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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XVII

Capítulo XVII

Desavenencias entre los Inquisidores. -Id. con el Virrey. -Llegada del nuevo inquisidor Juan de Mañozca. -Sus primeros informes al Consejo. -Nómbrase otro inquisidor. -Servicios prestados por Mañozca en la defensa del país. -Auto de fe de 21 de diciembre de 1625. -Causas despachadas fuera de auto. -Proceso de Luisa Melgarejo. -Edicto contra astrólogos, judiciarios y hechiceros. -Auto de 27 de febrero de 1631.


     Por el mes de octubre de 1623 partía de Lima a hacerse cargo del obispado de Guamanga el inquisidor Verdugo, dejando en el Tribunal a Gaitán, con quien en sus últimos tiempos se había hallado tan mal avenido que ni hacían juntos las audiencias, ni siquiera se hablaban; y lo que era peor para el decoro de la Inquisición, sin exhibirse jamás juntos en público, ni aún en las funciones de la iglesia.

     Gaitán, por su parte, no quedaba en mejores términos con el Virrey, pues desde que le quitara cierto repartimiento de indios que antes le tenía concedido, no le visitaba. Ni al Virrey, tampoco desde ese entonces se le había vuelto a ver entrar a las casas de la Inquisición y bien fuese por estos disgustos, o porque realmente creyese que era de su deber, tenía ordenado que ni al Inquisidor ni oficiales se les acudiese con sus sueldos, sin que primero jurasen que en las arcas del Tribunal no existían dineros, con que cubrirlos, diligencia que, como es de suponer, encontraba grandes resistencias de parte de los ministros.

     A fines de septiembre del mismo año en que se despedía Verdugo, salía de Cartagena, acompañado de su familia y de numeroso séquito, el inquisidor, licenciado Juan de Mañozca, que después de haber fundado la Inquisición en aquella ciudad, había sido comisionado por el Rey para practicar la visita de la Audiencia de Quito, y que sin ir derechamente a su destino, se encaminaba a Panamá para embarcarse ahí con rumbo a Lima.

     Tan pronto como Gaitán tuvo noticias de esta resolución, recibió no poco sentimiento, y desde entonces, sin duda, se propuso no recibir como hubiera sido de razón al nuevo inquisidor, que con pretexto, según afirmaba, de inferirle desagrados, se apartaba de su camino natural y tomaba la vuelta de la capital del virreinato.

     Experimentó Mañozca en su viaje malísimos tiempos, padeciendo, tanto él como su comitiva, sinsabores y enfermedades, hasta llegar al puerto de Paita, donde desembarcó, prometiéndose seguir por tierra el resto de su jornada, mientras su séquito lo hacía por mar hasta el Callao. Allí recibió carta de Gaitán en que ofrecía hospedarle en las casas del Tribunal, a que contestó que como llevaba tanta gente en su compañía necesitaba de habitación aparte, pero en verdad con el propósito de significarle de que deseaba estar allí solo, pues como a ministro más antiguo que era y según órdenes que traía, debía corresponderle la preferencia. Pero Gaitán que conoció los propósitos de su nuevo colega, se apresuró a ocupar el sitio que había dejado vacante Verdugo, y ordenó al mismo tiempo se buscase alojamiento para el visitador en casa de un amigo que éste tenía en la ciudad, despachándole propio para noticiarle del recibimiento que le había preparado. Y como si desease prevenir cualquier cargo, el día 12 de marzo en que entró Mañozca, sentado en la litera que le había servido para el viaje, salió a recibirle en forma de oficio, con todos sus dependientes, y con un grandísimo acompañamiento que le hizo la gente más principal.

     Pudo cerciorarse, sin embargo, el recién llegado que esta demostración de preferencia era puramente exterior, que había de trocarse pronto «en sequedad y corta correspondencia»; y como ambos eran «de natural ardiente y mal sufrido», el pueblo esperaba y aun deseaba, según se susurraba, que esto se tradujese en breve en abierto choque, que había de motivar, a no dudarlo, el asunto de la desocupación de la casa. Mañozca, que como hemos dicho, iba a Lima sólo de paso, se limitó, con todo, a dar lectura a una orden del Consejo para que se le diese preferencia en la habitación, y por lo demás, permaneció tranquilo, con gran disgusto de los que miraban mal a Gaitán y que esperaban verle humillado en aquel lance.

     Al mismo tiempo que daba cuenta de estos sucesos, escribía al Consejo que las cosas de la Inquisición no tenían asiento en nada, que todo estaba mal acondicionado, la casa cayéndose, los ministros pocos y descontentos; a no ser la justicia inquisitorial que se mantenía aún en su integridad y vigor, cuando la real tan de mala data se hallaba con ocasión de las funestas disensiones, homicidios y violencias que causaban los bandos en que por ese entonces se hallaba dividido el distrito de Potosí. «Yo harto he hecho en no llenar de escándalos el reino, que sin duda se llenara, si no entrara en todo perdiendo mi derecho, declaraba Mañozca...; y si Vuestra Alteza no da orden de deshacer la garulla que digo, esto no ha de ser Inquisición sino una junta de hombres que siguen por sus respectos la voluntad más dura y terrible que he conocido en hombre, con tan grandes desigualdades que por no nada que toque a su gusto, chocará con el Virrey, y por cuanto vale la Inquisición no se moverá por lo que a ella importa, resultando siempre el bien o el mal por su antojo e interés. No hay negocio en que no se entrometa, con tan grandes violencias que desagrada a los buenos; síguenle los de la cuadrilla por fuerza más que de grado. El fiscal es un cuitado, de tal manera que aun en su casa no le deben de conocer; es lástima darles salario, porque así como así, no se gastan, y desautorizan el oficio».

     Con ocasión de estas denuncias, el Consejo resolvió que con recato y secreto averiguase estos particulares Juan Gutiérrez Flores, inquisidor nombrado a firme para reemplazar a Verdugo, que había llegado a Lima casi un año justo después que Mañozca, (octubre de 1625) y sus informes no fueron más favorables para Gaitán. «Lo cierto de todo esto es, decía, que el Inquisidor pone particular atención en tener gratos a los oficiales y traerlos a su mano, como en efecto lo consigue... El secretario no aprueba ni contradice más de lo que quiere, y ordinariamente le acompaña y asiste fuera del Tribunal, sin comunicar a otras personas del pueblo más que a él y a sus amigos, porque de todo lo demás vive muy retirado, y el tratamiento de su persona y casa, mas es indecente que parco. Está acomodado de hacienda y desea mucho irse a España con cualquiera plaza de inquisidor, y a mí me ha pedido que lo suplique a Vuestra Señoría... Se hace dueño, concluye Gutiérrez, de los negocios del Tribunal, y está en él amparando todos los que a los oficiales les tocan, sin la igualdad conveniente en la administración de justicia, estando esto tan entendido en el pueblo, como lo demás».

     Mañozca mientras duró su permanencia en Lima tuvo todavía sus diferencias con Gaitán sobre si debía o no procesarse a algunos holandeses que habían caído prisioneros, sirviendo de ordinario de consejero al Virrey en cuanto a las medidas de defensa que se trataba de implantar, pues con ocasión de su residencia en la plaza marítima de Cartagena se daba por entendido en cosas de mar, no sin que Gaitán lo ridiculizase a veces. Al fin, por el mes de agosto salió por tierra con dirección a Quito, adonde llegó tres meses después y desde donde escribía a España ponderando el mal estado de las cosas de la fe en aquellos lugares por las muchas hechicerías que observaba y la decidida afición de los criollos a adoptar las costumbres y hasta el traje de los indios todavía no instruidos en los misterios de la religión.

     Una vez solo con Gaitán, Gutiérrez se empeñó en que se pusiese en buenos términos con el Virrey, logrando al fin que éste hiciese al Tribunal «demostraciones bastantes a suplir las del desabrimiento pasado», por lo cual llegando la ocasión, ambos fueron a darle las pascuas, visita que hacía tiempo no acostumbraban practicar los Inquisidores por las últimas desavenencias, mereciendo así que les diese algún socorro para el auto que se celebró el 21 de diciembre de 1625, a ejemplo de lo que ejecutaron el Cabildo y Consulado de los mercaderes, que contribuyeron cada uno con seiscientos pesos para el tablado.

     Tuvo lugar esta vez la ceremonia en la plaza mayor, en día domingo, como era de ordenanza, «con mucha autoridad, ostentación y grandeza y edificación del pueblo, sin pesadumbre ni disgusto alguno, que le hizo muy célebre».

     «Viernes catorce de noviembre, por la tarde, se envió un recaudo con el fiscal del Santo Oficio al señor Marqués de Guadalcazar, Virrey de estos reinos, haciéndole saber cómo el día siguiente sábado, se publicaba el auto de la fe que se había de celebrar a veinte y uno de diciembre, esperando de su Excelencia acudiría a todo lo conveniente para autoridad y aplauso dél, como príncipe tan celoso de la religión católica y culto divino. A que respondió con la gravedad de sus cortesías, palabras de toda estimación y ofrecimiento de todas las acciones convenientes. Por la mañana sábado se le dio aviso al señor Arzobispo de esta Metrópoli con el secretario Juan de Hizaguirre, a la Real Audiencia con el secretario Martín Díaz de Contreras; al Cabildo Eclesiástico con el receptor del Tribunal; y al Cabildo de la ciudad con Juan de Hizaguirre; a que respondieron con grandes ofrecimientos al servicio del Santo Oficio, y agradecimiento del aviso y prevención.

     «Sábado quince de noviembre se juntaron a las diez de la mañana, el alguacil mayor, don Juan Arévalo de Espinosa, caballero del hábito de Alcántara, los secretarios, familiares, Ministros y Oficiales en la Inquisición, de donde salieron a caballo, llevando trompetas, clarín, atabales y chirimías; y se dio el primer pregón en la esquina de la Inquisición, el segundo a la puerta de Palacio; en las cuatro calles el tercero; el cuarto en Nuestra Señora de la Merced; el quinto en la Iglesia Mayor; el sexto en la esquina de la Concepción, y de allí se volvieron a la Inquisición.

     Pregón. -«A honra y gloria de Dios Nuestro Señor y exaltación de su santa fe católica, el Santo Oficio de la Inquisición celebrará auto público de la Fe en la plaza mayor de esta ciudad de los Reyes el domingo que se contarán veinte y uno del mes de diciembre próximo venidero, que es la festividad del glorioso Apóstol Santo Tomás: Y se hace saber a todos los vecinos y moradores estantes y habitantes en esta ciudad y en las demás ciudades, villas y lugares de este distrito, para que se hallen presentes, y puedan ganar las indulgencias y perdones concedidas por la Santa Sede Apostólica a todos los que asisten a semejantes autos; y para que venga a noticia de todos, se manda pregonar públicamente.-

     »Fue general el contento de la República por el deseo con que estaba esperando las causas de las aturdidas y alumbradas, del clérigo Almeyda y del mercader Garciméndez de Dueñas, antiguos en este reino, y muy conocidos en esta ciudad; y por haber más de diez y siete años que no se había celebrado auto general de la Fe, si bien en el discurso de ellos, se han hecho particulares en la capilla, para castigo de singulares personas.

     »Dispúsose hacer el cadalso en la plaza mayor arrimado a las casas de Cabildo, sirviendo el sitio de los corredores para el asiento superior de su Excelencia, Inquisición y Audiencia. Tenía el tablado principal de largo cuarenta varas, y de ancho doce y media. Y el Tribunal en que se asentaron su Excelencia, señores inquisidores y Audiencia Real, tuvo veinte varas de largo, y en él cuatro gradas de la misma longitud: la primera para estar desocupada; la segunda tenía en medio otra gradilla de media vara de alto y dos de largo, para el Fiscal de la Inquisición, y para el Capitán de la Guardia de su Excelencia, don Francisco Zapata Maldonado, caballero del hábito de Santiago, y en esta segunda, para los Prelados Superiores de las Religiones y confesor de su Excelencia y para Priores, Guardianes, Comendador, Retores de la Compañía de Jesús y de San Agustín, Calificadores del Santo Oficio y criados de su Excelencia, y confesor del señor Visitador, y para el Licenciado don Juan Gaytán; la tercera grada para religiosos graves, ministros de Inquisición, Canónigos de otras Iglesias; y el licenciado don Antonio de Castro, comisario de Potosí, y oficiales de la visita, criados del señor doctor Juan Gutiérrez Flores. Al lado derecho del cadalso había otras cuatro gradas, unas de una vara, más bajas que las referidas, de nueve varas de largo, hasta llegar a las varadas del cadalso. Y en figura cuadrada corrían tres gradas hacia el tablado de los penitenciados, que remataban en las barandas intermedias del cadalso. Las primeras gradas, de las cuatro, para el Cabildo Eclesiástico, y las otras dos con las tres dichas, para la Real Universidad. Al lado izquierdo, otras cuatro gradas del altura de las del lado derecho, de ocho varas de largo, las dos de ellas, para el Cabildo Secular, y las otras para el Consulado. El pasadizo que pasaba del tablado para ir al de los penitenciados, tenía quince varas de largo y dos y cuarta de ancho, y en el cinco gradas, que la Inferior tenía treinta varas de largo, y las demás iban disminuyendo por iguales partes, con que vino a quedar la última grada de los relajados de nueve varas de largo.

     »Al principio de los corredores o pasadizo en el tablado principal, a la mano derecha, estaba el púlpito, y a la izquierda, frontero de él, un altar, y junto a él, asientos para el Colegio Real. En el tablado principal estaba una tribuna cercada y con cubierta de seda, y con celosía levantada, preeminente a todas, para mis señoras doña Mariana de Córdova y doña Brianda de Córdova, hijas de su Excelencia, su aya y sus criadas, y detrás, criadas de su Excelencia, y al otro lado estaba un tablado superior al Cabildo, y algo inferior al del Tribunal, para las señoras mujeres de los señores de la Audiencia. Por los lados correspondientes al pasadizo, y debajo de la tribuna había muchas personas calificadas, y de mujeres de Ministros de Inquisición, y debajo de los tablados principales hasta llegar al suelo, que cuajaban escaños y bancos, hubo diversidad de tablados en tres órdenes, con modo de ventanajes. Fue la proporción y majestad del cadalso, tan señoril, majestuosa y preeminente, que ocasionaba a justo respeto y alabanza. Fue la disposición dél ordenada por su Excelencia y por los dos señores inquisidores, que así en esto, como en todas las cosas que hicieron lustroso el auto y concernencias dél, mostraron realeza de ánimo y majestuosa disposición. Ejecutó lo tocante a carpintería Bartolomé Calderón, maestro de este arte.

     »Sábado veinte de diciembre se juntaron en la Inquisición las Religiones, cada una con toda su comunidad, en número de seiscientos religiosos, y los Ministros y Oficiales del Santo Oficio, a las cuatro de la tarde, llevando los familiares varas negras aderezadas de joyas, cadenas y cabrestillas. Salieron de la capilla en procesión por su orden, llevando delante el estandarte de San Pedro, mártir, el alguacil mayor don Juan de Espinosa, a quien acompañaron los caballeros de la ciudad. Tenía el estandarte blanco de tela de oro realzado las armas y cruz de Santo Domingo, y por la otra parte la imagen de San Pedro, mártir, con cruz verde en la mano. Detrás iban las Religiones en dos coros, y después de ellas, los familiares y comisarios, a quien antecedían los calificadores, y veinte y cuatro religiosos de Santo Domingo con cirios encendidos, y remataban la procesión los dos Secretarios del Secreto, llevando en medio al maestro fray Miguel de León, calificador del Santo Oficio y vicario general de Santo Domingo, que llevaba la cruz verde de más de dos varas de alto, puesta sobre los hombros, y asido al pie de la cruz, un tafetán carmesí. Acompañaron los señores inquisidores la cruz hasta salir fuera de la capilla de la Inquisición; salió cantando el himno de Vexilla Reges prodeunt, en canto de órgano la capilla y coro de la Iglesia mayor, y acabado este himno, comenzaban el salmo ciento ocho 'Deus laudem mecum ne tacueris'. El himno correspondía a la cruz y al salmo al castigo y destrucción de los enemigos de la Fe. La gravedad de este acto, causaba respeto en todos, y la música dulce y triste obligaba a tierna devoción. De esta suerte fueron hasta el cadalso por la calle del Alguacil Mayor, sin que la multitud de la gente hiciese confusión ni ruido por el silencio común, ni estorbo a la procesión, porque el día antes mandó el Tribunal que ninguna persona anduviera a caballo, ni en coche por donde pasase la procesión, pena de perdido todo. Llegaron al cadalso, donde se colocó la cruz verde en el altar, que con adorno rico estaba adornado, y allí la dejaron con blandones y hachas encendidas, quedando veinte religiosos dominicos, velándola aquella noche con cuatro familiares.

     »Nombraron los señores inquisidores para autorizar la acción y asegurar el respeto de la multitud, cuatro gobernadores para la guarda del cadalso, con bastones negros, que ejecutaban las órdenes de los señores inquisidores, dando los lugares, como les fue ordenado, remitiendo estos cuatro a los familiares que habían de ejecutar. Fueron don José de Castilla Altamirano, don Pedro de Vedoya, don Francisco Cigoney y Luján, y don Álvaro de Mendoza, que acudieron a esto con lustre, gravedad y cortesía. Aquella noche llamó el Tribunal a algunos prelados doctos para que aconsejasen y redujesen a los que renegaban de los relajados, o la verdad, o la Fe, dando comisión de que los pudiesen absolver sacramentalmente, reduciéndose a verdadera confesión, prevención digna de este Tribunal, tan copioso de misericordia, y antes honraron a los prelados los señores inquisidores, haciendo colación todos, y el Fiscal, Alguacil mayor y Secretarios. Los prelados estuvieron hasta medianoche en los calabozos secretos, cada dos con el impenitente, que los entregaron, y desde esta hora hasta las cinco de la mañana, otros religiosos graves y doctos ocupados en la mesma acción.

     »El Virrey, que tan prevenido y cabal es en todas las obstentaciones del servicio de Dios y del Rey, dio orden al Sargento mayor de este reino Francisco Gil Negrete, y al Comisario de la caballería don Diego de Ayala, que a las cinco de la mañana fuese a la Inquisición la compañía del barrio de San Lázaro, juntamente con la que tiene el capitán Francisco de la Carrera, y hecha un cuerpo, dejando la bandera en el Escuadrón, viniese con los penitenciados puestos en dos hileras, y el Escuadrón contenía las compañías de los capitanes don Andrés de los Infantes y Méndez, caballero del hábito de Santiago, y don Luis Fernández de Córdova, don Diego de Aguero, y don Antonio Guerra de la Daga y don Antonio de Coca, guarneciéndole las compañías de a caballo de lanzas jinetas capitán Hernando de Santa Cruz y Padilla, y otra de arcabuceros de a caballo, su capitán Pedro Fernández de Córdova, escuadrón lucido, ordenado y vistoso.

     »Domingo veinte y uno, desde el amanecer hasta las siete de la mañana, se dijeron misas en el altar del cadalso, donde estaba la cruz verde, y en otro curioso y rico, un Cristo de acabada hechura, obrado con propiedad en su notomía; fue el decir las misas, bendición de aquel lugar, y siendo motivo de devoción, oyeron misa los que por asegurar asiento se quedaron sin oírla.

     »Entre ocho y nueve, salieron veinte y un penitenciados, un hombre y tres mujeres con corozas, diez reconciliados con sambenitos, dos relajados vivos, y dos estatuas, y con ellas dos ataúdes de a tres cuartas, donde se llevaban sus huesos, pintadas llamas por las cubiertas: iba cada penitente acompañado de dos familiares, y la cruz de la parroquia, que era la de la Iglesia mayor, cubierta de un velo negro, significando el ir entre excomulgados. Llevábanla cuatro curas y clerecía, que delante iban cantando el salmo 'Miserere mei Deus' en tono triste, acción de terror; seguíanse los penitentes con sus acompañados, con la compañía en hileras, haciendo escolta y delante el capitán Francisco de la Carrera, a quien seguía el alcaide de las cárceles secretas Bartolomé de Pradeda, con bastón de ébano en la mano, que llevaba los cofres de plata, donde iban las sentencias. Remataba la procesión don Juan de Espinosa, alguacil mayor, y los dos secretarios del secreto, y copia de familiares a pie y con varas altas, rigiendo la procesión. Con este orden salieron por la puerta principal de la Inquisición y encaminándose por la esquina de la Concepción, bajaron a la plaza mayor, y subiendo al cadalso, por escalera particular, se sentaron en las gradas por el orden que llevaba el alcaide de las cárceles, y en la grada más alta pusieron las dos estatuas, y junto a cada cual sus huesos, y los dos relajados a quien acompañaban también religiosos, que intentaban su conversión. Quedose la compañía de infantería, incorporándose en el escuadrón, en conformidad del orden de su Excelencia.

     »Sentados los delincuentes entre familiares, salió su Excelencia de Palacio, y llevando delante en la vanguardia, la compañía de los gentiles -hombres arcabuces, su capitán don Lorenzo de Zárate, caballero del hábito de Alcántara, y delante el clarín de su Excelencia; seguían a esta compañía los ciudadanos y caballeros en mucho número, grave y costosamente aderezados, a quien sucedió el Consulado en forma de tribunal, y tras él la real Universidad, llevando delante y encorporados al colegio real de San Marcos, y el colegio de San Martín. Los dos bedeles a caballo y con las mazas atravesadas sobre el brazo, y ministros de la Universidad, siguiéndose los dotores y maestros con sus borlas y capirotes, según el grado de su facultad, y atrás el rector, dotor don Diego Megía de Zúñiga, catedrático de Vísperas en la Universidad. Antecedían a estos los cabildos eclesiástico y secular, que llevaban las mazas echadas sobre el brazo, debida sumisión a la presencia del Virrey. Y entre los dos maceros iba el pertiguero con ropa negra y pértigo. Luego los dos secretarios eclesiásticos, y de dos en dos los prebendados y capitulares, llevando la mano derecha el Cabildo eclesiástico; tras de los Cabildos los dos Reyes de armas, y tras estos el capitán de la guarda de su Excelencia don Francisco Zapata Maldonado, y el alguacil mayor de corte don Agustín de Córdova, a la mano izquierda, y a los lados, la guardia de a pie ordinaria del Virrey; seguíanse los señores fiscales de civil y criminal, y cuatro señores alcaldes de corte, y de dos en dos, los señores oidores y un jubilado; y al lado izquierdo de su Excelencia el señor oidor dotor Juan Jiménez de Montalvo, como el más antiguo de las salas. Tras de su Excelencia el General de la caballería don Enrique de Castrillo y Fajardo, capitán de los gentiles hombres, lanzas de la guarda de reino, y con el Pedro de Zúñiga Zubaco, caballerizo mayor de su Excelencia, a quien seguían todos sus criados y gentiles hombres; tras ellos la compañía dicha de las lanzas. Autorizado y lucido acompañamiento, copioso de noblezas, letras, armas y adornos.

     »Con este orden entraron en la Inquisición, adonde habiéndose quedado a la puerta las comunidades, cabildos, compañías, y Universidad; la Real Audiencia entró en el primer patio, y su Excelencia hasta el segundo, donde halló a los señores inquisidores, puestos sombreros sobre los bonetes, que llaman de auto, insignia de delegados de su Santidad y defensores de nuestra Santa Fe; y el fiscal estaba a caballo con el estandarte; y habiendo hecho su Excelencia y los señores inquisidores sus cortesías, en que estuvieron presentes y cabales, recibieron en medio al Virrey, y diciendo el señor inquisidor más antiguo 'anden vuesas mercedes' volvieron a salir como habían venido, añadiéndose solo que al fiscal y estandarte de la Fe, llevaron en medio el señor dotor Galdós de Valencia, oidor menos antiguo, y el señor dotor Celda, más antiguo alcalde de corte. Así llegaron a la plaza mayor, donde estaba el escuadrón dicho, que en viendo entrar por la plaza el estandarte de la Fe y a su Excelencia, abatieron las banderas en señal de reconocimiento, con salva y cortesía militar.

     »Llegado al cadalso, se quedaron las compañías de los gentileshombres, lanzas y arcabuces a los lados del tablado, la de los lanzas a la mano derecha, y a la izquierda la de los arcabuces, remudándose por tropas, estando de guarda, sin que faltase de los pueblos la mitad de cada una. El escuadrón de la infantería estuvo formado hasta medio día, y después cada compañía en cada esquina de la plaza; de suerte que estando con comodidad, la tuvieron guarnecida; y a las cuatro de la tarde se volvió a formar el escuadrón, como queda dicho.

     »Subió su Excelencia por las casas de Cabildo con el demás acompañamiento al cadalso, donde se sentaron por el orden arriba referido, y solo su Excelencia tuvo cojín a los pies, de tela amarilla, y a los extremos del las mazas de los Reyes de Armas, sin diferencia en los asientos de los señores inquisidores. En el plano del cadalso y tablado principal se sentaron las religiones y caballeros, divididos con un pequeño pasadizo en que estaban solo los cuatro gobernadores arriba referidos, y en el pasadizo grande que corría del tablado principal hasta el de los penitenciados, por el orden que llevaban de los señores inquisidores familiares, que para esto estaban parados junto al púlpito. Y apartado dos varas del al principio del pasadizo, estaba una peaña con dos gradas, en que subían al delincuente, mientras se leía su causa y oía su sentencia, teniendo a sus lados los que antes le traían; llenaban ciudadanos el plano del tablado, y fue tan numerosa la multitud que en el cadalso asistió y tan lucida su variedad, que ni ha tenido otro ejemplar en este reino, ni se puede extender a más la curiosidad.

     »Subiose al púlpito a comenzar el auto el secretario Martín Díez de Contreras, y llevando un cura una cruz y un misal a su Excelencia, poniendo la mano sobre él, y la Audiencia Real y Cabildos, a quien llevaron los otros curas misales y cruces, las besaron de rodillas, y jurado por los santos cuatro Evangelios del misal, prometieron hacer lo que el secretario en voz alta iba refiriendo, que contenía defender la fe, obedecer, ejecutar y hacer cumplir los mandatos del Santo Oficio, y defender sus Ministros; ordenando esta protestación con palabras de todo respeto debidas a su Excelencia y a la Audiencia Real. Y hecha esta cristiana y ejemplar ceremonia, que tanto amplificó el respeto al Tribunal de la Inquisición, y tan debida es a nuestra sacra santa fe, se volvió el secretario al pueblo, y avisando levantasen todos, eclesiásticos y seculares, las manos hecha la cruz, juraron lo mismo con palabras que contenían obediencia, promesa y sujeción a la fe y al Santo Oficio, con palabras de menos autoridad y de más sumisión. Acabose el juramento con decir, que si así lo hiciesen, Dios los ayudase, y sino se lo demandase, y que respondiesen Amén. El cual se dijo con innumerables voces que mostraron el afeto y religión interior.

     »Comenzose el sermón, que predicó el maestro fray Luis de Vilbao, calificador del Santo Oficio y catedrático de prima de teología en propiedad de la Universidad, sermón tan a propósito como docto, y tan espiritual como alabado, siendo el tema las palabras que dijo el apóstol Santo Tomás (cuyo día fue), cuando abjuró su incredulidad y confesó nuestra fe: Dominus meus, et Deus meus.

     »Estaban nombrados para relatar las causas los dos secretarios del secreto, y el notario de secretos Antonio Domínguez de Balcazar; el doctor Tomás de Avendaño, catedrático de código en la Universidad, García de Tamayo, escribano de registros, y el licenciado Chaves, y el licenciado Salazar, relatores de la Audiencia Diego de Velasco y Francisco Flores, secretario de la Audiencia Real, y Rafael de Cuéllar de San Pedro, escribano de juzgado mayor de difuntos, que en alta voz inteligible a todos, relatasen las causas, que sacaban de los cofres de plata, que estaban puestos sobre bufetes, cubiertos de terciopelo, junto al púlpito, donde las causas se leyeron por el orden siguiente:

     »Comenzó a relatar la primera causa el secretario Martín Díez de Contreras.

     »Francisco de la Peña, que su propio nombre es Francisco de Victoria Barahona, natural del pueblo de Pazos, en el valle de Burón, obispado de Lugo, en Galicia, mercader, descendiente de cristianos nuevos, casado en Francia con las ceremonias judaicas, y en la Puebla de los Ángeles segunda vez con otra mujer, como lo manda la Santa Madre Iglesia Católica Romana, por observante de la ley de Moisés, judaizante y encubridor de herejes, y que cursó las juderías y sinagogas de Francia, y en ellas defendía, y continuaba así su apostasía como sus errores.

     »Domingo Pérez, portugués, natural de la ciudad de Angra, cabeza de la Isla Tercera, de oficio zapatero, casado en la villa de Guancavélica, por sospechas de judío, y que como tal nunca había tomado bula de la Santa Cruzada, haciendo menosprecio de ella, rompiéndola a su mujer, a quien no consentía oír misa, ni a su familia, ni él la oía, quebrando rosarios y pisando bolsas de reliquias, diciendo que no tenía necesidad de confesarse, porque no tenía pecados, ni ayunaba, haciendo menosprecio del ayuno, mostrando en esto ser observante de la secta de Lutero; diciendo que lo que él hacía no lo había de pagar su vientre; menospreciaba las penitencias y actos meritorios, error de calvinista. Confesó sus delitos y mostró arrepentimiento.

     »Diego Morán de Cáceres, natural de Sevilla en España, menor, por casado dos veces; la primera con una mestiza en el pueblo de Chacayan, corregimiento de Tarama; y la segunda en Chuquisaca, ambas vivas.

     »María de Santo Domingo, beata de su Orden, natural de la ciudad de Trugillo, en estos reinos, de edad de veinte años, a quien comúnmente llaman la de los dedos pegados; porque fingió habérselos pegado Cristo Nuestro Señor y su bendita Madre, durmiendo cuidadosamente, porque no le conociesen su embuste. Y publicando haber sudado un niño Jesús, a quien ella misma había echado el agua; afirmaba que era castigadora de demonios, a quien ataba, poniendo en prisiones, y mostrando dominio sobre ellos, fingiendo misterios en pasteles y comidas, a que se inclinaba, y muchas revelaciones, arrobos, éxtasis y visitas de Nuestro Señor y de la Virgen su Madre, y que bajaba al purgatorio a sacar tales y tales almas, y que comunicaba con Santo Domingo y otros santos. Confesó muchas mentiras que había introducido y revelaciones que había compuesto, y que siendo embuste lo aseguraba por verdad, porque la tuviesen por santa, y ganar el aplauso popular y de comer, y llevándola en una carroza ciertas personas al anochecer, llegó al estribo un hombre arrebujado, que pasando se reparó, por descortés curiosidad, dijo ella a las demás de la carroza '¿no ven?' '¿no vieron al Ángel Santo que llegó aquí en mi busca? a que le dijeron, no era sino un necio arrebujado que llegó pasando. De todo mostró arrepentimiento y confesó su liviandad.

     »Garci Méndez de Dueñas, natural de la villa de Olivenza en Portugal, de edad de cincuenta y ocho años, casado en San Lúcar de Barrameda, y tenía su mujer e hijos en Francia, que se fueron huyendo de la Inquisición; judaizó treinta y cinco años, y los más en esta ciudad de los Reyes, donde era mercader, hereje apóstata, encubridor de herejes y judaizantes; protervo y observante de la ley de Moisés y de sus ceremonias. Confesó sus delitos, y arrepentido de haberlos confesado, irritándose de cudicia y vanidad, desesperó, echándose un lazo en su cárcel, como judío impenitente y contumaz, y murió como blasfemo desdichado; fue quemada su estatua y sus huesos.

     »Doña Inés de Velasco, natural de la ciudad de Sevilla, de treinta y cinco años, casada con Hernando Cuadrado, ropero, residente en Lima, a quien comúnmente llamaban la voladora; por haber tenido, creído y escrito muchas revelaciones, éxtasis, raptos, coloquios con Cristo nuestro Señor, y con la Virgen Santísima, con los ángeles y santos del cielo, teniendo estas cosas por verdaderas, siendo falsas ilusiones del demonio; y en sus escritos haberse hallado que le había dicho Jesucristo, que todas las veces que bajaba al sacramento, se vendría a estar depositado en ella; y que de tanto provecho eran sus lágrimas como la sangre de Cristo; y que recibía tanto gusto de tener su rostro pegado al suyo, como si estuviera gozando de la gloria de su eterno padre. Y que con un jubileo que ganó, sacó cinco mil almas de purgatorio; y un día de todos Santos, había ido con nuestra Señora, y habían sacado todas las almas, excepto tres, y que el día siguiente volvió a sacarlas. Halláronse en sus escritos y confesión setenta y ocho proposiciones heréticas, falsas, erróneas, temerarias y sospechosas. Quemáronse sus escritos en presencia de todos, leída su sentencia, en un bracero de plata. Salió vestida de negro con atavío honesto, porque confesó su engaño con humildad y arrepentimiento.

     »Juan Ortega, natural de la ciudad de Burdeos en Francia, de veinte y dos años de edad, hijo de padres portugueses, de casta y generación de judíos, por judaizante, quitósele el sambenito en el cadalso por buen confitente.

     »Diego Gómez de Salazar, que también se ha llamado Diego de la Oliva, natural de la ciudad de Sevilla, de veinte y cinco años, mercader, [29] de padres portugueses, cristianos nuevos, por observante de la ley de Moysés.

     »Bernardo López Serrano, de edad de treinta y ocho años, mercader, natural de Villaflor, reino de Portugal, casado en Burdeos de Francia, de casta de cristianos nuevos, por observante en la ley de Moisés y judaizante.

     »Antonio de Salazar, que su propio nombre es Duarte Gómez, de treinta años, escribiente, natural de Lisboa, de padres cristianos nuevos, por judaizante y observante en la ley de Moisés.

     »Antonio de la Palma, que su propio nombre es Antonio Fernández, y en Méjico se llamó Antonio de Victoria, y aquí se llamó Antonio Sánchez, y con este nombre subió al Cuzco, natural de Valladolid, de oficio mercader, de padres portugueses, cristianos nuevos, por observante de la ley de Moysés, fue buen confitente, y quitósele en el tablado el sambenito.

     »Juan de Trillo, natural de Priego en la Andalucía, hijo de padres portugueses, cristianos nuevos, de edad de veinte y cuatro años tratante en la Nueva España, por observante de la ley de Moysés y mal confitente, reconciliado con sambenito perpetuo.

     »Manuel Álvarez de Espinosa, portugués, natural de Valladolid, mercader, por judaizante y mal confitente, reconciliado con sambenito perpetuo.

     »Álvaro Cordero de Silva, que este nombre tomó para pasar a las Indias, que su propio nombre es Estevan Cardoso, natural de Quintena, tierra de Vergaza en Portugal, alguacil que fue en Potosí, de cincuenta años de casta y generación de judíos, apóstata de nuestra santa fe y observante de la ley de Moisés, judaizante, mal confitente, reconciliado con sambenito perpetuo.

     »Leonor Verdugo, mestiza, natural de la ciudad de la Plata, viuda, por embustera, y que fingía hechizos de calaveras y yerbas para ser queridos unas de otros, y para que ganasen al juego, haciendo ceremonias y diciendo oraciones, siendo el dicho y el hecho mentira, sin que nada hubiese tenido efecto, reconciliado con sambenito perpetuo.

     »Adrián Rodríguez, carpintero de rivera, natural de la ciudad de Layden en las islas de Olanda, apóstata observante de la secta de Lutero, antes negativo contumaz y después confitente, a quien por espía antes le habían dado tormentos, por declaración de los que echó al puerto del Callao el enemigo holandés, y por indicios conoció de esta causa el señor dotor don Francisco de Alfaro, auditor general de Su Excelencia, reconciliado con sambenito perpetuo.

     »Doña Luisa de Lizárraga del Castillo, natural de la ciudad de Trujillo en estos reinos, que había sido antes castigada por casada dos veces, y agora por hechicera y embustera, asegurando voluntades agallas y cosas por venir, y que unas sombras le decían lo que quería saber; dijo no haber tenido pacto con el demonio, y confesó haber hecho sus embustes por ganar plata y aplausos.

     »Isabel de Ormaza o Isabel de Jesús, que trae hábito de santa Gertrudis, natural de Lima, casada en ella, cuarterona de india, que fingió milagros, y que sanaba enfermos de varias enfermedades, y veía a nuestro Señor por sus mismos ojos, y que una rosa iba siempre delante de ella por las calles, y que padeció las penas y dolores que nuestro Señor había padecido en su pasión. Estos y otros embustes confiesa haberlos hecho porque la tuviesen por santa y que para introducirse en eso había dicho que la incensaban los ángeles, y la daban música los serafines, y la Virgen nuestra Señora la decía que comiese chochos. Confesó con humildad sus mentiras y liviandades, pidiendo misericordia.

     »Don Diego de Cabrera, clérigo de evangelio, natural de la Concepción en Chile, porque se hizo ministro de la Inquisición, no siéndolo; y por haber confesado y absuelto sacramentalmente a algunas personas en esta ciudad, sin ser sacerdote, recibiendo limosnas de misas.

     »Manuel Núñez Magro de Almeyda, presbítero, natural de Condeja, junto a Coimbra en el Reino de Portugal, de casta y generación de judíos, apóstata, hereje, almorzaba antes de decir misa, e hizo y dijo cosas indignas de escribir, y por judaizante, impenitente, contumaz, que desesperado se mató en la cárcel, sin que amonestaciones de confesores le pudiesen hacer decir Jesús, matose de hambre y antes de morir entró un espantoso torbellino por la ventana de la cárcel que a él y a quien le estaba aconsejando los admiró el furioso terror, y con esto expiró; quemose su estatua y huesos.

     »Ana María Pérez, cuarterona, mulata, natural de la ciudad de Cuenca en este reino, llamada la platera, por haberse fingido profetisa, y que era santa desde el vientre de su madre, y que un hijo suyo era santo profeta, haciendo embustes de que veía ordinarias visiones, ya del cielo, ya del purgatorio, ya del infierno, introducía casamientos espirituales, fingiendo revelaciones, raptos y éxtasis; confesó ser todo embuste y mentira.

     »Juan Acuña de Noroña, portugués, natural de Lamego en Portugal, vecino de Santiago del Estero en Tucumán, de cincuenta y cinco años, mercader, descendiente de judíos, por apóstata judaizante, negativo, impenitente, hereje, que negaba la inmortalidad del alma; fue quemado.

     »Diego de Andrada, que su propio nombre es Manuel de Fonseca y Andrada, que también se ha llamado Diego de Guzmán, con cuyo nombre pasó a estas partes, y antes en Méjico se había llamado Manuel de Tabares, donde fue reconciliado por la ley de Moysés el año de mil seiscientos uno, natural de Cavillana en Portugal, de casta y generación de judíos, por judaizante, impenitente, contumaz, negativo y relapso, negaba ser bautizado y decía que su nombre propio era David Ruth, y el de su padre Abraham; convirtiose después y confesó ser verdad, y que por ver si se podía librar del castigo negaba el bautismo, murió con demostraciones de convertido y fue quemado.

     »Las dos estatuas y estos dos últimos judaizantes fueron entregados al brazo secular y sentenciáronlos a quemar los alcaldes ordinarios, don Antonio de Contreras y Ulloa, don Francisco Gutiérrez de Flores. Llevolos a ejecutar la sentencia don Álvaro de Torres, alguacil mayor de la ciudad, haciendo escolta el capitán don Antonio Guerra de la Daga con su compañía.

     »Llevados estos, el señor inquisidor más antiguo dotor Juan Gutiérrez Flores tomó sobrepelliz y estola, teniendo a sus pies, hincados de rodillas los diez reconciliados, hizo sus ceremonias, como tiene de uso el Santo Tribunal, ayudando la música de la capilla catedral, y dando los curas con varas a los reconciliados habiendo abjurado de vehementi, los absolvió, y allí quitaron los hábitos a Juan de Ortega y Antonio de Palma, y a todos los penitenciados los volvieron, trayendo la cruz de la parroquia descubierta en señal y muestra que venían absueltos y reconciliados con la Iglesia y su gremio. Su Excelencia y los señores inquisidores, demás acompañamiento volvieron por el orden primero; su Excelencia volvió hasta el segundo patio, donde se quedaron los señores inquisidores, y su Excelencia se vino con su acompañamiento a Palacio a las siete de la noche.

     »El día siguiente abjuraron de levi los que no habían abjurado de vehementi, y sacaron a azotar a las dos hechiceras, dando a cada una cien azotes, y otros tantos a Álvaro Cardoso, alguacil, y doscientos a la Platera; y llevaron a las galeras al casado dos veces, al clérigo y Álvaro Cardoso por seis años, al remo y sin sueldo; y por ocho años a Adrián Rodríguez, holandés.

     »Y de todo el hecho, prevenciones, obstentación, castigos, y misericordias (que por tan desiguales delitos y despeñadas ofensas cometidas contra Cristo nuestro Señor y su santa fe católica) se usaron con unos y se ejecutaron con otros, fue el gozo común por ser el bien público, fue la alabanza general por la majestuosa gravedad con que todo se dispuso, y las gracias de esto a su Excelencia y a los señores inquisidores que lo ordenaron con toda conformidad y paz; y de todo junto se den a nuestro Señor que nos tenga de su mano y nos dé su gracia. Amen.

     »Por mandado de su Excelencia, y de los señores inquisidores dispuso esta relación un religioso del Orden de San Agustín. Y lo imprimió Gerónimo de Contreras, año de mil seiscientos veinte y cinco».

     Fuera de auto se despacharon además las siguientes causas:

     Pedro de Campos, mercachifle, francés, que se denunció de algunas herejías, pidiendo ser recibido al gremio de la Iglesia, fue admitido a reconciliación.

     Andrés Cornelio, flamenco, soldado del Callao, que se acusó de que estando preso a bordo de un buque pirata, rezaba tarde y mañana las oraciones que decían sus amos, obtuvo que se suspendiese su causa, merced a las satisfacciones que dio.

     Manuel de Araujo, portugués, denunciado de judío, fue reconciliado.

     Martín López de Taide, natural de Tarija, que en una pendencia que tuvo prorrumpió en palabras escandalosas, fue enviado a galeras.

     Gaspar de la Fuente y Cárdenas, natural de Mondéjar, por casarse dos veces.

     Pedro Joanes, oriundo de Delph, que estando en Quito preso y condenado a muerte por pichilingue (pirata hereje), fue catequizado, y después de comulgar escupió las formas; y constando de sus confesiones que no quería tornarse católico, fue enviado a galeras, siendo después mandado poner en libertad en virtud de real cédula, en que se le consideraba como prisionero de guerra.

     Sebastián Bogado, de veinticinco años, cuarterón, mayordomo de una chacra, porque quitó ciertas cruces que había en el barrio del Malambo, «tañendo con piedras y cantando jacarandinas».

     Francisco González, fraile profeso de San Francisco, por haberse casado, y Juan Rodríguez Calvo, escultor y pintor, natural de Córdova, porque hizo eso mismo dos veces.

     Catalina de Baena, natural de Jerez de la Frontera, residente en Potosí, acusada de practicar ciertos hechizos.

     Beatriz de Trejo, natural de Potosí, fue testificada de haber dado por escrito a otra mujer un conjuro de palabras muy graves, en que se nombraba a la Santísima Trinidad y a San Pedro y a San Pablo y al portal de Belén y a los diablos, «y otras cosas que hacían estremecer las carnes, y que decía la reo que el dicho conjuro tenía mucha fuerza para atraer a los hombres a querer a las mujeres y para que nunca las olvidasen, y que había oído decir la testigo que era tan fuerte el conjuro, que si fuera posible, levantara no sólo las personas, sino a los muertos de las sepulturas».

     Pero de todos los penitenciados en este tiempo, inclusos los que fueron quemados en el auto que acabamos de dar cuenta, los que a juicio del Tribunal merecían nota especial, eran las hechiceras y alumbradas. «Tenemos por cierto, expresaban, en efecto, los jueces con ocasión de aquella fiesta, que se ha hecho un gran servicio a Dios nuestro Señor, y bien a este reino, atajando el daño que iba creciendo con la fingida santidad de estas mujercillas, que casi pudiéramos decir alumbradas».

     Entre las procesadas por entonces había, con todo, una que merecía a los Inquisidores especial mención.

     «Más ha de doce años, referían, que ha corrido voz pública en esta ciudad que doña Luisa Melgarejo, mujer del doctor Juan de Soto, tenía relaciones, visiones y favores del cielo, que era mujer santa, y que decía que sabía cuando las ánimas de los difuntos salían del purgatorio, e iban carrera de salvación, en que han corrido diferentes opiniones, diciendo unos que era gran sierva de Dios y teniéndola por santa, consultándola casamientos, empleos y viajes, teniendo por cierta su respuesta y que la daba con espíritu superior, otros y los más cuerdos, que era embustera, y que no era posible que habiendo tenido poco antes largo amancebamiento con su marido, casándose con ella compelido por la justicia, y otros descuidos en esta razón, que la veían bien comida y bien bebida, el rostro hermoso y lleno, que no denotaba penitencia, y que los arrobos públicos que hacía eran fingidos, enderezados al interés e granjerías que recibía en su casa de las mujeres livianas que acudían a pedirle escomendase a Dios sus cosas, y se decía público, que doña Luisa era la imagen, y el doctor Soto la bacinica, donaire dicho de don Blas Altamirano, y tan celebrado de todos comúnmente, y de los de más de buen sentir tenido por verdadero; y aunque muchos hombres doctos lo murmuraban, no la testificaron en esta Inquisición hasta el mes de julio de mil seiscientos veinte y dos, como parecerá por la copia del proceso causado contra la susodicha que remitimos a Vuestra Señoría con ésta.

     »Y visto en consulta, en catorce días del mes de noviembre de mil seiscientos veinte y tres, se acordó se recogiesen los cuadernos y papeles que había escrito la dicha doña Luisa, de sus arrobos, éxtasis, suspensiones y revelaciones.

     »Recogiéronse cincuenta y nueve cuadernos, luego que los recibimos vimos que unos traían letra nueva en todo, otros en partes, algunas adiciones, también de letra nueva y diferente, algunas partes borradas y enmendadas otras, y hojas cortadas, y por haberse hallado todos los dichos cuadernos o casi todos, en poder de los padres Contreras, y Torres de la Compañía, pareció examinarlos y pareció y se hizo, y van al fin del dicho proceso de la dicha doña Luisa sus declaraciones, para que vistas por Vuestra Señoría, mande lo que fuere servido y convenga, porque resultan culpados.

     »Hanos parecido caso terrible que tratándose y comunicándose al servicio de Dios y bien de la religión cristiana, saber y entender si el espíritu de la dicha doña Luisa, sus éxtasis y arrobos son de ángel de luz o tinieblas, y habiéndose de conocer esto mejor por sus escritos, los padres de la Compañía, sin que les pertenezca este juicio, hayan quitado, y añadido y borrado, y las palabras que tienen calidad rigurosa y algunas manifiesta herejía, con sus enmiendas, y adiciones la hagan dotrina católica, o menos calidad, sin considerar que enmendando, quitando o añadiendo en parte sustancial, ya no será revelación de doña Luisa sino curiosidad de Torres o Contreras, por no decir falsedad de todos...» .

     Para poner atajo a esta plaga de mujeres, entre los edictos impresa que por la cuaresma del año de 1629 se leyeron y fijaron en las puertas de las iglesias acostumbradas, referentes a judaizantes, herejes, solicitantes en confesión, incluyeron también los jueces uno contra hechiceros, astrólogos judiciarios y quirománticos, que como muestra de esta especie de documentos y por los resultados que produjo, creemos oportuno insertar aquí completo, el cual dice así:

     «Nos los Inquisidores, contra la herética pravedad y apostasía en la ciudad y arzobispado de la provincia de los Charcas y los obispados de Quito, el Cuzco, Río de la Plata, Tucumán, Santiago de Chile, La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Guamanga, Arequipa y Tirulillo, y en todos los reinos, estados y señoríos de la provincia del Perú, y su virreinado, gobernación y distrito de las Audiencias reales que en las dichas ciudades, reinos, provincias y estados residen, por autoridad apostólica, etc. A todos los vecinos y moradores estantes y residentes en todas las ciudades, villas y lugares deste nuestro distrito de cualquier estado, condición, preeminencia o dignidad que sean, exentos o no exentos, y cada uno y cualquiera de vos, a cuya noticia viniere lo contenido en esta nuestra carta en cualquier manera, salud en nuestro Señor Jesucristo, que es verdadera salud, y a los nuestros mandamientos que más verdaderamente son dichos apostólicos, firmemente obedecer, guardar y cumplir. Hacemos saber, que ante Nos pareció el promotor fiscal deste Santo Oficio, y nos hizo relación diciendo, que a su noticia había venido que muchas y diversas personas deste nuestro distrito, con poco temor de Dios y en gran daño de sus almas y conciencias, y escándalo del pueblo cristiano, y contraviniendo a los preceptos de la Santa Madre Iglesia, y a lo que por Nos y por los editos generales de la Fe, que cada año mandamos publicar, está proveído y mandado, se dan al estudio de la astrología judiciaria, y la ejercitan con mezcla de muchas supersticiones, haciendo juicios por las estrellas y sus aspectos sobre los futuros contingentes, sucesos y casos fortuitos o acciones dependientes de la voluntad divina, o del libre albedrío de los hombres, y sobre los nacimientos de las personas, el día y hora en que nacieron, y por otros tiempos, e adivinando por rogaciones los sucesos y acaecimientos que han tenido por lo pasado o han de tener para adelante, el estado que han de tomar los hijos, los peligros, las desgracias o acrecentamientos, la salud, enfermedades, pérdidas o ganancias de hacienda que han de tener, los caminos que han de hacer y lo que en ellos les ha de pasar, y los demás prósperos, adversos, cosas que les han de suceder, la manera de muerte [36] que han de morir, con otros juicios y adivinaciones semejantes. Iten, que para el mismo fin de saber y divinar los futuros contigentes y casos ocultos, pasados o por venir, ejercitan el arte de la Nigromancia, Geomancia, Hidromancia, Peromancia, Onomancia, Chiromancia, usando de sortilegios, hechizos, encantamientos agüeros, cercos, brujerías, caracteres, invocaciones de demonios, teniendo con ellos pacto empreso o a lo menos tácito, por cuyo medio adivinan los dichos futuros contingentes, o las cosas pasadas, como descubrir hurtos, declarando las personas que los hicieron y la parte donde están las cosas hurtadas, y descubriendo o señalando lugares donde hay tesoros debajo de tierra, o en la mar, y otras cosas escondidas, y que pronostican el suceso de los caminos y navegaciones, y de las flotas y armadas, las personas y mercaderías que vienen en ellas, y las cosas, y casos, o muertes que han sucedido en lugares, ciudades y provincias muy apartadas, y declaran por las rayas de las manos, y otros aspectos, las inclinaciones de las personas y los mismos sucesos que han de tener, y asimismo por los sueños que han soñado, dándoles muchas y varias interpretaciones, y que usan también de cierta manera de suerte con habas, trigo, maíz, monedas, sortijas, y otras semillas y cosas semejantes, mezclando las sagradas con las profanas; como los evangelios, Agnus Dei, ara consagrada, agua bendita, estolas y otras vestiduras sagradas y que traen consigo y dan a otras personas que traigan ciertas cédulas, memoriales, receptas y nóminas escritas en ellas, palabras y oraciones supersticiosas, con otros círculos, rayas y caracteres reprobados, y reliquias de santos, piedra imán, cabellos, cintas, polvos y otros hechizos semejantes, dando a entender que con ellos se librarán de muerte subitánea o violenta, y de sus enemigos, que tendrán buenos sucesos en las batallas o pendencias que tuvieren y en los negocios que trataren, y para efecto de casarse, o alcanzar los hombres a las mujeres, y las mujeres a los hombres que desean, y para que los maridos y amigos traten bien y no pidan celos a las mujeres o amigas, o para ligar, o impedir a los hombres el acto de la generación, o hacer a ellos y a las mujeres otros daños o maleficios en sus personas, miembros o salud, y que usan asimismo, para estos y semejantes efectos, de ciertas oraciones vanas y supersticiosas, invocando en ellas a Dios nuestro Señor y a la Santísima Virgen, su Madre, y a los santos, con mezcla de otras invocaciones y palabras indecentes y desacatadas, continuandolas, por ciertos días delante de ciertas imágenes, y a ciertas horas de la noche, con cierto número de candelillas, vasos de agua, y otros instrumentos, y esperando después de las dichas oraciones, agüeros y presagios, de lo que pretenden saber, por lo que sueñan durmiendo, o por lo que oyen hablar en la calle, o les sucede a otro día, o por las señales del cielo, o las aves que vuelan, con otras vanidades y locuras. Iten, que muchas personas, especialmente mujeres fáciles y dadas a supersticiones, con más grave ofensa de nuestro Señor, no dudan de dar, o cierta manera de adoración al Demonio, para fin de saber de las cosas que desean, ofreciéndole cierta manera de sacrificio, encendiendo candelas y quemando incienso y otros olores y perfumes, y usando de ciertas unciones en sus cuerpos, le invocan y adoran con nombre de ángel de luz, y esperan de las respuestas o imágenes y representaciones aparentes de lo que pretenden, para lo cual, las dichas mujeres, otras veces se salen al campo de día y a deshoras de la noche, y toman ciertas bebidas de yerbas y raíces, llamadas el achuma y el chamico, y la coca, con que se enajenan y entorpecen los sentidos, y las ilusiones y representaciones fantásticas que allí tienen, juzgan y publican después por revelación, o noticia cierta de lo que ha de suceder. Iten; que sin embargo de que por los índices y catálogos de libros prohibidos por la Santa Sede Apostólica y por el Santo Oficio de la Inquisición, están mandados recoger los libros que tratan de la dicha astrología judiciaria, y todos los demás tratados, índices, cartapacios y memoriales, y papeles impresos, o de mano, que tratan en cualquier manera estas ciencias, o artes con reglas para saber los futuros contingentes, y que nadie los tenga, lea, enseñe ni venda; muchas personas, menospreciando las penas, censuras contenidas en los dichos editos y catálogos, retienen los dichos libros y papeles, y los leen, y comunican a otras personas, siendo gravísimo el daño que de la dicha lección y enseñanza resultan. Iten, que siendo reservada a Nos la absolución de todos estos casos, sospechosos en la Fe, y dependientes de la herejía, muchos confesores, o con ignorancia crasa de las dichas reservaciones, o con falsa inteligencia de algunos privilegios apostólicos, se atreven absolver a las personas que cometen los dichos delitos, o a las que en cualquier manera, saben o tienen noticia de los que los han cometido, y que los dichos confesores y otros letrados, fuera del acto de la confesión, cuando algunas personas les van a comunicar los dichos casos, los interpretan y cualifican con demasiada anchura, aconsejando a las tales personas que pueden ser absueltas sacramentalmente, sin venir a manifestar en este Santo Oficio lo que saben o han hecho, de que se sigue gran deservicio a nuestro Señor e impedimento al recto y libre ejercicio del Santo Oficio de la Inquisición, y se da causa a que crezca el abuso destos excesos y el atrevimiento y libertad de las dichas personas que los cometen, y se quedan por punir y castigar, por todo lo cual nos pidió el dicho fiscal que proveyésemos de competente remedio para atajar los dichos excesos y los muchos daños que de ellos resultan, haciendo inquisición y visita particular delcos, y publicando nuevos editos, agravando las censuras y penas, o como mejor visto nos fuese. Y Nos, visto su pedimiento ser justo, y atendiendo a que no hay arte ni ciencia humana para manifestar las cosas que están por venir, dependientes de la voluntad del hombre, habiendo reservado esto Dios nuestro Señor para sí, con su eterna sabiduría, y que todo lo que en esta parte enseñan la astrología judiciaria y las demás artes, es vano, supersticioso y reprobado, e introducido por el Demonio, enemigo del género humano, y émulo de la Majestad y Onipotencia de Dios nuestro Señor, pretendiendo por este camino quitarle el culto y adoración que se le debe, y usurparle para sí en cuanto le es posible, violando la pureza y sinceridad de nuestra Santa Fe católica, y enlazando a los fieles cristianos en peligro de eterna damnación. Y Nos quiriendo proveer a cerca dello lo que conviene por la obligación de nuestro cargo, y el gran sentimiento que tenemos de que la religión cristiana padezca tan grave mancilla, sin aprovechar para atajarla la solicitud ordinaria con que la procuramos, mandamos dar y dimos la presente para vos y cada uno de vos en la dicha razón, con que os amonestamos, exhortamos y requerimos, y en virtud de santa obediencia y so pena de excomunión mayor, latae sententiae trina canonica, monitione praemissa, mandamos que si supiéredes, o entendiéredes, o hubiéredes visto o oído decir que cualesquiera personas vivas, presentes, ausentes o difuntas, de cualquier grado o condición que sean, usan o hayan usado de la dicha astrología judiciaria, o la arte mágica, o otra alguna en que se contienen sortilegios, augurios, encantamientos, invocaciones y otras supersticiones semejantes, y por ellas digan y declaren los futuros contingentes y casos que están por venir, levanten figuras por el nacimiento de las personas, o hagan otros juicios, hechizos y maleficios de los contenidos en esta carta, o otro cualesquiera de las dichas artes, o que las enseñan y lean otras personas, o tengan libros o cartapacios, o papeles dellas, lo vengáis a decir y manifestar ante Nos, o a nuestros comisarios diputados para esto fuera desta ciudad, dentro de seis días primeros siguientes, después de la publicación deste nuestro edicto; o en cualquiera manera dél tengáis noticia, los cuales os asignamos por tres términos, cada dos días por un término, y todos seis por último y peremptorio, con apercibimiento, que pasado el dicho término, demás que habréis incurrido en la dicha sentencia de excomunión mayor, procederemos contra los que rebeldes e inobedientes fuéredes, por todo rigor de derecho, como contra sospechosos en nuestra Santa Fe católica, fautores y encubridores de herejes, e impedientes del recto y libre ejercicio del Santo Oficio. Otrosí, por cuanto, como dicho es, la absolución de todos los casos referidos y los semejantes, como dependientes de herejía, nos está especialmente reservada y los Sumos Pontífices con su santo celo de conservar la pureza de nuestra Santa Fe católica, y de extirpar el abuso tan introducido destos excesos y delitos, por diversos motus propios y breves particulares, han declarado ser comprehendidos en la pena del derecho común, no solamente los casos, adivinaciones y sortilegios en que interviene pacto, expreso o tácito con el Demonio a su invocación, sino también las que se cometen sin esta circunstancia por vía de embuste, y para engañar las dichas personas a los que consultan, o por sacar dineros o conseguir otros fines, y mostrar que saben las dichas artes o ciencias, porque si bien en los dichos casos, de parte de las personas que los cometen, no todas veces interviene pacto alguno con el Demonio; pero es cierto, y se echa de ver, que el mismo Demonio se ingiere y administra ocultamente a las dichas personas en los dichos actos, aprovechándose de su fragilidad y poca firmeza en la Fe, y haciendo que acierten en algunos juicios que echan, y las cosas que adivinan para tenerlas siempre enredadas en este engaño, y aumentar el crédito de los demás que las comunican, por lo cual Su Santidad, por vía de declaración y extensión, tiene cometido el conocimiento y castigo destos dichos casos, como de los demás al Santo Oficio de la Inquisición. Por tanto, so las dichas censuras y penas, mandamos a todos los confesores seculares y regulares, y a los demás letrados, doctores de cualquier facultad, grado o preeminencia que sea, que no absuelvan a ninguna de las personas que cerca de lo susodicho esté culpado o no hubiere dicho y manifestado en el Santo Oficio, de lo que de ello supiere, hubiere visto o oído, ni fuera de la confesión se entremetan a calificar e interpretar los dichos casos, so color de que no hay pacto con el Demonio, ni mezcla de cosas sagradas, ni debajo de otro ningún título, o pretexto, antes remitan a todas las dichas personas ante Nos, donde se verán y determinarán la calidad y circunstancias de los dichos casos, para que los que fueren dignos de reprehensión o castigo, no queden sin él. Y porque lo susodicho venga a noticia de todos y nadie pueda pretender ignorancia, mandamos que esta nuestra carta sea publicada en todas las iglesias deste distrito. Dada en la Sala de nuestra Audiencia en la Inquisición de Lima».

     Con motivo de esta publicación, «hubo gran cantidad de testificaciones de hechiceros y superticiosos. Prendiéronse algunas mujeres españolas y mulatas, a pedimento del Fiscal, y entre ellas, una doña María de Lizárraga, que había sido penitenciada dos veces por este Santo Oficio, la primera por dos veces casada y la segunda por hechicera, que con estar desterrada, se había vuelto a esta ciudad, donde mudando cada día de posada, hacía grandísimo daño, y murió durante su prisión; y un mulato llamado Juan Lorenzo, que por sortílego, hechicero y de vehementemente sospechoso de pacto expreso con el demonio, fue castigado en la Inquisición de Cartagena, en el primero auto que en ella se celebró. En la prosecución de su causa, desesperadamente se mató (echándose un cordel a la garganta y tapado la boca con un trapo para impedirse la respiración)». Habían muerto igualmente en la prisión Luisa de Castellón, beata, hechicera, y Rafael Pérez de Freitas, acusado de judaizante.

     Con estos antecedentes comenzaron los Inquisidores a trabajar «con ánimo de cuajar un auto mediano, por haber años que estaban presos los dichos y desear despacharlos, exonerando al Fisco, tratando de sacarlos a todos en un día de trabajo a la capilla del Tribunal». Diose parte de esta determinación al Virrey, que se manifestó muy empeñado en que tuviese lugar la fiesta, aunque fuese, decía, con un solo penitente, pues tanto él como la condesa, su mujer, tenían grandes deseos de presenciar una ceremonia que hasta entonces no conocían.

     Deseando pues los jueces complacer a tan encumbrados personales, en un cuarto que se había fabricado hacía poco junto a la capilla, colocaron una tribuna para que marido y mujer estuviesen con la decencia correspondiente a su rango; se levantó en un costado de la iglesia un tablado pequeño para los jueces, y otro al frente, dando vista al lugar que ocupaba el Virrey, con sus gradas para los pocos penitentes que habían de salir, y a un lado de aquel se puso el púlpito, rodeado del bufete de los secretarios y asientos de los oficiales, calificadores y prelados de las religiones, que fueron por esta vez los únicos invitados. En el coro donde los Inquisidores solían oír misa, se sentaron las damas y dueñas de la Virreina y algunos señores principales, y en el cuerpo de la capilla, criados de palacio y otra mucha gente, y a un lado del tablado de los jueces la música y curas que habían de asistir a la reconciliación de los reos.

     Así dispuestas las cosas, ese día, 27 de febrero de 1631, llegaron el Virrey y su mujer muy de madrugada a las casas del Tribunal, recibiéndolos al pie de la escalera los Inquisidores, para ser inmediatamente introducidos al cuarto principal que habitaba Gutiérrez Flores y que para el caso había sido ricamente aderezado. Oyeron luego misa y en seguida almorzaron, para pasar a ocupar el sitio que les estaba reservado y en donde permanecieron de incógnito. Se mandó a poco salir a los penitentes, que se presentaron adornados de sus insignias y cada uno acompañado de dos familiares, con sus varas altas, y una vez colocados en sus respectivos lugares, entraron los Inquisidores por una puerta pequeña que daba a la sacristía. A esa hora, que eran como las nueve de la mañana, se comenzó la lectura de las causas, prolongándose la fiesta hasta la una, habiendo durante ella encarecido mucho los ilustres huéspedes el placer que habían experimentado, aunque la pena del judío que salió les pareció tan demasiado grave, como larga había sido su prisión.

     Los reos que allí habían desfilado fueron los siguientes:

     Álvaro Méndez, portugués, que en Francia había celebrado la pascua de los bollos cenceños, que usaba de la quiromancia, enviaba dinero a Amsterdam a sus parientes y trataba de muchos lugares de la Escritura, siendo simplemente lego. Puesto en el tormento, a la primera vuelta pidió a sus verdugos que no se molestasen pasando adelante, pues desde luego confesaba que era judío; siendo después de abjurar, reconciliado con seis años de galeras al remo y sin sueldo, hábito, cárcel y destierro perpetuos y confiscación de bienes.

     Ana de Almanza, natural de Panamá, supersticiosa y sortílega, que fue desterrada del distrito de la Inquisición por seis años y recibió cien azotes por las calles.

     Luisa Ramos, mulata, del Callao, que estando atormentada por los celos, echó la suerte del rosario para saber si su amante se hallaba en brazos de otra mujer.

     Francisco Martel, natural de Trujillo, que echaba tres veces las habas, mezcladas con pedazos de cristal, cuentas azules y un poco de plata y oro, y diciendo primero ciertas palabras en secreto, adivinaba algunas cosas; y la suerte del chapín, que clavado en unas tijeras, hacía moverse ejecutando ademanes con el rostro.

     María Martínez, mulata esclava, portuguesa, testificada por una viuda de veinte y tres años de que se había enamorado de ella, y que un día estando juntas, había cogido la reo una canastilla de sauce, y con unas tijeras había hecho cruces sobre el hueco de ella, y llamaba a Satanás y Barrabás, diciendo, «Satán, ven a mi llamado», y contaba cosas secretas y ocultas, dando a entender que el diablo se las inspiraba, a quien decía que era su vida y sus ojos, y que decía que traía un diablo familiar en la mano donde se sangran del hígado, y que hacía siete años que no conocía hombre, porque en dicho tiempo trataba con el diablo, al cual guardaba lealtad por no enojarlo. Declarada sospechosa de súcuba con el demonio, además de las penas de estilo, se le aplicaron doscientos azotes.

     María de Briviescas, oriunda de Panamá, muy afecta a la suerte de las habas y a la piedra imán conjurada.

     Alonso de Gárnica, que afirmaba que aunque Dios dijese que él era chismoso, mentía.

     Diego Cristóbal Bernáldez, mestizo, que examinaba las rayas de las manos, «y que a las mujeres para mirallas otras señales ocultas y adivinar por ellas, las hacía desnudar en cueros a algunas y a otras las miraba las rayas de los pies». Salió con coroza y soga a la garganta y recibió cien azotes.

     Gonzalo López Cordero, portugués, que sostenía que el diablo podía más que Dios, porque este le daba dinero y aquel se lo quitaba, y que no había mañana en que no ofreciese al demonio a su padre. Habiendo abonado su persona, salió por libre.

     Doña Inés de Ubitarte, monja profesa en uno de los conventos de Lima, fue denunciada por un su hermano fraile de Santo Domingo, de que guardaba tres cuadernos en que se contenían noventa y ocho revelaciones suyas, de cuya calificación resultó que eran de poca importancia y que a no ser patraña y artificio, la reo debía tenerse por ilusa. Duró su causa siete años, debiendo al fin abjurar de vehementi.

     Juan de Arriaza, de Córdoba, que había exclamado leyendo una vez la Escritura. «¡Ea! ¡que no hay más que vivir y morir!» lo cual había sonado mal a los oyentes, por estar reputado por hombre extraordinariamente agudo, y porque vivía con pocas muestras de cristiano, no rezando, ni confesándose hacía siete años.

     Francisco de Victoria Barahona y Duarte Gómez, que contraviniendo a una sentencia anterior del Tribunal, traían espada y daga doradas al cinto, y vestían seda y andaban a caballo, por lo cual fueron multados y desterrados.

 

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