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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XIV

Capítulo XIV

Auto de 10 de diciembre de 1600. -Causas despachadas fuera de auto hasta fines de marzo de 1601.


     Ordóñez, mientras tanto, no cesaba en su tarea de fulminar procesos y quemar portugueses, pudiendo bien pronto ofrecer a los buenos vecinos de la ciudad de los Reyes el espectáculo de un nuevo auto público de la fe el domingo 10 de diciembre de 1600.

     En efecto, entre las cinco y seis de la mañana de ese día, salía de las cárceles la procesión de los penitentes, e inmediatamente subía el inquisidor a caballo, esperando para seguir a los tablados que llegase el Virrey, quien, sin embargo, no pareció hasta dadas las siete, trabándose en el acto de palabras con Ordóñez sobre el asiento de preferencia que su antecesor había ocupado en la plaza y que reclamaba para sí, a cuya pretensión se resistía aquel, ofreciendo hacer regresar a sus calabozos a los presos que estaban ya en sus sitios, si persistía en sus exigencias.

     Con ocasión de los asientos no quisieron asistir a la fiesta ni el Arzobispo, ni los obispos de Quito y Panamá, que se encontraban entonces en la ciudad, y sólo el de Popayán, que se hallaba recién promovido y deseoso de presenciar el acto, se allanó en ocupar el que se le había designado.

     Los reos que Ordóñez presentaba eran:

     Diego Martín, Juan Díaz, Juan Fernández Bautista y Martín Ochoa, por blasfemos; varias hechiceras enviadas de Chile; un mulato, dos negras; Ángela de Figueroa, cuzqueña, de veinte años; Pedro de Escobar, zapatero; Andrés García, genovés, labrador; Cristóbal Juárez, oficial de barbería; Luis Natera, pintor; Rodrigo Alonso de Acosta, Manuel Aguiar, Diego Navarro y Francisco de Herrera, por casados dos veces.

     Juan julio, natural de Nancy, jugador al juego de manos llamado de pasa-pasa, de treinta y dos años testificado de haber dicho que en la hostia sólo estaba la sombra de Dios; de haber preguntado que como fue luego el buen ladrón al cielo, no habiendo subido Jesucristo a él hasta después de los cuarenta días, y de la siguiente copla que cantaba, glosándola, en apoyo de que Adán no había pecado hasta después de haber comido de la manzana:

               Adán no pudo pecar,
 San Juan no le bautizó,
 Cierto no resucitó,
 Nadie se puede salvar.

     Por todo esto, abjuró de levi, recibió cien azotes, y fue desterrado de las Indias.

     Fray Diego Piñero, agustino, por haber dicho misa sin ser sacerdote.

     Juan Montañés, barchilón, de Marsella, soltero, de treinta y cinco años, fue testificado, entre otros, por un lego, de que habiendo ido a que le recibiesen por donado, «estando una noche en el convento, había preguntado al reo si se había hallado en la disciplina de los frailes, y el reo había respondido que él no quería atormentar su carne con ayunos y disciplinas, porque el diablo hallaba flacos a los que ayunaban y luego los vencía, y que por eso no quería entrar en orden, que allá se las hubiesen los frailes, que él iba por otro camino, y que no pensaba levantarse de noche, sino dormir hasta las ocho de la mañana; y diciéndole que mirase lo que hacía porque en el monasterio había de trabajar, había respondido que por eso se quería andar en aquel hábito que traía (que es de barchilón); y que Dios había de destruir esta ciudad (Lima) porque había muchas maldades y que todos los clérigos andaban amancebados; y diciéndole el testigo que no se metiese en aquello, dijo el reo que hasta los inquisidores no hacían lo que debían de hacer, que no eran sino contra los pobres y no contra los grandes e hinchados del mundo; y diciéndole el testigo que no se metiese en cosas del Santo Oficio, había respondido, «pues llévenme a mí allá, que yo los pondré de lodo...; y que la Inquisición era como la torre de Babilonia, porque los que en ella entran, nunca aciertan a salir;... y que todas las palabras que el reo hablaba eran contra el uso común de nuestra religión cristiana y muy sospechosas, y traía muchas palabras de la Sagrada Escritura y de los profetas».

     Calificáronle diez proposiciones, y puesto en el tormento, lo venció, expresando que quería morir en el seno de la Iglesia católica, sin decir otra cosa en todo el curso del tormento, que se le dio de garrotes y de toca.

     Salió al auto en forma de penitente y abjuro de vehementi, recibió cien azotes y fue desterrado de las Indias.

     Andrés Rodríguez, soltero, de veintiocho años, portugués, fue reconciliado por seguir la ley de Moisés.

     Francisco Rodríguez, de veintiséis, también portugués, de casta de Judíos, «estando en el tormento, habiéndosele dado nueve vueltas de cordel a las muñecas, sin haber confesado cosa alguna, estando ya en el potro, a la primera vuelta de garrote, llegando a darle la vuelta primera a la espinilla izquierda, comenzó a dar voces, confesando que era Judío»... Votado de nuevo a tormento sobre la intención, «habiéndosele dado otras nueve vueltas de cordel a las muñecas, sin haber dicho cosa de nuevo, siendo mandado tender en el potro y que se le pusiesen los garrotes y cordeles, y habiéndose hecho la monición ordinaria, habiéndole dado una vuelta de garrote al molledo del brazo derecho, queriéndose dar otra, volvió a confesar la creencia».

     Negándolo después todo, abjuro de vehementi y recibió doscientos azotes.

     Felipa López, casada, de treinta y un años, por el mismo delito, fue reconciliada con confiscación de bienes y cárcel perpetua irremisible.

     Francisco Rodríguez, portugués, testificado de judío en la Inquisición de México, cómplice de la anterior.

     Francisco Núñez de Oliveira, soltero, mercader, de Braganza, que denunciado por un hermano suyo y encerrado en la cárcel el 18 de noviembre de 1598, se abrió una vena de un brazo con un alfiler, siendo sorprendido cuando estaba ya muy desangrado, aunque todavía vivo. Un año después trato nuevamente de suicidarse, negándose a comer y hablar, a pesar de que se le puso en la celda de otro reo, lo que tampoco consiguieron algunos frailes que se le enviaron para que le amonestasen, por lo cual hubo que obligarle durante veinte días a comer «una sustancia que le echaban por fuerza en la boca, abriéndosela con un palo».

     Después de reconciliado, le condenaron a cárcel y hábito por seis años.

     A Gaspar Rodríguez, denunciado también por la Felipa López, le confiscaron sus bienes y le enviaron a la cárcel, con hábito por cuatro años.

     Isabel Rodríguez, hija de la López, de dieciséis años de edad, fue condenada a llevar dos de cárcel.

     Pero Gómez Piñero, de Lisboa, casado en el Cuzco, traído de La Plata, sufrió igual pena.

     Andrés Núñez Juárez, que se denunció él mismo, por haber dado grandes muestras de arrepentimiento, se mandó que en el cadalso se le quitase el hábito.

     Gaspar de Lucena, castigado con la confiscación, hábito y cárcel perpetua por igual delito.

     Antonio Fernández, denunciado por la López de ser judío, llevó el hábito y cárcel por cinco años, con confiscación.

     El bachiller Feliciano de Valencia, abogado y graduado en leyes, casado en Lisboa, «pidió a Dios perdón y a Nos misericordia», expresa Ordóñez, por lo cual fue admitido a reconciliación, con confiscación de bienes y hábito por seis meses.

     Baltasar Lucena, soltero, de veinte años, portugués, aprehendido en Potosí, sin que se le encontraran bienes por hallarse en quiebra, fue encerrado en la cárcel, con grillos. A poco, desesperado, tiraba la comida, diciendo que lo sacasen de allí y que diría la verdad. Confesó, en efecto, varios hechos, pero al cabo de algunos días se retractó, y «dando pocas muestras de arrepentimiento», viose su causa con ordinario y consultores, y se votó en conformidad a ser relajado a la justicia y brazo seglar, por impenitente, ficto, simulado, confitente y revocante, y que se le diese tormento in caput alienum. «Siendo llevado a la cámara, dijo que por qué se le daba..., y siendo puesto en el potro, poniéndosele los cordeles, dijo que quería que le quemasen, que no creía en Dios..., y que prosiguiendo en el tormento, dijo que no creía en Jesús y que le soltasen y verían lo que decía de judíos, que los diablos estaban en él y querían que no creyese en Cristo, que no creía en él, y que le quemasen..., y comenzó a llamar a Dios de las maravillas, que renegaba de Jesús y que renegaba de María, y que esto querían que dijese; y visto que decía estas blasfemias y no declaraba contra cómplices, cesó el tormento, con la protestación ordinaria, habiéndose comenzado como a las nueve y acabádose antes de las once. Ejecutose, muriendo pertinaz, y las últimas palabras que se le oyeron cuando le echaron en el fuego, fue decir que derrenagaba de Cristo».

     Duarte Núñez de Cea, casado en Lisboa, de cuarenta y cinco años, tratante de negros, se quejaba de que el médico y el alcaide habían tratado de envenenarle en la prisión. Declaró que no tenía más yerro que guardar los ayunos. Su causa estaba fallada desde el 4 de noviembre de 1595, y siendo condenado a relajación, por judaizante, «murió pertinaz, diciendo que era judío y lo había sido y que le fuesen testigos, y que moría en la ley de Moysen, en que sus padres y pasados murieron, y con esto, le echaron en el fuego».

     «Se hizo el auto con mucha paz y quietud, termina Ordóñez, y el Virrey y todo el pueblo quedó muy edificado de la justificación de las causas y de la misericordia que se usó con los reos, y se acabó a las ocho de la noche, y el Virrey volvió a la Inquisición, por el mesmo orden que habíamos ido, con grandes muestras de gusto de haberlo visto, porque se hizo con gran majestad y autoridad».

     «Después de haber pasado el auto, fuimos a besar las manos al Virrey, y se mostró agradecido de lo que se había hecho con él, y le significamos el poco aprovechamiento que la Inquisición había tenido, porque todos los reconciliados y relajados no tenían bienes, y que se había tenido mucha costa con ellos, y que los cadahalsos y otras cosas necesarias para el auto habían costado mucho, que en nombre de Su Majestad la favoresciese de tributos vacos, y nos libró mil pesos ensayados, diciendo que si tuviera orden de Su Majestad se alargará más, y la ciudad ayudó con setecientos pesos de a nueve reales, lo demás gastó la Inquisición».

     Desde primero de abril de 1600 hasta fines de marzo del año siguiente, Ordóñez despachó además, fuera de auto, las causas que a continuación se expresan:

     Manuel Rodríguez, preso por judío, con secuestro de bienes, en el discurso de su causa estuvo como loco, y pretendiendo una noche escaparse, le metieron en un cepo. Puesto en el tormento, lo venció, siendo en definitiva absuelto de la instancia.

     Duarte Méndez, de veintiún años que usaba el hábito de jesuita, estando retozando con una india en Tucumán, se le dijo que no lo hiciese, y por afirmarse en que no era pecado, abjuró de levi.

     Rafaela de Ovando, soltera, de Potosí, de diecinueve años que sostenía que andar con un hombre honrado (cierto capitán Porras) no tenía nada de reprensible, pagó doscientos cincuenta pesos de plata ensayada para gastos extraordinarios del Santo Oficio.

     Pedro de Reinoso, mestizo, de Quito, por casarse dos veces, habiendo constancia de que había asesinado a su primera mujer, fue remitido a la justicia ordinaria.

     Fray Francisco Romano, de cuarenta y cinco años, natural de Torrejón de Velasco, acusado de que en Tucumán, hablando con cierta mujer, de lance en lance, la había llegado a requerir de amores, y no queriendo ella consentir, por ser sacerdote, le había respondido que sólo las monjas pecaban en eso.

     Fray Juan Prieto, natural de Berlanga, de cincuenta años, que quejándose de las indias desamoradas, solicitaba a sus penitentes españolas, obteniendo grandes sucesos en sus aventuras.

     Fray Bartolomé de la Cruz, de Sevilla, de cincuenta y dos años, testificado de solicitante de quince mujeres y forzador de varias, por la poca correspondencia que de ordinario hallaba.

     Fray Andrés Corral, de treinta y nueve años, de Ronda, que replicándole a cierta mujer que a sus instancias le daba por contestación que las que conocían frailes, se volvían mulas, sostuvo que, por el contrario, se iban al cielo. Declaran contra este reo treinta y una confesadas.

     Fray Diego de Sanabria, natural de Zafra, de treinta y seis años, comendador de Esteco, en Tucumán, que afirmaba pagar bien los buenos servicios de más de treinta de sus confesadas, cuando a instancias suyas iban a hacerle visita a su aposento.




     Fray Mateo de Alvarado, de Jerez de la Frontera, criado en Lima, que también tuvo a Tucumán por teatro de sus proezas, y que, según decía, por la indolencia natural en las indias, se veía obligado a entrarlas de los brazos hasta su celda. Estos dos últimos reos eran mercedarios.

     Los clérigos siguientes, acusados igualmente por solicitaciones: Pedro de Aris Lobo, portugués, testificado por diecisiete mujeres; Pedro de Villagra, de cincuenta y cuatro años, natural de Colmenar, que abusó de madre e hija; Rodrigo Ortiz, «hombre noble», oriundo de la Asunción, que se denunció a sí propio de haber tenido acceso con varias mujeres en el mismo confesonario.

     Las causas de los dominicos solicitantes, por referirse todas a chilenos, las trataremos en otro lugar.

     Fue también juzgado y condenado por testigo falso Juan Sánchez Serrano, cristiano viejo.

 

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