrados llamas, que ofrecía por medio de otra mestiza, que había erigido en sacerdotisa de aquellas falsas aras, a quien prestaba suma reverencia; pasando a afirmar que aquellos ídolos eran los autores de todos los bienes, dándoles la vida, el sustento y la abundancia de los frutos, y librándolos de las enfermedades y las pestes: actos idolátricos a que había destinado en las semanas del año el día martes, y singularmente el precedente a las vísperas del Corpus Christi. La forma de estos sacrificios era la de matar aquellos animales para hacerlos comida de los ídolos, entrándoles el cuchillo por un costado; mientras la sacerdotisa, oculta en un sótano u horno, estaba esperando la sangre vertida de mano de este apóstata, que se la entregaba cogida en unos vasos, que acá se llaman mates, para que la diese a beber a aquellos mismos ídolos, y después la regase por el suelo, donde la referida estaba con el quipo, que es un atado en que los naturales guardan sus trajes y comidas. De que lograba el que los alcaldes de su pueblo le abonasen cien pesos por la cabeza de ganado que mataba por esta especie de sacrificios, y otros. Abjuro de vehementi y fue absuelto ad cautelam, y condenado en confiscación de la mitad de sus bienes para la cámara y fisco de Su Majestad y para su receptor general en su real nombre. Fue asimismo advertido, reprehendido y conminado, y sentenciado a que el día siguiente saliese en bestia de albarda por las calles públicas y acostumbradas, desnudo, como los demás, de la cintura arriba, a la vergüenza, y en la pena de destierro de la villa de Madrid, corte de Su Majestad, y de esta ciudad, por cinco años al presidio de Valdivia, y otras saludables. Fueron sus padrinos, don Pedro de Arce y don Balthasar Hurtado Girón, familiares.

     »Calixto de Herazo, mestizo, natural de San Juan de Pasto, en la provincia de Quito, de ejercicio labrador, de edad de más de treinta años y de estado casado, residente en Santiago de Guayaquil. Salió al auto en la forma que los antecedentes, con coroza en que estaban pintadas insignias de casado dos veces, soga y vela verde, por el delito de poligamia o haber contraído segundo matrimonio en la referida ciudad de Guayaquil, viviendo su primera mujer en la villa de San Miguel de Ibarra de la provincia referida. Abjuro de levi fue advertido, reprehendido y conminado, y condenado a que el día siguiente se le diesen, en la forma que a los demás, doscientos azotes, y en la pena de destierro de la villa de Madrid y de esta ciudad, por tiempo de cuatro años al presidio de Valdivia, rebajándosele de estos los de su prisión, con otras saludables. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez eclesiástico ordinario, que de la causa puede y debe conocer. Fueron sus padrinos, don Pascual de Prada y don Juan Joseph de Herrera, familiares.

     »Juan Domingo de Llano, alias de Espínola, natural de la ciudad de Génova, y residente en esta de Lima, de edad de treinta y tres años, de ejercicio cirujano y de estado casado. Salió en la forma que los precedentes, con coroza, en que estaban puestas insignias de casado dos veces, por el delito de poligamia o segundo matrimonio, que celebró en el pueblo de Corocotillo de la provincia de Bracamoros, del corregimiento de Chachapoyas, en el obispado de Trujillo, viviendo su primera mujer en esta ciudad. Abjuro de levi, fue advertido, reprehendido y conminado, y condenado a que el día siguiente saliese por las calles públicas en la manera que los antecedentes, donde le fuesen dados doscientos azotes, cuyo castigo se le suspendió por justos motivos, mandándose que sólo saliese a la vergüenza; y en la pena de destierro de la corte y capital referida, por tiempo de cuatro años al presidio de Valdivia, y en otras espirituales y edificativas. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez ordinario eclesiástico que de la causa puede y debe conocer. Apadrináronle don Diego Miguel de la Presa, regidor perpetuo de esta ciudad, y don Luis Carrillo de Córdoba, marqués de Concham, familiares.

     »María Atanasia, negra criolla, esclava, natural de esta ciudad, de edad de veinte y nueve años, y de estado casada. Salió en la forma referida, con coroza, en que se veían puestas insignias de casada dos veces, soga al cuello y vela verde en las manos, por el mismo delito de haber contraído segundo matrimonio en esta ciudad, viviendo en ella a un mismo tiempo su primer marido. Abjuró de levi, fue, como los demás, advertida, reprehendida y conminada, y condenada a que saliese por las calles públicas y acostumbradas en bestia de albarda, desnuda de la cintura arriba, donde, a voz de pregonero que publicase su delito, le fuesen dados doscientos azotes; y en la pena del destierro por tiempo de cinco años al lugar que se le asignaría, rebajándole el de su prisión, y en otras saludables y espirituales. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez ordinario eclesiástico, que de la causa puede y debe conocer. La apadrinaron don Francisco de Sosa y don Manuel Pérez Victoriano, familiares del Santo Oficio.

     »Manuel de Jesús, alias Zaboga, negro de Guinea, de casta congo, esclavo de la hacienda de San Juan que posee la sagrada Compañía de Jesús en el distrito de esta ciudad, de más de sesenta años de edad, viudo. Salió al auto en la forma de penitencia que los reos antecedentes, con coroza de supersticioso, hipócrita, embustero, soga al cuello y vela verde en las manos, por los delitos de la superstición y la impostura, en cuyos infames artes era famoso maestro, con artífice de singulares maleficios, ejecutados con varias yerbas, cocimientos y fricciones inhonestas del cuerpo de las personas de ambos sexos, al torpe y engañoso fin de producir alguna fortuna en sus ilícitos amores, y a otros de curarlos de los dolores que sentían por los maleficios que les persuadía que padecían. En cuyas operaciones mezclaba varias cosas y palabras sagradas a los conjuros y santiguos que hacía, valiéndose del sacrílego auxilio de nombrar a los santos, y haciendo señales de cruz con palma bendita, sobre las cuales mandaba que pasasen las personas referidas; a quienes fricaba los desnudos cuerpos, con cuyes (animales semejantes a los conejos) y propinándoles bebidas de ciertas aguas confeccionadas de varias inmundicias y polvos que fingía ser medicamentos de botica; vendiéndose por inteligente en medicina, por haber asistido en su mocedad a la botica de la referida sagrada Compañía, para lograr por precio de sus embustes las cantidades que les pedía. Abjuro de levi, fue advertido, reprehendido y conminado, y condenado a que saliese por las calles públicas y acostumbradas, en la forma que los demás, donde le fuesen dados doscientos azotes (los cuales no se ejecutaron por justos motivos) y en la pena de destierro por tiempo de seis años al lugar que se le asignaría, y en otras instructivas y saludables. Fueron sus padrinos don Matías Vázquez de Acuña, conde la Vega del Ren, y don Jerónimo Vázquez de Acuña Iturgoyen, comisario general de la caballería y batallón de esta ciudad, familiares del Santo Oficio.

     »Juan Joseph de Otarola, cuarterón de mulato, libre, natural y vecino de esta ciudad, de edad de más de cuarenta años de oficio bordador y de estado casado; penitenciado que fue por el mismo Santo Oficio en el año pasado de mil setecientos y quince, por testigo formal y falso, para que cierta persona religiosa y profesa celebrase matrimonio, que desde luego se efectuó. Salió al auto en forma de penitente, con coroza, en que se veían insignias de casado dos veces, con soga gruesa al cuello, y vela verde en las manos, por el delito de haber contraído segundo matrimonio en esta ciudad, viviendo en el pueblo de la Japallanga en la provincia de Xauxa, su primera mujer. Abjuro de levi, fue advertido, reprehendido y conminado, y condenado en la pena de doscientos azotes, que se le diesen por las calles públicas, a voz de pregonero que publicase su delito, en la de destierro por tiempo de cinco años al presidio de Valdivia, donde sirva a Su Majestad a ración y sin sueldo, y sea instruido por el comisario del Santo Oficio en los misterios de nuestra santa fe y doctrina cristiana, y en otras saludables y espirituales. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez ordinario eclesiástico, que de la causa puede y debe conocer. Apadrináronle don Joseph de Llamas, general del Callao, y don Antonio Sarmiento Sotomayor, conde del Portillo, familiares del Santo Oficio.

     »Juana Caldera, cuarterona de mulata, libre, natural y vecina de esta ciudad, de edad de más de treinta años de estado casada, y sin ejercicio alguno. Salió en cuerpo al auto, en forma de penitente, con coroza, en que estaban delineadas insignias de supersticiosa, hipócrita y embustera, soga y vela verde, por maestra famosa en las artes de superstición y el maleficio, con que solicitaba personas a quienes propinar bebidas amatorias, atractivas de los hombres, así para que estos las amasen, como para que no se apartasen de aquella ilícita comunicación, con que lograban las conveniencias del dinero y fortuna que les producía. A que añadía varias aguas confeccionadas de diversas yerbas en que las bañaba, con encantaciones y conjuros, en que mezclaba palabras sagradas y la señal de la cruz: todo a efecto de vender este maléfico beneficio por la plata, que era el precio de su paga. Abjuró de levi, fue advertida, reprehendida y conminada, y condenada, como los precedentes, en la pena de doscientos azotes (que por justos motivos no se ejecutaron) y en la de destierro por tiempo de cuatro años, que hubiese de cumplir en la ciudad de Ica, reclusa en el beaterio de dicha ciudad, y en otras instructivas y saludables. Fueron sus padrinos, don Isidro Cosio, del orden de Alcántara, prior del Consulado de esta ciudad, y don Juan Antonio de Tagle, familiares del Santo Oficio.

     »María de Fuentes, mestiza, natural del pueblo de la Gloria, de la jurisdicción de Santiago de Chile, en que era residente, de edad de más de treinta y seis años, de oficio tejedora, de estado casada y sirviente en el hospital de San Juan de Dios. Salió en la forma que los reos antecedentes, con coroza pintada de insignias de casada dos veces, por el delito de haber contraído segundo matrimonio en dicha ciudad de Santiago, viviendo su primer marido. Abjuro de levi, fue advertida, reprehendida, y conminada en la forma que los demás, en la pena de doscientos azotes, y en la de destierro por espacio de tres años al lugar donde se le señalase por el Santo Tribunal, y en otras espirituales e instructivas. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez ordinario eclesiástico, que de la causa pudiese y debiese conocer. Fueron sus padrinos don Luis de Oviedo y Echaburu, conde de la Granja, y don Francisco Hurtado de Mendoza.

     »Francisco de las Infantas, mestizo, natural del pueblo de Lucanas de la provincia de Otoca, en el obispado de Guamanga, residente en la de Abancay, de edad de más de cuarenta años, de oficio labrador y de estado casado. Salió en la forma de penitente que los demás, con coroza, y en ella insignias de casado dos veces, por el delito de la poligamia, cometido en haber celebrado segundo matrimonio en el valle de Abancay, viviendo su primera mujer en dicho pueblo Lucanas. Abjuro de levi, fue advertido, reprehendido y conminado, y condenado a que se le diesen doscientos azotes, y en la pena de destierro en la manera que los antecedentes, por tiempo de cuatro años, al lugar que se le señalaría por el Santo Tribunal, como lo fue el de la isla del Callao, donde trabajase en cortar piedra, y otras saludables. Y en cuanto al vínculo del matrimonio, se remitió al juez eclesiástico ordinario, que de la causa puede y debe conocer. Apadrináronle don Francisco de Paredes y Clerque, marqués de Salinas, y don Agustín de Echeverría Zuloaga, marqués de Sotohermoso.

     »Sebastiana de Figueroa, cuarterona de mestiza, natural y vecina de la ciudad de León de Guanuco, de estado viuda, de edad de más de sesenta años y de ejercicio hiladora. Salió en forma de penitente que los reos precedentes, con coroza, en que estaban pintadas insignias de supersticiosa, hipócrita, embustera, y con sambenito de media aspa, soga y vela verde, por los delitos de haber hereticado y apostatado de nuestra santa fe católica, dando adoración y culto al demonio, y valiéndose de este maestro del engaño para los que ejecutaba, y para los diabólicos artes con que pervertía a unos y maleficiaba a otros, con daños que les hacía en sus personas y en sus bienes y causando a algunos el aborrecimiento a los que amaban: ejercicio en que por medio de supersticiosos medicamentos adivinaba a otros su próxima muerte, cuya predicción comprobaba lo triste del suceso. A que añadía diversos otros maleficios, haciendo a varias personas fricciones con yerbas prevenidas, y con cierto animalillo de color blanco, en cuyo vientre (que para esto abría) las introducía con alguna plata; sin que por esto muriese el referido animalito, a quien, hallado después vivo, arrojo a un río. En que no parando sus delitos, pasó a cometer los de quitar a muchas personas la vida, y a otros encantos, como el de embarazar la voz a algunos por medio de una espina atravesada en la garganta de un muñeco hecho de cera (figuras de que se le hallaron varias, formadas de hombres y mujeres) y a los de usar de baños confeccionados de diferentes yerbas, que daba a las mujeres para ser queridas de sus galanes o maridos, con el torpe permiso de dejarlas libres para vivir con toda la licencia que deseaban, por la infatuación que introducía en aquellos para que no la advirtiesen, vengándose, al contrario, de los que resistían semejante libertad, con la crueldad de fulminarles graves dolores y una total insensatez, a que después de haber penado mucho tiempo, les hacía poner por término la muerte, fuera de otros muchos execrables crímenes que cometía, como secuaz famosa de la apostasía e insigne artífice del maleficio. Abjuro de vehementi, fue advertida, reprehendida y conminada, y condenada en confiscación de la mitad de sus bienes para la cámara y fisco de Su Majestad y su receptor general en su real nombre, y que al día siguiente se le diesen doscientos azotes en la forma que a los demás (los cuales se le remitieron por justos motivos) y en la pena de destierro por cuatro años al lugar que se le señalase por el Santo Tribunal, donde fuese instruida en los misterios de nuestra santa fe, con otras saludables y espirituales. Fueron sus padrinos don Joseph de Tagle Bracho, marqués de Torre Tagle, y don Ventura Lobatón y Hazaña, familiares del Santo Oficio.

     »Concluida la lectura de las causas y sentencias, bajaron los reos de el tablado donde estaban, y conducidos al presbiterio de la capilla mayor, se separaron de los demás los dos que tenían sambenito de media aspa, e hincados de rodillas delante de la mesa y asiento de los señores inquisidores, puestas las manos sobre la santa cruz y evangelios que allí estaban, repitieron la abjuración de vehementi, que les fue leyendo don Joseph Thoribio Roman de Aulestia, como secretario del Secreto. Y levantado en pie el señor inquisidor más antiguo, doctor don Gaspar Ibáñez, con estola morada al cuello, recito en el Manual Romano las oraciones señaladas, a que habiendo seguido el himno Veni creator spiritus, cantado con devota entonación por la comunidad de los religiosos asistentes, hizo el referido señor inquisidor a los postrados reos las preguntas de los artículos de la fe, en cuyas respuestas manifestaron su creencia y su instrucción; y pasando a decir el salmo del Miserere destinado a la penitente ceremonia, los clérigos que habían acompañado la cruz de la mayor parroquia, que ya allí se hallaban prevenidos, como sacros ministros de la piadosa pena, les herían con sendas varas las espaldas, haciéndole a cada verso los repetidos golpes, ecos de arrepentimiento de las voces de la contrición: acto a que sucedió la absolución que les dio el inquisidor, según la forma del mismo Manual y el sacro estilo de semejantes casos. Después de cuya acción, apartados los dos reos referidos, llegaron los demás, y arrodillados ante los mismos señores en la forma que aquellos, pronunciaron la abjuración de levi, que les fue leyendo el mismo secretario. Con que habilitados todos por mano de la penitencia a la asistencia del sacrosanto sacrificio de la misa, que había suspendido la presencia de los que antes eran detestables, prosiguió luego en el altar mayor, ante cuya peana postrados estos, y encendidas las velas que llevaban, al tiempo del Sanctus, fue cada uno besando la mano del sacerdote, luego que se acabó la misa, con que se terminó toda la acción del templo».

     En el mismo orden que había ido, fue el Virrey en procesión a dejar a los inquisidores, hasta despedirlos a la puerta del Tribunal.

     Al día siguiente salieron los reos entre las compañías de a caballo y ministros ordinarios del Santo Oficio y familiares que los conducían, montados en caballos adornados de ricos jaeces, con sus insignias y varas de justicia, seguidos del Alguacil mayor y del secretario menos antiguo, también «en caballo de manejo», con gualdrapas de terciopelo negro. Los penitenciados, «unos a la vergüenza y otros al dolor, fueron llevados por las calles acostumbradas, donde la cabeza y la espalda, sujetas a la coroza y al azote, tuvieron la asistencia de la infamia y el golpe, que formaban todo el tenor del castigo».

     Pero acaso lo más original de este auto fue la escapada que hizo su panegirista e historiador de caer en las manos de los inquisidores cuya fama colocaba tan alto; pues con ocasión de haberse notado en la relación algunas proposiciones que «se habían hecho reparables» estuvo a pique de ser encausado, debiendo su salvación sólo a que por haber trabajado de orden del Virrey, los jueces no se atrevieron a procesarlo, temiendo se siguiesen «perniciosas consecuencias, por no haber de persuadirse se hacía por causa de las proposiciones, sino en odio de que corran públicos sus simulados aplausos».

     El ejemplo del doctor Peralta Barnuevo, encontró, con todo, bien pronto un imitador en don José Bermúdez de la Torre y Solier, alguacil mayor de la Audiencia y consultor del Tribunal, al cual con reverente humildad dedico su libro Triunfos del Santo Oficio peruano, en que se contiene la relación de los dos autos de fe celebrados el 23 de diciembre de 1736 y el 11 de noviembre del año siguiente.

     Como era de costumbre en tales casos, el fiscal Diego de Unda, que por ascenso de Sánchez Calderón había pasado a ocupar el puesto que este dejaba vacante, fue a transmitir la noticia al Virrey Marqués de Villargarcía, y para que llevase el estandarte de la fe, a su hijo, que servía de capitán de la guardia de alabarderos, y al Arzobispo, que no había de asistir a la fiesta. El secretario Román de Aulestia, con igual objeto, pasó a notificar a los Oidores, Cabildo Eclesiástico y Secular, a la Universidad y Consulado. Hízose enseguida la publicación de estilo con ostentoso aparato, y ya listos los tablados en la plaza y colocados en su sitio el Virrey e inquisidores, dijo el sermón acostumbrado el padre fray Juan de Gacitúa; se prestó el juramento de estilo, y acto continuo, se dio principio a la lectura de las causas de los reos.

     Fueron estos: Antonia Osorio, alias la Manchada, mulata, limeña, viuda, de cuarenta años, acusada de propinar maleficios amatorios, que se presentó (como los demás reos de este delito) en cuerpo, en forma de penitente, con sambenito de media aspa, coroza de supersticiosa, soga gruesa al cuello y vela verde en las manos; abjuró de vehementi, fue absuelta ad cautelam, y condenada a que saliese al día siguiente por las calles públicas, en bestia de albarda, desnuda de la cintura arriba, y recibiese doscientos azotes a voz de pregonero, con destierro a Guayaquil por diez años, y otras penitencias.

     Micaela de Zavala, cuarterona de mulata, también limeña, soltera, de treinta y tres años, vendedora de jamón; y María Teresa de Mallavín, esclava, de veintiocho.

     María Hernández, alias la Pulpa, y su hija María Feliciana Fritis, alias la Pulpa menor, chilenas; Sabina Rosalía de la Vega, mulata libre, natural del pueblo de Caravelli, de cuarenta años, casada, de [264] oficio hilandera; Teodora de Villarroel, natural y vecina de Lima, de veintiocho años, sin oficio, soltera; Rosa de Ochoa, alias la Pulis, negra criolla, limeña, soltera, sin oficio; todas las cuales recibieron la misma pena de la primera.

     Juan de Ochoa, lego expulso de Santo Domingo, limeño, de cuarenta años, conocido por galante y obsequioso familiar de algunas de las antecedentes, y, entre ellas, por el título y renombre de la «docta pluma», que salió al auto, en cuerpo, en forma de penitente, con sambenito de media aspa y demás insignias, abjuró de vehementi, fue advertido, reprendido, conminado y absuelto ad cautelam por sospechoso en la fe; y por justos motivos, dice Bermúdez, «se le relevó de la pena de azotes, dispensándosele a esta docta pluma que se le diera el grado de maestro en diabólicas artes y doctor en malvada brujería, sin paseo en que se oyese el rumor de trompetas y atabales, dejando de sonar estos en sus espaldas, y aquellos en las voces que por el fuese echando el pregonero».

     Felipe de la Torre, cuzqueño, casado, de cincuenta años, batihoja, y que ya había sido sentenciado por polígamo en 1719, salió con sambenito de media aspa, coroza, soga al cuello, vela verde en las manos y mordaza en la boca, por haberse fingido reo del Santo Oficio, diciéndose religioso sacerdote, y por blasfemias hereticales. Estando preso en la cárcel de corte, se le acusó de haber usado de figuras y yerbas para conseguir mujeres, habiendo intentado por tres veces ahorcarse en su prisión. Abjuró de vehementi, fue absuelto ad cautelam, sentenciado a recibir doscientos azotes por las calles y a servir por tiempo de diez años a Su Majestad en Valdivia, a ración y sin sueldo, «y a cumplir otras saludables penitencias, instructivas de los misterios de nuestra santa fe, espirituales y edificativas».

     Bernabé Morillo, alias Juan Bernabé de Otarola, negro criollo, esclavo, cocinero, residente en el Callao, testificado de pacto con el demonio, «y haberse introducido a asegurar a las mujeres estar maleficiadas, ofreciendo curarlas, sacarles de los cuerpos culebras y sapos, y darles fortuna con los hombres»: abjuró de vehementi y se le dieron doscientos azotes.

     María Josefa Cangas, negra, de más de cincuenta años, que para vivir más holgadamente con su amante, administró a su marido tales maleficios que le privó de razón. Abjuró de levi y fue sentenciada a servir cuatro años en un hospital.

     Pascuala González, negra, de Trujillo, también por hechicera, recibió una pena análoga a la anterior.

     Nicolás de Araus y Borja, cuarterón de mulato, maestro de primeras letras, que por medio de varillas y un sello de papel del Santo Oficio y pacto con el demonio, pretendía descubrir tesoros y riquezas. Fue desterrado a Valdivia por cuatro años.

     Por polígamos fueron condenados: Juan de la Cerda, quiteño, Juan Matías del Rosario, zapatero, que se casó primera vez en Santiago, Juan Bautista Gómez, Tomás José de Vertis, Matías de Cabrera, de Quito, Bernardo Aguirre, arriero, de Arequipa, y el negro José Lorenzo de Gomendio, que se casó segunda vez en Concepción: todos los cuales salieron en forma de penitentes, con coroza, insignias, soga gruesa y vela verde.

     Juan González de Rivera, que había vivido entre los indios de Huanta, vistiéndose a su usanza y casose allí con tres mujeres, y que además de expreso pacto con el demonio, se había hecho agorero, valiéndose de las plumas y canto de las aves; abjuró de vehementi y fue absuelto ad cautelam, con servicio de tres años en la isla de San Lorenzo, a ración y sin sueldo.

     Francisco Javier de Neira, clérigo santiaguino, de cuya causa daremos cuenta en otra parte (*).

     María Francisca Ana de Castro, alias la madama Castro, natural de Toledo, vecina de Lima, de cincuenta años, casada, por «judía judaizante, convicta, negativa y pertinaz, salió al auto en cuerpo, con sambenito o capotillo entero, de dos aspas y pintado de llamas y figuras espantosas y horribles, coroza en la cabeza, soga al cuello y cruz verde en las manos, y por observante de la ley de Moisés, fue relajada en persona a la justicia y brazo secular, observando el Santo Tribunal en su sentencia la formula que acostumbra en la relajación de reos, encargando a los jueces seculares se hayan benigna y piadosamente con ella».

     En estatua salieron Pedro Núñez de la Haba, y José Solís y Obando; siendo igualmente relajados en estatua el jesuita Juan Francisco Ulloa y Juan Francisco de Velasco, de cuyas causas, por referirse a Chile, trataremos en otro lugar (**).

     Terminada la lectura de las sentencias, se entregó para que se llevase a la hoguera a la Castro, y las estatuas y huesos de los reos a ella condenados, al general Martín Mudana y Zamudio, asistido de sus tenientes y del escribano de cabildo para que diese fe de todo; y entre las milicias que marchaban con bayoneta calada y un inmenso gentío, «y formando todos un perfecto círculo, termina el narrador de aquella tragedia, llegaron a ocupar el embarazado terreno, en cuyo espacioso ámbito se ejecutó el dispuesto suplicio, entregando la rea al estrecho dogal y después a la encendida hoguera, que al furor de sus activas llamas la redujo a pálidas cenizas, en que igualmente quedaron sepultados las estatuas, como también los huesos del reo sentenciado a ésta que propiamente fue última pena, en que acompañó al incendio la ruina, para la total extinción de su memoria».

     María Ana de Castro, fue la ultima persona que el Tribunal del Santo Oficio de Lima condenó a la hoguera. Su causa y su muerte han dado tema a una novela que hemos visto citada varias veces, pero que no conocemos.

     El siguiente auto de fe se celebró, como hemos indicado, el 11 de noviembre del año siguiente, en la capilla del Rosario de la iglesia de los dominicos, donde se erigió una tribuna con celosías para que asistiese el Virrey a ver penitenciar las personas que a continuación se expresan:

     Juan Ferreira o Juan Antonio Pereira, soltero, corredor, acusado de que después de la celebración del auto de 28 de diciembre de 1736, en que había sido relajada por judía judaizante Mariana de Castro, había dicho: «Las brujas están sueltas y Mariana de Castro quemada; ¡miren que tierra esta! ¡Qué Cristo, ni Cristo! ¿Cristo no fue judío?»; por cuyas proposiciones y otras semejantes, después que le secuestraron sus bienes, fue encerrado en cárceles secretas el 8 de enero de 1787. En sus confesiones declaró el reo haber expresado que al tiempo de dar garrote a la Castro, junto al quemadero, había manifestado mucho esfuerzo y valor, poniéndose ella misma el cordel y arreglándose el cabello para morir. Contando el discurso de su vida dijo que, siendo soldado, fue hecho prisionero en la batalla de Almansa, y que una vez en libertad, había pasado al Brasil, Buenos Aires y Lima, por la vía de Chile. Votado a tormento y cuando ya iba a ser puesto en la mancuerda, se descubrió que tenía una gran hernia, lo que si bien le permitió escapar de la tortura por el peligro en que su vida podía hallarse, no le libró de las abjuraciones de estilo y de recibir doscientos azotes.

     María Antonia, negra criolla, esclava, que invocaba al diablo valiéndose de muñecos, y guardaba un cuernecito de chivato, creyendo que tenía la virtud de impedir que su amante cayese en brazos de otra, hechos que fueron calificados de heréticos y de que argüían pacto expreso con el demonio, y que por lo tanto, constituían a la rea vehementemente sospechosa en la fe, lo cual le valió que se le aplicasen no pocos azotes.

     José Calvo, también negro criollo, que se ejercitaba en varias especies de suertes invocando al diablo cojuelo; Silvestra Molero, alias la china Silvestra, casada y costurera, en cuya habitación se reunían las maestras del arte divinatorio y hechiceras.

     Catalina Bohorquez, limeña, de veintitrés años, que por haber nacido tuerta y una prima suya muy hermosa, en venganza de Dios que tal agravio le hiciera, cuando se confesaba se acusaba solo de los pecados leves, enseñando a las niñas el arte de pecar a fin de que por su parte también le ofendiesen.

     Nicolasa de Cuadros, de cincuenta años, casada en Lima, que se acompañaba de un negro su amante para dar baños y propinar remedios a los que deseaban obtener buenos sucesos en sus amores; Félix Canelas, que había sido penitenciado ya dos veces por sortilego, compañero de la rea antecedente; y Juan Bautista Vera Villavicencio por casado dos veces.

     No había aún transcurrido un mes desde la celebración de este auto cuando moría Ibáñez a la edad de sesenta años.

     A pesar de tan repetidas muestras de los castigos que el Tribunal había estado decretando en los últimos tiempos, encontraron todavía los ministros material abundante para nuevas condenaciones, de que dan buena muestra los reos siguientes:

     Francisco Hazaña, negro bozal, de casta terranova, acreditado de brujo y que curaba los maleficios con palma bendita, romero y olivo tostados en un tiesto de greda, zahumando la casa, asperjando con agua bendita los rincones, y «aleteando» con la capa como para espantar alguna cosa, hasta llegar a la puerta de calle, donde enterraba un cui prieto, clavado con alfileres.

     Luisa Contreras, negra criolla de Lima, soltera, de treinta años, que se valía de remedios prohibidos para que la quisiese su galán, y Úrsula Blanco, mestiza, natural de Huamanga, hilandera, de cuarenta años, por el mismo delito.

     Dominga de Rojas, natural de Pisco, que sospechando estar maleficiada por cierta mujer, había buscado un maestro del arte que le había recomendado que procurase un zapato viejo de su enemiga y un cuerno, y que haciendo un agujero en la puerta por donde entrase, enterrase ambas cosas, llenando previamente el cuerno con ajos, ají seco y sal, y enseguida orinando y escupiendo en él, con lo cual era seguro que había de atajar el paso a la bruja.

     Rafaela Rodríguez, casada, de veintiséis años, vendedora de gallinas, que se valía de hechiceros a fin de escapar del mal trato que le daba su marido. Es curioso lo que ejecutó en compañía de otra mujer a fin de impedir que un amigo fuese desterrado a Valdivia. Dispuso tres muñecos, que representaban otras tantas personas de autoridad «y ejercicio», los dos vestidos de golilla y el tercero de escarlata, y así dispuestos, pusieron sobre carbones encendidos una olla con aguardiente, coca mascada y azúcar, y levantando la olla en alto, azotaban la llama con los muñecos, invocando al demonio con las palabras, «cojuelo, que no vaya fulano a Valdivia», para cuyo efecto todas las de la asamblea se quitaban previamente los rosarios, bebían aguardiente y fumaban cigarros.

     Bartolomé de Cisneros, limeño, cigarrero, de treinta y tres años, denunciado por su mujer de que haciendo ella una novena a San José y no habiendo obtenido lo que deseaba, dijo que San José, ni la[...] y otras expresiones de este calibre.

     Francisca de Mondragón, alias la Cagatecho, cuarterona, del Callao, que pretendía curarse de un maleficio; María Monserrate y Santistebán, mulata, de treinta años, que inconsolable por el abandono de su amante, buscaba remedios a su pena consultando hechiceras; Petronila Ortiz, mulata, lavandera, acusada por cierta mujer que decía la tenía maleficiada, y Juana Novoa, residente en Trujillo, que por medio de hechizos pretendía volver a su amistad a su seductor.

     Cayetano Zenteno, cuarterón de mulato, arriero, denunciado de que yendo cerca de unas huacas, había comenzado a renegar y votar desesperadamente.

     Roque de Espilcueta, natural de Buenos Aires, tratante, de cuarenta y un años, acusado de doble matrimonio; fray Manuel de Guzmán Vargas de la Cadena, corista del convento de San Agustín de Lima, que se denunció de haber confesado a una mujer; Ignacio de Chanis y Echeverría, natural de Azpetía, comerciante, casado en Córdoba de Tucumán y en Guayaquil; Juan Antonio Neira, que se casó también dos veces y una de ellas en Concepción, y María del Rosario Perales, alias Muzanga, mulata, viuda, vecina de Lima, por hechos sortílegos.

     Nicolás Flores, clérigo, cura de la doctrina de San Pedro del arzobispado de los Reyes, de cuarenta y ocho años, acusado de haber escrito un papel en que con relación a los confesores que habían auxiliado a la Castro, sostenía que la rea había sido injustamente acusada, contraviniendo de esta manera a lo dispuesto por el Tribunal de que nadie hablase ni tratase sobre la materia. Fue acusado igualmente de que en un escrito que enviaba al obispo del Cuzco, dándole cuenta del auto de fe en que el padre Ulloa había sido quemado en estatua, se afirmaba en que no había podido condenársele a dicha pena por no haber mediado contumacia de parte del reo. Estas proposiciones fueron calificadas por el fiscal como «heréticas de fautoría, escandalosas, temerarias, denigrativas e injuriosas» concluyendo por pedir que Flores fuese puesto a cuestión de tormento, quien al fin salió condenado, entre otras penas, a quinientos pesos de multa, debiendo declarar que «todos estaban obligados a creer y confesar que las determinaciones del Santo Tribunal son conformes y justas».

     Fray Juan Ventura de Aldecoa, natural de Bilbao, mercader de Potosí, denunciado de que conversando en el claustro de la Merced de Sevilla, se había sostenido en que los inquisidores habían procedido con pasión en la causa del padre Ulloa, no sabiendo siquiera lo que era de su obligación. Con este motivo se le previno, una vez que fue reducido a prisión, que las causas del Santo Oficio se seguían con toda independencia, sin pasión ni odio, y que sus resoluciones se debían venerar, por ser siempre arregladas a lo que constaba del sumario, estando prohibido a los particulares abrir discusión sobre los motivos de dichas sentencias; concluyendo por condenarle a que para enmienda en lo futuro, abjurase de levi y pagase quinientos pesos de multa.

     En este tiempo se fallaron también las causas de los secuaces del padre Ulloa, Umanzoro, las González, Muguerga, la Villanueva, la Flores, y Cristóbal Sánchez o Guimaraes, de que daremos cuenta por extenso al tratar de la Inquisición de Chile (*).

     A principios de 1737, el Tribunal remitió a España la causa de Pedro de Zubieta, canónigo de la catedral de Lima, «pues siendo persona egregia, por lo tocante a la dignidad que obtiene, decían los inquisidores, nos ha parecido no proceder en ella hasta consultar con Vuestra Alteza»

     El reo se denunció en 30 de enero de 1737, diciendo ser natural de Lima, de edad de cincuenta y tres años, y de que siendo cura de la doctrina de Chiquián, había comenzado a confesar a doña Lorenza de Fuentes, religiosa profesa del monasterio de la Concepción, ministerio en que se había ocupado durante cuatro o cinco meses, oyéndola cada quince días y a veces cada ocho. Que habiendo tenido que ausentarse, le escribió algunas cartas, y a su regreso «había tenido con ella grandísimas conversaciones amorosas y deshonestas en el confesonario»; y que no contento con esto, de común acuerdo, habían abandonado para el intento el confesonario y seguido sus charlas en el locutorio.

     La monja que por su parte entró también en escrúpulos, se valió del jesuita José Mudana para que llevase por escrito su denuncia al Tribunal, el cual, con vista de todo, comisionó al mismo jesuita para que trasladándose al monasterio recibiese su declaración a la denunciante, reducida a que cuando acordaron con su confesor seguir las conversaciones en el locutorio, aquel le tomaba la mano en señal de cariño y la instaba a que enseguida se confesase con él.

     Denunció también al canónigo, sor Eugenia Evangelista, monja del monasterio del Prado, de edad de veintitrés años, expresando que hacía diez que se confesaba con él, habiéndose poco a poco ido apartándose del buen camino hasta cogerle las manos y enseguida echarle los brazos con alguna impureza. Otras veces, «después de celebrarle sus partes exteriores que veía y sabía de mí, dice la testigo, pasaba a celebrarme las interiores que suponía de mi cuerpo». Preguntole entonces el delegado del Tribunal que a qué partes interiores se refería, según sus palabras, el confesor, respondiendo «que de las partes verendas que suponía en la denunciante y también de las demás ocultas». Añade que solía en el confesonario leerle algunos versos que le dedicaba, «y en el mismo lugar, concluye sor Eugenia, sabiendo que me pretendía un sujeto para pecar, preguntándome quién era, y diciéndole yo que para qué quería saber, me dijo que por ver quién era quien tenía tan buen gusto. En el mismo lugar solicitó saber si me valía del instrumento de navaja para cercenar las superfluidades que nacen en las partes materiales, y para este fin me trajo una[...]; celebraba las prendas que suponía haber en mí como muy aptas y a propósito para el acto carnal[...]; me ha referido en dicho lugar varios modos de pecar en pecados de sensualidad...» Al fin, en 1743, Zubieta fue reprendido, aconsejándosele que no siguiese confesando.

     En autos celebrados en 10 de junio de 1740 en el convento de Predicadores, y en la capilla de la Inquisición el 7 de febrero de 1741, 2 de marzo de 1742 y 7 de febrero de 1743, salieron:

     Diego Núñez de la Haba, de diecinueve años, acusado por una beata de haberle visto azotar una cruz; Juan de Mansilla, natural de Santiago del Estero, carretero, que viajaba de Mendoza a Buenos Aires, procesado porque en las noches cuando alojaba, junto al fogón, sacaba un Cristo sin brazos y atándolo a un azador le daba de bofetadas; fray Francisco Jurado, de Trujillo, lego profeso, acusado de haber contraído matrimonio; José de Meneses, zambo limeño, testificado de haber dicho estando en su casa en compañía de varios amigos: «¡ah! demonios, traíganme aquí un melón», el cual había repartido entre las visitas.

     Doña Rosa Gallardo, que pretendía valerse de hechizos para atraerse a un amante; María Rosalía, cuarterona, casada, acusada de sortílega; Pedro Martín de Basail, vecino y natural de Lima, que sostenía que el que moría en pecado mortal no se condenaba, que la simple fornicación no era pecado, y que el casado que moría tocaba a las puertas del cielo, y que, por el contrario, a la mujer que se encontraba en iguales circunstancias, la echaba San Pedro para abajo, como diciéndole se fuese a los infiernos, todo por los muchos disgustos de que sin duda habría sido causa.

     Juana de Santa María, mestiza, de Huancavelica, denunciada de gastar polvos, ungüentos y otros mixtos para engatusar a los hombres; Andrés Labrada, gallego, aficionado a blasfemar; fray Manuel Mosquera, religioso de San Juan de Dios, que hallándose encarcelado en su convento por algunas faltas, le dijo al lego que le llevaba de comer que si creía que el cuerpo de Cristo estaba en la hostia consagrada, y contestándole el interesado que sí creía, le replicó consagrándole el pan que le servía; fray Antonio de Sotomayor, lego franciscano del Cuzco, por [272] celebrante; fray Pedro de Aranda, franciscano, cura de la Magdalena, demasiado inclinado a besar y estrechar las manos a sus penitentes.

     Manuela de Castro, que estando presa, solicitó a otra mujer para que con diabólicas artes hiciese volver a su lado cierto amante que se le había escapado; María de Valenzuela, de veintiocho años, costurera, que no bastándole sus gracias naturales, pretendía valerse de maleficios para sacar el dinero a los hombres; Álvaro Cáceres, amansador, de Córdoba, procesado por bígamo; Cristóbal González, esclavo del convento de la Merced de Chimbarongo, por hechicero.

     Ignacio Gregorio de Mieres, natural del Cairo, casado, de cincuenta y cinco años, fue denunciado por el ama de su mujer de que habiéndole pedido licencia para dormir en su casa y dádosela por dos veces en cada semana, había respondido que lo demás era p[...]; que el pan de la misa era lo mismo que el que se comía todos los días, y que oyéndole hablar de la dicha su mujer, había dicho que la quería más que a Dios; José de Guzmán, malagueño, mercachifle, por doble matrimonio; Jacinto Mino Llulli, por celebrante; José Zambrano, sevillano, que juraba y renegaba atrozmente; Pedro Timermans, flamenco, a quien le sorprendieron una conversación en que sostenía que no había purgatorio, y Francisco Anastasio de la Cruz, mestizo, de Jauja, por doble matrimonio.

     Santiago Haden, bostonés, por hereje, cuya causa terminó por la conversión del reo al catolicismo; fray José de Villavicencio, lego de la Recoleta dominica, organista en Lima, que pretendía descubrir los hurtos, valiéndose de encantamientos; Sebastiana de Jesús, lavandera, de cincuenta y cuatro años, que sostenía que en su casa aposentaba al demonio, encarnado en tres gallos, y que al tiempo que rezaba oía que decían los gallos «creo, creo» y que ella les respondía «¡ah! perros, ¡en que habéis vosotros de creer!».

     Fray Fernando López de la Flor, sacerdote franciscano, y el licenciado Clemente de Paz y Miranda, presbítero, natural de Canarias, por solicitante, y Fabiana Sánchez, mestiza, tejedora, casada, por bruja.

 

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