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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XVIII

Capítulo XVIII

Los portugueses dueños del comercio de Lima. -Denúnciase a uno de ellos por judío. -Secreto con que se verifica su prisión. -Aprehéndense a sus jefes y tormento que se les da. -Despáchanse diecisiete nuevos mandamientos. -Para despejar las cárceles resuelven los Inquisidores celebrar un auto de fe. -Es separado de su puesto el alcaide Bartolomé de Pradeda. -Continúan las prisiones. -Alquílase una casa para dar más extensión a las cárceles. -Nuevas denuncias. -Se prohíbe salir del país sin licencia del Santo Oficio. -Otros reos. -Se publican pregones para descubrir la fortuna de los procesados. -Jusepe Freile, ayudante del alcaide es desterrado a Chile. -Nuevas prisiones. -Pleitos que se originan con este motivo. -Medidas que se arbitran para su despacho. -Otras denuncias. -Favor que presta el Virrey a los Inquisidores. -Noticias acerca de los ministros de que se componía por entonces el Tribunal. -Quejas de los empleados subalternos. -Proceso del alcaide Bartolomé de Pradeda. -Relación que dan los jueces de lo que resultaba contra él. -Ardides de que se valen los presos para comunicarse en su prisión. -Falsos testimonios que se levantan entre sí para prolongar la decisión de sus causas. -Auto de fe de 17 de agosto de 1635. -Reos penitenciados en la capilla del Tribunal. -Horribles incidentes ocurridos durante la prisión de algunos de los portugueses. -Mencía de Luna muere en el tormento. -Relación del gran auto de fe de 23 de enero de 1639 según Montesinos. -Curiosos detalles ocurridos en el suplicio de algunos de los reos.


     Es llegado ya el momento de que procedamos a dar cuenta del negocio que se llamó «la complicidad grande», que había de motivar el auto de fe más sangriento de cuantos registran los anales de la Inquisición en América, y que, fieles al sistema que invariablemente nos hemos propuesto seguir en el curso de estas páginas, dejaremos contar a los mismos jueces que lo prepararon y llevaron a término.

     «De seis a ocho años a esta parte, decían, es muy grande la cantidad de portugueses, que han entrado en este reino del Perú (donde antes había muchos), por Buenos Ayres, el Brasil, Nueva España, Nuevo Reino, y Puerto Velo. Estaba esta ciudad cuajada de ella, muchos casados, y los más solteros; habíanse hecho señores del comercio; la calle que llaman de los mercaderes era casi suya; el callejón todo; y los cajones los más; hervían por las calles vendiendo con petacas a la manera que los lenceros en esa Corte; todos los más corrillos de la plaza eran suyos; y de tal suerte se habían señoreado del trato de la mercancía, que desdel brocado al sayal, y desdel diamante al comino todo corría por sus manos. El castellano que no tenía por compañero de tienda a portugués, le parecía no había de tener subceso bueno. Atravesaban una flota entera con crédito que se hacían unos a otros, sin tener caudal de consideración y repartían con la ropa sus fatores, que son de su misma nación, por todo el reino. Los adinerados de la ciudad, viendo la máquina que manijaban y su grande ostentación, les daban a daño cuanta plata querían, con que pagaban a sus corresponsales, que por la mayor parte son de su profesión, quedándose con las deudas contraídas aquí, sin más caudal que alguno que habían repartido por medio de sus agentes.

     »Desta manera eran señores de la tierra gastando y triunfando, y pagando con puntualidad los daños, y siempre la deuda principal en pie, haciendo ostentación de riquezas, y acreditándose unos a otros con astucia y mafia, con que engañaban aun a los muy entendidos; creció tanto su habilantez con el valimiento que a todo andar iban teniendo con todo género de gentes, que el año de treinta y cuatro trataron de arrendar el almojarifazgo real.

     »El rumor que había del gran multiplicó desta gente, y lo que por nuestros ojos víamos nos hacía vivir atentos a todas sus acciones, con cuidadosa disimulación, cuando por un día del mes de agosto de dicho año de treinta y cuatro un Joan de Salaçar, mercader vecino desta ciudad, denunció en este Santo Oficio de Antonio Cordero, cajero de uno de dos cargadores de la ciudad de Sevilla, que por no haber podido vender y despacharse el año de treinta y tres en la feria de Puerto Velo, subieron a ésta, y tenían almacén frontero del colegio de la Compañía de Jesús, donde el Antonio Cordero vendía, y dijo, que habiendo ido un sábado por la mañana a comprar unos rengos al dicho almacén, halló en él al Antonio Cordero con sus amos, y hablando con él le dijo si le quería vender unos rengos, a que le había respondido, no puedo venderlos hoy, que es sábado; y replicándole el Joan de Salaçar, que tiene el sábado para no vender en él, le había dicho, digo que no he de vender hoy, porque es sábado; y que oyéndolo el uno de los amos, el de más edad, le había reprehendido, diciendo no dijese aquellas boberías; y que entonces había dicho Antonio Cordero; digo que no he de vender hoy, que es sábado, ni mañana que es domingo; y que con esto se despidió con otros dos camaradas, con quien había ido al dicho almacén, reiéndose de ver que por ser sábado decía aquel portugués no quería vender.

     »Y que volviendo allá otro día, que acertó ser viernes, halló al Cordero en el mismo almacén almorzando un pedazo de pan con una manzana, y después de haberle saludado, sin acordarse que fuese viernes, le había dicho, ¿no fuera mejor comer de un torrezno? a que había respondido Cordero, ¿había de comer yo lo que no comieron mis padres, ni abuelos? y replicándole Salaçar, ¿que? ¿no comieron sus padres y abuelos tocino? oyéndolo uno de los amos, que se halló presente, había respondido: quiere decir que no comieron lo que él está comiendo agora; y que él le había replicado, no es tocino lo que come agora, y que no pasó más por entonces.

     »Llamáronse dos que dio por contestes: dijo el uno ser sordo, y no había oído las palabras formales en lo tocante al sábado, más de haber visto que no se compró nada. El otro contesta solamente en lo del tocino; pareció flaca la testificación y quedose así, a ver si le sobrevenía otra alguna cosa.

     »Luego por el mes de otubre, cuidadosos siempre en estas materias, escribimos a todo el distrito, como dimos cuenta a Vuestra Alteza el año pasado, encargando a los comisarios que con toda brevedad, cuidado y secreto, nos procurasen inviar el número cierto de portugueses, que cada uno tuviese en su partido, y algunos comenzaron a ponerlo en ejecución.

     »Estando la cosa en este estado, visto que se acercaba la armada; acordamos poner en consulta dicha deposición tal cual, y se puso por  los fines de marzo, en ocasión que se había llamado para otras causas; y visto con el ordinario y consultores, salió de común acuerdo, se recogiese el Antonio Cordero con el silencio y secreto posible, y fuese sin secresto de bienes, porque cuando se echase menos, que era fuerza no se entendiese había sido la prisión por el Santo Oficio.

     »Encargose su ejecución a Bartolomé de Larrea, familiar desta Inquisición, que el día siguiente, con color de cerrar una cuenta tenía con el Cordero, de algunas cosas que le había vendido, viéndole le metió como otras veces en su tienda, que la tiene en la calle de los mercaderes, en la mitad del día, cuando hervía de gente, y como a la una dio aviso de cómo le tenía en un aposento cerrado, sin que nadie le hubiese visto ni sentido; inviamos luego por él con una silla de mano al alcaide, que antes de las dos le puso a buen recado.

     »Echáronle menos en su casa, y sus amos hicieron extraordinarias diligencias por la justicia real, y viendo que no parecía, decían unos se había huido, otros que le habían muerto; algunos, que quizá, como era portugués, le prendería la Inquisición. Pero los más bachelleres decían, no podía ser esto, pues no se había hecho secresto de bienes, diligencia precisamente necesaria en los negocios de la herejía.

     »Esta prisión se hizo en dos días de abril del dicho año de treinta y cinco, y luego pidió audiencia, en que dijo ser natural de Arronchez, en el obispado de Portalegre, reino de Portugal, de edad de veinte y cuatro años, casado en Sevilla y criado de Antonio de Acuña, cargador; confesó ser judío judaizante, y quien se lo había enseñado en Sevilla y denunció de algunos en ella. Y porque negaba la testificación, conclusa su causa en forma, como con menor, por diminuto, en consulta se mandó poner a cuestión de tormento, y en él, a la primera vuelta dijo le soltasen, que diría la verdad, y que Antonio de Acuña, su amo, y Diego López de Fonseca, compañero, y Manuel de la Rossa, criado deste, eran judíos, y habiéndole quitado la mancuerda y sentado en un banquillo, fue diciendo diferentes actos, ritos y ceremonias que juntos habían hecho.

     »Con esta deposición, sin esperar a ratificación, por temor que los dichos no pusiesen en cobro la hacienda que la tenían junta, por estar abispados desde la falta del Cordero y la armada de partida para Panamá, con parecer del ordinario, inviamos al alguacil mayor, don Joan de Espinosa, por ellos, que los halló comiendo y trajo presos en su coche, secrestados los bienes, en once de mayo.

     »Fuéronse teniendo las audiencias ordinarias con todos; y concluyose la causa de Manuel de la Rossa, criado del Diego López, tenido por santo, y sacristán actual de la congregación de los mancebos, en la Compañía, natural de Portalegre, en Portugal, de oficio sedero, y de edad de más de 25 años; estuvo negativo hasta el tormento, y en él, a la segunda vuelta, confesó ser judío judaizante y que lo eran su amo Diego López, Antonio de Acuña y su criado Antonio Cordero, y otros muchos, y siempre ha ido confesando de aquí y de otras partes.

     »Antonio de Acuña, mozo de 20 años, natural de Sevilla, estuvo negativo hasta la séptima vuelta de la mancuerda inclusive, y entonces confesó ser judío judaizante y que lo eran también su criado Antonio Cordero, y su camarada Diego López de Fonseca y Manuel de la Rossa, criado dél; y siempre va confesando de otros muchos en esta ciudad, Cartagena y Sevilla; a este se debe la mayor luz desta complicidad.

     »Diego López de Fonseca, natural de Badajoz, de oficio mercader, de edad de 40 años, casado en Sevilla, estuvo negativo en el tormento, a que fue condenado in caput alienum, por estar convencido, con gran suma de testigos, y relajado al brazo seglar, no se le pudo dar conforme los méritos, por un desmayo que le dio a la quinta vuelta; cada día tiene nuevas testificaciones, que se le darán en publicación.

     »En este tiempo, las pocas cárceles que había, estaban ocupadas, crecían cada día los denunciados, porque el Antonio de Acuña, Rossa y Cordero iban siempre confesando; y para poder recoger los que estaban mandados prender, con consulta de ordinario y consultores, acordamos de despachar en la capilla las causas que estaban determinadas a pena pública, y las demás con toda brevedad; y que el alcaide Bartolomé de Pradeda, dejase su aposento, pasando a la casa, pared en medio, que es desta inquisición, y porque si antes de prender los que estaban mandados, se hacía esto, era dar a entender lo que se trataba, acordamos se ejecutasen primero las prisiones.

     »Estaban diez y siete mandamientos hechos de la gente más válida y autorizada de la plaza, algunos delcos, y era fuerza causase grandísimo ruido, cosa que nunca se había visto en este reino; conociendo la gran piedad y afecto con que el Virrey, conde de Chinchón, hace cualquiera diligencia en orden a honrar el Santo Oficio, nos pareció darle parte desta resolución, y que si quisiese entender algo della en particular, se le recibiese primero juramento, a que fue el inquisidor don Antonio de Castro, habiéndole oído con mucho gusto, y dado muestras del que ternía, de saber quiénes, y cuántos eran los presos; hizo el juramento de secreto religiosísimamente y prometió, si fuese menester, iría en persona a prender al más mínimo.

     »Hecha esta diligencia, se repartieron el día de San Lorenzo diez y siete mandamientos en pocos menos ministros, y se les dio el orden que habían de tener, y sin que ninguno supiese más del suyo, el siguiente, que fue de Santa Clara, desde las doce y media, que entró el primero hasta un poco antes de las dos, se ejecutaron los diez y siete mandamientos, con tanto silencio y quietud, que cuando el pueblo sintió lo que pasaba, estaban los más en sus cárceles; fue día del juicio, quedó la ciudad atónita y pasmada, ensalzando la fe católica y alabando al Santo Oficio, creció la gente de tal modo a la última prisión, que se hizo en esta misma calle, que no se podía romper por ella.

     »Otro día sacamos a la capilla unos doce de diferentes causas, y el siguiente despachamos las demás, y se ocuparon las diez y seis cárceles antiguas, y otras que tumultuariamente se hicieron.

     »Crecía cada día la complicidad, y teníamos poca satisfacción del alcaide Bartolomé de Pradeda, por ser mucha su cudicia, y particularmente después que compró unas haciendas del campo en mucho mayor cantidad que la que alcanzaba su caudal; hallamos que estaba embarazado con las cabezas desta complicidad, y que los había emprestillado y metido en fianzas, y que olvidado de su obligación y rendido al interés, nos tenía vendidos, haciendo público lo que pasaba en las cárceles, y dando lugar a comunicaciones; pedía su infidelidad una severa demostración; pero considerando veinte años de servicios y siete hijos, y andar con poca salud, acordamos que pidiese licencia para ir a convalecer a su chacara, y con este pretexto arrancarle antes que causara mayor daño.

     »Hízose así, y pusimos en su lugar a Diego de Vargas, hijo y primo de ministros, natural de Toledo, soltero, dándole el servicio necesario para la buena administración de las cárceles, y por ayudante a un mozo, deudo de Benardino de Collantes, nuncio que fue desta Inquisición, llamado Joseph Freile de Moriz, que servía de antes la portería. Fueron presos en esta ocasión de once de agosto, con secresto de bienes:

     »Bartolomé de León, natural de Badajoz, de oficio mercader, que dicen es deudo del Diego López de Fonseca, de edad de 19 años, siguiose su causa como con menor, estando siempre negativo; y a la monición del tormento, confesó ser judío judaizante, y de otros muchos desta ciudad; este fue camarada de Antonio de Acuña y Diego López de Fonseca, los cuales dijo eran judíos, como también Antonio Cordero y Manuel de la Rossa.

     »Gerónimo Hernández, natural de Sevilla, tío hermano de madre de Antonio de Acuña, mercachifle, de edad de 18 a 20 años, que vivía con su sobrino; estuvo negativo, y habiéndose visto en consulta se sentenció a tormento, y antes de la monición dél, habiendo pedido audiencia, dijo ser judío judaizante, y dio por cómplices en el judaísmo a su sobrino Antonio de Acuña, Diego López de Fonseca, Bartolomé de León, Manuel de la Rosa y Antonio Cordero, que todos vivieron en una misma casa, y a otros, así en esta ciudad, como en otras partes.

     »Manuel Baptista Pérez, mercader, natural de Ansan, jurisdicción de Coimbra en el reino de Portugal, de edad de 46 años, casado con prima suya, que trajo de Sevilla, y con hijos, hombre de mucho crédito en todas partes, y tenido por el oráculo de la nación hebrea, y de quien se entiende es el principal en la observancia de la ley de Moisés; es mucha la máquina de hacienda que tiene a su cargo, y la que debe en cantidades gruesas, plazos cumplidos, pasa de ciento y treinta mil pesos, en lo que hasta agora se sabe; está convito con mucho número de testigos y negativo.

     »Sebastián Duarte, su cuñado, natural de Montemayor el Nuevo, en Portugal, de oficio mercader, de edad de 30 años, casado con una hermana de la de Manuel Baptista, sin hijos, vivían juntos en una casa, y tienen la hacienda en compañía proindiviso, está convencido y negativo.

     »Antonio Gómez de Acosta, natural de Verganza, en Portugal, de edad de 38 años, vecino desta ciudad, manijaba gran suma de hacienda, invió el año pasado a Tierrafirme mucha plata para hacer pagas o para ponerlas en cobro, que es lo que más procuran, tiene muchas deudas, y alguna hacienda que tiene esta derramada, esta convencido y negativo.

     »Manuel de Spinossa, natural que dice ser de Almagro, hijo de portugueses, de edad de 32 años, esta convencido y negativo, y su causa en defensas que no importan, sentenciose a relajar y tormento in caput alienum, en esto pidió misericordia confesando, aunque cortamente de sí y otros.

     »Jorge de Espinossa, su hermano, de edad de 28 años, se trajo preso de Panamá a donde bajó en la armadilla, y entró en las cárceles a los 28 de diciembre, está negativo.

     »Antonio de Spinosa, hermano de ambos, de edad de 24 años, fue preso en la villa de Potosí, a donde se había huido; entró en las cárceles secretas en 8 de febrero, vase siguiendo su causa, está negativo.

     »Roque Gómez, mercader, natural de Saldaña en Castilla la Vieja, hijo de portugueses, de edad de 36 años, que tenía tienda en el Callejón en compañía de otros; su causa está parada porque se le ha turbado el juicio o lo finge.

     »Francisco Núñez Duarte, mercader, compañero del Roque, natural de la ciudad de la Guardia en Portugal, de edad de 44 años, tiene mucha testificación, está negativo.

     »Gaspar Núñez Duarte, su hermano, de edad de 32 años, entró preso en dos de enero deste año, está negativo.

     »Antonio de Sossa, portugués, natural de Villameán, aldea de Viseo, en Portugal, de edad de 40 años, casado en esta ciudad, este es el que puso en plática el arrendar los armojarifazgos, está negativo.

     »Rodrigo Váez Pereira, natural de la villa de Monsanto en Portugal, de oficio mercader, casado, en esta ciudad con hija de portugués, de edad de 35 años; confiesa haber hecho cuando muchacho algunos ayunos judaicos, enseñado de un tío suyo, y niega la intención y el ser judío, vase prosiguiendo su causa, sentenciose a tormento, y a la notificación de la sentencia confesó de sí y de otros y satisfizo a la testificación.

     »Jorge de Silva, portugués, mercader, natural de Estremoz, de edad de 33 años, confiesa su judaísmo, y, aunque de espacio, ha declarado de muchos aquí y en otras partes.

     »Rodrigo de Ávila, el mozo, a diferencia de su tío del mismo nombre, mercader, natural de Lisboa, de edad de 31 años, está negativo.

     »Enrique Núñez de Espinosa, natural de Lisboa, criado en Francia, de oficio corredor, casado en Sevilla y tiene aquí su mujer, que también está presa, de edad de 40 años; este fue preso el año de 23 por judío, y salió libre habiendo vencido el tormento que se le dio, según la prueba e indicios que hubo contra él; y aunque entró negando, en la mitad de la acusación confesó ser judío desde su niñez y testificó contra algunos, pero tan corto y diminuto, que fue condenado a tormento, en que a las primeras vueltas satisfizo a la testificación que hasta entonces tenía. Vanle sobreviniendo más pruebas, con que todavía está negativo en muchas cosas, y en otras diminuto; vase en su causa con atención, porque como persona que sabía el estilo del Santo Oficio, ha echo mucho daño.

     »Jorge Rodríguez Tabares, mercader, que ha sido quebrado, natural de Sevilla, casado en esta ciudad, de edad de 35 años, y que le tienen los suyos por hidalgo, comenzó negando, y llegando al segundo capítulo de la acusación, confesó su judaísmo, diciendo de sí y de otros muchos una gran deposición.

     »Henrrique Jorge Tabares, su hermano, mercachifle, que vivía con su hermano, de edad de 19 a 20 años, negó hasta en el tormento que se le dio entero, y después dél algunos días pidió audiencia y confesó ser judío, y dijo de su hermano Jorge Rodríguez y de otro llamado Francisco, que lo eran, y de otros.

     »Domingo Monte Cid, mercachifle, natural de Santaren en Portugal, de edad de 48 años, fue preso con secresto de bienes en 14 de agosto del mismo año, niega.

     »Todos los que se han puesto sin día de prisión, son del 11 de agosto. En este tiempo crecía el número de los testificados con la prosecución de las causas, con que por no haber cárceles, nos víamos apretados; habíase tomado la casa en que vivía el alcaide, como se ha dicho, pasándose el ala de pared en medio, que se arrendaba por cuenta de la Inquisición, cuya es, donde hicimos cantidad de cárceles, y cuando ya estuvieron para poder habitar, hecha consulta, se prendieron en 22 de noviembre con secresto de bienes, los siguientes:

     »Enrrique de Paz, mercader, con tienda en la calle, en compañía de Francisco Gutiérrez de Coca, familiar de este Santo Oficio, natural de la Guardia en Portugal, aunque en la genealogía dijo que de Madrid, de edad de 35 años, soltero, bizarro, y la gala desta ciudad, que tenía cabida aun en los conventos de monjas y comunicación familiar con lo más granado del lugar; demás de la testificación de judío, se le prueba ocultación de bienes, y vístose cogido en ella, la confesó, negando el judaísmo en que está convencido.

     »El licenciado Thome Quaresma, cirujano, natural de Cerpa, en Portugal, de edad de 46 años, casado en esta ciudad, está negativo.

     »Diego de Ovalle, portugués, mercader, vecino desta ciudad, casado, con mujer e hijos, natural de Emont cerca de la ciudad de Ebora, de edad de 53 años, está negativo, vase siguiendo su causa.

     »Antonio Morón, portugués, natural de Fondón, obispado de la Guardia en Portugal, casado con hija de portugueses, que ha pocos años le vino a buscar desde Sevilla, de donde es, de edad de 46 años, de oficio jugador, viendo preso a Rodrigo Váez, su yerno, trató de hacer viaje a Panamá, y para poderle hacer pidió licencia en este Santo Oficio, y aunque hasta entonces no había testificado contra el de judaísmo formal, había grandes asomos de que era judío, con toda su casa, y pareció no convenía dársela. Y porque no se ausentase con ella, pedimos al Virrey le mandase poner en la cárcel con algún color, como que era jugador, y siendo amonestado, no se emendaba; hízolo con gran gusto, y estando en la cárcel pública le sobrevino una valiente testificación, que por ella y por lo que antes tenía, se mandó traer preso a las cárceles secretas deste Santo Oficio, y cuando se hubo de ejecutar la prisión a los 22 de noviembre, así dél, como de su mujer, hija y cuñada, se invió un recado por escripto al Virrey pidiéndole se sirviese de mandar recogerlo al capitán Antonio Morón, en un aposento de palacio, donde nadie le comunicase, porque a la noche iría por él el alguacil mayor, hízolo con grande cuidado y secreto, y habiendo traído primero a su mujer, hija y cuñada presas aquella tarde, fue al anochecer uno de los secretarios a decirle como el alguacil mayor estaba a la puerta del jardín aguardando a Morón, y él mismo al punto, abriendo por su persona el aposento donde le había mandado poner, le bajó al jardín y dijo que se fuese con Dios, mandando le abriese la puerta, y en saliendo por ella le echó mano el alguacil mayor, y metido en su coche le trujo preso; está negativo.

     »Doña Maior de Luna, mujer del dicho Antonio Morón, natural de Sevilla, al parecer de más de 50 años, está negativa.

     »Doña Isabel Antonia, hija de las dos, y mujer del dicho Rodrigo Váez Pereira, natural de Sevilla, de edad de más de catorce años, está negativa.

     »Doña Mencía de Luna, tía suya, hermana de madre, mujer del dicho Enrrique Núñez, natural de Sevilla, dice ser de edad de 26 años y tiene más de 46, está negativa.

     »Viendo pues lo que se iban ensartando, y que según buenas conjeturas no hay portugués de los que andan mercadeando, que no sea comprehendido, y que con el espacio que tenían podían ausentarse muchos, aun de los denunciados; y que Vuestra Alteza nos tiene atadas las manos, prohibiendo no estorbemos a nadie su viaje, ni obliguemos a pedir licencia a los que le quieren hacer, por la necesidad precisa acordamos pedir al Virrey que mandase por gobierno a ninguno se diese pasaje, sin la del Santo Oficio, hízolo por este año; porque aunque acude con amor y voluntad a estas causas, da resguardo a la concordia, que en esta parte ha de mandar Vuestra Alteza se corrija, y emiende, pues a menos, ni las causas de la fe se pueden lograr, ni las de la hacienda; fue de grande importancia esta diligencia, y todavía se han huido muchos, que el interés abre camino por todas partes. Destos huidos era:

     »Manuel Enrríquez, natural de la ciudad de Lamego, en Portugal, de edad de 34 años mercachifle, que había subido a las tierras de arriba con hacienda de Antonio Gómez de Acosta, preso, y así que supo que lo estaba, trató de ponerse en cobro y se puso en camino; tuvimos noticia de su fuga, y que el día siguiente llegaba a un tambo que llaman de Pachacama, cinco leguas de aquí, para donde había inviado a llamar a un Joan de Acevedo, su camarada, que estaba en esta ciudad, y la misma noche despachamos a Antonio Domínguez de Valcaçar, notario de secrestos, con el mismo que dio el aviso, a que llegase al dicho puesto antes que el dicho Manuel Enrríquez, y en llegando le echase mano, y antes hicimos buscar al Joan de Acevedo, y lo pusimos en un aposento; hízolo Antonio Domínguez, y el día siguiente trujo al Manuel Enrríquez, con la hacienda que llevaba, que se puso por inventario; y porque el que dijo de su fuga depuso algunas cosas dél, que juntas con ella le hacían vehementemente sospechoso, le metimos desde luego a los seis de deciembre, por consulta plena, en las cárceles secrestas, y de hay a pocos días le sobrevinieron testificaciones de ser judío judaizante; confesó antes de la acusación haber sido reconciliado en Coimbra, siendo muchacho, pidiendo misericordia de la vida; dice de sí y de otros muchos de diferentes partes.

     »Joan de Acevedo camarada del antecedente, estando en el dicho aposento le sobrevino una gran testificación, con que se mandó meter en las cárceles secretas, con secresto de bienes a los tres de febrero deste año; confesó a la segunda audiencia su judaísmo, y dijo de muchos de... Cartajena y de aquí; y ser natural de Lisboa y cristiano viejo de edad de 26 años, y todavía tiene que decir.

     »En el dicho mes de diciembre fueron votados a prisión en consultas, con secresto de bienes, y se prendieron a los diez dél los siguientes:

     »Luis de Vega, natural de Lisboa, de oficio platero y lapidario, de edad de 40 años, casado en Sevilla con hermana de Manuel Baptista Pérez, preso; conclusa su causa, se condenó a tormento; a la monición confesó ser judío, y dijo de sí y de otros y va diciendo.

     »Amaro Dionis, natural de Tomar en Portugal, de edad de 34 años, que vino de Cartagena con hacienda ajena, está negativo y convencido; ya su causa se sentenció, fue condenado a tormento y antes pidió audiencia, y confesó, y satisfizo a la testificación.

     »Pascual Daz, mercader, con tienda natural de Mirandela en el Obispado de Miranda en Portugal, de edad de 39 años, confiesa su judaísmo y dice de otros.

     »Francisco Márquez Montesino, natural de Moncorbo, en el arzobispado de Braga, de edad de 40 años, mercader, que hacía viajes, escondió la hacienda, habiendo primero echado voz antes de la prisión cautelosamente que un hermano, a quien invió con ropa arriba, le había jugado más de doce mil pesos; este hermano que no se sabe donde anda, está ya testificado, y él está negativo.

     »Antonio de Vega, mercachifle, portugués, natural de la Villa de la Frontera, de edad de 34 años, que se hace caballero, está bien testificado, mas niega, y su causa se va siguiendo, y antes de darle la publicación pidió misericordia, confesando ser judío de profesión, y dice de otros.

     »Francisco Fernández, mercachifle, natural de la Guardia en Portugal, de edad de 35 años confiesa su judaísmo, y dice de otros, y vase siguiendo su causa.

     »Manuel Luis Matos, portugués, con tienda en el callejón, natural de Fresjo en Portugal, de edad de 34 años está negativo, y su causa para darle la acusación, cuando habiendo pedido audiencia confesó ser judío judaizante, y va diciendo de otros.

     »Don Simón Osorio, alias Simón Rodríguez, natural de la Villa de San Conbodan en Portugal, criado en Flandes, de edad de 26 años, subió a Quito con poderes de la Duquesa de Lerma para administrar sus obrajes y fue traído a las cárceles desde Santo Oficio a los 22 de diciembre; al tiempo de la prisión se le hallaron dos retratos suyos, y el uno en traje de mujer; tiene en el proceso tres padres y diferentes naturalezas, está negativo y su causa; testifícanle de haberse jactado de que él y dos hermanos suyos tienen ocho mil ducados en la compañía contra Su Majestad en Olanda, para armar por la mar, y que son de la escuadra del Brasil.

     »Melchor de los Reies, que dice ser nacido en Madrid, hijo de portugueses, de edad de 31 años, entró preso con secresto de bienes, en diez de enero deste año; éste ocultó cantidad de hacienda, en plata, joyas y ropa del dicho Enríquez de Paz, y dice metió 4 barras de plata en dos cajones, diciendo que eran de otra cosa, en el estudio de don Dionisio Manrrique, caballero del hábito de Santiago, alcalde de corte más antiguo de esta Audiencia y consultor de esta Inquisición, su familiar amigo, con más de 50 piezas de damasquillos, y 4 de damascos mandarines, a guardar. Don Dionisio no niega la entrada de algo dello en su casa, mas dice, que aquella misma noche sacolo, que fue un mozo que no conoció por orden del dicho Melchor; hanse hecho diligencias con este caballero por buenos medios, y no han aprovechado; remitimos a Vuestra Alteza los autos en esta ocasión, con nuestro parecer, para que vistos, nos ordene y mande lo que más convenga. Melchor está negativo en lo principal.

     »Por noticias que cada día teníamos de que estos habían escondido la hacienda, dimos un pregón para que todos los que supiesen de tal cosa, lo manifestasen en este Santo Oficio dentro de nueve días, pena de excomunión y otras; por cuya causa se descubrieron algunos, y en special los que se han dicho del dicho Enrríquez de Paz, y de otros que a su tiempo se dirán, con que se conoce el buen efecto del pregón.

     »Gaspar Fernández, portugués, natural de Villaflor, de edad de 28 años, entró preso en once de enero deste presente año, está negativo.

     »Enrrique Lorenzo fue de los que se prendieron en Panamá, adonde había bajado a emplear con plata de particulares desta ciudad, portugués de nación, natural de Moncorbo, de edad de 30 años, entró en las cárceles secretas a 14 de enero; vase siguiendo su causa, está negativo, diósele tormento y en él confesó de sí y de otros.

     »Será bien que Vuestra Alteza sea sabidor de lo que pasó en la prisión deste, y de Jorge de Espinosa, de quien queda dicho, por si acaso diere queja el Tribunal de Cartagena, de culo distrito es Panamá, por decir que no pudiendo hacer, lo prendimos donde no teníamos jurisdicción. Al principio de la fundación de aquel Santo Oficio, conociendo los grandes inconvenientes que se seguían de consultar primero aquel Tribunal en la ejecución de los mandamientos desta Inquisición en aquel reino de Tierrafirme, por la mucha distancia, y mar de por medio; los licenciados Pedro Mathe de Salcedo, y Joan de Mañozca dieron orden al P. M. F. Alonso de Castro, que lo es desde su primera creación, para que todo lo que deste Tribunal se le ordenase, en que en la dilación se tuviese peligro, lo ejecutase luego, y después les diese aviso, prevención de que se han seguido siempre buenos efectos; y después se renovó esta orden por los subcesores, según que el comisario nos avisa, dándonos parte del sentimiento con que los Inquisidores le escriben y a este Santo Oficio hacen lo mismo; y por si se quejaren, a Vuestra Alteza le suplicamos los ponga en camino, para que consideren que estos hombres estaban con gran cantidad de haciendas desta ciudad en Panamá, y que luego que supiesen de las prisiones de aquí, o se habían de huir, o las habían de esconder, como realmente intentaron uno y otro, y salieran con ello, sino se les echara mano; y que la armada estaba de partida de vuelta para el Callao, y tras de ella inmediatamente los navíos mercantes, en que se habían de embarcar con su ropa; y se sirva de mandarles no inoven en lo que los primeros fundadores con todo acuerdo ordenaron, y con buenos efectos en el servicio de Dios y del Santo Oficio se ha observado tantos años.

     »Gaspar Pereira entró preso de vuelta de Panamá, a donde bajó a emplear con plata de particulares, a los 14 de enero, es natural de Villa-Real en Portugal, de edad de 30 años, está confitente de sí y Luis de Lima, camarada del Enrrique Lorenzo con quien había bajado a Tierrafirme con plata de vecinos desta ciudad a emplear, después que volvió a ella, se vino a denunciar a este Santo Oficio voluntariamente, donde ya estaba testificado, y porque andaba diminuto, se mandó recluir en las cárceles secretas con secresto de bienes en 12 de febrero deste año; es natural de Moncorbo en Portugal, de edad de más de 40 años ha dicho de muchos de aquí y de otras partes.

     »Joan Rodríguez de Silva, que subió en este mismo tiempo desde Panamá a esta ciudad, estaba testificado de su hermano Jorge de Silva algunos días antes, es de edad de 39 años natural de Estremoz en Portugal, pidió audiencia en 18 de febrero, y en ella confesó voluntariamente ser judío judaizante, contando algunos ayunos que había hecho en observancia de la ley de Moisés, y queriéndole hacer algunas preguntas, salió de repente diciendo que no era judío y revocó lo que acababa de confesar, y dijo que la causa de haberse venido a acusar, había sido un papel, que le habían dado de Jorge de Silva su hermano, que le escribió desde las cárceles secretas. Preguntado quien le dio el papel, dijo por señas ser el ayudante del alcaide Jusepe Freile, quien se lo había dado el día antes, en el cual le decía su hermano que no había podido hacer menos, que acusarle, y que así se viniese luego a pedir misericordia, y que con el propio ayudante le respondió en otro papel. Tomósele al punto a éste su declaración y confesó el echo; con que mandamos, que fuese llevado luego a la cárcel de Corte, y le pusiesen un par de grillos; e inviamos a pedir al Virrey que ordenase al cabo de las galeras, recibiese en ellas la persona que de parte nuestra se llevase; hízolo con mucho cuidado, y el día siguiente a las cuatro de la tarde porque la demostración fuese con ejemplo, le llevó el nuncio Martín de Vargas con dos familiares que le acompañaron con varas altas, sacándole de la cárcel con sus grillos, en mula con sillón, y lo entregó en la galera capitana, y estamos de acuerdo de echarle a Chile, aunque merecía mayor castigo.

     »Esta poca fidelidad nos puso en nuevos cuidados, y procuramos, quien pudiese ocupar su lugar, y echamos mano de Benito Rodríguez Liaño, familiar de la Inquisición de Sevilla, hombre de buena edad, y tenido por de bien, que queda sirviendo en compañía del Alcalde que como la gente es mucha, y cada día va en augmento hay necesidad de ayudas, y aunque se vive con suma vigilancia, este interés corrompe a quien menos se piensa, como lo hizo a Francisco Hurtado de Valcaçar, familiar antiguo de Toledo, que ha más de veinte años que pasó a estas partes, que pareciéndonos persona apropósito, cuando hicimos al Jusepe Freile ayudante, le pusimos en la portería en su lugar; y mientras hecha la diligencia dicha, de inviar a éste a la galera, se buscó el Benito Rodríguez, se le mandó entrar en las cárceles, a ayudar dar de comer a los presos, se dejó cohechar del dicho Enrrique de Paz, trayendo y llevando algunos papeles de fuera de comunicación, de que dio noticia el dicho Ruiz de Lima; lo cual no pudo negar, y así le mandamos se fuese a su casa, y no fuese llamado para acto ninguno, ni entrase en esta Inquisición, y por ser hombre mayor, y ministro antiguo, no le afrentamos públicamente, y, porque no entiendan las gentes, que hay tanta facilidad en pecar en cosa tan sancta.

     »Conocerá Vuestra Alteza con cuanto cuidado y solicitud es menester vivir en tierra donde parece tienen su asiento el interés y la cudicia; mandose recluir el mismo día el Joan Rodríguez de Silva en las cárceles secretas; y ha pocos días en una audiencia que pidió, confesó que desde once años no creía interiormente que en el santísimo Sacramento y en la hostia consagrada estuviese el verdadero cuerpo de Cristo nuestro Señor, ni adoró a las imágenes; vase siguiendo su causa.

     »Francisco Vásquez, corredor, natural de Mondi en Portugal, casado, y dicen que dos veces, y tiene aquí la una, que pocos años ha vino de Spaña a buscarle, de edad de 40 años, fue preso con secresto de bienes en 23 de febrero; está negativo.

     »Visto que la complicidad iba teniendo cada día mayor cuerpo, con estar todavía tan en los principios, y que aunque demás de las cárceles antiguas, que eran 16, se habían echo 19 y no bastaban se había comprado una casita pegada a ellas, por ser cosa que estaba bien en todos tiempos a esta Inquisición, y acordamos hacer la cárceles, y se han labrado 17, dejando tres aposentos altos en que pueda vivir el ayudante, para mayor seguridad de los presos, que como son bajas, ocupan mucha distancia, y de otra manera estarían muy desabrigadas; y cuando ya se pudieron habitar, se fueron prendiendo los siguientes con secrestos de bienes.

     »Juan Rodríguez Duarte, sobrino del dicho Sebastián Duarte, que vivió con él y su cuñado Manuel Baptista, entró preso en 25 de febrero, es natural de Montemayor, en Portugal, de edad de 33 años, de oficio mercader; está negativo.

     »Thomas de Lima, hermano del Luis de Lima, mozo soltero, natural de la Villa de Ozuna en el Andalucía, de edad de 30 años, testifícale con otros su hermano, está negativo... Antes que se le pusiese la acusación pidió audiencia y confesó de sí y de otros ser judíos judaizantes.

     »Manuel Bel, mercachifle, natural de Lisboa, de edad de 34 años, entró preso a primero de marzo deste año; niega.

     »Simón Correa, portugués, con tienda en la calle, en compañía de Cristóval de la Torre, vecino desta ciudad, natural de Villamaior en Portugal, de edad de 30 años, fue preso con secresto de bienes en tres del dicho mes de marzo, está negativo.

     »Thomas Rodríguez, mercader, agente de Diego López de Lisboa, mayordomo del Arzobispo desta ciudad, casado, natural de la Venta de Arrola en Portugal, de edad de 31 años, entró preso en siete de marzo, está negativo.

     »Diego Pereira Diamante, portugués, vino preso por judío del Cuzco, en 30 de diciembre del año pasado, es natural de Saucel, obispado de Ebora en Portugal, de edad de 53 años, no parece hasta agora ser desta complicidad; niega.

     »El padre Manuel Coello, clérigo presbítero, portugués, natural de Villafranca seis leguas de Lisboa, de edad de 60 años, fue preso por mandado del Arzobispo, porque después de almorzado decía misa y tal vez dos; denunciaron dél en este Santo Oficio, desto y otras cosas, que cualificadas le hacen vehemente sospechoso del judaísmo, trájose a estas cárceles a los 27 de otubre del año pasado, tampoco hasta agora parece ser desta complicidad; confiesa algunos hechos de que es acusado, mas niega la intención.

     »El bachiller Luis Núñez, clérigo presbítero, natural de Coimbra, de edad de 66 años, fue traído preso de las provincias de arriba a este Santo Oficio, a los 8 de mayo del año pasado, por decir estaba retajado, y se había hecho baptizar poco tiempo, confiesa que se hizo baptizar ad cautellam, y que aunque está retajado, no es circunscisión judaica, sino que de una enfermedad de llagas, le cortaron el capullo, su causa queda...

     »Con las prisiones que se hicieron a los once de agosto, comenzaron cuantidad de demandas de nuevo ante nosotros, y eran muchísimos los pleitos que de antes estaban pendientes en los Tribunales reales, y cada día han ido creciendo y irán adelante conforme se fueren prendiendo, porque como se dijo al principio estaban apoderados del trato y contrato en todo género de estos reinos, y de Tierra firme. Vuestra Alteza verá por la relación que se le invía de los que hasta hoy hay, lo que pasa. Acordamos inviar por uno de los consultores un recado a la Real Audiencia, para que mandase se nos remitiesen las causas pertenecientes a estos presos; miraron la concordia, y vieron que donde hay secresto de bienes, somos jueces privativos, y ordenaron a los escribanos de cámara los entregasen a cualquiera diligencia nuestra; la misma se hizo con el consulado donde pendían algunas causas.

     »Estaba la tierra lastimada con la quiebra del banco, de que dimos razón a Vuestra Alteza el año pasado, y agora con tanta prisión y secresto de bienes de hombres mercadantes y que a solo crédito atravesaban cuanto había, parecía se quería acabar el mundo; clamaban las partes que tenían pleitos de redibitorias, y otras varias acciones; pedían su prosecución porque con el tiempo no se les empeorasen sus derechos, por ausencia, o muerte de testigo, o otros accidentes; y otros los intentaban de nuevo. Vímonos en aprieto, porque seguirse pleitos sin parte legítima, no se podían, conforme a derecho; los presos no lo eran, la necesidad apretaba, y representábanse vivamente los daños; y aunque nuestro negocio principal es el de la Fe, y Vuestra Alteza quiere que en solo él pongamos todo el cuidado, quiere también que en lo accesorio hagamos justicia, la cual no se podía administrar sin quien hiciese las partes de los presos, y así pusimos en consulta si sería bien nombrarles un defensor; todos vinieron en que sí, y que se debía hacer en todo caso, excepto el inquisidor Andrés Joan Gaitán, que fue de parecer se guardase la instrucción a la letra; nombrose por defensor Manuel de Monte Alegre, con que vamos dando despacho con alguna satisfación, porque lo demás fuera un caos, una confusión invencible.

     »Señaláronse para el despacho civil, lunes y jueves, y después de las tres horas de las tardes, todos los días gastamos en vista de los autos lo que hay de luz hasta la noche, con que damos despacho a la mayor máquina que se ha visto, deseando dar satisfacción a las partes, sin faltar al ministerio principal de los negocios de la fe; y para poderlo hacer con menos detrimento de las causas de la fe, ocupamos todos los días sin reservar ninguno, lo que resta del día desde las tres horas de la tarde hasta la noche, y hemos ido pagando y pagamos con fianza depositaria muchas deudas, porque de otra suerte, se destruía el comercio, y recibía daño irreparable la República por tantos modos fatigada.

     »Manuel González, portugués, entró preso con secresto de bienes en 22 de marzo de este año.

     »Manuel Álvarez, portugués, fue preso en las cárceles secretas, en 31 de marzo del dicho año; éste tenía tienda en el callejón, y luego que vio las prisiones que se hacían, cargó la ropa que en ella tenía y se huyó; y en la provincia de Guailas, sesenta leguas y más de aquí, habiendo entendido que un pasajero llevaba pliego deste Santo Oficio, para su Comisario della, le procuró haber a las manos con ruegos y plata, y no lo pudiendo conseguir, dejó la ropa que llevaba en algunas cargas a un soldado, que la recibió por memoria, y él se fue huyendo, y el soldado hizo propio luego con aviso de lo que pasaba; mandósele inventariase la ropa, ante el Comisario que estaba en otro lugar allí cerca, y la trajese, o remitiese a esta Inquisición, y con el mismo mensajero se despachó mandamiento contra el Manuel Álvarez; la ropa vino, y él luego, que le halló quien le fue a buscar en la provincia de Cajamarca, mudado el nombre, y dentro de pocos días le sobrevinieron testificaciones de ser judío judaizante.

     »Pascual Núñez, portugués, cajonero, entró preso en 14 de abril deste dicho año.

     »Fernando de Espinosa, entró en las cárceles secretas en 16 del mismo, era mercader en la calle, en compañía de Lucas de Hurtado de la Palma, quebró algunos días antes y estaba retraído en la Merced, es natural de la Torre de Moncorbo en Portugal, de edad de 34 años.

     »Rodrigo de Ávila, tío del otro preso, entró en las cárceles secretas por consulta de todos, con secresto de bienes, es casado en esta ciudad con mujer principal y hijos, portugués antiguo en el Perú, donde entró por Buenos Ayres; esta prisión fue a los 17 de abril deste año, es natural de Lisboa, de oficio mercader, de edad de más de sesenta años.

     »Pedro Farias, portugués, mercader, entró preso este mismo día, con secresto de bienes, en las cárceles, es natural de Guimaraes, de edad de 34 años.

     »Antonio de los Santos, fue preso dicho día, con secresto de bienes, era pretendiente de familiatura, y están aquí las informaciones de su genealogía, buenas, al estilo de Portugal, es de oficio mercader, y en ocasión que con solo un testigo le mandaron prender, se tuvo respecto a la pretensión, sobrevínole otro, y mandose recluir, es natural de Capeludos, arzobispado de Braga, de edad de 35 años.

     »Don Juan Arévalo de Espinosa, alguacil mayor de esta Inquisición, por estar viejo e indispuesto, no pudo acudir en persona a estas cuatro prisiones últimas y pidió por petición, atento a sus achaques y tantos servicios, se le hiciese gracia y merced de nombrar para sus ausencias y enfermedades a don Joan Tello, su yerno, caballero de muchas partes, modesto, secreto, quieto y pacífico, y que está en prueba para familiar, y lo que hasta hoy se a hecho, que es lo más, está cualificado; diósele el nombramiento y trae la vara con lustre y ostentación, don Joan de Espinosa, el mozo, a quien el Eminentísimo y Ilustrísimo señor Cardenal Inquisidor General, hizo merced della en futura subcesión, y Vuestra Alteza manda en carta particular, por haber salido las pruebas de su mujer reprobadas, se le diga, si instare, que su Ilustrísima ha revocado todas las futuras subcesiones; como vio la vara en mano ajena, la pidió por petición, en virtud de su provisión, acudirá a Vuestra Alteza con su queja, y la dará porque es caballero violento, y siente la pérdida de reputación, que la quiso tener sana y hacer su gusto, sin reparar en inconvenientes de que fue advertido, y luego es la culpa nuestra.

     »Sebastián Delgado, pretendiente de familiatura, portugués, fue preso en 20 de abril deste año, con secresto de bienes; es natural del Concello, obispado de la ciudad de Oportu, de edad de 52 años.

     »Jerónimo de Açevedo, portugués, fue preso, con secresto de bienes, el mismo día, pidió audiencia y confesó.

     »Vase prosiguiendo en todas las causas y descubriéndose tanta copia de judíos derramados por todas partes que nos damos a creer igualan a todas las demás naciones; las cárceles están llenas y por falta dellas no ejecutamos algunas prisiones de personas de esta ciudad; andan las gentes como asombradas, y no se fían unos de otros, porque cuando menos piensan se hallan sin el amigo o compañero a quien juzgaban tanto. Tratamos de alquilar casas, y todas las circunvecinas no han de bastar; seguramente puede Vuestra Alteza afirmar a su real persona, y a todos sus Consejos, que no se le a hecho en estos reinos a su Majestad y a la Divina mayor servicio que el actual en que estamos, porque esta nación perdida se iba arraigando en pocos años de manera que como mala hierba había de ahogar a esta nueva cristiandad, y en la anciana hacer grandísimos estragos, porque en estas partes el último fin de los que las habitan de paso, y aun de asiento, es el interés, no se trata de otra cosa, a él aspiran anhelando chicos y grandes, y todo medio que facilita su consecución se abraza indistintamente, en tanto tienen a uno por hombre en cuanto sabe adquirir hacienda; y para conseguirla han hallado apropósito esta secta infernal y ateísmo; es el lazo con que iban enredando, prometiendo buenos subcesos y grandes riquezas a sus secuaces; y dicen es esta la tierra de promisión, si no fuera por la Inquisición; así parece de sus confesiones. Al cristiano nuevo, o al que tiene alguna parte, fácilmente le persuaden su opinión, y al viejo, como sea cudicioso, sin muchas dificultad. Justamente nos tememos de un grandísimo daño solapado con pretexto y capa de piedad; porque usan mucho de la hypocresía; generalmente, ninguno se prende que no ande cargado de rosarios, reliquias, imágenes, cinta de San Agustín, cordón de San Francisco, y otras devociones, y muchos con cilicio y disciplina; saben todo el catecismo y rezan el rosario, y preguntados cuando ya confiesan su delito, que por qué le rezan, responden que porque no se les olviden las oraciones para el tiempo de la necesidad, que es este de la prisión, y se muestran devotos para engañar, y que los tengan por buenos cristianos.

     »Doce familiares del número se asignaron en esta ciudad, cuando se erigió este Tribunal el año de 1571, ha ido en augmento de población y gente, de manera que hoy respetuosamente necesita de cincuenta, porque como los vecinos son de ordinario tratantes y andan en sus contrataciones, muchas veces se carece en la ocasión de ministros, y nos vemos obligados a valernos de quienes no lo son, aventurando mucho los aciertos. De antes habemos suplicado a Vuestra Alteza se sirva de acordar en este caso lo que más viere convenir, y agora con mayores experiencias, hacemos lo proprio; juzgando como juzgamos, ser precisa la necesidad de dicho número, para la buena expedición de los negocios y mayor seguridad, advirtiendo que hoy con la vecindad del enemigo en el Brasil, no tienen seguridad estos mares, y está esto expuesto a cualquiera invasión suya, sin reparo considerable para su defensa.

     »A los últimos de abril tuvimos aviso de que unos portugueses, mercaderes, que de aquí fueron con ropa a las provincias de arriba, habiendo salido muchos días había de la ciudad del Cuzco para ésta a hacer sus pagos, teniendo noticia de la prisión de algunos de sus corresponsales, por el camino se habían extraviado con cuanto traían; despachamos comisión a todas partes, y a los cinco deste mes de mayo tuvimos proprio con nueva cierta de cómo cuatro, de cinco que eran, se habían preso, y se les habían secrestado oro, plata, ropa y veinte y tantas mulas, llámanse Rodrigo Fernández, Matheo de la Cruz, Matheo Enrríquez y Phelipe Díaz, que hoy están testificados del judaísmo, y se aguardan por horas; la prisión fue en la ciudad de Guanuco, diez jornadas desta; y a cuatro o cinco dellas, se ponían fuera de lo conquistado a la parte del río Marañón. Ha acreditado grandemente este subceso los favores particulares que Dios hace al Santo Oficio.

     »Francisco Jorge Tabares, hermano de otros dos Tabares, fue preso el mismo día, con secresto de bienes, por testificación de sus hermanos.

     »Gonzalo Gómez Aceituno, alcaide que era actualmente de la cárcel de corte en la Real Audiencia de la Plata, entró preso en las cárceles secretas por sospechas de judío, es hermano de un relajado por este Sancto Oficio, el mismo día.

     »Diego Pereira, portugués, vino preso de la provincia de Chucuito, el dicho día, por sospechas de judío.

     »Joan Ramos de Rojas, alquilador de mulas, vecino desta ciudad, fue preso, con secresto de bienes, a los seis del dicho; confesó luego ser morisco y haber judaizado.

     »A los siete de mayo tuvimos consulta, en que se mandaron prender con secresto de bienes los que se dirán luego; y se trató del modo que se ternía en la prosecución desta complicidad, que cada día se descubren más, porque ya pasa a otros lugares y naciones; y hay, sin los presos, más de ochenta testificados, que pudieran muy bien recluírse desde luego, y no hay cárceles, y por estar el hibierno en casa, ni se pueden labrar ni habitar, cuando se hiciesen, en muchos meses; tratose también de la necesidad que hay de más ministros para el bueno y breve despacho de tantas causas y para la mayor seguridad de los presos y su servicio. Propúsose que no se podían recoger luego, a menos de juntarlos algunos entre sí, en el ínterin que se daba orden en las cárceles, y que cuando en los confitentes no pareciese haber inconvenientes, los habría en los que no lo estaban. Por otra parte, en el estado presente se juzgaba por menor daño, el que de aquí se podía seguir, que no de que se huyesen (como lo han hecho muchos), o pusiesen en salvo la plata.

     »Fuimos de consulta los tres inquisidores y el ordinario, doctor don Juan de Cabrera, y los oidores, licenciados don Alonso Pérez de Salaçar, electo presidente de Guadalajara, don Martín de Arriola, don Andrés de Villela, y Andrés de Barona Encinillas, fiscal de lo civil, todos consultores; los cuales todos, después de haber platicado en la materia largamente, con singular afeto y celo (en que nos dan ejemplo), fueron de parecer que se prosiga animosamente cosa tan sancta, en que consiste la restauración y conservación destos reinos, en lo espiritual y temporal, sin atender a gastos, para que se debían vender aun los cálices, pues se conocía visiblemente la poderosa mano de Dios en los felices subcesos que cada se veían, desde que se comenzó el descubrimiento desta parte infernal, en su santo servicio; y dijeron se tornase toda la isla y se edificase lo necesario en ella, y seríanlos primeros en cargar los materiales, lo cual se debía hacer mejor que cuando un enemigo poderoso embiste inopinadamente, donde todos indistintamente conducen la fajina, para su reparo y defensa; y que era preciso recluir a todos aquellos de quien se temía fuga o ocultación de bienes, en cuya comparación no había peligro en que estuviesen juntos algunos, dejándolo todo a nuestra disposición, en que hasta agora habían visto tan grandes aciertos.

     »Esteban Díaz, había testificado por Luis de Lima, un Santiago del Castillo, y por decirse que era montañez, aunque la testificación era grande y muy circunstanciada, no se había resuelto su prisión en otra consulta, quedando en iguales votos, y en ésta por habérsele arrimado otro cómplice, que contestó con el primero, se mandó prender luego, antes de salir della, porque la misma tarde invió a firmar la licencia para Castilla.

     »Santiago del Castillo, mercader, entró preso en las cárceles secretas, con secresto de bienes, halláronsele cuarenta y cuatro barras y diez mil pesos en pesos, y alguna plata labrada, que todo se puso en la cámara del secreto; hasta agora solo le piden cuatro mil pesos, y él declara deberlos; es la hacienda más saneada que se ha secrestado.

     »Alonso Sánchez Chaparro, mercader, administrador del almojarifazgo, por el comercio, fue preso en las cárceles secretas el día siguiente ocho de mayo; es natural de Valencia de Alcántara, en Estremadura. Esta prisión olvidó la antecedente, porque su exterior parece bueno a la gente sencilla. Tuvimos noticia que tenía mucha plata del almojarifazgo, que se había de entregar en la caja real, de cuenta de Su Majestad, agora para remitirla en esta ocasión con el demás tesoro; y al tiempo de la prisión dimos aviso al oidor don Martín de Arriola, consultor desta Inquisición y juez de alzadas del Consulado, para que asistiese a ella y apartase la plata que así había del dicho efecto, que ya se sabía cual era de la del preso, no causase después confusión juntándose con la secuestrada, y retardase su entrega; hízose así, y entregáronse treinta y tantos mil pesos deste género, y secuestráronse cincuenta barras que se hallaron, y porque tenía de la quiebra de Joan de la Queba, de que era juez, seis o siete mil pesos en dinero, y otra hacienda de que constó luego, y agora se concluía la prorrata para algunos ochocientos acreedores, se entregó todo al dicho oidor, que sabido por el Virrey, nos invió las gracias de nuestro cuidado; las barras se metieron en la cámara del secreto, así en bruto como se hallaron; dicen es cuantioso su caudal, aunque embalumado en pleitos, y tiene hacienda ajena como hombre de negocios, y ya han pedido algunas cantidades ante nos.

     »Luego a los nueve, llamamos a consulta, en que se vio, lo que había de tiempos atrás, contra un capitán Martín Morata Ossorio, que fue una ocultación de un judío mandado prender por este Santo Oficio, y alguna hacienda, y las testificaciones que le sobrevinieron el día antes del judaísmo, y estando confiriendo, después de haberse resuelto su prisión con secresto de bienes, sobre si se haría de día o de noche, llamaron a la portería, y entró un secretario que sabía lo que se trataba, diciendo que Martín Morata estaba en ella; pareció cosa del cielo, y mandose detener.

     »El capitán Martín Morata, portugués, natural del Algarbe, de oficio jugador fullero, que de pocos años a esta parte se ha echo caballero, fue maestre-sala del Marqués de Guadalcaçar, con quien pasó a Spaña, y en esta corte obtuvo cédulas honoríficas de Vuestra Real persona, y una para que el Virrey, conde de Chinchón, le ocupase en uno de los mejores oficios de su provisión; es casado en Sevilla, donde fue platero, y ha andado estas Indias todas; por ser tan insigne bellaco, ha puesto silencio en las prisiones pasadas.

     »Pedro de Soria, mercader, se prendió el mismo con secresto de bienes.

     »Francisco Sotelo, entró en las cárceles con secresto de bienes a los doce del dicho.

     »Andrés Muñiz, portugués, entró preso con secresto de bienes en 14 del dicho.

     »Mathias Gonçalez, portugués, agente de Diego de Ovalle, preso, lo fue en 15 del mismo, con secresto de bienes.

     »Ambrosio de Morales, familiar desta Inquisición, con informaciones hechas en Portugal, su patria, entró en las cárceles dicho día, con secresto de bienes.

     »Manuel García Matamoros, se mandó prender con secresto de bienes, y porque no había cárcel desocupada y se quería embarcar para Tierrafirme, le mandamos poner en la de la ciudad, con color de ser deudor de alguna plata.

     »Otros muchos están mandados prender, que con la prisa de la armada, y el tiempo corto y no haber donde recogerlos, nos embaraza en su prisión; habemos echado mano de aquellos que podían ocultar la hacienda, que como toda es mueble, fácilmente lo hacen; la relación va truncada, como quiera que como han ido subcediendo los casos, se han ido escribiendo, no más que por darla a Vuestra Alteza por mayor, hasta que a su tiempo la podamos dar por menor, con toda claridad; están confitentes mal que bien, los anotados en la margen con cruz, y por momentos hay nuevos encartados, con que nos damos a creer que es mayor el daño de lo que hasta agora parece, y si Vuestra Real persona no manda poner remedio eficaz en extirpar esta peste que así cunde, ha de abrasar toda la tierra; y es cosa cierta que el capitán Martín Morata, día antes de prisión, dijo haciéndose celador de la honra de Jesucristo y del servicio del Rey públicamente, en ocasión que se trataba de la prisión de Chaparro, quemen a estos perros, que antes de mucho nos habían de hacer cargar botijas de agua, como quien dice nos habían de hacer esclavos; es grandísimo bellaco y no se puede hacer poco caso de cualquiera cosa que digan en estas materias, porque pretenden engañar con la verdad.

     »Y porque pueda dar cuidado a Vuestra Alteza la multitud de los negocios civiles que hay, y irán viniendo, y el tiempo que en su despacho se gasta, en daño de las causas de la fe, porque habíamos señalado los lunes y martes para ellos; después, como decimos en esta misma relación, nos pareció ahorrar estos días y trabajar en todos indistintamente lo que queda de luz desde las tres horas de la tarde hasta las oraciones; con que habíamos vencido lo que había rezagado, y iremos de hoy más con el favor de Dios dando despacho, sin faltar en cosa al negocio principal, a toda esta máquina, que es la mayor que se ha visto en Tribunal eclesiástico y seglar, porque con cada uno que se prende se heredan cien pleitos.

     »Francisco de Vergara, mercader, natural de Estella de Navarra, casado con hija de Diego de Ovalle, entró preso a los quince deste mismo mes, con secresto de bienes; estaba días había votado en consulta, y por causas se había dilatado la ejecución.

     »Vuestra Alteza se ha de servir de perdonar las faltas desta narración, que como se ha hecho a trozos se ha atendido más a la verdad que al aseo, mas tal cual demuestra la gran misericordia de Dios en habernos dado luz para que de un principio tan pequeño hayamos llegado a la grandeza que vemos; siendo así que todavía estamos en los primeros umbrales de la complicidad, en que hasta hoy que se cierra el pliego, son treinta los confitentes, que aunque muchos dellos están diminutos, con el tiempo irán descubriendo cómplices, que por nuestros pecados son tantos, que ponen grima, y algunos de los que menos se pensaba en esta ciudad, y supuesto que ha comenzado a discurrir por las de otras provincias, en que hay tantos desta nación infame, hay obra cortada para mucho tiempo; suplicamos a Vuestra Alteza admita nuestros buenos deseos, cierto de que en su servicio no habrá dificultad que nos acobarde, y que por vencerla en honra y gloria de Dios y su fe santísima pondremos la vida, siendo menester.

     »El Virrey Conde de Chinchón acude a todo cuanto se le pide en estas materias con tanto afecto y tan celoso mira la autoridad del Sancto Oficio, que aunque se lo procuramos merecer de nuestra parte con la sumisión y reverencia debida, se ha de servir Vuestra Alteza de rendirle las gracias de lo que hace, y en particular de haber dado orden apretada a los soldados del presidio, caballería y infantería ronden toda la noche toda esta cuadra de la Inquisición, como lo hacen incesantemente, con grandísimo cuidado.

     »Nuestro Señor guarde a Vuestra Alteza largos y felices años para bien universal de su Iglesia, como estos sus menores capellanes deseamos y habernos menester. Lima y mayo, 18 de 1636. -El licenciado Juan de Mañozca. -El licenciado Andrés Juan Gaytán. -El licenciado don Antonio de Castro y del Castillo».

     Cúmplenos al presente decir algo acerca de los ministros que firman la nota que acaba de leerse.

     Muy poco después de la celebración del auto último de 1631, moría en Lima, a 22 de septiembre de ese mismo año, Juan Gutiérrez Flores, que además de su título de inquisidor había investido el de visitador de la Audiencia. Mañozca que desempeñara un cargo semejante en Quito, según hemos visto, se veía por entonces gravemente acusado ante el Consejo, por hechos falsos, según él aseguraba, pero que no habían de ser obstáculo para que algún tiempo más tarde fuese nombrado cancelario de la Inquisición general y para otras dignidades. Gaitán contaba ya por esa fecha sesenta y siete años y se encontraba por demás achacoso con una molesta enfermedad que poco después debía privarle en absoluto de salir de su casa y aún llevarlo al sepulcro algún tiempo más tarde. El otro juez que firmaba la nota, Antonio de Castro y del Castillo, que ejercía sus funciones desde febrero de 1627, era un sacerdote de cincuenta y cinco años de edad, graduado de bachiller en cánones en la Universidad de Salamanca y de licenciado en la de San Marcos, de Lima, y que después de haber sido cura y vicario de Potosí por tiempo de más de veinte años, y comisario del Santo Oficio, había merecido la plaza que ocupaba con carácter de supernumerario y sin sueldo mientras no vacase alguna de las plantas.

     Contra todos ellos se habían levantado quejas, partiendo, como sucedía de ordinario, las primeras de entre ellos mismos o de sus subordinados, que les acusaban de la aspereza con que les trataban o de las humillaciones que a cada paso les inferían. Ya era el fiscal que les denunciaba de contravenir a la disposición que mandaba se hallasen presentes cuando se hubiese de dar tormento a los procesados y de que permitían a los familiares casarse sin practicar las informaciones de limpieza de sus mujeres, a que estaban obligados; ya el secretario que se lamentaba de los compadrazgos que hacían valer, especialmente Gaitán, para favorecer a sus criados, honrándolos con títulos del Santo Oficio, para valerse de ellos en sus granjerías.

     Y si tal era la conducta de los Inquisidores, no parecerá extraño, que, como acabamos de ver de la relación que enviaban al Consejo, los empleados subalternos no les fuesen en zaga. Mas, cualesquiera que sean las acusaciones que se hacían a éstos siempre parecerán destituidas de interés al lado de las que podían hacerse valer contra el alcaide encargado de la custodia y guarda de los presos, pues su estudio tendrá la ventaja de dejarnos siquiera vislumbrar la vida que llevaban en sus cárceles los procesados por el Santo Oficio.

     Desempeñaba el destino por esa época, según ya sabemos, y lo servía desde 1605, Bartolomé de Pradeda, hombre de más de cincuenta años, a quien a causa de las denuncias que contra él se tuvieron, los Inquisidores se vieron obligados a encauzar, llamando a declarar con este motivo a muchos de los presos, el testimonio de uno de los cuales, único que transcribiremos en obsequio de la brevedad, consta de la siguiente diligencia:

     «En la ciudad de los Reyes, viernes cuatro de enero de mil y seiscientos treinta y seis años, estando el señor inquisidor licenciado don Antonio de Castro y del Castillo, en su audiencia de la mañana, mandó entrar a ella a una mujer que vino sin ser llamada, de la cual siendo presente, fue recibido juramento en forma de derecho y prometió de decir la verdad y de guardar secreto, y dijo llamarse María de la Cruz, viuda, natural del Puerto de Guadarrama, presa que ha sido en este Santo Oficio, y residente al presente en esta ciudad, con licencia de los señores de él, de edad de más de cuarenta y ocho años, aunque de cierto no sabe los que tiene, dijo que por el descargo de su conciencia y porque algunos confesores lo han mandado, viene a decir y a manifestar en este Santo Oficio, las cosas que sabe y las que vio y oyó el tiempo que estuvo presa en las cárceles secretas y en la casa del alcaide, del poco recato y falta de secreto que el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda guardaba en la administración del dicho su oficio, y lo que sabe es:

     »Que luego que trajeron preso a las dichas cárceles secretas, por las carnestolendas, a lo que se quiere acordar, de la cuaresma próxima pasada, a un portugués mercachifle llamado Antonio Cordero, para habelle de traer preso pidió en presencia de esta declarante el dicho alcaide a su hija doña Juana, una aguja grande con un hilo de acarreto, que dijo que era para traer un preso y montalle en una silla de manos que para el caso había prevenido, y vio esta declarante que fue con la dicha silla y dos negros suyos, el dicho alcaide, entre las doce y la una del día, y de hay a un rato vio ansimismo esta declarante que el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda salió por la puerta de las cárceles que sale a su casa, y en la cocina donde esta declarante estaba y algunos negros de su servicio, dijo a esta declarante que ya había traído el preso y lo dejaba en las cárceles secretas y que lo había sacado de casa de Bartolomé de Larrea y que el preso era un mercachifle portugués llamado Antonio Cordero, y para que mejor lo conociese esta declarante, le dijo que era un mercachifle que los días pasados había entrado en casa del dicho alcaide en compañía de un pariente, y luego dijo de un hermano de Agulla, un escribano, a quien en México querían ahorcar por unos libelos, y por estas señas conoció esta declarante quien era el dicho Antonio Cordero, porque de él había comprado ésta algunas cosas, como mercachifle que andaba vendiendo por las calles. Y dijo ansimismo a esta declarante el dicho alcaide que la prisión había sido por unas palabras que había dicho en la calle de los Mercaderes el dicho Antonio Cordero, diciendo que qué se le daba a él que aquellos perros judíos le quitasen la petaca, y que eran unos perros judíos, y que él era más hombre de bien que ellos y que le mirasen a la cara, que había de hacer que se acordasen dél y que por aquellas razones le habían mandado prender, y no dijo ni nombró quienes eran los perros judíos.

     »Iten, dijo que sabe esta declarante que todas las consultas que en este Santo Oficio se hacían las oía el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda, porque en habiendo consulta, se metía en las cárceles, y se ponía a escuchar junto a la ventana que cae a la sala del Tribunal, y allí, encima de un bufete, se ponía a escuchar. Lo cual sabe esta declarante, porque preguntaba a los negros que entraban en las cárceles qué hacía su amo, y le decían, en particular un negro llamado Dominguillo, entre bozal y ladino, que entiende es de casta bran, que su amo estaba allí junto a la ventana, agachado escuchando, y la ventana era la del Tribunal que cae al callejón de las cárceles; y ansimismo le dijo Diego de Bargas, alcaide que al presente es, que qué le parecía a esta declarante cómo el alcaide estaba escuchando las consultas, encima de un bufete, junto a la dicha ventana del Tribunal, y está cierta esta declarante de que era verdad que se ponía a escuchar las consultas el dicho alcaide, porque a esta declarante la dijo que la habían sentenciado, y que azotes la aseguraba que no tenía, y que de lo demás no lo aseguraba; y ansimismo dijo cuando se determinó la causa del dicho Antonio Cordero, que bien sabía él en qué había de parar la cosa sobre un pobre, y de hay, a dos días o tres, que le parece que fue un viernes, aunque no está cierta dello, por parte de tarde, mandó prevenir la cámara de tormento, y que la barriesen, y a su hija la dijo que trujesen unos pebetes y unos velones grandes, y que ansimismo previniesen candeleros y tijeras de espabilar, y aquella noche llamó al verdugo, porque otro día por la mañana vino, y diciendo esta declarante al dicho alcaide que allí estaba un mulato que le buscaba, el dicho alcaide le dijo que era el verdugo, y que le dijese que se fuera allá fuera y esperara en la calle, y diciéndole ésta que sí era el verdugo, que mejor será para que no lo conociesen, que le metiera en la cocina o en un callejón de las cárceles, y el dicho alcaide la dijo a esta declarante, que no se metiera en aquello, y que le dijera que aguardara en el patio, y después, a cosa de las ocho de la mañana, que había entrado el dicho alcaide en las cárceles, salió de ellas y mandó prevenir sebo y vino y carbón, y que el sebo lo echasen en un perolillo, y que llamasen a Montesdoca, el cirujano, y que a él le hiciesen unos huevos para almorzar, porque entendía que habían de comer tarde, y esta declarante y la dicha su hija le previnieron todo, y le hicieron los huebos, y después, cuando se acabó el tormento, serían entre las once y las doce, salió el dicho alcaide y llamó al dicho Montesdoca, que estaba aguardando en la sala, que entrase en las cárceles, y que poco había sido menester, que no estaba muy lastimado, que dos o tres vueltas le habían dado, lo cual se lo oyó decir esta declarante al dicho alcaide, estando en la cocina, y con facilidad entendían los tejedores que estaban en la casa del dicho alcaide, tejiendo, que eran tres, lo que pasaba en las cárceles, porque no se recataba de nadie el dicho alcaide, y le veían allí, al verdugo y al cirujano, y las cosas que se prevenían.

     »Iten, dijo que por el tiempo que estaba preso el dicho Antonio Cordero, dijo un día en presencia de esta declarante al dicho alcaide, fulano Agulla, hermano del de México, que le habían preguntado como persona que era de casa del dicho alcaide, si acaso estaba preso en la Inquisición el dicho Cordero, porque no sabían dél y entendían que estaba preso en la Inquisición, o que le habían muerto, pero que más se certificaban de que estaba preso, a lo cual el dicho alcaide respondió que allá lo verían, dando a entender que estaba preso, y diciéndole al dicho Agulla que no dijese nada, y que si estaban zurrascados, que es lo mismo que si estaban temerosos.

     »Iten, dijo que después de algunos días supo esta declarante que se había dado tormento a Antonio de Acuña, porque así lo dijo el dicho alcaide en la cocina a esta declarante, diciendo, Jesús, qué gran tormento le han dado, y le han tenido tres horas, y tiene los brazos hechos pedazos, y le nombró por su nombre, diciendo que era el dicho Antonio de Acuña, porque si él no lo nombrara, ni sabía su nombre esta declarante, ni conocía quien era, y dijo más, que había sido dalle el tormento como dar en una piedra, y que era un mozo moreno, de rostro muy galán y de lindos ojos, y de lindo rostro. Y después un día o dos, poco más o menos, pidió el dicho alcaide a esta declarante una sobrecama suya para ponella por sobremesa, y una alfombrita, y un bufetillo y una silla, y lo metió en las cárceles, diciendo que no era menester más, porque el secretario se sentaría encima de la cama del preso, y esta declarante se la dio, y de allí a dos o tres horas, poco más o menos, vio esta declarante que salió el dicho alcaide santiguándose y haciendo grandes extremos y diciendo en presencia de ésta, que estaba en la cocina, Jesús, Jesús, repitiéndolo muchas veces y santiguándose, y volviendo a decir esto hay en Lima, Jesús, todos los perritos y gatitos de la casa de Manuel Bautista, han de venir a comer la olla deste Santo Tribunal, y así por esta vez y otras que le oyó decir lo mismo esta declarante al dicho alcaide, supo más de quince días antes que le habían de prender al dicho Manuel Bautista, como le prendieron, y lo mismo supo de todos los demás que por entonces se prendieron, porque los nombraba, aunque esta declarante, como no los conoce, no se acuerda de sus nombres, y si fuera por alguna muerte y no por cosas del Santo Oficio y no temiera a Dios, pudiera esta declarante avisar a todos que los habían de prender en este Santo Oficio, y en particular se acuerda que le dijo una noche a esta declarante el dicho alcaide, habiendo salido de las cárceles, estando en la sala de su casa, que si la pesara a esta declarante de ver en las cárceles algún conocido desta declarante, y ésta le dijo que quien sería, porque no conocía a ningún portugués, sino era a Antonio López que iba a España, casado con una amiga de esta declarante, llamada doña Antonia Melgarejo, y entonces le dijo el dicho alcaide a esta declarante que el dicho Antonio López era judío, y que se iba huyendo porque no le prendiesen, y de hay a dos días le volvió a decir en la cocina, a las doce del día, que si viese en aquellas cárceles algún hombre que hubiese hecho bien a esta declarante y que la hubiese visitado allí en casa del dicho alcaide, que si le pesaría, y ésta le dijo, que sí pesaría como fuese judío, pero que si no lo era, que no le pesaría, y el dicho alcaide la replicó, pues ya sabe quien es, y ésta le dijo si pues vuestra merced me ha dicho otras veces que es Antonio López, por qué no le tengo de saber, y entonces volvió a decir el dicho alcaide que le habían de traer preso a este Santo Oficio, porque habían despachado por él a Panamá, y por otros tres o cuatro judíos, y que lo que sintía era que habían de venir tantos que no estaba seguro en su casa, mas que era fuerza que se la quitasen.

     »Iten, dijo que considerando esta declarante el poco recato que había en las cárceles, andaba siempre con cuidado para dar parte de ello a estos señores, porque en particular vio que un día estando guisando esta declarante un pollo en la cocina para Antonio de Acuña, a cosa de las once, salió como loco el dicho alcaide de las cárceles, dejando la puerta que sale a la cocina de ellas abierta y la llave en la cerradura, y se fue muy apriesa, y como tardaba de volver, preguntó esta declarante a un negrito pequeño del dicho alcaide, llamado Agustinillo, dónde estaba su amo, el cual respondió, que ya había tomado la espada y la capa y había ido fuera, y entonces esta declarante cerró la puerta de las cárceles con la llave y se la echó a la faltriquera y hasta la una no volvió, y en el ínterin vino Diego de Vargas de fuera, que le había enviado el alcaide por plata, y dijo que no traía plata, y esta declarante prestó seis reales para traer dos reales de plantanos y cuatro de vino, porque siempre el dicho alcaide andaba falto de plata, y trataron ésta y el dicho Diego de Vargas de dar de comer a los presos, y sacó esta declarante la llave de la faltriquera diciendo que ya era alcaidesa, que tenía la llave de los presos, a los cuales les dieron de comer, y después de haber comido, como dicho tiene, vino el dicho alcaide de fuera, y ésta le dio la llave diciéndole que la tomase, que la había dejado en la puerta, quedando abierta, y el dicho alcaide la tomó sin responder palabra, y después supo esta declarante que el dicho alcaide había estado en casa de doña Ana, una mujer con quien dicho alcaide tenía amistad deshonesta.

     »Iten, dijo que otras veces, fuera de la referida, se dejó el dicho alcaide la puerta de las cárceles abierta y la llave en ella, que serían como dos o tres, y salía fuera de casa, o estaba en ella en su cuarto, y si esta declarante tuviera mala alma y quisiera entrar a hablar con los presos, tuvo lugar muchas veces para hacello, por el descuido del dicho alcaide, el cual era de manera que los negros que entraban en las cárceles a dar de comer hacían bellaquerías, y en particular un día estando dando de comer a los presos, se le escapa aun negro, que no reparó cual de ellos era esta declarante, un trapito sucio, atado y redondo, y ésta lo alzó, entendiendo que era algún patacón, y se lo metió en la faltriquera sin que nadie la viese, y acabado de dar de comer, esta declarante se fue a su aposento y desató el dicho trapito, y vio que dentro dél estaba un papel escrito, y dentro del papel estaban cuatro pelotillas redondas, más gruesas algo que granos de maíz, las cuales le olieron a esta declarante a incienso y sospechó y tuvo por cierto esta declarante que al negro a quien se le habían caído las dichas pelotillas, las tenía para metellas algún preso de las cárceles secretas, y esta declarante, por no saber leer, aunque la letra le pareció de mujer, llevó el dicho papel a un religioso de San Francisco que no le sabe el nombre, y le dijo en confesión lo que le había pasado, y que leyese el dicho papel, el cual decía, que tomase la noche antes que le hubiesen de dar tormento una pelotilla de aquellas, y otra a todas, que no está bien en ello, cuando se lo hubiesen de dar; y por las razones del dicho papel, coligió esta declarante que debió de ser su marido de quien enviaba aquellas pelotillas, y le decía ansimismo que la persona que las llevaba era segura, y decía otras cosas de marido y mujer, y esta declarante quemó el dicho papel y hecho las pelotillas en la acequia, y se determinó de dar cuenta de ello al señor inquisidor Juan de Mañozca, y fue aquella noche a su casa para hablalle, y estuvo aguardando dos horas, y no pudo por estar con su señoría un hombre que dijo el paje que había venido de Chile, y después fue de hay a dos o tres noches, otra, y tampoco pudo hablalle, porque dijo el paje que estaba ocupado con el presente secretario, y así de allí a cuatro o seis noches, fue a hablar al señor inquisidor Gaytán, y le contó todo lo que ha referido o parte de ello, y después le volvió a hablar otra vez por la mañana y le dijo, cómo no convenía que entrasen los negros del dicho alcaide en las cárceles, y que se buscasen unos negros bozales para que entrasen, porque ni era Inquisición, ni era secreto, ni era nada el día que se sabía en la casa del alcaide todo lo que pasaba en las cárceles, y le contó ansimismo las pelotillas que había hallado en la cocina, y el dicho señor inquisidor se azoró mucho diciendo que era un mal hombre el alcaide, y le dijo a ésta que por qué no le había llevado las pelotillas; y en este estado cesó la audiencia por ser tarde, y habiéndole leído lo que ha dicho, dijo estar bien escrito, y por no saber firmar, lo firmó el dicho señor inquisidor. -El licenciado Castro. -Pasó ante mí. -Domingo de Aroche.

     »En la ciudad de los Reyes, en el dicho día, mes y año dicho, estando el dicho inquisidor licenciado don Antonio de Castro y del Castillo en su audiencia de la tarde, mandó entrar en ella a la dicha María de la Cruz, y siendo presente, se prosiguió en la declaración que dejó comenzada esta mañana, cuatro deste dicho mes de enero, año de mil y seiscientos y treinta y seis, y que prosiga en la dicha declaración debajo del juramento que tiene hecho.

     »Dijo que por el mismo tiempo vio esta declarante que un hombre pequeño de cuerpo, portugués, basto, vestido de jergueta parda, con un rosario al cuello, que es criado de Manuel Bautista Pérez, y no le sabe el nombre, aunque si le ve le conocerá, llegó a la casa del alcaide una mañana entre las ocho y las nueve, poco más o menos, estando ya preso el dicho Manuel Bautista, y preguntó a esta declarante por el alcaide y traía un papel cerrado en la mano el dicho hombre, y esta declarante llamó al dicho alcaide, Bartolomé de Pradeda, y le dijo que allí le llamaba un hombre, sin decille quien fuese, y vio que salió el dicho alcaide y habló con el dicho hombre, el cual le dio el papel que traía al dicho alcaide, el cual dicho alcaide, sin abrir el papel, tomó su capa y se metió con el dicho papel en las cárceles, donde estuvo mucho rato, y cuando salió, no le vio sacar papel ninguno, y sospechó esta declarante que el papel debió de ser para Manuel Bautista, por traelle hombre de su casa, pero no sabe cosa cierta esta declarante sino solo lo que ha referido.

     »Iten dijo que otras muchas veces vio que de noche iba el dicho hombre de casa de Manuel Bautista, de cuatro a cuatro noches, poco más o menos, y preguntaba por el dicho alcaide algunas veces a esta declarante, otras veces a sus negros, y avisándole, salía el dicho alcaide al patio o al zaguán, y hablaba en secreto con el dicho hombre, y otras veces avisaba al dicho hombre que estaba allí, con Diego de Vargas, el cual ansimismo le llamaba, y después que hablaban en secreto el dicho alcaide y dicho hombre, veía esta declarante que metían en las ocasiones que venía, muchas conservas con dos negros que siempre traía consigo el dicho hombre, unas veces botes de azahar, otras cajetas de orejones y de cidra rallada, y de durazno, otras veces unas albornías grandes de la ollería de dulces, y una vez metió una frasquera llena frascos con vino, y otras veces unos pastelillos de dulces regalados y panes grandes amolletados, y todo lo tomaba el dicho alcaide y lo guardaba en su despensilla, llamando a su hija doña Juana para que lo guardase, y de ello enviaba poca cosa al dicho Manuel Bautista y a su cuñado, y con todo lo demás se quedaba, y nunca dio de todo ello con ser mucha máquina, a esta declarante, y una noche después a cabo de días, vio esta declarante que el dicho hombre de casa del dicho Manuel Bautista llevó al dicho alcaide Bartolomé de Pradeda una cajeta de conserva y cuatro panes regalados, y le envió a llamar con el dicho Diego de Vargas, y salió el dicho alcaide y vio esta declarante que no quiso recibir entonces la cajeta ni los panes; y el dicho hombre dijo, después de haberse ido el dicho alcaide, que no debió de haber querido porque era poco, y esta declarante le persuadió a Diego de Vargas que él lo recibiese y metiese un cuchillo por los panes por si traían algo, y se los diese a aquellos desventurados, pues el alcaide les daba tan poco de lo que le traían, diciendo que por qué habían de comer de aquello los perros judíos, y que se estuvieran en su casa y no ofendieran a Dios, y no vinieran a dalle aquel cansancio, y el dicho Diego de Vargas no quiso tomar la dicha cajeta y panes, y el hombre que lo trajo se volvió con ello.

     »Iten dijo que ansimismo sabe y vio que el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda, se quedó con cantidad de ropa blanca de la que traían a Manuel, y luego dijo a su cuñado de Manuel Bautista, lo cual fue una tabla de manteles buena y cuatro servilletas adamascadas, y una sábana; y a Antonio de Acuña, de la ropa que le trajeron en dos petacas tumbadas, que las metió como a las ocho de la noche en su cuadra con sus negros, le tomó, habiéndose encerrado con su hija y abierto las dichas petacas, una sábana y una camisa, unos calzones de rúan de cofre, camisa y calzones, y la sábana de rúan de fardo, y tres valonas de rengos con puntas grandes, de las cuales dio la una a doña Ana, su amiga, y las otras dos a su hija doña Juana; y tomó ansimismo dos pañuelos de cambray de havara, y una tabla de manteles, y todo lo pudo ver tomar esta declarante, porque aunque se habían encerrado en la cuadra, esta estaba en la recámara, donde dormía, y estaba entonces desnudando a una de las hijas del dicho alcaide que estaba enferma, llamada Marota.

     »Iten, dijo que faltándole plata al dicho alcaide para dar de comer a los presos, porque siempre andaba alcanzado della después que tomó la chácara, le dijo un día antes que prendiesen a Manuel Bautista, a su negra María Carabali, que es la cocinera, que le pidiese plata a esta declarante para que comiesen los presos, porque él no tenía de donde traella, y la dicha negra se la pidió a esta declarante, y por no tener ella, tomó una camisa suya labrada de seda azul, y con ella fue a pedir diez pesos prestados a Juan de la Reguera, panadero, que vivía en las casas de la esquina de esta Inquisición, el cual se los prestó a esta declarante sobre la dicha camisa, diciéndole qué para que gastaba esta tanta plata, que le debía cien pesos sobre otras prendas, y que bien sabía que esta no quería la plata para sí sino para el alcaide, y que era un hombre desagradecido, y que nada de cuanto hacía por él se lo había de agradecer a esta declarante, y esta le dijo que era tan mal hombre el dicho alcaide, que la había dicho que toda la casa de Manuel Bautista había de venir presa a este Santo Oficio, y mucha gente portuguesa; y el dicho Juan de la Reguera le dijo a esta declarante que no le creyera al dicho alcaide, y que era un hombre mal intencionado, y que no decía verdad, y que si le hubiera de decir las cosas que el dicho alcaide hablaba, pero que no hacía caso dél; y de allí a pocos días vio esta declarante que el dicho alcaide llevó al dicho Juan de la Reguera a que viese su cuenta, diciéndole que si la quería ver, y le metió en las cárceles, viéndolos esta declarante entrar a los dos, y viéndolos después salir, y que traía el dicho Juan de la Reguera unos hinojos y unos alelíes en las manos, del huertecillo que el dicho alcaide tenía dentro de las cárceles, y después dijo el dicho Juan de la Reguera a esta declarante como el dicho alcaide le había enseñado el huerto que tenía dentro de las cárceles, y enseñándoselas todas.

     »Iten, dijo que sabe y vio esta declarante que el dicho alcaide, Bartolomé de Pradeda, metió en las dichas cárceles secretas, dos o tres veces a la dicha doña Ana, su amiga, y que se estuvieron dentro de las dichas cárceles, cerrada la puerta con llave, solos los dos, como media hora, poco más o menos cada vez, y la decía que entrase a ver el huerto que tenía en las cárceles.

     »Iten, dijo ansimismo vio esta declarante entrar a las dichas cárceles, metiéndolas el alcaide a sus hijas, y, con ellas a una mujer casada, llamada Mariana, que oyó decir esta declarante que había sido su dama del dicho alcaide, y las vio entrar dos veces cuando daban de comer a los presos, y las hijas del dicho alcaide y los hijos, los veía entrar muy de ordinario a las dichas cárceles, y en particular una vez que había entrado una de las dichas sus hijas, que no se acuerda cual fue, se acertó a soltar el pechelingue, y la muchacha salió dando voces, huyendo dél, y esta declarante de presto echó el golpe a la puerta, porque el dicho pechelingue no se saliese, y apretó con el cuerpo la dicha puerta, porque no es de golpe sino de loba.

     »Iten, dijo que cuando se hizo el auto último en esta Inquisición, en que esta declarante salió, oyó decir a Diego de Vargas que el dicho alcaide había metido muchas mujeres por las cárceles secretas para que viesen el auto, y en particular, oyó decir esta declarante a una mujer que no le sabe el nombre, y si la ve la conocerá, estando en conversación con otras mujeres en una casa donde ésta estaba a la sazón, que ella había entrado a ver el auto por la casa del alcaide y por las cárceles, y se había perdido en ellas, y ídose a la puerta, y que después había andado por las cárceles llamando a las puertas y diciendo los nombres de los presos Manuel Bautista y un Silva, y otros, y que al cabo había salido a ver el auto.

     »Iten, dijo que Jusepe Freyle, el portero desta Inquisición, le dijo a esta declarante que la dicha doña Ana le había dicho que el alcaide Bartolomé de Pradeda la metía en las cárceles y le enseñaba los aposentos y la huerta, y que aunque esta declarante lo sabía, se hizo de nuevas (38) y le dijo al dicho Jusepe que no le creyese, porque no era cosa posible.

     »Iten, dijo que Martín de Vargas y Diego de Vargas le dijeron a esta declarante que el señor inquisidor Gaytán había mandado a los dichos alcaides que un día que hubo consulta, se estuviesen en la portería y no entrasen en las cárceles, y que el dicho Bartolomé de Pradeda había andado diciendo que tenía necesidad de ir por carne, estando ya comenzada la consulta, y que se había descabullido y metídose en las cárceles, lo cual esta declarante se lo contó ansí al dicho señor inquisidor Gaytán.

     »Iten, dijo que sabe esta declarante que el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda de ordinario dejaba los calabozos abiertos, sin llave, más que echado el cerrojo, y lo sabe esta declarante porque entrando un día el dicho alcaide en la cárcel de las mujeres, donde esta estaba con Juana Pérez y otras, dijo el dicho alcaide que ya habían vuelto a prender los señores al mocito, y mirándose la dicha Juana Pérez con las demás mujeres, dijo el dicho alcaide, hablando con la dicha Juana, ¡ah! mala hembra, que por ti, si viene una visita, me ha de suceder una desgracia y me has de echar a pique, a lo cual respondió la dicha Juana Pérez que el dicho alcaide tenía la culpa, pues dejaba los calabozos sin llave para que pudiesen salir los hombres a verse con el judío y sacalle los piques y para que pudiesen entrar en la cárcel, donde ella y las demás mujeres estaban, a verse con ellas, y que qué habían de hacer sino callar porque no las matasen, y después de ido el dicho alcaide, le contó a esta declarante una de las presas llamada Magdalena de Torres, que un mozo sastre y otro mozo gordo entraban a verse con la dicha Juana Pérez y con Isabel de Ontañón, y que ofendían a Dios y estaban juntos desde las once de la noche hasta las cuatro de la mañana y que entraban por un corralito que tenía la cárcel de las dichas mujeres junto a la acequia, y que saltaban por encima de otras cárceles, y que la dicha Magdalena de Torres le había dicho al dicho alcaide que velase por sus cárceles y que rondase de noche, y que él no se había querido dar por entendido, y que al bajar una noche uno de los dichos mozos, el más gordo, por el dicho corralito, había dado una caída que por poco se matara, y que esto es lo que por ahora se acuerda, y si se acordare más, lo vendrá a declarar, lo cual es la verdad debajo del juramento que tiene hecho; encargósele el secreto prometido. Y en este estado dijo que se le acordaba, que un día estando esta declarante en conversación con el dicho alcaide, le preguntó si la «cristalina», que es doña Damiana Ortiz, estaba ya libre, y el dicho alcaide respondió a ésta que ya estaba en su casa, y ésta le volvió a preguntar, que como había negociado tan bien, y ésta no negociaba, habiendo dicho la verdad, y el dicho alcaide respondió que a él le debía el haber negociado tan bien, porque la había advertido que aunque la llamasen no declarase nada, aunque la citasen, hasta ver la acusación del Fiscal, y que por allí echaría de ver los testigos que tenía, que la dañarían, y que ansí había negociado bien, y que su Señoría del señor inquisidor don Antonio había andado riguroso y dicho en el Tribunal que como aquello no se castigaba, y que uno de los demás señores inquisidores había dicho que pues Dios nos perdonaba una y otra vez, que era bien que perdonásemos, y que las razones que en esto habían pasado en sustancia, decían las dichas referidas, y siéndole leído lo que ha dicho, dijo estar bien escrito, y que no lo ha dicho por odio ni enemistad que tenga al dicho alcaide, ni a otra persona, sino por el descargo de su conciencia y por habérselo aconsejado así sus confesores; no firmó por no saber y lo firmó el dicho señor inquisidor. El licenciado Castro. Pasó ante mí, Domingo de Aroche, secretario.

     »En la ciudad de los Reyes, lunes nueve de junio de mil y seiscientos y treinta y seis años, se ratificó esta testigo ad perpetuam rei memorian, en lo que había dicho contra el dicho alcaide Bartolomé de Pradeda, en las dos audiencias de mañana y tarde, de cuatro de enero de seis cientos y treinta y seis años, como parecerá por el proceso hecho contra el dicho alcaide, y añadió contra el susodicho lo siguiente:

     »Y añade, que saliendo de su aposento una mañana, no se acuerda el tiempo que ha, se sentó de rodillas en la sala ante un cristo que estaba en un cuadro de la sala del dicho Bartolomé de Pradeda, y dijo 'Señor mío Jesucristo, sin afrenta, o con ella, me sacad de esta casa' y estando en esto vide que se meneó la cama del dicho alcaide, y que estaba diciendo, mi vida, mi alma, y que luego salió Marucha, una moza, que entró preñada en las cárceles y estaba ya parida, que había salido a parir a casa del dicho alcaide, y ella como vido a esta declarante, se sonrió medio avergonzada, y ésta no le habló palabra, ni se dio por entendida; lo que hicieron, o no, ésta no lo vido, mas sabe que después que la dicha Marucha estaba suelta venía a verse con el dicho alcaide de día, y se encerraba en el aposento con ella y estaban grande rato».

     Resumiendo el resultado de la investigación, expresaban los Inquisidores:

     «Consta que por descuido suyo y dejar las cárceles abiertas, ha habido en ellas muchas comunicaciones entre los presos, de grave perjuicio, y que por dejarse ansimismo las puertas de las cárceles, no las interiores, sino las de afuera, abiertas, han entrado algunas personas [a] hablar con los presos, y algunos dellos han declarado, aunque de oídas, que metió en las cárceles cierto amigo de uno de los presos y que le enseñó la cárcel donde estaba Gerónimo Díaz Gutiérrez, habiendo hecho fuga de las cárceles secretas, fue preso en Quito y traído a esta Inquisición, y preguntado quién le dio favor y ayuda para irse, declara, debajo de juramento, que el mismo alcaide Bartolomé de Pradeda le dio la traza para la fuga, con que pudiesen entender los Inquisidores que él se había huido; pero que el mismo alcaide le había abierto las puertas y sacádole a la calle, y dándole seis reales para que comprase pan y se fuese, temeroso de que no declarase en el Tribunal muchas cosas que sabía contra el alcaide, y en particular, que trataba carnalmente con una mujer moza y de buena traza, que estaba presa en las mismas cárceles secretas, y que la llevaba a dormir con él a su casa, y desto hay otro testigo que depone de vista, en razón del trato carnal con la dicha mujer. Otro preso, de oficio sastre, le hacía trabajar en su cárcel todas las obras de la gente de su casa, y para ello le metía en su cárcel, mesa y tijeras, y otras cosas necesarias.

     »El secreto de las cárceles, prisiones y diligencias de tormento, y otras, nunca le guardaba, antes lo comunicaba con muchas personas, de manera que la prisión de Manuel Bauptista Pérez, que fue de las más importantes de las que se han hecho, declara un testigo que quince días antes que se hiciese, sabía que se había de hacer, porque cuando había consulta, se ponía el alcaide agachado, ansí lo dice el testigo, junto a una ventana del Tribunal que sale al callejón de las cárceles, donde, subiéndose encima de un bufete, podía oír sin que le viesen lo que se trataba en la consulta, lo cual decía después a sus confidentes.

     »Con muchos de los que hoy están presos, ha tenido antes de estallo, contrataciones y metídolos en fianzas que ellos, ya por temor, ya por tenelle grato, ni rehusaban de hacer en cantidades considerables.

     »Tenía en su casa, de mucho tiempo a esta parte, telares, donde se labraban lamas de oro y plata y diferentes tejidos de sedas y pasamanerías, y tiraba oro para los pasamanos, y esto con mucha gente, y todos venían a ser sabidores de lo que pasaba en las cárceles, por tener la casa del alcaide puertas a ellas, cerca del obraje de los telares, y aunque diversas veces se le amonestó no los tuviese, si los retiraba por tiempo, luego volvía a ellos, y era con tanto exceso, que poco antes que se le mandase retirar a su chácara, y que no acudiese al oficio de alcaide, hubo muchas demandas y quejas de personas oficiales de la república, quejándose dél, de que atravesaba todas las otras y que ellos no tenían con qué sustentarse por quitárselas el alcaide con la mano del oficio que tenía, sobre que hubo autos e informaciones, y porque la estrechez del tiempo no da lugar a inviar testimonio de lo referido, se inviará en la primera ocasión de esto y de otras cosas tan graves, con que pareció forzoso atajar en los primeros pasos de la complicidad los malos que daba el alcaide, la cudicia con que procedía, los hurtos que hacía en disminuir las raciones de los presos, y lo que en nombre dellos recibía, con color de regalalles, según lo que se servirá Vuestra Alteza ordenar lo que más convenga».

     Viéronse precisados con esto los Inquisidores a remover a Pradeda del cargo, nombrando, según hemos visto, para que le reemplazase a Diego de Vargas, que hasta entonces le había servido de ayudante, a quien recomendaban como persona de satisfacción; pero que luego hubieron también de separar por hechos enteramente análogos.

     Con ocasión de las numerosas prisiones de portugueses que en esos días habían tenido lugar, las cárceles primitivas fueron absolutamente deficientes para contener tantos presos, y así, según también hemos visto, hubo necesidad de ocupar para el objeto la casa del alcaide, y como ésta tampoco bastara, se tomó otra contigua, que costó cuatro mil pesos, labrándose en todo setenta nuevas prisiones, que repletas ya a principios de ese año de 1636, pensaban los Inquisidores aumentar con una más que había vecina y de alquiler. Y en efecto, a principios del siguiente, no sólo se había arrendado ésa sino también otra, que dispuesta convenientemente, apenas si fue bastante para dar cabida a tanto reo.

     Por la declaración de María de la Cruz conocemos ya algunas de las tretas de que estos infelices se vayan para aliviar su situación o para comunicarse entre sí. Bajo este aspecto es interesantísima la carta en que los jueces dan cuenta al Consejo de todos esos ardides, la cual, en su parte congruente, dice así: «El material de las cárceles es flaco por ser de adobes y barro y son bajas, con que ocupan grandísimo espacio, y los presos, toda gente belicosa y cavilosa, y de mucho saber, con que [86] por más cuidado que haya no podemos atajar las comunicaciones; cuando de otra manera no pueden, se entienden a golpes en las puertas, en que cifran el A. B. C., o dando una piedra con otra (que como suelo y paredes son de tierra, fácilmente las hallan), o buscando otras invenciones diabólicas en que nos dan que sospechar, que muchos de ellos han sido presos por el Santo Oficio, y alguno lo confiesa de sí, porque están en el orden de procesar, y en cuantas cautelas y malicias hay, grandemente diestros...

     »Las comunicaciones de los presos en las cárceles secretas, fueron hijas de la necesidad y de la codicia de los ministros que en ellas entraban, y del continuo imaginar de los presos, que da entendimiento; hallose esta Inquisición en la complicidad referida de tanto número de presos con diez y seis cárceles, donde fueron menester más de ciento; tomáronse casas circunvecinas propias, cubriéronse puertas, atajáronse aposentos, no con la división que se debía, sino con la comodidad que el tiempo y prisas daban lugar; había solo las paredes en medio, en ellas hacían los reos agujeros por donde se comunicaban a horas señaladas, y cuando los entraba a visitar el alcaide, los tenían tapados con barro que hacían de la tierra del suelo (que todas las cárceles estaban en bajo) y del agua que les daban para beber. Los sirvientes para tanta gente eran negros bozales, que es el servicio de por acá, y aunque lo eran, los reos como tratantes en esta mercadería, trayendo gruesas partidas de ellos desde Cartagena, les hablaban en su lengua, y daban recados que llevasen los unos a los otros, y muchas veces les daban papeles escritos con zumo de limones, que los pedían para achaques que fingían, o para sainete de su comida, y aunque al parecer iban blancos los papeles, puestos al fuego salían las letras, secreto que descubrió el señor licenciado Juan de Mañozca. Otras veces se enviaban con los negros que sacaban los platos, cuentas en guarismos, en papeles viejos, que entre ellos eran cifras conocidas, como parecerá en el pleito de Manuel Bautista Pérez que va en esta ocasión. Otras se valían para las cárceles circunvecinas de golpes de piedras, señalando un golpe la a, dos la b, y ansí por las demás letras, y cuando llegaba la letra de que se habían de valer para la comunicación, daban en ella un repiquete, y el que estaba escuchando los golpes, la escribía en el suelo o en la pared, y juntas después todas las letras, sacaban la dicción entera. Ayudaron mucho a estas comunicaciones dos ayudantes de alcaide que hubo en diferentes tiempos, los cuales sacaban y metían papeles de fuera, y llevaban avisos de unas cárceles a otras. Uno llamado Jusepe Freile, que por ser deudo cercano del Inquisidor... y atendiendo a su buena memoria, habiéndose tenido mucho tiempo preso en una galera, solo le desterró el Tribunal a Chile, donde está. Otro llamado Francisco Hurtado de Valcázar, con título de familiar, salió al auto por estas culpas. Un platero que por su casa contigua a las cárceles de las casas que se alquilaron, daba lugar a las comunicaciones por agujeros que tenían hechos, y una mujer española que lo solicitaba, fueron azotados. Descubriéronse, aunque tarde, estas comunicaciones, porque entrando Juan de Iturguyen, que a la sazón era ayudante, a medio día en las cárceles a rondallas, oyó que de una a otra se hablaban dos presos, dio cuenta en el Tribunal, y mandósele que llevase papel y tinta y continuase a aquella hora oír lo que aquellos presos decían y lo asentase; hízose por muchos días y supiéronse cosas importantes en razón de comunicaciones y se atajaron desde entonces, como consta de los autos. Las revocaciones tuvieron principio de unos golpes que oyeron los presos se daban en la capilla de esta Inquisición para asentar en ella unas puertas nuevas con clavazón de bronce, entendieron que era hacer tablado para auto de fe, y como esperaban con mucha certidumbre que había de venilles perdón de Vuestra Alteza, por la muchedumbre, a que decían que más fácilmente se perdonaba, para dilatar el auto, trataron por sus señas y golpes, corriendo la palabra por las más de las cárceles, de revocar y hacerla imposible, que este nombre dieron a esta traza diabólica; declarando así algunos de los presos que volvieron después a asentar en sus primeras confesiones, y es cierto...

     »Como ya dijimos, continúan los demás ministros, el año pasado, estaban confitentes más de treinta y seis, subcedió que por estar las puertas de la capilla rota hechas pedazos, se hicieron unas nuevas, y al poner la clavazón de bronce que se quitó de las viejas, hubo dentro de la capilla en dos o tres días grandes martillazos; están las cárceles contiguas a ellas y sonaba mucho el ruido; juzgaron que se hacía el tablado, y que había aucto, y trataron de embarazarle, tomando para ello acuerdo, unos que por falta de cárceles estaban juntos, de ir revocando cuanto habían dicho de sí y de otros; y por agujeros que fácilmente se hacen en paredes viejas y de tierra, abiertas por mil partes, de los temblores, se fueron comunicando con los vecinos y dieron principio a sus revocaciones; unos negando lo que habían dicho de sí y de los cómplices, diciendo se habían levantado a sí y a ellos falso testimonio; otros afirmándose en su judaísmo pero que habían depuesto falsamente de otros. -Comenzó esto por un Pascual Díaz, enfermo de asma, que parecía que cada noche había de expirar, y como tal estaba en compañía, que pidiendo audiencia, se afirmó en que era judaizante, mas que había mentido en cuanto a cómplices; hay sospecha que como a muerto le enviaron adelante para saber como les salía la facción, y después le fueron siguiendo los demás; declarando algunos de ellos, antes que se resolvieran a desdecirse, que los revocantes habían tomado este medio para dar tiempo a tiempo y esperar perdón de España, que les parece será imposible por la muchedumbre de presos, que aquí hacen sobre doscientos (como consta de un pedazo de lienzo escrito que se les ha cogido) y en Cartagena cuarenta; y hay también argumentos llanos que con la misma intención de alargar el tiempo y que no haya aucto tan presto, han levantado testimonios a algunos que están presos y a muchos de fuera.

     »Uno de estos pareció ser Alonso Sánchez Chaparro, que en la relación pasada se numeró entre los presos, que por haberse desdicho los testigos, que fueron dos contestes y otro de oídas, y haber información de otros compañeros de cárcel de que se habían conjurado para levantarle testimonio, fue suelto libremente por la mayor parte de la consulta, en que hubo votos que antes fuesen puestos a cuestión los testigos; entregósele su hacienda, y en barras y reales más de setenta y dos mil patacones que se le habían secuestrado. Hanos puesto este negocio en mayor cuidado, aunque hoy por estar en cárceles distintas separados, (si bien no dejan de hacer sus diligencias por comunicarse) fácilmente se aprehenden en ellas.

     »Rompen las camisas y sábanas y en los pedazos escriben con el humo de las velas lo que quieren, y a los negros bozales que entran a ministerios no ejemplados, los entregan para que los lleven, y desta manera han venido a nuestras manos algunos. También se dan voces, a deshoras, aunque con el castigo que luego hay si sienten, no se desmandan mucho a vocear. Y lo que más les ayuda a cualquiera malicia es el no haber otro género de presos y guardarse la cara los unos. Y los otros obstinadamente, como en causa común; con que aunque carga el aviso en otra cárcel, que aquella para que se dio, viene a surtir, excepto algunos por acreditarse de buenos cristianos, habiendo pedido audiencia, han hecho exhibición de estos trapos, etc.

     »Los de esta tierra y los de esa y los de todas partes, se corresponden y se entienden unos con otros, y así habrán acudido por todos los medios a solicitar el perdón, y a trueco de esperarle no habrá inconvención que no hagan. Andaban metidos en las comunicaciones en que hay bien que hacer, deseando ver las causas en estado de poder asentar en la verdad con las diligencias, porque sin ellas en tanta variación no se podrá aclarar. Y es de advertir, que los más revocan después de haberse ratificado ante honestas personas en sus dichos y confesiones, y que hay alguno que habiéndose desdicho de sí y de otros, ha pedido audiencia, y ratificándose en sus primeras confesiones, dicho que la revocación que hizo fue falsa, y solo había levantado testimonio a Alonso Sánchez Chaparro, y añade de nuevo contra algunos de los testificados.

     »Si en algún tiempo se debe proceder con severidad contra testigos falsos, es éste, en que si es verdad lo que dicen de haber levantado testimonios, es, demás de ser tan atroz el delito, grandísimo desacato del tribunal, donde hombres que están presos y que no ignoran el cuidado con que se procura la verdad, se descaran contra gente honrada e inocente, que si estando libres a su disposición, lo hicieran con ánimo de hacer el daño y acogerse, delinquieran de malicia. Pero donde están cogidos y no pueden huir en malicia y poca vergüenza, y no hacer caso de la instrucción, y todo lo hacen como gente sin Dios, infiel y porfiada, fiados en la misericordia y benignidad del Sancto Oficio, porque tienen por cosa cierta que siempre que confiesen y pidan ser admitidos a reconciliación, lo han de ser, con que nunca se convierten a derechas, sino ficta y simuladamente, por huir el fuego y quedar siempre malos judíos o buenos ateístas. Dios guarde a Vuestra Alteza como puede. Reyes, 18 de mayo de 1637. -El licenciado Juan de Mañozca. -El licenciado Andrés Joan Gaytán. -El licenciado don Antonio de Castro y del Castillo».

     El hecho era pues que entre los encarcelados había muchos que lo habían sido por declaraciones arrancadas en el tormento, o que habían levantado falso testimonio a inocentes, como decían los jueces. Estas circunstancias no pasaron inadvertidas en el Consejo, el cual ordenó al Tribunal, en 10 de diciembre de 1636, que «para mayor acierto no se dé paso sin grande fundamento, particularmente en lo tocante a cristianos viejos testificados, por haberse experimentado en ese reino que los de la nación hebrea de propósito declaran falsamente contra los católicos por hacelles daños. Esto, señor, estaba ya previsto, extendido y experimentado en esta inquisición cuando recibimos la de vuestra Alteza, decían los jueces, y habíamos dado cuenta en el Consejo por carta de 20 de mayo de 637 del subceso de Alonso Sánchez Chaparro, mercader rico de esta ciudad, a quien de propósito se conjuraron dos testigos a testificarle de dos actos del judaísmo, contestando en ellos, y después se le arrimó otro de actos diferentes, con que por la consulta fue mandado prender con secresto de bienes, y habiéndose seguido la causa conforme a estilo del Santo Oficio y revocado los testigos todos sus dichos, fue dado por libre y se le volvieron más de sesenta mil pesos secrestados y salió de la prisión en 9 de febrero de 637, y siempre han estado los que le testificaron firmes en las revocaciones que dél hicieron y perseverantes de sí, no solo en las audiencias particulares, sino en los tormentos que por varios y revocantes se les han dado in caput alienum. Por los mismos pasos ha corrido la causa de Santiago del Castillo, natural de San Vicente de la Varquera, en las montañas, a quien testificaron otros tres testigos, los dos contestes de un acto y de otros singulares, y el otro de acto particular; revocaron en la prosecución de la causa todos, antes y después de habelles dado tormento, con que salió libre en 23 de octubre de 637... Uno de los testigos llamado Luis de Lima, de los principales autores de las revocaciones y sumamente dañoso, está condenado a relajar, ansí por la pena del talión, como por vario, diminuto y revocante, ficto, simulado, impenitente, de muchos que actualmente le testifican; hase ratificado muchas veces en sus dichos antes del tormento, en él, y después de él, luego ha vuelto a revocar, aunque no de sí, con que de acuerdo de toda la consulta, tuvo la sentencia referida. La misma libertad han tenido Pedro de Soria Arcilla, Andrés Muñoz, sastre, Francisco Sotelo, Antonio de los Santos, Ambrosio de Morales, Jorge de Ávila... y la causa de Manuel García Matamoros se suspendió. Las demás se van siguiendo, y muchas de ellas están sentenciadas y otras conclusas, de que se envía relación al Consejo, con que se dispone la celebridad del auto para antes de Navidad, con el favor divino; el cual estuviera mucho ha fenecido, si las comunicaciones de cárceles tan perniciosas al buen progreso, no lo vinieran estorbando y dado motivo a las revocaciones, que los más de los presos hicieron, pareciéndoles que con la dilación y hacer la cosa imposible, mejoraban su causa, metiéndola a barata y llegaría en tanto perdón general de su Santidad y Majestad Real. Así se ha colegido de las declaraciones de muchos reos, y que de intento ponían unos a otros a las testificaciones verdaderas, muchas falsas, para confundir lo que era cierto con lo mentiroso, que no dejan traza que no intenten, ni malicia que no alcancen. Fuera de los presos, hay otros muchos testificados en esta ciudad y reino, que no son de la nación portuguesa, contra quienes no se procede, atendiendo a la advertencia de Vuestra Alteza y a la flaqueza de las testificaciones que en otro tiempo fueron muy bastantes, y con la experiencia presente sospechosas, y ansí se va con mucho tiento en ellas».

     Hallándose las cárceles así atestadas, a fin de poder prestar el necesario esmero a la tramitación de las causas de los portugueses, los ministros del Tribunal, según ya se lo hemos oído referir, resolvieron celebrar auto en la capilla, a fin de desembazarse de los reos cuyas causas estaban afinadas, señalando para el efecto el día 17 de agosto de 1635, en que tuvo lugar, con presencia de los siguientes:

     José Cortés de Loyola, natural del Callao, donde servía de galeote, de treinta y seis años, fraile profeso y expulso de San Francisco, sacerdote de misa.

     Luis de Morales, limeño, de treinta y dos años, casado dos veces.

     Francisco Mejía Mirabel, cerrajero, natural de Tucumán, por idéntica causa.

     Juan de Matos, oriundo de La Habana, sastre, por lo mismo, siendo condenado en cien azotes y a galeras por seis años.

     María de León, de Canarias, de cincuenta años, por hechicera, abjuro de levi, salió a la vergüenza y fue desterrada a Potosí por seis años.

     Juana Pérez, mestiza, de La Plata, de treinta años, por idéntica causa, salió con insignias y soga al cuello.

     María de la Cruz, natural de Guadarrama, de cuarenta y cuatro años, también por hechicera.

     Magdalena de Torres, de Chuquisaca, de cincuenta y uno, hechicera, se presentó con insignias y vela.

     Isabel Hontarón, del Cuzco, de sesenta, id.

     Sebastián de la Cruz, griego, natural del imperio de Trapizonda, por sospechoso de hereje, salió con atributos de penitente, abjuro de vehementi y fue condenado en destierro por diez años y en mil pesos de multa para gastos extraordinarios del Santo Oficio.

     Jerónimo González Tinoco, natural de Saña, por haber confesado y consagrado óleos sin ser sacerdote, recibió cien azotes y cuatro años de galeras.

     Y Juan de Cabrera Barba, de veintisiete años, religioso profeso del beato Juan de Dios, ordenado de epístola y expulso de su religión, por haber celebrado misa sin ser sacerdote, abjuró de levi y fue destinado a galeras por seis años.

     Penitenciados en la capilla, entre año, habían sido, además:

     José Ruiz de Peñaranda, bretón, preso por ciertas proposiciones heréticas, que fue desterrado a España por toda su vida.

     Manuel Coello, presbítero, portugués, de sesenta y dos años, recluso en cárceles por sospechas de judaizante, fue suspendido de orden sacerdotal por el resto de su vida.

     Diego Vásquez de Acuña, también portugués y de la misma edad que el anterior, preso por idéntica causa y por algunas proposiciones heréticas, abjuró de vehementi y pagó mil pesos de multa.

     Andrés de Estrada Duque de Figueroa, de La Plata, por blasfemo, salió con mordaza en la lengua y fue desterrado por diez años.

     Fray Gonzalo Hernández, de Saña, lego de la Merced, por haber dicho misa y confesado sin ser sacerdote, fue privado de órdenes y enviado a galeras por cinco años.

     Francisco de Valverde, natural de Ávila, de sesenta años, por haberse casado dos veces.

     Reprendidos en la sala de audiencia fueron:

     El maestro fray Diego de Cárcamo, agustino, por proposiciones malsonantes; José Freile de Moris, ayudante del alcaide de las cárceles del Tribunal, por infiel en su oficio; y Beatriz de Bohorquez, por hechicera y haberse comunicado con algunos presos del Santo Oficio.

     Se suspendieron los procesos de Manuel Bel, el capitán Martín Morato, Gonzalo López Aceituno, Tomás Fernández, Pedro de Guzmán, Juan Ramos, Manuel García Matamoros, Sebastián Delgado, Matías González de Paz y Rodrigo Dávila, que habían sido prendidos por judaizantes.

     Después de haber sido acusados de lo mismo, por falso testimonio, según se descubrió, salieron libres y en el auto con palmas, Santiago del Castillo, Alonso Sánchez Chaparro, Antonio de los Santos, Ambrosio de Morales, Francisco Sotelo, Pedro de Soria, Andrés Muñiz y Jorge Dávila.

     Siguiose después de esto con ahínco en la tramitación de las causas de los reos restantes, ocurriendo durante su curso varias circunstancias dignas de notarse. Doña Mayor de Luna, que en un principio estuvo negativa, confesó a la primera vuelta de la mancuerda, y su cuñada doña Antonia Morón, se desmayó a la segunda. El hermano de ésta, llamado también Antonio, y Domingo Rodríguez Muñoz murieron en la prisión, por lo cual se siguieron sus procesos con la memoria y fama de ambos. Diego de López de Fonseca sufrió seis vueltas, «y hablando siempre muy concertadamente, llamando a Jesús y María, y quejándose y diciendo que le quitasen de allí y que diría la verdad, y nunca la quiso decir, por muchas amonestaciones que se le dieron para ello».

     El proceso de Manuel Bautista Pérez, el más rico de todos los denunciados, «se llevó lentamente, hasta fenecer los de los demás acusados. Condenado a tormento in caput alienum, y habiéndose dado seis vueltas de mancuerda, y quitado de ella, fue tendido en el potro y se le dio la primera vuelta de garrotes en los brazos, muslos, espinillos y tudillos, y siempre estuvo negativo». Poco después el reo se daba de puñaladas en la cárcel, sin lograr poner fin a sus días.

     Manuel de Paz, de edad de treinta y cuatro años, que había sido encerrado en la prisión el 12 de agosto de 1636, porque en un apunte de confesión sacramental que tenía redactado se le encontraron algunas palabras escandalosas y porque se dijo que guardaba una biblia; fue encontrado el 17 de noviembre, desnudo en camisa, ahorcado, habiéndose colgado del pescuezo con una soguilla de una reja de fierro que estaba encima de la puerta de su calabozo. Se mandó enterrar su cuerpo en parte señalada para exhumar sus huesos cuando conviniese.

     Mucho más horrible aún, si cabe, era lo que había ocurrido con Mencía de Luna. Era ésta una sevillana, hija de padres portugueses, de edad de veintiséis años, casada con Enrique Núñez, que testificada en el tormento por una hermana y una sobrina suyas, fue reducida a prisión el 22 de noviembre de 1635. Se le acusaba de haber asistido a las juntas que se tenían en casa del capitán Antonio Morón, «de que guardaba el sábado por fiesta y se ponía en él camisa y ropa limpia, cenaba pescado, frutas y no carne, y ayunaba el ayuno de la reina Ester». El otro testigo que la denunció, José de Silva, se retractó, volviendo en seguida a nombrarla en el tormento, y otro tanto había pasado con Rodrigo Váez Pereira. Diose tormento entonces al marido de la rea, y como se mantuviese negativo, se le condenó igualmente a ésta a la tortura.

     He aquí ahora lo que ocurrió durante ella:

     «Y luego los dichos señores inquisidores y Ordinarios, visto que la dicha doña Mencía de Luna estaba negativa, pronunciaron la sentencia siguiente: Christi nomine invocato.

     »Fallamos atentos los autos y méritos del dicho proceso, indicios y sospechas que de él resultan contra la dicha doña Mencía de Luna que la debemos condenar y condenamos a que sea puesta a cuestión de tormento, en el cual mandamos estar y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que está testificada, y apresada, con protestación que le hacemos que si en el dicho tormento muriese o fuese lisiada o se siguiere efusión de sangre o mutilación de miembros, sea a su culpa y cargo y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad, y por esta nuestra sentencia, ansí lo pronunciamos y mandamos en estos escritos y por ellos.

     »Pronunciaron la cualidad de dicha sentencia y los dichos señores inquisidores y ordinarios, dieron y pronunciaron este dicho auto, y ante nos en la audiencia del dicho Santo Oficio pareció presente la dicha doña Mencía de Luna a la cual se notificó.

     »Dijo que no debe nada, y que no sabe qué responder.

     »Y con tanto fue mandada llevar a la cámara de tormento, donde fueron los dichos señores inquisidores y ordinarios, eceto del señor inquisidor Gaytán, que se quedó y no fue, sería a las nueve dadas de la mañana, y estando en la dicha cámara, amonestada que diga la verdad y no se quiera ver en tanto trabajo.

     »Dijo que no debía nada.

     »Amonestada, y fue mandada desnudar, dijo que no debía nada.

     »Fue vuelta a amonestar que diga la verdad, donde no se mandará poner en la cincha.

     »Dijo que no debía nada contra la fe, fue desnuda y puesta en la cincha; atados los dedos de los pies, y por los pies y espinillos un cordel, y los brazos, y por los molledos para la mancuerda.

     »Estándola desnudando decía que no debía nada, y que si en el tormento por no poderlo llevar dijere algo, que no valga nada ni sea válido, porque lo dirá de miedo del dicho tormento.

     »Estando ya atada en la forma dicha y puesta en la cincha, fue amonestada que dijese la verdad, donde no, se le mandaría dar y apretar.

     »La primera de mancuerda.

     »Dijo que no debía nada contra la fe. Y fue mandado dar y apretar la primera vuelta, y estándosela apretando decía, judía soy, judía soy, yo lo diré, y no cesó de decirlo.

     »Preguntada cómo es judía, quién la enseñó y de qué tiempo a esta parte.

     »Dijo que Jorge de Silba la enseñó a ser judía, y le mandó que ayunase el martes, y que no comiese, y que su madre y su hermana son judías.

     »Preguntada cómo se llaman su madre y hermana, que dice que son judías.

     »Dijo que su madre se llama doña Isabel, y su hermana se llama doña Mayor.

     »Preguntada cómo son judías, su madre y su hermana.

     »Dijo que lo que quisieran poner ahí pongan, y decía Jesús que me muero, miren que me sale mucha sangre, porque tengo sangre judía; amonestada que diga la verdad, donde no se mandará cerrar la vuelta, y dar la segunda.

     »Dijo que Jorge de Silba la enseñó a ser judía.

     »Fuele dicho que diga la verdad, donde no se le mandará dar y apretar la segunda vuelta.

     »Dijo que ha de decir que no debe nada.

     »Fuele mandado dar y apretar la segunda vuelta, y estándosela apretando se quejaba diciendo; ay, ay, y se estaba callando, y en este estado, que serían cerca de las diez de la mañana, se quedó desmayada; y se le echó un poco de agua y aunque estuvo un rato de esta suerte, no volvió en sí, por lo cual los dichos señores inquisidores y ordinario, dijo que suspendían, y suspendieron el dicho tormento, para repetirle cada y cuando que les pareciese, y los dichos señores se salieron de la cámara e yo el infrascripto notario, me quedé en ella con los ministros que asisten al dicho tormento, que fueron, el alcaide Joan de Uturgoyen y el verdugo, y un negro que le ayuda, y quitaron de la dicha cincha a la dicha doña Mencía de Luna, y la echaron en un estradillo que estaba a sus pies, para que levantase, de suerte que pudiese ser puesta en la cincha, y luego entró Joan Riesco ayudante de las dichas cárceles secretas, y le fueron desatadas a la dicha doña Mencía de Luna las dichas dos vueltas de mancuerda y no volvía en sí, por lo cual, por mandado de los dichos señores inquisidores, me estuve en la dicha cámara del tormento con los dichos ministros, para ver si volvía en sí la dicha doña Mencía, y aunque me estuve hasta las once del día, no volvió en sí, antes estaba sin pulso ninguno, los ojos quebrados, los labios de la boca cárdenos, el rostro y pies fríos de todo punto, y aunque se le puso la luna de un espejo por tres veces encima del rostro, salía tan limpio como cuando se le ponía, de suerte que todas las señales que tenía la dicha doña Mencía de Luna, era al parecer de estar naturalmente muerta; de que doy fe; que todas las señales de muerta eran según quedan referidas, y el resto del cuerpo se le iba ansimismo enfriando, y el lado del corazón no hacía movimiento ninguno, aunque le puse la mano sobre él, antes estaba frío, según que todo pasó ante mí. -Joan Castillo de Benavides».

     Los Inquisidores, sin embargo, no se dieron por satisfechos con esto, sino que siguiendo la causa contra la memoria y fama de su víctima, en 14 de enero de 1689 la votaban a ser relajada en estatua, con confiscación de bienes.

     «Publicación del auto de la Fe. -Sustanciadas las causas de los que habían de salir al auto, y habiendo el Tribunal del Santo Oficio determinado hacerlo domingo 23 de enero, día del defensor de María, San Ildefonso (y no sin misterio, pues éstos no lo confiesan por Madre de Dios, y así en las Ave Marías que rezaban por cumplimiento, no decían JESÚS) del año corriente, ordenó se publicase a 1.º de diciembre de 1638. La primer diligencia que se hizo fue darle aviso al señor Conde de Chinchón, virrey de estos reinos, desta determinación. Llevole el señor doctor don Luis de Betancurt y Figueroa, fiscal de la Inquisición, y contenía, que el día referido celebraba auto el Tribunal del Santo Oficio, para exaltación de nuestra santa Fe Católica y extirpación de la herejías, y que se hacía saber a su Excelencia, esperando acudiría a todo inconveniente, a la autoridad, y aplauso dél, como príncipe tan celoso de la religión católica y culto divino.

     »Retardose este auto, aunque la diligencia de la Inquisición fue con todo cuidado, por culpa y pretensión de los mismos reos. Fue el caso, que habiéndose puesto unas puertas nuevas en la Capilla de la Inquisición, que cae a la plaza della, edificio insigne, tanto por la grandeza, como por la curiosidad de varias y famosas pinturas, de que está siempre adornada, y reja de ébano, que divide el cuerpo del altar mayor, obra de los señores que hoy viven, y donde oyen misa todos los días, y se les predica las cuaresmas, acudiendo a este ministerio los mejores predicadores del reino, y donde de ordinario se hacen autos particulares, que pudieran ser generales en otras partes. Para adorno, pues, de las puertas, se guarnecieron con clavazón de bronce, y el ruido que se hizo al clavarlas les dio tanto en qué entender a los judíos, que con notables estratagemas se trataron de comunicar, como lo hicieron, diciendo; ya se llega la hora en que se nos ha de seguir algún gran daño, que nos está aparejado, no hay sino revoquemos nuestras confesiones, y con esto retardaremos el auto, y para mejor traigamos muchos cristianos viejos a estas prisiones, y habrá perdón general, y podrá ser nos escapemos. Así lo hicieron, que fue la causa de que durase tanto tiempo la liquidación de la verdad.

     »El mismo día, pues, y a la misma hora llevó el mismo recaudo a la Real Audiencia, Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo de la Inquisición, a tiempo que los señores della bajaban del dosel, y como católicos caballeros, consejeros del Grande Felipe, máximo en dar honras al Tribunal del Santo Oficio; recibieron el recaudo en pie a la puerta de la sala, con toda cortesía, mandando cubrir al Secretario, y hablándole de merced. Al Cabildo Eclesiástico en sede vacante, llevó el aviso Pedro Ossorio del Odio, recetor general del Santo Oficio. Al Cabildo Seglar, el secretario Pedro de Quiros Arguello. A los Prelados de San Domingo, San Francisco, San Agustín, Nuestra Señora de las Mercedes, de la Observancia y Recolecciones, Compañía de JESÚS, y a los de San Juan de Dios, Martín de Vargas, nuncio. A la Universidad, el doctor Don Antonio de San Miguel y Solier, abogado del Fisco y presos de la Inquisición, catredático de Prima de Cánones, y vecino encomendero deste Reino, y días después al Consulado.

     »El Excelentísimo señor Virrey, como cristianísimo príncipe y en todo cabal gobernador, envió respuesta a la Inquisición, estimando el aviso que se le daba, y mostrando particular placer de ver acabada obra tan deseada.

     »El mismo recaudo envió la Real Audiencia. Lo mismo hicieron los Cabildos Eclesiásticos y Secular, la Universidad y los demás Tribunales y Consulado.

     »Antes de publicarse el auto, se encerraron todos los negros que servían en las cárceles en parte donde no pudieron oír, saber ni entender de la publicación, porque no diesen noticia a los reos, pues aunque la Inquisición usaba para esto negros menos bozales, acabados de traer de la partida (no es posible menos en este reino) eran ladinos para los portugueses, que como los traen de Guinea sabían sus lenguas, y así esto les ayudó mucho para sus comunicaciones, con otras trazas, como la del limón y el abecedario de los golpes, cosa notable, la primera letra era un golpe, la segunda dos, la tercera tres, etc. Daban pues los golpes que correspondían a la primer letra de la dicción, y parando el que los daba, asentaba en un adobe el avisado, aquella letra con un clavo, luego le daban otra letra con los golpes, luego otra, y al cabo hallaban escrito lo que se querían avisar, con otras cifras y caracteres con que se entendían, claro indicio de su complicidad.

     »Publicose el auto el día determinado, miércoles primero de diciembre; fue uno de los demás regocijo que esta noble ciudad ha tenido. Hízose con mucha ostentación; iban todos los familiares con mucho lustre, a caballo, con varas altas, y al son de ministriles, trompetas y atabales pasearon las calles principales. Detrás de los ministros iban los oficiales de la Inquisición, Martín de Vargas, nuncio, Manuel de Monte Alegre, procurador del Fisco, Antonio Domínguez de Valcázar, notario de secretos, Bartolomé de la Rea, contador, Pedro Ossorio del odio, recetor general, Pedro de Quiros Arguellos, secretario, y el capitán Don Juan Tello, alguacil mayor. Diose el primer pregón en la plaza de la Inquisición, y el segundo en la pública, frontero de la puerta principal de Palacio. Era ésta la forma.

     «El Santo Oficio de la Inquisición hace saber a todos los fieles cristianos estantes y habitantes en esta ciudad de los Reyes, y fuera della, como celebra Auto de la Fe para exaltación de nuestra santa fe católica a los 23 de enero, día de san Ilefonso, del año que viene de 1639, en la plaza pública desta dicha ciudad, para que acudiendo a él los fieles católicos, ganen las indulgencias que los Sumos Pontífices han concedido a los que se hallan a semejantes actos, que se manda pregonar para que llegue a noticia de todos.

     »Ocurrió gente sin número a ver esta disposición primera, dando gracias a Dios y al santo Tribunal, que daba principio a auto tan grandioso, que todos presumían serlo por las muchas prisiones que había hechas. Acabada la publicación, volvieron los ministros y oficiales con el mismo orden a la Inquisición.

     »Publicado el auto, se llamó a Juan de Moncada, que ha más de 50 años que sirve en estas ocasiones a la Inquisición, y se le dio Orden de que hiciese las insignias de los penitenciados, sambenitos, corozas, estatuas, y para los relajados cruces verdes, recibiéndoseles antes juramento de secreto, y a sus oficiales, dióseles aposento en lo interior de la casa del alcaide, donde las obraron sin ser vistos de nadie, y en este tiempo se le dio Orden al alguacil mayor que con familiares que señalasen rondasen de noche la cuadra en cerco del Santo Oficio, sin que a esto se faltase un punto hasta el día del auto, como se hizo.

     »Descripción del Tablado. -Jueves dos de diciembre, se dio principio al tablado, que como había de ser tan suntuoso y el cadahalso tan grande, fue necesario comenzar desde entonces. Tuvo el tablado principal de largo y frente, cuarenta y siete varas, y trece de ancho, y desde el suelo al plan, cinco varas y dos tercias; fundose en treinta y nueve pies derechos de media vara de grueso cada uno, y en ellos se pusieron trece madres de palmo y medio de gruesos, donde cargaban tablas y cuartones que hacían el asiento, todo cercado de barandas. Sobre el plan, hacia la parte del Cabildo, igual al de sus corredores, se pusieron cinco gradas, cogió el sitio dellas diez y nueve varas de largo. En el plan de la última se puso el asiento para el Virrey y Tribunal del Santo Oficio, que venía a estar dos varas y tres cuartas alto del plan del tablado, y a los lados de una parte y otra corría igualmente el lugar donde había de estar la Real Audiencia. De las cinco gradas dichas, la primera se dedicó para peaña del Tribunal. La segunda en orden para el señor Fiscal de la Inquisición, y capitán de la guardia de su Excelencia. A los lados los de su familia, y Prelados de las religiones. La tercera para los calificadores, oficiales, y ministros del Santo Oficio, y religiosos graves. La cuarta, para las familias de los señores inquisidores.

     »Al lado siniestro del Tribunal, se levantó un tablado al igual dél, de once varas de largo y cuatro de ancho, cubierto de celosía, con tanto primor, que su prevención parece fue de anticipado tiempo para ocuparle su Excelencia de la señora Virreina, y las mujeres de los señores de la Real Audiencia. Escogiose este sitio por llevar el aire hacia allí la voz de los letores, y la comodidad del pasadizo. A un lado y otro de los señores de la Audiencia, se les señaló lugar a los del Tribunal de Cuentas.

     »A la mano derecha del Tribunal, se pusieron cuatro gradas de nueve varas de largo, media más bajas que él. Las tres dél las ocupó el Cabildo Eclesiástico, y la otra ocupó la Universidad Real, con otras tres gradas que volvían atravesadas al cadahalso, mirando hacia Palacio. Al lado izquierdo del Tribunal, media vara más bajo que él, y el tablado de la señora Virreina, se formaron cuatro gradas de nueve varas de largo para el Regimiento y Cabildo de la ciudad, para el Consulado, y para los Capitanes vivos dellas y del Callao. A las espaldas del Cabildo Eclesiástico, se levantó un tablado de doce varas de largo, media más bajo que el Tribunal, parte del para el Marqués de Baydes, que estaba dividido con celosías, y lo restante ocuparon las mujeres de los Regidores.

     »En medio del tablado, mirando al Tribunal, se formó el altar de dos varas de largo poco más, en proporción, y al lado derecho, al principio del pasadizo o crujía, se puso el púlpito donde se había de predicar y leer las sentencias. Lo restante deste tablado se llenó de bancos rasos, para las personas que hubiesen de tener asiento, que después los ocuparon religiosos de todas órdenes y caballeros de la ciudad, cuya disposición de lugares y fábrica del tablado tomó a su cargo el señor inquisidor don Antonio de Castro, y de tratar con su Excelencia lo que conviniese, y todos los señores daban licencias escritas, sin las cuales ninguno era permitido en el tablado.

     »Del Palacio se hizo un pasadizo por la parte que miraba a la plaza, estaba cubierto con celosías, y por la otra, aforrado con tablas, tenía 18 varas de largo, y dos de ancho; cortose un paño del balcón de la esquina de palacio, y desde él al plan del pasadizo, se bajaba por trece gradas, divididas en tres partes. La primera de siete y las dos de tres cada una, puestas a trechos, para decender y subir con toda facilidad; parecía un hermosísimo balcón o galería que daba adorno a los tablados.

     »Del principal al cadahalso de los reos, estaba una crujía de veinte varas de largo y tres de ancho, cercada de barandas, como el tablado y cadahalso. Éste era de la mesma longitud que el tablado principal, pero de ancho no tenía más de nueve varas. En él había seis gradas, cada una de dos tercias de alto. La primera tenía 36 pies de largo la 2.ª 32, la 3.ª 28, la 4.ª 24, la 5.ª 20, la 6.ª, que fue asiento para los relajados, tenía 8, y en el plan se pusieron muchos bancos rasos, que después ocupó gente honrada de la ciudad. Encima de la última grada estaba la media naranja, que formaban tres figuras de horrendos demonios.

     »En el vacío que había del tablado al cadahalso, por un lado y otro de la crujía, se levantaron dos tablados más bajos que el principal vara y media, tenían ambos cuarenta y siete varas de largo y veinte de ancho; destas quedaron veinte varas, diez en cada uno, para las familias de los señores de la Real Audiencia y ministros del Santo Oficio, y de los caballeros principales, y lo restante, el uno a cargo de Bartolomé Calderón, maestro de esta obra, de que le hizo gracia la Inquisición para que se aprovechase, por cuanto había hecho estos dos tablados a su costa, y para decir la grandeza y sumptuosidad dellos y gran número de gente que hubo, baste decir que se subió a ellos por veinte y una escaleras, catorce de adobes, y la una tan grande que se gastaron dos mil adobes en ella, y cuando se desbarataba parecía ruina de una torre, y las siete de madera con sus cajas, y debajo, para comer algunas familias, hubo trece aposentos con sus puertas cerradas con llaves.

     »Para la sombra del tablado principal y los demás, se pusieron 22 árboles, cada uno de veinte y cuatro varas de alto, y en ellos se hicieron firme las velas, que ocuparon 100 varas de largo y setenta de ancho, atesadas con muchas vetas de cáñamo, con sus motones, poleas y cuadernales, con que quedó el velamen tan llano y firme, siendo tan largo, como si fuera puesto en bastidor; llegó a estar veinte varas alto del suelo, causando apacible sombra.

     »Tardó el tablado en hacerse cincuenta días, trabajándose en él continuamente, sin dejarse de la mano ni aun los días solemnes de fiesta, siendo los obreros (los maestros y los negros de ordinario diez y seis. No se le encubrió a los señores de la Inquisición el grande concurso de gente que había venido a ver el auto de más de cuarenta leguas de la ciudad, y así con la providencia que todo previno la confusión y desorden que pudo haber sobre los asientos. Para esto vino al tablado el señor licenciado don Antonio de Castro, inquisidor, y los repartió en la forma dicha, y para firmeza de lo hecho, mandó el Tribunal pregonar que ninguna persona, de cualquier calidad que fuese, ecepto los caballeros, gobernadores, y ministros familiares que asistiesen a la guarda y custodia del tablado, donde se había de celebrar el Auto de Fe fuese osado a entrar en él, ni él de los penitentes, so pena de descomunión mayor y de 30 pesos corrientes para gastos extraordinarios del Santo Oficio. Dictolo Luis Martínez de Plaja.

     »Para ejecución de lo referido, nombró el Tribunal ocho caballeros muy principales desta ciudad, que asistiesen con sus bastones negros, en que estaban pintadas las armas de Santo Domingo, para ejecutar las órdenes del Tribunal, que lo hicieron con la puntualidad que de su nobleza se esperaba. Fueron don Alonso de Castro y del Castillo, hermano del señor inquisidor don Antonio de Castro, don Francisco Messía, del hábito de Calatrava, Domingo de Olea, del de Santiago, don Francisco Luján Sigorey, corregidor y justicia mayor de Canta, don Fernando de Castilla Altamirano, corregidor y justicia mayor de Caxatambo, don Diego de Agüero, don Álvaro Yxar y Mendoza y don Antonio de Córdova, que tuvieron asiento desde la mesa de los secretarios, que estaba a mano derecha del altar, por un lado, y desde el púlpito, hasta las gradas, por otro, en cuatro bancas de doblez, haciendo calle para la crujía. Aquí estuvieron los siete de la fama, que salieron con palma de santos testimonios, con los caballeros padrinos.

     »El viernes, que se contaron 21 de enero del año corriente, mandó el Tribunal a sus oficiales y ministros que el sábado siguiente a las ocho estuviesen en la capilla del Santo Oficio a la misa ordinaria, como lo hicieron, y habiendo entrado todos en la sala de la Audiencia, el señor licenciado don Juan de Mañozca, del Consejo de su Majestad, en el General de la santa Inquisición, les hizo un razonamiento con palabras graves, exhortándolos a que acudiesen con amor y puntualidad a sus oficios, y porque fue este el primero día en que se vieron en esta ciudad de Lima los hábitos de los oficiales y ministros del Santo Oficio, que ostentaron con grande lustre, echando costosas libreas, pondré el decreto que sobre ellos proveyó el Tribunal.

     »Los señores inquisidores deste Reino del Perú, vistos los títulos de N. dan licencia para que se pongan el hábito y cruz de Santo Domingo en este presente Auto, que se ha de celebrar a los 23 de enero próximo que viene de 1639 y su víspera, y los demás días que manda Su Majestad y los señores de su Consejo Supremo de la Santa y General Inquisición. Y así lo proveyeron y mandaron y señalaron en presencia de mi el presente secretario deste Santo Oficio. En los de 26 de diciembre de 1638. Rubricado de los señores inquisidores, Martín Díaz de Contreras.

     »Parecieron pues en las calles los oficiales del Santo Oficio, los calificadores, comisarios, personas honestas, y familiares, todos con sus hábitos, causando hermosura la variedad, y regocijo a la gente, que ya estaba desde por la mañana sábado en copioso número por la plaza y calles.

     »Procesión de la Cruz Verde. -Todo este dicho día estuvo la Cruz verde (que el día antes habían llevado seis religiosos dominicos) colocada en la capilla del Santo Oficio, con muchos cirios encendidos, que dio la Orden de Santo Domingo, afectuosa a la Inquisición. Era la Cruz de más de tres varas de largo, hermoseada con sus botones. Para la procesión della concurrieron las comunidades de las religiones de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, Nuestra Señora de las Mercedes, y sus Recolecciones, la Compañía de JESÚS, y los de San Juan de Dios, a las casas de la Inquisición, a las tres de la tarde. A las cuatro se comenzó a formar; iba delante el estandarte de la Fe, que lo llevaba don Francisco López de Zúñiga, Marqués de Baydes y Conde de la Pedrosa, gobernador, y capitán general del reino de Chile, del Orden de Santiago; una de las borlas llevaba Hernando de Santa Cruz y Padilla, contador mayor del Tribunal de Cuentas, y otra Francisco Gutiérrez de Coca, tío de la Marquesa, y ambos sus hábitos de familiares. Acompañaban el estandarte algunos ministros y muchos caballeros de la ciudad. Seguíanse los Religiosos de todas Órdenes, que iban en tanto número y concierto, que cogían tres calles en largo cuando salió la Cruz de la capilla. Luego iban los calificadores, todos los familiares y comisarios y oficiales del Santo Oficio acompañando al P. M. fray Luis de la Raga, provincial de la Orden de Santo Domingo, que llevaba la Cruz. Íbanla alumbrando 48 religiosos de su familia, con cirios encendidos; detrás iba el secretario Martín Díaz de Contreras, en medio del secretario Pedro de Quiros, y del Alguacil mayor. Iba delante de la Cruz verde, la Capilla de la Catedral, de superiores y eminentes voces y diestros músicos, y la de Santo Domingo, no inferior a ella; cantaban el himno Vexilla Regis prodeunt, triunfos de la Cruz contra herejes, en canto de órgano, y algunos salmos, que él, la gravedad del acto, el silencio de tanta gente provocaba a amor y veneración al Santo Tribunal y a celo fervoroso del aumento y pureza de la Fe.

     »Así caminó la procesión con toda majestad hasta la plaza de la ciudad, y sin torcer llegó a las puertas principales de Palacio, y desde allí tomó la vuelta a coger las del tablado, que miraban a la calle de los Mercaderes en llegando a él recibió la Cruz el padre presentado fray Gaspar de Saldaña, prior del Convento de Santo Domingo, y la subió al tablado, y colocó en el altar, que estaba ricamente adornado. A este tiempo la música entonó el versículo Hoc signum Crucis, y el responso, y el prior dijo la oración de la Cruz, y dejando en su guarda los religiosos más graves de su convento, muchos cirios para su lustre, y cuatro faroles de vidrieras contra el viento de la noche, se despidió de los oficiales y ministros, con que se acabó esta acción. Ocurrió a ella el mayor número de gente que jamás ha visto la ciudad de los Reyes, ocupando las calles y plazas de Palacio y el de la Inquisición, y las ventanas, balcones y techos, y el grande número de personas que acompañó la procesión fue causa de haberse detenido desde las cuatro hasta la oración, que llegó al tablado la Cruz, gobernando la procesión el doctor don Juan Sáenz de Mañozca, y el doctor don Antonio de San Miguel Solier, abogados del Fisco, y presos del Santo Oficio.

     »Notificación de las sentencias. -Este día, entre las nueve y las diez de la noche, se notificaron las sentencias a los que habían de ser relajados, y quedaron con ellos religiosos de todas las religiones, que el Santo Oficio envió a llamar para este efecto, a quien se dio aquella noche una muy cumplida colación, y a los ministros. Mandóseles a estos avisasen a los que habían de acompañar a los reos que estuviesen al día siguiente a las tres de la mañana en las casas de la Inquisición.

     »Poco después de notificadas las sentencias a los relajados, volvieron en sí Enrique de Paz y Manuel de Espinosa, y con el uno hizo audiencia el señor inquisidor Andrés Juan Gaitán, y con el otro, el señor inquisidor don Antonio de Castro, hasta las tres de la mañana, y a aquella hora se llamó a consulta, en que se hallaron con los señores inquisidores, el señor licenciado don Juan de Cabrera, tesorero de la santa Iglesia, provisor en sede vacante y ordinario del Santo Oficio, y los señores doctor don Martín de Arriola, oidor, y licenciado don García Francisco Carrillo, fiscal de lo civil, consultores; faltó el señor oidor Andrés Barahona de Encinillas por estar enfermo de la enfermedad que murió. En esta consulta se admitieron a reconciliación los dichos.

     »Dióseles de almorzar a los penitenciados este día a las tres, para cuyo efecto se mandó llamar un pastelero tres días antes, y debajo de juramento de secreto, se le mandó cuidase desto, de modo que antes de la hora dicha estuviese el almuerzo en casa del alcaide, que se hizo con toda puntualidad.

     »A la hora señalada acudieron muchos republicanos honrados, con deseo que les cupiese algún penitenciado que acompañar, para mostrar en lo que podían el afecto con que deseaban servir a tan Santo Oficio. Pero para que se entienda ser esto moción de Dios y para ejemplar de todos los fieles, sucedió que don Salvador Velázquez, indio principal, sargento mayor de la milicia de los naturales, entró en el Santo Oficio a la misma hora que los republicanos, de gala, con espada, y daga plateada, y pidió que le honrasen a él, dándole una estatua de las que habían de salir en el auto, que a eso solo iba, y visto su afecto, se le concedió lo que pedía, y a otro compañero suyo. Como iban saliendo los presos de las cárceles, se les iba poniendo a cada uno las insignias significadoras de sus delitos, y entregándolo a dos personas de las referidas, a quien se les encargaba que no le dejasen hablar con nadie, y que lo llevasen y volviesen a aquel lugar, excepto a los relajados, en cuanto a la vuelta. Diósele orden a Juan Rodríguez Panduro de Durán, teniente de alcaide, que se quedase en el Santo Oficio en guarda de las cárceles.

     «Procesión de los penitenciados. -Acabada esta diligencia con todos los reos, llegaron a las casas del Santo Oficio las cuatro cruces de la iglesia mayor y demás parroquias, cubiertas de luto, con mangas negras. Acompañábanla los curas y sacristanes, y clérigos, con sobrepellices. A esta hora, que sería como a las cinco, estaban formados dos escuadrones de la infantería española, uno en la plaza del Santo Oficio, otro en la principal desta ciudad, y quedando las banderas en los escuadrones, vinieron dos compañías destas, que fueron en escolta de los penitenciados. Comenzó a salir la procesión de las casas del Santo Oficio; delante iban las cruces en la forma dicha, acompañadas de los curas, sacristanes y clérigos, en copioso número. Seguíanse los penitenciados de menores delitos, hechiceras, casados dos veces. Luego los judaizantes, con sus sambenitos, y los que habían de ser azotados, con sogas gruesas a las gargantas; los últimos iban los relajados en persona, con corozas y sambenitos de llamas y demonios en diversas formas de sierpes y dragones, y en las manos cruces verdes, menos el licenciado Silva, que no la quiso llevar por ir rebelde; todos los demás llevaban velas verdes. Iban los penitenciados uno a uno, en medio de los acompañantes, y por una banda y otra dos hileras de soldados que guarnecían toda la procesión. Detrás de los reos iba Simón Cordero, portero de la Inquisición, a caballo, llevaba delante un cofre de plata, pieza curiosísima y de valor, iba cerrado con llave, y dentro las sentencias de los culpados; remataban la procesión Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo, a caballo, con gualdrapa de terciopelo, y el capitán don Juan Tello de Sotomayor, alguacil mayor de la Inquisición, y el secretario Pedro de Quiros, que llevaban en medio al secretario Martín Díaz de Contreras.

     »Caminó la procesión por la calle que tuerce hasta la del monasterio de monjas de la Concepción, y desde allí bajo derecha hasta la plaza, que prosiguió por junto a los portales de los sombrereros, hasta llegar cerca de la calle de los Mercaderes, siguiendo el camino por muy cerca del portal de Escribanos, de donde se fue apartando para llegar a la puerta de la escalera del cadahalso, que estuvo cerrada hasta entonces, la cual abrieron cuatro familiares que la guardaban, y subieron los penitenciados en la forma que habían venido, y se sentaron en los lugares que les estaban señalados en el cadahalso.

     »Por las calles por donde pasó la procesión fue tanto el número de gente que ocurrió a ver los penitenciados que no es posible sumarla; baste decir que cinco días antes se pusieron escaños para este efecto, y detrás dellos tablados por una banda y por la otra de las calles, donde estaba la gente dicha, fuera de la que había en los balcones y ventanas y techos, y en muchas partes había dos órdenes de tablados, y en la plaza, tres.

     »Acompañamiento. -El Virrey, príncipe prevenido en todo, y muy en las cosas del servicio de Dios y del rey, había dado orden a don Diego Gómez de Sandoval, caballero del orden de Santiago, su capitán de la guarda, para que tuviese a punto el acompañamiento con que había de ir a la Inquisición su Excelencia, y cuando avisó el tribunal, que sería a las cinco y media, estaba a punto. Salió de palacio con mucha orden el acompañamiento iba primero el clarín de su Excelencia, como es costumbre cuando sale en público. Luego iba la compañía de arcabuces de la guardia del reino con su capitán don Pedro de Zárate, que aunque enfermo, no se excusó de tan sancta acción. Seguíanse muchos caballeros de la ciudad; luego iba el Consulado, en forma de tribunal. Seguíanse el colegio real de San Felipe y de San Martín, que también lo es, y a cargo de los padres de la compañía de JESÚS, en dos órdenes, llevando el de San Martín al de San Felipe a la mano derecha, rematando éste con su retor. Seguíase la Universidad Real, precediendo los dos bedeles con sus mazas atravesadas al hombro, y detrás dellos iban los maestros y doctores de todas facultades, con sus borlas y capirotes, el último su retor. Seguíanse los dos cabildos eclesiástico y secular. Al cabildo eclesiástico en sede vacante antecedía el pertiguero, con gorra y ropa negra de terciopelo. Luego iban los dos notarios públicos del juzgado eclesiástico, y el secretario de cabildo. Seguíanse los racioneros, canónigos y dignidades, y en último lugar, el señor doctor don Bartolomé de Benavides, juez subdelegado de la Santa Cruzada, arcediano, porque el señor maestro don Domingo de Almeida, deán de la santa iglesia de Lima, no fue a este acompañamiento por estar falto de salud. Al cabildo secular, que iba a la mano izquierda del eclesiástico, antecedían los meceros con gorras y ropa de damasco carmesí, con sus mazas atravesadas. Luego iban los oficiales del cabildo, luego los regidores y alguacil mayor de la ciudad, los jueces, oficiales reales, administradores de la real hacienda. Iban detrás de todos el capitán don Pedro de Castro Içazigui, caballero del Orden de Santiago, y a su mano izquierda, el capitán don Íñigo de Zúñiga, alcaldes ordinarios. Seguíanse los dos reyes de armas. Luego iban los señores Francisco Márquez de Morales, capitán Fernando de Santa Cruz y Padilla, don Fernando Brabo de Laguna, Alonso Ibáñez de Poza, del Tribunal mayor de cuentas; luego el capitán de la guarda de su Excelencia, y a su mano izquierda, Melchor Malo de Molina, alguacil mayor de la Real Audiencia. Seguíanse los señores fiscales don García Francisco Carrillo y Aldrete, de lo civil, y don Pedro de Meneses, del crimen; iban luego cuatro señores alcaldes, doctores don Juan González de Peñafiel, don Christóval de la Cerda Sotomayor, don Juan Bueno de Roxas, y licenciado don Fernando de Saavedra. Seguíanse cinco señores oidores desta Real Audiencia, doctores don Antonio de Calatayud, del Orden de Santiago, don Martín de Arriola, licenciado Christoval Cacho de Santillán, doctor don Gabriel Gómez de Sanabria, y el doctor Galdós de Valencia; llevaban en su compañía a los señores licenciados Gaspar Robles de Salzedo, oidor de la Real Audiencia de la Plata, y doctor Francisco Ramos Galván, fiscal della. Seguíase luego el Excelentísimo señor don Luis Gerónimo Fernández de Cabrera y Bovadilla, Conde de Chinchón, del Consejo de Estado y Guerra, Virrey y capitán general destos reinos, y a los lados, en dos hileras los soldados de la guarda de a pie, cogiendo en medio la Real Audiencia en la forma ordinaria; detrás de su Excelencia iban sus criados, y con ellos en primer lugar don Luis Fernández de Córdova, capitán de la compañía de los gentiles hombres lanzas, y detrás la dicha compañía que cerraba este acompañamiento.

     »Como iban llegando los primeros a las casas de la Inquisición se iban quedando a una parte y a otra, dejando calle por donde pasó la Real Audiencia, acompañando al Virrey, que entró en ellas, donde halló a los señores inquisidores Apostólicos en forma de Tribunal, con capelos negros, insignias de su delegación, y a mula, y habiéndole hecho las cortesías debidas, y retornándolas su Excelencia, volvió a salir el acompañamiento por la misma calle y en la forma que había venido, que fue la que va derecha de la Inquisición hasta la del arzobispo. Llevaba el estandarte de la Fe, el señor doctor don Luis Betancurt y Figueroa, fiscal del Santo Oficio. Llevábanle en medio el señor don Antonio de Calatayud, oidor más moderno, y el señor don Fernando de Saavedra, alcalde más antiguo, y ambos las borlas del estandarte. Luego iban los señores licenciado Christóval Cacho de Santillán y doctor don Martín de Arriola, oidores, y licenciado Robles de Salcedo, y doctor Francisco Ramos Galván, oidor y fiscal de la Real Audiencia de la Plata. Seguíase el señor inquisidor don León de Alcayaga Lartaun, y a su mano izquierda, el señor doctor don Gabriel Gómez de Sanabria, presidente de sala. Luego el señor inquisidor don Antonio de Castro y del Castillo, y a su mano izquierda, el señor doctor Galdós de Valencia, oidor más antiguo. Detrás iba su Excelencia en medio del señor inquisidor más antiguo, licenciado don Juan de Mañozca, del Consejo de su Majestad, en el de la santa y general Inquisición, que iba a la mano derecha, y del señor licenciado Andrés Juan Gaytán, inquisidor, que iba a la siniestra.

     »Detrás iba el alférez Francisco Prieto, de la familia del señor licenciado don Juan de Mañozca, a caballo; llevaba en las manos una fuente dorada, con sobrepelliz, estola y manual del Santo Oficio, para la forma de las absoluciones, con sobrefuenta de tela morada, guarnecida de puntas de oro.

     »Y para dar toda honra a los que salieron libres de los testimonios de los judíos, acordó el Tribunal que fuesen en este acompañamiento con sus padrinos, y su Excelencia les mandó señalar lugar con la Ciudad; fue espectáculo de admiración ver a un mismo tiempo triunfar la verdad y castigarse la mentira, efectos de la rectitud del Santo Oficio. Iba Santiago del Castillo en medio de don Antonio Meoño y don Miguel de la Lastra, caballeros del Orden de Santiago; Pedro de Soria, de don Juan de Recalde y de don Martín de Zabala, caballero del mismo Orden de Santiago; Alonso Sánchez Chaparro, de don Josef Jaraba, del hábito de Santiago, y don Pedro Calderón del hábito de Calatraba; Andrés Muñiz, de don Rodrigo de Vargas y don Andrés de las Infantas, del Orden de Santiago; Francisco Sotelo, de don Alonso de la Cueva, del hábito de San Juan, y don Francisco de la Cueva, del hábito de Santiago. Ambrosio de Morales Alaon y Antonio de los Santos, familiar del Santo Oficio, no sacaron padrinos, porque iban con sus hábitos de familiares.

     »Con esta orden camino el acompañamiento, según se ha dicho, bajando desde la esquina de la cuadra del Arzobispo, por la plaza, hasta las casas de Cabildo. Cuando entró en la plaza el estandarte de la Fe, su Excelencia, el Tribunal del Santo Oficio y Real Audiencia, llegando cerca del escuadrón, abatieron las banderas los alférez y los soldados hicieron una sonora salva. Al subir su Excelencia y acompañamiento por las casas de Cabildo al tablado, se quedaron las compañías de los gentiles hombres lanzas y arcabuces los lados del tablado, la de los lanzas a la mano derecha, remudándose por escuadra la guarda, sin que faltase siempre la mitad de cada una. El escuadrón de infantería, con sus compañías tomó las esquinas de la plaza, teniéndola guarnecida hasta la tarde.

     »Su Excelencia y los señores inquisidores se pusieron en sus lugares; estuvo en medio del señor licenciado don Juan de Mañozca, que estuvo a la mano derecha, y del señor licenciado Andrés Juan Gaytán, que estuvo a la siniestra. A la mano derecha del señor Mañozca, estuvo el señor licenciado don Antonio de Castro, y a la siniestra del señor Gaytán, el señor licenciado don León de Alcayaga Lartaun. Luego por un lado y otro se seguían los señores de la Real Audiencia y los del Tribunal mayor de cuentas, los cabildos esclesiásticos y secular, Universidad, colegios y comunidades, en sus lugares.

     »En el lugar donde estuvo su Excelencia y la Inquisición, se levantó un dosel de riquísimo brocado, negro y naranjado, las listas negras, con bordaduras costosas, y flocadura de oro en medio dél, y en lo más eminente estaba un crucifijo de bronce dorado, de tres cuartas de alto, en una cruz muy rica de ébano, con cantoneras de bronce doradas, tenía colocadas algunas láminas de singular primor. En el cielo del dosel estaba una imagen del Espíritu Santo, con rayos que de sí despedía, esparciéndose por el cielo, como significando el Espíritu de Dios, que gobierna las acciones de tan Santo Oficio; y el abrazado deseo que en sus pechos mora, en tres serafines cercados de rayos de plata, que pendían de las caídas del dosel. Tuvo su Excelencia tres almohadas de estrado (que en este reino vulgarmente se llaman cojines) una para asiento y dos a los pies, de rica tela amarilla. Y el señor don Juan de Mañozca tuvo almohada negra de terciopelo, por consejero de su Majestad, en el de la general y santa Inquisición. Lo restante donde estuvieron los señores de la Real Audiencia, estuvo curiosamente adornado, con ricos brocateles. Delante del Tribunal estaba en la primera grada (habiendo de ser en la segunda) el señor doctor don Luis de Betancurt, fiscal del Santo Oficio, con el estandarte de la fe, y el capitán de la guarda de su Excelencia.

     »El balcón de la Excelentísima señora Virreina, estuvo muy bien adornado. Estaba sentada con grande majestad su Excelencia debajo de dosel de tela amarilla, en silla y almohadas de lo mismo, y el Marqués hijo de sus Excelencias, estuvo a un lado de la señora Virreina, en silla de tela sin almohada, por el respeto. Luego se seguían las señoras mujeres de los consejeros de la Real Audiencia, sentadas en sillas de baqueta pespuntadas de seda, con sus hijas y hermanas.

     »Los lugares donde estuvieron los cabildos eclesiásticos y secular, se adornaron de alfombras muy vistosas, y fue ésta la primera vez que se les dio adorno, no habiéndole tenido antes en ocasiones semejantes. Y esles debido, pues ambas jurisdiciones ayudan a la Inquisición; la eclesiástica, con el juez ordinario en las causas, y la secular con sus ministros para la ejecución de las sentencias. Al Tribunal de cuentas, que no había tenido asiento, se le dio ahora, y estuvo en la forma y manera dicha. Otras comunidades pretendieron el dicho adorno, y no se les concedió por algunos respetos.

     »Habiendo pues su Excelencia, el Tribunal y Real Audiencia llegado a sus asientos, hicieron adoración a la Cruz, que estaba puesta en el altar, ricamente adornado. Tenía la imagen de Santo Domingo, como a quien tan gran parte le cabía de la gloria deste día, cuatro blandones de plata, muchos ramilletes de diversas flores, y escarchado gran número de pebeteros, con dorados pebetes y otros olores diversos, que recreaban los sentidos; antes dél estaba un tapete con cuatro blandones en que ardían cuatro hachas, todo a cargo de la devoción de la religión dominicana, por mano del padre fray Ambrosio de Valladolid, predicador general de aquella orden y honesta persona del Santo Oficio, a cuya causa se le encargó esto. Dijéronse muchas misas en este altar, y cesó el celebrar en él luego que salió del Santo Oficio la procesión de los penitenciados.

     »Luego subió al púlpito Martín Díaz de Contreras, secretario más antiguo, y habiendo hecho sus cortesías al Virrey, Tribunal y señores de la Real Audiencia, y la señora Virreina y demás señoras, y a los Tribunales y Cabildos y religiones, leyó en voz alta, clara y grave, la protestación de la Fe. Y el Virrey hizo el juramento ordinario, como persona que representaba al Rey Nuestro Señor, que Dios guarde. Y luego todos los señores de la Real Audiencia, sala del crimen y fiscales. Para él llevó la cruz y misal al señor Virrey, el licenciado Juan Ramírez, cura más antiguo, y a los señores de la Real Audiencia, el bachiller Lucas de Palomares, cura más moderno, ambos de la iglesia mayor, con sobrepellices. El mismo juramento hicieron los cabildos y el pueblo, alzando la mano derecha, que con notable afecto y devoción, en voces altas respondió con duplicado amén al fin del juramento. Inmediatamente subió al púlpito el padre fray Joseph de Cisneros, calificador de la Suprema, con su venera al cuello, dignísimo comisario general de San Francisco en estos reinos del Pirú; predicó un sermón muy a propósito del intento, y así se imprimió.

     »El secretario Pedro de Quiroz Argüello subió luego, y leyó en voz inteligible la bula de Pío V, traducida en romance, que habla en favor de la Inquisición y de sus ministros, y contra los herejes y sus fautores. Acabada, se comenzaron a leer las causas, dando principio a la lectura el doctor don Juan Sáenz de Mañozca, como abogado de los presos del Santo Oficio. Siguiéronle los demás letores, y el primero, el doctor Bartolomé de Salazar, relator más antiguo de la Real Audiencia, clérigos, presbíteros, religiosos y abogados, y otras personas graves, y de autoridad.

     »El orden de traer los presos a la gradilla, para oír sentencia encima della, la daba el Tribunal a Pedro de Valladolid, familiar del Santo Oficio, y la llevaba al capitán don Juan Tello, alguacil mayor, que estaba sentado en medio de la crujía, en un escabel cubierto con un tapete cayrino, de quien la recibía Juan de Yturgoyen, alcaide de las cárceles secretas, el cual con bastón negro liso, sacaba los penitenciados a oír sentencia.

     »A la segunda causa que leyó, pidió el Tribunal campanilla de plata, que estaba en el bufete de los secretarios, y éste al lado derecho del altar, con sobremesa de damasco carmesí, cenefa de tela del mismo color, con flocadura de oro, en que estaba el cofre de las sentencias, tinteros, y salvaderas de plata, para el uso de ambos secretarios y la campanilla. Llevola Pedro de Valladolid, y diola al señor don Juan de Mañozca, su señoría la ofreció al Virrey con todo cumplimiento, para que mandase en el acortar de la letura de las causas y lo demás, y su Excelencia, como tan gran señor, retornando la cortesía, volvió la campanilla al Tribunal. Prosiguiéronse las sentencias, que en suma son como se siguen.

     »Causas y sentencias, por comunicaciones de cárceles. -1. Francisco Hurtado de Valcázar, natural de la villa de Escalona, en el reino de Toledo, vecino desta ciudad, viudo, familiar del Santo Oficio y primero de la Inquisición de Toledo, y ayudante del alcaide de las cárceles secretas, por haber dado lugar a que se comunicasen los presos dellas, llevando papeles de unos a otros, y asimismo trayéndolos de personas de afuera a los de adentro, dejándose cohechar. Salió al auto, en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto, ni bonete, con vela verde en las manos, condenado a destierro desta ciudad y cinco leguas al rededor, por cuatro años, y que le fuese quitado el título de familiar; túvose atención a su mucha edad, y así no se le dieron mayores penas.

     »2. Juan de Canelas Albarrán, mestizo, natural del Cuzco, de oficio platero, vecino y casado en esta ciudad, porque viviendo pared en medio de las cárceles, dio lugar a que por diferentes aposentos de su casa tratasen y comunicasen algunas personas con los presos de las dichas cárceles, por agujeros que para ello hicieron, llevando y trayendo papeles, por dádivas que le daban por esto, en que hizo grandísimos daños. Salió al auto en forma de penitente, sin cinto, ni bonete, en cuerpo, con vela verde en las manos, soga a la garganta, fue condenado a cien azotes y cuatro años de destierro desta ciudad y cinco leguas al rededor.

     »3. Ana María González, mestiza, natural de la Puebla de los Ángeles en Nueva España, casada y vecina desta ciudad, por haber violado las cárceles secretas del Santo Oficio, por medios ilícitos, por las casas del dicho Canelas, haciendo agujeros en las paredes de las dichas cárceles, inquiriendo y escudriñando los secretos dellas, comunicándose con los presos diversas veces, solicitando a otras personas a la misma comunicación. Salió al auto en hábito de penitente, en cuerpo, soga a la garganta, vela verde en las manos, condenada a destierro desta ciudad por cuatro años, y en cien azotes por las calles públicas. Fueron estos buenos confitentes, y por eso no se les agravaron las penas.

     »Casados dos veces. -4. Juan López de Mestanzo, mestizo, carpintero de ribera, natural de la ciudad de Truxillo en este reino, vecino de Puerto Viejo, obispado de Quito, fue preso por casado dos veces; salió al auto en hábito de penitente, en cuerpo, sin cinto y con coroza, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró de levi; fue condenado a cien azotes y cinco años de galeras en las del Callao.

     »Hechiceras famosas. -1. Ana María de Contreras, mulata esclava, hija de español y de negra, habitante en esta ciudad, fue presa por hechicera y confesó su delito; añadió que un rayo la había partido, de que había sanado y quedado zahorí, y que entraba los viernes en las iglesias por no ver los difuntos, y que a las mujeres que se vestían faldellín colorado, les vía todo cuanto tenían, como si estuviesen en pelota, con otras cosas desta suerte. Salió al auto con insignias de hechicera, coroza blanca, soga a la garganta, vela verde en la mano, abjuró de levi, y fue condenada a cien azotes.

     »2. Ana de Campos, mestiza, natural de Guamanga, vecina del Cuzco, de donde se trajo presa por hechicera. Fue buena confitente, dijo que se le aparecía el diablo en forma de hombre, vestido de pardo y en forma de borrico y cabrón y perro prieto. Salió al auto con coroza blanca, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró de levi, fue condenada a cien azotes, destierro desta ciudad, de la del Cuzco, Guamanga, por tres años.

     »3. Doña Beatriz de la Bandera, vecina y natural del Cuzco, fue traída presa por hechicera, confesó su delito, y entre otras cosas dijo se le aparecían los demonios en forma de mastines y monos, con unas colas muy largas y ramos de molle en las manos, salió al auto con coroza blanca, vela verde en las manos, abjuró de levi, fue condenada en destierro desta ciudad y la del Cuzco, por cuatro años.

     »4. Doña Estefanía Ramírez Meneses, vecina de Lima y natural del Nuevo Reino de Granada, fue presa por gran hechicera, embustera, confesó su delito, salió al auto con coroza blanca, vela verde en las manos, abjuró de levi, fue condenada a que saliese a la vergüenza en una bestia de albarda, y desterrada de las ciudades de Lima y de la Plata y villa de Potosí y diez leguas al rededor, por tiempo de seis años; ésta ya había sido castigada por el Ordinario en Chuquizaca, por conocida hechicera, y puesta a la puerta de la iglesia, en una escalera, con coroza.

     »5. Luisa de Oñazamba, hija de negra y mulato, natural de Lima y habitante en ella, fue presa por hechicera; confesó su delito; tenía mucha entrada en las casas de Lima, y para encubrirse mejor era la mayoral de la congregación de los mulatos y mulatas; hizo grandes bellaquerías y daños en su oficio de hechicera. Salió al auto con coroza blanca, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró de levi, fue condenada a doscientos azotes y desterrada de todo el distrito desta Inquisición por toda su vida.

     »6. Mariana de Olabe, de veintiún años, natural y vecina del Cuzco, fue traída presa por hechicera, confesó su delito y no la intención; tuvo pacto con el demonio, y se le aparecía, cuando quería, en diversas formas; salió al auto con coroza blanca, vela verde en las manos, abjuró de vehementi por el dicho pacto; fue condenada a destierro de Lima y del Cuzco y veinte leguas al rededor, por cuatro años, y que saliese a cumplirlo dentro de nueve días. Túvose atención a sus pocos años, y así no se le dio más pena. Esta causa leyó el contador Juan de Censano, criado de su Excelencia, a satisfacción de todos.

     »Los que abjuraron de vehementi por sospechosos de la guarda de la ley de Moysén. -1. Domingo Montecid, de oficio cerero y confitero, y que en este reino ha sido mercachifle y chacarero de Manuel Bautista Pérez, natural de Santarén en Portugal, de edad de cuarenta y ocho años, residente en esta ciudad. Fue preso por judío observante de la ley de Moysén, con secresto de bienes; salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, vela verde en las manos. Abjuró de vehementi, y que salga desterrado de las Indias a los reinos de España por toda su vida.

     »2. Don Simón Ossorio, alias Simón Rodríguez, natural de la villa de San Combadan en Portugal, criado en los Estados de Flandes, de edad de veintiocho años, residente en la ciudad de Quito, a donde subió con poderes de la Duquesa de Lerma, para administrar sus obrajes. Cuando su prisión, se le hallaron dos retratos suyos dél, el uno en hábito de mujer y el otro en hábito de hombre; por su proceso pareció tener tres padres y a diferentes naturalezas, siendo el propio Francisco de Cáceres. Reconciliado en la Inquisición de Coimbra. Hizo en Madrid información de limpieza y nobleza, y convencido de su falsedad, dijo que con cuatro reales haría él en Madrid informaciones, y quien quisiese, pintándose el más noble y más calificado, y para ostentar esto traía grandes mechones, y andaba muy galán y oloroso; fue preso con secresto de bienes, por judío observante de la ley de Moysén, y que la enseñaba a otros, para que traía el calendario de sus fiestas en cifra, que se le halló entre sus papeles, cuando su prisión, y tuvo testificación de haberse jatado que su hermano suyo y él tenían en la compañía de los holandeses contra su Majestad ocho mil ducados en la escuadra dedicada a las partes del Brasil. Fue condenado a auto, en que salió en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró de vehementi, fue condenado en cien azotes y seis años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y desterrado de las Indias por toda su vida.

     »3. Francisco Vásquez, de oficio corredor zángano, natural de Mondi en Portugal, casado y vecino desta ciudad, de edad de cuarenta años, fue preso con secresto de bienes por judío observante de la ley de Moysén; fingióse loco por mucho tiempo. Salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, con vela verde en la mano, abjuró de vehementi, y fue condenado en doscientos pesos corrientes para los gastos extraordinarios del Santo Oficio, y destierro perpetuo de las Indias.

     » 4. Luis de Valencia, natural de la ciudad de Lisboa en Portugal, de oficio mercader, de edad de sesenta años, fue preso con secresto de bienes, por Indio judaizante, observante de la ley de Moysén, y traído de Panamá; hacía viajes a Nueva España; pareció estar circuncidado, aunque él dijo que no era sino de andar con mujeres; salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinco ni bonete, con vela verde en las manos, abjuro de vehementi, fue condenado en trescientos pesos ensayados para gastos extraordinarios del Santo Oficio, y desterrado perpetuamente de las Indias. Esta causa leyó el autor.

     »5. Pedro de Farías, natural de Guimaraes en Portugal, de edad de cuarenta años, iba y venía a Tierrafirme, y hacía los negocios de Diego Ovalle; fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante; salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, vela verde en las manos, abjuro de vehementi, fue condenado en doscientos pesos de a ocho reales para gastos extraordinarios del Santo Oficio, y desterrado por toda su vida de las Indias a los reinos de España.

     »6. Rodrigo de Ávila el mozo, natural de Lisboa en Portugal, de edad de treinta y seis años, residente en esta ciudad y en la tienda de su tío Rodrigo de Ávila el viejo, en la calle de los mercaderes; fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, que no quitaba el sombrero a la cruz, ni hacía reverencia a las imágenes ni a los santos, ni al Santísimo Sacramento cuando le encontraba en la calle; salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, con vela verde en las manos, abjuró de vehementi, fue condenado en cien pesos corrientes para gastos extraordinarios del Santo Oficio, y desterrado perpetuamente de las Indias a España.

     »7. Manuel González, casado, natural de Moncharaz, en Portugal, cinco leguas de Villaviciosa, de edad de veinte y siete años, soltero, residente en esta ciudad; fue preso con secresto de bienes por judío judaizante, salió al auto en forma de penitente, en cuerpo, sin cinto ni bonete, vela verde en las manos, abjuró de vehementi, fue condenado en destierro perpetuo de las Indias a los Reinos de España.

     »Reconciliados con sambenito por observantes de la ley de Moysén. -1. Antonio Cordero, natural de Arronches, obispado de Porta-Alegre en Portugal, de oficio mercader, de edad de veinticuatro años, casado en Sevilla con Ysabel Brandón, residente en esta ciudad; fue preso sin secresto de bienes y con grandísimo secreto, y en muchos días no se supo dél, porque no se podían persuadir se hubiese hecho tal prisión por la Inquisición, supuesto no había habido secresto de bienes, por testificación que hubo por agosto de 1634 de que no vendía los sábados, teniendo el almacén abierto, con lo demás que se refiere en el número. Fue buen confitente y pidió misericordia; admitido a reconciliación, y sentenciado a auto, confiscación de bienes, sambenito, vela verde en las manos, abjuró formalmente, mandose que en el mismo tablado, acabada de leer la sentencia, con sus méritos, se le quite el sambenito y vaya desterrado de las Indias perpetuamente a España.

     »2. Antonio de Acuña, hijo de portugués, natural de Sevilla, de edad de veinte y tres años, de oficio mercader, residente en esta ciudad, fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes; vino al Perú con cargazón, en compañía de Diego López de Fonseca, relajado en persona en este auto; fue su criado el dicho Antonio Cordero; confesó ser judío judaizante y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación y sentenciado a auto, confiscación de bienes, abjuración formal, sambenito, vela verde en las manos y cárcel por dos años, que ha de cumplir en la de penitencia en Sevilla, y desterrado perpetuamente de las Indias a España.

     »3. Antonio Fernández de Vega, vecino de Guancavélica, de oficio mercader, natural de la Torre de Moncorbo en el Reino de Portugal, de edad de cincuenta años, que por algún tiempo se llamó Antonio de Santiago; él mismo pidió audiencia y se denunció estando libre, y confesó ser judío; mas, porque de antes estaba testificado, fue recluido en las cárceles secretas y admitido a reconciliación, y sentenciado a auto, confiscación de bienes, abjuración formal, sambenito, vela verde en las manos y que en volviendo a la Inquisición se le quite el hábito, y salga desterrado de las Indias perpetuamente a España.

     »4. Antonio Gómez de Acosta, natural de Berganza en Portugal, de cuarenta y ocho años, vecino desta ciudad, de oficio mercader, fue preso por judío judaizante cuando la prisión grande de 11 de agosto de 1635. Confesó ser judío judaizante, observante de la ley de Moysén, sus ritos y ceremonias, y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación y sentenciado a auto, sambenito, vela verde en las manos, abjuración formal, confiscación de bienes, cárcel y hábito perpetuo, como lo es su destierro de las Indias de España, y la carcelería, que la guarde en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »5. Amaro Dionis, natural de Tomar, en el Reino de Portugal, de edad de treinta y cuatro años, soltero, que vino de Cartagena con negocio ajeno y propio, fue preso por judío observante de la ley de Moysén, con secresto de bienes; era muy dado a la música y danza, preciábase de caballero, y así se entremetía con los que lo eran o se preciaban de serlo, tomando siempre el mejor lugar en cualquier parte. Confesó ser judío observante de la ley de Moysén, sus ritos y ceremonias, y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, y condenado a auto, sambenito, vela verde en las manos, abjuración formal, confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, desterrado de las Indias a España por toda su vida, y que la carcelería la guarde en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »6. Bartolomé de León, natural de la ciudad de Badajoz en Estremadura, de oficio mercader, de edad de veintiún años, descendiente de portugueses y deudo de Diego López de Fonseca y Jorge de Silva y Juan Rodríguez de Silva, residente en esta ciudad de los Reyes del Pirú. Fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, observante de la ley de Moysén; era camarada éste de Antonio de Acuña, Manuel de la Rosa, Antonio Cordero y Gerónimo Fernández, éstos y los otros reconciliados en este auto. Confesó ser judío y que guardaba la ley de Moysén y pidió misericordia; después desto, revocó y varió en sus confesiones; dijo y levantó muchas falsedades, y para evadir las penas, se fingió tonto y azonzado por tiempo; fue condenado a auto, sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, confiscación de bienes, que abjurase formalmente, con cárcel y hábito perpetuo, y por las dichas variaciones, revocaciones y falsedades, se le diesen doscientos azotes, y sirviese diez años en las galeras de España, al remo y sin sueldo; desterrado perpetuamente de Sevilla, después de cumplidas las galeras.

     »7. Baltazar Gómez de Acosta, de oficio mercader, natural de Valladolid, en los reinos de España, hijo de portugués y sobrino de Antonio Gómez de Acosta, reconciliado en este auto, residente en esta ciudad, que hacía viajes a Cartagena, fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes; confesó serlo aunque tarde, y pidió misericordia, fue admitido a reconciliación; salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró formalmente, con confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, que cumpla en la de la Inquisición de Sevilla; desterrado perpetuamente de las Indias.

     »8. Doña Mayor de Luna, natural de la ciudad de Sevilla, hija de portugueses, casada con Antonio Morón, de edad, al parecer, de más de sesenta años, aunque ella dijo ser de cuarenta, vecina desta ciudad, fue presa por judía judaizante, juntamente con su marido, hija y hermana. Doña Mencía de Luna, con secresto de bienes, era muy estimada en Lima, de personas principales, vestía y rozaba telas y lamas, confesaba y comulgaba a menudo; negó hasta lo último, después confesó ser judía judaizante y pidió misericordia; usó de varias trazas para comunicarse en las cárceles secretas, y en particular del secreto del limón, cogiéronse muchos papeles blancos, y el Tribunal con particular inspiración, mandó ponerlos cerca de un brasero, y con la lumbre se vieron estar escritos todos los papeles con muchos vocablos exquisitos y cifras, y todo se ordenaba a persuadir a su hija a que no confesase la verdad; fue admitida a reconciliación y salió al auto con sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró formalmente, fue condenada a hábito y cárcel perpetua, que cumpla en la de Sevilla, desterrada para siempre de las Indias a España, y por las comunicaciones que tuvo en las cárceles y papeles que escribió, le fuesen dados cien azotes por las calles públicas.

     »9. Doña Isabel Antonia, hija de Antonio Morón y de doña Mayor de Luna, mujer de Rodrigo Váez Pereyra, relajado en persona en este auto, natural de Sevilla, de más de dieciocho años, vecina desta ciudad, fue presa con sus padres (que el marido ya lo estaba) por judía judaizante, y que guardaba la ley de Moysés, con secresto de bienes; estuvo siempre negativa hasta lo último, usando de varias trazas y ardides para ocultar su delito, comunicándose con la dicha su madre y respondiéndole a los papeles que le escribía en las cárceles, con cifras y debajo de nombres supuestos, avisándole el estado de las causas de otros presos, que les importaba el saberlo; después que se descubrieron sus comunicaciones, confesó y pidió misericordia, fue admitida a reconciliación, salió al auto con sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró formalmente, fue condenada a confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, que cumpla en la de la Inquisición de Sevilla, desterrada para siempre de las Indias, y por las comunicaciones que tuvo en las cárceles, en cien azotes.

     «10. Enrique Núñez de Espinosa, natural de Lisboa en Portugal, criado en Francia, de oficio corredor zángano, casado con doña Mencía de Luna, hermana de la dicha doña Mayor de Luna, de edad de cuarenta años, vecino desta ciudad, fue preso en esta Inquisición el año de 1623 y se suspendió su causa. En esta última prisión, que fue de las de 11 de agosto de 1635, confesó ser judío judaizante, y haberlo sido desde que tuvo uso de razón, y pidió misericordia; este fue el más perjudicial judío que ha habido en este reino, por haber dicho a los de su profesión lo que pasaba en el Santo Oficio, y el modo de procesar; era el que más atrevidamente se comunicaba con ellos por el oficio que tenía e intervenir en las ventas de sus mercaderías y negros, fue admitido a reconciliación y condenado a auto, sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, confiscación de bienes, abjuración formal, desterrado de las Indias por toda su vida, hábito y cárcel perpetua, diez años de galeras, al remo y sin sueldo, en las de España, y después de acabado el dicho tiempo, cumpla su carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla, y por las variaciones y diminuciones, en doscientos azotes por las calles públicas desta ciudad.

     »11. Enrique Lorenzo, natural de Moncorbo, en Portugal, que iba y venía con encomiendas a Portobelo, hermano de Mateo de la Cruz, reconciliado en este auto, soltero, de edad de treinta y dos años, fue preso en Panamá, por judío observante de la ley de Moysén, y traído a las cárceles secretas, confesó serlo y pidió misericordia. En sus confesiones anduvo vario y revocante; fue admitido a reconciliación y sentenciado a auto, sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, confiscación de bienes, abjuración formal y cárcel y hábito perpetuo, destierro de las Indias para siempre, y por las revocaciones y variaciones que tuvo, cien azotes, seis años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y acabado el dicho tiempo, guarde su carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »12. Francisco Méndez, alias Francisco Meneses, natural de Lamego en Portugal, residente en un asiento de minas, en el obispado de Guamanga, de edad de treinta años. Él mismo se denunció y confesó haber judaizado, y pidió misericordia, y porque estaba testificado antes fue preso; admitiose a reconciliación, salió al auto con sambenito y vela verde en las manos, abjuró formalmente, fue condenado en confiscación de bienes, destierro perpetuo de las Indias a España, y que se le quite el sambenito después del auto.

     »13. Francisco Núñez Duarte, de oficio mercader, natural de la ciudad de la Guardia en Portugal, de todas partes cristiano nuevo, hermano de Gaspar Núñez Duarte, reconciliado en este auto, de edad de cuarenta y cuatro años, residente en esta ciudad, con tienda en la calle, y alférez en una compañía de soldados de la ciudad, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, a los 11 de agosto de 1635; confesó haberlo sido, mas tardía y diminutamente; pidió misericordia, fue admitido a reconciliación, y sentenciado a auto, sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuración formal, hábito y cárcel perpetua, desterrado para siempre de las Indias a España, y por la diminución y tardanza de sus confesiones, en cien azotes y seis años de galeras en las de España al remo y sin sueldo, y acabado el dicho tiempo, tenga su carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »14. Francisco Ruiz Arias, de oficio mercader, natural de Alcaiz, aldea de Castelo Blanco, obispado de la Guardia en el reino de Portugal, de edad de veinte y tres años, que hacía viajes a las provincias de arriba, estando mandado prender por judío, él mismo se presentó sin saberlo pidiendo audiencia y misericordia; fue recluso en las cárceles y confesó ser judío judaizante, observante de la ley de Moysés, sus ritos y ceremonias; fue admitido a reconciliación y sentenciado a auto, sambenito, confiscación de bienes, vela verde en las manos, abjuración formal, y que acabándose de leer la sentencia se le quite el sambenito en el tablado, y salga desterrado de las Indias perpetuamente a España.

     »15. Francisco Márquez Montesinos, de oficio mercader, hacía viajes a diversas partes y a Nueva España, natural de la Torre de Moncorbo, en el arzobispado de Braga, en Portugal, de edad de cuarenta años, fue preso en esta ciudad por judío judaizante, con secresto de bienes, confesó ser judío, y pidió misericordia. Fue admitido a reconciliación y condenado a auto, sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuración formal, confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, y por las variaciones y diminuciones de sus confesiones y testimonios que levantó en ellas, en diez años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, doscientos azotes y destierro para siempre de las Indias, y cumpliendo los años de galeras, guarde su carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »16. Francisco Hernández, mercachifle, natural de la Guardia en Portugal, de edad de treinta y cinco años, soltero, residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, confesó serlo y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación y sentenciado a sambenito, vela verde en las manos, abjuración formal, confiscación de bienes, hábito y cárcel por un año, y destierro para siempre de las Indias a España.

     »17. Fernando de Espinosa, mercader, con tienda en la calle, natural de la Torre de Moncorbo en Portugal, soltero, de edad de treinta y cuatro años, residente en esta ciudad, fue preso por judío observante de la ley de Moysés, con secresto de bienes, fue buen confitente aunque comenzó tarde y dijo ser judío y haber guardado la dicha ley, pidió misericordia, fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró formalmente, fue condenado en hábito y cárcel por tres años, desterrado de las Indias por toda su vida a España y que cumpla la carcelería en la cárcel de Sevilla.

     »18. Fernando de Espinosa Estévez, natural de la Guardia en Portugal, soltero, de edad de treinta y ocho años, que hacía viajes, primo de los Espinosas, fue traído a las cárceles secretas desde los Colichucos, provincia deste arzobispado, donde iba huyendo de la Inquisición, por judío observante de la ley de Moysén, con secresto de bienes; estuvo negativo al principio, después confesó ser judío observante de la dicha ley, y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró formalmente, fue condenado a hábito y cárcel perpetua, que tenga y cumpla en la de la Inquisición de Sevilla, en confiscación de bienes, y desterrado de las Indias a España por toda su vida.

     »19. Gerónimo Fernández, tío de Antonio de Acuña, reconciliado en este auto, natural de Sevilla, mercachifle, de edad de veinte y dos años, residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes en 11 de agosto de 1635. Confesó ser judío y haber guardado la ley de Moysén, y después revocó y últimamente pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, y condenado a hábito y cárcel perpetua, en confiscación de bienes, y por las variaciones, revocaciones y testimonios que levantó, fue condenado en doscientos azotes, cinco años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y en destierro perpetuo de las Indias, y que acabado el tiempo de galeras, guarde la carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »20. Gerónimo de Acevedo, natural de Pontevedra en Galicia, de oficio de mercader, viudo, de edad de cuarenta años, residente en esta ciudad, que hacía viajes, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, observante de la ley de Moysén; al principio estuvo negativo, después confesó ser judío y pidió misericordia, fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró formalmente, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua; y por las revocaciones de sus confesiones y muchos testimonios que levantó, en cien azotes y galeras perpetuas en las de España, al remo y sin sueldo, y destierro perpetuo de las Indias.

     »21. Gaspar Rodríguez Pereira, natural de Villa Real, en el reino de Portugal, soltero, de edad de cuarenta y tres años, de oficio mercader, residente en esta ciudad, que hacía viajes, fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes, confesó serlo y pidió misericordia. Fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado a cárcel y hábito por tres años, en confiscación de bienes y destierro perpetuo de las Indias, y por las revocaciones que tuvo y testimonios que levantó, en doscientos azotes y cinco años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y cumplido dicho tiempo, que guarde la carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »22. Gaspar Fernández Cutiño, mercader de cajón, natural de la villa de Villaflor en Portugal, soltero, de veinte y seis años, residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante. Confesó serlo y pidió misericordia, fue admitido a reconciliación y murió en las cárceles secretas del Santo Oficio, adonde fue reconciliado; salió al auto en estatua con sambenito, y fueron sus bienes confiscados.

     »23. García Váez Enríquez, cuñado de Manuel Bautista Pérez, hermano de su mujer doña Giomar Enríquez y doña Ysabel Enríquez, natural de la ciudad de Sevilla, hijo de padres portugueses, de edad de cuarenta años, residente en esta ciudad, de oficio mercader, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante. Negó al principio, después confesó serlo y pidió misericordia. Fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, y abjuró formalmente, y condenado en confiscación de bienes, cárcel y hábito perpetuo, destierro de las Indias a los reinos de España por toda su vida, y que guarde la carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »24. Gaspar Núñez Duarte, natural de la Guardia en Portugal, cristiano nuevo de todas partes, residente en esta ciudad, que hacía viajes, hermano de Francisco Núñez, reconciliado en este auto, soltero, de edad de treinta y cuatro años, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante; estuvo negativo, después confesó serlo y pidió misericordia, varió y revocó sus confesiones, y levantó testimonios; fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, y condenado a cárcel y hábito perpetuo, confiscación de bienes, destierro de las Indias por toda su vida, y por las variaciones y revocaciones que tuvo, testimonios que levantó, en doscientos azotes y en galeras perpetuas en las de España, en que sirva de forzado, al remo y sin sueldo.

     »25. Jorge de Silva, natural de la villa de Estremoz en Portugal, de oficio de mercader de negros, vecino desta ciudad, fue preso con secresto de bienes; por judío judaizante, observante de la ley de Moysén, cuando la prisión grande de 11 de agosto de 1635. Confesó ser judío judaizante, observante de la dicha ley, pidió misericordia, fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró en forma, fuéronle confiscados sus bienes y condenado en cárcel y hábito perpetuo, destierro de todas las Indias por toda su vida, y por las variaciones que tuvo en sus confesiones y testimonios que levantó, en doscientos azotes y galeras perpetuas en las de España, al remo y sin sueldo.

     »26. Jorge Rodríguez Tabares, de oficio mercader, que quebró, natural de Sevilla, vecino y casado en esta ciudad con doña Gerónima Marmolejo, natural de Frejenal, de edad de treinta y cinco años, y que le tenían los suyos por hidalgo, fue preso cuando la prisión grande de 11 de agosto de 1635, con secresto de bienes, por judío judaizante; comenzó su causa negando, después confesó ser judío y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, cárcel y hábito por dos años, desterrado de las Indias a los reinos de España perpetuamente, y que cumpla su penitencia en la cárcel de la Inquisición de Sevilla.

     »27. Jorge de Espinosa, natural de Almagro en España, de oficio mercader, de edad de veinte y ocho años, hermano de Manuel y Antonio de Espinosa, penitenciados en este auto, fue preso y traído a las cárceles secretas dende Panamá, donde había bajado en la armada, con secresto de bienes, por judío judaizante. Al principio estuvo negativo, después confesó ser judío y pidió misericordia y después de haberla pedido, judaizó en las cárceles, de que tornó a pedir misericordia. Fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, soga a la garganta, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, cárcel y hábito perpetuo, desterrado de las Indias a los reinos de España por toda su vida; y por los testimonios que levantó y haber judaizado en las cárceles, en diez años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y en doscientos azotes, y cumplido el tiempo de galeras, guarde carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »28. Juan de Lima, natural de la villa de Moncorbo en Portugal, y criado en la de Ossuna, hermano de Luis y Tomás de Lima, penitenciados en este auto, de edad de treinta años, soltero, de oficio mercader, que hacía viajes arriba. Fue preso con secresto de bienes por judío judaizante en Guancavélica, y traído a las cárceles secretas, confesó serlo a las primeras audiencias y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado a hábito y cárcel por seis meses y desterrado a los reinos de España por toda su vida.

     »29. Juan Rodríguez Duarte, sobrino de Sebastián Duarte, relajado en persona en este auto, que vino con él y su cuñado Manuel Bautista Pérez, natural de Montemayor en Portugal, residente en esta ciudad, soltero, de edad de treinta y tres años, de oficio mercader. Fue preso con secresto de bienes por judío observante de la ley de Moysén; estuvo muchos días negativo, después confesó ser judío judaizante y pidió misericordia; admitiósele a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuro en forma, fue condenado a hábito y cárcel perpetua, en cuatro años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y desterrado perpetuamente de las Indias, y que cumplido el tiempo de galeras, guarde carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »30. Juan de Acosta, natural del Brasil, hijo de Luis de Valencia, portugués, penitenciado por este Santo Oficio en este auto, soltero, sin oficio, residente en esta ciudad, de edad de veinte y dos años, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, estuvo negativo, después pidió misericordia, fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua y a destierro perpetuo de las Indias, y que guarde carcelería en la de Sevilla.

     »31. Luis de Vega, natural de la ciudad de Lisboa, en Portugal, de oficio lapidario, cuñado de Manuel Bautista Pérez, casado con su hermana doña Ysabel Bautista, en Sevilla, residente en esta ciudad, de edad de cuarenta años. Fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes, estuvo al principio negativo, fue después buen confitente y pidió misericordia, fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuración en forma, fue condenado en confiscación de bienes, cárcel y hábito por dos años y desterrado de las Indias por toda su vida, y que cumpla lo que le faltase de carcelería en la de la Inquisición de Sevilla.

     »32. Manuel de la Rosa, criado de Diego López de Fonseca, natural de Portalegre en Portugal, de oficio sedero, de edad de veinte y cinco años, soltero, residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes por judío judaizante; éste fue sacristán de la Congregación de los mancebos, y se fingía devotísimo por engañar con la simulación y hypocresía. Comulgaba muy a menudo, estaba largas horas de rodillas en la iglesia, tomaba disciplina hasta derramar sangre, fue compañero de Antonio Cordero, estuvo al principio negativo, después confesó ser judío judaizante y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, en cárcel y hábito perpetuo, desterrado perpetuamente de las Indias, y que guarde carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »33. Manuel Álvarez, hijo de portugues, natural de Rioseco, soltero, de edad de veinte y siete años, primo de los Limas, penitenciados en este auto, residente en esta ciudad, con cajón, el cual alzó de tienda, y fue huyendo porque no le prendiese la Inquisición, y porque en la provincia de Guaylas vio un hombre con un pliego del Santo Oficio, procuró quitárselo por dádivas, y cuando no pudo, dejó la ropa que llevaba a un soldado montañés, y se fue huyendo mudado el nombre, y habiendo dado el dicho soldado noticia en este Santo Oficio, se dio mandamiento contra él, y fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, observante de la ley de Moysén; confesó serlo y pidió misericordia, después varió y revocó, fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, y fue condenado a hábito y cárcel perpetua, y desterrado de las Indias perpetuamente, y por sus variaciones y revocaciones, en cien azotes y cuatro años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y que después de cumplir el tiempo de galeras, guarde la carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »34. Melchor de los Reyes, natural de Lisboa y criado en Madrid, residente en esta ciudad, de oficio mercader de cajón en la plaza, de edad de treinta años, soltero, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante; escondió mucha hacienda suya y ajena; tenía entrada en casas principales; estuvo negativo, después confesó ser judío judaizante, varió y revocó sus confesiones. Levantó muchos testimonios, pidió misericordia, fue admitido a reconciliación; salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, y destierro de las Indias para siempre; y por las variaciones y revocaciones y testimonios falsos que levantó, en doscientos azotes y diez años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y que cumplido el tiempo de galeras, guarde carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »35. Manuel Luis Matos, natural de Trejo en Portugal, pariente de Pascual Díaz, reconciliado en este auto, soltero, de edad de cuarenta años, residente en esta ciudad, mercader de tienda. Fue preso con secresto de bienes, por judío observante de la ley de Moysén. Al principio estuvo negativo y después en audiencia que pidió, confesó serlo y pidió misericordia. En otras audiencias revocó y varió en parte de sus confesiones; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, fue condenado en confiscación de bienes, cárcel y hábito por tres años, abjuró en forma, y que salga desterrado perpetuamente de las Indias, y que cumpla su carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla. Y por las variaciones y revocaciones, en doscientos azotes.

     »36. Manuel de Quiros o Manuel Méndez, natural de Villaflor en Portugal, soltero, residente en un asiento de minas en el obispado de Guamanga, de veinte y ocho años, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante; confesó serlo y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, hábito por un año y destierro perpetuo de las Indias.

     »37. Mateo Enríquez, natural de Moncorbo en Portugal, soltero, de edad de treinta y cuatro años, que hacía viajes arriba, y yendo huyendo con otros tres compañeros, a pedimento de los acreedores con cuya plata se iba, fueron presos por orden deste Santo Oficio, sesenta leguas desta ciudad, en Guanuco, y traídos y puestos en la cárcel pública della; estando así, fue testificado y se mandó traer a las cárceles secretas desta santa Inquisición, con secresto de bienes. Estuvo negativo, confesó después ser judío, observante de la ley de Moysén, sus ritos y ceremonias, y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación; salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, y cárcel y hábito perpetuo, y en destierro por toda su vida de las Indias, y que guarde carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »38. Mateo de la Cruz, hermano de Enrique Lorenzo, penitenciado en este auto, natural de Moncorbo en Portugal, soltero, de veinte y nueve años, que hacía viajes arriba (concurrieron en él las mismas circunstancias que en el dicho Mateo Enríquez) fue traído a las cárceles secretas, con secresto de bienes, por judío judaizante; fue tardío y terco en confesar, últimamente confesó ser judío judaizante y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, desterrado perpetuamente de todas las Indias, hábito y cárcel perpetua, confiscados sus bienes, y por haber confesado tan forzado de la verdad, fue condenado a doscientos azotes y seis años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y cumplidos, guarde carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »39. Pasqual Díaz, natural de Mirandela en Portugal, de oficio mercader de cajón, residente en esta ciudad, soltero, de edad cuarenta y cinco años, pariente de Manuel Luis Matos, reconciliado en este auto. Fue preso con secresto de bienes por judío observante de la ley de Moysén, confesó serlo, y que había estado en la costa de Guinea, donde habían hebreos que vivían en su ley; pidió misericordia y fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua, y desterrado por toda su vida de las Indias; y por las variaciones y revocaciones, en doscientos azotes, y que guarde carcelería en la cárcel perpetua en la Inquisición de Sevilla.

     »40. Pasqual Núñez, natural de la ciudad de Verganza en Portugal, mercader de cajón, soltero, edad veinte y dos años, residente en esta ciudad. Fue preso con secresto de bienes por judío judaizante, luego confesó serlo y pidió misericordia. Estuvo convencido de haber levantado testimonios falsos, y confesó haber escondido hacienda, y nunca quiso confesar dónde la había puesto, mintiendo en cuanto decía. Fue admitido a reconciliación, salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, fue condenado a confiscación de bienes, cárcel y hábito perpetuo, destierro para siempre de las Indias, y por los testimonios que levantó y mentiras que dijo en el discurso de su causa, en doscientos azotes y en galeras perpetuas irremisibles en las de España, al remo y sin sueldo.

     »41. Pablo Rodríguez, natural de Montemayor en Portugal, medio hermano de Sebastián Duarte, y agente de Manuel Bautista Pérez, soltero, residente en esta ciudad, de treinta y seis años, fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes; negó al principio, confesó después serlo y pidió misericordia; fue admitido a reconciliación; salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, abjuró en forma, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua y en destierro de las Indias a los reinos de España por toda su vida, y que guarde carcelería en la cárcel perpetua de Sevilla.

     »42. Tomás de Lima, natural de Moncorbo en Portugal, hermano de Luis y de Juan de Lima, residente en esta ciudad, hacía viajes, soltero, de edad de treinta años, fue preso con secresto de bienes por judío judaizante, confesó serlo, y en varias audiencias depuso falsamente contra muchas personas, y después de haber pedido misericordia, judaizó en las cárceles. Fue admitido a reconciliación; salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, fue condenado en confiscación de bienes, hábito y cárcel perpetua y destierro para siempre de las Indias, y por los testimonios falsos que levantó y haber judaizado en las cárceles, en cuatrocientos azotes y galeras perpetuas en las de España, al remo y sin sueldo.

     »Reconciliados con sambenito; que estuvieron con insignias de quemados la noche antes del auto. -43. Enrique de Paz, residente en esta ciudad, de oficio mercader, con tienda en la calle de los Mercaderes, natural de la Guardia en Portugal, de edad de treinta y cinco años, soltero, muy cabido en el lugar, y que le trataba con grande ostentación, y frisaba con lo más granado dél; fue preso con secresto de bienes, por judío, observante de la ley de Moysén (y antes de prenderle, viendo muchos amigos suyos andaba demudado y turbado, le exhortaron a que se denunciase, y alguno se lo pidió de rodillas, poniéndole por delante la misericordia que usaba el Santo Oficio con los buenos confitentes); en la primera audiencia dijo llamarse Enrique de Paz Melo, que era soltero, natural de Madrid, hijo de portugués, y que él y sus padres eran cristianos viejos, limpios de mala raza. Lo mismo respondió a la acusación, en que se le avisaba que llamándose su padre Simón de Almeyda, le había llamado Simón de Melo; después confesó que era así, y que huyó de llamarse del apellido de Almeyda, porque su padre había tenido oficio bajo de guardar los puertos secos, y tener presumpción honrada y buenos pensamientos, y que por haberse criado en Madrid, con dos de los apellidos de Melo y Paz, se los había puesto, y que nació en la ciudad de la Guardia en Portugal, y que por haberse criado en Madrid, se había hecho natural de allí. Demás de la testificación del judaísmo, se le probó ocultación de bienes, con real aprehensión dellos, y él la confesó, estando siempre negativo en lo demás; fue sentenciado a relajar a la justicia y brazo seglar, por negativo, y habiéndosele notificado, estuvo algunas horas terco y obstinado, pidió después misericordia, y confesó ser judío, observante de la ley de Moysén, y que a los doce años se la enseñaron, y que en su observancia rezase los salmos sin gloria Patri, y el padre nuestro sin amén, JESÚS, y que guardase el sábado, a lo menos con la intención, y ayunase el ayuno de la Reina Ester, y otros ayunos; que no confesase con los sacerdotes, que bastaba hincarse de rodillas y pedir perdón a Dios; dio muestras de arrepentimiento verdadero, y después las ha continuado; fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, fue condenado en destierro para siempre de las Indias, en cárcel y hábito perpetuo, en doscientos azotes y diez años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y que acabado el tiempo de galeras, guarde carcelería en la cárcel perpetua de la Inquisición de Sevilla.

     »44. Manuel de Espinosa, natural de Almagro, en la Mancha, hermano de Antonio de Espinosa y de Jorge de Espinosa, residente en esta ciudad, de treinta y dos años, que hacía viajes a diferentes partes, soltero, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante; en sus confesiones primeras confesó ser judío y pidió misericordia, y dijo contra muchas personas, levantando falsos testimonios; después revocó todo lo que había confesado; de hay a poco pidió misericordia, y declaró ser judío, observante de la ley de Moysén y de sus ritos y ceremonias; fue admitido a reconciliación. Salió al auto con sambenito, vela verde en las manos, soga a la garganta, abjuró en forma, fue condenado a hábito y cárcel perpetua, y por sus revocaciones y testimonios que levantó, a cuatrocientos azotes y a diez años de galeras en las de España, al remo y sin sueldo, y en destierro perpetuo de las Indias, y después de cumplidas las galeras, guarde carcelería perpetua en la cárcel de Sevilla.

     »Relajados en persona por observantes de la ley de Moysén, convencidos con gran número de testigos, y por falsos testimonios que levantaron. -1. Antonio de Vega, mercachifle, natural de la Frontera, en el reino de Portugal, de edad de cuarenta años, soltero, residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes, por judío observante de la ley de Moysén. Confesó con señales de mucho arrepentimiento haber judaizado y quien le había enseñado, y fue diciendo de otros, y estando ratificado en todo, revocó de sí y de todos. De allí a algunos días se volvió a afirmar en sus confesiones y pidió misericordia, y últimamente las revocó y se retracto de cuanto había dicho en ellas; fue relajado a la justicia y brazo seglar por negativo, con confiscación de bienes, y murió impenitente. Leyó esta causa el bachiller Francisco de Valladolid, capellán real y persona honesta del Santo Oficio.

     »2. Antonio de Espinosa, hermano de Jorge y Manuel de Espinosa, reconciliados, hijo de portugués, natural de Almagro, en la Mancha, soltero, de treinta y ocho años fue preso en la villa de Potosí, con secresto de bienes, por judío judaizante, y traído a las cárceles secretas estuvo negativo al principio; confesó después de sí y de otros, y últimamente revocó sus confesiones, y por negativo fue mandado relajar a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes. Dio muestras de arrepentimiento en el tablado, mas no fueron verdaderas; murió impenitente.

     »3. Diego López de Fonseca, de oficio mercader, camarada de Antonio de Acuña, reconciliado en este auto, natural de la ciudad de Badajoz, de edad de cuarenta y dos años casado con doña Leonor de Andrada, natural de Sevilla y residente en esta ciudad, fue preso con secresto de bienes, por observantísimo de la ley de Moysén; estuvo siempre negativo y rebelde, fue condenado a relajar a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes; iba tan desmayado al auto que fue necesario llevarlo en brazos, y al ponerlo en la grada a oír la sentencia, le hubieron de tener hasta la cabeza. Murió impenitente.

     »4. El bachiller Francisco Maldonado de Silva, cirujano examinado, con facultad de evacuar, natural de San Miguel del Tucumán, en estos reinos del Perú, de más de cincuenta años, hijo de Diego Núñez de Silva, cirujano portugués, reconciliado en esta Inquisición en 13 de marzo de 1605, murió en el Callao, año 1615 ó 16, curando como médico, vecino y casado en la ciudad de Santiago de Chile con doña Isabel Otáñez, natural de Sevilla, con hijos; estuvo trece años preso, confesó desde sus primeras audiencias ser judío, observante de la ley de Moysén, y que quería vivir y morir en ella, y que la había guardado desde dieciocho años. En las audiencias en que se le recibió juramento, nunca quiso jurar por Dios y la Cruz, ni poner la mano al pie del Cristo que está sobre la mesa del Tribunal para hacer tales juramentos, por decir no quería contaminarse jurando por otro que por el Dios de Israel. Él mismo se circuncidó con una navaja y acabó de cortar el prepucio con unas tijeras. Hiciéronse grandes diligencias para convertirle, llamando cuantas veces quiso a los calificadores, tratando con ellos de palabra y por escrito de dudas que tenía; y después de haberle convencido manifiestamente, negaba la autoridad a los profetas, y decía mintieron, y libros enteros de la sagrada escritura, y se acogía últimamente a decir que él era judío y había de morir como tal. Dejose crecer barba y cabello, como los nazarenos, y se mudó el nombre de Francisco Maldonado de Silva en el de Heli Nazareo, y cuando firmaba usaba dél diciendo, Heli Nazareo, indigno siervo del Dios de Israel, alias Silva. Ayunó en las cárceles largos y penosos ayunos, y uno por espacio de ochenta días continuos, comiendo unas mazamorras que hacía de maíz en poquísima cantidad, y estuvo a la muerte y muchos meses en la cama, de que se le hicieron llagas en las asentaderas. Con una soga que hizo de hojas de choclos, que pedía para comer, se salió de la cárcel a reducir a su ley muerta a los demás presos, y con este fin les compuso décimas. Escribió varios tratados, que algunos se quemaron juntos con él, dedicados a los señores inquisidores apostólicos destos reinos, y decía eran contra el símbolo de la Fe del padre fray Luis de Granada. Y con no darle recaudo para escribir, de papeles viejos en que le llevaban envueltas algunas cosas que pedía, que juntando unos pedazos con otros tan sutilmente que parecían una pieza misma, hizo las hojas de dichos tratados, y con pluma y tinta que hizo, ésta de carbón, aquella de un hueso de gallina, cortado con un cuchillo que hizo de un clavo, escribió letra que parecía de molde. Permitió Dios que estuviese ya sordo al principio de las prisiones desta complicidad y que no entendiese cosa della, porque a saber que había presos tantos judíos hubiera hecho diabluras por fortalecerlos, según el celo que tuvo por su ley. Fue relajado a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes, y quemado vivo.

     »Y es digno de reparo que habiéndose acabado de hacer la relación de las causas de los relajados, se levantó un viento tan recio, que afirman vecinos antiguos de esta ciudad no haber visto otro tan fuerte en muchos años. Rompió con toda violencia la vela que hacía sombra al tablado, por la misma parte y lugar donde estaba este condenado, el cual, mirando al cielo, dijo; esto lo ha dispuesto así el Dios de Israel para verme cara a cara desde el cielo.

     »5. Juan Rodríguez de Silva, de oficio mercader, soltero, de treinta y seis años, natural de Estremoz, en Portugal. Éste vino de Panamá cuando supo la prisión de su hermano Jorge de Silva, y por un papel que de las cárceles le escribió el dicho su hermano, exhortándole a que se denunciase, se denunció de su voluntad, y dijo ser judío judaizante, y que no había creído estar el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en la hostia consagrada, y depuso de otras personas; y porque en la misma audiencia revocó lo que acababa de decir, diciendo que se había levantado testimonio, fue mandado recluir en las cárceles secretas, con secresto de bienes; después que revocó, siempre estuvo negativo, estando convencido con mucho número de testigos, y se fingió por tiempo loco, diciendo y haciendo cosas de risa en las audiencias que con él se tuvieron, echando de ver ser todo ficción y maldad; fue sentenciado a relajar a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes, y murió impenitente.

     »6. Juan de Azevedo, natural de Lisboa en Portugal, cajero de Antonio Gómez de Acosta, residente en esta ciudad, soltero, de edad de veinte y siete años, fue preso con secresto de bienes por judío judaizante; a la segunda audiencia que con él se tuvo, confesó serlo y pidió misericordia, especificando tanta suerte de ritos y ceremonias en guarda y observancia de la ley de Moysén que le enseñaron en Guinea, que ponía admiración, ocupando las audiencias días enteros; dijo, contra muchos y levantó a muchísimas personas falsos testimonios; revocó, hizo y cometió muchas maldades, incitando a otros presos para que levantasen falsos testimonios a los de afuera y dentro, dándoles el pie del lugar, de la seña y contraseña con que habían de contestar las culpas falsas con él, que las pintaba con tales circunstancias que al más vigilante y experimentado juez le haría creer ser aquello verdad; no dejó parte alguna donde no haya personas comprehendidas en los testimonios que levantó, ni España ni Portugal, ni Guinea, ni Cartagena, ni otras partes de las Indias. Fue condenado a relajar a la justicia y brazo secular, por vario, revocante, y por los muchísimos testimonios que levantó, fuéronle confiscados sus bienes, que no tuvo como otros muchos que salieron en este auto; leyó esta causa el contador Juan de Cenzano, criado de su Excelencia.

     »7. Luis de Lima, natural de Moncorbo en Portugal, hermano de Juan y Tomás de Lima, reconciliados en este auto, de oficio mercader, que acababa de venir de Panamá, donde había bajado cuando la armada de 1635, soltero, de edad de más de cuarenta años; vino de su voluntad a denunciarse por principios de 1636, y por estar testificado y diminuto, se mandó prender con secresto de bienes; anduvo en gran manera vario y revocante en sus confesiones. Levantó muchos falsos testimonios, aunándose para ello con el dicho Juan de Azevedo, persuadiendo a lo mismo a otros presos, haciendo agujeros por las paredes de las cárceles para hablarles, diciendo lo que habían de hacer y deponer y las señas con que habían de conocer a los que habían de levantar testimonios, a uno de judío yapero, al otro de cualtralbo, y deste modo otras muchas señas y contraseñas y apodos; fue muy perjudicial en esta materia de testimonios, sin poderle ir a la mano, con mudarle diferentes cárceles, ni con dárselo a entender; todo con color de decir descargaba su conciencia; decía que esta tierra del Perú, era para los portugueses, de promisión, porque cuidan los hombres della mas de ganar plata que de vidas ajenas, y que esto fuera así sino estuviera en el Perú la Inquisición, a quien ellos en gran manera aborrecen. Fue condenado a relajar a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes, por vario, revocante y haber levantado muchísimos testimonios falsos; dio muestras de arrepentimiento, dentro y fuera de la Inquisición; y en el tablado, habiéndosele acabado de leer su sentencia, estando en la grada, con muchas lágrimas pidió perdón a Santiago del Castillo, Pedro de Soria Arzila y a Francisco Sotelo, delante de todo el pueblo, diciéndoles les había levantado falso testimonio por la enemistad que les tuvo, y en general pidió perdón a los demás que había levantado testimonios, y que rogasen a Dios le perdonase; durole este dolor hasta la muerte.

     »8. Manuel Bautista Pérez, de todas partes cristiano nuevo, natural de Anzán, obispado de Coimbra, de edad cuarenta y seis años, vecino desta ciudad, casado con doña Guiomar Enríquez, prima suya, cristiana nueva, que trajo de Sevilla, y con hijos en esta ciudad, hombre de mucho crédito y tenido por el oráculo de la nación hebrea, y a quien llamaban el capitán grande y de quien siempre se entendió era el principal en la observancia de la ley de Moysén. Teníanse en su casa las juntas en que se trataba de la dicha ley, a que presidía. Tenía muchos libros espirituales, trataba con teólogos descendientes de portugueses de varias materias teológicas, daba su parecer; tenía en su persona, la de su mujer, hijos y casa gran ostentación, el coche en que andaba entonces se vendió por orden del Santo Oficio a 19 de febrero del año corriente, entre los bienes confiscados, en tres mil y ochocientos pesos corrientes, que hacen treinta mil y cuatrocientos reales de contado, tan rico y costoso era desde su principio. Fue estimado de eclesiásticos, religiosos y seglares, dedicábanle actos literarios, aun de la misma Universidad Real, con dedicatorias llenas de adulación y encomios, dándole los primeros asientos. En lo exterior parecía gran cristiano, cuidando de las fiestas del Santísimo Sacramento, oyendo misa y sermones, principalmente si se trataba en ellos alguna historia del testamento viejo. Confesaba y comulgaba a menudo, era congregante, criaba a sus hijos con ayos sacerdotes (pero tan afecto a su nación que quiso fuesen bautizados de mano de portugués); finalmente, hacía tales obras de buen cristiano, que deslumbraban aun a los muy atentos a ver si podrá haber engaño en acciones semejantes, mas no pudo al Santo Oficio de la Inquisición, que le prendió por judío judaizante a los 11 de agosto, año de 1635, en la prisión grande, con secresto de bienes, siempre estuvo negativo, y viéndose convencido con más de treinta testigos contestes y que no tenía razones con que poder satisfacer a la evidencia de su culpa, en su misma cárcel, con un cuchillo de estuche, intentó matarse, y se dio seis puñaladas en el vientre y por las ingles, dos o tres penetrantes. Escribió papeles en cifra a su cuñado Sebastián Duarte, a su cárcel, persuadiéndole revocase sus confesiones y estuviese negativo, con que el dicho Sebastián revocó, y se puso en el estado en que murió; siempre dio a entender en lo exterior que era católico, siendo evidentísimo que era judío, llevando por opinión que solo con lo interior cumplía con la observancia de su ley; fue relajado a la justicia y brazo seglar, por negativo, con confiscación de bienes; dio muestras de su depravado ánimo y de disimulado judío en el ósculo de paz que dio a su cuñado Sebastián Duarte, relajado en el cadahalso, y de las demostraciones de ira que con los ojos hacía contra aquellos que de su casa y familia habían confesado y estaban allí con sambenito; oyó su sentencia con mucha severidad y majestad; murió impenitente, pidiendo al verdugo hiciese su oficio.

     »9. Rodrigo Váez Pereira, natural de Monsanto, jurisdición de la Guardia en Portugal, de oficio mercader, de edad de treinta y nueve años, casado con doña Isabel Antonio de Morón, reconciliada en este auto, vecino desta ciudad, fue preso con secresto de bienes, por judío judaizante, cuando la prisión grande de 11 de agosto; al principio estuvo negativo, después confesó ser observante de la ley de Moysén y pidió misericordia, y fue diciendo de otros, levantando falsos testimonios. Dentro de pocos días revocó de sí y de las personas contra quien había depuesto; volvió a decir de sí muy diminuta y de otros largamente, levantando muchos falsos testimonios, confesándose con Juan de Azevedo y Luis de Lima, y cometiendo los mismos delitos que ellos en materia de testimonios, dando muestras de sus malas entrañas en los odios que le movieron a fraguar semejantes maldades; fue condenado por vario, revocante, y por los muchos testimonios que había levantado, a relajar a la justicia y brazo seglar, con confiscación de bienes. En el tablado, después de habérsele leído su sentencia, dijo ser todo mentira y falsedad que le levantaban; después en el quemadero, estando para darle garrote, pidió le aflojasen el cordel, como se hizo, y volviéndose a los demás justiciados les dijo, que ¿qué hacían pues no se volvían a Dios y confesaban su pecado? siendo cierto que todos los que habían de ser quemados habían judaizado como él, que había sido judío hasta aquel punto en que se apartaba de la ley de Moysén y creía en Jesucristo nuestro Señor, y que de lo contrario le pesaba mucho; con tanto le dieron garrote al dicho, declarándolo así personas graves que se hallaron presentes.

     »10. Sebastián Duarte, natural de Montemayor el Nuevo, en Portugal, de oficio mercader, de edad de treinta y dos años, cuñado de Manuel Bautista Pérez, casado con doña Isabel Enríquez, mujer del dicho Manuel Bautista, vivían en una misma casa y compañía en esta ciudad; fue preso por judío judaizante, con secresto de bienes, cuando la prisión grande de 11 de agosto de treinta y cinco; al principio estuvo negativo, confesó después de sí y de otras muchas personas, por un papel que le escribió desde su cárcel Manuel Bautista Pérez, exhortándole a ello; de ahí a algunos días revocó de sí y de todos los demás por papeles en cifra que le volvió a escribir el dicho Manuel Bautista Pérez, mandándole revocase. Prosiguió en estar siempre negativo (haciendo largas protestas en las audiencias que con él se tuvieron, de que era fiel católico cristiano, dando razón muy cumplida de todos los misterios de nuestra santa fe católica) y lo que le movió a estarlo, fue consideración entre él y su cuñado en no confesar. Dijo que era cristiano viejo, siendo cierto que Duarte Rodríguez, su padre, fue preso en la Inquisición de Ebora, murió en la prisión y fue quemado en estatua en auto público de fe que se celebró, por judío judaizante. Y asimismo en la misma ocasión, fue presa por judía judaizante, Ana López, su hermana de padre y madre, y dos hijos, llamados Vicente y Simón Rodríguez, y también prendieron a Gaspar Fernández, marido de la dicha Ana López, la cual con sus hijos salieron con sambenito, y el dicho Gaspar Fernández había sido reconciliado en otro auto; y asimismo tuvo otra hermana de padre y madre, llamada Guiomar López, casada con Francisco Váez, sedero, la cual, entre otros hijos, había tenido a Antonio Rodríguez Orta y a Marta López, los cuales fueron penitenciados con sambenito por la Inquisición de Lisboa; y en Sevilla hizo el dicho Sebastián Duarte información de cristiano viejo, siendo él y todos sus parientes por consanguinidad y afinidad, cristianos nuevos, y viendo que se sabía en este Santo Oficio su calidad, dijo que no sabía si eran cristianos nuevos o viejos. Fue sentenciado a relajar a la justicia y brazo seglar, por negativo, revocante, y en confiscación de bienes. En el tablado se dieron él y su cuñado Manuel Bautista Pérez, ósculo de paz al modo judaico, sin poderlos apartar los padrinos. En el quemadero, viendo ya muerto a su cuñado Manuel Bautista Pérez, dio señales de arrepentimiento.

     »11. Tomé Quaresma, cirujano examinado, natural de la villa de Cerpa en Portugal, vecino de Lima, casado con doña María Morán, natural de Granada, de edad de sesenta años, fue preso con secresto de bienes por judío observante de la ley de Moysén; era el que curaba a todos los de la nación hebrea y a los negros y negras bozales, que traían a esta ciudad de Lima para vender. Llamábanle de ordinario el Licenciado, era gran judío y con la ocasión de curar, se comunicaba con más libertad en la guarda de la dicha ley de Moysés, y exhortaba a otros a que la guardasen, conociendo a los que la guardaban en responderle cuando entraba a visitar los enfermos decía, loado sea el Señor. Su ordinario modo de hablar con ellos era, Vuestra Merced es teniente del Señor o guarda su ley (modos de hablar, con que no solo éste sino los demás hebreos se conocían y conocen); estuvo siempre negativo, y así fue condenado a relajar a la justicia y brazo seglar, y en confiscación de bienes. En el tablado pidió a voces misericordia. Habiendo bajado el señor inquisidor don Antonio de Castro y del Castillo de debajo del dosel a ver lo que quería, se arrepintió de haber dado muestras de pedirla; dice que porque al bajar le miró Manuel Bautista Pérez como afeándole semejante acción, y así murió impenitente.

     »Relajado en estatua por la guarda de la ley de Moysén. -12. Manuel de Paz, extravagante, natural de la Pedrina en Portugal, soltero, que hacía viajes arriba, residente en esta ciudad, de edad de cuarenta años, fue preso con secresto de bienes por judío judaizante, estando preso, apretado de su mala conciencia, se ahorcó de la reja de una ventanilla alta que caía sobre la puerta de su cárcel, con un modo extraordinario, que se echó de ver que el demonio había obrado en él, porque se ahorcó de parte que sin ayuda parecía imposible; fue relajado en estatua a la justicia y brazo seglar, y sus huesos quemados, y confiscados sus bienes.

     »Los que fueron presos por testimonios y salieron con palmas. -Tiene el escudo de las armas de la Inquisición a un lado de la cruz, una espada y un ramo de oliva, y al otro una palma. La espada significa el rigor de la justicia. La oliva, la suavidad de la misericordia. Estos atributos ya lo hemos visto en lo referido, en los relajados, que no quisieron valerse de la piedad, lo riguroso de la ley; en los reconciliados que se conocieron, lo tierno y suave de la misericordia. La palma significa el honor que se le da al que por testimonios falsos ha padecido, la inocencia de su alma y el triunfo de sus trabajos; porque si bien regularmente hablando en las causas de fe, nadie es declarado por inocente por sentencia difinitiva, sino tan solamente absuelto de la instancia, con todo esto, si por testigos falsos fue uno acusado y consta de su inocencia, por revocación de los mismos, ha de ser por sentencia declarado por inocente y libre de tal crimen, y el juez que otra cosa hiciere, peca mortalmente. Ésta es opinión de graves autores. Y el Tribunal del Santo Oficio de estos reinos lo determinó así en la ocasión presente, atendiendo a lo dicho y no a la petición de las partes. Fueron siete los que padecieron como Joseph y representaron la parte alegre deste auto tan grandioso.

     »1. Santiago del Castillo, natural de San Vicente de la Barquera, en las montañas de Burgos, hijo del licenciado Juan del Castillo, letrado, y Catalina de Rabago, ambos naturales de San Vicente de la Barquera. Salió este día con vestido bordado sobre raso, botonadura de oro y cadenas de lo mismo, con rico cintillo de diamantes, palma en las manos, en caballo blanco, con aderezo de terciopelo negro, guarnecido de oro, hebillas, remates y estribos dorados, y sus negros de librea, con los padrinos.

     »2 Alonso Sánchez Chaparro, natural de la villa de Valencia de Alcántara, en Estremadura, hijo de Alonso Díaz y María González Chaparro, vecino de Lima. Salió este día con vestido negro, muy costoso, con botonadura de oro, cadenas de lo mismo, y un cintillo de diamantes de mucho precio, palma en las manos, en caballo blanco bien guarnecido, y sacó seis esclavos bien dispuestos, con librea costosa de raja de Florencia, color celeste acuchillada, guarnecida de negro, cabos naranjados, medias de seda. Con sus padrinos.

     »3. Antonio de los Santos, alias Santos González Maduro, natural de Capeludos en el reino de Portugal, hijo de Antonio González Maduro y María Álvarez, de oficio mercader, familiar del Santo Oficio. Salió vestido de negro, costoso, con botonadura de oro, palma en las manos, en caballo blanco bien aderezado, y sus negros de librea. No sacó padrinos por llevar hábito de familiar, como se ha dicho.

     »4. Ambrosio de Morales Alaon, natural de la ciudad de Oporto en Portugal, hilo de Alejo de Alaon y María Núñez Camela, residente en esta ciudad y familiar del Santo Oficio, salió vestido de negro, con botonadura y cadenas de oro ricas, con cintillo, con palma en las manos, en caballo blanco bien aderezado, y sus negros de librea. No sacó padrinos, por llevar hábito de familiar.

     »5. Francisco Sotelo, natural de Castrelo en Galicia, en el valle de Monterrey, hijo de Esteban de la Rúa Sotelo y de Isabel Fobela, sus padres, naturales del dicho reino de Galicia. Sacó vestido bordado de piñuela, con botonadura de oro, cabestrillo con rubíes, y cintillo y rosa de lo mismo. Salió en caballo blanco, con aderezo de terciopelo negro, guarnecido de oro, palma en las manos y tres negros de librea, acompañado con sus padrinos.

     »6. Pedro de Soria Arcilla, natural de Cartagena de las Indias, hijo de Pedro de Soria, natural de Villalpando en Castilla la Vieja, y Ana de los Reyes. Salió vestido de raso bordado, con rica botonadura de diamantes, cintillo y lazada de lo mismo, y vistosas cadenas de oro, con palma en la mano, en caballo blanco, ricamente aderezado, sus negros de librea y padrinos.

     »7. El sétimo, Andrés Muñiz, natural de la ciudad de Puentedelgada, en la isla de San Miguel, en las Terceras, hijo de Manuel González y Isabel Álvarez, vecino desta ciudad. Sacó vestido negro, rico, bordado sobre esparragón, guarnecido de botones de diamantes engastados, cintillo y rosa de lo mismo, con ricas cadenas de oro. Salió en caballo blanco enjaezado, con aderezo bordado de oro, los hierros y estribos sobredorados, palmas en las manos, y tres negros de librea, con cabos azules. Con sus padrinos.

     »Acabadas de leer las sentencias de los relajados, subió al púlpito Juan Costilla de Benavides, ayudante de secretario del Santo Oficio, y leyó las causas de los referidos, para que campease más la inocencia, por haber sido aquellos los principales que trazaron y levantaron los falsos testimonios. Leyolas por el orden dicho, y porque se vea el tenor, se refiere que es en la forma siguiente:

     »†Fallamos atento los autos y méritos del dicho proceso, el dicho promotor fiscal no haber probado su acusación y querella, según y como probar le convino; en consecuencia de lo cual, que le debemos absolver y absolvemos al dicho N. del delito y crimen de herejía y judaísmo de que fue acusado, y declaramos por libre dél, y de toda mala sospecha, restituyéndole a la buena opinión y fama en que antes de su prisión estaba, para lo cual mandamos que hoy día del auto salga en el acompañamiento entre dos caballeros que le señalaremos, llevando una palma en las manos que demuestre su inocencia, y en el tablado tenga asiento con los mismos, donde se lea esta nuestra sentencia y hallamos cualquier embargo y secresto que por nuestro mandado este fecho en sus bienes, y que le sean entregados enteramente por el inventario que dellos se hizo al tiempo que se secrestaron, y por esta nuestra sentencia difinitiva, así lo pronunciamos en estos escritos y por ellos†.

     »Entrega y justicia de los relajados. -Como a las tres de la tarde que se acabaron de leer las sentencias de los que habían de ser relajados, se levantó el huracán referido. Y a esa hora, juntos los de este género en la crujía, con la estatua del extravagante, los entregó Martín Díaz de Contreras y don Juan Tello de Sotomayor, secretario y alguacil mayor del Santo Oficio, a los alcaldes ordinarios, conforme al auto del entriego, que fueron los once dichos y una estatua, y les hicieron causa y sentenciaron a muerte de fuego. Cometiose esta ejecución a don Álvaro de Torres y Bohorquez, alguacil mayor de la ciudad, el cual entregó a cada dos alguaciles un judío, y acompañado de todos los demás ministros, los llevó al brasero, que estaba prevenido por orden de los alcaldes ordinarios fuera de la ciudad, por la calle de Palacio, puente y calle de San Lázaro, hasta el lugar de la justicia. Iban los justiciados entre dos hileras de soldados para guardarlos del tropel de la gente, que fue sinnúmero la que ocurrió a verlos, y muchos religiosos de todas órdenes para predicarles. Asistió el alguacil mayor a la Justicia y Diego Xaramillo de Andrade, escribano público, y los ministros, y no se apartó hasta que el secretario dio fe como todos quedaban convertidos en cenizas.

     »Poco antes de ponerse el sol, el alguacil mayor del Santo Oficio y alcaide de las cárceles y ministros, fueron sacando los reconciliados y demás reos del cadahalso y los llevaron delante del Tribunal, donde, puestos de rodillas, abjuraron vehementi unos, y otros formalmente, según se ha referido, reservando para el día siguiente los que habían de abjurar de levi, por no embarazarse con ellos.

     »Para la absolución, se trujo la fuente del altar, donde, estaba sobrepelliz y estola, y habiéndosele puesto al señor licenciado don Juan de Mañozca, Su Señoría hizo las preguntas de la Fe a los que habían de ser reconciliados, y les absolvió por el Manual. Mientras se decía el Miserere mei se les iba dando a los penitenciados con unas varillas de membrillo que estaban prevenidas para esto. Llegando en la absolución al lugar en que se cantó por los músicos el himno Veni Creator spiritus, se descubrió la Cruz de la Catedral y la de las parroquias, y quitado el velo negro, repicaron en ellas y en las demás iglesias.

     »Acabada la absolución y oraciones, a que su Excelencia y los señores de la Real Audiencia estuvieron de rodillas, y todas las personas que se hallaron presentes, se dio fin al auto una hora después de la oración, adelantándose este día a los mayores que ha habido en estos tiempos. Salió el señor Virrey y señores de la Inquisición y de la Real Audiencia a la plaza, donde subieron a caballo y a mula; y habiendo llevado su Excelencia y acompañamiento a los señores inquisidores a las casas de la Inquisición en la forma que habían venido, y despedídose y los señores oidores del Tribunal, su Señoría le dio al Virrey singularísimos agradecimientos por la cristiandad, celo y cuidado con que había mandado disponer tantas cosas para majestad del auto de la Fe, y a los señores de la Real Audiencia. Volvió su Excelencia a palacio, acompañado de los Tribunales, cabildos y colegios, y demás acompañamiento con que había salido por la mañana, y llegaría como a las ocho de la noche.

     »A este tiempo los padres de Santo Domingo y algunos familiares llevaron la cruz verde, muy adornada de luces, a su convento, acompañándola mucha gente. Colocáronla encima del Tabernáculo de San Pedro mártir, donde se ve hoy, para memoria de auto tan célebre.

     »Volvieron los penitenciados al Santo Oficio, para desde allí repartirlos; unos fueron después a la cárcel de corte, como galeotes del Rey, otros se depositaron en la cárcel de la penitencia, mientras van a España, y otros salieron a cumplir sus destierros.

     »Día de los azotados. -Lunes veinte y cuatro por la mañana fueron traídos todos los penitenciados a la sala de la audiencia del Santo Oficio, y puestos en orden, abjuraron de levi (no habían hecho esta abjuración la tarde antes) y los de vehementi volvieron a abjurar, y los que habían hecho la abjuración formal, se les admitió el riesgo que corrían por la relapsia en los delitos de herejía que habían cometido, o otros de aquella especie.

     »A las ocho de la mañana no cabían en las calles las mujeres y muchos que salieron a ver los azotados (torbellino que de ordinario sucede a las once del día) suspendiéndose hasta la tarde esta ejecución, y por evitar el desmán que causan los muchos hombres que suben a caballo tales días para ver mejor los justiciados, y desorden de las carrozas, que por ser muchas ocupan las calles, y atrevimiento de los muchachos, fatales a las brujas y hechiceras y casados dos veces, y para que todos viesen tan ejemplar castigo cómodamente, proveyó el Tribunal un decreto, y por mandado de los señores dél se pregonó, y dictó Juan Pérez de Uriarte, familiar del Santo Oficio; decía así:

     «Mandan los señores inquisidores, so pena de excomunión mayor y cien pesos, que ninguna persona sea osada andar en coche ni a caballo por las calles por donde pasan los ajusticiados en el auto de la Fe, que se celebró ayer a las 23 deste, desde las tres de la tarde hasta las cinco, y que ninguno tire a los penitenciados con lodo, piedra o otra cualquiera cosa, al español, pena de destierro a Chile, al mulato, mestizo, Indio y negro, cien azotes. Mándase pregonar, porque venga a noticia de todos.

     »Con esta diligencia, aunque sinnúmero la gente que ocurrió a ver los azotados, no tuvo impedimento; salieron como a las tres de las casas de la Inquisición veinte y nueve azotados y una a la vergüenza, y las hechiceras, y casados dos veces con sus corozas, en que iban pintadas las señales de sus delitos; diose el primer pregón en la plaza de la Inquisición, que dictaba Marcos Yáñez, familiar del Santo Oficio, como había dictado el de la publicación del auto y otros, en esta forma.

     »Ésta es la justicia que manda hacer el Santo Oficio de la Inquisición a estos hombres y mujeres. A la primera a la vergüenza, y a los doce que se le siguen a cien azotes, y a los quince siguientes a ellos, doscientos azotes, y a los dos últimos a cuatrocientos azotes, y desterrados de las Indias para los reinos de España, donde sirvan en las galeras de Su Majestad de galeotes al remo y sin sueldo. Quien tal hace, que tal pague.

     »Fueron los ajusticiados dende la Inquisición por las calles derechas a la del Arzobispo hasta la plaza mayor, y atravesándola toda por delante de Palacio, llegaron hasta Santo Domingo; dende allí fueron por la calle de las Mantas y calle de Mercaderes hasta el convento de Nuestra Señora de las Mercedes, siguiendo su calle a torcer por la de los Ampueros y calle de Roperos, hasta la esquina de la iglesia catedral; dende aquí continuaron hasta el monasterio de monjas de la Concepción, y de allí llegaron al Santo Oficio.

     »Aunque eran tantos los azotados, llevaban todo concierto y ninguna confusión, porque iban acompañados de muchos familiares y los repartieron de diez en diez. Con los primeros iba el verdugo principal, que estuvo un año y medio en el Santo Oficio encerrado continuamente mientras duraron sus diligencias; con los otros veinte iban otros dos, y por cada lado una hilera de soldados que les iban haciendo escolta en forma de procesión, y detrás de todos, acompañado del resto de familiares, iba el capitán don Juan Tello Sotomayor, alguacil mayor del Santo Oficio, que fue el ejecutor de tan gran castigo. Quiera Dios sea de escarmiento para semejante gente y para que no haya quien levante falsos testimonios. Laus deo».

     En los momentos de la celebración de la fiesta, cuando se leían las sentencias, ocurrió un incidente que cuenta también Montesinos y que debemos señalar aquí. «Saliendo al cadalso, dice, tres cuñados, Manuel Bautista Pérez, a quien todos llamaban el capitán grande (era vicario de Moysén) y Sebastián Duarte, y García Váez, éste con insignias de reconciliado, los otros de quemados, por negativos, ofreciose al ir el Duarte a la gradilla a oír sentencia, pasar por muy cerca del Manuel Bautista, con notable afecto se dieron el uno al otro, y el otro al otro, el osculum pacis judaico, sin que se pudiese estorbar, y se enternecieron como sectáricos de una ley e igualmente sentenciados, dándose el parabién de su firmeza con claras demostraciones. Pasado esto, fue necesario ir por el mismo paraje el otro cuñado García Váez, y el negativo Manuel Bautista, no solo no hizo con él las demostraciones de amistad que con el otro, pero lo miró con ojos tan sesgos y estudiadas acciones de desestima y menosprecio, que le leyeron los circunstantes en el rostro le decía: mal judiguelo, y algunos han afirmado lo dijo. Lo cierto es que lo desestimó, y no hizo caso dél, por parecerle había confesado la verdad».

     El segundo incidente consta de una declaración jurada hecha ante el inquisidor Castro y del Castillo por Juan Sánchez de León, regidor de la ciudad, siete días después de haber tenido lugar la ceremonia. «Y dijo: que por el descargo de su conciencia viene a decir y manifestar en este Santo Oficio, que el domingo veinte y tres de este presente mes, día en que se celebró el auto de la fe, cuando se llevaban al altar de los relajados al quemadero, fue este declarante entre otras muchas personas, y cuando pararon para apearlos, vio y oyó este declarante que el yerno del capitán Antonio Morón, que ha oído decir se llama Rodrigo Váez Pereira, decía a los religiosos que le iban ayudando para morir, uno de San Francisco y otro un clérigo, que si los ve los conocerá, que se quería convertir y confesarse, y diciéndoles este declarante a los que le ayudaban que le dijesen al dicho Rodrigo Váez Pereira que lo dijese aquello recio, que le oyesen todos, dijo el dicho Rodrigo Váez que lo diría, y lo decía, y lo fue diciendo en presencia de este declarante, y el miserere mei, y se fue dando golpes en los pechos, y luego como llegó el dicho Rodrigo Váez al palo donde le habían de dar garrote, y algo antes de apearse, dijo, en presencia de este declarante y de mucha gente que lo oyó, porque hablaba a gritos, «hasta aquí he estado rebelde y ya no es tiempo sino de ganarle y no perder tiempo, misericordia»; y volvió a decir el miserere dándose golpes en los pechos, y luego le apearon y pidió confisión, y llegó el padre Ludueña, de la Compañía de Jesús, y le confesó; y este declarante procuró hacer lugar para que llegara a confesarse, y después de confesado pidió que le llegasen el santo Cristo de la Caridad, y este declarante hizo que se le llegasen, y se abrazó con él y le besó los pies y el costado, y teniéndole abrazado le pidió a gritos misericordia, y este declarante se enterneció, y habiendo hecho muchos actos de contrición, le dieron garrote, y dijeron todos los que lo vieron y oyeron que había muerto muy bien, y esto es lo que viene a declarar y la verdad para el juramento que tiene fecho; encargósele el secreto y lo prometió».

     Otros testigos expresan que arrimado Váez al palo en que le habían de dar garrote, confesó haber sido hasta allí judío, «y exhortando a los demás que estaban para hacer justicia dellos, a voces dijo que pues lo habían hecho, lo confesasen y no perdiesen el alma, pidiendo perdón a Nuestro Señor Jesucristo». Luis de Lima, que estaba atado al palo más inmediato, a quien parece que Váez se dirigía especialmente, acaso por ser el que mejor podía oírle, «sin atender a nada, murió negativo».

 

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