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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XXI

Capítulo XXI

Relaciones de los Virreyes con los Inquisidores. -Miembros del Tribunal. -Retardos que sufren las causas. -Diferencias entre los Inquisidores. -Causas de poligamia. -Otros procesos. -Reos despachados en la Sala del Tribunal. -Causas de hechiceras. -Pedro Gutiérrez encausado por judaizante. -José de la Cruz intenta fundar nueva secta. -Otros procesos. -Reos penitenciados desde 1707 hasta 1713. -Causa del jesuita Martín Morante. -Id. de José de Buendía. -Procesos seguidos a otros religiosos. -Id. contra brujos o hechiceras. -Reos despachados desde 1713 hasta 1721.


     El virrey, Duque de la Palata, que llevara su desdén por el Santo Oficio hasta negar a sus ministros la visita que era de estilo, tuvo por sucesor al Conde de la Monclova, tan afecto, por el contrario, a las cosas de la Inquisición, que no contento con ir en persona a cumplir con aquella ceremonia, se hizo acompañar para ella de toda su familia, gastando largo tiempo en examinar las oficinas y salas que podían verse; deprimió en algunas ocasiones la autoridad de la Audiencia en obsequio del Tribunal y aún logró que mediante sus empeños, se leyesen en la Catedral los edictos de la fe, siendo que por las diferencias ocurridas con el Cabildo Eclesiástico, hacía cuarenta años a que no se cumplía con semejante formalidad.

     Veíase así, como bien lo reconocían los Inquisidores, que cuando contaban con el apoyo de los Virreyes, que por la suma de poder que investían dentro de los límites de los territorios colocados bajo su dirección, en nada inferior al del mismo soberano, luego cobraban vuelo; y que por la inversa, cuando la voluntad de aquellos les era desfavorable, estaban obligados a guardar más miramientos a todo el mundo y proceder en su oficio con más cautela. Por esto, decía Varela, y con razón, «cuánto crece y ha crecido en estos reinos la veneración a este Tribunal, por providencia divina, para exaltación de nuestra santa fe, tanto ha crecido la envidia de los otros, y el escudo de todas nuestras defensas le hemos labrado de los auxilios de los Virreyes».

     Por el mes de abril de 1701, falleció en el pueblo de Sinsicapa, del obispado de Trujillo, José de Burrelo, que venía como inquisidor, y en agosto del año siguiente, Varela, que hacía de más antiguo; quedando solos en el despacho Gómez Suárez de Figueroa, y como fiscal, Francisco de Ponte y Andrade, hallándose ambos en el más deplorable estado de salud. Suárez, desde 1697, en que había llegado de Cartagena, donde, como hemos dicho, había permanecido siete años a cargo de aquella Inquisición, además de su avanzada edad, solía sentirse tan apretado del asma, que en dos ocasiones estuvo sacramentado, sin encontrar más remedio a su enfermedad que abandonar la ciudad y salir a buscar en sus inmediaciones clima más favorable. La situación del fiscal era todavía peor. Desde que llegara a Lima le había postrado la gota de tal suerte que en noviembre de 1704 se contaban veintidós meses a que no salía a la calle y catorce a que no bajaba de sus habitaciones al Tribunal.

     Con esta situación de los ministros, el despacho de las causas no solo sufría retardos, sino que a veces se paralizaba por completo, y aunque las de fe no eran por entonces de consideración, con motivo de un breve de Alejandro VII y un auto del Consejo de 26 de diciembre de 1666, que radicaban el conocimiento, tanto de las fiscales como de las de patronatos de censos en la Inquisición, los negocios civiles sobrepujaban ya a los del mismo orden que se tramitaban en la Audiencia, siendo el valor de los censos en la ciudad y cinco leguas en contorno de cerca de millón y medio de pesos. Por estas circunstancias, manifestaba Suárez de Figueroa al Consejo que se requerían en lo de adelante ministros versados, de proporcionada edad, salud y fuerzas, que pudiesen aplicarse con eficacia al despacho de tantos asuntos.

     La resolución que esta advertencia mereció no fue, sin embargo, de las más acertadas, ascendiéndose a inquisidor a Ponte Andrade, y nombrándose en su lugar a Gaspar Ibáñez de Segovia, que había pasado al curato del Callao, después de servir él de Chilca, «donde me retiró, contaba, el deseo de abandonar el arduo camino de escuelas y cátedras, que seguí por espacio de veinte años, vistiendo la beca de colegial mayor de San Felipe el Real de Lima, donde fui dos veces su rector, y desde donde obtuve la cátedra de Digesto viejo en esta Real Universidad, que regente por tiempo de más de diez años y dejé por lograr el estado sacerdotal que ansiosamente deseaba, en más quietud que permite la turbulenta fatiga de la palestra literaria».

     Junto con estos nombramientos entró la cizaña en el seno del Tribunal. Los títulos de los nombrados eran de igual fecha, pero Ibáñez recibió el suyo de manos de un pasajero y no por la vía ordinaria de los galeones, siendo admitido en el acto a jurar su cargo. Junto con esto, mandó Suárez de Figueroa que se quitase a Ponte Andrade su asiento en la sala y en la capilla, y que el receptor no le pagase su sueldo. Llegó al fin el título a Ponte, y como estaba tullido, hizo que como antes solía acostumbrarlo, le bajasen en una silla sus criados y que le colocasen al lado derecho del asiento que ocupaba Suárez, antes de que alguien llegase a los estrados para presenciar el espectáculo del mísero estado en que se hallaba, Suárez, que aquel día tenía anunciado que no asistiría a la audiencia, fue llamado en persona por Ibáñez, y entrando al parecer muy colérico en la sala, comenzó por decir que Ponte «se bajaba al Tribunal sin más ni más».

     Estos procedimientos de Suárez no tenían, sin embargo, más objeto que obtener para su amigo Ibáñez la antigüedad del título, que, además de las prerrogativas inherentes al cargo, le permitiría gozar de un aumento de mil cuatrocientos pesos de sueldo, de capellanías, limosnas, dotes de doncellas y de monjas, etc.

     Y una vez que Ponte Andrade se persuadió de los procedimientos de que era objeto, no tuvo ya interés alguno en callar al Consejo la conducta de sus compañeros, y así le refería: «Para que Vuestra Excelencia sepa qué letrados son los dos, digo el caso siguiente. El día 26 de agosto bajé al Tribunal, y sabiendo que estaba pendiente la causa de Alejandro de Vargas, pedí el proceso para tenerlo visto para el tiempo de la sentencia; hallé que don Gaspar Ibáñez había recibido las denunciaciones como inquisidor, por ausencia de don Gómez, y luego después pidió clamosa e hizo oficio de fiscal en la misma causa, y habiéndole dicho yo como había hecho aquello, pues habiendo hecho oficio de juez, no podía hacerlo de fiscal, me respondió que don Gómez le había dicho que no importaba. Si esto hallé en el primer proceso, ¡cómo estarán los demás! El lugar está desesperado y los ministros del oficio de secuestros, porque no hay despacho de lo civil».

     Las causas de fe, hemos referido ya, no asumían por este tiempo la gravedad de ocasiones anteriores, siendo las más importantes las de poligamia y superstición: «las de aquesta calidad son muchas, expresaba Suárez de Figueroa, y aunque por lo inconexo y singularidad de las testificaciones, no se hace aprecio de algunas para seguir hasta definitiva, todas son prolijas, multiplican las tareas y dan bastante que hacer a los ministros del secreto».

     Estas últimas que apuntaba el Inquisidor, habían cundido especialmente en el distrito de Quito, de donde el Obispo escribía que después de tener origen en los indios, habían pasado a contagiar a los españoles por el comercio y comunicación que tenían con ellos; para cuyo remedio proponía que la jurisdicción del comisario de la capital se extendiese hasta proceder al castigo de los delincuentes, que siendo en la mayor parte pobres, no había medios con que costear su remisión hasta Lima.

     He aquí ahora la relación de los procesos de que el Tribunal había conocido.

     En 18 de enero de 1696 fueron penitenciados Bernardo Galbán, Santiago Pérez, Melchor Gallardo, Juan García Vélez, Domingo López y Manuel de Berrocal, por polígamos; José Ramírez y Andrés de Bracamonte por testigos falsos; Juan Salvador y Juan Pradier, por blasfemias hereticales.

     Petrona de Saavedra, mulata, natural de Huancavélica, vendedora de leña, de más de cuarenta años, que invocaba al «ilustrísimo Luzbel, príncipe de las tinieblas», pidiéndole que le sacase de sus empeños con muchas palabras deshonestas, llamando juntamente a Santa Marta, Santa María Magdalena y Santiago, y encargando a las mujeres que la iban a consultar que rezasen durante el acto, treinta y tres padrenuestros y otras tantas avemarías. A otras aconsejaba que en lugar de caricias y halagos, se pasasen la mano... y después por el rostro y que así los hombres las querrían.

     Puesta en el tormento, «a la primera vuelta dio muchos gritos, pidiendo misericordia y confesó en parte lo que de ella se pretendía, y estando pendiente del cincho y cargada la primera vuelta, dando grandes gritos, instantaneamente, ni hizo más movimiento que bajar la cabeza y doblar el cuerpo, de calidad que porque no se ahogase, mandó el Inquisidor y Ordinario al verdugo que le levantasen la cabeza y la quitasen, reconviniendo la poca destreza del verdugo y el manifiesto riesgo de que se ahogase, y habiéndolo hecho así el verdugo, estuvo por gran rato suspensa; y como reparada de un grande desmayo, volvió en sí y se suspendió el dicho tormento, con protesta que se le hizo de proseguirle cada y cuando convenga, y no quedó con lesión alguna».

     En su sentencia, se le mandaron dar doscientos azotes.

     Despachados en la sala del Tribunal fueron:

     Diego Ruiz Quiñones, por blasfemias hereticales; fray Pedro Dávila Tamayo, de setenta y dos años, religioso de San Agustín, acusado por veinticinco de sus confesadas de haberlas solicitado en el confesonario; fray Pedro de Peñalosa, también agustino y procesado por lo mismo, limeño, de cuarenta años, que llegaba a grandes indecencias; Antonio de Castro Osorio, y Ventura Collao, clérigos, por celebrar en un mismo día muchas misas y sin estar en ayunas; Magdalena Jurado del Campo, y José Quintero, de Chile, por polígamos; Jorge Castrioto, irlandés, que habiendo sido abandonado en Juan Fernández, fue después llevado a Lima, donde, acusado de hereje nacional, fue admitido a reconciliación en 1.º de junio de 1695.

     Juan Jacinto de Vargas, español, de oficio fundidor, natural de Lima, que habiéndose denunciado de doble matrimonio, fue condenado a abjurar de levi y a que por espacio de dos meses asistiese a visitar enfermos a los hospitales y a rezar el rosario los sábados a la iglesia de Santo Domingo.

     Pablo Maldonado, mestizo, de oficio zapatero y sillero, que preso en cárceles secretas con embargo de bienes, confesó haber dado de puñaladas a su mujer para casarse con otra; siendo condenado a que saliese en auto público de fe, en la capilla de San Pedro Mártir, con insignias de polígamo, le fuese leída su sentencia con méritos, abjurase de levi, se le diesen azotes por las calles y saliese desterrado a Valdivia por cuatro años.

     Antonio de Cifuentes Guerrero, negro, de oficio pregonero, residente en Potosí y natural de Ica, por igual delito fue condenado en penas idénticas y a dos años de servicio en la Casa de Moneda.

     Blas Fernández, mestizo, natural de Jaén de Bracamoros, de sesenta años, labrador; Ana María de la Rosa, vendedora de frutas, natural de Lambayeque, de dieciocho años; Juan de la Cruz y Serna, natural de Huanuco, de diecinueve años, platero; Francisco de Luna Castro, negro; Juan Antonio de Tejada, mercachifle, natural de Rioja en España, de veintidós años, residente en Trujillo; Nicolás de Valladares, mestizo, platero, natural de esta última ciudad; Diego Díaz Moreira, alias Batalla, español, labrador, domiciliado en Corrientes, de cuarenta años; Marcela, alias Francisca de Salinas, natural de La Paz; Juana de Casasola, mestiza; José de Alegría, soldado de Chile; Francisco de Aspur, alias José Cortes, cuarteron de mulato, carpintero, vecino del Callao; Marcelo de Chavez, alias Gregorio Robles, sombrerero, establecido en Loja; Diego Fernández Rodríguez, natural de Sevilla, sin oficio, residente en Lima; Francisco de Echazábal, alias don Antonio Idiáquez, guipuzcoano, mercader viandante, denunciado en La Paz; Juan Alonso Baldecoa, arriero de Huamanga; Andrés Guajardo, de Chile; Juan Manuel Barranco, de oficio mercader, natural de Sevilla; Jacinto Ascensio de la Cruz, zapatero, residente en jauja; Marcos de Muga, barbero y cirujano, oriundo de Segovia; Sebastián Durán de la Calle, bordador, vecino de Cuenca; don Juan Giliberto, alias don Juan de Padilla Castillo Alarcón y Córdova, sin oficio, natural de Antequera: todos condenados por polígamos.

     Antonio de Llanos, por prestar falso juramento en una información de soltería, fue votado a ser reprendido en audiencia a puerta cerrada, relevándosele de otras penas en atención a la larga prisión que había sufrido en la cárcel real.

     Feliciano Canales, mulato libre, sastre, natural de Lima, de veinticuatro años, se denunció el 13 de mayo de 1700 de que usaba de sortilegios amatorios y en ellos de diversos signos, como muñecos de cera, cabellos y huesos de difuntos, polvos verdes y otras cosas para atraer las voluntades de algunas mujeres. Era especialmente buscado por éstas para que le proporcionase medios de conquistarse a los hombres, para cuyo fin les propinaba baños de flores y yerbas silvestres, cocidas con huesos humanos extraídos de las sepulturas, y las llevaba en ocasiones a una huaca a que mascasen coca y maíz, que debían ofrecer a las almas de los difuntos muertos sin bautismo, a las cuales invocaban encendiendo una vela y pidiéndoles señas para la certidumbre del efecto. En atención a la debilidad en que se hallaba el reo cuando se fallaba su causa fue excusado de los azotes y desterrado a Concepción por dos años.

     Nicolás Ban, alias Constantino, vecino de Conchucos, griego, casado dos veces, que durante el curso de la causa que por esto se le seguía, confesó haber practicado la religión de su país, siendo por ello condenado a salir en auto público de fe con insignias de polígamo, que abjurase de formal y los errores confesados, admitido a reconciliación, y que fuese colocado por dos años en un convento, donde rezase y oyese misa, con atención a tener protestado querer perseverar y morir en la fe que confesaba y enseñaba la Santa Iglesia Romana».

     Margarita Gallardo, de veinte años, natural de Lima, acusada de solicitar maestros de sortilegios, hablando con la yerba coca y conjurándola, nombrando a Macarandón y rezando treinta y tres credos por el alma condenada. Otras veces, con maíz blanco y cocimiento de flores refregaba el cuerpo de las mujeres que iban a solicitarla para algún efecto amatorio. Parecieron cómplices suyos nueve mujeres y un hombre menor de edad; confesó que era casada pero que no hacía vida con su marido, y que en un principio, siendo muchacha, creía firmemente en todo lo que hacía para sus conjuros y adivinaciones, y que después se había desengañado de que todo era mentira, negando haber tenido pacto con el demonio. Fue condenada en 9 de julio de 1702 a salir en auto de fe, con coroza e insignias de sortílega, donde se le leyese su sentencia con méritos, abjurarse de levi y saliese a la vergüenza, desnuda de medio cuerpo arriba, por las calles públicas, lo que después le fue remitido «por fuertes motivos».

     Francisca Trujillo, mulata esclava, cocinera, soltera, de sesenta años, convencida de algunos actos semejantes y de que persuadía a las gentes a que se quitasen los rosarios del cuello y que no invocasen a la Virgen María, y de que echaba el zumo de la coca en un plato, donde veía como en un espejo un indio, un tonto y un difunto, «todo a fin de que las mujeres que se valían de ella retuviesen la ilícita amistad de sus amigos y consiguiesen fortuna con los hombres». La rea negó estos hechos, por lo cual fue puesta en el potro, ligada y desnuda, y persistiendo en su negativa y pidiendo se tuviese lástima de ella, se mandó cesar en la diligencia; saliendo al fin condenada en las mismas penas de la anterior; cuya sentencia se ejecutó el 27 de junio de 1702.

     Teresa de Llanos González, cuarterona de mulata, natural de Lima, de veintisiete años, que pretendía con sus sortilegios que los galanes dejasen su dinero, siendo por ello denunciada por los calificadores de pacto implícito con el demonio, sospechosa leviter in fide y graviter en cuanto a haberse hecho maestra, y de que era heretical el consejo que dio a una de sus cómplices de que no se confesase de los sortilegios. Enfermo de tal manera en la prisión que en las audiencias sólo podía mantenerse en pie apoyándose en una mesa, habiendo confesado durante ellas varios hechos supersticiosos practicados con «piedra imán, polvos y yerba de la perlilla, que decía ser buena para que los hombres quisiesen y no maltratasen a sus amigas, y que había usado traer en una bolsita una mano de cuy y la ala de cierto pajarillo para que sus amantes le diesen plata».

     Juana Apolonia, zamba, esclava, vendedora de berzas, vecina de Lima y natural de Arequipa, de cincuenta años, fue denunciada de jactarse de tener pacto con el diablo y ser maestra de remedios amatorios, aconsejando a sus clientes que saliesen al campo con ella, «donde habían de ver y besar la parte posterior al dicho su patrón», y que asimismo usaba de un pajarillo muerto, que llamaban patilla, y de varios ungüentos para los dichos efectos amatorios, diciendo traía a los amigos a la ilícita amistad de las mujeres por medio de la Virgen María y de los santos, «como también pretendiendo ser tenida por adivina, inquiriendo los secretos que pasaban entre las dichas mujeres».

     María de Carrión, zamba, esclava, de oficio lavandera, vecina de Realejo en México, de más de cuarenta años, fue testificada de que daba remedios amatorios a las mujeres que de ella se valían para conseguir la buena amistad de los hombres, usando de varios compuestos de yerbas olorosas, «plateándoles después (sic) las palmas de las manos y plantas de los pies y mojándolos con ungüentos de flores y zahumándolos con olores, los santiguaba, haciéndoles la señal de la cruz y diciéndoles 'Palla Inga' para que tuviesen fortuna con sus galanes, y para el mesmo efecto acostumbraba darles una hoja o penca de sabila plateada y encintada, diciéndoles le encendiesen una vela los miércoles y hablasen y creyesen en dicha sabila; y también daba la piedra imán aderezada para el fin mismo, y aseguraba a dichas mujeres tenía una imagen de Nuestra Señora, la cual desnudaba y dormía con ella y la hablaba, y dicha imagen con el rostro la decía lo que había de hacer». Confesó que en una ocasión, invocando al demonio, vio el bulto de dicha imagen sobre un bufete de la cocina donde asistía, estando antes aquella arrimada a la pared; y añadió que hallándose otra vez cerca del fogón, muy afligida, una noche invocó al diablo con todo su corazón, con ánimo de entregarle su alma, viendo descender entonces por la chimenea un bulto que le pareció ser un zambo esclavo de la casa, y que tratando de apartarle del fogón para que no se quemase, tocó unos cuernos y asustada cayó en tierra.

     Josefa Mudana, cuarterona de mestiza, casada, sin oficio, natural de Lima, de treinta años, que se juntaba con otros cómplices los viernes en que había luna llena, y recitando la oración de Santiago y Santa Marta, les refregaba los cuerpos con membrillos, diciendo, «venid fortuna».

     María de Almeida, casada, vecina del Callao, natural de Tacunga, que variaba las fricciones con ají, no permitiendo que sus clientes guisasen la comida con sal ni manteca; «y para los mismos efectos, aderezaba muñecos de cera clavados con alfileres, y retratos de los galanes, y de cierta agua que componía de polvos de murciélagos tostados con aguardiente y cocimientos de yerbas, la noche de San Juan; y para destruir maleficios, se valía del zumo del tabaco y otros ingredientes».

     Cecilia de Castro, zamba, del Cuzco, de treinta y seis años, maestra de sortilegios para fines amatorios, que ejecutaba unas veces mascando la coca y hablando sobre ella secretamente, haciendo movimientos con la cabeza y manos y diciendo que lo que recitaba eran los evangelios; y siempre que mascaba la coca, la encendía luz y se santiguaba con demostraciones en forma de cruz, y después echaba a arder en aguardiente el zumo de dicha coca, ejecutando varias suertes, en que acostumbraba encender dos luces, compuestas con los cabellos de los galanes de las mujeres, y a medio arder los apagaba y echaba en la olla del aguardiente haciendo que dichas mujeres por quienes se hacían los sortilegios no comiesen cebolla, y que después de dicha mascadura y hervor del aguardiente, dijesen con ella vitores al gran chivato y tocasen castañuelas, repitiendo «chasque, chasque»; amonestándolas que creyesen en lo que la veían hacer y tuviesen fe, para que se siguiesen los efectos amatorios que solicitaban.

     Doña Catalina de la Torre, alias la Palavecino, cuarterona de mestiza, casada, natural de Guayaquil, de veintisiete años, que ejecutaba sus sortilegios invocando al «ánima recta y a la palla inga y repitiendo las palabras del evangelio de San Juan et Vebum caro factum est». Se denunció a sí misma nueve veces consecutivas ante el comisario del Callao, diciendo que hacía catorce años a que practicaba su arte, con ánimo e intención de que el demonio operase en ella.

     Bárbara de Aguirre, costurera, vecina del Callao, natural de Tacunga, de cincuenta años, que confesó que sus sortilegios los ejecutaba por gracia divina, según lo que una bruja le había enseñado en Quito, aunque nunca había logrado ver al demonio.

     Laura de Valderrama Altamirano, alias Lorenza la sorda, lavandera, de sesenta años, que ya había sido penitenciada por el Santo Oficio en marzo de 1696, y a quien por su opinión de sabia la iban a buscar las mujeres al hospital donde se hallaba reclusa, declaró que los remedios amatorios sólo los daba en interés de que le pagasen sus servicios.

     Cecilia Rosalla del Rosario Montenegro, zamba, viuda, costurera, establecida en Huaura, invocaba al alma condenada, a quien pedía en señal de que sus actos le eran propicios, que cantase un gallo, y que en otras ocasiones se juntaba con otras mujeres los jueves y viernes, volando de noche en figura de patos, diciendo estas palabras: «de viga en viga, sin Dios ni Santa María, lunes y martes y miércoles tres» y estándolas profiriendo en una de dichas ocasiones, entró un chivato y rodeando a la rea y cómplices, se desaparecieron todas con él del dicho lugar. Se le acusó igualmente de que tenía un crucifijo metido dentro de una almohadilla de costura y de que lo punzaba a veces con alfileres, y de que reñía a cierta persona que vivía con ella cuando rezaba las oraciones, y de que no quería recibir plata con la señal de la cruz.

     Pedro Gutiérrez, mercachifle, residente en Trujillo, natural de Toledo, cristiano nuevo, soltero, de veintiséis años, fue testificado en Valladolid, de que él y su madre eran judíos. Preso, en consecuencia, en el lugar en que vivía y remitido a Lima, negó en absoluto los cargos que se le imputaban, hasta que después de haberse presentado contra él la acusación, declaró que poco antes de salir de Salamanca para Sevilla, su padre le había llevado al campo, siendo el niño de quince años, y le dijo que sólo podía salvarse en la ley de Moisés, que siguiera siempre su familia, enseñándole que cuando pudiese debía ayunar durante veinticuatro horas continuas. Se le hizo cargo de que los actos de devoción que le habían visto hacer, eran simulados y sólo en prevención de lo que pudiese ocurrirle, instándole para que expresase la intención con que se había hallado cuando su padre le dio la lección referida. Puesto en el tormento de la mancuerda el 25 de junio de 1703, «a la segunda vuelta, dijo ser verdad lo que decían los testigos y que él lo había hecho. A la tercera vuelta, dijo había pecado como hombre miserable y pedía misericordia, y que no había confesado antes la verdad porque era pecador y el demonio le había tentado. A la cuarta vuelta dijo ser verdad hizo unos ayunos con su padre y madre, en observancia de la ley de Moisés, por habérselo dicho su padre, y teniendo por cierto que ya dicha ley era la verdadera, y falsa la de Nuestro Señor Jesucristo, y que los había ejecutado en compañía de su padre, madre y hermana, por tiempo de dos años, viviendo en Salamanca, antes de pasar a Sevilla, y que no había hecho más, y conocía había errado como hombre en lo referido y en ocultar la verdad a este Tribunal, movido de ser hombre de bien y no verse toreado por las calles».

     Después de confiscados sus bienes, por sentencia de 29 de octubre de 1703, se le condenó a salir en auto de fe, en forma de penitente, con sambenito de dos aspas, a que abjurase de levi, fuese reconciliado en forma y encerrado en cárcel perpetua, que debía comenzar a cumplir en Lima mientras se le remitía a Sevilla. Hallándose en la prisión, en 9 de diciembre de 1704, volvió a denunciarse de que había tenido ciertas visiones en apoyo de la ley que siguiera y de la suerte que le esperaba, por lo cual hubo de iniciársele nuevo proceso, que se falló en 1705, siendo condenado a nueva abjuración y penitencias. Embarcado al fin para Panamá bajo partida de registro, tuvo, sin embargo, noticia el Tribunal de que había llegado allí sin sambenito, dictando para que se le pusiese, nuevas providencias; pero al llegar a Portobelo pudo el infeliz reo escaparse para Jamaica a bordo de un buque inglés, y a pesar de que todavía se le persiguió, las diligencias de los jueces no produjeron resultado alguno.

     Jerónimo Fabián Vivangeris, tabernero, natural de Génova, casado, de treinta y siete años, fue testificado en 7 de abril de 1701 de que estando conversando de cosas espirituales, había sostenido, con motivo de la resurrección de la carne, que nadie se iría con su cuerpo al cielo; y que en otra ocasión, habiéndosele preguntado que quien había sido el primer hombre que hubiera entrado al cielo, había dicho que el buen ladrón, y que el cuerpo de Cristo se había quedado en la tierra. Secuestrados sus bienes y recluso en cárceles secretas desde el 22 de abril de 1703, declaró no sospechar la causa de su prisión, acusándose en cambio de muchos actos torpes que cometiera durante su vida de grumete. En las audiencias posteriores, los ministros le hicieron una porción de preguntas sobre la materia de la acusación, a que respondía ya en sentido ya en otro, confesando que no había recibido más instrucción religiosa que la que había leído en el Ramillete de divinas flores, y que él mismo se había levantado falso testimonio a fin de obtener misericordia. Sus proposiciones fueron declaradas por los calificadores como formalmente heréticas, siendo, en consecuencia, condenado a un año cabal después de haber sido reducido a prisión, a que saliese en auto público, con sambenito de media aspa, abjurase de vehementi y permaneciese algún tiempo recluso en un convento, y a perder la mitad de sus bienes.

     José de la Cruz y Coca, alias Márquez y Saavedra, mulato, esclavo del hospital de Santa Ana de Lima, y sacristán de su iglesia, soltero, de diecinueve años, que por haber leído lo que la historia cuenta de Mahoma, concibió el proyecto de fundar una nueva secta, que debía llamarse saavedrina. Para congraciarse con el demonio y llegar a tener el mismo séquito que el personaje que se había propuesto por modelo y la buena gracia de cierto adorado tormento, fabricó un muñeco de cera en forma de hombre, que denominó Febo, que tenía en una mano espada y unas hilachas carmesíes imitando el fuego, y en la otra un cetro con una cédula escrita de su mano, que decía: «Satanás, señor mío, yo, José, me hago tu esclavo desde hoy, con tal que esta noche os he de ver la cara para suplicaros lo que congoja mi alma, y no fumo hasta vérosla». Puso la figura en un nicho de la sacristía, y revistiéndose con unas vestiduras sacerdotales muy usadas, estuvo incensando al ídolo cuatro días, mañana y tarde, hasta que notando que un crucifijo estaba inmediato, le pareció que se «rendían las paredes del edificio», con lo que anduvo muy asustado algunos días, hasta que volvió nuevamente (como cuando de lego hacía figuritas de santos en el convento) a fabricar otro busto del demonio, colocándolo también en la sacristía, donde de rodillas le decía: «amigo Luzbel, ya me pesa lo que hice en deshacer la figura del ídolo, y ahora me arrepiento de ello y vuelvo a ti y estaré en tu compañía; pues que hay amigos en los infiernos, vos lo habéis de ser mío, con tal que me concedas lo que te pedí la vez pasada, me deis una yerba para andar invisible, y que en cuantas mujeres pusiese los ojos las atraiga a mí, y os daré en precio esta alma, aunque padezca perpetuos tormentos».

     En el curso de la causa se acusó también de algunas adoraciones que había hecho en las huacas y de otras cédulas que había firmado a su amigo Luzbel, de las veces que revestido con los trajes sacerdotales bendecía el agua en el hospital, del empleo que hiciera de las plumas de cierto pajarillo para obtener los favores de las mujeres; aunque negando siempre que hubiese tenido pacto con el demonio, a quien declaraba ingenuamente que jamás había merecido ver ni oír.

     Fue al fin condenado a salir en auto, si le hubiese, o si no, en una iglesia, donde se le leyese su sentencia con méritos, teniendo puesto durante el acto un sambenito de dos aspas, a que abjurase de vehementi y fuese reconciliado en forma.

     Juan Bautista de Mazay, tratante en mercaderías, residente en Loja, natural de Liorna, de sesenta años, preso en el lugar donde vivía, en 1692, por blasfemo, porque hallándose enfermo le dijo al que le curaba «votó al cuerpo de Cristo, que si me lastimas me lo ha de pagar María», y porque otra vez reprendiéndole una persona porque llamaba a los demonios, volviendo el rostro hacia un crucifijo, exclamó: «mi alma no es tuya sino de los demonios» y cogiéndole en las manos, lo arrojó con rabia al suelo. Dos calificadores expresaron que por la patria del reo, señales que llevaba en los brazos y por hablar la lengua morisca, debía considerarsele como hereje formal, aunque los restantes sostuvieron que sólo era sospechoso de herejía violenta. Negando redondamente los hechos que se le imputaban y justificando oír misa y cumplir con los demás preceptos de la iglesia, fue condenado solamente a que, se presentase en la sala de la audiencia a oír la lectura de su sentencia sin méritos, a que fuese reprendido y a que no regresase más a Loja.

     Andrés Flores de la Pana, alias el Fámulo, carpintero, casado, vecino y natural del Cuzco, fue denunciado de haber dicho que no en balde habían crucificado y puesto en la vergüenza a Cristo, y que estaba con mucha razón bien azotado; que ojalá le partiese un rayo o se abriese la tierra hasta tragarle y le acabasen de llevar los diablos; que muerta una manceba suya y enterrada, dijo que pagaría al sacristán para que le  sacase la calavera para tenerla a la cabecera de su cama y adorarla, etc. Después de negarlo todo, concluyó por decir que lo había hecho por consejo que le dieron en la cárcel del Cuzco; siendo al fin condenado a salir en auto, con insignias de blasfemo, a que abjurase de levi, y a otras penas.

     Fray Francisco de Alzamora, religioso profeso, corista del convento de Santo Domingo de Lima, de veinticuatro años, fue testificado de que estando fugitivo, había celebrado misa en tres ocasiones y hecho un entierro solemne, y que bajo de juramento había llamado al diablo. Hallándose en la cárcel pidió confesor, ponderando las aflicciones y desconsuelos que padecía y las funestas representaciones que veía en sueños. Justificáronle de que siendo de dieciséis años, había entrado en relaciones con cierta joven, y de temor del castigo que pudiera sobrevenirle, se había entrado fraile, de lo cual, arrepentido, llamaba al diablo para que le sacase de su encierro, y que en efecto, una vez, hallándose en un platanar, se le apareció un hombre como de vara y media de alto, blanco, con uñas muy largas y una mano overa, que le dijo que le pondría fuera del convento a condición de que no rezase el rosario, ni el oficio parvo, en lo que había venido el reo; que estando próximo a profesar, se le apareció de nuevo, aconsejándole hiciese sus votos sin intención de cumplirlos, lo que también había ejecutado; y de que hallándose una vez en casa de su padre, se le presentó el mismo personaje, y dándole algún dinero, le invitó a que fuese a casa de una mujer de buen rostro, con quien había permanecido en ilícita amistad algún tiempo; y por fin, de que hallándose de portero del convento, tuvo siempre numerosas aventuras galantes en que se vio bien correspondido.

     En atención a la calidad de su padre don José de Alzamora, general de la Mar del Sur, fue sentenciado a que se presentase en la sala de audiencia a oír la lectura de su sentencia, en que se le declaraba por irregular y se le mandaba abjurar de levi.

     Fray Antonio Montero, diácono de la Merced, de Quito, residente en el obispado de Trujillo, testificado de haber confesado a una india y de que había celebrado muchas misas sin ser sacerdote; de que se había escapado de su convento a causa de ciertas puñaladas que diera a otro hombre, y finalmente, de que había usado de patentes falsas, fue sentenciado en análoga forma al anterior y desterrado de Quito por cuatro años.

     Fray Pedro Ruiz de Rojas, corista de San Agustín, de aquella ciudad, de quien se averiguó haber hecho fuga en cuatro ocasiones de su convento y de varios hurtos que cometiera donde solía hospedarse: por haber dicho misa y confesado, fue desterrado a Santiago.

     Antonio de Corro y Cos, clérigo, residente en Lima, de cincuenta años, acusado de haber recibido las órdenes sagradas, siendo casado en Yumbel de Chile hacía treinta años, declaró que después de haber partido de su casa para Tucumán, había allí recibido la sotana de la Compañía de Jesús, creyendo que su mujer era muerta, pero que habiendo sabido en Potosí por carta que ella le escribió en que le ofrecía entrarse a un convento, que era viva, se denunciaba al Tribunal para que procediese contra él; siendo absuelto en vista de la buena fe con que parecía haber procedido.

     Fray Diego Mesía, alias don Diego Antonio Mosquera, limeño, lego de San Juan de Dios, se denunció también de que después de profesar se había casado en Chachapoyas, cuya causa no llegó a sentenciarse por haber muerto el reo mientras se tramitaba.

     Fray Pedro Muñoz, sacerdote de San Francisco, acusado de que imponía a sus penitentes mujeres que recibiesen azotes de su mano, por detrás o por delante, a su elección, lo que declaró que hacía por el poco temor que tenían a Dios las hijas de Eva; fue suspendido del confesonario.

     Jerónimo de Ortega, clérigo de menores órdenes, se denunció por consejos de su confesor, de que en tres ocasiones le había firmado cédula al demonio, el cual, sin embargo, no había querido recogerlas del lugar en que se las había dejado, y que en otra ocasión en el campo, en unión de otras dos personas, lo invocaban diciéndole: «Tú, que dicen eres señor del África, como tan poderoso, ayúdanos y danos fortuna, así para el juego como para nuestros amores y te invocaremos en adelante y detestaremos el auxilio de Dios»; y puestos de rodillas, cogían la yerba coca en las manos y la levantaban en alto; que se colocaba en las esquinas de las calles a oír lo que decían los que pasaban, deduciendo de sus palabras lo que había de suceder; que sacaba pronósticos la noche de San Juan, etc.

     Fray José del Rosario, alias Francisco Antonio Harbún, alias Maldonado, lego betlemita, residente en Potosí, natural de Viscaya, apóstata, fugitivo, casado en Tucumán.

     Don Pedro Espinosa de los Monteros, sirviente de oficio, limeño, que deseando salir de pobreza había llamado al diablo en diferentes ocasiones, y por no acudir a sus voces, culpaba a Jesucristo de que no le daría licencia para ello, por lo cual descolgó una vez a un Cristo que tenía en su habitación, le dio cincuenta azotes y después de embadurnarlo... lo tuvo quince días pendiente del techo. Otra vez, culpando del silencio del diablo a cierta devoción que tenía, la dejó, yéndose además a holgarse en mala compañía.

     He aquí los reos que fueron aún penitenciados durante los años transcurridos desde 1707 hasta 1713, antes de que se celebrase auto de fe:

     Martín Morante, sacerdote jesuita, profeso de cuarto voto, confesor y predicador, natural de Piura, de cuarenta y dos años, denunciado por veintisiete de sus confesadas, cuyas declaraciones extractamos tomando algunas al acaso.

     La testigo primera, mujer española, soltera, denunció de este reo en 24 de agosto de 1693, que confesándose con él, estando enferma, le tocaba el rostro y pechos y en otra ocasión sus partes verendas, y porque se esquivaba la decía que si no había conocido cuando la confesaba cuanto la quería, «y que en la misma forma, agrega la declarante, la continuó visitando cuatro o cinco veces, en las cuales la dijo varios amores y la osculó y la instó a que le tocase usque ad pollutionem habere, y refirió otras cosas pertenecientes a sensualidad que le habían pasado con él independientes a confetione».

     La testigo tercera, mulata, casada, declaró que habiendo ido al colegio de San Pablo, por llamado de Morante, le halló sentado en un confesonario, donde la hizo hincar de rodillas, y puesta en esa forma, le significó le había parecido muy bien, con otras palabras en orden a enamorarla, citándola para verse con ella en aquel sitio y forma otras veces.

     Al día siguiente de prestadas estas declaraciones, compareció espontáneamente el reo a denunciarse, y habiéndosele hecho cargos de que se presentaba dos meses después de sucedidos los hechos que quedan referidos, respondió que lo hacía porque en casa de las susodichas se hablaba de lo sucedido, según había sabido.

     La testigo sexta, española, menor de edad, doncella, expuso que el jesuita era su confesor y que en el confesonario le había puesto la mano sobre los pechos, diciéndola: «¿Cómo te va, hija? ¿Tienes escapulario?» y después, pasándola la mano por sobre el vestido le había dicho como estaba tan gorda haciendo tantas penitencias; y que algunas veces, acabado de confesarla, intentó levantarle las puntas del manto para verle el cuerpo, y otras llegaba su rostro a la de la testigo, tratándola cariñosamente.

     La séptima, mujer menor, doncella, declaró que el padre le había metido la mano en los pechos en el confesonario, y que habiéndose con esto retirado, la buscó en su casa, citándola para la iglesia, donde la volvió a hablar de amores y la persuadió a que se viese con él a solas en un sitio que le indicó.

     La testigo octava era una religiosa, que depuso que hallándose en ilícita amistad con cierto sujeto (según parece antes de profesar), se confesó con el reo, quien le aconsejó que abandonase a su amante «por no poderla remediar, y que habiendo ido de visita a su casa, la gozó lascivamente, dejándola ocupada de una hija que parió».

     Morante que había salido de Piura muy niño para entrar en Lima en la Compañía a los trece años de edad, después de ordenarse, estuvo empleado en Huamanga y Trujillo. Llevado a la cárcel a consecuencia de las denunciaciones indicadas, se enfermó a poco, siendo a causa de esto colocado en casa del alcaide y posteriormente en el Noviciado de su Orden. En sus confesiones, dijo ser verdaderas la mayor parte de las declaraciones que obraban contra él, limitándose en su defensa a decir que algunas de sus acusadoras, eran mujeres públicas, circunstancia que no pudo acreditarse sino de dos o tres; saliendo condenado a que oyese la lectura de su sentencia en presencia de los secretarios del secreto, a que abjurase de levi, en privación perpetua de confesar mujeres, y en destierro del Cuzco por seis años, amén de algunos ayunos y rezos.

     José de Buendía, jesuita, profeso de cuarto voto, natural de Lima, de sesenta y seis años, fue denunciado de las solicitaciones, hechos y proposiciones siguientes:

     Una beata dominicana de buena opinión, depuso que siendo el reo su confesor, en el mismo confesonario, antes de comenzar el acto, la solicitó e instó a que «cayese» con él, diciéndole que confesándose con él, estaría guardada su honra, que era voluntad de Dios cayese con él, a fin de que tuviese que llorar y ser como San Pedro, lo que le mandaba debajo de obediencia, como su padre espiritual que era; y que haciéndole ella cargos de cómo estando consagrada a Dios y habiendo hecho voto de castidad la quería perder, la replicó que no era Santa Teresa ni Santa Gertrudis, ni sabía si Dios había aceptado su voto de castidad, ni que Dios tenía honra; que no importaba que una beata saliese por las calles con el vientre abultado, y que así su resistencia era soberbia, etc.

     La cuarta testigo, religiosa de las Carmelitas, dijo que Buendía la había provocado a actos torpes diversas veces en el confesonario, y en algunas le refirió que allí había tenido... instándola a que las tuviese la penitente, y en otras a que se le viese sus partes naturales por la rejilla del confesonario; cobrándole también celos de otro padre.

     Otros testigos le acusaron de que venerándose en Lima la memoria de Nicolás Aillón como santo, había él contribuido a ello con sus alabanzas, exageradas, de lo que él mismo declaraba tener la culpa, con el sermón que predicara en sus exequias; aunque en su abono expresaba que nunca se pudo imaginar que la cosa pasese tan adelante, lo que se le probó haber expresado sólo después de haberse disgustado con la viuda del difunto, con quien de antes se hallaba en muy buenas relaciones.

     En 11 de abril de 1703, compareció el reo con un papel escrito de su mano, en que se denunciaba al Tribunal; más, por ser privado del Virrey, los Inquisidores resolvieron ante todo consultar el caso a España, donde se mandó en diciembre de 1709 que se prosiguiese la causa. En consecuencia, se siguieron recibiendo algunas declaraciones y entre otras, las de tres sacerdotes que acusaban al jesuita de palabras malsonantes dichas en el púlpito. Reducido a prisión en 16 de noviembre de 1711, confesó los delitos de que se le acusaba, insistiendo especialmente en aquellos que habían mediado con monjas; y votada su causa en 23 de marzo de 1712, se resolvió que saliese en forma de penitente a la sala de audiencia, para que en presencia de los párrocos, prelados de las religiones y de sus compañeros confesores le fuese leída su sentencia con méritos, mandándosele que abjurase de levi, quedase perpetuamente privado de confesar hombres y mujeres, suspendido de la predicación por dos años, con privación de voz activa y pasiva, y a que retractase en la parroquia de Santa Ana las proposiciones que le fueron calificadas; lo que cumplió en un día de gran concurso de gente. Desterrado además a Huamanga, con informe de sus prelados y de algunos curanderos, pretendió quedarse en el camino, pero habiendo resultado sus excusas afectadas y supuestas, se le mandó seguir su jornada.

     Martín Galindo y Jacinto Colona, de Chile; Diego Ascencio de Vera, natural de Riobamba; don Francisco Hernández de Rivera, capitán de artillería en el Callao; Margarita Ceballos, cuzqueña; Antonia María Saldaña, mestiza, de Moyobamba; Nicolás Antonio de Zabaleta, de Cajamarca; Isabel Petrona de Arteaga, mestiza, de Tarma; Pedro Clemente, de Marsella, procesado en Chile; y Juan Tomás de Araujo, músico, de Alcalá: todos los cuales fueron castigados por bígamos.

     Por idéntica causa lo fueron Antonio de San Agustín, lego corista, profeso en Alcalá, de cincuenta años, que después de apostatar se fue a Saña, donde se hizo médico y comerciante y en seguida se casó; y fray Domingo de San Juan, de Mechoacán, vecino de La Paz, que se había casado en Sicasica.

     Fray Tomás Martínez de Eguibar, natural de Potosí, que hizo igual cosa en un pueblo del arzobispado de La Plata.

     Fray Juan García Cabello, lego profeso de la Merced, que se denunció en el Cuzco.

     Fray Fabián de Castro, también lego mercedario, profeso en Sevilla, que yendo de camino para esta última ciudad desde Huamanga, celebró cuatro misas a persuasión de varios arrieros en cuya compañía hacía el viaje.

     Fray Francisco de Rojas, religioso profeso de San Francisco, guardián del convento de su orden de Guayaquil, natural de Burgos, de cuarenta años, denunciado por solicitante, en Chimbo, en 1706. Una doncella virtuosa depuso que habiéndose confesado con él a la puerta de su celda, una vez absuelta, la levantó en brazos, y sentándola junto a sí, tuvo con ella tocamientos, diciéndola si quería condescender con él, y como ella se resistiese, la entró a su habitación, donde la osculó y regaló dos ramos de flores. Otra mujer depuso de que refiriéndole en confesión de que no la habían querido absolver por no tener bula de cruzada, lo hizo Rojas, a condición de que entrase en relaciones con él. Dos años después de votada su prisión, fue llevado a Lima, donde algunos meses después se le amonestó para que se abstuviese de confesar, «en cuanto estuviese de su parte».

     Fray Ignacio Ximénez de Cisneros, profesó de San Juan de Dios, acusado de haber dado la absolución a un enfermo, fue reprendido y obligado a guardar conventualidad en Huamanga.

     Fray Francisco del Rosario Paguegue, natural de Guipúzcoa, franciscano, guardián del convento de San Diego de Quito, se denunció ante el comisario de Cuenca de que se había procurado una yerba llamada espuela de caballero, que decían era eficaz para ser uno atendido de hombres y mujeres, y que con objeto de obtener las buenas gracias de una mujer se había valido de unos cabellos suyos, que había metido en la suela de sus zapatos; recetas ambas que le habían resultado ineficaces por la poca fe con que decía las había empleado; que solicitó adivinos para descubrir las cosas perdidas; que llamó con todas sus fuerzas al demonio; que usó cuatro veces de la suerte del cedazo, poniendo dentro unos caracteres en cruz y sobre ellos unas tijeras en la misma forma, invocando los nombres de San Pedro y San Pablo y a Cristo crucificado, para descubrir tesoros, y que en dicha ocasión para cerciorarse de la virtud del conjuro, había escondido un patacón en, parte oculta, donde le descubrió un cómplice, aunque en otras no le salió cierta la dicha suerte; que había usado también de la de las varillas, rezando el credo, para encontrar huesos de santos; y por fin, que para saber los ascensos y honores que tendría en su carrera, había derramado un huevo sobre un vidrio la noche de San Juan. Su sentencia se leyó en la sala de audiencia, sin méritos abjuró de levi y fue absuelto ad cautelam.

     Fray Diego de Jesús María Armentos, alias el licenciado don Juan María de Guevara, religioso corista, franciscano de La Plata, natural de Tarija, abogado, fue acusado de que después de su profesión había apostatado dedicándose a la abogacía y casándose en seguida. El reo había estudiado gramática en el seminario de Chuquisaca y artes en Lima, graduándose de bachiller en cánones, afirmándose en que su profesión había sido forzada por las amenazas de muerte que le hizo su tutor. Después de haberse debilitado mucho en la prisión, fue recluso en el convento de su orden, donde falleció en 1714, antes de que en su causa se dictase sentencia.

     Celio Riveros del Jordán, platero, natural del Brasil, compareció espontáneamente por consejos de su confesor, declarando bajo juramento que era bautizado, que confesaba y comulgaba, y que de edad de nueve años, deseoso de ver a su padre que navegaba en los mares de su patria, se había embarcado en una nave que cautivaron los moros, siendo llevado a la ciudad de Bilbilis, donde le encerraron en un lugar que llaman los baños, en compañía de tres hombres católicos, y que allí comió del pan y bebió del vino que tenían preparados los moros para después de comer en señal de religión, por lo cual cierto sacerdote cristiano que entre ellos estaba, le dio de azotes, castigo que le valiera ser llevado a casa de un moro, que con grandes agasajos le cuidaba y enseñaba algunas oraciones en su lengua; que le llevaba a su ama el cojín y la alfombra al templo, donde había una estatua del verdadero profeta, que decían, y donde después de predicar sus doctores, se llegaban los fieles a una baranda, y tomaban unas tripas sopladas que pendían de las orejas de la estatua y por ellas se confesaban y pedían gracia, lo que también hacía el reo, pero teniendo siempre cuidado de decir alguna desvergüenza para saber si aquel ídolo era el verdadero Dios; y que estando ya resuelto a tornarse moro, hallándose enterando el plazo de cuatro años que se concedía de probación a los neófitos, había llegado un redentor que le rescató. Después de esta confesión, Guevara fue absuelto ad cautelam, reprendido en la sala y colocado bajo la inspección de un calificador para que le instruyese.

     María Flores, alias Candela, mestiza, natural y vecina del Cuzco, de más de cincuenta años, acusada de que iba a Lima en veinticuatro horas y volvía en otras tantas; de que agasajaba una culebra que estaba a los pies de un crucifijo y que tomaba a éste de las barbas cuando se hallaba enojada; que exigía que no rezasen el credo, porque decía que había de reventar al oírlo; que tenía un Ecce Homo, al cual llamaba Pepito, y le encendía luces y cuando estaba disgustada con su amante le daba de bofetadas y le decía que era un perro Pepito, metiéndole coca en la boca para el efecto de sus maleficios; que en varias ocasiones había hecho bailar un huevo y unas tijeras, etc. Reducida a prisión y habiendo negado los hechos que se le imputaban, fue votada a tormento, que se le aplicó hasta la tercera vuelta de mancuerda, sin que confesase cosa alguna; siendo condenada a salir en un auto particular de fe, que tuvo lugar en la capilla de San Pedro Mártir, el 15 de diciembre de 1709.

     Alejandro de Vargas, mestizo, de Cajamarca, vecino de Lima, de treinta y tres años, labrador, denunciado por brujo y curandero, se presentó espontáneamente al Tribunal, diciendo que curaba mediante los maleficios y brujerías de una piedra pequeña, larga y lisa, de color negro, que llamaba «anchico», con la cual refregaba la parte enferma, aplicando juntamente unturas de sebo de macho, que se esponjaba en la mano al tiempo que iba diciendo «en el nombre de San Pedro y San Pablo, de ti me valgo», y en dando vueltas la piedra, cuando caía al suelo, era señal de estar maleficiada la persona por quien se hacía la ceremonia, y que esta piedra se la había comprado a un indio en veinte pesos, al ver las curaciones que ejecutaba con ella sacando del cuerpo de los enfermos gusanos y otras sabandijas.

     Después de relatar largamente los maravillosos efectos que había experimentado en sí mismo con tales artes, más tarde se delató de que todo era invención suya, pues llevaba de antemano preparadas todas las cosas que decía después haber extraído del cuerpo de los pacientes; y por hallarse gravemente enfermo del mal de bubas, fue sacado de la prisión y trasladado a un hospital para que fuese puesto en cura, para ser después llevado nuevamente a la cárcel y recibir tormento, «según estilo del Santo Oficio, y dada la primera vuelta, dijo que tenía confesada la verdad y no otra cosa, y cesó el tormento». El 11 de diciembre de 1709 salió en auto particular, con sambenito de media aspa e insignias de polígamo (que también lo era), abjuró de levi, fue absuelto ad cautelam y desterrado a Valdivia, con perdimiento de la mitad de sus bienes.

     Félix Canelas, mulato, sastre, penitenciado ya anteriormente por sortílego, fue de nuevo denunciado de que daba yerbas a las mujeres (que no salían de su casa sin pagar tributo) para que sus amantes no las olvidasen; siendo sentenciado, además de las penas ordinarias, a salir a la vergüenza, recibir doscientos azotes y marchar desterrado para Concepción.

     Juan de Dios Solano, mulato, del Callao, que usaba de supersticiones análogas, y entre otras, de un gallo que metía dentro de una cesta, con la invocación de San Pedro y San Pablo.

     Rosa Pita, o de la Cerda, negra de Trujillo, casada, que daba pronósticos por las señales que dejaba en la mano la coca mascada, salió en auto y recibió doscientos azotes por las calles públicas.

     Fernando Hurtado de Quezada, vecino de Lima, de veintiún años, que habiendo encontrado una noche abiertas las puertas del Sagrario, hurtó la píxide con las formas consagradas que encerraba, las cuales guardó en un papel y las fue a enterrar en la vecindad de una acequia de la Alameda. Preso por la justicia real y reclamado en seguida por la Inquisición, que lo hizo extraer de la misma casa del fiscal real donde se le había detenido, su causa dio origen a una ruidosa cuestión de competencia que terminó a favor del Santo Oficio, cuyos ministros se empeñaron en poner el reo a cuestión de tormento para que declarase la intención que hubiera tenido al cometer tan atroz sacrilegio, a pesar de las protestas del delincuente que aseguraba haber procedido sólo instado del demonio y no de ninguna falsa creencia; y visto que se afirmaba en este propósito, los jueces se limitaron entonces a llevarlo a la cámara y atarle los brazos, para condenarlo en definitiva a que abjurase de levi, fuese reprendido y desterrado por diez años a Valdivia.

     Durante los años transcurridos desde el de 1707 al de 1713 fueron absueltos ad cautelam, después de reconciliados circa relapsia algunos marineros, en su mayor parte ingleses, que habían sido enviados a Lima como prisioneros de guerra y que fueron presentados en el Tribunal por los jesuitas, previa declaración que hicieron de ir errados en el protestantismo y que querían ser admitidos en el gremio de la Iglesia católica y seguir sus prácticas, como único camino de salvación. La mayor parte de ellos no entendían el castellano y sus nombres eran: Guillermo Estragente, Samuel Hendy, Roberto Lanfort, Tomás Porter, Guillermo Cullen, Juan Debaistre, Jacobo Van Espen, Tomás Sterling, Felipe Bernard, Jacobo Gillis, Guillermo Waters, Simón Hatrey, Cristóbal Leech, Juan Keyby, Tomás Brayer y Juan de Bruss.

     Desde 1713 a 1721 fueron penitenciados:

     Por polígamos, José Vélez del Castillo, alias Juan de Salazar, natural de Santander, que viniendo a Chile de soldado se huyó en Buenos Aires y se casó en Tarija y Trujillo; siendo absuelto después de ocho años de incoada su causa.

     Juan José de Otárola, alias Chepe el cocinero, cuarentón, labrador en Jauja, procesado por testigo falso en una información de soltería Juan Arias, mestizo, sombrerero de Riobamba, que habiéndose denunciado él mismo, fue condenado a azotes y destierro; Francisco de Villaseñor y Angulo, natural de Cuenca, mercader, residente en Oruro, que también denunció de sí; Francisco de Fuentes, mulato libre, natural y vecino de Pativilca, que habiendo salido en bestia de albarda, recibió doscientos azotes a voz de pregonero; José Urbano de Espinosa, mestizo, natural de Paita, fue exceptuado de los azotes y desterrado a Concepción; Juana Petrona Caballero, que no escapó a la vergüenza ni a los azotes; José García de Arcos y Toledo, herrero, de Tarma, condenado a lo mismo; Gabriel de Rueda, español, mercader, residente en Paita; Felipe de la Torre, que oyó su sentencia sin méritos y abjuró de levi; Miguel de la Benita, labrador, vecino de Lima, y Juan de San Martín, residente en Guayaquil, que habiéndose enfermado en la prisión, fue trasladado a un hospital, donde murió poco después, «con señales de arrepentimiento»; y José Godoy, de Chile.

     Juan Bautista Busugnet, natural de Paris, soltero, de veintitrés años, platero y lapidario, residente en Lima, testificado en marzo de 1711 de haber dicho que no reverenciaba la hechura de un niño Jesús por ser de palo, sino a Dios; que en el Santísimo Sacramento no adoraba un pedazo de pan, sino a Dios; que la ley de los judíos era mejor que la de los cristianos, porque aquélla la había dado Dios y ésta no sabía como lo había sido; que no daba limosna para las ánimas; que él era judío, y que le argumentasen; Jesucristo un perro, que ellos (los judíos) le castigaron; y por fin, que no quería creer en pataratas.

     En el curso del proceso agregó que aunque siempre se había confesado y comulgado, había dejado de hacer ambas cosas desde que conociera mujeres, porque no quería renunciar a ellas. Refirió que de edad de catorce años había salido del lado de sus padres para ir a Amsterdam a perfeccionarse en su oficio de lapidario, y que una vez terminados sus estudios, había regresado a París, de donde salió para venir a establecerse con tienda en Lima, trayendo algunas cartas de recomendación; que en cuanto a la causa de su prisión, sólo sospechaba que sería porque una vez se había manifestado admirado de que hubiese danzas en la procesión del Corpus, y porque en un entierro muy suntuoso había dicho que tanta pompa era inútil ya que el muerto no había de menester nada.

     En el curso de su prisión el reo trató de ahorcarse, y no habiéndolo logrado, «fue llevado a la cámara del tormento, y hechas con él las diligencias de derecho y estilo, habiendo comenzado a dar la primera vuelta, dijo ser católico cristiano...; y habiéndole dado temblor en el cuerpo y vuelto los ojos, con palidez en el cuerpo, se mandó cesar en el tormento, por causa de ser menor, con la protesta de repetirlo cuando paresciese».

     Siete días después fue condenado a salir en auto público, con insignias de penitente, sambenito de dos aspas, donde se leyese su sentencia con méritos, abjurase de formali, fuese absuelto, con perdimiento de todos sus bienes, y encarcelado por tres años en Valdivia. El 12 de mayo de 1717 se celebraba en la capilla de San Pedro Mártir, auto particular para el cumplimiento de esta sentencia.

     Pedro de León, alias Pedro de Gamos, natural de Alicante, soltero, de veintidós años denunciado en Buenos Aires por haber terciado en una disputa de religión entre franceses e ingleses, afirmándose en que estos se salvaban en su ley; a que añadía el denunciante que en el discurso de viaje se había observado que el reo no se persignaba, ni cargaba rosario, ni practicaba devoción alguna.

     Mandado traer preso desde Lima, y una vez en el Tribunal, contó que siendo muy niño se había embarcado para Orán y que en el camino la embarcación en que navegaba había sido apresada por una inglesa, y ésta, a su vez, por una francesa, en Gibraltar, de donde le llevaron a Marsella; que entonces figuró en varias expediciones de corso, hasta que fue de nuevo apresado y llevado a Inglaterra, de cuyo país se escapó, pasando a Guinea y enseguida a Buenos Aires.

     Votado a tormento «sobre la intención y falsa creencia de lo que estaba testificado, lo que se ejecutó con el de la mancuerda, y habiendo confesado no haber tenido mala intención, a la segunda vuelta, dijo: ¡Ay! Virgen soberana, reina de las jerarquías venga un confesor, matarme de una vez, siempre he creído en mi ley, ¡ay! ¡ay! señor, digo la verdad por la pasión y muerte; y continuando el tormento, dijo que no sabía qué decir, que tenía dicha la verdad por Jesucristo, y habiéndose suspendido la diligencia, se ratificó a las veinticuatro horas».

     Quince días después salía a la capilla como penitente, con sambenito de media aspa, para abjurar de vehementi y ser desterrado por tres años con perdimiento de todos sus bienes.

     Francisco Petrel, natural de Rennes, marinero del navío francés «Santa Rosa», casado, de treinta y ocho años, fue testificado de haber dicho que la ley de Moisés era buena, que Jesucristo había pecado, como lo decía el evangelio, sobre lo cual había estado altercando con el interlocutor que le denunció. En las audiencias que con él se tuvieron hubo de emplearse el latín, porque nadie le entendía lo que decía en su lengua. En balde el capellán de su nave le recomendó al Tribunal como católico, pues hubo que encerrarle en las cárceles, donde el infeliz se manifestó tan acongojado que se echó de rodillas ante el alcaide para pedir perdón, lo que sólo le valió que le pusiesen un par de grillos; siendo al fin, después de cinco meses, absuelto de la instancia por cuanto los testigos no estuvieron medianamente acordes en sus dichos.

     Juan Caballero Coronel, vecino de Lima, soldado, cristiano viejo, de edad de cincuenta años, que se denunció de que cuando perdía en el juego se daba de golpes contra las mesas y paredes, profiriendo palabras ofensivas a Dios y sus santos, dando puñadas a las imágenes e invocando a veces al demonio por los campos.

     Juan de Landa, labrador, de Conchucos, se denunció de haber solicitado igualmente al demonio, firmándole cédula en que se obligaba a darle el alma dentro de veinte años, a condición de que le diese tesoros y fortuna.

     Manuel Jerónimo de Segura, lego de la Merced, procesado en Santiago de Chile.

     Felipe de Figueroa, natural de Borgoña, de treinta y cuatro años, que se hallaba establecido en Cajamarca como maestro de escuela, denunciado como hereje protestante, sostuvo que era católico y que de niño había servido de monaguillo en la parroquia de su pueblo; lo que no le valió para ser condenado a salir en forma de penitente y ser desterrado a Chile por dos años.

     Tomás de la Puente Bearne, mozo de pulpería, oriundo de la Navarra francesa, fue denunciado de haber preguntado que cuando moría Dios, de que el Papa no podía echar un alma al cielo y de otras expresiones, que dijo en su descargo las había proferido desesperado con las burlas que le hacían los negros de su oficio. Habría el reo escapado probablemente del tormento si no hubiese tenido la poca discreción de decir una vez al alcaide que los Inquisidores eran unos ladrones que procesaban a las gentes para quitarles su dinero; pero estas palabras le valieron algunas vueltas de mancuerda, que saliese con sambenito de media aspa, destierro a Valdivia por tres años y perdimiento de bienes.

     María Josefa de la Encarnación, cuarterona, vecina de Lima, doncella, de más de cincuenta años, fue testificada por tres confesadas de un mismo sacerdote de que la rea había tenido ciertas revelaciones, reducidas según ella misma lo contaba, a que la Virgen se le había aparecido desde la edad de cuatro años, una vez que pidiéndole pan, le dio su bendición, diciéndole, «hija, yo te daré el pan de la gracia de mi Hijo». Hallándose su causa en estado de monición, manifestó que sólo se sentía culpada de lo que referían de ella algunas personas, de que los diablos la azotaban, hecho que era tan cierto que su madre se veía precisada muchas veces a defenderla. Agregaba que veía en sueños a Jesucristo y a la Virgen María; que en la oración se transponía como en un dulce adormecimiento, y hallándose fuera de sí, le ocurrían las cosas que contaba. Añadió también que encontrándose en una ocasión muy enferma y extenuada y dispuesta ya para morir, por la gravedad del accidente, había visto en su aposento una cantidad de demonios que la echaban mucho fuego de lujuria, y abrazándose con ella uno que entró en figura de hombre, se había subido a la cama, haciendo que otros la sujetasen con fuerza para conocerla carnalmente.

     Asimismo expresó que la noche del día en que se le leyó su acusación, estando dormida, vio a Nuestro Señor en un Tribunal muy hermoso y muchos demonios en su presencia que tenían su alma en las manos y decían, «Señor, justicia contra ésta»; y que habiendo parecido allí la Virgen y San Ignacio a rogar por ella, dijo el Señor que estaba muy irritado contra ella porque había comunicado a las criaturas los favores que le había concedido y trabajos que la había enviado, y que sólo confesando en el Santo Oficio todo lo que venía contando la perdonaría.

     Trasladada al hospital por su crecida edad y achaques, fue poco más tarde condenada a recibir, desnuda de medio cuerpo arriba, jinete en bestia de albarda, doscientos azotes, a voz de pregonero, después de abjurar de levi y ser absuelta ad cautelam.

     Agustina Picón, natural y vecina de Lima, mujer ya madura, que para efectos amatorios se valía de varios sortilegios, fue condenada a salir en forma de penitente, con abjuración de levi y destierro por cuatro años.

     Doña Juana Saravia, conocida con el apodo de Chana Luciana, soltera, igualmente avecindada en Lima, que confesaba que al emplear la coca para atraer a su amante, experimentaba las mismas torpes complacencias y nefarios goces como si realmente cohabitase con él.

     Ambrosio Vellido, clérigo de menores, residente en Huamanga, que por ciertas preguntas que hizo al Comisario de su pueblo, fue condenado a que oyese la lectura de su sentencia en el Tribunal, a puertas abiertas.

     Don Juan de Mijancas, subdiácono, natural y vecino del Cuzco, por haber celebrado misa y oído de confesión.

     Fray Vicente de Santa María, lego franciscano, que se denunció de que desde la edad de siete años llamaba al demonio para que le facilitase dinero y le favoreciese en sus amores, firmándole cédulas en las que renegaba de Dios y sus santos; aunque añadió que había pretendido engañarle, ayunando por consejos de un brujo, nueve días antes de ir a cierta cueva donde debía tener lugar la cita, y arrojando en ella un gallo blanco, unos grillos para que se aprisionase y un hueso de difunto con cierto envoltorio que le diera su amigo el brujo y que no sabía para que había de servir en aquel lance.

     Fray José Jiménez, conocido bajo otros dos nombres, lego franciscano, que después de asesinar a un cofrade, se escapó para el Cuzco, celebrando varias misas en el camino, por lo cual abjuro de levi y fue desterrado a Valdivia.

     Fray Pedro de Castañeda, corista del convento de Predicadores de Lima, de dieciocho años, que había ofrecido su alma al diablo, a condición de que le proporcionase cien pesos en cada mes.

     Fray Juan José de Zamora, lego dominico, que hizo otro tanto, pidiendo en cambio que le diese el diablo habilidad y le hiciese aventajar a sus condiscípulos en el estudio de la lógica, por lo cual fue declarado apóstata y hereje; fray Martín Ramírez, también lego de Santo Domingo, que se casó en Huamanga, y fray Andrés de Mayorga, lego mercedario de Chuquisaca, que diputado para pedir limosna, se permitió celebrar algunas misas; Nicolás de Aguirre Calderón, subdiácono, que en Trujillo hacía de confesor; y fray José Luque, religioso franciscano de Lima, que dijo dos misas en un día; abjuraron de levi y llevaron las penas de estilo; y por fin, el jesuita chileno Juan Mauro Frontaura.

 

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