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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XXII

Capítulo XXII

Fiesta a la canonización de San Pedro Arbués. -Exequias de Felipe IV. -Edictos prohibiendo varios libros. -Estado de los edificios del Tribunal. -Situación pecuniaria. -Nuevos inquisidores. -Auto de fe de 16 de marzo de 1693. -Causa de Ángela Carranza. -Incendio ocurrido en las casas del Santo Oficio. -Auto de fe de 20 de diciembre de 1694. -Causas contra los confesores de la Carranza. -Libro del padre Sartolo sobre la vida de Nicolás Aillón. -Prohíbense por los Inquisidores varios actos literarios.


     Alternaron los Inquisidores en el período que venimos historiando el despacho de las causas de las personas que dejamos señaladas y la celebración de los diminutos autos de fe en que aquellas se castigaron, con algunas fiestas que debemos consignar aquí porque acaso fueran las únicas que tuvieron lugar durante toda la vida del adusto Tribunal de la fe.

     En efecto, tan pronto como se recibió en Lima la noticia de que Pedro de Arbués, primer inquisidor de Zaragoza, había sido colocado por la Iglesia entre los santos del cielo, los ministros se creyeron en el caso de festejar con toda pompa una decisión que redundaba en tanto honor suyo y del Tribunal a cuyo nombre procedían.

     «Comunicola al Conde de Santisteban, virrey de estos reinos, al arzobispo de esta metrópoli, don Pedro de Villagómez, a los Cabildos eclesiásticos y secular, que afectuosos retornaron con parabienes y singulares aplausos el gozo de esta noticia, ofreciendo hacer algunos festejos de toros, torneos y comedias, que se estimaron, aunque no se admitieron.

     »Convocó el Tribunal en su sala de audiencia los prelados de las religiones, y lo más lucido de sus ministros y familiares, con quienes dispuso el culto, solemnidad y adorno de la fiesta; señalose para el día diez y siete de septiembre, que fue el de su glorioso tránsito, como se expresa en la bula de su beatificación, a que se refiere el orden de Vuestra Alteza.

     »Miércoles diez y seis de septiembre, víspera de este día, al punto de las doce, comenzó el repique de campanas (que duró por espacio de una hora) en la catedral, religiones, parroquias y monasterios, cuyo número y consonancia despertó la devoción de los fieles.

     »A prima noche repitió el repique, coronáronse las torres de luminarias y fuegos, el Arzobispo y Cabildo eclesiástico y secular adornaron de hachas sus balcones, y los ministros del Santo Oficio, y a su ejemplo, mucha parte de la ciudad, con ostentación de luces, fuegos y candeladas, y lo mismo hicieron las religiones y parroquias en sus iglesias y torres.

     »El Tribunal dispuso en su plaza singulares invenciones de fuego, y entre otras piezas, hubo una en que se manifestó el alma del Santo, que salió de su cuerpo a vista de los que le martirizaron, y por la parte superior, se demostró un rótulo de letras de fuego que decía, Ora pro nobis, beate Petre, sin otros muchos que por más de hora y media se dispararon a mano; ardían veinte hachones de resina, y en los balcones de los inquisidores doctores don Cristóbal de Castilla y Zamora, y don Juan de Huerta Gutiérrez, más de sesenta hachas, con mucho número de luminarias en todo el contorno y circunferencia del Santo Oficio, clarines y chirimías; en las dos galerías del inquisidor doctor don Álvaro de Ibarra, se pusieron cuarenta hachas, y en el terrado muchas luminarias en forma de estrellas, cruces y soles, que por la variedad de luces y colores eran muy agradables a la vista; en las cuatro esquinas de su calle se disparó un castillo de fuego, haciéndole antes la salva copioso número de cohetes; tocaban a competencia dos clarines, y generalmente deseaban todos excederse en la celebridad de esta noche.

     »La religión de Santo Domingo se esmeró en los fuegos y con especialidad en el adorno de sus torres, con que toda la ciudad estuvo muy regocijada.

     »El día siguiente por la mañana concurrieron en las casas de esta Inquisición todos sus ministros, compitiéndose los seculares en galas y libreas; pusiéronse en ala más de cincuenta coches, en que se acompañaron al Tribunal, que salió a las nueve a la iglesia de Santo Domingo, donde le recibió el provincial y su comunidad con el obsequio que acostumbra.

     »Era tan numeroso el concurso, que con mucha dificultad pudo entrar en la iglesia y llegar a sus sillas, que se pusieron en el presbiterio del altar mayor; ocuparon los ministros las dos bandas del crucero, cuya modestia y compostura fue el mayor ornato de la fiesta; la iglesia, que es uno de los más capaces y sumptuosos templos que hay en esta ciudad, estuvo toda alfombrada; los veinte y seis altares que la componen se adornaron de riquísimas láminas, flores y otros sobrepuestos de argenterías de oro y plata, tan brillantes, que apenas se dejaban percibir de la vista, en el altar mayor ardían más de trescientas luces en blandones y candeleros de plata curiosamente labrados; en medio se colocó la imagen del santo en un lienzo de primoroso pincel, cubríale un velo de tela carmesí con flores de plata, servíale de marco un hermoso iris de flores de seda y oro, unas imitadas y otras superiores a las naturales; adornose el coro de hermosos lazos de tafetanes de diversos colores; ocupaban los blancos espejos cristalinos y láminas en cristal; el comedio de el crucero se compuso de bufetillos de plata, que sirvieron a los perfumadores, pomos y pebeteros, que en copioso número exhalaban suavísimos olores.

     »Asistieron en una de las tribunas de la iglesia, el Virrey y su consorte, Condes de Santisteban. El alguacil mayor don García de Híjar y Mendoza, caballero del orden de Santiago, acompañado de ocho familiares, colocó el estandarte de la fe (que estaba en la sacristía) en el altar mayor al lado del evangelio, en un pedestal de plata sobredorado, al tiempo que salió el preste.

     »La bula de la beatificación del santo se puso en el altar sobre una riquísima salvilla cubierta de una red de oro y seda de diversos colores; recibiola de manos del diácono el doctor don Juan de Huerta Gutiérrez, inquisidor menos antiguo, entregola al inquisidor más antiguo doctor don Cristóbal de Castilla y Zamora, y cogiéndola, la entegró al licenciado don Pedro Álvarez de Faria, presbítero, secretario más antiguo de la cámara del secreto, que acompañado de seis familiares subió al púlpito y la leyó con expedición y a gusto del concurso.

     »Descubriose luego la imagen del santo, y al compás de los órganos, arpas, dulzainas y otros instrumentos, prosiguieron los músicos el Te Deum laudamus, que entonó el preste; hizo salva la artillería, la catedral, parroquias y religiones repicaron a un tiempo, disparáronse en las puertas de la iglesia muchas bombas, cohetes y ruedas, celebrando todos la gloria de nuestro insigne mártir.

     »Dijo la misa el maestro fray Juan González, rector del colegio de Santo Thomás de esta ciudad; predicó el padre maestro fray Juan de Isturizaga, ambos del orden de Santo Domingo y calificadores de este Santo Oficio; la misa se ofició a cuatro coros de los mejores músicos de este reino, y se interpolaron algunas letras y villancicos en alabanza del sancto, cuya dulzura en los versos y armonía en los tonos, suspendía.

     »La mayor parte del sermón se compuso de la vida del sancto, reduciendo en breve y sin digresión de lugares, lo más prodigioso de sus virtudes (para que se dio orden) porque todas se comunicasen a todos en mayor gloria suya, y a su ejemplo en utilidad de los fieles.

     »Repartieron dos familiares muchas imágenes del sancto, que llevaban en salvillas doradas, y se admitieron con devoción y ternura.

     »Duraron los oficios hasta más de medio día, y a las tres volvió el Tribunal acompañado de sus ministros, a asistir a las vísperas; pareció más crecido el concurso, gozándose en la iglesia un nuevo cielo en resplandor de luces y suavidad de olores; excediose la música con novedad de tonos y letras, cuya dulzura hizo breve la tarde, aunque se acabaron con el día, que fue uno de los mayores y más lucidos que ha tenido este reino, y durará siempre la memoria de su ostentación y grandeza.

     »Los prelados y comunidad de Santo Domingo salieron acompañando al Tribunal hasta la puerta del cimenterio a dejarle en el coche, y llegando a las casas de este Santo Oficio, con el lucido acompañamiento de sus ministros, ocuparon la sala de audiencia, donde el doctor don Cristóbal de Castilla y Zamora, inquisidor más antiguo, les agradeció con singular discreción las asistencias de este día, que sea para mayor honra y gloria de Dios nuestro Señor, y exaltación de su sancta fe católica».

     Poco después de verificada esta fiesta, se recibía en Lima la noticia del fallecimiento de Felipe IV, cuyas exequias celebraban las autoridades y religiones «con tanta pompa y solemnidad, que se tiene por cierto que en parte ninguna de Europa se ha hecho con más ostentación y aparato». Acostumbraba el Santo Oficio celebrar las ceremonias de esta especie en la capilla, pero por hallarse por entonces en mal estado, resolvió valerse para la fiesta que proyectaba y en que no quería que nadie le aventajase, de la iglesia del monasterio de la Concepción, que se hallaba situada sólo a cuadra y media de distancia, fijando para la celebración el día 28 de septiembre del año de 1668. Para el efecto, colgose el templo de telas de damasco negro, con flores de plata, de Sevilla, con franjas interpoladas de sargas anaranjadas, y a la puerta, debajo de la imagen de la Virgen, un marco de oro enlutado, en cuyo centro se veían dos coronados leones, con inscripciones latinas, en prosa y verso, alusivas a las circunstancias.

     Una vez terminados los demás preparativos, salieron los Inquisidores acompañados de sus principales ministros, adornados de sus insignias, arrastrando «tristes lutos de paños de Segovia», llevando el alguacil mayor entre las dos filas de asistentes, el estandarte de la fe, que se colocó en el túmulo sobre un pedestal de plata.

     Constaba aquél de diversos cuerpos con escudos de las distintas provincias de la monarquía, y tenía en el centro una esfera que representaba el mundo, con un sol eclipsado en el signo del león, y cuatro ninfas del Parnaso que sostenían en sus manos carteles con inscripciones adecuadas a las circunstancias. Colocose la estatua de Felipe sobre el mundo, alta de más de dos varas, representando al difunto soberano, armado de punta en blanco, ceñida la celada con una riquísima corona de oro de martillo, adornado de plumas negras y blancas, sustentando en el brazo izquierdo una media columna de jaspe, en cuyo extremo se veía un cáliz de oro con una hostia de plata, y en su mano derecha, una luciente espada, como amparando la columna, en demostración de su gran celo en defensa de la fe.

     Las vísperas se comenzaron a las cuatro de la tarde, durando hasta las once de la noche, a cuya hora se retiraron los inquisidores en carruajes, escoltados de numeroso concurso y de un séquito de más de cincuenta personas que llevaban hachones encendidos. Al día siguiente comenzaron los oficios a las diez, pasando Castilla desde su sillón al altar mayor, con acompañamiento de doce familiares y veinte capellanes. Enseguida, subió al púlpito a predicar el sermón el padre Diego de Avendaño, provincial de los jesuitas, alternando durante toda la fiesta once coros de los mejores músicos de la ciudad y de las monjas del monasterio.

     Los edictos prohibitivos de libros fueron frecuentes por esta época, siendo dignos de especial mención los referentes al del franciscano de la provincia de Lima fray Pedro de Alva y Astorga intitulado, Sol veritatis, la Vida de Jesucristo del agustino fray Fernando de Valverde, que aun hoy día se lee con general aplauso, y el de un papel manuscrito que se atribuyó al dominico fray Antonio Meléndez, en que pintaba los peligros que encerraban para la monarquía las grandes riquezas que iban atesorando los jesuitas en América, y que concluía con unos versos que decían así:

                               Puntos aquí se dejan necesarios
 por volver a vosotros, hombres sabios,
 doctos, ingeniosos;
 cuenta con estos hombres tan piadosos
 que si en vicios consiguen privar a todos de su tierra,
 ¿Cuál será el tesoro que su erario encierra?

     Mas, es justo decir que bajo este respecto, ni aun el mismo arzobispo de Lima don fray Juan de Almoguera, escapó a la censura inquisitorial. Este prelado que mientras fue obispo de Arequipa había tenido ocasión de persuadirse del desarreglo en que vivían los curas de indios, dio a luz en Madrid en 1671 una obra que intituló: Instrucción a curas y eclesiásticos de las Indias, en la que, según el parecer de los inquisidores, no sólo denigraba a los párrocos, sino que vertía doctrinas injuriosas a la Sede apostólica. Manifestose el Arzobispo muy sentido de este dictamen, aseverando en su defensa que las doctrinas contenidas en su obra, no sólo eran sustentadas por los mejores autores corrientes en el Perú, sino también que los hechos que citaba eran perfectamente ciertos, apelando, en comprobación, al testimonio de los mismos inquisidores, que no pudieron menos de asentir a sus palabras, pero que no bastó a impedir que la calificación en que tan de mala data se dejaba al Prelado se publicase en todas las ciudades del reino.

     Bien pronto habían de hacerse extensivas estas prohibiciones, sin excepción de persona alguna, a todo el que buscase, pidiese, vendiese o comprase cintas de seda, abanicos, telas, paños u otras cosas de hilo algodón, que circulaban con nombre de corazones de ángeles, entrañas de apóstoles, etc.; mandándose, a la vez, recoger las navajas y cuchillos que tuviesen grabadas las imágenes de Cristo o de cualquier santo.

     Es de observar, con todo, que ni estos edictos, ni aun los generales de fe se leían en la Catedral desde hacía mucho tiempo, a causa de que con los disgustos que habían mediado entre el Cabildo Eclesiástico y los inquisidores, estos no aportaban por allí.

     No podía cumplirse tampoco con esa solemnidad en la capilla del Tribunal, porque con el terremoto ocurrido en Lima el 13 de noviembre de 1655, había quedado el edificio en tal estado que hubo necesidad de derribar el techo, que Ibarra mandó después reconstruir, haciendo fabricar al mismo tiempo un retablo tan costoso que se pagó por el quince mil pesos. La cámara del secreto, que también sufrió mucho con el sacudimiento, fue igualmente necesario echarla al suelo para reconstruirla en mejores condiciones que las que tenía de antes. Todavía, en 20 de octubre de 1687, ocurrió otro temblor que dejó muy arruinadas las tres casas de propiedad del Tribunal, y aunque las cárceles sufrieron algo esta última vez, el estrago fue poco en comparación del que produjo el terremoto de 20 de noviembre de 1690, en que se cayeron algunos calabozos y otros quedaron amenazando ruina, habiendo escapado los presos milagrosamente; daños que no se repararon hasta tres años más tarde.

     La situación pecuniaria del Tribunal, por fortuna, era excelente. Desde el año 1634 hasta el de 1649 habían entrado en sus arcas veintiún mil ochocientos sesenta y siete pesos, por penitencias; y por multas de juego, compromisos y penas impuestas por los jueces, no menos de cincuenta y dos mil pesos; y según otra relación no menos auténtica, en los diez años transcurridos desde 1641 hasta 1651 habían valido al Tribunal las sentencias pronunciadas contra deudores, de ordinario reconciliados o relajados, ciento veintiún mil cuatrocientos sesenta y un pesos. Además, se habían percibido también cuarenta y un mil ciento veintiocho pesos, de cuya suma próximamente las dos terceras partes se debían a censos, y lo restante al producto de las canonjías asignadas como renta fija al Santo Oficio y a los cánones de arrendamiento de un tambo y varias casas. Las causas civiles fenecidas, referentes al cobro de bienes adventicios del gremio de donaciones y cesiones hechas al Tribunal, según certificado expedido por el receptor general Esteban de Ibarra en 1662, montaban desde el año de 1572 hasta el de 650, a la cifra de dos mil setecientos treinta y un pesos.

     Fuera de las casas dadas en arrendamiento, poseía el Santo Oficio una que había comprado en cuatro mil doscientos pesos, y la que se había confiscado a Manuel Bautista Pérez, que formaba la esquina poniente de la plaza en que se hallaba el Tribunal, que ocupaba el primer inquisidor; y capilla de por medio, la que habitaba el segundo (que vivía en los altos) y el alcaide, que tenía la parte baja.

     Estos cuantiosos bienes estaban, sin embargo, tan mal administrados que el receptor general que había entrado a servir su puesto en 1674 se lamentaba de que a pesar de todos sus afanes no había logrado establecer orden completo en los negocios. Según sus cálculos y por la razón dicha, las rentas del Tribunal habían descendido a treinta y cinco mil novecientos cincuenta y un pesos, ascendiendo los gastos a un poco más de esta suma. De este modo, al mismo tiempo que era fácil penetrarse de que las rentas eran harto considerables, no podía menos de reconocerse que el empleo que de ellas se hacía, pagando una cantidad de empleados y enviando al Consejo sumas no despreciables, habrían bastado todavía para ocurrir a todos los gastos, si, como lo expresaba el receptor, los inquisidores, unos en pos de otros, no hubiesen distraído sumas relativamente cuantiosas en aderezar sus respectivas viviendas hasta dejarlas a su placer, y a que con ocasión de las frecuentes promociones a obispados que se habían hecho de los ministros, estos habían continuado percibiendo sus sueldos del destino que antes desempeñaban.

     El personal del Tribunal había sufrido, mientras tanto, algunas modificaciones. A Huerta Gutiérrez después de haberse hallado algún tiempo solo, vino a hacerle compañía, en calidad de fiscal, Bartolomé González Poveda, que llegó a Lima a fines de marzo de 1670, para ascender cuatro años después a la presidencia de los Charcas. Juan Queipo de Llanos, que fue proveído con igual carácter a principios de 1672, fue también promovido en diciembre de 1680 al obispado de La Paz. Francisco Luis de Bruna Rico, después de haber servido de inquisidor en Cartagena, se recibió en su nuevo puesto en 2 de enero de 1675; y Juan Bautista de la Cantera, que obtuvo su título en el mismo mes de 1681, moría el 15 de septiembre de 1692, «con accidentes tan arrebatados y repentinos que apenas tuvo tiempo de recibir los sacramentos, por haberse privado totalmente de sentido».

     El Tribunal de Cartagena, que se había constituido ya como en una escala de ascensos para el de Lima, había de suministrar todavía antes de concluir el siglo XVII otros tres ministros, que lo fueron, Gómez Suárez de Figueroa, que después de haber desempeñado aquellas funciones sólo en aquella ciudad, llegó a Lima en 1697, sirviendo durante varios años, hasta que murió; el licenciado Álvaro Bernardo de Quiros y Tineo, que se hallaba en Lima desde fines de 1682; y, por fin, Francisco Valera, abogado de la Audiencia, asesor de los virreyes, dos veces rector de la Universidad, inquisidor de Cartagena en 1682, donde tales encuentros tuvo con el Obispo y a tales extremos llegaron sus audacias, que el Rey dio orden al Conde de la Monclova para que sin pérdida de tiempo ni excusa alguna lo hiciese salir para España.

     Tales fueron los jueces que respectivamente conocieron de las causas de los reos que señalaremos a continuación:

     1672-1675. -Ignacio de Loyola Ponce de León, desterrado a Valdivia por blasfemo; Lorenzo Becerra, natural de Arequipa, soldado, por haberse casado dos veces; Antonio Zeballos, sevillano, de setenta años, mercader, «porque estando mal recibido en las acciones de cristiano, y habiendo sido azotado públicamente por blasfemo, teniendo tienda en el Cuzco, hizo un hoyo dentro de ella, detrás de la puerta, y enterró allí una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, hecha de hoja de lata, de tres dedos de alto».

     Jerónimo de Medina, presbítero, del Cuzco, por testigo falso; Lucas Bran, esclavo, por haber sido causa de que se casase segunda vez un mulato; Francisco, negro criollo, de Ica, y Sebastiana Caboverde, esclava, por dos veces casada.

     Tomás Gago de Vadillo, clérigo, hijo de español y de india, natural de Huancavélica, de cincuenta y seis años, por embustero, hipócrita por algunas indecencias que cometía con sus hijas de confesión y por algunas proposiciones escandalosas, abjuró de levi y quedó suspenso de platicar, «en público ni en secreto» por todos los días de su vida.

     Fray Agustín Pérez, religioso diácono, natural de Cuenca, por haber confesado a una india; Ana María de Cozar y Acevedo, cuzqueña, por bigamia; Antonio Pérez de Leiva, de veinte años, mayordomo de repartir pan, natural de Popayán, por blasfemo; María Jurado, zamba esclava, oriunda de Conchucos, presa por embustera, sortílega y hechicera, recibió los azotes de estilo.

     Francisca Arias Rodríguez del Valle, natural de Oruro, de cincuenta años, «consta que mascaba la coca para atraer a los hombres a lo que ella quería y rezaba por las ánimas del purgatorio o condenadas, haciendo que le pintasen dos, una de hombre y otra de mujer, y les encendía velas y les rezaba tres paternoster y tres avemarías, por un hilo que llaman de malte, que tenía por cuenta trece nudos, y conjuraba las ánimas diciendo: «yo os conjuro por el día en que nacisteis, por el baptismo que recibisteis, por la primera misa que oísteis, que me traigáis a fulano».

     Sabina Junco, cuarterona de mulata, limeña de veinte años, por hechicera, fue reclusa por dos años; María de Soria, mestiza, de Huancavélica, por doble matrimonio; María Gómez, por testigo falso en una información de soltería; Petrona Arias, natural de Andahuaylas, casada, por hechicera.

     Fray Antonio de San Germán, napolitano, lego de San Francisco, procesado por embustero, que fingiendo virtud y revelaciones y comunicación con su ángel de guarda, predecía el porvenir, con lo cual adquiría dineros que gastaba algunas veces en usos torpes y deshonestos.

     Antonio Novoa de las Marinas, clérigo, limeño, de cincuenta y ocho años, porque acostumbraba decir dos misas en un mismo día; Francisca de Herrera, alias la Pastora, de Oruro, de cuarenta años, por supersticiosa y hechicera; Francisca de Urriola, mulata esclava, guatemalteca, por lo mismo; Miguel Urgiles, mozo soltero, de Riobamba, porque tocando la guitarra hacía bailar un huevo y que se levantase del suelo hasta la altura de su cabeza; Josefa de Llanos, mestiza, de Cajamarca, por supersticiones; Magdalena de Ucles, mulata esclava, de Quito, por haber proferido ciertas palabras de desesperación.

     Inés Dávila Falcón, vecina de Lima, por casarse tres veces; Agustín Poblete, natural de Potosí, sacerdote, expulso de Santo Domingo, denunciado de que tenía la costumbre de mascar coca y tomar la yerba que llaman del Paraguay hasta muy tarde de la noche; fue desterrado a Chile por ocho años.

     Francisco Durán Martel, diácono, natural de Huanuco, por haber celebrado misa; Juan Manuel de los Ríos, que por medio de sortilegios prometía a los hombres los favores de sus amigas; y Susana, negra de casta del Congo, que se casó primero en Chile y después en Lima.

     Durante este tiempo no se había ofrecido más reo de importancia que Antonio de Campos, que había sido preso por sostener ciertas proposiciones heréticas y que por mantenerse pertinaz en ellas había sido condenado a relajar. Tropezaban, sin embargo, para ello los inquisidores con que no era posible por un solo penitente entrar en los considerables gastos que demandaba un auto público, por lo cual consultaban al Consejo en 1671 que deberían hacer en semejante caso. Por fortuna para Campos, poco tiempo después de elevada esta consulta, se descubrió que su verdadero nombre era el de fray Teodoro de Ribera, agustino, y por una información hecha en Huancavélica, que «le había hecho mal una mujer, privándole de su juicio en la comida que le daba»; de lo cual el infeliz llego al fin a persuadirse a tal extremo que en la cárcel no había forma de reducirle a que probase alimento alguno. Con tales antecedentes fue recogido por su prelado y puesto a buen recaudo en la cárcel del convento; mereció escaparse de allí a poco tiempo, concluyendo por dar tales demostraciones de decadencia en su razón que los jueces resolvieron entregarlo nuevamente a su provincial, suspendiendo su causa y mandando que se le tratase como a loco.

     1675-1681. -Leonardo de Vargas, limeño, de dieciocho años; Alonso Ramírez de la Parra, Antonia de Neira, Josefa Rodríguez de Villaverde, Petrona Méndez, Juan Blanco de Bustamante, José Ramón de Ojeda, Felipe de Montenegro, Roque del Águila, Francisco de Rojas Pacheco y Francisco de Torres Chacón, por casarse dos veces.

     Domingo de Baena, español, herrado en el rostro, y Manuel de Coyto, portugués, por blasfemos.

     Fray Juan Pichardo, lego de Santo Domingo, y fray Diego de Santa María, por celebrantes.

     Bernarda Cervantes, española, de Ibarra, y Juana María de Herrera, por sortílegas.

     Pedro de Espíndola Marmolejo, por adivino y curandero; María Magdalena de Aliaga, por deshonestidades y consultora de hechiceros; Leonardo Alvárez de Valdés, por habérsele hallado una cédula en que ofrecía su alma al diablo, y fray Francisco de Rojas, de la Recolección franciscana, madrileño, de treinta y cuatro años, por solicitante.

     Al fin encontraron los inquisidores material bastante para un auto de fe, que tuvo lugar en la iglesia de Santo Domingo el 16 de marzo de 1693, con las personas siguientes:

     María de Castro Barreto, zamba, guayaquileña, de treinta y seis años, cocinera y vendedora de nieve, que se daba a las supersticiones derivadas del uso de la coca. Por los males inmundos de que adolecía se escapó del tormento a que fue votada, pero no de los doscientos azotes que se le aplicaron por las calles, a voz de pregonero.

     Matías de Aybar Morales, de treinta años, domador de mulas, por haber contraído cuatro veces matrimonio; Pedro Martín de Alarcón, Benito de Campos y Josefa Rosa, alias Chepa Manteca, por causa semejante.

     Antonio Fernández Velarde, que fue remitido de Chile (*).

     Melchor de Aránibar, de sólo diecinueve años de edad, que se decía haber celebrado pacto con el diablo en el Cuzco y que llevado al Tribunal ofreció a los jueces que les haría algunas pruebas de mano, lo que verificó con gran espanto de aquellos, por lo cual le mandaron aplicar cien azotes.

     Francisco de Benavides, por sortílego, Juan Alejo Romero, mestizo, Lorenzo de Valderrama y doña Inés de Peñailillo, por lo mismo.

     Juan Francisco de la Rosa, mulato, por blasfemias hereticales, y Petronila de Guevara, que ya había salido en auto público anteriormente y que fue de nuevo castigada por hechicera, sortílega, supersticiosa y embustera.

     Ángela de Olivitos y Esquivel, llamada también la hermana Ángela de Cristo, soltera, de veintiséis años, limeña, cuarterona de mestiza, costurera, que vivía en casa de cierto hombre casado con quien entró al fin en malas relaciones y en cuya casa había sido recogida por el crédito que tenía de virtuosa y sierva de Dios. Quejábase de «las esterilidades» que padecía, refería los éxtasis que experimentaba, y contaba que la asistían dos ángeles de guardia, que tenía el completo uso de su razón desde la edad de seis años, y que en ese entonces la despertó uno de sus ángeles diciéndole que se levantase del lecho en que se hallaba para adorar a Dios, pasando desde ese día en vela dos horas de la noche; y que sufriendo, desde los siete, estímulos de los sentidos, se le había aparecido Santo Tomás y le había hecho una cruz, con la cual había quedado desde entonces libre de tentaciones. Por todo esto, abjuró de levi, fue advertida, reprendida, conminada y desengañada y condenada a reclusión por cinco años en un lugar señalado por el Tribunal.

     Pero existía por esos días en las cárceles del Santo Oficio una mujer cuya prisión duraba ya seis años, famosa en los anales del Tribunal que historiamos. Era esta Ángela Carranza, soltera, natural de Córdoba del Tucumán, y en esa fecha mayor de cincuenta, que desde que había pasado a Lima por los de 1665 dio en frecuentar los templos y santos sacramentos, logrando por este medio captarse al cabo de poco tiempo la reputación de santa y especialmente favorecida de Dios.

     Mas, dejemos al inquisidor Varela que refiera los pormenores de este interesante proceso. «Para ahogar el enemigo la mies católica, pretendiendo llenar las trojes del infierno, expresa aquel magistrado, habíase valido, como suele, y acostumbrado otras veces el demonio, del medio de una mujer de estas que llaman beatas, y lo era del hábito del glorioso patriarca San Agustín; su nombre era Ángela de Carranza, a quien por antonomasia de veneración llamaban la madre Ángela, y ella se apellidaba vanamente Ángela de Dios.

     »Teníase por un paraíso de perfeciones, la que sólo era sentina de errores. Era en la engañada aprehensión de los mortales, la santa de este siglo, la maravilla de este orbe, la maestra de la mística, la abogada del pueblo; milagros, éxtasis, raptos, inteligencias y revelaciones, se suponían tan frecuentes, que el cielo se juzgaba compendiado en aquella mujer. Era últimamente el correo de la gloria y por un nuevo género de sagrada estafeta, llevaba y traía del cielo no sólo respuestas y despachos divinos, sino varias alhajas, a cuya bendición viniesen vinculados auxilios y felicidades. Comenzó para acreditar el tráfico, por cuentas, rosarios y campanillas, como cosas que por lo sagrado del uso no repugnaban lo milagroso del favor, y acabó en piedras y cencerros; llevábanse a su casa los rosarios y cuentas, no uno a uno, sino por cofres y cajones, que pasaron también a esos reinos, y aun llegaron a Roma con su fama; espadas, dagas y otras preseas de esta calidad eran ya a un tiempo trastes y reliquias, uniendo la incompatibilidad de lo religioso de la veneración con lo profano del servicio; sino es el altar y la canonización, no le faltaba otra cosa en la acepción común del reino. Guardábanse ya los fragmentos de lo que por su contacto o participación, esperaban en breve ver reliquias. Sus vestidos, muelas, uñas y cabellos, no eran más decentes que las vendas y paños teñidos en su sangre; lo que más horrible fue era lo que ocultaba al pueblo y solo manifestado a sus confesores, tenía en mayor su santidad y en notable expectación al mundo.

     »Esto es, sus copiosos escritos en materias teológicas; en quince años, escribió quince libros, compuestos de quinientos y cuarenta y tres cuadernos, con más de siete mil y quinientas fojas, cuyo asunto principal, decía, se encaminaba a que por sus escritos había de declarar la Santa Sede Apostólica por de fe, el misterio de la Concepción purísima de Nuestra Señora, y que para este fin la había Dios elegido singularmente, constituyéndola maestra y doctora de los doctores. Tuvo engañado al género humano en este reino, sin reservarse Virreyes, Arzobispos, Obispos y Prelados: hacía felices solo el comunicarla. Últimamente, reconocido este monstruo, quitada la máscara a esta esfinge diabólica, se halló todo el prodigio de sus maravillas, portento de embustes, ficciones y vanidades ridículas, irrisorias, contradictorias y disparatadas, por la mayor parte en las revelaciones. Sus escritos, un seminario de herejías, errores, malsonancias, temeridades, escándalo de proposiciones cismáticas, impías, blasfemias peligrosas, arrogantes, presumptuosas, disparatadas, relajativas de las costumbres, injuriosas y denigrativas de los próximos en todos estados, expresando sus nombres, sin exceptuar pontífices, reyes, virreyes, Tribunal del Santo Oficio, reales audiencias, arzobispos, obispos, cabildos, eclesiásticos, sagradas religiones, monasterios de monjas, como también de otras personas determinadas con negras notas de graves injurias, infamándolos no una sino muchas veces, refiriendo que Dios se lo revelaba. Su vida desahogada, inmodesta, regalada, sin penitencia ni mortificación alguna, vana y arrogante, impaciente, iracunda, soberbia y codiciosa en extremo, y al fin relajada y correspondiente en todo a sus engaños, corrido el velo de su hipocresía»

     Fallada la causa de la Carranza, resolvieron los inquisidores celebrar un auto público en la iglesia de Santo Domingo, el 20 de diciembre de 1694, para cuyo efecto se hizo la publicación acostumbrada el día quince de ese mes. Pero, «sin duda el demonio por estorbar este glorioso triunfo de la fe, hizo que como a las dos de la mañana de ese día, sin saberse quién ni qué personas, con poco temor de Dios y de sus almas, pusiesen fuego a una pieza fuerte que servía de custodia a los depósitos de plata que existían en el Tribunal, contiguo a las cárceles secretas, sala del Tribunal y archivos», a cuyo efecto los supuestos ladrones, escalando la pared más alta y provistos de los aparejos necesarios, habían producido el incendio. Mas, tan pronto como se notó lo que ocurría, Valera y sus criados trataron de apagar el fuego, y no lográndolo, despertaron a toda la gente del barrio y empezaron a tocar a rebato en una iglesia vecina, a cuyo llamado acudieron los jesuitas y frailes de Santo Domingo, con botijas de agua y hachas de rajar leña, y la guardia de los alabarderos con el hijo del Virrey a su cabeza. Extinguido el incendio, sin pérdida alguna de dinero y sin más destrozo que el de la habitación en que este se guardaba, y el de las tapas de algunos libros, luego se fijaron edictos declarando el caso como uno de los reservados y conminando a los sabedores con las penas ordinarias de excomunión si no se presentasen en un término dado a denunciar a los autores de la intentona que en tanto riesgo había puesto a las casas del Tribunal.

     Llegó en esto el día fijado para el auto, en que la Carranza fue condenada a abjurar de levi y a cinco años de recogimiento, con prohibición absoluta de tratar, escribir ni hablar con persona alguna acerca de revelaciones. «La moción del pueblo, durante él, concluye Varela, fue la mayor que hasta hoy se ha visto, absorto de ver penitenciada la que esperaba antes dar adorada a la posteridad; gozoso verse libre del veneno y de las ilusiones, sagradamente irritado con la enormidad de las iniquidades; y últimamente, escarmentado con el ejemplo para evitar en muchos la caída, y en los demás la facilidad en el engaño, cediendo todo en mayor veneración del Santo Tribunal, gloria de Dios nuestro Señor y de Vuestra Alteza, por haberse descubierto y deshecho al cabo de seis años este monstruo en el tiempo de su felicísimo gobierno, y a la sombra de la suprema presidencia y dirección del excelentísimo señor inquisidor General».

     Además de la Carranza, salieron en el auto Juan García Muñoz y Juan de Silvela y Mendoza, polígamos, y José de Rivera, testigo falso.

     De las causas de Benito de la Peña y Antonio Cataño daremos relación en la parte de esta obra referente a Chile (*).

     Tan pronto como se feneció el proceso de la Carranza, se fijaron edictos impresos para que se entregasen en el Tribunal, dentro de los nueve días siguientes a la publicación las cuentas, rosarios, medallas, campanillas, cencerros, espadas, pañuelos, las vendas mojadas con su sangre; retazos de sus enaguas, retratos, uñas, cabellos, firmas y papeles, debiendo además, denunciarse a los que guardasen tales objetos y a los que sostuviesen que sus escritos no eran dignos de censura, «sin que puedan tenerlos, expresaba aquel documento, leer los originales, ni copiados ni traducidos en cualquier lengua que sean, ni venderlos, ni imprimirlos, ni rasgarlos, ni quemarlos, ni referir de memoria lo en ellos contenido, debajo de excomunión mayor, pena de quinientos pesos y otras a nuestro arbitrio, porque así conviene al servicio de Dios nuestro Señor y a la mayor exaltación de su fe, y lo contrario haciendo, procederemos contra los inobedientes y rebeldes como contra personas que sienten mal de las cosas de nuestra santa fe católica, apostólica y romana».

     Esta medida surtió pronto sus efectos, exhibiéndose sólo en Lima «tanta multitud de rosarios y cuentas, que pasan de millones, y de tal suerte, que en diez pontificados no ha distribuido la Sede Apostólica más cuentas y rosarios que los que distribuyó esta mujer en los catorce años que tuvo engañada a esta ciudad con su hipocresía». En cuanto a las espadas, velas, ropa usada, retratos suyos en bronce y lienzo, con insignias particulares de santidad, se hizo igualmente una cosecha tan abundante, que se llenó con esos objetos una sala bien espaciosa del Secreto.

     En cuanto a los confesores de la rea, que lo habían sido el doctor Ignacio Ixar, cura de San Marcelo, y los agustinos fray José de Prado y fray Agustín Román, fueron presos en cárceles secretas y procesados en forma.

     Entre las revelaciones que la beata Ángela decía haber tenido, era una la de que el indio Nicolás de Aillon, o Nicolás de Dios, había subido al cielo luego de su muerte, acompañado de Jesucristo y de muchas almas que había sacado del purgatorio, y que gozaba de la misma gloria que el rey David. Fue Aillon un sastre, natural de Chiclayo, casado con una mestiza nombrada Jacinta de Montoya, que se titulaba la madre de María Jacinta de la Santísima Trinidad, y que había fallecido en Lima, con crédito de siervo de Dios el 7 de noviembre de 1677. Poco después, su mujer, acompañada de varias doncellas, formaba un recogimiento, al mismo tiempo que gestionaba activamente ante la curia arzobispal para acreditar la santidad de su marido, de que daba buen testimonio la incorruptibilidad de su cuerpo, «que despedía olor», hecho de que luego se llevó denuncia al Santo Oficio, el cual por entonces se limitó a recibir algunas declaraciones, y entre otras, la de la misma Jacinta de la Santísima Trinidad.

     Las cosas habrían quedado probablemente en este estado si el jesuita Bernardo Sartolo, catedrático de Artes en el Colegio de Santiago de la misma Compañía, no hubiese dado a la estampa una obra sobre la vida de Aillón, que se publicó en Madrid en 1684 y que tan pronto como se recibió en Lima, causo gran novedad. Aceptaba, en efecto, su autor como verdadera la revelación de la Carranza respecto de su héroe y elogiaba sin tasa al agustino fray Pedro de Ávila Tamayo, confesor de aquél, que había sido castigado por el Santo Oficio como solicitante con escándalo; amén de otros detalles conocidamente falsos y perjudiciales a las sanas creencias, por lo cual hubo de fijarse edictos prohibiendo el libro y mandando que los que lo tuviesen lo entregasen en la Inquisición, bajo las penas ordinarias.

     Es verdad que para esto debió influir el que con ocasión de las mujeres que el Tribunal había procesado por hechos supersticiosos y embusteros, desde antemano y en virtud de órdenes superiores, debía hallarse muy prevenido sobre los divulgadores de semejantes credulidades y fantasías; siendo muy digno de notarse que estas advertencias se hicieran a los ministros precisamente con motivo de una obra sobre la vida de Santa Rosa. «El libro manuscrito de la hermana Rosa y calificación que a él han dado, que todo vino con carta de 4 de mayo del año pasado de 1622, decían, en efecto, en el Consejo, se queda mirando y a su tiempo se ordenará sobre lo que debáis hacer, y entre tanto, considerando con el ilustrísimo señor inquisidor General esto y lo demás que contiene vuestra carta acerca de las que se hacen santas con fingidas arrobaciones, que decís llaman comúnmente aturdidas, ha parecido que vais continuando las causas que han sobrevenido y adelante resultaren, con mucho recato, recibiendo las testificaciones y haciéndolas calificar, añadiendo a los edictos de fe lo que viéredes que conviene advertir al pueblo acerca de la materia, y haciendo lo demás que pareciere conveniente para reprimir estas novedades, de que iréis dando cuenta y de lo que resultare de las dichas diligencias». Y lo que es más singular todavía, que «por haberse intentado sacar los papeles que hay en el secresto contra ella», con ocasión de las letras apostólicas sobre la canonización de la monja dominicana, se les mandó, en 8 de mayo de 1671, que respondiesen que no había en el Tribunal papel alguno relativo a ella.

     No limitaron su censura por este tiempo los inquisidores a libros e impresos, pues, con ocasión de haberse ofrecido en el convento de San Agustín la celebración de unas conclusiones públicas que fueron dedicadas al Virrey por su autor el maestro fray José García Jiménez, habiendo este solicitado la aprobación del Tribunal para darlas a la estampa, no sólo no se le otorgó, sino que se le mandó entregar el manuscrito, por cuanto siendo verdad que algunos temas podían defenderse en la Universidad, monasterios de monjas y colegios de la ciudad, era raro el caso en que no se diesen a entender a todos en romance, «porque como son tantos los caballeros laicos que se convidan a su asistencia, por no tenerlos toda una tarde mortificados sin entender lo que oyen, acostumbran los maestros que presiden o replican, decir el punto que se controvierte en estilo e idioma castellano, fácil e inteligible a todos».

     Otro tanto le ocurrió al doctor José Carrillo de Cárdenas, presbítero, que trató de celebrar unas conclusiones públicas en la Universidad para que las defendiese uno de los colegiales jesuitas; mas, divulgado el día en que debía tener lugar el acto, causó tanta novedad en muchos hombres de letras y escándalo en todos los laicos que se convidaron para la fiesta, «dividiéndose en pareceres los doctos, y los no tales, abominando la novedad», entre los cuales no fue de los últimos el mismo Virrey, según lo asegura uno de los inquisidores, que al fin la fiesta no tuvo lugar.

 

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