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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XIX

Capítulo XIX

El Rey ordena que los inquisidores devuelvan de bienes confiscados los salarios que tenían percibidos. -Estrados del Tribunal. -Producto de las canonjías. -Venta de familiaturas. -Procedimientos relativos a los bienes de los presos. -Síguense tramitando las causas de portugueses. -Información contra el Obispo de Tucumán. -Causa de Diego López de Lisboa. -Auto de fe de 17 de noviembre de 1641.


     Las noticias de estas ejecuciones contra personas de la calidad y fortuna que sabemos, traspasando los límites del virreinato, habían llegado hasta México y España. Las sumas confiscadas en esa ocasión por el Santo Oficio, sobre todo, se decía que eran enormes. Nuevas que llevadas hasta los pies del trono, motivaron la real cédula de 30 de marzo de 1637, en que Su Majestad agradeciendo a los Inquisidores el cuidado y desvelo que tuvieran para declarar la complicidad del judaísmo y encareciendo el celo con que se ejecutara, dándose por bien servido y ofreciendo guardar memoria de todo para hacerles merced, añadía (recordando la recomendación que le había insinuado el Conde de Chinchón) que le parecía justo que se restituyese a su real hacienda de lo confiscado a los reos, los dineros que se habían extraído de su real caja para el pago de sus salarios percibidos hasta entonces, y que se reservase también para lo de adelante lo necesario para el mismo efecto, en caso de que el producido de las canonjías no alcanzase a satisfacerlos. A que el Tribunal, acatándola, como era de su deber (aunque sólo en el nombre, como tantas veces acontecía) respondió con buenas palabras que se daría cuenta al Consejo y al Inquisidor General, cuyos eran los bienes; pudiendo anticipar desde luego que aquellos sólo estaban secuestrados, que sobre su propiedad se había presentado un sinnúmero de pleitos, y por fin, que habiendo resultado muchas personas inocentes de aquellas que en un principio fueron reducidas a prisión y sus bienes confiscados, se habían visto en la necesidad de devolverlos.

     Posteriormente, el Rey, con acuerdo del Inquisidor General, resolvió en 6 de marzo de 1643, que el doctor Martín Real, del consejo de Inquisición, fuese a visitar «la hacienda y ministros y todo lo tocante y perteneciente al real fisco de ella, y vea y reconozca todos los secrestos hechos a los reos, inventario de sus bienes, pleitos y demandas que a ellos y con cada uno de ellos se hubiesen seguido [...] y los prosiga y fenezca y acabe los que no lo estuvieren, y vea, visite y reconozca los que estuvieren fenecidos». Y aunque se nombró notario que acompañase al visitador y se practicaron otras diligencias previas a su comisión, no aparece si ésta se llevó a cabo, o siquiera si se inició.

     La situación pecuniaria del Tribunal no podía, sin embargo, ser más brillante. Sin contar con lo embargado a los portugueses, resultaba que desde 4 de mayo de 1630, hasta fines de agosto de 1634, esto es, en poco más de cuatro años, habían entrado en sus arcas cuarenta y un mil doscientos setenta y ocho pesos, distribuidos en esta forma; mil cuatrocientos cuarenta y nueve pesos percibidos de penas y condenaciones, cuatro mil noventa y nueve, de donaciones, y treinta y cinco mil ochocientos veinte y nueve procedidos de quebrantamientos de escrituras de juego.

     No eran menos considerables las sumas percibidas de las canonjías. Hasta el año de 1635, la de Lima había contribuido con veinticinco mil ochocientos ochenta y tres pesos; la de La Plata con diez mil ochenta; la de Arequipa con cuatro mil doscientos; la del Cuzco con seis mil; la de Quito con mil trescientos cuarenta, etc..

     Las varas de alguacil mayor y menor, en todas las ciudades sujetas al distrito de la Inquisición, producían también una fuerte entrada, pues para no citar más de un hecho, bastará saber que la de Santiago se remató en 1641 en seis mil quinientos pesos; aunque según puede colegirse, por lo menos en algunas ocasiones, el producto de estos remates se enviaba al Inquisidor General.

     Para encarecer más todavía de lo que mandaban las instrucciones, la conveniencia de secuestrar los bienes de las personas que se prendían, el Consejo dispuso, con fecha de 21 de octubre de 1635, que en siendo alguna llevada a la cárcel, se le tomase declaración sobre la hacienda que tenía, haciendo juntamente información sobre ella, procediendo a la vez a las demás diligencias necesarias para su averiguación, entre las cuales sabemos ya cuan buen efecto surtía la de los edictos que se leían en las iglesias y se fijaban por carteles, conminando con censuras y las penas del Santo Oficio a los que no se presentasen a denunciar los bienes de los procesados. «Cosa es que inviolablemente se observa en esta Inquisición, decían los jueces a este respecto, y en respuesta a la orden indicada, tomarles declaración de sus haciendas, luego que se prenden, porque si en alguna parte conviene, es en esta, donde cuanto poseen estos hombres (refiriéndose especialmente a los mercaderes) es mueble, y tienen algunas raíces tan acensuasadas que solo les sirve de capa para sus engaños, porque con decir que tienen tal y tal posesión, persuaden a los miserables que contraten con ellos sus grandes riquezas y caudales, siendo todo trampa y embuste, y la hacienda la tienen siempre en confianza, esperando en todo caso la mejor y mayor parte della en salvo, con que son los secrestos ruidosos y de poca entidad. De estos ocultantes tenemos algunos presos en la cárcel pública, que tenazmente niegan».

     En carta acordada de 22 de octubre de 1635 se mandó también que no se entregasen bienes algunos de los confiscados a los reos, aunque se presentasen escrituras, cédulas ni otros recaudos de cualquiera especie, sin previa consulta al Consejo, debiendo ordenarse al juez de bienes confiscados que no ejecutase ninguna sentencia sin que primero apelase, trámites ambos que en 9 de noviembre siguiente se hicieron extensivos a las cantidades secuestradas.

     Con ocasión de las prisiones de tanto comerciante rico, los Inquisidores se vieron obligados a seguir largas tramitaciones para poner en cobro los bienes que pertenecían a aquellos; pero cuando en el país se notó que por cuenta de los presos se cobraba y no se cubrían aun los créditos más evidentes, estando próxima la salida de la armada en que debían enviarse los caudales necesarios para pagar las mercaderías compradas, se temió una quiebra general, pues las deudas de los detenidos ascendían a ochocientos mil pesos, suma en que se estimaba el caudal de toda la ciudad; viéndose por esta causa obligados los jueces a satisfacer algunas cantidades, exigiendo previamente fianzas, requisito sin el cual a nadie se pagaba.

     Prestando pues así la atención debida a los intereses materiales del Santo Oficio, siguieron los Inquisidores tramitando las causas que habían quedado pendientes a la fecha de la celebración del auto del año de 1639, mandando suspender la de Francisco Jorge Tavares, por judaizante, después de tres años de iniciada; y en idénticas circunstancias, la de Felipe Díaz Franco, Fernando de Fonseca, Pedro Fernández Cánones, que a la tercera vuelta del tormento declaró ser judío, desdiciéndose más tarde; Álvaro Rodríguez, Manuel de Pina y Francisco Arias; la de Pedro de Santa Cruz, remitida por el Obispo de Trujillo, por proposiciones heréticas, por haber sido declarado loco; la del licenciado Francisco de Almansa, abogado sevillano, que fue enviado desde el Cuzco, por dichos malsonantes, por haber satisfecho en gran parte a la acusación; Juan de Prado Brian, clérigo de menores, por proposiciones y desacatos contra el comisario de Huamanga; Antonio Gómez Portaces, madrileño, por sospechas de haberse comunicado con unos judíos, y Diego Pereira Diamante, que por igual motivo estuvo cinco años preso.

     Se denunciaron y fueron reconciliados: Juan Rodríguez Arias, en 15 de septiembre de 1639, que había sido preso por judaizante; y Juan Díaz, inglés, luterano, trompeta del Marqués de Mancera, y a quien, «por hablar muy cerrado», se le nombró intérprete.

     Fueron penitenciados Juan de Horta, alias de la Cruz, expulso de la Orden de San Francisco, que preso por proposiciones heréticas, por los muchos disparates que dijo en las audiencias, fue condenado a que, vestido con un saco, sirviese por seis años en el hospital de San Andrés.

     Luisa Ramos, mulata, castigada antes por hechicera; Francisco de Quituera Melgarejo y Francisco de Ayala, por casados dos veces.

     Duarte de Fonseca, toledano, acusado de judaísmo y de haberse comunicado con los presos por medio de agujeros que practicaba en las paredes, salió a la capilla con insignias de penitente, recibió cien azotes y fue a servir a galeras por cinco años.

     Manuel Márquez Montesinos y Juan López Matos, acusados de judaizantes, fueron admitidos a reconciliación con confiscación de bienes y destierro.

     Meses más tarde se mandaban suspender las causas de Rodrigo López, que llegó siempre ser judío, y la de Luis de Cananas y Guzmán, preso en Trujillo por sospechoso de pacto con el demonio, a pesar de sus diecinueve años, y que al fin resultó ser un mero prestidigitador.

     De los negocios que por esta época se tramitaban en el Tribunal, hay dos que por la calidad de los personajes que en ellos figuran merecen especial mención.

     A fines del año de 1634, murió en Salta el doctor Fernando Franco de Rivadeneira, comisario del Santo Oficio en aquellas partes, que había ido allí a recibir al Obispo de Tucumán fray Melchor Maldonado. Hallándose muy enfermo, llamó al jesuita Lope de Mendoza para que le hiciese su testamento y se recibiese de ciertos papeles relativos a su oficio; mas, luego que expiró, cogió aquellos el Obispo y se los guardó. De aquí tomó pie Mendoza para escribir al Tribunal denunciando al Prelado, a lo que se creía obligado, según decía, por haber sido siempre un martillo contra los transgresores de la reformación de costumbres y entereza de la fe.

     Comenzaba en la carta que para el efecto escribió a Lima diciendo que cuantos bienes del comisario se encontraron habían sido embargados por el Obispo, que «en materia de cudicia, puedo decir con verdad que mi religión tiene la fama y este prelado los hechos»; y continuando la pintura del personaje, agregaba: «su común vestir es de un ordenante asufaldado (sic), pero muy galán y pulido; una media sotanilla con muchos botones, aunque desabotonada de la cintura abajo, de manera que se le descubre el calzón de terciopelo de color, con pasamano. Las medias de seda y con ligas, y zapatos muy justos y pulidos, sin jamás ponerse roquete, ni mas hábito de su religión que la cinta de San Agustín. Anda tan oloroso que viendo yo a cierta persona volver las espaldas muy de priesa en una calle, le preguntaron que dónde iba tan apriesa, respondió, «voy así por no encontrarme con el Obispo, que como demuestra, con solo el olfato le he descubierto que viene por esa calle». -Un día entré yo a visitarle de las pocas veces que fui, y le hallé en la cama, aunque era harto tarde, y le hallé con pebetes y ramilletes de flores encima de una mesa, y en ella una escudilla de la China, llena de agua de olor, y de cuando en cuando metía los dedos y se rociaba con ella el rostro y narices, y rociándome a mí una vez, le dije (no sin misterio): «mas valiera, señor, que esta agua de olor tan olorosa fuera agua bendita que aprovechara para lo interior del alma, y para lo exterior del buen ejemplo y edificación»; pero él lo echó a placer, etc. Su cama es de damasco carmesí, con sábanas muy delicadas, cuatro almohadas muy bordadas en ella, con otros adornos, pulideras y olores que pudiera decir muy bien y aún más a proposito lo que el otro non bene olet, qui semper bene olet, y el dicho de San Crisóstomo, no fuera de propósito también: corporis fragantia arguit intus lateri animum inmundum.

     «Díceme persona que lo vio y oyó, que llegando a cierta casa desta ciudad donde estaba una doncella de buen parecer, la dijo que si se quería casar con él; lo mesmo le sucedió en la segunda visita: y después yéndose a despedir de ella, la esentó a su lado en un cojín que le habían puesto en que pusiera los pies, y la dijo que le abrazase, como lo hizo; y añaden los que lo vieron, que notaron que estaba tan inquieto allí como una persona que la quería arrebatar, o forzar, sin atreverse a ello, etc. Y que con esto se despidió, haciéndola mil ofertas a letra vista. Divulgádose ha entre algunos del pueblo, que una noche (estándole espiando con sospechas que tenían) le vieron escalar una casa pegada a la de su vivienda, y que había violado a una doncella honrada, a la cual sin ninguna previa amonestación ni preparación alguna, la casó otro día; y hallándola el marido, no tan entera como él pensaba, y llegando a su noticia lo que pasaba, la dejó al segundo día y se fue a dormir a otra casa, votando a Dios que la había de dejar, etc., hasta que el mismo obispo, con trazas y medios, apagó el fuego que se iba encendiendo.

     »De aquí, y de otras cosas semejantes, oí yo decir a muchos hombres, por tanto y cuantos, que no ha de entrar en mi casa ni visitar a mi mujer. Y otro bien principal y de brío le oí decir que la había enviado a decir que no le atravesase los umbrales de su casa. Otro magnate desta tierra dijo en cierta ocasión; vaya el señor Obispo a Santiago, que yo le voto a tal, que si entra en tal casa, de echarle dos balas en el cuerpo.

     »Dicen que en toda su casa apenas se halla briviario, y que sino es en las órdenes que celebra, apenas dice misa en todo el año. Cuando ejerce el pontifical es de manera y con tiempo la gravedad, que causa más irrisión y escarnio de lo que está haciendo, que otra cosa.

     »Su confesor es un fraile mercenario, mozo indocto y sordo, y de tales costumbres y modestia, que alabándose de cosas, vino a decir que él tenía dos docenas de camisas, que cada una valía una barra; muestra, a mi ver, de su interior flaco y poco penitente.

     »Hácese servir de rodillas con tantas genuflexiones, reverencias y continencias, que espanta. Díceme quien lo ha visto y notado, que para despabilar las candelas que tiene en su aposento, se hincan los criados de rodillas tres veces antes de llegar a la candela, y otras tres al retirarse; a la manera que el viernes santo adoramos la Cruz en las iglesias, que por este modo me lo dijo la persona que lo vio.

     »Trata tan mal y tan de vos a boca llena a los clérigos teniéndolos en pie y descaperuzados, que se huyen y ausentan, y aun le aborrecen, anunciándole mil desventuras y daños.

     »Ha dicho que acá no tiene superior, y que qué le puede hacer a él el Rey, ni el Papa, que está exento, que dado caso que fuese hereje, ni la Inquisición podría conocer de sus causas, etc.

     »Sé decir por remate desta carta que en muchas tierras en que me he hallado no he visto ni oído tantas anatemas, ni descomuniones, como en solo estos dos meses, que ha entró en este obispado; de que está la gente y tierra muy temerosa y escandalizada».

     A esta denuncia, vino luego a agregarse el de fray Francisco de Figueroa, del cual copiamos los párrafos siguientes:

     «Con la sinceridad y verdad, que a tan Sancto Tribunal se debe hablar denuncio de la persona del reverendo obispo de Tucumán, don fray Melchor Maldonado de Savedra, del cual he oído cosas gravísimas, sospechosas en nuestra sancta fe católica, y corren generalmente entre todo este Obispado, que en Salta, estando confirmando, llegó una niña de buen parecer y la dijo mejor es vuestra merced para tomada que para confirmada, y en Córdova este año pasado de 631, llegó otra en presencia de mucha gente, y alzándosele la saya dijo, zape que no la he de confirmar para bajo sino para arriba, y con la primera se amancebó con publicidad. Oí decir al Vicario de Tucumán, Juan Serrano, que una persona que nombró y no me acuerdo de su nombre, se le quejó que le había revelado la confesión en un viaje que hizo de Santiago a Córdova, por la cuaresma de este año de 1637, comió carne todo el camino el Reverendo Obispo y toda su casa y criados, estando buenos y sanos, y no faltándole dinero para sustentarlos, de lo que la iglesia manda se coma en aqueste tiempo, y hasta el mismo miércoles sancto se la vi yo comer al dicho Reverendo Obispo, y oí decir al padre fray Alonso Vásquez, de la orden de San Francisco, que queriendo denunciar de esto, por ser caso contenido en los edictos generales de la fe, no le quiso admitir la denunciación el Comisario del Sancto Oficio, por cuya causa no le denunció».

     Los Inquisidores, en vista de estos antecedentes, se dirigieron al Consejo, enviándole copia de las piezas más interesantes, a fin de que proveyese «lo que fuese servido», y en consecuencia, en Madrid se mandaron entregar a los calificadores del convento de Atocha para que se tomase la conveniente resolución.

     El otro proceso a que nos hemos referido fue hecho contra Diego López de Lisboa, portugués, que después de viudo, se hizo sacerdote, y que por entonces era mayordomo y confesor del arzobispo de Lima don Fernando Arias de Ugarte. Sucedió que una noche, a las doce, un tal Jerónimo de Ágreda, huésped del arzobispo, subía a las habitaciones de un sobrino suyo, que estaban contiguas a las de López de Lisboa, en el mismo palacio arzobispal, y como no lo encontrase, sintiendo ruido de azotes en el cuarto de López, se puso muy quedo a escuchar a la puerta y mirando por el agujero de la cerradura, vio luz y oyó una voz que decía «embustero, embaucador, por eso te pusieron a crucificar entre dos ladrones, y sonaban los azotes; y decía más, que si era justo, santo y bueno, hijo de Dios, como se decía, que por qué no se libró de aquella muerte que le dieron, etc.»; acertando en seguida a descubrir que estas palabras se las dirigía López a un crucifijo que tenía debajo del dosel de su cama, que había descolgado de su sitio para propinarle la azotaina.

     Se decía también que el denunciado, en una ocasión, con motivo de la traducción de cierta palabra latina, había expresado su significado en hebreo, repitiendo «dos o tres vocablos no más, que sonaban en la misma lengua».

     Se añadía igualmente que el hijo del supuesto reo, el celebrado Diego de León Pinelo, uno de los más notables literatos de Lima durante el periodo colonial, cuando oía misa, al tiempo de alzar, se daba golpes en el pecho, pero que en lugar de adorar la hostia, tornaba la cara a otro lado, de lo cual se murmuraba mucho en la ciudad.

     Con tales precedentes, los Inquisidores se pusieron a rastrear luego la vida anterior del acusado, logrando descubrir de que a su padre y a un tío suyo habían quemado en Lisboa, por cuya razón se había escapado a Valladolid y pasado de allí a Buenos Aires y Córdoba del Tucumán; que en esta ciudad era voz pública que había azotado a un crucifijo, pues en una noche de las de la procesión de sangre, dos hombres habían penetrado a la casa en que estaba hospedado y le hablan oído que decía a los demás que le acompañaban «qué buena mano aquella», sin que existiese demostración alguna de que se hubiese estado jugando; y que en La Plata, con el objeto de ordenarse, había rendido una información falsa para acreditar que era cristiano viejo, etc..

     A pesar de lo que los Inquisidores lograron acopiar en esta causa, el Arzobispo no retiró su confianza a López de Lisboa, y la Universidad de San Marcos premió el mérito de su hijo nombrándolo catedrático de Prima de Cánones, con cuyo motivo repetían aquellos al Consejo que «parecía cosa muy peligrosa confiar la interpretación de los sagrados cánones y materias eclesiásticas y de sacramentos a personas de raíz tan infecta y sospechosa por sí, y que podrá dar a beber ponzoña en lugar de buena doctrina a la juventud que le cursare».

     Poco a poco, sin embargo, fueron los jueces allegando algunos reos, resolviéndose al fin a celebrar un autillo en la capilla de la Inquisición el 17 de noviembre de 1641, en que fueron penitenciados:

     Francisco de Montoya o Méndez, confitero, cristiano nuevo, de treinta y seis años, que había ayunado cuarenta días continuos, no comiendo ni bebiendo hasta la noche, después de salida la estrella; se presentó con insignias de reconciliado, perdió sus bienes y fue enviado a la cárcel por dos años.

     Fernando de Heredia, portugués, residente en el Cuzco, también cristiano nuevo y sospechoso de judaísmo, logró que se le quitase el sambenito en el tablado.

     Félix Enríquez de Rivero, que había ayunado el ayuno de la Reina Ester, escapó lo mismo que el anterior, bien entendido que confiscándose a los dos sus bienes, prevía reconciliación.

     Bartolomé de Silva, Cristóbal y Matías Delgado, que habían practicado el ayuno «de la data de la ley», llevaron hábito y cárcel por un año; Juan y Francisco de la Parra, que celebraron la pascua de los cenceños, que por otro nombre llaman del cordero, durante siete días continuos; Gonzalo y Pedro de Valcázar, ambos mercaderes y el último de los cuales a la primera vuelta del tormento confesó ser judío Simón Correa, que lo dijo a la cuarta; Álvaro Rodríguez y Rodrigo Fernández, que fue puesto dos veces en la mancuerda, recibió cien azotes después del auto, se le confiscaron sus bienes y llevó hábito y cárcel perpetuos.

     Juan Florencio, de veintiocho años, por doble matrimonio; y doña María de la Cerda, natural de Buenos Aires, viuda de un abogado de Tucumán, acusada de haber dado polvos de ara consagrada, mezclada con sangre menstrual en el chocolate a diferentes hombres para que permaneciesen fieles a sus amores, después de abjurar de levi, recibió cien azotes por las calles.

     Además de los reos precedentes, había sido penitenciado entre año el negro Jorge de Illanes, a quien le costó el haberse casado dos veces cien azotes y cinco años de galeras; y se habían suspendido las causas de Pedro Jorge y Acuña y la del sargento Francisco de Silva, por judaizantes, siendo el último condenado al tormento y mantenídose en él negativo a pesar de cinco vueltas que se le dieron.

     Las labores del Tribunal decayeron mucho desde entonces, pues hasta el auto siguiente que tuvo lugar en 1666, sólo se resolvieron los procesos de las personas expresadas a continuación:

     Enrique Jorge Tavares, de edad de dieciocho años fue puesto en la cárcel el 11 de agosto de 1635, con información de cinco testigos cómplices singulares, los dos menores y uno que después se retractó. En 5 de diciembre fue puesto en el tormento, recibiendo siete vueltas en la mancuerda y tres en el potro, persistiendo en negar el judaísmo de que se le acusaba. Le sobrevino después nueva acusación de algunos compañeros de cárcel, confesando sólo algunas comunicaciones con ellos y expresando que lo demás era testimonio que le querían levantar los castellanos. Después de varias revocaciones del reo, fue votado en 1639 a que se suspendiese su proceso por haber perdido la razón.

     Manuel Henríquez, preso en 8 de diciembre de 1635, puesto a tormento en 1637, a la segunda vuelta confesó de sí que era judío habiéndose acreditado durante el curso de su causa que antes había sido reconciliado en Coimbra. Por las muchas revocaciones en que incurrió y por otros hechos, entre ellos el de haber citado a juicio a los Inquisidores, se tuvo sospecha de que estuviese loco, lo que no impidió que en 3 de julio de 1647, esto es, doce años después de su encarcelación, fuese condenado a ser relajado, pena que no se había ejecutado aún en 1656 por falta de ocasión.

     Gaspar López Suárez, también preso por judío en 1642, en Potosí, estaba votado a tormento riguroso en 1647, el que se ejecutó al año siguiente sólo hasta la primera vuelta, porque el reo confesó el delito de que se le acusaba; siendo reconciliado ese mismo año, con cien azotes.

     Luisa Ramos, hechicera, viuda, de treinta años, castigada ya dos veces por el Santo Oficio, presa de nuevo en 1646, fue condenada el año siguiente a salir a la capilla con coroza y demás insignias, y a recibir por las calles doscientos azotes.

     Ana María de Contreras, mulata, después de haber sido penitenciada anteriormente, fue de nuevo castigada en 1647.

     Francisca de la Peña, zamba, del Cuzco, y Bernabela de Noguera, limeña, fueron procesadas también por hechiceras.

     Salvador Díaz de la Cruz, de Chile, y Francisco Vaca de Sotomayor, desterrado a Valdivia por doble matrimonio.

     Fray Bartolomé de Sotomayor, sacerdote profeso de la Merced, que predicando un sermón en Ica dijo que aunque los hombres llegasen manchados al Santo Sacramento del Altar y le recibiesen, el mismo Sacramento les limpiaba, en cuya causa se sobreseyó por no descubrirse malicia en el reo.

     En carta de 11 de octubre de 1648 anunciaba al Consejo Juan de Izaguirre, secretario del Tribunal, que no existía en las cárceles otro reo que Manuel Henríquez. En efecto, Juan Fernández Darraña, gallego, carpintero, procesado porque aconsejaba a los indios recién bautizados que no fuesen a misa, había sido mandado poner en libertad; Diego Pérez Mosquera, presbítero expulso de la Orden de San Agustín, acusado de haber dicho que el ánima de San Ignacio estaba en los infiernos, y que si él quisiera, pudiera hacer a la Iglesia más daño que Lutero, por lo cual había sido reducido a prisión en Oruro, fue condenado a abjurar de levi y a una reclusión de seis meses; y los reos restantes, que eran Agustín de Toledo y Luis de la Barreda, que habían sido remitidos de Chile, estaban ya despachados.

     En 1651 fueron castigados por doble matrimonio, Juan Bautista, mestizo, de los Yauyos, y Juan Toribio Lara, mulato, del Callao.

     Desde 1655 hasta 1660, Lorenzo Sánchez, zapatero, de Cuenca; Gaspar Henríquez y Juan Pérez, que murió en el hospital, también por bígamos; Cristóbal de Toro, de Huamanga, blasfemo y que había además abusado de sus dos hijas, salió a la sala de audiencia, en forma de penitente, con coroza y soga a la garganta y mordaza en la lengua, y llevando puestas las insignias, se le dieron doscientos azotes por las calles.

     Fray Francisco Vásquez, natural de Quito, lego de San Agustín, que dijo misa, abjuró de vehementi, recibió azotes y fue destinado a galeras; y Alfonso Domínguez de Villafaña, también lego, preso por idéntica causa, recibió igual pena, sin los azotes, que le fueron remitidos.

     Rafael Vanegas, jesuita del colegio de Santiago de Chile, por solicitante.

     Inés de Córdoba, en 3 de marzo de 1660, fue condenada a salir en hábito de penitente, con coroza, vela y soga, abjuró de levi y se le aplicaron cien azotes; Antonia Abarca, por mal nombre La Gaviota, que usaba de polvos para captarse el amor de los hombres; Luisa de Vargas, azotada por la justicia real, tambera de Pisco; Ana Vallejo, hija sacrílega, discípula de la Inés de Córdoba; y Antonia de Urbina, por hechiceras.

     El alcaide Cristóbal de Vargas Barriga, por abusar carnalmente de las presas.

     Luis Vela de los Reyes, sevillano, de veinte años, acusado de sostener que Lutero y Calvino no se habían condenado y de que era buena la doctrina de la predestinación, fue llevado a la cámara del tormento, y por haberse mantenido negativo, se le puso en libertad.

     Diego Martínez, natural de México, que decía que los jesuitas y frailes en general no eran sacerdotes sino mágicos, fue dado por loco.

     Ginés García, por doble matrimonio; Antón, negro, acusado de llevar recados de los presos, recibió cien azotes; doña Josefa de Baides, denunciada de ver en el lebrillo, fue dada por libre.

     Hasta 1666 fueron penitenciados: Simón Mandinga, negro, por adivino, que recibió cien azotes; fray Juan Sánchez de Ávila, que decía misa y solicitaba a las mujeres en el confesonario; Cristóbal de Castro, procesado en Chile; Juliana Gutiérrez, natural de Chuquisaca, acusada de mascar coca; Pedro Ganui, canónigo de Quito, por haber ocultado la persona y bienes de un reo del Santo Oficio, tuvo que pagar tres mil pesos; fray Miguel Melo, de Buenos Aires, lego de la Merced, que decía misa; fray Diego Bazán, donado de San Juan de Dios, que andaba disfrazado de mujer, se huyó de su convento y se casó en el Cuzco, trató de suicidarse con solimán; fray Cristóbal de Latorre, fraile agustino, por solicitante en confesión; fray José de Quezada, ordenado de diácono, que decía misa; Juan de Torrealba, que conjuraba la coca, y Úrsula de Ulloa, de edad de quince años hija de una pulpera, que se encerraba a mascar dicha yerba hasta después de medianoche; y las hechiceras Ana de Ayala, Petronila de Guevara, Josefa de Llevana, Juana de Estrada, Magdalena Camacho, Juana de Cabrales y Catalina Pizarro.

     Sebastián de Chagaray, mulato, libre, casado dos veces, y fray Jacinto de Herrera, sacerdote, natural de Granada, de cincuenta y tres años que en el juego votaba a la limpieza de la Virgen concebida entre demonios, y a Cristo, y pidiendo que le llevasen los diablos.

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