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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima:

1569-1820

José Toribio Medina

Capítulo XIII

Capítulo XIII

Llega a Lima el nuevo inquisidor Antonio Ordóñez y Flores. -Denuncias que en su contra se envían al Consejo. -Ordóñez acusa a sus subalternos. -Auto de 17 de diciembre de 1595. -Reos penitenciados fuera de auto. -Nuevas acusaciones contra Gutiérrez de Ulloa. -Su prisión y muerte.


     El Tribunal, mientras tanto no había quedado abandonado. El licenciado Antonio Ordóñez y Flores, a quien el Consejo había designado para ir a Lima, partía, en efecto de Cádiz el 9 de mayo de 1593, el 29 de agosto estaba en Panamá y el 4 de febrero del año siguiente era recibido al desempeño de su oficio.

     Una vez que se vio solo, fue su primera medida autorizar que todos los que tuviesen que cobrar algunos créditos en provincias distantes sujetas a la jurisdicción del Santo Oficio, podían cederlos a éste a condición de partir por mitad lo que se sacase (196); y en seguida, como hubiese fallecido el alguacil Juan Gutiérrez de Ulloa, nombró en su lugar a un hermano suyo llamado Juan Gutiérrez Flores, caballero de la Orden de Alcántara.

     Hacía apenas un año que servía el nuevo inquisidor cuando comenzaron a llegar al Consejo gravísimas acusaciones contra él, enviadas precisamente por sus mismos subalternos; y «aunque andaba el tiempo tal que no osaban fiarse unos de otros», Juan de Saracho le tildaba de «mozo tan mal acondicionado, que no hay quien le sufra, si pudiesen los hombres huirle», y de que a pretexto de decir venía muy endeudado, había cobrado muchos dineros de más a título de sus sueldos. El secretario Eugui, además de su absoluta inexperiencia en los negocios, le enrostraba ser «precipitado, colérico y malcriado, y de peor término está el pueblo, continuaba, y el reino muy desabrido de ello; los que tienen negocios en la Inquisición muy desesperados de que estén en sus manos, por lo cual y su poca experiencia y mal expediente, no piensan verse libres jamás».

     Agregaba el secretario que en las casas de la Inquisición, donde vivía, en el aposento que ocupara Gutiérrez de Ulloa, había hecho abrir balcones a la calle, donde de ordinario estaban en exhibición no sólo la mujer de su hermano, sino también otras del pueblo que allí iban «a hacer ventana».

     Había separado de su puesto al comisario de Arequipa, que estaba bien reputado, influyendo en el Consejo para que no se nombrase de inquisidor a un hermano del destituido; terminando Eugui por expresar que «en lo que ha mostrado y hace, las causas de la Inquisición ni de otra judicatura no las entiende, pues el trato con los presos es muy desabrido, los que vienen a la Inquisición a descargar sus conciencias, mal rescebidos y peor tratados, de que están tan hostigados en general, que se ha sabido que algunos han dicho que antes permitirían irse al infierno que parecer en la Inquisición». En cambio, aseguraba que los que tenían causas pendientes, se empeñaban con los cuñados y cuñadas del inquisidor para que con su intercesión se les despachasen, «y aun esto en negocios de fe de personas que andan fuera de las cárceles en la ciudad por cárcel».

     «Para consuelo y reparo de los desventurados presos, escribía más tarde el mismo funcionario, es necesario que venga otro inquisidor de más experiencia y conciencia, siquiera en el buen tratamiento de palabra, en que han rescebido y resciben mucha ofensa y agravio, y lo que es peor aún, en sus causas, no permitiéndoles que sus confesiones y declaraciones las hagan con libertad y como ellos las quieren decir, aun en casos y palabras que entienden que el asentarse hace mucho a su justicia y defensa, y ven ellos a sus ojos decir al inquisidor, hablando con el secretario, 'no asiente eso, sino esto y lo otro'; y si replican (como ha acontecido) diciendo, 'no digo yo eso', respóndeles con desabrimiento temerario, 'sois un bellaco, y hareos y aconteceraos, etc.'

     Añadía que con ocasión de haber interesado «la mano poderosa de la Inquisición en el cobro de las deudas, estaba el Tribunal convertido en una herrería que Ordóñez había sacado en varias ocasiones dinero y últimamente hasta diez mil pesos de una vez del arca de tres llaves para entregarlos a un mercader que iba a México y negociar en su compañía.

     Si, como puede notarse, las acusaciones que contra el jefe del Tribunal se hacían, eran graves, no eran menos notables las que por éste se dirigían a sus subalternos, inclusos los familiares, pues «todo es lamentos y chismes, decía, de unos en otros, y desenterrarse los huesos y andarse mordiendo por detrás;... estando tan engreídos, que era menester para cualquier cosa que el inquisidor con el bonete en la mano se los suplicase».

     Ordóñez no desconocía de modo alguno que todos sus dependientes se expresaban de él en los términos que se ha visto, pero lo atribuía, por una parte, a los amigos de Gutiérrez de Ulloa, que le habían instado para que desde luego entendiese en el negocio del factoraje de azogues, en que tan comprometido aparecía el hermano del inquisidor, a lo que se había negado; y por otra, a que Ruiz de Prado y sus secuaces decían que el puesto le había sido dado por quitárselo a éste. Se quejaba, en consecuencia, de que Ulloa, a pesar de que se le había expresamente mandado que no saliese a la visita, sin dejarlo bien instruido de los negocios del Tribunal, se había marchado, tomando por pretexto, ya sus achaques y melancolías o ya que tenía que prepararse para el viaje, sin parecer en las audiencias y sin siquiera despedirse de él.

     Respecto del secretario afirmaba que todas sus quejas nacían de que haciéndole trabajar como convenía en el despacho de las causas de los presos para celebrar auto lo más pronto, decía que se le quería matar a fuerza de tareas, siendo la verdad que lo único que pretendía era procurarse tiempo para ocuparse de negocios suyos ajenos al oficio.

     Por lo que toca al receptor, manifestaba que se descuidaba grandemente en el desempeño de su cargo; pero que mediante a sus providencias e instancias que tenía hechas, había logrado guardar en cajas de la Inquisición hasta veinte mil pesos, parte de los cuales se habían dado a censo e invertido también algunas cantidades en reparar las casas del Tribunal, que estaban algo maltratadas con los temblores.

     Pero si el empeño que manifestaba Ordóñez en allegar bienes para el Tribunal era considerable, no era menor su afán a fin de celebrar pronto algún auto de fe que le valiese méritos y en caso necesario le sirviese de disculpa contra las acusaciones que se le hacían. A este efecto, no perdonaba ni las fiestas, logrando, por fin, que el domingo 17 de diciembre de 1595 se verificase «el más grande y de más extraordinarias causas que en esta Inquisición se ha hecho».

     Salieron en él, por lo de la simple fornicación: Pedro de Vallejo, de más de sesenta años, Francisca Gómez, Martín Degutado y Andrés de Paniagua, soldado, a quien se dio tormento y que se presentó con soga y mordaza, siendo en seguida sacado a la vergüenza.

     Por blasfemo, Sebastián de Salas, hombre perdido y jugador; María de Torres, llamada la gitana, por examinar las líneas de las manos, salió con vela, y en forma de penitente; Juan Fernández Gullio, procesado en Quito por sospechas de herejía, escapó de mayor pena, merced a que el Marqués de Cañete deseaba emplearlo en el trabajo de una mina.

     Por casados dos veces, Clara de Prado y Ana Gómez, negras; Lucas de Montrartu, vizcaíno; Pedro Vásquez, mestizo; Gregorio Hernández; Ana de Córdoba, vecina de Santiago del Estero, que salió con vela y coroza; Bartolomé Terruela y Víctor Méndez.

     Los siguientes eran portugueses: Duarte Méndez, mercader, de veintiséis años, por vehementes sospechas de judaizante; Juan Rumbo que fue reconciliado, por haber hecho pacto con el demonio, llevando, además, hábito y cárcel por seis años; Manuel Anríquez, a quién se dio tormento en el muslo hasta la tercera vuelta de garrote, y confesando ser judío, fue también reconciliado, pero con hábito y cárcel perpetuas; Antonio Núñez, tratante, de veintiocho años y Juan López, que en Lima servía de escudero en una casa honrada, llevaron igual pena, que en cuanto a la de cárcel se redujo a nueve años a Francisco Váez Machado, por haber confesado su delito.

     Después de la derrota y prisión de Richarte Aquines (Hawkins) y de algunos de sus compañeros, que habían entrado en el mar del Sur a fines del año de 1594, por D. Beltrán de Castro, parte de ellos fueron enviados a las galeras de Cartagena, pero se llevó a Lima a trece, los cuales, en 5 de diciembre de ese mismo año, fueron metidos en cárceles secretas porque por informaciones constó que eran herejes, «y que, como tales, habían robado a muchos españoles y hecho mucho daño en los puertos de estos reinos».

     Eran estos Joan Helix, de edad de cuarenta y cuatro años, natural de Pleuma (Plymouth), cristiano bautizado y confirmado y que había oído misa hasta la edad de doce años sin haber nunca confesado ni comulgado, no se supo persignar ni decir la doctrina, mas del Pater noster y Avemaría. Después de contar el discurso de su vida, a la primera monición que se le hizo, dijo que había seguido la secta de los protestantes y que nunca supo más religión que la que se enseñaba en Inglaterra, pero si se le convencía que había alguna otra mejor que la suya, estaba presto a seguirla, como por las razones que se le daban lo haría con la católica. Púsosele, sin embargo, acusación de haber sido luterano y apostatado de la fe que recibiera en el bautismo, siendo admitido a reconciliación con hábito y reclusión en un monasterio por diez años, debiendo acudir a las procesiones y a la misa mayor e ir todos los sábados en romería a una ermita.

     Nicolás Hans, flamenco, paje de Aquines, de quince años de edad, quien después de haber sido entregado a los jesuitas para su enseñanza, expresó que quería ser católico, y fue reconciliado con sólo dos años de hábito y otras prácticas saludables.

     Juan Ullen, de dieciocho, chirimía y criado del general, que dijo haberse convertido en la cárcel por consejos de un español preso que le había enseñado las oraciones, recibió la misma pena que el anterior.

     Heliz Arli (Harley) de la edad del precedente, fue condenado a lo mismo.

     Richarte Jacques fue también recluso en la Compañía por su poca edad.

     Enrique Chefre, tonelero, de treinta años, que guardaba la religión que mandaba su reina, manifestó que ignoraba por qué le habían preso, pues no sabía que hubiese religión católica, ni quería tampoco averiguar si esta era contraria a la suya. Su abogado, viendo que no se dejaba convencer, se desistió de la defensa, llamando entonces el Tribunal a los jesuitas Juan Sebastián y Esteban de Ávila para que le catequizasen, declarando a poco Chefre que estaba ya convertido de corazón, lo que no le impidió llevar hábito y cárcel perpetuas y cuatro años de reclusión en un convento.

     Richarte de Avis (Davis), de cuarenta y seis años, herrero, casado y con hijos en Londres, se afirmó en que había de ser protestante hasta morir; y como no le aprovechasen los consejos de los jesuitas, se le mandó echar un par de grillos, argumento que le fue de tanta eficacia que al día siguiente pidió audiencia para exponer que habiendo meditado bien durante la noche que acababa de pasar, pedía ser admitido en la Iglesia, siendo al fin condenado a la misma pena de Chefre.

     Enrique Grin (Green), que servía en la armada, de condestable de cuarenta años, cristiano bautizado y confirmado, porque había nacido en tiempos en que eran católicos en Inglaterra, llevó sólo seis años de cárcel.

     Los demás, Tomas Reid, que venía de trompeta, Tomas Gre (Gray), Francisco Cornieles, flamenco, Hiu (Hugh) Carnix, maestre de la nao capitana, Cristóbal Palar, irlandés, Guillermo Li (Leigh), Guillermo Bries, Joan Toquer (Tucker), presos en la Yaguana, enviados de Santo Domingo, dieron defensas semejantes y sufrieron penas del mismo tenor, a excepción de Leigh que fue condenado en cárcel perpetua irremisible y por galeote al remo por tiempo de seis años.

     La importancia de este auto de fe, que tanto encarecía el inquisidor Ordóñez, se derivaba de otros reos más notables todavía. Fueron estos Jorge Núñez, Francisco Rodríguez, Juan Fernández y Pedro de Contreras.

     Núñez era natural de San Juan de Pesquera en Portugal, habiendo tenido origen su causa de no haber querido comprar ciertas mulas que le fueron a vender, porque dijo que aquel era día sábado. En las primeras audiencias declaró ser de treinta años de edad, cristiano bautizado, fiel observante de las prácticas de la Iglesia católica; que era falso lo de la compra que se le atribuía, y que en cuanto a la licencia que había solicitado al quererse ausentar, diciendo ser oriundo de Lisboa, y que motivaba uno de los cargos que se le ponían, lo había hecho simplemente por ser Lisboa pueblo más conocido que el de su nacimiento.

     Los que le acusaban de judío eran otros portugueses, que salieron reconciliados en esta misma ocasión, aunque afirmaban que no le habían visto practicar ceremonia alguna de la antigua ley. Llevado a la cámara del tormento, persistió en su negativa, pero cuando se le iba a dar la primera vuelta, declaró que había vivido como judío y que quería morir de una vez. Condenado por unanimidad a ser relajado, permaneció toda la noche antes del auto con la misma pertinacia, «y cuasi todo el tiempo que duró el leerse las sentencias dél, y aunque después tomó una cruz en las manos y dicen se confesó, se tuvo poca satisfacción de su muerte».

     Rodríguez, que era oriundo de Villaflor y traficaba como arriero entre Lima y el Callao, fue denunciado por otros portugueses de que un viernes en la noche no había querido preparar unas cargas, y que como el denunciante sabía que los judíos guardaban el sábado desde el viernes en la tarde, sospechaba que lo fuese el reo. Como esta testificación no fuese bastante, Ordóñez encargó al denunciante le siguiese observando, quien luego llevó al inquisidor nuevos capítulos de acusación, ridículamente frívolos, los cuales, sin embargo, se declararon bastantes para su prisión. Rodríguez en las audiencias que con él se tuvieron pudo señalar a sus acusadores, indicando ciertos pretendidos motivos de queja que tenían contra él y que sin duda les habían impulsado a levantarle falso testimonio. Puesto a cuestión de tormento, lo venció todo. Poco después, el alcaide dio parte de que al reo le daba «mal de corazón», pero no sólo no fue creído, sino que al enfermo se le mandó echar un par de grillos. Sus actos posteriores manifestaban que había enloquecido, especialmente después que se le previno que se preparase para sufrir nuevo tormento. Llevado así a la cámara, antes de empezar su oficio el verdugo, confesó que en Portugal había judaizado; pero cuando al día siguiente fue llevado a la audiencia para que se ratificase, se presentó con una enorme herida en la cabeza, que él mismo se había abierto con una piedra en su prisión, por no haber confesado antes, según expresa la relación de su causa. Posteriormente se negó a que le curasen la herida, procurando, además, ahorcarse con trapos que ataba en forma de cuerda o que se introducía en la boca, «si no tenían cuidado, le hallaban ahogado».

     Se admitieron más tarde contra él las deposiciones arrancadas a un testigo en el tormento, las de otro reo que fue relajado por judío, y por fin, las de un tercero que fue reconciliado.

     «Vimos la causa con ordinario y consultores, termina Ordóñez, y se votó por todos en conformidad que este reo fuese relajado a la justicia y brazo seglar, y antes fuese puesto a cuestión de tormento in caput alienum, y habiéndose llevado a la cámara del tormento para poner en ejecución el tormento, no se quiso desnudar, ni consintió que le desnudasen, resistiéndose de suerte que fue menester hacer pedazos el vestido; y puesto en el potro y empezado el tormento, dijo que los que tenía nombrados en su proceso, que los volvía a nombrar uno por uno por judíos, y dijo sus nombres de algunos, y volviendo a proseguir el tormento, los de otros; y preguntado qué les había visto hacer de judíos, dijo que vestirse camisa limpia y guardar los sábados y hacer ayunos por el mes de setiembre, por guarda y observancia de la ley de Moysén; y no dijo otra cosa, ni la quiso responder; y tres días después, siendo traído ante Nos para que se ratificara en lo que había dicho en el tormento, le fue leído todo de verbo ad verbum y le fue preguntado si lo había oído y entendido y si era verdad, y nunca quiso responder, hasta que muy importunado, dijo que no era verdad y que se lo habían hecho decir forciblemente, y lo revocaba, y nunca quiso responder otra cosa; y la víspera del auto, en la noche, habiéndosele notificado a este reo que se aparejase, que había de morir, y puéstole las insignias de relajado, y en su compañía algunos religiosos que le exhortasen y amonestasen, hicieron tan poco fructo en él, que dende que le sacaron de las cárceles hasta que le pusieron en el palo, no fue poderoso ninguno de ellos para que hablase tan sola una palabra, y así le quemaron vivo».

     Juan Fernández de las Heras era un pobre loco a quien le había entrado la manía de las cosas teológicas, pero que no por eso se escapó de la hoguera.

     Pedro de Contreras, hijo del bachiller Francisco González Bermejero, que había sido alcalde de Oropesa, de quien se decía haber sido relajado en estatua en Alburquerque, acusado igualmente de judaizante, después de atormentado y de largos años de prisión, sufrió nuevo tormento in caput alienum, «y aunque tuvimos, dice el inquisidor, esperanza de la conversión de dicho Pedro de Contreras para morir bien, después de notificársele la noche antes que su hora era llegada, no fue así, porque permitió Nuestro Señor se le endureciese el corazón y que persistiese en decir siempre que no lo había hecho, y con esto acabó, habiendo hecho mil fingimientos de contrición en el auto, con un Cristo que tenía en las manos, que todo conocidamente era fingido, y por dar a entender al vulgo que era buen cristiano, acordándose de la honra del mundo, que era que le había hecho no decir verdad, y olvidándose de la cuenta que había de dar a Nuestro Señor».

     Hernán Jorge, portugués, que fue también denunciado como judío, de treinta y dos años, zapatero, establecido en Potosí, se le encerró en las cárceles, donde a poco se enfermó para ir a morir en un hospital, liberándose de que se siguiese la causa con su memoria y fama, merced a que su denunciador fue relajado.

     Fuera de auto habían sido despachados los reos siguientes:

     Juan de Santillana de Guevara, a quien por mal nombre llamaban el capitán Trapala, que se daba por oficial de la Inquisición, no le valió su ejecutoria de hidalgo para ser desterrado por hablador y maldiciente.

     Bartolomé de Padilla, sastre, que se denunció de haber dicho, usando oficio de alguacil, «no creo en Dios».

     Fray Felipe de Santa Cruz, que ya había sido castigado en 1589, fue de nuevo penitenciado por haber reincidido en solicitaciones.

     Juan de Herrera, de Tunja, procesado por sospechas de judío, fue absuelto en mayoría de votos contra los que querían ponerle a cuestión de tormento.

     Hernando de Góngora, presbítero, que solicitaba a las indias.

     Fray Pedro de Monte, franciscano, que afirmaba tener visiones y revelaciones en sueños, y que los inquisidores violaban la ley natural, no permitiendo que los confesores absolviesen a las hechiceras.

     Alonso de Porras Santillán, corregidor del Cuzco, por blasfemo, fue desterrado a España por tres años.

     El bachiller Álvaro Sánchez Navarro, canónigo y provisor en el Cuzco, que después de haber sido penitenciado, en regresando a su canonjía, dijo muchas libertades contra los inquisidores y llamó de judío al comisario. Fue preso en La Paz, tratando de matarse antes de que le sacasen a un tablado, donde en público le dieron cien azotes, a voz de pregonero.

     Abjuraron de levi por blasfemos, Diego Enríquez, sevillano, Rodrigo de Ortigas, de Canarias, Marco Antonio Costa, genovés, y Catalina, negra.

     Por proposiciones fueron procesados: Isabel de Porras, de cincuenta años, viuda, del Cuzco, que se afirmaba en que los indios que habían muerto antes de la llegada de los españoles, se iban al cielo; Rodrigo de Palomares, que se denunció de haber dicho que en el día del juicio los cuerpos se desharían con un soplo que daría Dios, y se quedarían acá hechos tierra, y solas las almas de los buenos irían al cielo»; Felipe de Luján, que observando un cuadro del juicio final dijo que estaba mal pintado, porque no estaba el Señor con los Doce Apóstoles; Juan de Gauna, mercader de Tarija, que negaba el purgatorio: casi todos los cuales pagaron cada uno doscientos pesos de multa para gastos del Santo Oficio.

     Giles Flambel (que había sido castigado en 1581 por haberse dicho que era de la secta de Lutero), de sesenta y ocho años, Zapatero, de Amberes, residente en Panamá, se hizo sospechoso de herejía por haber sostenido que no era menester confesarse y otras proposiciones; fue puesto en el tormento, y habiéndole vencido, se le recluyó en el colegio de la Compañía en Lima.

     Francisca Maldonado, natural de Sevilla, de treinta años, casada con un jugador, quien para que la quisiesen bien, rezaba ciertas oraciones, como la de San Erasmo, de las palmas, de las estrellas, y la de Santa Marta que decía así: «Señora Sancta Marta, digna sois y sancta, de mi Señor Jesucristo querida y amada, de la Reina de los Ángeles huéspeda y convidada. Señora Sancta Marta, benditos sean los ojos con que a mi Dios mirasteis y los brazos con que le abrazasteis y la boca con que le besasteis y los pies con que le buscasteis». Estas palabras se habían de repetir de rodillas, con una vela encendida delante de la imagen de la Santa, y después de dichas, se rezaría un pater noster, para pedir en seguida lo que se deseaba.

     Francisca Jiménez, soltera, denunciada en el Cuzco por la misma causa; Mariana Clavijo, casada, que se delató en Potosí de que viéndose abandonada de su amante, que por añadidura le había quitado los regalos que antes le hiciera, se había entregado a practicar conjuros y oraciones adecuadas al caso; María de Aguilar, casada con un procurador de Cochabamba, por igual motivo; Lucía de Ocampo, Francisca de Espinosa y Catalina de Mena, por lo mismo.

     Por blasfemos fueron penitenciados: Gaspar del Peso, Diego Baptista, Jerónimo Zurbano, arequipeño, hombre noble; Sancho de Madariaga, teniente de corregidor de Potosí, un genovés y varios negros.

     Por proposiciones lo fueron: Álvaro Alonso, natural de Moguer; Gabriel de Noria, el presentado Fray Francisco Vásquez, de Logroño, demás de sesenta años, acusado, además, de blasfemo, irreverente y solicitante, y a quien entre sus papeles se le calificaron treinta proposiciones que fue obligado a retractar.

     Fray Andrés de Salazar, mercedario, por haber dicho misa sin estar ordenado.

     Por solicitantes: Fray Pedro Pacheco, de Jerez de la Frontera, franciscano, que confesaba en un monasterio de monjas en Lima; Pedro de Victoria, clérigo, de Guadalajara, residente en Nasca; Fray Francisco de Riofrío, mercedario, de sesenta y siete años, que seducía a las indias de Moyobamba; Fray Juan de Medina, aragonés, y Fray Juan de Ocampo, establecidos en Chile; los mercedarios Fray Gaspar de Frías Miranda, Fray Diego de Chaves y Fray Alonso Díaz, que fue testificado por más de cuarenta indias; los franciscanos Fray Alonso Díaz Becoso, gallego, de cincuenta años; Fray Antonio de la Oliva y Fray Francisco Rabanal, domiciliados en Panamá; los clérigos Juan Silvestre, natural de Mérida, Juan de Figueroa, acusado en Huánuco por cuarenta y tres testigos; Melchor Maldonado, del Cuzco, que lo fue por sesenta y siete, Juan de Valdivieso, cura de Chachapoyas, y Francisco de Mesa, en Salta.

     Llegaba por estos días a tal extremo el abuso de las solicitaciones en el confesonario, que Ordóñez se vio en el caso de llamar la atención del Consejo a lo que estaba ocurriendo, especialmente en el Tucumán «donde parece que apenas ha habido sacerdote que no haya pecado en esto, decía,... y lo que peor es, que hay algunos testificados que decían a las indias que el pecar con ellas no era pecado, y se echaban con ellas carnalmente en la iglesia»; solicitando, en consecuencia, que se le autorizase para agravar las penas que podían imponerse a estos reos, conforme a las instrucciones.

     Mientras el inquisidor que había quedado en Lima, se ocupaba en ver quemar a los presos condenados por él, Gutiérrez de Ulloa, que cada día se sentía más agriado de carácter y más ensoberbecido con lo que hasta entonces había ejecutado, sin que nadie le saliese al atajo, iba imponiendo sus arbitrariedades por dondequiera que caminaba; y para no referir más de un caso de estos, que por aquel tiempo tuvo cierta resonancia, dejaremos que cuente sus percances a uno de los mismos agraviados.

     Fue este un caballero llamado Diego Vanegas, natural de Sevilla, establecido en aquella época en el Cuzco. «Estando yo, refiere, en la dicha ciudad, por la navidad pasada del año de noventa y cuatro, y habiendo llegado a ella el dicho inquisidor, que iba de paso a visitar el Audiencia de los Charcas, en un día del mes de diciembre de dicho año, pasada la dicha pascua, estando yo en conversación con Diego Escudero y Francisco de Urena Callejo, vecinos de la dicha ciudad, junto a la plaza pública de ella, sobrevino un Joan García de Fernán Gil, criado de don Francisco de Loaysa, cuyo huésped era el dicho inquisidor, y llegó a decirnos que era muy grande el poder de un inquisidor, y que no le tenía el mundo tal, pues por haberse atravesado de palabras el licenciado Parra, estando en la dicha ciudad, con un criado del dicho inquisidor, sobre un asiento, le había hecho traer ante sí y le había dicho que era un gran bellaco, guitarrero, perro de judío, ensambenitado, y le había de hacer [...], y sobre todo esto se había mandado llevar a la cárcel y echarle de cabeza en un cepo, y por que yo le respondí al dicho Juan García que aquellas eran cosas que allí no gustábamos de saberlas, ni él tenía para que decirlas, pues no se lo preguntábamos, ni lo queríamos saber, y él respondió que él nos las quería decir, y sobre ello tuvimos palabras y él se fue a quejar dello al dicho inquisidor, me mandó llevar ante sí con Camargo, familiar del Sancto Oficio, y un Antonio Rodríguez, que vino en su compañía, los cuales me llevaron a la posada del dicho inquisidor, y en llegando, me quitaron las armas, diciendo que tenían aquella orden, y entre sin ellas ante el dicho inquisidor, el cual me preguntó luego si le conocía, y habiéndole respondido «sí, señor, que usted es el inquisidor Ulloa, tan principal caballero como todo el mundo sabe», me replicó, «qué decís, bellaco, confeso, indio, perro, como decís vos que no queréis saber lo que yo hago, de si es vuestro amigo el bellaco, que volvéis por él, y venistes con quien os lo contaba; yo os haré quemar vivo, que sois un perro hereje», y porque le dije que le suplicaba que me tratase bien, que yo era hijodalgo y noble, y mi padre había sido el licenciado Vanegas, oidor de la Contratación de Sevilla, y que yo no desmerecía por mi persona, me volvió a replicar, y decir que yo era un bellaco judío, y qué cosa era tratalle de merced sino de señoría; y porque volví a decir que le suplicaba que si yo había cometido algún delito, procediese por tincta y papel, y me castigase y no me tratase mal de palabra, porque yo no le había ofendido, «pues vos me habíades de ofender a mí», y se levantó con mucha cólera a poner las manos en mi persona, y porque yo me quité delante para evitarlo, llamó a grandes voces a sus criados, y entrando a las voces más de veinte personas, les dijo «matadle de aquí a este bellaco», por lo cual llegó un Juan Durán, criado del dicho inquisidor, y me dio una cuchillada en la cabeza, que me cortó cuero y carne, y me salió mucha sangre, quejándome yo del golpe y herida, y diciendo hay que me han muerto, dijo el dicho inquisidor «eso es lo que yo quiero, perro, espera que no ha de ser desa manera», y habiéndome asido y cercado todos los demás que habían entrado, y dándome muchos golpes y empellones, me hicieron muy malos tratamientos y me rompieron la ropilla, jubón y camisa, y todavía el dicho inquisidor daba voces llamando a sus negros, para que me diesen azotes, y a las voces entró doña Mariana, mujer del dicho don Francisco de Loaysa, y movida a compasión, rogó al dicho inquisidor no permitiese se me hiciesen más daño ni afrenta; y él la respondió, que él pensaba de hacerme dar quinientos azotes más, que por respecto della no serían más que trescientos, y volviéndole ella a importunar, se contentase con lo hecho, la respondió que no serían más de doscientos, hasta que por sus ruegos e importunaciones de que no me hiciese aquella afrenta, me dejó el dicho inquisidor y mandó al dicho Camargo, familiar del Sancto Oficio, que me llevase y entregase a don Antonio Osorio, corregidor de la dicha ciudad del Cuzco, cuyo huésped yo era, para luego me desterrase y echase del pueblo, y donde no, que él haría un castigo no pensado, y con esto el día siguiente por la mañana, se partió de aquella ciudad el dicho inquisidor, y siguió su camino de los Charcas, y sabiendo en el camino dicho, que yo había dicho que trataba de venirme a quejar del dicho agravio ante vuestra alteza, y su consejo supremo de la santa y general Inquisición, envió el dicho inquisidor orden y mandó al dicho Camargo y a otro Malaver, familiar del Sancto Oficio, para que me prendiesen, y al canónigo Albornoz, de la iglesia Catedral del Cuzco, le envió orden para que hiciese información contra mí de lo que había dicho o hecho en su ausencia, y para que me pudiesen llevar preso por caso de Inquisición. Los cuales me prendieron con mucho escándalo, acompañados de tres y cuatro negros, con hachas encendidas y alabardas, y me sacaron de la cama donde estaba aquella noche, en la casa del dicho corregidor, curándome de la dicha herida de la cabeza, y secrestaron los bienes, en presencia de don Francisco Urena Vallejo y otras personas, y me llevaron a la cárcel pública de la dicha ciudad, con varas altas de justicia, y en ella me metieron en un aposento solo y me echaron grillos y se llevaron las llaves del dicho aposento, y de la dicha cárcel aquella noche; y el día siguiente por la mañana me mandaron aprestar para mediodía, y después de mediodía me sacaron preso con un grillo al pie, y me llevaron con mucho escándalo, con muchos indios de guarda, por la calle pública de la dicha ciudad, con varas altas de justicia, los dichos familiares, hasta llevarme hasta Siguana, un pueblo de indios veinte leguas del Cuzco, donde estaba el dicho inquisidor Ulloa, y llegado ante él, me dijo que había sabido que yo quería irme a quejar ante Vuestra Alteza y vuestra reverenda persona, y que Vuestra Alteza estaba satisfecho de que él era su servidor, y de que todo el mundo sabía que el dicho inquisidor había tenido a vuestra real persona asentado en un banquillo, y me pregunto si sabía yo cómo había tratado el dicho inquisidor al conde del Villar, siendo virrey del Perú, y que todo el mundo temblaba dél, y me mandó que temblase yo también delante dél, llamándome de bellaco, perro, y que supiese que él había metido la Inquisición en el Perú, y que por su medio tenía Vuestra Alteza aquel reino seguro, y me tomó juramento sobre una cruz, y me hizo firmar un papel por fuerza, sin que yo lo leyese, ni entendiese lo que contenía, y me mandó que fuese en su seguimiento hasta Potosí, y por el camino me fue haciendo caricias, y asentándome a su mesa, a fin de que no tratase más del negocio, y mandó a su secretario me dijese de su parte y aconsejase que yo fuese con la voluntad del dicho inquisidor, y me haría dar en que yo pudiese ganar treinta o cuarenta mil ducados, y porque yo no condescendía con él, mandó al dicho inquisidor poner preso y con grillos en la cárcel pública de la dicha ciudad de Potosí, donde estuve preso más de cuatro meses, y de allí me llevaron por su mando a Santa Cruz de la Sierra, que es una frontera de indios de guerra, doscientas leguas de Potosí, y por su orden me envió don Pedro Osores de Ulloa, teniente del capitán general, entregándome como soldado condenado por tres años a estar y servir en la dicha frontera, y sino, que los cumpliese en galeras, y aunque pedí testimonio no me lo quisieron dar, y el dicho don Pedro me envió con dos alguaciles con grillos, públicamente por las calles de la dicha villa del Potosí y me llevaron hasta Misque, adonde me rescibió don Antonio Troche de Vallejo, teniente de capitán, adonde estuve preso y con grillos muchos días; y aunque me solté de la cárcel, me volvieron a prender a voz de Inquisición, herido de un flechazo, que me dieron por prender, y de allí me volvieron a llevar con mucha guardia y con grillos, hasta otras cincuenta leguas, adonde me huí y solté y estuve tres días escondido sin comer ni beber, por que no había agua en el camino, y vine cuatrocientas leguas fuera de camino milagrosamente hasta la dicha ciudad de los Reyes, adonde dí cuenta dello a vuestro virrey, y con su licencia y de los inquisidores de aquella ciudad, me partí y vine a esta corte con mucho gasto y costa».

     Siguió Ulloa entendiendo en la visita, hasta que teniéndose noticia y comprobación en el Consejo de Indias, según creemos, de su conducta, se mandó al licenciado Cepeda, presidente de la Audiencia de La Plata, que hiciese notificar al inquisidor que si por entonces no tenía terminada su comisión, la concluyese en el término perentorio de cuatro meses. Notificósele esta resolución en octubre de 1596, y en el acto ocurrió al Virrey preguntándole lo que haría, quien le contestó, como era natural, que diese cumplimiento a lo que se le ordenaba, enviando juntamente una provisión a Alonso Osorio, corregidor de Potosí, para que se la notificase cumplidos los cuatro meses de plazo, orden que impartió a su vez Cepeda, con la agregación de que se notificase a Ulloa que debía abandonar a Potosí. El inquisidor replicó que daba por terminada la visita, pero que por el estado de su salud y otras razones, no saldría de la ciudad, después de lo cual el corregidor lo volvió a hacer saber nueva provisión de la Audiencia para que cumpliese la orden en el plazo de diez días; y como se negase diciendo se hallaba enfermo, Osorio, después de desmentirle por dos veces consecutivas y de enrostrarle algunas palabras descompuestas, le prendió a él ya todos sus criados, poniéndole seis u ocho alguaciles de guardia y dejándole solo un muchacho y una negra para su servicio, teniéndole así tres días, hasta que le hizo salir de la ciudad, con prohibición a todo el mundo de que nadie le acompañase.

     En esa forma llegó Gutiérrez de Ulloa a Lima el 7 de julio, para morir seis días después, a los sesenta y tres años de edad. «No obo lugar de notificarle la visita, concluyen los inquisidores, porque los seis días que vivió en esta ciudad, los tuvo en la cama, y los hubo bien menester para ordenar lo que tocaba a su alma».

 

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