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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XV

Capítulo XV

Sentencia recaída en el juicio de visita. -Muerte de Ruiz de Prado y nombramiento de inquisidor de Francisco Verdugo. -Persecuciones contra portugueses. -Cuidados que ocasionan al Tribunal las arribadas de buques a Buenos Aires. -Precauciones aconsejadas por el Consejo para prevenir la entrada de herejes en el virreinato. -Proyecto para establecer un nuevo Tribunal en Tucumán. -Causas falladas desde abril de 1601 hasta marzo de 1603. -Ídem hasta 1606. -Auto de fe de 13 de marzo de 1605. -Celébrase nuevo auto de fe en 1.º de junio de 1608. -Descripción del acompañamiento. -Reos procesados hasta el año de 1612. -Llega a Lima el inquisidor Andrés Juan Gaitán. -Promoción de Ordóñez. -Créase el Tribunal de Cartagena.


     Hemos dicho ya que el visitador Ruiz de Prado se resolvió al fin a partir de Lima en viaje a España a dar razón de su visita, en el mes de abril de 1594. Desde La Habana escribió al Consejo, dándole cuenta del resultado de su comisión, y enviándole todas las actuaciones que había practicado, las que fueron aprobadas en Madrid, no sin que se le diese alguna reprensión por su conducta, y se le ordenase que volviera al Perú a poner en práctica lo que se había resuelto tocante al mejor arreglo del Tribunal, llegando de nuevo a Lima a fines de 1596.

     De los doscientos diez cargos que aparecían contra Gutiérrez de Ulloa en su proceso, por sentencia de 15 de diciembre de 1594, el Consejo acepto ciento dieciocho, condenándole a suspensión del oficio por cinco años, en multas pecuniarias, a ser reprendido y a presentarse en la General. Mas, cuando se anunció a Ruiz de Prado esta resolución había partido ya de La Habana en dirección a España, demorándose de esta manera tanto en regresar a Lima, que cuando se quiso ejecutar lo resuelto contra Gutiérrez de Ulloa, este había ya muerto, según hemos visto.

     De la visita, además de los cargos contra los ministros y dependientes del Tribunal, había parecido que para la buena dirección y despacho de los negocios, se hacía necesario dictar una serie de providencias que Prado había tenido cuidado de indicar a los miembros del Consejo. Así, notaba que los criados de los comisarios y familiares no quedasen sujetos al fuero de la Inquisición en causas criminales, como hasta entonces había acontecido; los testigos estaban en la costumbre de no firmar sus deposiciones; se exigía a los vecinos que con pretexto de diligencias del Santo Oficio, suministrasen indios, caballos y otras cosas; se incluían en el libro de los penitenciados los nombres de personas que no habían tenido delitos; se exigían derechos exorbitantes por los títulos de familiares; se gastaba gran parte de las audiencias en el examen de los pleitos civiles tocantes a los oficiales de la Inquisición, en perjuicio de los negocios de fe y de los presos de las cárceles; los bienes de penitenciados no se empleaban en constituir alguna renta para cubrir los salarios de los empleados; se admitían denuncias contra terceras personas, escritas muchas veces por mano ajena, que se daban por bastantes con sólo preguntar al denunciante bajo de juramento si aquello era verdad; los presos por causas de fe continuaban llevándose a la cárcel pública; las abjuraciones de levi, que hasta esos días se practicaban en los autos o en las iglesias, debían en adelante tener lugar en la sala de audiencia; para evitar toda comunicación entre los presos debía prohibirse a los indios del alcaide que entrasen en las cárceles, etc. De este modo fue Ruiz de Prado enumerando hasta treinta y un capítulos que creía dignos de considerarse para su reparo, y muy especialmente el que se asignase y pagase sueldo a los oficiales del Tribunal, creyendo que de esta falta había nacido en gran parte los excesos del alcaide y demás ministros subalternos, que en detrimento de su oficio, aceptaban dineros de los presos o de terceros interesados.

     No parece, sin embargo, que el encargado de poner en planta estas reformas adelantase mucho en su cometido, pues aparte de algunos inconvenientes que se le ofrecieron, vino a morir en Lima el 18 de enero de 1599.

     El nuevo inquisidor llegó a fines de 1601. Era este Francisco Verdugo, natural de Carmona en Andalucía, catedrático de cánones y leyes, abogado que había sido de la Inquisición de Sevilla y fiscal de la de Murcia, y según testimonio de un personaje que pasó por la capital del virreinato por esa época, «muy recoleto y su vida con tanto ejemplo que podía reformar a todos».

     Animado de un espíritu diverso del de su colega Ordóñez, a poco de llegar anunciaba Verdugo al Consejo que se había mandado suspender más de cien informaciones, «que no había bastante probanza para seguirlas, y otras que no tenían calidad que perteneciesen al Santo Oficio».

     Sólo los portugueses seguían de mala data en el ánimo de los inquisidores, pues al mismo tiempo que se avisaba la suspensión de que damos cuenta, se habían despachado mandatos para prender catorce de aquellos, por judíos, gente que andaba con la capa al hombro, sin domicilio ni casa cierta, y que en sabiendo que prendían a alguno que los podía testificar, se ausentaban, mudándose los nombres.

     La persecución contra los portugueses, a quienes se acusaba de judaizantes, había ido así asumiendo tales proporciones que parecía ya intolerable, y tanto fueron los memoriales presentados al rey, y tales las razones que aconsejaban que este estado de cosas cesase, que el monarca obtuvo del papa Clemente VIII un breve para que desde luego se pusiese en libertad a todos los que estuviesen procesados por el delito de judaísmo. Desgraciadamente, cuando esta orden llegó a Lima sólo quedaban presos Gonzalo de Luna y Juan Vicente, pues como ya hemos visto y luego habremos de dar cuenta, los demás habían sido ya o reconciliados o quemados, penas ambas que aún habían de revivir algunos años más tarde.

     Otro de los tópicos que por este tiempo preocupaba al Tribunal era la frecuente llegada a Buenos Aires de buques que salían de Lisboa, tripulados por flamencos, que traían en pipas (diciendo que venían llenas de vino y sal) libros e imágenes, que metían a escondidas en casa de algún vecino para extraerlas después de noche y enviarlas tierra adentro. Encargose, en consecuencia, al comisario respectivo la mayor vigilancia a fin de impedir este contrabando, y se publicaron los edictos más apretados para hacer parecer los libros introducidos de esa manera, además de los que fueron señalados como especialmente prohibidos en el distrito de la Inquisición, como todas las obras de Carlos Molineo, de Castillo Bobadilla, muy comunes entonces entre los letrados, un tomo de las de Suárez, y antialcoranes, de que se recogieron algunos.

     No se vivía en Madrid con menos cuidado acerca de los inconvenientes que podían seguirse de la llegada de extranjeros no católicos al virreinato, y así el Consejo insinuaba algún tiempo después a sus subordinados en Lima, la siguiente advertencia:

     «Aquí se ha entendido que a esos reinos y provincias pasan algunos herejes de diferentes naciones con ocasión de las entradas que en ellas hacen los holandeses y que andan libremente tratando y comunicando con todos y tal vez disputando de la religión, con escándalo de los que bien sienten y con manifiesto peligro de introducir sus sectas y falsa doctrina entre la gente novelera, envuelta en infinidad de supersticiones, cosa que debe dar cuidado y que pide pronto y eficaz remedio; y consultado con el Ilustrísimo Inquisidor general, ha parecido que hagáis exacta diligencia para saber en que lugar de ese distrito se alojan, y habiéndose averiguado con el recato y secreto que conviene, ordenaréis a los comisarios que los admitan a reconciliación, instruyéndolos en las cosas de nuestra santa fe católica por personas doctas y pías; y no queriendo convertirse, procederéis contra ellos conforme a derecho y severidad de los sagrados cánones, en que pondréis el cuidado y vigilancia que esto pide, antes que lleguen a ser mayores los inconvenientes que amenaza la disimulación que se ha tenido, dándonos aviso de lo que fuéredes haciendo».

     Tanto fueron creciendo los temores del continuo concurso y entrada de los de la nación hebrea por el Río de la Plata, que el soberano se vio en el caso de pedir informes al Virrey, y al Presidente de Charcas, sobre la conveniencia que se seguiría de establecer un nuevo tribunal de Inquisición en la provincia de Tucumán, siendo lo más singular del caso que el Presidente fundó la aprobación de la medida precisamente en los manejos del Tribunal de Lima en aquellas partes. «Mi parecer es, decía aquel funcionario, que ha muchos años que debía haberse hecho: en los que ha que sirvo a Vuestra Majestad en este oficio he visto que se han hecho grandes agravios a los vasallos de Vuestra Majestad en estas provincias por los comisarios que hay en ellas, maltratándolos con leves ocasiones, mandándolos comparecer en Lima con gastos y descrédito nunca reparable, vejándolos con tomar particulares cesiones, y haciendo otros daños de que no han osado pedir remedio por tenerle tan lejos y serles horrible la misma medicina».

     Recogidos todos los informes, el Rey, de su propia mano, resolvió «que se excusase de poner inquisición por los inconvenientes que se seguirían, y tomase por medio que la Inquisición de Lima enviase un comisario de muchas partes, y al gobernador se ordenase le asistiese» «de qué ha parecido avisaros, repetían los ministros del Consejo a los de Lima, para que el comisario y notario que se nombrase sean de toda satisfacción».




     Por lo demás, salvo algunas de las competencias que tan comunes fueron durante la existencia del Tribunal con las demás autoridades, relativas al orden de precedencia en las fiestas públicas o a los asientos que en concurrencia con otros funcionarios debían corresponderles, los Inquisidores pudieron dedicarse tranquilamente al desempeño de su ministerio, sin dar por entonces a los procesos, merced probablemente a la influencia de Verdugo, el carácter de cruel encarnizamiento que tanto distinguieron a los tramitados durante el periodo en que su colega Ordóñez Flores se vio sólo en el Tribunal.

     Desde abril de 1601 hasta fines de marzo de 1603, se habían penitenciado las personas siguientes:

     Sebastián Vello, portugués, de cuarenta años, soldado en Santiago del Estero, cristiano viejo, porque en una ocasión había porfiado que el estado de los casados era más perfecto que el de los sacerdotes.

     Juan de Salas, alias Claudio Xalumo, natural de París, de cuarenta y cuatro años, cordonero, testificado en Potosí de que, viniendo camino de Tucumán, traía un libro del rey Henrico de Francia, impreso en lengua francesa, que contenía un edicto de pacificación entre católicos y herejes, cuyos capítulos, especialmente los que trataban de la libertad de conciencia, había aprobado en presencia de sus compañeros de viaje. Por esto fue puesto en cárceles secretas y al fin dado por libre.

     Nicolás de Once, oriundo de Lieja, mercader, hombre pobre, de cincuenta y nueve años, residente en Cali, a quien diciéndole un religioso que por qué no se disciplinaba, había contestado: «padre, diga eso a los indios que ya yo sé lo que es eso, que ya Dios ha pagado por nosotros», lo cual, declara el denunciante, le sonó mal, por haber colegido que el reo tenía por cosa superflua la penitencia. Se le calificaron tres proposiciones y fue desterrado del lugar de su residencia.

     Jerónimo Coronel, cristiano nuevo, fue castigado por testigo falso.

     Fray Mateo de Illanes, dominico, de sesenta y cinco años, limeño, que entre otras testificaciones, tuvo la de que siendo cura de una parroquia en Huamanga, las indias solteras y casadas se quejaron al cacique de que cuando las confesaba las requería de amores.

     Juan de Salcedo, cura en Charcas, de treinta y un años, testificado de mal ejemplo, de cosas deshonestas y de haber solicitado a siete mujeres.

     Fray Diego Ruiz, mercedario, de Écija, de cuarenta y tres años, residente en Tucumán, testificado por más de veinte de sus confesadas.

     Gonzalo de Lima, casado en Portugal, de cuarenta y cinco años, residente en Potosí, de casta de cristianos nuevos; Álvaro Rodríguez, también portugués, porque no quiso mostrar al comisario de Tarija cierto libro en pergamino que traía en la faltriquera, y que negó haber rezado los salmos sin Gloria Patri, fue puesto en el tormento, «que se le dio muy moderado», por lo cual, sin duda, lo venció; Nuño Rodríguez de Acevedo, a quien no se le dio, por ser manco y quebrado: todos los cuales y además otros ocho que se procesaba como ausentes, lo fueron por sospechas de judaizantes.

     Hasta abril de 1604 se fallaron las causas de los siguientes:

     Gonzalo Ortiz, sevillano, residente en Potosí; Alonso Sánchez de Funes, cura de San Juan de la Frontera, y Juan Bautista, negro criollo, por blasfemos.

     Por sostener que la simple fornicación no era pecado, Juan Pérez Tavares, arriero, de Triana; Jerónimo de Andrade, marinero, de San Lúcar, y Nicolao, griego.

     Pedro de Mesa, zapatero, de Écija, por sostener que tan excelente estado era el de los buenos casados como el de los sacerdotes.

     Pedro de Toledo, carpintero, de Ávila, residente en Charcas, que se afirmaba en que los solteros y casados del Perú estaban condenados al infierno, y que era mejor estar en malas relaciones que casado.

     El mercedario Fray Diego de Cisneros, sacerdote, que sostenía que los niños que iban al cielo bautizados no veían a Dios, ni el misterio de la Santísima Trinidad.

     Por bígamos, Francisco Valera y Catalina Luis.

     Por sospechosos de judíos: Jorge Rodríguez Tavares, de Utrera, testificado por un hermano suyo preso en la Inquisición; Nuño Hernández, arriero, «que sufrió nueve vueltas de cordel, y sentado en el potro, cuatro a los molledos, muslos y espinillos, y a todas estuvo negativo, callando; y puesta la toca, se le echaron nueve jarros de agua, y llegando aquí cesó la diligencia, con la protestación ordinaria, porque no hablaba palabra el reo ni respiraba, el cual es enfermo de asma, y pareció que le era ocioso el dicho tormento de agua porque no se ahogase. Volviose a ver en consulta, y en conformidad se votó a que se le continuase el tormento, porque el primero no se tuvo por suficiente, respecto de los muchos indicios que había contra él y que se le había dado el primero ligeramente y ser el reo hombre robusto y de gran subjecto, y se mandó que no se le diese de agua. Llevose a la cámara del tormento, y se le dieron doce vueltas a los brazos y muñecas, y tendido en el potro, se le dio una vuelta a los molledos, muslos y espinillos, con las amonestaciones ordinarias, y no respondió cosa, antes pareció que no respiraba y que cerraba la boca, y se le hinchaba la garganta, y temiendo no subcediese alguna desgracia, cesó la diligencia». Salió condenado en trescientos pesos para gastos extraordinarios del Santo Oficio y en destierro de las Indias.

     Agustín de Hoces, de Trujillo, en el Perú, se denunció de que después de haber sido lego de San Agustín, había practicado la ley de Moisés.

     Esteban Cintrón, de quien se descubrió que había sido circuncidado, sin embargo de lo cual fue absuelto.

     Adrián Adán, flamenco, mercader residente en Potosí, fue absuelto ad cautelam por cosas de la secta luterana.

     Fray Gaspar de Norambuena, dominico, de Talavera, testificado por hechos ocurridos en Huamanga; Fray Baltasar de Salas, agustino, de Salamanca, de cincuenta y dos años, que enamoraba a cierta mujer limeña, y otras; Fray Diego Dávila, testificado y confeso: todos por solicitantes.

     Había, además, en esta fecha cincuenta y cuatro reos procesados.

     Hasta abril de 1606 se fallaron las causas de los siguientes:

     Ignacio Martín, sastre; Alonso Sánchez Ahumada, tratante; Gabriel de Colmenares, barbero, y Martín de Mercado, mulato horro, por casados dos veces.

     Por proposiciones: Horacio Camilo Beneroso, genovés, que estando en Cartagena por el mes de agosto de 1598 en conversación con dos ordenantes, «tratando de unos sonetos que se habían hecho para unas sibilas que se habían puesto en un monumento la semana sancta en el hospital de la dicha ciudad, había dicho el reo que para qué era decir de sibilas, que era ficción de poetas, y diciéndole uno de dichos testigos que mirase lo que decía porque a predicadores y hombres doctos había oído tratar dellas (que le parecía ser negocio de la Escritura) el reo había respondido que él había estudiado y se holgara tratar con hombres que lo entendiesen, y vino a decir que era esto que dicen de las sibilas, como lo que dicen del Antecristo, que dicen que ha de venir a la fin del mundo, que era negocio fabuloso; que para qué había de enviar Dios y formar otro demonio, habiendo tantos formados, que no creyesen, sino que era negocio compuesto». Por considerársele como gran hablador, aliñado y mentiroso y hallarse muy enfermo, manco de pies y brazos y ser hombre de calidad, se le recluyó por un año en un hospital.

     Manuel de Ortega, jesuita del Paraguay, y Fray Rodrigo Gómez de Ojeda, fraile mercedario de Tucumán, por solicitantes.

     Juan de Rodas se denunció en Huánuco de que yendo a Roma fue cautivado por una galeota de moros, que le llevó a Constantinopla, donde después de permanecer doce años y de renegar de su fe de cristiano, había cultivado relaciones con una mora, y por haberse hecho ésta embarazada, fue sorprendido por su amo, dándole tantos azotes que le dejó por muerto; siendo absuelto ad cautelam.

     Al fin, en 13 de marzo de 1605, encontraron los inquisidores reos de consideración que presentar en auto público, saliendo en él, por blasfemos, Francisco Marín, espadero de Potosí, y Antón Ruiz, esgreñidor.

     Por casados dos veces, un soldado de Chile, Germán Pérez de Pineda, encomendero en Nombre de Dios; Cristóbal Jiménez, labrador, vecino de Lima; Miguel de Agreda, minero; Alonso Meléndez de la Oliva, albañil; Juan Pérez, mestizo, de Potosí, y Pedro Núñez, tejedor de paños.

     Fue penitenciado con abjuración de vehementi, Pedro de Quezada, mexicano, expulso de San Agustín, por haber dicho misa sin ser sacerdote.

     Reconciliados por la ley de Moisés fueron: Pedro Fernández Viana, portugués, tratante; el bachiller Álvaro Núñez, medico, natural de Braganza, residente en La Plata; Diego Núñez de Silva, y un hijo suyo de su mismo nombre, vecinos de Córdoba del Tucumán; Francisco Fernández Viana; Diego Rodríguez de Silvera, residente en Huamanga; Manuel Duarte, vecino de Huancavelica; Luis Díaz de Lucena, domiciliado en Cartagena; Pedro López, en el Cuzco; Gaspar de Silvera, en Huancavelica; Gaspar López, mercader, que se hallaba pobre y en quiebra; Antonio Fernández de Brito, «jugador y hombre perdido»; Antonio Rodríguez de León, de Bayona, minero de Potosí; Diego Anrique Fonseca, también minero; Fernando Díaz, que vendía por las calles objetos de brujería; y Juan de Silvera, arriero, todos portugueses.

     Murió en las cárceles antes de terminarse su causa y fue reconciliado en estatua Mateo Antúnez, que vivía muy endeudado en Potosí.

     Fueron relajados en persona por judíos:

     Duarte Enríquez, portugués, soltero, de veinticinco años, que sostenía que no había libro como el Espejo de consolación, en el cual estaba toda la Sagrada Escritura, y Abraham, Isaac y Jacob, y otras muchas mercedes que Dios había hecho a los judíos, y que él daría cualquier dinero por dicho libro. Recibió nueve vueltas de mancuerda, y a la segunda del potro, confesó que creía que el Mesías no era aún venido. Condenado a relajación con confiscación de bienes, se le aplicó nuevamente el tormento para que declarase sus cómplices, y lo venció.

     Diego López de Vargas, natural de Braga, mercader, de treinta y tres años, procesado porque usaba leer en las Repúblicas del mundo la de los judíos y porque un testigo declaró que en mucho tiempo que había estado con el reo en las minas de Potosí, nunca le oyera nombrar a Jesucristo. Puesto igualmente en el tormento, a la primera vuelta, declaró que había vivido en la ley de Moisés, pero al día siguiente, al tiempo de ratificarse, se desdijo, expresando que se había levantado falso testimonio. Condenado como el anterior, fue puesto nuevamente en el tormento para la averiguación de sus cómplices, resistiendo hasta la tercera vuelta.

     Gregorio Díaz Tavares, soltero, de cuarenta y dos años, portugués, corredor de lonja, que por encontrarse en quiebra se había hecho minero. Diósele al cabo de cierto tiempo la ciudad por cárcel, en vista de los disparates que decía y de sus confesiones; pero después se quitó la máscara, dicen los jueces, y sólo quiso jurar por el Dios de Abraham y de Israel. Los teólogos que se le señalaron no pudieron convencerle, y, por el contrario, trató de predicarles su doctrina.

     Fueron también relajados en estatuas por fugitivos, Diego Pérez de Acosta, que se escapó a Italia; Álvaro González de Miranda, Manuel López y Antonio Núñez, hermanos; Diego Luis, Manuel Ramos, Pedro de Riberos y Antonio de Aguilar.

     Entre los que fueron penitenciados en este auto, hemos omitido de intento el nombre de Antonio Correa, por ser digno de mención especial. Era este un portugués de edad de treinta y tres años, natural de Zelorico, pulpero que había sido en Potosí y a quien el Santo Oficio encerró en sus cárceles secretas el 22 de mayo de 1604, porque siendo cristiano nuevo, con poco temor de Dios, de su ánima y conciencia, había hereticado y apostatado, volviéndose a la ley muerta de Moisés, creyendo y guardando sus ritos y ceremonias. Después de haber confesado su delito, un viernes por la mañana en que fue llevado a la audiencia, luego de entrar, se hincó de rodillas, declarando que hasta entonces había andado errado, y tomando en seguida el crucifijo que estaba sobre la mesa, comenzó a hacer una larga exclamación, con muchas lágrimas, diciendo que le había ofendido gravemente y pidiéndole misericordia. Fallada su causa, se le mandó salir al cadalso con los otros penitentes, en cuerpo, sin cinto, descubierta la cabeza y con un hábito penitencial de paño amarillo, con dos aspas coloradas, «de señor San Andrés», encima de sus vestiduras, y una vela de cera en las manos; donde le fuese leída su sentencia y públicamente abjurase de sus errores.

     Mientras sufría la carcelería de tres años, con hábito, que también se le había impuesto, Correa entró a servir de donado al convento de la Merced, y cumplido ese tiempo, se le obligó a salir desterrado para España, muriendo de fraile profeso en Osuna, el 1622, y con olor de santidad.

     El primero de junio de 1608 tuvo lugar un nuevo auto de fe, habiéndose en este intermedio fallado las causas de los reos que siguen:

     Por blasfemos Gaspar Gómez Palomo, que se denunció en Chuquisaca; Juan de Medina Anuncibay, natural de Potosí, que después de haber sido estudiante se hizo soldado.

     Por sostener doctrinas contrarias al sexto mandamiento, Diego Sánchez, mulato, y Francisco Rosales.

     Por dos veces casada, Isabel Sánchez de Badajoz.

     Por solicitantes: García de Torres, clérigo, por hechos cometidos en Tucumán; Miguel Jerónimo Caro de Porras, clérigo, natural de Arequipa, y el bachiller Francisco Núñez Chaparro, extremeño.

     Por proposiciones: fray Alonso de Herrera, franciscano, natural de Granada, acusado por cuatro frailes de su Orden, de que predicando en la ciudad de La Plata había dicho que la Virgen yendo a visitar a Santa Isabel, santificó a San Juan Bautista; que la naturaleza divina estaba en supuesto humano, y que María era «viadora y comprehensora»; todo lo cual se atribuyó a ignorancia y a ser el predicador nuevo en el púlpito.

     Luis Sánchez Palomares, licenciado por la Universidad de Salamanca, cura de Potosí, por cierta disputa que tuvo con un clérigo que había ido a confesar a un vizcaíno, a quien hirieron de muerte.

     Fray Francisco Vatres, madrileño, mercedario, acusado de que siendo novicio, estudiando un sermón de las vírgenes, sostuvo que no había ninguna, ni jamás la había habido; que los ángeles eran sensibles y que había más obligación de obedecer a los médicos que de respetar la castidad, etc.

     Pedro Rodríguez Padilla, clérigo, de Écija, acusado por tres colegas de negar la resurrección de la carne y otras dos proposiciones, de que se vio absuelto por haber justificado que sus delatores eran enemigos suyos.

     Blas Galván, portugués, clérigo, residente en Tucumán, que tratando en sermones la materia de ángeles, había puesto entre ellos dos especies de pedagogos que servían al hombre para darle a entender si se había de salvar o condenar; que la Reina de los Ángeles ya no tenía gracia; que llamaba santos a los rabinos y decía que ya no había Dios; por lo cual se le privó de leer las lenguas griega, hebrea y arábiga y de enseñarlas para siempre.

     Domingo López, encausado por judaizante, fue absuelto de la instancia.

     Alonso Martín de la Vaquera, se denunció en Potosí por blasfemo; Juan de Mendoza, mestizo, que sostenía que vivir con una india malamente no era pecado; Pedro de Urrea, casado dos veces; y Juan Antonio Navarrete, natural de la Rioja, residente en Lima, de cuarenta y seis años, fue testificado de que examinaba a las mujeres las manos y otras partes del cuerpo, y que se las medía con un compás para anunciarles varios sucesos, oyó en la capilla del Tribunal una misa rezada, en forma de penitente.

     Bernabé, negro criollo, por blasfemo; Julián Ramo, por disputar acerca de los estados; y el doctor Domingo Ortuño Sierra, cura que había sido de Panamá, a quien se le secuestraron sus bienes y se le envió a Lima, por haber sostenido que la ciencia experimental había faltado a Jesucristo mientras no comunicó con el mundo; que había puesto los santos óleos a un seglar con unas conchas de chuchas, «que suelen tener su regla como mujeres», etc., por todo lo cual tuvo que abjurar de levi, abstenerse de predicar y salir desterrado de Panamá por seis años.

     En el auto de 1.º de junio de 1608 salieron condenados por blasfemos: Antón, negro, de casta angola; Isabel, negra, esclava; Juan Fernández de Pablos, Alonso de la Cava, Gaspar de Olivera, Pedro Díaz Tirado y Martín de Vargas.

     Por bígamos: Antón de Lirios, mulato, Bernabé Martínez, Girardo Martín, portugués, Juan Hurtado de Zaldívar, Luis Sánchez Cano, y el alférez Cristóbal de Medrano.

     El lego fray Agustín de San Bernardo, por haber dicho misa.

     Miguel Pastor de Dios, que pretendía curar a los enfermos y resucitar a los muertos, echando ensalmos por la lanzada de Longinos, hubo de salir desterrado de Lima.

     El bachiller Juan Bautista del Castillo, natural de Lima, de cincuenta y un años, por haber un día fijado en la plaza un cartel en que citaba a la ciudad para que supiese la sabiduría y aprendiese a gobernarse, fue preso con secuestro de bienes, y habiéndole encontrado muchos escritos, se le acusó de sesenta y seis proposiciones que en ellos se contenían, portándose en todas sus confesiones como hereje. A los teólogos que fueron a su prisión a reducirle al buen camino no les permitió que hablasen, y un día que el alcalde había de entrar a su celda, le aguardó con un guijarro en la mano, le aturdió con él, embistiéndole en seguida con un palo en que tenía puesto unos ganchos de huesos que había guardado de la carne que le daban, aguzados, y en la punta del palo un clavo, dándole muchos golpes y heridas en la cabeza. Se apoderó en seguida de las llaves y abriendo los calabozos a los demás presos, comenzó a predicarles las maravillas de Dios. En las audiencias que con él se tuvieron sobre este incidente declaró que todo era inspiración de Dios para salir a predicar al pueblo y desengañarle de sus errores, cosa que los jueces no le habían querido permitir.

     Fue así condenado como hereje pertinaz, apóstata, dogmatizador y autor de nuevas herejías y errores, se le confiscaron sus bienes y fue entregado al brazo secular para morir quemado vivo.

     Celebrose este auto en el cementerio de la Catedral, «por no detener más tiempo este pertinaz, declaran los Inquisidores, que tan perjudicial es y de quien no hay esperanza de reducción; y por ser las causas pocas y estar esta Inquisición muy pobre, que no tiene subsistencia para hacer el tablado que se suele hacer en otros autos, y que no acuden a ello, como solían, los virreyes y ciudad».

     «Habiendo salido los penitentes, que fueron en número diez y ocho, de las casas desta Inquisición, a hora de las doce del día, por orden y en procesión (como se acostumbra) fueron la calle derecha a la plaza, hasta emparejar con las puertas principales del palacio, porque en una ventana, encima de ellas, se dice estaba la Señora Virreina, tapada, a cuyo pedimiento, para que los viese, llegaron hasta allí, de donde dieron la vuelta por la plaza hasta llegar, y subir al tablado, y habiendo pasado de las casas reales, salió el Virrey y unió a estos de la Inquisición, por la calle derecha, acompañado de la Audiencia Real y Alcaldes de Corte, fiscal, y Alguacil mayor, ambos cabildos eclesiástico y seglar, y Universidad de las escuelas, la caballería de la ciudad, la compañía de los lanzas y arcabuces de la guarda de este reino, y su guardia ordinaria de a pie, y entró hasta el segundo patio, con sola la Audiencia (quedándose los cabildos y universidad en el primer patio y el demás acompañamiento en la plaza, por no caber dentro) donde los señores Inquisidores le estaban ya aguardando a caballo en sus mulas, y el fiscal don Antonio Manrique de San Isidro con el estandarte de la fe, y los caballeros que llevaron las borlas a su lado, y habiendo recibido en medio al Virrey (haciendo su excelencia algún comedimiento como que no quería tomar aquel lugar) se ordenó el acompañamiento, según que habían venido con su excelencia y fueron a los tablados llevando el orden siguiente:

     «La compañía de los gentiles hombres arcabuces delante de los primeros, con su capitán don Lorenzo de Zárate, traían sus celadas puestas y bandas coloradas y sus arcabuces muy bien puestos, y bien aderezados, en hilera de dos en dos.

     »Luego se seguía la caballería, y gente principal de la ciudad, luego los dos bedeles de la Universidad con sus mazas, las cuales llevaban, no al hombro sino a bajas, atravesadas sobre el brazo izquierdo. Luego seguían los doctores y maestros de la Universidad, de dos en dos, por su antigüedad, con sus borlas y capirotes del color, según su facultad cada uno, y el rector della, que era el doctor Juan de Castro, seglar, iba el postrero, y solo; tras la Universidad seguían los cabildos de la Iglesia y ciudad juntos, de dos en dos, por su antigüedad, y dignidad, y el de la Iglesia a la mano derecha, y iban delante de los maceros de la ciudad con sus insignias, como de reyes darmas, y sus mazas, ansimesmo bajas, echadas sobre el brazo izquierdo, y en medio de ellos iba el pertiguero de la Iglesia con su ropa de damasco y gorra de terciopelo carmesí y su ceptro o pértiga en la mano derecha, puesto el cuento de ella en el pie sobre el estribo, y tras ellos iban los dos secretarios del Cabildo de la Iglesia, Cristóbal de Villanueva y Luis de Rivera, ambos clérigos.

     »Luego tras los cabildos, por los lados, comenzaba la guarda de a pie del Virrey, los cuales iban destocados, y en medio de ellos el teniente de la guarda.

     »Luego iban los dos reyes darmas del Virrey, con sus mazas sobre los hombros; tras ellos iba el fiscal del Santo Oficio con el estandarte de la fe, iba en una buena mula, y sombrero de clérigo sobre la cabeza, y a sus lados, que llevaban las borlas del estandarte, don Gerónimo de Silva, caballero del hábito de Santiago, que iba a la mano derecha, y don Rafael Giménez Ortiz, caballero del hábito de San Joan, corregidor de Potosí por su Majestad. Los cuales ambos iban muy lucidos y galanes en buenos caballos.

     »Luego seguían don Francisco Megía de Sandoval, capitán de la guarda del Virrey, con el bastón, y a su lado Domingo de Garro, alguacil mayor de la Real Audiencia, por don Pedro de Córdoba Mexía, propietario; iba el capitán de la guarda a su mano derecha, y llevaban en medio al fiscal del Rey, licenciado Cristóbal Cacho de Santillana.

     »Luego seguían los alcaldes de corte, doctores Luis Merlo de la Fuente, y Juan de Canseco, a quien seguían los demás alcaldes de corte, y oidores, todos de dos en dos, por su antigüedad, y tras la Audiencia, un poco desviados, iban los señores Inquisidores con sus sombreros puestos sobre los bonetes, y llevaban al Virrey en medio, el cual iba muy galán con capa guarnecida, cuero y calza negra de obra, y bota blanca, y gorra sin plumas, y en la lazada de la toquilla una medalla de un rico diamante, e iba en un hermoso caballo, grande, alazán, el mesmo que llevó el conde de Monte Rey en el auto antes, la guarda de a pie por los lados, y muchos pajes descaperuzados, y detrás iban el mayordomo mayor capitán Jara, el caballerizo mayor don Joseph de Castilla Altamirano, los secretarios y otros criados y gentiles hombres de su Excelencia y de la cámara, y los criados pajes de los señores Inquisidores. -Luego se siguió como por retaguardia la compañía de los gentiles hombres lanzas de la guarda de este reino, con su capitán don Lope de Ulloa, todos de ella muy galanes y lucidos con galanos vestidos, y con sus bandas coloradas, morriones y plumajes, y no llevaban adargas, sino solas las lanzas, y en esta forma llegaron a los tablados, y los señores Inquisidores Virrey y Audiencia Real, Cabildos y Universidad, y caballería subieron al suyo, y se juntaron en sus asientos por sus antigüedades, por el orden y según habían ido.

     »Previno el señor Virrey, que las compañías ordinarias de infantería de la ciudad saliesen este día, y así salieron enformados, de que eran capitanes Lorenzo de Heredia, y don Diego de Ayala, y estuvieron en la plaza de una parte y otra, haciendo calle por donde pasaron los dichos señores, y emparejando con las banderas los Alférez, las abatieron tres veces al estandarte de la fe, y dos al Virrey, lo cual dicen fue así orden de su Excelencia.

     »Luego que estuvieron sentados en el Tribunal, en que tuvo el Virrey cojín de tela sobre el escaño en que se sentó, y otro a los pies, según que también los tuvo otros tales el señor conde de Monte Rey, no teniéndolos los señores inquisidores, el secretario Gerónimo de Eugui, subió al púlpito, y leyó primeramente el edicto general de la fe, y luego consecutivamente la bula o motu propio Si de protegendis, y luego últimamente el juramento acostumbrado en los autos públicos en favor de la fe, en el cual juramente se tuvo este orden (según que en los pasados), que luego que lo comenzó a leer el secretario, tomaron dos curas de la iglesia mayor, que fueron, el doctor Joan de la Rocca y el licenciado Joan Pérez, sendas cruces y misales, que estaban sobre la mesa de los secretarios, y con ellas, y los misales abiertos llegaron donde estaba el Virrey y Audiencia, y alcaldes de corte, fiscal y alguacil mayor, pusieron la mano en la cruz y en el misal, en forma de juramento, al tiempo que el secretario dijo, que «juró a Dios, y a la cruz, y a los santos cuatro evangelios etc.;» y acabado de leer el dicho juramento, se dijo el sermón, el cual predicó muy bien y doctamente el padre Francisco Coello, de la Compañía de Jesús, ordinario deste Santo Oficio, deste arzobispado, y de los obispados del distrito, el cual cuando se entró en la Compañía era alcalde de corte, y le había venido plaza de oidor, y era consultor desta Inquisición, y famoso letrado, y era licenciado; y acabado el sermón, el dicho secretario Gerónimo de Eugui, y el secretario Martín Díaz de Contreras, y las personas que les ayudaron, subidos en el púlpito, uno en pos de otro, alternativamente, leyeron las sentencias de los penitentes por el orden acostumbrado...».

     A las cinco de la tarde regresaron los Inquisidores a sus posadas para volver a salir a las ocho de la noche a sacar al relajado, no sin que antes mediaran con el Virrey grandes disgustos acerca de que el capitán de su guardia no se colocase detrás del estandarte de la fe.

     Desde esta fecha hasta fines de marzo del año siguiente se sentenciaron los reos que a continuación se expresan:

     El bachiller Gabriel Sánchez de Ojeda, enviado por el comisario de Santiago de Chile.

     Alonso Gómez, residente en Potosí, por disputar acerca de los estados.

     Martín de Medina, natural de la Asunción, de veintiséis años, se denunció en Tucumán de haber sostenido en una conversación con algunos compañeros de viaje que ciertas holganzas que se procuraba con una indiezuela no eran pecado, por lo cual hubo de abjurar de levi y oír una misa en forma de penitente.

     Alonso de Zúñiga Loyola, natural de Santa Fe, de veintiséis años, que estando preso por hurto en La Plata, sostuvo que el alma moría con el cuerpo, debiendo en castigo oír una misa con vela y mordaza.

     El licenciado Diego Gutiérrez de Molina, clérigo de Andújar, por haber escapado del Santo Oficio a una mujer que estaba presa, para aprovecharse de ella, fue desterrado perpetuamente de las Indias, pena de diez años de galeras.

     Fue absuelto de la instancia Pedro Corzo que durante la cuaresma mataba algunas reses en su hacienda y las repartía a los indios.

     Hasta último de marzo de 1610 se fallaron las causas de los reos siguientes:

     Por disputar de los estados, Francisco Salguero, natural de Potosí; por blasfemo y testigo falso, Martín de Mariaca, sin oficio; por casado dos veces Juan Mozambique, negro, Mateo Hernández, portugués, alabardero del Virrey; Nuño Álvarez Cabral, de Évora; Domingo Moreira, cantero, portugués; y Alonso Ximénez Cerrato, español.

     Manuel de Fonseca, cirujano, de casta y generación de judíos, preso en Cartagena, por denuncia de un colega que le acusaba de saber todos los salmos de David, en romance y de memoria, y que en cierto pueblo de Italia, oyendo cantar, había entrado en una sinagoga, y por fin, que estando en la cárcel se entretenía en copiar un libro de su oficio que le habían prestado, menos los sábados, en que se paseaba, haciéndose como que rezaba, sin llevar rosario en las manos, abjuro de levi y fue desterrado.

     Hasta igual fecha del año 611, sólo fueron penitenciados Lorenzo Gutiérrez, por bígamo, fray Diego Flores, franciscano, limeño, quien se acusó de varias solicitaciones en confesonario, y Manuel Ramos, sospechoso de judío, portugués, cristiano nuevo, que había sido relajado en estatua en el auto de 1605, y que después de vencer el tormento, fue absuelto.

     No fue tampoco de más labor el año siguiente para los jueces, pues en él sólo condenaron a Domingo Jorge, portugués, Juan Ortiz Cabezas, maestro de escuela en Potosí, Pedro Bastante, carpintero, y Diego de Soto Siliceo, español, por blasfemos.

     Alonso Ortiz de Oña, natural de Málaga, minero de Tupiza, que había afirmado que Jesucristo no estaba en la hostia consagrada tan perfecto como se hallaba en los cielos, ni mucho menos cuando en una iglesia se decían muchas misas a la vez, después de abjurar de levi, fue desterrado a España por tres años.

     Pablo Jamingo, artillero, dinamarqués, residente en Portobelo, testificado de mal cristiano y de que acompañaba a las mujeres hasta la puerta de la iglesia y no entraba, no tenía rosario, ni le habían visto confesar ni comulgar, y que colgaba sus zapatos de los brazos de un cristo, después de preso con secuestro de bienes, fue absuelto ad cautelam y colocado en un convento para que se le instruyese.

     Alejandro Benocla o Pérez, cirujano, natural de Amberes, residente en Saña, que sostenía que de los cristianos bautizados muy pocos se condenaban, fue también encerrado en un convento.

     Gutierre de Cárdenas, clérigo, doctrinero de Chilca, de sesenta años, porque solicitaba a las indias mozas del lugar, fue mandado llevar a Lima, y a poco absuelto.

     Tales fueron las últimas causas de que entró a conocer Ordoñez Flores, después de cerca de veinte años que servía su puesto de inquisidor, pues el 12 de octubre de 1611 llegaba a la capital el licenciado Andrés Juan Gaitán, designado para sucederle, trayendole el nombramiento de arzobispo del Nuevo Reino de Granada.

     Desde estos días, igualmente, en virtud de orden superior, debía el Tribunal cesar en el conocimiento de las causas del distrito de Panamá y Nuevo Reino de Granada, que quedaron sometidos en lo de adelante al que se acababa de crear en Cartagena de Indias.

 

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