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Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820

José Toribio Medina

Apéndice

Lista de los Inquisidores que hubo en el Tribunal del Santo Oficio de Lima


 Andrés de Bustamante, 1569.
 Serván de Cerezuela, 1569-1582.
 Antonio Gutiérrez de Ulloa, 1571-1597.
 Juan Ruiz de Prado, 1587-1594. 1596-1599.
 Antonio Ordóñez y Flores, 1596-1611.
 Francisco Verdugo, 1601-1623.
 Andrés Juan Gaitán, 1611-1651.
 juan de Mañozca, 1624-1638.
 Juan Gutiérrez Flores, 1624-1631.
 Antonio de Castro y del Castillo, 1627-1648.
 León de Alcayaga Lartaun, 1638.
 Diego Martínez Cabezas, 1658.
 Luis de Betancurt y Figueroa, 1642-1659.
 Cristóbal de Castilla y Zamora, 1656-1669.
 Bernardo de Izaguirre, 1655.
 Álvaro de Ibarra, 1659-1667.
 Juan de Huerta Gutiérrez, 1664.
 Bartolomé González Poveda, 1670-1674.
 Juan Queipo de Llanos, 1672-1680.
 Francisco Luis de Bruna Rico, 1675.
 Juan Bautista de la Cantera, 1681-1692.
 Álvaro Bernardo de Quirós y Tineo, 1682.
 José de Burrelo, 1701.
 Francisco Varela, 1692-1702.
 Gómez Suárez de Figueroa, 1697-1720.
 Francisco Ponte y Andrade, 1707.
 Gaspar Ibáñez de Segovia, 1703-1737.
 José García Gutiérrez Cevallos, 1718-1730.
 Cristóbal Sánchez Calderón, 1730-1748.
 Diego de Unda, 1735-1748.
 Pedro de Arenaza y Gárate, 1744-1751.
 Mateo de Amusquíbar, 1744-1763.
 Diego Rodríguez Delgado, 1751-1756.
 José de Salazar y Cevallos, 1757.
 Juan Ignacio de Obiaga, 1759-1777.
 Bartolomé López Grillo, 1763-1777.
 Francisco Matienzo Bravo del Rivero, 1766-1796.
 Francisco Abarca Calderón, 1779-1816.
 José Ruiz Sobrino, 1798.
 Pedro de Zalduegui, 1793-1820.
 

 

Apéndice documental

 

I-1575. -Inventario de los libros, papeles, cartas, cartapacios, ropa, instrumentos, armas y otros efectos incautados por la Inquisición de Lima del hato e equipaje que llevaba el cronista y piloto Pedro Sarmiento de Gamboa. Hallado y publicado por el historiador peruano don Carlos A. Mackehenie. -Julio-agosto de 1575.


     En la ciubdad de los Reyes a treynta de jullyo de mill e quinientos y setenta y cinco años los señores inquisidores licenciado Cerecuela y licenciado Ulloa mandaron a don Alonso de Aliaga como algoacil deste Santo (Oficio) que juntamente con mi Diego de Aramburu fuesemos a la chacara de Maldonado donde alariamos los indios y caballos y ato que traya padre de Sarmiento preso en las carceles deste santo oficio y todo ello por ante my Diego de Aramburu se ymbentariasen y se truxe a mi posada asta tanto que sus mercedes mandasen otra cosa y yendo a la dicha chacara en cumplimiento de lo mandado por los señores inquisidores topamos los indios con todo el ato que benyan cargado en los caballos y asi todo como trayan lo truximos a casa de my el dicho Diego de Aramburu y alli ymbentariamos todo lo que trayan los dichos yndios y caballos del dicho Pedro Sarmiento que es lo siguiente:

     primeramente en un cofrecito biejo lo seguiente

     id dos libros de latin y otras cartas y papeles que estaban dentro de el

     id un conpas de plata sin quintar pes o una onça y tres quartos

     id un conpas de laton

     id tres cucharas de plata sin quintar pesaron quatro onjas y una ochaba

     id una ninfa bordada con aljofar id unas charnelas (?) de freno de fierro

     id una lima de platero

     en una petaquilla se allo lo seguiente

     id dos pellejos de leon

     id unos manteles biejos

     id unas escribanyas biejas

     id una basera de paja

     id un tocino

     id dos quesos

     otra petaca y dentro della lo seguiente

     id dos libros con otros muchos papeles y cartapacios

     id quatro pares de alpargatas

     id unos çapatos biejos

     id unos muslos de tafetan con sus canones todo biejo

     id otras calças de rraya biejas con canones de tafetan rrotos

     id una capa bieja de rraya con fajas de tafetan rrotos

     id una gorra de terciopelo bieja

     id dos gorras biejas de gorgoran

     id una cuera de tafetan bieja

     id un par de botas de cordoban blancas

     id una enera de cordoban

     id un pedaço de cordoban

     id un sayo de paño açul biejo

     id una cuera de ante bieja

     id un pedaço de manta bieja encima

     en otra petaca lo seguiente

     id tres lienços pintados de lugares de yndios y tierras

     id seys libros y otros muchos papeles e ynformaciones

     id una manga del lanse de juego de cañas

     id tres camisas biejas digo quatro

     id unos caraguelles delº

     id unos manteles biejos

     id un sombrero de tafetan con unas medallas de azabache y plumas

     id una trença de sombrero de plata

     id unos muslos de gamuça con canones de tafetan

     id un sayo de rraya biejo

     id dos jubones biejos

     id un lio que tiene dentro muchos papeles y algunos libros

     id una jaquima de quero

     id una grupera de cuero

     id una talega con unos ydolos de barro

     id una almoada

     en un cofrecito que se allo de la rra (roto) ado se hallo una talega de plata muy bellaca que pesaron ciento y treynta y cinco pesos y medio

     en otra digo en un costal se hallo lo seguiente

     id una talega y dentro de ella docientos y sesenta y tres pesos corrientes de plata muy mala

     id en otra talega que se allo en el dicho costal se allaron dozcientos y cincuenta y tres pesos de plata muy mala

     id una lança

     id una espada

     id cinco caballos con sus enjalmas y lomillos

     todo lo cual se ymbentario estando presente don Alonso de Aliaga como algoacil mayor de este Santo Oficio y Pedro Salbago lo qual queda en mi poder hasta que los señores inquisidores manden en quien se deposite. Don Alonso de Aliaga. Pasó ante my, Diego de Aramburu.

     En los Reyes a treynta de julio 1575 años los señores inquisidores mandaron parezer a una o dos de la tarde a Pedro Sarmiento y como fue presente se le leyo este ymbentario y se le dixo que viese en cuyo poder quería que estubiese lo suso dicho depositado dixo que quería y hera su voluntad que lo tubiese todo Bartholome Rodriguez librero y lo firmo de su nombre y los señores inquisidores dixeron que se haya asy Pedro Sarmiento. Paso ante my, Arrieta, secretario.

     En la ciudad de los Reyes este dicho dia mes y año susodichos en presencia de don Alonso de Aliaga como algoacil del Santo Oficio y ante mi Diego de Aramburu parescio presente Bartholome Rodriguez e dijo que el abia rrescibido de mi el dicho Diego de Aramburu todas las cosas contenydas en el memorial e ynventario de esta otra parte contenido que se yço de Pedro Sarmiento y como tal persona que se abia entregado dellas y las tenya en su poder se obligo que no acudira con ellas a persona alguna si no fuere con espreso mandado de los señores inquisidores so pena de caer e yncurrir en aquellas penas que caen e yncurren los depositarios y secuestradores y se someti0 a la jurisdizión deste Santo Oficio y otorgó deposito de todos ellos en forma y para ello obligó su persona y bienes muebles y rayces abidos y por aber y de todo ello se dio por contento y entregado a toda su voluntad y lo firmo de su nombre siendo testigos Pedro Marquez Enriquez e Juan Benitez e Juan Blas. -Don Alonso de Aliaga, Bartholome Rodriguez. -Paso ante my, Diego de Aramburu.

     En dos de agosto de mill e quinientos y setenta y cinco años los señores inquisidores, licenciado Cerezuela y licenciado Ulloa mandaron llebar todos los papeles y cartas y cartapacios e libros e lienços pintados e ynformaciones a la audiencia y luego en cumplimiento de lo mandado por su señoria yo el dicho Diego de Aramburu yce llebar todo lo arriba tocante a papeles y libros y lienços que estan imbentariados en este papel por bienes de Pedro Sarmiento a la audiencia lo cual lleve en un cofrecito negro y una petaca y un liechuelo y lo deje alla todo por mandado de los señores inquisidores. -Paso ante my, Diego de Aramburu.

     Depositó Cristoval Ruiz Tostado, Alcayde.

     En los Reyes a veinte y dos de febrero de mill e quinientos y setenta y seis años Cristoval Ruiz Tostado, alcaide deste Santo Oficio en presencia de mi Diego de Aramburu notario de secretos deste Santo Oficio rescibo de Santos Hernández una espada con sus tiros por bienes de Pedro Sarmiento preso en las carceles secretas deste Santo Oficio y se obligo a acudir con ello a quien por los señores inquisidores le fuere mandado y no a otra persona alguna y se sometio al fuero y juridizion deste Santo Oficio lo qual se puso en poder del dicho Cristoval Ruiz Tostado por mandado de los señores inquisidores del qual yo el presente notario doy fe. -Paso ante my, Diego de Aramburu. Cristoval Ruiz Tostado.

     Síguese la relación de las medicinas que se gastaron en la enfermedad de Pedro Sarmiento y de su criado, cuyo encabezamiento es el siguiente:

     «lo que se a dado en el Santo Oficio para la camara de afuera... y termina:

     «Vale veinte pesos corrientes. El licenciado Torres.

     Digo yo Pedro Sarmiento ques verdad que se a gastado en mis enfermedades y de mi indio lo contenido en esta memoria y así digo que lo debo y que se pague de cualesquier bienes mios que tuviere Bartolomé Rodríguez o otro cualquiera. Fecha en once de febrero de 1577 años. -Pedro Sarmiento.

     En la ciudad de los Reyes en once dias del mes de febrero de mill quinientos y setenta y siete años yo Cristobal Ruiz Tostado alcaide del Santo Oficio por comisión y mandado de los señores inquisidores y Pedro Sarmiento fenecimos quenta del depósito que de sus bienes se hizo en Bartolomé Rodríguez por la cuenta del libro del susodicho y mandamiento de los señores inquisidores de que hizo demostración y monto el cargo de moneda que rescibio del dicho depósito quinientos y quarenta y ocho pesos tres tomines y seis gramos y dio en descargo haber pagado por los dichos libramientos y otras cosas que se le mandaron dar al dicho Pedro Sarmiento quinientos y sesenta y un pesos y siete tomines y así hizo de alcance el dicho Bartolomé Rodríguez al dicho Pedro Sarmiento trece pesos y tres tomines y seis gramos la qual dicha cuenta está cierta y verdadera y se feneció en presencia de nos los suso dichos y del dicho Bartolomé Rodríguez y lo firmamos de nuestros nombres. -Cristoval Ruiz Tostado, Pedro Sarmiento, Bartolomé Rodríguez.

     Estoy contento de lo que deve a Pedro Sarmiento en el tiempo que estuvo en el Santo Oficio y por verdad lo firmo de mi nombre. -Fecha en Lima en 16 de febrero de 1577. -El licenciado Torres.

     Hubiéramos deseado cerrar estos apuntes con alguna referencia a los últimos años de Sarmiento, en especial sobre su captura y estada en Inglaterra, así como su descarriada intervención en las maquinaciones del rey «prudente», con motivo de la sucesión en Portugal e intrigas consiguientes, pero la imposibilidad en que nos hemos visto de cargar con nuestros libros hasta aquí, nos priva de ello. Asimismo, por la falta de libros a mano, prescindimos de las anotaciones que teníamos señaladas sobre: 1.º, comparación de sentencias del Santo Oficio, en el Perú y en España y aún en las Baleares, con la de Sarmiento de Gamboa; 2.º, ligero estudio sobre los anillos mágicos y sus signos; 3.º, la actuación de Sarmiento, el virrey de Toledo, el Conde de Monterrey y don Luis de Velazco y otros funcionarios en relación con Drake y su expedición; y 4.º, algo sobre astrólogos, conjuros, encantaciones, el Conde de Nieva, el Doctor, Cola María, el licenciado Álvaro de Torres, don Alonso de Aliaga y el mismo don Francisco de Toledo, a quien el Tribunal de la Inquisición -en documentos secretos- acusaba de hereje.

     A. B. 1940. -London. -Vancouver (British Columbia). -Carlos A. Mackehenie.


 

 

II. -1790. -Notable carta, expresiva de la libertad de espíritu del fraile geronimita español don Diego Cisneros, ex confesor de la reina María Luisa, radicado en el Perú, protector del Mercurio peruano y alentador de los precursores de la independencia, criticando el Índice Expurgatorio de la Inquisición de 1790. Esta carta dirigida al inquisidor General, desde Lima, se publicó, primero, en el periódico El Tribuno, en España, y se reprodujo, después, en Lima en el Investigador, en 1813.
 

     Política eclesiástica. Carta escrita desde Lima, 20 años hace, al señor inquisidor General, con motivo de su Índice Expurgatorio de 1790. -Ilustrísimo señor. -El que escribe a Vuestra Señoría Ilustrísima es un cristiano viejo por todos sus costados: es un hombre que desea salvarse, y que se salve Vuestra Señoría Ilustrísima y todos sus hermanos en Jesucristo. Además de esto es un sujeto que ha empleado algunos años en el estudio de los índices expurgatorios, en saber el porqué de todos ellos, a lo menos de los que han llegado a sus manos; y en examinar con celo cristiano los puntos que va a tocar en esta carta. Confío en el Señor que me dará su gracia para darme a entender, aunque no estoy versado en el arte de escribir, especialmente a personajes tan grandes y tan temibles. Lástima es que sea necesario ocultar mi nombre, por el justo temor que inspira a todos el hacer frente a unos señores del tamaño de Vuestra Señoría Ilustrísima. Esto es decir que yo hablaría con Vuestra Señoría Ilustrísima con la misma franqueza que lo hago en esta carta; verdad y sinceridad, mas no espero encontrar la misma sinceridad y amor a la verdad para escucharlas. Este es un grave mal; pero yo creo que esta es puntualmente la enfermedad de que adolecen los Inquisidores: vamos al asunto.

     Muchos y grandes son los cuidados que el soberano ha puesto en manos del tribunal en que Vuestra Señoría Ilustrísima preside. Uno de ellos es la formación del índice expurgatorio: en consecuencia se ha dado a luz el de 1790 en un solo tomo de a cuarto. Yo acudí a él con ansia, por la esperanza de hallar en tan breve volumen corregidas todas las faltas y enmendados los yerros del famoso índice de 1747. Esto esperaba yo, Señor Ilustrísimo y lo esperaba con justicia después de tantos años de demora, con todos los deseos de mi alma.

     Pero ¿cuál fue mi sorpresa, señor, al encontrar en el corto volumen de Vuestra Señoría Ilustrísima todos los errores que contiene el otro? y aun es poco decir: tiene otros muchos que sólo pueden ser partos de una malicia refinada, y de una obstinación endurecida. ¿De qué otro principio puede provenir la desobediencia formal a la real cédula de 1766 y a la bula Selicita et previda del señor Benedicto XIV? Aquí no hay escape, Señor Ilustrísimo; en otros tiempos (mejor diría en todos) cuando el rey apretaba a este tribunal, decían que eran del papa; y si el papa los estrechaba, decían que eran del rey. Esta es una verdad de que tenemos dos ejemplos recientes en el suceso del fiscal Macanaz, y en el del cardenal de Norris: pues ahora tenemos, señor, que el rey y el papa condenan con sus sabias providencias al expurgatorio de Vuestra Señoría Ilustrísima. Aquí no tiene lugar el pretexto de si la cédula estará suplicada, o no está en uso; bien sé que no está en uso por la falta de obediencia de los Inquisidores; pero además de la solemnidad de su confirmación en juicio contradictorio, por la presentación que hizo el Inquisidor General, se incorporó en el cuerpo de leyes, y toda la nación la abrazó con ambas manos, menos los individuos que componen el tribunal de la inquisición. ¡No es nuevo en ellos el no tenerse por súbditos del Rey, siendo ministros de un tribunal real!

     Digo lo mismo de la bula. No queda el recurso ordinario de si estará o no estará recibida, porque la misma real cédula, no solamente se recibió, sino que la abraza, la venera, saca de ella sus principales decisiones, y responde a los vanos argumentos o pretextos del Inquisidor General; de manera, que una y otra (la cédula y la bula) forman una misma ley eclesiástica y civil, a que todos los españoles deben obedecer sub mortali, y especialmente el tribunal de la suprema, contra quien fueron dirigidas, o más bien contra quien fueron fulminadas.

     Ahora bien, señor Inquisidor General: Vuestra Señoría Ilustrísima no solamente desobedece a esta ley, sino que ha hecho alarde de subir de punto en desobediencia. La ley le manda que nunca prohiba libros con la cláusula de ínterin se expurguen: y parece que el mayor conato del índice, se puso en quebrantarla en este punto esencial. No solamente se incluyeron en este expurgatorio los libros inicuamente prohibidos en el de 1747, sino que tiró la barra, y barrió de una vez cuantas obras buenas y santas había en la iglesia, escritas por autores de los dos últimos siglos, especialmente en las materias de gracia, o lo que tiene relación con ella; que es decir lo más precioso que hay en la religión cristiana.

     Con la mera invención de una estrellita se dio al traste con los libros de los más grandes hombres que habían escapado al furor del expurgatorio de 47. Digo escapado, porque sin embargo de los dos rengloncitos con que concluye el suplemento de aquel índice, la inquisición disimuló porque no la pifiasen más, y solo sirvieron dichos rengloncitos para impedir la entrada en el reino a tales y tales, que más la mortificaban. Ahora lo hizo Vuestra Señoría Ilustrísima con más solemnidad, en contravención de la dicha ley: quiso con una estrella prohibir de una vez todas las obras de aquellos brillantes luceros, y cada una en particular. Arnaldo, Nicole y Duguet, (por ejemplo) tienen estrellita, por consiguiente quedan prohibidas todas sus obras, hasta que le dé gana al tribunal de la inquisición de dejar correr una u otra. Quedan pues prohibidas la Frecuente comunión, y la Perpetuidad de fe sobre la eucaristía del doctor Arnaldo; quedan así mismo los Ensayos morales de Nicole, su tratado de Oración, el de la Unidad de la iglesia, con otros muchos de este escritor insigne, y de Duguet los Principios de la fe, La instrucción del príncipe cristiano. Las reglas para la inteligencia de la sagrada eucaristía, sus Conferencias, y todas sus demás obras... ¿Qué es esto Señor Ilustrísimo? ¿Estamos en tierra de cristianos? ¿Qué religión, que fe católica profesan los individuos que componen el tribunal de la fe? A vista de esto se puede justamente responder, que casi parece que ninguna; o si se quiere diremos: que profesan la fe de los llamados jesuitas. Después de tantos años que fueron expatriados y extinguidos, cuando ya la iglesia católica los mira con horror, y comienzan tantas gentes a abrir los ojos sobre sus errores (no se escandalice Vuestra Señoría Ilustrísima espere un poco) entonces sale el tribunal de la fe española en defensa de sus amados teatinos, condenando los libros que ellos condenaban, porque las santas reglas de los tales libros los condenaban a ellos. ¡Este es el fruto que han sacado Carlos III con su sabia ley, y Clemente XIV con su bula de extinción!

     El fin de aquel gran rey en expelerlos de sus dominios, fue, como saben todos, el abolir las máximas regicidas de aquellos benditos padres, y restablecer la santa doctrina. Para esto prohibió también en cédula aparte la escuela molinística, desterrándola de sus reinos y dominios; pero ahora sale la inquisición (Vuestra Señoría Ilustrísima a la cabeza) en defensa de sus antiguos amigos, directores y maestros, dando salvoconducto a la escuela de Molina, de Escobar y Lacroix, y condenando con una estrellita a cuantos le contradicen. ¿Y qué interés puede tener este tribunal en defender a los expulsos, y en condenar a unos autores tan piadosos? ¿No advierten sus miembros actuales, que mañana puede estar compuesta la inquisición de gente más sabia y moderada? ¿Qué memoria se tendrá entonces de los presentes? ¿Cuál es pues el interés que llevan estos en su conducta? ¡Cuál ha de ser! Es el que corrompe todas las acciones de la vida humana: es el interés de los mismos teatinos, el interés del orgullo. La inquisición desde que se entregó a los jesuitas, fue ella simultáneamente entregada al error por un justo juicio del cielo. Desde entonces cometió mil desaciertos, que más propiamente podíamos llamar desafueros, como probaremos en otros escrito con hechos particulares e innegables. Estos hechos eran los resultados de las malas doctrinas en que los expulsos habían imbuido al tribunal; que desde muy antiguo fue compuesto de miembros criados por la compañía. No se me diga que siempre hay un dominico en la suprema: ellos sabían bien el arte de buscar un dominico que fuese jesuita. De este modo la inquisición ha venido a ser por más de dos siglos el instrumento con que jugaban los teatinos. Estos querían al mundo ignorante, para los fines a que aspiraban su saciable codicia y ambición. Hicieron, pues, inquisidores a su medida: y los que rodeaban a estos inquisidores, eran ellos mismos, con sus aliados y devotos. Así llegó a ser el tribunal de la fe, el mayor apoyo de la mentira, y el instrumento de las venganzas de un dios airado contra nuestras culpas. ¿Y qué otra cosa querrá el Señor darnos a entender en esto, sino que no le es agradable un cuerpo establecido contra el orden de la jerarquía, que el mismo Jesucristo con sus apóstoles dejó plantada en su iglesia?

     Unos hombres de este carácter, puesto, a la frente de la fe católica de España, llevando por máxima nunca retractarse, se creyeron infalibles: hay muchos ejemplos de esta práctica. Tampoco admiten corrección (en cuanto tribunal) porque se juzgan incapaces de ella; o más bien a fuerza de no ser corregido se han creído exentos de todo error, y ellos mismos se han dado la prerrogativa de la infalibilidad, viendo que nadie los corrige; a lo menos este es el concepto que pretenden inspirar en el público: infalibilidad, y aun impecabilidad en cuanto inquisidores. Y la razón es, que como están a la frente de la verdad, y como depositarios de ella, ven por lo general que no son amonestados ni corregidos. Luego en nuestro oficio, o bien sea ministerio (dicen ellos) somos infalibles o impecables; luego a nadie es dado el corregirnos o amonestarnos. Así cualquiera se guardará de presentarse a ellos con una saludable corrección pues además de no adelantar con ella paso alguno, se vería desairado, causado, preso y de una vez perdido. Véase si es esta la idea de que el público español esta imbuido; y estándolo, sin duda la ha sacado de la práctica y conducta de la inquisición.

     ¡Ah señores! Si hubiera menos orgullo, y más principios, V. S. S. fueran dóciles a la vez de Dios, sin reparar en el instrumento que la pronuncia. Pero me parece que estoy escuchando (como si lo oyera) una murmuración iracunda notándome de libertino, desvergonzado y poco respetuoso al santo tribunal. Pero señores míos: yo no tengo otra respuesta, sino que Jesucristo nos dio el primer ejemplo de este saludable idioma. Cuando no bastan los milagros, los martirios, ni las luces, que rehúsan admitir unos ciegos guiados de otros ciegos; entonces es menester, a ejemplo de nuestro divino Redentor, exclamar y aun tronar diciendo: ¡Ah inquisidores, fariseos, hipócritas y fautores del fariscismo! ¡Ay de vosotros!

     San Juan Bautista llamo también generación de víboras a los Escribas y Fariseos, como si dijéramos a los inquisidores de aquellos tiempos. San Pablo reprehendió a San Pedro, que era la cabeza suprema de la Iglesia; que quiere decir mucho más que la suprema Inquisición. Los santos Cipriano, Firmiliano, Basilio, Columbano, Bernardo, Catalina de Sena, y otros muchos avisaron, corrigieron y reprehendieron a otros personajes y cuerpos de más alta dignidad que los inquisidores. Este lenguaje de los santos, y del santo de los santos; este lenguaje que hemos olvidado, o nunca hemos aprehendido, es el que debía usarse con el tribunal en circunstancia tan escandalosas, como las que se presentan en el purgatorio de Vuestra Señoría Ilustrísima y el tribunal lo debía admitir como un idioma propio de un celo religioso y caritativo; pero ¿cuándo oyen este lenguaje los Inquisidores? Nunca: ¿y por qué no lo oyen? Porque no pueden sufrirlo: ¿y por qué no lo sufren con paciencia ya que no con gana? Porque están llenos de orgullo, de un orgullo farisiaco; juzgan que es injurioso al tribunal en cuerpo, y a cada uno de sus miembros respetables el ser amonestados y corregidos por un cristiano súbdito suyo de cualquiera clase que sea.

     Cómo pues Señor Ilustrísimo ¿qué doctrina sigue en esto el tribunal de la fe? Porque este es un punto demasiado interesante y digno de saberse, para que nos sirva de regla en nuestra conducta. Estrechemos esta cuestión (si lo es) reduciéndola a una pregunta precisa. ¿Puede un cristiano instruido en sus obligaciones advertir a los obispos, a los inquisidores o a otras cualesquiera personas constituidas en dignidad al Papa mismo; puede digo advertirles de sus errores, sin van errados; y si en medio de estas advertencias caritativas sigue el error, ¿podrá (vuelvo a preguntar) repetir sus clamores, y descubrir el camino que llevan sus secuaces, impugnarlo con razones y autoridades y reprehender a los autores y protectores del error? Respóndame Vuestra Señoría Ilustrísima porque se trata de un negocio de suma importancia, y si no me responde a mí porque no es fácil, respóndase a sí mismo, responda a los clamores de su conciencia. Si Vuestra Señoría Ilustrísima dice que sí quiero decir que puede cualquiera fiel hacer todo esto, no sólo sin culpa sino con mucho mérito suyo delante de Dios: estamos convenidos y queda a cargo de Vuestra Señoría Ilustrísima el investigar los caminos, y buscar los medios de restituir tantas honras como ha quitado con su expurgatorio; pero si responde que no; ¡a Dios divino Maestro, a Dios San Juan Bautista, a Dios San Pablo, a Dios Santos Padres, en vuestras sabias reconvenciones, a los Sumos Pontífices! ¡A Dios Hilario, cuando pronunciaste anatema contra Liberio! Y aquí pudiéramos añadir, ¡a Dios Inquisidores, que os veis precisados a entrar en el infierno, por no admitir una advertencia cristiana, por no abandonar vuestros errores, por llevar adelante vuestro ignorante orgullo! En tal caso sería más conveniente y aún necesario formar otra nueva Inquisición, para encerrar en ella a la Suprema y a todas las subalternas, hasta que se humillasen, se retractasen públicamente, y sufriesen una penitencia canónica... ¿Qué se espanta Vuestra Señoría Ilustrísima? Pues este es puntualmente el estado en que nos hallamos; y este es el caso preciso de la pregunta, y su respuesta. Aún podremos añadir dos palabras, si Vuestra Señor Ilustrísima lo tiene a bien.

     En muchos graves escritores de estos últimos tiempos, se ven varios razonamientos y declamaciones contra nuestra legislación actual: esto es contra el código o códigos de leyes que actualmente nos rigen, ponderando la necesidad de reformarlos. Nadie ha pensado en imputarles a delito semejante conducta; antes bien se les mira como hombres celosos del bien general de la nación: todos leen con gusto semejantes discursos, los aplauden, los repiten y manifiestan sus deseos de que se reformen o modifique una multitud de leyes que se hicieron ahora doscientos, trescientos, y aun seiscientos años; adaptándolas a las costumbres, gobierno y circunstancias del día: porque todo declina en la naturaleza, se tuerce y se descamina; y así es muy justo y racional corregirlo y enderezarlo como conviene al estado presente. Ahora bien, Señor Ilustrísimo, el establecimiento del tribunal de la Inquisición es una pequeña parte de este código de leyes: ella se ha torcido, se ha desviado de su instituto, y los individuos de este cuerpo mucho más. ¿Por qué no podría, pues, un buen español, católico cristiano, advertir y proponer un rumbo distinto del que usa la Inquisición, sin que esta tenga derecho a darse por ofendida y vulnerada en su autoridad? ¿Es mayor el sistema de la Inquisición que todo junto el cuerpo de leyes? Luego siéndonos lícito hablar y discurrir contra todo el código de estas, también podremos discurrir, escribir y hablar contra la Inquisición, exponiendo sus defectos, y proponiendo los medios de enmendar los que ha cometido. Esto es evidente, pero la Inquisición lo tiene por un crimen; y eso basta para que nadie se atreva a abrir la boca, a tomar la pluma, ni menos a dar a la prensa sus pensamientos en esta materia, por arreglados que sean. Don José Cobarrobias que se arriesgo a decir algo de lo mucho que podía, aunque tan justo, tan modesto y tan sólido, bien puede creer desde ahora que no irá a pagar esta culpa al otro mundo. Los avisos secretos que se dieron sobre un libro: Máximas sobre recursos de fuerza, lo pintaban como un hereje digno de quemarse; y lo lindo es que esto se hacía por mano y boca de los mismos obispos, prueba de que ellos fueron avisados y aun mandados. En vista de esto ¿quién se atreverá a concurrir, con sus luces, por medio de la imprenta, a enderezar este cuerpo caduco?

     Siguiendo todavía este propósito, dígame Vuestra Señoría Ilustrísima ¿cuántos sujetos le parece que habrá en la monarquía que se expongan a escribirle una carta como esta? ¿qué digo yo, escribirle? A esto, ni uno siquiera; pero a lo menos a pintarle sus desaciertos a la inquisición con oportunas reflexiones ¿cuántos habrá, vuelvo a decir? Quizá no habrá seis, tal vez no habrá siquiera dos: ¿por qué no los hay? Porque la Inquisición les cierra los ojos desde niños, para que no vean la luz por algún resquicio, porque desde aquella tierna edad los nutre solamente la masa corrompida de ciertos autores vulgares, que los afianzan en la infalibilidad e impecabilidad de la inquisición, y no les deja aún a los más aplicados y estudiosos alguna puerta abierta, por donde poder ver los campos amenos de la ciencia eclesiástica, o instruirse en ellos. Como desde luego habían de tropezar con la irregularidad de este tribunal, tiene un gran cuidado en que no se mueva la menor cuestión sobre él en los libros que permite generalmente. Deja correr y apoya el error de que todo libro prohibido es malo, porque lo ha prohibido la Inquisición; así llegamos todos a viejos, sin saber casi nada del terreno que pisamos, ni de los medios de adquirir una cabal instrucción. Si alguno despierta y ve la luz sobre algunos puntos, va a tomar la pluma, y se halla metido en un callejón sin salida: sus mismos padres, sus superiores, sus hermanos, todos ayudan a cerrarle la puerta; y en caso de ver abierta alguna, ya juzgan materia de fe el delatarlo al santo tribunal. No hay recurso pues. Algunos escriben tal vez contra bulas y breves pontificios, y hablan sobre ellos con libertad cristiana; lo mismo sucede sobre los concilios, principalmente en materias de disciplina; pero no haya miedo que veamos uno siquiera contra un decreto del Inquisidor General, ni de la suprema, ni aun de la ínfima inquisición; ¡pobre del que tal hiciese!

     Bien es verdad que habrá cien sujetos que escriban directamente contra el tribunal; pero no en tono cristiano, sino como filósofos libertinos. De estos no hablo, sus libros y papeles son abominables, porque irritan y descaminan más que enseñan, irritan a los Inquisidores y descaminan a los cristianos que los leen. No pretendo yo esto: soy verdadero hijo de la Iglesia y las heridas que mi madre sufre, sea de parte de esos filósofos o de los Inquisidores, las siento en mi alma, como verdadero hijo, con la debida proporción. Abomino a los filósofos falsos, y los compadezco por sus impiedades y sofismas; pero también abomino los expurgatorios de la inquisición: aquellos, porque enseñan lo malo; y estos, porque prohíben lo bueno. Los seis sujetos que dije podía haber a propósito para escribir esta carta, con mayor energía y erudición, sin duda lo dejan de hacer por el terror que les infunde la presencia de un tribunal cuyo primer golpe temen todos, como que apenas deja convalecer a nadie de sus resultas, aun cuando salga justificado; ¿pero quién saliera declarado inocente, si se presentara como autor de esta carta? ¡Tal es la impresión del fanatismo, en que Vuestra Señoría Ilustrísima y sus compañeros tienen a la pobre España! Para escribir esta carta ha sido menester buscar con una vela un amanuense. Este es un tribunal que nunca habla instruyendo, y siempre como oráculo pero con el látigo en la mano: es un tribunal que no sufre advertencias ni admite correcciones, cuando ya alcanzó un paso mal dado. Tenemos una prueba evidente de esto en la prohibición del Catecismo de Mesangui; en que más bien quiso salir a un destierro el Inquisidor General, que buscar un acomodo, o retractarse. ¡No hay que admirar! Vivían los jesuitas: era el primer lance que ocurría con Carlos III, y era necesario que el tribunal echase el resto, para intimidar al mismo rey, como tenía de costumbre. No faltaban gentes que pudiesen y quisiesen darle luces a aquel Inquisidor General: el Rey era interesado en su religión, y en su honor, había estudiado la doctrina cristiana por aquel precioso libro, y por él también la estudiaban sus hijos; pero nada basto a este inquisidor ignorante para que cejase, confensando su miseria, porque temía más a los jesuitas que al mismo Rey; porque así él como sus compañeros no querían más luces que sus tinieblas, ni tenían más rey que su soberanía despótica. No se escandalice Vuestra Señoría Ilustrísima; esta es una verdad de hecho, patente a los ojos de todos: Soberanía Despótico repito. Esto es, que del modo de ejercer su jurisdicción el tribunal, resulta una verdadera monarquía dentro de la monarquía española; pero separada e independiente de ella, y más poderosa que ella. Probemos sin embargo a ver si este areópago, en que Vuestra Señoría Ilustrísima es la cabeza, se digna alguna vez de escuchar la voz de la razón; y continuemos nuestro asunto de prohibición de libros, del que al parecer nos habíamos distraído. Quizá podremos hacer de un camino dos mandados: probar la injusticia de las prohibiciones, y como resultas de ellas la racional sospecha de la inquisición de España en cuerpo está errada en la fe, y contraria a la doctrina de Jesucristo; el elector juicioso tendrá paciencia y juzgará.

     Dijimos arriba que en este último índice estaban prohibidas todas las obras: de Arnaldo, Nicole, y Duguet; por consiguiente lo está la Perpetuidad de la fe sobre el Sacramento de la Eucaristía, que Arnaldo trabajó juntamente con Nicole. Yo no sé cómo no se estremece Vuestra Señoría Ilustrísima al oír estas palabras. ¿La perpetuidad de la fe prohibida? Luego Vuestra Señoría Ilustrísima y sus cofrades, no tienen la fe de la iglesia sobre aquel augusto Sacramento: la razón se viene a los ojos. Los libros de esta clase se prohíben para dar una idea a los cristianos de que allí hay mala doctrina y aun doctrina herética y que por esta causa los prohíben los Inquisidores de la herética pravedad. Juzga pues la inquisición que los libros de La perpetuidad de la fe son heréticos, y como tales manda que nadie los lea, pena de excomunión mayor, que por los cánones no se aplica en este caso, sino a los que se apartan de la fe. ¡Válgame Dios! ¡Y válgale a Vuestra Señoría Ilustrísima y su tribunal! Una obra a quien respetaban los mismos jesuitas, porque conocían bien el tamaño de su importancia (aunque envidiaban el no ser autores de ella) ¿sale ahora prohibida en el índice español? ¿Qué dirían los herejes, aun aquellos que niegan la presencia real, de los hombres de la Santa Inquisición española, que con pretexto de conservar la pureza de la fe, prohíben una obra donde se defienden y establece con la solidez, esplendor y decoro que en ninguna otra, la doctrina de la iglesia acerca de aquel adorable Sacramento? ¿A qué irrisión no expone Vuestra Señoría Ilustrísima toda la fe de los dominios de España? Pero no es de admirar. Ni el Gran Inquisidor, ni algunos de los Consejeros ni consultores leen esta grande obra ni otras semejantes; vieron el título: oyeron el nombre de Arnaldo, sin más examen, le echaron el fallo con la estrellita. Cortemos aquí, porque hay mucho que andar; y este hecho sólo necesitaba todo un Demóstenes contra Filipo, o todo un Cicerón contra Catilina. Si Arnaldo hubiera tenido un Benedicto XIV o un Clemente XIV, tal vez Vuestra Señoría Ilustrísima hubiera salido más excomulgado que sus libros.

     Dejemos aparte las demás obras del Doctor Arnaldo, en que la Inquisición debía ir a aprender lo muchísimo que ignora; y vamos a Mr. Nicole. Ademas de sus Ensayos morales, que ya estaban prohibidos, se prohíben ahora su tratado de la Oración el de la Unidad de la Iglesia, y otros muchos. ¿Si sabrán los Inquisidores qué es oración, qué es unidad de la iglesia, y cómo se defiende esta unidad contra los herejes? De Duguet tenemos encerrado, en el índice, como dijimos arriba Los principios de la fe, sus Reglas para la inteligencia de la sagrada escritura, sus Conferencias, etc. Tienen razón porque la fe de los Inquisidores carece de principios, ni quiere reglas para entender los libros sagrados (que más bien quiere abolir, puesto que los ha tenido prohibidos por más de dos siglos), ni gustan otras conferencias, que las de creces o menguas de su fisco, y las muchas frecuentes que tienen con los delatores. Mucho siento tener que usar de estas burlas en un asunto tan serio; pero a esto nos obligan las veras de la Inquisición. Ellas son tan ridículas, que pedían la pluma de un Pascal, para rebatirlas con el desprecio y mofa que merecen. Ya que nombró a Pascal (aquel hombre famoso, enius dignus non erat mundus; esto es, a quien no son dignos de leer los Inquisidores) viene muy a propósito para lo que vamos tratando el hacer mención de sus Cartas provinciales. Estas se hallan, hace más de siglo, en los índices con este título: Ludovicus Montius, Heréticus, Jansenista, literae Provinciales. Todos saben que Mr. Pascal ocultó su nombre bajo el supuesto de Luis Montalto. Digamos algo sobre su nota de herejía ¿si la habrá creído alguna vez el tribunal o alguno de sus miembros? Vuestra Señoría Ilustrísima mismo, ignorante como es, ¿cree que las Provinciales contienen alguna herejía? Ya veo que me responderá que no las ha leído, pero que son de hereje y heréticas, porque así lo dice el expurgatorio: respuesta concluyente. ¿Pero dónde está esa herejía? porque en Montalto no se encuentra, y es menester que conste muy claramente para colocarlo en la primera clase, llamándolo hereje a boca llena. Será menester pues hacer lo que se hizo con Covarrubias, y su libro Recursos de fuerza.

     Nómbrense por la Inquisición cuatro o seis teólogos entre sus ministros o consultores; y nómbrese también un teólogo solamente, que defienda a Montalto de la nota de herejía... ¿que digo herejía? del más pequeño error en ningún asunto de los que trata. Desde luego apuesto a que no tiene valor la inquisición toda junta, con toda la turba de sus consultores y calificadores, a ponerse delante de aquel único teólogo defensor. Sucedería en tal caso lo que en el lance de Covarrubias, que por no verse la Inquisición convencida por un solo abogado, y desairada, escogerla más bien que corriesen los Provinciales en manos de todo el pueblo; y si era menester daría licencia para su impresión, antes que exponerse delante de todo Madrid a quedar convencida de calumniadora. Esto es lo que debió hacerse en 1768, cuando se solicitó su impresión, con las notas y explicaciones de Vendrok; pero aún no estaba maduro este negocio; tenía entonces todavía la Inquisición muchos colmillos; falto el valor, porque nadie quiere exponerse a una tarascada. En ese año, que indico, era la ocasión oportuna, pues entonces fue cuando el señor B.[...] presentó aquel asunto memorial contra la cédula del de 66 de que hicimos mención, y salió rotundamente negado todo cuanto pedía, por ser todas sus peticiones capciosas y maliciosas. Pero en fin, entre los muchos negocios arduos que ocupaban al gobierno en aquel tiempo, no hubo lugar de librar a Montalto de la nota de herejía; ¡tan fascinado estaba todo el reino, por el miedo y poder de la Inquisición!

     Pero ¡válgame Dios, señor Inquisidor! vuelvo a preguntarle: ¿ha creído nunca Vuestra Señoría Ilustrísima ni su tribunal, que Montalto es hereje? Un libro como el suyo tan limpio, tan enérgico y tan católico; libro que él sólo da al traste con todos los herejes pasados, presentes y futuros; y especialmente con los que entonces inundaban la iglesia, afeando y emporcando, en cuanto estaba de su parte, a la esposa de Jesucristo, sin arruga y sin mancha; quiero decir, especialmente a los amigos de los Inquisidores, al alma de su tribunal, a los... ¿Pero adónde voy? ¿qué más causa que esta buscamos para la prohibición de Montalto y sus Provinciales ¿Siendo tal el libro y el autor, ya hay licencia para calumnarlos aunque sea con la negra nota de herejía; y aun esto es poco: se nos manda que todo lo creamos así. ¡Benditos sean los padres Hurtado y di Castillo, con la turba de otros veinte doctores que plantaron y fijaron en la Inquisición la bella doctrina de calumniar, sabiendo que calumnian; de mentir, sabiendo que mienten: quede esto dicho de paso en favor de un inocente, ya que vino bien para nuestro asunto de las prohibiciones del índice; y pasemos a otro, que es el de la prohibición de los libros que tratan nada menos que del amor de Dios.

     Parece que la Inquisición ha declarado la guerra a la caridad. En el momento de salir un libro que pidiese un tantito de amor de Dios, para recibir la gracia en el sacramento de la penitencia, llevaba por regla el prohibirlo. ¡Qué regla, Dios mío! Esta fue la causa principal de haber prohibido el libro de la Frecuente comunión del doctor Arnaldo; y si San Carlos Borromeo no hubiera tenido la fortuna de ser sobrino de un papa, y tener primos cardenales, hubiera corrido la misma suerte su libro de Instrucciones sobre la penitencia. Mientras nuestros inquisidores se estaban cebando y revolcando con los Castropalaos, Escobares, Dianas y Torrecillas, estaban muy atentos a prohibir las reglas saludables de la penitencia cristiana. Si las instrucciones de San Carlos escaparon de sus manos, no evitaron la prohibición secreta de su entrada en el reino, sino incorporadas en las Actas de los concilios de Milán, que tenían muy pocos, y leían menos. Así nos pasamos sin ellas cerca de dos siglos, hasta que se tradujeron en español, y dieron a la prensa el año siguiente a la expatriación de los jesuitas.

     Prohibiose, pues, la Frecuente comunión de Arnaldo y prohibiose también (¡que horror!) el Amor penitente del obispo castoriense Juan Neercacel; libro admirable, celebrado de todo el mundo, menos de los inquisidores y teatinos. Prohibiéronse también otros, como una Epístola sobre el amor de Dios impresa en Flandes, traducida en castellano; y otro escrito (creo que de Nicole) sobre el mismo asunto, traducido igualmente a nuestro idioma. Hasta la teología del padre Enrique de San Ignacio fue prohibida, quizá porque llevaba por título: Ethica Amoris; tanto como esto les dolía a los Inquisidores la obligación de amar a Dios, que el otro chino extrañaba hubiese sido necesario mandarla bajo el precepto, cuando se hacia humanado y muerto por nosotros en una cruz. Lea Vuestra Señoría Ilustrísima su índice, y tropezará a cada paso con libros prohibidos por esta causa. Pida Vuestra Señoría Ilustrísima algunos de ellos a los que cuidan de esto en el tribunal; que allí tal vez pueden estar encerrados y comiéndoselos la polilla: y juntamente pida Vuestra Señoría Ilustrísima a Dios la gracia de leerlos y entenderlos con fruto.

     Pero ya caímos en el escollo mayor, y en la piedra de escándalo de la Inquisición; esto es la gracia de Jesucristo.

     Como la gracia del Señor está tan íntimamente unida con su amor, era consiguiente que los Inquisidores procurasen desterrarla de España.

Esto no podía hacerse al descubierto: era menester buscar un pretexto o colorido para esta maniobra; y lo hallaron los Inquisidores a medida de su deseo en cierta palabra que no significa nada, y se aplica a lo que se quiere, con tal que aquello a que se aplica promueva el amor de Dios, o la gracia de Jesucristo o la moral de su evangelio. Así prohibieron como jansenistas (esta es la palabra favorita) hasta las mismas actas de la congregación de Auxiliis, publicadas por el padre Serry, y compuestas de los escritos que el papa, obispos y teólogos, presentaron y leyeron en aquellas célebres congregaciones. Desde entonces no se ha perdonado a hombre cristiano, como haya hablado cristianamente en materias de gracia. El D. D. Francisco Peña, auditor de Rota, y uno de los hombres más doctos, y que más esforzaron su celo católico en aquella católica congregación, viendo la lentitud con que se procedía en Roma por las astucias de los jesuitas, y lo que estos se esforzaban en España a pintar su causa como triunfante, escribía desde aquella capital del mundo católico en estos términos: «Muchos doctores y teólogos (dice en su carta) fecha en Roma a 20 de febrero de 1602) que han llegado aquí, confiesan que ponen los teatinos tanto cuidado en enseñar esta doctrina (la de la ciencia media) no solamente en sus libros y en sus colegios, más también en los confesonarios y otros lugares que hasta las mujeres tratan de esto, y siguen las miserables lo que las enseñan en esta materia, y lo que ponen tanto cuidado en persuadirlas, y pues ellos no se esconden ya de publicarla y enseñarla, no hay para que hablar de aquí adelante más en cifras. Está sin duda España en evidentísimo peligro de ser Pelagiana; porque después que en el año de 1588 se imprimió el libro de Molina, en Lisboa, del cual se han hecho muchas impresiones, ha corrido y corre por toda España; y particularmente sus fautores han procurado meterlo por todos los rincones que han podido. Los obispos y los demás consultores teólogos, juntados para este efecto por orden de Su Santidad, no acaban de maravillarse de como ha sido o como es posible que los obispos de España, entre los cuales hay muchos muy grandes teólogos, han callado y dejado de dar voces contra tan ponzoñosa doctrina». Así escribía el doctor Peña a la Inquisición; porque a ella dirige esta carta y otra que había escrito en 24 de enero del mismo año. Yo no se si Vuestra Señoría Ilustrísima sabrá nada de esto, y por eso le he copiado este pasaje; pero podrá haberlo en los archivos de su tribunal con otros muchos documentos que por entonces venían de Roma. Mas era hablar a sordos: la Inquisición ya estaba manchada con tinta teatina, a mí me hacen al caso las cartas del doctor Peña, porque a lo menos disculpan la que estoy escribiendo a Vuestra Señoría Ilustrísima. El doctor Peña escribía con valor y confianza, porque todavía la Inquisición escuchaba y sufría a regañadientes los avisos; pero desde entonces aca hemos perdido mucho terreno, y lo que en aquel señor auditor fue una gran virtud, en mí sería un grandísimo delito. Su anuncio fue terrible ¡está sin duda España en evidentísimo peligro de ser Pelagiana! y este se ha verificado en gran parte. La Inquisición se endureció en la tolerancia y amparo del Pelagianismo; y así estamos mucho más adelante de lo que pensó el doctor Peña; porque desde aquel tiempo el Pelagianismo, no sólo fue tolerado, sino protegido y a ciertas miras casi mandado por la Inquisición. Recorra Vuestra Señoría Ilustrísima en su mente la historia del siglo XVII, y hallará que es una verdad lo que digo: más parece aquel un siglo pagano que cristiano. Desde entonces, lo repito, la Inquisición no ha sido el tribunal de la fe, sino el apoyo de la mentira y tal vez de la herejía. Algunos pocos instruidos, tendrán acaso esta proposición por una calumnia grosera; pero lo dicho dicho, pues se funda en hechos incontestables.

     Es evidente desde aquella fecha, que si un autor salía a la luz enteramente cristiano, luego se prohibía. Por entonces aún no había escrito Jansenio; pero sabemos los muchos trabajos que pasaron el padre Cabrera, el Doctor Rosales, el Doctor Espino y otros muchos. En el libro de Auxiliis del padre Cabrera se hallan muchos parches puestos en doctrina católica, que la Inquisición ha querido después que sea jansenística. Al padre Antonio Monroy le pusieron por entero en el índice: su libro es una defensa de San Agustín y demás padres santos, contra los jesuitas, a modo de la que tenemos traducida al castellano del señor Bossuet; pero en 1680 lo condenaron, aunque el año 27 del mismo siglo había servido utilísimamente para el esclarecimiento de la doctrina, que los teatinos combatían sin cesar desde las congregaciones del Auxiliis. Del Doctor Rosales y del Doctor Espino nada nos ha dejado ver la Inquisición: las pocas noticias de aquel tiempo nos los pintan como unos gloriosos defensores de la santa doctrina. Todas estas cosas, y otras infinitas que la Inquisición ha tenido gran cuidado de no permitir que lleguen a nuestra noticia, quitándonos de la vista todos los documentos referentes a los pasajes que sucedieron desde 1600 a 1640; (tiempo en que había nacido la cuestión sobre el libro de Jansenio, que puntualmente se imprimió en Lovaina en este mismo año de 40, dos años después de la muerte de este respetable obispo) acreditan la verdad de nuestro aserto.

     Salamanca y Valladolid fueron los teatros de estas diferencias con los jesuitas; de manera que España y el mundo cristiano eran jansenistas antes que pareciese el libro de Jansenio; pero lo cierto es que la Inquisición era molinista completamente, porque los jesuitas habían sofocado los clamores de estas dos célebres universidades, y acabado con todos los hombres doctos que les resistían. Tal fue la influencia que tuvieron en los gobiernos del duque de Lerma y del conde duque de Olivares (que llenaron todo este espacio de tiempo), cuyas conciencias ellos gobernaron y prostituyeron: ello es que por cuantos documentos nos quedan de nuestra historia eclesiástica, conservados secretamente, y muchos de ellos dados a la imprenta se verifica la proposición que dije arriba, y es que si un autor salía a luz enteramente cristiano en materia de gracia y predestinación, luego se prohíbe. Era menester ser cristiano a medias, para que corriese con licencia de la Inquisición; ciencia media, medio pecado original, media gracia, media penitencia, media verdad, media predestinación; todo era medio entre ellos; esto es lo que se admitía; esta es la moneda que corría, y el que se propasase a escribir de la gracia de Dios como San Pablo, al punto era puesto en el índice con la nota de jansenista.

     De aquí resulto lo que era muy regular. De la media gracia nació naturalmente el probabílisimo; y como éste se acomodó desde luego a las solas fuerzas del hombre, soltó las riendas a todas las pasiones humanas; y ve aquí los teólogos cristianos convertidos en paganos; y a la frente de ellos los Inquisidores, resueltos a hacer la guerra y combatir a todo hombre que quisiese hablar como habló Jesucristo nuestro divino maestro. Los mismos que salían a predicar las verdades en la cátedra del evangelio, se convirtieron en muñecos y farsantes, formando discursos mundanos y relajados, y captando astutamente la benevolencia del ignorante y corrompido vulgo, para sacar aplausos de grandes predicadores. Esto daba de sí la gracia media que en esta parte vino a perderse por entero. Los que se dedicaban al confesonario, esparcían probabilidades al diestro y siniestro. ¿Qué religión sería la nuestra, cuando los escolásticos, predicadores, confesores, moralistas e inquisidores iban por un mismo rumbo, abandonada la escritura sagrada y la tradición de la iglesia, convertidos a fábulas, y apartados de la verdad (en lo que se vio cumplida la profecía de San Pablo). ¡Esta fue la religión de mucha gente de España en el siglo 17 y más de la mitad del 18! ¡La misma que Vuestra Señoría Ilustrísima se ha esforzado a renovar con su expurgatorio de 1790!

     En él se nos repiten todas las prohibiciones que había de los defensores de San Agustín; y si aún esto parece poco, se incluyó también al mismo santo, pues entre los jansenistas están incluidos sus libros contra Juliano traducidos al francés; el análisis de su libro de la corrección y de la gracia y el de libre albedrío; también lo están en las Meditaciones y soliloquios del santo. Y ¿por qué Señor Ilustrísimo? Se me representa que en este momento de firmar el índice, apostató de un golpe toda la Inquisición de España. Están asimismo prohibidas varias obras de San Bernardo; y el misal en latín y en francés. ¿Pero que mucho que lo esté el misal, si el mismo evangelio, el testamento de nuestro padre, por cuyas palabras conocemos su voluntad, y hemos de ser juzgados, ha estado prohibido en lengua vulgar por mas de 200 años a todos los españoles, que prometieron guardarlo en su bautismo?

     ¡Gracias al Señor sean dadas! que a pesar de los esfuerzos que hizo la Inquisición (en que verosímilmente entraría Vuestra Señoría Ilustrísima como su cabeza) ya tenemos corriente no sólo el evangelio, sino toda la sagrada escritura: que es el alimento sólido del cristiano (en cuyo lugar habían sostituido Vuestra Señoría Ilustrísima y sus predecesores el paganismo de él tal Viva y de Lacroix, con las minucias de Ripalda y Astete) para que los españoles se nutriesen de una fe robusta y fuerte, que no pudiesen contrastar todos los esfuerzos del infierno.

     Pero demos un paso hacia atrás, formando una ligera recorrida al siglo XVIII, ya que hemos apuntado algunas especies del XVII, para demostrar que la Inquisición siempre ha sido una misma, y que siempre ha caminado al nivel de los jesuitas; con el fin de apoyar y entender la ciencia media, desterrando, si pudiesen, la verdadera gracia de Jesucristo. Desde la entrada del señor Felipe V al gobierno de España se comenzaron a esparcir algunas luces para desterrar, si era dable, las tinieblas del siglo anterior. El reino todo estaba envuelto en la más profunda ignorancia: después de un mal catecismo y una crianza grosera y mundana, pasaban los jóvenes a estudiar la filosofía de Aristóteles (por mal nombre), la teología de Gonet, de Mastrio o de Suárez; y éstas tampoco se estudiaban por los libros de estos autores, sino por extractos que dictaba cada catedrático. Lo mismo sucedía en los cánones; unas malas instituciones era el todo fondo de un canonista, que para sus actos consultaba cuando era necesario el decreto de Graciano, las decretales, clementinas y extravagantes; y los demás adelantados consultaban a los intérpretes de estos libros canónicos, para entregarse sin escrúpulos a la práctica forense. ¿Qué ciencia eclesiástica resultarían de semejantes estudios?, pues con esta sola se formaban los Inquisidores, consultores y calificadores; así vemos puestos a la frente de la Inquisición a unos hombres mundanos, que se dejaban dominar de las más viles pasiones con una publicidad escandalosa; o unos fanáticos risibles, ignorantes de la religión de que cuidaban como jefes. Bien sabido es el atentado del señor Mendoza, inquisidor general, contra el maestro fray Froilán Díaz, confesor del rey. También hubo otro por este tiempo (y vaya esta especie por si Vuestra Señoría Ilustrísima la ignora), a quien tenía la Inquisición hecha causa de quietista; y para libertarlo de ella, lo hicieron inquisidor general. Este suceso prueba mucho; más para mi intento basta que pruebe la íntima unión y enlace de la Inquisición y los jesuitas. A otro le dieron el mismo empleo por haber revelado el sigilo, que con tanto rigor guarda el tribunal (siendo fiscal en el de M[...]) dando aviso al provincial o general de la compañía, de que cuatro jesuitas estaban delatados por quietistas, a fin de que los hiciese desaparecer, como se verificó. ¿Qué celo por la fe católica, qué moralidad tendrían esos tres inquisidores? A fe que para llegar a tales extremos, eran necesarias unas almas muy corrompidas. Pero nos distraemos del intento.

     Esparcieronse, como dije, algunas luces por España: muchos de uno y otro clero las tenían adquiridas en el retiro y el silencio; y con motivo de la bula Unigenitus, se comenzaron a revolver los padres y los concilios. La historia del abad de Fleuri andaba en manos de alguna gente; pero la Inquisición andaba más lista con sus teatinos, para no permitir más instrucción que la de Astete o Ripalda, Bousembaum o Lárraga; es decir, no se permitía más fe que la de los teatinos. Estos para dar a la Inquisición una idea de los progresos que hacían en su doctrina, hicieron desertar a tres órdenes religiosas de las que antes profesaban de San Agustín y Santo Tomás, y a costa de tres obispados consiguieron que aquellas tres órdenes abrazasen la de Molina y de Suárez. ¿Qué tal? Por el contrario, nueve obispos nuestros, en quienes había penetrado la luz de la verdad, celosos de la buena moral, y escandalizados de la doctrina semipagana que corría entre nosotros a toda prisa, se arriesgaron a dar un memorial al papa, delatándole 333 proposiciones sacadas del padre Torrecilla, para que las condenase. Ellos no se metían con los jesuitas, y sólo pegaron con el capuchino; pero como este los abrazaba a todos, los teatinos tomaron el caso por su cuenta. Por más sigilo que guardaron los obispos, los jesuitas a quienes nada estaba reservado, llegaron a entenderlo; y suprimieron el memorial, que hasta ahora se guarda, y esta sepultado en Roma; mientras el padre Torrecilla se quedó triunfando sobre las conciencias de los que lo manejan, y de los infelices que caen en manos de tales directores.

     Uno de estos nueve obispos era el señor Solís, que lo fue de Córdoba; cuyo nombre ignorábamos (¡gracias a la Inquisición!) y aun le ignoraríamos, a no ser por un informe suyo, pedido por el rey y su consejo de estado, que al fin se ha dado a la imprenta en el tomo nono del [478] semanario erudito; y este informe (escrito en 1709), junto con el papel de Macanaz, son una prueba demostrativa de las luces que se iban esparciendo en la nación. Mas como era invencible el poder que amparaba las tinieblas; estos y semejantes escritos, unos se prohibieron, otros se sepultaron.

     Prohibiéronse con especialidad aquellos libros, que comenzaron a darse a luz en nuestro idioma para instruirnos en las materias de gracia, y de la justificación del pecador; como el Reo convicto del padre Senaúl y el Lutero convicto de Galibet; pero con más cuidado que todos se prohibió el catecismo del padre Pouguet; en cuya preciosa obra, después de haber hecho mil destrozos para darla a luz en 1710, mutilándola en muchas doctrinas importantes (como con la de la potestad de la Iglesia y los concilios, la de la obediencia y potestad de los reyes) con todo no pudieron sufrirla aun así tan desfigurada. Supongo que la operación de mutilarla fue obra de la Inquisición y sus parciales, pero aun así la prohibió; de suerte que todo conspira a demostrar, que los Inquisidores habían formado el proyecto de sostener y esparcir más y más las tinieblas de la ignorancia en puntos doctrinales por todos los dominios españoles, acercándolos de modo que no pudiesen recibir la luz por ninguna parte. En ninguna materia eclesiástica ni sagrada nos querían instruidos, pero especialmente asestaban sus tiros a las materias de gracia, del amor de Dios y la penitencia, como también contra los libros que trataban de la potestad eclesiástica, si no eran conformes a su gusto, esto es, si no eran contrarios a la tradición, que de siglo en siglo nos ha transmitido la iglesia sobre este punto.

     A ese paso eran muy liberales en franquearnos aquellos libros que tratan de devociones supersticiosas, de milagritos ridículos, de lo que el vulgo llama culto de los santos, de indulgencias sin límites, novenarios, trecenarios, Puertas francas del cielo, y otras mil cosas de este jaez, en que únicamente sudaban las prensas españolas; todas dirigidas a salvarnos sin hacer penitencia, sin dejar el mundo de las manos ni del corazón, por más que Jesucristo pronuncie en términos formales y precisos todo lo contrario. Muchos libros buenos y corrientes se dejaron de traducir por medio de la Inquisición, porque no los querían en castellano. Otros que se imprimieron traducidos, o llegaron a prohibirse, como las Instituciones del derecho eclesiástico del abad de Fleuri, vertidas al castellano por don Blas Nazarte; o vinieron a desaparecer, como los Estudios Monásticos del padre Mabillon, las Costumbres de los Israelitas y de los Cristianos del mismo abad de Fleuri, su Tratado de estudios, y otros muchos. Esto se hacía a la sordina por medio del juez de imprentas, que siempre era ministro del consejo real, que lo fuese también del de la Inquisición; el cual negaba la licencia para imprimir o reimprimir este o el otro libro. Ni aun escapo de sus manos el de Moderamine Ingeniorun de Muratori, que es un tratado tan luminoso y piadoso como todos saben: por esto lo condenaron. Hasta la vida de la Virgen Nuestra Señora sacada de los evangelios por don Juans de Ferreras, se prohibió y sigue prohibida, porque ponía en duda el suceso de Pilar de Zaragoza; de suerte que debíamos de ser supersticiosos por sistema. Esto me hace recordar de los muchos libros que hay prohibidos, y manchados con parches y borraduras, porque negaron que el libro de los Ejercicios fuese de San Ignacio de Loyola; por más que conste con evidencia que no lo es. En esto de ignorancia, o más bien de desafueros de la Inquisición por arraigarla contra los pocos o muchos que pretendían salir de ella, llegó la famosa época de la edición del Expurgatorio de 1747: ¡aquí fue Troya! aquí se vieron a las claras los intentos de la Inquisición en prohibir libros buenos, no dejar traducir otros, y envilecer los que se traducían.

     Para hacer más efectiva la destrucción de libros buenos, intentada y llevada a efecto por este índice, se previno de antemano al señor inquisidor general con un edicto a raja tablas (lo he leído), en que revocaba generalmente todas las licencias de leer libros prohibidos, menos algunas pocas que dejaba a determinados sujetos, con el aditamento de que todas las comunidades del reino y cuantas personas habían en él, de cualquier clase y condición que fuesen, enviasen lista (no tengo presente si jurada) de todos y cada uno de los libros prohibidos que estuviesen en su poder, suyos o ajenos, pena de excomunión mayor, y las demás que acostumbra el tribunal: ¡Esta fue la vanguardia del índice exterminador!

     Publicose éste con escandalo de Roma, y de toda la Europa sabía; porque entre las infinitas cosas que le notaron de omisión y sumisión, la más notable fue la de haber incluido en él la Historia del Pelagianismo del cardenal de Noris, y su Disertación sobre la Quinta Sínodo. Incluyeron también la Moral de Grenoble del Obispo Geneto, la Teología Dogmática de Luis Havert; con otros infinitos que anteriormente no estaban prohibidos, ni se les había dado censura. Esto se extraño como una novedad peligrosa, porque todo el mundo sabe que el índice o catálogo de libros prohibidos no es otra cosa, sino una enumeración que se hace de las obras o autores prohibidos o expurgados, para que todo fiel pueda tener en un solo libro la noticia necesaria de lo que ha de evitar y precaverse. Por esto en el catálogo no se incluyen las censuras, porque éstas se suponen dadas de antemano en edictos particulares: esta era la costumbre del tribunal, y es lo que de algún modo dicta la razón.

     Pero en el índice del año 47 se innovó esta costumbre, y se abandonó la razón rompiendo sus barreras para acabar, si pudieran, con todo el mundo ilustrado. Disimuladamente, y como si fuera un olvido natural o más bien aparentando una falta de noticia, se nos dijo: «Después de impreso este índice han llegado a nuestra noticia los siguientes libros escritos en idioma francés; los cuales se prohíben en cualquier idioma».

     En este catálogo o nuevo índice fue donde se incluyeron Noris, Geneto, y Luis Havert, con los demás de que arriba hicimos mención; y otros infinitos autores sobresalientes. La Inquisición sabía muy de antemano el aprecio de tales libros; pero fingió ignorarlos, con el fin de hallar un instante oportuno para desterrarlos a todos de un sólo golpe. Hallolo en esta ocasión, valida de la prepotencia del padre Rábago, y de la audacia y descaro de los padres Carrasco y Casini, y por semejantes conductos se dio a luz aquel abominable Suplemento sacado (¡quién lo creyera!) de la Biblioteca Janseniana de aquel famoso impostor y calumniador del padre Colonia; y para que no quedase duda, se dejaron en la impresión de Madrid hasta las erratas y equivocaciones de la dicha biblioteca. Ésta se había justísimamente prohibido en Roma con un libelo famoso, el más infamatorio que ha salido a luz desde los apóstoles hasta nuestros días: quien recorriere los anales de la iglesia, verá fácilmente que no hay cosa igual. ¿No es esta la fuente, Señor Ilustrísimo donde bebió el Santo tribunal de la Inquisición de España? ¿No es este también el charco donde ha bebido Vuestra Señoría Ilustrísima después, y a pesar de las luces que ha recibido para el desengaño? Hay algo más en esto. Antes y después de prohibido en Roma este infame libro por el gran Benedicto XIV, fue delatado repetidas veces en la Inquisición general; pero no había quien oyese: ¿ni quién había de oír, si estaban todos sus individuos fraguando el tomarlo por texto y apoyo de su ruidoso suplemento? Ello es que ni entonces ni hasta la hora presente se ha prohibido el tal padre Colonia, por más que han declamado contra él todos los reinos cristianos; ¡tanto es el respeto con que le miraba la Inquisición española! A pesar de esto tenemos en castellano tantos libros y pasajes, en que se hace mención y se detesta, como se debe, a este gran calumniador, como lo llama el señor Climent, obispo de Barcelona en una de sus preciosas Pastorales. Lo peor del caso es, que Vuestra Señoría Ilustrísima viene a echar el fallo, renovando la calumnia de dicho padre Colonia, al cabo de 43 años de censurado y condenado por todo el mundo: esto es en buenos términos hacerse Vuestra Señoría Ilustrísima cómplice de todos los delitos de dicho padre, pasados, presentes, y futuros, solamente con la pincelada de la Estrellita de su expurgatorio. Y pregunto yo ahora: ¿en qué tierra ha vivido Vuestra Señoría Ilustrísima en estos 43 años? ¡Estupendo valor y obstinación! Tampoco puede ignorar Vuestra Señoría Ilustrísima la famosa carta de Benedicto XIV al inquisidor general C[...] sobre la prohibición de Noris; ella se hizo pública desde luego, se dio a la prensa muchas veces, y entre nosotros se halla traducida al castellano en el tomo 30 del Semanario erudito. Sabe también Vuestra Señoría Ilustrísima que el buen inquisidor susodicho no hizo el menor aprecio de aquella carta del padre común de los fieles; y en ese triste estado le cogió la muerte. Sobrevino después la caída de aquel nuevo Amán de la Iglesia católica, el padre Francisco Rábago; y habiendo acaecido este en 1753, todavía tardó el tribunal cinco años en levantar la prohibición de Noris. ¡Tanto como esto le cuesta a la Inquisición el arrepentirse y confesar un pecado mortal! Esto es que los clamores y exhortaciones del papa, de la religión agustiniana, y de cuantos hombres doctos y piadosos había en todo el reino, ablandaron por fin la dureza del tribunal. Rindiose la Inquisición, y publicó un edicto en que se dignaba permitir la lectura de la historia Pelagiana y Disertación de aquel sabio cardenal. Algunos años después (en tiempo de del señor Beltrán, hombre libre de muchas preocupaciones) franqueó la lectura de Geneto y de Luis Havert, y sobre todo aplacó la ira del tribunal contra el catecismo de Monpeller, escrito por el padre Pouguet, permitiendo su lectura, en lo que relució el celo y la eficacia del señor Lorenzana, arzobispo de Toledo, que fue quien más contribuyó a que se soltasen las cadenas de este precioso libro. Y como en él está también pintado Jesucristo como Redentor y como Pontífice de los bienes futuros, pudo abrir la brecha contra el muro de separación que los Inquisidores tenían puesto entre el Redentor y los redimidos, teniéndoles por tantos años prohibidos leer el Testamento nuevo, que el mismo señor les dejó como a sus hijos, para que supiesen su voluntad y la cumpliesen. Los Inquisidores y los jesuitas parece que ellos mismos se constituyeron de propia autoridad albaceas de aquel sagrado testamento; y en lugar de la voluntad expresa de Jesucristo y de su siervo Pablo, nos dieron la del padre Escobar con sus veinte y cuatro ancianos, la de los padres Moya y Busembaum, y últimamente la del padre Lacroix, que vino a ser como el jefe de toda la moral cristiana; y aun no parando aquí, nos dieron por añadidura algunos otros ribetes y pinceladas por medio de los padres Viva, Francolino, Casnedi, Pichón y otro aún más blasfemo, de quien hablaremos después.

     También admitieron tropas auxiliares para esta grande empresa, porque no se dijese que querían ellos llevarse toda la gloria. Así agregaron también a Juan Sánchez, Caramuel, Remigio Diana y Torrecilla, con tantos otros de esta estofa.

     Vinieron en apoyo de este mismo proyecto Marina de Escobar, Mariana de Jesús, Ana de Guerra, Margarita Alacoque; y para contentar a los franciscanos, se alistó también a la madre Agreda, a fin de que todos juntos, los teólogos con sus preceptos, y las mujeres con sus visiones y relaciones nos hiciesen patentes la voluntad del hijo de Dios; quien sin duda (según ellos, y ellas guiadas por ellos) cuando vino al mundo y envió su Espíritu Santo, no había explicado claramente su modo de pensar, ni expresado bien los arcanos de su doctrina, que estaban reservados para la Inquisición de España, por medio de la gente que acabamos de nombrar. Parece chanza esto, pero es la realidad; y la lástima es que la Inquisición no quiere entender, ni por chanza ni por veras; en prueba de ello, veamos esto mismo por otro lado y más directamente.

     La regla quinta de este expurgatorio de 1747 decía así: «Como la experiencia ha enseñado que de permitirse la sagrada biblia en lengua vulgar, se sigue más daño que provecho; se prohíbe la biblia con todas sus partes, y asimismo los sumarios y compendios, aunque sean historiales de la misma biblia». ¡Válgame Dios, Señor Ilustrísimo! ¿Tan borrada de nuestros corazones quería la Inquisición estuviese la palabra de Dios, y cuánto concierne a ella, que nos prohíbe hasta los compendios historiales? La Inquisición que nos permite la Historia de los doce pares, la de Estevanillo González, y otras semejantes que se reimprimen a cada paso; nos prohíbe la de David, de Tobías, de Judit y de Ester, con otras tan tiernas y edificantes de los libros sagrados. ¿En qué han pecado los hechos que Dios tuvo a bien revelar a su Iglesia? ¡Ah! Vuelvo a preguntar: ¿a qué clase de cristianos pertenecen los Inquisidores? Yo no encuentro otra a que puedan pertenecer, sino a los de la familia que acabo de nombrar: a los Escobares, Busembaum y Lacroix.

     Tiene esta quinta regla otros primores, que quizá recorreremos en otra parte; pero veamos los fines que se propusieron los Inquisidores con su quinta regla. Los fines fueron abolir la verdad en España, para establecer sobre sus ruinas la probabilidad y aun la mentira: así lo emprendieron y lo consiguieron. Porque el resultado fue que después del siglo y medio, cuando ya habían muerto los abuelos de los bisabuelos, cuando ya no quedaba hombre que hubiese oído desde niño contar a sus mayores la caída de Adán y sus consecuencias, la promesa del redentor, la entrada en la tierra de promisión, el destierro o cautividad de Babilonia, la reedificación del templo, la historia de los Macabeos: cuando ya temblaban los cristianos sencillos de pronunciar siquiera el nombre de sagrada escritura, cuando ya sus curas y sacerdotes no lo sabían, ni la necesitaban para la cátedra, ni para el confesonario, ni para el púlpito, en fin, cuando ya los del consejo secreto de la Inquisición tenían bien preparados sus materiales, para hacer caer al pueblo cristiano español en el lazo que le tenían armado en el espacio de dos siglos; entonces, entonces fue cuando se abrieron las puertas a la lección de la sagrada historia; entonces estuvo muy franca la Inquisición en proponer al pueblo español los libros sagrados para que se nutriesen en su santa doctrina.

     Pero veamos por donde; porque esto parece cosa milagrosa: no hay que admirarse. La Inquisición obró consecuente a sus principios: franqueó los libros sagrados; dio licencia abierta para que todo el mundo los leyese; ¿pero por quién? Por la Historia del pueblo de Dios, de su amigo el padre Berruyer, que sus consorcios acababan de traducir en castellano. ¡Ea, pues! ya tenemos sagrada escritura para el pueblo: el tribunal que había prohibido los compendios, ya nos concede leer 18 tomos de una historia que contiene no solamente los sucesos, sino las doctrinas de los santos libros: ¡Pero qué doctrina! No hay que escandalizarse; con título de Historia del pueblo de Dios, nos dieron a beber las de Molina, de Suárez, Valencia, y los ya nombrados Escobar, Busembaum y Lacroix: todo capciosamente disfrazado, y envuelto en la relación de los hechos y doctrina de los libros santos. ¡Qué impiedad tan horrenda! No creo que hay otro ejemplo en la iglesia, a lo menos que saliese a luz con tanto arte, aparato y autoridad. Aún no paró aquí la osadía nos dio Berruyer en su historia (sobre las de Molina y Lacroix) todas las invenciones de su maestro el padre Harduino, que subió de punto las herejías de la compañía. Como ya Berruyer y su historia se habían prohibido en Roma, se decía en la traducción castellana que estaba corregida; pero la corrección fue trasladar, en unos cuantos lugares, los errores de unos pliegos a otros: ¡digna astucia de la compañía, y muy común en ella! Pero su insinuación bastaba para tranquilizar al tribunal de la fe.

     No sucedió así en el Roma, porque como los errores de Berruyer estaban esparcidos diestramente por toda la obra, como se ve en el día, no pudieron creer en la tal enmienda y corrección; y así fácilmente se dieron recíprocos avisos los españoles residentes en aquella capital y los de Madrid. Estos levantaron el grito, sin temor al poder de los jesuitas, porque se trataba de un asunto muy claro: la delataron, y consiguieron que la Inquisición la proscribiese a pesar suyo. Esto lo tenían previsto los jesuitas, pero a ellos les importaba estafar cien mil pesos a la nación española en ambos mundos; y después poner la cara triste con todos los compradores, dejándolos aficionados a la escritura y manchados con sus errores autorizados ya por los sagrados libros; pero atribuyendo la prohibición al influjo de los jansenistas, que con su valimiento habían conseguido la censura de Roma y la de España. Parece que la Inquisición era de este mismo dictamen, porque con una ternura de madre se concedía por el inquisidor general licencia para leerla a cualquiera monja o seglar, que tenían proporción de pedirla; y en este paraje donde escribo hay un sujeto (de los más malos que yo conozco), que por el amor tierno que profesa a los jesuitas y a la ciencia sagrada, tiene facultad para leerla, y la lee con el fruto que todos vemos en su conducta. Estas cosas prueban que la Inquisición de España la condenó muy a pesar suyo. ¿Dónde está, pues, el celo de la regla quinta de su expurgatorio? ¿Tan terribles e inexorables para tantas historias santamente escritas; y tan francos para la de Berruyer, que prostituye de principio a fin todos los libros santos? Pero aquel celo y esta franqueza siempre iban nivelados con los intereses de la Inquisición y de la compañía.

     Esta señora viendo que le había salido tan bien su cuenta, y hechos sus negocios con las impresiones de Berruyer, dio asimismo a luz la Historia del establecimiento de la Iglesia, escrita por el padre Montrevil; pero haciendo con él en la traducción lo mismo que con Berruyer, o más bien, quitándole al padre Montrevil lo que decía en francés, para poner en español lo que decía Berruyer. Así corre todavía, quizá porque no ha habido lectores atentos o han sido demasiado indulgentes. Yo la hubiera delatado más de una vez; pero he temido que Vuestra Señoría Ilustrísima y sus compañeros me pusiesen ojo al margen.

     Bueno será decir aquí de paso, que es cosa bien extraña no haber prohibido la Inquisición el Comentario sobre San Juan del padre Harduino, ni otra ninguna obra de este autor tan poco pío como extravagante: prueba nada equívoca de lo que los inquisidores abrigaban en su corazón. Este también muy del caso referir aquí, que por este tiempo (era el año de 1760) se dio a luz en Francia la tercera parte de la historia de Berruyer, con no sé qué apologías de la primera y segunda. El papa Clemente XIII, que todos saben era su muy devoto y amigo no pudo sin embargo, sufrir tal desvergüenza contra la religión; y así la prohibió por un breve bien amargo, en que se quejaba el santo padre de la rebeldía de aquel desatinado escritor, afirmando que había llenado la medida del escándalo; mensuram escandali implevit. Esta tercera parte no se tradujo en español, y por esa la señora Inquisición (sin embargo del breve del papa) se hizo desentendida, y no dio decreto contra ella; cuando el papa con toda la iglesia cristiana aseguran, que llenó la medida del escándalo... Pero ¿qué interés puede tener la Inquisición con Harduino y Berruyer? ¡Ay! Bien se percibe que si estos dos dañinos escritores no la interesan, la interesa todavía su doctrina y la ropa que vestían. No se advierte que los llamados jesuitas saliesen en cuerpo por este tiempo a la defensa de Harduino y Berruyer, tan a las claras como lo habían hecho por su Molina; pero ellos eran muy políticos; no lo pedían así las críticas circunstancias en que se hallaban: ya estaban casi descubiertos. El atentado contra la vida del Rey de Portugal había horrorizado a la Europa y España, a pesar de la Inquisición, iba abriendo los ojos porque corrían los papeles de aquella ruidosa causa, sin embargo, de los esfuerzos que hizo el padre provincial Cornejo para suprimirlos.

     Carlos III que había llegado poco antes a España, era un rey apasionado por la sana doctrina, y venía desde Nápoles bien informado de la combatida que ésta se hallaba en España por los jesuitas y por la Inquisición: tenía gran concepto de sus defensores, y dio una prueba de esto, luego que entró en su reino, con el nombramiento que hizo de varios prelados de doctrina y virtud, y con la libertad que dio libremente a Macanaz. Entonces se vio con asombro, que la Inquisición le tenía embargado sus bienes desde el año de 18, notado de hereje y sospechosos de herejía, y de tantas cosas cuantas quisieron atribuirle. Quien tenga alguna noción de los trabajos literarios y religiosos de este grande hombre: quien sepa las grandes confianzas que hizo de él su soberano, aun viviendo desterrado, no podrá menos de admirar y desterrar el poder despótico de la Inquisición. Mas lo que excede toda ponderación, es el salvoconducto que le dio Fernando VI para que luego que entrase en España lo prendiesen y llevasen al castillo de la Coruña. Desembargáronse sus bienes, y se le entregaron; y al fin este anciano, de 90 años cumplidos, tuvo aquel pequeño y último consuelo, porque al llegar a Hellín, su patria, falleció. Siguiose a esto la escena del catecismo de Mesangui, de que hicimos mención; pero en lugar de humillarse o siquiera moderarse la Inquisición, se puso más alerta que nunca, para asestar su artillería contra quien pudiese, y caiga quien cayere.

     Aquí viene bien, ya que volvemos a nombrar a Mesangui, que esclarezcamos el hecho del destierro del inquisidor general Bonifaz; no sea que piense Vuestra Señoría Ilustrísima por mis anteriores expresiones, que este inquisidor sufrió aquella pena por la defensa de la fe o por alguna verdad importante, revestido de un espíritu apostólico; todo, menos que eso. Aquel inquisidor fue desterrado, porque quebrantó las leyes gubernativas en materia bien grave; y lo hubiera sido el tribunal, a no haber retrocedido todos sus miembros, modificando las expresiones de su sentencia, cuando el Rey pidió sus votos singulares; y como todo esto tiene relación con la historia del pueblo de Dios de Berruyer, diremos algo para que Vuestra Señoría Ilustrísima no alegue ignorancia, si es que la tiene en este punto tan importante.

     Mesangui era uno de los eclesiásticos más virtuosos y doctos que tenía la Francia, a tiempo que se dio a luz la historia de Berruyer. Lleno de celo por la verdad de la santa escritura, y en honor y defensa de la doctrina de la iglesia católica, determinó impugnarlo; pero no con apologías, ni por algún tratado de controversia, sino encarándose con la verdad del sagrado texto, y sacando de él aquellas reflexiones conformes a la palabra de Dios y adaptadas a la inteligencia del pueblo, a quien Berruyer había pretendido engañar. Con esta mira publicó su preciosa obra del Compendio del viejo Testamento con esclarecimientos y reflexiones morales. Esta obra hacía pedazos a la de Berruyer, sin nombrarla siquiera; y ella sólo bastaba para desvanecer todos los proyectos de los jesuitas, y el sistema abrazado constantemente por la Inquisición. Pero como era tan santa, tan llena de unión, y tan bien escrita, no pudieron entrarle el diente por ningún lado; bastando para su recomendación el decir: la Inquisición de España no se ha atrevido a prohibir el compendio histórico de Mesangui. Mas como ningún enemigo de sus sistemas favoritos puede escapar de sus manos, auxiliadas de los teatinos, tomó otro rumbo para vengarse de Mesangui; y fue solicitar en Roma con viveza la prohibición del Catecismo de este famoso autor, que lo había dado a luz muchos años antes (creo que en el de 1728) y había corrido entonces entre los buenos con suma celebridad. Por este catecismo había estudiado Carlos III la doctrina cristiana, e hizo también que la estudiasen sus hijos y familia. Bien sabían esto los inquisidores y jesuitas, y por lo mismo metieron fuego en Roma para acelerar este negocio, que juzgaban como el mayor triunfo de su Molina; y por medio del cardenal Torregiani, secretario de estado del papa, hombre a propósito para empresas de este género, lograron prohibirlo, a pesar de las razones, resistencias y protestas del célebre cardenal Pasionci, cuyo voto en la materia tenemos impreso al fin del tercer tomo del Compendio de Macquer. Ello fue que a este sabio cardenal le costó la vida aquella prohibición: y con su muerte, tomando más aliento los enemigos del catecismo, hicieron que el papa confirmase por un breve su prohibición. Este breve, o bula, cuidaron los teatinos de remitirlo inmediatamente a la Inquisición general de España, que lo estaba esperando con la boca abierta; y tanto, que se precipito a publicarlo por sí mismo, contra las leyes del reino y la soberanía. Quanta in ano facinore sunt crimina? Esta fue la verdadera causa del destierro del señor Bonifaz. El rey fue tan religioso, que entregó a la Inquisición el catecismo de su uso; pero abrió los ojos para conocer lo que es capaz de emprender un tribunal, que atropella a los soberanos de un modo tan injusto, tan ratero y ruin. Esta es la verdad del hecho: por donde se ve claramente que la Inquisición nunca se humilla ni corrige; y como ella misma se acumula pruebas de esto todos los días, en despique de este suceso, inmediatamente prohibieron las obras póstumas de Vanespeu, porque ya esparcían mucha luz, y ellos sólo quieren tinieblas. Es de notar que este gran libro fue prohibido el año de 1764 ínterin se expurgaba; y gracias a Dios (¿Quién lo creyera?) en 1790 nos repite Vuestra Señoría Ilustrísima su prohibición con la agradable noticia de que se estaba tratando del examen de dicho libro. ¿No es esto hacer burla del público, y hacer mofa del séptimo mandamiento de la Ley de Dios, que manda restituir la honra injustamente vulnerada? ¿En 26 años no hubo tiempo para borrarle siquiera una tilde? ¿No es esto también burlarse de la real cédula de 1766, que ya es una ley del reino? Este solo hecho basta para dar a conocer la Inquisición, y caracterizarla de una vez en materia de prohibiciones. ¡La ignorancia española es el grande objeto de este tribunal; y en él funda más y más su poder despótico!

     Acuérdate que el juez de imprentas, que era entonces don Juan Curiel, inquisidor de la suprema, y el más favorito del partido, estaba negado a toda licencia de buenos libros: muchos años resistió concederla para imprimir la Historia del Probabilismo del padre Concina; y fue menester que lo apartasen del empleo (a la entrada del sabio ministro Roda), para poder dar a luz este y otros semejantes libros. El juez de imprentas siempre fue como el alma del partido, por ser el que llevaba el timón, o el nivel de lo que habían de negar o conceder la Inquisición y los teatinos.

     Bien sabe Vuestra Señoría Ilustrísima que en la época de que voy hablando, habían tomado mucho incremento las cosas de estos buenos amigos, que iban muy de mala data. Después de proscritos y desterrados de Portugal, al fin se proscribieron también en Francia, y a poco tiempo se expelieron de España, Nápoles, Parma y Malta; pero ellos eran unos ciegos que iban dando cabezadas de pared en pared, renovando sus disparates cada día. Sería muy largo referirlos, Vuestra Señoría Ilustrísima se acordará de algunos, si es que no fue instrumento, a lo menos en alguna parte de la ejecución.

     Dejémoslo ya, Señor Ilustrísimo porque esto va demasiado largo; y Vuestra Señoría Ilustrísima es preciso que esté ya de muy mal humor. Así voy a hacer un resumen de todo lo dicho, a ver si Vuestra Señoría Ilustrísima lo puede mantener en la memoria:

     Amphora coepit instituit. -El resultado, pues, de todo lo dicho viene a ser. Primero: que a los Inquisidores no se les puede hacer una advertencia, ni menos una corrección cristiana. Segundo: que llevan por máxima prohibir los libros, con el único fin de que el pueblo ignore la verdad. Tercero: que por medio de sus prohibiciones han intentado abolir (si se pudiera) el amor de Dios en el corazón de los fieles, prueba de que ellos no lo tienen. Cuarto: que llevan por máxima permitir al pueblo las supersticiones, para mantenerlo en la ignorancia, que es el origen de todas ellas. Quinto: que por espacio de 200 años ha sido constante en prohibir los divinos libros, y en permitir en que corran los malos, con el malicioso fin de quitar a los cristianos la luz de los ojos para que no vean los excesos y atentados de su funesto tribunal. Sexto: que con este arte infernal han intimidado igualmente a los hombres sabios, para que no publiquen las obras correspondientes a las necesidades que padece y sufre la iglesia, y en particular la nación española. Séptimo: que con la falta de instrucción del pueblo, y aun del clero, consiguen tener a los reyes a sus pies; y si alguna vez estos abren los ojos, se hallan prevenidos con millares de artificios para llevar adelante sus intentos, y conseguir por ellos lo que a viva fuerza y con claridad y llaneza les sería imposible. Octavo: que al cabo de dos siglos estuvieron muy francos en dar al pueblo español a beber el veneno del Pelagianismo y Laxismo en la copa de un romance, con título de Historia del pueblo de Dios. Noveno: que aun a los papas desobedecen en todas las dichas materias, cuando reprimen su orgullo, su ignorancia y altivez.

     Concluyamos en una palabra, diciendo: ¡Oh hipócritas! ¡Oh miserables inquisidores, que habéis publicado el expurgatorio de 1790! ¡Ah infelices, infelices!... Y aquí se encierra todo.

     La consecuencia que Vuestra Señoría Ilustrísima debe sacar, es la de reformarlo, y (si puede ser) la de abolirlo; aunque no sea más que para restituir tantas honras inicuamente quitadas con tanto desacato. Dios le conceda a Vuestra Señoría Ilustrísima su santa gracia; para buscar y encontrar dignos cooperadores en tan santa empresa; o de una vez se la quite para siempre de las manos. Lima y marzo 30 de 1792.




     Apéndice a la carta del padre Cisneros. -Señor Investigador. -Muy señor mío: A nombre de todos los hombres buenos, conocedores de la religión de Nuestro Señor Jesucristo, y defensores de la gloria de su santa esposa la iglesia nuestra madre, doy a usted cuantas gracias debo y puedo, por haber reimpreso en su Diario, aunque a retazos, la carta del reverendo padre fray Diego Cisneros (que Dios goce), y le suplico que la vuelva a imprimir toda junta, para que tengamos por separado, y conservemos cuidadosamente un monumento tan glorioso de la esclarecida fe, firmeza y valentía de espíritu y corazón de ese sabio religioso, quien, aun cuando no hubiera sido un compasivo y generoso padre de pobres, un docto, que con indecible franqueza comunicaba sus luces, y al fin no hubiera obsequiado a este público su numerosa y exquisita librería; sería digno de nuestra gratitud y de nuestra admiración por la valerosa y cristiana resolución de escribir esa carta al inquisidor general, con aquel vigor y firmeza que manifestaron los Orígenes, Tertulianos, y otros apologistas; los Hilarios, Ambrosios, los Crisóstomos y Bernardos, cada uno en defensa de la verdad. Increíble parece esta magnánima osadía, pues se expuso el padre Cisneros evidentemente a ser mártir de la verdad; y si un amigo suyo no hubiera secretamente impedido la entrega de la carta al Inquisidor, sin duda hubiera sido victima de los furores del tribunal.

     Este terrible combate en que entró el padre Cisneros bajo su propio nombre y firma, no es un conjunto de declamaciones vagas. Los tiros que despide, y los golpes que descarga, son hechos los más constantes y ciertos. Yo añadiré uno de casa. El padre Miguel Durán de la Buenamuerte, publicó en esta ciudad su Réplica Apologética contra el probabilismo, y en ella tocó ciertas doctrinas canonizadas en muchos reinos cristianos, pero odiosas a Roma, y más bien ignoradas, que detestadas en España por el común de teólogos y canonistas. Prohibió esta obra la Inquisición, porque según decía el edicto, se promovían en ellas opiniones contrarias al común de los españoles. La Inquisición, que tanto cuidado tuvo de cerrar y tapar puertas y resquicios para que no nos entrase la luz por parte alguna, prohibiendo los buenos libros que trataban de la sana moral, de la gracia y de la potestad eclesiástica, circunscribió y obligó a la nación al estéril y miserable estudio de las cuestiones metafísicas de la teología, de las frías superficiales e incompletas sumas morales, de los comentadores de las decretales que se han venerado como fuentes originales y limpias. De dogma casi no había mas instrucción que la mezquina e imperfecta de Ripalda y Astete. Y después de reducidos los españoles a esta vergonzosa degradación, cuentan los inquisidores por regla de fe, o piedra de toque la común opinión de los nacionales. Al ver eso, ¿quién contendrá sus lágrimas e indignaciones? Siempre he pensado, que mil escotistas y mil tomistas, no son otras tantas autoridades y votos, sino un solo voto, una sola autoridad en cada uno de estos escuadrones literarios; porque todos sus individuos el día que visten el santo hábito, quedan sujetos a la fatal obligación de seguir a sus corifeos. Cuando oigo un pregón de remate en los portales, digo: todos los que juran in aliorum verba son otros tantos pregoneros, que repiten lo que dice el escribano. Tal ha sido la miserable suerte de los españoles en más de doscientos años.

     Regla cierta es, de ser más seguros que seguir a pocos sabios, que al común de los que no los son. Fuera de esto, ¿muchos de los padres españoles que asistieron a los concilios de Constancia y Basilea, y casi todos los de Trento son acaso en poco numero? Y cuando fueran en número más reducido, ¿no son por cierto superiores a los teólogos y canonistas de los siglos siguientes? Sin duda, excepto unos pocos, que debieron su sabiduría a ciertas casuales combinaciones, que no nacieron seguramente de la instrucción recibida en nuestros colegios y universidades. ¿Que teología podía haber en España con Viva, Muniesa, Marín, Ripalda, Arriaga y otros de este jaez? ¿Qué derecho canónico con Valensis, Reinfestuel, Pirring, Torquemada y otros mil de esta clase? ¿Qué moral con Larraga, Félix Potestas, Villalobos, Busembaum, Lacroix? Ignorancia de lo bueno y de lo verdadero, y nada más. De nuestros últimos sabios no todos han sido conocidos, porque se han ocultado, y tal vez exteriormente han manifestado lo contrario de lo que sabían por no exponerse, a no ser que consultados por los reyes, y distantes de persecuciones, han salvado las trabas, y roto el silencio. Melchor Cano, en su dictamen dirigido a Carlos V y Felipe II, es muy distinto de sí mismo en sus lugares teológicos. Macanaz, creyéndose libre y fuera de riesgo, habló y escribió con franqueza, pero se vio después en la necesidad de convertirse en apologista de su propio verdugo. La casualidad nos ha conservado el sabio y erudito dictamen, que por orden del rey y los consejos, dio el señor Solis en 1709. Cuántos otros papeles más habrán de igual mérito desconocidos y sepultados por la vigilancia de la Inquisición. Sin el rompimiento de nuestra corte con la de Roma con ocasión del monitorio contra el duque de Parma, ni se hubiera vertido al español, y dádose a conocer en España la inmortal defensa de la declaración del clero de Francia por el ilustre Bosuet ni se hubiera escrito la pulida y docta disertación intitulada, juicio Imparcial por el señor Navarro, mal atribuida primero al conde de Campomanes, y después al de Floridablanca. Cual tigre hambriento sobre su presa, tal se hubiera lanzado la Inquisición sobre Justino Febronio, si las Cortes de Lisboa y de Madrid, no le hubieran defendido. Mas gracias al Dios omnipotente, que ya la España está en actitud de salir de las tinieblas de la ignorancia, de las supersticiones y del fanatismo. Poco importa, que la turbamulta de los serviles, se encarnice y empeñe en denigrar a la parte sana y a nuestros mismos representantes con los odiosos y calumniosos dicterios de deístas, materialistas, jansenistas. Son unos frenéticos de quienes se sirve el astuto jesuitismo, como lo hizo en Francia imitando el despotismo de aquel gobierno contra los más sanos y virtuosos ciudadanos, y causando de esta suerte la terrible anarquía de ese reino en donde nos han venido nuestras actuales desgracias. Paciencia, y camino adelante, que al fin su propia rabia será el veneno que las acabe, a Dios amigo a lo gallego. -L[...] M[...]

     Del Núm. LXVI de El Investigador, de Lima, correspondiente al sábado 16 de octubre de 1813 (págs. 181, 182, 183 y 184).

 

 

 

III. -1813. -El Cabildo de Lima felicita a las Cortes españolas reunidas en Cádiz por el decreto de supresión de la Inquisición y pide que se extraiga de los Archivos de la Inquisición todos los libros y papeles infamantes para la buena fama de los ciudadanos perseguidos por ésta y se quemen públicamente.

 

     El Excelentísimo Ayuntamiento de la capital de Lima al soberano Congreso Nacional. -Señor. -El cabildo constitucional de esta capital jamás podrá dispensarse de los estrechos deberes de felicitar a Vuestra Majestad en nombre del ilustre y numeroso pueblo que representa, y de ofrecerle un testimonio de su entusiasmo y gratitud por la reciente ley del exterminio del Tribunal de la Inquisición, que fija la gloria de Vuestra Majestad satisface los votos de la nación, y señala la época de su completa prosperidad. Vuestra Majestad ha reportado como un triunfo sobre el tropel de inconvenientes que los resabios del fanatismo, y todavía motivos del más reprobado origen habían de oponer tenaces a la ejecución de un proyecto, que sólo era la obra de la sublimidad y de la fuerza de genio que animan las deliberaciones de Vuestra Majestad, y que relucen en sus plausibles afectos. Ninguna de ellas podría alguna vez desmentir de este carácter; y no había Vuestra Majestad de tolerar por más tiempo un establecimiento, con cuyo espíritu se contrariaba esencialmente todo el sistema o complejo de principios liberales en que ha fundado la constitución política, y cuya permanencia inutilizaba los sacrificios y desvelos de Vuestra Majestad por sancionarla. Era preciso que Vuestra Majestad pusiera el complemento a aquel rasgo admirable de su sabiduría y patriotismo: y que habiendo trabajado en cimentar sobre bases duraderas la libertad nacional, hiciera desaparecer para siempre el despotismo inaudito, de un poder que escalando en secreto los más preciosos fueros del ciudadano, preparaba el alevoso golpe con que le hería de muerte, sin perdonar los destinos de una larga e inculpable descendencia. Tales eran esos horrendos abusos que se maldecían por todos en el silencio melancólico de un pavor espantable, y una indignación sin límites; y que a pesar de ello se practicaba impunemente, y aun se autorizaba por una política rastrera y opresora, bajo el pretexto especioso de religión. Pero este ayuntamiento, nacido en los días y al abrigo de unas leyes como las que Vuestra Majestad ha dictado, protectoras decididas de la independencia de las ideas, acostumbra a nutrirse a ejemplo de Vuestra Majestad de máximas libres y sentimientos generosos; y por lo mismo contempla con deliciosos transporte que la religión católica, única, santa y verdadera, va a ser desagraviada de la nota injuriosa a la divinidad que la establece, y que por desgracia pudiera malquistarla entre ánimos menos reflexivos, a saber; que de tan fieras medidas era preciso valerse a fin de sostenerla; y que como las demás, efímeros inventos de los hombres, no podía preservar sino por medio de la crueldad y la fuerza. No menos sólidas y demostrables ventajas presagia el ayuntamiento en favor de la cultura y perfección de los espíritus. Redimidos de las groseras trabas que hasta ahora han sujetado la intrepidez del pensamiento, explicarán su energía con la actividad de un muelle que en el punto de cesar la comprensión que obraba contra la fuerza elástica, es mayor el impulso y la velocidad con que conspira a recobrarse. Aparecerá pues entre nosotros la filosofía cuanto tiene de puro, y la literatura de exquisito. Las artes y las ciencias, hijas de la imaginación y del ingenio, habrán de florecer correspondiendo al liberal cultivo de la fecundidad que las produce: y todo dará el brillante resultado de la cabal ilustración y la profundidad de los conocimientos. Por lo demás, restituida la confianza a cada una de las clases del estado, se respira en las gratas emociones de sentir llenos, muy ocultos, pero muy vivos y muy antiguos anhelos. Y extirpándose de este modo todo origen de descontento, se consolida más y más ese principio de unidad indisoluble que no resalta menos de la ajustada semejanza de intenciones que a un mismo fin se enderezan, que de los eficaces influjos de la autoridad centralizada. Vuestra Majestad gustará el inefable consuelo de saber que ha sostenido altamente la representación que le confiaron los pueblos; y estos publicarán que el soberano congreso ha manifestado el carácter de un verdadero amigo de la nación. Dios guarde a Vuestra Majestad muchos años. Sala capitular de Lima y julio 27 de 1813. -Señor. -José Ignacio Palacios. -José Cavero y Salazar. -Antonio Sáenz de Telada. -Santiago Manco. -Francisco Álvarez Calderón. -José Manuel Blanco de Ascona. -Manuel de Santiago y Rotalde. -Juan Bautista Garate. -Juan de Berindoaga. -Manuel Alvarado. -Francisco Carrilo y Mudarra. -José María Galdiano. -Es copia. -Juan de Berindoaga. -Regidor secretario.

     El Investigador, Núm. XXXI, sábado 31 de julio de 1813 (págs. 121 y 123).




     Oficio de este Excelentísimo Ayuntamiento constitucional al Excelentísimo señor virrey. -Artículo comunicado. -Excelentísimo señor. -Debiendo este ayuntamiento constitucional propender a la seguridad, lustre y decoro del generoso vecindario de esta capital, y considerando que extinguidos los tribunales de la Inquisición por decreto de las cortes soberanas, resta aún providenciar por los gobiernos sobre algunos puntos accesorios a este objeto, y perseguir las reliquias ofensivas a los derechos comunes, propone a Vuestra Excelencia el ayuntamiento se sirva decretar lo siguiente:

     Que se extraigan de los archivos inquisitoriales de esta capital, y se quemen públicamente todos los libros y papeles que puedan manchar la estimación de cualesquiera familias o ciudadanos, como el libro llamado verde, el intitulado Tisón de España, y todos los procesos de esta especie que se hallen fenecidos. Y cuando lugar no hubiese por ahora a esta providencia, y se espere resolución del gobierno supremo de la nación, que se sepulten entre tanto en un lóbrego aposento dependiente de una sola puerta custodiada con tres llaves, de las que se mantendrá una en poder de Vuestra Excelencia, otra en el del Excelentísimo señor obispo, y la tercera en este ayuntamiento. Providencia que parece conforme, y muy análoga a la destrucción de los retratos e inscripciones de los castigados por dicho tribunal.

     Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Sala capitular de Lima y agosto 31 de 1813. -Excelentísimo señor José Ignacio Palacios. -José Cabero y Salazar. -Antonio Sáenz de Tejada. -Santiago Manco. -El conde la Vega del Ren. -Francisco Albares Calderón. -José Manuel Blanco de Ascona. -Juan de Berindoaga. -Francisco Carrillo y Mudarra. -José María Galdiano. -Excelentísimo señor marqués de la concordia, virrey, gobernador y capitán general de este reino. -Es copia, Juan de Berindoaga, regidor secretario.

     El Investigador, Núm. XVI, jueves 16 de septiembre de 1813 (págs. 61 y 62).



 


IV. -1813. -La Real y Pontificia Universidad de San Marcos de Lima agradece a las soberanas Cortes de Cádiz el decreto de supresión del Tribunal de la Inquisición.


«LA UNIVERSIDAD DE SAN MARCOS DE LIMA AL SOBERANO CONGRESO NACIONAL»

     «Universidad, septiembre de 1813. -Señor: La Universidad de San Marcos de la ciudad de Lima, capital del reino del Perú, no cumpliría con uno de sus esenciales deberes que le inspiran la justicia y la gratitud, si no tributase a Vuestra Majestad las más rendidas gracias por el singular beneficio que acaba de recibir de su mano soberana con la extinción del irregular Tribunal de la Inquisición.

     »Entre las grandes ventajas que la nueva constitución política de nuestra monarquía, esa grande obra de infatigable celo y eminente sabiduría de Vuestra Majestad ha proporcionado a la heroica nación española, es y lo será el haberla libertado del cruel yugo de la tiranía en que desgraciadamente gemía, cuyo imperio se extendía hasta dominar a la más preciosa, la más libre y esencial facultad del hombre, imponiendo un silencio forzado a sus discursos, y prescribiendo los límites al saber: las luces del entendimiento luchando continuamente con el poderoso embate de unas leyes que tiranizaban a la razón, avergonzadas se rendían al impulso dominante del error; el temor de las amenazas de un furor fanático, arredraba los conocimientos hasta obligarlos a capitular con la ignorancia, y el hombre tan vilmente degradado se veía muchas veces precisado a abrazar el partido del disimulo, o de la mentira e hipocresía, para evitar su propio sacrificio; temiendo más, según la expresión de un sabio y despreocupado español, a los obscuros calabozos de la Inquisición, que al tremendo juicio de Jesucristo. Sistema abortivo del poder, que jamás respetó a la sabiduría, ni a la virtud, los grandes y ejemplares prelados que fueron inmolados en sus infamantes aras son el ejemplo del procedimiento escandaloso que dictaba aquella ley protectora del despotismo, y una prueba de que Vuestra Majestad nos presenta en su sabio manifiesto a la nación española para la extinción de este tribunal, en el que, después de referirnos los nombres de aquellos ilustres varones y la desgraciada suerte que tan horribles como irregulares juicios les ocasionaron, nos advierte que ya no es una paradoja decir «que la ignorancia de la religión, el atraso de las ciencias, la decadencia de las artes, del comercio, de lo agricultura y la despoblación y pobreza de la España, proviene en gran parte del sistema de la Inquisición».

     »Pero la poderosa y sabia mano de Vuestra Majestad ha destruido ya a los tiranos, y este feliz triunfo, que hoy admira y celebra esta escuela literaria, se lo anunciaron sus deseos desde el gran día en que tuvo la indecible satisfacción de jurar el sabio código de nuestra actual legislación. Así se ha verificado, gracias inmortales a Vuestra Majestad, disueltas ya las trabas que ligaban a nuestros entendimientos, la extensión de las luces saldrá de la esfera obscura a que la tenían reducidas rigurosos anatemas; las ciencias todas serán colocadas en el santuario de la verdadera sabiduría, y nuestra religión sagrada restituida y reintegrada a su divina independencia, y bajo el celo de sus primeros y únicos ministros, a quienes su divino autor tiene encomendada su custodia, no necesita del poder privilegiado y arbitrario de un espantoso fantasma que los siglos del despotismo formaron para autorizar, con pretexto de religión unas ocultas y extraviadas máximas que no hallaban apoyo en las sabidurías.

     »El hombre restituido a la posesión de sus imprescriptibles derechos, usará de su libertad, de aquella libertad reglada por la razón y la ley sabiamente sancionada por los verdaderos padres de la patria, y resonando de un polo al otro el dulce eco de la libertad, tendrá Vuestra Majestad ciudadanos ilustrados, fieles y amantes a su soberano, no sólo por el noble impulso de sus corazones, si también, por el conocimiento de sus deberes, y no esclavos aduladores seducidos por la ignorancia, tan prontos a aparentar su obediencia como a desmentir su fidelidad; porque nunca el error ha sido el medio para conducir al hombre al convencimiento de su verdadera felicidad. Tan absurdo y desnaturalizado principio estaba sólo reservado a la tiranía para degradación y oprobio de la humanidad. ¡Felices días en que el hombre ya respira el aire natural de todos sus derechos, y ve sentada la soberanía en el solio de todas las virtudes!

     »Por iguales motivos tampoco puede esta Universidad desentenderse, en esta oportuna ocasión de ofrecer a Vuestra Majestad el justo homenaje de su reconocimiento por aquella ley que sancionaba por su alta justicia, facultó al hombre para expresar dignamente sus pensamientos por medio de la libertad de imprenta. Este fue uno de los primeros golpes que experimentó el despotismo, y el primer paso con que se ensayó el hombre [497] español en el justo uso de su libertad civil; esta y su seguridad individual serán ya inviolables, sujetas sólo al imperio de la ley, no se verán sacrificadas al capricho del poder.

     »Tan justas y benéficas providencias, sólo podían dimanar de la virtud y sabiduría de Vuestra Majestad. Espera solamente la nación española que el infatigable celo, e invencible constancia de Vuestra Majestad pongan el sello del poder soberano para su perpetua permanencia y debida observancia; su vista perspicaz todo lo penetra, su ardiente celo todo lo abraza, y su amor paternal todo lo remedia; no necesita Vuestra Majestad escuchar los gemidos de la víctima para descubrir el sacrificio. Tan altas y tan grandes virtudes, se reservaron solamente a Vuestra Majestad y por ellas congratula a Vuestra Majestad este cuerpo literario, tan amante y fiel a su soberano como reconocido a sus incomparables beneficios.

     »Dios guarde a Vuestra Majestad muchos años, como lo necesita la monarquía. Lima y septiembre (hay un claro en el original) de 1813.

     »Señor Doctor Buenaventura de Tagle Yssasaga, Rector; fray Gerónimo de Calatayud, catedrático de prima de teología; doctor Manuel Antonio de Noriega, catedrático de decreto; doctor Hipólito Unánue, protomédico; doctor José María Galdiano, Antonio José de Buendía, fray Lorenzo de Eraunzeta, José Jerónimo Vivar, catedrático de código; Toribio Rodríguez, catedrático de prima de escritura; Bartolomé de Orduña, Pedro Rolando, catedrático de vísperas de matemáticas; Francisco Xavier de Echague, ex rector; Manuel Pérez de Tudela, catedrático substituto de decreto; José Manuel Bermúdez, Juan José Flores, catedrático de retórica; José Cabero y Salazar, Doctor José Antonio de la Torre, Doctor Pascual Antonio de Gárate, Doctor don Antonio José de Oyagüe, Doctor Francisco de Herrera, Doctor Antonio Guzmán, Silverio Toro, Xavier Aginaga, Francisco José de Arrese, catedrático de vísperas de teología; Justo Figuerola, Pedro Antonio Alfaro de Arguedas, Doctor Nicolás Rodríguez Ferro, Doctor Cecilio Tagle, Doctor Domingo Egoa Aguirre, regente de la cátedra de artes; Doctor Ángel de Luque, Doctor Mauricio Calero, fray José Recalde, catedrático de dogmas; Doctor Pedro Vásquez de Velasco y Solís, Doctor Manuel Guerci, Doctor Manuel Tellería, Ignacio Morales, Doctor Juan Freire, Manuel Agustín de la Torre, Miguel Gaspar de la Fuente, José Antonio Hurtado, regente de la cátedra de artes; Doctor Manuel Antonio Urrismendi, Doctor fray Juan Miranda, fray José Antonio Torri, catedrático de vísperas de teología; Tomás de la Casa y Piedra, don José Manuel de Villaverde, fray Mateo Gómez, Doctor Casimiro [498] de Sotomayor e Yparrraguirre, substituto de la cátedra de prima de cánones; Pedro de Toro, Fernando María Garrido, Juan loseph de Castro, Dr. Jose Vergara, catedrático de clínica; Lorenzo Gutiérrez, Antonio de Almoguera, Dr. Jose María Galindo, substituto de la cátedra de prima de medicina; Manuel de Mendibura y Orellana, Jose Manuel Dávalos, catedrático de materia médica; José Joaquín de Larriva, Doctor del Castillo, Doctor Pablo González, Doctor José Manuel Valdés, Doctor don José Pérez, catedrático de anatomía; Justo Antonio de la Cueva, Miguel Juan José de Leuro, conciliario mayor; Mariano del Llano, secretario» (todos rubricados).

     Al margen del principio de la exposición se lee (sesión pública de 3 de marzo de 1814. Se oyó con agrado, y se mandó se hiciese mención honorífica en el diario de cortes (rúbrica del presidente).

     Luis Antonio Eguiguren, Alma Mater u Orígenes de la Universidad de San Marcos (págs. 464 a 471).





- 1813 -

1813. -Artículos publicados en El Investigador, de Lima, de junio a agosto de 1813, al amparo de la libertad de prensa decretada por las Cortes de Cádiz, aplaudiendo la supresión del Tribunal de la Inquisición, criticando, con absoluta libertad, los fundamentos y métodos de esa institución y expresando la efervescencia y el regocijo popular producidos por dicha extinción, y manifestados en artículos, letrillas y epigramas.



     Con fecha 23 de febrero, previene la regencia del reino a esta superioridad, lo siguiente: Las cortes generales y extraordinarias, queriendo que lleguen a noticias de todos, los fundamentos y razones que han tenido para abolir la Inquisición, substituyendo en su lugar los tribunales protectores de la religión, han venido en decretar y decretan el manifiesto que las mismas cortes han compuesto con el referido objeto, se leerá por tres domingos consecutivos, contados desde el inmediato en que se reciba la orden en todas las parroquias de todos los pueblos de la monarquía, antes del ofertorio de la misa mayor, y a la lectura de dicho manifiesto, seguirá la del decreto de establecimiento de los expresados tribunales.

El Investigador, Núm. XVII, viernes 16 de julio de 1813 (pág. 56).




Reimpresión. Inquisición



     Sesión de las cortes el 9 de diciembre. -Concluida la lectura del dictamen sobre el tribunal de la Inquisición, la comisión de constitución después de examinar y componer el sistema de la legislación antigua, con respecto al castigo de los herejes; los motivos porque se varió; cuales fueron los que originaron el establecimiento de la Inquisición; la resistencia de los pueblos a que se plantase; las varias reclamaciones de las cortes contra ella; la ilegitimidad de este establecimiento por defecto de autoridad; su incompatibilidad con la soberanía e independencia de la nación, y con la constitución; y su oposición a la libertad individual presentó un proyecto de decreto sobre los tribunales cuyos resumen es el siguiente:


Capítulo I

     1. -Se restablece en su primitivo vigor la ley segunda, título 26, parte séptima, en cuanto deja expedita las facultades de los obispos y sus vicarios, para conocer en las causas de fe, con arreglo a los sagrados cánones y derecho común, y la de los jueces seculares para declarar e imponer a los herejes las penas que señalan las leyes, o que en adelante señalaren. Los jueces eclesiásticos y seculares procederán en sus respectivos casos, conforme a la constitución y a las leyes. 2. -Todo español tiene acción para acusar del delito de herejía ante el tribunal eclesiástico en defecto de acusador, y aun cuando lo haya, el fiscal eclesiástico hará de acusador. 3. -Para que en los juicios de esta especie se proceda con la circunspección que corresponde, los cuatro prebendados de oficio de la iglesia catedral, o en defecto de alguno de estos, otro canónigo o canónigos de la misma, licenciados en sagrada teología o en derecho canónico, nombrados estos por el obispo, y aprobados por el rey, serán los conciliarios del juez eclesiástico, y los calificadores de los escritos, proposiciones o hechos denunciados. 4. -Los conciliarios asistirán con el Juez eclesiástico a la formación o a su reconocimiento, cuando lo haya por delegación, y a todas las demás diligencias hasta la sentencia [500] que diere dicho juez eclesiástico; como también al reconocimiento de las que se hagan por delegación, sin impedir el ejercicio de la jurisdicción, del ordinario, y sólo poniendo al margen de los proveídos su ascenso o descenso. 5. -Instruido el sumario, si resultase de él causa suficiente para reconvenir al acusado, el juez eclesiástico le hará comparecer, y en presencia de los conciliarios le amonestará en los términos que previene la citada ley de partida. 6. -Si la acusación fuere sobre delito que deba ser castigado por la ley con pena corporal, y el acusado fuere lego, el juez eclesiástico pasará testimonio del sumario al juez civil para su arresto, y este lo tendrá a disposición del juez eclesiástico para las demás diligencias hasta la conclusión de las causas. Los militares no gozarán de fuero en esta clase de delitos. Si el acusado fuere clérigo, procederá al arresto el juez eclesiástico. 7. -Fenecido el juicio eclesiástico, se pasará testimonio de la causa al juez secular, quedando desde entonces el reo a su disposición, para que proceda a imponer la pena a que haya lugar por las leyes. 8. -Las apelaciones seguirán los mismos trámites, y se harán por ante los jueces que corresponda lo mismo que en todas las demás causas eclesiásticas. 9. -En los juicios de apelación, se observará todo lo prevenido en los artículos antecedentes. 10. -Habrá lugar a los recursos de fuerza lo mismo que en todos los demás juicios eclesiásticos.





Capítulo II

     De la prohibición de los escritos contrarios a la religión

     Artículo 1. -El rey tomará todas las medidas convenientes, para que no se introduzcan en el reino por las aduanas marítimas o fronterizas, libros ni escritos prohibidos, o que sean contrarios a la religión, sujetándose los que circulen a las disposiciones siguientes, y a las de la libertad de imprenta. 2. -El reverendo obispo o su vicario, en virtud de la censura de los cuatro calificadores de que había el articulo 3.º del capítulo I de este decreto, dará o negará la licencia de imprimir los escritos de religión, y prohibirá los que sean contrarios a ella oyendo antes a los interesados, y nombrando un defensor cuando no haya punto que lo sostenga. Los jueces seculares recogerán aquellos escritos que de este modo prohíba el ordinario, como también los que se hayan impreso sin su licencia. Será un abuso de la autoridad eclesiástica prohibir los escritos de religión, por opiniones que se defienden libremente en la iglesia. 3. -Los autores que se sientan agraviados de los ordinarios eclesiásticos, o por la prohibición de los impresos, podrán apelar al juez eclesiástico que corresponda en la forma ordinaria. 4. -Los jueces eclesiásticos remitirán a la secretaría respectiva de gobernación, las listas de los escritos que hubiesen prohibido, la que se pasará al consejo de estado para que exponga su dictamen, después de haber oído el parecer de una junta de personas ilustradas, que designarán todos los años de entre las que residan en la corte, pudiendo asimismo consultar a las demás que juzgue convenir. 5. -El rey después del dictamen del consejo de estado, extenderá la lista de los escritos denunciados que han de prohibirse, y con la aprobación de las cortes la mandará publicar, y será guardada en toda la monarquía como ley, bajo las penas que se establezcan. Cádiz. -Leído el dictamen de la comisión, las cortes mandaron se imprimiese.

     Del Núm. XVII del periódico El Investigador, correspondiente al sábado 17 de julio de 1813 (págs. 65, 66, 67 y 68).




Llantos de una vieja por la muy sensible extinsión de la Inquisición

                         Quis talia fando
 temperet a lacrimis?
  
 ¿Qué es esto que en Lima
 hoy ha sucedido
 que advierto que todos
 están confundidos?
 ¿Qué la Inquisición
 dicen que se ha extinguido
 de la fe el baluarte
 refugio y presidio?
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 ¡Oh necias costumbres!
 ¡Oh bárbaros siglos!
 ¡Siglos de ignorancia
 en los que vivimos!
 Un auto de fe
 (con dolor lo digo)
 era para muchos
 un día festivo.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 Donde había rato
 más entretenido
 como ver a un brujo,
 hereje, o judío,
 con su gran coroza,
 y su sambenito
 tirarle de piedras,
 tronchos y pepinos.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 Llevarlo a la hoguera
 después de haber sido
 en triunfo paseado
 por todo el distrito,
 cual si fuera un Xerges,
 Verpasiano, o Tito.
 ¡Qué cosa tan bella!
 ¡Qué rato tan lindo!
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 Seguir los señores,
 nuncios, y ministros,
 presidiendo un acto
 tan serio y lucido,
 tan llenos de galas,
 y de adornos ricos,
 que todos decían,
 Dios sea bendito.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 ¡Oh tiempos aquellos
 en que los antiguos
 contaban mil cuentos
 a sus nietecitos!
 Como la Malavia,
 o el negro Perico,
 se transfiguraban
 en rana, o en mico.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 También les contaban
 cómo iban de un brinco
 del Callao, a Cádiz,
 del Cuzco, al Huarico,
 y en un sancti amén
 iban estos niños,
 a yogar con reinas
 de países distintos.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 Pero otras costumbres
 se han introducido,
 ¡Oh mundo inconstante!
 ¡Mundo corrompido!
 Desde aqueste instante
 lloraré contino
 el aciago día
 en que tal he visto.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 También las efigies
 de aquestos malditos
 las han derribado;
 cuando era más digno
 que en el santo templo
 fuesen el ludibrio,
 la risa y la mofa
 del grande y del chico,
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.
  
 Que bien dijo un Padre
 que ya este era el juicio,
 y que cierto Nopo
 era el Anti-Cristo.
 Y yo que lo creo,
 y yo que lo afirmo.
 Al ver tales cosas
 como han sucedido.
  
 Llórenlo las viejas,
 llórenlo los niños.

F[...] L[...]

     Del Núm. XXI del periódico El Investigador, correspondiente al miércoles 21 de julio de 1813 (págs. 83 y 84).




La regencia del reino con 23 fecha de febrero en Cádiz manda guardar, cumplir y ejecutar el siguiente decreto

     «Las cortes generales y extraordinarias, atendiendo a que por el artículo 305 de la constitución, ninguna pena que se imponga, por cualquier delito que sea, ha de ser trascendental a la familia del que la sufre, sino que tendrá todo su efecto sobre el que la mereció; y a que los medios con que se conserva en los parajes públicos la memoria de los castigos impuestos por la Inquisición, irrogan infamia a las familias de los que los sufrieron, y aun dan ocasión a que las personas del mismo apellido se vean expuestos a escrituras o inscripciones en que están consignados los castigos y penas, compuestos por la Inquisición, que existan en las iglesias, claustros y conventos, o en otro cualquier paraje público de la monarquía, serán borrados y quitados de los respectivos lugares en que se hayan colocados, y destruidos en el perentorio término de tres días, contados desde que se reciba el presente decreto. Tendralo entendido la regencia del reino para su cumplimiento, y se hará imprimir, publicar y circular. Miguel Antonio de Zumalacárregui, presidente. Florencio Castillo, diputado secretario. Juan María Herrera, diputado secretario. Dado en Cádiz a 22 de febrero de 1813. A la regencia del reino.

     Del Núm. XXII del periódico El Investigador, correspondiente al jueves 22 de julio de 1813 (pág. 86).


Verso a la Inquisición

                         Con limpio corazón
 querer a un hombre arruinar
 so color de religión,
 sólo le puede intentar
 quien quiera la Inquisición.

     Del Núm. XXVII del periódico El Investigador correspondiente al martes 27 de julio de 1813 (pág. 108).





Artículo comunicado

     Señor editor: Se desea saber ¿quién en estos últimos siglos ha causado más daños, o el tribunal de la difunta Inquisición, o los temblores? Esta duda ha ocurrido con motivo de haberse leído los concisos en que se haya estampado lo siguiente:

     «Hablando del señor Mexía diputado en Cortes, contra la existencia de la Inquisición, pregunta: ¿qué tiene que esperar el estado de este establecimiento, como instrumento político, cuando Vuestra Majestad sepa que después de la muerte de don Juan IV de Portugal, los Inquisidores tuvieron la osadía y la barbaridad de desenterrar y ultrajar sus respetables cenizas a presencia de su mujer la reina doña Isabel Guzmán, por haberse opuesto en vida constantemente a las confiscaciones de bienes (tan apetecida siempre de este tribunal), sólo por el decoro de él mismo? Este hecho prueba que este tribunal no perdona, y que no se puede transigir con él.

     En la sesión del 13 de enero, dijo el referido Mexía, más de dos mil eclesiásticos fueron aniquilados en Lisboa por la Inquisición, por no ser favorables a las pretensiones de España.

     En la sesión del 18 de enero, dijo el señor diputado Ruiz Padrón: que por delitos que era imposible cometer, como brujerías, volar por los aires, perecieron solamente en las Andalucías en unos 20 años, más de 30 mil almas.

     Del Núm. XXXI, del periódico El Investigador, correspondiente al sábado 31 de julio de 1813 (págs. 123 y 124).





Requiescant in pace. Amén

     Epitafio puesto en el Sepulcro de la Inquisición por el mismísimo autor de las coplas que se publicaron en el número 21 de El Investigador


Soneto

                         En aqueste sarcófago se encierra
 un fantasma que al mundo tuvo en poco;
 fue el espantajo, el malandrín, el coco;
 a nadie dio la paz, y a todos guerra.
  
 Ya cayó en fin este coloso en tierra
 que tanto dio que hacer al cuerdo, al loco:
 detente pasajero: limpia el moco,
 y tus cuitas, y lágrimas destierra.
  
 Ha muerto impenitente (según dicen)
 por lo que es justo que la hoguera enciendan,
 y con sus huesos la candela aticen.
  
 ¡Mas oh dolor! Mis voces no la ofendan:
 en su aplauso otras plumas se eternicen,
 y su causa, las cortes la defiendan.



     Del Núm. XXXIV del periódico El Investigador, correspondiente al martes 3 de agosto de 1813 (pág. 135).





Artículo comunicado

     Señor editor. -Muy señor mío: Soy un sujeto que acaba de llegar de nuestra península habrá tres días, y habiendo preguntado por la plaza de la constitución, pues que según decreto de nuestro soberano congreso, debe haberla en todas las ciudades donde se haya jurado ésta, se me ha respondido no haberla en Lima. Yo que me hallo sin disminuirse en nada con todo aquel santo celo y fuego patriótico, que devora a los verdaderos españoles por nuestra constitución santa, brinque al momento, y habiendo discurrido un rato me vino a las mientes un pensamientillo que no me parece fuera de camino en las circunstancias actuales, a saber; que pues hay una plazuela ancha y hermosa que se llama, y fue en otro tiempo de la Inquisición, se coloque en ella la lápida según lo ordenó el congreso, en que se explique este sin par laudable acontecimiento, primer signo de nuestra santa libertad e independencia.

     Con esto habremos conseguido dos cosas, lo primero cumplir con lo ordenado por nuestras leyes, y lo segundo extinguir un nombre que de otro modo duraría eternamente, y eternamente sería odioso, pues nos recordaría también eternamente un tribunal opuesto a nuestras constituciones según nuestras Cortes, y según nuestros sabios escritores, causa de nuestra ignorancia y de consiguiente de todas nuestras desgracias y miserias. Lo que le comunico a usted para que haciéndolo al argos de la constitución, o a los celadores de su observancia, a tan poca costa proporcionen al público este placer que debe ser universal, o a lo menos lo sentirá todo hombre sensato y amante de su nación. -Dios guarde a usted muchos años, Lima. -T[...] R[...] A[...]

     Del Núm. XXXVIII del periódico El Investigador, correspondiente al sábado 7 de agosto de 1813 (págs. 149 y 150)




 


Artículo comunicado



     Señor editor. -Muy señor mío: Las casas de la Inquisición quedan vacantes, pertenecen ya al estado; la grande extensión que ocupaba el tribunal, sus cárceles y oficinas, las tres habitaciones de los inquisidores y la del alcaide, convidan a la planta de un establecimiento patriótico. Su capilla pública, donde se ha conservado permanente el adorable sacramento, no sufre ser destinada a usos profanos. ¿No sería una cosa laudable y santa que tan bello sitio se aplicase a la erección de un colegio de educandas?

     Sobre las facultades para erigirle nadie puede dudar; pues por el artículo 335 de la constitución toca a las diputaciones provinciales, «si se ofrecieran obras nuevas de utilidad común de la provincia, o la reparación de las antiguas, proponer al gobierno los arbitrios que crean más convenientes para su ejecución; y en ultramar si la urgencia de las obras públicas no permitiese esperar la resolución de las Cortes, podrá la diputación, con expreso asenso del jefe de la provincia, usar desde luego de los arbitrios, dando inmediatamente cuenta al gobierno para la aprobación de las Cortes.

     En el artículo 17 del decreto de las mismas Cortes de 22 de febrero, se dice también que «si alguno de los edificios que hasta aquí han pertenecido a la Inquisición fuera a propósito para fijar en él algún establecimiento público y nacional de reconocida utilidad y conveniencia para el estado, podrá el gobierno hacer aplicación de él al insinuado objeto, pasando noticias a las Cortes de haberlo ejecutado».

     La utilidad y conveniencia que traería al estado esta nueva institución es tan visible, que no se necesita demostrar su preferencia sobre cualquiera otro destino que pueda darseles a aquellos edificios.

     Difícilmente se hallarán en el bello sexo almas tan bien puestas como las de nuestras paisanas. Vivacidad de ingenio, penetración y prontitud en el pensar, capacidad para toda especie de ideas y conocimientos, son cualidades que les confiesa todo imparcial observador. Pero tan ventajosas disposiciones quedan por lo común inutilizadas por falta de educación y cultura. Las modas, las diversiones, el paseo, frivolidades nocivas a las buenas costumbres son las ocupaciones previas de las que destina la naturaleza para esposas y madres. ¿Cómo formaran ciudadanos de provecho, y buenas madres de familia las que no pueden dar a sus hijos las nobles ideas y sentimientos que no adquirieron ellas mismas? La superficialidad transmitida de una en otra generación perpetúa el desbarato de las casas, el trastorno de las fortunas, la infelicidad y aun la disminución de los matrimonios. Y ¿qué remedio? No hay otro si no es una educación pública bien dirigida bajo los auspicios de las autoridades encargadas de nuestra prosperidad: un establecimiento que si no se aprovecha la oportunidad presente, no será fácil realizarla después.

     Por otra parte, en un país como el nuestro que ningún recurso de subsistencia proporciona a las mujeres pobres, abundan las jóvenes sin colocación ni destino, y huérfanas desamparadas; que si no encuentran manos compasivas que las mantengan, o se abandonan muchas al torpe tráfico, o perecen envilecidas en la miseria, con detrimento de la población y del estado.

     Admira que haya en esta ciudad un fondo de 500 mil pesos para un colegio como el de Santa Cruz con 24 becas a que sólo tienen opción niñas expósitas; y que falte un asilo para tantas pobres, acaso huérfanas de padres que sirvieron útilmente a la patria, o murieron en su defensa.

     La extinción de la Inquisición proporciona sitio, y acaso también fondos o arbitrios para pensar en tan importante objeto, cualquier ciudadano tiene derecho para indicar al público sus benéficos deseos: sólo a las autoridades respectivas toca realizar los más convenientes; y el solicitarlo es propio del ayuntamiento, a quien la constitución, entre las demás atribuciones que contiene el artículo 321, le señala la de promover cuanto sea útil y beneficioso a los pueblos.

     Comunico a usted mi pensamiento para que en vista de los efectos que pueda producir por su mucha utilidad y trascendencia moral y política, le haga circular en su periódico. Soy de usted. -P[...] C[...]

     Del Núm. XXXIX del periódico El Investigador, correspondiente al domingo 8 de agosto de 1813 (págs. 153, 154 y 155).



 


Artículo comunicado.

 

 -Señor editor. -Luego que se supo en esta capital que el príncipe de las tinieblas, quiero decir el infame Godoy, había sido derribado, el pueblo corrió en tropel a la Iglesia de Santo Domingo, y furibundo arrancó, pisó, e hizo pedazos su retrato, luego que llegó aquí la deseada noticia de haber experimentado el monstruoso tribunal de la santa, quitaron y arrojaron de la iglesia aquellos repugnantes mamarrachos o efigies de los mártires del fanatismo: pregunto ahora ¿deben borrarse los retratos de los ministros inquisitoriales que se miran hoy con desprecio en su capilla; o intentan guardarlos para escabeche?

     Del Núm. XXXX, del periódico El Investigador, correspondiente al lunes 9 de agosto de 1813 (págs. 159 y 160).



 


     Artículo comunicado.

 

 -Señor editor. -Si la Inquisición ha sido causa, según dicen, de que las ciencias se hallen tan atrasadas en España, ¿cómo no ha dado la Universidad de San Marcos las gracias a las Cortes por su extinción? ¡Estupendo descuido!

     Del Núm. XXXX, del periódico El Investigador, correspondiente al lunes 9 de agosto de 1813 (pág. 160).




 


Artículo comunicado
 


     Señor editor. -Muy señor mío: Me parece ocasión la más oportuna, para que pueda usted insertar en su periódico la adjunta «Banderilla de fuego», que salió a luz en Cádiz a mediados del año pasado, y que si no se le clavó de firme al «Filósofo rancio», a lo menos le hizo tantas llagas, cuantas son las poderosas razones con que convence, y los diversos casos con que acredita sus demostraciones. Aquí han llegado muy pocos ejemplares; se trata en el día de esta materia por la extinción del tribunal más temible y tenebroso que ha existido jamás; loor eterno a nuestro congreso nacional, que ha tenido ilustración y firmeza bastante para derrocar la barbarie y despotismo, que bajo de la salvaguardia del baluarte de la fe, ejercía un imperio monstruoso después de tres siglos de opresión. El público por la mayor parte ignora toda la extensión de los vicios que envolvía el odioso método de enjuiciar; el luminoso y bien fundado manifiesto que Su Majestad ha mandado publicar, no deja que desear ya para probarlo; pero la refutación sucinta y curiosa que hizo el autor de la «Banderilla» es muy digna de reimprimirse, pues describió algunas razones muy obvias en que se funda; delineo, aunque en bosquejo, un cuadro de las irregularidades del santo tribunal. Felices los que conocen, y pueden hacer conocer a los preocupados la justicia con que se ha abolido, los males de que se nos ha librado, los bienes reales y justos que se han substituido, para celar constantemente la pureza de nuestra sagrada religión, la observancia de nuestras leyes fundamentales, en que prohíben el ejercicio de ninguna otra, para que lejos de decaer una linea la creencia y dogmas ortodoxos, en todos los que tenemos la gloria de pertenecer a la gran familia española en las cuatro partes del mundo, se vigile y aumente la fe con caridad ardiente, mansedumbre cristiana, y convencimiento de la razón, y sin dejar de castigarse los delitos de herejía con arreglo a nuestras antiguas y sabias leyes, fuera del horror, que sólo el nombre de Inquisición infundía. Así tendremos el consuelo de ver a nuestros primeros pastores, ayudados de los cuatro conciliarios o prebendados de oficio, cuidar en este punto de su amada grey, que el divino fundador de la iglesia católica, les dejó legada, como sucesores legítimos de los apóstoles, y jueces natos por derecho divino en las causas eclesiásticas de cualesquiera naturaleza que sean. Solamente siento que decline la refutación más en jocosa que en seria, como lo delicado y augusto del objeto requiere. Lima, 30 de junio de 1813. -Queda de usted su atento S. S. Q. S. M. B. -R[...] G[...] P[...]




 


Banderilla de fuego al filósofo rancio
 


     He leído con tanto gusto la carta nona del filósofo rancio, que no he podido resistirme a la tentación de glosarla; pero antes de acometer tan ardua empresa, me he ensayado en glosar un periodo de esta sapientísima carta, que es el elogio más digno y abreviado de la santa Inquisición, un golpe mortal a tanto impío y jansenista como ahora hormiguean, y una muestra de la sabiduría del reverendo autor de dicho opúsculo. Dice así el periodo: «a esta primera observación pensaba yo añadir un centenar de otras, que mostrasen, que si algún tribunal en este mundo ha sabido reunir la misericordia con la justicia, el interés común de la sociedad con el particular del culpado, el remedio del pecado con la salvación del pecador, y la pública seguridad con el verdadero interés y justa libertad de quien la turba, es seguramente el de la Inquisición».




 


Empecemos nuestra glosa
 



Primero

     Misericordia: Esta es la virtud que más brilla en el santo tribunal, a pesar de cuanto clamorean los filosofillos del día. Verdad es que saca a una persona de su casa, sin decirle el motivo, ni aun darle el consuelo de despedirse de sus hijos y familia; que le encierra en un calabozo, donde nadie vuelve a saber de él, y queda sepultado en vida, sin la menor comunicación ni arbitrio contra la opresión y la injusticia; es cierto que usaba de los apremios y el tormento para arrancar suavemente la confesión del delito, y que exprimieran los huesos del paciente hasta la última gota del humor herético; pero todo esto era una verdadera misericordia, como que iba encaminado a la conversión de un extraviado, y a procurarle la salvación de su alma. Lo mismo debemos decir de los leves castigos impuestos por el santo tribunal, que se reducían a sacar a la vergüenza al delincuente; a infamar a toda una familia; a deshonrarla para la posteridad; a destierro, a cárcel perpetua; a condenas de 300 o más azotes, de 8 ó 10 años de galera y remo, a confiscación de bienes (para que no cundiera a los hijos la herejía, envuelta en el dinero), a trabajar en las minas o en los obrajes por algunos años, para gastos del santo oficio; (¡éstas sí que son bruxis!) a ser engarrotado, y después echado a las llamas, si el delincuente mostraba arrepentimiento y confesaba sus delitos; a ser quemado vivo si permanecía contumaz, y no lo ablandaba la dulce persuasión del misericordioso tribunal; y a ser quemado en estatua si se había fugado o tenido la fortuna de morirse, extendiendo la Inquisición su misericordia hasta los huesos de difuntos, y arrojándolos a la hoguera, para que estuvieran limpios y purificados en el día del juicio. Ni aún se puede decir (hablando con verdad) que la Inquisición condenase a nadie a muerte; antes intercedía caritativamente por los criminales, relajándolos al brazo secular con esta fórmula: Debemos de relajar y relajamos la persona del dicho fulano a la justicia y brazo secular... a los cuales rogamos y encargamos muy afectuosamente, como de derecho mejor podemos, se hayan benigna y piadosamente con él (Libro del orden de procesar en la Inquisición, fol. 31). A pesar de tanta mansedumbre, no ha querido la Inquisición descargar en otros el cuidado de vengar los agravios del cielo, y con una previsión admirable, dispone todo lo necesario para el castigo. Había el tribunal muy con tiempo (dice un digno familiar, que publicó el último auto general de fe, celebrado en España, que fue el del año de 1680) avisado a los jueces seculares, que previniesen en el brasero hasta veinte palos, y argollas para dar garrote, y atando en ellos, como se acostumbra a los reos, aplicarles el fuego, sin necesitar del horror y violencia de otras más impropias y sangrientas ejecuciones (Relación de dicho auto, impresa en Madrid en 1680, pag. 287). No dice el buen familiar cuáles sean estas más impropias y sangrientas ejecuciones, y remite al lector a que lo pregunte a un Caribe, íntimo amigo suyo, y que ya tenía muchos méritos contraídos, para condecorarse con la cruz del santo oficio. Ahora caigo en la cuenta, de por qué este tribunal condenaba a ser quemados, y no a otro linaje de muerte menos cruel; y era sin duda, por no derramar sangre humana, cosa que esta prohibida a los eclesiásticos por los sagrados cánones. En un auto general de fe, celebrado en México el año 1659, hubo un rasgo tan notable de la misericordia que resplandece en estos espectáculos del santo oficio, que no puedo menos de copiarle a la letra, deseoso de que produzca en los lectores el mismo efecto que en mí; es el siguiente: Llegó el primero al brasero, y sin poder reducirle cuantos le predicaban, por yerro los ministros de justicia le empezaron a dar garrote, habiendo de quemarle vivo, y advirtiéndolo el alguacil mayor de la ciudad, hizo que a medio morir le pagasen fuego, con que participó de ambos castigos (relación de dicho auto, impreso en México, let. 0). El tal alguacil mayor había aprendido misericordia del santo tribunal, y no quiso exponerse a ser reprehendido por él, por no dar exacto cumplimiento a sus órdenes. Aunque estas parezcan demasiado severas, y muy crueles los castigos que la Inquisición impone, son muy leves y benignos, para tan grandes delincuentes; y así es que ha habido herejes, que se burlen de ellos; muchos condenados al fuego, se han arrojado a él, como si tuvieran prisa de ser asados, para demostrar lo convencidos que se hallan de la justicia de su castigo. En el primer auto de fe, que se celebró en castigo de los albigenses, por los años de 1206 hubo 900 relajados según el autor que menos cuenta, que pertinaces ellos mismos se arrojaron a las llamas del brasero. Así lo refiere un inquisidor, que ha conservado a la historia este rasgo misericordioso.





Segundo

     Justicia: La santa Inquisición a nadie da cuenta de la causa por qué prende; por qué detiene en sus cárceles; por qué usa de sus mordazas y tormentos; no da comunicación al acusado; no lo carea con los testigos; no confronta a estos; no dice el nombre del delator; no da acción para repetir contra el falso calumniador; en una palabra, con el virtuoso objeto de que no padezca la fama del acusado, todo lo hace con el mayor secreto, y lo sepulta en las tinieblas de sus lóbregas paredes. ¿Quién podrá, pues, hablar contra la justicia de este tribunal, si nadie se entera de sus procedimientos? Los individuos de él; dicen que es justo, justísimo; y ellos solos tienen motivo para saberlo; luego debemos creerlos sobre su palabra. A los únicos que pudiéramos consultar, sería a los reos castigados por él; y estos, aunque partes apasionadas, o por mejor decir, pacientes, no pueden menos que celebrar la justicia del tribunal. Del de la Inquisición ninguno se queja con motivo; rarísimo sin él; dice nuestro reverendo autor; y es tan cierto lo que dice, que no habrá uno de cuantos ha quemado el santo oficio, que se atreva a desmentirle. Si queremos juzgar de la justicia de la Inquisición por los castigos que impone en público, sacaremos las mismas consecuencias; como quiera, que no hay un delito de herejía, hechicería o mágica negra, que no merezca una y mil muertes; es evidente, que los millares de personas que ha quemado el santo oficio, han sido muy bien quemadas; y a los delincuentes que no quema es de pura gracia y favor. La Inquisición por lo común (dice su reverendísima rancia) no envía a presidio, sino a los que debiendo morir, sobreviven por pura misericordia suya. En los autos de fe, que andan impresos para conversión de incrédulos, resplandece la justicia del santo tribunal, aun más, si es posible, que su sabiduría. En el que se celebró en Logroño por el mes de tan justísima causa, que según consta del proceso, eran brujos y brujas; noviembre de 1610 (¡apenas ha dos siglos!) se castigaron cincuenta y tres personas, quemando a seis de ellas vivas, y a cinco en estatua, con y se reforcilaban con el diablo, y volaban de noche, y se alumbraban con brazos de niños encendidos, y daban de mamar al demonio en figura de sapo, y daban hechizos en nueces y manzanas, y chupaban la sangre de los muchachos, y se convertían en gatos y perros, para asustar a los pasajeros, y hacían otras mil diabluras, que obligaron al santo oficio, (convencido legalmente de la verdad de estos hechos) a quemar vivos a los unos, y castigar severamente a los otros, llevando su celo hasta tal punto, que hizo abjurar de levi con destierro y otras penitencias a cuatro de ellos, porque guardaban los sábados y en ellos se ponían camisas y cuellos limpios y mejores vestidos, y otras ceremonias de la ley de Moisés. Probablemente estas otras ceremonias judaicas se callan en la relación del auto, por no ser tan escandalosas y damnables como la de vestirse de limpio.





Tercero

     El interés común de la sociedad con el particular del culpado. Hace muy bien nuestro autor en decir «interés del culpado», y no «intereses» en plural; porque sobre estos se echaba el santo oficio, secuestrándolos apenas olfateaba de lejos la herejía, y confiscándolos en cuanto le daba de lleno en la nariz. En punto a poseer ideas económicas a nadie cedía la Inquisición para hallar arbitrios y sacar jugo de las piedras, ningún ministro de hacienda pudiera igualarle. A los mulatos y mestizos libres los solía castigar, vendiéndolos en un obraje por algunos años, aplicado su valor para gastos extraordinarios del santo oficio; son las palabras mismas de la sentencia, pronunciadas en el referido auto de México.





Cuarto

     El remedio del pecado con la salvación del pecador. A esto dirá algún ignorante, que no era buena manera de procurar la salvación del pecador al quemarlo; y que hubiera sido mejor dejarle vivir, para ver si el tiempo y la persuasión le convertían; y no darse prisa para mandarle a los infiernos. Pero se debe responder: que él que es quemado, él se tiene la culpa; o como dice nuestro padre, el reo que muere, muere precisamente, porque quiere ser obstinado. Y en verdad que merecen ser quemados por tontos, porque con mentir, ser perjuros, y decir lo que no sienten, ya queda satisfecho el santo tribunal, y los reos se libran de la chamusquina. Además de que hay ocasiones en que no se puede esperar a ver si se convierten; y hay necesidad de un auto de fe, para calentar con hogueras el fervor del pueblo, y que no se resfríe su creencia. Para eso, si hay un rey que quiere ver un auto, no se puede retardar ni un momento; así sucedió en tiempo de Carlos II, el cual habiendo dado próximamente algunas insinuaciones de que gustaría hallarse presente a la celebración de un auto general de fe, entendió el consejo (cuidado que es el de la Inquisición y no otro), que sería obsequio de Su Majestad el que se ofreciese ocasión de repetir el admirable ejemplo de su augustísimo padre (relación de dicho auto de Madrid, pag. 3). Para divertir al sabio monarca, digno protector de tan sabio tribunal, se dispuso que, en vez de una corrida de toros, hubiese un auto general de fe; y con efecto, se quemaron al intento a veinte personas vivas, y a una en estatua; se mandaron a algunos a presidio; hubo azotes por barba; y el todo de la función adornado con mojigangas, soldados de la fe, jaulas para los reos, mordazas, velas verdes, sogas al cuello, corozas, aspas, sambenitos con llamas y diablos pintados; y por reverso de la medalla, esto es, debajo del tablado, opíparas mesas y buenos vinos, por si algún reverendo se desmayaba. El buen monarca asistió sin pestañear a tan delicioso espectáculo, desde las ocho del día hasta las nueve y media de la noche: y fue su devoción (dice la citada relación página 284) y celo tan superior a la fatiga, que ni para comer se apartó un cuarto de hora del balcón; y habiéndose acabado el auto a la hora referida, preguntó si faltaba más. Desgraciadamente no había más reos enjaulados, que si no, se hubieran quemado otros par de docenas más, para continuar la diversión al pío monarca.

     Mas a pesar de su piedad y de la santa Inquisición, no se pudo librar de que después le endiablaran (dudase si fue en el chocolate, y es punto de erudición, que aún no ha decidido el santo tribunal); no siendo bastantes los más célebres exorcistas del mundo a echarle del cuerpo los espíritus malos.





Quinto

     La pública seguridad con el verdadero interés y justa libertad de quien la turba. Cual sea esta pública seguridad que la Inquisición proporciona, lo aclara el reverendo autor en otro pasaje, diciendo que es el orden y tranquilidad interior que gozaba España en tiempo de Felipe II. Seguramente no pudo escoger otro rey más a propósito para aclarar de una vez lo que es la Inquisición, y cuales son los monarcas que deben protegerla. ¡Qué lastima que tengamos Cortes, y no un Felipe II! Bien lo quisiera nuestro padre, que lo pide a Dios en sus cortas oraciones; pero, por desgracia, el cielo nos han enviado para castigo esta plaga de liberales.

     Mi objeto en publicar este arrendajo de glosa, es el de confundir a un filosofillo desgarbado, que me dijo burlándose el otro día: que la Inquisición era como los momios que duran siglos y siglos, mientras están encerrados, sin darles el aire; pero que, en cuanto se abre la puerta y entra un soplo de viento, se deshacen y convierten en polvo. -Ingenuo Tostado.

     El Investigador, números XXXX, XLII, VLIII, VLIV y VLV, correspondiente a los días martes 10 de agosto de 1813, miércoles 11 de agosto de 1813, jueves 12 de agosto de 1813, viernes 13 de agosto de 1813 y sábado 14 de agosto de 1813 (páginas números 161, 162, 163, 165, 166, 167, 168, 173, 174, 175, 177, 178 y 179, respectivamente).




 


Artículo comunicado
 


     Nuestro cabildo constitucional ha copiado dignamente los sentimientos de la patria, presentando al congreso soberano el tocante cuadro de un pueblo reconocido y sensible, cuando por su próvida influencia sacude el «yugo del odioso misterio que con el nombre de Inquisición le ha tenido por tan largo tiempo esclavizado sin recurso». No podía ser propósito más laudable, ni en que la opinión y el voto público se interesaran tanto. Mas para realzar esta obra, y como fiel intérprete de las voluntades del mismo pueblo arregladas a justicia, debe contraerse ahora el cabildo a exponer al excelentísimo señor virrey la necesidad que hay de que por su autoridad gubernativa se tomen las medidas conducentes a perseguir las reliquias de aquel poder anonadado; providencia que inmediatamente emanada de los espíritus de los decretos soberanos que rigen en el particular, conspira también a que ellos tengan un entero cumplimiento.

     No es posible ante todas cosas disimular, que una gran parte de este generoso vecindario, conservando las fuertes impresiones de terror que excita naturalmente en los ánimos el prolongado sufrimiento, apenas cree mutación tan venturosa. En los prestigios de una imaginación asustada, aún se estremece contemplando que puede reincidir bajo la infame tiranía de la potestad inquisitorial. Y todavía al pronunciar este nombre, por un movimiento indeliberado de la costumbre, vuelve la cara hacia atrás, temiendo se aparezca uno de esos aborrecibles cómitres, agentes subalternos del Oficio, y según su instituto del asalto por la espalda, con la férula de acero, y al confuso grito de guerra que no articulan sus labios, pero que a un ojo perspicaz se le descubre cifrado en la tortuosa y complicada forma de sus insignias, que como uno de los abreviados caracteres del arte taquigráfico, dice: violencia, avaricia, ignorancia fanatismo o lo que es todo junto, Inquisición.

     No basta pues, el que se le repita que ya ha perecido aquella; y que se promulgue la ley de la «restauración» de su seguridad. Es además conveniente que éste bien se le persuada, y se le manifieste en cierto modo bajo imágenes sensibles que le deje percibir que no es él una quimera, sino una dulce verdad.

     En cuyo concepto es desde luego indispensable, y debe el cabildo pedir expresamente a Su Excelencia se decrete lo siguiente:

     I. -Que abolido el fatal misterio de invisibilidad que hacia las cavernas o infiernillos inquisitoriales inaccesibles, como los de Plutón a la huella humana, se abran sus puertas, y se penetre por ellas libremente. Admire todo el mundo la artificiosa fábrica de este laberinto, prodigio del arte de hacer penar. Regístrense sus diversas estancias; y entre ellas contemplense, con la satisfacción de que ya se inutilizan para siempre, la de los quemaderos y frianderos, cuyos nombres solos indican sus despiadados usos; y la de aquel estrecho cementerio o vergonzosas humaciones, destinadas para engullirse los cadáveres de los miserables presos, que en una causa retardada perecían encerrados, al rigor o de la enfermedad o del tormento. Que se proceda después en público a su demolición; y sientan todos el júbilo de ver derribados a sus pies las enormes moles del espantoso edificio, y su ruina material les acuerde con transporte la caída formal de este soberbio coloso, erigido con ofensa manifiesta de la razón y los derechos del hombre, y que para hollarlos sin medida, amenazaba eternizarse.

     Es esto tanto más justo, cuanto se hallan ya por orden general cerrados y completamente obstruidos todos los infiernillos de nuestras cárceles públicas, cuya conformación los disponía más que para la seguridad, para la destrucción corporal. Y en esta línea, con los de la tal Inquisición, ningunos otros pudieron alguna vez compararse. A que se agrega, que en la ocasión es materia de un clamor universal el concepto en que se está (y no se sabe si es equivocado), de que los ex inquisidores animados de la vana esperanza, que no pierden de reasumir un día su evaporada magistratura, tratan de hacer valer ciertas prerrogativas fantásticas, y sostenerse en la habitación de sus palacios de la noche con el objeto de proporcionarse mejor a velar sobre la conservación y subsistencia de la oficina de adentro; para volver a ejercer en ella con usuras, en su resurrección, la ordinaria mansedumbre Inquisitorial.

     II. -Que se destrocen, hasta olvidar su nombre, los ingeniosos instrumentos de martirio, medios tan impotentes como crueles que se ponían en obras para arrancar la forzada declaración de una simple opinión, o un pensamiento secreto; del mismo modo que esos nefandos utensilios, dignos auxiliares de los triunfos inquisitoriales, conocidos con los nombres de coroza, sambenito, que aún se custodian como siempre en su apartamento propio, con reverencia y respeto, por si llega el suspirado día de engalanar con ellos una víctima.

     III. -Que se extraiga de los archivos y sea públicamente quemado el inmenso cúmulo de procesos agitados por la ardentía fiscal en cuya organización eran desconocidas esas fórmulas protectoras que otorga la justicia en defensa del hombre que padece, y que se conservan como otros tantos padrones de afrenta contra todo aquel que en la serie de los tiempos, tenía la desgracia de convenir en el apelativo con algunos de los proscritos por las formidables anatemas, y decretos judiciales de la autoridad más ilimitada.

     IV. -Igual suerte deben correr, como análogos, aquellos cuadros o ignominiosas pinturas que la profanación más sacrílega tenía colgadas en el templo de Dios de la paz, y que por una corrupción no menos abusiva de los significados de las voces, se llamaban trofeos de la fe, no siendo más que verdaderos despojos de un ciego furor. Quitados desde luego por orden superior de Su Excelencia no han hecho más que variar de situación; y una economía sórdida los tiene reservados bajo el altar mayor de la Iglesia Catedral, por aprovechar cuatro despreciables tablas de que constan, sacrificándose a tan débil interés nada menos que la puntual observancia de la ley que ordenan expresa y terminantemente se destruyan.

     La ejecución de todos estos puntos, propuestos que sean por el ayuntamiento y aceptados por Su Excelencia proporcionarán a Lima agradables espectáculos, dándole días tan placenteros y festivos, como lo fue el de la solemne publicación de los decretos concernientes a tan lisonjero objeto. Volverán a resonar los suaves ecos del regocijo común que convirtieron en una fiesta magnífica, aquella interesante ceremonia. Todo muy justas represalias por los gemidos de dolor en que el extinguido Oficio ha hecho exaltar en todos los tiempos los corazones, las lágrimas que ha hecho derramar a familias y pueblos enteros, el sosiego que siempre ha robado, y los mortales pesares que ha dado a todo género de estados y de personas.

     Del número L del periódico El Investigador, correspondiente al jueves 19 de agosto de 1813 (páginas números 201, 202, 203 y 204).




 


Artículo comunicado
 


     Señor editor. -Para que pueda verificarse que con la extinción del tribunal de la Inquisición, se adelante la literatura conforme al deseo de las soberanas Cortes, es preciso que en el Perú se aplique una parte de sus despojos al fomento de los establecimientos científicos. Así no habiendo en las provincias otros colegios que los seminarios conciliares, debería aplicárseles respectivamente la renta de la canonjía supresa de que gozaba la Inquisición en cada una de las catedrales. Esta renta unida, a la corta que tienen los seminarios, especialmente en el día en que han perdido con la falta de sínodos la mayor parte de su dotación, podría servir para rentar un preceptor de latinidad, un catedrático de filosofía, y otro de teología con una biblioteca competente. Bien manejada esta educación, habilitaría la juventud para los destinos eclesiásticos o para seguir las otras facultades, cuya instrucción debe darse en esta Universidad.

     Igualmente nada conduce tanto a la pública ilustración, como el tener una biblioteca bien surtida y servida. A este importante objeto puede dedicarse la capilla y salón del tribunal de la Inquisición, agregándole la casa pequeña de la esquina del Puno para que viva el bibliotecario mayor. Si este o cualquiera otro que se ponga de segundo hubiesen de ser clérigos, podrán rentarse con las buenas capellanías que corrían a cargo de los Inquisidores.

     Semejante establecimiento debe estar bajo la inmediata protección e inspección del gobierno, y abierta por un estatuto inalterable; la puerta de la capilla cae a la plazuela en las horas que se franquee la biblioteca, para que todo el pueblo vea si se cumple o no se cumple por los encargados de ella. Debe transportarse a estos salones, así la parte de la librería que puso en las aulas estrechas y obscuras de la Universidad el benemérito padre fray Diego Cisneros, como igualmente las reliquias de la magnífica biblioteca que dejó arruinar, robar y malograr la indolentísima conducta, y abandono con que se han mirado en la Universidad estas, y las demás cosas que podían servir al progreso de las ciencias, y al lustre de un cuerpo tan célebre y respetado en los tiempos antiguos. Y para enriquecer esta biblioteca peruana, están pronto diversos literatos a depositar en ella a favor del bien público las mejores obras que adornen sus librerías particulares, luego estén seguros, no irán a parar a las boticas para envolver ungüentos, ni a los cajones de riberas para enrollar especerías, o a otras manos como ha sucedido con tanto inestimable libro que se dio por el rey a la Universidad. Mas habrá también varios que concurran a una suscripción general de papeles de Europa y América, para que se pongan en la biblioteca a fin que se instruyan cuantos quieran.

     Vea usted que aquí no se pide sino un ángulo de las casas para un objeto que en todas partes en que se quiere la instrucción pública es el primero. Es verdad que en El Investigador se propuso se adaptasen estas casas para la educación de las niñas que tanto se necesita. Mas yo no sé de donde saldrían los muchos fondos que son indispensables para verificarlo. En esta parte es necesario no olvidar las miras benéficas del Excelentísimo e Ilustrísimo señor Larreguera de gloriosa memoria. Este gran prelado pretendía destinar dos de los mejores monasterios y demás pingües rentas, a la educación de las niñas. Y en este proyecto todo se encuentra. Viviendas cómodas, y en el debido orden, desahogo en patios y huertas, muchas rentas y pocas monjas, que admitirán con muchísimo gusto tener tan bellas ahijadas, y cooperar a una cosa tan necesaria a la religión y al estado. No hay pues, más que hacer para conseguir tan loable fin, que mandar que el excesivo número de grandes, y espaciosos monasterios que tiene Lima, en tal y tal, se eduquen las niñas bajo de tales y tales planes y condiciones, y que se lleve a debido efecto lo mandado sin admitir recurso en la materia, que este es el modo único de hacer efectivas las cosas útiles.

     Del número LXI del periódico El Investigador, correspondiente al lunes 30 de agosto de 1813 (páginas números 245, 246 y 247).




     Las últimas cartas de España traen una de las noticias más lamentables de la humanidad, no se ignora la causa que tiene formada el tribunal de la Inquisición al señor Olavide asistente de Sevilla, cuyo crimen es haber poblado los desiertos de Sierra Morena, de colonos, alemanes industriosos pero protestantes, y haber convertido una gran extensión de país que no era más que el refugio de ladrones y fieras, un distrito fértil y ameno por su cultura, en el cual hacía reinar la paz, la comodidad y el buen orden. Por su desgracia creyó este señor que enriqueciendo a España con una provincia feraz, y que acaso se aventaja al resto del reino, quedaría mal arreglada, no permitiendo en ella aquellos que sembrasen allí supersticiones y desórdenes de que en otras partes son los autores. Esto ha sido para pintar bastante, como a un hombre sin religión ni costumbres, han gemido por espacio de dos años en los calabozos de la Inquisición, y al fin ésta lo ha condenado a la pública flagelación, sin embargo, atendiendo a sus años, y a la debilidad de su salud se le ha dispensado este suplicio, pero queda recluso en un convento de frailes, para que allí viva ocho años, en el 1.º de los cuales no le es permitido salir de la celda que se le ha destinado; ha de estar acompañado de dos fiscales frailes que dirijan su conciencia, y que le hagan rezar el rosario, y leer las leyendas. Se le ha prohibido vestir sedas, y traer en su cuerpo cosas de oro o plata; y en fin el montar a caballo. Queda desterrado 20 leguas de Madrid, y de Lima su patria, caso que vuelva a Indias, él, y sus descendientes hasta el 5.º grado, se declararán inhábiles para obtener jamás cargo alguno civil o militar. El señor Olavide tiene 55 años de edad, se ha distinguido mucho por las cualidades de buen corazón y excelente entendimiento, no menos que por su celo ardiente de adelantar las letras, ciencias y artes, y de aumentar la gloria de su patria. Ha logrado las mayores estimaciones de la Corte, y de todas las personas de mérito que hay en España, y aun se puede decir, que las logra todavía después de su desgracia; cuya triste memoria se debiera borrar de los anales de nuestros días, si el respeto debido a la verdad permitiese ocultarla a nuestros contemporáneos.

     Nota. -Con la mayor complacencia recuerdo la memoria del sabio e inmortal Olavide, víctima de la intriga y el fanatismo; su talento y virtudes morales le merecieron un general y distinguido aprecio de los sabios de Europa, y nuestros descendientes pronunciarán con respeto el nombre de este ilustre peruano digno modelo de imitación, perseguido e inmolado por el despotismo inquisitorial. Lloremos su desgracia y vindamos la debida gratitud a las Cortes soberanas, mediante cuyas firmes resoluciones, queda hoy vindicada la eclipsada gloria de este benefactor, a la vista de los delirantes ex ministros de la Santa. -El Editor.

     Suplemento de El Investigador, n.º 55, 24 de agosto de 1813 (páginas números 221 a 223).




 


Artículo comunicado
 


     Señor editor. -Ya usted habrá oído, que cierto vecino de esta ciudad, tiene una carta en que le dicen, que Pío VII ha tenido muy a mal, que se extermine la Inquisición de los dominios españoles: que bajo de censura ipso facto incurrenda, y reservada a Su Santidad, manda que se reponga, nombrando por su delegado plenipotenciario al obispo de Orense; y otras cosas que parecen, como urdidas por el mismo demonio. Pregunto ahora: ¿Usted cree que hay tal carta? Iterum: ¿cree usted que si la hay es fidedigna? Iterum: ¿cree usted que Pío VII se avanzó a mandar tales desatinos? Iterum: ¿cree usted que si los manda nuestras Cortes soberanas, y nuestra nación española, con muchas menos cataratas que las que tenía, hace muy poco tiempo, reponga la Inquisición, sacrificando las temporalidades de sus dominios, la libertad de sus individuos, sus ciencias, sus artes, y hasta su misma religión al antojo de un juez espiritual, que si se excediese a mandar tales despropósitos, no debería ser obedecido por carecer de facultad para ello, y por consiguiente debe ser reputado como un frenético? ¿Lo cree usted? Pues yo no lo creo. Padezca la silla apostólica mayores tormentas que las que ahora la paralizan, jamás errará, y tan supinamente. Jamás dejará de contar con la asistencia del Espíritu Santo para sus aciertos; y jamás excederá los límites de su imperio, proveyendo decretos, y fulminando anatemas, que patrocinen el crimen, que fomenten el despotismo, que abaten a la humanidad, que se opongan al espíritu de los santos evangelios, y mejor disciplina eclesiástica, y que exasperen a las ovejas del Señor, acaso hasta descarrearse de sus rebaños. Repose usted tranquilo, señor editor. La Inquisición no reverdecerá en los territorios españoles; hasta su memoria se borrará muy breve de nuestras fantasías, y sólo su odio permanecerá inalterable en los corazones presentes, y en los postreros hasta que los siglos se junten con la eternidad. Q[...] U[...] S[...]

     Del n.º 10, tomo III, del periódico El Investigador, correspondiente al miércoles 10 de noviembre de 1813 (páginas sin número).




 


Artículo comunicado
 


     Señor editor. -Hace días que la carta apócrifa de que se trata en El Investigador número 9 sobre el restablecimiento de la Inquisición, lleno de júbilo a muchos de aquellos fanáticos que en meses pasados a la sombra de la santa perseguían al hombre de bien, y se deleitaban en atormentar al inocente. Apenas se divulgó la noticia de este ridículo papelucho, que cierto religioso bien conocido en esta capital por los sermones gerundianos que predicó (no hace muchos años) a manera de proclamas, voló arrebatado de alegría a comunicar a cierto ex ministro inquisitorial, la resurrección del extinguido tribunal, quien rodeado de su tertulia diaria de filisteos, al oírlo exclamó ¡gracias a Dios, así lo esperaba! encargando al mismo tiempo pasase incontinenti el conductor de esta feliz nueva a participarla al M. R. P. provincial, cuyo apellido no es Gordo.

     A la vista de tan extraña conducta, debemos confesar que el moro viejo no puede ser buen cristiano, y donde cenizas hubo, si no hay llamas hay calor. Si al primer estallido de una noticia velada y envuelta en las apariencias de una manifiesta falsedad, han prorrumpido en expresiones contrarias a lo que sabiamente habían determinado las Cortes soberanas para la felicidad y bien público, ¿qué no había de temerse de unos hombres que se ven hoy desnudos de un poder que las hacía superiores a todos, cometiendo los excesos más escandalosos sin que en la tierra hubiese quien les refrenase. El delirante fraile de la embajada ha salido por un palo ensebado; y a todos se les ha caído el gozo en el pozo. El tribunal no santo ha desaparecido para siempre, y a sus inconsolables ex ministros sólo les queda el arbitrio de callar o reventar. -El mojicón.

     Nota. -El religioso aludido es fray Ignacio Bustamante, según se ve en carta aclaratoria, publicada en El Investigador del 1.º de diciembre.

     Del n.º 13, tomo III, del periódico El Investigador, correspondiente al sábado 13 de noviembre de 1813 (páginas sin número).

     De los números XXIII, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV. XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV y XLV, de El Investigador, periódico limeño, correspondiente a los días 23 de septiembre, 30 de septiembre, 1.º de octubre, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14 y 15 de octubre del año 1813 (páginas 90, 91, 92, 117, 118, 119, 120, 121, 122, 123, 124, 126, 127, 128, 129, 130, 131, 132, 133, 134, 137, 138, 139, 140, 142, 143, 144, 146, 147, 148, 149, 150, 151, 155, 156, 157, 158, 159, 161, 162, 163, 164, 166, 167, 168, 170, 171, 172, 174, 175, 176, 177, 178, 179 y 180).

 

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