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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XX

Capítulo XX

Encuentro con el Marqués de Mancera. -Id. con el Arzobispo. -Nuevos disgustos con el Marqués. -El Rey reprende al Conde de Alba por su conducta para con la Inquisición. -Choque con el Cabildo Eclesiástico. -Datos sobre los Inquisidores. -Auto de fe de 23 de enero de 1664. -Id. de 16 de febrero de 1666. -Id. de 28 de junio de 1667. -Relación de la causa de César Bandier. -Otros reos.


     Si los ministros del Santo Oficio no encontraban por los días que vamos historiando reos de importancia a quienes procesar, no escaseaban, en cambio, disgustos a las autoridades, comenzando por el Virrey y Arzobispo de Lima.

     Servía aquel encumbrado puesto el Marqués de Mancera, hombre muy devoto, que por los años de 1646 introdujo en la capital la costumbre de rezar el rosario a coros, en voz alta, para cuyo efecto todos los sábados en la tarde, asistido de su familia y de gran concurso de gentes, se trasladaba de su palacio a la iglesia de los dominicos. Los Inquisidores que miraban esta práctica como indebida, callaron durante algún tiempo, pero el 2 de febrero de 1648, día de la Purificación de la Virgen, que se celebraba con gran devoción del pueblo y asistencia de los virreyes, hicieron leer un edicto, en que, juntamente con prohibir varios libros, condenaban la devoción establecida por el Marqués; sin que por esto, ni él ni los religiosos y personas piadosas cesasen en la costumbre que se reprobaba, con manifiesto menosprecio de la autoridad de los ministros del Santo Oficio, por lo cual hubieron estos de dar cuenta al Consejo quejándose del Virrey.

     Con relación al Arzobispo, he aquí lo que había pasado. Servía a su nombre en el Tribunal el oficio de juez ordinario en las causas de fe el doctor julio de Cabrera, tesorero de la catedral, que por haber tenido que ausentarse a España a negocios de su iglesia, hubo necesidad de nombrarle reemplazante en el cargo que desempeñaba cerca de los Inquisidores. Designó el prelado para sucederle, primero al canónigo Sebastián de Bustamante y Loyola; mas habiendo significado a éste los Ministros que su persona no les parecía idónea, se fijó en el doctor Fernando de Avendaña, poco después arcediano, y que había sido ya calificador del Tribunal durante algún tiempo, catedrático de mérito y rector de la Universidad, cura párroco de varios pueblos por más de treinta años, en cuyo puesto redujera a la fe gran número de gentiles, y por fin, visitador general del arzobispado. Presentose, en consecuencia, Avendaño al Tribunal, mas no sólo no se le permitió que ejerciera el cargo, sino que uno de los Inquisidores le trató ásperamente, y el otro se propasó hasta amenazarle; tramitándose las causas sin su intervención, e incurriéndose así por ello en manifiesta nulidad. Y como era de estilo siempre que los jueces se manifestaban disgustados con alguien, luego ocurrieron a indagar quién fuera el padre del doctor, descubriendo que había sido persona vilísima, sin obligaciones, y tan ridículo, que servía de truhán y bufón al inquisidor Gutiérrez de Ulloa, borracho público, de quien todos se reían, «siendo testigos de ello las paredes de la Inquisición, donde se hacían las burlas»; achacándole, además, al recomendado del Arzobispo costumbres escandalosas, que era teólogo y no canonista, etc., etc.. A estas acusaciones se añadieron aún en el Consejo las que dio el postergado Bustamante, que en verdad no se expresaba en mejores términos de su competidor.

     El secreto de esta resistencia por parte de los Inquisidores, que no había podido doblegar ni la amistad de cuarenta años que el Metropolitano conservaba con Gaitán, era, sin embargo, fácil de explicar. Cuando se propuso a Bustamante y se convino después en retirar su elección, el Tribunal significó al Arzobispo que sería conveniente se pasase sin nombrar juez ordinario, confiriendo su poder a los mismos inquisidores, pretensión que como no tuviera efecto, le instaron en que por lo menos se fijase en don Pedro de las Cuentas, que acababa de ser promovido a la maestrescolía de la catedral, pero que aún no había tomado posesión de su oficio, esperando que se le diese reemplazante en un puesto semejante que servía en La Paz, donde residía. Las partes interesadas ocurrieron, en vista de esto, al Consejo, donde se resolvió que no se diese entrada en el Tribunal a ninguno de los propuestos.

     De más nota que el ya referido eran, sin duda, los encuentros que venían suscitándose con el Virrey. Había traído éste de España en su compañía a un caballero del hábito de Santiago, llamado don Luis de Sotomayor Pimentel, para confiarle la administración de las minas de azogue de Huancavélica, de cuyo lugar hubo de regresarse a Lima por orden del Marqués, y donde, a poco de llegar, fue preso por la Inquisición, porque siendo familiar de ella, se le acusaba de cierto atropello cometido en la misma capital del virreinato; prisión, decía el Virrey, que fue puramente simulada, y que al fin consiguió se alzase con el objeto de que le acompañase a las minas para donde estaba de partida.

     Decían, en cambio, los Inquisidores que el Marqués se había hecho reo para con ellos de haberles violado la correspondencia que les venía de España, como sostenían que ejecutaba también con la de particulares, a fin de cerciorarse de los que le eran o no afectos.

     Los tropiezos, con el Conde de Alba, sucesor del Marqués de Mancera, en que le acompañaban todos los oidores, se habían pronunciado muy desde el principio de su gobierno, desde que trataron de desaforar al contador Pedro de Zárate, y se habían ido continuando con la libertad que el Virrey hizo dar al general Pedro de Zamudio, a quien el Tribunal tenía asignada su casa por cárcel, en mérito de ciertos desacatos que se le imputaban contra ministros del Santo Oficio.

     Poco después solicitaba el Conde que el Tribunal contribuyese para un donativo que estaba colectando, y como con buenas razones aquel se negase, se enfureció públicamente, prorrumpiendo en amenazas y ofreciendo dar cuenta de todo al Rey. Más tarde, sin darse por vencido con estas manifestaciones, pretendía el Conde que el alguacil mayor del Tribunal no entrase con vara a su palacio, o ya se avocaba causas en que, a juicio de aquél, aparecían de por medio intereses de sus ministros, por lo cual se quejaba al Consejo afirmando «que eran de tal calidad las acciones, palabras y acometimientos que el Virrey ha hecho, dicho e intentado que no buenamente se pueden referir, y sin violencia se conoce de ellas el poco o ningún afecto que tiene a esta Inquisición», citando en apoyo de estas afirmaciones lo que había referido el jesuita Leonardo de Peñafiel, su confesor, de que decía que apreciaba mucho a las personas de los Inquisidores, pero que del Tribunal no se le daba nada.

     Lo cierto del caso fue que un buen día el Conde recibía una carta de su soberano, que por ser muy característica de la época y de quien la enviaba, transcribimos a continuación.

     «El Rey. -Conde de Alva de Liste, primo, gentilhombre de mi cámara, mi Virrey, gobernador y capitán general de las provincias del Perú. Ya sabéis lo mucho que Dios nuestro Señor es servido y nuestra santa fe católica ensalzada por el Santo Oficio de la Inquisición, y de cuanto beneficio ha sido a la universal iglesia, a mis reinos y señoríos y naturales dellos, después que los señores reyes católicos de gloriosa memoria, mis rebisabuelos, le pusieron y plantaron en ellos, con que se han limpiado de infinidad de herejes que a ellos han venido con el castigo que se les ha dado en tantos y tan grandes e insignes autos de Inquisición como se han celebrado, que les ha causado gran temor y confusión, y a los católicos singular gozo, quietud y consuelo; y por carecer desta gracia otros reinos, han padecido y padecen grandes disturbios y inquietudes y desasosiegos, y damos muchas gracias a nuestro Señor, que así lo ha encaminado, haciendo tan gran bien a estos reinos, y así por todo esto como por habérmelo encomendado afectuosamente el Rey mi señor y padre, que esté en el cielo, como por lo que la estima, devoción y afición que le tengo, y la obligación que a todos los fieles corre mirar por él y que sea amparado, defendido y honrado, mayormente en estos tiempos en que tanta necesidad hay, y ser una de las mas principales cosas que se os pueden encomendar de mi estado real, os encargo mucho que así a los venerables inquisidores apostólicos de esas provincias, como a todos los otros oficiales, familiares y ministros del dicho Santo Oficio, les honréis y favorezcáis, dándoles de nuestra parte todo el favor y ayuda que se os pidiere y fuere necesario, guardándoles y haciéndoles guardar todos los privilegios, exempciones y libertades que les están concedidas, así por derecho, cédulas reales, concordias, como de uso y costumbre, y en otra cualquier manera; de suerte que el dicho Santo Oficio se use y ejerza con la autoridad y libertad que siempre ha tenido, y yo deseo tenga, y no hagáis, ni permitáis que se haga otra cosa en manera alguna, que demás de que cumpliréis con lo que sois obligado, como católico cristiano, y que a vuestro ejemplo harán otros lo mismo, me tendré por muy servido, y a lo contrario no tengo de dar lugar. Nuestro Señor os guarde, como deseo, en Madrid a diez y ocho días del mes de marzo de mil y seiscientos y cincuenta y cinco años. -YO EL REY. -Por mandado del Rey nuestro señor, Don Felipe Antonio Mossa».

     Como si estas rencillas no fuesen bastantes, sobrevinieron bien pronto otras con el Cabildo eclesiástico. Los capitulares habían antes asistido en cuerpo a administrar el viático al inquisidor León de Alcayaga, y cuando murió Juan Gutiérrez Flores, cargaron su cuerpo en hombros hasta las puertas de la casa, sin que jamás hubiesen cobrado un centavo por las exequias de ningún miembro del Tribunal; pero habiendo fallecido García Martín Cabezas, les enviaron recado los inquisidores solicitando su asistencia para el acompañamiento; a que contestaron que como se les pagase el estipendio acostumbrado en semejantes casos, no tenían inconveniente para ello, en lo cual no habiendo venido los colegas del difunto, hubieron de enterrarle sin esta solemnidad.

     A los 16 de mayo del año siguiente fallecía otro de los inquisidores, Luis de Betancurt y Figueroa, negándose igualmente a asistir a su entierro, dando en ambos casos por excusa de que como la Inquisición no había querido concurrir al de los capitulares, no tenían por qué no guardar ellos idéntica reciprocidad.

     El personal del Tribunal había sufrido notables cambios en los últimos tiempos: Gaitán se ausentaba en 1651, recibiéndose en Lima noticia de su fallecimiento a mediados del año siguiente; Antonio de Castro y del Castillo, que había servido el puesto durante veintiún años, después de rehusar el obispado de Huamanga, había aceptado el de La Paz, en 1648. Bernardo de Izaguirre, que desempeñó su destino poco tiempo, fue enviado al obispado de Panamá en 1655.

     De los dos inquisidores que quedaban en el Tribunal por la época que vamos historiando, era uno Cristóbal de Castilla y Zamora, hijo natural de Felipe IV, y el otro, Álvaro de Ibarra, que tomó posesión de su puesto en septiembre de 1659, era un limeño de talento y muy versado en materias de jurisprudencia. No debían de andar muy bien las relaciones entre ambos cuando el Consejo encargaba al primero que guardase paz y armonía con su colega; a que respondía Castilla su compañero que «había encaminado los negocios a su placer, sufriendo yo y callando;... la mayor parte del año se está en la cama con leves achaques y suele venir por las mañanas, quedándose en su casa las tardes;... pero no falta don Álvaro cuando falta negocio preciso, o firmar cartas para España».

     Llevando aún más allá sus denuncias, Castilla prevenía que hasta se le había insinuado que viviese con cautela, pues el día menos pensado podían envenenarlo, «untando el asiento del coche, un plato, una silla o estribo, que quita la vida a un mes, un día o un año, según lo templan»; citando en apoyo de sus temores lo que le había ocurrido a fray Francisco de la Cruz, obispo electo de Santa Marta, que murió de repente estando ajustando las cosas de Potosí; a don Francisco Nestares Marín, que sorprendió a los que intentaron darle el veneno, y por ello «y lo demás» había dado garrote a un sujeto apellidado Rocha; al obispo de La Paz don Martín de Velasco, que murió apresurado»; a Gómez Dávila, corregidor de Potosí, que después de beberse una jícara de chocolate se había quedado yerto, y un criado con él; y recientemente al obispo de Huamanga, que habiendo un día salido a la visita, a la tarde le volvieron muerto.

     Por lo demás, alababa las buenas letras de su colega, y en cuanto a él, decía que cómo podría proceder mal, siendo que todas las noches se confesaba para acostarse, y todos los días de madrugada celebraba misa.

     Viéndose solos, acordaron solicitar del Consejo se les nombrase compañero, recomendando para el caso a Juan Huerta Gutiérrez, oidor de la Audiencia de Santiago, que, además de merecer el puesto, había indicado a Ibarra cuando estuvo en Chile, su deseo de obtenerlo.

     Era el recomendado de ambos jueces natural de Trujillo en el Perú, y después de haber estudiado en el colegio de San Felipe de Lima, había pasado a servir la cátedra de Decreto y Prima de Leyes en la Universidad de San Marcos, desempeñando además las funciones de asesor del Virrey Marqués de Mancera, abogado de la Inquisición, y que había invertido quince de los cincuenta años que contaba, en la Audiencia en que por entonces se hallaba ocupado; insinuación que aceptó el Consejo nombrando a Huerta, quien en el acto se ordenó y se fue a Lima a servir su nuevo destino, tomando posesión de él en septiembre de 1664.

     No pasó mucho tiempo, sin embargo, sin que el nuevo inquisidor se viese solo en el Tribunal, habiendo partido Ibarra para Quito, con cargo de presidente de la Audiencia, por abril de 1667, y dos años más tarde, Castilla para Huamanga, a cuyo obispado había sido promovido.

     Estaba reservado a Castilla ordenar un auto de fe, que no fue de los menos celebrados que hubo en la ciudad de Los Reyes. El 23 de enero de 1664, en efecto, se armaron los tablados en la plaza mayor, «y con grande lucimiento, decoro y devoción de los fieles, hubo tres quemados, uno en persona y dos en estatua, tres reconciliados, cuatro religiosos, que, siéndolo, se casaron, dos celebrantes sin ser sacerdotes, y nueve mujeres hechiceras, que por todos fueron veinte y tres».

     «El Virrey y Real Audiencia, continúan los inquisidores, movieron tantas dificultades y competencias al Tribunal en el acompañamiento y modo de concurrir en el tablado, que casi nos impidieron la ejecución, porque siendo tan pocos los ministros, no dieron lugar a las disposiciones de que se compone una materia tan ardua como la celebración de un auto público, y lo más sensible y que ha causado gravísimo escándalo fue, que enviando el Tribunal a la Condesa de Santisteban veinte y cuatro fuentes de comida y un palillero muy curioso, estando presente mucha gente, especialmente las mujeres y familias de los oidores, con los mismos criados los hizo llevar a las cárceles de corte y de la ciudad, diciendo que nunca llegaba tarde el pan para los pobres, sentida de que el Tribunal se excusase de comer con su marido, porque quiso ponerse debajo de dosel en la testera de la mesa y poner por las bandas los inquisidores; lo que más puede haber lastimado en acción tan escandalosa, es que la ejecutó a las doce del día, al mismo tiempo que el Santo Oficio estaba haciendo castigo de los enemigos de la fe».

     En 16 de febrero de 1666, volvía a celebrarse nuevo auto en la iglesia del hospital de la Caridad, a que asistió el Virrey detrás de una celosía, y en que salieron; Juan de León Cisneros, acusado de comprar los viernes pescado sin escama, y de que sus hijos no iban el sábado a la escuela; por lo cual y otras cosas, salió como judaizante y abjuró públicamente en hábito penitencial.

     Juan Antonio de la Fuente, francés, hereje calvinista, que había venido de La Habana con un padre Valverde, quien afirmó que aunque el reo era hereje, en lo moral era hombre de buenas costumbres. Abjuró sus errores, fue absuelto y se le quitó el sambenito.

     Doña Josefa Tineo, comedianta, acusada de hechicerías para atraer a los hombres a su mala amistad, de veinticinco años, aunque ya viuda, natural de Huaraz, que confesó que por amor y celos, dijo una vez a las doce de la noche esperando a su amante en un balcón: «Demonio, ¿no vinieras a remediarme?» y luego oyó en las calles unos grandes pasos de que cayó desmayada, «sobreviniéndole una enfermedad de que estuvo muy apretada». Salió por las calles a la vergüenza, después de abjurar de levi.

     Fray Nicolás Mejía, lego agustino, que se metió a confesor, por lo cual apareció en hábito de penitente, descalzo, sin cinto ni capulla, con vela en la mano, a abjurar de levi.

     Don Pedro de Valdés Sorribas, que se había casado dos veces.

     Ana María de Ulloa, cuarterona de mulata, y su compañera doña Juana de Vega, casada, testificadas de hechiceras.

     En 28 de junio del año siguiente se verificaba otro auto con los tres reos que siguen:

     Antonio de Avendaño, clérigo, natural de Lima, de cincuenta y tres años, acusado de decir dos misas, y preso en 19 de septiembre de 1666.

     José de las Cuentas, natural de Lima, de cuarenta y cuatro, se denunció de lo mismo y fue desterrado perpetuamente del arzobispado.

     Fray Cristóbal Fernández de Aguilar, mercedario, fue testificado con cuatro testigos de haber almorzado un pastel y bebido vino en una pastelería del Callao y en el mismo día haber dicho misa.

     Después fue denunciado por su confesor, a instancias suyas, que desde que tuvo once años había comenzado a dudar de los misterios, resolviéndose siempre en que eran mentira, y otras cosas, como ser que cómo pudo padecer Jesucristo tanto como dicen los evangelistas, y que cómo podía estar en la hostia; de si la institución del Santísimo Sacramento fue en la noche de la cena; de si hubo tal cena; que cómo puede ser en el valle de Josafat el juicio universal, etc. En atención a estar achacoso y enfermo de la cabeza, fue solo reprendido.

     No contentos con estas demostraciones, los inquisidores prepararon un nuevo auto para el 8 de octubre de 1667, muy interesante por las personas que en el figuraron, a saber:

     Fray César Pasani Bentíboli, natural de Módena, sacerdote carmelita, que afirmaba, siendo como era médico, que la Virgen María después del parto padeció el achaque de las demás mujeres. Se preciaba de fornicario y diciéndole un testigo que mirase que no le castigase Dios quitándole sus órganos genitales, respondió que primero le quitase la vida o ambos brazos. Y diciéndole que por qué no pedía a Dios misericordia, respondió en términos desvergonzados, que primero quería hartarse de la mujer y después lo pediría; que se jactaba de haber conocido carnalmente en La Paz más de trescientas sesenta mujeres, y que muchas veces revestido para decir misa, alzaba los ojos a un Santo Cristo y decía: «Dios mío, enviadme tal, que es el vaso púdico de la mujer; que estando en Turquía se había casado por fuerza, etc.». Su madre había sido prima de Maquiavelo, y éste le había ordenado.

     Había viajado por Italia, Francia, España, y después de haber sido preso de los ingleses en Santa Marta, pasó a Nueva Granada, Quito, La Paz. Cuando le prendieron por el Santo Oficio se encontraba en las minas de Puno.

     Salió sin cinto ni capulla, descalzo, en forma de penitente, con una vela de cera en las manos, con sambenito de paño amarillo de media aspa colorada, abjuró de sus errores y salió desterrado para ir a presentarse a Sevilla.

     Francisca de Bustos, natural de Cuenca del Perú, de cuarenta y ocho años, española, soltera, aunque madre de un hijo, fue testificada de decir que tenía gracia de Dios para curar; de que descubría algunas cosas secretas, diciendo se las revelaban ángeles; de que sacaba ánimas del purgatorio, como San Francisco, y de pecado mortal a los que estaban en él, por gracia de Dios, etc. Salió con coroza, hábito, insignias de penitente, abjuró de levi y fue destinada a servir cuatro años en un hospital.

     Era el tercer reo el preceptor del hijo del Virrey, el doctor don César de Bandier, alias Nicolás Legras, de edad de sesenta y siete años, «francés de nación, natural de Chancuela, pueblo del arzobispado de Sans, en Borgolla la Baja, en el reino de Francia, sacerdote y médico; pasó a las Indias y vino a esta ciudad de Los Reyes el año de sesenta y uno, por médico, del virrey Conde de Santisteban. Ocultando era sacerdote, incorporose de doctor en esta real universidad, y se ha ocupado en la curación de los enfermos, y apostatando de nuestra santa fe católica, ha profesado la ley natural, teniendo por Dios a la misma naturaleza de las cosas criadas.

     «Han declarado contra este reo cinco testigos, el primero es un hereje calvinista que está reconciliado, inglés de nación, de más de veinte y cinco años; el segundo, un francés, de veinte y tres años, que asimesmo está reconciliado; éste vino voluntariamente y confesó sus delitos y los ajenos, en distintas audiencias, muy por extenso. El tercero es otro francés, de más de veinte y cinco años, que actualmente está en cárceles secretas; el cuarto, francés, de oídas, de más de veinte y cinco años; el quinto, de edad de diez y ocho años, persona de suposición y crédito, a quien el reo enseñó gramática.

     »Los tres primeros declaran latísimamente, y se reducen en sustancia sus dichos a los casos y proposiciones siguientes, y en muchas dellas contestes de un mismo acto.

     »La primera que ocultó mucho tiempo en su servicio, al inglés calvinista, y le decía que guardase su ley, pero que confesase y comulgase por disimularse a sí y porque a este reo no le viniese daño de tenerle en su compañía.

     »Que Calvino había sido gran hombre, pero que había errado en no haber hecho república aparte, como Olanda y Xinebra. Que los católicos romanos y los que no lo eran, estaban errados, porque no había cielo ni infierno, ni más Dios que la misma naturaleza de las cosas, que en ella se encerraba todo, y que muriendo los hombres, morían sus almas o paraban en la misma naturaleza y su eternidad.

     »Que si hubiera de haber infierno, había de ser para los reyes y poderosos, para clérigos y frailes, que sustentan del trabajo ajeno; que no se debía comer carne ni sangre, sino yerbas, como comen los demás animales, mientras no instase la necesidad y los achaques y enfermedades.

     »Decía de ordinario que para qué se ha de prohibir a hombre juntarse con la mujer, que Dios, la naturaleza, la crió para eso, y a cada uno dio su miembro para aquel efecto, explicando esto con palabras deshonestas.

     »Que era invención digna de reprobarse la sujeción al rey y al papa, y el confesar a otro sus flaquezas, y que nuestra ley evangélica al principio era suave, pero San Pablo, con un espíritu de contradición, la echó a perder, prohibiendo la pluralidad de mujeres, y dando lugar a que hubiese monjas y frailes, con que se impide la procreación.

     »Hase declarado con estas tres personas en distintos tiempos y ocasiones, que no guarda la ley de Cristo nuestro Señor, ni la de Mahoma, ni la de Moysés, refiriendo al intento estos versos: quos vos est clamet porcus et Chistus asellus, his sat a principis, est tibi mundi salus (sic); que solo guarda la ley natural, persuadiendo la guardasen, porque no hay más Dios que la misma naturaleza, y que muere la alma con el cuerpo, y así dijo: Aristóteles, post mortem est quod fuit antea.

     »Que no hubo Adán ni diluvio, ni ha de haber resurrección de la carne, ni hay diablos, ni brujas, ni Cristo fue Dios, ni está en la hostia, ni su santísima Madre fue virgen, que Lázaro no resucitó, sino que fue un embuste que se hizo para engañar, y que la que llaman estrella de los magos fue un cometa de los ordinarios, y los cristianos han levantado el embuste de que era estrella, y por Cristo.

     »Que entre las leyes la menos mala era la de Mahoma, porque se llegaba más a la natural, permitiendo seis mujeres, y así se había de señorear de todo el mundo, que la fornicación era cosa natural, como el escupir, orinar y excrementar.

     »Decía de ordinario cuando se enojaba o quería asegurar algo, que renegaba de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo; y diciéndole uno destos testigos en una ocasión, que temía a Dios, le respondió que Dios, ¿qué te ha de hacer Dios? perro tonto, métete fraile.

     »Jactábase de que había sido amigo de Lucilo, un hereje que quemaron en Tolosa, de Francia, y que había leído sus escritos, que fue gran hombre, y que éste decía que la amistad que tuvo Cristo nuestro Señor con la Magdalena fue mala.

     »Decía que la mayor parte de este reino, y personas graves y religiosas creían lo que él creía, y que si lo prendiesen en la Inquisición, solo sentiría la prisión y molestia della, no la muerte, porque con ella cuerpo y alma acababan, y que tenía prevenida una salida, y era que lo que decía era como historia, refiriendo lo que Aristóteles decía y otros, pero que él no lo creía.

     »Trató de fundar nueva secta con título de religión cristiana, que así se había de llamar, y en ella todos serían médicos, para que curasen por todo el mundo y en todas las naciones, y reducirlos por este medio a la ley natural; y de algunas de sus constituciones que se hallaron entre sus papeles, se infiere haber sido éste su intento, porque corresponden en sustancia a muchas destas proposiciones y casos referidos.

     »De ordinario procuraba apoyar lo que decía en detestación de nuestra santa fe católica, con algunos casos que fingía y se han expresado en la acusación, y con estas diligencias persuadió a los dos franceses a que se apartasen della, y se redujesen a la creencia de la ley de naturaleza, en que estuvieron mucho tiempo, como han confesado, hasta que uno de ellos vino voluntariamente a denunciar de sí mismo y de este reo, y el otro que actualmente está en cárceles secretas, en discurso de sus declaraciones lo tiene confesado.

     »Determinose su prisión a diez y nueve de mayo deste año de sesenta y seis por dos inquisidores, el ordinario y dos consultores, todos conformes»; fue preso en veinte de dicho mes y año, con secuestro de sus bienes, que alcanzaron a cerca de veinte mil pesos.

     «Primera audiencia se dio a este reo en 20 de marzo de 1666, juró en forma de decir verdad en éstas y en todas las demás que se tuvieren con él hasta la declaración de su causa, y declaró llamarse Nicolás Legras, habiéndose puesto en la pila juntamente el nombre de César, y demás del apellido de Legras, el de Baudier, por su agüela materna, y en diferentes provincias ha usado con diferencias de nombre y apellidos, que es natural de Chanquela, pueblo del arzobispado de Saur en Borgoña la Baxa, del rey de Francia, de edad de sesenta y siete años, sacerdote, profesor de medicina, doctor incorporado en esta Universidad de Lima; dio genealogía de padres y agüelos cristianos viejos, naturales de Chanquela, y que no es cierta una información que se hallara en sus papeles de ser natural de Rad, del condado de Borgoña del Rey de España, hecha con falsedad en Cádiz, con testigos ante un escribano, por librarse de pagar la farda y otras vejaciones, y que él y sus ascendientes trasversales no han sido castigados ni presos por el Santo Oficio; que es baptizado en la parroquia de Chanquela, y confirmado por el obispo de Trageasis, y como cristiano que es, confiesa y comulga cuando lo manda la Santa Madre Iglesia, y en pascuas y en días de su devoción, y últimamente por la pascua de resurrección próxima pasada, confesando en la Compañía con un padre que refirió, y comulgó en la Iglesia mayor; santiguose y no supo persignarse, por decir que en su tierra no se enseña sino solo santiguarse; dijo las cuatro oraciones en latín bien, pero no los mandamientos, ni los artículos, y dio noticia de la doctrina cristiana, y que sabe leer y escribir, en griego, en latín, en italiano, en francés y en español; la lengua griega y la latina aprendió en Provenza de Francia, y en la Universidad de París, artes y medicina, y en horas extraordinarias curso dos años en teología en la Sorbona, colegió aparte, donde leyó Santo Thomás; curso un poco de jurisprudencia, siendo todos sus maestros católicos romanos; refirió las salidas que ha hecho de Francia juntas con el discurso de vida; que sus padres fueron labradores, con muchas haciendas, le alimentaron hasta los ocho años, que le enviaron a estudiar a Provenza, la lengua griega y latina y humanidad; pasó a Reims, donde en un colegio de los padres de la Compañía estudió retórica y poesía; fue a París y estudió dos años de filosofía, y dos años de medicina, y se graduó en ella; fue a Roma, llamado de Jacobo Lambino, francés, su amigo, para escribir en la dataría del Papa, donde se ejercitó dos años escribiendo bulas, y viendo que perdía sus estudios, dejo aquel ejercicio, y siendo de veinte años, pasó a Alemania, y se halló en ejército del Emperador contra el Palatino, donde recibió la herida, que tiene en la frente una señal, y comenzó a curar de medicina; vido de paso las universidades de Praga, Lipsio de Viena, pasó a Polonia, entró en Moscovia y estuvo en la corte del Gran Duque, donde son cismáticos todos y dicen la misa y horas canónicas en griego, tienen monjes y monjas basilios; la corte se llama Mosco y el duque emperador, tiene ochenta mil casas, y arma en las ocasiones seiscientos mil infantes, y doscientos mil caballos; entró éste arrimado al embajador de Polonia, porque de otro modo no le hubiesen dejado salir del reino; de allí a un año pasó a Suecia, y estuvo en la corte, que es algo mayor que Sevilla, llamada Utocol, puerto de mar, casi todos son herejes luteranos; a los cuatro meses entró en Dinamarca y estuvo en Copenhaden, la corte menor que Sevilla, son todos herejes; pasó a Olanda, vido las ciudades principales, la Haya y Abustandan, y otras, y las de Flandes; entró en Francia por Amiens, fue a su pueblo y halló difuntos a sus padres en su ausencia de siete años; y en su obispado fue ordenado de todas órdenes hasta el sacerdocio, a título de patrimonio, sin haberse acordado ni haberle parecido necesaria dispensación por haber curado como médico, hasta que pasaron catorce años, que sacó buleto, siendo capellán del duque de Orlienais; pasó a Marsella, donde se embarco con dos padres mercenarios que iban a redimir captivos, sabiendo que éste era sacerdote, y ganó mucha plata en la medicina; desembarcaron en Ofir, y a dos jornadas entraron en Marruecos, corte como Sevilla, y el rey intentó que se quedase éste por su médico; pasaron por mar a Salas, y a seis jornadas por tierra, entraron en Fez, mayor dos veces que Sevilla; después a Argel, como Sevilla, y a Túñez, también como Sevilla; allí se arrimó éste a unos armenios, y juntas trescientas personas por la seguridad de los caminos, caminaron a Etiopía, más de doscientas leguas, en Dacan, corte del Preste Juan, como Madrid; es cismástico, y tiene más de cincuenta mujeres, y los clérigos y frailes son todos casados, dicen misa en lengua hebrea y caldaica, reconocen al patriarca de Alexandría, señor soberano, con más de cincuenta reinos, conocen a la Santísima Trinidad, a Cristo Nuestro Señor y a su Madre, tienen el evangelio de Santo Tomé; pero luego confunden la fe con decir que aunque obren mal se salvan por los méritos de Cristo, con otras herejías; allí curó dos años, y pasó dos jornadas para ver la mayor maravilla del mundo, que es el monte Amara, que es de peña cortada en redondo, tersa como jaspe, media legua de alto, y de circunferencia como de treinta a cuarenta leguas; no hay más subida que una escalera como caracol por lo interior de la peña, labrada a martillo, la cual puerta guardan cuatrocientos hombres, de más de otros cuatro mil en la parte alta; tiene los más hermosos árboles, frutas y géneros, y pájaros del mundo; caudalosos riachuelos que se despeñan desde aquello alto, dejando doscientos pasos de hueco; allí está el tesoro del Preste Juan, muchos palacios, y su entierro en un convento de dos mil monjas basilios; hecho de una sola piedra en todo él en contorno, labrado con pico y escoplo, y diferentes palacios donde están los hijos del Rey, detenidos porque no se levanten con el reino, y en muriendo el rey, traen el mayor a reinar, y los demás viven allí con sus familias hasta morir; dicen haber sido este sitio donde Adán fue criado. Pasado un año, se fue a la isla de Gormas, que fue de España, y ahora del persiano; entró en Arabia, tierra del turco, siendo en todas partes bien recibido, porque no tienen médicos y él los curaba, y se apartó del dicho monte Amara, que está debajo de la línea del sol, a la salida de Etiopía, tierra de África; se embarcó en el mar Bermejo, y aunque corrió por la Arabia, no le permitieron llegar treinta leguas en contorno de la ciudad de Meca, donde está el entierro de Mahoma, como ni a los demás cristianos, por indignos de pisar aquella tierra, sino es que renieguen; y caminando como doscientas leguas, entró en Babilonia, ciudad como Sevilla, que la quitó el turco al persiano habrá cuarenta años, con lo que pertenecía a Babilonia, donde están los ríos Eúfrates y el Tigris, que se navegan con barcos y van al seno pérsico, y entró en Yspan, corte del persiano, dos veces mayor que Madrid, mahometano cismático; después pasó al mayor imperio, tan grande como el del turco, donde cae el río Gangues, es poderoso, que arma un millón de hombres, era gentil y ahora la mitad del reino, se ha hecho mahometano, y el emperador mayor tiene guerras con el persiano y el tártaro, y con otros príncipes que le confinan por el mar del oriente, que habitan en las provincias de Cochinchina, gentiles que adoran al sol; y pasó a la isla de Goa, ocupada por los portugueses, y allí dijo misa, y la había dicho en Ispan y otras provincias, en donde había cónsules de Francia; allí dijo a los padres el secreto del vomitorio y se embarcó para las Indias Orientales, y entró en las tierras del príncipe de Ceilán y Proruco, Sumatra y otras; estas islas, que son más de dos mil, con su príncipe y su gobierno, cada una, y juntas son mayores que la Europa, y algunas están ocupadas de ingleses, holandeses y portugueses, y aquellas naciones son de color loro, ágiles como monos, cobardes, cercanos a la China y después a Filipinas, y entró en el puerto Cantón, frontero de la China, que adoran al cielo, sin entrar dentro, porque no le dejaran salir, y allí conversó con muchos portugueses y otras naciones y médicos de la China, de donde salen muchos estudiantes médicos a curar a las dichas islas y se vuelven cuando quieren, y allí se juntó con dos padres carmelitas, que con unos mercaderes, por tierra, iban a Europa, y fueron atravesando toda la Cochinchina, más de mil leguas, y luego la Armenia cirquesia, de diferentes príncipes cristianos cismáticos, costeando el mar Muerto, muy profundo, sin olas, con cien leguas de diámetro, llegaron a Lepo, ciudad como Sevilla, reino de Turquía; entró en el puerto de Alexandría y se embarcó para Marsella, de Francia, gastando en ver las dichas tierras cerca de diez años; llegó a París como de edad de treinta y cinco años, y traía treinta mil pesos que había ganado; compró el oficio de capellán mayor del duque de Orliens, en diez mil pesos, tenía de renta ochocientos, comida y otros provechos, y le decía misa y a veces le confesaba y le entretenía refiriéndole de las dichas tierras, tratándole de las plantas que tenía en su jardín, de las más provincias del mundo; es Orliens como Madrid, treinta leguas de París, y le asistió seis años, y con la ayuda del Duque consiguió buleto para curar, y le significó el designio que tenía de fundar una Academia francesa para enseñar en lengua vulgar de Francia la filosofía, matemática, artes liberales y los ejercicios necesarios para los caballeros, de esgrimir, subir a caballo, jugar las armas y todo lo militar, para bien de los hidalgos franceses y extranjeros que van a aquel reino del de Suecia, Polonia, Alemania, Inglaterra, Flandes y otras partes, como se enseña en otros reinos, en el tiempo antiguo en Grecia, en los árabes, en Roma, en sus lenguas vulgares, con que Florencia, más que otros el reino de Francia, y aunque pareció bien al Duque y al Consejo de Estado, donde lo propuso, no hubo efecto para fundar las cátedras y escuelas. En este tiempo el cardenal Rocheleu alcanzó del rey para fundar y tener una ciudad en un pueblo y castillo fuerte, donde nació, de su patrimonio, nombrado Rochileu, en que conservaba su antigua nobleza, está en medio de Francia, sesenta leguas de París; y en su obsequio, cien grandes y príncipes de Francia fundaron cien palacios en la nueva ciudad, que hoy poseen los duques de Rochileu, sus herederos; propuso éste su Academia al dicho Cardenal en la nueva ciudad, para grandeza de ella, y el cardenal lloró de contento y alcanzó del rey que una abadía de treinta mil ducados de renta se aplicase para los gastos de la Academia, y envió a Roma por la confirmación, y aunque se opusieron a ello los monjes benitos, vino un consejero de Estado y puso en posesión a los catedráticos, y a éste por director y intendente de la Academia, y se comenzó a enseñar en la lengua vulgar; pusiéronse en las caballerizas cincuenta caballos de la Andalucía y Barbaria, y el primer año hubo doscientos caballeros estudiantes que reconocieron la utilidad y el tiempo que perdieron en estudiar la lengua latina; el segundo año hubo cuatrocientos estudiantes, y los días de fiesta concurrieron cien estudiantes a caballo en la plaza, en que había cuarenta príncipes extranjeros, doscientos piqueros y doscientos mosqueteros, concurriendo a ver la escaramuza de diez y doce leguas en contorno, y aunque el cardenal tenía prevenido renta de imprentar, molinos de papel, con el privilegio de que no se pudiese fabricar en otra ciudad, se descompuso todo, y la abadía con la muerte del Cardenal, y este perdió cuarenta mil ducados que allí había gastado su patrimonio, que vendió, y lo que había ganado en sus dichas peregrinaciones. Pasó a Valencia, ciudad del Delfinado, y allí se graduó de doctor, y en el puerto de Marsella se embarcó con unos mercaderes franceses y fueron a Alexandría de Egipto, que después de su ruina tendrá cuatro mil vecinos y la posee el turco; a dos leguas desemboca el Nilo en el mar, con doscientos pasos de ancho; allí se embarcó y subió el río cien leguas arriba hasta al gran Cairo, que tiene cuarenta mil valles, cuarenta mil templos, cuatro millones de almas, hablan arábigo, casi todos mahometanos, armenios, judíos y griegos, y otras naciones; vivió tres años en casa del cónsul de Francia, diciéndole misa; bajó a Alejandría con unos mercaderes arménicos, griegos y franceses, y allí por el mar Mediterráneo, por el puerto de Jope, y de allí por tierra catorce leguas a Jeruzalén, lugar como Córdova de España, cabeza de reino, con su rey; vivió con unos mercaderes franceses cristianos, dijo misa en el sepulcro, en una capilla del santo, en la Iglesia de la Resurrección que es mayor que la de San Pedro en Roma, allí estuvo un mes, y curó al bajá Mehemet, que después le envió a curar a un hermano suyo bajá de Damasco, distante treinta leguas; en medio está el Jordán, tan ancho como el Guadalquivir debajo de Córdova, y se bañó en él seis días, dos veces en cada uno, y el agua por lo suave y delgada obró con él un prodigio de enderezarle un dedo manco, y no le hubieran permitido bañarse si no fuera por el genícero que llevaba, porque los que concurren del Mogor Persia y otras partes se bañan una sola vez en el año, pagando un grande tributo al bajá; y estuvo cuarenta días en Damasco, ciudad como Madrid, y a una jornada, bajó al puerto de Cayde, y se embarcó para Estimirna, puerto de Éfeso, donde fue obispo San Juan Evangelista, es del turco y tiene padres capuchinos y jesuitas; después se embarcó con unos mercaderes para Constantinopla, ciudad mayor que Madrid seis o siete veces, corte del gran turco, con un admirable puerto; allí asistió tres años curando a los religiosos cristianos y a las soltans, que son más de seis mil, que hay en su palacio, que es, mayor que Lima, con más de cincuenta jardines, donde no entra otro hombre más que los eunucos que son negros todos, y aunque les cortan todas sus partes verendas no se mueren, mostrando la experiencia que los blancos se morían; curó al gran turco de la ceática, con purgas y una ventosa zagada; el cual le envió a curar al despote de Bodayna, reino de Grecia, su tributario, griego cismático, distante doscientas leguas, navegando el Danubio desde Constantinapla una jornada entra en el mar Negro con cuatro bocas, cada una de ancho de una legua; hizo la cura y volvió a Constantinopla, donde cansado de curar peste, que allí casi es continua, se embarcó de secreto en un navío inglés para Lisboa, llevando cincuenta mil pesos en diamantes, perlas y otras cosas, y presentó una lámpara a Nuestra Señora de la Peña de Francia, que está quinientos pasos de Lisboa; curó un capitán español de Cádiz, que en un barco suyo trajo a Castilla más de doscientos mil pesos en ámbar, almizcle, algalia, canela, clavos, pimienta y otras drogas, y éste se embarcó con su caudal, oro y joyas; vinieron costeando, entrando el capitán en cada puerto que quería; llegaron a Arenas Gordas, donde tenía trato el capitán para entrar los dichos géneros en dos galeones holandeses, para que de noche los metedores entrasen los dichos géneros en la ciudad; no hallaron los navíos, porque habían ido a hacer aguada, causa de su ruina, porque el viento sur echó el barco a una ensenada a vista de San Lúcar, donde fueron dos barcos luengos del Consulado, y conociendo que eran de contrabando, lo rindieron, matando cuatro de doce que iban en él, y el reo quedó desconcertado la clavícula del hombro derecho, y de aquella riqueza levantaron las dos partes, echando a el mar cuantos papeles hallaron, porque no se pudiera probar el hurto, en que perdió el reo su caudal y treinta libros suyos manuscritos de los secreptos, gobierno, leyes, costumbres y medicamentos de las naciones referidas, que había visto sus títulos de sacerdote, y el dicho buleto, y solo pudo reservar algunos pocos libros, y entre ellos el de los rudimentos de la lengua francesa y la academia ruchilania, y a media noche les echaron a tierra, encargándoles que negasen que habían estado en Lisboa, porque les darían tormento; el reo pasó a Cádiz, donde se curó, y amparado del doctor Valenciano, en cuatro meses ganó cuatrocientos pesos, y hizo una fe falsa de su baptismo y una información de testigos supuestos de que era borgoñón, por librarse de pagar la farda y de la opresión de los españoles; pasó a Madrid, donde se revalidó y asistió cuatro años con Pedro Robledo, del orden del oratorio católico, capellán del hospital de los franceses, para con el común, de que el reo era sacerdote, y el capellán escribió a su general para que le sacase de Francia sus títulos de sacerdote y buleto para curar, y el reo se acomodó con el virrey Conde Alba para ir a México por su médico de cámara, y en el camino enfermo el reo en Córdova; pasó a Cádiz y a Canarias, donde estuvo dos años y medio, y se embarco con el maestro de campo Castrejón, que llevaba ochocientos soldados a Flandes, y encontrando los ocho navíos ingleses, los llevaron al general, que estaba en Dunas, el cual les dejó pasar a Burquerque, y unos pescadores de noche pasaron por seis pesos a este reo a Calez, donde fue descubierto y le quitaron cien doblones que llevaba en el cuerpo, y otros escapó que llevaba en una botijuela con jarabe de retama; fue a Miens, donde estuvo enfermo cuatro meses, después a París, donde de cuatro meses los dos estuvo enfermo de terciana; buscó a Simón Pélope, amigo suyo, banco para Roma, y le halló, aunque con dificultad, por tener París tres millones de almas; le comunicó sus trabajos y como iba a buscar sus títulos de sacerdote y buleto, el cual le dijo, que les procuraría y pues que se volvía a Canarias se los remitiría, porque era su amigo de cuarenta años y también lo era del padre y la madre de Luis, su sobrino; y Pélope le dijo que se trujiese consigo a Luis, su sobrino, y aunque lo repugnó porque no descubriese al reo, que era sacerdote, hasta a tener sus títulos, lo venció Pélope con que dirían a Luis que el reo era un pasajero y que le llevaría su tío al Perú; así se ejecutó; pasaron a Ruán y se embarcaron en Abastardan y entraron a la isla de Tenerife, donde entregó las llaves de su casa a Luis y recibió carta de Pélope, en que refería haberle enviado por Absterjan y Cádiz los títulos de órdenes y buletos, y que por parecerle que los había recibido, se descubrió con su madre de Luis, de que el pasajero que le había recibido que le había llevado era su tío, y pareció se lo escribiría el mismo Luis, pero el reo nunca se ha declarado con Luis; y ambos vinieron, como vino, para la Habana, Cartagena, por haber tenido noticia que había mucha falta, y con ánimo de volver a España; allí comunicó al padre Herrada, de la Compañía de Jesús (que es el que vino por visitador de las Provincias del Perú), y absolvió al dicho Juan Antonio, calvinista, de la herejía, en confesión sacramental, sin embargo de la cual fue reconciliado, y el reo se confesaba con él, ocultándole ser sacerdote y que no rezaba oficio divino, pareciéndole que dejándole de rezar, no era culpa mortal, porque no decía misa, ni tenía beneficio eclesiástico, y porque María criada que él había traído de Canaria, y Luis, confederados, le robaban, acomodó el padre Valiere, de la Compañía, con él a Juan Antonio, apresado con otros calvinistas, a quienes predicaba para que le sirviesen, y el reo envió a María su criada a Canaria, pagándole su salario, y al despedirse dijo el reo que se guardase de Luis, porque algún día le picaría la víbora que tenía en el pecho, y queriendo el reo pasar al Perú, le dijo el padre Alarcón que trujase en su servicio a Juan Antonio, aunque era hereje, que el padre Herrada estaba en el Perú, y le reduciría a católico, y para este fin lo trujo y aportó a Payta, donde llegó el señor virrey Conde de Santisteban, y le curó de unas tercianas, y la niña doña Teresa, su hija, de lombrices, por lo cual le hizo su médico de cámara y bibliotecario y maestro de gramática de don Manuel, su hijo, al cual ha enseñado muy bien la gramática, lógica, filosofía moral y cosmografía, y comunicó el reo con el dicho padre Herrada como era sacerdote, sin títulos ni testigos, el cual le respondió que ya había paces entre Francia y España, y que se fuese a España y que lo conseguiría fácilmente; y el dicho señor Virrey no le concedió licencia para ir ni salir de su casa, antes le dio el salario y curación del hospital de mi señora Santa Ana, y le ayudó a incorporarse de dotor en esta Universidad, y después le pidió licencia para ir a los pies de Su Santidad y fundar un orden, que había de llamar de los cristianos, y le mostró las constituciones (de que se puso una copia en la causa), cuyo instituto había de ser curar por Dios y de balde a todo prójimo, gentiles, judíos y moros, herejes, católicos, y en especial a los pobres, como doctrina de Christo y sus apóstoles, que así lo hicieron, convertiendo por este medio más gentes que con la predicación, y martirium et virtus ex illo exibat et sanabat omnes; pareciéndole que todas las naciones admitieran esta religión, por llevarles salud y en todas habría noticia de la ley cristiana, y en ellas sería alabado Dios nuestro Señor, y podría ser medio para que fuese unus pastor et unus obile, y éste lo ha visto en la experiencia, en diversidad de tantas naciones, que estiman más un medico o un cirujano que a los religiosos y sacerdotes; siendo así que en la iglesia de Dios, falta este instituto de la curación de balde, estando imitados los demás de pobreza y predicación, etc., y se hallará en sus papeles escrito este instituto y las razones de precepto de Christo: curate infirmos gratis acepistis gratis dater super egros manus imponens et bene habebunt (sic); y San Barttolomé convirtió a un rey y reino, curando al hijo del rey, sin querer recibir la paga; y habiéndolo entendido el Conde de Santisteban, por menor, leyéndose en presencia del padre Bartolomé Onesia y del padre Saavedra, que dieron parecer ser inspirado del Espíritu Santo, y que le amparase su Excelencia, porque no le pidiese Dios cuenta de ello; el Conde tomó a su cuidado favorecer este negocio, y escribió a su Santidad y a algunos señores cardenales, y al embajador de España, de que se guarda respuesta, y le dijo que no era necesario su viaje a Roma, y le permitió vestirse de hábito clerical, por la mayor decencia; vino cédula del Consejo de Indias, negando la fundación y resolución de ella, de haber escrito a Roma si haber primero permiso de su Majestad. Refirió este reo la entrada que tuvo en su casa el dicho Pedro, segundo testigo de su causa, con ocasión de abrirle unas láminas, por razón de las dichas constituciones, comiendo y cenando con el reo, por ser pobre, y por el agasajo que el reo le monstraba, se malquistó con el Luis, su sobrino, y Pedro le reveló como Luis le robaba, y el reo no tenía de Pedro otro conocimiento más de haberle dicho algunos paisanos que era un mozo fuerte y peleador, y que no sabía cuál era la causa de su prisión».

     Habiéndose resuelto se le diese tormento, se le llevó a la cámara, y puesto el reo en la cincha, pareció tener una fuente en el brazo izquierdo, y comenzándole a dar la primera vuelta, respondió «quedándose el reo en la cincha y ligado los brazos», por espacio de tres cuartos de hora, o como decían los jueces, «durante cuatro credos», que le desatasen y que iría declarando, en lo que vinieron, dejándole sentado en el banquillo. Después de sus declaraciones, en otra audiencia, el reo «con humildad y de rodillas pidió misericordia».

     «Votose esta causa en definitiva por dos inquisidores, el Ordinario y dos consultores, en cinco de setiembre de 1667 años y todos fueron de parecer que este reo era apóstata, hereje de nuestra santa fe católica, observante de la ley natural de Aristóteles y de la perversa de Epicuro, fautor y encubridor de herejes, y estar incurso en su sentencia de excomunión mayor, y que sus bienes debían ser confiscados y aplicados desde el día que comenzó a hereticar, a quien de derecho perteneciesen, reservando su declaración a este Tribunal, y que el reo sea admitido a reconciliación y salga a auto público de fe, en cuerpo, sin cinto, ni bonete, descalzo, con sambenito de dos aspas coloradas y una vela de cera verde en la mano, y allí le sea leída su sentencia con méritos, abjure formalmente sus errores y toda especie de herejía, y hecha la abjuración, sea absuelto y restituido al gremio de la santa fe católica y sacramentos de ella, y que debe ser condenado en sambenito, cárcel perpetua, en degradación verbal, destierro perpetuo de estos reinos del Perú y villa de Madrid, y remitido a la Inquisición de Sevilla, y entre tanto que haya armada viva con reclusión en la cárcel de penitencia, oiga los días de fiesta misa y sermón, cuando le hubiere en la iglesia catedral de esta ciudad, y vaya los sábados en romería a la iglesia de San Francisco y rece cinco veces el Pater Noster y Ave María, credo y Salve Regina de rodillas, se confiese y reciba los sacramentos de la Eucaristía en las tres pascuas de cada año y quede inhábil para cualesquiera dignidades y oficios, y no traiga oro, seda, paño fino, armas, ni ande a caballo, ni cure en público ni en secreto, sin imponerle otras penas de galeras y azotes por su edad y estado; y su sambenito, con el nombre y patria, sea colocado en la iglesia catedral.

     »Sentenciose esta causa en conformidad de los dichos votos en auto público particular en la iglesia de esta Inquisición, sábado por la mañana, ocho de octubre de seiscientos sesenta y siete años; hizo el reo la abjuración y fue absuelto en diez del mismo octubre; en audiencia se le volvió a leer la dicha abjuración, y fue advertido que volviendo a caer en algunas herejías, incurriría en las penas de relapso; hizo el juramento de secreto y aviso de cárceles, y amonestado, fue entregado al alcaide de las cárceles donde se hacía la penitencia.

     »La república y pueblo de Lima se inquietaron contra este reo, de forma que aun personas de virtud y capacidad se apercibían para quitarle la vida en saliendo a la calle, por lo cual parecía conveniente que él ni los demás de sambenitos saliesen a la calle en más de dos meses, y después salieron con el recato y resguardo necesario. El Arzobispo de Lima pidió las dos imágenes ofendidas de Christo Nuestro Señor Crucificado y su gloriosa madre la Virgen María de la Soledad, de pintura y cuerpo entero, para colocarlas en el monasterio de Agustinos descalzos, donde tiene su entierro, y habiendo el Tribunal venido en ello, se reconcilió el grande aparato que prevenía el Prelado para recibir las santas imágenes, y pareció conveniente entregallas con toda veneración; pusieron el Santo Cristo en unas ricas andas de plata, y Nuestra Señora en otras andas de flores contrahechas, de grande estimación, con sus arcos, y en una solemne procesión muy devota y tierna, de muchas lágrimas, en que llevé el Santísimo Sacramento en un viril, en mis manos indignas (dice unos de los ministros) concurrieron todas las religiones, nobleza y numerosa plebe, despoblándose para venir a verla los lugares circunvecinos, se llevaron las imágenes desde la iglesia de nuestra capilla a la de Santo Domingo, en una tarde y día glorioso para la Inquisición, en que salieron los ministros con sus insignias y luces en la mano, como la numerosa multitud que llevaron las varas del palio; los calificadores cantando el Te Deun laudamus, himnos y salmos, las calles limpias, colgadas con tantas rosas, claveles y flores que arrojaban de las ventanas y techos, que parecían estar alfombradas; a tiempo iba cada uno de los Inquisidores a incensar al Señor Sacramentado. El día siguiente volvió el Tribunal a Santo Domingo, cuya iglesia estaba maravillosamente aderezada con frontales, platas de martillo en los altares, con muchas colgaduras, adornos y muchas luces, donde se dijo una misa cantada y predicó el prior del colegio de Santo Thomás; a la tarde del mismo día fue el dicho Prelado, de pontifical, muy devoto, acompañado de los cabildos, y eclesiásticos y seculares, y en una solemne procesión, y llevó las santas imágenes desde Santo Domingo a la Catedral, donde las tuvo con muchas luces y les hizo tres fiestas con muchas misas y sermones, y después de una procesión más solemne que la del día del Corpus Christis, en que llevó en sus manos el Santísimo Sacramento, concurriendo a ella la Real Audiencia, que gobernaba por muerte del Virrey, los tribunales, cabildo y clerecía, religiones, cofradías y todo el pueblo, adornadas las calles con ricas colgaduras, muchas danzas y lo demás, y fuegos dignos de verse por sus artificios; y ser larga la distancia, y los muchos años del arzobispo, descansó en la capilla de la iglesia de la Inquisición cuando pasó por ella; puestas las santas imágenes en el monasterio, les celebraron personas devotas a porfía un octavario con sus misas y sermones, y las que no tuvieron lugar, se fueron a celebrar a otras iglesias donde había imágenes de Nuestra Señora de la Soledad. Digno es de referirse que en tanto gasto de cera y adorno, no se hizo ninguno en la Inquisición. Pareció referir este suceso por el placer que Nuestra Alteza tendrá, y para gloria de la Divina Majestad».

     El cuarto reo era Luis Legras, alias Luis Grandier, sobrino del doctor y preso juntamente con él, al cual se declaró hereje, apóstata, observante de la ley natural, ateísta, fautor y encubridor de herejes, se le confiscaron sus bienes, y se condenó a que saliese en auto público, en cuerpo, descalzo, en forma de penitente, con sambenito de dos aspas coloradas, vela de cera verde, abjurase de vehementi y fuese reconciliado, desterrado perpetuamente, llevando el sambenito dos años, sin poder cargar en su persona, oro, seda, paño fino, ni andar a caballo.

     Poco después resolvieron también los Inquisidores las causas de Francisco Ramírez de los Olivos, natural de Lima, jesuita, de setenta anos, testificado de solicitante por seis de sus confesadas, a quienes pedía que le tratasen con mucha llaneza. Declaró que nunca había conocido mujer y que si alguna vez había hecho levantarse los vestidos a algunas, había sido «para ver la naturaleza por donde paren los hombres, pero que fue por curiosidad y ver lo que no había visto».

     Juan Ruiz, mulato, por casado dos veces, y Francisco de Valbuena, mestizo, por lo mismo, los cuales salieron en auto público particular en la capilla de la Inquisición.

     Juan Ignacio de Atienza, de Sevilla, de cincuenta años, soltero, que andaba en hábito clerical, que se decía hijo de Felipe IV, profeta de Dios, que había de ser pontífice, y que había engendrado hijos sin conocer a sus madres por un modo que llamaba per noctambulos, al fin fue dado por loco.

     Entendían también por ese entonces en el proceso de fray de Juan de Vargas Machuca, natural de Sevilla, que había tomado el hábito de religioso franciscano en Panamá, y profesado en Lima, maestro por su General, de edad de sesenta años, que había ido tres veces a España y dos a Roma, yendo en la segunda preso por orden del Rey, quien, por cédula oficial lo había recomendado a la vigilancia del Conde de Santisteban como sospechoso de inteligencias con los enemigos de la real corona. Fue acusado por diez testigos, que depusieron contra él, entre otras cosas, que «decía públicamente que las reliquias que tienen los padres de la Compañía de Jesús son huesos de gallinas y de osarios y sepulturas, y que destos se venden muchos en Roma, y que el sancto lignum crucis que tenían dichos padres no era sino un pedazo de azabache, y las demás reliquias eran falsas. Que su vivir ha sido y es escandaloso, que no dice misa, ni la oye entre año, ni acude al coro, ni reza las horas canónicas, come carne los días prohibidos, está continuamente amancebado, con nota y escándalo de su religión, y a una amiga suya, en jueves santo, la prohibió no se confesase, diciéndola que quien lo quería a él, no se había de arrepentir».

     Mandado meter en cárceles secretas, con secuestro de bienes y papeles, fue después trasladado a la Recolección de su Orden en Lima.

     Pertenece también a esta época un ruidoso suceso ocurrido en Trujillo por los años de 1681. Había en aquella ciudad un convento de monjas, cuyos confesores eran los franciscanos, y como se dijese un día que algunas de aquellas estaban endemoniadas, ocurría el pueblo a verlas y sacerdotes a examinarlas. Allí era de ver las contorsiones, gestos y saltos que hacían las poseídas, y de cómo hablaban en latín y respondían por su boca los demonios tales y cuales. Pero no faltó un jesuita travieso que persuadido de que todo aquello era una bonita farsa para encubrir hechos escandalosos, que bien pronto habían de traducirse en resultados... se presentase también a exorcizar a alguna de las endemoniadas. De paso para el convento, metió en una bolsita que llevaba de antemano preparada, un estiércol de caballo que encontró en el camino; hizo llamar a una de las monjas que parecía más atormentada, y colgándole al cuello la bolsita le dijo que bien pronto había de sentirse aliviada, pues allí se contenía una reliquia muy milagrosa que estaba destinada a obrar maravillosos efectos en casos semejantes; y así fue, en efecto, porque bien pronto la dama dijo sentirse muy mejorada.

     Con el informe que el jesuita hizo al Santo Oficio, se mandó prender a dos de las madres y se cambiaron los confesonarios.

 

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